Meditación.
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta ciego. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciego. Mostrar todas las entradas
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa. (Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El proceso de la fe. (Meditación del Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
3. El proceso de la fe.
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
Bartimeo,
ciego,
conversión,
discípulos,
fe,
humillación,
Jericó,
Jesús,
manto,
milagro,
penitencia,
posponer,
postergar,
prodigio,
salud,
servicio,
sufrimiento,
túnica
Jesús me abrió los ojos. (Dinámica catequética para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A y el 24 de diciembre).
Dinámica catequética.
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús me abrió los ojos.
Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.
Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.
Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?
Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.
-Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.
Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:
-Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.
-Otro ciego pidiendo limosna.
-En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos.
Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.
El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:
-Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.
yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.
En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:
-¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.
¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:
-Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.
La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.
Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:
-¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?
¿Cómo ha podido ser curado?”
"-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.
Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.
Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:
-¿Cómo has conseguido ver?
Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.
Yo les decía a todos:
-Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.
La gente me preguntaba:
-¿Dónde está Jesús de Nazaret?.
Yo le decía:
-No lo sé.
Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.
Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:
-Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.
Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.
Otros se preguntaban:
-¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?
¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?
-Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.
Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:
-Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.
Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:
-Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.
Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.
Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:
-¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.
Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:
-Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.
Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:
-Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.
Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.
Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:
-Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.
Yo respondí:
-Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.
Volvieron a interrogarme:
-¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.
Yo respondí:
-Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.
Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:
-Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.
La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:
-Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.
Ellos me dijeron:
-¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.
Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.
Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:
-¿Crees en el Hijo del hombre?.
Yo le respondí:
-Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…
Jesús me interrumpió diciendo:
-El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.
Yo dije:
-Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.
Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:
-Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.
Algunos fariseos que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:
-Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.
Jesús les respondió:
-Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.
Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
Existen varias formas de afrontar y confrontar las circunstancias que nos acaecen a lo largo de nuestras vidas, así pues, los hechos por cuya contemplación muchos se sienten infelices, son para otros las razones sobre las que se fundamenta su alegría, pues han descubierto una forma de vivir que es conocida por un número de personas muy reducido, que les permite desear alcanzar un estado de perfección mayor, con el fin de sentirse más realizados. Los textos litúrgicos correspondientes a los Domingos de Cuaresma que estamos meditando están intrínsecamente relacionados unos con otros, así pues, el Domingo I de este tiempo de oración y penitencia, nos instaban a ver nuestras virtudes y limitaciones, con el fin de recordarnos que podemos ser, según vimos el Domingo II de este tiempo de ayuno y abstinencia, transfigurados y configurados a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús, por consiguiente, si los materialistas fundamentan su felicidad en los pilares del poder, el prestigio y la riqueza, según constatamos el Domingo anterior, la vivencia cristiana se fundamenta en la gracia divina, y, en la recepción de los Sacramentos por nuestra parte que son administrados por nuestra Santa Madre la Iglesia. En esta ocasión, vamos a continuar nuestro ascenso espiritual, aprendiendo a contemplar los hechos que nos acaecen desde la óptica de Nuestro Padre común.
Como la Iglesia pretende enseñarnos este Domingo IV de preparación de la Pascua a ver los acaeceres de nuestras vidas desde el punto de vista de Dios, San Juan, en el Evangelio de hoy, nos hace ver la vida a partir de la experiencia que tuvo un ciego que pudo ver gracias al prodigio que realizó en él nuestro Hermano y Señor Jesús. ¿Por qué nos presenta la Iglesia al ciego del Evangelio de hoy? La vivencia cristiana es completamente diferente a la óptica de quienes carecen de fe en Nuestro Criador, de la misma manera que existe una diferencia radical entre las percepciones de los ciegos y la utilización del sentido de la vista de quienes pueden ver.
Para comprender el Evangelio de hoy puede sernos muy útil reflexionar brevemente sobre la forma que los ciegos tienen de captar las cosas que les rodean. Los ciegos pueden tocar las flores, pueden saber la forma que tienen las mismas, pueden percibir su olor y conocer su tamaño, pero están privados de concebir la belleza de las mismas, que es, precisamente, el primer detalle que captan los ojos de quienes pueden ver. La utilización del tacto no es tan rápida como la captación visual, así pues, por causa de la citada lentitud de los ciegos a la hora de percibir ciertas sensaciones se les hacen a los mismos desarrollar una serie de virtudes como la paciencia y la templanza, que no les son tan necesarias como a ellos a quienes pueden ver perfectamente, porque su visión suple la necesidad de ejercitar las mismas. Los ciegos tienen que realizar un gran esfuerzo para caminar por lugares que les son desconocidos, para aprender a desenvolverse en el mundo de los que ven perfectamente acomodándose a los recursos que pueden poseer para ello, y, sobre todo, tienen que suplir su carencia visual utilizando la memoria, por consiguiente, mientras quienes ven por ejemplo pueden ordenar sus habitaciones cambiando muchas cosas de sitio, ellos, al cambiar unos cuantos centímetros un objeto que siempre colocan en un determinado espacio, pueden encontrarse desorientados.
Lamentablemente la gente tiene la costumbre de apoyar mucho a los ciegos. La buena intención que la gente tiene de ayudarles puede hacerles caer en el aletargamiento de no querer superarse en muchos aspectos porque se les suple sus carencias, así pues, si la gente les ayuda a cruzar desde una calle a otra, ¿qué necesidad tienen de ayudarse de sus bastones para ello? Muchos dependen de sus familiares porque ellos cubren todas sus necesidades, de manera que les convierten en dependientes de sí mismos, que se sienten desgraciados cuando les faltan sus protectores, pues nunca se preocuparon de desarrollar sus virtudes, porque nunca tuvieron necesidad de hacerlo, y, cuanto más mayores son en el tiempo en que han de defenderse con escasa ayuda, más torpes se sienten para confrontar sus problemas.
Ojalá todos nos acerquemos a Dios antes de que el dolor embargue nuestro espíritu, las dificultades que padecemos nos hagan desconfiar hasta de nosotros, e involuntariamente coartemos las posibilidades que tenemos de ser mejores personas en todos los aspectos en los que podemos crecer.
2. Cuando Jesús y sus futuros Apóstoles vieron al ciego del que San Juan nos habla en el Evangelio de hoy, los discípulos quisieron saber si la ceguera del mismo era el castigo que merecía por causa de sus pecados o por la supuesta transgresión del cumplimiento de la Ley de Dios que pudieron llevar a cabo sus antepasados. Ante la carencia de explicaciones científicas convincentes, los judíos creían que los ciegos, los leprosos y los que no tenían descendientes, eran como muertos, según consta en el Talmud hebreo. Los Hagiógrafos bíblicos siempre les pedían encarecidamente a sus lectores que fueran piadosos con los ciegos, evitándoles los obstáculos que pudieran hacerles caer al suelo al tropezar con ellos, ya que, dicha caída, hacía más evidente la expresión del significado de la desgracia que en aquel tiempo simbolizaba la carencia de visión. Ya que la ceguera era una desgracia de las más difíciles de soportar, los judíos creían que la citada enfermedad sólo podía contraerse como eminente castigo de Dios.
Jesús les respondió a sus discípulos: (JN. 9, 3).
Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús, la curación de la ceguera, el cáncer y otras enfermedades, hará que quienes no creen en Nuestro Padre común se conviertan a Él. Tal como veremos el próximo Domingo, Dios se valió de la enfermedad y posterior muerte de Lázaro para que quienes no creían en Jesús como Mesías comprobaran cómo la gloria del Altísimo se manifestó en Él (JN. 11, 4). Es políticamente incorrecto el hecho de que nos valgamos del sufrimiento ajeno para ascender el monte espiritual de nuestra existencia mortal, pero Dios nos recompensará debidamente a quienes, sin pretenderlo, estamos siendo utilizados para aumentar la fe o para hacer nacer la esperanza en el corazón de la gente que carece de las citadas virtudes divinas. Nuestra sociedad se rige por la óptica del Marketing, así pues, todos valemos el trabajo que somos capaces de realizar en el menor tiempo posible, el poder, la riqueza y el prestigio de que gozamos, pero, desde el punto de vista de Dios, como hemos nacido y se nos ha encomendado una misión determinada por Nuestro Padre común, todas las circunstancias que vivimos tienen un significado concreto, gracias al cuál, toda forma de vida es útil en la realización del designio salvífico y divino de Nuestro Padre celestial.
(IS. 62, 6-7). Quienes sufren porque desconocen la causa de su padecimiento pueden interrogar a Dios con el fin de que Nuestro Padre común resuelva todas sus dudas, pues, cuando Cristo Jesús concluya la instauración del Reino de Dios entre nosotros, ellos experimentarán el consuelo divino, según consta en el Apocalipsis de San Juan (AP. 21, 3-4).
Debemos creer en Jesús, pues él le dijo al autor del Apocalipsis con respecto a su futura manifestación universal: (AP. 22, 20). No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Nuestro Hermano, pero sabemos que Él concluirá nuestra redención.
3. (JN. 9, 4-5). Jesús tenía la costumbre de hablarles a sus seguidores en lenguaje figurativo para despertar en ellos el interés de comprender el misterio de Dios. Según consta en las Escrituras, no todos estamos preparados para comprender el designio salvífico de Nuestro Padre celestial, así pues, lo único que Dios requiere de nosotros para poder inculcarnos su sabiduría increada, es que seamos humildes. San Mateo escribió las siguientes palabras del Rabbi: (MT. 13, 13-14).
Mientras haya luz en el mundo, es decir, mientras estemos a tiempo para convertirnos al mensaje de salvación, debemos aprovechar la ocasión de hacerlo, así pues, no debemos esperar a ser ancianos para temer la llegada de la muerte, ni que nuestra mente se embote por causa de la acumulación de problemas que nos hagan infelices por ser incapaces de resolverlos para acercarnos a Nuestro Padre común. No utilicemos al Señor como el remedio de nuestro dolor, así pues, aunque Él curará nuestras dolencias, es bueno que nos acerquemos a Él por amor, sin tener en cuenta nuestras necesidades, pues, si le amamos, solventará nuestras carencias como premio a nuestro amor para con Él.
4. Jesús hizo lodo con tierra y saliva y untó con él los ojos del ciego. Era necesario que aquel hombre hiciera acopio de su fe para ser sanado, así pues, el gesto de lavarse los ojos en el estanque del enviado (traducción de Siloé), significaba su aprobación del prodigio que Jesús empezó a operar en él cuando le untó el citado lodo en los ojos. El lodo significa nuestra imperfección, según consta en los Salmos: (SAL. 103, 14). Entiéndase el citado versículo de los Salmos a la luz de este otro versículo del Génesis: (GN. 2, 7).
5. En cada ocasión que Jesús hacía un prodigio la gente reaccionaba de una forma diferente, así pues, unos se mostraban escépticos ante las evidencias que significaban las obras que Nuestro Señor llevaba a cabo, otros creían en Jesús, y otros decían que el Hijo de María estaba poseído por Satanás, lo cuál explicaba el hecho de que llevara a cabo las obras luciferinas con las que engañaba a sus víctimas. Muchos de los conocidos del ciego del Evangelio de hoy se admiraban al ver que el que había pedido limosna durante un determinado número de años podía ver, pero otros se resistían a creer aquel hecho porque ellos no creían que existían los prodigios divinos, o porque creían que el ciego había fingido carecer de visión durante toda su vida, o que aquel hombre se parecía al invidente que ellos conocían. Todos estos puntos de vista reflejan la forma en que reaccionamos en cada ocasión que de alguna manera aceptamos o negamos las evidencias de las obras que el Señor lleva a cabo en nuestras vidas y en el medio en que vivimos, así pues, mientras que muchos consideramos que Dios se manifiesta en nuestras vidas en cada instante de nuestra existencia por ejemplo concediéndonos el aire que necesitamos para respirar, son muchos los que creen que en ello no se vislumbra la poderosa mano de Dios, porque estamos capacitados para hacer eso por nuestros propios medios.
6. Los fariseos, bajo la dirección de los doctores o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel, instruían al pueblo en el conocimiento de los preceptos divinos. Esos instructores se confundieron cuando el gran coprotagonista del Evangelio que estamos meditando les contó cómo Jesús le curó de su ceguera, así pues, mientras unos condenaban la actuación del Mesías en día de precepto, otros discutían si aquel prodigio había de ser considerado como una actuación divina o satánica, porque el citado acto no fue realizado en un día laboral. En cierta ocasión en que Jesús le curó a un hombre su mano atrofiada, el Maestro se encaró con los fariseos en los siguientes términos: (MC. 3, 4). Los fariseos guardaron silencio porque, si reconocían que en día de reposo era lícito el hecho de realizar curaciones, contradecían su disposición legal que obligaba a los creyentes a no realizar curaciones en sábado, pero, si decían que no se debía curar a los enfermos en Shabbat, habían de afrontar la reprobación del pueblo sediento de evidencias que le concienciaran de que Dios no se había olvidado de sus creyentes. Jesús no tenía la pretensión de hacer que sus enemigos se vieran bloqueados ante semejante dilema, pues quería conseguir que entendieran su forma de pensar y proceder, y, por ello, cumplieran la voluntad de Nuestro Criador.
7. Los fariseos interrogaron al que había sido ciego con respecto a su naciente fe en Jesús con la intención de coaccionarlo para que odiara al Hijo de María. Para hacer de su presión un acto lo suficientemente eficaz como para herir el espíritu de aquel hombre de forma que rechazara impulsivamente al que tenía por profeta en virtud del prodigio que operó en él, interrogaron a sus padres, sin pensar que ellos, por miedo a ser expulsados de la sinagoga, se desentendieron de responder con respecto a la curación de su hijo, alegando que él era adulto, y que por ello debía saber lo que le había sucedido. ¡Qué terrible es la tibieza!.
8. Es impresionante la confesión que el que había sido ciego hizo ante Jesús cuando los fariseos le expulsaron de la Sinagoga por decir que el Mesías había sido enviado por Dios al mundo, alegando que Nuestro Criador no escucha a los pecadores, es decir, que el todopoderoso no se manifiesta por medio de quienes practican el mal con plena consciencia de que su forma de llevar a cabo sus obras es improcedente a los ojos de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Existen varias formas de afrontar y confrontar las circunstancias que nos acaecen a lo largo de nuestras vidas, así pues, los hechos por cuya contemplación muchos se sienten infelices, son para otros las razones sobre las que se fundamenta su alegría, pues han descubierto una forma de vivir que es conocida por un número de personas muy reducido, que les permite desear alcanzar un estado de perfección mayor, con el fin de sentirse más realizados. Los textos litúrgicos correspondientes a los Domingos de Cuaresma que estamos meditando están intrínsecamente relacionados unos con otros, así pues, el Domingo I de este tiempo de oración y penitencia, nos instaban a ver nuestras virtudes y limitaciones, con el fin de recordarnos que podemos ser, según vimos el Domingo II de este tiempo de ayuno y abstinencia, transfigurados y configurados a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús, por consiguiente, si los materialistas fundamentan su felicidad en los pilares del poder, el prestigio y la riqueza, según constatamos el Domingo anterior, la vivencia cristiana se fundamenta en la gracia divina, y, en la recepción de los Sacramentos por nuestra parte que son administrados por nuestra Santa Madre la Iglesia. En esta ocasión, vamos a continuar nuestro ascenso espiritual, aprendiendo a contemplar los hechos que nos acaecen desde la óptica de Nuestro Padre común.
Como la Iglesia pretende enseñarnos este Domingo IV de preparación de la Pascua a ver los acaeceres de nuestras vidas desde el punto de vista de Dios, San Juan, en el Evangelio de hoy, nos hace ver la vida a partir de la experiencia que tuvo un ciego que pudo ver gracias al prodigio que realizó en él nuestro Hermano y Señor Jesús. ¿Por qué nos presenta la Iglesia al ciego del Evangelio de hoy? La vivencia cristiana es completamente diferente a la óptica de quienes carecen de fe en Nuestro Criador, de la misma manera que existe una diferencia radical entre las percepciones de los ciegos y la utilización del sentido de la vista de quienes pueden ver.
Para comprender el Evangelio de hoy puede sernos muy útil reflexionar brevemente sobre la forma que los ciegos tienen de captar las cosas que les rodean. Los ciegos pueden tocar las flores, pueden saber la forma que tienen las mismas, pueden percibir su olor y conocer su tamaño, pero están privados de concebir la belleza de las mismas, que es, precisamente, el primer detalle que captan los ojos de quienes pueden ver. La utilización del tacto no es tan rápida como la captación visual, así pues, por causa de la citada lentitud de los ciegos a la hora de percibir ciertas sensaciones se les hacen a los mismos desarrollar una serie de virtudes como la paciencia y la templanza, que no les son tan necesarias como a ellos a quienes pueden ver perfectamente, porque su visión suple la necesidad de ejercitar las mismas. Los ciegos tienen que realizar un gran esfuerzo para caminar por lugares que les son desconocidos, para aprender a desenvolverse en el mundo de los que ven perfectamente acomodándose a los recursos que pueden poseer para ello, y, sobre todo, tienen que suplir su carencia visual utilizando la memoria, por consiguiente, mientras quienes ven por ejemplo pueden ordenar sus habitaciones cambiando muchas cosas de sitio, ellos, al cambiar unos cuantos centímetros un objeto que siempre colocan en un determinado espacio, pueden encontrarse desorientados.
Lamentablemente la gente tiene la costumbre de apoyar mucho a los ciegos. La buena intención que la gente tiene de ayudarles puede hacerles caer en el aletargamiento de no querer superarse en muchos aspectos porque se les suple sus carencias, así pues, si la gente les ayuda a cruzar desde una calle a otra, ¿qué necesidad tienen de ayudarse de sus bastones para ello? Muchos dependen de sus familiares porque ellos cubren todas sus necesidades, de manera que les convierten en dependientes de sí mismos, que se sienten desgraciados cuando les faltan sus protectores, pues nunca se preocuparon de desarrollar sus virtudes, porque nunca tuvieron necesidad de hacerlo, y, cuanto más mayores son en el tiempo en que han de defenderse con escasa ayuda, más torpes se sienten para confrontar sus problemas.
Ojalá todos nos acerquemos a Dios antes de que el dolor embargue nuestro espíritu, las dificultades que padecemos nos hagan desconfiar hasta de nosotros, e involuntariamente coartemos las posibilidades que tenemos de ser mejores personas en todos los aspectos en los que podemos crecer.
2. Cuando Jesús y sus futuros Apóstoles vieron al ciego del que San Juan nos habla en el Evangelio de hoy, los discípulos quisieron saber si la ceguera del mismo era el castigo que merecía por causa de sus pecados o por la supuesta transgresión del cumplimiento de la Ley de Dios que pudieron llevar a cabo sus antepasados. Ante la carencia de explicaciones científicas convincentes, los judíos creían que los ciegos, los leprosos y los que no tenían descendientes, eran como muertos, según consta en el Talmud hebreo. Los Hagiógrafos bíblicos siempre les pedían encarecidamente a sus lectores que fueran piadosos con los ciegos, evitándoles los obstáculos que pudieran hacerles caer al suelo al tropezar con ellos, ya que, dicha caída, hacía más evidente la expresión del significado de la desgracia que en aquel tiempo simbolizaba la carencia de visión. Ya que la ceguera era una desgracia de las más difíciles de soportar, los judíos creían que la citada enfermedad sólo podía contraerse como eminente castigo de Dios.
Jesús les respondió a sus discípulos: (JN. 9, 3).
Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús, la curación de la ceguera, el cáncer y otras enfermedades, hará que quienes no creen en Nuestro Padre común se conviertan a Él. Tal como veremos el próximo Domingo, Dios se valió de la enfermedad y posterior muerte de Lázaro para que quienes no creían en Jesús como Mesías comprobaran cómo la gloria del Altísimo se manifestó en Él (JN. 11, 4). Es políticamente incorrecto el hecho de que nos valgamos del sufrimiento ajeno para ascender el monte espiritual de nuestra existencia mortal, pero Dios nos recompensará debidamente a quienes, sin pretenderlo, estamos siendo utilizados para aumentar la fe o para hacer nacer la esperanza en el corazón de la gente que carece de las citadas virtudes divinas. Nuestra sociedad se rige por la óptica del Marketing, así pues, todos valemos el trabajo que somos capaces de realizar en el menor tiempo posible, el poder, la riqueza y el prestigio de que gozamos, pero, desde el punto de vista de Dios, como hemos nacido y se nos ha encomendado una misión determinada por Nuestro Padre común, todas las circunstancias que vivimos tienen un significado concreto, gracias al cuál, toda forma de vida es útil en la realización del designio salvífico y divino de Nuestro Padre celestial.
(IS. 62, 6-7). Quienes sufren porque desconocen la causa de su padecimiento pueden interrogar a Dios con el fin de que Nuestro Padre común resuelva todas sus dudas, pues, cuando Cristo Jesús concluya la instauración del Reino de Dios entre nosotros, ellos experimentarán el consuelo divino, según consta en el Apocalipsis de San Juan (AP. 21, 3-4).
Debemos creer en Jesús, pues él le dijo al autor del Apocalipsis con respecto a su futura manifestación universal: (AP. 22, 20). No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Nuestro Hermano, pero sabemos que Él concluirá nuestra redención.
3. (JN. 9, 4-5). Jesús tenía la costumbre de hablarles a sus seguidores en lenguaje figurativo para despertar en ellos el interés de comprender el misterio de Dios. Según consta en las Escrituras, no todos estamos preparados para comprender el designio salvífico de Nuestro Padre celestial, así pues, lo único que Dios requiere de nosotros para poder inculcarnos su sabiduría increada, es que seamos humildes. San Mateo escribió las siguientes palabras del Rabbi: (MT. 13, 13-14).
Mientras haya luz en el mundo, es decir, mientras estemos a tiempo para convertirnos al mensaje de salvación, debemos aprovechar la ocasión de hacerlo, así pues, no debemos esperar a ser ancianos para temer la llegada de la muerte, ni que nuestra mente se embote por causa de la acumulación de problemas que nos hagan infelices por ser incapaces de resolverlos para acercarnos a Nuestro Padre común. No utilicemos al Señor como el remedio de nuestro dolor, así pues, aunque Él curará nuestras dolencias, es bueno que nos acerquemos a Él por amor, sin tener en cuenta nuestras necesidades, pues, si le amamos, solventará nuestras carencias como premio a nuestro amor para con Él.
4. Jesús hizo lodo con tierra y saliva y untó con él los ojos del ciego. Era necesario que aquel hombre hiciera acopio de su fe para ser sanado, así pues, el gesto de lavarse los ojos en el estanque del enviado (traducción de Siloé), significaba su aprobación del prodigio que Jesús empezó a operar en él cuando le untó el citado lodo en los ojos. El lodo significa nuestra imperfección, según consta en los Salmos: (SAL. 103, 14). Entiéndase el citado versículo de los Salmos a la luz de este otro versículo del Génesis: (GN. 2, 7).
5. En cada ocasión que Jesús hacía un prodigio la gente reaccionaba de una forma diferente, así pues, unos se mostraban escépticos ante las evidencias que significaban las obras que Nuestro Señor llevaba a cabo, otros creían en Jesús, y otros decían que el Hijo de María estaba poseído por Satanás, lo cuál explicaba el hecho de que llevara a cabo las obras luciferinas con las que engañaba a sus víctimas. Muchos de los conocidos del ciego del Evangelio de hoy se admiraban al ver que el que había pedido limosna durante un determinado número de años podía ver, pero otros se resistían a creer aquel hecho porque ellos no creían que existían los prodigios divinos, o porque creían que el ciego había fingido carecer de visión durante toda su vida, o que aquel hombre se parecía al invidente que ellos conocían. Todos estos puntos de vista reflejan la forma en que reaccionamos en cada ocasión que de alguna manera aceptamos o negamos las evidencias de las obras que el Señor lleva a cabo en nuestras vidas y en el medio en que vivimos, así pues, mientras que muchos consideramos que Dios se manifiesta en nuestras vidas en cada instante de nuestra existencia por ejemplo concediéndonos el aire que necesitamos para respirar, son muchos los que creen que en ello no se vislumbra la poderosa mano de Dios, porque estamos capacitados para hacer eso por nuestros propios medios.
6. Los fariseos, bajo la dirección de los doctores o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel, instruían al pueblo en el conocimiento de los preceptos divinos. Esos instructores se confundieron cuando el gran coprotagonista del Evangelio que estamos meditando les contó cómo Jesús le curó de su ceguera, así pues, mientras unos condenaban la actuación del Mesías en día de precepto, otros discutían si aquel prodigio había de ser considerado como una actuación divina o satánica, porque el citado acto no fue realizado en un día laboral. En cierta ocasión en que Jesús le curó a un hombre su mano atrofiada, el Maestro se encaró con los fariseos en los siguientes términos: (MC. 3, 4). Los fariseos guardaron silencio porque, si reconocían que en día de reposo era lícito el hecho de realizar curaciones, contradecían su disposición legal que obligaba a los creyentes a no realizar curaciones en sábado, pero, si decían que no se debía curar a los enfermos en Shabbat, habían de afrontar la reprobación del pueblo sediento de evidencias que le concienciaran de que Dios no se había olvidado de sus creyentes. Jesús no tenía la pretensión de hacer que sus enemigos se vieran bloqueados ante semejante dilema, pues quería conseguir que entendieran su forma de pensar y proceder, y, por ello, cumplieran la voluntad de Nuestro Criador.
7. Los fariseos interrogaron al que había sido ciego con respecto a su naciente fe en Jesús con la intención de coaccionarlo para que odiara al Hijo de María. Para hacer de su presión un acto lo suficientemente eficaz como para herir el espíritu de aquel hombre de forma que rechazara impulsivamente al que tenía por profeta en virtud del prodigio que operó en él, interrogaron a sus padres, sin pensar que ellos, por miedo a ser expulsados de la sinagoga, se desentendieron de responder con respecto a la curación de su hijo, alegando que él era adulto, y que por ello debía saber lo que le había sucedido. ¡Qué terrible es la tibieza!.
8. Es impresionante la confesión que el que había sido ciego hizo ante Jesús cuando los fariseos le expulsaron de la Sinagoga por decir que el Mesías había sido enviado por Dios al mundo, alegando que Nuestro Criador no escucha a los pecadores, es decir, que el todopoderoso no se manifiesta por medio de quienes practican el mal con plena consciencia de que su forma de llevar a cabo sus obras es improcedente a los ojos de Nuestro Padre común.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico del Evangelio de la conversión del ciego de nacimiento. (Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico de la conversión del ciego de nacimiento.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe.
Ejercicio de lectio divina de JN. 9, 1-41.
Lectura introductoria: EF. 5, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
en el Evangelio que meditamos el presente Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Dado que hasta muchos de los que decimos que somos cristianos no siempre actuamos como seguidores de Jesús, podemos equipararnos al citado ciego, quien vivía para pedir limosna, y resignado a vivir aislado, en un camino lleno de viandantes. También nosotros vivimos sumidos en una rutina acorde a nuestra condición actual de trabajadores o desempleados, jubilados y/o enfermos, y, cuando Jesús nos llama a ser sus seguidores, sentimos que nos saca de las tinieblas de la carencia de fe, para conducirnos a su Reino de amor y luz.
Si el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A Jesús nos dio a conocer el don de Dios y el agua viva (JN. 4, 10 y 14), en esta ocasión, el Señor nos iluminará con su luz, para que comprendamos que su visión respecto de lo que acontece en el mundo, es diferente a nuestros puntos de vista. A modo de ejemplo, mientras que los discípulos del Mesías deseaban saber quién tenía la culpa de que aquél mendigo estuviera ciego, a Jesús, más que buscar culpàs y examinar a posibles culpables, le interesaba lograr que aquel ciego fuera un creyente más de la futura Iglesia naciente. Así como el Señor nos enseñó a rechazar la violencia y a amar a los violentos para que se dejen influir por Él (MT. 5, 39), no nos corresponde a nosotros discriminar a nadie por ninguna causa (MT. 7, 1-2).
Jesús les dijo a sus discípulos que el mendigo no estaba ciego por causa de sus pecados ni de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley por parte de sus antepasados, sino que Dios lo eligió para manifestar en él el poder de sus obras. Como buenos moralistas, los judíos creían que la existencia de las enfermedades era justificada por los pecados de quienes las padecían o de los antepasados de los tales, pero Jesús les aportó a sus discípulos una nueva enseñanza referente a este tema, ya que el Señor, aunque desprecia el mal en todas las formas que se manifiesta, ama a los hombres incondicionalmente.
¿Qué creemos en la actualidad respecto del origen de las enfermedades? Los predicadores del Evangelio podemos tener la tentación de hacerles creer a los enfermos que Dios tiene predestinado un día para sanarlos, pero ello es un error, en el sentido de que se nos puede hacer la siguiente pregunta: Si Dios es Todopoderoso y desprecia el mal, ¿cómo es posible que no sane instantáneamente a quienes padecen enfermedades? Aunque podemos responder la citada pregunta afirmando que podemos obtener lecciones muy valiosas de las diversas enfermedades que padecemos, nada podemos decir para justificar el dolor de quienes sufren enfermedades graves, lo cual significa que, aun teniendo la pretensión de justificar a Dios por no restablecernos la salud inmediatamente a los enfermos, lo dejamos como al peor de los tiranos, pues, aunque tiene el poder necesario para socorrernos, nos vuelve la espalda.
Los prodigios que hizo Jesús para sanar a los enfermos, requería de los tales el deseo de obtener la curación, pero, dado que el ciego del Evangelio que estamos considerando no sabía lo que era poder ver, el Señor hizo una excepción con él, y le untó lodo en los ojos, añadiéndole más oscuridad a su oscuridad. A partir de aquél momento, si el ciego quería ver, no tenía nada más que hacer, que obedecer la instrucción que le dio Jesús, de lavarse los ojos en la piscina de Siloé.
¿Qué hacemos nosotros cuando creemos que la manera de actuar de Dios respecto de nuestro dolor le aporta más oscuridad a nuestras tinieblas?
Así como los vecinos del que fue ciego se hicieron muchas preguntas cuando el mendigo pudo ver, quienes hemos empezado a actuar como cristianos a partir de los años de la adolescencia o de la edad adulta, si hemos seguido a Jesús fielmente, nos hemos percatado de que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, también se han interrogado con respecto a nuestra nueva manera de pensar y actuar. Recuerdo que el instructor de un curso de Marketing en el que participé hace años, nos dijo a mis compañeros y a mí: "Lo difícil para vosotros no es atraer clientes, sino mantenerlos." De igual manera, lo difícil para nosotros no es tomar la decisión de ser seguidores de Jesús en unos ejercicios espirituales, sino actuar como tales todos los días de nuestras vidas, y aún esta dificultad se agraba más, cuando vivimos circunstancias que consideramos adversas, en las que no sentimos cómo se nos manifiesta Dios.
El Espíritu Santo es el don de Dios y Jesús es el surtidor de agua capaz de saciar nuestra sed de amor y justicia (JN. 4, 10 y 14), pero, según somos saciados, se espera de nosotros que vivamos como seguidores de Jesús, lo cual, según nuestra apertura mental y la manera que tengamos de afrontar las dificultades que vivamos, puede atraernos grandes satisfacciones, y no menos grandes dificultades.
Oremos:
Los Evangelios dominicales del tiempo de Cuaresma del Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, nos hacen reflexionar sobre el proceso de nuestra conversión al Evangelio. El Domingo I del presente tiempo litúrgico (MT. 4, 1-11), Jesús nos enseñó a valorar el artruismo frente al deseo de poder y el afán de riquezas. La autoridad es útil cuando se ejerce en beneficio de los subordinados, y el deseo desmedido de riquezas se debilita por medio del ejercicio de la generosidad. ¿Qué ganaremos al impedir que nos cieguen los deseos de alcanzar poder, riquezas y prestigio? Este es el precio que tenemos que pagar, si realmente deseamo ser transfigurados y configurados a imagen y semejanza de Jesús, según recordamos este hecho el Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9).
El Domingo III de Cuaresma empezamos a considerar los Evangelios cuya meditación nos ayuda a disponernos a recibir el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia (JN. 4, 5-42). Los antiguos cristianos se disponían a ser martirizados pensando que ese era el precio que pagaban para concluir su asimilación a Jesús. Es por eso que el Domingo anterior Jesús se nos dio a conocer como surtidor de agua bautismal que nos hace alcanzar la vida eterna (JN. 4, 14), hoy se nos da a conocer como luz del mundo (JN. 9, 1-41), y el próximo Domingo se nos dará a conocer como Resurrección de los muertos (JN. 11, 1-45).
Según las perícopas evangélicas citadas, se nos insta a considerar el hecho de alcanzar la meta de pensar, sentir, amar y actuar, como lo hacía Jesús, y como lo haría el Hijo de Dios y María, si viviera nuestras circunstancias vitales. Para que ello nos sea posible, se nos invita a vislumbrar nuestras vidas y los acaeceres de la humanidad, desde el punto de vista de Jesús. En nuestro tiempo, el hecho de que renunciemos a nuestra manera de pensar es una barbaridad para los occidentales, pero para los antiguos cristianos era un gran logro el hecho de renunciar a su manera de pensar y proceder, con tal de adoptar la manera de pensar, sentir, amar y actuar de Jesús. Nos será útil tener este hecho en cuenta, con el fin de poder comprender los tres textos evangélicos correspondientes a los Domingos III, IV y V del tiempo de Cuaresma del Ciclo A, los cuales no han de ser interpretados partiendo de nuestra óptica, sino desde el punto de vista de San Juan, -el autor de los mismos-, y de sus lectores inmediatos.
A la luz que nos aporta la consideración de los citados textos evangélicos, examinemos nuestra conversión al Evangelio de salvación, hablando con el Espíritu Santo, quien nos ayudará a terminar fortalecidos, el camino que nos conducirá, a la Pascua de Resurrección.
2. Leemos atentamente JN. 9, 1-41, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 9, 1-41.
3-1. Jesús vio al pasar un ciego de nacimiento (JN. 9, 1).
Contemplemos a Jesús rodeado de creyentes y curiosos que estaban atentos a sus palabras y a sus obras. El Señor no se centraba exclusivamente en quienes le rodeaban, pues se percató de la presencia del ciego, cuya misión en la vida consistía en pedir limosna para poder subsistir. San Lucas nos habla en su Evangelio del rico banqueteador (epulón), quien hizo de sus días una acumulación de celebraciones, y no se quiso interesar en ayudarle al pobre Lázaro, cuyas heridas eran lamidas por perros salvajes (LC. 16, 19-21). Si Lázaro mendigaba a la puerta del rico las miajas de pan que epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos, ¿es creíble que el banqueteador ignorara la dramática situación del pobre? Quizás muchos de nosotros también ignoramos a muchos pobres, presos y enfermos que hay en nuestro ambiente, aunque no los vemos porque vivimos encerrados en nuestra rutina. Jesús nos insta a que seamos observadores, con el fin de que podamos ayudar a tales almas sufrientes, en conformidad con nuestras siempre escasas y al mismo tiempo benditas posibilidades.
3-2. ¿Contradice la existencia del mal la existencia de Dios? (JN. 9, 2-3).
Querer interpretar la Biblia como si hubiera sido escrita partiendo de nuestra mentalidad occidental, se reduce a polemizar para perder el tiempo. Si la biblioteca contenedora de la Palabra de Dios fue escrita partiendo de la mentalidad de los judíos, quienes no adoptaron concepciones filosóficas hasta el siglo XV de la era cristiana, la Biblia ha de ser interpretada partiendo de la antigua cultura de los tales. ¿Cómo podemos interpretar el polémico texto de ROM. 5, 12? Aunque en la actualidad pensamos que cada cual ha de ser juzgado en atención a su manera de proceder y lo que hagan los demás no ha de asegurarle la salvación ni perjudicarle respecto de la consecución de la misma, los hermanos de raza de Jesús pensaban que, por ser miembros del pueblo de Dios, las buenas obras de un sólo hombre tenían que beneficiarlos a todos, y los pecados de un sólo hombre tenían que influir negativamente en todos, porque consideraban, al contrario que lo hacemos algunos cristianos, que Dios antepone su justicia a su amor. Esta explicación nos hace comprender la razón por la que Dios mandaba en el Antiguo Testamento matar sin escrúpulos, y por qué Él mismo llevaba a cabo grandes matanzas, en ocasiones, hasta contra los hijos de su pueblo, simplemente, porque le desobedecían. El concepto del Dios egoísta que condiciona el amor que les manifiesta a sus fieles al cumplimiento de sus deseos por parte de los tales, también ha sido -y sigue siendo- utilizado por muchos líderes religiosos cristianos.
¿Cómo se justifica a Dios por haber salbado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?? (MT. 2, 16). Para nosotros, el hecho de que Dios permitiera el sacrificio de tales niños pequeños constituye una gran crueldad, pero para los antiguos cristianos, quienes fueron lectores inmediatos del Evangelio de San Mateo, el hecho de imitar a los pequeñines de Belén, muriendo por Jesús si tenían que ser martirizados, era un gran honor. Los primeros cristianos no se plantearon el hecho de que Dios hubiera podido salvar a los pequeñines de Belén haciendo un insignificante esfuerzo, como pensamos que podría haberlo hecho en la actualidad.
¿Qué pensaba Jesús respecto del mal? Mientras que los judíos creían que quienes sufrían eran castigados por sus pecados o por las transgresiones en el cumplimiento de su Ley de los antepasados de los tales, Jesús no compartió tal punto de vista. En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús afirma que las enfermedades no son enviadas por Dios, ni son queridas por Nuestro Padre común, ni son castigos consecuentes de los pecados de nadie, pues se reducen a oportunidades de que Dios demuestre el poder que tiene para curarlas, y el amor con que acoge a sus hijos. En una ocasión en que Pilato les hizo sacrificios humanos a sus dioses y se derrumbó una torre aplastando a dieciocho personas (LC. 13, 1-5), Jesús aclaró que tales hechos no fueron enviados por Dios ni fueron causados por los pecados de nadie, y dijo que todos estamos expuestos a sufrir accidentes y a vivir situaciones dramáticas y catastróficas. Jesús no explicó cuál es el origen del mal, pero dejó muy claro que Dios no es la causa originaria del mismo, porque Él es amor (1 JN. 4, 16), y no quiere herir a sus hijos.
La frase referente a los pajaritos que no mueren sin que Dios lo permita de MT. 10, 29, es una incorrecta traducción bíblica que provoca un gran malentendido, ya que el texto original afirma que ningún pajarito cae sin que Dios lo acompañe, indicando que Nuestro Padre común no nos evita el sufrimiento por cuanto nos es útil si lo afrontamos correctamente y con fe en Él, y que nos acompaña en todas nuestras circunstancias vitales.
¿Qué pensamos los cristianos respecto del mal? Ya que es difícil encontrar una denominación cristiana en la que no haya líderes religiosos que no utilicen la imagen del Dios caprichoso, egoísta y sin escrúpulos del Antiguo Testamento para ganar poder infundiéndoles miedo a sus seguidores, y la mayoría de cristianos desconocen la biblia, entre nosotros está más presente la imagen del Dios sin escrúpulos del Antiguo Testamento, que la imagen del Padre misericordioso predicado por Jesús, quien cuando le dijo al Padre en el huerto de los Olivos que se hiciera su voluntad y no la suya (LC. 22, 42), no se disponía a ser derrotado definitivamente por la muerte, sino a morir para resucitar, para demostrarnos el amor de Nuestro Padre celestial.
En la biblia se vincula el origen del mal con el pecado de Adán y Eva, cuya desobediencia a Dios los privó de sus dones preternaturales, cosa que también nos ha afectado a sus descendientes, pues, como recordamos anteriormente, para los judíos, el bien que haga un miembro de su pueblo, y el mal que haga otro, han de afectarlos a todos, positiva o negativamente. Anteriormente al tiempo de la cautividad babilónica, los judíos creían que Dios los premiaba al cumplir su Ley, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, así pues, cuanto mejor era su posición social, se creían más beneficiados por Yahveh y, cuanto más pobres eran o sufrían por otras causas, creían que eran castigados por la Divinidad. A partir del citado tiempo de la cautividad, cuando los judíos empezaron a pensar en la posibilidad de alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida, empezaron a asociar la superación del mal con la dicha eterna, cosa que les concedía a los desposeídos de Israel la posibilidad de empezar a sentirse amparados por Yahveh. Esta creencia aún no era plenamente aceptada cuando nació Jesús, lo cuál sirvió para que el Mesías se rodeara de pastores el mismo día de su Natividad (LC. 2, 8-20). Dado que las dos creencias estaban en vigor en Israel, había legalistas que valoraban a las personas en atención a su cumplimiento de la Ley y a su posición en la alta sociedad que supuestamente les era concedida por Dios como premio por cumplir su voluntad, y rechazaban a quienes pertenecían a la clase baja considerándoles pecadores reprobados por Dios, y Profetas que pensaban que Yahveh es el Dios de los desposeídos de la tierra.
Si Dios tiene poder para sanarnos a los enfermos, ¿por qué no nos restablece la salud apenas enfermamos, o no nos evita las enfermedades? Aunque el dolor nos aporta enseñanzas útiles, no encontramos otra respuesta que justifique el hecho de por qué Dios deja que pase el tiempo, sin exterminar el padecimiento de la humanidad, y, como dije anteriormente, cuanto se diga al respecto, hará que muchos crean que Nuestro Padre común es un tirano. A pesar de ello, no nos preguntemos por qué enfermamos porque eso no podremos saberlo hasta que Dios nos lo diga personalmente al final de los tiempos, pero preguntémonos para qué enfermamos, para aprender grandes lecciones de la vivencia de nuestras enfermedades.
3-3. Hagamos las obras de Jesús (JN. 9, 4).
En la simbología del texto evangélico que estamos considerando, el día es el tiempo en que Jesús está con nosotros, y la noche es el tiempo en que nuestra fe es probada por las dificultades que nos caracterizan. Cuando nuestra fe es fuerte y estable, podemos laborar en la viña del Señor, pero, cuando se nos debilita, no podemos actuar como los discípulos de Jesús que Dios desea que lleguemos a ser, desde la eternidad.
¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo? Tales obras mesiánicas, son las siguientes:
1. Alimentar a los hambrientos.
2. Dar de beber a los sedientos.
3. Acoger a los forasteros.
4. Vestir a los carentes de ropa.
5. Visitar a los enfermos.
6. Visitar a los presos (MT. 25, 35-36).
Las citadas obras de misericordia sólo son ejemplos de lo que podemos hacer con quienes tienen carencias espirituales y materiales, así pues, no es posible citar aquí todas las obras benéficas que podemos llevar a cabo, para ayudar a quienes nos necesitan.
3-4. Jesús es la luz del mundo, porque está en el mundo (JN. 9, 5).
Antes de redimir a la humanidad, Jesús estaba con sus discípulos, y llegó a ser para los tales la luz del mundo. Después de que aconteciera su Resurrección de entre los muertos, Jesús siguió siendo la luz del mundo para quienes llegaron a ser sus Apóstoles, y, después de que aconteciera la Ascensión de Cristo Resucitado al cielo, el Señor sigue siendo la luz del mundo, para quienes lo buscamos en la biblia, en los documentos de la Iglesia -o la Congregación- a la que pertenecemos, y en los elocuentes discursos de sus predicadores, y las bondadosas obras de quienes laboran en la viña del Señor, haciendo el bien constantemente.
3-5. Jesús untó con lodo los ojos del ciego (JN. 9, 6).
Porque nadie valora aquello de lo que carece y no sabe lo que significa, a pesar de que Jesús exigía la manifestación de la voluntad de quienes querían ser receptores de sus prodigios, hizo una excepción con el ciego, quien no sabía lo que significaba ver la luz, y le untó lodo en los ojos, que hizo con tierra y su saliva. Aunque lo que os voy a decir a los occidentales nos parece absurdo,Jesús cometió un grave pecado según los fariseos, pues, al mezclar su saliva con tierra para iniciar la curación del ciego, hizo barro como si se dispusiera a hacer ladrillos, lo cual no estaba permitido en Sábado.
Los judíos creían que la saliva era un remedio curativo de la vista y de otras enfermedades, y también era transmisora de la propia energía vital. El barro estaba recomendado para curar tumores y la inflamación de los ojos. Al untar su barro en los ojos del ciego, Jesús recordó la vivificación del hombre por parte del Espíritu Santo (GN. 2, 7), y le presentó al ciego la imagen del nuevo hombre redimido, que los cristianos deseamos llegar a ser.
3-6. El estanque de Siloé (JN. 9, 7).
Aunque Jesús tomó la iniciativa a la hora de iniciar la curación del ciego, quiso saber si el mismo deseaba ver. Si el ciego quería ver, sólo tenía que labarse los ojos en el estanque de Siloé, no porque las aguas del mismo eran milagrosas, sino porque esa fue la prueba que el Señor le impuso, para que le demostrara si realmente deseaba poder ver.
San Juan es el Evangelista de las ironías. Así como el paralítico que aparece al principio de JN. 5 no pudo obtener por sí mismo la curación en la piscina de la Ley, y pudo caminar gracias al Mesías, el ciego tenía que ser curado en la piscina de el Enviado. La religiosidad basada en el constante cumplimiento de normas nos amarga el alma, pero la fe en el amor que Dios nos manifiesta, nos hace libres de nuestras cadenas, y nos concede la salvación.
Apenas el ciego se lavó los ojos, empezó a ver, y también empezó a tener problemas, tal como nos ha sucedido a muchos, a partir del momento en que nos hemos manifestado ante nuestros conocidos, como discípulos de Jesús.
La curación del ciego en la piscina de Siloé es semejante al Bautismo, aunque se diferencia del citado Sacramento, en que el ciego fue curado sin tener fe en Jesús.
3-7. La reacción de los conocidos del que dejó de ser ciego por su visión del citado hecho (JN. 9, 8-12).
Para sorpresa del que dejó de ser ciego, mientras disfrutaba del descubrimiento que supuso para él ver el mundo exterior, sus vecinos se mostraron escépticos ante el prodigio que Jesús realizó en el antiguo enfermo, así pues, apenas lo vieron caminar con gran soltura, empezaron a preguntarse: ¿No es éste el ciego que tantos años llevamos viendo pidiendo limosna? Mientras que los citados personajes pensaban si el antiguo ciego era el mendigo a quien ellos conocían u otro personaje que se parecía a él como si ambos fueran jemelos, el antiguo enfermo se esforzaba en dar a conocer el prodigio que Jesús llevó a cabo en su favor. Sus vecinos le preguntaron cómo pudo ver, y él respondió que veía gracias a Jesús. Los judíos querían ver al Señor, pero el nuevo Mesías desapareció de aquel escenario discretamente, para evitar promocionarse como milagrero.
Muchos nuevos conversos hemos vivido una situación similar a la del antiguo ciego, en el sentido de que se nos ha interrogado hasta la extenuación sobre nuestra nueva forma de pensar, sentir, amar y actuar.
3-8. La confusión de los fariseos (JN. 9, 13-16).
Dado que los fariseos eran enemigos jurados de Jesús porque el Señor no hizo coincidir plenamente su doctrina con la de los miembros de la citada escuela de pensamiento, se aprovecharon del hecho de que el Mesías hizo el citado prodigio en Sábado, para tener una excusa más por la que condenarlo a muerte. Independientemente de que Jesús hiciera el lodo con que inició la curación del ciego para recordarles a sus enemigos que no tenía la intención de cesar en el cumplimiento de la voluntad divina, los fariseos vieron este hecho como una provocación, a la que se prepararon a responderle, en primer lugar, intentando que el ex ciego les dijera que nunca había sido invidente por lo que había engañado a sus convecinos, y que Jesús le dio dinero para que le permitiera usarlo para llevar a cabo un prodigio falso.
Mientras que la creencia del ciego en Jesús se iba fortaleciendo, los fariseos disentían entre ellos, unos pensando que Jesús no procedía de Dios por incumplir su precepto de curar en sábado, y otros no sabían cómo un pecador pudo curar a un ciego. Es triste el hecho de que gente incauta deposite su fe en personajes que sólo piensan en ser cada día más poderosos, ricos y prestigiosos, a costa de aplastar a quien sea, con tal de alcanzar su ambicionada meta.
3-9. La fe del ex ciego se fortaleció, a pesar de la presión que los fariseos ejercieron contra él, para que hablara mal de Jesús (JN. 9, 17).
Mientras que los fariseos no sabían cómo acabar con el Ministerio público de Jesús y tenían que conseguir que el ex ciego desprestigiara al nuevo Mesías, el recién curado se atrevió a afirmar que el Hijo de Dios y María es un Profeta, con gran seguridad. ¿Tenemos nosotros esa seguridad cuando tenemos la oportunidad de dar esperanza de la fe que profesamos? (1 PE. 3, 15).
3-10. Los padres del ex ciego (JN. 9, 18-23).
Los judíos tenían que demostrar como diera lugar que el ex ciego fingió su enfermedad a fin de que Jesús llevara a cabo el falso prodigio de su curación. Los padres del recién sanado les dijeron que efectivamente su hijo había sido ciego, pero que no sabían cómo había empezado a ver, ni quién había hecho semejante prodigio tan inesperado. ¿Por qué se expresaron los padres del ex ciego en esos términos? Los fariseos habían tomado la decisión de expulsar de la Sinagoga a todos los que aceptaran a Jesús como Cristo -o Mesías-, lo cual tenía serias consecuencias. Los padres del ciego podrían haber recibido el castigo de estar entre una semana y un mes sin participar en la oración común. Otra de las excomuniones temporales, consistía en obligar a los expulsados de la Sinagoga a vestirse de luto durante un mes, sentarse en el suelo, dejarse crecer el cabello y la barba, privarse de baños y ungüentos, y no asistir a la oración común. La tercera expulsión era de carácter indefinido, y el pueblo tenía prohibido dirigirles la palabra a los excomulgados, a quienes se les podía confiscar todos sus bienes, e incluso se les podía desterrar del país. Bajo esta perspectiva, comprendemos la tibieza de los padres del ex ciego, que no apoyaron a su hijo, e hicieron un gran esfuerzo para no hablar contra Jesús, arriesgándose a sufrir, con mucha suerte, la primera o la segunda expulsión de la Sinagoga anteriormente citadas, lo cual los hubiera deshonrado de por vida ante su pueblo. A pesar de lo dicho, Jesús no se les hizo el encontradizo a los padres del ex ciego como lo hizo con el hijo de los tales, por causa de la tibieza que manifestaron ante los fariseos. ¿Comprendemos por qué para los padres del ex ciego era más importante conservar su status que la curación de su hijo ciego? Este hecho me recuerda a los gerasenos que aparecen en MC. 5, 1-20, a quienes les importaron más los cerdos que los demonios arrojaron al mar, que la liberación de su convecino de las garras de los espíritus malignos.
3-11. Los fariseos siguieron acosando al ex ciego para lograr su propósito de desenmascarar a Jesús (JN. 9, 24-27).
No era la primera vez que el ex ciego escuchaba las mismas preguntas de los fariseos, pero él, aunque no conocía a Jesús, sabía que el Señor lo curó, y que gracias a ello, llevó a cabo una gran transformación en su vida, que deseaba narrarles a todos sus conocidos.
Aunque no nos sepamos la Biblia de memoria para lograr ser predicadores intachables, podemos hablarles de Cristo a quienes estén dispuestos a escucharnos, dando testimonio de la fe que profesamos. Si les decimos a nuestros oyentes cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, muchos de los tales desearán abrazar la fe que profesamos.
3-12. El ex ciego fue expulsado de la Sinagoga (JN. 9, 28-34).
La fe del recién convertido fue probada con gran dureza por los fariseos, quienes lo acosaron y terminaron expulsándolo de la Sinagoga. Los cristianos podemos estar expuestos a tener muchos problemas por seguir a Jesús, e incluso podemos perder relaciones, propiedades e incluso la vida, pero la vida eterna de gracia que Jesús nos da, nadie nos la puede arrebatar.
Los fariseos, a pesar de su gran formación religiosa, desconocían el origen de Jesús, pero el ex ciego sabía que el Mesías lo había curado. El hombre carente de formación religiosa porque vivió para mendigar para subsistir, mostró una fe superior a la de aquellos intérpretes de la Ley sedientos de poder, riquezas y prestigio. La instrucción religiosa es muy importante para quienes desean tener fe en Dios, pero, la fe y la formación, no siempre están relacionadas.
Para los fariseos, Jesús era pecador, porque no se amoldaba al cumplimiento de su voluntad, pero, para el ciego, ¿cómo era posible que Jesús pudiera hacer semejante prodigio, siendo enemigo de Dios? Con respecto a nosotros, si nuestra fe además de ser intelectualizada fuera práctica, tendríamos una creencia en Dios tan grande como la manifestada por el ex ciego, al final del presente Evangelio.
3-13. ¿Creemos en el Hijo del hombre? (JN. 9, 35-38).
Jesús, por llevar años bajo la presión que ejercían sobre Él las autoridades religioso-políticas, quienes en lugar de amenazarlo con excomulgarlo, se disponían a quitarle la vida, sabía lo que sentía el recién curado al haber sido excomulgado injustamente de la Sinagoga, y se le hizo el encontradizo para consolarlo, y, si le era posible, unirlo a su comunidad de fe.
Oremos y trabajemos para emular a Jesús, a la hora de hacernos los encontradizos con quienes sufren por cualquier motivo, con el fin de poder ayudarlos, en conformidad con nuestras siempre escasas y benditas posibilidades.
Cuando el ex ciego aceptó a Jesús como Mesías, además de haber recuperado la vista física, alcanzó la visión espiritual de Jesús.
3-14. El juicio de Jesús sobre el mundo que rechaza al Hijo del hombre y a sus hermanos en la fe (JN. 9, 39-41).
Jesús vino al mundo para hacer que los que no ven a Dios lo vean, y para ver cómo quienes desean manipular a Yahveh para obligarlo a hacer su voluntad, no dejan de ser ciegos espirituales. El pecado de los fariseos consistió en no reconocer al Mesías de Dios. Ello no es pecado para los carentes de instrucción religiosa, pero es el pecado de la ignorancia voluntaria, para quienes conocen la voluntad de Nuestro Padre común.
3-15. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-16. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 9, 1-41 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué no ignoró Jesús al ciego de nacimiento centrándose exclusivamente en los creyentes y en los curiosos que lo rodeaban?
2. ¿Cuál era la misión vital del ciego de nacimiento?
3. ¿Por qué no es creíble el hecho de que el rico epulón ignorara la dramática situación del pobre Lázaro?
4. ¿Ignoramos a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
5. ¿Qé hacemos para ayudar a quienes sufren por cualquier motivo?
6. ¿Qé podemos hacer para mejorar la calidad de los servicios que les prestamos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
3-2.
7. ¿Por qué ha de ser interpretada la biblia partiendo de la mentalidad de sus autores y de los lectores inmediatos de la misma?
8. ¿Antepone Dios su justicia a su amor?
9. ¿Antepone Dios su amor a su justicia, o es al mismo tiempo un Padre misericordioso y un Juez justo?
10. ¿Por qué mandaba Dios asesinar en el Antiguo Testamento, y en ciertos casos Él mismo cometió grandes crímenes?
11. ¿Se nos predica a Dios como Padre misericordioso, o como Juez egoísta y tirano, que nos ama bajo la condición indispensable de que cumplamos su voluntad, aunque no la comprendamos?
12. ¿Intentamos comprender la voluntad de Dios, o tenemos que cumplirla aunque no la comprendamos para evitar pecar?
13. ¿Cómo se justifica a Dios por haber salvado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?
14. ¿Por qué constituye para nosotros una crueldad el hecho de que Dios no impidiera el asesinato de los pequeños niños de Belén al mismo tiempo que salvó la vida de su Unigénito?
15. ¿Por qué era para los primeros cristianos un honor el hecho de imitar a los Santos Inocentes a la hora de morir por su fe en Jesús?
16. ¿Cuál era la causa por la que los judíos creían que muchos de ellos tenían que sufrir?
17. ¿Qué significan las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
18. ¿Creemos que Dios nos envía las causas por las que sufrimos? ¿Por qué?
19. ¿Quiere Dios que suframos?
20. ¿Cómo es posible que Dios, si es Nuestro Padre bueno y nos ama, desee que suframos?
21. ¿Cómo es posible que Dios no encuentre un medio para adaptarnos al cumplimiento de su voluntad más eficaz que los problemas que tenemos?
22. ¿Quiénes han cometido los pecados por cuyas consecuencias muchos no estamos totalmente sanos?
23. ¿Qué son las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
24. ¿Por qué no nos evita Dios las circunstancias adversas que vivimos si es Todopoderoso?
25. ¿Por qué no es Dios el origen del mal según la óptica de Jesús?
26. ¿Cuál es la traducción correcta de MT. 10, 29?
27. ¿Cuál es el malentendido generado por la traducción incorrecta del citado versículo mateano?
28. ¿Cómo hemos de interpretar correctamente el citado texto bíblico?
29. ¿Por qué está más presente entre los cristianos la imagen del Dios terrible y justiciero que la imagen del Padre misericordioso?
30. ¿Qué pretendió Jesús por medio de su Pasión y posterior muerte?
31. ¿Por qué se vincula en la biblia el origen del mal con el pecado original de Adán y Eva?
32. ¿Qué consecuencias tuvo el pecado original para Adán, Eva y sus descendientes de todos los tiempos? ¿Por qué?
33. ¿Cómo creían los judíos que Dios los premiaba por cumplir su voluntad antes de que aconteciera la cautividad babilónica?
34. ¿Por qué empezaron a pensar algunos judíos durante el tiempo de la citada cautividad que Dios premiaría a sus hijos con la plenitud de la dicha más allá de esta vida marcada por situaciones adversas?
35. ¿Por qué podían sentirse quienes sufrían en Israel amados por Dios si pensaban en alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida?
36. ¿Por qué se rodeó Jesús de pastores el día de su Natividad?
37. ¿Puede ser Yahveh al mismo tiempo el Dios de los pobres y de los ricos? ¿Por qué?
38. ¿Por qué no podemos preguntarnos por qué enfermamos, pero sí debemos preguntarnos para qué enfermamos?
39. ¿Cuándo conoceremos el para qué de nuestras enfermedades? ¿Quién nos informará con respecto a ello?
3-3.
40. ¿Qué significan el día y la noche en la simbología joánica?
41. ¿Por qué no podemos servir a Dios cuando nuestra fe es puesta a prueba de la misma manera que cuando la misma es fuerte y estable?
42. ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo?
43. ¿Es posible enumerar todas las obras de misericordia que podemos hacer? ¿Por qué?
3-4.
44. ¿Cómo llegó Jesús a ser la luz del mundo para sus discípulos antes de redimir a la humanidad?
45. ¿Cómo fue Jesús la luz del mundo para sus Apóstoles durante el tiempo pascual en que concluyó su formación espiritual?
46. ¿Cómo es Jesús la luz del mundo para quienes creemos en Él desde que aconteció su Ascensión al cielo?
3-5.
47. Antes de llevar a cabo sus prodigios, Jesús se aseguraba de que quienes iba a beneficiar querían recibir las dádivas que les iba a conceder, pero, ¿por qué hizo una excepción con el ciego de nacimiento que aparece en el Evangelio de hoy?
48. ¿Con qué hizo Jesús el lodo que untó en los ojos del ciego de nacimiento?
49. ¿Por qué cometió Jesús un gran pecado al hacer barro desde la óptica de los fariseos?
50. ¿Qué creían de la saliva y del lodo los judíos?
51. ¿Qué recordó Jesús al untar barro en los ojos del ciego?
52. ¿Qué le presentó Jesús al ciego cuando le untó el barro en los ojos?
3-6.
53. ¿Cómo probó Jesús al ciego de nacimiento para que se demostrase a sí mismo si realmente quería ver?
54. ¿Qué tenía que hacer el ciego si quería ver?
55. ¿Por qué tenía que lavarse el ciego los ojos en el estanque de Siloé si quería ver?
56. ¿Por qué no pudo ser curado el paralítico de JN. 5 en la piscina de la Ley sin ser ayudado por Jesús?
57. ¿Qué efecto tiene en nosotros la religiosidad basada en el cumplimiento constante de normas?
58. ¿Qué hace en nosotros la fe en el amor que Dios nos manifiesta?
59. ¿Qué le sucedió al ciego apenas tuvo los ojos limpios de lodo?
60. ¿En qué se diferencia la curación del ciego de nacimiento del Sacramento del Bautismo?
3-7.
61. ¿Por qué los vecinos del ex ciego se mostraron escépticos ante el prodigio que realizó Jesús?
62. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un conocido nuestro del que sabemos que lleva mucho tiempo padeciendo una enfermedad nos dijera que Jesús lo ha curado?
63. ¿Por qué desapareció Jesús de la escena evangélica cuando los vecinos del ex ciego dudaron respecto del prodigio que llevó a cabo?
64. ¿Podemos creer en los prodigios que hizo Jesús sin haber podido constatarlos?
65. ¿Cómo actuamos cuando se nos interroga respecto de nuestra profesión de fe?
66. Si no se nos interroga respecto a la vivencia de la fe que profesamos, tendríamos que revisar nuestra manera de pensar y nuestro modo de proceder en la viña del Señor.
3-8.
67. ¿Por qué eran los fariseos enemigos jurados de Jesús?
68. ¿Tenemos los cristianos la pretensión de adaptar al Señor a la consecución de nuestras metas tal como quisieron hacerlo los fariseos?
69. ¿Somos conscientes de que es necesario que nos adaptemos al cumplimiento de la voluntad de Dios para poder alcanzar la plenitud de la felicidad, porque Él es más perfecto que nosotros?
70. ¿De qué se aprovecharon los fariseos para tener una excusa más por la que condenar a Jesús a muerte?
71. ¿Por qué se sintieron los fariseos provocados por Jesús?
72. ¿Cómo empezaron los fariseos a trabajar para responder a la provocación de Jesús?
73. ¿Por qué se fortalecía la fe del antiguo ciego en Jesús, mientras que los fariseos aumentaban su odio al Mesías?
74. ¿Por qué disentían los fariseos respecto a la Persona y el prodigio que realizó Jesús?
75. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso honrado de otro que se aprovecha de los incautos para enriquecerse a nivel material?
3-9.
76. ¿Por qué era importante para los fariseos conseguir que el antiguo ciego hablara en contra de Jesús?
77. ¿Profesamos nuestra fe con esperanza y seguridad, tal como el ex ciego dijo de Jesús que es un Profeta?
3-10.
78. ¿Por qué causa interrogaron los fariseos a los padres del antiguo ciego?
79. ¿Por qué los padres del ex ciego no hablaron ni a favor ni en contra de Jesús?
80. ¿Por qué pensaron los fariseos en expulsar de la Sinagoga a los seguidores de Jesús?
81. ¿Qué tres castigos podían recibir los expulsados de la Sinagoga?
82. ¿Por qué no se les hizo el encontradizo Jesús a los padres del ex ciego?
83. ¿Comprendemos por qué muchos se niegan a salir de las denominaciones religiosas cuyos líderes los distanciaron de sus familiares?
3-11.
84. ¿Por qué no dejó de creer en Jesús el ex ciego a pesar de la presión constante que los fariseos ejercieron sobre él?
85. ¿Somos capaces de mantener nuestra fe viva y de predicarla con nuestras palabras y obras cuando sentimos que somos los únicos seguidores de Jesús de nuestro entorno social?
86. ¿Cómo podemos predicar la Palabra de Dios aunque no nos sepamos la biblia de memoria?
3-12.
87. ¿Qué vida no nos será quitada si no dejamos de profesar nuestra fe, aunque ello tenga consecuencias difíciles de afrontar para nosotros?
88. ¿Cómo es posible que los fariseos desconocieran a Jesús, y que el ex ciego, a pesar de no conocer al Señor, supiera que el nuevo Mesías es un Profeta?
89. ¿Por qué no siempre están relacionadas la fe y la instrucción religiosa que recibimos?
90. ¿En qué se diferencian la fe intelectualizada y la fe práctica?
91. ¿Por qué necesitamos que nuestra fe sea intelectualizada y práctica para lograr llegar a ser los discípulos de Jesús en los que Nuestro Padre común piensa desde la eternidad?
3-13.
92. ¿Por qué sabía Jesús lo que sentía el ex ciego por haber sido expulsado de la Sinagoga?
93. ¿Cómo tratamos a los excomulgados por nuestra Iglesia -o Congregación-?
94. ¿Para qué se le hizo Jesús el encontradizo al recién curado?
95. ¿Tratamos de igual manera a quienes les predicamos la Palabra de Dios independientemente de que se unan a nuestra Iglesia?
96. ¿Por qué son buenas las posibilidades que tenemos para ayudar a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, aunque no podamos darles todo lo que precisan?
97. ¿Qué le sucedió al ex ciego cuando aceptó a Jesús como Mesías?
98. El Evangelio que meditamos en el presente trabajo, fue escrito para ser meditado por cristianos que tuvieron que sobrevivir a persecuciones, que no debían hacerles perder la fe, que muchos de ellos conservaron, como el mejor de los tesoros. Oremos para que jamás ningún cristiano se sienta presionado por los no creyentes, y para que los cristianos, cuando seamos mayoría absoluta, sepamos respetar a quienes tienen creencias distintas a las nuestras.
3-14.
99. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
100. ¿En qué consistió el pecado de los fariseos, el cual no es pecado para quienes desconocen al Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos EF. 5, 8-21, un texto en el que San Pablo nos insta a vivir siendo iluminados por Cristo Resucitado.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 9, 1-41.
Adoptemos el compromiso de dejarnos iluminar por Cristo Resucitado, y de ser luz, para quienes quieran conocer al Dios Uno y Trino.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Inspírame tu gran amor, la fe que necesito para ser el discípulo tuyo que quieres que sea, y la esperanza cierta de poder vivir para siempre en tu presencia.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, la luz del mundo, nos pide que le permitamos abrirnos los ojos de la fe.
Ejercicio de lectio divina de JN. 9, 1-41.
Lectura introductoria: EF. 5, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
en el Evangelio que meditamos el presente Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A, Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento. Dado que hasta muchos de los que decimos que somos cristianos no siempre actuamos como seguidores de Jesús, podemos equipararnos al citado ciego, quien vivía para pedir limosna, y resignado a vivir aislado, en un camino lleno de viandantes. También nosotros vivimos sumidos en una rutina acorde a nuestra condición actual de trabajadores o desempleados, jubilados y/o enfermos, y, cuando Jesús nos llama a ser sus seguidores, sentimos que nos saca de las tinieblas de la carencia de fe, para conducirnos a su Reino de amor y luz.
Si el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A Jesús nos dio a conocer el don de Dios y el agua viva (JN. 4, 10 y 14), en esta ocasión, el Señor nos iluminará con su luz, para que comprendamos que su visión respecto de lo que acontece en el mundo, es diferente a nuestros puntos de vista. A modo de ejemplo, mientras que los discípulos del Mesías deseaban saber quién tenía la culpa de que aquél mendigo estuviera ciego, a Jesús, más que buscar culpàs y examinar a posibles culpables, le interesaba lograr que aquel ciego fuera un creyente más de la futura Iglesia naciente. Así como el Señor nos enseñó a rechazar la violencia y a amar a los violentos para que se dejen influir por Él (MT. 5, 39), no nos corresponde a nosotros discriminar a nadie por ninguna causa (MT. 7, 1-2).
Jesús les dijo a sus discípulos que el mendigo no estaba ciego por causa de sus pecados ni de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley por parte de sus antepasados, sino que Dios lo eligió para manifestar en él el poder de sus obras. Como buenos moralistas, los judíos creían que la existencia de las enfermedades era justificada por los pecados de quienes las padecían o de los antepasados de los tales, pero Jesús les aportó a sus discípulos una nueva enseñanza referente a este tema, ya que el Señor, aunque desprecia el mal en todas las formas que se manifiesta, ama a los hombres incondicionalmente.
¿Qué creemos en la actualidad respecto del origen de las enfermedades? Los predicadores del Evangelio podemos tener la tentación de hacerles creer a los enfermos que Dios tiene predestinado un día para sanarlos, pero ello es un error, en el sentido de que se nos puede hacer la siguiente pregunta: Si Dios es Todopoderoso y desprecia el mal, ¿cómo es posible que no sane instantáneamente a quienes padecen enfermedades? Aunque podemos responder la citada pregunta afirmando que podemos obtener lecciones muy valiosas de las diversas enfermedades que padecemos, nada podemos decir para justificar el dolor de quienes sufren enfermedades graves, lo cual significa que, aun teniendo la pretensión de justificar a Dios por no restablecernos la salud inmediatamente a los enfermos, lo dejamos como al peor de los tiranos, pues, aunque tiene el poder necesario para socorrernos, nos vuelve la espalda.
Los prodigios que hizo Jesús para sanar a los enfermos, requería de los tales el deseo de obtener la curación, pero, dado que el ciego del Evangelio que estamos considerando no sabía lo que era poder ver, el Señor hizo una excepción con él, y le untó lodo en los ojos, añadiéndole más oscuridad a su oscuridad. A partir de aquél momento, si el ciego quería ver, no tenía nada más que hacer, que obedecer la instrucción que le dio Jesús, de lavarse los ojos en la piscina de Siloé.
¿Qué hacemos nosotros cuando creemos que la manera de actuar de Dios respecto de nuestro dolor le aporta más oscuridad a nuestras tinieblas?
Así como los vecinos del que fue ciego se hicieron muchas preguntas cuando el mendigo pudo ver, quienes hemos empezado a actuar como cristianos a partir de los años de la adolescencia o de la edad adulta, si hemos seguido a Jesús fielmente, nos hemos percatado de que nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, también se han interrogado con respecto a nuestra nueva manera de pensar y actuar. Recuerdo que el instructor de un curso de Marketing en el que participé hace años, nos dijo a mis compañeros y a mí: "Lo difícil para vosotros no es atraer clientes, sino mantenerlos." De igual manera, lo difícil para nosotros no es tomar la decisión de ser seguidores de Jesús en unos ejercicios espirituales, sino actuar como tales todos los días de nuestras vidas, y aún esta dificultad se agraba más, cuando vivimos circunstancias que consideramos adversas, en las que no sentimos cómo se nos manifiesta Dios.
El Espíritu Santo es el don de Dios y Jesús es el surtidor de agua capaz de saciar nuestra sed de amor y justicia (JN. 4, 10 y 14), pero, según somos saciados, se espera de nosotros que vivamos como seguidores de Jesús, lo cual, según nuestra apertura mental y la manera que tengamos de afrontar las dificultades que vivamos, puede atraernos grandes satisfacciones, y no menos grandes dificultades.
Oremos:
Los Evangelios dominicales del tiempo de Cuaresma del Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, nos hacen reflexionar sobre el proceso de nuestra conversión al Evangelio. El Domingo I del presente tiempo litúrgico (MT. 4, 1-11), Jesús nos enseñó a valorar el artruismo frente al deseo de poder y el afán de riquezas. La autoridad es útil cuando se ejerce en beneficio de los subordinados, y el deseo desmedido de riquezas se debilita por medio del ejercicio de la generosidad. ¿Qué ganaremos al impedir que nos cieguen los deseos de alcanzar poder, riquezas y prestigio? Este es el precio que tenemos que pagar, si realmente deseamo ser transfigurados y configurados a imagen y semejanza de Jesús, según recordamos este hecho el Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9).
El Domingo III de Cuaresma empezamos a considerar los Evangelios cuya meditación nos ayuda a disponernos a recibir el Bautismo, la Confirmación y la Penitencia (JN. 4, 5-42). Los antiguos cristianos se disponían a ser martirizados pensando que ese era el precio que pagaban para concluir su asimilación a Jesús. Es por eso que el Domingo anterior Jesús se nos dio a conocer como surtidor de agua bautismal que nos hace alcanzar la vida eterna (JN. 4, 14), hoy se nos da a conocer como luz del mundo (JN. 9, 1-41), y el próximo Domingo se nos dará a conocer como Resurrección de los muertos (JN. 11, 1-45).
Según las perícopas evangélicas citadas, se nos insta a considerar el hecho de alcanzar la meta de pensar, sentir, amar y actuar, como lo hacía Jesús, y como lo haría el Hijo de Dios y María, si viviera nuestras circunstancias vitales. Para que ello nos sea posible, se nos invita a vislumbrar nuestras vidas y los acaeceres de la humanidad, desde el punto de vista de Jesús. En nuestro tiempo, el hecho de que renunciemos a nuestra manera de pensar es una barbaridad para los occidentales, pero para los antiguos cristianos era un gran logro el hecho de renunciar a su manera de pensar y proceder, con tal de adoptar la manera de pensar, sentir, amar y actuar de Jesús. Nos será útil tener este hecho en cuenta, con el fin de poder comprender los tres textos evangélicos correspondientes a los Domingos III, IV y V del tiempo de Cuaresma del Ciclo A, los cuales no han de ser interpretados partiendo de nuestra óptica, sino desde el punto de vista de San Juan, -el autor de los mismos-, y de sus lectores inmediatos.
A la luz que nos aporta la consideración de los citados textos evangélicos, examinemos nuestra conversión al Evangelio de salvación, hablando con el Espíritu Santo, quien nos ayudará a terminar fortalecidos, el camino que nos conducirá, a la Pascua de Resurrección.
2. Leemos atentamente JN. 9, 1-41, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 9, 1-41.
3-1. Jesús vio al pasar un ciego de nacimiento (JN. 9, 1).
Contemplemos a Jesús rodeado de creyentes y curiosos que estaban atentos a sus palabras y a sus obras. El Señor no se centraba exclusivamente en quienes le rodeaban, pues se percató de la presencia del ciego, cuya misión en la vida consistía en pedir limosna para poder subsistir. San Lucas nos habla en su Evangelio del rico banqueteador (epulón), quien hizo de sus días una acumulación de celebraciones, y no se quiso interesar en ayudarle al pobre Lázaro, cuyas heridas eran lamidas por perros salvajes (LC. 16, 19-21). Si Lázaro mendigaba a la puerta del rico las miajas de pan que epulón utilizaba como servilletas para limpiarse las manos, ¿es creíble que el banqueteador ignorara la dramática situación del pobre? Quizás muchos de nosotros también ignoramos a muchos pobres, presos y enfermos que hay en nuestro ambiente, aunque no los vemos porque vivimos encerrados en nuestra rutina. Jesús nos insta a que seamos observadores, con el fin de que podamos ayudar a tales almas sufrientes, en conformidad con nuestras siempre escasas y al mismo tiempo benditas posibilidades.
3-2. ¿Contradice la existencia del mal la existencia de Dios? (JN. 9, 2-3).
Querer interpretar la Biblia como si hubiera sido escrita partiendo de nuestra mentalidad occidental, se reduce a polemizar para perder el tiempo. Si la biblioteca contenedora de la Palabra de Dios fue escrita partiendo de la mentalidad de los judíos, quienes no adoptaron concepciones filosóficas hasta el siglo XV de la era cristiana, la Biblia ha de ser interpretada partiendo de la antigua cultura de los tales. ¿Cómo podemos interpretar el polémico texto de ROM. 5, 12? Aunque en la actualidad pensamos que cada cual ha de ser juzgado en atención a su manera de proceder y lo que hagan los demás no ha de asegurarle la salvación ni perjudicarle respecto de la consecución de la misma, los hermanos de raza de Jesús pensaban que, por ser miembros del pueblo de Dios, las buenas obras de un sólo hombre tenían que beneficiarlos a todos, y los pecados de un sólo hombre tenían que influir negativamente en todos, porque consideraban, al contrario que lo hacemos algunos cristianos, que Dios antepone su justicia a su amor. Esta explicación nos hace comprender la razón por la que Dios mandaba en el Antiguo Testamento matar sin escrúpulos, y por qué Él mismo llevaba a cabo grandes matanzas, en ocasiones, hasta contra los hijos de su pueblo, simplemente, porque le desobedecían. El concepto del Dios egoísta que condiciona el amor que les manifiesta a sus fieles al cumplimiento de sus deseos por parte de los tales, también ha sido -y sigue siendo- utilizado por muchos líderes religiosos cristianos.
¿Cómo se justifica a Dios por haber salbado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?? (MT. 2, 16). Para nosotros, el hecho de que Dios permitiera el sacrificio de tales niños pequeños constituye una gran crueldad, pero para los antiguos cristianos, quienes fueron lectores inmediatos del Evangelio de San Mateo, el hecho de imitar a los pequeñines de Belén, muriendo por Jesús si tenían que ser martirizados, era un gran honor. Los primeros cristianos no se plantearon el hecho de que Dios hubiera podido salvar a los pequeñines de Belén haciendo un insignificante esfuerzo, como pensamos que podría haberlo hecho en la actualidad.
¿Qué pensaba Jesús respecto del mal? Mientras que los judíos creían que quienes sufrían eran castigados por sus pecados o por las transgresiones en el cumplimiento de su Ley de los antepasados de los tales, Jesús no compartió tal punto de vista. En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús afirma que las enfermedades no son enviadas por Dios, ni son queridas por Nuestro Padre común, ni son castigos consecuentes de los pecados de nadie, pues se reducen a oportunidades de que Dios demuestre el poder que tiene para curarlas, y el amor con que acoge a sus hijos. En una ocasión en que Pilato les hizo sacrificios humanos a sus dioses y se derrumbó una torre aplastando a dieciocho personas (LC. 13, 1-5), Jesús aclaró que tales hechos no fueron enviados por Dios ni fueron causados por los pecados de nadie, y dijo que todos estamos expuestos a sufrir accidentes y a vivir situaciones dramáticas y catastróficas. Jesús no explicó cuál es el origen del mal, pero dejó muy claro que Dios no es la causa originaria del mismo, porque Él es amor (1 JN. 4, 16), y no quiere herir a sus hijos.
La frase referente a los pajaritos que no mueren sin que Dios lo permita de MT. 10, 29, es una incorrecta traducción bíblica que provoca un gran malentendido, ya que el texto original afirma que ningún pajarito cae sin que Dios lo acompañe, indicando que Nuestro Padre común no nos evita el sufrimiento por cuanto nos es útil si lo afrontamos correctamente y con fe en Él, y que nos acompaña en todas nuestras circunstancias vitales.
¿Qué pensamos los cristianos respecto del mal? Ya que es difícil encontrar una denominación cristiana en la que no haya líderes religiosos que no utilicen la imagen del Dios caprichoso, egoísta y sin escrúpulos del Antiguo Testamento para ganar poder infundiéndoles miedo a sus seguidores, y la mayoría de cristianos desconocen la biblia, entre nosotros está más presente la imagen del Dios sin escrúpulos del Antiguo Testamento, que la imagen del Padre misericordioso predicado por Jesús, quien cuando le dijo al Padre en el huerto de los Olivos que se hiciera su voluntad y no la suya (LC. 22, 42), no se disponía a ser derrotado definitivamente por la muerte, sino a morir para resucitar, para demostrarnos el amor de Nuestro Padre celestial.
En la biblia se vincula el origen del mal con el pecado de Adán y Eva, cuya desobediencia a Dios los privó de sus dones preternaturales, cosa que también nos ha afectado a sus descendientes, pues, como recordamos anteriormente, para los judíos, el bien que haga un miembro de su pueblo, y el mal que haga otro, han de afectarlos a todos, positiva o negativamente. Anteriormente al tiempo de la cautividad babilónica, los judíos creían que Dios los premiaba al cumplir su Ley, proveyéndolos de todo lo que necesitaban, así pues, cuanto mejor era su posición social, se creían más beneficiados por Yahveh y, cuanto más pobres eran o sufrían por otras causas, creían que eran castigados por la Divinidad. A partir del citado tiempo de la cautividad, cuando los judíos empezaron a pensar en la posibilidad de alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida, empezaron a asociar la superación del mal con la dicha eterna, cosa que les concedía a los desposeídos de Israel la posibilidad de empezar a sentirse amparados por Yahveh. Esta creencia aún no era plenamente aceptada cuando nació Jesús, lo cuál sirvió para que el Mesías se rodeara de pastores el mismo día de su Natividad (LC. 2, 8-20). Dado que las dos creencias estaban en vigor en Israel, había legalistas que valoraban a las personas en atención a su cumplimiento de la Ley y a su posición en la alta sociedad que supuestamente les era concedida por Dios como premio por cumplir su voluntad, y rechazaban a quienes pertenecían a la clase baja considerándoles pecadores reprobados por Dios, y Profetas que pensaban que Yahveh es el Dios de los desposeídos de la tierra.
Si Dios tiene poder para sanarnos a los enfermos, ¿por qué no nos restablece la salud apenas enfermamos, o no nos evita las enfermedades? Aunque el dolor nos aporta enseñanzas útiles, no encontramos otra respuesta que justifique el hecho de por qué Dios deja que pase el tiempo, sin exterminar el padecimiento de la humanidad, y, como dije anteriormente, cuanto se diga al respecto, hará que muchos crean que Nuestro Padre común es un tirano. A pesar de ello, no nos preguntemos por qué enfermamos porque eso no podremos saberlo hasta que Dios nos lo diga personalmente al final de los tiempos, pero preguntémonos para qué enfermamos, para aprender grandes lecciones de la vivencia de nuestras enfermedades.
3-3. Hagamos las obras de Jesús (JN. 9, 4).
En la simbología del texto evangélico que estamos considerando, el día es el tiempo en que Jesús está con nosotros, y la noche es el tiempo en que nuestra fe es probada por las dificultades que nos caracterizan. Cuando nuestra fe es fuerte y estable, podemos laborar en la viña del Señor, pero, cuando se nos debilita, no podemos actuar como los discípulos de Jesús que Dios desea que lleguemos a ser, desde la eternidad.
¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo? Tales obras mesiánicas, son las siguientes:
1. Alimentar a los hambrientos.
2. Dar de beber a los sedientos.
3. Acoger a los forasteros.
4. Vestir a los carentes de ropa.
5. Visitar a los enfermos.
6. Visitar a los presos (MT. 25, 35-36).
Las citadas obras de misericordia sólo son ejemplos de lo que podemos hacer con quienes tienen carencias espirituales y materiales, así pues, no es posible citar aquí todas las obras benéficas que podemos llevar a cabo, para ayudar a quienes nos necesitan.
3-4. Jesús es la luz del mundo, porque está en el mundo (JN. 9, 5).
Antes de redimir a la humanidad, Jesús estaba con sus discípulos, y llegó a ser para los tales la luz del mundo. Después de que aconteciera su Resurrección de entre los muertos, Jesús siguió siendo la luz del mundo para quienes llegaron a ser sus Apóstoles, y, después de que aconteciera la Ascensión de Cristo Resucitado al cielo, el Señor sigue siendo la luz del mundo, para quienes lo buscamos en la biblia, en los documentos de la Iglesia -o la Congregación- a la que pertenecemos, y en los elocuentes discursos de sus predicadores, y las bondadosas obras de quienes laboran en la viña del Señor, haciendo el bien constantemente.
3-5. Jesús untó con lodo los ojos del ciego (JN. 9, 6).
Porque nadie valora aquello de lo que carece y no sabe lo que significa, a pesar de que Jesús exigía la manifestación de la voluntad de quienes querían ser receptores de sus prodigios, hizo una excepción con el ciego, quien no sabía lo que significaba ver la luz, y le untó lodo en los ojos, que hizo con tierra y su saliva. Aunque lo que os voy a decir a los occidentales nos parece absurdo,Jesús cometió un grave pecado según los fariseos, pues, al mezclar su saliva con tierra para iniciar la curación del ciego, hizo barro como si se dispusiera a hacer ladrillos, lo cual no estaba permitido en Sábado.
Los judíos creían que la saliva era un remedio curativo de la vista y de otras enfermedades, y también era transmisora de la propia energía vital. El barro estaba recomendado para curar tumores y la inflamación de los ojos. Al untar su barro en los ojos del ciego, Jesús recordó la vivificación del hombre por parte del Espíritu Santo (GN. 2, 7), y le presentó al ciego la imagen del nuevo hombre redimido, que los cristianos deseamos llegar a ser.
3-6. El estanque de Siloé (JN. 9, 7).
Aunque Jesús tomó la iniciativa a la hora de iniciar la curación del ciego, quiso saber si el mismo deseaba ver. Si el ciego quería ver, sólo tenía que labarse los ojos en el estanque de Siloé, no porque las aguas del mismo eran milagrosas, sino porque esa fue la prueba que el Señor le impuso, para que le demostrara si realmente deseaba poder ver.
San Juan es el Evangelista de las ironías. Así como el paralítico que aparece al principio de JN. 5 no pudo obtener por sí mismo la curación en la piscina de la Ley, y pudo caminar gracias al Mesías, el ciego tenía que ser curado en la piscina de el Enviado. La religiosidad basada en el constante cumplimiento de normas nos amarga el alma, pero la fe en el amor que Dios nos manifiesta, nos hace libres de nuestras cadenas, y nos concede la salvación.
Apenas el ciego se lavó los ojos, empezó a ver, y también empezó a tener problemas, tal como nos ha sucedido a muchos, a partir del momento en que nos hemos manifestado ante nuestros conocidos, como discípulos de Jesús.
La curación del ciego en la piscina de Siloé es semejante al Bautismo, aunque se diferencia del citado Sacramento, en que el ciego fue curado sin tener fe en Jesús.
3-7. La reacción de los conocidos del que dejó de ser ciego por su visión del citado hecho (JN. 9, 8-12).
Para sorpresa del que dejó de ser ciego, mientras disfrutaba del descubrimiento que supuso para él ver el mundo exterior, sus vecinos se mostraron escépticos ante el prodigio que Jesús realizó en el antiguo enfermo, así pues, apenas lo vieron caminar con gran soltura, empezaron a preguntarse: ¿No es éste el ciego que tantos años llevamos viendo pidiendo limosna? Mientras que los citados personajes pensaban si el antiguo ciego era el mendigo a quien ellos conocían u otro personaje que se parecía a él como si ambos fueran jemelos, el antiguo enfermo se esforzaba en dar a conocer el prodigio que Jesús llevó a cabo en su favor. Sus vecinos le preguntaron cómo pudo ver, y él respondió que veía gracias a Jesús. Los judíos querían ver al Señor, pero el nuevo Mesías desapareció de aquel escenario discretamente, para evitar promocionarse como milagrero.
Muchos nuevos conversos hemos vivido una situación similar a la del antiguo ciego, en el sentido de que se nos ha interrogado hasta la extenuación sobre nuestra nueva forma de pensar, sentir, amar y actuar.
3-8. La confusión de los fariseos (JN. 9, 13-16).
Dado que los fariseos eran enemigos jurados de Jesús porque el Señor no hizo coincidir plenamente su doctrina con la de los miembros de la citada escuela de pensamiento, se aprovecharon del hecho de que el Mesías hizo el citado prodigio en Sábado, para tener una excusa más por la que condenarlo a muerte. Independientemente de que Jesús hiciera el lodo con que inició la curación del ciego para recordarles a sus enemigos que no tenía la intención de cesar en el cumplimiento de la voluntad divina, los fariseos vieron este hecho como una provocación, a la que se prepararon a responderle, en primer lugar, intentando que el ex ciego les dijera que nunca había sido invidente por lo que había engañado a sus convecinos, y que Jesús le dio dinero para que le permitiera usarlo para llevar a cabo un prodigio falso.
Mientras que la creencia del ciego en Jesús se iba fortaleciendo, los fariseos disentían entre ellos, unos pensando que Jesús no procedía de Dios por incumplir su precepto de curar en sábado, y otros no sabían cómo un pecador pudo curar a un ciego. Es triste el hecho de que gente incauta deposite su fe en personajes que sólo piensan en ser cada día más poderosos, ricos y prestigiosos, a costa de aplastar a quien sea, con tal de alcanzar su ambicionada meta.
3-9. La fe del ex ciego se fortaleció, a pesar de la presión que los fariseos ejercieron contra él, para que hablara mal de Jesús (JN. 9, 17).
Mientras que los fariseos no sabían cómo acabar con el Ministerio público de Jesús y tenían que conseguir que el ex ciego desprestigiara al nuevo Mesías, el recién curado se atrevió a afirmar que el Hijo de Dios y María es un Profeta, con gran seguridad. ¿Tenemos nosotros esa seguridad cuando tenemos la oportunidad de dar esperanza de la fe que profesamos? (1 PE. 3, 15).
3-10. Los padres del ex ciego (JN. 9, 18-23).
Los judíos tenían que demostrar como diera lugar que el ex ciego fingió su enfermedad a fin de que Jesús llevara a cabo el falso prodigio de su curación. Los padres del recién sanado les dijeron que efectivamente su hijo había sido ciego, pero que no sabían cómo había empezado a ver, ni quién había hecho semejante prodigio tan inesperado. ¿Por qué se expresaron los padres del ex ciego en esos términos? Los fariseos habían tomado la decisión de expulsar de la Sinagoga a todos los que aceptaran a Jesús como Cristo -o Mesías-, lo cual tenía serias consecuencias. Los padres del ciego podrían haber recibido el castigo de estar entre una semana y un mes sin participar en la oración común. Otra de las excomuniones temporales, consistía en obligar a los expulsados de la Sinagoga a vestirse de luto durante un mes, sentarse en el suelo, dejarse crecer el cabello y la barba, privarse de baños y ungüentos, y no asistir a la oración común. La tercera expulsión era de carácter indefinido, y el pueblo tenía prohibido dirigirles la palabra a los excomulgados, a quienes se les podía confiscar todos sus bienes, e incluso se les podía desterrar del país. Bajo esta perspectiva, comprendemos la tibieza de los padres del ex ciego, que no apoyaron a su hijo, e hicieron un gran esfuerzo para no hablar contra Jesús, arriesgándose a sufrir, con mucha suerte, la primera o la segunda expulsión de la Sinagoga anteriormente citadas, lo cual los hubiera deshonrado de por vida ante su pueblo. A pesar de lo dicho, Jesús no se les hizo el encontradizo a los padres del ex ciego como lo hizo con el hijo de los tales, por causa de la tibieza que manifestaron ante los fariseos. ¿Comprendemos por qué para los padres del ex ciego era más importante conservar su status que la curación de su hijo ciego? Este hecho me recuerda a los gerasenos que aparecen en MC. 5, 1-20, a quienes les importaron más los cerdos que los demonios arrojaron al mar, que la liberación de su convecino de las garras de los espíritus malignos.
3-11. Los fariseos siguieron acosando al ex ciego para lograr su propósito de desenmascarar a Jesús (JN. 9, 24-27).
No era la primera vez que el ex ciego escuchaba las mismas preguntas de los fariseos, pero él, aunque no conocía a Jesús, sabía que el Señor lo curó, y que gracias a ello, llevó a cabo una gran transformación en su vida, que deseaba narrarles a todos sus conocidos.
Aunque no nos sepamos la Biblia de memoria para lograr ser predicadores intachables, podemos hablarles de Cristo a quienes estén dispuestos a escucharnos, dando testimonio de la fe que profesamos. Si les decimos a nuestros oyentes cómo Dios ha cambiado nuestras vidas, muchos de los tales desearán abrazar la fe que profesamos.
3-12. El ex ciego fue expulsado de la Sinagoga (JN. 9, 28-34).
La fe del recién convertido fue probada con gran dureza por los fariseos, quienes lo acosaron y terminaron expulsándolo de la Sinagoga. Los cristianos podemos estar expuestos a tener muchos problemas por seguir a Jesús, e incluso podemos perder relaciones, propiedades e incluso la vida, pero la vida eterna de gracia que Jesús nos da, nadie nos la puede arrebatar.
Los fariseos, a pesar de su gran formación religiosa, desconocían el origen de Jesús, pero el ex ciego sabía que el Mesías lo había curado. El hombre carente de formación religiosa porque vivió para mendigar para subsistir, mostró una fe superior a la de aquellos intérpretes de la Ley sedientos de poder, riquezas y prestigio. La instrucción religiosa es muy importante para quienes desean tener fe en Dios, pero, la fe y la formación, no siempre están relacionadas.
Para los fariseos, Jesús era pecador, porque no se amoldaba al cumplimiento de su voluntad, pero, para el ciego, ¿cómo era posible que Jesús pudiera hacer semejante prodigio, siendo enemigo de Dios? Con respecto a nosotros, si nuestra fe además de ser intelectualizada fuera práctica, tendríamos una creencia en Dios tan grande como la manifestada por el ex ciego, al final del presente Evangelio.
3-13. ¿Creemos en el Hijo del hombre? (JN. 9, 35-38).
Jesús, por llevar años bajo la presión que ejercían sobre Él las autoridades religioso-políticas, quienes en lugar de amenazarlo con excomulgarlo, se disponían a quitarle la vida, sabía lo que sentía el recién curado al haber sido excomulgado injustamente de la Sinagoga, y se le hizo el encontradizo para consolarlo, y, si le era posible, unirlo a su comunidad de fe.
Oremos y trabajemos para emular a Jesús, a la hora de hacernos los encontradizos con quienes sufren por cualquier motivo, con el fin de poder ayudarlos, en conformidad con nuestras siempre escasas y benditas posibilidades.
Cuando el ex ciego aceptó a Jesús como Mesías, además de haber recuperado la vista física, alcanzó la visión espiritual de Jesús.
3-14. El juicio de Jesús sobre el mundo que rechaza al Hijo del hombre y a sus hermanos en la fe (JN. 9, 39-41).
Jesús vino al mundo para hacer que los que no ven a Dios lo vean, y para ver cómo quienes desean manipular a Yahveh para obligarlo a hacer su voluntad, no dejan de ser ciegos espirituales. El pecado de los fariseos consistió en no reconocer al Mesías de Dios. Ello no es pecado para los carentes de instrucción religiosa, pero es el pecado de la ignorancia voluntaria, para quienes conocen la voluntad de Nuestro Padre común.
3-15. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-16. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 9, 1-41 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué no ignoró Jesús al ciego de nacimiento centrándose exclusivamente en los creyentes y en los curiosos que lo rodeaban?
2. ¿Cuál era la misión vital del ciego de nacimiento?
3. ¿Por qué no es creíble el hecho de que el rico epulón ignorara la dramática situación del pobre Lázaro?
4. ¿Ignoramos a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
5. ¿Qé hacemos para ayudar a quienes sufren por cualquier motivo?
6. ¿Qé podemos hacer para mejorar la calidad de los servicios que les prestamos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
3-2.
7. ¿Por qué ha de ser interpretada la biblia partiendo de la mentalidad de sus autores y de los lectores inmediatos de la misma?
8. ¿Antepone Dios su justicia a su amor?
9. ¿Antepone Dios su amor a su justicia, o es al mismo tiempo un Padre misericordioso y un Juez justo?
10. ¿Por qué mandaba Dios asesinar en el Antiguo Testamento, y en ciertos casos Él mismo cometió grandes crímenes?
11. ¿Se nos predica a Dios como Padre misericordioso, o como Juez egoísta y tirano, que nos ama bajo la condición indispensable de que cumplamos su voluntad, aunque no la comprendamos?
12. ¿Intentamos comprender la voluntad de Dios, o tenemos que cumplirla aunque no la comprendamos para evitar pecar?
13. ¿Cómo se justifica a Dios por haber salvado a Jesús de la matanza de los Santos Inocentes de Belén, y haber obviado la vida de los pequeños cuyas cabezas fueron cortadas sin compasión por una centuria de soldados de Herodes?
14. ¿Por qué constituye para nosotros una crueldad el hecho de que Dios no impidiera el asesinato de los pequeños niños de Belén al mismo tiempo que salvó la vida de su Unigénito?
15. ¿Por qué era para los primeros cristianos un honor el hecho de imitar a los Santos Inocentes a la hora de morir por su fe en Jesús?
16. ¿Cuál era la causa por la que los judíos creían que muchos de ellos tenían que sufrir?
17. ¿Qué significan las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
18. ¿Creemos que Dios nos envía las causas por las que sufrimos? ¿Por qué?
19. ¿Quiere Dios que suframos?
20. ¿Cómo es posible que Dios, si es Nuestro Padre bueno y nos ama, desee que suframos?
21. ¿Cómo es posible que Dios no encuentre un medio para adaptarnos al cumplimiento de su voluntad más eficaz que los problemas que tenemos?
22. ¿Quiénes han cometido los pecados por cuyas consecuencias muchos no estamos totalmente sanos?
23. ¿Qué son las enfermedades desde el punto de vista de Jesús?
24. ¿Por qué no nos evita Dios las circunstancias adversas que vivimos si es Todopoderoso?
25. ¿Por qué no es Dios el origen del mal según la óptica de Jesús?
26. ¿Cuál es la traducción correcta de MT. 10, 29?
27. ¿Cuál es el malentendido generado por la traducción incorrecta del citado versículo mateano?
28. ¿Cómo hemos de interpretar correctamente el citado texto bíblico?
29. ¿Por qué está más presente entre los cristianos la imagen del Dios terrible y justiciero que la imagen del Padre misericordioso?
30. ¿Qué pretendió Jesús por medio de su Pasión y posterior muerte?
31. ¿Por qué se vincula en la biblia el origen del mal con el pecado original de Adán y Eva?
32. ¿Qué consecuencias tuvo el pecado original para Adán, Eva y sus descendientes de todos los tiempos? ¿Por qué?
33. ¿Cómo creían los judíos que Dios los premiaba por cumplir su voluntad antes de que aconteciera la cautividad babilónica?
34. ¿Por qué empezaron a pensar algunos judíos durante el tiempo de la citada cautividad que Dios premiaría a sus hijos con la plenitud de la dicha más allá de esta vida marcada por situaciones adversas?
35. ¿Por qué podían sentirse quienes sufrían en Israel amados por Dios si pensaban en alcanzar la plenitud de la dicha más allá de esta vida?
36. ¿Por qué se rodeó Jesús de pastores el día de su Natividad?
37. ¿Puede ser Yahveh al mismo tiempo el Dios de los pobres y de los ricos? ¿Por qué?
38. ¿Por qué no podemos preguntarnos por qué enfermamos, pero sí debemos preguntarnos para qué enfermamos?
39. ¿Cuándo conoceremos el para qué de nuestras enfermedades? ¿Quién nos informará con respecto a ello?
3-3.
40. ¿Qué significan el día y la noche en la simbología joánica?
41. ¿Por qué no podemos servir a Dios cuando nuestra fe es puesta a prueba de la misma manera que cuando la misma es fuerte y estable?
42. ¿Cuáles son las obras que hizo Jesús en su tiempo que el Señor desea que sigamos llevando a cabo?
43. ¿Es posible enumerar todas las obras de misericordia que podemos hacer? ¿Por qué?
3-4.
44. ¿Cómo llegó Jesús a ser la luz del mundo para sus discípulos antes de redimir a la humanidad?
45. ¿Cómo fue Jesús la luz del mundo para sus Apóstoles durante el tiempo pascual en que concluyó su formación espiritual?
46. ¿Cómo es Jesús la luz del mundo para quienes creemos en Él desde que aconteció su Ascensión al cielo?
3-5.
47. Antes de llevar a cabo sus prodigios, Jesús se aseguraba de que quienes iba a beneficiar querían recibir las dádivas que les iba a conceder, pero, ¿por qué hizo una excepción con el ciego de nacimiento que aparece en el Evangelio de hoy?
48. ¿Con qué hizo Jesús el lodo que untó en los ojos del ciego de nacimiento?
49. ¿Por qué cometió Jesús un gran pecado al hacer barro desde la óptica de los fariseos?
50. ¿Qué creían de la saliva y del lodo los judíos?
51. ¿Qué recordó Jesús al untar barro en los ojos del ciego?
52. ¿Qué le presentó Jesús al ciego cuando le untó el barro en los ojos?
3-6.
53. ¿Cómo probó Jesús al ciego de nacimiento para que se demostrase a sí mismo si realmente quería ver?
54. ¿Qué tenía que hacer el ciego si quería ver?
55. ¿Por qué tenía que lavarse el ciego los ojos en el estanque de Siloé si quería ver?
56. ¿Por qué no pudo ser curado el paralítico de JN. 5 en la piscina de la Ley sin ser ayudado por Jesús?
57. ¿Qué efecto tiene en nosotros la religiosidad basada en el cumplimiento constante de normas?
58. ¿Qué hace en nosotros la fe en el amor que Dios nos manifiesta?
59. ¿Qué le sucedió al ciego apenas tuvo los ojos limpios de lodo?
60. ¿En qué se diferencia la curación del ciego de nacimiento del Sacramento del Bautismo?
3-7.
61. ¿Por qué los vecinos del ex ciego se mostraron escépticos ante el prodigio que realizó Jesús?
62. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si un conocido nuestro del que sabemos que lleva mucho tiempo padeciendo una enfermedad nos dijera que Jesús lo ha curado?
63. ¿Por qué desapareció Jesús de la escena evangélica cuando los vecinos del ex ciego dudaron respecto del prodigio que llevó a cabo?
64. ¿Podemos creer en los prodigios que hizo Jesús sin haber podido constatarlos?
65. ¿Cómo actuamos cuando se nos interroga respecto de nuestra profesión de fe?
66. Si no se nos interroga respecto a la vivencia de la fe que profesamos, tendríamos que revisar nuestra manera de pensar y nuestro modo de proceder en la viña del Señor.
3-8.
67. ¿Por qué eran los fariseos enemigos jurados de Jesús?
68. ¿Tenemos los cristianos la pretensión de adaptar al Señor a la consecución de nuestras metas tal como quisieron hacerlo los fariseos?
69. ¿Somos conscientes de que es necesario que nos adaptemos al cumplimiento de la voluntad de Dios para poder alcanzar la plenitud de la felicidad, porque Él es más perfecto que nosotros?
70. ¿De qué se aprovecharon los fariseos para tener una excusa más por la que condenar a Jesús a muerte?
71. ¿Por qué se sintieron los fariseos provocados por Jesús?
72. ¿Cómo empezaron los fariseos a trabajar para responder a la provocación de Jesús?
73. ¿Por qué se fortalecía la fe del antiguo ciego en Jesús, mientras que los fariseos aumentaban su odio al Mesías?
74. ¿Por qué disentían los fariseos respecto a la Persona y el prodigio que realizó Jesús?
75. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso honrado de otro que se aprovecha de los incautos para enriquecerse a nivel material?
3-9.
76. ¿Por qué era importante para los fariseos conseguir que el antiguo ciego hablara en contra de Jesús?
77. ¿Profesamos nuestra fe con esperanza y seguridad, tal como el ex ciego dijo de Jesús que es un Profeta?
3-10.
78. ¿Por qué causa interrogaron los fariseos a los padres del antiguo ciego?
79. ¿Por qué los padres del ex ciego no hablaron ni a favor ni en contra de Jesús?
80. ¿Por qué pensaron los fariseos en expulsar de la Sinagoga a los seguidores de Jesús?
81. ¿Qué tres castigos podían recibir los expulsados de la Sinagoga?
82. ¿Por qué no se les hizo el encontradizo Jesús a los padres del ex ciego?
83. ¿Comprendemos por qué muchos se niegan a salir de las denominaciones religiosas cuyos líderes los distanciaron de sus familiares?
3-11.
84. ¿Por qué no dejó de creer en Jesús el ex ciego a pesar de la presión constante que los fariseos ejercieron sobre él?
85. ¿Somos capaces de mantener nuestra fe viva y de predicarla con nuestras palabras y obras cuando sentimos que somos los únicos seguidores de Jesús de nuestro entorno social?
86. ¿Cómo podemos predicar la Palabra de Dios aunque no nos sepamos la biblia de memoria?
3-12.
87. ¿Qué vida no nos será quitada si no dejamos de profesar nuestra fe, aunque ello tenga consecuencias difíciles de afrontar para nosotros?
88. ¿Cómo es posible que los fariseos desconocieran a Jesús, y que el ex ciego, a pesar de no conocer al Señor, supiera que el nuevo Mesías es un Profeta?
89. ¿Por qué no siempre están relacionadas la fe y la instrucción religiosa que recibimos?
90. ¿En qué se diferencian la fe intelectualizada y la fe práctica?
91. ¿Por qué necesitamos que nuestra fe sea intelectualizada y práctica para lograr llegar a ser los discípulos de Jesús en los que Nuestro Padre común piensa desde la eternidad?
3-13.
92. ¿Por qué sabía Jesús lo que sentía el ex ciego por haber sido expulsado de la Sinagoga?
93. ¿Cómo tratamos a los excomulgados por nuestra Iglesia -o Congregación-?
94. ¿Para qué se le hizo Jesús el encontradizo al recién curado?
95. ¿Tratamos de igual manera a quienes les predicamos la Palabra de Dios independientemente de que se unan a nuestra Iglesia?
96. ¿Por qué son buenas las posibilidades que tenemos para ayudar a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, aunque no podamos darles todo lo que precisan?
97. ¿Qué le sucedió al ex ciego cuando aceptó a Jesús como Mesías?
98. El Evangelio que meditamos en el presente trabajo, fue escrito para ser meditado por cristianos que tuvieron que sobrevivir a persecuciones, que no debían hacerles perder la fe, que muchos de ellos conservaron, como el mejor de los tesoros. Oremos para que jamás ningún cristiano se sienta presionado por los no creyentes, y para que los cristianos, cuando seamos mayoría absoluta, sepamos respetar a quienes tienen creencias distintas a las nuestras.
3-14.
99. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
100. ¿En qué consistió el pecado de los fariseos, el cual no es pecado para quienes desconocen al Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos EF. 5, 8-21, un texto en el que San Pablo nos insta a vivir siendo iluminados por Cristo Resucitado.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 9, 1-41.
Adoptemos el compromiso de dejarnos iluminar por Cristo Resucitado, y de ser luz, para quienes quieran conocer al Dios Uno y Trino.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Inspírame tu gran amor, la fe que necesito para ser el discípulo tuyo que quieres que sea, y la esperanza cierta de poder vivir para siempre en tu presencia.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)