Meditación.
1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.
Meditación de MAL. 3, 19-20A
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.
Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).
La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.
¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.
Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.
¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.
El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.
En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).
¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).
¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).
Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.
Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.
¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?
¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?
Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.
No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.
Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:
¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Meditación.
Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.
Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.
Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.
A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.
Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?
El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?
Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.
Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.
En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.
Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.
Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).
El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).
El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).
Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).
Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.
¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?
¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?
A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).
Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.
Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.
Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).
Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.
También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.
Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7) nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).
joseportilloperez@gmail.com
Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.
Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.
Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.
A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.
Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?
El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?
Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.
Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.
En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.
Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.
Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).
El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).
El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).
Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).
Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.
¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?
¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?
A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).
Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.
Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.
Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).
Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.
También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.
Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7) nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).
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Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.
Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.
Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).
Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.
He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.
Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.
No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.
Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.
Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.
2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 11-17.
3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).
Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).
Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.
3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).
Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.
Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.
La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.
¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?
¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?
En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?
¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.
3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).
Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.
3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).
Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.
Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.
Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.
3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).
Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.
Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.
3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).
Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.
¿Qué imagen tenemos de Dios?
¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.
¿Qué pensamos de Jesús?
¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).
Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?
3-2.
10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?
3-3.
23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?
3-4.
29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?
3-5.
34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
3-6.
37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7.
44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.
¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?
Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.
Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.
Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.
Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.
Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.
Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?
¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?
Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.
Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.
Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.
Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.
Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.
Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.
Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.
Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).
Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.
He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.
Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.
No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.
Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.
Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.
2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 11-17.
3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).
Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).
Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.
3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).
Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.
Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.
La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.
¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?
¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?
En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?
¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.
3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).
Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.
3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).
Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.
Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.
Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.
3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).
Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.
Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.
3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).
Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.
¿Qué imagen tenemos de Dios?
¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.
¿Qué pensamos de Jesús?
¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).
Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?
3-2.
10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?
3-3.
23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?
3-4.
29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?
3-5.
34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
3-6.
37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7.
44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.
¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?
Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.
Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.
Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.
Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.
Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.
Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?
¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?
Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.
Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.
Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.
Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.
Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.
Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
El amor a los enemigos.
En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.
Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.
Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.
Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.
Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.
He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.
Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.
Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
(LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.
Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.
(LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.
(LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.
Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.
joseportilloperez@gmail.com
El amor a los enemigos.
En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.
Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.
Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.
Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.
Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.
He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.
Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.
Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
(LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.
Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.
(LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.
(LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.
Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.
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¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).
Meditación.
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
joseportilloperez@gmail.com
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.
Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.
Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.
San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).
Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.
Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).
Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).
El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.
A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.
Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.
Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.
San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).
Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.
Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).
Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).
El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.
A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
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conversión,
Dios,
dolor,
fidelidad,
Jesús,
Ley,
manto,
pecado,
Reino,
reprender,
sacerdotes,
Señor,
servicio,
sufrimiento,
tribulaciones
El proceso de la fe. (Meditación del Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
3. El proceso de la fe.
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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