Meditación.
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta Profecías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Profecías. Mostrar todas las entradas
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
Cristianismo,
Escatología,
esperanza,
Evangelización,
fe,
Jerusalén,
Judaísmo,
liderazgo,
persecuciones,
predicar,
Profecías,
Roma,
salvación,
Templo,
testimonio,
tinieblas,
Tito,
trigulación,
Vespasiano
El Señor ha amanecido sobre nosotros. (Meditación de la primera lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).
Meditación.
1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.
Meditación de IS. 60, 1-6.
En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.
Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.
Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.
En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.
El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.
Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?
Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.
Meditación de IS. 60, 1-6.
En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.
Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.
Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.
En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.
El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.
Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?
Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)