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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.

   Meditación de MAL. 3, 19-20A

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.

   Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).

   La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.

   ¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.

   Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.

   ¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.

   El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.

   En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).

   ¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).

   ¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).

   Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.

   Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.

   ¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?

   ¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?

   Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.

   No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.

   Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:

   ¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.

joseportilloperez@gmail.com

La fortaleza de Jesús. (Meditación del Evangelio del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. La fortaleza de Jesús.

   Meditación de LC. 4, 21-30.

   "1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.

   2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".

   ¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?

   ¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?

   3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.

   Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.

   4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".

   ¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?

   La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.

   5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.

   6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.

   Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.

   7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?

   8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.

   ¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!

   ¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?

   Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
   "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).

   Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.

   ¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?

   Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).

joseportilloperez@gmail.com

Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Ciclos A, B y C.

   Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.

   Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.

   En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.

   Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.

   Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.

   Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.

   Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.

   Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.

   Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.

   Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.

   Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.

   Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).

   Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 5, 1-12A.

   3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).

   Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.

   Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.

   Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.

   Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.

   Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.

   Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.

   Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.

   3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.

   Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).

   Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).

   3-3. Los mansos (MT. 5, 4).

   Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).

   3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).

   Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.

   Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.

   Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.

   3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).

   Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.

   3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).

   Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.

   3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).

   La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).

   3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).

   Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.

   Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.

   3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).

   En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.

   3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).

   Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.

   El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).

   Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).

   Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).

   Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).

   Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).

   Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).

   3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
   2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
   3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
   4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
   5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
   6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
   7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
   8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
   9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
   10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
   11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
   12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
   13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
   14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
   15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?

   3-2.

   16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
   17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
   18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
   19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
   20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
   21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
   22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?

   3-3.

   23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
   24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
   25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
   26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?

   3-4.

   27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
   28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
   29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
   30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
   31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?

   3-5.

   32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?

   3-6.

   33. ¿Qué es la misericordia?
   34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
   35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?

   3-7.

   36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
   37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
   38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
   39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?

   3-8.

   40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
   41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
   42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
   43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?

   3-9.

   44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
   45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
   46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
   47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
   48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?

   3-10.

   49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
   50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
   51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
   52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
   53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
   54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
   55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
   56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
   57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
   58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.

   Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Meditación del capítulo 11 del libro de los Números. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

    Meditación.

   Meditación del capítulo 11 del libro de los Números.

   (NM. 11, 1-3). ¿Cómo se explica el hecho de que se encendiera la ira de Dios contra su pueblo? Muchos predicadores, al constatar que la fe cristiana se extingue en su entorno, les transmiten a sus oyentes y/o lectores una idea considerada absurda por muchos creyentes: "Dios no castiga a nadie". Tales predicadores utilizan la citada idea porque, al extinguirse prácticamente la creencia en el infierno en su entorno, temen ser tratados como líderes sectarios, y, en consecuencia, temen que se les rechace.

   En la Biblia se nos demuestra claramente que Dios nos castiga aunque por fe vemos que ello no es lógico, así pues, Jesús, Nuestro Redentor, el Señor que murió por amor a sus hermanos los hombres de todos los tiempos, le dijo a San Juan Apóstol y Evangelista, que les escribiera a los cristianos de Laodicea: (AP. 3, 19).

   En el fragmento del libro de los Números que recordamos al iniciar esta meditación, vimos un claro ejemplo del ejercicio de la justicia de Dios con respecto a los carentes de fe. Los hebreos habían visto muchas demostraciones del poder de Dios en favor de ellos, pero, aún así, no podían creer en el Todopoderoso. Dios hizo que parte del campamento de su pueblo fuera consumido por el fuego, con el fin de demostrarles a los hebreos que ellos vivían porque quería que conquistaran la tierra que les prometió a los Patriarcas que les daría tanto a ellos como a sus descendientes.

   Por su parte, Moisés, como buen predicador de justicia, volvió, una vez más, a interceder ante Dios, en favor de su pueblo rebelde. Dios ha querido que, tanto los judíos como los cristianos, intercedamos por quienes incumplen la Ley divina, con el fin de que el citado hecho nos haga desear vivir constatando el aumento de la familia de Nuestro creador.

   (NM. 11, 4). Lógicamente, si Dios extinguió el fuego que comenzó a arrasar el campamento de los hebreos, ellos, por su parte, al recordar la gran cantidad de prodigios que el Todopoderoso hizo en el pasado en su beneficio, en vez de desesperarse por causa de su deseo de comer carne, deberían haber supuesto que el mismo Dios solventaría su problema, en el tiempo que lo considerara oportuno.

   Si somos capaces de comprender lo que debían haber hecho los hebreos cuando desearon comer carne en el desierto, también deberíamos comprender que, cuando tengamos problemas que no podamos resolver por nuestros propios medios, deberemos esperar a que Dios solvente los mismos, ya que no debemos creer, bajo ninguna circunstancia, que Nuestro Padre común nos ha desamparado.

   Quizás puede decirse con respecto a los hebreos: "Es comprensible el hecho de que los hermanos de raza de Moisés desearan comer carne, dado que estuvieron siendo alimentados con el maná celestial durante cuarenta años". A raíz de esta meditación, debemos preguntarnos: ¿Es creíble el hecho de que los hebreos sobrevivieran a un período de hambre de cuatro décadas? Al responder negativamente la pregunta que nos hemos hecho bajo la lógica más elemental, debemos preguntarnos;: ¿Era el maná suficiente para satisfacer el hambre de los hebreos? (ÉX. 16, 4). Según el Dios de quien San Pablo escribió en TT. 1, 2 que no puede mentir, los hebreos, -exceptuando los sábados, dado que los viernes habían de recoger una ración doble-, debían recoger su ración diaria de maná, pues el citado alimento les había de servir para satisfacer su hambre.

   También con respecto a nosotros, se puede decir:

   -La pobre ana no puede soportar la rebeldía de sus hijos.

   -María está desesperada porque su enfermedad la está matando...

   A pesar de ello, no hemos de olvidar los versículos bíblicos que recordamos con mucha frecuencia los lectores de Padre nuestro: (1 COR. 10, 13).

   Con respecto a los pobres, les es aplicable el siguiente fragmento del Deuteronomio: (DT. 8, 1-6; 11, 5-15). Los hebreos le dijeron a Moisés que en Egipto comían gratuitamente, pero, ¿eran verdaderas esas palabras? Los hebreos no fueron alimentados en Egipto gratuitamente, pues se les proporcionaba comida para que pudieran realizar su trabajo. A veces debemos distinguir a quienes nos quieren como amigos y a quienes sólo piensan en nosotros únicamente para que los beneficiemos. De igual manera, se engañan a sí mismos quienes afirman que el alcohol o el tabaco los sacan de su rutina, pues, a largo plazo, esos vicios acaban siendo perjudiciales, tanto para ellos como para sus familiares.

   Por causa de ciertos problemas que he tenido a la hora de predicar, comprendo perfectamente lo que le sucedía a Moisés cuando se sentía impotente al no poder solventar todos los problemas que el pueblo le planteaba. Durante los años que he predicado tanto presencialmente en algunas iglesias como en la red, cuando mis reflexiones han gustado, pocos han sido los que me han felicitado, pero me asaltan grandes cantidades de personas reclamándome que justifique las leyendas negras de la historia de la Iglesia, que les dé la solución más económica y rápida para divorciarse, que les explique de una forma convincente para ellos por qué la Iglesia no desea que sus hijos mantengan relaciones sexuales fuera del ámbito matrimonial... En general, pocos son los que reconocen la labor que la Iglesia hace en el mundo a pesar de los errores que algunos de sus hijos han cometido desde la fundación de la misma hasta nuestros tiempos actuales, pero son muchos los que, al recordar esos errores, nos satanizan a todos los católicos, como si nosotros hubiéramos inventado las formas más refinadas de practicar el mal.

   Recordemos unas palabras que Dios le dijo a Jeremías: (JER. 15, 19).

   A Moisés le sucedió justo lo contrario que Dios le dijo a Jeremías que hiciera, es decir, la presión que sus hermanos de raza ejercieron brutalmente sobre él, acabó por desesperarlo.

   Recordemos que el hecho de ser incapaz de mantener la fe ante la presión que los hebreos ejercieron sobre el Profeta que Dios designó para que les concediera la libertad en su nombre, le costó a Moisés la imposibilidad de entrar en la Tierra prometida. Yo pienso que Moisés no entró en la tierra prometida por haber perdido la fe, sino porque Dios decidió que Josué ocupara su puesto, para que el citado Profeta pudiera morir, y descansar así de sus trabajos, pero, no obstante, la experiencia de Moisés nos enseña a no bajar la guardia nunca jamás en la vivencia de nuestra fe (ÉX. 17, 1-7. NM. 20, 10-13).

   Si los predicadores nos gloriamos cuando conseguimos inculcarle nuestra fe a alguna persona, debemos ser humildes, y, si hemos fracasado en alguna ocasión en nuestros intentos de evangelizar a alguien, tenemos que reconocer nuestro fracaso, pues no sabemos si el mismo se debe a nuestra incapacidad para predicar, o si ha sido causado porque nuestro oyente aún no está destinado a tener fe en el tiempo en que le predicamos, o si el mismo rechaza nuestras creencias. Con respecto a mí, si en la red soy muy querido después de haber batallado durante varios años incluso con católicos que me han considerado pecador imperdonable por predicar en un medio difusor de imágenes pornográficas (Internet), como ya os he dicho en otras ocasiones, fracasé estrepitosamente en una pequeña Iglesia española, en la que trabajé durante unos tres años aproximadamente, así pues, fui un fracaso tanto como catequista como ayudante de las mujeres que se veían forzadas a ejercer de catequistas sin fe ni vocación, con tal de que sus hijos pudieran recibir a Jesús por primera vez. Aunque durante algún tiempo me sentí culpable del citado fracaso, esa herida se me cerró, porque, suponiendo que yo fuera un fracaso como predicador, el hecho de temer que dicho templo sea cerrado, me hace constatar que ni los sacerdotes que han pasado por mi pueblo durante varias décadas, han podido crear una comunidad parroquial activa. Actualmente, sólo asisten a las celebraciones eucarísticas unas cinco o seis personas, y el templo permanece cerrado el resto de la semana.

   La parte positiva de aquel fracaso, fue que se me planteó la posibilidad de que mi pueblo me hiciera perder totalmente la fe, aunque, gracias a Dios, no sólo no perdí la citada virtud teologal, sino que se me fortaleció la misma.

   (NM. 11, 16-17). Como sabéis, no todas las denominaciones cristianas creen que el Espíritu Santo es una Persona. Algunos de nuestros hermanos separados creen que la tercera Persona de la Santísima Trinidad no es más que la fuerza física de Dios. Para afianzar a sus adeptos en esta creencia, dichos cristianos dicen que, si el Espíritu que fortalecía a Moisés se dividió en partes proporcionales entre el citado Profeta y los setenta ancianos de Israel, ello demuestra que el Paráclito es una fuerza física, dado que, de ser una Persona, no se podría "trocear" para ser repartida entre los citados siervos del Altísimo. Lo que nos dice Moisés, el autor del libro de los Números, es que Dios dividió proporcionalmente el poder que  Moisés recibió del Paráclito entre el citado Profeta y dichos ancianos, con el fin de que el hermano de Aarón y de Myriam no soportara todo el peso de los problemas de su pueblo (NM. 11, 18-34).

   A pesar de que Moisés había visto cómo Dios separó las aguas del mar Rojo para que su pueblo no fuera alcanzado por el ejército de Ramsés II, le costaba un gran esfuerzo el hecho de creer que Dios podía alimentar a su pueblo durante un mes. Este hecho nos da la oportunidad de examinar nuestra fe, pues puede suceder que creamos que la misma es más grande de lo que es realmente.

   Josué se alarmó cuando vio que los dos ancianos designados para formar parte del grupo de los setenta profetas profetizaban por su propia cuenta. Yo, como predicador, tengo que poner todos los medios que estén en mis manos al servicio de quienes deseen predicar el Evangelio, y no debo trabajar para que vosotros me consideréis el único predicador predilecto de Dios, como si no hubiera más cristianos y mucho más aptos que yo para predicar el Evangelio. Seamos humildes, mejoremos nuestro conocimiento de Dios, y reconozcamos nuestras limitaciones, potenciando el hecho de que haya más gente apta para dar a conocer nuestra fe, pues no debemos creernos dueños de la verdad.

   Aprovecho la ocasión que me brinda esta meditación para pedirles a los sacerdotes que no permiten que ningún laico les ayude a realizar su trabajo ni dejan que los mismos participen en las celebraciones eucarísticas leyendo la Palabra de Dios que cambien de actitud, pues es conveniente que el mundo vea que la religión nos compete a todos, independientemente de que seamos religiosos o laicos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es el justo por antonomasia. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El camino de la cruz y de la gloria.

   1. Jesús es el Justo por antonomasia.

   Meditación de SB. 2, 12. 17-20.

   Estimados hermanos y amigos:

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que celebramos este Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B, vislumbramos la razón por la que grandes personajes del Judaísmo y el Cristianismo, incluyendo a Jesús, fueron perseguidos y asesinados, porque con su conducta denunciaban la manera de proceder de quienes se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. En el citado texto del libro de la Sabiduría, leemos: (SB. 2, 12).

   Jesús les resultó incómodo a los saduceos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció cómo muchos de los tales procedían sin escrúpulos con tal de aumentar su poder, riqueza y prestigio, y también les resultó bastante molesto a los fariseos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció su afán de protagonismo, y la hipocresía con que aparentaban un nivel de santidad, que no deseaban alcanzar.

   En nuestro tiempo hablamos mucho del respeto a las diferentes ideologías existentes, porque vivimos en un mundo en que debemos aprovechar la diversidad existente para unirnos, y no para vivir cada día más distanciados unos de otros, porque el Señor espera de sus fieles que evangelicemos a la humanidad. Nada nos impide hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vincularnos a quienes no profesan nuestra fe aprovechándonos de lo que nos une a los tales, pero es preciso que nos cuidemos de dejar de cumplir la voluntad de Dios. Somos defensores de la vida, y creemos que nuestra existencia está encaminada a que alcancemos los dones y virtudes que nos son necesarios para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, así pues, ello es lo que nos hace diferentes de quienes no aceptan al Dios Uno y Trino, y por ello no comprenden nuestra dedicación al estudio y a la oración, ni los esfuerzos que hacemos, para alabar a Dios, y alcanzar la perfección que anhelamos.

   Los siguientes versículos de la primera lectura de hoy que vamos a recordar, nos traen a la memoria la Pasión y muerte de Jesús (SB. 2, 17-20).

   A pesar de que por la fe que profesamos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, muchos de entre quienes lo vieron azotado y crucificado, debieron pensar: Si las palabras que pronunció Jesús en sus discursos son reales, ¿cómo permite Dios que este Profeta termine sus días siendo tratado como un hombre marginado socialmente?

   Si Jesús es Hijo de Dios, ¿por qué no lo libró Yahveh de caer en manos de sus enemigos?

   ¿Por qué permitió Dios que Jesús fuera afrentado y sometido a una dura prueba por quienes intentaron hacer llegar al Mesías al límite de su resistencia?

   ¿Sería posible creer el primer Viernes Santo, ante Jesús maltratado y moribundo, que realmente Dios se apiadaría del Mesías?

   Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, y les restableció la fe a sus Apóstoles, los tales debieron recordar cómo fueron perseguidos y asesinados grandes personajes del Antiguo Testamento, por reflejar en su vida la actitud de Nuestro Salvador. Cuando comprendieron el significado de la cruz, los Apóstoles del Señor, no solo aceptaron el sacrificio de su Maestro, sino que se mostraron dispuestos a ser torturados hasta morir, si ello era necesario, con tal de contribuir a la realización del designio divino de salvar a la humanidad.

   Los grandes ejemplos de fe viva no se extinguieron a partir del día en que fue escrita la última página del Apocalipsis, -el último libro de la Biblia-, pues, aunque los grandes ejemplos de heroísmo silencioso no destacan tanto como la tiranía de quienes carecen de escrúpulos, no podemos dejar de sorprendernos, quienes tenemos la oportunidad de conocer a quienes son capaces de transmitir fe, determinación para superar el dolor, optimismo y alegría, a pesar de los padecimientos a que sobreviven estoicamente.

   Quienes amaban a Jesús y lo vieron morir en el Gólgota, debieron preguntarse muchas veces cómo fue posible que Dios viera fallecer a su Unigénito y no lo evitara, y nosotros, cuando pensamos en quienes están enfermos, carecen de dádivas espirituales y/o materiales, y viven desamparados, nos preguntamos cómo es posible que Dios permita que los tales vivan tan difíciles situaciones.

   Se nos ha dicho que el dolor tiene un importante sentido redentor, y, quienes lo hemos padecido, hemos constatado que, si aprendemos a convivir con él cuando no podemos evitarlo, nos ayuda a crecer a nivel espiritual. Se nos ha dicho que lo que no mata fortalece, y que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. No se trata de amar el dolor por sí mismo, sino de aprender a convivir con él cuando no tengamos más remedio que sobrellevarlo, evitando en cuanto nos sea posible pasar el tiempo quejándonos, para que así podamos aprovechar todos los bienes que Dios nos concede.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros. (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.

   (HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?

   Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).

   Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?

   Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...

   (IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.

   (IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).

   Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).

   Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).

   Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).

   (SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.

   (SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.

2. Los milagros.

   La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.

   En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.

   Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.

   Meditación de MC. 1, 12-13.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).

   Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.

   Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.

   El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.

   Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.

   En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).

   Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.

   Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.

   El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.

   Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.

   Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.

   En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.

   Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.

   En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.

   A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).

   A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.

   San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.

   El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.

   Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.

   La Alianza del arco iris.

   En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.

   La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.

   El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.

   (GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.

   He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?

   ¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).

   Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.

   (GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.

   Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.

   (GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.

   (GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.

   Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:

    1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.

    2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.

    El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.

   Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.

   Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).

   (GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.

   Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.

   En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio.

   Estimados hermanos, amigos y simpatizantes:

   Las lecturas que la Iglesia nos propone para que meditemos en este Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos sugieren la posibilidad de hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué significa para nosotros la conversión al Evangelio? El hecho de convertirnos al Evangelio, significa para nosotros un cambio radical de mentalidad, que, según lo llevamos a cabo, nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. A pesar de que la grandeza del amor del Dios Uno y Trino es ilimitada, sucede que para nosotros es difícil el hecho de vivir continuamente dispuestos a obedecer a Nuestro Creador.

   ¿Qué imagen de Dios tenemos? Mientras que muchos de nuestros hermanos ven en Dios a un Padre de quien se acuerdan cuando le necesitan y se olvidan de Él cuándo se sienten felices, otros ven en Dios a un Juez terrible e implacable, de quien piensan que sólo vive para castigar su imperfección. Es necesario que no nos rijamos por ninguno de los extremos citados, y que pensemos que, de la misma manera que no debemos abusar de la ilimitada bondad de nuestro Santo Padre, la justicia divina ha de llevarse a cabo, tanto para que el Dios Uno y Trino sea glorificado, como para que, quienes han sufrido y sufrirán persecuciones por causa de su fe, y todos los maltratados injustamente a lo largo de la historia de la humanidad, encuentren una respuesta satisfactoria, que les haga comprender, que sus sufrimientos no han sido inverosímiles.

   Si queremos evitar dejar a medias el proceso de nuestra conversión a Dios, debemos acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma.

   ¿Cuál es el momento de nuestra vida apropiado para que abracemos la fe que nos caracteriza? Dado que a lo largo de los años que vivimos, siempre tenemos cosas que hacer, este es el preciso momento en que hemos de acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma. Si en este instante en que leemos esta meditación no nos entregamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, porque nos dejamos llevar por nuestras circunstancias vitales, nos exponemos a perder la oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, porque, a nuestro juicio, siempre tendremos razones lo suficientemente equilibradas, como para evitar el hecho de entregarle nuestro corazón al Dios que tanto nos ama.

   Muchos de mis lectores me escriben diciéndome que no tienen tiempo para perfeccionar su conocimiento de Dios, porque tienen que dedicarle muchas horas a su trabajo. Sé que muchos pobres y discapacitados no tienen más remedio que emplear toda su fuerza física y mental para conservar su trabajo, pues, desgraciadamente, por su situación, si pierden el empleo, se exponen a la pobreza, pero a pesar de ello, quienes quieran conservar su fe, porque sientan que Dios forma parte de su existencia, ¿cómo no le dedicarán unos minutos al día tanto a la oración, como a la lectura pausada de la Biblia?

   En el libro del Eclesiastés, leemos (Eclesiastés, 5, 11-14). Si nuestra conversión al Evangelio es completa, le permitimos a Dios que llegue a ser el centro de nuestra vida, pues, Jesús, -Nuestro Hermano y Señor-, nos dice (MT. 10, 34-39).

   ¿Cómo es posible que Dios nos exija que le amemos más que a nuestros familiares? Dado que Nuestro Padre común es la personificación de la plenitud del amor, solo si le dejamos que llegue a ser el centro de nuestra vida, podremos aspirar a ser sus imitadores, para que se cumplan en nosotros, las siguientes Palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   La necesidad de convertirnos a Dios, puede ser comprendida, y vista con gran urgencia, si consideramos que, el Reino de Dios, en vez de ser la utopía en que piensan quienes se sienten fracasados, es una realidad que Nuestro Santo Padre extiende por el mundo, de la misma manera que, una semilla muy pequeña, como el grano de mostaza, llega a florecer, y a crecer considerablemente, sin que apenas reparemos en ello.

   (LC. 17, 20-21). ¿Qué pruebas tenemos de que el Reino de Dios está entre nosotros, y de que somos miembros del mismo? La historia de la Iglesia, marcada por la práctica del bien, el efecto del pecado, y las huellas de las persecuciones que ha sufrido la institución de Jesucristo, es una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros, así pues, si queremos sentirnos integrados en el Reinado de Dios, debemos experimentar la plenitud de la salvación, al mismo tiempo que debemos esforzarnos para que nuestros prójimos también experimenten la glorificación divina.

   Es verdad que la plenitud de la dicha solo será alcanzada por nosotros cuando Dios extermine las miserias que actualmente azotan a la humanidad, pero, a pesar de ello, en los minutos que leemos esta meditación, podemos sentir la salvación divina, una dádiva que experimentamos por la fe que nos caracteriza, una realidad de carácter sobrenatural, que, para que podamos sentir verdaderamente que la experimentamos, requiere que tengamos la luz y los medios necesarios para solventar nuestras dificultades actuales.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos conceda medios y sabiduría para que, el exterminio del hambre en el mundo, sea un símbolo de la abundancia característica de su Reino.

   Pidámosle a nuestro Padre común que nos dé sabiduría y medios para trabajar por la extensión de su Palabra y la culturización de los más indefensos de este mundo.

   Pidámosle a Dios que nos haga caritativos y así podamos evitar el aislamiento de quienes viven en la más profunda soledad.

   Pidámosle a Dios que no permita que nos dejemos arrastrar por el concepto erróneo que nos induce a valorarnos por las posesiones que tenemos, y no por quienes somos.

   Pidámosle a Dios que nos conceda la sencillez de los niños y la sabiduría de los adultos en la fe, para que así podamos integrarnos en su Reino de amor, paz y justicia.

   La conversión al Señor, nos exige que pongamos todos nuestros bienes materiales y espirituales al servicio de la realización de la obra de Dios. Cuanto mayor sea nuestra entrega al cumplimiento de la voluntad del Creador del universo, mayor será la satisfacción que tendremos de haber hecho el bien.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión (MT. 5, 1-12), está caracterizado por la esperanza que deben tener los pobres y débiles en que Nuestro Padre común concluya el cumplimiento de sus promesas. A quienes apenas tienen lo estrictamente necesario para vivir, y a quienes carecen de fuerzas para mantenerse vivos, Jesús, en el Evangelio de hoy, les dice que su permanencia en el Reino de Dios es un regalo divino, pero, al mismo tiempo, también es la tarea de construir una sociedad justa, en la que todos ellos, en conformidad con su realización personal, constaten el continuo crecimiento de su fe. Recordemos, -estimados hermanos, amigos y simpatizantes-, los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 12; 1 COR. 1, 25-31).

   Los pobres deben evitar el hecho de dejarse arrastrar por la ambición desmedida que puede hacerles desear tener la oportunidad de aplastar a quienes pueden estar empobreciéndoles, y desear hacer todo lo que esté a su alcance, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, una sociedad en la que no existirán clases marginales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación de MT. 5, 1-12A.

   Nota: El ejercicio de lectio divina correspondiente al texto evangélico que meditaremos en esta ocasión, puede solicitárseme escribiéndome a
joseportilloperez@gmail.com
o leerse en la sección de mi blog, de la Solemnidad de Todos los Santos.

   1. El sermón de la montaña se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo. Las Bienaventuranzas son un resumen del citado sermón, sin el que las mismas carecen de significado. Las Bienaventuranzas pueden ser observadas como las recomendaciones que Nuestro Señor nos hace para que anhelemos la santidad. Para que podamos vislumbrar esquemáticamente el programa de nuestra vivencia cristiana, es conveniente que recordemos el siguiente texto de San Pablo: (1 COR. 13, 1-8a).

   2. Si creemos que somos prepotentes o que somos unos fracasados, evitamos el hecho de convertirnos a Nuestro Padre y Dios, así pues, San Lucas define la primera Bienaventuranza en su segunda obra en los siguientes términos: (LC. 6, 20-21A). El compañero de peregrinación de San Pablo, sin la pretensión de plasmar en su Evangelio un estudio teológico profundo con respecto a las frases con que Jesús inició su sermón del monte, nos dice que todos los pobres, sólo por carecer de los recursos que necesitan para vivir, y por dejarse enriquecer por Dios cuando acontezca la Parusía de Cristo para que todos podamos creer que Dios tiene poder para extinguir nuestras carencias, son bienaventurados o dichosos. La misión que tienen los pobres y los enfermos en este mundo le inspiró a Isaías las siguientes palabras: (IS. 26, 8-9).

   San Mateo, al hablarnos de la pobreza en su inicio del sermón del monte, nos hace reflexionar sobre la sencillez del espíritu (MT. 5, 3). La pobreza o sencillez espiritual consiste en sentirnos pequeños para que así podamos amar y desear la grandeza con que Dios nos coronará el día en que Cristo venga a nuestro mundo a concluir la obra que el Padre le encomendó. La pobreza espiritual no ha de ser confundida con la sumisión total con respecto a quienes desean explotarnos, así pues, muchas madres, basándose en su sencillez, les conceden a sus hijos todos los caprichos que les son posibles, y no se percatan de que, al hacer eso, lo único que logran, es ser manipuladas por ellos, y que sus descendientes, en un futuro no muy lejano, maltraten a sus mujeres, al exigirles que actúen como sus progenitoras lo hicieron siempre. Cuando Jesús envió a sus Apóstoles delante de él para que anunciaran la Palabra de Dios, alimentaran a los hambrientos y sanaran a los enfermos, les dijo las palabras expuestas en MT. 10, 16.

   Los pobres espirituales son conscientes de que no se pueden comparar con Dios, pero, al dejarse instruir por Nuestro Maestro, intentan aplicarse las siguientes palabras del Mesías con el corazón henchido de gozo (MT. 5, 13-14). Jesús dijo en su sermón del monte, estas palabras: (MT. 7, 24-25).

   En virtud de la misericordia de Dios y de la grandeza de los pobres de espíritu, el Salmista escribió, las palabras que encontramos en SAL. 9, 11, y 37, 25.

   Jeremías, el segundo de los Profetas mayores, en su aflicción, oraba para no perder la esperanza en Yahveh (JER. 15, 16).

   El mayor ejemplo de pobreza es Jesús, el Señor, pues Jesús dijo cuando se encarnó en Santa María, las palabras expuestas en HEB. 10, 7).

   3. Isaías nos transmite un consolador mensaje de Nuestro Padre común (IS. 25, 8).

   San Lucas nos dice con respecto a la segunda Bienaventuranza: (LC. 6, 21 b). Podemos entender las palabras del citado doctor perfectamente si recordamos que, en su breve exposición de las Bienaventuranzas, no cesó de alentar a los pobres, pues él no profundizó tanto en el estudio de las mismas como lo hizo San Mateo, el cual ignoró los ayes, las consecuencias que, de forma simbólica, tendrán que sufrir quienes no vivan bajo el influjo del espíritu de las Bienaventuranzas. Aunque parece que el texto del Evangelista es surrealista al ser leído en el tiempo en que la mayor parte de los habitantes de la tierra sufren carencias muy graves, el autor de los Hechos de los Apóstoles, sigue afirmando que, los ancianos que se sienten solos, los niños abandonados, las viudas, quienes padecen depresión, y todos los que sufren por cualquier causa, podrán reír cuando acontezca la Parusía de Cristo Rey, porque Él les extirpará sus miserias. Cuando Jesús bendice a quienes lloran, no hemos de entender que les dice que se limiten a gemir hasta que los libre de la adversidad, así pues, el Señor nos da medios suficientes para que luchemos para remediar nuestras carencias, en conformidad con nuestra fe, y, nuestra capacidad de producir frutos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo. Todos conocemos a más de una madre crucificada que sólo sabe hacerse amar presumiendo de que les ha entregado su vida a sus hijos, y, ellos, aunque la adoren, tienen que soportar la incomodidad de que ella les diga a todos sus conocidos que sus descendientes la desprecian. Los pobres en el espíritu, los que lloran en sus estados adversos sin perder la esperanza de vivir en un mundo mejor que ellos mismos han de crearse con la ayuda de Nuestro Padre común, no han de presumir de su bondad, pues ocuparán todo su tiempo en ejercitar los dones y virtudes que han recibido del Espíritu Santo, pues ellos, viven en Dios, viven de Dios, y viven para Dios.

   San Mateo nos expresa el sentido espiritual de la segunda Bienaventuranza: (MT. 5, 4). Dios consolará a quienes lloran porque padecen las consecuencias de sus carencias materiales y espirituales. Tanto Lucas como Mateo no se refieren a quienes lloran porque les gusta ser sobrestimados constantemente, sino a quienes lloran más allá de la tristeza, con el corazón henchido de esperanza, porque han aprendido a creer que, su Dios, hará realidad sus más profundas aspiraciones. Como os dije anteriormente, no debemos ser prepotentes, pero tampoco debemos creer que somos desgraciados, por consiguiente, San Lucas, en su Evangelio, nos dice que es necesario que seamos pobres y que lloremos en sentido espiritual, así pues, el Evangelista de la misericordia, escribió en su primera obra, los siguientes ayes: (LC. 6, 24-26).

   Las palabras del Maestro pueden molestar a los indecisos y a quienes no aceptan nuestra doctrina cristiana, pero nosotros sabemos que sólo existe un camino para alcanzar la cumbre de la felicidad.

   Yo no soy partidario de la aplicación de la pena de muerte ni de la aplicación de ninguna clase de tortura, pero sólo Dios podrá hacer que jamás conozcamos más casos de madres que tiran a sus bebés en contenedores de basura ni otras injusticias semejantes, pues, Dios, al conocer la causa por la que se cometen semejantes actos, solventará nuestras carencias, para que podamos vivir en un ambiente de paz y concordia. Entre 7 y 8KM del pueblo en que vivo, el pasado Domingo, un hombre de 21 años, le asestó siete puñaladas a su esposa, y se sabe que la estranguló, porque la joven, de 22 años, fue encontrada en un garaje con el rostro desfigurado, con un cordón atado al cuello. El aspecto de la joven era parecido al del Varón de dolores el día en que el Mesías fue crucificado, según la Profecía del primero de los Profetas mayores (IS. 53, 2).

   No derramar las lágrimas de las que nos hablan los Hagiógrafos, significa para nosotros ser insensibles desconocedores del dolor humano, como si ello no nos afectara de ninguna manera.

   4. (MT. 5, 5). Qué paradójico es el hecho de hablar de la humildad en la sociedad que ha establecido un límite de competitividad que sobrepasa todo sentimentalismo, de forma que son muchas personas las que están capacitadas para hacer cualquier cosa por escalar un puesto mejor al que tienen actualmente sin escrúpulo alguno que les haga compadecerse de quienes no tienen oportunidades o, mejor dicho, amistades que les eleven a una categoría semejante a la que desean obtener. Son humildes quienes se dan a sí mismos, desinteresadamente, a servir a Dios en las personas de sus prójimos, especialmente en aquellos de quienes quizá sólo pueden recibir un poco de gratitud con mucha suerte.

   5. (MT. 5, 6). Nosotros hemos sido llamados a ser santos, así pues, hemos de cuidar nuestros deseos para que hasta nuestros pensamientos, según la medida de nuestras escasas posibilidades de gestionar los mismos, sean correctos, según los Mandamientos divinos. Los humildes se caracterizan por su capacidad de no sucumbir ante la adversidad (SAL. 16, 7-8).

   6. (MT. 5, 7; SAL. 112, 1-9). La palabra misericordia expresa una gran belleza en su significado, pues nos insta a entregarle nuestro corazón a Dios, en el servicio de nuestros hermanos los hombres.

   7. (MT. 5, 8). Isaías escribió que, el día en que Cristo Rey venga a encontrarse con nosotros, acaecerá lo expuesto, en IS. 11, 9-11; 1 JN. 3, 19-24.

   8. (MT. 5, 9). Nuestro Padre común les ofrece agua a los sedientos, comida a los hambrientos, salud a los enfermos, y riquezas espirituales a los pobres, pero, a quienes trabajan por el establecimiento de la paz en el mundo desde el interior de los hombres, les llama hijos suyos, no con la intención de hacernos saber que ellos son sus únicos hijos, sino destacando el esfuerzo que hacen constantemente para apresurar la venida de Cristo Rey (EF. 1, 2). La paz divina sólo la consiguen quienes siguen el ejemplo del autor de la Carta a los Gálatas, pues él les escribió a sus lectores de la comunidad cristiana que fundó en Galacia, las palabras que encontramos, en GAL. 2, 20.

   9. (MT. 5, 10-12). Quienes leéis mis meditaciones desde hace varios años, os habéis percatado probablemente de que, siempre que escribo algún comentario de las Bienaventuranzas de San Mateo, me gusta unir los versículos en los que el Hagiógrafo sagrado nos habla de las persecuciones que han de caracterizar la vida de los justos. El cantante Julio Iglesias canta una canción en cuyo estribillo afirma: "La gente tira a matar si no volamos muy alto". Mirad lo que escribió San Lucas, en LC. 6, 26. San Mateo nos dice, las palabras expuestas en MT. 5, 12b). ¿Recordáis cómo murió el Diácono San Esteban? (HCH. 7, 59). Jesús no quiere que sus seguidores se dejen asesinar, a menos que no puedan escapar de sus enemigos, así pues, cuando el Mesías instruyó a sus seguidores para que predicaran el Evangelio, les dijo, las palabras que encontramos en MT. 10, 23. En una ocasión en que San Pablo iba a ser azotado, se defendió con el fin de librarse de ser torturado, según leemos en HCH. 22, 25. Pablo se dejaba torturar cuando no tenía más remedio que someterse a la brutalidad de sus enemigos, pero no dudaba en apelar a la justicia de Roma valiéndose de su ciudadanía, un derecho que le pertenecía y que muchos se admiraban de que no tuvo que comprarlo.

   Vamos a concluir esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos haga sentir el profundo deseo de vivir según el espíritu de las Bienaventuranzas.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com