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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.

   Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.

   Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.

   A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.

   Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?

   El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?

   Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.

   Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.

   En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.

   Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.

    Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).

   El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).

   El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite  un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).

   Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).

   Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.

   ¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?

   ¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?

   A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).

   Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.

   Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.

   Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).

   Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.

   También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.

   Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7)  nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).

joseportilloperez@gmail.com

Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.

   Lectura introductoria: IS. 29, 13.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   (LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.

   (LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.

   ¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.

   Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.

   (LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.

   Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.

   (LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.

   (LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.

   (LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.

   (LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.

   (LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.

   (LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.

   (LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.

   Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.

   Oremos:

   Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.

   2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 6, 39-45.

   3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).

   Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.

   ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.

   Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).

   Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.

   Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.

   Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.

   Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no  eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.

   3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).

   ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.

   Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.

   3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).

   Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.

   Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.

   ¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.

   3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
   2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
   3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
   4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
   5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
   6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
   7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
   8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
   9. ¿Qué es un falso profeta?
   10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
   11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
   12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
   13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
   14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
   15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
   16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
   17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
   18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
   19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
   20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
   21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
   22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
   23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?

   3-2.

   24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
   25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
   26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
   27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
   28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?

   3-3.

   29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
   30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
   31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
   32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
   33. ¿Nos conocemos?
   34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
   35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
   36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).

   Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.

   Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.

   7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.

   Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación de MC. 13.:

   Estimados hermanos y amigos:

   En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.

   Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:

   "¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”

   “Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".

   He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).

   De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.

   Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.

   (MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital  de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.

   Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.

   (MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.

   (MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:

   "Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).

   Jesús nos ha preguntado:

   Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?

   Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).

   La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?

   (1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).

   Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.

   Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).

   (MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.

   (MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.

   (DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.

   (MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.

   (MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.

   (MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.

   (AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.

   El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es el justo por antonomasia. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El camino de la cruz y de la gloria.

   1. Jesús es el Justo por antonomasia.

   Meditación de SB. 2, 12. 17-20.

   Estimados hermanos y amigos:

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que celebramos este Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B, vislumbramos la razón por la que grandes personajes del Judaísmo y el Cristianismo, incluyendo a Jesús, fueron perseguidos y asesinados, porque con su conducta denunciaban la manera de proceder de quienes se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. En el citado texto del libro de la Sabiduría, leemos: (SB. 2, 12).

   Jesús les resultó incómodo a los saduceos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció cómo muchos de los tales procedían sin escrúpulos con tal de aumentar su poder, riqueza y prestigio, y también les resultó bastante molesto a los fariseos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció su afán de protagonismo, y la hipocresía con que aparentaban un nivel de santidad, que no deseaban alcanzar.

   En nuestro tiempo hablamos mucho del respeto a las diferentes ideologías existentes, porque vivimos en un mundo en que debemos aprovechar la diversidad existente para unirnos, y no para vivir cada día más distanciados unos de otros, porque el Señor espera de sus fieles que evangelicemos a la humanidad. Nada nos impide hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vincularnos a quienes no profesan nuestra fe aprovechándonos de lo que nos une a los tales, pero es preciso que nos cuidemos de dejar de cumplir la voluntad de Dios. Somos defensores de la vida, y creemos que nuestra existencia está encaminada a que alcancemos los dones y virtudes que nos son necesarios para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, así pues, ello es lo que nos hace diferentes de quienes no aceptan al Dios Uno y Trino, y por ello no comprenden nuestra dedicación al estudio y a la oración, ni los esfuerzos que hacemos, para alabar a Dios, y alcanzar la perfección que anhelamos.

   Los siguientes versículos de la primera lectura de hoy que vamos a recordar, nos traen a la memoria la Pasión y muerte de Jesús (SB. 2, 17-20).

   A pesar de que por la fe que profesamos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, muchos de entre quienes lo vieron azotado y crucificado, debieron pensar: Si las palabras que pronunció Jesús en sus discursos son reales, ¿cómo permite Dios que este Profeta termine sus días siendo tratado como un hombre marginado socialmente?

   Si Jesús es Hijo de Dios, ¿por qué no lo libró Yahveh de caer en manos de sus enemigos?

   ¿Por qué permitió Dios que Jesús fuera afrentado y sometido a una dura prueba por quienes intentaron hacer llegar al Mesías al límite de su resistencia?

   ¿Sería posible creer el primer Viernes Santo, ante Jesús maltratado y moribundo, que realmente Dios se apiadaría del Mesías?

   Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, y les restableció la fe a sus Apóstoles, los tales debieron recordar cómo fueron perseguidos y asesinados grandes personajes del Antiguo Testamento, por reflejar en su vida la actitud de Nuestro Salvador. Cuando comprendieron el significado de la cruz, los Apóstoles del Señor, no solo aceptaron el sacrificio de su Maestro, sino que se mostraron dispuestos a ser torturados hasta morir, si ello era necesario, con tal de contribuir a la realización del designio divino de salvar a la humanidad.

   Los grandes ejemplos de fe viva no se extinguieron a partir del día en que fue escrita la última página del Apocalipsis, -el último libro de la Biblia-, pues, aunque los grandes ejemplos de heroísmo silencioso no destacan tanto como la tiranía de quienes carecen de escrúpulos, no podemos dejar de sorprendernos, quienes tenemos la oportunidad de conocer a quienes son capaces de transmitir fe, determinación para superar el dolor, optimismo y alegría, a pesar de los padecimientos a que sobreviven estoicamente.

   Quienes amaban a Jesús y lo vieron morir en el Gólgota, debieron preguntarse muchas veces cómo fue posible que Dios viera fallecer a su Unigénito y no lo evitara, y nosotros, cuando pensamos en quienes están enfermos, carecen de dádivas espirituales y/o materiales, y viven desamparados, nos preguntamos cómo es posible que Dios permita que los tales vivan tan difíciles situaciones.

   Se nos ha dicho que el dolor tiene un importante sentido redentor, y, quienes lo hemos padecido, hemos constatado que, si aprendemos a convivir con él cuando no podemos evitarlo, nos ayuda a crecer a nivel espiritual. Se nos ha dicho que lo que no mata fortalece, y que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. No se trata de amar el dolor por sí mismo, sino de aprender a convivir con él cuando no tengamos más remedio que sobrellevarlo, evitando en cuanto nos sea posible pasar el tiempo quejándonos, para que así podamos aprovechar todos los bienes que Dios nos concede.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).

   En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación  de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.

   ¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).

   Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?

   A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.

   Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).

   Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.

   (MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.

   (JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.

   (MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?

   ¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?

   ¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?

   (MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.

   Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com