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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.

   ¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?

   ¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?

   En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?

   Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).

joseportilloperez@gmail.com

La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.

   Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.

   Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.

   La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.

   Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.

   Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.

   Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:

   Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:

   Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:

   Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.

   3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).

   Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.

   El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.

   La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.

   Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.

   Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.

   ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?

   3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).

   ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.

   ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).

   Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.

   El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.

   3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).

   La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).

   La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.

   Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.

   La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.

   Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.

   La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.

   3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).

   Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.

   3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).

   Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.

   Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.

   Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.

   3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).

   Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.

   3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).

   Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.

   Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.

   3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).

   Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.

   Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.

   3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).

   Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).

   Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".

   Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.

   3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).

   A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.

   3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.

   Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.

   3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quiénes eran los fariseos?
   2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
   3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
   4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
   5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
   6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
   7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
   8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
   9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
   10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
   11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
   12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
   13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?

   3-2.

   14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
   15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
   16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
   17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
   18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?

   3-3.

   19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
   20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
   21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
   22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
   23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
   24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
   25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
   26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?

   3-4.

   27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
   28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
   29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
   30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?

   3-5.

   31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
   32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
   43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
   44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
   45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
   46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
   47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
   48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?

   3-6.

   49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
   50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?

   3-7.

   51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
   52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
   53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
   54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
   55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
   56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?

   3-8.

   57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
   58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
   59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
   60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?

   3-9.

   61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
   62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
   63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
   64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
   65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?

   3-10.

   66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
   67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
   68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
   69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
   70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?

   3-11.

   71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
   72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.

   El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.

   ¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?

   ¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?

   Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.

   Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.

   ¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?

   No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.

   En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.

   ¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?

   Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.

   Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.

   Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.

   Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).

   Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.

   Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.

   He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.

   Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.

   No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.

   Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.

   Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 11-17.

   3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).

   Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).

   Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.

   3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).

   Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.

   Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.

   La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.

   ¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?

   ¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?

   En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?

   ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?

   ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?

   El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.

   3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).

   Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?

   Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.

   3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).

   Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.

   Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.

   Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.

   3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).

   Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.

   Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.

   3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).

   Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.

   ¿Qué imagen tenemos de Dios?

   ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?

   ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?

   Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.

   ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).

   Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
   2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
   3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
   4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
   5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
   6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
   7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
   8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
   9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?

   3-2.

   10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
   11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
   12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
   13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
   14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
   15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
   16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
   17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
   18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
   19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
   20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
   21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
   22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?

   3-3.

   23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
   24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
   25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
   26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
   27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?

   3-4.

   29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
   30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
   31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
   32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
   33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?

   3-5.

   34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
   35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
   36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?

   3-6.

   37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
   38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
   39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
   40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
   41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
   42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
   43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7.

   44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
   45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.

   ¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?

   Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.

   Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.

   Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.

   Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.

   Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.

   Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?

   ¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?

   Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.

   Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.

   Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.

   Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.

   Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.

   Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El amor a los enemigos.

   En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.

   Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.

   Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.

   Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.

   Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.

   He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.

   Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.

   Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.

   (LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.

   Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.

   (LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.

   (LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.

   Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Después de leer atentamente con ojos incrédulos el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, un ateo exclamó lleno de asombro: “¡Ese Jesús debía estar loco!

   ¿Cómo podemos amar a aquellos de quienes creemos que nos odian, independientemente de que nuestra idea respecto del citado desprecio tenga fundamentos sólidos y reales?”.

   Quienes sois padres podéis hablar extendiéndoos mucho sobre lo que significa dar dádivas materiales y espirituales sin recibir nada a cambio, pero, ¿seremos capaces de dejar que quienes nos roben nos asalten nuevamente? Esta cuestión es muy llamativa para mí, porque he sido víctima de un grupo de adolescentes en varias ocasiones.

   El lenguaje de Jesús es claro y sencillo, pero es difícil encontrar a un personaje ilustre que sin usar de la poesía haya explicado con tanta magnificencia como lo hizo el Hijo de María  en su tiempo el significado del amor y las consecuencias que sufren quienes viven y aman a pesar de la adversidad que ello pueda significar para ellos y sus seres queridos en un determinado periodo de tiempo.

   El próximo miércoles empezaremos a conmemorar el tiempo de Cuaresma, durante el cual nos ampararemos en la meditación de la Palabra de Dios, para aprender a amarnos nosotros y aceptar a nuestros prójimos con sus virtudes y defectos. Es esta la razón por la cual creo oportuno el hecho de enumerar las características del amor de que nos habla San Pablo en su primera Carta a los cristianos de Corinto.

   1. El amor es comprensivo.

   2. El amor es servicial.

   3. El amor no sabe nada de envidias.

   4. El amor no sabe nada de jactancias.

   5. El amor no es orgulloso.

   6. El amor no es egoísta.

   7. El amor no pierde los estribos.

   8. El amor no es grosero.

   9. El amor no es rencoroso.

   10. El amor no se alegra de la injusticia.

   11. El amor encuentra su gozo en la verdad.

   12. El amor disculpa sin límites.

   13. El amor confía sin límites.

   14. El amor espera sin límites.

   15. El amor soporta la adversidad sin límites.

   16. El verdadero amor nunca muere (1 COR. 13, 4-8A).

   Sería interesante el hecho de que todos memoricemos las características del amor para intentar aplicarlas a nuestra vida. Analicemos todos los acontecimientos que vivamos y conozcamos bajo la óptica del amor con que Dios nos ha llamado a ser sus hijos la forma de interpretar los mismos.

joseportilloperez@gmail.com

Amémonos como nos ama el Dios del amor. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Amémonos como nos ama el Dios del amor.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 27-38.

   Lectura introductoria: DT. 4, 31.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   El texto evangélico que consideramos en esta ocasión, puede ser interpretado al modo de los fundamentalistas, que aplican el mensaje bíblico a su vida tal cual lo leen, -al modo de quienes cumplen los preceptos religiosos como si actuaran automáticamente, sin plantearse el porqué de la existencia de los mismos-, o a la manera de quienes intentan aplicarlo a sus circunstancias actuales, de tal modo que las ilumine y explicite.

   Dado que Jesús solo disponía de sus palabras para llamar la atención de sus oyentes, y no disponía de material escrito para repartir entre los tales como sucede en las diversas denominaciones cristianas existentes en la actualidad, utilizó palabras difíciles de aceptar, con el fin de que sus oyentes pensaran si debían acogerlas, adaptarlas a sus circunstancias o rechazarlas. Teniendo en cuenta que cuando Jesús predicó el Evangelio Palestina estaba dominada por Roma, que los miembros de la alta esfera social se aliaron con los colonizadores para mantener su situación privilegiada frente a la gran pobreza que generaron, y que la mayoría de los oyentes del Mesías pertenecían a la clase de los desheredados del mundo, ¿cómo pudo Jesús decirles a los oyentes de su sermón que amaran a sus enemigos, que beneficiaran a quienes los odiaran, que bendijeran a los que los maldijeran, y que le rogaran a Dios por los que los difamaban? Por si ello no les suponía ser víctimas de suficientes humillaciones a los seguidores y oyentes del Mesías, el Señor les siguió diciendo que no se defendieran cuando fueran abofeteados, que les dieran toda su ropa a quienes les pidieran su ropa exterior, que no le exigieran a nadie que le devolviera los bienes que le prestaran, que no se defendieran de quienes los robaran, y que trataran a todos los hombres, como quisieran ser tratados por los tales. Si aplicamos tales frases del Señor a nuestra vida, pensamos que debemos observarlas porque son palabras de Dios que no podemos considerar si deben vivirse al modo de los fundamentalistas, o pensamos que el Mesías no nos tiene ninguna consideración.

   ¿Cómo justificó Jesús las exigencias tan radicales que les hizo a sus oyentes? Para el Señor, si sus discípulos amaban al modo de quienes no aceptaron su Evangelio, ora porque lo rechazaron, ora porque no les fue predicado, solo beneficiaban a quienes hacían el bien en su favor, y solo les prestaban sus bienes a quienes sabían que se los iban a devolver y también les prestarían los suyos apenas se los pidieran, no hacían nada extraordinario, para destacar sobre los no creyentes. Los cristianos no queremos amar extraordinariamente a nuestros prójimos los hombres independientemente de que sean creyentes para que se nos considere grandes personajes, sino para amar con el mismo amor con que somos amados, por el Dios Uno y Trino. ¿Es conveniente que nos apliquemos las citadas palabras de Jesús tal cual están escritas en el Evangelio de San Lucas sin adaptarlas a nuestras circunstancias vitales? Jesús nos pide que amemos a nuestros enemigos, que hagamos el bien desinteresadamente, y prestemos sin esperar nada a cambio de ello. Comprendo esta aplicación de las frases del Señor, porque Jesús vivió amando a sus amigos y enemigos, pero no veo lógico el hecho de que no nos defendamos cuando se nos ataque. Existe una gran diferencia entre amar a nuestros enemigos, -lo cual es positivo para nosotros, porque nos evita experimentar el odio-, y no defendernos cuando se nos insulte o se nos ataque. En la actualidad, dado que somos muchos los que no creemos que las maldiciones se cumplan, comprendemos que las tales solo son palabras que pueden ser utilizadas como desahogo, pero, ¿nos interesa aceptar el hecho de ser difamados?

   Si nos desprendemos de nuestra ropa cuando nos la pidan, nos desprendemos del dinero que tenemos y de otros bienes, y no podemos reclamar lo que es nuestro, ¿cómo viviremos? Además, si nos dejamos robar, aparte de perder nuestros bienes, estamos favoreciendo la comisión de injusticias.

   Cuando San Lucas escribió su Evangelio, muchos de sus lectores habían sido víctimas de persecuciones. Es importante tener en cuenta este dato para interpretar el Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, porque entre los cristianos se difundió la idea de que debían resistir todo tipo de vejaciones por amor a Dios, pues hacerles frente a sus perseguidores, o ponerse a salvo, era considerado como una traición, a Nuestro Padre celestial. Los cristianos pensaban que sufriendo demostraban la grandeza de su fe, y que lo mejor que podía pasarles era morir, para ser llevados a la presencia del Señor. Desde esta óptica, es comprensible la radicalidad de las palabras con que comienza el texto lucano que meditamos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Para San Lucas, el hecho de que los creyentes aplicaran las citadas palabras del Señor a sus vidas, significaba que los tales eran dignos de recibir una gran recompensa, no en el cielo tal como creen muchos creyentes actualmente, sino en este mundo, a partir del momento en que vivieran observando, dichas palabras mesiánicas. Si para muchos cristianos actuales tales recompensas significan alcanzar la plenitud de la dicha en el Reino de Dios, para los primeros cristianos, el hecho de mantener la fe en tiempos difíciles, era una gran recompensa de incalculable valor.

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy que seamos compasivos, que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres indebidamente a fin de que no seamos juzgados por Dios, y que perdonemos a quienes nos ofendan, nos roben o nos hieran, a fin de que alcancemos el perdón divino. Es importante hacer hincapié en que no podemos evitar defendernos ni dejar de denunciar las injusticias que se cometan contra nosotros, y en que Jesús nos pide que no odiemos a quienes nos hagan mal, ni los tratemos tal cual nos traten. Cuando Juan Pablo II visitó a Alí Agka, -el terrorista que atentó contra él el 13 de mayo del año 1981-, lo perdonó, pero ello no significó, que se le evitó el cumplimiento de su condena.

   Jesús nos dice al final del Evangelio de hoy que, según tratemos a nuestros prójimos los hombres, seremos tratados por Dios. No hagamos el bien por el interés de alcanzar la salvación, sino deseando para nuestros prójimos los hombres, la felicidad que queremos para nosotros.

   Antes de escribir el presente trabajo, he leído muchas meditaciones del texto lucano que os insto a considerar, en muchas de las cuales, he tenido la oportunidad de ver cómo los autores de las mismas, parten de la idea de que somos malvados, y por ello no nos aplicamos las palabras de Jesús. Es triste el hecho de que muchos predicadores partan de la idea de que somos pecadores y no queremos hacer el bien, y no valoren la idea de que no hacemos nada irreprochable al amarnos, y al defendernos cuando se nos maltrate de alguna manera, o se cometan otras injusticias contra nosotros. Sé que podemos ser egoístas y actuar inadecuadamente por muchas causas, pero no ignoro que somos dignos de ser amados y respetados, tal como se espera que amemos y respetemos a nuestros prójimos los hombres.

   Oremos:

   Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nuestra vida, a fin de que podamos perdonar a quienes nos han hecho daño de alguna forma.

   Oremos y esforcémonos hasta llegar a amar a quienes nos han hecho sufrir. Es muy probable que no podamos sentir afecto por quienes nos han hecho daño, pero, al menos, esforcémonos por terminar nuestra vida evitando ser víctimas del rencor y el odio, que, en definitiva, solo nos hacen sufrir inútilmente.

   Oremos y esforcémonos para no tratar a quienes nos han herido como nos han tratado ellos. Hay ocasiones en que es necesario recurrir a la justicia para resolver determinados casos, pero, en cuanto nos sea posible, no olvidemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y evitemos pensar en las circunstancias que nos hicieron sufrir.

   Perdonemos a quienes soportamos porque no queremos -o no podemos- romper los lazos que nos atan a ellos. Perdonemos la ira y el mal humor que caracterizan a tantos amargados que, ni son felices, ni permiten que lo sean quienes los rodean.

   2. Leemos atentamente LC. 6, 27-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 6, 27-38.

   3-1. Amemos a nuestros enemigos (LC. 6, 27-30).

   El Evangelio que consideramos el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, se entiende con demasiada claridad, como para que nos detengamos a meditarlo bastante rato. Dado que Jesús quiso saber por qué lo abofeteó un guardia del Templo de Jerusalén en presencia de Anás, ex Sumo Sacerdote, la noche de su Pasión (JN. 18, 22-23), comprendo que las palabras que San Lucas puso en boca del Señor, no deben ser interpretadas literalmente, pues tenemos derecho a recibir el amor y respeto que se nos pide para nuestros prójimos los hombres, y, si nos dejamos golpear y robar, permitimos que se cometan injusticias.

   ¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos? Probablemente no sentiremos afecto jamás por muchos de los que nos han hecho daño, pero podemos intentar evitar odiarlos, porque salvo que se dé el caso de que nos venguemos de ellos no supondrán que los detestamos, y porque el odio que podamos sentir, nos impide ser felices. El hecho de que dejemos de odiar a quienes nos hicieron daño, no significa que dejemos de cuidarnos de quienes sabemos que aún desean herirnos de alguna manera.

   ¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros? Esta pregunta puede ser difícil de responder, para muchos que tienen a sus enemigos, entre los miembros de sus familias. A modo de ejemplo, podemos beneficiar a aquellos familiares que tenemos que nos han hecho daño, e intentar, al mismo tiempo, evitar que nos sigan hiriendo. Recuerdo el caso de una señora que cuidaba a su padre anciano y enfermo, el cuál aprovechaba todas las oportunidades que tenía para recordarle sus errores, culparla por todos los problemas de su familia, abrirle sus viejas heridas, y hacerla sentir inútil. Mi amiga tomó la decisión de internar a su progenitor en una residencia, en la que se aseguró de que recibiera todos los cuidados que necesitaba, y donde jamás pudo volver a atacarla.

   ¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman? Los judíos creían que tanto las bendiciones como las maldiciones se cumplían. Esta es la razón por la que Jesús quiso extirpar el odio de sus seguidores, haciendo que impidieran manifestar su ira bendiciendo a quienes los maldecían. Es fácil amar a quienes corresponden nuestro amor, pero, amar a quienes actúan contra nosotros, no es tan fácil.

   ¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen? La respuesta a esta pregunta es negativa, y nos hace pensar en evitar ser violentos.

   ¿Cómo pudo Jesús decirles a sus oyentes que les dieran su ropa interior a quienes les pidieran su ropa exterior, teniendo en cuenta que vivían en un país lleno de mendigos? Este hecho me sugiere la idea de que el amor cristiano puede ser ilimitado, pero, para que el amor a nuestros prójimos sea auténtico, y no una petición de limosna, necesitamos amarnos a nosotros. No hacemos nada malo al cubrir las necesidades de nuestros prójimos, pero necesitamos no olvidarnos de las nuestras, para poder ayudarles, sin pedirles nada a cambio, de nuestras manifestaciones de generosidad.

   ¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán? Podría terminar este párrafo afirmando que para los cristianos los dones celestiales son más importantes que los terrenos, pero lo cierto es que necesitamos el dinero y las posesiones que tenemos prácticamente en su totalidad. Se nos hace necesario diferenciar el egoísmo, el hecho de mantener nuestra posición social sin perjudicar a quienes son más pobres que nosotros, y ejercitar el altruismo.

   ¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones? Ello sería muy perjudicial para nosotros. Es por eso que creo que no podemos aplicarnos las palabras del Señor que estamos considerando, tal cual están expuestas en el tercer Evangelio.

   3-2. La grandeza del amor cristiano (LC. 6, 31-36).

   ¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos? No podemos cambiar la conducta de todos nuestros enemigos, pero podemos evitar sufrir inútilmente alimentando rencores, y ganarnos el afecto de quienes nos atacaban creyendo que queríamos perjudicarlos, y de quienes comprenden que actuamos sin la intención de herirlos o de beneficiarnos a su costa.

   ¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir? No es malo hacer esto, pero ello no nos distingue a los cristianos de quienes carecen de fe en Nuestro Padre común. Amar a quienes no nos aman, hacer el bien sin esperar recompensa alguna, solo por la satisfacción que ello produce, y arriesgar algún dinero y algún objeto de valor por si no nos lo devuelven, son signos del amor cristiano, que valora más a las personas, que los bienes materiales. Por supuesto, para hacer estas cosas, no es necesario ser cristiano, de hecho, hay quienes las hacen, y nos aventajan en bondad, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.

   San Lucas nos insta a hacer el bien sin esperar recompensa humana alguna, afirmando que, gracias a ello, recibiremos una recompensa divina. Dado que Dios es amor (1 JN. 4, 8), hagamos el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas. Ya que Dios paga con creces lo que hacemos en favor de sus hijos, cuanto más humildes seamos, más nos percataremos de cómo nos premia, pues valoraremos detalles que quizás son pequeños, pero, para nosotros, tendrán una gran importancia.

   Nuestro modelo a imitar es Dios, cuya compasión queremos encarnar en nuestra vida.

   3-3. Tratemos a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser tratados por ellos (LC. 6, 37-38).

   Jesús nos dice que no juzguemos a nuestros prójimos los hombres, a fin de que no seamos juzgados por Dios. Durante los años que vivamos, aprenderemos de quiénes podemos fiarnos, y de quiénes debemos cuidarnos, pero evitemos emitir juicios temerarios.

   No condenemos. No anhelemos para los demás, lo que no queremos para nosotros.

   Perdonemos a quienes nos han hecho daño. El resentimiento es una droga que consumimos para envenenar a quienes nos han herido. Necesitamos perdonar para que nuestras heridas se cierren y podamos exterminar el resentimiento que nos hace sufrir inútilmente. Si nos han hecho heridas muy profundas, es posible que tardemos mucho tiempo en perdonar, pero necesitamos intentarlo, porque, si no lo hacemos, nos impediremos ser felices aislándonos, y olvidando la gratitud de los momentos más bellos de nuestra existencia. Aprovechemos las enseñanzas que nos aportó el sufrimiento, y dejemos que se extingan de nuestros corazones los deseos de llevar a cabo esa venganza infructífera que hace difícil lo fácil, nos hace olvidar la bondad y la belleza de la vida, y perpetúa el dolor que sentimos. Perdonar es encontrar la paz que necesitamos mientras nos deshacemos de una gran carga que nos impide centrarnos en buscar lo mejor que hay en nuestro interior.

   No perdonemos a quienes nos han herido pensando que van a cambiar, dado que pocos serán los que cambien, porque ello no depende de nosotros. No podemos cambiar la conducta, los pensamientos ni las emociones de quienes nos han herido, pero, si cambiamos nuestra manera de verlos, nos desharemos de una carga muy pesada, y no les haremos el favor de permitirles hacernos infelices, porque nuestra felicidad no depende de cómo nos trata nadie, sino de quiénes somos y de lo que pensamos que somos, y es una decisión nuestra, el hecho de ser felices.

   Hemos visto que el perdón nos aporta beneficios. Si además de perdonar a quienes nos han herido, nos reconciliamos con ellos, también podrán beneficiarse de nuestra decisión de volver a confiar en ellos, pero, si no podemos reconciliarnos, el hecho de perdonarlos, nos aportará una paz muy valiosa.

   3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 27-38 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Debemos interpretar el texto evangélico que hemos considerado al modo que lo hacen los fundamentalistas? ¿Por qué?
   2. ¿Qué sentido tiene el hecho de amar a nuestros enemigos?
   3. ¿Sentimos -o podremos sentir- afecto por quienes nos han hecho daño?
   4. ¿Por qué nos conviene evitar odiar a nuestros enemigos?
   5. ¿Qué beneficios tiene para nuestros enemigos el hecho de que los odiemos?
   6. ¿Qué beneficios tiene para nosotros el hecho de odiar a nuestros enemigos?
   7. ¿Podremos dejar de odiar a quienes nos han hecho daño y tenemos la certeza de que aún quieren seguir hiriéndonos?
   8. ¿Es conveniente que beneficiemos a aquellos de quienes sabemos que esperan la ocasión de actuar contra nosotros?
   9. ¿Por qué quiere Jesús que oremos por quienes nos maldicen y nos difaman?
   10. ¿Por qué no nos es fácil amar a nuestros enemigos?
   11. ¿Nos dejaremos agredir por quienes nos golpeen?
   12. ¿Debemos resolver nuestros problemas antes de ayudar a nuestros prójimos los hombres? ¿Por qué?
   13. ¿Podremos amar y servir a nuestros prójimos los hombres desinteresadamente si no nos amamos porque nos consideramos inútiles o pecadores imperdonables? ¿Por qué?
   14. ¿Les prestaremos nuestras posesiones a aquellos de quienes sabemos que no nos las devolverán?
   15. ¿Nos dejaremos robar sin denunciar a quienes se apropien de nuestras posesiones?

   3-2.

   16. ¿Quiere Jesús que tratemos a nuestros prójimos los hombres como nos gustaría ser tratados por ellos, porque esa es la manera de evitar que nos perjudiquen nuestros enemigos, y de lograr que sean nuestros amigos?
   17. ¿Qué sentido tiene el hecho de tratar a nuestros enemigos como nos gustaría que nos trataran, si tenemos la certeza de que no van a cambiar?
   18. ¿Qué ventajas tiene el hecho de tratar a los demás como queremos ser tratados por ellos?
   19. ¿Qué mérito tenemos si amamos a quienes nos aman, beneficiamos a quienes actúan en nuestro favor, y prestamos a aquellos de quienes esperamos recibir?
   20. ¿Cómo podemos demostrar los cristianos que valoramos más a las personas que los bienes materiales?
   21. ¿Qué sentido tiene el hecho de hacer el bien sin esperar recompensas humanas ni divinas?
   22. ¿Por qué necesitamos ser humildes para percatarnos de cómo Dios nos colma de dádivas?
   23. ¿Por qué queremos encarnar la compasión de dios en nuestra vida?

   3-3.

   24. ¿Por qué es necesario que no juzguemos a nuestros prójimos indebidamente?
   25. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos condenar a nuestros prójimos los hombres?
   26. ¿Por qué necesitamos perdonar a quienes nos han herido?
   27. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a perdonar a nuestros enemigos?
   28. ¿Qué les sucederá a nuestros enemigos si no los perdonamos?
   29. ¿Por qué necesitamos deshacernos de los deseos de vengarnos de nuestros enemigos?
   30. ¿Cómo podemos encontrar lo mejor que hay en nuestro interior?
   31. ¿Por qué no vamos a perdonar a nuestros enemigos esperando que nuestra decisión los induzca a cambiar?
   32. ¿De qué depende nuestra felicidad? ¿Por qué?
   33. ¿Quiénes pueden tomar la decisión de que seamos felices?
   34. ¿En qué sentido nos aporta una paz muy valiosa el hecho de perdonar a quienes nos han herido, si no nos reconciliamos con ellos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos MT. 5, 6-9, un texto que no meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, cuya aplicación a nuestra vida es necesaria, a fin de que podamos aplicar las palabras de Jesús que hemos meditado en el presente trabajo, a nuestra vida.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 27-38.

   Comprometámonos a hacer una meditación sobre el proceso de nuestro perdón a quienes nos han herido de alguna manera.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre Nuestro que nos has demostrado tu amor incondicional, ayúdanos a amarte, a amar a nuestros prójimos los hombres, y a amarnos a nosotros, pues todos somos miembros de tu familia universal.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 51, pensando en nuestro proceso de perdón, y en los errores que nos han caracterizado, no para acusarnos de que somos pecadores, sino para facilitar el proceso de nuestro perdón, comprendiendo que todos somos humanos, y por ello no siempre actuamos, como nuestros prójimos desean que lo hagamos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Los bienaventurados. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Los bienaventurados.

   Aunque San Mateo nos ofrece un estudio muy pormenorizado de las bienaventuranzas en su evangelio, San Lucas, en su primera obra, nos da la oportunidad de saber quiénes pueden ser bienaventurados, al mismo tiempo que nos inculca el deseo de ser fieles seguidores de Jesús. Para estudiar las bienaventuranzas, podemos partir de la idea de que dios nos ama a todos, así pues, cuando Jesús nos dice que nuestro Padre común siente una predilección especial por los que sufren, ello no significa que hemos de ser pobres y que hemos de estar marcados por el sufrimiento para conseguir ser el objeto del amor de nuestro Criador, sino que nuestro Padre común se compadece de quienes sufren por cualquier causa. El cantante Julio Iglesias canta en una de sus canciones que en el mundo todos bailamos al son que se nos marca, y que no nos ocupamos de quienes se caen al soltarse de nuestras manos. Si tenemos la necesidad de aspirar a conseguir bienes recorriendo caminos difíciles, no olvidamos nunca que nuestro mayor deseo consiste en vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios. Todos podemos buscar a Dios recorriendo el camino del crecimiento espiritual teniendo en cuenta nuestro estado actual, nuestras relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de las comunidades religiosas físicas y/o virtuales de las que formamos parte... Tenemos muchas oportunidades para acercarnos a nuestro Padre común, pero hemos de tener muy presentes en nuestras oraciones a quienes sólo cuentan con su dolor e impotencia para dirigirse a nuestro Creador. Ellos necesitan de nuestras oraciones porque precisan ser amados, ya que no podrán superar su estado adverso sin ser ayudados por nuestro criador a vencer la acritud que forma parte de su vida, y porque necesitan de nuestra caridad para que Dios se les manifieste demostrándoles que es misericordioso con ellos por nuestro medio.

   San Lucas nos dice en su primera bienaventuranza: (LC. 6, 20B).

   San Lucas nos dice que todos los que sufren por alguna causa, en atención al dolor que caracteriza su existencia mortal, son coherederos del Reino de Dios. San Mateo concreta más la citada bienaventuranza en su obra, afirmando que Jesús les dijo a sus oyentes en el monte Tabor: (MT. 5, 3).

   Si muchos hermanos nuestros que están marcados por el sufrimiento han aprendido guiados por el espíritu santo a utilizar su dolor como medio para vivir en la presencia de nuestro Padre común, hemos de recordar a quienes, además de no tener fe en nuestro creador, odian su estado actual, e incluso desestiman su vida, porque, lejos de Dios, las miserias que caracterizan nuestra existencia, carecen de sentido. Sólo Dios sabe por qué no puedo ver las imágenes que muchos de mis amigos y lectores me enviáis en reconocimiento al esfuerzo que realizo al dirigirme a vosotros todas las semanas por este medio; sólo nuestro Padre común sabe lo que sufren las madres que ven cómo sus hijos adolescentes se dirigen al precipicio de los vicios y no pueden hacer nada para impedirlo; sólo nuestro Padre común conoce la fe que les es necesaria a quienes tienen a uno e incluso a varios familiares enfermos, y lo único que pueden hacer es verles sufrir hasta que mueren sin poder hacer nada para consolarlos... Oremos por nuestros hermanos que están marcados por el sufrimiento. Yo quisiera pediros que penséis en la posibilidad de establecer contacto con quienes tienen carencias materiales y espirituales, pues ello constituye una experiencia muy bella, tanto para quienes son caritativos con quienes sufren, como para quienes obtienen fuerzas renovadas para seguir luchando, después de comprobar que no están desamparados en el mundo, pues tienen medios para mejorar su vida en todos los aspectos y hermanos en la fe que están dispuestos a atenderlos en algunas de sus necesidades.

   Jesús alaba a quienes tienen la necesidad de trabajar para alimentarse a sí mismos y a sus familiares, especialmente cuando los tales, aunque realicen grandes esfuerzos para sobrevivir, sólo encuentren puertas cerradas en su camino, las cuales les impidan obtener los bienes que necesitan para sacar adelante a sus familiares. San Pablo les escribió a los corintios: (1 COR. 1, 25-30).

   Santiago escribió: (ST: 2, 5-8).

   Para vivir el espíritu de las bienaventuranzas, nos es imprescindible conocer el significado de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (JER: 17, 5. 7).

   Los católicos sabemos que cuando se nos dice que son malditos quienes no creen en Dios, se hace alusión a la diferencia existente entre nuestra vida y la existencia de quienes carecen de fe en nuestro Padre común. Nosotros sabemos que tenemos que confiar en nuestro Padre común plenamente si queremos ser cristianos practicantes. Os digo esto porque he interrogado a una persona que no cree en nuestro Criador a través de un servicio de Chat, y me ha dicho que si escuchara las citadas palabras de Jeremías en una congregación cristiana, tendría la sensación de estar entre los partidarios de una secta bastante peligrosa. Nosotros nos esforzamos mucho para aprender la gran lección que encierran las citadas palabras del autor de las Lamentaciones, así pues, nunca creemos que nuestra conversión es completa, porque no alardeamos de nuestra constancia a la hora de profesar nuestra fe, y porque puede sobrevenirnos alguna circunstancia por cuya vivencia se tambalee el edificio de nuestras creencias. Hace varios días tuve la oportunidad de hablar con uno de mis mejores amigos, el cual me dijo que le pide todos los días a Dios que le conceda una dádiva que le haría muy feliz. Mi amigo lleva mucho tiempo pidiéndole dicho favor a dios, e incluso piensa que, por causa de ciertas circunstancias, es posible que nuestro Padre celestial no le conceda lo que él le pide diariamente. Yo le dije a mi amigo que mientras nuestra vida es muy limitada ya que vivimos sujetos a las experiencias que nos proporcionan las décadas tan cortas que vivimos en este mundo, nuestro Creador dispone de la eternidad para hacer lo que debe hacer bien hecho.

   Cuando éramos niños deseábamos jugar más rato del que se nos permitía, dado que teníamos que estudiar y ayudar a nuestros padres a realizar ciertas actividades hogareñas. Quizá tuvimos en los años de la adolescencia el deseo de independizarnos de nuestros padres, especialmente si ellos no estaban de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer. Quienes desearon ser religiosos se prepararon fervientemente a servir a nuestro Padre del cielo. Quienes conocieron a sus cónyuges, trabajaron duramente para constituir sus familias. La vida avanza y mientras que tenemos deseos de seguir alcanzando metas ello significa que tenemos ganas de vivir, así pues, cuando creemos que no tenemos nada que hacer en este mundo porque hemos vivido el tiempo que teníamos que vivir, empezamos a tener problemas que necesitan ser tratados por un psicólogo. Los cristianos no olvidamos que todo lo que nos sucede en nuestra vida está encaminado a nuestra salvación.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros ante nuestro Abba, para que Él nos ayude a ser esos pobres espirituales de los que san Mateo nos habla en su Evangelio, las almas sencillas que viven de Dios, en Dios, y para Dios. Amén.

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