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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.

   Meditación de MAL. 3, 19-20A

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.

   Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).

   La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.

   ¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.

   Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.

   ¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.

   El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.

   En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).

   ¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).

   ¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).

   Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.

   Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.

   ¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?

   ¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?

   Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.

   No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.

   Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:

   ¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).

   Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:

   Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?

   ¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?

   Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.

   Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.

   Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".

   Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.

   No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.

joseportilloperez@gmail.com

Los bienaventurados. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Los bienaventurados.

   Aunque San Mateo nos ofrece un estudio muy pormenorizado de las bienaventuranzas en su evangelio, San Lucas, en su primera obra, nos da la oportunidad de saber quiénes pueden ser bienaventurados, al mismo tiempo que nos inculca el deseo de ser fieles seguidores de Jesús. Para estudiar las bienaventuranzas, podemos partir de la idea de que dios nos ama a todos, así pues, cuando Jesús nos dice que nuestro Padre común siente una predilección especial por los que sufren, ello no significa que hemos de ser pobres y que hemos de estar marcados por el sufrimiento para conseguir ser el objeto del amor de nuestro Criador, sino que nuestro Padre común se compadece de quienes sufren por cualquier causa. El cantante Julio Iglesias canta en una de sus canciones que en el mundo todos bailamos al son que se nos marca, y que no nos ocupamos de quienes se caen al soltarse de nuestras manos. Si tenemos la necesidad de aspirar a conseguir bienes recorriendo caminos difíciles, no olvidamos nunca que nuestro mayor deseo consiste en vivir en la presencia de nuestro Padre y Dios. Todos podemos buscar a Dios recorriendo el camino del crecimiento espiritual teniendo en cuenta nuestro estado actual, nuestras relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestros amigos de las comunidades religiosas físicas y/o virtuales de las que formamos parte... Tenemos muchas oportunidades para acercarnos a nuestro Padre común, pero hemos de tener muy presentes en nuestras oraciones a quienes sólo cuentan con su dolor e impotencia para dirigirse a nuestro Creador. Ellos necesitan de nuestras oraciones porque precisan ser amados, ya que no podrán superar su estado adverso sin ser ayudados por nuestro criador a vencer la acritud que forma parte de su vida, y porque necesitan de nuestra caridad para que Dios se les manifieste demostrándoles que es misericordioso con ellos por nuestro medio.

   San Lucas nos dice en su primera bienaventuranza: (LC. 6, 20B).

   San Lucas nos dice que todos los que sufren por alguna causa, en atención al dolor que caracteriza su existencia mortal, son coherederos del Reino de Dios. San Mateo concreta más la citada bienaventuranza en su obra, afirmando que Jesús les dijo a sus oyentes en el monte Tabor: (MT. 5, 3).

   Si muchos hermanos nuestros que están marcados por el sufrimiento han aprendido guiados por el espíritu santo a utilizar su dolor como medio para vivir en la presencia de nuestro Padre común, hemos de recordar a quienes, además de no tener fe en nuestro creador, odian su estado actual, e incluso desestiman su vida, porque, lejos de Dios, las miserias que caracterizan nuestra existencia, carecen de sentido. Sólo Dios sabe por qué no puedo ver las imágenes que muchos de mis amigos y lectores me enviáis en reconocimiento al esfuerzo que realizo al dirigirme a vosotros todas las semanas por este medio; sólo nuestro Padre común sabe lo que sufren las madres que ven cómo sus hijos adolescentes se dirigen al precipicio de los vicios y no pueden hacer nada para impedirlo; sólo nuestro Padre común conoce la fe que les es necesaria a quienes tienen a uno e incluso a varios familiares enfermos, y lo único que pueden hacer es verles sufrir hasta que mueren sin poder hacer nada para consolarlos... Oremos por nuestros hermanos que están marcados por el sufrimiento. Yo quisiera pediros que penséis en la posibilidad de establecer contacto con quienes tienen carencias materiales y espirituales, pues ello constituye una experiencia muy bella, tanto para quienes son caritativos con quienes sufren, como para quienes obtienen fuerzas renovadas para seguir luchando, después de comprobar que no están desamparados en el mundo, pues tienen medios para mejorar su vida en todos los aspectos y hermanos en la fe que están dispuestos a atenderlos en algunas de sus necesidades.

   Jesús alaba a quienes tienen la necesidad de trabajar para alimentarse a sí mismos y a sus familiares, especialmente cuando los tales, aunque realicen grandes esfuerzos para sobrevivir, sólo encuentren puertas cerradas en su camino, las cuales les impidan obtener los bienes que necesitan para sacar adelante a sus familiares. San Pablo les escribió a los corintios: (1 COR. 1, 25-30).

   Santiago escribió: (ST: 2, 5-8).

   Para vivir el espíritu de las bienaventuranzas, nos es imprescindible conocer el significado de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (JER: 17, 5. 7).

   Los católicos sabemos que cuando se nos dice que son malditos quienes no creen en Dios, se hace alusión a la diferencia existente entre nuestra vida y la existencia de quienes carecen de fe en nuestro Padre común. Nosotros sabemos que tenemos que confiar en nuestro Padre común plenamente si queremos ser cristianos practicantes. Os digo esto porque he interrogado a una persona que no cree en nuestro Criador a través de un servicio de Chat, y me ha dicho que si escuchara las citadas palabras de Jeremías en una congregación cristiana, tendría la sensación de estar entre los partidarios de una secta bastante peligrosa. Nosotros nos esforzamos mucho para aprender la gran lección que encierran las citadas palabras del autor de las Lamentaciones, así pues, nunca creemos que nuestra conversión es completa, porque no alardeamos de nuestra constancia a la hora de profesar nuestra fe, y porque puede sobrevenirnos alguna circunstancia por cuya vivencia se tambalee el edificio de nuestras creencias. Hace varios días tuve la oportunidad de hablar con uno de mis mejores amigos, el cual me dijo que le pide todos los días a Dios que le conceda una dádiva que le haría muy feliz. Mi amigo lleva mucho tiempo pidiéndole dicho favor a dios, e incluso piensa que, por causa de ciertas circunstancias, es posible que nuestro Padre celestial no le conceda lo que él le pide diariamente. Yo le dije a mi amigo que mientras nuestra vida es muy limitada ya que vivimos sujetos a las experiencias que nos proporcionan las décadas tan cortas que vivimos en este mundo, nuestro Creador dispone de la eternidad para hacer lo que debe hacer bien hecho.

   Cuando éramos niños deseábamos jugar más rato del que se nos permitía, dado que teníamos que estudiar y ayudar a nuestros padres a realizar ciertas actividades hogareñas. Quizá tuvimos en los años de la adolescencia el deseo de independizarnos de nuestros padres, especialmente si ellos no estaban de acuerdo con algunas de las cosas que queríamos hacer. Quienes desearon ser religiosos se prepararon fervientemente a servir a nuestro Padre del cielo. Quienes conocieron a sus cónyuges, trabajaron duramente para constituir sus familias. La vida avanza y mientras que tenemos deseos de seguir alcanzando metas ello significa que tenemos ganas de vivir, así pues, cuando creemos que no tenemos nada que hacer en este mundo porque hemos vivido el tiempo que teníamos que vivir, empezamos a tener problemas que necesitan ser tratados por un psicólogo. Los cristianos no olvidamos que todo lo que nos sucede en nuestra vida está encaminado a nuestra salvación.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestra Santa Madre que interceda por nosotros ante nuestro Abba, para que Él nos ayude a ser esos pobres espirituales de los que san Mateo nos habla en su Evangelio, las almas sencillas que viven de Dios, en Dios, y para Dios. Amén.

joseportilloperez@gmail.com

El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. El amor es el distintivo de los cristianos.

   Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).

   Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.

   El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.

   Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.

   No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.

   Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.

   A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.

   No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.

   Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.

   San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.

joseportilloperez@gmail.com

Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).

   Ciclos A, B y C.

   Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.

   Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.

   En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.

   Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.

   Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.

   Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.

   Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.

   Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.

   Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.

   Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.

   Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.

   Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).

   Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 5, 1-12A.

   3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).

   Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.

   Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.

   Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.

   Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.

   Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.

   Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.

   Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.

   3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.

   Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).

   Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).

   3-3. Los mansos (MT. 5, 4).

   Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).

   3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).

   Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.

   Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.

   Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.

   3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).

   Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.

   3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).

   Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.

   3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).

   La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).

   3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).

   Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.

   Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.

   3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).

   En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.

   3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).

   Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.

   El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).

   Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).

   Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).

   Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).

   Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).

   Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).

   Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).

   3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
   2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
   3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
   4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
   5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
   6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
   7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
   8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
   9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
   10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
   11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
   12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
   13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
   14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
   15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?

   3-2.

   16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
   17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
   18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
   19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
   20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
   21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
   22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?

   3-3.

   23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
   24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
   25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
   26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?

   3-4.

   27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
   28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
   29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
   30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
   31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?

   3-5.

   32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?

   3-6.

   33. ¿Qué es la misericordia?
   34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
   35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?

   3-7.

   36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
   37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
   38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
   39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?

   3-8.

   40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
   41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
   42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
   43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?

   3-9.

   44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
   45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
   46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
   47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
   48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?

   3-10.

   49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
   50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
   51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
   52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
   53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
   54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
   55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
   56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
   57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
   58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.

   Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Recuperemos nuestros valores cristianos. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Recuperemos nuestros valores cristianos.

   Estimados hermanos y amigos:

   -Son muchos los que se preguntan cuál es la razón por la que cada día muchos niños y jóvenes respetan menos a los adultos, y cuál es el motivo por el que los ancianos viven más aislados en conformidad con el paso del tiempo.

   -Algunos creyentes que creen que por decir de sí mismos que creen en Dios, sin instruir a sus hijos en el conocimiento de nuestra fe universal, que piensan que sus descendientes han de actuar como si aceptaran nuestras creencias, comprueban, marcados por el asombro, cómo los tales actúan como si no conocieran a Nuestro Padre común.

   -Los medios de comunicación, a pesar de que se nos insiste a los españoles con respecto a que cada año se reduce el número de mujeres que mueren a manos de sus maridos, difícilmente dejan de informarnos de agresiones mortales llevadas a cabo por personajes ansiosos de demostrarles su poder a sus cónyuges.

   -A pesar de que muchos jóvenes no tienen la más remota idea de lo que significa tener privaciones, no podemos negar que el consumo de drogas aumenta considerablemente en una sociedad que, a pesar de que dispone de muchos medios de comunicación, está integrada por personas que se ven obligadas a permanecer totalmente aisladas.

   -Aunque los recursos de nuestro planeta podrían bastarnos sobradamente para extinguir la pobreza que azota a la mayor parte de los habitantes de nuestro mundo, el injusto reparto de los mismos, hace imposible el hecho de que se cumpla el sueño que albergamos en nuestros corazones de vivir en un mundo en que no existan las injustas distinciones sociales, así pues, sólo Dios, cuando lo considere oportuno, hará posible la citada realidad.

   -El afán de enriquecerse de muchas personas carentes de escrúpulos, logra que muchas mujeres desconocedoras de la Palabra de Dios y por tanto del significado del don de la vida, acaben asesinando a sus hijos no nacidos.

   -El orgullo ciego de los padres que sólo se preocupan por lo que se diga de ellos en su medio social, obliga a abortar a las adolescentes y jóvenes que no tienen fuerza ni medios para dar a luz y criar a sus hijos.

   -La carencia de amor, respeto y responsabilidad de muchos jóvenes -y no tan jóvenes- influenciados por el cine pornográfico, convierte a las mujeres en objetos aptos para producirles placer, e induce a las mismas, cuando se ven desamparadas, a deshacerse de sus hijos no nacidos.

   -La ambición de poder incontrolada, ha llevado a muchos miles de hombres a cometer asesinatos y a atropellar a los débiles a lo largo de la Historia.

   ¿Cuál es la causa por la que el mundo está sumido en el dolor?

   ¿Hasta qué punto es Dios responsable de todos los hechos desagradables que acontecen en nuestro medio social?

   Tanto si eliminara los acontecimientos desagradables que acontecen en nuestra tierra, como si diera la impresión de permanecer impasible ante los mismos, según piensan muchos creyentes desconocedores de su Palabra, Dios se vería comprometido en ambos casos, así pues, si eliminara el mal de la tierra, le acusaríamos de privarnos de hacer uso de la libertad con que nos creó, y, si permaneciera impasible ante la visión del mismo, le acusaríamos de que no está interesado en sus hijos los hombres.

   Existen problemas que sólo pueden ser solventados por Dios, así pues, un ejemplo de ello, son las enfermedades cuya curación no ha sido descubierta por los científicos, pero, otras dificultades, no se pueden resolver, porque el mundo es víctima de la carencia de nuestros valores cristianos. Tales valores existen, pero son desconocidos por unos, y rechazados por otros.

   En el Evangelio de hoy, se nos muestra la diferencia existente entre el hecho de creer en Dios, y el hecho de no tener fe en Nuestro Padre común. El diálogo entre Pilato y Jesús fue tan incomprensible para el Gobernador romano, como lo sería la comunicación entre un sordomudo y un ciego, de los cuales, el primero se expresaría a través de gestos, y , el segundo, ni siquiera sabría que su interlocutor intentaría hablarle, así pues, mientras que para el yerno del César la verdad era que tenía que hacer lo posible para hacerse más rico, prestigioso y poderoso, para Jesús la Verdad era concluir el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre común.

   Los cristianos distinguimos la verdad del mundo de la Verdad de Dios, a pesar de que mucha gente rechaza esta última, dado que la misma nos insta a cambiar nuestra forma de vivir. Yo recuerdo cómo mi abuela materna me contaba cómo en el tiempo de su juventud, cuando los jóvenes del pueblo querían divertirse, hacían fiestas, en las cuales cantaban, bailaban y lo pasaban muy bien juntos, dado que no tenían dinero para contratar a ningún músico ni cantante.

   -En nuestro tiempo, cuando los jóvenes quieren divertirse, a muchos les sobra la comida, la bebida y el tabaco, e incluso pueden darse el lujo de asistir a conciertos, pero, como tienen la diversión hecha, y no tienen que procurársela, pierden la oportunidad de conocer a otros jóvenes con sus mismas inquietudes.

   -Cuando queremos ver una película, recurrimos a la TV., al DVD o al PC, de manera que nos perdemos la oportunidad de comunicarnos con nuestros familiares y amigos.

   -Pasamos muchas horas conectados a Internet, de manera que, sin darnos cuenta del peligro que corremos, nos aislamos más, tanto de nuestros familiares que viven bajo nuestro techo, como de los amigos que tenemos.

   -Vivimos en una sociedad basada en la necesidad que tenemos de realzar el "yo" si queremos tener alguna importancia, olvidando que, si queremos ser seguidores de Jesucristo, yo no existo como realidad única, pues debo pensar muchas veces en "nosotros".

   -Cuando estamos viendo un programa de TV. que no nos gusta, nos basta el hecho de coger el mando a distancia y cambiar de cadena, hasta que encontremos otro programa que nos guste. Hace años, el hecho de no tener el citado mando, nos obligaba a levantarnos para cambiar de cadena, pero, ahora, hasta ese sencillo trabajo nos lo ahorramos.

   -Cuando en Internet estamos chateando con una persona que nos cae bien, y un tercer individuo interrumpe nuestra conversación con sus formas incorrectas, simplemente por fastidiar, lo bloqueamos, y nos olvidamos de él. Comprendo que no debemos dejar que se nos moleste, pero también comprendo que, si el citado hecho acontece en un grupo de amigos, el personaje molesto tendrá más posibilidades, tanto de disculparse, como de ser integrado en el grupo.

   Las nuevas tecnologías son muy beneficiosas para nosotros, pero, el uso indebido de las mismas, nos hace olvidarnos de la Verdad de Dios, así pues,

   -si sabemos de un niño que necesita dinero para que se le salve la vida al ser intervenido por un cirujano, ¿le auxiliaremos en conformidad con nuestras posibilidades para socorrerle, o le daremos de lado, como quien cambia de cadena de TV?.

   -Si Cáritas hace una campaña el Jueves Santo para brindarnos la oportunidad de agradecerle a Dios el sacrificio de Jesús por nosotros, permitiéndonos que socorramos a nuestros hermanos necesitados de los bienes esenciales para vivir, ¿permaneceremos impasibles?

   -Si al entrar en la página web de Amnistía Internacional, nos encontramos que, con un sólo clic de ratón, al firmar un documento dirigido a un rey o presidente africano, vamos a contribuir a salvar una vida, ¿dejaremos escapar la oportunidad de vivificar a un desconocido que algún día nos llamará hermanos en el Reino de Dios, con tal de no incluir nuestro DNI. en el formulario de envío del citado documento?

   Hermanos: Antes de terminar esta meditación, quisiera compartir con vosotros el último pensamiento de este año litúrgico. Si nos dejamos inspirar por la necesidad de destacar en su medio que tienen quienes únicamente piensan en el dinero, el poder y el prestigio, la Verdad de Dios nos resultará incómoda, dado que será contraria a nuestras creencias, pero, sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones, nos abrazaremos a la misma, como si de ello dependiera la completa instauración del Reino mesiánico entre nosotros.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El Hijo del hombre es Nuestro Rey. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

   Meditación.

   1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.

   ¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).

   Cuando rezamos el  Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).

   ¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?

   Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.

   Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.

   Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   (MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.

   Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.

   Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.

   Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).

   ¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?

   La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.

   Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.

   La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.

   Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   La sentencia que pronunció Jesús con respecto a la entrada de los ricos en el Reino de Dios, extrañó mucho a los futuros Apóstoles. Los dueños de este mundo son los poderosos, quienes tienen mucho dinero, los grandes conocedores de las ciencias que se han desarrollado por la gracia de Dios y el esfuerzo de las personas que se han entregado al estudio y promoción del conocimiento de las mismas.

   ¿Por qué dijo Jesús que los ricos difícilmente podrían entrar en el Reino de Dios? Antes de contestar esta pregunta, hemos de recordar que en el lenguaje bíblico, el término "rico" designa a las personas que no tienen en cuenta a sus prójimos, los que creen que son superiores a los demás. Este es el caso de los fariseos del tiempo de Jesús, los mismos que le causaron un gran sufrimiento al Señor, aquellos que se esforzaron para impedir la extensión de la Iglesia naciente.

   El Reino de Dios es de los pobres, de las personas que son tan humildes y sencillas como los niños. Los pobres espirituales, independientemente de su bienestar económico y de su estado social, están abiertos a la posibilidad de servir a Nuestro Padre y Dios en sus prójimos.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que nos inculque su sabiduría o sapiencia divina para que podamos entender las dudas con respecto a nuestra existencia que han atormentado a muchos hombres a lo largo de la Historia.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener.

   1. En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.

   Meditación de SB. 7, 7-11.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al leer ciertos pasajes bíblicos, podemos tener la impresión de que, la fe que profesamos, para poder ser vivida plenamente, nos exige la renuncia a las riquezas materiales que podamos tener. Dos ejemplos de ellos son la parábola del rico epulón que fue condenado a las llamas del infierno porque no socorrió a un mendigo llamado Lázaro (LC. 16, 19-31), y las duras palabras que Santiago escribió denunciando la actitud de los ricos que explotaban inmisericordemente a los más débiles (ST. 5, 1-6). Si examinamos dichos textos, nos percatamos de que los mismos son denuncias de la actitud de los avaros que no se apiadan de los más necesitados del mundo, lo cual nos indica que no deben ser tenidos como condena de todos los ricos en general, ni como invitación que se nos hace a renunciar a los bienes que podamos tener. En tiempos de Jesús, había en Palestina terratenientes que explotaban injustamente a los pobres, ricos que, teniendo la posibilidad de hacer el bien, no lo hacían. San Lucas, por medio de la citada parábola, les recordó a sus lectores la necesidad existente en el mundo de almas misericordiosas, que se apiaden de los desposeídos. Por su parte, siendo consciente de que quienes no podían pagar sus deudas se veían obligados a vender a sus familiares como esclavos, eran privados de sus pertenencias, y eran encarcelados, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, denunció la falta de amor hacia los más débiles, por parte de quienes solo pensaban en enriquecerse.

   Las riquezas por sí mismas no son malas, pero, si las utilizamos para propagar injusticias, o para alcanzar fines meramente egoístas, nos dejamos seducir por el pecado. Esta es la razón por la que en la primera lectura que meditamos hoy se nos recuerda que la sabiduría de Dios es más importante que las riquezas materiales, porque nos enseña a valernos de las mismas sin renunciar a profesar la fe que nos caracteriza, y por la que he titulado esta serie de estudios bíblicos "El bien ser, el bien saber, el bien hacer, el bien estar, y el bien tener". Aunque quizás no podemos memorizar el título de estos estudios la primera vez que lo leemos, si lo aplicamos a nuestra vida de cristianos, conseguiremos alcanzar el ideal de vida, consistente en ser perfectos imitadores de Jesús.

   -El bien ser. Se nos ha dado la oportunidad de analizar todas las circunstancias que acaecen que están relacionadas con nuestra vida y el medio social en que vivimos. Esta es la razón por la que San Pablo nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 8).

   San Pablo nos incita a profesar la fe que nos caracteriza tanto en las celebraciones litúrgicas como fuera de los templos en que celebramos la Eucaristía, defendiendo todo lo que es verdadero, honesto, y justo, respetando la diversidad de ideologías existentes en el mundo para poder propagar mejor el Evangelio, realizando nuestras actividades por medio de una disciplina que nos permita hacer todo lo que se espera de nosotros.

   -El bien saber. Sabemos que los creyentes de muchas denominaciones cristianas asisten a sus celebraciones de culto y reuniones bíblicas con sus versiones de la Biblia y cuadernos para resumir o esquematizar las ideas que sus líderes les transmiten por medio de sus predicaciones. A pesar de ello, muchos católicos, aunque asistimos puntualmente a las celebraciones eucarísticas dominicales, no tomamos notas de las lecturas bíblicas ni de las homilías que escuchamos, lo cual tiene la consecuencia lógica de que olvidamos tales ideas, en muchas ocasiones, antes de concluir las celebraciones litúrgicas, a pesar de que no necesitamos interpretar la Biblia de cualquier manera, sino tal como lo hace Dios, transmitiéndonos su enseñanza, por medio de las Sagradas Escrituras, y del Magisterio de la Iglesia. No es bueno conformarnos conociendo algunos aspectos de la Palabra de Dios, si tenemos la posibilidad de aumentar dicho conocimiento, que puede hacernos mejores cristianos, al aumentarnos la fe que tenemos en Dios.

   -El bien hacer. No actuemos de mala gana haciendo el bien en beneficio de nuestros familiares, hermanos de fe, compañeros de trabajo y otras personas a quienes tengamos la oportunidad de beneficiar. Actuemos buscando alcanzar el nivel de excelencia que hace que los cristianos sean conocidos por causa de las buenas obras que realizan. Si nos esforzamos para lograr alcanzar la excelencia del bien hacer, conseguiremos darle a nuestra familia y al mundo más de lo que hemos recibido, lo cual ayudará a crear una sociedad plenamente caritativa, que, con toda justicia, podrá ser conocida como Reino de Dios.

   -El bien estar. Desgraciadamente, puede sucedernos que, con respecto a Dios y a los hombres, podemos estar más dispuestos a recibir que a dar. Creo que todos los que hemos tenido la oportunidad de trabajar, hemos valorado más los bienes terrenos cuando nos los hemos ganado, que cuando nuestros padres nos los han regalado siendo niños y adolescentes. El bien estar cristiano no solo está relacionado con la posesión de riquezas, -el bien tener-, pues también se refiere al bien ser, el bien saber, y el bien hacer.

   -El bien tener. En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos invita a considerar más importantes las riquezas espirituales que las materiales, para que al no valernos inadecuadamente de las segundas, no renunciemos a vivir la fe que nos caracteriza.

   ¿Aprovecharemos la oportunidad de utilizar nuestras riquezas materiales para cumplir la voluntad del Dios que no quiere que tengamos carencias, y que desea valerse de tales riquezas para ayudar a quienes tienen carencias materiales por nuestro medio?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús bendice a la gente sencilla. (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   4. Jesús bendice a la gente sencilla.

   Meditación de MC. 10, 13-16.

   Si Jesús hubiera predicado el Evangelio con vistas a ganar poder, riquezas y prestigio, en vez de relacionarse con los pobres, los enfermos, los ancianos y los desamparados, se habría relacionado con la gente rica y déspota, habría justificado las maldades de muchas de esas personas, y hubiera podido jactarse de lograr su ansiado propósito. A pesar de ello, como el Señor no tenía la necesidad de mejorar su posición social, fue duramente criticado por andar con la gente marginada de su país. Recordemos que la predicación de Jesús iba dirigida a todos los estratos sociales palestinenses, pero, solo los desposeídos de bienes terrenos, de salud, y de dignidad, fueron los primeros en unirse a la comunidad que, a partir del día en que los Apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, empezó a llamarse Iglesia.

   Los niños necesitan amor, amistad y confianza para sentirse seguros. Recuerdo que en mi primer día de catequista mis niños no sabían cómo acercarse a mí. Sus madres, sabiendo de mi deficiencia visual, los advirtieron para que no me hicieran travesuras con tanta fuerza, que estaban asustados, y sentados en los bancos de la iglesia, mirándome fijamente. Yo pensaba trabajar con ellos por medio de la aplicación de disciplina, aunque no pensaba ser severo, pero sí pedir que estudiaran e hicieran las actividades de su Catecismo. . Como vi a los niños asustados mientras me miraban, jugué con ellos, cantamos villancicos, les dejé tocar mi teclado eléctrico, y así fue cómo dejaron de llamarme maestro, y fui Pepe para ellos.

   Cuando pensamos en Jesús, como le desconocemos, no pensamos en el bien que nos quiere hacer porque no podemos concebirlo, y nuestro pensamiento se centra en las dudas que tenemos con respecto a Dios, y, como no nos esforzamos en aclarar tales dudas, se nos muere la fe.

   No intentemos requerir de Dios una completa comprensión intelectual, porque ello es imposible para nosotros. Amemos a Dios con la confianza que los niños pequeños aman a sus padres. Para creer en Dios sinceramente, dado que nuestra comprensión de El es finita, no podemos ni necesitamos conocer plenamente todos los misterios divinos ni del universo, sino amar a Nuestro Padre común, como los pequeñuelos aman a sus padres, a quienes a veces no comprenden, y de quienes esperan amor, comprensión, y dádivas.

   Concluyamos esta meditación, manifestándole a Nuestro Santo Padre el deseo de que no  queremos ser niños inmaduros en la fe,  pues deseamos confiar en El, y amarle, con la pureza que lo hacen los niños pequeños, quienes no pueden verlo, pero sienten su presencia, si sus padres les dicen, que Dios está con ellos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis? (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   ¿Qué es lo más importante para los cristianos en este tiempo de crisis?.

   Estimados hermanos y amigos:

   No es necesario recordar en este tiempo que estamos viviendo una gran crisis mundial que no nos afecta solo económicamente, así pues, para valorar superficialmente los efectos de la misma, debería bastarnos el hecho de pensar lo que está sucediendo en el mundo con nuestros valores cristianos.

   Antes de despedirme de vosotros a finales del pasado mes de febrero del presente año precisamente porque me era imposible costearme el acceso a Internet, recibí muchas cartas de hermanos sudamericanos desesperados por la situación de pobreza que están viviendo, así pues, aunque traté lo que aparentemente parece el abandono de los pobres por Nuestro Padre común en algunas meditaciones que publiqué entre los pasados meses de noviembre y febrero, deseo tratar en esta ocasión ese tema con vosotros.

   La crisis económica que estamos viviendo afecta a quienes tienen mucho dinero, pues muchos de los tales, aunque no pasarán por ninguna situación de pobreza, tienen pérdidas que difícilmente pueden superar. Por el contrario, otros hemos tenido problemas económicos de cierta gravedad, y otros tantos están viviendo en la calle, pues ni siquiera tienen un techo bajo el que cobijarse.

   Precisamente por causa de la difícil situación que estamos viviendo a nivel mundial, los cristianos deberíamos permanecer unidos, porque, aunque muchos seamos pobres, ello no significa que no somos importantes para Nuestro Padre común, por consiguiente, veamos lo que Santiago escribió con respecto a quienes tenían carencias económicas en su tiempo: (ST. 2, 1-5).

   Si Dios nos ama a quienes carecemos de los medios que desearíamos tener para vivir, ¿por qué permite que seamos atribulados? Respondamos esta pregunta utilizando nuevamente la Carta de Santiago: (ST. 1, 2-4).

   ¿Para qué necesitamos ser probados? San Pablo nos dice: (1 COR. 11, 17-19).

   “Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.
   El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y les pidió que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.
   Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente.
   A la mula se le ocurrió que cada vez que una pala de tierra cayera sobre sus lomos.... ¡ELLA DEBÍA SACUDIRSE Y SUBIR SOBRE LA TIERRA! Esto hizo la mula palazo tras palazo. SACÚDETE Y SUBE. Sacúdete y sube. Sacúdete y sube!! Repetía la mula para alentarse a sí misma.
   No importaba cuan dolorosos fueran los golpes de la tierra y las piedras sobre su lomo, o lo tormentoso de la situación, la mula luchó contra el pánico, y continuó SACUDIENDOSE Y SUBIENDO. A sus pies se fue elevando de nivel el piso. Los hombres sorprendidos captaron la estrategia de la mula, y eso les alentó a continuar paleando. Poco a poco se pudo llegar hasta el punto en que la mula cansada y abatida pudo salir de un brinco de las paredes de aquel pozo. La tierra que parecía que la enterraría, se convirtió en su bendición, todo por la manera en la que ella enfrentó la adversidad.
   ¡ASI ES LA VIDA!
   Si enfrentamos nuestros problemas y respondemos positivamente, y rehusamos dar lugar al pánico, a la amargura, y las lamentaciones de nuestra baja autoestima, las adversidades, que vienen a nuestra vida a tratar de enterrarnos, nos darán el potencial para poder salir beneficiados y bendecidos!”
   (Desconozco el autor de esta meditación).

   San Pablo nos dice con respecto a las pruebas que hemos de sufrir para ser perfeccionados: (1 COR. 10, 13).

   Aunque cuando sufrimos por cualquier causa podemos caer en la tentación de creer que Dios nos ha abandonado, en esos momentos Nuestro Padre común está muy pendiente de ayudarnos, pues Santiago escribió en su Carta: (ST. 1, 9).

   (ST. 1, 12). Hay dos tipos de pruebas a las que tenemos que enfrentarnos, así pues, por una parte sufrimos las pruebas que durante mucho tiempo hemos creído que Dios nos manda para que seamos perfeccionados, y, por otra parte, no hemos de olvidar las pruebas a las que nos somete nuestra fragilidad humana, de las cuales leemos en la Carta de Santiago: (ST. 1, 13-18).

   Después de recordar la utilidad que tienen las dificultades que vivimos, necesitamos ver lo que verdaderamente ha de ayudarnos a sobrevivir a este tiempo de crisis, especialmente a los carentes de recursos materiales y de bienes espirituales, con el fin de que nuestras carencias no nos hagan sufrir por sufrir.

   Aunque suene ridículo el texto bíblico que vamos a recordar a continuación a los oídos de mucha gente, entre quienes hay creyentes con un escaso conocimiento de la Palabra de Dios, no por ello el siguiente versículo del Evangelio de San Mateo deja de recordarnos una verdad muy importante: (MT. 6, 33).

   ¿Debemos creer que Dios solventará nuestros problemas si dedicamos nuestro tiempo y energía a predicar el Evangelio? Aunque conviene evitar caer en la trampa en que caen quienes se adhieren a muchas religiones con la esperanza de ganar dinero por el mero hecho de predicar, no hemos de olvidar que a Dios no se le puede servir por egoísmo, y que, de alguna manera, en nosotros se cumplen las siguientes palabras que Dios les dirigió a los hebreos peregrinos por medio de Moisés, a pesar de las múltiples tribulaciones que hemos vivido: (DT. 8, 1-6).

   No olvidemos que el temor de Dios no está relacionado con el miedo, pues el mismo es uno de los dones del Espíritu Santo que nos hace reverenciar al Dios Uno y Trino, y que Nuestro Padre común no nos castiga para divertirse a costa nuestra, sino que aprovecha nuestras circunstancias consideradas adversas para perfeccionarnos.

   En el relato del sermón del monte de San Mateo, leemos que Jesús dijo, las palabras que encontramos en MT. 6, 22-23.

   Si nuestro ojo figurativo es bueno, nos dedicaremos a ayudar a resolver las carencias de nuestros familiares en conformidad con las posibilidades que tengamos para ello, solucionaremos nuestros problemas, y nos acordaremos de las necesidades de nuestros prójimos los hombres, independientemente de que los mismos crean en Dios. Estas actividades no nos impedirán seguir creciendo espiritualmente, pues Jesús nos dice las palabras que leemos en MT. 6, 19-21.

   Efectivamente, si nos ocupamos de nuestros familiares, de nosotros y de nuestros amigos, y acrecentamos nuestra fe por medio de la asistencia a las celebraciones sacramentales, las catequesis y el estudio personal de la Biblia y de los documentos de la Iglesia, nuestro corazón no dejará de anhelar el hecho de seguir viviendo en la presencia de Dios, pero, si no actuamos adecuadamente, y únicamente pensamos en nosotros, indudablemente, viviremos en tinieblas.

   Si nuestro ojo figurativo está sano, conformmémonos con las cosas que tenemos, siempre que no podamos aumentar nuestros bienes. No pretendo decir que hemos de abandonar nuestras actividades para dedicarnos exclusivamente a estudiar la Palabra de Dios, sino que hemos de evitar la a ambición excesiva, y el hecho de querer desear justo lo que no podemos conseguir.

   San Pablo nos dice tajantemente que hemos de socorrer a nuestros familiares en sus necesidades: (1 TIM. 5, 8).

   El hecho de sustentar a nuestros familiares, no nos obliga a esforzarnos por conseguir los medios más punteros del mercado para modernizar nuestros hogares, pues en la Biblia leemos: (PR. 30, 7-9).

   Si tenemos alimentos, ropa y un techo bajo el que cubrirnos, todo lo que podamos conseguir aparte de estas tres cosas, nos aportará bienestar, pero todo ello es secundario, pues San Pablo nos dice: (1 TIM. 6, 6-10; HEB. 13, 5-6).

   Deberíamos evitar el hecho de tener grandes deudas arriesgándonos a no poder pagar las mismas en el futuro, pues Jesús nos dice: (MT. 6, 25. 31-34).

   Por su parte, San Pablo les escribió a los Filipenses: (FLP. 1, 9-11. 4, 4-9; PR. 4, 20-27; 2 COR. 4, 13-18).

   A pesar de que las cosas visibles son pasajeras y de que nos es prácticamente imposible el hecho de vivir sin algunas de ellas, no hemos de olvidar la instrucción que estamos recibiendo de Nuestro Padre común, pues la misma nos ayuda a soportar la adversidad característica de nuestra vida (SAL. 37, 3-6).

   Si aún seguimos pensando que no comprendemos la razón por la que somos atribulados, leamos atentamente las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 5-8).

   Con respecto a la indecisión, recordemos la vocación del Profeta Jeremías: (JER. 1, 4-10. 17-19).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que fortaleció a Jeremías para que lo sirviera en sus hermanos de raza, que nos ayude a vencer nuestras dificultades.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.

   Meditación de MC. 1, 12-13.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).

   Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.

   Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.

   El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.

   Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.

   En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).

   Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.

   Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.

   El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.

   Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.

   Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.

   En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.

   Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.

   En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.

   A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).

   A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.

   San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.

   El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.

   Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).