Meditación.
Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.
¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?
¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?
En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?
Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.
San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.
Meditación de MAL. 3, 19-20A
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.
Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).
La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.
¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.
Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.
¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.
El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.
En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).
¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).
¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).
Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.
Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.
¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?
¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?
Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.
No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.
Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:
¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.
joseportilloperez@gmail.com
1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.
Meditación de MAL. 3, 19-20A
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.
Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).
La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.
¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.
Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.
¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.
El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.
En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).
¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).
¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).
Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.
Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.
¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?
¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?
Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.
No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.
Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:
¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.
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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.
Meditación de LC. 21, 5-19.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.
El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.
La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.
Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.
Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).
A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).
La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.
El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.
(LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.
¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?
¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?
No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.
Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.
Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.
No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.
San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.
No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de LC. 21, 5-19.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.
El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.
La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.
Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.
Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).
A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).
La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.
El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.
(LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.
¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?
¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?
No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.
Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.
Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.
No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.
San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.
No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.
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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Meditación.
Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.
Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.
Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.
A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.
Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?
El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?
Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.
Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.
En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.
Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.
Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).
El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).
El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).
Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).
Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.
¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?
¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?
A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).
Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.
Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.
Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).
Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.
También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.
Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7) nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).
joseportilloperez@gmail.com
Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.
Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.
Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.
A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.
Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?
El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?
Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.
Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.
En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.
Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.
Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).
El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).
El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).
Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).
Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.
¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?
¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?
A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).
Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.
Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.
Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).
Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.
También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.
Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.
Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7) nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).
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Reportaje sobre el pecado. (Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Reportaje sobre el pecado.
Introducción
Estimados hermanos y amigos:
Como todos sabemos, la Iglesia nos imparte la enseñanza de la Palabra de Dios en tres ciclos anuales, en los cuales se nos dan muchas oportunidades, tanto para comenzar una nueva vida, como para que hagamos adecuadamente lo que en el pasado hicimos cometiendo errores, etcétera. Esas oportunidades se nos ofrecen de un modo muy especial en el Adviento, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección.
Durante los citados periodos de tiempo, tratamos profundamente un tema por cuya errónea visión algunos de nuestros hermanos sufren mucho porque no se sienten muy amados por Dios, mientras que cada día son más los que intentan ignorar el mismo, porque les resulta desagradable, ya que, si lo aceptan, deben someterse a prácticas que los inclinen a purificarse. Ese tema es el pecado.
Tal como recordamos en la Solemnidad del Corpus Christi, se ha extendido demasiado la creencia de que nos basta creer en Dios para alcanzar la salvación, lo cual es una verdad a medias, ya que, para poder vivir en la presencia de Nuestro Padre común, nos es necesario rechazar el pecado.
En esta ocasión, con la intención de profundizar con respecto a este tema tan polémico, os envío un estudio bíblico sobre el pecado, que espero que os sea provechoso, especialmente a quienes predicáis la Palabra de Dios, en entornos en los que éste tema es tenido como una manía de fanáticos religiosos de quienes hay que apartarse.
1. Definición del pecado.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia" (CIC. n. 386).
El pecado consiste en vivir de espaldas a Dios incumpliendo todos los preceptos que han sido dispuestos por Nuestro Padre común con tal de que podamos ser purificados y seamos alcanzados posteriormente por la salvación. En otras palabras, podemos decir que el pecado consiste en oponer el cumplimiento de nuestra voluntad al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
"... Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente" (CIC. n. 387).
En la Biblia se utilizan varias palabras para definir el pecado, de las cuales, -a modo de ejemplos-, os cito los términos "iniquidad" y "maldad", de hecho, el término griego "anomia", se traduce al castellano como desorden, porque el pecado, -en sí mismo-, constituye el rechazo de Dios, y, por lo tanto, el desprecio de la voluntad y de la Ley del Todopoderoso. Esta definición del pecado la extraemos del siguiente versículo de la primera Carta de San Juan: (1 JN. 3, 4).
La citada definición del pecado es válida, si tenemos en cuenta que, aunque no vivimos bajo la Ley de Moisés en el sentido estricto de que nuestra salvación no depende exclusivamente del cumplimiento de los Mandamientos de la misma, aquellos de cuyos preceptos aún siguen siendo vigentes, han sido dispuestos para que aceptemos a Nuestro Padre común.
Siempre se ha asociado la existencia de la muerte al pecado de los hombres, así pues, San Pablo escribió, las palabras expuestas en ROM. 5, 12. El hombre al que se refiere San Pablo es Adán, -nuestro primer antepasado según la Biblia-, que, junto a Eva, cometió el llamado pecado original, cuyos efectos nos fueron transmitidos, según San Pablo, y, por tanto, la doctrina de la Iglesia.
¿Hemos pecado todos los hombres de todos los tiempos, con las excepciones de Jesucristo y de Nuestra Santa Madre?
¿Cómo se puede juzgar de la misma forma a los conocedores de la voluntad de Dios y a quienes no conocen a Nuestro Creador?
San Pablo nos demuestra que Dios nos hace conocer los preceptos esenciales de la Ley divina en el siguiente texto: (ROM. 2, 12-15). Al tener en cuenta la enseñanza paulina que estamos recordando, entendemos que la comisión del pecado fue anterior a la difusión de la Ley de Dios (ROM. 5, 13-14).
Existe una diferencia entre los pecados de quienes vivieron antes de que se promulgara la Ley de Moisés y los pecados de quienes hemos vivido posteriormente a ese importante acontecimiento histórico. Independientemente de que conozcamos la Ley de Dios, nuestra imperfección humana nos inclina a pecar. El pecado de los conocedores de la voluntad de Dios es más grave que el pecado de quienes desconocen a Nuestro Padre común, por cuanto los primeros transgreden conscientemente los Mandamientos de Nuestro Creador (ROM. 2, 12. 4, 15).
Cuando hablamos del pecado, hablamos del mal provocado en general por la humanidad, y, cuando hablamos de pecados, hablamos de nuestros incumplimientos personales de la voluntad de Nuestro Creador.
2. Dios perdona nuestros pecados y condena la iniquidad.
Los cristianos católicos, cuando reconocemos que somos pecadores, recurrimos al Sacramento de la Penitencia, con el fin de obtener el perdón de Dios. El Espíritu Santo nos hace conscientes de que somos pecadores, según las siguientes palabras de Nuestro Hermano y Señor: (JN. 16, 8-11. ROM. 8, 1-4).
San Juan nos recuerda que el pecado no fue originado por el hombre en su primera Carta (1 JN. 3, 8-9).
Es preciso aclarar que, si por debilidad seguimos pecando, ello no indica que hemos dejado de ser hijos de Dios, a no ser que se dé el caso de que queramos dejar de esforzarnos para crecer a nivel espiritual.
Aunque el hombre no originó el pecado, sí fue el que lo introdujo en el mundo, lo cual tuvo como consecuencia la muerte, así pues, Dios le dijo a Adán en el Paraíso terrenal, las palabras que encontramos en GN. 2, 17.
Dios le dijo a Adán que, a partir del momento en que le desobedeciera, moriría irremediablemente. Este mandamiento no iba dirigido únicamente al hombre, ya que, en la Biblia, el término Adán, -como veremos seguidamente-, es aplicable tanto a nuestro primer padre como a Eva (GN. 5, 1-2).
Para explicarles a sus lectores la existencia del mal, los autores bíblicos concibieron la idea de que los hombres somos pecadores por naturaleza, así pues, veamos algunos ejemplos de la aceptación de esta idea que con tanta facilidad puede ser rebatida en nuestro tiempo, dado que se entiende que no todos nuestros errores son causados por la maldad que nos caracteriza: (SAL. 51, 7. 58, 4). 25, 17-18).
Según los autores de la Biblia, tanto nuestro cuerpo como nuestra alma, son susceptibles de convertirse en instrumentos de pecado (GN. 6, 5. 8, 20-21; MT. 15, 17-19; (GÁL. 5, 19-21; ROM. 7, 4-25; PR. 20, 9; ECL. 7, 20; IS. 53, 6; ROM. 3, 10-24; 1 JN. 1, 8-10).
Según la doctrina católica, no existe ni un sólo justo con las excepciones de Jesús y de su Santa Madre.
La Biblia nos demuestra que Jesús no estuvo contaminado por el pecado, en versículos como los siguientes: (HEB. 9, 25-26; 1 JN. 3, 5; 1 PE. 2, 22; 1 JN. 4, 8).
A pesar de esta verdad, -la cual nos recuerda que Nuestro Padre celestial perdona nuestras transgresiones de sus Mandamientos-, no creamos que el amor característico de nuestro Creador anula la aplicación de su justicia sobre nosotros. Si bien es verdad que Dios perdona a quienes se arrepienten de sus pecados, también es cierto que condena a quienes hacen el mal siendo conscientes del sufrimiento que provocan (ROM. 6, 23).
Tal como vimos anteriormente en ROM. 5, 12, por cuanto todos hemos pecado, estamos condenados a morir.
Mientras no aceptamos a Dios, permanecemos muertos por causa de nuestros pecados (JN. 8, 24; EF. 2, 1-2).
Nos es necesario nacer de nuevo a fin de que Dios nos perdone nuestros pecados y nos haga sus hijos por mediación del Bautismo (JN. 3, 5-6; IS. 59, 1-2).
Dios nos juzgará, tanto cuando fallezcamos como al final de los tiempos, y tendremos que responder ante Él, hasta de nuestros pensamientos más ocultos (ECLO, 12, 1-18).
Tal como ha quedado demostrado en este estudio bíblico, a través del sacrificio de Nuestro Señor, Dios nos perdonó nuestros pecados. Al principio de la existencia de la humanidad, Adán acabó con la vida semiperfecta que Dios nos concedió, a través de su desobediencia. Llegado el tiempo de nuestra redención, a través de su Pasión, muerte y resurrección, Jesús nos devolvió la dignidad de hijos de dios perdida por nuestros primeros padres, pagó el castigo merecido por nuestros pecados, y pagó el hecho de que Dios permite que suframos, aunque lo haga, no para pecar, sino para que seamos conscientes del sufrimiento que le ha supuesto el hecho de crearnos libres.
Es admirable lo que San Pablo nos dice de Cristo en su segunda Carta a los Corintios: (2 COR. 5, 21. IS. 53, 3-10; 1 JN. 2, 1-2; GÁL. 3, 13).
Dado que nuestra salvación depende de la fe en Dios y en su Hijo y no del cumplimiento de la Ley, el Cordero de Dios nos ha salvado por medio de su Pasión, muerte y resurrección (JN. 1, 29; HEB. 9, 26; 1 JN. 1, 6-7).
La Eucaristía es el símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto -o Testamento- con que Dios se alió con nosotros para salvarnos (MT. 26, 27-28. HCH. 10, 42-43).
Ya que Dios ha permitido que Jesús muera por nosotros, no seremos tratados en conformidad con el castigo merecido por nuestros pecados (SAL. 103, 8-13; IS. 1, 18. 38, 17. 44, 22; MI. 7, 18-19; JER. 50, 20).
joseportilloperez@gmail.com
Introducción
Estimados hermanos y amigos:
Como todos sabemos, la Iglesia nos imparte la enseñanza de la Palabra de Dios en tres ciclos anuales, en los cuales se nos dan muchas oportunidades, tanto para comenzar una nueva vida, como para que hagamos adecuadamente lo que en el pasado hicimos cometiendo errores, etcétera. Esas oportunidades se nos ofrecen de un modo muy especial en el Adviento, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección.
Durante los citados periodos de tiempo, tratamos profundamente un tema por cuya errónea visión algunos de nuestros hermanos sufren mucho porque no se sienten muy amados por Dios, mientras que cada día son más los que intentan ignorar el mismo, porque les resulta desagradable, ya que, si lo aceptan, deben someterse a prácticas que los inclinen a purificarse. Ese tema es el pecado.
Tal como recordamos en la Solemnidad del Corpus Christi, se ha extendido demasiado la creencia de que nos basta creer en Dios para alcanzar la salvación, lo cual es una verdad a medias, ya que, para poder vivir en la presencia de Nuestro Padre común, nos es necesario rechazar el pecado.
En esta ocasión, con la intención de profundizar con respecto a este tema tan polémico, os envío un estudio bíblico sobre el pecado, que espero que os sea provechoso, especialmente a quienes predicáis la Palabra de Dios, en entornos en los que éste tema es tenido como una manía de fanáticos religiosos de quienes hay que apartarse.
1. Definición del pecado.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia" (CIC. n. 386).
El pecado consiste en vivir de espaldas a Dios incumpliendo todos los preceptos que han sido dispuestos por Nuestro Padre común con tal de que podamos ser purificados y seamos alcanzados posteriormente por la salvación. En otras palabras, podemos decir que el pecado consiste en oponer el cumplimiento de nuestra voluntad al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
"... Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente" (CIC. n. 387).
En la Biblia se utilizan varias palabras para definir el pecado, de las cuales, -a modo de ejemplos-, os cito los términos "iniquidad" y "maldad", de hecho, el término griego "anomia", se traduce al castellano como desorden, porque el pecado, -en sí mismo-, constituye el rechazo de Dios, y, por lo tanto, el desprecio de la voluntad y de la Ley del Todopoderoso. Esta definición del pecado la extraemos del siguiente versículo de la primera Carta de San Juan: (1 JN. 3, 4).
La citada definición del pecado es válida, si tenemos en cuenta que, aunque no vivimos bajo la Ley de Moisés en el sentido estricto de que nuestra salvación no depende exclusivamente del cumplimiento de los Mandamientos de la misma, aquellos de cuyos preceptos aún siguen siendo vigentes, han sido dispuestos para que aceptemos a Nuestro Padre común.
Siempre se ha asociado la existencia de la muerte al pecado de los hombres, así pues, San Pablo escribió, las palabras expuestas en ROM. 5, 12. El hombre al que se refiere San Pablo es Adán, -nuestro primer antepasado según la Biblia-, que, junto a Eva, cometió el llamado pecado original, cuyos efectos nos fueron transmitidos, según San Pablo, y, por tanto, la doctrina de la Iglesia.
¿Hemos pecado todos los hombres de todos los tiempos, con las excepciones de Jesucristo y de Nuestra Santa Madre?
¿Cómo se puede juzgar de la misma forma a los conocedores de la voluntad de Dios y a quienes no conocen a Nuestro Creador?
San Pablo nos demuestra que Dios nos hace conocer los preceptos esenciales de la Ley divina en el siguiente texto: (ROM. 2, 12-15). Al tener en cuenta la enseñanza paulina que estamos recordando, entendemos que la comisión del pecado fue anterior a la difusión de la Ley de Dios (ROM. 5, 13-14).
Existe una diferencia entre los pecados de quienes vivieron antes de que se promulgara la Ley de Moisés y los pecados de quienes hemos vivido posteriormente a ese importante acontecimiento histórico. Independientemente de que conozcamos la Ley de Dios, nuestra imperfección humana nos inclina a pecar. El pecado de los conocedores de la voluntad de Dios es más grave que el pecado de quienes desconocen a Nuestro Padre común, por cuanto los primeros transgreden conscientemente los Mandamientos de Nuestro Creador (ROM. 2, 12. 4, 15).
Cuando hablamos del pecado, hablamos del mal provocado en general por la humanidad, y, cuando hablamos de pecados, hablamos de nuestros incumplimientos personales de la voluntad de Nuestro Creador.
2. Dios perdona nuestros pecados y condena la iniquidad.
Los cristianos católicos, cuando reconocemos que somos pecadores, recurrimos al Sacramento de la Penitencia, con el fin de obtener el perdón de Dios. El Espíritu Santo nos hace conscientes de que somos pecadores, según las siguientes palabras de Nuestro Hermano y Señor: (JN. 16, 8-11. ROM. 8, 1-4).
San Juan nos recuerda que el pecado no fue originado por el hombre en su primera Carta (1 JN. 3, 8-9).
Es preciso aclarar que, si por debilidad seguimos pecando, ello no indica que hemos dejado de ser hijos de Dios, a no ser que se dé el caso de que queramos dejar de esforzarnos para crecer a nivel espiritual.
Aunque el hombre no originó el pecado, sí fue el que lo introdujo en el mundo, lo cual tuvo como consecuencia la muerte, así pues, Dios le dijo a Adán en el Paraíso terrenal, las palabras que encontramos en GN. 2, 17.
Dios le dijo a Adán que, a partir del momento en que le desobedeciera, moriría irremediablemente. Este mandamiento no iba dirigido únicamente al hombre, ya que, en la Biblia, el término Adán, -como veremos seguidamente-, es aplicable tanto a nuestro primer padre como a Eva (GN. 5, 1-2).
Para explicarles a sus lectores la existencia del mal, los autores bíblicos concibieron la idea de que los hombres somos pecadores por naturaleza, así pues, veamos algunos ejemplos de la aceptación de esta idea que con tanta facilidad puede ser rebatida en nuestro tiempo, dado que se entiende que no todos nuestros errores son causados por la maldad que nos caracteriza: (SAL. 51, 7. 58, 4). 25, 17-18).
Según los autores de la Biblia, tanto nuestro cuerpo como nuestra alma, son susceptibles de convertirse en instrumentos de pecado (GN. 6, 5. 8, 20-21; MT. 15, 17-19; (GÁL. 5, 19-21; ROM. 7, 4-25; PR. 20, 9; ECL. 7, 20; IS. 53, 6; ROM. 3, 10-24; 1 JN. 1, 8-10).
Según la doctrina católica, no existe ni un sólo justo con las excepciones de Jesús y de su Santa Madre.
La Biblia nos demuestra que Jesús no estuvo contaminado por el pecado, en versículos como los siguientes: (HEB. 9, 25-26; 1 JN. 3, 5; 1 PE. 2, 22; 1 JN. 4, 8).
A pesar de esta verdad, -la cual nos recuerda que Nuestro Padre celestial perdona nuestras transgresiones de sus Mandamientos-, no creamos que el amor característico de nuestro Creador anula la aplicación de su justicia sobre nosotros. Si bien es verdad que Dios perdona a quienes se arrepienten de sus pecados, también es cierto que condena a quienes hacen el mal siendo conscientes del sufrimiento que provocan (ROM. 6, 23).
Tal como vimos anteriormente en ROM. 5, 12, por cuanto todos hemos pecado, estamos condenados a morir.
Mientras no aceptamos a Dios, permanecemos muertos por causa de nuestros pecados (JN. 8, 24; EF. 2, 1-2).
Nos es necesario nacer de nuevo a fin de que Dios nos perdone nuestros pecados y nos haga sus hijos por mediación del Bautismo (JN. 3, 5-6; IS. 59, 1-2).
Dios nos juzgará, tanto cuando fallezcamos como al final de los tiempos, y tendremos que responder ante Él, hasta de nuestros pensamientos más ocultos (ECLO, 12, 1-18).
Tal como ha quedado demostrado en este estudio bíblico, a través del sacrificio de Nuestro Señor, Dios nos perdonó nuestros pecados. Al principio de la existencia de la humanidad, Adán acabó con la vida semiperfecta que Dios nos concedió, a través de su desobediencia. Llegado el tiempo de nuestra redención, a través de su Pasión, muerte y resurrección, Jesús nos devolvió la dignidad de hijos de dios perdida por nuestros primeros padres, pagó el castigo merecido por nuestros pecados, y pagó el hecho de que Dios permite que suframos, aunque lo haga, no para pecar, sino para que seamos conscientes del sufrimiento que le ha supuesto el hecho de crearnos libres.
Es admirable lo que San Pablo nos dice de Cristo en su segunda Carta a los Corintios: (2 COR. 5, 21. IS. 53, 3-10; 1 JN. 2, 1-2; GÁL. 3, 13).
Dado que nuestra salvación depende de la fe en Dios y en su Hijo y no del cumplimiento de la Ley, el Cordero de Dios nos ha salvado por medio de su Pasión, muerte y resurrección (JN. 1, 29; HEB. 9, 26; 1 JN. 1, 6-7).
La Eucaristía es el símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto -o Testamento- con que Dios se alió con nosotros para salvarnos (MT. 26, 27-28. HCH. 10, 42-43).
Ya que Dios ha permitido que Jesús muera por nosotros, no seremos tratados en conformidad con el castigo merecido por nuestros pecados (SAL. 103, 8-13; IS. 1, 18. 38, 17. 44, 22; MI. 7, 18-19; JER. 50, 20).
joseportilloperez@gmail.com
Los bienaventurados. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
Los bienaventurados.
Aunque San Mateo nos ofrece un estudio muy pormenorizado de las bienaventuranzas en su evangelio, San Lucas, en su primera obra, nos da la oportunidad de saber quiénes pueden ser bienaventurados, al mismo tiempo que nos inculca el deseo de ser fieles seguidores de Jesús. Para estudiar las bienaventuranzas, podemos partir de la idea de que dios nos ama a todos, así pues, cuando Jesús nos dice que nuestro Padre común siente una predilección especial por los que sufren, ello no significa que hemos de ser pobres y que hemos de estar marcados por el sufrimiento para conseguir ser el objeto del amor de nuestro Criador, sino que nuestro Padre común se compadece de quienes sufren por cualquier causa. El cantante Julio Iglesias canta en una de sus canciones que en el mundo todos bailamos al son que se nos marca, y que no nos ocupamos de quienes se caen al soltarse de nuestras manos. Si tenemos la necesidad de aspirar a conseguir bienes recorriendo caminos difíciles, no olvidamos nunca que nuestro mayor deseo consiste en vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios. Todos podemos buscar a Dios recorriendo el camino del crecimiento espiritual teniendo en cuenta nuestro estado actual, nuestras relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de las comunidades religiosas físicas y/o virtuales de las que formamos parte... Tenemos muchas oportunidades para acercarnos a nuestro Padre común, pero hemos de tener muy presentes en nuestras oraciones a quienes sólo cuentan con su dolor e impotencia para dirigirse a nuestro Creador. Ellos necesitan de nuestras oraciones porque precisan ser amados, ya que no podrán superar su estado adverso sin ser ayudados por nuestro criador a vencer la acritud que forma parte de su vida, y porque necesitan de nuestra caridad para que Dios se les manifieste demostrándoles que es misericordioso con ellos por nuestro medio.
San Lucas nos dice en su primera bienaventuranza: (LC. 6, 20B).
San Lucas nos dice que todos los que sufren por alguna causa, en atención al dolor que caracteriza su existencia mortal, son coherederos del Reino de Dios. San Mateo concreta más la citada bienaventuranza en su obra, afirmando que Jesús les dijo a sus oyentes en el monte Tabor: (MT. 5, 3).
Si muchos hermanos nuestros que están marcados por el sufrimiento han aprendido guiados por el espíritu santo a utilizar su dolor como medio para vivir en la presencia de nuestro Padre común, hemos de recordar a quienes, además de no tener fe en nuestro creador, odian su estado actual, e incluso desestiman su vida, porque, lejos de Dios, las miserias que caracterizan nuestra existencia, carecen de sentido. Sólo Dios sabe por qué no puedo ver las imágenes que muchos de mis amigos y lectores me enviáis en reconocimiento al esfuerzo que realizo al dirigirme a vosotros todas las semanas por este medio; sólo nuestro Padre común sabe lo que sufren las madres que ven cómo sus hijos adolescentes se dirigen al precipicio de los vicios y no pueden hacer nada para impedirlo; sólo nuestro Padre común conoce la fe que les es necesaria a quienes tienen a uno e incluso a varios familiares enfermos, y lo único que pueden hacer es verles sufrir hasta que mueren sin poder hacer nada para consolarlos... Oremos por nuestros hermanos que están marcados por el sufrimiento. Yo quisiera pediros que penséis en la posibilidad de establecer contacto con quienes tienen carencias materiales y espirituales, pues ello constituye una experiencia muy bella, tanto para quienes son caritativos con quienes sufren, como para quienes obtienen fuerzas renovadas para seguir luchando, después de comprobar que no están desamparados en el mundo, pues tienen medios para mejorar su vida en todos los aspectos y hermanos en la fe que están dispuestos a atenderlos en algunas de sus necesidades.
Jesús alaba a quienes tienen la necesidad de trabajar para alimentarse a sí mismos y a sus familiares, especialmente cuando los tales, aunque realicen grandes esfuerzos para sobrevivir, sólo encuentren puertas cerradas en su camino, las cuales les impidan obtener los bienes que necesitan para sacar adelante a sus familiares. San Pablo les escribió a los corintios: (1 COR. 1, 25-30).
Santiago escribió: (ST: 2, 5-8).
Para vivir el espíritu de las bienaventuranzas, nos es imprescindible conocer el significado de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (JER: 17, 5. 7).
Los católicos sabemos que cuando se nos dice que son malditos quienes no creen en Dios, se hace alusión a la diferencia existente entre nuestra vida y la existencia de quienes carecen de fe en nuestro Padre común. Nosotros sabemos que tenemos que confiar en nuestro Padre común plenamente si queremos ser cristianos practicantes. Os digo esto porque he interrogado a una persona que no cree en nuestro Criador a través de un servicio de Chat, y me ha dicho que si escuchara las citadas palabras de Jeremías en una congregación cristiana, tendría la sensación de estar entre los partidarios de una secta bastante peligrosa. Nosotros nos esforzamos mucho para aprender la gran lección que encierran las citadas palabras del autor de las Lamentaciones, así pues, nunca creemos que nuestra conversión es completa, porque no alardeamos de nuestra constancia a la hora de profesar nuestra fe, y porque puede sobrevenirnos alguna circunstancia por cuya vivencia se tambalee el edificio de nuestras creencias. Hace varios días tuve la oportunidad de hablar con uno de mis mejores amigos, el cual me dijo que le pide todos los días a Dios que le conceda una dádiva que le haría muy feliz. Mi amigo lleva mucho tiempo pidiéndole dicho favor a dios, e incluso piensa que, por causa de ciertas circunstancias, es posible que nuestro Padre celestial no le conceda lo que él le pide diariamente. Yo le dije a mi amigo que mientras nuestra vida es muy limitada ya que vivimos sujetos a las experiencias que nos proporcionan las décadas tan cortas que vivimos en este mundo, nuestro Creador dispone de la eternidad para hacer lo que debe hacer bien hecho.
Cuando éramos niños deseábamos jugar más rato del que se nos permitía, dado que teníamos que estudiar y ayudar a nuestros padres a realizar ciertas actividades hogareñas. Quizá tuvimos en los años de la adolescencia el deseo de independizarnos de nuestros padres, especialmente si ellos no estaban de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer. Quienes desearon ser religiosos se prepararon fervientemente a servir a nuestro Padre del cielo. Quienes conocieron a sus cónyuges, trabajaron duramente para constituir sus familias. La vida avanza y mientras que tenemos deseos de seguir alcanzando metas ello significa que tenemos ganas de vivir, así pues, cuando creemos que no tenemos nada que hacer en este mundo porque hemos vivido el tiempo que teníamos que vivir, empezamos a tener problemas que necesitan ser tratados por un psicólogo. Los cristianos no olvidamos que todo lo que nos sucede en nuestra vida está encaminado a nuestra salvación.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros ante nuestro Abba, para que Él nos ayude a ser esos pobres espirituales de los que san Mateo nos habla en su Evangelio, las almas sencillas que viven de Dios, en Dios, y para Dios. Amén.
joseportilloperez@gmail.com
Los bienaventurados.
Aunque San Mateo nos ofrece un estudio muy pormenorizado de las bienaventuranzas en su evangelio, San Lucas, en su primera obra, nos da la oportunidad de saber quiénes pueden ser bienaventurados, al mismo tiempo que nos inculca el deseo de ser fieles seguidores de Jesús. Para estudiar las bienaventuranzas, podemos partir de la idea de que dios nos ama a todos, así pues, cuando Jesús nos dice que nuestro Padre común siente una predilección especial por los que sufren, ello no significa que hemos de ser pobres y que hemos de estar marcados por el sufrimiento para conseguir ser el objeto del amor de nuestro Criador, sino que nuestro Padre común se compadece de quienes sufren por cualquier causa. El cantante Julio Iglesias canta en una de sus canciones que en el mundo todos bailamos al son que se nos marca, y que no nos ocupamos de quienes se caen al soltarse de nuestras manos. Si tenemos la necesidad de aspirar a conseguir bienes recorriendo caminos difíciles, no olvidamos nunca que nuestro mayor deseo consiste en vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios. Todos podemos buscar a Dios recorriendo el camino del crecimiento espiritual teniendo en cuenta nuestro estado actual, nuestras relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de las comunidades religiosas físicas y/o virtuales de las que formamos parte... Tenemos muchas oportunidades para acercarnos a nuestro Padre común, pero hemos de tener muy presentes en nuestras oraciones a quienes sólo cuentan con su dolor e impotencia para dirigirse a nuestro Creador. Ellos necesitan de nuestras oraciones porque precisan ser amados, ya que no podrán superar su estado adverso sin ser ayudados por nuestro criador a vencer la acritud que forma parte de su vida, y porque necesitan de nuestra caridad para que Dios se les manifieste demostrándoles que es misericordioso con ellos por nuestro medio.
San Lucas nos dice en su primera bienaventuranza: (LC. 6, 20B).
San Lucas nos dice que todos los que sufren por alguna causa, en atención al dolor que caracteriza su existencia mortal, son coherederos del Reino de Dios. San Mateo concreta más la citada bienaventuranza en su obra, afirmando que Jesús les dijo a sus oyentes en el monte Tabor: (MT. 5, 3).
Si muchos hermanos nuestros que están marcados por el sufrimiento han aprendido guiados por el espíritu santo a utilizar su dolor como medio para vivir en la presencia de nuestro Padre común, hemos de recordar a quienes, además de no tener fe en nuestro creador, odian su estado actual, e incluso desestiman su vida, porque, lejos de Dios, las miserias que caracterizan nuestra existencia, carecen de sentido. Sólo Dios sabe por qué no puedo ver las imágenes que muchos de mis amigos y lectores me enviáis en reconocimiento al esfuerzo que realizo al dirigirme a vosotros todas las semanas por este medio; sólo nuestro Padre común sabe lo que sufren las madres que ven cómo sus hijos adolescentes se dirigen al precipicio de los vicios y no pueden hacer nada para impedirlo; sólo nuestro Padre común conoce la fe que les es necesaria a quienes tienen a uno e incluso a varios familiares enfermos, y lo único que pueden hacer es verles sufrir hasta que mueren sin poder hacer nada para consolarlos... Oremos por nuestros hermanos que están marcados por el sufrimiento. Yo quisiera pediros que penséis en la posibilidad de establecer contacto con quienes tienen carencias materiales y espirituales, pues ello constituye una experiencia muy bella, tanto para quienes son caritativos con quienes sufren, como para quienes obtienen fuerzas renovadas para seguir luchando, después de comprobar que no están desamparados en el mundo, pues tienen medios para mejorar su vida en todos los aspectos y hermanos en la fe que están dispuestos a atenderlos en algunas de sus necesidades.
Jesús alaba a quienes tienen la necesidad de trabajar para alimentarse a sí mismos y a sus familiares, especialmente cuando los tales, aunque realicen grandes esfuerzos para sobrevivir, sólo encuentren puertas cerradas en su camino, las cuales les impidan obtener los bienes que necesitan para sacar adelante a sus familiares. San Pablo les escribió a los corintios: (1 COR. 1, 25-30).
Santiago escribió: (ST: 2, 5-8).
Para vivir el espíritu de las bienaventuranzas, nos es imprescindible conocer el significado de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (JER: 17, 5. 7).
Los católicos sabemos que cuando se nos dice que son malditos quienes no creen en Dios, se hace alusión a la diferencia existente entre nuestra vida y la existencia de quienes carecen de fe en nuestro Padre común. Nosotros sabemos que tenemos que confiar en nuestro Padre común plenamente si queremos ser cristianos practicantes. Os digo esto porque he interrogado a una persona que no cree en nuestro Criador a través de un servicio de Chat, y me ha dicho que si escuchara las citadas palabras de Jeremías en una congregación cristiana, tendría la sensación de estar entre los partidarios de una secta bastante peligrosa. Nosotros nos esforzamos mucho para aprender la gran lección que encierran las citadas palabras del autor de las Lamentaciones, así pues, nunca creemos que nuestra conversión es completa, porque no alardeamos de nuestra constancia a la hora de profesar nuestra fe, y porque puede sobrevenirnos alguna circunstancia por cuya vivencia se tambalee el edificio de nuestras creencias. Hace varios días tuve la oportunidad de hablar con uno de mis mejores amigos, el cual me dijo que le pide todos los días a Dios que le conceda una dádiva que le haría muy feliz. Mi amigo lleva mucho tiempo pidiéndole dicho favor a dios, e incluso piensa que, por causa de ciertas circunstancias, es posible que nuestro Padre celestial no le conceda lo que él le pide diariamente. Yo le dije a mi amigo que mientras nuestra vida es muy limitada ya que vivimos sujetos a las experiencias que nos proporcionan las décadas tan cortas que vivimos en este mundo, nuestro Creador dispone de la eternidad para hacer lo que debe hacer bien hecho.
Cuando éramos niños deseábamos jugar más rato del que se nos permitía, dado que teníamos que estudiar y ayudar a nuestros padres a realizar ciertas actividades hogareñas. Quizá tuvimos en los años de la adolescencia el deseo de independizarnos de nuestros padres, especialmente si ellos no estaban de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer. Quienes desearon ser religiosos se prepararon fervientemente a servir a nuestro Padre del cielo. Quienes conocieron a sus cónyuges, trabajaron duramente para constituir sus familias. La vida avanza y mientras que tenemos deseos de seguir alcanzando metas ello significa que tenemos ganas de vivir, así pues, cuando creemos que no tenemos nada que hacer en este mundo porque hemos vivido el tiempo que teníamos que vivir, empezamos a tener problemas que necesitan ser tratados por un psicólogo. Los cristianos no olvidamos que todo lo que nos sucede en nuestra vida está encaminado a nuestra salvación.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros ante nuestro Abba, para que Él nos ayude a ser esos pobres espirituales de los que san Mateo nos habla en su Evangelio, las almas sencillas que viven de Dios, en Dios, y para Dios. Amén.
joseportilloperez@gmail.com
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La paradoja de las bienaventuranzas. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
La paradoja de las bienaventuranzas.
1. Los cristianos podemos vincularnos a la Iglesia para que se nos facilite el hecho de alcanzar la santidad.
Antes de escribir las meditaciones de Padre nuestro, me dirijo a nuestro Padre común en oración, para que el Espíritu Santo me ilumine, con el fin de que pueda transmitiros alguna idea que os pueda ser útil. Yo le digo a nuestro Padre común al comenzar a orar antes de redactar dichas meditaciones, el texto del SAL. 19, 15.
Uno de mis lectores se ha entretenido en bajar de alguna red de archivos p2p una colección de libros que no están firmados por ningún autor los cuales contienen interminables listas de acusaciones contra Dios, los autores de la Biblia y la Iglesia. Después de enviarme esa colección de libros y de folletos para mí tan poco fiable porque los mismos no están firmados por nadie que se atenga a las consecuencias de responder a dichas acusaciones, me ha escrito: "Por todo esto no creo ni en Dios ni en la Iglesia". Este hecho me ha hecho reflexionar mucho sobre la meditación que os presento en esta ocasión.
Dado que quienes aceptamos una determinada religión mantenemos la creencia de que estamos poseídos por la verdad, necesitamos respetar a quienes no comparten nuestras creencias -esto no significa que vamos a actuar contra nuestra conciencia-, con el fin de no incurrir en el pecado de ser despóticos. Si muchos católicos vivimos vinculados a la Iglesia, ello sucede porque queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida y en el ambiente en que vivimos. Buscar a Dios fuera de la Iglesia puede significar concebir una religiosidad muy débil incapaz de afrontar -y confrontar- las contradicciones a que los cristianos practicantes sobrevivimos día a día. No nos imaginemos que Dios se adapta a nuestras necesidades ni confundamos la fe que profesamos con una especie de humanitarismo generalizado, pues es necesario que dejemos que Dios sea Dios, y que conozcamos profundamente a nuestro Padre común, con el fin de que podamos responder las preguntas que nos planteamos muchas veces relativas al dolor, la muerte y el más allá, pues, de la respuesta a esos interrogantes, depende el hecho de que creamos en Dios o de que decidamos vivir sin fe en nuestro Padre común.
Hace algún tiempo, me escribió uno de mis lectores: "Desde que leo tus meditaciones no asisto a ninguna Iglesia. El templo donde yo iba a Misa es frecuentado por gente muy rica que predica la pobreza y nada en la abundancia... Ya no voy a la Iglesia porque en la red tengo lo que necesito leer y porque así no tengo que darle explicaciones a nadie de lo que creo, cosa que no le importa tampoco a nadie".
Si no queremos tener una religiosidad subjetiva, -es decir, si no queremos ser creyentes cuando necesitamos a Dios y renegar de nuestro Padre común cuando tengamos que defender nuestras creencias ante quienes las rechazan-, una de las cosas que necesitamos hacer, es rodearnos de fieles cristianos en la Iglesia, pues, el siguiente texto bíblico, aunque fue escrito para quienes estamos casados, explica la necesidad que tenemos de no separarnos de la fundación de Cristo: (ECL. 4, 9-11).
Si no nos rodeamos de hermanos en la fe que nos animen cuando tengamos la sensación de que creer en Dios no tiene sentido, ¿quién nos devolverá la fe perdida?
Es necesario que tengamos en cuenta que los miembros de la Iglesia deberíamos estar tan unidos como si viviéramos bajo un mismo techo. Como lamentablemente no estamos vinculados como deberíamos estarlo, en muchas ocasiones se cumple en nosotros el siguiente texto del libro de los Proverbios: (PR. 19, 7).
Muchos de nuestros hermanos, aunque se preparan convenientemente para trabajar y constituir familias, no alimentan su espíritu, de manera que, el vago recuerdo que les queda de su instrucción catequética de la infancia, no les es suficiente para responder las cuestiones mencionadas anteriormente desde la óptica de nuestra fe, por lo cual, en lugar de instruirse en el conocimiento de nuestras creencias, prefieren conformarse con una fe débil que, según se enfrentan a sus experiencias vitales, al no ser debidamente fortalecida, se debilita hasta extinguirse.
Al invitar a los cristianos que no son practicantes a vincularse a la vida de la Iglesia, no pretendo decir que los que nos consideramos practicantes somos perfectos, pues sabemos que podemos mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, y tenemos la costumbre de dejar que la Palabra de Dios contenida en la Biblia lea lo que hay en nuestros corazones, para que, al descubrir ante Dios las preocupaciones y alegrías de nuestra vida ordinaria, podamos adaptarnos al fiel cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común. Lejos esté de nosotros, -a pesar del deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios con el fin de aumentar el número de hijos de la Iglesia-, el deseo de darle lecciones a nadie para presumir de que el mundo tiene que arrodillarse ante nosotros, porque somos propietarios de la verdad. La gran mayoría de cristianos practicantes no somos grandes ejemplos de perfección absoluta, pero, a pesar de ello, intentamos dar testimonio de la profesión pública y privada de nuestra fe, con el fin de que quienes nos rodean vean que es posible creer en Dios en un mundo en que muchas veces podemos tener la impresión de que nuestros valores están predestinados a desaparecer.
2. ¿En qué sentido son bienaventurados los pobres?
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 20).
En uno de los libros que no están firmados por nadie que me ha enviado uno de mis lectores, he leído que la religión predicada por Jesús no es más que una mera ilusión para hacer que los pobres, al pensar en la conclusión del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros que acontecerá al final de los tiempos, eviten el hecho de pensar en sus dificultades. Esta acusación carece totalmente de sentido, así pues, quienes realmente necesitan comer, ropa para vestirse y un techo bajo el que cobijarse, saben perfectamente que nadie les va a solucionar sus problemas por más que lean la Biblia. Nadie ignora que en el libro de los Proverbios se afirman con respecto a los pobres verdades como las siguientes: (PR. 10, 15-16. 14, 20-21. 15, 15-17).
Los cristianos deberíamos aplicarnos el siguiente relato, con el fin de aprender que, si viviéramos unidos como verdaderos hermanos, podríamos vencer todos los tipos de pobrezas existentes.
"Hubo una vez, hace muchos años, un país que acababa de pasar una guerra muy dura. Como ya es sabido, las guerras traen consigo rencores, envidias, muchos problemas, muchos muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina ni pan.
Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña le dijo:
-Señora, ¿No tenéis un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?
Y la mujer le mira de arriba abajo y responde:
-Pero, ¿Estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta y peor trato.
El soldado casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzó el pueblo de cabo a rabo y llegó al final, donde estaba el lavadero público. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-¡Muchachas! ¿No habéis probado nunca la sopa de piedras que hago?
Las muchachas se mofaron de él diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando éste se marchaba decepcionado.
-Soldado, ¿te podemos ayudar? Le dijeron.
-¡Claro que sí! Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer el fuego.
Rápidamente los chiquillos fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua, lavan muy bien las piedras y las echan hasta que el agua comenzó a hervir.
-" ¿Podemos probar la sopa?" preguntan impacientes los chiquillos.
-¡Calma, calma!.
El soldado la probó y dijo:
-Mm... A ¡Qué buena, pero le falta una pizquita de sal!
-En mi casa tengo sal -dijo un niño. Y salió a por ella. La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probar la sopa y dijo:
-Mm... ¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y un niño que se llamaba Luis fue a su casa a buscar unos tomates, y los trajo enseguida.
En un periquete los niños fueron trayendo cosillas: patatas, lechuga, arroz y hasta un trozo de pollo.
La olla se llenó, el soldado removió una y otra vez la sopa hasta que de nuevo la probó y dijo:
-Mm... Es la mejor sopa de piedras que he hecho en toda mi vida. ¡Venga, venga, id a avisar a toda la gente del pueblo que venga a comer! ¡Hay para todos! ¡Que traigan platos y cucharas!
Repartió la sopa. Hubo para todos los del pueblo que avergonzados reconocieron que, si bien era verdad que no tenían pan, juntos podían tener comida para todos.
Y desde aquel día, gracias al soldado hambriento aprendieron a compartir lo que tenían"
(Desconozco el autor).
Dios quiere que todos seamos esos pobres de los que Jesús nos habla en sus bienaventuranzas. Independientemente de que seamos pobres o de que nademos en la abundancia, Dios quiere de nosotros que seamos sencillos. Las mejores ocasiones para demostrarnos que realmente somos los bienaventurados mencionados por Jesús, son aquellas en las que tenemos que optar por cumplir la voluntad de Dios o por pecar. Veamos algunos ejemplos de ello.
-Una chica o una mujer, piensa: Amo a mi novio y cada día estoy más segura de que él también me ama. Él me ha dicho que si no le demuestro mi amor manteniendo relaciones sexuales con él me dejará. Sé que mantener relaciones sexuales antes de casarnos es un pecado, pero, ¿qué hay de malo en ello?
¿No nos ha dado Dios el cuerpo para que nos manifestemos el amor que sentimos?
Si nos amamos, ¿qué hay de malo en el hecho de que nos manifestemos el amor que sentimos?
Mi novio es muy bueno y nunca me ha pedido nada. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo.
La chica (o la mujer) que se plantea estas dudas, debería pensar:
¿Cómo puedo ser tan ingenua para creer que verdaderamente me ama un hombre que ni siquiera es capaz de esperar a casarse conmigo para que podamos mantener relaciones sexuales sin pecar?
Si mi novio aun cuando no estamos casados tiene la pretensión de convertirme en un objeto causante de placer, ¿qué pensará hacer de mi vida cuando nos casemos?
Si la chica o la mujer supuesta no obedecen el mandamiento bíblico y eclesiástico de mantenerse casta, quizá tendrá la experiencia de un embarazo no deseado, la amarga vivencia de un aborto y la ruptura de su relación de noviazgo. En el caso de que no se produzca el embarazo, existe la probabilidad de que su relación no sea estable por mucho tiempo, dado que el valor de la fidelidad entre novios y cónyuges no es tan aceptado socialmente como lo fue en el pasado.
-Un hombre casado, reflexiona:
Hace mucho tiempo que tengo problemas con vivenciales con mi mujer. Hace algún tiempo me enamoré de mi secretaria y he tomado la decisión de convivir con ella.
¿Qué hay de malo en que yo me separe de una mujer con la que lo único que hago es sufrir?
¿No se lee en la Biblia que Dios es amor?
¿Qué hay de malo en el hecho de que yo pueda ser feliz con mi secretaria?
El hombre de este segundo ejemplo debería pensar que dicha separación en sí es amarga, que va a dejar deshecho su hogar, que va a tener que mantener a hijos de dos mujeres, que va a tener que vivir periodos de rencor innecesario, que van a existir rencores eternos entre los hijos de las dos mujeres, etcétera.
-Una señora cristiana, piensa:
Tengo una necesidad de dinero muy urgente. Podría solucionar mi problema accediendo a salir con mi jefe hasta que él se canse de mí. A mi jefe le gusta cambiar mucho de pareja, así que esa situación no sería prolongada por mucho tiempo.
La mujer de este ejemplo debería pensar que existe una gran probabilidad de que la estabilidad económica que espera conseguir sea disfrutada por otra mujer, por lo que ella, además de continuar con sus problemas económicos -si es que no pierde el empleo-, tendrá que vérselas con su conciencia, en el caso de incumplir el mandamiento de mantenerse casta dentro de su situación actual.
La vida cristiana, que parece muy difícil si no la vemos con optimismo, se explica perfectamente con el siguiente ejemplo:
-Soy una señora de treinta años que siempre he visto frustrados los intentos que he hecho para perder todos los kilos que me sobran. Mañana empezaré nuevamente mi dieta de verduras, pero ahora mismo me voy a tomar un helado de chocolate... Estoy pensando que, los escasos minutos de placer que me proporcionarán ese helado, pueden costarme muchos días de sacrificio comiendo verduras, pues, si no adelgazo rápidamente, olvidándome de las más de 1000 calorías del helado en que estoy pensando, me desanimaré pensando que soy incapaz de perder los kilos que me sobran, por lo que probablemente dejaré mi dieta otra temporada.
Nota: Los ejemplos aquí mencionados están concebidos desde el punto de vista del cumplimiento de las normas morales cristianas, pero yo recomiendo verlos desde la capacidad del no juicio.
La pobreza espiritual de que nos habla Jesús, puede cambiar la forma de vivir que tenemos, pues vivimos en una sociedad en que nos hemos acostumbrado a hablar de "mi casa", "mi familia", "mi trabajo", "mi coche", "mis amigos", etcétera, mientras que nuestra fe nos enseña a considerar la siguiente reflexión:
"En una de las salas de un salón de clase en un colegio privado, había varios estudiantes, cuando uno de ellos le preguntó de improvisto a la maestra lo siguiente:
"Maestra, ¿qué es el amor?
La maestra sintió dentro de su ser que el estudiante merecía una respuesta a la altura de la pregunta inteligente que hiciera delante de los demás estudiantes del salón.
Como ya estaban casi en la hora del recreo, la maestra le pidió a cada estudiante que diera una vuelta por el patio de la escuela y trajese lo que más despertara en ellos el sentimiento de amor profundo.
Los estudiantes salieron apresurados al recreo, y cuando volvieron la maestra les dijo lo siguiente: "Quiero que cada uno de ustedes muestre lo que trajo consigo al resto del salón de clases".
El primer estudiante dijo lo siguiente: "Yo traje está magnífica y floreada flor, ¿no es linda y hermosa?
El segundo estudiante habló y dijo lo siguiente: "Yo atrapé está hermosa mariposa. Vea el colorido de sus alas, la voy a colocar en mi colección de mariposas que tengo en mi casa.
El tercer estudiante dijo también lo siguiente: "Yo vi en un árbol un nido con este pichón de pajarito. Se cayó del nido con otro hermanito, ¿no son graciosos y hermosos?
Y, así cada uno del resto del estudiantado, fueron colocando en la mesa lo que habían recogido en el patio de la escuela.
Terminada la exposición de cada uno de los estudiantes en el salón de clases, la maestra notó con preocupación que había una estudiante que no había traído nada, y que se había quedado todo el tiempo callada sin decir ninguna palabra. Ella estaba avergonzada, pues nada había traído para la exposición.
La maestra entonces se dirigió apresuradamente hacia la estudiante y le preguntó lo siguiente: "Muy bien, ¿y por qué no has traído nada? Y, la estudiante Entonces tímidamente le contestó a la maestra lo siguiente:
"Disculpe maestra. Vi la hermosa y maravillosa flor, pensé en arrancarla, mas preferí dejarla en su lugar, para que su perfume exhalase más tiempo y envolviera el lugar de aroma. Vi también la mariposa con sus múltiples colores maravillosos, suave colorida, ella parecía tan feliz y contenta que no tuve el coraje ni el valor de aprisionarla en mis manos. Vi también al pequeño pichoncito caído en la tierra entre las hojas, pero....al subir al árbol, noté el mirar triste de su madre, y preferí devolverlo junto a su otro hermanito al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor, la sensación de libertad de la mariposa que vuela libre por los aires, y la eterna gratitud que sentí en los ojos de la madre de los pajaritos..... ¿Cómo puedo mostrar lo que traje?
La maestra entonces entendió el gran mensaje de su alumna, y le puso la nota más alta, pues ella fue la única estudiante que percibió dentro de sí misma, que.... "Sólo podemos hallar el Amor en el corazón"!!"
(Desconozco el autor de este relato).
3. ¿Cómo sacia Jesús el hambre espiritual de sus pobres?
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 21A). Si interpretamos literalmente las palabras de nuestro Señor, al pensar que las tales se refieren a los pobres, nos preguntamos: ¿Por qué no cumple Dios la promesa de saciar a los pobres? Para entender el texto bíblico que estamos meditando, nos es imprescindible leer el siguiente texto de San Mateo: (MT. 5, 6).
Según hemos visto en los ejemplos anteriores relacionados con la obediencia a Dios y el hecho de caer en el pozo del pecado, la vida cristiana se contradice con la impaciencia que se extiende entre los habitantes de los países desarrollados, pues muchos de los tales adaptan su vida de forma que quieren alcanzar grandes metas en el mismo tiempo que pulsan un botón del mouse de su ordenador o cambian de cadena de televisión, lo cual es totalmente imposible. Nuestra vida cristiana es muy rica en beneficios para quienes la aceptamos, pero, exceptuando el gozo de cumplir la voluntad de Dios, los citados frutos se perciben a largo plazo. Supongamos que un profesor es contratado por un matrimonio que desea que sus hijos sean buenos estudiantes y gente de provecho en el futuro. Es normal que el citado profesor se sienta recompensado por su esfuerzo a la medida que sus alumnos progresan en sus estudios y no lo haga antes de empezar a impartirles clases a los mismos.
Afortunadamente para nosotros, los Santos no nacen, se hacen, porque, si los Santos nacieran, por causa de nuestra imperfección, no tendríamos la esperanza de vivir algún día en la presencia de Dios, sin que necesitáramos la fe para creer que nuestro Padre común existe. Fijaos en un detalle. Jesús le perdonó sus pecados a un paralítico y lo curó de su enfermedad (MC. 2, 1-12). A continuación (vs. 13-17), no sólo le perdonó sus pecados al recaudador de impuestos Mateo, sino que lo convirtió en uno de los Doce Apóstoles. Por su oficio, Mateo tenía más probabilidad de ser moralmente peor que el paralítico anteriormente mencionado, pero Jesús le dio una mejor posición que al citado enfermo, en cumplimiento de las palabras de San Pablo, citadas en ROM. 5, 20.
¿Quién le confiaría la administración de sus posesiones a un reconocido ladrón? Jesús le concedió la administración del dinero del Colegio Apostólico a Judas Iscariote, uno de los Doce que, además de ser ladrón, vendió al Mesías, para que sus enemigos pudieran tratarlo como a un esclavo, ya que los hombres libres tenían derechos de los que estaban privados los carentes de libertad.
¿Quién le confiaría la ejecución de su obra a un hombre que anteriormente le hubiera negado? A pesar de que el Apóstol San Pedro negó a Jesús cuando nuestro Señor fue prendido en el huerto de Getsemaní, Jesús constituyó a Simón Papa de su Iglesia.
Si circunstancialmente somos calumniados, o si sufrimos alguna circunstancia por la que creemos que somos perfectos inútiles, o si cometemos un pecado tan grave como para después de recapacitar llegar a creer que somos imperdonables, no creamos que no tenemos valor para Dios, pues nuestro Padre común quiere que nos apliquemos las palabras de San Pablo, expuestas en 2 COR. 12, 9.
joseportilloperez@gmail.com
La paradoja de las bienaventuranzas.
1. Los cristianos podemos vincularnos a la Iglesia para que se nos facilite el hecho de alcanzar la santidad.
Antes de escribir las meditaciones de Padre nuestro, me dirijo a nuestro Padre común en oración, para que el Espíritu Santo me ilumine, con el fin de que pueda transmitiros alguna idea que os pueda ser útil. Yo le digo a nuestro Padre común al comenzar a orar antes de redactar dichas meditaciones, el texto del SAL. 19, 15.
Uno de mis lectores se ha entretenido en bajar de alguna red de archivos p2p una colección de libros que no están firmados por ningún autor los cuales contienen interminables listas de acusaciones contra Dios, los autores de la Biblia y la Iglesia. Después de enviarme esa colección de libros y de folletos para mí tan poco fiable porque los mismos no están firmados por nadie que se atenga a las consecuencias de responder a dichas acusaciones, me ha escrito: "Por todo esto no creo ni en Dios ni en la Iglesia". Este hecho me ha hecho reflexionar mucho sobre la meditación que os presento en esta ocasión.
Dado que quienes aceptamos una determinada religión mantenemos la creencia de que estamos poseídos por la verdad, necesitamos respetar a quienes no comparten nuestras creencias -esto no significa que vamos a actuar contra nuestra conciencia-, con el fin de no incurrir en el pecado de ser despóticos. Si muchos católicos vivimos vinculados a la Iglesia, ello sucede porque queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida y en el ambiente en que vivimos. Buscar a Dios fuera de la Iglesia puede significar concebir una religiosidad muy débil incapaz de afrontar -y confrontar- las contradicciones a que los cristianos practicantes sobrevivimos día a día. No nos imaginemos que Dios se adapta a nuestras necesidades ni confundamos la fe que profesamos con una especie de humanitarismo generalizado, pues es necesario que dejemos que Dios sea Dios, y que conozcamos profundamente a nuestro Padre común, con el fin de que podamos responder las preguntas que nos planteamos muchas veces relativas al dolor, la muerte y el más allá, pues, de la respuesta a esos interrogantes, depende el hecho de que creamos en Dios o de que decidamos vivir sin fe en nuestro Padre común.
Hace algún tiempo, me escribió uno de mis lectores: "Desde que leo tus meditaciones no asisto a ninguna Iglesia. El templo donde yo iba a Misa es frecuentado por gente muy rica que predica la pobreza y nada en la abundancia... Ya no voy a la Iglesia porque en la red tengo lo que necesito leer y porque así no tengo que darle explicaciones a nadie de lo que creo, cosa que no le importa tampoco a nadie".
Si no queremos tener una religiosidad subjetiva, -es decir, si no queremos ser creyentes cuando necesitamos a Dios y renegar de nuestro Padre común cuando tengamos que defender nuestras creencias ante quienes las rechazan-, una de las cosas que necesitamos hacer, es rodearnos de fieles cristianos en la Iglesia, pues, el siguiente texto bíblico, aunque fue escrito para quienes estamos casados, explica la necesidad que tenemos de no separarnos de la fundación de Cristo: (ECL. 4, 9-11).
Si no nos rodeamos de hermanos en la fe que nos animen cuando tengamos la sensación de que creer en Dios no tiene sentido, ¿quién nos devolverá la fe perdida?
Es necesario que tengamos en cuenta que los miembros de la Iglesia deberíamos estar tan unidos como si viviéramos bajo un mismo techo. Como lamentablemente no estamos vinculados como deberíamos estarlo, en muchas ocasiones se cumple en nosotros el siguiente texto del libro de los Proverbios: (PR. 19, 7).
Muchos de nuestros hermanos, aunque se preparan convenientemente para trabajar y constituir familias, no alimentan su espíritu, de manera que, el vago recuerdo que les queda de su instrucción catequética de la infancia, no les es suficiente para responder las cuestiones mencionadas anteriormente desde la óptica de nuestra fe, por lo cual, en lugar de instruirse en el conocimiento de nuestras creencias, prefieren conformarse con una fe débil que, según se enfrentan a sus experiencias vitales, al no ser debidamente fortalecida, se debilita hasta extinguirse.
Al invitar a los cristianos que no son practicantes a vincularse a la vida de la Iglesia, no pretendo decir que los que nos consideramos practicantes somos perfectos, pues sabemos que podemos mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, y tenemos la costumbre de dejar que la Palabra de Dios contenida en la Biblia lea lo que hay en nuestros corazones, para que, al descubrir ante Dios las preocupaciones y alegrías de nuestra vida ordinaria, podamos adaptarnos al fiel cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común. Lejos esté de nosotros, -a pesar del deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios con el fin de aumentar el número de hijos de la Iglesia-, el deseo de darle lecciones a nadie para presumir de que el mundo tiene que arrodillarse ante nosotros, porque somos propietarios de la verdad. La gran mayoría de cristianos practicantes no somos grandes ejemplos de perfección absoluta, pero, a pesar de ello, intentamos dar testimonio de la profesión pública y privada de nuestra fe, con el fin de que quienes nos rodean vean que es posible creer en Dios en un mundo en que muchas veces podemos tener la impresión de que nuestros valores están predestinados a desaparecer.
2. ¿En qué sentido son bienaventurados los pobres?
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 20).
En uno de los libros que no están firmados por nadie que me ha enviado uno de mis lectores, he leído que la religión predicada por Jesús no es más que una mera ilusión para hacer que los pobres, al pensar en la conclusión del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros que acontecerá al final de los tiempos, eviten el hecho de pensar en sus dificultades. Esta acusación carece totalmente de sentido, así pues, quienes realmente necesitan comer, ropa para vestirse y un techo bajo el que cobijarse, saben perfectamente que nadie les va a solucionar sus problemas por más que lean la Biblia. Nadie ignora que en el libro de los Proverbios se afirman con respecto a los pobres verdades como las siguientes: (PR. 10, 15-16. 14, 20-21. 15, 15-17).
Los cristianos deberíamos aplicarnos el siguiente relato, con el fin de aprender que, si viviéramos unidos como verdaderos hermanos, podríamos vencer todos los tipos de pobrezas existentes.
"Hubo una vez, hace muchos años, un país que acababa de pasar una guerra muy dura. Como ya es sabido, las guerras traen consigo rencores, envidias, muchos problemas, muchos muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina ni pan.
Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña le dijo:
-Señora, ¿No tenéis un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?
Y la mujer le mira de arriba abajo y responde:
-Pero, ¿Estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta y peor trato.
El soldado casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzó el pueblo de cabo a rabo y llegó al final, donde estaba el lavadero público. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-¡Muchachas! ¿No habéis probado nunca la sopa de piedras que hago?
Las muchachas se mofaron de él diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando éste se marchaba decepcionado.
-Soldado, ¿te podemos ayudar? Le dijeron.
-¡Claro que sí! Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer el fuego.
Rápidamente los chiquillos fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua, lavan muy bien las piedras y las echan hasta que el agua comenzó a hervir.
-" ¿Podemos probar la sopa?" preguntan impacientes los chiquillos.
-¡Calma, calma!.
El soldado la probó y dijo:
-Mm... A ¡Qué buena, pero le falta una pizquita de sal!
-En mi casa tengo sal -dijo un niño. Y salió a por ella. La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probar la sopa y dijo:
-Mm... ¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y un niño que se llamaba Luis fue a su casa a buscar unos tomates, y los trajo enseguida.
En un periquete los niños fueron trayendo cosillas: patatas, lechuga, arroz y hasta un trozo de pollo.
La olla se llenó, el soldado removió una y otra vez la sopa hasta que de nuevo la probó y dijo:
-Mm... Es la mejor sopa de piedras que he hecho en toda mi vida. ¡Venga, venga, id a avisar a toda la gente del pueblo que venga a comer! ¡Hay para todos! ¡Que traigan platos y cucharas!
Repartió la sopa. Hubo para todos los del pueblo que avergonzados reconocieron que, si bien era verdad que no tenían pan, juntos podían tener comida para todos.
Y desde aquel día, gracias al soldado hambriento aprendieron a compartir lo que tenían"
(Desconozco el autor).
Dios quiere que todos seamos esos pobres de los que Jesús nos habla en sus bienaventuranzas. Independientemente de que seamos pobres o de que nademos en la abundancia, Dios quiere de nosotros que seamos sencillos. Las mejores ocasiones para demostrarnos que realmente somos los bienaventurados mencionados por Jesús, son aquellas en las que tenemos que optar por cumplir la voluntad de Dios o por pecar. Veamos algunos ejemplos de ello.
-Una chica o una mujer, piensa: Amo a mi novio y cada día estoy más segura de que él también me ama. Él me ha dicho que si no le demuestro mi amor manteniendo relaciones sexuales con él me dejará. Sé que mantener relaciones sexuales antes de casarnos es un pecado, pero, ¿qué hay de malo en ello?
¿No nos ha dado Dios el cuerpo para que nos manifestemos el amor que sentimos?
Si nos amamos, ¿qué hay de malo en el hecho de que nos manifestemos el amor que sentimos?
Mi novio es muy bueno y nunca me ha pedido nada. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo.
La chica (o la mujer) que se plantea estas dudas, debería pensar:
¿Cómo puedo ser tan ingenua para creer que verdaderamente me ama un hombre que ni siquiera es capaz de esperar a casarse conmigo para que podamos mantener relaciones sexuales sin pecar?
Si mi novio aun cuando no estamos casados tiene la pretensión de convertirme en un objeto causante de placer, ¿qué pensará hacer de mi vida cuando nos casemos?
Si la chica o la mujer supuesta no obedecen el mandamiento bíblico y eclesiástico de mantenerse casta, quizá tendrá la experiencia de un embarazo no deseado, la amarga vivencia de un aborto y la ruptura de su relación de noviazgo. En el caso de que no se produzca el embarazo, existe la probabilidad de que su relación no sea estable por mucho tiempo, dado que el valor de la fidelidad entre novios y cónyuges no es tan aceptado socialmente como lo fue en el pasado.
-Un hombre casado, reflexiona:
Hace mucho tiempo que tengo problemas con vivenciales con mi mujer. Hace algún tiempo me enamoré de mi secretaria y he tomado la decisión de convivir con ella.
¿Qué hay de malo en que yo me separe de una mujer con la que lo único que hago es sufrir?
¿No se lee en la Biblia que Dios es amor?
¿Qué hay de malo en el hecho de que yo pueda ser feliz con mi secretaria?
El hombre de este segundo ejemplo debería pensar que dicha separación en sí es amarga, que va a dejar deshecho su hogar, que va a tener que mantener a hijos de dos mujeres, que va a tener que vivir periodos de rencor innecesario, que van a existir rencores eternos entre los hijos de las dos mujeres, etcétera.
-Una señora cristiana, piensa:
Tengo una necesidad de dinero muy urgente. Podría solucionar mi problema accediendo a salir con mi jefe hasta que él se canse de mí. A mi jefe le gusta cambiar mucho de pareja, así que esa situación no sería prolongada por mucho tiempo.
La mujer de este ejemplo debería pensar que existe una gran probabilidad de que la estabilidad económica que espera conseguir sea disfrutada por otra mujer, por lo que ella, además de continuar con sus problemas económicos -si es que no pierde el empleo-, tendrá que vérselas con su conciencia, en el caso de incumplir el mandamiento de mantenerse casta dentro de su situación actual.
La vida cristiana, que parece muy difícil si no la vemos con optimismo, se explica perfectamente con el siguiente ejemplo:
-Soy una señora de treinta años que siempre he visto frustrados los intentos que he hecho para perder todos los kilos que me sobran. Mañana empezaré nuevamente mi dieta de verduras, pero ahora mismo me voy a tomar un helado de chocolate... Estoy pensando que, los escasos minutos de placer que me proporcionarán ese helado, pueden costarme muchos días de sacrificio comiendo verduras, pues, si no adelgazo rápidamente, olvidándome de las más de 1000 calorías del helado en que estoy pensando, me desanimaré pensando que soy incapaz de perder los kilos que me sobran, por lo que probablemente dejaré mi dieta otra temporada.
Nota: Los ejemplos aquí mencionados están concebidos desde el punto de vista del cumplimiento de las normas morales cristianas, pero yo recomiendo verlos desde la capacidad del no juicio.
La pobreza espiritual de que nos habla Jesús, puede cambiar la forma de vivir que tenemos, pues vivimos en una sociedad en que nos hemos acostumbrado a hablar de "mi casa", "mi familia", "mi trabajo", "mi coche", "mis amigos", etcétera, mientras que nuestra fe nos enseña a considerar la siguiente reflexión:
"En una de las salas de un salón de clase en un colegio privado, había varios estudiantes, cuando uno de ellos le preguntó de improvisto a la maestra lo siguiente:
"Maestra, ¿qué es el amor?
La maestra sintió dentro de su ser que el estudiante merecía una respuesta a la altura de la pregunta inteligente que hiciera delante de los demás estudiantes del salón.
Como ya estaban casi en la hora del recreo, la maestra le pidió a cada estudiante que diera una vuelta por el patio de la escuela y trajese lo que más despertara en ellos el sentimiento de amor profundo.
Los estudiantes salieron apresurados al recreo, y cuando volvieron la maestra les dijo lo siguiente: "Quiero que cada uno de ustedes muestre lo que trajo consigo al resto del salón de clases".
El primer estudiante dijo lo siguiente: "Yo traje está magnífica y floreada flor, ¿no es linda y hermosa?
El segundo estudiante habló y dijo lo siguiente: "Yo atrapé está hermosa mariposa. Vea el colorido de sus alas, la voy a colocar en mi colección de mariposas que tengo en mi casa.
El tercer estudiante dijo también lo siguiente: "Yo vi en un árbol un nido con este pichón de pajarito. Se cayó del nido con otro hermanito, ¿no son graciosos y hermosos?
Y, así cada uno del resto del estudiantado, fueron colocando en la mesa lo que habían recogido en el patio de la escuela.
Terminada la exposición de cada uno de los estudiantes en el salón de clases, la maestra notó con preocupación que había una estudiante que no había traído nada, y que se había quedado todo el tiempo callada sin decir ninguna palabra. Ella estaba avergonzada, pues nada había traído para la exposición.
La maestra entonces se dirigió apresuradamente hacia la estudiante y le preguntó lo siguiente: "Muy bien, ¿y por qué no has traído nada? Y, la estudiante Entonces tímidamente le contestó a la maestra lo siguiente:
"Disculpe maestra. Vi la hermosa y maravillosa flor, pensé en arrancarla, mas preferí dejarla en su lugar, para que su perfume exhalase más tiempo y envolviera el lugar de aroma. Vi también la mariposa con sus múltiples colores maravillosos, suave colorida, ella parecía tan feliz y contenta que no tuve el coraje ni el valor de aprisionarla en mis manos. Vi también al pequeño pichoncito caído en la tierra entre las hojas, pero....al subir al árbol, noté el mirar triste de su madre, y preferí devolverlo junto a su otro hermanito al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor, la sensación de libertad de la mariposa que vuela libre por los aires, y la eterna gratitud que sentí en los ojos de la madre de los pajaritos..... ¿Cómo puedo mostrar lo que traje?
La maestra entonces entendió el gran mensaje de su alumna, y le puso la nota más alta, pues ella fue la única estudiante que percibió dentro de sí misma, que.... "Sólo podemos hallar el Amor en el corazón"!!"
(Desconozco el autor de este relato).
3. ¿Cómo sacia Jesús el hambre espiritual de sus pobres?
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 21A). Si interpretamos literalmente las palabras de nuestro Señor, al pensar que las tales se refieren a los pobres, nos preguntamos: ¿Por qué no cumple Dios la promesa de saciar a los pobres? Para entender el texto bíblico que estamos meditando, nos es imprescindible leer el siguiente texto de San Mateo: (MT. 5, 6).
Según hemos visto en los ejemplos anteriores relacionados con la obediencia a Dios y el hecho de caer en el pozo del pecado, la vida cristiana se contradice con la impaciencia que se extiende entre los habitantes de los países desarrollados, pues muchos de los tales adaptan su vida de forma que quieren alcanzar grandes metas en el mismo tiempo que pulsan un botón del mouse de su ordenador o cambian de cadena de televisión, lo cual es totalmente imposible. Nuestra vida cristiana es muy rica en beneficios para quienes la aceptamos, pero, exceptuando el gozo de cumplir la voluntad de Dios, los citados frutos se perciben a largo plazo. Supongamos que un profesor es contratado por un matrimonio que desea que sus hijos sean buenos estudiantes y gente de provecho en el futuro. Es normal que el citado profesor se sienta recompensado por su esfuerzo a la medida que sus alumnos progresan en sus estudios y no lo haga antes de empezar a impartirles clases a los mismos.
Afortunadamente para nosotros, los Santos no nacen, se hacen, porque, si los Santos nacieran, por causa de nuestra imperfección, no tendríamos la esperanza de vivir algún día en la presencia de Dios, sin que necesitáramos la fe para creer que nuestro Padre común existe. Fijaos en un detalle. Jesús le perdonó sus pecados a un paralítico y lo curó de su enfermedad (MC. 2, 1-12). A continuación (vs. 13-17), no sólo le perdonó sus pecados al recaudador de impuestos Mateo, sino que lo convirtió en uno de los Doce Apóstoles. Por su oficio, Mateo tenía más probabilidad de ser moralmente peor que el paralítico anteriormente mencionado, pero Jesús le dio una mejor posición que al citado enfermo, en cumplimiento de las palabras de San Pablo, citadas en ROM. 5, 20.
¿Quién le confiaría la administración de sus posesiones a un reconocido ladrón? Jesús le concedió la administración del dinero del Colegio Apostólico a Judas Iscariote, uno de los Doce que, además de ser ladrón, vendió al Mesías, para que sus enemigos pudieran tratarlo como a un esclavo, ya que los hombres libres tenían derechos de los que estaban privados los carentes de libertad.
¿Quién le confiaría la ejecución de su obra a un hombre que anteriormente le hubiera negado? A pesar de que el Apóstol San Pedro negó a Jesús cuando nuestro Señor fue prendido en el huerto de Getsemaní, Jesús constituyó a Simón Papa de su Iglesia.
Si circunstancialmente somos calumniados, o si sufrimos alguna circunstancia por la que creemos que somos perfectos inútiles, o si cometemos un pecado tan grave como para después de recapacitar llegar a creer que somos imperdonables, no creamos que no tenemos valor para Dios, pues nuestro Padre común quiere que nos apliquemos las palabras de San Pablo, expuestas en 2 COR. 12, 9.
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Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
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