Meditación.
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Jesús es Nuestro Redentor.
Meditación de AP. 1, 5-8.
Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.
Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.
Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.
Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.
Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.
Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de AP. 1, 5-8.
Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.
Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.
Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.
Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.
Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.
Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
La sentencia que pronunció Jesús con respecto a la entrada de los ricos en el Reino de Dios, extrañó mucho a los futuros Apóstoles. Los dueños de este mundo son los poderosos, quienes tienen mucho dinero, los grandes conocedores de las ciencias que se han desarrollado por la gracia de Dios y el esfuerzo de las personas que se han entregado al estudio y promoción del conocimiento de las mismas.
¿Por qué dijo Jesús que los ricos difícilmente podrían entrar en el Reino de Dios? Antes de contestar esta pregunta, hemos de recordar que en el lenguaje bíblico, el término "rico" designa a las personas que no tienen en cuenta a sus prójimos, los que creen que son superiores a los demás. Este es el caso de los fariseos del tiempo de Jesús, los mismos que le causaron un gran sufrimiento al Señor, aquellos que se esforzaron para impedir la extensión de la Iglesia naciente.
El Reino de Dios es de los pobres, de las personas que son tan humildes y sencillas como los niños. Los pobres espirituales, independientemente de su bienestar económico y de su estado social, están abiertos a la posibilidad de servir a Nuestro Padre y Dios en sus prójimos.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que nos inculque su sabiduría o sapiencia divina para que podamos entender las dudas con respecto a nuestra existencia que han atormentado a muchos hombres a lo largo de la Historia.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La sentencia que pronunció Jesús con respecto a la entrada de los ricos en el Reino de Dios, extrañó mucho a los futuros Apóstoles. Los dueños de este mundo son los poderosos, quienes tienen mucho dinero, los grandes conocedores de las ciencias que se han desarrollado por la gracia de Dios y el esfuerzo de las personas que se han entregado al estudio y promoción del conocimiento de las mismas.
¿Por qué dijo Jesús que los ricos difícilmente podrían entrar en el Reino de Dios? Antes de contestar esta pregunta, hemos de recordar que en el lenguaje bíblico, el término "rico" designa a las personas que no tienen en cuenta a sus prójimos, los que creen que son superiores a los demás. Este es el caso de los fariseos del tiempo de Jesús, los mismos que le causaron un gran sufrimiento al Señor, aquellos que se esforzaron para impedir la extensión de la Iglesia naciente.
El Reino de Dios es de los pobres, de las personas que son tan humildes y sencillas como los niños. Los pobres espirituales, independientemente de su bienestar económico y de su estado social, están abiertos a la posibilidad de servir a Nuestro Padre y Dios en sus prójimos.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que nos inculque su sabiduría o sapiencia divina para que podamos entender las dudas con respecto a nuestra existencia que han atormentado a muchos hombres a lo largo de la Historia.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo? (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?
Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.
Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.
¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?
Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.
Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.
¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).
En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.
¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).
Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?
A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.
Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).
Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.
(MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.
(JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.
(MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?
¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?
¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?
(MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.
Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).
En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.
¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).
Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?
A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.
Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).
Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.
(MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.
(JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.
(MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?
¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?
¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?
(MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.
Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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La confesión de Pedro y la institución del Papado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
Meditación.
1. Jesús es la Palabra de Dios.
Después de haber celebrado la Cuaresma, la Pascua de Resurrección y las Solemnidades de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, empezamos a celebrar intensamente el segundo ciclo de los Domingos ordinarios, que concluirá, al final del año litúrgico, con la solemne celebración de los méritos y el triunfo de Cristo Rey. Para vivir el tiempo ordinario sin apartarnos de la presencia de Nuestro Padre común, hemos de vivir la aplicación de las siguientes palabras de Jesús a nuestra vida: (MT. 7, 24-25). Al meditar este fragmento correspondiente al Evangelio de hoy, nos preguntamos: ¿Por qué es tan importante la Palabra de Dios para nosotros? El autor de los Salmos responde la pregunta que nos hemos hecho en oración: (SAL. 119, 37; 52, 10). A pesar de que el Salmista no ha respondido la pregunta que nos hemos planteado, el citado Hagiógrafo nos ha instado a que nos aferremos a nuestra fe, a pesar de nuestra incapacidad de igualar la fiabilidad de las ciencias infusa y difusa ante todos los hombres, independientemente de la ideología que profesen los mismos.
Si nos apartamos de las vanidades, comprenderemos la importancia que tiene la Palabra de Dios para nosotros. San Juan Evangelista nos habla con gran precisión (JN. 1, 1-3). Analicemos, pues, lo que San Juan nos ha dicho:
1. Jesús es Hijo de Dios, y, por ello, ha existido siempre.
2. Nuestro Señor es la Palabra de Dios por medio de la cuál, Nuestro Padre común, creó el universo, y nos redimió del cautiverio en que estábamos sumidos. El citado Evangelista nos dice: (JN. 1, 12. 16). Si Jesús es la Palabra salvadora de Dios, nosotros debemos confiar en Él.
2. Dispongámonos a dar a conocer la Palabra de Dios.
¿Aceptamos las palabras que Jesús pronunció en sus sermones e intentamos aplicarnos los consejos que Nuestro Señor nos dio?
¿Vivimos en armonía con el Evangelio del Mesías?
Si nos consideramos cristianos, ¿qué actividades estamos llevando a cabo para que la Palabra de Dios sea conocida por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 10, 14-15).
El Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección, son los tiempos litúrgicos en que, al prepararnos a vivir las celebraciones en las que culminan los mismos, nuestro espíritu contacta fácilmente con la realidad de Dios, pero, durante el tiempo ordinario, al vivir sumidos en nuestras actividades rutinarias, quizá nos cuesta un gran esfuerzo acercarnos a Nuestro Padre común, pero, por causa de la existencia de este posible alejamiento de Dios que se hace palpable en muchas comunidades físicas y virtuales y en las celebraciones eucarísticas, hemos de utilizar y potenciar el conocimiento y uso de los medios existentes, ya sea para seguir formándonos como discípulos de Jesús, o para dar a conocer todo lo que sabemos de Dios. Jesús le dijo a Dios en su oración sacerdotal en la noche del Jueves Santo: (JN. 17, 14). Si consideramos que estamos en este mundo de paso porque aspiramos a vivir en un mundo más perfecto que las sociedades actuales, podemos interpretar correctamente las palabras que Jesús le dirigió a Nuestro Padre común, cuando le dijo que nosotros no somos de este mundo, pero esta realidad no implica el hecho de que debemos desentendernos de realizar las obras que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Los cristianos tenemos el deber de conciencia de actuar en el campo en que nos desenvolvemos para acercar a nuestros conocidos a Dios. La Evangelización es semejante en cierto modo al Marketing porque, cuanto más nos entregamos al cumplimiento del designio salvífico de Dios, obtenemos más capacidad para ejercitar nuestras virtudes y un dominio más eficaz sobre nuestros defectos, de la misma manera que, cuanto mayores son las ventas en cualquier mercado, mayores son los beneficios que obtienen quienes gestionan las ventas.
Quizás admiramos a los santos cuando leemos sus biografías, pero, ¿estamos dispuestos a imitar a esos trabajadores incansables de la viña del Señor? A pesar del aura de perfección inalcanzable que desde cierto punto de vista rodea a los santos vistos por los ojos de quienes nos los presentan como modelos inimitables, ellos fueron un poco menos perfectos que Dios, pero no hemos de olvidar que nuestra vida es semejante a la de ellos, así pues, es importante recordar que, aunque los citados siervos de Dios obtuvieron grandes méritos por su entrega sacrificial que justificó su beatificación y la canonización de muchos de ellos, hemos de recordar la vida que algunos abrazaron antes de entregarse a Dios, pues ello nos hace recordar que todos hemos sido llamados a la santidad, pero, si queremos ser santos, hemos de recordar que, si queremos recibir dádivas divinas, hemos de entregarnos a la realización del designio salvador de Dios.
Cuando ejercí de catequista de niños en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), me dijo una mujer: "El cura me ha dicho que los niños tienden a hacer lo que ven hacer a sus padres, pero yo le he dicho que eso no es verdad. A mi hijo le gusta el fútbol, y, a mi marido y a mí, no nos gusta ese deporte. ¿Se puede decir que mi niño ha heredado su adicción al fútbol de mi marido o de mi¿". Me fue muy difícil darle una respuesta satisfactoria a aquella mujer porque, los catequistas, para saber cuál es el método de aprendizaje que más se adapta a nuestros oyentes, tenemos que conocerles, y, aquella mujer, sufría la incomunicación que se ha hecho presente en el mundo en que tenemos muchos medios de comunicación, a pesar de que no hablamos de lo que es más esencial para nosotros. Durante los días laborales los adultos trabajamos y los niños estudian. Los sábados nos dedicamos a divertirnos en los centros comerciales. Los Domingos nos sentimos muy cansados, y pasamos mucho rato frente al televisor o al ordenador.
¿Qué tiempo les dedicamos a nuestros familiares?
¿Tenemos tiempo para expresarles nuestros sentimientos a nuestros seres queridos para que ellos hagan lo propio con nosotros?
¿Cómo verán los niños que sus padres son cristianos si en la práctica sus progenitores se comportan como si no creyeran en Dios?
Con respecto al pensamiento que muchos albergan en su mente referente a que la juventud carece de ética moral, ¿cómo se explica el hecho de que muchos niños y jóvenes hayan conseguido con constancia y paciencia que sus padres recuperen su fe perdida?
Cuando hablemos con nuestros amigos, digámosles con toda naturalidad que vamos a Misa, que recibimos textos muy valiosos para enriquecernos espiritualmente en nuestros buzones de correo, y que somos miembros de comunidades físicas y virtuales, de la misma forma que ellos nos hablan de sus actividades de ocio. ¡Evitemos el hecho de avergonzarnos de Nuestro Padre común!
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Jesús es la Palabra de Dios.
Después de haber celebrado la Cuaresma, la Pascua de Resurrección y las Solemnidades de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, empezamos a celebrar intensamente el segundo ciclo de los Domingos ordinarios, que concluirá, al final del año litúrgico, con la solemne celebración de los méritos y el triunfo de Cristo Rey. Para vivir el tiempo ordinario sin apartarnos de la presencia de Nuestro Padre común, hemos de vivir la aplicación de las siguientes palabras de Jesús a nuestra vida: (MT. 7, 24-25). Al meditar este fragmento correspondiente al Evangelio de hoy, nos preguntamos: ¿Por qué es tan importante la Palabra de Dios para nosotros? El autor de los Salmos responde la pregunta que nos hemos hecho en oración: (SAL. 119, 37; 52, 10). A pesar de que el Salmista no ha respondido la pregunta que nos hemos planteado, el citado Hagiógrafo nos ha instado a que nos aferremos a nuestra fe, a pesar de nuestra incapacidad de igualar la fiabilidad de las ciencias infusa y difusa ante todos los hombres, independientemente de la ideología que profesen los mismos.
Si nos apartamos de las vanidades, comprenderemos la importancia que tiene la Palabra de Dios para nosotros. San Juan Evangelista nos habla con gran precisión (JN. 1, 1-3). Analicemos, pues, lo que San Juan nos ha dicho:
1. Jesús es Hijo de Dios, y, por ello, ha existido siempre.
2. Nuestro Señor es la Palabra de Dios por medio de la cuál, Nuestro Padre común, creó el universo, y nos redimió del cautiverio en que estábamos sumidos. El citado Evangelista nos dice: (JN. 1, 12. 16). Si Jesús es la Palabra salvadora de Dios, nosotros debemos confiar en Él.
2. Dispongámonos a dar a conocer la Palabra de Dios.
¿Aceptamos las palabras que Jesús pronunció en sus sermones e intentamos aplicarnos los consejos que Nuestro Señor nos dio?
¿Vivimos en armonía con el Evangelio del Mesías?
Si nos consideramos cristianos, ¿qué actividades estamos llevando a cabo para que la Palabra de Dios sea conocida por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo?
San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 10, 14-15).
El Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección, son los tiempos litúrgicos en que, al prepararnos a vivir las celebraciones en las que culminan los mismos, nuestro espíritu contacta fácilmente con la realidad de Dios, pero, durante el tiempo ordinario, al vivir sumidos en nuestras actividades rutinarias, quizá nos cuesta un gran esfuerzo acercarnos a Nuestro Padre común, pero, por causa de la existencia de este posible alejamiento de Dios que se hace palpable en muchas comunidades físicas y virtuales y en las celebraciones eucarísticas, hemos de utilizar y potenciar el conocimiento y uso de los medios existentes, ya sea para seguir formándonos como discípulos de Jesús, o para dar a conocer todo lo que sabemos de Dios. Jesús le dijo a Dios en su oración sacerdotal en la noche del Jueves Santo: (JN. 17, 14). Si consideramos que estamos en este mundo de paso porque aspiramos a vivir en un mundo más perfecto que las sociedades actuales, podemos interpretar correctamente las palabras que Jesús le dirigió a Nuestro Padre común, cuando le dijo que nosotros no somos de este mundo, pero esta realidad no implica el hecho de que debemos desentendernos de realizar las obras que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Los cristianos tenemos el deber de conciencia de actuar en el campo en que nos desenvolvemos para acercar a nuestros conocidos a Dios. La Evangelización es semejante en cierto modo al Marketing porque, cuanto más nos entregamos al cumplimiento del designio salvífico de Dios, obtenemos más capacidad para ejercitar nuestras virtudes y un dominio más eficaz sobre nuestros defectos, de la misma manera que, cuanto mayores son las ventas en cualquier mercado, mayores son los beneficios que obtienen quienes gestionan las ventas.
Quizás admiramos a los santos cuando leemos sus biografías, pero, ¿estamos dispuestos a imitar a esos trabajadores incansables de la viña del Señor? A pesar del aura de perfección inalcanzable que desde cierto punto de vista rodea a los santos vistos por los ojos de quienes nos los presentan como modelos inimitables, ellos fueron un poco menos perfectos que Dios, pero no hemos de olvidar que nuestra vida es semejante a la de ellos, así pues, es importante recordar que, aunque los citados siervos de Dios obtuvieron grandes méritos por su entrega sacrificial que justificó su beatificación y la canonización de muchos de ellos, hemos de recordar la vida que algunos abrazaron antes de entregarse a Dios, pues ello nos hace recordar que todos hemos sido llamados a la santidad, pero, si queremos ser santos, hemos de recordar que, si queremos recibir dádivas divinas, hemos de entregarnos a la realización del designio salvador de Dios.
Cuando ejercí de catequista de niños en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), me dijo una mujer: "El cura me ha dicho que los niños tienden a hacer lo que ven hacer a sus padres, pero yo le he dicho que eso no es verdad. A mi hijo le gusta el fútbol, y, a mi marido y a mí, no nos gusta ese deporte. ¿Se puede decir que mi niño ha heredado su adicción al fútbol de mi marido o de mi¿". Me fue muy difícil darle una respuesta satisfactoria a aquella mujer porque, los catequistas, para saber cuál es el método de aprendizaje que más se adapta a nuestros oyentes, tenemos que conocerles, y, aquella mujer, sufría la incomunicación que se ha hecho presente en el mundo en que tenemos muchos medios de comunicación, a pesar de que no hablamos de lo que es más esencial para nosotros. Durante los días laborales los adultos trabajamos y los niños estudian. Los sábados nos dedicamos a divertirnos en los centros comerciales. Los Domingos nos sentimos muy cansados, y pasamos mucho rato frente al televisor o al ordenador.
¿Qué tiempo les dedicamos a nuestros familiares?
¿Tenemos tiempo para expresarles nuestros sentimientos a nuestros seres queridos para que ellos hagan lo propio con nosotros?
¿Cómo verán los niños que sus padres son cristianos si en la práctica sus progenitores se comportan como si no creyeran en Dios?
Con respecto al pensamiento que muchos albergan en su mente referente a que la juventud carece de ética moral, ¿cómo se explica el hecho de que muchos niños y jóvenes hayan conseguido con constancia y paciencia que sus padres recuperen su fe perdida?
Cuando hablemos con nuestros amigos, digámosles con toda naturalidad que vamos a Misa, que recibimos textos muy valiosos para enriquecernos espiritualmente en nuestros buzones de correo, y que somos miembros de comunidades físicas y virtuales, de la misma forma que ellos nos hablan de sus actividades de ocio. ¡Evitemos el hecho de avergonzarnos de Nuestro Padre común!
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El Reino de Dios está entre nosotros. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
el Reino de Dios está entre nosotros.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 12-23.
Lectura introductoria: JER. 23, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Cuando Jesús oyó que San Juan Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, -una importante ciudad situada a unos treinta y dos kilómetros de Nazaret-, e inició la predicación, de la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo. Ello nos recuerda la necesidad que tenemos de descubrir que hemos nacido para llevar a cabo una misión, independientemente de que consideremos que somos creyentes en Dios. San Juan nos indica en su Evangelio (4, 3), que Jesús se distanció del Bautista para no dar la impresión de que ambos predicadores se hacían la competencia, y, cuando el hijo de Zacarías e Isabel estuvo en la cárcel, porque era necesario que él se empequeñeciera, ya que era Jesús a quien le correspondía ser aceptado como Enviado de Dios (JN. 3, 30), el Señor inició su predicación, en el territorio que en el pasado les correspondió en herencia, a las tribus de Zabulón y Neftalí.
Oremos y meditemos sobre todo lo que podemos hacer en la vida, mientras leemos el texto de ECL. 3, 1-8.
Pensemos si nos ha llegado la hora de cumplir nuestra misión vital, si aún no sabemos cuál es la misma, o si nos estamos disponiendo adecuadamente, para poder llevarla a cabo.
La gran mayoría de los habitantes de Judea, -la región culta, rica y religiosa de Israel-, despreciaban a los habitantes de Cafarnaúm, porque en el pasado se mezclaron con los paganos y adoptaron sus costumbres, y aún insistían en llevar a cabo, prácticas que, para quienes los rechazaban, eran consideradas como pecaminosas. Los cristianos observamos creencias las cuales son consideradas como nuestras Verdades absolutas, pero, al analizar las creencias tanto de los miembros de una iglesia o congregación como del común de denominaciones cristianas, nos damos cuenta de que creemos en muchas verdades diferentes, y de que estamos divididos.
¿Son para nosotros más importantes las ideas que las personas?
¿Hemos aprendido a respetar a quienes no comparten nuestras creencias y a convivir con ellos?
¿Consideramos la diversidad de creencias existente como una acumulación de posibilidades que tenemos para aprender a conocernos y a vivir en armonía, o pensamos que la misma es un peligro que atenta contra la fe que profesamos?
Los judíos que habitaban en tinieblas porque eran despreciados por convivir entre los gentiles, fueron iluminados por la luz del Señor. ¿Pensamos que la luz de Cristo puede iluminar a quienes no comparten nuestras creencias, y a quienes tienen un status social diferente al nuestro?
Jesús nos dice en el Evangelio que consideraremos en este trabajo, que el Reino de los cielos, ha llegado. ¿Creemos este anuncio del Señor? ¿Cómo lo constatamos en la Iglesia de que somos miembros, en la sociedad en que vivimos, y en nuestra vida?
¿Hemos iniciado nuestro proceso de conversión al Señor? ¿Qué significa ello para nosotros?
La conversión y la penitencia tienen el mismo significado, aunque solemos asociar la última con la mortificación. ¿Es para nosotros la conversión un sacrificio, o una entrega a Dios, voluntaria y generosa?
Jesús les dijo a los hermanos Simón y Andrés que lo siguieran, para hacerlos pescadores de hombres. Ambos hermanos no tenían un conocimiento del Señor tan perfecto, como el que adquirieron, durante los años que acompañaron al mesías. Todos los cristianos somos llamados a ser pescadores de hombres. Si esperamos a tener un conocimiento del Señor perfecto antes de llevar a cabo dicho trabajo, jamás lo desempeñaremos, porque nos es imposible ser perfectos.
Simón, Andrés, Santiago y Juan, siguieron a Jesús en el mismo instante en que el Señor los llamó. ¿Hemos adoptado el compromiso de ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
Jesús recorrió las sinagogas de Galilea, predicando el Evangelio, y sanando a los enfermos. ¿Cómo predicamos los cristianos la Palabra de Dios, y ayudamos a exterminar las carencias de la humanidad?
2. Leemos atentamente MT. 4, 12-23, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 12-23.
3-1. ¿Por qué escribió San Mateo que Jesús inició a predicar el Evangelio en Cafarnaúm? (MT. 4, 12-13).
Desde el punto de vista científico, dado que San Mateo escribió su Evangelio para hacer que los judíos creyeran en Jesús, tenía que relacionar la vida, el Ministerio, la Pasión, la muerte, la Resurrección, y la glorificación del mesías, con textos del Antiguo Testamento, que sirvieran como profecías, de dichos acontecimientos. Es esta la razón por la que, la primera parte del Evangelio que estamos considerando (MT. 4, 12-17), está profetizada en IS. 8, 23-9, 2.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?
1. Es sabido que los judíos vivían en tribus, las cuales se dividían en familias, en las que, cuanto mayor era la edad de los hombres, adquirían un mayor poder, sobre los más jóvenes, las mujeres y los niños. Si, utilizando nuestro vocabulario actual, decimos que Jesús quería ser original, tenía que distanciarse de su familia, y de su tribu. Jesús no podía elegir discípulos de entre sus familiares que fueran mayores que él o tuvieran su misma edad, pues nunca hubiera podido llegar a ser, maestro de los tales. Cuando el Hijo de María buscó seguidores entre gente extraña, es probable que sus parientes se sintieran avergonzados de Él, por no haber contado con ellos, para llevar a cabo su misión.
2. Como Jesús era conocido en Nazaret como un simple trabajador, no podía ser aceptado como Mesías (MT. 13, 54-58), porque existía la creencia de que el Mesías debía surgir entre la realeza, y no entre los burgueses ni los trabajadores humildes.
3. Aunque la actividad de Jesús durante los tres años que predicó el Evangelio se encaminó principalmente al pueblo judío, el Mesías también quiso darse a conocer a los paganos, cuya evangelización les correspondió a sus seguidores, después de que aconteciera su glorificación.
4. Al predicar su mensaje en una ciudad en que convivía gente de diferentes creencias, y al hablar en el idioma de quienes viven solventando las carencias de quienes sufren por diversas causas, Jesús debió tener la esperanza de contar con más recursos de los que le proporcionarían sus hermanos de raza, dado que los fariseos no cesaban de anunciar que el sufrimiento estaba causado por los pecados de quienes padecían, para evitar que sus oyentes socorrieran a los más necesitados, y les dieran el dinero que tuvieran previsto, para socorrer a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados. No olvidemos que esta creencia aún existe entre muchos cristianos desgraciadamente.
3-2. La luz y las tinieblas (MT. 4, 14-16).
Dado que existía la creencia de que el Mesías tenía que ser miembro de la alta esfera social, San Mateo vinculó a Jesús con los galileos marginados por vivir en contacto con los paganos. Cuando acaeció el incendio del Templo de Jerusalén y la derrota de la ciudad santa por parte de Roma el año setenta del siglo I, desapareció el partido de los saduceos, y los fariseos lideraron el Judaísmo. Cuando estos alcanzaron el poder, iniciaron una gran presión contra los cristianos, con el fin de dirigir la espiritualidad de todos sus hermanos de raza. San Mateo vinculó a Jesús con los socialmente marginados por cualquier circunstancia, para darles a entender que, aunque se les acusaba de sufrir por causa de sus pecados o las transgresiones de la Ley de Moisés por parte de sus antepasados, la realidad era que Dios no los había abandonado, de lo cual, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús, eran pruebas irrefutables.
Los judíos que habitaban en las tinieblas de la marginación social por su contacto con los gentiles, su pobreza, o sus enfermedades, vieron una gran luz (JN. 8, 12). La luz de Jesús amaneció sobre quienes vivían bajo el influjo de la muerte, por cuanto eran considerados rechazados por dios, por causa de sus pecados, o de las transgresiones de la Ley de Israel, que llevaron a cabo, sus antepasados.
¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?
3-3. La conversión y la llegada del Reino de Dios al mundo (MT. 4, 17).
3-3-1. La conversión.
¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios? Para responder la pregunta que nos hemos planteado, debemos volver a recordar que San Mateo era judío, y escribió su Evangelio para lectores de su raza, que no pronunciaban el Nombre de Dios, porque lo reverenciaban profundamente. La negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino, ha sido usada, para que los cristianos llamemos a Dios, utilizando diferentes nombres. Es esta la razón por la que unos cristianos llaman a Nuestro Padre celestial "Yahveh", y otros "jehová", sin tener en cuenta que, para que el "Tetragramaton" (YHWH) fuera pronunciable, se le añadió las letras "e", "o" y "a" de "Edonay", que se traduce como "mi Señor", de donde proviene la palabra "Jehová".
Dado que porque no somos perfectos tenemos la posibilidad de ser mejores personas, siempre podemos fijarnos metas, con el fin de superarnos a nosotros mismos. En el caso de los cristianos, la conversión, -es decir, el fiel seguimiento de Jesús, actuando tal como lo haría el Hijo de Dios y María en nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible-, es una gran meta a alcanzar.
¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús? Para Sigmund Freud, el ego es una instancia psíquica consciente reconocida como yo, que se encarga de la identidad personal y las relaciones mantenidas con el medio, controladora de nuestros movimientos complejos y coordinados (motilidad), y mediadora entre los instintos de la fuente inconsciente de nuestra energía psíquica, contenedora de la totalidad de los instintos reprimidos, que solo se rige por el principio del placer (el ello), y los ideales de la parte inconsciente del yo que se observa, se juzga y trata de imponerse a sí mismo, siguiendo las referencias de las demandas de un yo idealizado (el superyó), y la realidad del mundo externo. Dado que el egoísmo es un amor no moderado y excesivo hacia sí mismo, que hace atender exclusivamente los intereses personales, y descuidarse de los demás, hay cristianos que piensan que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego, mientras que otros piensan que, dada nuestra imperfección, solo podremos asemejarnos al Mesías, en la medida que nos sea posible, mientras aguardamos la llegada del día en que, el Señor, concluya su obra en nosotros.
3-3-2. La llegada del Reino de Dios al mundo.
¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-? Dado que este trabajo será leído por cristianos de diferentes denominaciones, para unos el Reino de Dios será la Iglesia a que pertenecen, para otros será el mismo Jesús por cuanto considerarán que llamar Reino celestial a una iglesia imperfecta es pecar de soberbia, y otros considerarán que todos hemos sido llamados a formar parte de la sociedad a que pertenecemos, la cuál puede ser perfeccionada, y llegar a ser el Reino de Dios, según ayudemos a exterminar las carencias de nuestros prójimos los hombres, según las posibilidades que tengamos para llevar a cabo tan magno propósito, en cada momento de nuestra vida.
¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de dios? Actuemos tal como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias, y tuviera las oportunidades de hacer el bien que tengamos, en cuanto ello nos sea posible.
3-4. Jesús nos invita a ser pescadores de hombres (MT. 4, 18-20).
Jesús invitó a los hermanos Pedro y Andrés a que dejaran su negocio de pesca, para dedicarse a ser pescadores de hombres. Este no fue el primer encuentro que ambos hermanos mantuvieron con Jesús. Mientras que muchos cristianos se dedican exclusivamente a llevar a cabo la obra de Dios, la gran mayoría de quienes nos consideramos seguidores de Jesús, podemos emplear parte de nuestro tiempo, energía y medios, para ser pescadores de hombres. No somos invitados a pescar y a alimentarnos de nuestras víctimas, sino a pescar peces vivos con la red figurativa de la Iglesia para darles una vida mejor, así pues, recordemos que, para los católicos, la Iglesia a que pertenecen, es conocida, como la barca de San Pedro.
3-5. Jesús nos invita a seguirlo cuando nos ocupamos en nuestras actividades ordinarias (MT. 4, 21-22).
Santiago y Juan estaban reparando las redes de la barca en que trabajaban con su padre, cuando recibieron la invitación de Jesús a seguirlo. Tal como anteriormente lo hicieron Simón Pedro y Andrés, Santiago y Juan siguieron a Jesús instantáneamente, sin intentar excusarse. Mientras que los intérpretes bíblicos se debaten entre la posibilidad de que dichos pescadores se hicieran discípulos de Jesús gradualmente, y el hecho de que quizás siguieron al Mesías como si hubieran sido llamados al apostolado en la ocasión que estamos recordando, pensemos en cómo es nuestro seguimiento de Jesús, y si queremos y podemos mejorar la calidad de las actividades que realizamos en la viña del Señor, y la calidez de nuestras relaciones, con creyentes y no creyentes.
3-6. ¿Qué decía y hacía Jesús para ganar almas para el cielo? (MT. 4, 23).
Jesús predicaba el Evangelio, enseñaba la Palabra de Dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas. Aunque estos fueron los aspectos más notables del Ministerio público del Señor, no debemos olvidar que acostumbraba ayudar a los pobres (JN. 13, 29).
¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?
¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 4, 12-23 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué relacionó San Mateo la primera parte del Evangelio que hemos considerado con el texto de IS. 8, 23-9, 2?
2. ¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?
3. ¿Por qué se vio Jesús obligado a distanciarse de los miembros de su tribu y de su familia para escoger a sus futuros Apóstoles?
4. ¿Por qué es probable que bastantes familiares de Jesús se sintieran avergonzados del Señor?
5. ¿Por qué tuvo Jesús problemas para ser aceptado como Mesías en Israel, los cuales se hicieron más notables en Nazaret?
6. ¿Por qué promovían los fariseos el pensamiento de que el sufrimiento era consecuente de los pecados personales y de las transgresiones de la Ley de los antepasados?
7. ¿Son nuestros problemas causas de nuestra condición pecadora? ¿Por qué?
8. ¿Piensas que los cristianos discapacitados deben predicar en las iglesias, o deben permanecer entre los asistentes a las celebraciones cultuales, para que nadie de entre los tales piense que los líderes religiosos y sus colaboradores abusan de los tales?
3-2.
9. ¿Por qué vinculó San Mateo a Jesús con los galileos socialmente marginados por los habitantes de Judea porque vivían en contacto con los paganos?
10. ¿Qué les sucedió a los fariseos cuando se extinguió el partido de los grandes terratenientes?
11. ¿Qué les hicieron los fariseos a los cristianos cuando se sintieron poderosos? ¿Por qué?
12. ¿Por qué han existido muchos cristianos antisemitas a lo largo de los últimos veinte siglos?
13. ¿De qué era una prueba irrefutable para los marginados de Israel la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús?
14. ¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?
3-3.
3-3-1.
15. ¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios?
16. ¿Por qué no pronunciaban los judíos el Nombre de dios?
17. ¿Qué hemos hecho los cristianos con la negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino?
18. ¿Cuál es el verdadero Nombre de Dios?
19. ¿Cuáles son los Nombres de Dios más utilizados en la biblia?
20. ¿Por qué podemos fijarnos metas con el fin de superarnos a nosotros mismos?
21. ¿Qué es para los cristianos la conversión?
22. ¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús?
23. ¿Puedes definir lo que es el ego, la motilidad, el ello y el superyó, según Sigmund Freud?
24. ¿Por qué piensan muchos cristianos que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego?
25. ¿Por qué no podemos asemejarnos al Mesías en la actualidad?
26. ¿Cuándo podremos ser como Jesús?
3-3-2.
27. ¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-?
28. ¿Es la Iglesia a que pertenecemos el Reino de dios? ¿Por qué?
29. ¿Por qué se dice entre los católicos que la Iglesia a que pertenecen es germen del Reino de Dios? (CIC. n. 541).
30. ¿Por qué piensan muchos cristianos que el Reino de Dios es la Persona de Jesús?
31. ¿Cómo puede la tierra llegar a ser el Reino de Dios?
32. ¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de Dios?
3-4.
33. ¿Por qué invitó Jesús a Simón Pedro y a su hermano Andrés a ser pescadores de hombres?
34. ¿Por qué dejaron ambos hermanos su trabajo y se separaron de sus familiares para seguir a Jesús?
35. ¿Por qué hemos sido llamados a pescar hombres vivos por Jesús?
36. ¿Cuál es el simbolismo de la red y de la barca de San Pedro?
3-5.
36. ¿Qué estaban haciendo los hijos de Zebedeo cuando Jesús los invitó a seguirlo?
37. ¿Cómo seguimos a Jesús?
38. ¿Podemos mejorar la calidad del trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor, y la calidez de las relaciones que mantenemos, con creyentes y no creyentes?
3-6.
39. ¿Por qué predicaba Jesús el Evangelio, enseñaba la Palabra de dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas?
40. ¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?
41. ¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 4, 12-23.
Comprometámonos a orar por la unidad de los cristianos, no solo en esta semana en que oramos especialmente por tal motivo, sino, durante todo el año.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Porque eres la luz del mundo que exterminas nuestras tinieblas cuando te confiamos nuestra vida, ilumínanos para que te conozcamos, practiquemos tus enseñanzas, y conozcamos el arte de la oración.
Porque el Reino de Dios está entre nosotros (LC. 17, 21), haznos miembros del mismo, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.
Gracias por oír nuestras oraciones, y concedernos lo que te pedimos, cuando nos disponemos a ser, tus fieles hermanos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 19, glorificando al Dios Uno y Trino.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
el Reino de Dios está entre nosotros.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 12-23.
Lectura introductoria: JER. 23, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Cuando Jesús oyó que San Juan Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, -una importante ciudad situada a unos treinta y dos kilómetros de Nazaret-, e inició la predicación, de la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo. Ello nos recuerda la necesidad que tenemos de descubrir que hemos nacido para llevar a cabo una misión, independientemente de que consideremos que somos creyentes en Dios. San Juan nos indica en su Evangelio (4, 3), que Jesús se distanció del Bautista para no dar la impresión de que ambos predicadores se hacían la competencia, y, cuando el hijo de Zacarías e Isabel estuvo en la cárcel, porque era necesario que él se empequeñeciera, ya que era Jesús a quien le correspondía ser aceptado como Enviado de Dios (JN. 3, 30), el Señor inició su predicación, en el territorio que en el pasado les correspondió en herencia, a las tribus de Zabulón y Neftalí.
Oremos y meditemos sobre todo lo que podemos hacer en la vida, mientras leemos el texto de ECL. 3, 1-8.
Pensemos si nos ha llegado la hora de cumplir nuestra misión vital, si aún no sabemos cuál es la misma, o si nos estamos disponiendo adecuadamente, para poder llevarla a cabo.
La gran mayoría de los habitantes de Judea, -la región culta, rica y religiosa de Israel-, despreciaban a los habitantes de Cafarnaúm, porque en el pasado se mezclaron con los paganos y adoptaron sus costumbres, y aún insistían en llevar a cabo, prácticas que, para quienes los rechazaban, eran consideradas como pecaminosas. Los cristianos observamos creencias las cuales son consideradas como nuestras Verdades absolutas, pero, al analizar las creencias tanto de los miembros de una iglesia o congregación como del común de denominaciones cristianas, nos damos cuenta de que creemos en muchas verdades diferentes, y de que estamos divididos.
¿Son para nosotros más importantes las ideas que las personas?
¿Hemos aprendido a respetar a quienes no comparten nuestras creencias y a convivir con ellos?
¿Consideramos la diversidad de creencias existente como una acumulación de posibilidades que tenemos para aprender a conocernos y a vivir en armonía, o pensamos que la misma es un peligro que atenta contra la fe que profesamos?
Los judíos que habitaban en tinieblas porque eran despreciados por convivir entre los gentiles, fueron iluminados por la luz del Señor. ¿Pensamos que la luz de Cristo puede iluminar a quienes no comparten nuestras creencias, y a quienes tienen un status social diferente al nuestro?
Jesús nos dice en el Evangelio que consideraremos en este trabajo, que el Reino de los cielos, ha llegado. ¿Creemos este anuncio del Señor? ¿Cómo lo constatamos en la Iglesia de que somos miembros, en la sociedad en que vivimos, y en nuestra vida?
¿Hemos iniciado nuestro proceso de conversión al Señor? ¿Qué significa ello para nosotros?
La conversión y la penitencia tienen el mismo significado, aunque solemos asociar la última con la mortificación. ¿Es para nosotros la conversión un sacrificio, o una entrega a Dios, voluntaria y generosa?
Jesús les dijo a los hermanos Simón y Andrés que lo siguieran, para hacerlos pescadores de hombres. Ambos hermanos no tenían un conocimiento del Señor tan perfecto, como el que adquirieron, durante los años que acompañaron al mesías. Todos los cristianos somos llamados a ser pescadores de hombres. Si esperamos a tener un conocimiento del Señor perfecto antes de llevar a cabo dicho trabajo, jamás lo desempeñaremos, porque nos es imposible ser perfectos.
Simón, Andrés, Santiago y Juan, siguieron a Jesús en el mismo instante en que el Señor los llamó. ¿Hemos adoptado el compromiso de ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
Jesús recorrió las sinagogas de Galilea, predicando el Evangelio, y sanando a los enfermos. ¿Cómo predicamos los cristianos la Palabra de Dios, y ayudamos a exterminar las carencias de la humanidad?
2. Leemos atentamente MT. 4, 12-23, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 12-23.
3-1. ¿Por qué escribió San Mateo que Jesús inició a predicar el Evangelio en Cafarnaúm? (MT. 4, 12-13).
Desde el punto de vista científico, dado que San Mateo escribió su Evangelio para hacer que los judíos creyeran en Jesús, tenía que relacionar la vida, el Ministerio, la Pasión, la muerte, la Resurrección, y la glorificación del mesías, con textos del Antiguo Testamento, que sirvieran como profecías, de dichos acontecimientos. Es esta la razón por la que, la primera parte del Evangelio que estamos considerando (MT. 4, 12-17), está profetizada en IS. 8, 23-9, 2.
¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?
1. Es sabido que los judíos vivían en tribus, las cuales se dividían en familias, en las que, cuanto mayor era la edad de los hombres, adquirían un mayor poder, sobre los más jóvenes, las mujeres y los niños. Si, utilizando nuestro vocabulario actual, decimos que Jesús quería ser original, tenía que distanciarse de su familia, y de su tribu. Jesús no podía elegir discípulos de entre sus familiares que fueran mayores que él o tuvieran su misma edad, pues nunca hubiera podido llegar a ser, maestro de los tales. Cuando el Hijo de María buscó seguidores entre gente extraña, es probable que sus parientes se sintieran avergonzados de Él, por no haber contado con ellos, para llevar a cabo su misión.
2. Como Jesús era conocido en Nazaret como un simple trabajador, no podía ser aceptado como Mesías (MT. 13, 54-58), porque existía la creencia de que el Mesías debía surgir entre la realeza, y no entre los burgueses ni los trabajadores humildes.
3. Aunque la actividad de Jesús durante los tres años que predicó el Evangelio se encaminó principalmente al pueblo judío, el Mesías también quiso darse a conocer a los paganos, cuya evangelización les correspondió a sus seguidores, después de que aconteciera su glorificación.
4. Al predicar su mensaje en una ciudad en que convivía gente de diferentes creencias, y al hablar en el idioma de quienes viven solventando las carencias de quienes sufren por diversas causas, Jesús debió tener la esperanza de contar con más recursos de los que le proporcionarían sus hermanos de raza, dado que los fariseos no cesaban de anunciar que el sufrimiento estaba causado por los pecados de quienes padecían, para evitar que sus oyentes socorrieran a los más necesitados, y les dieran el dinero que tuvieran previsto, para socorrer a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados. No olvidemos que esta creencia aún existe entre muchos cristianos desgraciadamente.
3-2. La luz y las tinieblas (MT. 4, 14-16).
Dado que existía la creencia de que el Mesías tenía que ser miembro de la alta esfera social, San Mateo vinculó a Jesús con los galileos marginados por vivir en contacto con los paganos. Cuando acaeció el incendio del Templo de Jerusalén y la derrota de la ciudad santa por parte de Roma el año setenta del siglo I, desapareció el partido de los saduceos, y los fariseos lideraron el Judaísmo. Cuando estos alcanzaron el poder, iniciaron una gran presión contra los cristianos, con el fin de dirigir la espiritualidad de todos sus hermanos de raza. San Mateo vinculó a Jesús con los socialmente marginados por cualquier circunstancia, para darles a entender que, aunque se les acusaba de sufrir por causa de sus pecados o las transgresiones de la Ley de Moisés por parte de sus antepasados, la realidad era que Dios no los había abandonado, de lo cual, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús, eran pruebas irrefutables.
Los judíos que habitaban en las tinieblas de la marginación social por su contacto con los gentiles, su pobreza, o sus enfermedades, vieron una gran luz (JN. 8, 12). La luz de Jesús amaneció sobre quienes vivían bajo el influjo de la muerte, por cuanto eran considerados rechazados por dios, por causa de sus pecados, o de las transgresiones de la Ley de Israel, que llevaron a cabo, sus antepasados.
¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?
3-3. La conversión y la llegada del Reino de Dios al mundo (MT. 4, 17).
3-3-1. La conversión.
¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios? Para responder la pregunta que nos hemos planteado, debemos volver a recordar que San Mateo era judío, y escribió su Evangelio para lectores de su raza, que no pronunciaban el Nombre de Dios, porque lo reverenciaban profundamente. La negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino, ha sido usada, para que los cristianos llamemos a Dios, utilizando diferentes nombres. Es esta la razón por la que unos cristianos llaman a Nuestro Padre celestial "Yahveh", y otros "jehová", sin tener en cuenta que, para que el "Tetragramaton" (YHWH) fuera pronunciable, se le añadió las letras "e", "o" y "a" de "Edonay", que se traduce como "mi Señor", de donde proviene la palabra "Jehová".
Dado que porque no somos perfectos tenemos la posibilidad de ser mejores personas, siempre podemos fijarnos metas, con el fin de superarnos a nosotros mismos. En el caso de los cristianos, la conversión, -es decir, el fiel seguimiento de Jesús, actuando tal como lo haría el Hijo de Dios y María en nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible-, es una gran meta a alcanzar.
¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús? Para Sigmund Freud, el ego es una instancia psíquica consciente reconocida como yo, que se encarga de la identidad personal y las relaciones mantenidas con el medio, controladora de nuestros movimientos complejos y coordinados (motilidad), y mediadora entre los instintos de la fuente inconsciente de nuestra energía psíquica, contenedora de la totalidad de los instintos reprimidos, que solo se rige por el principio del placer (el ello), y los ideales de la parte inconsciente del yo que se observa, se juzga y trata de imponerse a sí mismo, siguiendo las referencias de las demandas de un yo idealizado (el superyó), y la realidad del mundo externo. Dado que el egoísmo es un amor no moderado y excesivo hacia sí mismo, que hace atender exclusivamente los intereses personales, y descuidarse de los demás, hay cristianos que piensan que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego, mientras que otros piensan que, dada nuestra imperfección, solo podremos asemejarnos al Mesías, en la medida que nos sea posible, mientras aguardamos la llegada del día en que, el Señor, concluya su obra en nosotros.
3-3-2. La llegada del Reino de Dios al mundo.
¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-? Dado que este trabajo será leído por cristianos de diferentes denominaciones, para unos el Reino de Dios será la Iglesia a que pertenecen, para otros será el mismo Jesús por cuanto considerarán que llamar Reino celestial a una iglesia imperfecta es pecar de soberbia, y otros considerarán que todos hemos sido llamados a formar parte de la sociedad a que pertenecemos, la cuál puede ser perfeccionada, y llegar a ser el Reino de Dios, según ayudemos a exterminar las carencias de nuestros prójimos los hombres, según las posibilidades que tengamos para llevar a cabo tan magno propósito, en cada momento de nuestra vida.
¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de dios? Actuemos tal como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias, y tuviera las oportunidades de hacer el bien que tengamos, en cuanto ello nos sea posible.
3-4. Jesús nos invita a ser pescadores de hombres (MT. 4, 18-20).
Jesús invitó a los hermanos Pedro y Andrés a que dejaran su negocio de pesca, para dedicarse a ser pescadores de hombres. Este no fue el primer encuentro que ambos hermanos mantuvieron con Jesús. Mientras que muchos cristianos se dedican exclusivamente a llevar a cabo la obra de Dios, la gran mayoría de quienes nos consideramos seguidores de Jesús, podemos emplear parte de nuestro tiempo, energía y medios, para ser pescadores de hombres. No somos invitados a pescar y a alimentarnos de nuestras víctimas, sino a pescar peces vivos con la red figurativa de la Iglesia para darles una vida mejor, así pues, recordemos que, para los católicos, la Iglesia a que pertenecen, es conocida, como la barca de San Pedro.
3-5. Jesús nos invita a seguirlo cuando nos ocupamos en nuestras actividades ordinarias (MT. 4, 21-22).
Santiago y Juan estaban reparando las redes de la barca en que trabajaban con su padre, cuando recibieron la invitación de Jesús a seguirlo. Tal como anteriormente lo hicieron Simón Pedro y Andrés, Santiago y Juan siguieron a Jesús instantáneamente, sin intentar excusarse. Mientras que los intérpretes bíblicos se debaten entre la posibilidad de que dichos pescadores se hicieran discípulos de Jesús gradualmente, y el hecho de que quizás siguieron al Mesías como si hubieran sido llamados al apostolado en la ocasión que estamos recordando, pensemos en cómo es nuestro seguimiento de Jesús, y si queremos y podemos mejorar la calidad de las actividades que realizamos en la viña del Señor, y la calidez de nuestras relaciones, con creyentes y no creyentes.
3-6. ¿Qué decía y hacía Jesús para ganar almas para el cielo? (MT. 4, 23).
Jesús predicaba el Evangelio, enseñaba la Palabra de Dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas. Aunque estos fueron los aspectos más notables del Ministerio público del Señor, no debemos olvidar que acostumbraba ayudar a los pobres (JN. 13, 29).
¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?
¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 4, 12-23 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué relacionó San Mateo la primera parte del Evangelio que hemos considerado con el texto de IS. 8, 23-9, 2?
2. ¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?
3. ¿Por qué se vio Jesús obligado a distanciarse de los miembros de su tribu y de su familia para escoger a sus futuros Apóstoles?
4. ¿Por qué es probable que bastantes familiares de Jesús se sintieran avergonzados del Señor?
5. ¿Por qué tuvo Jesús problemas para ser aceptado como Mesías en Israel, los cuales se hicieron más notables en Nazaret?
6. ¿Por qué promovían los fariseos el pensamiento de que el sufrimiento era consecuente de los pecados personales y de las transgresiones de la Ley de los antepasados?
7. ¿Son nuestros problemas causas de nuestra condición pecadora? ¿Por qué?
8. ¿Piensas que los cristianos discapacitados deben predicar en las iglesias, o deben permanecer entre los asistentes a las celebraciones cultuales, para que nadie de entre los tales piense que los líderes religiosos y sus colaboradores abusan de los tales?
3-2.
9. ¿Por qué vinculó San Mateo a Jesús con los galileos socialmente marginados por los habitantes de Judea porque vivían en contacto con los paganos?
10. ¿Qué les sucedió a los fariseos cuando se extinguió el partido de los grandes terratenientes?
11. ¿Qué les hicieron los fariseos a los cristianos cuando se sintieron poderosos? ¿Por qué?
12. ¿Por qué han existido muchos cristianos antisemitas a lo largo de los últimos veinte siglos?
13. ¿De qué era una prueba irrefutable para los marginados de Israel la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús?
14. ¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?
3-3.
3-3-1.
15. ¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios?
16. ¿Por qué no pronunciaban los judíos el Nombre de dios?
17. ¿Qué hemos hecho los cristianos con la negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino?
18. ¿Cuál es el verdadero Nombre de Dios?
19. ¿Cuáles son los Nombres de Dios más utilizados en la biblia?
20. ¿Por qué podemos fijarnos metas con el fin de superarnos a nosotros mismos?
21. ¿Qué es para los cristianos la conversión?
22. ¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús?
23. ¿Puedes definir lo que es el ego, la motilidad, el ello y el superyó, según Sigmund Freud?
24. ¿Por qué piensan muchos cristianos que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego?
25. ¿Por qué no podemos asemejarnos al Mesías en la actualidad?
26. ¿Cuándo podremos ser como Jesús?
3-3-2.
27. ¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-?
28. ¿Es la Iglesia a que pertenecemos el Reino de dios? ¿Por qué?
29. ¿Por qué se dice entre los católicos que la Iglesia a que pertenecen es germen del Reino de Dios? (CIC. n. 541).
30. ¿Por qué piensan muchos cristianos que el Reino de Dios es la Persona de Jesús?
31. ¿Cómo puede la tierra llegar a ser el Reino de Dios?
32. ¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de Dios?
3-4.
33. ¿Por qué invitó Jesús a Simón Pedro y a su hermano Andrés a ser pescadores de hombres?
34. ¿Por qué dejaron ambos hermanos su trabajo y se separaron de sus familiares para seguir a Jesús?
35. ¿Por qué hemos sido llamados a pescar hombres vivos por Jesús?
36. ¿Cuál es el simbolismo de la red y de la barca de San Pedro?
3-5.
36. ¿Qué estaban haciendo los hijos de Zebedeo cuando Jesús los invitó a seguirlo?
37. ¿Cómo seguimos a Jesús?
38. ¿Podemos mejorar la calidad del trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor, y la calidez de las relaciones que mantenemos, con creyentes y no creyentes?
3-6.
39. ¿Por qué predicaba Jesús el Evangelio, enseñaba la Palabra de dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas?
40. ¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?
41. ¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 4, 12-23.
Comprometámonos a orar por la unidad de los cristianos, no solo en esta semana en que oramos especialmente por tal motivo, sino, durante todo el año.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Porque eres la luz del mundo que exterminas nuestras tinieblas cuando te confiamos nuestra vida, ilumínanos para que te conozcamos, practiquemos tus enseñanzas, y conozcamos el arte de la oración.
Porque el Reino de Dios está entre nosotros (LC. 17, 21), haznos miembros del mismo, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.
Gracias por oír nuestras oraciones, y concedernos lo que te pedimos, cuando nos disponemos a ser, tus fieles hermanos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 19, glorificando al Dios Uno y Trino.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor. (Meditación del Salmo responsorial de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.
Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.
Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.
(SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.
Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.
El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.
El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.
(SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.
(SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.
De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.
Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.
Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.
Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.
(SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.
Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.
El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.
El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.
(SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.
(SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.
De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.
Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).
Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).
Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.
Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.
2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.
Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).
3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.
Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.
4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.
5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).
Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).
6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?
¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).
7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.
8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.
9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.
10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.
11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.
12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).
¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?
¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?
¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?
13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.
La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).
14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.
15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).
16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).
17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.
Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).
18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).
Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).
Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.
Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.
2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.
Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).
3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.
Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.
4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.
5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).
Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).
6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?
¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).
7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.
8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.
9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.
10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.
11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.
12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).
¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?
¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?
¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?
13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.
La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).
14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.
15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).
16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).
17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.
Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).
18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
Meditación.
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.
Meditación.
1. Dios ha amanecido sobre nosotros en este día de la Epifanía -o manifestación- de Nuestro Señor Jesucristo porque estamos dispuestos a aceptar su Palabra como Verdad Suprema y nos hemos comprometido a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Isaías nos dice en la primera lectura que Dios es todopoderoso, nuestra fuerza salvadora, la luz que nos guía en medio de las tinieblas en que vivimos cuando no sabemos vencer nuestras dificultades o cuando carecemos de la fuerza que necesitamos para afrontar y confrontar todos los aspectos de la vida que nos hacen sufrir. Quienes no creen en Dios viven en tinieblas, no porque son pecadores, sino porque están privados de la gran alegría que significa para nosotros la seguridad plena de que no estamos solos ante nuestras dificultades. Quienes aprendimos a tener fe siendo adolescentes o adultos, sabemos que la vida que rechaza la luz de Dios está llena de incertidumbres. Dios es Nuestro Salvador, y su poder es infinito. En la primera lectura, el Profeta nos hace entender que Dios irradiará su luz a la humanidad desde Jerusalén, y que todas las naciones le adorarán en la ciudad tres veces santa, según los cultos judío, cristiano y musulmán. Pensemos, queridos hermanos y amigos, que Nuestro Hermano y Señor Jesús, nos redimió a escasos kilómetros de Jerusalén (LC. 13, 33). El día en que acontezca la segunda venida -o la Parusía- de Jesús, todos los habitantes del mundo iremos a la Ciudad santa, portando nuestros tesoros espirituales, así pues, Nuestro Señor nos juzgará, limpiándonos de nuestras imperfecciones e impurezas.
2. El Salmo responsorial constituye una alabanza a Dios que se le puede aplicar a Cristo, -Nuestro Rey-, quien, en actitud suplicante, le pidió al Padre que lo facultara para llevar a cabo la misión que le encomendó sin fracasar. La súplica sobre la que meditamos en el citado Salmo era confiada, así pues, no estaba marcada por la desesperación ni la carencia de fe, sino por el vivo deseo de un Jesús joven, marcado por diversas experiencias vitales, y dispuesto para que el Espíritu Santo le amoldara al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, con gran sabiduría, y sin admitir ninguna vacilación. Cristo es el Rey cabal y perfecto que necesitamos, de hecho, sólo Él nos puede salvar.
3. Cuando los magos llegaron a Jerusalén preguntando por el Rey de los judíos, ni siquiera los más instruidos en el conocimiento del Verbo divino, pensaron que se les interrogaba sobre la Natividad del Mesías, así pues, los citados magos fueron conducidos al palacio de Herodes. Para bochorno de Jerusalén y gloria de los magos gentiles, el pueblo que tantas revelaciones de Dios había recibido a lo largo de su Historia, dormía aletargado por la difícil situación de subyugación con respecto a Roma, el terrorismo interno y la manipulación religiosa que padecía. No podemos culpar a todos los habitantes de Jerusalén por carecer de fe, pero, cuando los magos visitaron el palacio del Rey, Yahveh debió sentirse descorazonado al pensar que su pueblo le ignoraba, a pesar de las múltiples formas que se le había manifestado en el pasado. Los magos les señalaron a los israelitas el camino para encontrar al Mesías. Recuerdo el día en que los Príncipes de Asturias celebraron su enlace conyugal. Millones de personas estuvimos pendientes a aquel trascendental evento que sin duda alguna ha marcado la Historia de mi país. Nuestra fe es pequeña, porque aún no hemos tomado la decisión de caminar, mirando al cielo, y con los pies muy firmes sobre la tierra, buscando la estrella de la fe.
¿Por qué no descansamos durante el día y caminamos afectados por el abrazo de las tinieblas buscando la estrella que ha de darles a nuestras vidas un sentido nuevo caracterizado por la eternidad?
Ante el estamento social de los grandes personajes que aparecen en el Evangelio de hoy, Jesús aparece marcado por la debilidad, la ignorancia, el desprecio y la persecución.
¿Cómo puede explicarse el hecho de que Herodes emprendiera una persecución contra un Niño indefenso?
¿Qué sentido tuvo la matanza de los niños de Belén menores de dos años que llevaron a cabo los componentes de una centuria?
¿Cómo pudo ver Herodes a un adversario en medio de la miseria en que aquel tiempo vivía la Sagrada Familia?
Herodes asesinó impasiblemente a los niños de Belén, sin que ninguno de ellos fuera la víctima que más deseaba ejecutar.
Con cuánta naturalidad preguntaron los magos en Jerusalén por el Rey de los judíos, y con qué miedo se les informó con respecto a la Profecía de Miqueas, el cuál afirmó en su tiempo que el Enviado de Dios nacería en la pequeña ciudad de Belén de la región de Judea (MIQ. 5, 2).
¿Qué les decimos a quienes nos preguntan si tenemos fe?
¿Somos capaces de vencer la pereza que nos impide asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Somos conscientes de que al no celebrar la Eucaristía rechazamos el hecho de recibir a Nuestro Señor en la Comunión?
¿Cumplimos la voluntad de Dios?
¿Nos amparamos en un continuo ciclo de formación, acción y oración para vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre y Dios?
Los magos no intuyeron la pretensión con que Herodes les envió a informarse del lugar exacto en que estaba la Sagrada Familia. El Espíritu Santo quiso que los magos regresaran a su tierra tomando un atajo por el río Jordán, para evitar su improcedente encuentro con Herodes, el cuál, al verse burlado, montó en cólera, y ordenó el cruel asesinato de los niños de Belén (MT. 2, 16).
4. A pesar de que hoy muchos niños han amanecido rodeados de regalos, no olvidemos que, la mayoría de niños del mundo, están padeciendo circunstancias difíciles. El día de los Reyes Magos es un cúmulo de esperanza e ilusión que es mantenido por los regalos y el cariño que los niños reciben de parte de quienes les aman, sus queridos familiares, los cuáles, se hacen pasar por los Magos de Oriente, pues la magia y la posibilidad de no delatar a quienes invierten su dinero, hacen de este día un recuerdo entrañable para los pequeños. Tengamos un recuerdo solidario en virtud de ofrecerles nuestra ayuda a los niños que pasan hambre, a los sin techo, y, si nos es posible, regalémosle un juguete a un niño pobre, para que sean muchos los niños que, al menos un día a lo largo de su vida, puedan ser felices.
5. Hablando de regalos, sus Majestades de Oriente también tuvieron el detalle de ofrendarle a Jesús unas dádivas que le prepararon. No sabemos cuántos eran los magos, pero creemos que eran tres, en consideración de los regalos que le hicieron al Mesías. A estos tres astrólogos los llamamos Melchor, Gaspar y Baltasar. A Melchor le atribuimos los lingotes de oro que le dio a Jesús, con lo cuál quiso afirmar que el Señor es el Hombre más poderoso y prestigioso de todos los tiempos. El segundo mago, -Gaspar-, le ofrendó a Jesús incienso, la ofrenda que sólo se les hace a los dioses, afirmando la Deidad del Hijo de María. Baltasar, -el negro más querido por los niños-, envuelto en un halo de misterio, le ofrendó a Jesús un poco de mirra, la sustancia con que embalsamaban en aquel tiempo a quienes fallecían, indicando que, por su muerte y Resurrección, Nuestro Señor habría de llevar a cabo su misión redentora.
6. El próximo Domingo, con la celebración del Bautismo del Señor, -la segunda Epifanía de Jesús-, concluiremos el tiempo de Navidad, e iniciaremos la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma, y, después de la celebración de la Ascensión del Señor y Pentecostés, se prolongará hasta la solemnidad de Cristo Rey, para volver a comenzar un nuevo periodo de Adviento.
Todos recordamos las enseñanzas de la Iglesia con respecto al tiempo de Adviento porque aún tenemos muy presentes los textos litúrgicos que meditamos durante las cuatro semanas que precedieron a la Natividad de Jesús. La meditación de las Profecías del Antiguo Testamento nos hizo copartícipes de la Historia de la revelación de Dios a los hombres en presencia de María, reflexionando sobre el dolor de Nuestra Madre común, la Maestra que ayuda con sus oraciones a quienes padecen a vivir las circunstancias difíciles a las que se enfrentan cada día.
El tiempo de Navidad comienza con la celebración de las Vísperas de Navidad y la Natividad de Jesús, y se prolonga hasta el Bautismo del Señor, que se celebra el Domingo siguiente a la Epifanía -o la primera manifestación de Jesucristo-. En este tiempo nos estamos concienciando de que el Verbo de Dios se ha hecho Hombre, y se ha puesto a nuestro servicio para redimirnos, -es decir, para cumplir la voluntad de Dios-
En sus dos partes, el Tiempo Ordinario es una sucesión de treinta y cuatro semanas, durante las cuales, como peregrinos que recorren el mundo buscando la fuente que extinga su sed, meditaremos rápida y eficazmente la Palabra de Dios, pues no deseamos que nuestra fe se debilite en el tiempo en que viviremos escasas celebraciones.
La Cuaresma es un periodo de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo, y es sucedido por el Santo Triduo de Pascua, los tres días en que meditamos la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo, para celebrar el más jubiloso de todos los acontecimientos históricos durante cuarenta días. La Cuaresma es tiempo de conversión y penitencia, tiempo de desandar los caminos inciertos, tiempo de reconstruir lo que hemos destruido en cuanto ello nos sea posible, y tiempo en que se nos insta a mejorar como personas cristianas.
La Semana Santa es el periodo en que finaliza la Cuaresma y comenzamos la Pascua. Durante la citada semana meditamos los misterios centrales de nuestra fe: la institución de la Eucaristía, el Sacerdocio y la Penitencia, y la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor.
La Pascua se prolonga durante los cuarenta días siguientes al Domingo de Pascua o Resurrección. En ese tiempo nos esforzamos por seguir perfeccionándonos como si no hubiera finalizado la Cuaresma, con la alegría de saber que Jesús nos espera en el cielo, y de que el Espíritu Santo nos guía en nuestro camino, según recordamos este hecho en las celebraciones de la Ascensión y Pentecostés, antes de iniciar la segunda parte del Tiempo Ordinario, celebrando a la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y los Sagrados Corazones de Jesús y María.
El Tiempo Ordinario concluirá con la solemnidad de Cristo Rey, para que comprendamos que el Señor concluyó la obra que el Padre le encomendó, y que desea que nos dejemos santificar, para concluir la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros.
Queridos hermanos y amigos que no tenéis la costumbre de celebrar la Eucaristía dominical pero que habéis compartido la alegría de las fiestas navideñas con nosotros, os invito a no alejaros de la Iglesia, y me pongo a vuestra disposición, para fortalecer vuestra fe.
Pidámosles a Dios y a María Santísima, antes de finalizar esta meditación, que la luz de Cristo irradie sobre nuestras vidas, el ambiente en que nos perfeccionamos, la Iglesia, nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones, y los no creyentes.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Dios ha amanecido sobre nosotros en este día de la Epifanía -o manifestación- de Nuestro Señor Jesucristo porque estamos dispuestos a aceptar su Palabra como Verdad Suprema y nos hemos comprometido a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Isaías nos dice en la primera lectura que Dios es todopoderoso, nuestra fuerza salvadora, la luz que nos guía en medio de las tinieblas en que vivimos cuando no sabemos vencer nuestras dificultades o cuando carecemos de la fuerza que necesitamos para afrontar y confrontar todos los aspectos de la vida que nos hacen sufrir. Quienes no creen en Dios viven en tinieblas, no porque son pecadores, sino porque están privados de la gran alegría que significa para nosotros la seguridad plena de que no estamos solos ante nuestras dificultades. Quienes aprendimos a tener fe siendo adolescentes o adultos, sabemos que la vida que rechaza la luz de Dios está llena de incertidumbres. Dios es Nuestro Salvador, y su poder es infinito. En la primera lectura, el Profeta nos hace entender que Dios irradiará su luz a la humanidad desde Jerusalén, y que todas las naciones le adorarán en la ciudad tres veces santa, según los cultos judío, cristiano y musulmán. Pensemos, queridos hermanos y amigos, que Nuestro Hermano y Señor Jesús, nos redimió a escasos kilómetros de Jerusalén (LC. 13, 33). El día en que acontezca la segunda venida -o la Parusía- de Jesús, todos los habitantes del mundo iremos a la Ciudad santa, portando nuestros tesoros espirituales, así pues, Nuestro Señor nos juzgará, limpiándonos de nuestras imperfecciones e impurezas.
2. El Salmo responsorial constituye una alabanza a Dios que se le puede aplicar a Cristo, -Nuestro Rey-, quien, en actitud suplicante, le pidió al Padre que lo facultara para llevar a cabo la misión que le encomendó sin fracasar. La súplica sobre la que meditamos en el citado Salmo era confiada, así pues, no estaba marcada por la desesperación ni la carencia de fe, sino por el vivo deseo de un Jesús joven, marcado por diversas experiencias vitales, y dispuesto para que el Espíritu Santo le amoldara al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, con gran sabiduría, y sin admitir ninguna vacilación. Cristo es el Rey cabal y perfecto que necesitamos, de hecho, sólo Él nos puede salvar.
3. Cuando los magos llegaron a Jerusalén preguntando por el Rey de los judíos, ni siquiera los más instruidos en el conocimiento del Verbo divino, pensaron que se les interrogaba sobre la Natividad del Mesías, así pues, los citados magos fueron conducidos al palacio de Herodes. Para bochorno de Jerusalén y gloria de los magos gentiles, el pueblo que tantas revelaciones de Dios había recibido a lo largo de su Historia, dormía aletargado por la difícil situación de subyugación con respecto a Roma, el terrorismo interno y la manipulación religiosa que padecía. No podemos culpar a todos los habitantes de Jerusalén por carecer de fe, pero, cuando los magos visitaron el palacio del Rey, Yahveh debió sentirse descorazonado al pensar que su pueblo le ignoraba, a pesar de las múltiples formas que se le había manifestado en el pasado. Los magos les señalaron a los israelitas el camino para encontrar al Mesías. Recuerdo el día en que los Príncipes de Asturias celebraron su enlace conyugal. Millones de personas estuvimos pendientes a aquel trascendental evento que sin duda alguna ha marcado la Historia de mi país. Nuestra fe es pequeña, porque aún no hemos tomado la decisión de caminar, mirando al cielo, y con los pies muy firmes sobre la tierra, buscando la estrella de la fe.
¿Por qué no descansamos durante el día y caminamos afectados por el abrazo de las tinieblas buscando la estrella que ha de darles a nuestras vidas un sentido nuevo caracterizado por la eternidad?
Ante el estamento social de los grandes personajes que aparecen en el Evangelio de hoy, Jesús aparece marcado por la debilidad, la ignorancia, el desprecio y la persecución.
¿Cómo puede explicarse el hecho de que Herodes emprendiera una persecución contra un Niño indefenso?
¿Qué sentido tuvo la matanza de los niños de Belén menores de dos años que llevaron a cabo los componentes de una centuria?
¿Cómo pudo ver Herodes a un adversario en medio de la miseria en que aquel tiempo vivía la Sagrada Familia?
Herodes asesinó impasiblemente a los niños de Belén, sin que ninguno de ellos fuera la víctima que más deseaba ejecutar.
Con cuánta naturalidad preguntaron los magos en Jerusalén por el Rey de los judíos, y con qué miedo se les informó con respecto a la Profecía de Miqueas, el cuál afirmó en su tiempo que el Enviado de Dios nacería en la pequeña ciudad de Belén de la región de Judea (MIQ. 5, 2).
¿Qué les decimos a quienes nos preguntan si tenemos fe?
¿Somos capaces de vencer la pereza que nos impide asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Somos conscientes de que al no celebrar la Eucaristía rechazamos el hecho de recibir a Nuestro Señor en la Comunión?
¿Cumplimos la voluntad de Dios?
¿Nos amparamos en un continuo ciclo de formación, acción y oración para vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre y Dios?
Los magos no intuyeron la pretensión con que Herodes les envió a informarse del lugar exacto en que estaba la Sagrada Familia. El Espíritu Santo quiso que los magos regresaran a su tierra tomando un atajo por el río Jordán, para evitar su improcedente encuentro con Herodes, el cuál, al verse burlado, montó en cólera, y ordenó el cruel asesinato de los niños de Belén (MT. 2, 16).
4. A pesar de que hoy muchos niños han amanecido rodeados de regalos, no olvidemos que, la mayoría de niños del mundo, están padeciendo circunstancias difíciles. El día de los Reyes Magos es un cúmulo de esperanza e ilusión que es mantenido por los regalos y el cariño que los niños reciben de parte de quienes les aman, sus queridos familiares, los cuáles, se hacen pasar por los Magos de Oriente, pues la magia y la posibilidad de no delatar a quienes invierten su dinero, hacen de este día un recuerdo entrañable para los pequeños. Tengamos un recuerdo solidario en virtud de ofrecerles nuestra ayuda a los niños que pasan hambre, a los sin techo, y, si nos es posible, regalémosle un juguete a un niño pobre, para que sean muchos los niños que, al menos un día a lo largo de su vida, puedan ser felices.
5. Hablando de regalos, sus Majestades de Oriente también tuvieron el detalle de ofrendarle a Jesús unas dádivas que le prepararon. No sabemos cuántos eran los magos, pero creemos que eran tres, en consideración de los regalos que le hicieron al Mesías. A estos tres astrólogos los llamamos Melchor, Gaspar y Baltasar. A Melchor le atribuimos los lingotes de oro que le dio a Jesús, con lo cuál quiso afirmar que el Señor es el Hombre más poderoso y prestigioso de todos los tiempos. El segundo mago, -Gaspar-, le ofrendó a Jesús incienso, la ofrenda que sólo se les hace a los dioses, afirmando la Deidad del Hijo de María. Baltasar, -el negro más querido por los niños-, envuelto en un halo de misterio, le ofrendó a Jesús un poco de mirra, la sustancia con que embalsamaban en aquel tiempo a quienes fallecían, indicando que, por su muerte y Resurrección, Nuestro Señor habría de llevar a cabo su misión redentora.
6. El próximo Domingo, con la celebración del Bautismo del Señor, -la segunda Epifanía de Jesús-, concluiremos el tiempo de Navidad, e iniciaremos la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma, y, después de la celebración de la Ascensión del Señor y Pentecostés, se prolongará hasta la solemnidad de Cristo Rey, para volver a comenzar un nuevo periodo de Adviento.
Todos recordamos las enseñanzas de la Iglesia con respecto al tiempo de Adviento porque aún tenemos muy presentes los textos litúrgicos que meditamos durante las cuatro semanas que precedieron a la Natividad de Jesús. La meditación de las Profecías del Antiguo Testamento nos hizo copartícipes de la Historia de la revelación de Dios a los hombres en presencia de María, reflexionando sobre el dolor de Nuestra Madre común, la Maestra que ayuda con sus oraciones a quienes padecen a vivir las circunstancias difíciles a las que se enfrentan cada día.
El tiempo de Navidad comienza con la celebración de las Vísperas de Navidad y la Natividad de Jesús, y se prolonga hasta el Bautismo del Señor, que se celebra el Domingo siguiente a la Epifanía -o la primera manifestación de Jesucristo-. En este tiempo nos estamos concienciando de que el Verbo de Dios se ha hecho Hombre, y se ha puesto a nuestro servicio para redimirnos, -es decir, para cumplir la voluntad de Dios-
En sus dos partes, el Tiempo Ordinario es una sucesión de treinta y cuatro semanas, durante las cuales, como peregrinos que recorren el mundo buscando la fuente que extinga su sed, meditaremos rápida y eficazmente la Palabra de Dios, pues no deseamos que nuestra fe se debilite en el tiempo en que viviremos escasas celebraciones.
La Cuaresma es un periodo de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo, y es sucedido por el Santo Triduo de Pascua, los tres días en que meditamos la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo, para celebrar el más jubiloso de todos los acontecimientos históricos durante cuarenta días. La Cuaresma es tiempo de conversión y penitencia, tiempo de desandar los caminos inciertos, tiempo de reconstruir lo que hemos destruido en cuanto ello nos sea posible, y tiempo en que se nos insta a mejorar como personas cristianas.
La Semana Santa es el periodo en que finaliza la Cuaresma y comenzamos la Pascua. Durante la citada semana meditamos los misterios centrales de nuestra fe: la institución de la Eucaristía, el Sacerdocio y la Penitencia, y la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor.
La Pascua se prolonga durante los cuarenta días siguientes al Domingo de Pascua o Resurrección. En ese tiempo nos esforzamos por seguir perfeccionándonos como si no hubiera finalizado la Cuaresma, con la alegría de saber que Jesús nos espera en el cielo, y de que el Espíritu Santo nos guía en nuestro camino, según recordamos este hecho en las celebraciones de la Ascensión y Pentecostés, antes de iniciar la segunda parte del Tiempo Ordinario, celebrando a la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y los Sagrados Corazones de Jesús y María.
El Tiempo Ordinario concluirá con la solemnidad de Cristo Rey, para que comprendamos que el Señor concluyó la obra que el Padre le encomendó, y que desea que nos dejemos santificar, para concluir la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros.
Queridos hermanos y amigos que no tenéis la costumbre de celebrar la Eucaristía dominical pero que habéis compartido la alegría de las fiestas navideñas con nosotros, os invito a no alejaros de la Iglesia, y me pongo a vuestra disposición, para fortalecer vuestra fe.
Pidámosles a Dios y a María Santísima, antes de finalizar esta meditación, que la luz de Cristo irradie sobre nuestras vidas, el ambiente en que nos perfeccionamos, la Iglesia, nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones, y los no creyentes.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La Epifanía o manifestación de Jesús. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).
Meditación.
La Epifanía o manifestación de Jesús.
Origen de la celebración de la Epifanía de Jesús.
Los antiguos habitantes de Egipto y de Arabia, durante la noche del cinco al seis de enero, celebraban la fiesta pagana del nacimiento del dios Aion, el cual se manifestaba de una manera especial al renacer el sol, pues para ellos el solsticio de invierno acontecía en torno a la citada fecha. En la citada fecha también se celebraban los prodigios del dios Dionisio en favor de sus devotos, el cual, lo mismo que le sucedió a Jesús, fue asesinado y resucitado según quienes creían en él, y se hacía comer por sus creyentes, los cuales celebraban ese significativo hecho en medio de una gran fiesta marcada por los placeres que actualmente caracterizan la Navidad de mucha gente. De la misma forma que los cristianos occidentales comenzaron a celebrar la Navidad el veinticinco de diciembre con la intención de hacer desaparecer los saturnales romanos, los cristianos orientales comenzaron a celebrar la Epifanía del Mesías el seis de enero, con el propósito de cristianizar las celebraciones paganas relacionadas con el culto al sol y al dios Dionisio.
Los cristianos occidentales empezaron a celebrar la Epifanía del Señor a mediados del siglo IV.
¿Qué información hay en la Biblia referente a la Epifanía del Señor? (MT. 2, 1-12).
Interpretación del anterior texto de San Mateo y enseñanzas que podemos extraer de la fiesta de la Epifanía del Señor.
-Los Reyes Magos, -los cuales no eran judíos-, representan a los paganos, y a quienes buscan la luz de Dios, porque comprenden que la libertad sin contar con el Mesías se convierte en prisión, la fe en oscuridad y el amor en vacío espiritual. Cuando los cristianos auténticos se encuentran con el Señor, le dan a Nuestro Salvador todo lo que tienen, y se ponen a su servicio. Un ejemplo de ello es San Pablo, el Santo Apóstol de los gentiles, que les escribió a los Filipenses el texto expuesto en FLP. 3, 10-15.
-Dado que los Reyes Magos no eran hermanos de raza de Jesús, creemos que la estrella que les condujo a la presencia del Mesías es símbolo del Evangelio, la Buena Noticia divina de que Dios, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Hijo, ha redimido a la humanidad, independientemente de que actualmente sigamos siendo víctimas del dolor y del pecado, y símbolo de la fe que queremos comunicarles a nuestros prójimos los hombres (2 TIM. 1, 9-10).
-Los Reyes Magos hicieron un gran sacrificio al dejar sus comodidades para aventurarse en el seguimiento de la estrella que los condujo a la presencia del Mesías, así pues, cuando llegaron a Jerusalén, debieron sufrir un golpe duro cuando ni Herodes ni los judíos sabían que había nacido el Rey del Israel espiritual de Dios, pero, a pesar de ello, no renunciaron a la realización de la misión que los condujo a Palestina. Los Reyes Magos son el ejemplo perfecto que deben recordar los que no son capaces de hacer muchas cosas ante el miedo que les produce la posibilidad de fracasar.
Ya que los predicadores, -independientemente de que seamos religiosos o laicos-, tenemos que llevar a feliz término una empresa muy difícil, si consideramos que el Evangelio es rechazado por la mayor parte de la humanidad, apliquémonos las palabras del Apóstol (2 TIM. 4, 2).
-Aunque probablemente los Reyes Magos tenían la esperanza de encontrar al Redentor de las naciones en un palacio, no les flaqueó la fe cuando encontraron a Jesús en una casa que sólo podía ser habitada por una familia muy pobre. Este hecho nos enseña a dejar que Dios sea Dios, y no lo que nos convenga en cada momento de nuestras vidas (1 JN. 1, 6-7).
-De la misma forma que los Reyes Magos le hicieron regalos a Jesús, nosotros, no sólo podemos hacerle regalos al Señor, pues también podemos hacer lo posible para purificar las intenciones que tenemos, para que nuestros dones sean frutos de corazones marcados por el amor y la sinceridad.
-Podríamos pensar de qué manera ha marcado nuestras vidas (si ello ha sucedido) Nuestro Hermano y Señor Jesús, pues, ya que nos ha redimido, podríamos corresponder su amor predicándoles la Palabra de Dios a nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La Epifanía o manifestación de Jesús.
Origen de la celebración de la Epifanía de Jesús.
Los antiguos habitantes de Egipto y de Arabia, durante la noche del cinco al seis de enero, celebraban la fiesta pagana del nacimiento del dios Aion, el cual se manifestaba de una manera especial al renacer el sol, pues para ellos el solsticio de invierno acontecía en torno a la citada fecha. En la citada fecha también se celebraban los prodigios del dios Dionisio en favor de sus devotos, el cual, lo mismo que le sucedió a Jesús, fue asesinado y resucitado según quienes creían en él, y se hacía comer por sus creyentes, los cuales celebraban ese significativo hecho en medio de una gran fiesta marcada por los placeres que actualmente caracterizan la Navidad de mucha gente. De la misma forma que los cristianos occidentales comenzaron a celebrar la Navidad el veinticinco de diciembre con la intención de hacer desaparecer los saturnales romanos, los cristianos orientales comenzaron a celebrar la Epifanía del Mesías el seis de enero, con el propósito de cristianizar las celebraciones paganas relacionadas con el culto al sol y al dios Dionisio.
Los cristianos occidentales empezaron a celebrar la Epifanía del Señor a mediados del siglo IV.
¿Qué información hay en la Biblia referente a la Epifanía del Señor? (MT. 2, 1-12).
Interpretación del anterior texto de San Mateo y enseñanzas que podemos extraer de la fiesta de la Epifanía del Señor.
-Los Reyes Magos, -los cuales no eran judíos-, representan a los paganos, y a quienes buscan la luz de Dios, porque comprenden que la libertad sin contar con el Mesías se convierte en prisión, la fe en oscuridad y el amor en vacío espiritual. Cuando los cristianos auténticos se encuentran con el Señor, le dan a Nuestro Salvador todo lo que tienen, y se ponen a su servicio. Un ejemplo de ello es San Pablo, el Santo Apóstol de los gentiles, que les escribió a los Filipenses el texto expuesto en FLP. 3, 10-15.
-Dado que los Reyes Magos no eran hermanos de raza de Jesús, creemos que la estrella que les condujo a la presencia del Mesías es símbolo del Evangelio, la Buena Noticia divina de que Dios, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Hijo, ha redimido a la humanidad, independientemente de que actualmente sigamos siendo víctimas del dolor y del pecado, y símbolo de la fe que queremos comunicarles a nuestros prójimos los hombres (2 TIM. 1, 9-10).
-Los Reyes Magos hicieron un gran sacrificio al dejar sus comodidades para aventurarse en el seguimiento de la estrella que los condujo a la presencia del Mesías, así pues, cuando llegaron a Jerusalén, debieron sufrir un golpe duro cuando ni Herodes ni los judíos sabían que había nacido el Rey del Israel espiritual de Dios, pero, a pesar de ello, no renunciaron a la realización de la misión que los condujo a Palestina. Los Reyes Magos son el ejemplo perfecto que deben recordar los que no son capaces de hacer muchas cosas ante el miedo que les produce la posibilidad de fracasar.
Ya que los predicadores, -independientemente de que seamos religiosos o laicos-, tenemos que llevar a feliz término una empresa muy difícil, si consideramos que el Evangelio es rechazado por la mayor parte de la humanidad, apliquémonos las palabras del Apóstol (2 TIM. 4, 2).
-Aunque probablemente los Reyes Magos tenían la esperanza de encontrar al Redentor de las naciones en un palacio, no les flaqueó la fe cuando encontraron a Jesús en una casa que sólo podía ser habitada por una familia muy pobre. Este hecho nos enseña a dejar que Dios sea Dios, y no lo que nos convenga en cada momento de nuestras vidas (1 JN. 1, 6-7).
-De la misma forma que los Reyes Magos le hicieron regalos a Jesús, nosotros, no sólo podemos hacerle regalos al Señor, pues también podemos hacer lo posible para purificar las intenciones que tenemos, para que nuestros dones sean frutos de corazones marcados por el amor y la sinceridad.
-Podríamos pensar de qué manera ha marcado nuestras vidas (si ello ha sucedido) Nuestro Hermano y Señor Jesús, pues, ya que nos ha redimido, podríamos corresponder su amor predicándoles la Palabra de Dios a nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez.
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