Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Jesús es nuestro ejemplo a imitar. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.
Meditación de IS. 52, 13-53, 12.
Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.
¿Quién es el Siervo de Yahveh?
¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?
¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?
¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?
Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.
(IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.
(IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.
El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.
¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.
La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.
San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).
Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.
(IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?
¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?
Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).
Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.
¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?
(IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.
Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.
(IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.
Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.
(IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.
(IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.
Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.
Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.
(IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.
El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.
Meditación de IS. 52, 13-53, 12.
Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.
¿Quién es el Siervo de Yahveh?
¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?
¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?
¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?
Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.
(IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.
(IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.
El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.
¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.
La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.
San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).
Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.
(IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?
¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?
Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).
Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.
¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?
(IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.
Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.
(IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.
Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.
(IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.
(IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.
Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.
Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.
(IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.
El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Por qué debemos creer en Jesús? (Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del ciclo A).
¿Por qué debemos creer en Jesús?
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).
Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.
La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.
Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).
Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).
Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.
La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.
Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.
Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.
El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).
Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.
La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.
Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).
Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).
Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.
La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.
Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.
Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.
El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La grandeza y la humildad del Siervo de Yahveh. (Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.
Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.
Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.
La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.
A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.
Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?
-Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.
¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?
Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.
¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.
¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.
Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.
(MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.
Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.
Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.
Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.
Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.
(2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.
¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.
¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.
Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.
Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.
La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.
A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.
Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?
-Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.
-Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.
¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?
Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.
¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.
¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.
Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.
(MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.
Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.
Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.
Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.
Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.
(2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.
¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.
¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
Meditación.
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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