Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.
Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.
Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.
La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.
Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.
Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.
Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.
3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).
Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.
El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.
La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.
Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.
Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.
¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).
¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.
¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).
Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.
El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.
3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).
La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).
La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.
Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.
La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.
Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.
La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.
3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).
Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.
3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).
Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.
Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.
Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.
3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).
Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.
3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).
Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.
Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.
3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).
Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.
Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.
3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).
Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).
Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".
Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.
3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).
A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.
3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.
Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.
3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes eran los fariseos?
2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2.
14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?
3-3.
19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?
3-4.
27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?
3-5.
31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?
3-6.
49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?
3-7.
51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?
3-8.
57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?
3-9.
61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?
3-10.
66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?
3-11.
71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.
6. Contemplación.
Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.
El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.
¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?
¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?
Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.
Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.
¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.
En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.
¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?
Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.
Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
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¿En qué consiste la humildad cristiana? (Meditación de la primera lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
joseportilloperez@gmail.com
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
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La fe. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
La fe.
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).
Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.
Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.
Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.
Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.
San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.
Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.
San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.
Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?
(IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.
¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?
¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?
joseportilloperez@gmail.com
La fe.
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).
Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.
Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.
Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.
Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.
San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.
Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.
San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.
Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?
(IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.
¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?
¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?
joseportilloperez@gmail.com
Hermanos cristianos: Cumplamos la misión que nos ha sido encomendada por Dios. (Meditación de la primera lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
1. Hermanos cristianos: Cumplamos la misión que nos ha sido encomendada por Dios.
Meditación de JER. 1, 4-5. 17-19.
Jeremías sirvió como profeta de Judá entre los años 627 y 586 antes de Cristo, durante los reinados de Josías, Joaquín y Sedecías. El ambiente en que Jeremías sirvió a Yahveh era muy conflictivo, pues estaba caracterizado por el abandono de la espiritualidad querida por Dios, y por el doble deterioro político y económico. Dado que Jeremías denunció el incumplimiento de la voluntad de Yahveh llevado a cabo por sus hermanos de raza, su mensaje no fue bien acogido, y se le maltrató psíquica y físicamente.
El mensaje principal del libro de Jeremías es muy importante para nosotros, no solo porque se acerca el tiempo de Cuaresma el cual está caracterizado por la penitencia, sino porque, nuestra vida, debe ser una continua experiencia, de conversión a Nuestro Dios. Dicho mensaje es el arrepentimiento de los pecados. En el caso de los lectores inmediatos de nuestro Profeta, si los tales se hubieran arrepentido de sus pecados, no hubieran sufrido la deportación a Babilonia. En nuestro caso, si nos convirtiéramos plenamente a Nuestro Santo Padre, le ayudaríamos a convertir nuestra tierra marcada por la miseria, en un paraíso.
No nos acerquemos a Dios como quienes lo tienen todo, sino como quienes se saben pobres, enfermos y desamparados, si no nos convertimos a Nuestro Padre celestial. Solo si actuamos humildemente en presencia de Dios, cumpliremos su voluntad, y sentiremos que somos sus hijos, pues, Isaías, nos instruye, en los siguientes términos: (IS. 1, 10-19).
Isaías le predicó el mensaje contenido en el texto que estamos meditando a una sociedad que vivía atenta al cumplimiento de los ritos religiosos, cuyo comportamiento, difería en gran manera, de la conducta que Dios quería, que sus miembros observaran. Este fragmento del primer capítulo del libro de Isaías es muy importante para nosotros, porque puede sucedernos que, en lugar de cumplir las prescripciones litúrgicas y de hacer el bien en su justa medida, podemos situarnos en una de las dos opciones, convirtiéndola en extremista, para no atender a la otra. Las prácticas cultuales carecen de sentido si no nos impulsan a ser caritativos con quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, y, la solidaridad sin oración, nos muestra ante el mundo como buenas personas, pero no como cristianos capaces de testimoniar nuestra fe.
Isaías no denunció el escrupuloso cumplimiento de los ritos religiosos por parte de aquellos a quienes les dirigió su mensaje, sino el amor propio con que organizaban sus ceremonias religiosas. A nosotros nos es lícito celebrar la Eucaristía con la triple intención de adorar a Dios, de crecer espiritualmente, y de servir a nuestros prójimos los hombres, no solo orando por ellos, sino beneficiándolos, en la medida que nos sea posible, pero no es correcto hacerlo, con el pensamiento de sobornar a Dios. Si celebro la Eucaristía para pedirle a Dios que me evite el paso por el infierno, no estoy adorando a Nuestro Santo Padre, pues persigo un fin egoísta. Es más correcto que celebre la Eucaristía pidiéndole a dios que me purifique y me santifique, pero que no haga de ello el motivo principal por el que asisto a la celebración, pues no he de anteponer mi interés personal, al hecho de adorar a Dios.
Aunque estoy bautizado, no debo creer que puedo comprar mi salvación sobornando a dios haciendo el bien, porque a Dios le importa más la intención con que actúo que la eficacia de las obras que llevo a cabo, y porque mi salvación no proviene de la conducta que observo, pues es consecuente del amor con que soy amado por Nuestro Santo Padre celestial.
Recuerdo que, hace varios años, me preguntaron unos amigos: ¿Para qué queremos hacer el esfuerzo de celebrar la Eucaristía, si eso no nos asegura la consecución de la salvación? Y, ¿para qué queremos hacer el bien, si eso no cuenta para que seamos salvos, porque lo que cuenta es que Dios nos ama?
Nos hemos educado en entornos en que hemos aprendido a ser egoístas, porque hemos hecho el bien esperando ser recompensados, y no nos hemos acercado a Dios por amor a Él, sino cuando lo hemos necesitado. Tengo amigos japoneses que asisten a ritos religiosos en su país, y no lo hacen pensando en lo que les van a pedir a los dioses en que creen, sino en lo que les van a ofrecer. Pensemos si nuestros padres podrían creer que los amamos, si supieran que nos relacionamos con ellos esperando ser recompensados, y no por el gusto de sentirnos acompañados y queridos por ellos.
Sigamos meditando la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística.
Antes del siglo IV anterior al Nacimiento de Nuestro Señor, el cumplimiento de la voluntad de Dios, se asociaba con el hecho de alcanzar la plenitud de la felicidad en este mundo, pero, a partir del citado siglo, cuando surgió la creencia en la existencia de un mundo en que la humanidad no será víctima del sufrimiento, las promesas de Dios, empezaron a darles a los creyentes fuerza para vivir su día a día, porque esperaban que Dios se les manifestara de alguna manera, y se convirtieron en luz para el futuro, porque su cumplimiento se auguraba al final de los tiempos, cuando Dios exterminara, el sufrimiento de su pueblo.
A pesar de que Jeremías predicó durante muchos años, no tuvo la dicha de constatar que sus oyentes aceptaban su mensaje, pues, los tales, no cambiaban su conducta pecadora. Quienes predicamos la Palabra de Dios en nuestro tiempo, tal como le sucedió a Jeremías en ciertas ocasiones, podemos sentirnos tentados a creer que nuestro trabajo en la viña del Señor es inútil, porque somos incapaces, de producir fruto. Ello es difícil que no nos suceda, no solo porque vivimos en un mundo que olvida nuestra fe cristiana, sino porque, en ciertas ocasiones, necesitamos no sentirnos incomprendidos, sino aceptos, pero este problema tiene que resolverse, porque tenemos el deber de sembrar la semilla de la Palabra de Dios en los corazones de nuestros prójimos los hombres, y no debemos recoger el fruto que producimos, porque ello es obra de Dios. Nuestra ocupación debe ser hacer el mejor esfuerzo para que Dios sea conocido, aceptado, respetado y amado, sin querer acceder al derecho de recoger el fruto de nuestra siembra, porque ello le compete a Dios.
Al igual que le sucedió a Jeremías, Dios sabía que íbamos a existir antes de que nuestros padres nos concibieran, y concibió en su mente planes, para que nos dejáramos purificar y santificar, por el Espíritu Santo. Ello nos recuerda que somos muy importantes para Nuestro Santo Padre, y queremos tenerlo presente siempre, especialmente, cuando nuestras dificultades, nos debiliten la fe.
Dios nos encomienda a todos una misión que sabe que podemos desempeñar. Hay quienes reciben misiones muy destacables, y hay quienes tienen que realizar misiones desconocidas por la humanidad, pero no por ello ha de pensarse que las tales carecen de importancia. Quienes deseen obtener información referente a este tema, pueden leer las meditaciones que he escrito del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios, que publiqué los Domingos II Y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jeremías fue forzado por Dios a aceptar su misión, pues no quería hacerlo, pero ello no sucedió porque quería vivir al margen de Yahveh, sino porque se sentía insignificante, y, humanamente hablando, tenía muchas posibilidades de fracasar, y muy pocas de triunfar. Nosotros también podemos dejarnos arrastrar por la sensación de que no somos capaces de realizarnos como cristianos ni como hijos de este mundo, porque todo nos sale mal. Cuanto más fracasemos, más debemos recordar que, de la misma manera que Dios no desamparó a Jeremías, Nuestro Santo Padre, tampoco nos abandonará a nosotros. No permitamos que nuestros sentimientos de insuficiencia nos impidan esforzarnos para alcanzar nuestras metas deseadas. Dios nunca nos va a encomendar ningún trabajo que no podamos llevar a cabo.
Dios no le prometió a Jeremías que le iba a evitar los problemas a que tuvo que sobrevivir, ni le dijo a Jesús que le iba a evitar su Pasión y muerte, pero ambos se sintieron confortados, a pesar del odio que se les manifestó constantemente. Dios no nos ha prometido que vamos a tener una vida plenamente feliz sin dificultades en este tiempo, pero ha prometido utilizar nuestros sufrimientos para purificarnos y santificarnos. Muchas veces sufrimos pensando que Dios no nos libera de nuestros padecimientos actuales, olvidando que El no actúa como nos gustaría que lo haga, sino como sabe que nos va a ayudar a crecer espiritualmente. No olvidemos que, algún día, Dios nos dará a conocer las respuestas que ignoramos, y, gracias a ello, comprenderemos las razones por las que padecemos en este tiempo.
joseportilloperez@gmail.com
1. Hermanos cristianos: Cumplamos la misión que nos ha sido encomendada por Dios.
Meditación de JER. 1, 4-5. 17-19.
Jeremías sirvió como profeta de Judá entre los años 627 y 586 antes de Cristo, durante los reinados de Josías, Joaquín y Sedecías. El ambiente en que Jeremías sirvió a Yahveh era muy conflictivo, pues estaba caracterizado por el abandono de la espiritualidad querida por Dios, y por el doble deterioro político y económico. Dado que Jeremías denunció el incumplimiento de la voluntad de Yahveh llevado a cabo por sus hermanos de raza, su mensaje no fue bien acogido, y se le maltrató psíquica y físicamente.
El mensaje principal del libro de Jeremías es muy importante para nosotros, no solo porque se acerca el tiempo de Cuaresma el cual está caracterizado por la penitencia, sino porque, nuestra vida, debe ser una continua experiencia, de conversión a Nuestro Dios. Dicho mensaje es el arrepentimiento de los pecados. En el caso de los lectores inmediatos de nuestro Profeta, si los tales se hubieran arrepentido de sus pecados, no hubieran sufrido la deportación a Babilonia. En nuestro caso, si nos convirtiéramos plenamente a Nuestro Santo Padre, le ayudaríamos a convertir nuestra tierra marcada por la miseria, en un paraíso.
No nos acerquemos a Dios como quienes lo tienen todo, sino como quienes se saben pobres, enfermos y desamparados, si no nos convertimos a Nuestro Padre celestial. Solo si actuamos humildemente en presencia de Dios, cumpliremos su voluntad, y sentiremos que somos sus hijos, pues, Isaías, nos instruye, en los siguientes términos: (IS. 1, 10-19).
Isaías le predicó el mensaje contenido en el texto que estamos meditando a una sociedad que vivía atenta al cumplimiento de los ritos religiosos, cuyo comportamiento, difería en gran manera, de la conducta que Dios quería, que sus miembros observaran. Este fragmento del primer capítulo del libro de Isaías es muy importante para nosotros, porque puede sucedernos que, en lugar de cumplir las prescripciones litúrgicas y de hacer el bien en su justa medida, podemos situarnos en una de las dos opciones, convirtiéndola en extremista, para no atender a la otra. Las prácticas cultuales carecen de sentido si no nos impulsan a ser caritativos con quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, y, la solidaridad sin oración, nos muestra ante el mundo como buenas personas, pero no como cristianos capaces de testimoniar nuestra fe.
Isaías no denunció el escrupuloso cumplimiento de los ritos religiosos por parte de aquellos a quienes les dirigió su mensaje, sino el amor propio con que organizaban sus ceremonias religiosas. A nosotros nos es lícito celebrar la Eucaristía con la triple intención de adorar a Dios, de crecer espiritualmente, y de servir a nuestros prójimos los hombres, no solo orando por ellos, sino beneficiándolos, en la medida que nos sea posible, pero no es correcto hacerlo, con el pensamiento de sobornar a Dios. Si celebro la Eucaristía para pedirle a Dios que me evite el paso por el infierno, no estoy adorando a Nuestro Santo Padre, pues persigo un fin egoísta. Es más correcto que celebre la Eucaristía pidiéndole a dios que me purifique y me santifique, pero que no haga de ello el motivo principal por el que asisto a la celebración, pues no he de anteponer mi interés personal, al hecho de adorar a Dios.
Aunque estoy bautizado, no debo creer que puedo comprar mi salvación sobornando a dios haciendo el bien, porque a Dios le importa más la intención con que actúo que la eficacia de las obras que llevo a cabo, y porque mi salvación no proviene de la conducta que observo, pues es consecuente del amor con que soy amado por Nuestro Santo Padre celestial.
Recuerdo que, hace varios años, me preguntaron unos amigos: ¿Para qué queremos hacer el esfuerzo de celebrar la Eucaristía, si eso no nos asegura la consecución de la salvación? Y, ¿para qué queremos hacer el bien, si eso no cuenta para que seamos salvos, porque lo que cuenta es que Dios nos ama?
Nos hemos educado en entornos en que hemos aprendido a ser egoístas, porque hemos hecho el bien esperando ser recompensados, y no nos hemos acercado a Dios por amor a Él, sino cuando lo hemos necesitado. Tengo amigos japoneses que asisten a ritos religiosos en su país, y no lo hacen pensando en lo que les van a pedir a los dioses en que creen, sino en lo que les van a ofrecer. Pensemos si nuestros padres podrían creer que los amamos, si supieran que nos relacionamos con ellos esperando ser recompensados, y no por el gusto de sentirnos acompañados y queridos por ellos.
Sigamos meditando la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística.
Antes del siglo IV anterior al Nacimiento de Nuestro Señor, el cumplimiento de la voluntad de Dios, se asociaba con el hecho de alcanzar la plenitud de la felicidad en este mundo, pero, a partir del citado siglo, cuando surgió la creencia en la existencia de un mundo en que la humanidad no será víctima del sufrimiento, las promesas de Dios, empezaron a darles a los creyentes fuerza para vivir su día a día, porque esperaban que Dios se les manifestara de alguna manera, y se convirtieron en luz para el futuro, porque su cumplimiento se auguraba al final de los tiempos, cuando Dios exterminara, el sufrimiento de su pueblo.
A pesar de que Jeremías predicó durante muchos años, no tuvo la dicha de constatar que sus oyentes aceptaban su mensaje, pues, los tales, no cambiaban su conducta pecadora. Quienes predicamos la Palabra de Dios en nuestro tiempo, tal como le sucedió a Jeremías en ciertas ocasiones, podemos sentirnos tentados a creer que nuestro trabajo en la viña del Señor es inútil, porque somos incapaces, de producir fruto. Ello es difícil que no nos suceda, no solo porque vivimos en un mundo que olvida nuestra fe cristiana, sino porque, en ciertas ocasiones, necesitamos no sentirnos incomprendidos, sino aceptos, pero este problema tiene que resolverse, porque tenemos el deber de sembrar la semilla de la Palabra de Dios en los corazones de nuestros prójimos los hombres, y no debemos recoger el fruto que producimos, porque ello es obra de Dios. Nuestra ocupación debe ser hacer el mejor esfuerzo para que Dios sea conocido, aceptado, respetado y amado, sin querer acceder al derecho de recoger el fruto de nuestra siembra, porque ello le compete a Dios.
Al igual que le sucedió a Jeremías, Dios sabía que íbamos a existir antes de que nuestros padres nos concibieran, y concibió en su mente planes, para que nos dejáramos purificar y santificar, por el Espíritu Santo. Ello nos recuerda que somos muy importantes para Nuestro Santo Padre, y queremos tenerlo presente siempre, especialmente, cuando nuestras dificultades, nos debiliten la fe.
Dios nos encomienda a todos una misión que sabe que podemos desempeñar. Hay quienes reciben misiones muy destacables, y hay quienes tienen que realizar misiones desconocidas por la humanidad, pero no por ello ha de pensarse que las tales carecen de importancia. Quienes deseen obtener información referente a este tema, pueden leer las meditaciones que he escrito del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios, que publiqué los Domingos II Y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jeremías fue forzado por Dios a aceptar su misión, pues no quería hacerlo, pero ello no sucedió porque quería vivir al margen de Yahveh, sino porque se sentía insignificante, y, humanamente hablando, tenía muchas posibilidades de fracasar, y muy pocas de triunfar. Nosotros también podemos dejarnos arrastrar por la sensación de que no somos capaces de realizarnos como cristianos ni como hijos de este mundo, porque todo nos sale mal. Cuanto más fracasemos, más debemos recordar que, de la misma manera que Dios no desamparó a Jeremías, Nuestro Santo Padre, tampoco nos abandonará a nosotros. No permitamos que nuestros sentimientos de insuficiencia nos impidan esforzarnos para alcanzar nuestras metas deseadas. Dios nunca nos va a encomendar ningún trabajo que no podamos llevar a cabo.
Dios no le prometió a Jeremías que le iba a evitar los problemas a que tuvo que sobrevivir, ni le dijo a Jesús que le iba a evitar su Pasión y muerte, pero ambos se sintieron confortados, a pesar del odio que se les manifestó constantemente. Dios no nos ha prometido que vamos a tener una vida plenamente feliz sin dificultades en este tiempo, pero ha prometido utilizar nuestros sufrimientos para purificarnos y santificarnos. Muchas veces sufrimos pensando que Dios no nos libera de nuestros padecimientos actuales, olvidando que El no actúa como nos gustaría que lo haga, sino como sabe que nos va a ayudar a crecer espiritualmente. No olvidemos que, algún día, Dios nos dará a conocer las respuestas que ignoramos, y, gracias a ello, comprenderemos las razones por las que padecemos en este tiempo.
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¿Hace Dios milagros en nuestra vida? (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La fe y la esperanza cristianas se demuestran sirviendo a Dios en sus hijos.
¿Hace Dios milagros en nuestra vida?
Meditación de 1 RE. 17, 10-16.
Elías fue uno de los muchos profetas que Dios envió a su pueblo, con el fin de que sus creyentes no adoraran divinidades paganas, y no se separaran de Yahveh. Los reyes del Norte fueron malvados, e hicieron que el pueblo adorara a divinidades extranjeras. Esta conducta de los reyes norteños, impulsó a la mayoría de los sacerdotes levitas a emigrar a Judea, con tal de permanecerle fieles a Yahveh. Los sacerdotes que los reyes designaron para que sustituyeran a los levitas, eran corruptos e ineficaces, para servir a Dios, ya que su trabajo dependía de la sumisión a quienes les concedieron los cargos que ocupaban, y no de la libre y consciente profesión de su fe.
Dado que la corrupción malogró el cumplimiento de la misión de reyes tanto del Norte como del Sur de Israel, Dios se sirvió de muchos profetas, asignándoles la misión de animar a sus creyentes, para que no perdieran la fe en Yahveh, y para que no hicieran el mal, que caracterizaba la vida de sus superiores político-religiosos. Durante unos trescientos años, los profetas intentaron impedir la decadencia espiritual y moral, que afectaba, tanto a muchos reyes y sacerdotes, como a gente del pueblo.
Los adoradores de Baal confiaban en que su deidad haría llover para que sus cosechas fuesen abundantes. Elías, -por causa de su fe y su acercamiento a Dios-, hizo que una larga sequía azotara a su país, con tal de que, los adeptos de Baal, comprobaran que su dios no era más que una mera invención humana, y para conseguir que se dieran cuenta, de que estaban despreciando al único Dios existente.
¿De qué le servían al rey Acab su fuerte defensa militar y sus muchos sacerdotes baalitas, si no podía conseguir que lloviera?
¿Actuamos como el rey Acab, cifrando nuestra esperanza en las personas y bienes que nos separan de Nuestro Padre común?
Elías confrontó a Acab con gran valentía. Hasta que Acab no volviera a creer ciegamente en Yahveh, no terminaría la sequía que asolaba su reinado.
Quizás culpamos a Dios de ser el responsable de las circunstancias que nos impiden ser felices, pero, ¿nos volvemos a Él para conocer su Palabra, y comprobar qué nos dice por medio de la misma, para que podamos superar nuestras frustraciones, y seamos capaces de sobrevivir con las dificultades que, aunque no podremos superarlas, nos ayudarán a ser purificados y santificados?
Dios se manifestó en Israel, a pesar de la rebeldía y las herejías de su pueblo. No pensemos que Dios no se nos manifestará porque en nuestro entorno hay poca gente que lo acepta. Dios sabe cuándo debe actuar, y a nosotros nos corresponde creer esta realidad, para no perder la fe, y gozarnos cuando Nuestro Padre común, venga a nuestro encuentro.
En un país en que los profetas habían de ser cuidados por ser mensajeros de Dios, Elías, -el profeta que humilló a los seguidores de Baal, demostrándoles que su dios era falso, y mandó asesinar a sus cuatrocientos cincuenta profetas-, tuvo que ser alimentado milagrosamente por cuervos, y por una pobre viuda pagana. El profeta que tendría que haber sido tratado honoríficamente por haber desenmascarado a los adeptos de un dios falso, se convirtió en un proscrito, y así fue como aprendió, a fiarse plenamente de Dios, en medio de sus sufrimientos. Dios nos socorre cuando tenemos que afrontar y confrontar dificultades, aunque a veces actúa de una forma diferente a como lo haríamos nosotros, pero lo importante en esos casos, es que nos ayuda a seguir viviendo dignamente.
¿Cómo podía aquella viuda pobre darle al profeta la comida que tenía para su hijo y para ella? Después de comer por última vez, aquella mujer tenía pensado abrazar a su hijo, y esperar la llegada de la muerte. Los dos iban a sufrir la impotencia de no poder hacer nada para sobrevivir, se iban a enfrentar a los dolores que produce el hambre para ser vencidos, e iban a saborear macabramente sus últimas horas de vida. Si la pobre viuda le daba su comida al profeta, apresuraría el fin que tanto temía. El simple acto de fe de alimentar al profeta antes de comer la viuda con su hijo, produjo el milagro de que Dios les garantizara la supervivencia a ambos, mientras se prolongó la sequía.
Muchas veces le pedimos dones a Dios, y queremos ser beneficiados sin hacer nada, de tal manera que, no nos damos cuenta, de que, antes de ser el objeto de los milagros divinos, necesitamos demostrarle a Dios, que tenemos fe en Él.
Cuanto mayor sea nuestra fe, más cerca nos sentiremos de Dios. Quizás manifestamos nuestra fe dando pequeñas limosnas o rezando en ciertas ocasiones, pero la viuda que procedía de la tierra de Jezabel, -la reina que desencadenó la persecución contra Elías-, puso en las manos del profeta todo lo que tenía, y Dios la premió por ello.
Nuestros problemas probablemente no se solucionarán, hasta que demos un paso de fe, después de pedirle a Dios, el milagro que necesitamos. Dios nos conduce por caminos que no son los nuestros, pero son los suyos (IS. 55, 8).
Dios no nos concede milagros para que nos amoldemos a un estado de vida satisfactorio y dejemos de crecer espiritualmente, pues lo hace para que seamos capaces de afrontar y confrontar, situaciones más difíciles, que las que nos ayuda a superar en la actualidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La fe y la esperanza cristianas se demuestran sirviendo a Dios en sus hijos.
¿Hace Dios milagros en nuestra vida?
Meditación de 1 RE. 17, 10-16.
Elías fue uno de los muchos profetas que Dios envió a su pueblo, con el fin de que sus creyentes no adoraran divinidades paganas, y no se separaran de Yahveh. Los reyes del Norte fueron malvados, e hicieron que el pueblo adorara a divinidades extranjeras. Esta conducta de los reyes norteños, impulsó a la mayoría de los sacerdotes levitas a emigrar a Judea, con tal de permanecerle fieles a Yahveh. Los sacerdotes que los reyes designaron para que sustituyeran a los levitas, eran corruptos e ineficaces, para servir a Dios, ya que su trabajo dependía de la sumisión a quienes les concedieron los cargos que ocupaban, y no de la libre y consciente profesión de su fe.
Dado que la corrupción malogró el cumplimiento de la misión de reyes tanto del Norte como del Sur de Israel, Dios se sirvió de muchos profetas, asignándoles la misión de animar a sus creyentes, para que no perdieran la fe en Yahveh, y para que no hicieran el mal, que caracterizaba la vida de sus superiores político-religiosos. Durante unos trescientos años, los profetas intentaron impedir la decadencia espiritual y moral, que afectaba, tanto a muchos reyes y sacerdotes, como a gente del pueblo.
Los adoradores de Baal confiaban en que su deidad haría llover para que sus cosechas fuesen abundantes. Elías, -por causa de su fe y su acercamiento a Dios-, hizo que una larga sequía azotara a su país, con tal de que, los adeptos de Baal, comprobaran que su dios no era más que una mera invención humana, y para conseguir que se dieran cuenta, de que estaban despreciando al único Dios existente.
¿De qué le servían al rey Acab su fuerte defensa militar y sus muchos sacerdotes baalitas, si no podía conseguir que lloviera?
¿Actuamos como el rey Acab, cifrando nuestra esperanza en las personas y bienes que nos separan de Nuestro Padre común?
Elías confrontó a Acab con gran valentía. Hasta que Acab no volviera a creer ciegamente en Yahveh, no terminaría la sequía que asolaba su reinado.
Quizás culpamos a Dios de ser el responsable de las circunstancias que nos impiden ser felices, pero, ¿nos volvemos a Él para conocer su Palabra, y comprobar qué nos dice por medio de la misma, para que podamos superar nuestras frustraciones, y seamos capaces de sobrevivir con las dificultades que, aunque no podremos superarlas, nos ayudarán a ser purificados y santificados?
Dios se manifestó en Israel, a pesar de la rebeldía y las herejías de su pueblo. No pensemos que Dios no se nos manifestará porque en nuestro entorno hay poca gente que lo acepta. Dios sabe cuándo debe actuar, y a nosotros nos corresponde creer esta realidad, para no perder la fe, y gozarnos cuando Nuestro Padre común, venga a nuestro encuentro.
En un país en que los profetas habían de ser cuidados por ser mensajeros de Dios, Elías, -el profeta que humilló a los seguidores de Baal, demostrándoles que su dios era falso, y mandó asesinar a sus cuatrocientos cincuenta profetas-, tuvo que ser alimentado milagrosamente por cuervos, y por una pobre viuda pagana. El profeta que tendría que haber sido tratado honoríficamente por haber desenmascarado a los adeptos de un dios falso, se convirtió en un proscrito, y así fue como aprendió, a fiarse plenamente de Dios, en medio de sus sufrimientos. Dios nos socorre cuando tenemos que afrontar y confrontar dificultades, aunque a veces actúa de una forma diferente a como lo haríamos nosotros, pero lo importante en esos casos, es que nos ayuda a seguir viviendo dignamente.
¿Cómo podía aquella viuda pobre darle al profeta la comida que tenía para su hijo y para ella? Después de comer por última vez, aquella mujer tenía pensado abrazar a su hijo, y esperar la llegada de la muerte. Los dos iban a sufrir la impotencia de no poder hacer nada para sobrevivir, se iban a enfrentar a los dolores que produce el hambre para ser vencidos, e iban a saborear macabramente sus últimas horas de vida. Si la pobre viuda le daba su comida al profeta, apresuraría el fin que tanto temía. El simple acto de fe de alimentar al profeta antes de comer la viuda con su hijo, produjo el milagro de que Dios les garantizara la supervivencia a ambos, mientras se prolongó la sequía.
Muchas veces le pedimos dones a Dios, y queremos ser beneficiados sin hacer nada, de tal manera que, no nos damos cuenta, de que, antes de ser el objeto de los milagros divinos, necesitamos demostrarle a Dios, que tenemos fe en Él.
Cuanto mayor sea nuestra fe, más cerca nos sentiremos de Dios. Quizás manifestamos nuestra fe dando pequeñas limosnas o rezando en ciertas ocasiones, pero la viuda que procedía de la tierra de Jezabel, -la reina que desencadenó la persecución contra Elías-, puso en las manos del profeta todo lo que tenía, y Dios la premió por ello.
Nuestros problemas probablemente no se solucionarán, hasta que demos un paso de fe, después de pedirle a Dios, el milagro que necesitamos. Dios nos conduce por caminos que no son los nuestros, pero son los suyos (IS. 55, 8).
Dios no nos concede milagros para que nos amoldemos a un estado de vida satisfactorio y dejemos de crecer espiritualmente, pues lo hace para que seamos capaces de afrontar y confrontar, situaciones más difíciles, que las que nos ayuda a superar en la actualidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.
Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.
A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.
Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.
1. Bartimeo y nuestra conversión.
(Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.
Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.
Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).
Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.
Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.
Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.
A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.
Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.
La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.
Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).
2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.
El Evangelio que estamos considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.
1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.
¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?
¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?
2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.
¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.
3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!
Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?
Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa. (Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Señor, quiero ver, por mediación de la fe, tu luz maravillosa.
Cierto día en el que Jesús salió de Jericó acompañado de sus seguidores y de una gran multitud, un ciego que pedía limosna junto al camino, pronunció unas palabras muy atrevidas: (MC. 10, 47). Cuando la gente oyó aquellas palabras tan atrevidas, quienes estaban más cerca de dicho mendigo, intentaron hacer que se callara, haciéndole entender que había perdido la cordura, o quizá que no sabía lo que estaba diciendo, o, peor aún, que era ciego por incumplir la Ley de Moisés según creían los judíos en aquel tiempo que los enfermos pagaban sus pecados o las transgresiones de la Ley de sus antecesores, que no debía usar aquella expresión tan controversial. Quizá algunos de los que estaban cerca de aquel ciego, aunque probablemente ignoraban que cualquier hombre no tenía derecho a ser llamado Hijo de David, dado que se creía que el sucesor espiritual del citado Rey tenía que ser el Mesías, quería que aquel hombre dejara de gritar, simplemente, porque valía tan poco, que no merecía la pena el hecho de que Jesús fuera molestado por él.
Aunque en nuestro tiempo somos muchos los que mantenemos la firme creencia de que todas las personas, independientemente de la conducta que observemos, tenemos un valor que no pueden aumentar nuestras buenas obras, y que tampoco pueden disminuir nuestras maldades, para unos porque somos personas humanas, y para otros porque somos hijos de Dios, no nos es desconocido el hecho referente a las creencias que, a lo largo de la Historia de la humanidad, han existido en muchos países, las cuales sólo han servido para discriminar a los más débiles.
Recuerdo que hace algunos años vi a dos niños que discutían entre sí. El niño mayor le dijo a su vecino que era un idiota, a lo que el otro, ni corto ni perezoso, le respondió al primero que su abuela era medio cegata, porque él la había visto ponerse gafas algunas veces. Lo que puede parecer una discusión sin importancia entre niños menores de diez años, no es más que el reflejo de la conducta de parte de una sociedad injusta que margina a los más débiles físicos y espirituales.
Los que rodeaban al ciego del Evangelio que consideramos este Domingo, se dieron cuenta de que aquel mendigo llamaba Hijo de David a Jesús, y de que aquel personaje no debía molestar al Hijo de María porque, después de todo, si estaba en ese estado tan trágico, sólo era un pecador o un descendiente de transgresores de la Ley, que merecía ser castigado con la privación de la vista. No sabemos si alguno de los componentes de la multitud que acompañaba al Mesías se dio cuenta de que aquel hombre que pedía limosna al borde del camino tenía la vida destrozada.
¿A quién le importaba que los judíos considerasen muerto al citado ciego por estar privado para tener descendencia por causa de su difícil estado?
El protagonista del relato de San Marcos que estamos meditando debía tener una gran fe en Nuestro Señor, así pues, a pesar de que se le reprendió por causa de los motivos sobre los que hemos meditado, en respuesta al rechazo social de que era víctima, se arriesgó a levantar la voz hasta el punto de que Jesús lo oyó, a pesar de que el Mesías estaba rodeado por mucha gente que hablaba, y que quizá ni se había percatado de que un mendigo ciego reclamaba la atención del Hijo de David.
Hay mucha gente que, aunque se niega a progresar en cualquier campo en el que pueda desarrollarse, se muestra dispuesta a hacer todo lo que esté a su alcance para que los demás no sigan creciendo. Para lograr su propósito, tales personas se valen de insultos, habladurías, trampas, y de todos los medios que tienen a su alcance.
Cuando Jesús oyó la voz del indigente hijo de Timeo, le pidió a la gente que permitiese que el pobre ciego se le acercase. El buen hombre, se desprendió de su capa, y, sin preocuparse del protocolo sin el que muchos no pueden vivir, porque se preocupan más de las cosas que carecen de importancia que de las cosas que realmente son necesarias, aunque ello no impide que se pueda hacer también lo otro, se plantó delante de Jesús.
Muchos hermanos me han dicho, a lo largo de los años que he predicado, que están desesperados, porque Dios no escucha sus oraciones. Yo sé que Dios tiene un tiempo previsto para resolver nuestros problemas, aunque ello no significa que se nos solucionarán los mismos de un día para otro, dado que es preciso que adquiramos la experiencia del dolor, la soledad, y, en algunos casos, de la pobreza. Quienes estéis desesperados por cualquier causa, no dejéis de orar, porque, cuando menos lo esperéis, el Señor vendrá en vuestro auxilio, utilizando para ello quizás el medio que menos os imaginéis.
¿Qué le diríamos a Jesús si nos dijera las palabras con que se dirigió a Bartimeo? (MC. 10, 51).
Aunque personalmente se me ocurre responder esta pregunta pidiendo que se me ayude, sé que debo responder con las palabras que Nuestro Hermano nos enseñó a orar (MT. 6, 10), porque, si el Reino mesiánico se establece definitivamente en el mundo, serán exterminadas todas las dificultades que caracterizan a la humanidad.
Aunque Jesús le dijo a Bartimeo las palabras contenidas en MC. 10, 52, el recién curado no se alejó del Señor, así pues, se fue con el Mesías.
¿Nos hemos acordado de Dios cuando hemos tenido carencias, y nos hemos olvidado de Él, una vez que Nuestro Padre común ha satisfecho nuestras necesidades?
Dios quiso que en Su Ley se abogara por la protección de los ciegos (DT. 27, 18. LV. 19, 14. JOB. 29, 15. IS. 35, 5).
En la Biblia, la palabra "ciego" tiene un significado figurativo (IS. 56, 10).
Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la cuál sufrimos, pero la Biblia nos responde esta pregunta que es Dios quien nos aflige, no para hacernos sufrir por sufrir, sino para purificarnos y santificarnos, así pues, Nuestro Santo Padre le dijo a moisés en la vocación de éste: (ÉX. 4, 11.
A pesar de que la Ley mosaica impedía que los hebreos maltrataran a los minusválidos, estos no podían servir como sacerdotes en el Santuario divino, así pues, esta prohibición que en nuestro tiempo sin duda alguna es considerada como injusta y discriminatoria, en el pasado, significaba que Dios quiere un pueblo purificado, así pues, esta es la causa por la que las enfermedades que padecemos los minusválidos significan en el lenguaje bíblico el pecado, y, por tanto, la imposibilidad que los transgresores de la Ley tenían de ser salvos, hasta que se convirtieran a Yahveh (LV. 21, 17-23).
Dios le dijo a su pueblo que en tiempos de cautiverio sería tratado como un ciego (DT. 28, 29. IS. 59, 10. LC. 6, 39).
Jesús juzgaba la ceguera espiritual como más grave que la ceguera corporal, así pues, he aquí un suceso que ocurrió un día en que Nuestro Maestro curó a un ciego de nacimiento: (JN. 9, 39-41; 3, 19-21).
Pidámosle a Dios que se cumpla en nosotros el deseo de San Pablo con respecto al aumento de la fe de los cristianos de Éfeso: (EF. 1, 18).
Quizás nos es útil el consejo de Nuestro Señor, contenido en AP. 3, 17-18. 1 JN. 2, 10-11. 2 PE. 1, 5-11).
Sabemos que no se puede ser un ciego físico únicamente, pues la ceguera espiritual puede ser más dañina que la ceguera corporal, así pues, concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se cumplan en nosotros las palabras que San Pablo les escribió a los Colosenses (COL. 1, 9-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El proceso de la fe. (Meditación del Evangelio del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
3. El proceso de la fe.
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 10, 46-52.
Jesús no quiso detenerse en Jericó, una ciudad estupenda para desarrollar actividades de ocio, en que cualquiera podía olvidar su rutina. Jesús era consciente de que tenía que ser maltratado, morir y resucitar, y deseaba que ello ocurriera pronto, porque quería consumar la redención de sus creyentes, y no deseaba sufrir pensando en todo lo que le iba a suceder.
¿Tenemos la mala costumbre de posponer las actividades que nos conviene realizar?
¿Buscamos oportunidades para servir al Señor, o preferimos dedicar nuestro tiempo libre a realizar actividades de ocio?
Jesús salió de Jericó acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre de curiosos. Tal como hemos visto durante las siete semanas anteriores, los discípulos del Señor amaban el poder, las riquezas y el prestigio, y veían absurda la posibilidad de alcanzar la grandeza divina, por medio de la vivencia del sufrimiento y las humillaciones humanas. Jesús era incomprendido por sus amigos, y sus discursos y milagros, solo eran un espectáculo para los curiosos.
Entre quienes nos decimos cristianos, son muchos los que desconocen a Dios y no demuestran el más mínimo interés en conocerlo porque creen que ello supondrá que han de cambiar sus esquemas mentales y sus costumbres vitales, y los que asisten a las celebraciones eucarísticas y ven cómo otros actúan como cristianos, y se niegan a servir a Dios, en sus prójimos los hombres, equiparándose así a los curiosos que seguían a Jesús, cuando el Señor salió de Jericó.
Bartimeo, un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Sobre Bartimeo pesaba una doble maldición divina según las creencias de sus hermanos de raza, quienes pensaban que, tanto la pobreza, como las enfermedades, estaban causadas, por el incumplimiento de la Ley de Moisés.
A diferencia de sus hermanos de raza, -quienes veían en Bartimeo a un maldito de Dios-, Jesús solo vio en él a un pobre hombre, que estaba privado de realizarse, a causa de su ceguera. Los judíos alimentaban a los mendigos por Ley, pero no los trataban afectuosamente, porque los consideraban pecadores incorregibles.
Bartimeo estaba junto al camino de la vida, pero estaba privado de crecer a los niveles espiritual y material. El Cristianismo al principio de su existencia fue conocido como Camino, y Bartimeo estaba junto al camino que la gente transitaba siguiendo a Jesús, y, tal como le sucedió a quien le abrió los ojos, aunque estaba rodeado de gente, se sentía plenamente aislado.
Al inquirir de aquellos a quienes les pedía limosna que Jesús pasaba cerca de él, Bartimeo imploró la misericordia del Hijo de David, pues se creía que el Mesías sería descendiente del padre de Salomón. Bartimeo no llamó a Jesús "Maestro" tal como lo hacían los amigos del Señor, sino utilizando el título que la gente le atribuía, -es decir, Jefe-. Aunque el conocimiento de la Palabra de Dios no es despreciable, no es la sabiduría la que nos salvará, sino la fe, la esperanza y la caridad.
¿Qué podía saber de Jesús un pobre ciego marginado y aislado? Muchos increparon al citado mendigo para que se callara. ¿Qué les importaban a ellos la situación marginal y los sentimientos de impotencia y aislamiento del pobre ciego? Muchos de los que seguían a Jesús, solo estaban interesados en oír la predicación del Señor, y en verlo hacer milagros, para tener algo que los distrajera. Oremos para que no se nos pase por la mente la idea de utilizar la religiosidad como un elemento de ocio, para que así podamos vivir nuestra fe en las celebraciones sacramentales, orando, y haciendo el bien, a imitación de Nuestro Redentor.
Aunque Bartimeo fue increpado para que no molestara a la multitud, gritó con más fuerza. En ciertas circunstancias, cuando pensamos en los efectos que tiene la crisis de valores que vivimos a nivel mundial, en vez de acercarnos más a Dios, renunciamos a profesar la fe que nos caracteriza. Necesitamos una gran convicción para romper barreras construidas para sacar a Dios del mundo y distanciar a los hombres.
Los mismos que increparon a Bartimeo para que no les molestara, lo animaron para que se acercara a Jesús, cuando el Señor, después de oír su voz, lo mandó a llamar. Quizás profesamos nuestra fe pensando en la posibilidad de que Dios nos conceda dones espirituales y materiales, y no dedicamos tiempo a servir a quienes viven una situación más dolorosa que la nuestra. Tal como Jesús le pidió a la multitud que le acercara a Bartimeo, y no le dijo al ciego que se le acercara por sí mismo, Nuestro Salvador quiere que le acerquemos a la humanidad que lo desconoce, o que dejó de creer en El, por causa de nuestra actitud inadecuada.
El manto que tenía Bartimeo, le servía para vestirse, para taparse en las noches de frío, y para recoger las monedas que la gente le daba. A pesar de ello, Bartimeo arrojó su manto, para acercarse a Jesús, sin nada que le quitara ni un segundo, para estar en la presencia del Maestro. Es comprensible la actitud de quienes trabajan hasta agotarse porque viven un lamentable estado de pobreza del que sus jefes se aprovechan para explotarlos inmisericordemente, pero no lo es el de quienes, sin ser extremadamente pobres, ponen su fe en las seguridades terrenas, negándose así a depositar la plenitud de su confianza, en Nuestro Padre común.
Bartimeo saltó para correr al lugar en que estaba Jesús, sin temer la posibilidad de caerse de bruces, o de darse un tremendo golpe con algún componente de la multitud de curiosos que observaban aquella escena tan pintoresca a sus ojos. Si Dios no es nuestra mayor seguridad, nuestra fe en Él, no puede ser plena.
Aunque para Jesús era obvio lo que quería Bartimeo, se lo preguntó, para que la gente tuviera constancia de la fe de aquel hombre.
Si Jesús en este instante nos dijera que nos va a conceder lo que más deseamos, ¿creeríamos que ello sería cierto?
Jesús le dijo a Bartimeo que se fuera, porque su fe lo había salvado. Bartimeo se hizo seguidor de Jesús, pero el Señor no quería que ello sucediera porque el citado mendigo tenía que agradecerle su curación, sino porque lo amaba sinceramente. Recuerdo el caso de una señora que le hizo a Dios la promesa de ir todos los días a Misa durante un mes, si su hijo se curaba de cierta enfermedad. Ella se alegró de la curación del hijo, pero renegó mucho de la promesa que hizo, y la cumplió de muy mala gana. Sigamos a Jesús por amor sincero, y no por compromiso.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Una llamada muy especial. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Una llamada muy especial.
Nuestro Padre común desea que vivamos en su presencia, así pues, el Evangelio del joven rico correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos recuerda nuestra vocación, y la experiencia del amor de Dios que hemos adquirido quienes hemos tenido la oportunidad de servir a Nuestro Padre común en nuestros prójimos los hombres.
Dios nos llama a vivir en su presencia en el momento que sabe que no le vamos a rechazar. De la misma forma que existen diversos caminos a través de los cuales podemos acercarnos a Nuestro Criador, Él también utiliza ciertas circunstancias para comunicarse con nosotros. Quizás nos preguntamos: ¿Por qué no se nos aparece Dios para decirnos lo que quiere de nosotros?
Cuántas veces Quizá nosotros o algunos de nuestros familiares y amigos hemos sido advertidos con respecto a la comisión de errores que hemos tardado mucho tiempo en perdonarnos, y hemos obviado esas advertencias, por consiguiente, si en muchas ocasiones no seguimos los consejos de nuestros familiares y amigos queridos, ¿cómo vamos a obedecer ciegamente al Dios invisible?
Teniendo en cuenta esta meditación, quizá nos resulta un poco más comprensible la utilización del dolor por Nuestro Padre común para que nos dispongamos a escuchar su voz.
Quienes creemos en Nuestro Padre común recordamos el día en que decidimos creer en Él, así pues, quizás en aquella ocasión descansábamos tranquilamente en nuestros hogares, quizás leíamos la Biblia pausadamente como si se tratara de una novela, o a lo mejor tuvimos la oportunidad de hablar con un religioso o un laico tan comprometido con la Evangelización, que hizo que sus palabras penetraran en nuestro corazón hasta el punto de conseguir que su fe penetrara nuestra alma, o a lo mejor la fe se arraigó en nuestros corazones cuando el dolor nos golpeó brutalmente, y nos percatamos de que, sólo desde la óptica de Dios, nuestra triste realidad podía tener un sentido trascendental, pues muchos hemos necesitado que Dios nos tire del caballo de nuestra soberbia -tal como hizo con San Pablo cuando el citado fariseo benjaminita se dirigía a Damasco para encarcelar y torturar a los nazarenos-, con el fin de que le aceptemos como la raíz -o fundamento- de nuestra existencia.
(MC. 10, 17). El joven rico se acercó a Jesús en una ocasión en que Nuestro Maestro iba de camino para reunir a las ovejas perdidas de Israel, con el fin de que las mismas fuesen pastoreadas por un único Pastor. Podemos decir que Nuestro Señor, a través de sus predicadores religiosos y laicos, siempre está recorriendo el mundo, con la intención de que le abramos nuestro corazón. Jesús siempre va de camino, pero, por causa de nuestras múltiples ocupaciones, no siempre tenemos la oportunidad de conocer su mensaje en profundidad. El joven rico le dijo a Jesús que Él es un Maestro bueno, él elogió a Jesús para que Nuestro Señor se sintiera más motivado a enseñarle el camino que tenía que recorrer para alcanzar la vida perdurable.
¿Cuál es la meta principal que queremos alcanzar en nuestra vida?
¿Vivimos para trabajar, para educar a nuestros hijos, para desempeñar el papel que nos corresponde en cada etapa de nuestra vida con la mayor perfección posible, o simplemente basamos nuestra existencia en la vivencia del hedonismo?
El joven rico decía que quería alcanzar la vida eterna, pero, cuando Jesús le demostró el camino que tenía que recorrer para alcanzar lo que decía que quería, se sintió triste, pues estaba demasiado apegado a sus bienes caducos.
(MC. 10, 18). Decimos que las personas buenas son las que se caracterizan por el escrupuloso cumplimiento de sus deberes, y por la vivencia de las virtudes humanas que el Espíritu Santo les infunde en sus corazones.
Cuando Jesús nos dice que solamente Dios es bueno, ¿debemos entender que no comprende el esfuerzo que hacemos para educar convenientemente a nuestros hijos?
¿Se niega nuestro Señor a apreciar la dedicación al cuidado de los enfermos por parte de los familiares de los mismos, el personal sanitario que atiende a dichos enfermos, y la solidaridad de los voluntarios que cuidan de los mismos?
Jesús no desestima nuestras luchas porque sabe que a veces nos esforzamos hasta el punto de sacrificar dádivas buenas que hemos conseguido con el fin de lograr la obtención de bienes mayores.
Jesús reconoce todo lo bueno que hacemos, pero, aquél que se dejó sacrificar por nosotros y dijo de Sí mismo las palabras expuestas en JN. 10, 17-18, también dijo: (LC. 17, 10). Al transmitirnos las citadas palabras que San Lucas escribió en su primera obra, Jesús no tiene la pretensión de hacer que nos despreciemos negándonos a reconocer el mérito que tenemos al hacer bien hecho lo que queremos hacer perfectamente en una sociedad con tantas tendencias hedonistas como la nuestra, así pues, Nuestro Maestro desea que no nos demos por satisfechos pensando en lo que hemos hecho hasta este preciso instante en que estamos llevando a cabo esta meditación, pues aún nos quedan muchas cosas que hacer, así pues, si queremos que la realización de una actividad sea exitosa, hemos de confiarle el citado trabajo a una persona que tenga múltiples ocupaciones, pues, quienes están trabajando siempre y no se cansan de hacer el bien, saben perfectamente el valor que tiene el hecho de hacer muchas cosas adecuadamente.
Al igual que el joven rico cumplía cabalmente los mandamientos de la Ley en su tiempo, nosotros también hacemos lo propio, así pues, quienes estamos casados les somos fieles a nuestros cónyuges, no robamos, no hemos asesinado a nadie, asistimos todos los domingos a la celebración de la Eucaristía, y de vez en cuando damos alguna limosna, o consolamos a algunos de nuestros familiares o amigos cuando les vemos preocupados por cualquier causa. Ahora bien, ¿hacemos todo lo que está a nuestro alcance para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común?
(MC. 10, 21). Jesús se alegra de que dispongamos de nuestra propia vivienda y de que en la misma dispongamos de ciertas comodidades que nos hagan la vida más fácil y agradable, pero hemos de preguntarnos si somos cristianos sacándole el máximo provecho a nuestro dinero y a todos los bienes que poseemos, o si vivimos pensando en ser felices, satisfaciendo exclusivamente nuestro egoísmo, sin entender -o sin querer aceptar- la posibilidad de ayudar a solventar las carencias de quienes nos rodean, en conformidad con nuestras posibilidades para alcanzar el citado objetivo, con el fin de que, al evitar el hecho de vivir aislados, nuestros prójimos y nosotros seamos más felices de lo que somos actualmente?
Cuando Jesús constató que aquél joven no quería renunciar a sus posesiones para convertirse en su discípulo, el Rabbi les dijo a sus amigos: (MC. 10, 23). ¿En qué ricos pensó Nuestro Señor cuando pronunció las citadas palabras? Nuestro Señor se refirió a quienes reniegan de nuestra fe, aun cuando, aunque no tienen ninguna evidencia científica en la que basarse para aceptarla, tampoco pueden afirmar que nuestra óptica cristiana es incorrecta.
Concluyamos esta breve meditación pensando en Nuestra Santa Madre del cielo. Pidámosle a Nuestra Señora que su ejemplo de dócil entrega a Nuestro Criador haga de nosotros hijos ejemplares de Nuestro Padre común. Que Santa María del Camino que nos conduce a Nuestro Padre común, ore para que Cristo, el Señor que camina incesantemente recorriendo el mundo, se acerque a nosotros, con el fin de que repitamos las bellas palabras de los discípulos de Emaús, cuando estaban a punto de reconocer a Jesús, antes de que el Maestro fraccionara el pan (LC. 24, 29). Quédate con nosotros, Señor, pues sin ti, nuestra vida, carece de la fuerza que nos es necesaria, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Padre celestial.
José Portillo Pérez
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