Meditación.
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Amémonos como nos ama el Dios del amor. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Amémonos como nos ama el Dios del amor.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 27-38.
Lectura introductoria: DT. 4, 31.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El texto evangélico que consideramos en esta ocasión, puede ser interpretado al modo de los fundamentalistas, que aplican el mensaje bíblico a su vida tal cual lo leen, -al modo de quienes cumplen los preceptos religiosos como si actuaran automáticamente, sin plantearse el porqué de la existencia de los mismos-, o a la manera de quienes intentan aplicarlo a sus circunstancias actuales, de tal modo que las ilumine y explicite.
Dado que Jesús solo disponía de sus palabras para llamar la atención de sus oyentes, y no disponía de material escrito para repartir entre los tales como sucede en las diversas denominaciones cristianas existentes en la actualidad, utilizó palabras difíciles de aceptar, con el fin de que sus oyentes pensaran si debían acogerlas, adaptarlas a sus circunstancias o rechazarlas. Teniendo en cuenta que cuando Jesús predicó el Evangelio Palestina estaba dominada por Roma, que los miembros de la alta esfera social se aliaron con los colonizadores para mantener su situación privilegiada frente a la gran pobreza que generaron, y que la mayoría de los oyentes del Mesías pertenecían a la clase de los desheredados del mundo, ¿cómo pudo Jesús decirles a los oyentes de su sermón que amaran a sus enemigos, que beneficiaran a quienes los odiaran, que bendijeran a los que los maldijeran, y que le rogaran a Dios por los que los difamaban? Por si ello no les suponía ser víctimas de suficientes humillaciones a los seguidores y oyentes del Mesías, el Señor les siguió diciendo que no se defendieran cuando fueran abofeteados, que les dieran toda su ropa a quienes les pidieran su ropa exterior, que no le exigieran a nadie que le devolviera los bienes que le prestaran, que no se defendieran de quienes los robaran, y que trataran a todos los hombres, como quisieran ser tratados por los tales. Si aplicamos tales frases del Señor a nuestra vida, pensamos que debemos observarlas porque son palabras de Dios que no podemos considerar si deben vivirse al modo de los fundamentalistas, o pensamos que el Mesías no nos tiene ninguna consideración.
¿Cómo justificó Jesús las exigencias tan radicales que les hizo a sus oyentes? Para el Señor, si sus discípulos amaban al modo de quienes no aceptaron su Evangelio, ora porque lo rechazaron, ora porque no les fue predicado, solo beneficiaban a quienes hacían el bien en su favor, y solo les prestaban sus bienes a quienes sabían que se los iban a devolver y también les prestarían los suyos apenas se los pidieran, no hacían nada extraordinario, para destacar sobre los no creyentes. Los cristianos no queremos amar extraordinariamente a nuestros prójimos los hombres independientemente de que sean creyentes para que se nos considere grandes personajes, sino para amar con el mismo amor con que somos amados, por el Dios Uno y Trino. ¿Es conveniente que nos apliquemos las citadas palabras de Jesús tal cual están escritas en el Evangelio de San Lucas sin adaptarlas a nuestras circunstancias vitales? Jesús nos pide que amemos a nuestros enemigos, que hagamos el bien desinteresadamente, y prestemos sin esperar nada a cambio de ello. Comprendo esta aplicación de las frases del Señor, porque Jesús vivió amando a sus amigos y enemigos, pero no veo lógico el hecho de que no nos defendamos cuando se nos ataque. Existe una gran diferencia entre amar a nuestros enemigos, -lo cual es positivo para nosotros, porque nos evita experimentar el odio-, y no defendernos cuando se nos insulte o se nos ataque. En la actualidad, dado que somos muchos los que no creemos que las maldiciones se cumplan, comprendemos que las tales solo son palabras que pueden ser utilizadas como desahogo, pero, ¿nos interesa aceptar el hecho de ser difamados?
Si nos desprendemos de nuestra ropa cuando nos la pidan, nos desprendemos del dinero que tenemos y de otros bienes, y no podemos reclamar lo que es nuestro, ¿cómo viviremos? Además, si nos dejamos robar, aparte de perder nuestros bienes, estamos favoreciendo la comisión de injusticias.
Cuando San Lucas escribió su Evangelio, muchos de sus lectores habían sido víctimas de persecuciones. Es importante tener en cuenta este dato para interpretar el Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, porque entre los cristianos se difundió la idea de que debían resistir todo tipo de vejaciones por amor a Dios, pues hacerles frente a sus perseguidores, o ponerse a salvo, era considerado como una traición, a Nuestro Padre celestial. Los cristianos pensaban que sufriendo demostraban la grandeza de su fe, y que lo mejor que podía pasarles era morir, para ser llevados a la presencia del Señor. Desde esta óptica, es comprensible la radicalidad de las palabras con que comienza el texto lucano que meditamos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Para San Lucas, el hecho de que los creyentes aplicaran las citadas palabras del Señor a sus vidas, significaba que los tales eran dignos de recibir una gran recompensa, no en el cielo tal como creen muchos creyentes actualmente, sino en este mundo, a partir del momento en que vivieran observando, dichas palabras mesiánicas. Si para muchos cristianos actuales tales recompensas significan alcanzar la plenitud de la dicha en el Reino de Dios, para los primeros cristianos, el hecho de mantener la fe en tiempos difíciles, era una gran recompensa de incalculable valor.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy que seamos compasivos, que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres indebidamente a fin de que no seamos juzgados por Dios, y que perdonemos a quienes nos ofendan, nos roben o nos hieran, a fin de que alcancemos el perdón divino. Es importante hacer hincapié en que no podemos evitar defendernos ni dejar de denunciar las injusticias que se cometan contra nosotros, y en que Jesús nos pide que no odiemos a quienes nos hagan mal, ni los tratemos tal cual nos traten. Cuando Juan Pablo II visitó a Alí Agka, -el terrorista que atentó contra él el 13 de mayo del año 1981-, lo perdonó, pero ello no significó, que se le evitó el cumplimiento de su condena.
Jesús nos dice al final del Evangelio de hoy que, según tratemos a nuestros prójimos los hombres, seremos tratados por Dios. No hagamos el bien por el interés de alcanzar la salvación, sino deseando para nuestros prójimos los hombres, la felicidad que queremos para nosotros.
Antes de escribir el presente trabajo, he leído muchas meditaciones del texto lucano que os insto a considerar, en muchas de las cuales, he tenido la oportunidad de ver cómo los autores de las mismas, parten de la idea de que somos malvados, y por ello no nos aplicamos las palabras de Jesús. Es triste el hecho de que muchos predicadores partan de la idea de que somos pecadores y no queremos hacer el bien, y no valoren la idea de que no hacemos nada irreprochable al amarnos, y al defendernos cuando se nos maltrate de alguna manera, o se cometan otras injusticias contra nosotros. Sé que podemos ser egoístas y actuar inadecuadamente por muchas causas, pero no ignoro que somos dignos de ser amados y respetados, tal como se espera que amemos y respetemos a nuestros prójimos los hombres.
Oremos:
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nuestra vida, a fin de que podamos perdonar a quienes nos han hecho daño de alguna forma.
Oremos y esforcémonos hasta llegar a amar a quienes nos han hecho sufrir. Es muy probable que no podamos sentir afecto por quienes nos han hecho daño, pero, al menos, esforcémonos por terminar nuestra vida evitando ser víctimas del rencor y el odio, que, en definitiva, solo nos hacen sufrir inútilmente.
Oremos y esforcémonos para no tratar a quienes nos han herido como nos han tratado ellos. Hay ocasiones en que es necesario recurrir a la justicia para resolver determinados casos, pero, en cuanto nos sea posible, no olvidemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y evitemos pensar en las circunstancias que nos hicieron sufrir.
Perdonemos a quienes soportamos porque no queremos -o no podemos- romper los lazos que nos atan a ellos. Perdonemos la ira y el mal humor que caracterizan a tantos amargados que, ni son felices, ni permiten que lo sean quienes los rodean.
2. Leemos atentamente LC. 6, 27-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 27-38.
3-1. Amemos a nuestros enemigos (LC. 6, 27-30).
El Evangelio que consideramos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, se entiende con demasiada claridad, como para que nos detengamos a meditarlo bastante rato. Dado que Jesús quiso saber por qué lo abofeteó un guardia del Templo de Jerusalén en presencia de Anás, ex Sumo Sacerdote, la noche de su Pasión (JN. 18, 22-23), comprendo que las palabras que San Lucas puso en boca del Señor, no deben ser interpretadas literalmente, pues tenemos derecho a recibir el amor y respeto que se nos pide para nuestros prójimos los hombres, y, si nos dejamos golpear y robar, permitimos que se cometan injusticias.
¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos? Probablemente no sentiremos afecto jamás por muchos de los que nos han hecho daño, pero podemos intentar evitar odiarlos, porque salvo que se dé el caso de que nos venguemos de ellos no supondrán que los detestamos, y porque el odio que podamos sentir, nos impide ser felices. El hecho de que dejemos de odiar a quienes nos hicieron daño, no significa que dejemos de cuidarnos de quienes sabemos que aún desean herirnos de alguna manera.
¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros? Esta pregunta puede ser difícil de responder, para muchos que tienen a sus enemigos, entre los miembros de sus familias. A modo de ejemplo, podemos beneficiar a aquellos familiares que tenemos que nos han hecho daño, e intentar, al mismo tiempo, evitar que nos sigan hiriendo. Recuerdo el caso de una señora que cuidaba a su padre anciano y enfermo, el cuál aprovechaba todas las oportunidades que tenía para recordarle sus errores, culparla por todos los problemas de su familia, abrirle sus viejas heridas, y hacerla sentir inútil. Mi amiga tomó la decisión de internar a su progenitor en una residencia, en la que se aseguró de que recibiera todos los cuidados que necesitaba, y donde jamás pudo volver a atacarla.
¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman? Los judíos creían que tanto las bendiciones como las maldiciones se cumplían. Esta es la razón por la que Jesús quiso extirpar el odio de sus seguidores, haciendo que impidieran manifestar su ira bendiciendo a quienes los maldecían. Es fácil amar a quienes corresponden nuestro amor, pero, amar a quienes actúan contra nosotros, no es tan fácil.
¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen? La respuesta a esta pregunta es negativa, y nos hace pensar en evitar ser violentos.
¿Cómo pudo Jesús decirles a sus oyentes que les dieran su ropa interior a quienes les pidieran su ropa exterior, teniendo en cuenta que vivían en un país lleno de mendigos? Este hecho me sugiere la idea de que el amor cristiano puede ser ilimitado, pero, para que el amor a nuestros prójimos sea auténtico, y no una petición de limosna, necesitamos amarnos a nosotros. No hacemos nada malo al cubrir las necesidades de nuestros prójimos, pero necesitamos no olvidarnos de las nuestras, para poder ayudarles, sin pedirles nada a cambio, de nuestras manifestaciones de generosidad.
¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán? Podría terminar este párrafo afirmando que para los cristianos los dones celestiales son más importantes que los terrenos, pero lo cierto es que necesitamos el dinero y las posesiones que tenemos prácticamente en su totalidad. Se nos hace necesario diferenciar el egoísmo, el hecho de mantener nuestra posición social sin perjudicar a quienes son más pobres que nosotros, y ejercitar el altruismo.
¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones? Ello sería muy perjudicial para nosotros. Es por eso que creo que no podemos aplicarnos las palabras del Señor que estamos considerando, tal cual están expuestas en el tercer Evangelio.
3-2. La grandeza del amor cristiano (LC. 6, 31-36).
¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos? No podemos cambiar la conducta de todos nuestros enemigos, pero podemos evitar sufrir inútilmente alimentando rencores, y ganarnos el afecto de quienes nos atacaban creyendo que queríamos perjudicarlos, y de quienes comprenden que actuamos sin la intención de herirlos o de beneficiarnos a su costa.
¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir? No es malo hacer esto, pero ello no nos distingue a los cristianos de quienes carecen de fe en Nuestro Padre común. Amar a quienes no nos aman, hacer el bien sin esperar recompensa alguna, solo por la satisfacción que ello produce, y arriesgar algún dinero y algún objeto de valor por si no nos lo devuelven, son signos del amor cristiano, que valora más a las personas, que los bienes materiales. Por supuesto, para hacer estas cosas, no es necesario ser cristiano, de hecho, hay quienes las hacen, y nos aventajan en bondad, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
San Lucas nos insta a hacer el bien sin esperar recompensa humana alguna, afirmando que, gracias a ello, recibiremos una recompensa divina. Dado que Dios es amor (1 JN. 4, 8), hagamos el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas. Ya que Dios paga con creces lo que hacemos en favor de sus hijos, cuanto más humildes seamos, más nos percataremos de cómo nos premia, pues valoraremos detalles que quizás son pequeños, pero, para nosotros, tendrán una gran importancia.
Nuestro modelo a imitar es Dios, cuya compasión queremos encarnar en nuestra vida.
3-3. Tratemos a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser tratados por ellos (LC. 6, 37-38).
Jesús nos dice que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres, a fin de que no seamos juzgados por Dios. Durante los años que vivamos, aprenderemos de quiénes podemos fiarnos, y de quiénes debemos cuidarnos, pero evitemos emitir juicios temerarios.
No condenemos. No anhelemos para los demás, lo que no queremos para nosotros.
Perdonemos a quienes nos han hecho daño. El resentimiento es una droga que consumimos para envenenar a quienes nos han herido. Necesitamos perdonar para que nuestras heridas se cierren y podamos exterminar el resentimiento que nos hace sufrir inútilmente. Si nos han hecho heridas muy profundas, es posible que tardemos mucho tiempo en perdonar, pero necesitamos intentarlo, porque, si no lo hacemos, nos impediremos ser felices aislándonos, y olvidando la gratitud de los momentos más bellos de nuestra existencia. Aprovechemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y dejemos que se extingan de nuestros corazones los deseos de llevar a cabo esa venganza infructífera que hace difícil lo fácil, nos hace olvidar la bondad y la belleza de la vida, y perpetúa el dolor que sentimos. Perdonar es encontrar la paz que necesitamos mientras nos deshacemos de una gran carga que nos impide centrarnos en buscar lo mejor que hay en nuestro interior.
No perdonemos a quienes nos han herido pensando que van a cambiar, dado que pocos serán los que cambien, porque ello no depende de nosotros. No podemos cambiar la conducta, los pensamientos ni las emociones de quienes nos han herido, pero, si cambiamos nuestra manera de verlos, nos desharemos de una carga muy pesada, y no les haremos el favor de permitirles hacernos infelices, porque nuestra felicidad no depende de cómo nos trata nadie, sino de quiénes somos y de lo que pensamos que somos, y es una decisión nuestra, el hecho de ser felices.
Hemos visto que el perdón nos aporta beneficios. Si además de perdonar a quienes nos han herido, nos reconciliamos con ellos, también podrán beneficiarse de nuestra decisión de volver a confiar en ellos, pero, si no podemos reconciliarnos, el hecho de perdonarlos, nos aportará una paz muy valiosa.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 27-38 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Debemos interpretar el texto evangélico que hemos considerado al modo que lo hacen los fundamentalistas? ¿Por qué?
2. ¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos?
3. ¿Sentimos -o podremos sentir- afecto por quienes nos han hecho daño?
4. ¿Por qué nos conviene evitar odiar a nuestros enemigos?
5. ¿Qué beneficios tiene para nuestros enemigos el hecho de que los odiemos?
6. ¿Qué beneficios tiene para nosotros el hecho de odiar a nuestros enemigos?
7. ¿Podremos dejar de odiar a quienes nos han hecho daño y tenemos la certeza de que aún quieren seguir hiriéndonos?
8. ¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros?
9. ¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman?
10. ¿Por qué no nos es fácil amar a nuestros enemigos?
11. ¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen?
12. ¿Debemos resolver nuestros problemas antes de ayudar a nuestros prójimos los hombres? ¿Por qué?
13. ¿Podremos amar y servir a nuestros prójimos los hombres desinteresadamente si no nos amamos porque nos consideramos inútiles o pecadores imperdonables? ¿Por qué?
14. ¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán?
15. ¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones?
3-2.
16. ¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos?
17. ¿Qué sentido tiene el hecho de tratar a nuestros enemigos como nos gustaría que nos trataran, si tenemos la certeza de que no van a cambiar?
18. ¿Qué ventajas tiene el hecho de tratar a los demás como queremos ser tratados por ellos?
19. ¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir?
20. ¿Cómo podemos demostrar los cristianos que valoramos más a las personas que los bienes materiales?
21. ¿Qué sentido tiene el hecho de hacer el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas?
22. ¿Por qué necesitamos ser humildes para percatarnos de cómo Dios nos colma de dádivas?
23. ¿Por qué queremos encarnar la compasión de dios en nuestra vida?
3-3.
24. ¿Por qué es necesario que no juzguemos a nuestros prójimos indebidamente?
25. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos condenar a nuestros prójimos los hombres?
26. ¿Por qué necesitamos perdonar a quienes nos han herido?
27. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a perdonar a nuestros enemigos?
28. ¿Qué les sucederá a nuestros enemigos si no los perdonamos?
29. ¿Por qué necesitamos deshacernos de los deseos de vengarnos de nuestros enemigos?
30. ¿Cómo podemos encontrar lo mejor que hay en nuestro interior?
31. ¿Por qué no vamos a perdonar a nuestros enemigos esperando que nuestra decisión los induzca a cambiar?
32. ¿De qué depende nuestra felicidad? ¿Por qué?
33. ¿Quiénes pueden tomar la decisión de que seamos felices?
34. ¿En qué sentido nos aporta una paz muy valiosa el hecho de perdonar a quienes nos han herido, si no nos reconciliamos con ellos?
5. Lectura relacionada.
Leamos MT. 5, 6-9, un texto que no meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, cuya aplicación a nuestra vida es necesaria, a fin de que podamos aplicar las palabras de Jesús que hemos meditado en el presente trabajo, a nuestra vida.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 27-38.
Comprometámonos a hacer una meditación sobre el proceso de nuestro perdón a quienes nos han herido de alguna manera.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre Nuestro que nos has demostrado tu amor incondicional, ayúdanos a amarte, a amar a nuestros prójimos los hombres, y a amarnos a nosotros, pues todos somos miembros de tu familia universal.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 51, pensando en nuestro proceso de perdón, y en los errores que nos han caracterizado, no para acusarnos de que somos pecadores, sino para facilitar el proceso de nuestro perdón, comprendiendo que todos somos humanos, y por ello no siempre actuamos, como nuestros prójimos desean que lo hagamos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Amémonos como nos ama el Dios del amor.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 27-38.
Lectura introductoria: DT. 4, 31.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El texto evangélico que consideramos en esta ocasión, puede ser interpretado al modo de los fundamentalistas, que aplican el mensaje bíblico a su vida tal cual lo leen, -al modo de quienes cumplen los preceptos religiosos como si actuaran automáticamente, sin plantearse el porqué de la existencia de los mismos-, o a la manera de quienes intentan aplicarlo a sus circunstancias actuales, de tal modo que las ilumine y explicite.
Dado que Jesús solo disponía de sus palabras para llamar la atención de sus oyentes, y no disponía de material escrito para repartir entre los tales como sucede en las diversas denominaciones cristianas existentes en la actualidad, utilizó palabras difíciles de aceptar, con el fin de que sus oyentes pensaran si debían acogerlas, adaptarlas a sus circunstancias o rechazarlas. Teniendo en cuenta que cuando Jesús predicó el Evangelio Palestina estaba dominada por Roma, que los miembros de la alta esfera social se aliaron con los colonizadores para mantener su situación privilegiada frente a la gran pobreza que generaron, y que la mayoría de los oyentes del Mesías pertenecían a la clase de los desheredados del mundo, ¿cómo pudo Jesús decirles a los oyentes de su sermón que amaran a sus enemigos, que beneficiaran a quienes los odiaran, que bendijeran a los que los maldijeran, y que le rogaran a Dios por los que los difamaban? Por si ello no les suponía ser víctimas de suficientes humillaciones a los seguidores y oyentes del Mesías, el Señor les siguió diciendo que no se defendieran cuando fueran abofeteados, que les dieran toda su ropa a quienes les pidieran su ropa exterior, que no le exigieran a nadie que le devolviera los bienes que le prestaran, que no se defendieran de quienes los robaran, y que trataran a todos los hombres, como quisieran ser tratados por los tales. Si aplicamos tales frases del Señor a nuestra vida, pensamos que debemos observarlas porque son palabras de Dios que no podemos considerar si deben vivirse al modo de los fundamentalistas, o pensamos que el Mesías no nos tiene ninguna consideración.
¿Cómo justificó Jesús las exigencias tan radicales que les hizo a sus oyentes? Para el Señor, si sus discípulos amaban al modo de quienes no aceptaron su Evangelio, ora porque lo rechazaron, ora porque no les fue predicado, solo beneficiaban a quienes hacían el bien en su favor, y solo les prestaban sus bienes a quienes sabían que se los iban a devolver y también les prestarían los suyos apenas se los pidieran, no hacían nada extraordinario, para destacar sobre los no creyentes. Los cristianos no queremos amar extraordinariamente a nuestros prójimos los hombres independientemente de que sean creyentes para que se nos considere grandes personajes, sino para amar con el mismo amor con que somos amados, por el Dios Uno y Trino. ¿Es conveniente que nos apliquemos las citadas palabras de Jesús tal cual están escritas en el Evangelio de San Lucas sin adaptarlas a nuestras circunstancias vitales? Jesús nos pide que amemos a nuestros enemigos, que hagamos el bien desinteresadamente, y prestemos sin esperar nada a cambio de ello. Comprendo esta aplicación de las frases del Señor, porque Jesús vivió amando a sus amigos y enemigos, pero no veo lógico el hecho de que no nos defendamos cuando se nos ataque. Existe una gran diferencia entre amar a nuestros enemigos, -lo cual es positivo para nosotros, porque nos evita experimentar el odio-, y no defendernos cuando se nos insulte o se nos ataque. En la actualidad, dado que somos muchos los que no creemos que las maldiciones se cumplan, comprendemos que las tales solo son palabras que pueden ser utilizadas como desahogo, pero, ¿nos interesa aceptar el hecho de ser difamados?
Si nos desprendemos de nuestra ropa cuando nos la pidan, nos desprendemos del dinero que tenemos y de otros bienes, y no podemos reclamar lo que es nuestro, ¿cómo viviremos? Además, si nos dejamos robar, aparte de perder nuestros bienes, estamos favoreciendo la comisión de injusticias.
Cuando San Lucas escribió su Evangelio, muchos de sus lectores habían sido víctimas de persecuciones. Es importante tener en cuenta este dato para interpretar el Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, porque entre los cristianos se difundió la idea de que debían resistir todo tipo de vejaciones por amor a Dios, pues hacerles frente a sus perseguidores, o ponerse a salvo, era considerado como una traición, a Nuestro Padre celestial. Los cristianos pensaban que sufriendo demostraban la grandeza de su fe, y que lo mejor que podía pasarles era morir, para ser llevados a la presencia del Señor. Desde esta óptica, es comprensible la radicalidad de las palabras con que comienza el texto lucano que meditamos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Para San Lucas, el hecho de que los creyentes aplicaran las citadas palabras del Señor a sus vidas, significaba que los tales eran dignos de recibir una gran recompensa, no en el cielo tal como creen muchos creyentes actualmente, sino en este mundo, a partir del momento en que vivieran observando, dichas palabras mesiánicas. Si para muchos cristianos actuales tales recompensas significan alcanzar la plenitud de la dicha en el Reino de Dios, para los primeros cristianos, el hecho de mantener la fe en tiempos difíciles, era una gran recompensa de incalculable valor.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy que seamos compasivos, que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres indebidamente a fin de que no seamos juzgados por Dios, y que perdonemos a quienes nos ofendan, nos roben o nos hieran, a fin de que alcancemos el perdón divino. Es importante hacer hincapié en que no podemos evitar defendernos ni dejar de denunciar las injusticias que se cometan contra nosotros, y en que Jesús nos pide que no odiemos a quienes nos hagan mal, ni los tratemos tal cual nos traten. Cuando Juan Pablo II visitó a Alí Agka, -el terrorista que atentó contra él el 13 de mayo del año 1981-, lo perdonó, pero ello no significó, que se le evitó el cumplimiento de su condena.
Jesús nos dice al final del Evangelio de hoy que, según tratemos a nuestros prójimos los hombres, seremos tratados por Dios. No hagamos el bien por el interés de alcanzar la salvación, sino deseando para nuestros prójimos los hombres, la felicidad que queremos para nosotros.
Antes de escribir el presente trabajo, he leído muchas meditaciones del texto lucano que os insto a considerar, en muchas de las cuales, he tenido la oportunidad de ver cómo los autores de las mismas, parten de la idea de que somos malvados, y por ello no nos aplicamos las palabras de Jesús. Es triste el hecho de que muchos predicadores partan de la idea de que somos pecadores y no queremos hacer el bien, y no valoren la idea de que no hacemos nada irreprochable al amarnos, y al defendernos cuando se nos maltrate de alguna manera, o se cometan otras injusticias contra nosotros. Sé que podemos ser egoístas y actuar inadecuadamente por muchas causas, pero no ignoro que somos dignos de ser amados y respetados, tal como se espera que amemos y respetemos a nuestros prójimos los hombres.
Oremos:
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nuestra vida, a fin de que podamos perdonar a quienes nos han hecho daño de alguna forma.
Oremos y esforcémonos hasta llegar a amar a quienes nos han hecho sufrir. Es muy probable que no podamos sentir afecto por quienes nos han hecho daño, pero, al menos, esforcémonos por terminar nuestra vida evitando ser víctimas del rencor y el odio, que, en definitiva, solo nos hacen sufrir inútilmente.
Oremos y esforcémonos para no tratar a quienes nos han herido como nos han tratado ellos. Hay ocasiones en que es necesario recurrir a la justicia para resolver determinados casos, pero, en cuanto nos sea posible, no olvidemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y evitemos pensar en las circunstancias que nos hicieron sufrir.
Perdonemos a quienes soportamos porque no queremos -o no podemos- romper los lazos que nos atan a ellos. Perdonemos la ira y el mal humor que caracterizan a tantos amargados que, ni son felices, ni permiten que lo sean quienes los rodean.
2. Leemos atentamente LC. 6, 27-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 27-38.
3-1. Amemos a nuestros enemigos (LC. 6, 27-30).
El Evangelio que consideramos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, se entiende con demasiada claridad, como para que nos detengamos a meditarlo bastante rato. Dado que Jesús quiso saber por qué lo abofeteó un guardia del Templo de Jerusalén en presencia de Anás, ex Sumo Sacerdote, la noche de su Pasión (JN. 18, 22-23), comprendo que las palabras que San Lucas puso en boca del Señor, no deben ser interpretadas literalmente, pues tenemos derecho a recibir el amor y respeto que se nos pide para nuestros prójimos los hombres, y, si nos dejamos golpear y robar, permitimos que se cometan injusticias.
¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos? Probablemente no sentiremos afecto jamás por muchos de los que nos han hecho daño, pero podemos intentar evitar odiarlos, porque salvo que se dé el caso de que nos venguemos de ellos no supondrán que los detestamos, y porque el odio que podamos sentir, nos impide ser felices. El hecho de que dejemos de odiar a quienes nos hicieron daño, no significa que dejemos de cuidarnos de quienes sabemos que aún desean herirnos de alguna manera.
¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros? Esta pregunta puede ser difícil de responder, para muchos que tienen a sus enemigos, entre los miembros de sus familias. A modo de ejemplo, podemos beneficiar a aquellos familiares que tenemos que nos han hecho daño, e intentar, al mismo tiempo, evitar que nos sigan hiriendo. Recuerdo el caso de una señora que cuidaba a su padre anciano y enfermo, el cuál aprovechaba todas las oportunidades que tenía para recordarle sus errores, culparla por todos los problemas de su familia, abrirle sus viejas heridas, y hacerla sentir inútil. Mi amiga tomó la decisión de internar a su progenitor en una residencia, en la que se aseguró de que recibiera todos los cuidados que necesitaba, y donde jamás pudo volver a atacarla.
¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman? Los judíos creían que tanto las bendiciones como las maldiciones se cumplían. Esta es la razón por la que Jesús quiso extirpar el odio de sus seguidores, haciendo que impidieran manifestar su ira bendiciendo a quienes los maldecían. Es fácil amar a quienes corresponden nuestro amor, pero, amar a quienes actúan contra nosotros, no es tan fácil.
¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen? La respuesta a esta pregunta es negativa, y nos hace pensar en evitar ser violentos.
¿Cómo pudo Jesús decirles a sus oyentes que les dieran su ropa interior a quienes les pidieran su ropa exterior, teniendo en cuenta que vivían en un país lleno de mendigos? Este hecho me sugiere la idea de que el amor cristiano puede ser ilimitado, pero, para que el amor a nuestros prójimos sea auténtico, y no una petición de limosna, necesitamos amarnos a nosotros. No hacemos nada malo al cubrir las necesidades de nuestros prójimos, pero necesitamos no olvidarnos de las nuestras, para poder ayudarles, sin pedirles nada a cambio, de nuestras manifestaciones de generosidad.
¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán? Podría terminar este párrafo afirmando que para los cristianos los dones celestiales son más importantes que los terrenos, pero lo cierto es que necesitamos el dinero y las posesiones que tenemos prácticamente en su totalidad. Se nos hace necesario diferenciar el egoísmo, el hecho de mantener nuestra posición social sin perjudicar a quienes son más pobres que nosotros, y ejercitar el altruismo.
¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones? Ello sería muy perjudicial para nosotros. Es por eso que creo que no podemos aplicarnos las palabras del Señor que estamos considerando, tal cual están expuestas en el tercer Evangelio.
3-2. La grandeza del amor cristiano (LC. 6, 31-36).
¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos? No podemos cambiar la conducta de todos nuestros enemigos, pero podemos evitar sufrir inútilmente alimentando rencores, y ganarnos el afecto de quienes nos atacaban creyendo que queríamos perjudicarlos, y de quienes comprenden que actuamos sin la intención de herirlos o de beneficiarnos a su costa.
¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir? No es malo hacer esto, pero ello no nos distingue a los cristianos de quienes carecen de fe en Nuestro Padre común. Amar a quienes no nos aman, hacer el bien sin esperar recompensa alguna, solo por la satisfacción que ello produce, y arriesgar algún dinero y algún objeto de valor por si no nos lo devuelven, son signos del amor cristiano, que valora más a las personas, que los bienes materiales. Por supuesto, para hacer estas cosas, no es necesario ser cristiano, de hecho, hay quienes las hacen, y nos aventajan en bondad, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
San Lucas nos insta a hacer el bien sin esperar recompensa humana alguna, afirmando que, gracias a ello, recibiremos una recompensa divina. Dado que Dios es amor (1 JN. 4, 8), hagamos el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas. Ya que Dios paga con creces lo que hacemos en favor de sus hijos, cuanto más humildes seamos, más nos percataremos de cómo nos premia, pues valoraremos detalles que quizás son pequeños, pero, para nosotros, tendrán una gran importancia.
Nuestro modelo a imitar es Dios, cuya compasión queremos encarnar en nuestra vida.
3-3. Tratemos a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser tratados por ellos (LC. 6, 37-38).
Jesús nos dice que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres, a fin de que no seamos juzgados por Dios. Durante los años que vivamos, aprenderemos de quiénes podemos fiarnos, y de quiénes debemos cuidarnos, pero evitemos emitir juicios temerarios.
No condenemos. No anhelemos para los demás, lo que no queremos para nosotros.
Perdonemos a quienes nos han hecho daño. El resentimiento es una droga que consumimos para envenenar a quienes nos han herido. Necesitamos perdonar para que nuestras heridas se cierren y podamos exterminar el resentimiento que nos hace sufrir inútilmente. Si nos han hecho heridas muy profundas, es posible que tardemos mucho tiempo en perdonar, pero necesitamos intentarlo, porque, si no lo hacemos, nos impediremos ser felices aislándonos, y olvidando la gratitud de los momentos más bellos de nuestra existencia. Aprovechemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y dejemos que se extingan de nuestros corazones los deseos de llevar a cabo esa venganza infructífera que hace difícil lo fácil, nos hace olvidar la bondad y la belleza de la vida, y perpetúa el dolor que sentimos. Perdonar es encontrar la paz que necesitamos mientras nos deshacemos de una gran carga que nos impide centrarnos en buscar lo mejor que hay en nuestro interior.
No perdonemos a quienes nos han herido pensando que van a cambiar, dado que pocos serán los que cambien, porque ello no depende de nosotros. No podemos cambiar la conducta, los pensamientos ni las emociones de quienes nos han herido, pero, si cambiamos nuestra manera de verlos, nos desharemos de una carga muy pesada, y no les haremos el favor de permitirles hacernos infelices, porque nuestra felicidad no depende de cómo nos trata nadie, sino de quiénes somos y de lo que pensamos que somos, y es una decisión nuestra, el hecho de ser felices.
Hemos visto que el perdón nos aporta beneficios. Si además de perdonar a quienes nos han herido, nos reconciliamos con ellos, también podrán beneficiarse de nuestra decisión de volver a confiar en ellos, pero, si no podemos reconciliarnos, el hecho de perdonarlos, nos aportará una paz muy valiosa.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 27-38 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Debemos interpretar el texto evangélico que hemos considerado al modo que lo hacen los fundamentalistas? ¿Por qué?
2. ¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos?
3. ¿Sentimos -o podremos sentir- afecto por quienes nos han hecho daño?
4. ¿Por qué nos conviene evitar odiar a nuestros enemigos?
5. ¿Qué beneficios tiene para nuestros enemigos el hecho de que los odiemos?
6. ¿Qué beneficios tiene para nosotros el hecho de odiar a nuestros enemigos?
7. ¿Podremos dejar de odiar a quienes nos han hecho daño y tenemos la certeza de que aún quieren seguir hiriéndonos?
8. ¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros?
9. ¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman?
10. ¿Por qué no nos es fácil amar a nuestros enemigos?
11. ¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen?
12. ¿Debemos resolver nuestros problemas antes de ayudar a nuestros prójimos los hombres? ¿Por qué?
13. ¿Podremos amar y servir a nuestros prójimos los hombres desinteresadamente si no nos amamos porque nos consideramos inútiles o pecadores imperdonables? ¿Por qué?
14. ¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán?
15. ¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones?
3-2.
16. ¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos?
17. ¿Qué sentido tiene el hecho de tratar a nuestros enemigos como nos gustaría que nos trataran, si tenemos la certeza de que no van a cambiar?
18. ¿Qué ventajas tiene el hecho de tratar a los demás como queremos ser tratados por ellos?
19. ¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir?
20. ¿Cómo podemos demostrar los cristianos que valoramos más a las personas que los bienes materiales?
21. ¿Qué sentido tiene el hecho de hacer el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas?
22. ¿Por qué necesitamos ser humildes para percatarnos de cómo Dios nos colma de dádivas?
23. ¿Por qué queremos encarnar la compasión de dios en nuestra vida?
3-3.
24. ¿Por qué es necesario que no juzguemos a nuestros prójimos indebidamente?
25. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos condenar a nuestros prójimos los hombres?
26. ¿Por qué necesitamos perdonar a quienes nos han herido?
27. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a perdonar a nuestros enemigos?
28. ¿Qué les sucederá a nuestros enemigos si no los perdonamos?
29. ¿Por qué necesitamos deshacernos de los deseos de vengarnos de nuestros enemigos?
30. ¿Cómo podemos encontrar lo mejor que hay en nuestro interior?
31. ¿Por qué no vamos a perdonar a nuestros enemigos esperando que nuestra decisión los induzca a cambiar?
32. ¿De qué depende nuestra felicidad? ¿Por qué?
33. ¿Quiénes pueden tomar la decisión de que seamos felices?
34. ¿En qué sentido nos aporta una paz muy valiosa el hecho de perdonar a quienes nos han herido, si no nos reconciliamos con ellos?
5. Lectura relacionada.
Leamos MT. 5, 6-9, un texto que no meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, cuya aplicación a nuestra vida es necesaria, a fin de que podamos aplicar las palabras de Jesús que hemos meditado en el presente trabajo, a nuestra vida.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 27-38.
Comprometámonos a hacer una meditación sobre el proceso de nuestro perdón a quienes nos han herido de alguna manera.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre Nuestro que nos has demostrado tu amor incondicional, ayúdanos a amarte, a amar a nuestros prójimos los hombres, y a amarnos a nosotros, pues todos somos miembros de tu familia universal.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 51, pensando en nuestro proceso de perdón, y en los errores que nos han caracterizado, no para acusarnos de que somos pecadores, sino para facilitar el proceso de nuestro perdón, comprendiendo que todos somos humanos, y por ello no siempre actuamos, como nuestros prójimos desean que lo hagamos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
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Seamos pescadores de hombres en mares de confusión. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
La fortaleza de Jesús. (Meditación del Evangelio del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
3. La fortaleza de Jesús.
Meditación de LC. 4, 21-30.
"1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.
2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".
¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?
¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?
3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.
Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.
4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".
¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?
La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.
5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.
6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.
Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.
7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?
8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.
¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!
¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?
Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).
Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.
¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?
Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.
Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).
joseportilloperez@gmail.com
3. La fortaleza de Jesús.
Meditación de LC. 4, 21-30.
"1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.
2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".
¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?
¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?
3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.
Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.
4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".
¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?
La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.
5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.
6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.
Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.
7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?
8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.
¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!
¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?
Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).
Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.
¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?
Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.
Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).
joseportilloperez@gmail.com
El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.
1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Meditación de SB. 7, 7-11.
Estimados hermanos y amigos:
Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.
Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.
-El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).
San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.
-El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.
-El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.
-El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.
-El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.
¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.
1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Meditación de SB. 7, 7-11.
Estimados hermanos y amigos:
Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.
Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.
-El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).
San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.
-El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.
-El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.
-El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.
-El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.
¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?
José Portillo Pérez
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Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.
Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.
Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.
Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.
Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.
Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.
Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.
Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.
Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.
Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.
2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".
No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.
No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.
A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:
"No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Los textos que la Iglesia ha entresacado de las Sagradas Escrituras para que los meditemos en esta ocasión hacen referencia a nuestra forma de actuar en nuestro ámbito familiar y social. Es esta la causa por la cual deseo proponeros una serie de meditaciones extrabíblicas que pueden fomentar nuestras relaciones y hacer nuestra existencia más agradable.
Una de las características que nos son comunes a los cristianos de todos los tiempos es la desunión que curiosamente se debe a la forma que tenemos de interpretar la Palabra de Dios.
Cuando comprobamos que hemos cometido un error, puede sucedernos que deseemos considerarnos pecadores sin remedio, o quizá pensamos que nuestros fallos se pueden corregir de alguna manera, pero, ¿qué pensamos cuando la conducta y/o los pensamientos de nuestros prójimos no se corresponden con el beneplácito de nuestra voluntad?.
Cuando nuestros prójimos no comprenden las circunstancias de su vida con la misma capacidad y rapidez que lo hacemos nosotros, tenemos tendencia a tacharlos de lentos e incompetentes, pero, cuando la lentitud de comprensión y conversión al Evangelio recae sobre nosotros, decimos que somos concienzudos y conscientes, y que necesitamos tiempo para ordenar nuestras ideas.
Cuando nuestros prójimos no corrigen sus defectos, tenemos tendencia a tacharlos de pecadores malditos, pero cuando nos negamos a corregir nuestras deficiencias, decimos que no tenemos tiempo para meditar, que no sabemos cómo desechar lo malo de la vida y quedarnos con lo bueno, o que no sabemos escoger el camino correcto.
Cuando nuestros prójimos cometen un fallo porque participan en una actividad en cuyo campo no se defienden muy bien, tendemos a decir que son unos entrometidos, que harían mejor si no se metieran donde nadie los llama, pero si el fallo es cometido por nosotros, o nos tachamos de pecadores irremediables, o decimos que todo el que tiene boca se equivoca.
Cuando nuestros prójimos no se sienten identificados con los miembros de nuestro círculo social, solemos decir que tienen prejuicios con respecto a nuestros seres queridos y a nosotros, pero cuando nuestros prójimos se mueven en un ambiente que creemos perjudicial por sano que dicho medio sea, tendemos a decir que tenemos buen juicio, y que deseamos sacar a nuestros hermanos del círculo vicioso en que se hayan encerrados.
Cuando nuestros prójimos no ceden en la afirmación de sus argumentos cuando discutimos con ellos, tenemos tendencia a decir que son tercos, pero cuando no cedemos en la defensa de nuestros pensamientos, nos sentimos orgullosos porque nuestra personalidad es firme y constante.
Cuando nuestros prójimos se fijan en pequeños detalles, los tachamos de maníacos, pero nosotros hacemos lo propio cuando consideramos que debemos ser detallistas y cuidadosos.
Por amor y respeto a Nuestro Dios y a nuestros hermanos los hombres, debemos aceptar a los demás como son, con sus virtudes y defectos, e incluso hemos de valorar los méritos de la discrepancia.
2. El Evangelio de hoy me ha traído a la memoria una célebre frase: "Vive y deja vivir".
No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que nuestros prójimos se contagien de nuestras debilidades.
No podemos consentir que nuestros familiares y amigos contraigan nuestro miedo a la condenación eterna, pues debemos inculcarles a nuestros hijos una educación que sustituya el miedo por el respeto, la tolerancia, la libertad y la responsabilidad.
A la hora de transmitirles a nuestros familiares y amigos nuestros apreciados valores, debemos considerar las siguientes frases:
"No camines delante de mí, que no te podré seguir. No camines detrás de mí, que no te podré conducir. Camina, justamente, junto a mí para, sencillamente, ser mi amigo".
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Amemos la paz y la justicia. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Amemos la paz y la justicia.
Meditación de ST. 3, 16-4, 3.
(ST. 3, 16-18). Nuestra manera de hablar y actuar indican la sabiduría que nos caracteriza. Vivimos tomando decisiones a una velocidad vertiginosa. Desde que nos levantamos pensando en la ropa que nos vamos a poner y en lo que tenemos que hacer a lo largo del día, hasta que oramos antes de acostarnos, estamos tomando decisiones casi sin descansar. Algunas de tales decisiones carecen de importancia, y otras son relevantes. Si somos sabios, nos caracterizamos por evitar el desorden, y por el deseo de vivir como pacificadores. Si es importante anunciar el Evangelio por medio de la predicación de discursos elocuentes, para que nuestras palabras tengan credibilidad, tenemos que convencer a la humanidad de que Dios es bueno haciendo el bien. Si somos capaces de vencer el mal haciendo el bien, primeramente muchos nos aceptarán por respeto aunque no nos comprendan, y con el paso del tiempo llegarán a creer en nuestro Padre común, porque lo conocerán a través de nuestras palabras y acciones, y no querrán vivir distanciados de Él.
Quizás muchos recordamos cómo cuando éramos pequeños nuestros padres nos comparaban con aquellos hermanos nuestros cuya conducta era mejor que la nuestra, ora porque ello era cierto, ora porque los amaban más que a nosotros. Quizás cuando estudiábamos alguno de nuestros profesores nos comparó con el mejor estudiante de nuestra clase, con tal de hacernos quedar mal y sintiéramos el deseo de mejorar nuestras calificaciones, aunque quizás solo consiguió que no nos gustara estar entre los torpes, y que no hiciéramos el mínimo esfuerzo para intentar superarnos. Quizás hemos crecido envidiando a quienes son más afortunados que nosotros, pensando con demasiada frecuencia que nunca llegaremos a parecernos a ellos, sin caer en la cuenta de que, tales comparaciones, simplemente, son odiosas.
Muchas veces, encontramos a quienes nos dicen, con buenas intenciones, que podemos hacer lo que nos propongamos con desearlo simplemente, que será imposible que fracasemos si definimos nuestra meta por medio de la manera en que soñamos alcanzarla, y que debemos fijarnos metas altas para conseguir ver realizados nuestros sueños, si no queremos sentir que todas nuestras vivencias son inútiles.
Debemos pensar que para conseguir lo que queremos tenemos que hacer muchas cosas aparte de soñar con nuestras metas. No seamos ingenuos como para creer que alcanzaremos todo aquello con lo que soñemos, pues, antes de luchar por lo que deseamos conseguir, debemos evaluar si ello es factible para nosotros. Si sueño que me va a tocar la lotería, lo más seguro es que ello nunca me suceda, pero, si consigo un trabajo bien remunerado, y sé administrar mi sueldo, no haré nada incorrecto si sueño con tener mi propia vivienda, pues, o pido un préstamo hipotecario para comprármela, o espero a tener el dinero necesario, para cumplir el citado sueño.
Si se nos presiona -o nos presionamos- para llegar a ser como quienes son enviviados por su status social, corremos un gran peligro de dejarnos arrastrar por la avaricia. Si las personas a las que envidiamos trabajan con nosotros, quizás caeremos en la tentación de hacerles la competencia deslealmente. Los cristianos no detestamos todo lo que se puede alcanzar en esta vida y es bueno, pero necesitamos cuidarnos de dejar de cumplir la voluntad de Dios, con tal de alcanzar lo que otros tienen, valiéndonos de medios no relacionados con el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios.
La sabiduría divina nos enseña que no debemos compararnos con quienes son más ricos, inteligentes y físicamente son más agraciados que nosotros, porque todos tenemos una gran dignidad ante Nuestro padre común, y por ello podemos amarnos como hermanos, evitando la vivencia del rencor.
De la misma manera que no es conveniente el hecho de envidiar a quienes tienen una alta posición social, si tenemos algo que compartir con quienes viven en un estado inferior al nuestro, no tenemos por qué desamparar a los tales. Las desigualdades existentes en el mundo entre países y clases sociales, no han sido creadas por los políticos, sino porque los hombres no nos amamos unos a otros, como para comprender que todos tenemos la misma dignidad que Dios nos ha concedido, al hacernos sus hijos.
(ST. 4, 1). El hecho de querer tener una vida placentera no es pecaminoso, -de hecho, es legítimo-, siempre que no nos valgamos de la pobreza o la debilidad de otras personas, para conseguir lo que queramos. Apoyemos este razonamiento, en los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 17. 1 TIM. 4, 4-5).
Los bienes materiales no están relacionados con el pecado, pero si la consecución de los mismos exige la explotación de los más débiles, y la evitación del cumplimiento de la voluntad de Dios, entonces, el alcance de tales bienes, es pecaminoso. Tal como vimos en el Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B (MC. 8, 27-35), y recordaremos al meditar el Evangelio de hoy (MC. 9, 30-37), hemos sido invitados a disfrutar del placer de amar y ser amados tanto por Dios como por sus hijos, y a renunciar al placer que algunos autores bíblicos denominaron "amistad con el mundo", consistente en amar el poder, las riquezas, el prestigio y los vicios, en vez de amar a Dios, y a nuestros hermanos los hombres.
Tenemos problemas unos con otros porque nunca faltan quienes se dejan arrastrar por los fatuos deseos excesivos de poder, riqueza y prestigio. No nos faltan conflictos, porque en ciertas ocasiones la mayor riqueza de muchos, no es el amor a Dios y a sus hijos, sino la avaricia, la envidia, y el excesivo apego a los bienes materiales.
Queremos más bienes materiales de los que tenemos, y no nos esforzamos en alcanzar el mayor de los bienes, que es el amor a Dios y a sus hijos. Dios no necesita que lo amemos para amarnos, pero no le sentimos cerca de nosotros, porque no hemos aprendido a amarlo como se merece, ni queremos hacerlo, porque nuestra mente está muy ocupada pensando en la mejoría de nuestro status social, y en la resolución de los problemas que nos afectan, muchas veces, porque los causamos nosotros mismos.
Quizá pasamos la vida trabajando, no encontramos tiempo para dedicárselo a nuestros familiares y obviamos el conocimiento de Dios. Muchos se ven obligados a trabajar sin descanso día y noche porque quienes los explotan se aprovechan de su extrema humildad, pero otros viven dedicados por completo a la realización de sus actividades laborales, porque la consecución de riquezas es lo que más aprecian. Los cristianos tenemos que trabajar para contribuir al mantenimiento de nuestros familiares, pero también tenemos que compartir nuestro tiempo con ellos, y crecer espiritualmente, para poderles hacer frente a las dificultades que no nos faltarán dignamente, tal como se espera que lo hagamos los hijos de Dios.
Oremos para que la ambición no nos ciegue hasta el punto de que deseemos conseguir lo que anhelamos a nivel material por medio del empleo de mentiras y el uso de la violencia. Dios sabe perfectamente lo que nos conviene, y por ello utilizará nuestras circunstancias vitales, independientemente de que estemos sanos o enfermos, y de que seamos ricos o pobres, para purificarnos, santificarnos, y conducirnos a su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.
(ST. 4, 2-3). De la misma manera que nos interrogamos sobre la forma de proceder de Dios porque no alivia nuestros padecimientos cuando queremos que actúe en nuestra vida, ignorando que su forma de proceder es distinta a la nuestra, quizás cuando oramos creemos que Nuestro Santo Padre no nos concede lo que le pedimos, porque nuestra falta de fe nos impide comunicarle las necesidades que nos caracterizan, porque le hacemos mal las peticiones en que pensamos, o porque, a la hora de pedir dádivas, solo pensamos en nosotros.
No olvidemos que, por haber sido llamados a trabajar para que toda la humanidad sea una sola familia, podemos refugiarnos en la oración para sentir que Dios nos ayuda a realizar la difícil misión que nos ha encomendado, que las oraciones no deben reducirse a meras súplicas, que podemos hablar con Nuestro Santo Padre con plena confianza de cualquier cosa, y que, más que esforzarnos para ganar la aprobación de Dios, podemos pedirle que nos ayude a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque, cuando ello suceda, sin percatarnos de lo que habremos conseguido, constataremos que el Señor se regocijará plenamente en nosotros, y por eso sentiremos que nos amará inmensamente (1 JN. 3, 16-22).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de ST. 3, 16-4, 3.
(ST. 3, 16-18). Nuestra manera de hablar y actuar indican la sabiduría que nos caracteriza. Vivimos tomando decisiones a una velocidad vertiginosa. Desde que nos levantamos pensando en la ropa que nos vamos a poner y en lo que tenemos que hacer a lo largo del día, hasta que oramos antes de acostarnos, estamos tomando decisiones casi sin descansar. Algunas de tales decisiones carecen de importancia, y otras son relevantes. Si somos sabios, nos caracterizamos por evitar el desorden, y por el deseo de vivir como pacificadores. Si es importante anunciar el Evangelio por medio de la predicación de discursos elocuentes, para que nuestras palabras tengan credibilidad, tenemos que convencer a la humanidad de que Dios es bueno haciendo el bien. Si somos capaces de vencer el mal haciendo el bien, primeramente muchos nos aceptarán por respeto aunque no nos comprendan, y con el paso del tiempo llegarán a creer en nuestro Padre común, porque lo conocerán a través de nuestras palabras y acciones, y no querrán vivir distanciados de Él.
Quizás muchos recordamos cómo cuando éramos pequeños nuestros padres nos comparaban con aquellos hermanos nuestros cuya conducta era mejor que la nuestra, ora porque ello era cierto, ora porque los amaban más que a nosotros. Quizás cuando estudiábamos alguno de nuestros profesores nos comparó con el mejor estudiante de nuestra clase, con tal de hacernos quedar mal y sintiéramos el deseo de mejorar nuestras calificaciones, aunque quizás solo consiguió que no nos gustara estar entre los torpes, y que no hiciéramos el mínimo esfuerzo para intentar superarnos. Quizás hemos crecido envidiando a quienes son más afortunados que nosotros, pensando con demasiada frecuencia que nunca llegaremos a parecernos a ellos, sin caer en la cuenta de que, tales comparaciones, simplemente, son odiosas.
Muchas veces, encontramos a quienes nos dicen, con buenas intenciones, que podemos hacer lo que nos propongamos con desearlo simplemente, que será imposible que fracasemos si definimos nuestra meta por medio de la manera en que soñamos alcanzarla, y que debemos fijarnos metas altas para conseguir ver realizados nuestros sueños, si no queremos sentir que todas nuestras vivencias son inútiles.
Debemos pensar que para conseguir lo que queremos tenemos que hacer muchas cosas aparte de soñar con nuestras metas. No seamos ingenuos como para creer que alcanzaremos todo aquello con lo que soñemos, pues, antes de luchar por lo que deseamos conseguir, debemos evaluar si ello es factible para nosotros. Si sueño que me va a tocar la lotería, lo más seguro es que ello nunca me suceda, pero, si consigo un trabajo bien remunerado, y sé administrar mi sueldo, no haré nada incorrecto si sueño con tener mi propia vivienda, pues, o pido un préstamo hipotecario para comprármela, o espero a tener el dinero necesario, para cumplir el citado sueño.
Si se nos presiona -o nos presionamos- para llegar a ser como quienes son enviviados por su status social, corremos un gran peligro de dejarnos arrastrar por la avaricia. Si las personas a las que envidiamos trabajan con nosotros, quizás caeremos en la tentación de hacerles la competencia deslealmente. Los cristianos no detestamos todo lo que se puede alcanzar en esta vida y es bueno, pero necesitamos cuidarnos de dejar de cumplir la voluntad de Dios, con tal de alcanzar lo que otros tienen, valiéndonos de medios no relacionados con el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios.
La sabiduría divina nos enseña que no debemos compararnos con quienes son más ricos, inteligentes y físicamente son más agraciados que nosotros, porque todos tenemos una gran dignidad ante Nuestro padre común, y por ello podemos amarnos como hermanos, evitando la vivencia del rencor.
De la misma manera que no es conveniente el hecho de envidiar a quienes tienen una alta posición social, si tenemos algo que compartir con quienes viven en un estado inferior al nuestro, no tenemos por qué desamparar a los tales. Las desigualdades existentes en el mundo entre países y clases sociales, no han sido creadas por los políticos, sino porque los hombres no nos amamos unos a otros, como para comprender que todos tenemos la misma dignidad que Dios nos ha concedido, al hacernos sus hijos.
(ST. 4, 1). El hecho de querer tener una vida placentera no es pecaminoso, -de hecho, es legítimo-, siempre que no nos valgamos de la pobreza o la debilidad de otras personas, para conseguir lo que queramos. Apoyemos este razonamiento, en los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 17. 1 TIM. 4, 4-5).
Los bienes materiales no están relacionados con el pecado, pero si la consecución de los mismos exige la explotación de los más débiles, y la evitación del cumplimiento de la voluntad de Dios, entonces, el alcance de tales bienes, es pecaminoso. Tal como vimos en el Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B (MC. 8, 27-35), y recordaremos al meditar el Evangelio de hoy (MC. 9, 30-37), hemos sido invitados a disfrutar del placer de amar y ser amados tanto por Dios como por sus hijos, y a renunciar al placer que algunos autores bíblicos denominaron "amistad con el mundo", consistente en amar el poder, las riquezas, el prestigio y los vicios, en vez de amar a Dios, y a nuestros hermanos los hombres.
Tenemos problemas unos con otros porque nunca faltan quienes se dejan arrastrar por los fatuos deseos excesivos de poder, riqueza y prestigio. No nos faltan conflictos, porque en ciertas ocasiones la mayor riqueza de muchos, no es el amor a Dios y a sus hijos, sino la avaricia, la envidia, y el excesivo apego a los bienes materiales.
Queremos más bienes materiales de los que tenemos, y no nos esforzamos en alcanzar el mayor de los bienes, que es el amor a Dios y a sus hijos. Dios no necesita que lo amemos para amarnos, pero no le sentimos cerca de nosotros, porque no hemos aprendido a amarlo como se merece, ni queremos hacerlo, porque nuestra mente está muy ocupada pensando en la mejoría de nuestro status social, y en la resolución de los problemas que nos afectan, muchas veces, porque los causamos nosotros mismos.
Quizá pasamos la vida trabajando, no encontramos tiempo para dedicárselo a nuestros familiares y obviamos el conocimiento de Dios. Muchos se ven obligados a trabajar sin descanso día y noche porque quienes los explotan se aprovechan de su extrema humildad, pero otros viven dedicados por completo a la realización de sus actividades laborales, porque la consecución de riquezas es lo que más aprecian. Los cristianos tenemos que trabajar para contribuir al mantenimiento de nuestros familiares, pero también tenemos que compartir nuestro tiempo con ellos, y crecer espiritualmente, para poderles hacer frente a las dificultades que no nos faltarán dignamente, tal como se espera que lo hagamos los hijos de Dios.
Oremos para que la ambición no nos ciegue hasta el punto de que deseemos conseguir lo que anhelamos a nivel material por medio del empleo de mentiras y el uso de la violencia. Dios sabe perfectamente lo que nos conviene, y por ello utilizará nuestras circunstancias vitales, independientemente de que estemos sanos o enfermos, y de que seamos ricos o pobres, para purificarnos, santificarnos, y conducirnos a su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.
(ST. 4, 2-3). De la misma manera que nos interrogamos sobre la forma de proceder de Dios porque no alivia nuestros padecimientos cuando queremos que actúe en nuestra vida, ignorando que su forma de proceder es distinta a la nuestra, quizás cuando oramos creemos que Nuestro Santo Padre no nos concede lo que le pedimos, porque nuestra falta de fe nos impide comunicarle las necesidades que nos caracterizan, porque le hacemos mal las peticiones en que pensamos, o porque, a la hora de pedir dádivas, solo pensamos en nosotros.
No olvidemos que, por haber sido llamados a trabajar para que toda la humanidad sea una sola familia, podemos refugiarnos en la oración para sentir que Dios nos ayuda a realizar la difícil misión que nos ha encomendado, que las oraciones no deben reducirse a meras súplicas, que podemos hablar con Nuestro Santo Padre con plena confianza de cualquier cosa, y que, más que esforzarnos para ganar la aprobación de Dios, podemos pedirle que nos ayude a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque, cuando ello suceda, sin percatarnos de lo que habremos conseguido, constataremos que el Señor se regocijará plenamente en nosotros, y por eso sentiremos que nos amará inmensamente (1 JN. 3, 16-22).
José Portillo Pérez
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