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¿Hace Dios milagros en nuestra vida? (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La fe y la esperanza cristianas se demuestran sirviendo a Dios en sus hijos.

   ¿Hace Dios milagros en nuestra vida?

   Meditación de 1 RE. 17, 10-16.

   Elías fue uno de los muchos profetas que Dios envió a su pueblo, con el fin de que sus creyentes no adoraran  divinidades paganas, y no se separaran de Yahveh. Los reyes del Norte fueron malvados, e hicieron que el pueblo adorara a divinidades extranjeras. Esta conducta de los reyes norteños, impulsó a la mayoría de los sacerdotes levitas a emigrar a Judea, con tal de permanecerle fieles a Yahveh. Los sacerdotes que los reyes designaron para que sustituyeran a los levitas, eran corruptos e ineficaces, para servir a Dios, ya que su trabajo dependía de la sumisión a quienes les concedieron los cargos que ocupaban, y no de la libre y consciente profesión de su fe.

   Dado que la corrupción malogró el cumplimiento de la misión de reyes tanto del Norte como del Sur de Israel, Dios se sirvió de muchos profetas, asignándoles la misión de animar a sus creyentes, para que no perdieran la fe en Yahveh, y para que no hicieran el mal, que caracterizaba la vida de sus superiores político-religiosos. Durante unos trescientos años, los profetas intentaron impedir la decadencia espiritual y moral, que afectaba, tanto a muchos reyes y sacerdotes, como a gente del pueblo.

   Los adoradores de Baal confiaban en que su deidad haría llover para que sus cosechas fuesen abundantes. Elías, -por causa de su fe y su acercamiento a Dios-, hizo que una larga sequía azotara a su país, con tal de que, los adeptos de Baal, comprobaran que su dios no era más que una mera invención humana, y para conseguir que se dieran cuenta, de que estaban despreciando al único Dios existente.

   ¿De qué le servían al rey Acab su fuerte defensa militar y sus muchos sacerdotes baalitas, si no podía conseguir que lloviera?

   ¿Actuamos como el rey Acab, cifrando nuestra esperanza en las personas y bienes que nos separan de Nuestro Padre común?

   Elías confrontó a Acab con gran valentía. Hasta que Acab no volviera a creer ciegamente en Yahveh, no terminaría la sequía que asolaba su reinado.

   Quizás culpamos a Dios de ser el responsable de las circunstancias que nos impiden ser felices, pero, ¿nos volvemos a Él para conocer su Palabra, y comprobar qué nos dice por medio de la misma, para que podamos superar nuestras frustraciones, y seamos capaces de sobrevivir con las dificultades que, aunque no podremos superarlas, nos ayudarán a ser purificados y santificados?

   Dios se manifestó en Israel, a pesar de la rebeldía y las herejías de su pueblo. No pensemos que Dios no se nos manifestará porque en nuestro entorno hay poca gente que lo acepta. Dios sabe cuándo debe actuar, y a nosotros nos corresponde creer esta realidad, para no perder la fe, y gozarnos cuando Nuestro Padre común, venga a nuestro encuentro.

   En un país en que los profetas habían de ser cuidados por ser mensajeros de Dios, Elías, -el profeta que humilló a los seguidores de Baal, demostrándoles que su dios era falso, y mandó asesinar a sus cuatrocientos cincuenta profetas-, tuvo que ser alimentado milagrosamente por cuervos, y por una pobre viuda pagana. El profeta que tendría que haber sido tratado honoríficamente por haber desenmascarado a los adeptos de un dios falso, se convirtió en un proscrito, y así fue como aprendió, a fiarse plenamente de Dios, en medio de sus sufrimientos. Dios nos socorre cuando tenemos que afrontar y confrontar dificultades, aunque a veces actúa de una forma diferente a como lo haríamos nosotros, pero lo importante en esos casos, es que nos ayuda a seguir viviendo dignamente.

   ¿Cómo podía aquella viuda pobre darle al profeta la comida que tenía para su hijo y para ella? Después de comer por última vez, aquella mujer tenía pensado abrazar a su hijo, y esperar la llegada de la muerte. Los dos iban a sufrir la impotencia de no poder hacer nada para sobrevivir, se iban a enfrentar a los dolores que produce el hambre para ser vencidos, e iban a saborear macabramente sus últimas horas de vida. Si la pobre viuda le daba su comida al profeta, apresuraría el fin que tanto temía. El simple acto de fe de alimentar al profeta antes de comer la viuda con su hijo, produjo el milagro de que Dios les garantizara la supervivencia a ambos, mientras se prolongó la sequía.

   Muchas veces le pedimos dones a Dios, y queremos ser beneficiados sin hacer nada, de tal manera que, no nos damos cuenta, de que, antes de ser el objeto de los milagros divinos, necesitamos demostrarle a Dios, que tenemos fe en Él.

   Cuanto mayor sea nuestra fe, más cerca nos sentiremos de Dios. Quizás manifestamos nuestra fe dando pequeñas limosnas o rezando en ciertas ocasiones, pero la viuda que procedía de la tierra de Jezabel, -la reina que desencadenó la persecución contra Elías-, puso en las manos del profeta todo lo que tenía, y Dios la premió por ello.

   Nuestros problemas probablemente no se solucionarán, hasta que demos un paso de fe, después de pedirle a Dios, el milagro que necesitamos. Dios nos conduce por caminos que no son los nuestros, pero son los suyos (IS. 55, 8).

   Dios no nos concede milagros para que nos amoldemos a un estado de vida satisfactorio y dejemos de crecer espiritualmente, pues lo hace para que seamos capaces de afrontar y confrontar, situaciones más difíciles, que las que nos ayuda a superar en la actualidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.

   Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.

   A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.

   Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   1. Bartimeo y nuestra conversión.

   (Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.

   Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.

   Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).

   Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.

   Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.

   Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.

   A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.

   Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.

   La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.

   Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).

   2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.

   El Evangelio que estamos  considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.

   1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.

   ¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?

   ¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?

   2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.

   ¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.

   3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!

   Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?

   Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?

   Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.

   Meditación de HEB. 5, 1-6.

   Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.

   Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.

   Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.

   Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.

   Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.

   Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.

   Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.

   ¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?

   He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).

   ¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?

   Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.

   ¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?

   Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.

   ¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?

   En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.

   ¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?

   San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).

   Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).

   ¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?

   Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.

   Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?

   Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.

   ¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?

   Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.

   Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes  decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.

   Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús empezó a llevar a cabo su misión evangelizadora cuando fue ungido por el Espíritu Santo. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo A.

   Fiesta del Bautismo del Señor (Domingo siguiente a la Epifanía del Señor).

   Ciclo A.

   Jesús empezó a llevar a cabo su misión evangelizadora cuando fue ungido por el Espíritu Santo.

   Ejercicio de Lectio Divina de MT. 3, 13-17.

   Lectura introductoria: IS. 63, 16.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   El Bautismo de Jesús, es la fiesta con que la Iglesia culmina las celebraciones navideñas, y, al mismo tiempo, también es el Domingo I del Tiempo Ordinario. Para comprender el significado de esta fiesta, no hemos de olvidar que la Navidad fue instituida con la intención de recordarnos el misterio pascual, así pues, el Niño que adoramos la noche de Navidad, es el Redentor de las naciones.

   Dado que los temas que pueden ser considerados en esta ocasión son muy amplios, y de los mismos se derivan otros temas, es necesario que los abordemos con profundidad y sencillez, evitando olvidar lo esencial de esta fiesta.

   Si vamos a reflexionar sobre nuestro bautismo, cuidémonos de no ignorar el Bautismo epifánico de Jesús, un episodio evangélico en que se nos muestra la Divinidad del Hijo de Dios y María.

   Cuidémonos de distinguir el bautismo de conversión -o penitencia- de San Juan Bautista del Bautismo de la Iglesia, el cual es más asimilable a la recepción del Espíritu Santo por parte de los Apóstoles en Pentecostés que a la penitencia.

   Para los Evangelistas es más importante el hecho de que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo como Profeta, Sacerdote y Rey, que la supuesta purificación del Señor por medio del agua del Jordán, porque Jesús no estuvo relacionado con el pecado (HEB. 4, 15), y los citados Hagiógrafos sagrados estaban interesados en hacer destacar la Divinidad del Mesías.

   El Bautismo de Jesús, antes que el ejemplo de perfecta moralidad de quien jamás pecó o una catequesis, es un misterio de salvación. El Hijo de Dios y María no empezó a llevar a cabo su misión antes de ser bautizado.

   Jesús no se bautizó porque fue pecador, sino en atención al orden jurídico de su sociedad. Esa fue la razón por la que también fue presentado en el Templo de Jerusalén, como recordamos el uno de enero y el dos de febrero (LC. 2, 21-24).

   El Bautismo cristianos se diferencia del Bautismo recibido por Jesús, en el sentido de que, la perfección que esperamos adquirir por medio de nuestro proceso de formación, de práctica de lo que aprendamos y de nuestro tiempo de oración, caracterizaba al Mesías, por ser Hijo natural de Yahveh.

   Orar es imitar la humildad de Jesús, quien, en vez de buscar a Dios en las alturas o de iniciar su misión amparándose en las riquezas de quienes podían cubrir los gastos característicos de su Ministerio, se acercó a un personaje molesto para los fariseos y saduceos, cuya predicación avivó la esperanza de un pueblo que sufría porque llevaba cuatro siglos sin que Dios le enviara profetas, y se sabía pecador y despreciado por el Todopoderoso.

   Orar no es buscar el crecimiento de la fe exclusivamente en la quietud (no confundamos la quietud con el quietismo, porque la primera nos es necesaria, y el segundo nos hace insensibles al sufrimiento de nuestros prójimos los hombres), en los ratos de meditación y oración inconscientes del sufrimiento del mundo, si no servimos a quienes nos necesitan. Nuestra fe no crece si evitamos meditar y orar, pero tampoco se ejercita si no somos caritativos.

   ¿Podemos evitar pedirle a Dios que nos dé toda clase de dádivas pensando en que antes sean extinguidas las carencias del mundo? San Juan Bautista, en lugar de ser un predicador deseoso de tener poder, riquezas y prestigio, era consciente de su pequeñez si se comparaba con Jesús, y por eso se consideraba indigno de bautizar al Hijo de Dios y María. A la humildad del Dios hecho Hombre que inició su Ministerio público poniéndose en la cola de los pecadores, le correspondió el desprecio de sí mismo de quien consideraba que no tenía valor ante el Enviado de Dios. Distingamos la humildad cristiana del maltrato con que muchos judíos y cristianos se han despreciado a lo largo de la Historia.

   Jesús se dejó bautizar por San Juan Bautista, porque no quería diferenciarse de la multitud. ¿Trabajamos para extinguir la marginación que causa sufrimiento inútil?

   Oremos para que el Espíritu Santo habite en nosotros, y dejemos que nuestra voz sea la voz de Dios, y nuestras manos sean las manos de Jesús, para que, nuestras palabras y obras, les enseñen a nuestros prójimos los hombres, que seguir a Jesús no merece la pena, sino la vida.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy te invoco para agradecerte los dones y virtudes que me has concedido, y para pedirte que me ayudes a ser consciente de quién soy, qué soy, quiénes me rodean, y agradecerte el hecho de que siempre estás conmigo, aunque siento que te he tratado como a un desconocido.

   Quiero ser más y tener más, y por eso no te tengo presente en mi vida. El niño que fui un día quiso ser un adolescente que posteriormente quiso ser adulto. El adulto que soy ha cedido en más de una ocasión ante el miedo a la pobreza y la codicia de quienes, aunque tienen muchas riquezas, no desechan el temor a perderlas.

   Recuérdame que las personas somos más importantes que los bienes materiales, y que mi vida tiene un propósito.

   Recuérdame que al final de mi vida tendrán más valor los momentos compartidos, los abrazos dados y recibidos, y el bien hecho desinteresadamente, que el dinero que perderé, y el poder y el prestigio que, a fin de cuentas, no me servirán para tener un segundo más de vida, cuando Dios me llame a su presencia.

   2. Leemos atentamente MT. 3, 13-17, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 3, 13-17.

   3-1. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara (MT. 3, 13).

   Vivir cumpliendo la voluntad de Dios supone el hecho de pagar un precio. Jesús viajó de Galilea al Jordán para pedirle a Juan que lo bautizara. A nosotros se nos pide que nos formemos a fin de que podamos conocer a Dios, que hagamos el bien para cumplir la voluntad divina, y que oremos para fortalecer nuestra relación con el Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la voluntad divina tiene sentido para nosotros. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, y cumplimos la voluntad de Dios porque es de bien nacidos el ser agradecidos, y porque el bien que les hacemos a otros repercute en nuestra felicidad, partiendo de la satisfacción que nos aporta el hecho de compartir las dádivas que nos han sido concedidas por Dios.

   3-2. La humildad de Jesús y San Juan Bautista (MT. 3, 14).

   Juan era consciente de que mucha gente reaccionaba positivamente a su mensaje, y de que tenía enemigos. También sabía que el trabajo que hacía no era para sí mismo, sino para prepararle el camino al Mesías (MT. 3, 3). El inicio del Ministerio público de Jesús, puso a prueba la integridad del Bautista, quien se esforzó en hacer que sus seguidores lo dejaran, y siguieran a Aquel cuya venida predicó infatigablemente. Juan se consideraba inferior al Señor al compararse con Jesús, y por consiguiente se consideraba indigno de bautizar al Señor. Por su parte, Jesús, que no quería diferenciarse de sus hermanos de raza, quería recibir el bautismo de penitencia de Juan. He aquí dos concepciones del Mesías diferentes. Por una parte, Juan, que esperaba a un Mesías justiciero y poderoso, a quien se consideraba indigno de servir, no quería bautizar a Jesús, y, el Hijo de Dios y María, quien no quería diferenciarse de sus prójimos los hombres, quería recibir el bautismo del hijo de Zacarías y Elisabeth. Juan no era soberbio, pero su concepción del Mesías ha sido adoptada por líderes religiosos soberbios, que han hecho lo imposible para alcanzar poder, riquezas y prestigio, a lo largo de la Historia. En lo que respecta a nosotros, seamos seguidores de Jesús, e imitemos la conducta de Nuestro Redentor, para quien no existen diferencias sociales.

   3-3. Jesús cumplió el designio divino, e inició su Ministerio público al ser bautizado por Juan, y ungido por el Espíritu Santo (MT. 3, 15).

   Juan tenía muy claro el hecho de que el Bautismo de Jesús era superior al suyo, por cuanto el rito que él practicaba se efectuaba después de que sus oyentes se arrepintieran de sus pecados y adoptaran el firme propósito de cumplir la voluntad divina, y el Bautismo de Jesús hacía hijos de Dios a quienes lo recibían.

   ¿Por qué se bautizó Jesús?

   1. Jesús es presentado en el Antiguo Testamento como el siervo de Yahveh profetizado en la Profecía de Isaías, el cuál cargó sobre sí los pecados de su pueblo (IS. 53, 5).

   2. El Bautismo de Jesús, supuso el inicio del Ministerio público del Mesías.

   3. El Señor se identificó con la gente que rechazaba la hélite religiosa de Israel, asemejándose a los Profetas del Antiguo Testamento que fueron ejecutados por predicar la justicia divina, consistente en la extinción de las diferencias sociales.

   4. Al iniciar su Ministerio público, Jesús comenzó a prepararse para su Pasión, su muerte, su Resurrección y su Glorificación.

   Jesús no tenía por qué bautizarse dado que jamás pecó, pero fue así como le manifestó su obediencia a Yahveh, quien le manifestó su aprobación.

   Jesús le dijo a Juan que era conveniente que cumplieran toda justicia, y por eso el predicador del Jordán no opuso más resistencia a bautizarlo. Tal cumplimiento de toda justicia significa que Jesús vino al mundo para cumplir el designio divino de redimir a sus creyentes.

   3-4. El Espíritu Santo ungió a Jesús (MT. 3, 16).

   Jesús salió del agua cuando fue bautizado. La inmersión en agua respecto del bautismo de Juan significa la aceptación del cumplimiento de la voluntad divina. Aunque Jesús jamás cometió pecado alguno, no quiso diferenciarse de los transgresores de la Ley divina, y por ello no fue ungido por el Espíritu Santo, antes de recibir el bautismo penitencial de Juan.

   Cuando Jesús salió del agua, se abrió el cielo. Esto significa que terminaron los cuatro siglos durante los que no apareció en Israel ningún profeta. Jesús fue el Enviado de Dios que estableció un pacto definitivo entre Dios y los hombres.

   El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma corporal de paloma. En el Antiguo Testamento, la paloma es la imagen del amor íntimo. En GN. 1, 2, se afirma que el Espíritu Santo se cernía sobre las aguas, y se le concibe como paloma que volaba sobre su nido. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, indicando que el Mesías es la plenitud a la que algún día llegará la humanidad redimida. Para los rabinos, la paloma era signo de amor puro e inocencia. El hecho de que el Espíritu Santo se posara sobre Jesús, indica que dio testimonio del Hijo de Dios y María, y no de Juan.

   3-5. La voz del Padre (MT. 3, 17).

   Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús, la voz del Padre afirmó que el Mesías es su Hijo, en quien se complace. Oremos para que la voz de Dios, que percibimos por medio de la Biblia, la predicación de la Iglesia y la oración sincera, jamás deje de guiar nuestras vidas.

   Dado que Jesús jamás cometió pecado alguno, entre los primeros cristianos no se comprendía bien por qué el Señor se dejó bautizar por Juan Bautista. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María? Era difícil -y aún lo sigue siendo- aceptar como creíble un ejemplo de humildad tan extraordinario como lo fue Jesús, tanto para los primeros cristianos, como para sus creyentes de siglos posteriores, y nosotros.

   3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 3, 13-17 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué supone pagar un precio el hecho de vivir cumpliendo la voluntad de Dios?
   2. ¿Para qué viajó Jesús desde Galilea al Jordán?
   3. ¿Qué tres cosas hemos de hacer para llegar a ser los cristianos que Dios desea?
   4. ¿Qué nos sucederá si nos formamos adecuadamente?
   5. ¿Qué nos sucederá si hacemos el bien?
   6. ¿Qué nos sucederá si nos habituamos a orar?
   7. ¿Por qué tiene sentido para nosotros el cumplimiento de la voluntad divina?
   8. ¿Por qué cumplimos la voluntad de Dios?

   3-2.

   9. ¿Por qué no se aprovechó San Juan Bautista de sus oyentes para ganar dinero?
   10. ¿Para qué predicaba San Juan Bautista?
   11. ¿En qué sentido fue probada la integridad de San Juan Bautista cuando Jesús inició su Ministerio público?
   12. ¿Por qué quiso Juan que sus seguidores lo dejaran y se fueran detrás de Jesús?
   13. ¿Por qué se consideraba Juan inferior a Jesús?
   14. ¿Por qué quiso Jesús recibir el bautismo de penitencia de Juan, si no era pecador?
   15. ¿En qué se diferencia el mesías esperado por Juan de Jesús?

   3-3.

   16. ¿Por qué era el bautismo de Juan inferior al Bautismo de Jesús?
   17. ¿Por qué se bautizó Jesús?
   18. ¿Qué significa el hecho de que Jesús cargó sobre Sí los pecados de su pueblo?
   19. ¿Por qué se identificó Jesús con la actitud de muchos Profetas del pasado, y no se equiparó a quienes hubieran podido correr con los gastos ocasionados por su Ministerio público?
   20. ¿Por qué bautizó Juan a Jesús?
   21. ¿Qué significa el cumplimiento de toda justicia del que Jesús le habló a Juan?

   3-4.

   22. ¿Qué significaba el agua en el bautismo de Juan?
   23. ¿Por qué no fue ungido Jesús por el Espíritu Santo antes de ser bautizado por Juan?
   24. ¿Qué significó la apertura del cielo cuando Jesús salió del agua?
   25. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
   26. ¿Por qué es importante subrayar el hecho de que el Espíritu Santo dio testimonio de Jesús y no de Juan cuando descendió sobre el Señor?

   3-5.

   27. ¿Por qué se complace Nuestro Santo Padre en Jesús?
   28. ¿Se complace Nuestro Santo Padre en nosotros? ¿Por qué?
   29. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos MT. 3, 1-17, para comprender el marco en que Jesús se bautizó, e inició su Ministerio público.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús caminando al encuentro de Juan para ser bautizado, y visualicémonos intentando mejorar en todos los campos en que nos desenvolvemos, e intentando darles sentido a los acontecimientos que vivimos.

   Jesús quiso ser bautizado por un hombre polémico para quienes vivían a costa de la miseria y el miedo de la inmensa mayoría de sus hermanos de raza. Siguiendo la predicación del Papa Francisco, se nos insta a no acomodarnos en las iglesias que utilizamos como zonas de confort, pues es necesario que los cristianos prediquemos desde nuestros templos hacia afuera, con nuestras palabras y obras. No ignoremos que el mundo necesita algo más que la pronunciación de bellas palabras para lograr creer en Dios, venciendo la desconfianza que produce en nosotros, el hecho de recordar los pecados que han cometido muchos cristianos, a lo largo de la Historia.

   Contemplemos a Jesús y a Juan amándose, admirándose y no aplastándose. Cuando un líder religioso se esfuerza más por tener poder, riquezas y prestigio que por ser un buen seguidor de Jesús, les hace mucho daño a sus seguidores, y hace difícil el hecho de que la gente siga creyendo en Dios. Algo parecido nos pasa a los cristianos laicos, aunque el alcance de nuestros pecados no es tan grande como sucede en el caso de los religiosos, desde el punto de vista de nuestras sociedades.

   Jesús convenció a Juan para que lo bautizara, diciéndole que era necesario que se cumpliera todo lo dispuesto por Dios. Oremos y trabajemos para cumplir prescripciones religiosas con sensatez, y no actuando como fanáticos incapaces de pensar.

   El Espíritu Santo no descendió sobre Jesús para concederle una vida fácil, sino para ayudarle a sufrir con los marginados del mundo. Dios no nos concede una vida libre de sufrimiento a sus creyentes, pues es necesario que no lo sigamos por interés, y que los no creyentes no nos vean como privilegiados. Aunque nuestras vidas no son diferentes de las vidas de los no creyentes, el sentido que le damos a nuestras vivencias marca la diferencia.

   Oremos para que la unción del Espíritu Santo y la voz del Padre nos confirmen en el cumplimiento de la voluntad divina.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com