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La paradoja de las bienaventuranzas. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La paradoja de las bienaventuranzas.

   1. Los cristianos podemos vincularnos a la Iglesia para que se nos facilite el hecho de alcanzar la santidad.

   Antes de escribir las meditaciones de Padre nuestro, me dirijo a nuestro Padre común en oración, para que el Espíritu Santo me ilumine, con el fin de que pueda transmitiros alguna idea que os pueda ser útil. Yo le digo a nuestro Padre común al comenzar a orar antes de redactar dichas meditaciones, el texto del SAL. 19, 15.

   Uno de mis lectores se ha entretenido en bajar de alguna red de archivos p2p una colección de libros que no están firmados por ningún autor los cuales contienen interminables listas de acusaciones contra Dios, los autores de la Biblia y la Iglesia. Después de enviarme esa colección de libros y de folletos para mí tan poco fiable porque los mismos no están firmados por nadie que se atenga a las consecuencias de responder a dichas acusaciones, me ha escrito: "Por todo esto no creo ni en Dios ni en la Iglesia". Este hecho me ha hecho reflexionar mucho sobre la meditación que os presento en esta ocasión.

   Dado que quienes aceptamos una determinada religión mantenemos la creencia de que estamos poseídos por la verdad, necesitamos respetar a quienes no comparten nuestras creencias -esto no significa que vamos a actuar contra nuestra conciencia-, con el fin de no incurrir en el pecado de ser despóticos. Si muchos católicos vivimos vinculados a la Iglesia, ello sucede porque queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida y en el ambiente en que vivimos. Buscar a Dios fuera de la Iglesia puede significar concebir una religiosidad muy débil incapaz de afrontar -y confrontar- las contradicciones a que los cristianos practicantes sobrevivimos día a día. No nos imaginemos que Dios se adapta a nuestras necesidades ni confundamos la fe que profesamos con una especie de humanitarismo generalizado, pues es necesario que dejemos que Dios sea Dios, y que conozcamos profundamente a nuestro Padre común, con el fin de que podamos responder las preguntas que nos planteamos muchas veces relativas al dolor, la muerte y el más allá, pues, de la respuesta a esos interrogantes, depende el hecho de que creamos en Dios o de que decidamos vivir sin fe en nuestro Padre común.

   Hace algún tiempo, me escribió uno de mis lectores: "Desde que leo tus meditaciones no asisto a ninguna Iglesia. El templo donde yo iba a Misa es frecuentado por gente muy rica que predica la pobreza y nada en la abundancia... Ya no voy a la Iglesia porque en la red tengo lo que necesito leer y porque así no tengo que darle explicaciones a nadie de lo que creo, cosa que no le importa tampoco a nadie".

   Si no queremos tener una religiosidad subjetiva, -es decir, si no queremos ser creyentes cuando necesitamos a Dios y renegar de nuestro Padre común cuando tengamos que defender nuestras creencias ante quienes las rechazan-, una de las cosas que necesitamos hacer, es rodearnos de fieles cristianos en la Iglesia, pues, el siguiente texto bíblico, aunque fue escrito para quienes estamos casados, explica la necesidad que tenemos de no separarnos de la fundación de Cristo: (ECL. 4, 9-11).

   Si no nos rodeamos de hermanos en la fe que nos animen cuando tengamos la sensación de que creer en Dios no tiene sentido, ¿quién nos devolverá la fe perdida?

   Es necesario que tengamos en cuenta que los miembros de la Iglesia deberíamos estar tan unidos como si viviéramos bajo un mismo techo. Como lamentablemente no estamos vinculados como deberíamos estarlo, en muchas ocasiones se cumple en nosotros el siguiente texto del libro de los Proverbios: (PR. 19, 7).

   Muchos de nuestros hermanos, aunque se preparan convenientemente para trabajar y constituir familias, no alimentan su espíritu, de manera que, el vago recuerdo que les queda de su instrucción catequética de la infancia, no les es suficiente para responder las cuestiones mencionadas anteriormente desde la óptica de nuestra fe, por lo cual, en lugar de instruirse en el conocimiento de nuestras creencias, prefieren conformarse con una fe débil que, según se enfrentan a sus experiencias vitales, al no ser debidamente fortalecida, se debilita hasta extinguirse.

   Al invitar a los cristianos que no son practicantes a vincularse a la vida de la Iglesia, no pretendo decir que los que nos consideramos practicantes somos perfectos, pues sabemos que podemos mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, y tenemos la costumbre de dejar que la Palabra de Dios contenida en la Biblia lea lo que hay en nuestros corazones, para que, al descubrir ante Dios las preocupaciones y alegrías de nuestra vida ordinaria, podamos adaptarnos al fiel cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común. Lejos esté de nosotros, -a pesar del deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios con el fin de aumentar el número de hijos de la Iglesia-, el deseo de darle lecciones a nadie para presumir de que el mundo tiene que arrodillarse ante nosotros, porque somos propietarios de la verdad. La gran mayoría de cristianos practicantes no somos grandes ejemplos de perfección absoluta, pero, a pesar de ello, intentamos dar testimonio de la profesión pública y privada de nuestra fe, con el fin de que quienes nos rodean vean que es posible creer en Dios en un mundo en que muchas veces podemos tener la impresión de que nuestros valores están predestinados a desaparecer.

   2. ¿En qué sentido son bienaventurados los pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 20).

   En uno de los libros que no están firmados por nadie que me ha enviado uno de mis lectores, he leído que la religión predicada por Jesús no es más que una mera ilusión para hacer que los pobres, al pensar en la conclusión del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros que acontecerá al final de los tiempos, eviten el hecho de pensar en sus dificultades. Esta acusación carece totalmente de sentido, así pues, quienes realmente necesitan comer, ropa para vestirse y un techo bajo el que cobijarse, saben perfectamente que nadie les va a solucionar sus problemas por más que lean la Biblia. Nadie ignora que en el libro de los Proverbios se afirman con respecto a los pobres verdades como las siguientes: (PR. 10, 15-16. 14, 20-21. 15, 15-17).

   Los cristianos deberíamos aplicarnos el siguiente relato, con el fin de aprender que, si viviéramos unidos como verdaderos hermanos, podríamos vencer todos los tipos de pobrezas existentes.

"Hubo una vez, hace muchos años, un país que acababa de pasar una guerra muy dura. Como ya es sabido, las guerras traen consigo rencores, envidias, muchos problemas, muchos muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina ni pan.
Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña le dijo:
-Señora, ¿No tenéis un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?
Y la mujer le mira de arriba abajo y responde:
-Pero, ¿Estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta y peor trato.
El soldado casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzó el pueblo de cabo a rabo y llegó al final, donde estaba el lavadero público. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-¡Muchachas! ¿No habéis probado nunca la sopa de piedras que hago?
Las muchachas se mofaron de él diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando éste se marchaba decepcionado.
-Soldado, ¿te podemos ayudar? Le dijeron.
-¡Claro que sí! Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer el fuego.
Rápidamente los chiquillos fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua, lavan muy bien las piedras y las echan hasta que el agua comenzó a hervir.
-" ¿Podemos probar la sopa?" preguntan impacientes los chiquillos.
-¡Calma, calma!.
El soldado la probó y dijo:
-Mm... A ¡Qué buena, pero le falta una pizquita de sal!
-En mi casa tengo sal -dijo un niño. Y salió a por ella. La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probar la sopa y dijo:
-Mm... ¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y un niño que se llamaba Luis fue a su casa a buscar unos tomates, y los trajo enseguida.
En un periquete los niños fueron trayendo cosillas: patatas, lechuga, arroz y hasta un trozo de pollo.
La olla se llenó, el soldado removió una y otra vez la sopa hasta que de nuevo la probó y dijo:
-Mm... Es la mejor sopa de piedras que he hecho en toda mi vida. ¡Venga, venga, id a avisar a toda la gente del pueblo que venga a comer! ¡Hay para todos! ¡Que traigan platos y cucharas!
Repartió la sopa. Hubo para todos los del pueblo que avergonzados reconocieron que, si bien era verdad que no tenían pan, juntos podían tener comida para todos.
Y desde aquel día, gracias al soldado hambriento aprendieron a compartir lo que tenían"
(Desconozco el autor).

   Dios quiere que todos seamos esos pobres de los que Jesús nos habla en sus bienaventuranzas. Independientemente de que seamos pobres o de que nademos en la abundancia, Dios quiere de nosotros que seamos sencillos. Las mejores ocasiones para demostrarnos que realmente somos los bienaventurados mencionados por Jesús, son aquellas en las que tenemos que optar por cumplir la voluntad de Dios o por pecar. Veamos algunos ejemplos de ello.

   -Una chica o una mujer, piensa: Amo a mi novio y cada día estoy más segura de que él también me ama. Él me ha dicho que si no le demuestro mi amor manteniendo relaciones sexuales con él me dejará. Sé que mantener relaciones sexuales antes de casarnos es un pecado, pero, ¿qué hay de malo en ello?

   ¿No nos ha dado Dios el cuerpo para que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Si nos amamos, ¿qué hay de malo en el hecho de que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Mi novio es muy bueno y nunca me ha pedido nada. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo.

   La chica (o la mujer) que se plantea estas dudas, debería pensar:

   ¿Cómo puedo ser tan ingenua para creer que verdaderamente me ama un hombre que ni siquiera es capaz de esperar a casarse conmigo para que podamos mantener relaciones sexuales sin pecar?

   Si mi novio aun cuando no estamos casados tiene la pretensión de convertirme en un objeto causante de placer, ¿qué pensará hacer de mi vida cuando nos casemos?

   Si la chica o la mujer supuesta no obedecen el mandamiento bíblico y eclesiástico de mantenerse casta, quizá tendrá la experiencia de un embarazo no deseado, la amarga vivencia de un aborto y la ruptura de su relación de noviazgo. En el caso de que no se produzca el embarazo, existe la probabilidad de que su relación no sea estable por mucho tiempo, dado que el valor de la fidelidad entre novios y cónyuges no es tan aceptado socialmente como lo fue en el pasado.

   -Un hombre casado, reflexiona:

   Hace mucho tiempo que tengo problemas con vivenciales con mi mujer. Hace algún tiempo me enamoré de mi secretaria y he tomado la decisión de convivir con ella.

   ¿Qué hay de malo en que yo me separe de una mujer con la que lo único que hago es sufrir?

   ¿No se lee en la Biblia que Dios es amor?

   ¿Qué hay de malo en el hecho de que yo pueda ser feliz con mi secretaria?

    El hombre de este segundo ejemplo debería pensar que dicha separación en sí es amarga, que va a dejar deshecho su hogar, que va a tener que mantener a hijos de dos mujeres, que va a tener que vivir periodos de rencor innecesario, que van a existir rencores eternos entre los hijos de las dos mujeres, etcétera.

   -Una señora cristiana, piensa:

   Tengo una necesidad de dinero muy urgente. Podría solucionar mi problema accediendo a salir con mi jefe hasta que él se canse de mí. A mi jefe le gusta cambiar mucho de pareja, así que esa situación no sería prolongada por mucho tiempo.

    La mujer de este ejemplo debería pensar que existe una gran probabilidad de que la estabilidad económica que espera conseguir  sea disfrutada por otra mujer, por lo que ella, además de continuar con sus problemas económicos -si es que no pierde el empleo-, tendrá que vérselas con su conciencia, en el caso de incumplir el mandamiento de mantenerse casta dentro de su situación actual.

   La vida cristiana, que parece muy difícil si no la vemos con optimismo, se explica perfectamente con el siguiente ejemplo:

   -Soy una señora de treinta años que siempre he visto frustrados los intentos que he hecho para perder todos los kilos que me sobran. Mañana empezaré nuevamente mi dieta de verduras, pero ahora mismo me voy a tomar un helado de chocolate... Estoy pensando que, los escasos minutos de placer que me proporcionarán ese helado, pueden costarme muchos días de sacrificio comiendo verduras, pues, si no adelgazo rápidamente, olvidándome de las más de 1000 calorías del helado en que estoy pensando, me desanimaré pensando que soy incapaz de perder los kilos que me sobran, por lo que probablemente dejaré mi dieta otra temporada.

   Nota: Los ejemplos aquí mencionados están concebidos desde el punto de vista del cumplimiento de las normas morales cristianas, pero yo recomiendo verlos desde la capacidad del no juicio.

   La pobreza espiritual de que nos habla Jesús, puede cambiar la forma de vivir que tenemos, pues vivimos en una sociedad en que nos hemos acostumbrado a hablar de "mi casa", "mi familia", "mi trabajo", "mi coche", "mis amigos", etcétera, mientras que nuestra fe nos enseña a considerar la siguiente reflexión:

"En una de las salas de un salón de clase en un colegio privado, había varios estudiantes, cuando uno de ellos le preguntó de improvisto a la maestra lo siguiente:
"Maestra, ¿qué es el amor?
La maestra sintió dentro de su ser que el estudiante merecía una respuesta a la altura de la pregunta inteligente que hiciera delante de los demás estudiantes del salón.
Como ya estaban casi en la hora del recreo, la maestra le pidió a cada estudiante que diera una vuelta por el patio de la escuela y trajese lo que más despertara en ellos el sentimiento de amor profundo.
Los estudiantes salieron apresurados al recreo, y cuando volvieron la maestra les dijo lo siguiente: "Quiero que cada uno de ustedes muestre lo que trajo consigo al resto del salón de clases".
El primer estudiante dijo lo siguiente: "Yo traje está magnífica y floreada flor, ¿no es linda y hermosa?
El segundo estudiante habló y dijo lo siguiente: "Yo atrapé está hermosa mariposa. Vea el colorido de sus alas, la voy a colocar en mi colección de mariposas que tengo en mi casa.
El tercer estudiante dijo también lo siguiente: "Yo vi en un árbol un nido con este pichón de pajarito. Se cayó del nido con otro hermanito, ¿no son graciosos y hermosos?
Y, así cada uno del resto del estudiantado, fueron colocando en la mesa lo que habían recogido en el patio de la escuela.
Terminada la exposición de cada uno de los estudiantes en el salón de clases, la maestra notó con preocupación que había una estudiante que no había traído nada, y que se había quedado todo el tiempo callada sin decir ninguna palabra. Ella estaba avergonzada, pues nada había traído para la exposición.
La maestra entonces se dirigió apresuradamente hacia la estudiante y le preguntó lo siguiente: "Muy bien, ¿y por qué no has traído nada? Y, la estudiante Entonces tímidamente le contestó a la maestra lo siguiente:
"Disculpe maestra. Vi la hermosa y maravillosa flor, pensé en arrancarla, mas preferí dejarla en su lugar, para que su perfume exhalase más tiempo y envolviera el lugar de aroma. Vi también la mariposa con sus múltiples colores maravillosos, suave colorida, ella parecía tan feliz y contenta que no tuve el coraje ni el valor de aprisionarla en mis manos. Vi también al pequeño pichoncito caído en la tierra entre las hojas, pero....al subir al árbol, noté el mirar triste de su madre, y preferí devolverlo junto a su otro hermanito al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor, la sensación de libertad de la mariposa que vuela libre por los aires, y la eterna gratitud que sentí en los ojos de la madre de los pajaritos..... ¿Cómo puedo mostrar lo que traje?
La maestra entonces entendió el gran mensaje de su alumna, y le puso la nota más alta, pues ella fue la única estudiante que percibió dentro de sí misma, que.... "Sólo podemos hallar el Amor en el corazón"!!"
(Desconozco el autor de este relato).

   3. ¿Cómo sacia Jesús el hambre espiritual de sus pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 21A). Si interpretamos literalmente las palabras de nuestro Señor, al pensar que las tales se refieren a los pobres, nos preguntamos: ¿Por qué no cumple Dios la promesa de saciar a los pobres? Para entender el texto bíblico que estamos meditando, nos es imprescindible leer el siguiente texto de San Mateo: (MT. 5, 6).

   Según hemos visto en los ejemplos anteriores relacionados con la obediencia a Dios y el hecho de caer en el pozo del pecado, la vida cristiana se contradice con la impaciencia que se extiende entre los habitantes de los países desarrollados, pues muchos de los tales adaptan su vida de forma que quieren alcanzar grandes metas en el mismo tiempo que pulsan un botón del mouse de su ordenador o cambian de cadena de televisión, lo cual es totalmente imposible. Nuestra vida cristiana es muy rica en beneficios para quienes la aceptamos, pero, exceptuando el gozo de cumplir la voluntad de Dios, los citados frutos se perciben a largo plazo. Supongamos que un profesor es contratado por un matrimonio que desea que sus hijos sean buenos estudiantes y gente de provecho en el futuro. Es normal que el citado profesor se sienta recompensado por su esfuerzo a la medida que sus alumnos progresan en sus estudios y no lo haga antes de empezar a impartirles clases a los mismos.

   Afortunadamente para nosotros, los Santos no nacen, se hacen, porque, si los Santos nacieran, por causa de nuestra imperfección, no tendríamos la esperanza de vivir algún día en la presencia de Dios, sin que necesitáramos la fe para creer que nuestro Padre común existe. Fijaos en un detalle. Jesús le perdonó sus pecados a un paralítico y lo curó de su enfermedad (MC. 2, 1-12). A continuación (vs. 13-17), no sólo le perdonó sus pecados al recaudador de impuestos Mateo, sino que lo convirtió en uno de los Doce Apóstoles. Por su oficio, Mateo tenía más probabilidad de ser moralmente peor que el paralítico anteriormente mencionado, pero Jesús le dio una mejor posición que al citado enfermo, en cumplimiento de las palabras de San Pablo, citadas en ROM. 5, 20.

   ¿Quién le confiaría la administración de sus posesiones a un reconocido ladrón? Jesús le concedió la administración del dinero del Colegio Apostólico a Judas Iscariote, uno de los Doce que, además de ser ladrón, vendió al Mesías, para que sus enemigos pudieran tratarlo como a un esclavo, ya que los hombres libres tenían derechos de los que estaban privados los carentes de libertad.

   ¿Quién le confiaría la ejecución de su obra a un hombre que anteriormente le hubiera negado? A pesar de que el Apóstol San Pedro negó a Jesús cuando nuestro Señor fue prendido en el huerto de Getsemaní, Jesús constituyó a Simón Papa de su Iglesia.

   Si circunstancialmente somos calumniados, o si sufrimos alguna circunstancia por la que creemos que somos perfectos inútiles, o si cometemos un pecado tan grave como para después de recapacitar llegar a creer que somos imperdonables, no creamos que no tenemos valor para Dios, pues nuestro Padre común quiere que nos apliquemos las palabras de San Pablo, expuestas en 2 COR. 12, 9.

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Dios quiere que seamos justos.

   1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.

   Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.

   Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.

   Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.

   El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.

   Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.

   Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.

   Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).

   A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.

   -Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).

   -En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.

   -En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.

   A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.

   Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.

   Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.

   -DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.

   -De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.

   -De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.

   -Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.

   -Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).

   2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?

   Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.

   En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).

   De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.

   El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.

   Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).

joseportilloperez@gmail.com

La confesión de Pedro y la institución del Papado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).

   Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?

   Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).

   ¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?

   Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).

   Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.

   Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.

   Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".

   También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".

   Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).

   Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).

   (MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).

   (MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).

   Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).

   Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La Familia de Jesús y la virginidad de María. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   “La familia de Jesús y la virginidad de María.

   (Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.

   (MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.

   Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).

   No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.

   Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.

   (MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.

   Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).

   (LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.

   Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).

   De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.

   (MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.

   Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).

   (JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).

   A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.

   San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).

   Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.

   Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).

   María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su  futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.

   Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.

   María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.

   Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).

   ¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).

   Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.

   ¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).

   En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).

   ¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.

   Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).

   ¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.

   ¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.

   María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).

   Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.

   Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).

   El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.

   Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).

   San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.

   (JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.

   Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)

   ¿Es idolátrico el culto mariano?

   El culto a Dios es de latría (adoración).

   El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).

   El culto a los Santos es de dulía (veneración).

   Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).

    Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.

   Meditación de 1 PE. 3, 18-22.

   (1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.

   ¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.

   (1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.

   También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).

   Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.

   (1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).

   Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.

José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.

   Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.

   Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.

   Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.

   Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.

   Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.

   Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.

   2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.

   3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Existen varias formas de afrontar y confrontar las circunstancias que nos acaecen a lo largo de nuestras vidas, así pues, los hechos por cuya contemplación muchos se sienten infelices, son para otros las razones sobre las que se fundamenta su alegría, pues han descubierto una forma de vivir que es conocida por un número de personas muy reducido, que les permite desear alcanzar un estado de perfección mayor, con el fin de sentirse más realizados. Los textos litúrgicos correspondientes a los Domingos de Cuaresma que estamos meditando están intrínsecamente relacionados unos con otros, así pues, el Domingo I de este tiempo de oración y penitencia, nos instaban a ver nuestras virtudes y limitaciones, con el fin de recordarnos que podemos ser, según vimos el Domingo II de este tiempo de ayuno y abstinencia, transfigurados y configurados a imagen y semejanza espiritual de Cristo Jesús, por consiguiente, si los materialistas fundamentan su felicidad en los pilares del poder, el prestigio y la riqueza, según constatamos el Domingo anterior, la vivencia cristiana se fundamenta en la gracia divina, y, en la recepción de los Sacramentos por nuestra parte que son administrados por nuestra Santa Madre la Iglesia. En esta ocasión, vamos a continuar nuestro ascenso espiritual, aprendiendo a contemplar los hechos que nos acaecen desde la óptica de Nuestro Padre común.

   Como la Iglesia pretende enseñarnos este Domingo IV de preparación de la Pascua a ver los acaeceres de nuestras vidas desde el punto de vista de Dios, San Juan, en el Evangelio de hoy, nos hace ver la vida a partir de la experiencia que tuvo un ciego que pudo ver gracias al prodigio que realizó en él nuestro Hermano y Señor Jesús. ¿Por qué nos presenta la Iglesia al ciego del Evangelio de hoy? La vivencia cristiana es completamente diferente a la óptica de quienes carecen de fe en Nuestro Criador, de la misma manera que existe una diferencia radical entre las percepciones de los ciegos y la utilización del sentido de la vista de quienes pueden ver.

   Para comprender el Evangelio de hoy puede sernos muy útil reflexionar brevemente sobre la forma que los ciegos tienen de captar las cosas que les rodean. Los ciegos pueden tocar las flores, pueden saber la forma que tienen las mismas, pueden percibir su olor y conocer su tamaño, pero están privados de concebir la belleza de las mismas, que es, precisamente, el primer detalle que captan los ojos de quienes pueden ver. La utilización del tacto no es tan rápida como la captación visual, así pues, por causa de la citada lentitud de los ciegos a la hora de percibir ciertas sensaciones se les hacen a los mismos desarrollar una serie de virtudes como la paciencia y la templanza, que no les son tan necesarias como a ellos a quienes pueden ver perfectamente, porque su visión suple la necesidad de ejercitar las mismas. Los ciegos tienen que realizar un gran esfuerzo para caminar por lugares que les son desconocidos, para aprender a desenvolverse en el mundo de los que ven perfectamente acomodándose a los recursos que pueden poseer para ello, y, sobre todo, tienen que suplir su carencia visual utilizando la memoria, por consiguiente, mientras quienes ven por ejemplo pueden ordenar sus habitaciones cambiando muchas cosas de sitio, ellos, al cambiar unos cuantos centímetros un objeto que siempre colocan en un determinado espacio, pueden encontrarse desorientados.

   Lamentablemente la gente tiene la costumbre de apoyar mucho a los ciegos. La buena intención que la gente tiene de ayudarles puede hacerles caer en el aletargamiento de no querer superarse en muchos aspectos porque se les suple sus carencias, así pues, si la gente les ayuda a cruzar desde una calle a otra, ¿qué necesidad tienen de ayudarse de sus bastones para ello? Muchos dependen de sus familiares porque ellos cubren todas sus necesidades, de manera que les convierten en dependientes de sí mismos, que se sienten desgraciados cuando les faltan sus protectores, pues nunca se preocuparon de desarrollar sus virtudes, porque nunca tuvieron necesidad de hacerlo, y, cuanto más mayores son en el tiempo en que han de defenderse con escasa ayuda, más torpes se sienten para confrontar sus problemas.

   Ojalá todos nos acerquemos a Dios antes de que el dolor embargue nuestro espíritu, las dificultades que padecemos nos hagan desconfiar hasta de nosotros, e involuntariamente coartemos las posibilidades que tenemos de ser mejores personas en todos los aspectos en los que podemos crecer.

   2. Cuando Jesús y sus futuros Apóstoles vieron al ciego del que San Juan nos habla en el Evangelio de hoy, los discípulos quisieron saber si la ceguera del mismo era el castigo que merecía por causa de sus pecados o por la supuesta transgresión del cumplimiento de la Ley de Dios que pudieron llevar a cabo sus antepasados. Ante la carencia de explicaciones científicas convincentes, los judíos creían que los ciegos, los leprosos y los que no tenían descendientes, eran como muertos, según consta en el Talmud hebreo. Los Hagiógrafos bíblicos siempre les pedían encarecidamente a sus lectores que fueran piadosos con los ciegos, evitándoles los obstáculos que pudieran hacerles caer al suelo al tropezar con ellos, ya que, dicha caída, hacía más evidente la expresión del significado de la desgracia que en aquel tiempo simbolizaba la carencia de visión. Ya que la ceguera era una desgracia de las más difíciles de soportar, los judíos creían que la citada enfermedad sólo podía contraerse como eminente castigo de Dios.

   Jesús les respondió a sus discípulos: (JN. 9, 3).

   Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús, la curación de la ceguera, el cáncer y otras enfermedades, hará que quienes no creen en Nuestro Padre común se conviertan a Él. Tal como veremos el próximo Domingo, Dios se valió de la enfermedad y posterior muerte de Lázaro para que quienes no creían en Jesús como Mesías comprobaran cómo la gloria del Altísimo se manifestó en Él (JN. 11, 4). Es políticamente incorrecto el hecho de que nos valgamos del sufrimiento ajeno para ascender el monte espiritual de nuestra existencia mortal, pero Dios nos recompensará debidamente a quienes, sin pretenderlo, estamos siendo utilizados para aumentar la fe o para hacer nacer la esperanza en el corazón de la gente que carece de las citadas virtudes divinas. Nuestra sociedad se rige por la óptica del Marketing, así pues, todos valemos el trabajo que somos capaces de realizar en el menor tiempo posible, el poder, la riqueza y el prestigio de que gozamos, pero, desde el punto de vista de Dios, como hemos nacido y se nos ha encomendado una misión determinada por Nuestro Padre común, todas las circunstancias que vivimos tienen un significado concreto, gracias al cuál, toda forma de vida es útil en la realización del designio salvífico y divino de Nuestro Padre celestial.

   (IS. 62, 6-7). Quienes sufren porque desconocen la causa de su padecimiento pueden interrogar a Dios con el fin de que Nuestro Padre común resuelva todas sus dudas, pues, cuando Cristo Jesús concluya la instauración del Reino de Dios entre nosotros, ellos experimentarán el consuelo divino, según consta en el Apocalipsis de San Juan (AP. 21, 3-4).

   Debemos creer en Jesús, pues él le dijo al autor del Apocalipsis con respecto a su futura manifestación universal: (AP. 22, 20). No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Nuestro Hermano, pero sabemos que Él concluirá nuestra redención.

   3. (JN. 9, 4-5). Jesús tenía la costumbre de hablarles a sus seguidores en lenguaje figurativo para despertar en ellos el interés de comprender el misterio de Dios. Según consta en las Escrituras, no todos estamos preparados para comprender el designio salvífico de Nuestro Padre celestial, así pues, lo único que Dios requiere de nosotros para poder inculcarnos su sabiduría increada, es que seamos humildes. San Mateo escribió las siguientes palabras del Rabbi: (MT. 13, 13-14).

   Mientras haya luz en el mundo, es decir, mientras estemos a tiempo para convertirnos al mensaje de salvación, debemos aprovechar la ocasión de hacerlo, así pues, no debemos esperar a ser ancianos para temer la llegada de la muerte, ni que nuestra mente se embote por causa de la acumulación de problemas que nos hagan infelices por ser incapaces de resolverlos para acercarnos a Nuestro Padre común. No utilicemos al Señor como el remedio de nuestro dolor, así pues, aunque Él curará nuestras dolencias, es bueno que nos acerquemos a Él por amor, sin tener en cuenta nuestras necesidades, pues, si le amamos, solventará nuestras carencias como premio a nuestro amor para con Él.

   4. Jesús hizo lodo con tierra y saliva y untó con él los ojos del ciego. Era necesario que aquel hombre hiciera acopio de su fe para ser sanado, así pues, el gesto de lavarse los ojos en el estanque del enviado (traducción de Siloé), significaba su aprobación del prodigio que Jesús empezó a operar en él cuando le untó el citado lodo en los ojos. El lodo significa nuestra imperfección, según consta en los Salmos: (SAL. 103, 14). Entiéndase el citado versículo de los Salmos a la luz de este otro versículo del Génesis: (GN. 2, 7).

   5. En cada ocasión que Jesús hacía un prodigio la gente reaccionaba de una forma diferente, así pues, unos se mostraban escépticos ante las evidencias que significaban las obras que Nuestro Señor llevaba a cabo, otros creían en Jesús, y otros decían que el Hijo de María estaba poseído por Satanás, lo cuál explicaba el hecho de que llevara a cabo las obras luciferinas con las que engañaba a sus víctimas. Muchos de los conocidos del ciego del Evangelio de hoy se admiraban al ver que el que había pedido limosna durante un determinado número de años podía ver, pero otros se resistían a creer aquel hecho porque ellos no creían que existían los prodigios divinos, o porque creían que el ciego había fingido carecer de visión durante toda su vida, o que aquel hombre se parecía al invidente que ellos conocían. Todos estos puntos de vista reflejan la forma en que reaccionamos en cada ocasión que de alguna manera aceptamos o negamos las evidencias de las obras que el Señor lleva a cabo en nuestras vidas y en el medio en que vivimos, así pues, mientras que muchos consideramos que Dios se manifiesta en nuestras vidas en cada instante de nuestra existencia por ejemplo concediéndonos el aire que necesitamos para respirar, son muchos los que creen que en ello no se vislumbra la poderosa mano de Dios, porque estamos capacitados para hacer eso por nuestros propios medios.

   6. Los fariseos, bajo la dirección de los doctores o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel, instruían al pueblo en el conocimiento de los preceptos divinos. Esos instructores se confundieron cuando el gran coprotagonista del Evangelio que estamos meditando les contó cómo Jesús le curó de su ceguera, así pues, mientras unos condenaban la actuación del Mesías en día de precepto, otros discutían si aquel prodigio había de ser considerado como una actuación divina o satánica, porque el citado acto no fue realizado en un día laboral. En cierta ocasión en que Jesús le curó a un hombre su mano atrofiada, el Maestro se encaró con los fariseos en los siguientes términos: (MC. 3, 4). Los fariseos guardaron silencio porque, si reconocían que en día de reposo era lícito el hecho de realizar curaciones, contradecían su disposición legal que obligaba a los creyentes a no realizar curaciones en sábado, pero, si decían que no se debía curar a los enfermos en Shabbat, habían de afrontar la reprobación del pueblo sediento de evidencias que le concienciaran de que Dios no se había olvidado de sus creyentes. Jesús no tenía la pretensión de hacer que sus enemigos se vieran bloqueados ante semejante dilema, pues quería conseguir que entendieran su forma de pensar y proceder, y, por ello, cumplieran la voluntad de Nuestro Criador.

   7. Los fariseos interrogaron al que había sido ciego con respecto a su naciente fe en Jesús con la intención de coaccionarlo para que odiara al Hijo de María. Para hacer de su presión un acto lo suficientemente eficaz como para herir el espíritu de aquel hombre de forma que rechazara impulsivamente al que tenía por profeta en virtud del prodigio que operó en él, interrogaron a sus padres, sin pensar que ellos, por miedo a ser expulsados de la sinagoga, se desentendieron de responder con respecto a la curación de su hijo, alegando que él era adulto, y que por ello debía saber lo que le había sucedido. ¡Qué terrible es la tibieza!.

   8. Es impresionante la confesión que el que había sido ciego hizo ante Jesús cuando los fariseos le expulsaron de la Sinagoga por decir que el Mesías había sido enviado por Dios al mundo, alegando que Nuestro Criador no escucha a los pecadores, es decir, que el todopoderoso no se manifiesta por medio de quienes practican el mal con plena consciencia de que su forma de llevar a cabo sus obras es improcedente a los ojos de Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. ¿Está o no está Dios con nosotros?

   Meditación de ÉX. 17, 1-7.

   en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.

   Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).

   ¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).

   Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?

   Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.

   Meditación.

   Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día seis del presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles y  superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros, pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera parte del Tiempo Ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el hecho de conmemorar el Bautismo de Nuestro Señor, nos recuerda que la fe que tenemos no es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de San Juan el Bautista, un rito mediante el cual los judíos le pedían a Dios perdón por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como veremos en esta meditación, con la que me gustaría que pensemos en prolongar esta celebración todos los días de nuestras vidas, pues, para quienes creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la Ley divina.

   ¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos inferiores a Él, y no hemos hecho nada para que haya hecho de nosotros miembros de su Familia. La palabra "bautismo" viene del griego "baptein", y significa "sumergir". Este Sacramento se administra con agua en el Nombre de la Trinidad Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el Nombre de Cristo.

   El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado. Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV. 11, 25-40. Jesús les ordenó a sus futuros Apóstoles que se esforzaran para lograr que sus creyentes fueran bautizados (MT. 28, 19-20). Jesús deseaba que quienes creyeran en Él fueran hijos de Dios por la recepción del Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente formados para dar testimonio de su fe y vivir en conformidad con la enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos en el Catecismo de la Iglesia Católica: (CIC. n. 1270).

   Desgraciadamente, la recepción de los Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, -es decir, muchas veces se reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar escenas teatrales en las iglesias-. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido -o no han querido- creer en Él en el pasado, por no comprender adecuadamente su Palabra, o por haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les han rodeado.

   San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el Señor posteriormente a la recepción del Sacramento (ROM. 6, 3-4).

   A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo (HCH. 19, 5-6; 1 COR. 12, 3; ROM. 8, 26).

   El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio salvador de Dios (LC. 12, 49-50).

   Si nos ponemos de parte de Jesús, Él nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los sentara, el uno a su izquierda, y al otro a su derecha (MC. 10, 38-39A).

   Podemos ser felices como lo fue Nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió Él durante las horas que se prolongó su Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es tan importante como recibir, así pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero no creen en los hombres.

   El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en muchos aspectos (2 COR. 5, 17-19).

   Si el Bautismo nos hace vivir la vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas espirituales, cuyas vidas se desarrollan por la vivencia de su fe (GÁL. 6, 14-15; 1 COR. 1, 31).

   La Trinidad Beatísima es el centro de la vida de los cristianos.

   Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos (TT. 3, 4-8).

   ¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica, así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: (JN. 3, 5; MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue utilizada por los fariseos y lo ha sido -y seguirá siendo- por muchos predicadores sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces quienes carecen de fe son mejores personas que bastantes cristianos, un hecho que se podría considerar lógico porque los cristianos al fin y al cabo somos personas imperfectas, pero tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no creyentes.

   Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz sobre la pregunta que estamos intentando responder (CIC. n. 1257).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos fortalezca la fe para que no se enfríe nuestro amor ni perdamos el ánimo, para que vivamos en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir la instauración de su Reino entre nosotros.

   Nota:

   Las lecturas primera y segunda de los Ciclos A, B y C, se encuentran meditadas en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo C.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El Señor ha amanecido sobre nosotros. (Meditación de la primera lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   1. El Señor ha amanecido sobre nosotros.

   Meditación de IS. 60, 1-6.

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía de la Epifanía del Señor, se nos informa de que, a pesar de las dificultades que caracterizan a la humanidad, hemos sido iluminados por el Señor, quien ha amanecido sobre nosotros. Es interesante a este respecto detenernos a pensar en cómo percibimos la presencia del Señor en nuestras vidas, en el entorno en que vivimos, en el mundo y en la Iglesia, pensando que muchos que se dicen creyentes tienen serias dificultades para percatarse de que Dios no los ha desamparado, ya que lo desconocen, y, por consiguiente, ignoran su forma de actuar.

   Dios se nos ha manifestado por medio de Jesús. La mayor parte de la humanidad es víctima del sufrimiento, y por ello nos preguntamos por qué Dios no actúa en beneficio de sus hijos. Aunque estamos incapacitados para cambiar el mundo, tenemos la posibilidad de cambiar nosotros, primeramente para no tener una visión fatalista del padecimiento que nos puede caracterizar y de nuestros prójimos los hombres que nos impida reaccionar como se espera que lo hagamos los hijos de Dios, y en segundo lugar para que nos sea posible intentar hacer lo que esté a nuestro alcance para beneficiar al mayor número de personas posible, de hecho, tengamos presente que Jesús se nos ha revelado como Dios encarnado, para que adquiramos la habilidad de convertir problemas que parecen no poder resolverse en soluciones. Por eso se nos informa en IS. 60, 2 de que el mundo es víctima de grandes sufrimientos, y de que ello simbólicamente no nos afecta, porque el Señor ha amanecido sobre los hijos de Dios.

   Al leer las promesas divinas respecto de la completa instauración del Reino de Dios en el mundo, deseamos que las mismas se cumplan, pero necesitamos tener presente que en parte ello depende de nosotros porque como cristianos que somos tenemos muchas cosas que hacer para cumplir la voluntad divina, y que hemos de esperar que llegue el momento en que Nuestro Padre común concluya su obra salvadora. Cuanto más tiempo tarde el Señor en concluir su obra, más oportunidades tendremos de perfeccionarnos como cristianos, así pues, aprovechemos este tiempo que se nos concede, a fin de que podamos contribuir a la plena instauración del Reinado divino en el mundo.

   En el texto que estamos considerando, se mencionan lugares muy distantes de Israel. No perdamos la fe cuando veamos cómo quienes más amamos rechazan a Dios, porque Él se manifestará a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar (HCH. 16, 31). No temamos por nuestra salvación ni por la salvación de quienes más amamos, porque la capacidad de amar de Dios es superior a la nuestra. No nos debilitemos pensando que son pocos los que reconocen a Dios, porque llegará el día en que será conocido como el único Dios verdadero.

   El versículo primero del texto que estamos considerando, comienza con una palabra cuya misión consiste en infundirles coraje a los aletargados y a los desesperados. Si Dios ha amanecido sobre nosotros, es necesario que los primeros cumplan la misión cuya realización ha motivado su nacimiento sabiendo que no fracasarán, y que los segundos sepan que su dolor no es casual, porque tiene un propósito. También se nos invita en el citado texto a reír, porque llegará el día en que el sufrimiento será extinguido de la humanidad.

   Cuando parte de los judíos deportados a Babilonia y a otros países pudieron volver a Jerusalén gracias al edicto de Ciro, se encontraron con que no se cumplió la promesa divina de su retorno a la Ciudad santa tal como la vaticinó el autor del segundo Isaías. Ellos esperaban vivir en un paraíso, y se encontraron con que hubieron de empezar a vivir con escasos recursos y muchos problemas. A nosotros nos puede suceder lo mismo que les pasó a aquellos judíos. Se nos predica mucho el Reino de Dios, pero no vemos que las bendiciones divinas nos son derramadas como lluvia. La ciencia ha evolucionado mucho, pero no parece que vaya a ser vencido pronto el egoísmo que genera la pobreza, ni que vayan a ser exterminadas las enfermedades graves ni la misma muerte. ¿Se reducirá la existencia de Dios a un sueño irealizable y macabro inventado para que los más débiles puedan hacer algo para sobrevivir a duras penas a sus dificultades?

   Cuando Dios se revele a toda la humanidad, los creyentes le ofrecerán sus mejores dones. Ello nos hace pensar en lo que podemos hacer para que las diferencias que nos distinguen no impidan el hecho de que nos hermanemos. Yahveh es el Dios de toda la humanidad, y no la propiedad exclusiva de los adeptos de una religión determinada.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com