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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   (MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.

   Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.

   Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

   Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).

   ¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?

   La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

   Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.

   La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

   Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Para los cristianos, la felicidad plena, consiste en amar, y ser amados.

   1. La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús

   Meditación de JER. 31, 7-9.

   Hemos vivido un ciclo de siete domingos en que Jesús nos ha inculcado la manera idónea en que debemos actuar, si valoramos el conocimiento mediante el que podemos adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre. Aunque aspiramos a alcanzar la plenitud de la felicidad, los valores predicados por Jesús son contrarios a los valores en que mucha gente inspira su vida. En el texto de la Profecía de Jeremías que estamos considerando, el Hagiógrafo Sagrado nos habla de la multitud de creyentes en Dios, constituida por gente humilde, indefensa y marcada por el sufrimiento. Ello nos recuerda que Dios es nuestro bien mayor, y que Nuestro Santo Padre nos invita a adaptarnos plenamente al cumplimiento de su voluntad, para que seamos dignos de vivir en su presencia.

   Mucha gente sueña con alcanzar poder, riquezas y prestigio. Tales deseos no son contrarios al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Creador, si, quienes los consiguen, los viven desde la óptica de Nuestro Santo Padre, así pues, el poder es digno de alabanza en quienes lo convierten en capacidad de servir desinteresadamente a sus prójimos los hombres, las riquezas pueden utilizarse adecuadamente para extinguir la miseria de la humanidad, y, la buena fama, puede ser un magnífico testimonio, de vida ejemplar de fe.

   Después de haber vivido un ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos el conocimiento necesario para alcanzar la gloria divina recorriendo el camino de la cruz, iniciamos una nueva etapa de tres Domingos, en que reflexionamos sobre las tres virtudes teologales, -es decir, hoy meditaremos sobre la fe, el próximo Domingo lo haremos sobre la esperanza, y, el Domingo XXXII Ordinario, sobre la caridad-. En esta ocasión meditaremos sobre la importancia de la fe, demostrándonos así que aceptamos la enseñanza que Jesús nos ha inculcado durante las siete semanas anteriores. Jesús nos ha enseñado a recorrer el camino de la cruz, y, nosotros, a partir de nuestro estado actual, -especialmente, si sufrimos por alguna causa-, seguiremos perfeccionándonos como seguidores del Señor, porque sabemos que, Nuestro Santo Padre, nunca dejará de amarnos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.

   En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).

   ¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?

   Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.

   Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.

   Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.

   San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.

   San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.

   Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:

   1. Negarnos a nosotros mismos,

   2. Tomar nuestra cruz, y

   3. Caminar detrás de Jesucristo.

   1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?

   San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).

   Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).

   Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).

   La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).

   Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.

   Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).

   De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).

   Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).

   A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).

   ¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?

   ¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?

   Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).

   Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:

   ¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?

   ¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?

   Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:

   ¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?

   Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.

   (MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).

    2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?

   Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.

   Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).

   Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).

   Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).

   "En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.

   Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.

   No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.

   En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").

   3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?

   (1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La vida matrimonial.

   1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.

   Meditación de HB. 2, 9-11.

   Estimados hermanos y amigos.

   Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).

   Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.

   Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.

   Al  comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino  de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.

   -Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.

   -Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.

   Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.

   Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.

   ¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?

   Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador  que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).

   Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).

   Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.

   Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.

   2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.

   Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).

   3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.

   Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.

   4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.

   5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).

   Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).

   6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?

   ¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).

   7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.

   8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.

   9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.

   10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.

   11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.

   12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).

   ¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?

   ¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?

   ¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?

   13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.

   La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).

   14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.

   15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).

   16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).

   17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.

   Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).

   18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com