Meditación.
A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.
De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?
Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.
Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.
Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro. Mostrar todas las entradas
Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.
Meditación de LC. 5, 1-11.
San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.
Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.
La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.
Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.
Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.
Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.
Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.
Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.
El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.
Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.
A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.
¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?
San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.
El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.
Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.
Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.
El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.
Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.
Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".
¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?
No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.
De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.
Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.
Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.
joseportilloperez@gmail.com
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
Apostolado,
barca,
comunidad,
Evangelio,
evangelizar,
Genesaret,
gratuidad,
Iglesia,
Jesús,
lago,
Lucas,
Papa,
pastoralismo,
Pedro,
pescar,
predicar,
santidad,
servicio
Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.
En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).
¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?
Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.
Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.
Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.
San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.
San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.
Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:
1. Negarnos a nosotros mismos,
2. Tomar nuestra cruz, y
3. Caminar detrás de Jesucristo.
1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?
San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).
Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).
Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).
La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).
Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.
Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).
De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).
Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).
A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).
¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?
¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?
Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).
Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:
¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?
¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?
Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:
¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?
Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.
(MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).
2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?
Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.
Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).
Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).
Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).
"En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.
Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.
No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.
En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").
3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?
(1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.
En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).
¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?
Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.
Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.
Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.
San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.
San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.
Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:
1. Negarnos a nosotros mismos,
2. Tomar nuestra cruz, y
3. Caminar detrás de Jesucristo.
1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?
San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).
Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).
Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).
La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).
Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.
Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).
De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).
Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).
A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).
¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?
¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?
Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).
Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:
¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?
¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?
Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:
¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?
Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.
(MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).
2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?
Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.
Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).
Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).
Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).
"En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.
Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.
No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.
En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").
3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?
(1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
aborto,
amor,
Apóstoles,
católicos,
creencias,
cruz,
error,
fe,
Jesús,
Maestro,
misericordia,
necesidades,
obediencia,
Pablo,
pecado,
Pedro,
respeto,
servicio,
Trinidad
La confesión de Pedro y la institución del Papado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Aceptemos al verdadero Mesías. (Meditación del Evangelio del Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Aceptemos al verdadero Mesías.
Meditación de MC. 8, 27-35.
1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.
Estimados hermanos y amigos.
(MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.
Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.
Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.
Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.
Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
(MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?
¿Fue Jesús un revolucionario?
¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?
¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?
No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.
3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?
(MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.
4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.
(DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.
5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.
(MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.
Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.
Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.
Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.
Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).
Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.
6. Llevemos nuestras cruces dignamente.
(MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.
Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.
(MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.
Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.
Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.
Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Aceptemos al verdadero Mesías.
Meditación de MC. 8, 27-35.
1. Este es el tiempo en que tenemos la oportunidad de difundir la Palabra de Dios.
Estimados hermanos y amigos.
(MC. 8, 27). Meditemos el Evangelio correspondiente a este Domingo XXIV del Ciclo B del tiempo Ordinario, en base al método según el cual podemos interpretar los pasajes bíblicos, estudiando el contenido de los mismos, examinándolos desde el punto de vista de sus autores, y aplicándolos a las circunstancias personales, familiares y sociales que atañen a nuestra vida, es decir, utilicemos el método "Ver, juzgar y actuar", pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a interpretar el Evangelio de hoy, y que nos dé sabiduría, para aplicarlo a nuestra vida.
Cesarea de Filipo era una ciudad paganizada en la que eran adorados diversos dioses griegos incluyendo el mismo Baal. Este fue el lugar en que Jesús quiso ser reconocido por sus discípulos como Mesías, lo cual es importante para nosotros, porque en el medio en que vivimos existen más manifestaciones de incredulidad que de fe, y quizás no somos los cristianos que se espera de nosotros.
Donde más difícilmente podía ser esperada la difusión y el crecimiento de la fe, Jesús les pidió a sus discípulos que le manifestaran abiertamente la opinión que les merecía, con tal de ver si alguno de ellos lo reconocía como el Enviado de Dios, cuya venida había sido profetizada en las Sagradas Escrituras.
Quizás nos sucede que, cuando se nos presenta la posibilidad de dar testimonio de lo que Dios ha hecho en nuestra vida, no queremos hablar de Él, porque tenemos no ser comprendidos, e incluso esperamos ser rechazados. El mundo es el campo al que Dios nos ha enviado para que sembremos la esperanza característica de la fe que profesamos en el corazón de los hombres. Esto no solo requiere de una incansable actividad evangelizadora mediante la pronunciación de elocuentes discursos, pues en este terreno es necesario nuestro testimonio vital de cristianos comprometidos con la realización de obras acordes con la conducta del Dios en quien creemos.
Si queremos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque creemos en el cumplimiento de su designio, y deseamos que toda la humanidad viva en su presencia, necesitamos aplicar su Palabra a nuestra vida constantemente, tal como lo hicieron Jesús y los Santos. Para que la gente que nos rodea crea en Dios, no solo tenemos que afirmar que Él es bueno, pues necesitamos demostrarlo por medio de la realización de obras caritativas.
2. ¿Quién es Jesús para nosotros?
(MC. 8, 28-29). ¿Qué pensamos de Jesús?
¿Fue Jesús un revolucionario?
¿Fue el Hijo de María un hombre humilde que consagró los años de su Ministerio público a aliviar las dificultades de los necesitados?
¿Es Jesús el Enviado del Padre que fue Ungido por el Espíritu Santo para ser ejemplo a seguir por la humanidad, cuyas Pasión, muerte y Resurrección nos han merecido que nos hayan sido abiertas las puertas del cielo?
No creamos en Jesús teniendo en cuenta únicamente lo que piensen del Señor otras personas. Aceptemos a Jesús mediante el estudio de su Palabra mediante la cual podremos conocerlo plenamente, la aplicación de la misma a nuestra vida mediante la cual nos asimilaremos al Mesías en sus éxitos y fracasos, y la práctica frecuente de la oración, que nos ayudará a hablar con Nuestro Santo Padre, con el mismo amor con que le habló Nuestro Salvador, durante los años que vivió en Palestina. Dado que no podemos ver a Dios con nuestros ojos físicos, si no tenemos la experiencia de cómo actúa en nuestra vida, nos será imposible creer en Él.
3. ¿Nos adaptamos a la verdad de Jesús, o nos hemos creado una divinidad que tolera la maldad y se adapta a la consecución de nuestros intereses?
(MC. 8, 30). ¿Por qué Jesús quiso que sus amigos guardaran silencio con respecto a las palabras que pronunció Pedro? Dado que los seguidores del Señor no tenían pleno conocimiento del mensaje que Nuestro Señor predicó, ni de su obra salvadora, era conveniente que no revelaran el mesianismo de Jesús, para no contribuir más a su deformación que a la predicación de la verdad, dado que existía la creencia de que el Mesías debía aparecer repentinamente, y devolverle a Israel la gloria que dicho país tuvo, durante los reinados de David y Salomón. Jesús no vino al mundo como el Mesías triunfador que muchos de sus compatriotas anhelaban, pues lo hizo como el Siervo sufriente de Yahveh, que, mediante la mayor humillación, les concedió a sus creyentes la mayor glorificación.
4. Jesús es el Hijo del hombre profetizado por el vidente Daniel.
(DN. 7, 13-14). En la Biblia, las nubes representan la presencia y la majestad de Dios. En la visión de Daniel que estamos interpretando, Jesús aparece entre las nubes del cielo, probando su Divinidad. El anciano de días de quien se habla en el citado texto es Dios Padre, quien después de que aconteciera la Ascensión de Nuestro Salvador al cielo, lo hizo Rey de su Reino eterno. Es importante para nosotros comprender que Jesús fue hecho Rey como Hombre, pues, al ser Hijo de Dios, siempre fue Rey, pero la realeza que le fue concedida después de su Ascensión, es indicativa de que, si le somos fieles, podremos vivir en su presencia, cuando nuestra tierra forme parte de su Reinado.
5. Jesús les anunció a sus discípulos su Pasión, su muerte y su Resurrección. Pedro no quiso aceptar al Mesías sufriente, sino al Mesías triunfador.
(MC. 8, 31-33). Jesús tenía que ser rechazado por los saduceos y fariseos, los cuales eran las autoridades religioso-políticas de los israelitas, y sus formadores espirituales, lo cual constituía una gran humillación para los hermanos de raza de Nuestro Salvador. A pesar del rechazo que tenía que padecer, Jesús les aseguró a sus amigos que resucitaría al tercer día de su muerte.
Pedro no quería ver cumplido el propósito de Dios, si ello significaba que su Maestro tenía que sucumbir ante el poder de sus detractores. Pedro quería servir a un Mesías triunfador de sus enemigos, y no a un siervo humilde, cuyo sacrificio carecía de sentido desde su punto de vista, si consideraba que podía valerse del poder de Dios, para librarse de sus enemigos fácilmente.
Quizás nos sucede lo mismo que le aconteció a Pedro cuando supo del padecimiento que Jesús tenía que afrontar, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. Quizás creemos en un Dios capaz de salvarnos si le hacemos pequeños sacrificios, o si celebramos la Eucaristía dominical,como si la asistencia a la misma nos dispensara de actuar como cristianos fuera de los templos en que celebramos los Sacramentos, y de ayudar a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. La vida cristiana puede estar caracterizada por grandes esfuerzos y renuncias, pero Dios compensa a quienes le siguen fielmente.
Aunque Pedro fue el único que reprendió a Jesús para evitar que el Señor se pusiera a disposición de sus enemigos, sus compañeros discípulos de Jesús también tenían el mismo deseo de evitar el padecimiento del Hijo de María, pues ello era estéril a sus ojos. Jesús reprendió a Pedro enérgicamente ante sus compañeros, para exhortarlos a todos con tal que no intentaran impedir el cumplimiento de la misión por cuya existencia se hizo Hombre.
Recordemos que Satanás tentó a Jesús para que no actuara como el Siervo sufriente y glorificado de Yahveh, pero, a diferencia de los discípulos que quisieron evitar los padecimientos del Mesías por amor, el Demonio actuó impulsado por su odio a Dios y aquellos que creen en Él (MT. 4, 1-11).
Los futuros Apóstoles del Señor no tenían la tarea de convertirse en guías y protectores de Nuestro Salvador, pues tenían la misión de acompañarlo, primeramente en sus tribulaciones, y posteriormente en su gloria. Después de que Jesús fue ascendido al cielo y los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés, comprendieron perfectamente cuál era la razón por la que Nuestro Salvador se entregó voluntariamente a la muerte, y ello fue para los tales motivo para afrontar persecuciones y maltratos, y de alegrarse en los días en que Dios les hizo ver que su trabajo era fructífero.
6. Llevemos nuestras cruces dignamente.
(MC. 8, 34). Los romanos condenaban a morir crucificados a quienes se proclamaban reyes sin ser elevados a la realeza por los emperadores y a los criminales peligrosos. Los reos cargaban las pesadas cruces hasta el lugar en que eran ejecutados, pues así mostraban su sumisión a Roma. Jesús fue sentenciado a muerte por Pilato porque el Sanedrín lo acusó de proclamarse rey de los judíos. Jesús utilizó el símil de los reos condenados a morir portando sus cruces, para ilustrar el camino que debemos seguir sus seguidores.
Jesús no está en contra de la consecución de riquezas ni de la vivencia del placer, siempre que ello no nos impida cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.
Aunque no debemos amar el sufrimiento por sí mismo, necesitamos aceptarlo cuando tengamos que convivir con él irremediablemente, pues, en tal caso, en la incertidumbre característica de ciertos momentos e incluso de nuestro futuro, constataremos que se nos fortalece la fe, lo cual contribuye a disponernos a alcanzar la purificación necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
7. Entreguémosle nuestra vida a Jesús.
(MC. 8, 35). Salvar la vida en este mundo, consiste para muchos en conseguir riquezas sin importar el precio que ello suponga pagar y en disfrutar cuanto sea posible, lo cual en ciertas situaciones supone la pérdida de la vida eterna, que se gana teniendo fe en Dios, y demostrando la posesión de la citada virtud teologal, mediante la realización de obras benéficas. Si consideramos que la consecución de la vida eterna puede acarrearnos trabajos duros, persecuciones y sufrimientos difíciles de sobrellevar, nos percatamos de que nos es necesario tener fe verdadera en Dios, para ser dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Afrontar trabajos y sufrimientos con tal de que el Evangelio se extienda por el mundo mediante la predicación de la Palabra de Dios y la realización de obras caritativas, puede suponer la pérdida de esta vida mortal, y la ganancia de la vida eterna.
Vivir pensando en cumplir la voluntad de Dios en este mundo, no significa que carecemos de valor, sino que valoramos más a Dios que a nuestra vida. Ello no significa que tenemos que renunciar a la convivencia con los no creyentes en este mundo, pues se nos concede la oportunidad de demostrar que somos fieles hijos de Dios, sobre todo cuando no se nos comprende, e incluso se nos presiona para que despreciemos nuestras convicciones.
Muchos son los que se desprecian porque sienten que son pecadores irremediables, sin tener en cuenta que Jesús no nos pide que nos despreciemos, sino que le demos nuestra adhesión.
Démosle nuestra vida a Jesús, y pidámosle que nos halle dispuestos a acatar el cumplimiento de su voluntad, mientras recordamos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28-39).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
Baal,
bondad,
caridad,
Cesarea,
cristianos,
designio,
dioses,
discípulos,
Evangelio,
fe,
Filipo,
griegos,
insistencia,
Marcos,
Mesías,
obras,
Pedro,
persistencia,
politeísmo,
voluntad
¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Domingo II de Cuaresma del ciclo B.
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?
Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.
Lectura introductoria: ROM. 8, 17.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.
Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.
Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.
Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.
Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.
Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.
Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.
A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.
Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.
Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?
Oremos:
Espíritu Santo:
Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.
Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.
Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.
Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.
Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.
Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.
Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.
Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.
Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.
2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 9, 1-9.
3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.
En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).
3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).
“El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).
3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).
Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.
Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.
3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).
La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).
Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.
3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).
Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.
Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.
Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.
Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.
También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.
También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.
También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.
También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.
Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.
La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.
Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.
3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).
Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.
3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).
Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.
3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).
Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.
Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.
3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?
¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?
¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?
¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?
¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?
3-2.
¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?
¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?
3-3.
¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?
¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?
¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?
¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?
¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?
3-4.
¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?
¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?
¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?
¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?
3-5.
¿Qué representa Moisés?
¿A quiénes representa Elías?
¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?
¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?
¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?
¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?
¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?
3-6.
¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?
¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?
¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?
¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?
¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?
¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?
¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?
¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?
¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?
¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?
¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?
¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?
¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?
¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?
¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?
¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?
¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?
3-7.
¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?
¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?
¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?
3-8.
¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?
¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?
¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?
3-9.
¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?
¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.
6. Contemplación.
Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.
Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.
Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.
Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.
Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.
No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.
Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.
Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.
9. Oración final.
Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)