Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristo. Mostrar todas las entradas

Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad. (Meditación del Evangelio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad.

   Meditación de JN. 18, 33b 37.

   Dado que el Sanedrín carecía del poder necesario para condenar a Jesús a muerte, los enemigos del Señor, valiéndose del hecho de que Jesús dijo de Sí mismo cuando fue enjuiciado ante Caifás que es el Hijo del hombre profetizado por Daniel (MT. 26, 63-64), tomaron la decisión de acusarle ante Pilato de haberse proclamado rey, con tal de conseguir que el yerno de Tiberio César dictara la sentencia a muerte del Mesías. Aunque Pilato sabía que los líderes judíos le entregaron a Jesús por envidia, porque no era difícil deducir que Jesús no tenía aspiraciones de alcanzar poder, riquezas y prestigio, cedió al ser amenazado por el Sanedrín, y terminó mandando crucificar al Señor.

   En la meditación de la primera lectura correspondiente a este último Domingo del Año litúrgico (DN. 7, 13-14), hemos recordado que el Reino de Dios está fundado sobre el amor divino y humano, y sus miembros, el único privilegio que desean tener, consiste en servirse desinteresadamente, unos a otros. Los acusadores de Jesús cambiaron el significado de DN. 7, 13-14, para hacerle creer a Pilato, que Jesús se proclamó rey, no para actuar como el Hijo del hombre profetizado por Daniel, sino para actuar como enemigo de Roma. Este hecho me sugiere el pensamiento de que, al interpretar la Biblia erróneamente, podemos cometer errores graves.

   Las autoridades romanas hubieran combatido a cualquiera que se hubiera proclamado a Sí mismo como rey para hacerles la guerra, y hubieran ignorado a un mesías religioso sin aspiraciones mundanas, por no considerarlo peligroso. Recordemos que Pilato dejó escapar a muchos falsos mesías del pretorio cuando las autoridades religiosas de Israel le pidieron que les mandara ejecutar, así pues, el yerno de Tiberio César fue presionado, para que no librara a Jesús de la pena que sus enemigos quisieran que constituyera el fin de su vida.

   Jesús dijo ante Pilato que es Rey, pero que su Reino no es de este mundo. Pilato sabía que Jesús le fue entregado por causa de la envidia de los enemigos del Señor, no porque hubiera merecido ser juzgado. A pesar de ello, Pilato no tuvo fuerza para hacer justicia, evitando la muerte de Jesús, sino que sacrificó la vida del Profeta de Nazaret, con tal de asegurarse la conservación de su trabajo.

   ¿Mantenemos nuestra posición social por haber actuado contra los derechos de quienes son más débiles que nosotros?

   Si es doloroso reconocer que hemos vivido sin aceptar a Jesús como Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre, como verdad que nos hace libres, y como la vida eterna de la gracia que añoramos (JN. 14, 6), más doloroso es pensar que, aunque conocemos la Verdad de Dios, vivimos sin prestarle atención.

   ¿Qué es la verdad? Necesitamos aprovechar la riqueza que nos aporta el conocimiento de la diversidad de ideologías existentes en el mundo para enriquecernos. Debemos ser respetuosos con quienes no comparten nuestras opiniones, pero ello no puede hacernos pensar que la Verdad de Dios es relativa, porque, de serlo, no podemos distinguir entre lo que es bueno y malo, y la justicia se convierte en cualquier cosa que nos beneficie.

   La verdad no es cualquier cosa con la que esté de acuerdo la mayoría de la gente que nos rodea o que nos ayude a escalar una posición social mejor que la que mantenemos en la actualidad.

   En un mundo en que hay tantas verdades, aún resuenan las siguientes palabras de Jesús: (JN. 8, 31-32).

   Al concluir el presente Año litúrgico, es positivo para nosotros pensar si tenemos más fe en Dios que cuando empezamos a vivir el tiempo de Adviento. Aprovechemos la celebración del Año de la Fe que estamos conmemorando, para pensar si estamos esforzándonos en aumentar nuestro conocimiento de Dios, para que el Espíritu Santo pueda aumentarnos la fe que tenemos, en el Dios Uno y Trino.

   Siempre que lo deseemos, Dios nos dará la oportunidad de conocerlo, aceptarlo y amarlo. Este es el último Domingo del presente año litúrgico, pero, el próximo Domingo, al iniciar el ciclo C de la Liturgia de la Iglesia, -en que meditaremos el Evangelio de San Lucas-, el Señor se nos seguirá manifestando, y nos corresponderá a nosotros, decidir si amoldamos nuestra vida, al cumplimiento de su voluntad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Jesús es Nuestro Redentor.

   Meditación de AP. 1, 5-8.

   Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.

   Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.

   Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.

   Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.

   Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.

   Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El Hijo del hombre es Nuestro Rey. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

   Meditación.

   1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.

   ¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).

   Cuando rezamos el  Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).

   ¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?

   Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.

   Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.

   Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo.

   Meditación de HB. 4, 14-16.

   El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.

   Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.

   Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.

   Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.

   Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.

   Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.

   Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.

   Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.

   -Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.

   -Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.

   -No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.

   -No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Prestémosle atención a la Palabra de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.

   Meditación de HB. 4, 12-13.

   ¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.

   -La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).

   -La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.

   -Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.

   ¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?

   ¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?

   Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.

   A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Preparaos para recibir al Rey que viene. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Preparaos para recibir al Rey que viene.

   Vivimos inmersos en una vida rutinaria y estresante que nos impide meditar sobre los valores más trascendentales que atañen a nuestra fe católica. ¿Cómo podremos regocijarnos al pensar en la Parusía de Nuestro Señor si evitamos el recuerdo de la muerte porque consideramos que es muy desagradable para nosotros? Nos cuesta un gran esfuerzo el hecho de creer que nuestra alma es inmortal, es esta la razón por la cual nos aferramos a esta vida como nos aferraríamos a una tabla en el caso de sufrir un naufragio.

   Nuestra fe universal -estimados hermanos-, nos informa de que nuestro cuerpo será restablecido cuando el Señor Jesús venga por segunda vez a habitar en esta tierra para quedarse para siempre entre nosotros.

   San Pablo nos dice con respecto a Jesús: (FLP. 3, 21). Nosotros no podemos definir con exactitud cómo será nuestra existencia en el cielo, no podemos satisfacer la curiosidad que tenemos, de manera que se nos hace necesario el hecho de mirar a Nuestro Padre y Dios a través del espejo de la fe.

   San Pablo nos dice en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 15, 51-52). El término “incorruptibilidad” equivale a la ayuda que Dios les dará a quienes no mueran antes de que acontezca la segunda venida de Jesús para que sean purificados, y a la recomposición de los cuerpos que se hayan convertido en ceniza o estén en estado de descomposición.

   Si estudiamos detenidamente la Biblia para indagar con respecto a nuestra existencia inmortal, lo único que podemos averiguar es que en el mundo liberado del pecado, el dolor y el error, no existirá el mar, según podemos constatar en AP., 21, 1, y que viviremos en eterno estado de contemplación de Dios. Si nos imaginamos contemplando a Dios sin hacer otra cosa por años sin término, sin ánimo de ofender a mis fieles amantes de la tradición eclesiástica, tenemos que reconocer que la inmortalidad será aburridísima.

   Con respecto a lo que será de nuestra vida en el cielo, debemos considerar las palabras del Apóstol (1 COR. 2, 9-10).

   Hasta ahora hemos visto la parte más positiva de este artículo, pero ahora debemos considerar lo que sin duda alguna nos resulta más inaceptable respecto del acontecimiento universal que estamos meditando.

   ¿Nos exige Dios algo para que podamos gozar de la vida eterna en el cielo? Dios no nos exige nada porque respeta la libertad que nos concedió cuando creó el mundo, pero es de bien nacidos el ser agradecidos, por consiguiente, si "tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (JN. 3, 16), lo mínimo que podemos hacer es amar a nuestro Padre celestial en las personas de nuestros prójimos. Dios sabe que, como no podemos verlo, nuestra fe vacila muy a menudo, pero nuestros prójimos están con nosotros, y, aunque Dios no existiera, el hecho de amarlos, nos haría felices, porque, el egoísmo y la soledad, no serían nuestros inseparables compañeros (1 JN. 4, 20).

   Para prepararnos a recibir al Rey que viene, vamos a recordar aquellas obras de misericordia que destacaban como lumbreras en los Catecismos antiguos, y que no han sido recopiladas en la última edición del Catecismo de la Iglesia, porque los autores de la citada obra han considerado que escribir todas las obras de misericordia es tan imposible como lo es también redactar todos los milagros que hizo Jesús en Palestina, según nos lo dice San Juan en su Evangelio en el capítulo 21, versículo 25.

   Como todos recordaréis, las obras de misericordia se catalogaban en dos grupos de 7.

   Las obras de misericordia corporales, son: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos, redimir a los cautivos, y sepultar a los difuntos.

   Las obras de misericordia espirituales, son: Enseñar al que no sabe (suprimo el término "ignorante" de las versiones de los Catecismos más antiguos por considerarlo despótico), dar buen consejo al que lo necesita, corregir a los pecadores, tener paciencia en las tribulaciones, perdonar con gusto las ofensas, consolar a los afligidos, y rezar por los vivos y difuntos.

   ¿Estamos preparados para recibir al Rey que vendrá en el momento que menos lo esperemos?.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).

   En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación  de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.

   ¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).

   Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?

   A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.

   Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).

   Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.

   (MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.

   (JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.

   (MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?

   ¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?

   ¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?

   (MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.

   Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).

   2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.

   Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).

   Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).

   3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.

   ¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.

   Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.

   Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Permanezcamos unidos. (Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Permanezcamos unidos.

   Meditación de 1 COR. 1--2, 5.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.

   1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.

   (1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.

   (1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.

   En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.

   (1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.

   (1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?

   ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?

   Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.

   2. Permanezcamos unidos.

   (1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.

   3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.

   (1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.

   Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).

   Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El Reino de Dios está entre nosotros. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   el Reino de Dios está entre nosotros.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 12-23.

   Lectura introductoria: JER. 23, 29.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Cuando Jesús oyó que San Juan Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, -una importante ciudad situada a unos treinta y dos kilómetros de Nazaret-, e inició la predicación, de la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo. Ello nos recuerda la necesidad que tenemos de descubrir que hemos nacido para llevar a cabo una misión, independientemente de que consideremos que somos creyentes en Dios. San Juan nos indica en su Evangelio (4, 3), que Jesús se distanció del Bautista para no dar la impresión de que ambos predicadores se hacían la competencia, y, cuando el hijo de Zacarías e Isabel estuvo en la cárcel, porque era necesario que él se empequeñeciera, ya que era Jesús a quien le correspondía ser aceptado como Enviado de Dios (JN. 3, 30), el Señor inició su predicación, en el territorio que en el pasado les correspondió en herencia, a las tribus de Zabulón y Neftalí.

   Oremos y meditemos sobre todo lo que podemos hacer en la vida, mientras leemos el texto de ECL. 3, 1-8.

   Pensemos si nos ha llegado la hora de cumplir nuestra misión vital, si aún no sabemos cuál es la misma, o si nos estamos disponiendo adecuadamente, para poder llevarla a cabo.

   La gran mayoría de los habitantes de Judea, -la región culta, rica y religiosa de Israel-, despreciaban a los habitantes de Cafarnaúm, porque en el pasado se mezclaron con los paganos y adoptaron sus costumbres, y aún insistían en llevar a cabo, prácticas que, para quienes los rechazaban, eran consideradas como pecaminosas. Los cristianos observamos creencias las cuales son consideradas como nuestras Verdades absolutas, pero, al analizar las creencias tanto de los miembros de una iglesia o congregación como del común de denominaciones cristianas, nos damos cuenta de que creemos en muchas verdades diferentes, y de que estamos divididos.

   ¿Son para nosotros más importantes las ideas que las personas?

   ¿Hemos aprendido a respetar a quienes no comparten nuestras creencias y a convivir con ellos?

   ¿Consideramos la diversidad de creencias existente como una acumulación de posibilidades que tenemos para aprender a conocernos y a vivir en armonía, o pensamos que la misma es un peligro que atenta contra la fe que profesamos?

   Los judíos que habitaban en tinieblas porque eran despreciados por convivir entre los gentiles, fueron iluminados por la luz del Señor. ¿Pensamos que la luz de Cristo puede iluminar a quienes no comparten nuestras creencias, y a quienes tienen un status social diferente al nuestro?

   Jesús nos dice en el Evangelio que consideraremos en este trabajo, que el Reino de los cielos, ha llegado. ¿Creemos este anuncio del Señor? ¿Cómo lo constatamos en la Iglesia de que somos miembros, en la sociedad en que vivimos, y en nuestra vida?

   ¿Hemos iniciado nuestro proceso de conversión al Señor? ¿Qué significa ello para nosotros?

   La conversión y la penitencia tienen el mismo significado, aunque solemos asociar la última con la mortificación. ¿Es para nosotros la conversión un sacrificio, o una entrega a Dios, voluntaria y generosa?

   Jesús les dijo a los hermanos Simón y Andrés que lo siguieran, para hacerlos pescadores de hombres. Ambos hermanos no tenían un conocimiento del Señor tan perfecto, como el que adquirieron, durante los años que acompañaron al mesías. Todos los cristianos somos llamados a ser pescadores de hombres. Si esperamos a tener un conocimiento del Señor perfecto antes de llevar a cabo dicho trabajo, jamás lo desempeñaremos, porque nos es imposible ser perfectos.

   Simón, Andrés, Santiago y Juan, siguieron a Jesús en el mismo instante en que el Señor los llamó. ¿Hemos adoptado el compromiso de ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?

   Jesús recorrió las sinagogas de Galilea, predicando el Evangelio, y sanando a los enfermos. ¿Cómo predicamos los cristianos la Palabra de Dios, y ayudamos a exterminar las carencias de la humanidad?

   2. Leemos atentamente MT. 4, 12-23, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 4, 12-23.

   3-1. ¿Por qué escribió San Mateo que Jesús inició a predicar el Evangelio en Cafarnaúm? (MT. 4, 12-13).

   Desde el punto de vista científico, dado que San Mateo escribió su Evangelio para hacer que los judíos creyeran en Jesús, tenía que relacionar la vida, el Ministerio, la Pasión, la muerte, la Resurrección, y la glorificación del mesías, con textos del Antiguo Testamento, que sirvieran como profecías, de dichos acontecimientos. Es esta la razón por la que, la primera parte del Evangelio que estamos considerando (MT. 4, 12-17), está profetizada en IS. 8, 23-9, 2.

   ¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?

   1. Es sabido que los judíos vivían en tribus, las cuales se dividían en familias, en las que, cuanto mayor era la edad de los hombres, adquirían un mayor poder, sobre los más jóvenes, las mujeres y los niños. Si, utilizando nuestro vocabulario actual, decimos que Jesús quería ser original, tenía que distanciarse de su familia, y de su tribu. Jesús no podía elegir discípulos de entre sus familiares que fueran mayores que él o tuvieran su misma edad, pues nunca hubiera podido llegar a ser, maestro de los tales. Cuando el Hijo de María buscó seguidores entre gente extraña, es probable que sus parientes se sintieran avergonzados de Él, por no haber contado con ellos, para llevar a cabo su misión.

   2. Como Jesús era conocido en Nazaret como un simple trabajador, no podía ser aceptado como Mesías (MT. 13, 54-58), porque existía la creencia de que el Mesías debía surgir entre la realeza, y no entre los burgueses ni los trabajadores humildes.

   3. Aunque la actividad de Jesús durante los tres años que predicó el Evangelio se encaminó principalmente al pueblo judío, el Mesías también quiso darse a conocer a los paganos, cuya evangelización les correspondió a sus seguidores, después de que aconteciera su glorificación.

   4. Al predicar su mensaje en una ciudad en que convivía gente de diferentes creencias, y al hablar en el idioma de quienes viven solventando las carencias de quienes sufren por diversas causas, Jesús debió tener la esperanza de contar con más recursos de los que le proporcionarían sus hermanos de raza, dado que los fariseos no cesaban de anunciar que el sufrimiento estaba causado por los pecados de quienes padecían, para evitar que sus oyentes socorrieran a los más necesitados, y les dieran el dinero que tuvieran previsto, para socorrer a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados. No olvidemos que esta creencia aún existe entre muchos cristianos desgraciadamente.

   3-2. La luz y las tinieblas (MT. 4, 14-16).

   Dado que existía la creencia de que el Mesías tenía que ser miembro de la alta esfera social, San Mateo vinculó a Jesús con los galileos marginados por vivir en contacto con los paganos. Cuando acaeció el incendio del Templo de Jerusalén y la derrota de la ciudad santa por parte de Roma el año setenta del siglo I, desapareció el partido de los saduceos, y los fariseos lideraron el Judaísmo. Cuando estos alcanzaron el poder, iniciaron una gran presión contra los cristianos, con el fin de dirigir la espiritualidad de todos sus hermanos de raza. San Mateo vinculó a Jesús con los socialmente marginados por cualquier circunstancia, para darles a entender que, aunque se les acusaba de sufrir por causa de sus pecados o las transgresiones de la Ley de Moisés por parte de sus antepasados, la realidad era que Dios no los había abandonado, de lo cual, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús, eran pruebas irrefutables.

   Los judíos que habitaban en las tinieblas de la marginación social por su contacto con los gentiles, su pobreza, o sus enfermedades, vieron una gran luz (JN. 8, 12). La luz de Jesús amaneció sobre quienes vivían bajo el influjo de la muerte, por cuanto eran considerados rechazados por dios, por causa de sus pecados, o de las transgresiones de la Ley de Israel, que llevaron a cabo, sus antepasados.

   ¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?

   3-3. La conversión y la llegada del Reino de Dios al mundo (MT. 4, 17).

   3-3-1. La conversión.

   ¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios? Para responder la pregunta que nos hemos planteado, debemos volver a recordar que San Mateo era judío, y escribió su Evangelio para lectores de su raza, que no pronunciaban el Nombre de Dios, porque lo reverenciaban profundamente. La negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino, ha sido usada, para que los cristianos llamemos a Dios, utilizando diferentes nombres. Es esta la razón por la que unos cristianos llaman a Nuestro Padre celestial "Yahveh", y otros "jehová", sin tener en cuenta que, para que el "Tetragramaton" (YHWH) fuera pronunciable, se le añadió las letras "e", "o" y "a" de "Edonay", que se traduce como "mi Señor", de donde proviene la palabra "Jehová".

   Dado que porque no somos perfectos tenemos la posibilidad de ser mejores personas, siempre podemos fijarnos metas, con el fin de superarnos a nosotros mismos. En el caso de los cristianos, la conversión, -es decir, el fiel seguimiento de Jesús, actuando tal como lo haría el Hijo de Dios y María en nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible-, es una gran meta a alcanzar.

   ¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús? Para Sigmund Freud, el ego es una instancia psíquica consciente reconocida como yo, que se encarga de la identidad personal y las relaciones mantenidas con el medio, controladora de nuestros movimientos complejos y coordinados (motilidad), y mediadora entre los instintos de la fuente inconsciente de nuestra energía psíquica, contenedora de la totalidad de los instintos reprimidos, que solo se rige por el principio del placer (el ello), y los ideales de la parte inconsciente del yo que se observa, se juzga y trata de imponerse a sí mismo, siguiendo las referencias de las demandas de un yo idealizado (el superyó), y la realidad del mundo externo. Dado que el egoísmo es un amor no moderado y excesivo hacia sí mismo, que hace atender exclusivamente los intereses personales, y descuidarse de los demás, hay cristianos que piensan que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego, mientras que otros piensan que, dada nuestra imperfección, solo podremos asemejarnos al Mesías, en la medida que nos sea posible, mientras aguardamos la llegada del día en que, el Señor, concluya su obra en nosotros.

   3-3-2. La llegada del Reino de Dios al mundo.

   ¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-? Dado que este trabajo será leído por cristianos de diferentes denominaciones, para unos el Reino de Dios será la Iglesia a que pertenecen, para otros será el mismo Jesús por cuanto considerarán que llamar Reino celestial a una iglesia imperfecta es pecar de soberbia, y otros considerarán que todos hemos sido llamados a formar parte de la sociedad a que pertenecemos, la cuál puede ser perfeccionada, y llegar a ser el Reino de Dios, según ayudemos a exterminar las carencias de nuestros prójimos los hombres, según las posibilidades que tengamos para llevar a cabo tan magno propósito, en cada momento de nuestra vida.

   ¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de dios? Actuemos tal como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias, y tuviera las oportunidades de hacer el bien que tengamos, en cuanto ello nos sea posible.

   3-4. Jesús nos invita a ser pescadores de hombres (MT. 4, 18-20).

   Jesús invitó a los hermanos Pedro y Andrés a que dejaran su negocio de pesca, para dedicarse a ser pescadores de hombres. Este no fue el primer encuentro que ambos hermanos mantuvieron con Jesús. Mientras que muchos cristianos se dedican exclusivamente a llevar a cabo la obra de Dios, la gran mayoría de quienes nos consideramos seguidores de Jesús, podemos emplear parte de nuestro tiempo, energía y medios, para ser pescadores de hombres. No somos invitados a pescar y a alimentarnos de nuestras víctimas, sino a pescar peces vivos con la red figurativa de la Iglesia para darles una vida mejor, así pues, recordemos que, para los católicos, la Iglesia a que pertenecen, es conocida, como la barca de San Pedro.

   3-5. Jesús nos invita a seguirlo cuando nos ocupamos en nuestras actividades ordinarias (MT. 4, 21-22).

   Santiago y Juan estaban reparando las redes de la barca en que trabajaban con su padre, cuando recibieron la invitación de Jesús a seguirlo. Tal como anteriormente lo hicieron Simón Pedro y Andrés, Santiago y Juan siguieron a Jesús instantáneamente, sin intentar excusarse. Mientras que los intérpretes bíblicos se debaten entre la posibilidad de que dichos pescadores se hicieran discípulos de Jesús gradualmente, y el hecho de que quizás siguieron al Mesías como si hubieran sido llamados al apostolado en la ocasión que estamos recordando, pensemos en cómo es nuestro seguimiento de Jesús, y si queremos y podemos mejorar la calidad de las actividades que realizamos en la viña del Señor, y la calidez de nuestras relaciones, con creyentes y no creyentes.

   3-6. ¿Qué decía y hacía Jesús para ganar almas para el cielo? (MT. 4, 23).

   Jesús predicaba el Evangelio, enseñaba la Palabra de Dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas. Aunque estos fueron los aspectos más notables del Ministerio público del Señor, no debemos olvidar que acostumbraba ayudar a los pobres (JN. 13, 29).

   ¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?

   ¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 4, 12-23 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué relacionó San Mateo la primera parte del Evangelio que hemos considerado con el texto de IS. 8, 23-9, 2?
   2. ¿Por qué inició Jesús su Ministerio según San Mateo en Cafarnaúm, y no lo hizo en Nazaret, el pueblo en que creció y fue educado?
   3. ¿Por qué se vio Jesús obligado a distanciarse de los miembros de su tribu y de su familia para escoger a sus futuros Apóstoles?
   4. ¿Por qué es probable que bastantes familiares de Jesús se sintieran avergonzados del Señor?
   5. ¿Por qué tuvo Jesús problemas para ser aceptado como Mesías en Israel, los cuales se hicieron más notables en Nazaret?
   6. ¿Por qué promovían los fariseos el pensamiento de que el sufrimiento era consecuente de los pecados personales y de las transgresiones de la Ley de los antepasados?
   7. ¿Son nuestros problemas causas de nuestra condición pecadora? ¿Por qué?
   8. ¿Piensas que los cristianos discapacitados deben predicar en las iglesias, o deben permanecer entre los asistentes a las celebraciones cultuales, para que nadie de entre los tales piense que los líderes religiosos y sus colaboradores abusan de los tales?

   3-2.

   9. ¿Por qué vinculó San Mateo a Jesús con los galileos socialmente marginados por los habitantes de Judea porque vivían en contacto con los paganos?
   10. ¿Qué les sucedió a los fariseos cuando se extinguió el partido de los grandes terratenientes?
   11. ¿Qué les hicieron los fariseos a los cristianos cuando se sintieron poderosos? ¿Por qué?
   12. ¿Por qué han existido muchos cristianos antisemitas a lo largo de los últimos veinte siglos?
   13. ¿De qué era una prueba irrefutable para los marginados de Israel la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Jesús?
   14. ¿En qué sentido es significativa la luz de Jesús para nosotros?

   3-3.

   3-3-1.

   15. ¿Por qué habla San Mateo en su Evangelio del Reino de los Cielos, mientras que San Marcos y San Lucas, hablan en sus Evangelios, del Reino de Dios?
   16. ¿Por qué no pronunciaban los judíos el Nombre de dios?
   17. ¿Qué hemos hecho los cristianos con la negativa de los judíos a pronunciar el Nombre divino?
   18. ¿Cuál es el verdadero Nombre de Dios?
   19. ¿Cuáles son los Nombres de Dios más utilizados en la biblia?
   20. ¿Por qué podemos fijarnos metas con el fin de superarnos a nosotros mismos?
   21. ¿Qué es para los cristianos la conversión?
   22. ¿Debemos eliminar nuestro yo los cristianos, con el fin de asimilarnos a Jesús?
   23. ¿Puedes definir lo que es el ego, la motilidad, el ello y el superyó, según Sigmund Freud?
   24. ¿Por qué piensan muchos cristianos que para convertirnos al Señor debemos renunciar a nuestro ego?
   25. ¿Por qué no podemos asemejarnos al Mesías en la actualidad?
   26. ¿Cuándo podremos ser como Jesús?

   3-3-2.

   27. ¿Qué es el Reino de los Cielos -o de Dios-?
   28. ¿Es la Iglesia a que pertenecemos el Reino de dios? ¿Por qué?
   29. ¿Por qué se dice entre los católicos que la Iglesia a que pertenecen es germen del Reino de Dios? (CIC. n. 541).
   30. ¿Por qué piensan muchos cristianos que el Reino de Dios es la Persona de Jesús?
   31. ¿Cómo puede la tierra llegar a ser el Reino de Dios?
   32. ¿Cómo podemos poner nuestra vida al servicio del Reino de Dios?

   3-4.

   33. ¿Por qué invitó Jesús a Simón Pedro y a su hermano Andrés a ser pescadores de hombres?
   34. ¿Por qué dejaron ambos hermanos su trabajo y se separaron de sus familiares para seguir a Jesús?
   35. ¿Por qué hemos sido llamados a pescar hombres vivos por Jesús?
   36. ¿Cuál es el simbolismo de la red y de la barca de San Pedro?

   3-5.

   36. ¿Qué estaban haciendo los hijos de Zebedeo cuando Jesús los invitó a seguirlo?
   37. ¿Cómo seguimos a Jesús?
   38. ¿Podemos mejorar la calidad del trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor, y la calidez de las relaciones que mantenemos, con creyentes y no creyentes?

   3-6.

   39. ¿Por qué predicaba Jesús el Evangelio, enseñaba la Palabra de dios, y sanaba las enfermedades físicas y psíquicas?
   40. ¿Cómo continuamos los cristianos la realización de la obra de Jesús?
   41. ¿En qué aspectos podemos mejorar el trabajo que llevamos a cabo en la viña del Señor?

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 4, 12-23.

   Comprometámonos a orar por la unidad de los cristianos, no solo en esta semana en que oramos especialmente por tal motivo, sino, durante todo el año.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Porque eres la luz del mundo que exterminas nuestras tinieblas cuando te confiamos nuestra vida, ilumínanos para que te conozcamos, practiquemos tus enseñanzas, y conozcamos el arte de la oración.

   Porque el Reino de Dios está entre nosotros (LC. 17, 21), haznos miembros del mismo, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.

   Gracias por oír nuestras oraciones, y concedernos lo que te pedimos, cuando nos disponemos a ser, tus fieles hermanos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 19, glorificando al Dios Uno y Trino.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones. (Meditación de la segunda lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones.

   Meditación de ROM. 5, 1-2. 5-8.

   Ya que no seremos salvados por causa de nuestro mérito a la hora de cumplir prescripciones religiosas, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, estamos en paz con Nuestro Padre común, por causa de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. La paz que tenemos con Dios no significa que vivimos tranquilamente, sino que estamos vinculados a la Divinidad. La Prueba de que Dios nos ama, es lo que Cristo hizo para demostrarnos que no estamos solos, si decidimos tener fe en la Santísima Trinidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La victoria que vence al mundo es nuestra fe. (Meditación de la segunda lectura optativa de la fiesta del Bautismo del Señor de los Ciclos A y B).

   Meditación.

   2. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.

   Meditación de 1 JN. 5, 1-9, segunda lectura optativa de los Ciclos A y B.

   Por ser hijos de Dios, somos hermanos de los seguidores de Jesús, y miembros de la Iglesia. Dios es quien decide quiénes han de formar parte de su Familia, y no nosotros. Es por eso que nos corresponde aceptar a la gente sin prejuicios, y amarla a la manera del Hijo de Dios y María. Todo el que cree que Jesús es el Cristo de Dios es hijo del Altísimo. Si amamos a Dios y cumplimos sus Mandamientos, amamos a los hijos de Nuestro Padre común.

   Jesús nunca nos prometió que sería fácil el hecho de seguirle, pero el seguimiento de Nuestro Maestro no es una carga para quienes realmente lo aman. Si el seguimiento de Jesús empieza a ser una carga para nosotros, podemos revisar nuestras creencias, porque podemos estar sufriendo las consecuencias de que nuestra fe no sea completa, o quizás nuestro amor a Dios se está debilitando (AP. 2, 4).

   El amor a Dios por nuestra parte consiste en que guardemos los Mandamientos de Nuestro Padre común, los cuales sabemos que no son pesados ni extremadamente difíciles de aplicar a nuestras vivencias.

   Todos los nacidos de Dios vencen las inclinaciones que nos alejan de Nuestro Padre común. Nuestra fe es la victoria que nos garantiza que nadie ni nada nos impedirá creer en Dios.

   Sólo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios, encontraremos motivos suficientes para esforzarnos en no perder la fe, y acrecentarla adecuadamente.

   La referencia al agua y la sangre, fue escrita pensando en la Eucaristía, el Bautismo y la crucifixión del Señor. Cuando fueron escritos los libros joánicos de la Biblia, existía una creencia según la cual Jesús sólo fue el Cristo durante el tiempo transcurrido entre su bautismo y su crucificción, momento en que el Cristo ascendió al cielo, dejando morir al Jesús humano. Si Jesús murió como un hombre pecador, no pudo redimir a la humanidad cargando sobre Sí los pecados del mundo, y, por consiguiente, el Cristianismo carecería de sentido, porque está basado en el valor redentor del sacrificio del Mesías.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).

   Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).

   2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"

   3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el  área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.

   4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.

   Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre     Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

el Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II después de Navidad).

   Meditación.

   2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.

   Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.

   Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).

   (EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.

   1. Somos hijos adoptivos de Dios.

   2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.

   3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.

   4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.

   5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.

   6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.

   Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.

   Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.

   (EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.

   (EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.

   (EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.

   (EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com