Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.
Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.
Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.
La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.
Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.
Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.
Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.
3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).
Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.
El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.
La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.
Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.
Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.
¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).
¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.
¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).
Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.
El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.
3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).
La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).
La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.
Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.
La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.
Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.
La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.
3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).
Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.
3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).
Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.
Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.
Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.
3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).
Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.
3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).
Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.
Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.
3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).
Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.
Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.
3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).
Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).
Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".
Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.
3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).
A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.
3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.
Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.
3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes eran los fariseos?
2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2.
14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?
3-3.
19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?
3-4.
27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?
3-5.
31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?
3-6.
49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?
3-7.
51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?
3-8.
57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?
3-9.
61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?
3-10.
66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?
3-11.
71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.
6. Contemplación.
Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.
El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.
¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?
¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?
Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.
Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.
¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.
En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.
¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?
Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.
Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
No sirvamos a los hijos de Dios para ser recompensados por Nuestro Santo Padre ni por los hombres. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
3. No sirvamos a los hijos de Dios para ser recompensados por Nuestro Santo Padre ni por los hombres.
Meditación de MC. 10, 35-45.
Los dos hermanos que por causa de su carácter fogoso eran conocidos como “Boanerges” (hijos del trueno), porque Jesús les impuso ese nombre (MC. 3, 17), le dijeron al Señor: “Queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. Ellos sabían perfectamente que Jesús no estaría de acuerdo con el hecho de concederles los mejores puestos en su Reino, pues Nuestro Señor hizo mucho hincapié en enseñar a sus seguidores a destacar entre los humildes. Esta fue la razón por la que quisieron que el Mesías respondiera afirmativamente la petición que le hicieron, antes de dársela a conocer, pero Nuestro Redentor conocía las intenciones de sus amigos, y era consciente de que les faltaba recorrer un largo camino para poder imitar su conducta. Esta es la razón por la que, antes de responderles a sus amigos si les concedía lo que deseaban, inquirió de ellos lo que querían. San Mateo nos dice en su Evangelio que, con tal de presionar a Jesús para que cumpliera su deseo, los hijos del pescador Zebedeo se hicieron acompañar por su madre, pues, el hecho de que las mujeres eran marginadas socialmente, logró que el Señor sintiera gran afecto por ellas (MT. 20, 20-21).
A pesar de que los hermanos Santiago y Juan, -al igual que sus compañeros de ministerio-, tenían problemas para adaptarse totalmente al cumplimiento de la voluntad de Dios, porque soñaban con un Reino terrenal en que tendrían la oportunidad de ser poderosos, el Señor no los rechazó, sino que, hasta que entró en trance agónico mientras se prolongó su oración en el monte de los Olivos, estuvo intentando hacerlos recapacitar. Este hecho nos sugiere el pensamiento de buscar la forma de abrirnos mentalmente a quienes no comparten nuestras creencias. Es triste el hecho de que no todos los católicos hayan aceptado la posibilidad de mantener relaciones con hermanos cristianos de diferentes denominaciones, y que se muestren contrarios a la celebración del Año de la Fe, pues, al creerse dueños absolutos de la verdad, no quieren dejar de rechazar a quienes no comparten la totalidad de sus ideas. Es triste que existan denominaciones cristianas que, en nombre de las verdades en que creen, propaguen el desprecio a quienes no comparten la totalidad de sus creencias, incumpliendo la voluntad de Jesús, quien se dirigió a Nuestro Santo Padre en su oración sacerdotal, en los términos que siguen: JN. 17, 11.
Indudablemente, todos creemos verdadera la fe que profesamos, pero ello no nos autoriza a despreciar a quienes no se aferran plenamente a nuestras creencias. Si queremos imponerle al mundo nuestras creencias, lo único que conseguiremos, es lograr que se dificulte la labor que Dios realiza en los hombres, pues solo Él sabe cuándo estaremos dispuestos a aceptar la vocación que de Él recibiremos, la cual nos permitirá desear disponernos a vivir en su presencia. Despreciar a quienes no comparten nuestras creencias, es una perfecta excusa para no trabajar en la construcción de un mundo de hermanos que tienen un mismo Padre celestial. El Reino de Dios no puede edificarse sobre el desprecio humano. Necesitamos adaptarnos a las realidades características del mundo, para poder demostrar que Dios existe y se interesa por nosotros (1 PE. 3, 8-9).
Los discípulos de Jesús no compartían el mismo pensamiento del Señor, con respecto a cómo debería ser el Reino de Dios. Para ellos, tal realidad se reducía a extinguir el dominio romano de Israel, y a vivir ganando poder, riquezas y prestigio. Esta idea no solo era característica del Israel bíblico, pues también lo es de nuestro tiempo y de ciertas denominaciones cristianas actuales. Para Jesús, el Reino de Dios no está relacionado con el poder, las riquezas y el prestigio, sino con la construcción de un mundo de hermanos, que tienen un mismo Padre. El Reino de Dios, no es un espacio geográfico, sino la vida de quienes aceptan a Nuestro Padre común, y se adaptan al cumplimiento de su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha.
¿Qué quiere Jesús que hagamos quienes creemos en Él para disponernos a vivir en su Reino espiritual? (MC. 8, 34-37).
¿Cómo podremos negarnos a nosotros mismos, si vivimos en un mundo en que, si queremos ser importantes, tenemos que promocionarnos?
Obviamente, hemos sido creados por Dios, y, ya que lo que Dios ha creado no es malo, no tiene sentido el hecho de que nos despreciemos, pues lo ideal es esforzarnos en alcanzar la perfección cristiana consistente en el pleno seguimiento de Jesús, corrigiendo los defectos que nos caracterizan. Esto no es fácil de comprender para quienes jamás se han esforzado en la vida para conseguir absolutamente nada, pues han tenido a quienes les resuelvan sus dificultades, y dinero para hacer de los placeres mundanos su máxima aspiración.
El pasado 12 de octubre, -día de Nuestra Señora del Pilar-, la Agencia de Noticias Europa Press, publicó un artículo, en que se decía que el sesenta y tres por ciento de los españoles, prefieren perder diez años de vida, antes que verse privados del sentido de la vista. ¿Cómo podremos tomar nuestra cruz para ser seguidores de Jesús, si la mayoría de la gente, intenta esconder sus enfermedades y otros defectos, con tal de no ser marginada?
El mensaje de Jesús es radical, y tal radicalidad no es signo de fanatismo, sino de la profundidad con que se nos invita a estudiarlo, conocerlo y aplicarlo a nuestra vida. Para nosotros, ser cristianos, no significa que tenemos que renunciar a nuestra vida, sino a todo lo que, en la misma, se opone al cumplimiento de la voluntad divina. Tal adaptación no es fácil para nosotros, así pues, esta es la causa por la que, nuestra conversión al Evangelio, se compara con la renuncia a nuestra vida actual, la cual, paradójicamente, se nos acrecienta, cuando le permitimos a Dios dignificárnosla.
¿De qué nos sirve ganar poder, riquezas y prestigio, si ello nos impide crecer espiritualmente, e incluso nos priva de relacionarnos con nuestros familiares y amigos?
¿Qué es más importante para nosotros que nuestra vida espiritual y afectiva?
Frente a la instrucción de Jesús de inspirar su vida en la fe, la esperanza y la caridad divinas, los hermanos Santiago y Juan, reclamaron para sí, los mejores puestos, en el Reino de Dios. Ellos estaban lejos de desear donarse a Dios en sus hijos en vez de ambicionar el poder, de hacerse humildes para vencer la obsesión de ser ricos, y de ser capaces de asumir el mayor rechazo social, con tal de no desear servir a Dios para alcanzar prestigio humano, sino, por amor al Dios Uno y Trino y a sus hijos los hombres, aunque ello les aportara sufrimiento, tal como les sucedió, a partir del día en que recibieron los dones del Espíritu Santo, pues Santiago fue mandado a asesinar por Herodes (HCH. 12, 2), y Juan fue azotado junto a Pedro (HCH. 5, 40), y vivió desterrado en la isla de Patmos (AP. 1, 9).
Jesús les dijo a los citados hermanos que recibirían su bautismo, y que compartirían sus sufrimientos, pero, para lograr estas cosas, debían renunciar a los deseos del mundo, que se adueñaron de sus corazones.
¿Somos capaces de servir a Dios en sus hijos los hombres evitando quejarnos por la existencia de pequeñas contradicciones que tienen el objeto de enseñarnos a valorar lo que hacemos para adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre?
Santiago y Juan, le pidieron a Jesús un deseo, que no les fue concedido. A nosotros en ciertas circunstancias tampoco nos concede Dios lo que le pedimos, porque ello puede hacernos perder la fe que nos caracteriza, de la misma manera que, si dichos hermanos, hubieran alcanzado el poder, las riquezas y el prestigio que ambicionaban, no hubieran llegado a ser gigantes, en el terreno de la espiritualidad. Cuando queremos alcanzar una meta que nos supone años de esfuerzos, los psicólogos nos enseñan a valorar todo lo que consigamos a largo plazo. Si necesitamos adelgazar veinte kilos, y nos queremos comer varios dulces todos los días, los citados especialistas nos instarán a considerar el resultado de nuestra dieta a largo plazo, pues ello será más satisfactorio que alimentarnos a base de lo que no debemos abusar, pues ello contribuirá al debilitamiento de nuestra salud. Si Dios no nos concede lo que le pedimos, consideraremos que su sabiduría es superior a la nuestra, y que encamina nuestra vida a su presencia, por lo que no nos concederá nada que nos impida profesar la fe que nos caracteriza (1 PE. 5, 1-4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 10, 35-45.
Los dos hermanos que por causa de su carácter fogoso eran conocidos como “Boanerges” (hijos del trueno), porque Jesús les impuso ese nombre (MC. 3, 17), le dijeron al Señor: “Queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. Ellos sabían perfectamente que Jesús no estaría de acuerdo con el hecho de concederles los mejores puestos en su Reino, pues Nuestro Señor hizo mucho hincapié en enseñar a sus seguidores a destacar entre los humildes. Esta fue la razón por la que quisieron que el Mesías respondiera afirmativamente la petición que le hicieron, antes de dársela a conocer, pero Nuestro Redentor conocía las intenciones de sus amigos, y era consciente de que les faltaba recorrer un largo camino para poder imitar su conducta. Esta es la razón por la que, antes de responderles a sus amigos si les concedía lo que deseaban, inquirió de ellos lo que querían. San Mateo nos dice en su Evangelio que, con tal de presionar a Jesús para que cumpliera su deseo, los hijos del pescador Zebedeo se hicieron acompañar por su madre, pues, el hecho de que las mujeres eran marginadas socialmente, logró que el Señor sintiera gran afecto por ellas (MT. 20, 20-21).
A pesar de que los hermanos Santiago y Juan, -al igual que sus compañeros de ministerio-, tenían problemas para adaptarse totalmente al cumplimiento de la voluntad de Dios, porque soñaban con un Reino terrenal en que tendrían la oportunidad de ser poderosos, el Señor no los rechazó, sino que, hasta que entró en trance agónico mientras se prolongó su oración en el monte de los Olivos, estuvo intentando hacerlos recapacitar. Este hecho nos sugiere el pensamiento de buscar la forma de abrirnos mentalmente a quienes no comparten nuestras creencias. Es triste el hecho de que no todos los católicos hayan aceptado la posibilidad de mantener relaciones con hermanos cristianos de diferentes denominaciones, y que se muestren contrarios a la celebración del Año de la Fe, pues, al creerse dueños absolutos de la verdad, no quieren dejar de rechazar a quienes no comparten la totalidad de sus ideas. Es triste que existan denominaciones cristianas que, en nombre de las verdades en que creen, propaguen el desprecio a quienes no comparten la totalidad de sus creencias, incumpliendo la voluntad de Jesús, quien se dirigió a Nuestro Santo Padre en su oración sacerdotal, en los términos que siguen: JN. 17, 11.
Indudablemente, todos creemos verdadera la fe que profesamos, pero ello no nos autoriza a despreciar a quienes no se aferran plenamente a nuestras creencias. Si queremos imponerle al mundo nuestras creencias, lo único que conseguiremos, es lograr que se dificulte la labor que Dios realiza en los hombres, pues solo Él sabe cuándo estaremos dispuestos a aceptar la vocación que de Él recibiremos, la cual nos permitirá desear disponernos a vivir en su presencia. Despreciar a quienes no comparten nuestras creencias, es una perfecta excusa para no trabajar en la construcción de un mundo de hermanos que tienen un mismo Padre celestial. El Reino de Dios no puede edificarse sobre el desprecio humano. Necesitamos adaptarnos a las realidades características del mundo, para poder demostrar que Dios existe y se interesa por nosotros (1 PE. 3, 8-9).
Los discípulos de Jesús no compartían el mismo pensamiento del Señor, con respecto a cómo debería ser el Reino de Dios. Para ellos, tal realidad se reducía a extinguir el dominio romano de Israel, y a vivir ganando poder, riquezas y prestigio. Esta idea no solo era característica del Israel bíblico, pues también lo es de nuestro tiempo y de ciertas denominaciones cristianas actuales. Para Jesús, el Reino de Dios no está relacionado con el poder, las riquezas y el prestigio, sino con la construcción de un mundo de hermanos, que tienen un mismo Padre. El Reino de Dios, no es un espacio geográfico, sino la vida de quienes aceptan a Nuestro Padre común, y se adaptan al cumplimiento de su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha.
¿Qué quiere Jesús que hagamos quienes creemos en Él para disponernos a vivir en su Reino espiritual? (MC. 8, 34-37).
¿Cómo podremos negarnos a nosotros mismos, si vivimos en un mundo en que, si queremos ser importantes, tenemos que promocionarnos?
Obviamente, hemos sido creados por Dios, y, ya que lo que Dios ha creado no es malo, no tiene sentido el hecho de que nos despreciemos, pues lo ideal es esforzarnos en alcanzar la perfección cristiana consistente en el pleno seguimiento de Jesús, corrigiendo los defectos que nos caracterizan. Esto no es fácil de comprender para quienes jamás se han esforzado en la vida para conseguir absolutamente nada, pues han tenido a quienes les resuelvan sus dificultades, y dinero para hacer de los placeres mundanos su máxima aspiración.
El pasado 12 de octubre, -día de Nuestra Señora del Pilar-, la Agencia de Noticias Europa Press, publicó un artículo, en que se decía que el sesenta y tres por ciento de los españoles, prefieren perder diez años de vida, antes que verse privados del sentido de la vista. ¿Cómo podremos tomar nuestra cruz para ser seguidores de Jesús, si la mayoría de la gente, intenta esconder sus enfermedades y otros defectos, con tal de no ser marginada?
El mensaje de Jesús es radical, y tal radicalidad no es signo de fanatismo, sino de la profundidad con que se nos invita a estudiarlo, conocerlo y aplicarlo a nuestra vida. Para nosotros, ser cristianos, no significa que tenemos que renunciar a nuestra vida, sino a todo lo que, en la misma, se opone al cumplimiento de la voluntad divina. Tal adaptación no es fácil para nosotros, así pues, esta es la causa por la que, nuestra conversión al Evangelio, se compara con la renuncia a nuestra vida actual, la cual, paradójicamente, se nos acrecienta, cuando le permitimos a Dios dignificárnosla.
¿De qué nos sirve ganar poder, riquezas y prestigio, si ello nos impide crecer espiritualmente, e incluso nos priva de relacionarnos con nuestros familiares y amigos?
¿Qué es más importante para nosotros que nuestra vida espiritual y afectiva?
Frente a la instrucción de Jesús de inspirar su vida en la fe, la esperanza y la caridad divinas, los hermanos Santiago y Juan, reclamaron para sí, los mejores puestos, en el Reino de Dios. Ellos estaban lejos de desear donarse a Dios en sus hijos en vez de ambicionar el poder, de hacerse humildes para vencer la obsesión de ser ricos, y de ser capaces de asumir el mayor rechazo social, con tal de no desear servir a Dios para alcanzar prestigio humano, sino, por amor al Dios Uno y Trino y a sus hijos los hombres, aunque ello les aportara sufrimiento, tal como les sucedió, a partir del día en que recibieron los dones del Espíritu Santo, pues Santiago fue mandado a asesinar por Herodes (HCH. 12, 2), y Juan fue azotado junto a Pedro (HCH. 5, 40), y vivió desterrado en la isla de Patmos (AP. 1, 9).
Jesús les dijo a los citados hermanos que recibirían su bautismo, y que compartirían sus sufrimientos, pero, para lograr estas cosas, debían renunciar a los deseos del mundo, que se adueñaron de sus corazones.
¿Somos capaces de servir a Dios en sus hijos los hombres evitando quejarnos por la existencia de pequeñas contradicciones que tienen el objeto de enseñarnos a valorar lo que hacemos para adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre?
Santiago y Juan, le pidieron a Jesús un deseo, que no les fue concedido. A nosotros en ciertas circunstancias tampoco nos concede Dios lo que le pedimos, porque ello puede hacernos perder la fe que nos caracteriza, de la misma manera que, si dichos hermanos, hubieran alcanzado el poder, las riquezas y el prestigio que ambicionaban, no hubieran llegado a ser gigantes, en el terreno de la espiritualidad. Cuando queremos alcanzar una meta que nos supone años de esfuerzos, los psicólogos nos enseñan a valorar todo lo que consigamos a largo plazo. Si necesitamos adelgazar veinte kilos, y nos queremos comer varios dulces todos los días, los citados especialistas nos instarán a considerar el resultado de nuestra dieta a largo plazo, pues ello será más satisfactorio que alimentarnos a base de lo que no debemos abusar, pues ello contribuirá al debilitamiento de nuestra salud. Si Dios no nos concede lo que le pedimos, consideraremos que su sabiduría es superior a la nuestra, y que encamina nuestra vida a su presencia, por lo que no nos concederá nada que nos impida profesar la fe que nos caracteriza (1 PE. 5, 1-4).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Los predilectos de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Los predilectos de Dios.
Meditación de ST. 2, 1-5.
Estimados hermanos y amigos:
Cuando el primer Obispo de Jerusalén menciona a los pobres en el texto que estamos considerando, se refiere a quienes no disponen de los medios necesarios para vivir, y a quienes son rechazados por causa de sus valores. Estos últimos son mal vistos en un mundo en que se ambicionan los bienes materiales, porque desean atesorar las riquezas espirituales frente a las riquezas terrenales, a pesar de que no es fácil comprender su manera de ser, en un mundo en que, las riquezas materiales, se convierten en el propósito principal que muchos desean alcanzar.
Jesús nos enseña a priorizar las riquezas espirituales sobre el deseo de riqueza económica, poder y prestigio que reina en el mundo. No debemos entender que Jesús nos exige que no aprovechemos las oportunidades que podamos tener de alcanzar una buena posición social, pues lo que el Señor quiere para nosotros, es que, el deseo de conseguir riquezas, no se convierta en una obsesión, ni que nos impida amar, ni a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Aunque los pobres, los enfermos y los desamparados fueron los predilectos de Jesús, y a pesar de que el estado de los tales es idóneo para que mucha gente deposite su fe en el Dios Uno y Trino, no debemos comprender que quienes viven tales circunstancias alcanzarán la salvación por causa de sus padecimientos, pues solo conseguirán ser alcanzados por la misma, si depositan su confianza en la Santísima Trinidad.
No debemos comprender tampoco que los acaudalados, por causa de la posición social que ocupan, serán privados de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre. Vivimos en un mundo muy desigual en el que cada cual explota al máximo los dones espirituales y materiales que recibe. Los ricos tienen la posibilidad de remediar las situaciones de pobreza existentes en conformidad con los medios de que disponen para lograr tan loable fin, y los pobres tienen la posibilidad de enseñarnos a ser humildes, al aprender a vivir con lo que tienen en cada momento de su vida. No pretendo decir que los carentes de dádivas espirituales y materiales deben conformarse sin crecer a tales niveles, sino que tienen que aprovechar lo que está a su alcance cada día de su vida.
Los ricos pueden ser privados de la salvación si, al ser conscientes del bien que pueden hacer, se limitan a vivir egoístamente, pues muchos de ellos, acostumbrados como están a vivir holgadamente, tienen grandes dificultades a la hora de equiparar su condición con la conducta de Cristo, quien actuó como siervo de los oyentes de sus discursos y de quienes benefició por medio de la realización de los signos que llevó a cabo.
Mientras que el amor propio excesivo puede inducir a los ricos a no amar ni a Dios ni a sus prójimos los hombres, los pobres pueden rechazar a Dios y a quienes tienen más dádivas materiales que ellos, si se dejan arrastrar por el odio y la amargura.
La pobreza que nos merece la salvación de la que nos habla Jesús en los Evangelios, es la sencillez que nos induce a amar a Dios sobre todas las cosas, y a nuestros prójimos como debemos amarnos. Recordemos la siguiente frase de Nuestro Salvador: (MT. 5, 3).
Jesús, siendo consciente de la dificultad que entraña la vivencia de la pobreza espiritual en un mundo en que la consecución de riquezas materiales constituye una gran preocupación, dijo en cierta ocasión: (MT. 10, 42). Los pequeños de quienes nos habla Jesús no eran niños, sino adultos que habían renunciado a la consecución de lo que la humanidad materialista llama grandeza, con tal de contribuir con sus obras y palabras a la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros. En nuestro tiempo, tanto los niños como los adultos, tenemos la posibilidad de ser los misioneros en quienes Jesús deposita su plena confianza, para que le ayudemos a llevar a cabo su obra salvadora, mediante la predicación del Evangelio, y la realización de actividades benéficas.
¿Por qué la mayoría de la gente prefiere relacionarse con quienes tienen riquezas, poder y prestigio, en vez de hacerlo con quienes no han tenido oportunidades para superarse, o han fracasado en el intento de obtener una mejor posición social? Lo irónico de este hecho es que hay quienes obtienen buena parte de sus ganancias a expensas de sus admiradores, de la misma forma que Santiago nos dice en el texto que estamos meditando que, muchos de los ricos a quienes los primeros cristianos acogían muchas veces mejor que a los pobres, los denunciaban, encarcelaban y ejecutaban, mientras que trataban indignamente a los pobres que, al haber sido acogidos y tratados con amor, hubieran correspondido con su afecto la solidaridad que necesitaban.
Evitemos impresionarnos excesivamente pensando en la fama de los ricos que se han convertido en ídolos para sus admiradores, y rechazar a quienes no tienen los medios necesarios para vivir. No olvidemos que Jesús hizo de los más débiles el objeto de su compasión, porque los tales vivían desamparados.
La mayoría de los habitantes del mundo no solo carecen de pan, pues también carecen del conocimiento de Dios. Hay quienes utilizan el conocimiento de dios para crearse una divinidad a su imagen y semejanza que tolere las injusticias que promueven, y hay quienes no pueden profesar la fe que nos caracteriza, porque no conocen a Nuestro Santo Padre.
Las riquezas materiales no son malas por sí mismas. Quienes las tienen son dignos de alabar porque han sabido esforzarse para lograr lo que se han propuesto, lo cual significa que han trabajado mucho. La riqueza no es mala mientras no sea señal de deshonestidad y egoísmo. Jesús nos enseña a juzgar a las personas por su carácter, no por su apariencia. La bondad y la maldad pueden hacerse palpables en la vida de ricos y pobres, pues ello depende de nuestra forma de ser, no de la posición social que ocupamos.
Los ricos son valorados en muchas ocasiones, por la siguiente razón: Hay quienes son conscientes de que no pueden enriquecerse por sí mismos, o, aunque puedan hacerlo, prefieren utilizar la riqueza y la sabiduría de quienes han conseguido tener una buena posición social, para lograr el alcance de su fin. En tales casos, los acaudalados no son valorados por su forma de ser, sino por el dinero, el poder y el prestigio que tienen. Hasta los cristianos, en el caso de promover una obra por medio de la recepción de donativos, podemos caer en la tentación de tratar bien a los ricos, con tal de conseguir que subvencionen total -o parcialmente- el proyecto que tenemos en mente. Los cristianos no podemos juzgar a las personas según las posesiones que tienen, pues todos, ricos y pobres, tenemos derecho a ser amados, no por la riqueza que tenemos, sino porque tenemos un Padre común, que desea que nos amemos y respetemos como hermanos.
Aunque por la fe que tenemos creemos que Dios nos ayuda cuando llevamos a cabo nuestros planes exitosamente, no olvidemos que Él no nos promete una vida terrenal en la que nos van a sobrar las riquezas y se nos van a evitar los padecimientos. Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en su discurso misionero que no les iban a faltar dificultades, lo cual también nos sucede a nosotros, aunque, normalmente, las dificultades que sufrimos por causa de nuestra fe, no se pueden comparar a las persecuciones de que fueron víctimas los citados seguidores de Nuestro Salvador.
(MT. 5, 19-21). Hay quienes hacen obras de caridad pensando que, por cada buena acción que llevan a cabo, el buen Dios que para ellos actúa como un banquero, anota beneficios en su libro de cuentas, para que los tales disfruten de los mismos, cuando Nuestro Señor concluya la plena instauración de su Reino en el mundo. Aunque es cierto el hecho de que por cada buena obra que llevamos a cabo obtenemos un tesoro en el cielo, no hagamos el bien pensando en ser recompensados, sino por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres. No nos preocupemos por ser recompensados por las buenas obras que llevamos a cabo, porque el amor cristiano auténtico no está relacionado con la consecución de bienes materiales, y también porque dios premia generosamente a sus fieles hijos, tanto por el bien que hacen, como por su disponibilidad para superar las pruebas por medio de las cuales demuestran la autenticidad de la fe que profesan.
Corremos el riesgo de que nos roben nuestras posesiones, y de perder parte de las mismas por circunstancias de diversa índole, pero nadie podrá arrebatarnos las dádivas espirituales que Dios nos concede.
San Pablo nos insta a cumplir la voluntad de Dios, en el siguiente extracto de su Epístola a los cristianos de Roma: (ROM. 12, 1-2).
San Pablo le habló a su colaborador el Obispo Timoteo en la primera Carta que le escribió, sobre la humildad que debe caracterizar la vida de los pobres, y de cómo muchos ricos, por causa del afán de enriquecerse, dejaron de cumplir la voluntad de Dios, e incluso sobrevivieron a circunstancias difíciles, que ellos mismos crearon (1 TIM. 6, 6-10).
(LC. 12, 13-21). Los judíos les planteaban a los maestros de la Ley problemas similares al que le fue expuesto a Jesús cuando Nuestro Señor les narró a sus oyentes la parábola que estamos considerando, y esperaban que tales rabinos les dieran la solución a sus dificultades. Jesús no quiso inmiscuirse en el problema del reparto de la herencia de los dos hermanos, pero, por medio de sus palabras, les indicó la solución, no solo del problema económico que los distanciaba, pues también les ayudó a resolver el problema familiar de su distanciamiento, aunque en la Biblia no se nos indica si tales hermanos llegaron a reconciliarse, y, por tanto, a repartir su herencia equitativamente.
Jesús le habló a su interlocutor de un tema que considera más importante que la consecución de bienes terrenales, el cual es nuestra relación con Dios. Nuestro Señor hubiera querido que ambos hermanos se hubieran repartido la herencia, con tal de que hubieran podido mantener una buena relación familiar, y de evitarles permanecer en el pecado, a uno por considerarse dueño de la herencia y no querer compartirla con su hermano, y al otro por dejarse arrastrar por la amargura.
Muchas veces, cuando leemos la Biblia y oramos buscando una solución a los problemas que tenemos, nos percatamos de que Dios no nos manifiesta lo que le pedimos, pero, en cambio, nos ayuda a considerar las diversas perspectivas concernientes a la valoración de las dificultades que tenemos, lo cual puede servirnos para solucionar los problemas que causamos nosotros, y para sobrevivir a las dificultades que no podemos solventar, porque nos las imponen otras personas.
No hacemos mal al guardar dinero y bienes para los años de nuestra ancianidad, pero cometemos un grave error si solo dedicamos nuestra vida a conseguir bienes materiales, y no amamos a nadie, pues ello nos induce a terminar nuestros días sufriendo por causa del aislamiento al que nos sometemos.
(LC. 12, 22-34). ¿De qué nos sirve preocuparnos por los problemas que tenemos? Si la ocupación significa que vamos a intentar resolver tales dificultades en conformidad con las posibilidades que estén a nuestro alcance, hacemos bien al llevarla a cabo. Si, por el contrario, la preocupación solo nos va a causar sufrimiento estéril, debemos buscar la manera de desecharla.
Si somos cristianos, pondremos en juego nuestra fe, evitando las preocupaciones, dejando nuestros problemas en las manos de Dios. Naturalmente, esto no significa que vamos a dejar de esforzarnos para conseguir lo que deseamos, pues vamos a confiar en Dios. Si conseguimos lo que deseamos, se lo agradeceremos a Nuestro Santo Padre, y, si las cosas no nos salen como queremos, también se lo agradeceremos a Dios, e intentaremos aprender lecciones de lo que muchos considerarían un fracaso, que nos ayuden a crecer espiritualmente. En la vida de los cristianos no existen circunstancias inútiles, ni en el caso de que las mismas carezcan de utilidad, desde nuestro punto de vista humano.
(JN. 16, 26-27). Dios nos ama y conoce nuestras necesidades, antes de que se las manifestemos. Esta es la causa por la que el Señor nos dice por medio del Evangelista San Mateo: (MT. 10, 30).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Jesús que nos conciencie de la necesidad que tenemos de vivir como si su Reino ya hubiera sido plenamente instaurado entre nosotros.
Que el Señor nos conciencie de la necesidad que tenemos de valorar a las personas más que los bienes materiales.
Que entre todos hagamos posible la existencia de un mundo en que no exista ningún tipo de discriminación, en que no haya pobres carentes de bienes espirituales ni materiales, y en que no haya ricos que, aunque abunden en bienes y dinero, se sientan aislados, porque no hayan sabido -o no hayan podido- hacerse amar.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la Misa del día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo (15 de agosto).
Misa del día.
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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