Meditación.
3. La fortaleza de Jesús.
Meditación de LC. 4, 21-30.
"1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.
2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".
¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?
¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?
3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.
Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.
4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".
¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?
La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.
5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.
6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.
Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.
7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?
8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.
¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!
¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?
Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).
Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.
¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?
Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.
Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
(MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.
Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.
Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.
Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).
¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?
La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.
Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.
La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.
Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
(MC., 9, 43). El Amor, es el eje central, en torno al cual, gira la vida de los cristianos practicantes. Así pues, Nuestro Padre y Dios, quiere que confiemos en Él, de la misma forma que los niños pequeños, creen, ‑ciegamente‑, en el Amor de sus progenitores. Por consiguiente, sembremos la semilla divina, ‑que es la Palabra de Nuestro Padre Celestial‑, para que Nuestro Dios la haga germinar, y recoja su fruto, ‑delicia del árbol de la vida‑, cuando sea oportuno. Hemos de recordar, ‑una vez más‑, que la Santa Cruz de Cristo, es el árbol de la vida, porque, en ella, Jesús, ‑Nuestro Señor y Salvador‑, llevó a cabo la copiosa redención, que alcanza a todos los hombres de buena voluntad. Puede ser, ‑pues‑, que nos resulte difícil, creer esta inefable verdad, al contemplar tanta miseria en la tierra. No obstante, ‑bajo la acción del Espíritu Santo‑, podemos acabar con parte de la miseria que azota a la mayoría de la Humanidad, ‑me refiero a los cristianos de a pié‑, hombres hechos a imagen y semejanza de Dios. Así pues, si, ‑por ejemplo‑, socorremos a un niño del Tercer Mundo, hacemos una grandiosa obra de misericordia, muy alabada por Nuestro Dios.
Hemos de hacer un pequeño esfuerzo, para estar impregnados de la misericordia de la viuda mencionada en el anterior texto de San Marcos. Dicha mujer, ‑cuyo amor, ejemplar, venerable‑, era muy pobre, pero, su misericordia, era mayor que su pobreza, por lo cual, depositó cuanto poseía, en el arca de la ofrenda. Por consiguiente, nosotros, haciendo pequeñas donaciones, podemos hacer felices a muchos de nuestros prójimos, que sufren las consecuencias de la pobreza, o de una -o varias- enfermedades.
Si contemplamos las situaciones de miseria actuales, al mismo tiempo que ponemos nuestros ojos en las llagas de Nuestro Señor Jesucristo, y si, ‑al mismo tiempo‑, vemos, cómo el agua del Bautismo, y, el Espíritu Santo, salen del costado del Mesías, debemos ayudar a remediar, ‑en cuanto nos sea posible‑, dichas situaciones, porque, ya han muerto, demasiados Cristos, porque no han tenido a quienes se ocupen de vivificarlos.
Hemos de procurar que, quienes intentan, ‑a toda costa‑, impedir la innecesaria muerte de muchos Cristos, no hallan de verse vencidos, en sus batallas contra la cruel muerte, debido a la gran escasez de medios humanos, indispensables para llevar a cabo la tarea evangelizadora de Nuestro Señor Jesucristo, que desea que tengan vida en abundancia sus fieles hermanos, y no la muerte de los mismos (JN. 10, 10).
¿De qué les sirve, a los pobres, y, enfermos, ser objetos de la falsa compasión, ‑de aquellos quienes se la brinden‑, si nadie les ayuda, a que sean iguales a nosotros?
La verdadera compasión, es fructífera, porque está impregnada del Santo Amor de Dios, Dador de toda virtud.
Es necesario que, toda ocasión de caer en pecado, sea transformada, en ocasión de amar, al Dios vivo, y a nuestros prójimos.
La felicidad, es, ‑pues‑, superior al dolor. Por consiguiente, no existen, enfermedad, ni dificultad alguna, que sean de una mayor grandeza, que el inefable gozo de amar. No obstante, el pasado año 1997, cuando empecé a asistir a las celebraciones litúrgicas, tras pasar casi 8 años sin asistir a ninguna celebración eucarística, empecé a conocer la grandeza de Dios, sin ofrecer yo, nada a cambio del tesoro que la Santa Iglesia me invitaba a compartir con ella. Así pues, yo, ‑tiempo después‑, quise ser miembro activo de la Santa Madre Iglesia, para compartir sus gozos y penalidades, ayudando, ‑dentro y fuera del templo parroquial de Cajiz, y donde Dios me llame‑, a quienes me es posible, y para celebrar la Santa Misa, ‑Eucaristía del Amor‑, alimento que fortalece el espíritu, sed de justicia saciada, que nos hace soportables, los difíciles días del destierro. Así pues, los cristianos, ‑cuales emigrantes pacientes y misericordiosos‑, esperamos regresar, ‑algún día‑, a nuestra Tierra Santa, ‑nuestro Paraíso de luz‑, henchidos de tesoros espirituales. Nosotros, ‑pues‑, aguardamos, ‑incesantemente‑, el regreso del Esposo, ‑si es que se puede decir que no está entre nosotros, Aquel a quien comulgamos al celebrar los misterios de nuestra fe‑, de nuestra Santa Madre Iglesia. Esperamos, ‑pues‑, al Dueño, de la viña sagrada.
Señor Jesús, esperamos que vengas a nuestro encuentro, porque, la justicia divina, es nuestra paz, consuelo, y alegría.
José Portillo Pérez.
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Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.
2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.
Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.
3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.
Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.
4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?
Hermanos y amigos:
Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.
¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?
¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?
Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.
2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.
Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.
3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.
Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.
4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?
Hermanos y amigos:
Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.
¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?
¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?
Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.
Meditación de 1 PE. 3, 18-22.
(1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.
¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.
(1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.
También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).
Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.
(1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).
Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.
José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 PE. 3, 18-22.
(1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.
¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.
(1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.
También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).
Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.
(1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).
Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.
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Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B.
Meditación.
1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.
2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.
3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.
4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.
5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.
6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.
7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.
Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.
Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.
Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.
8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).
Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. La primera lectura correspondiente a esta Eucaristía que estamos celebrando, nos presenta el final del relato del diluvio universal, como símbolo de los frutos que hemos obtenido por el amor que Nuestro Señor Jesucristo nos demostró durante su Pasión y muerte. Al igual que el arco iris es símbolo de que jamás toda la humanidad perecerá bajo los efectos de un segundo diluvio universal, la Pasión y muerte de Nuestro Hermano y Dios Jesús es el eminente símbolo de que nosotros podemos -y debemos- superar todas las circunstancias que llamamos adversas.
2. Durante el tiempo de Cuaresma nos preparamos para renovar nuestros compromisos bautismales en la Vigilia Pascual de la madrugada del Domingo de Resurrección. El Arca de Noé es símbolo de la Iglesia de Dios, una Iglesia en la cual todos debemos actuar como miembros activos en pro de la Evangelización activa. Deseamos renovar nuestros compromisos bautismales porque somos imperfectos y no nos salen las cosas como queremos hacerlas. Es esta la causa por la cual vamos a meditar y estudiar seriamente la Palabra de Dios para intentar que este año todo nos salga más bordado.
3. Todos los días de nuestra vida son semejantes al tiempo de Cuaresma, dado que siempre tenemos conceptos erróneos que nos hacen daño para modificarlos porque queremos ser felices, tenemos que evitar algunos actos que llevamos a cabo en ciertas circunstancias que nos causan cierto dolor al no lograr nuestro propósito, nos cuesta dejar el alcohol, el tabaco y nuestra adicción al juego... Nosotros vivimos la lucha de perfeccionarnos porque, además de prepararnos para renovar la recepción de nuestro bautismo, porque deseamos ser seres espirituales, ya que anhelamos la vivencia en el Reino de Dios cuya instauración aún no se ha llevado a cabo plenamente, porque aún hay hombres que no han aceptado a Nuestro Padre y Dios.
4. La Cuaresma es un tiempo muy difícil de vivir en algunas ocasiones, porque los textos litúrgicos que consideramos en estos días nos sumen de alguna manera en la consideración de algunas circunstancias -o sentimientos- cuyo recuerdo queremos evitar a toda costa, porque nos hacen daño. Este año los miembros de Trigo de Dios vamos aprovechar la Cuaresma, vamos a valernos de algún medio para sacar a la luz todo aquello que nos hace sufrir, con el fin de remediar el dolor que nos caracteriza, según nuestras pocas -o muchas- posibilidades de alcanzar la felicidad. Sirvámonos del Sacramento de la Penitencia, de algún libro de autoayuda, del administrador de estas listas de Trigo de Dios, o de cualquier otro medio que esté a nuestro alcance, para intentar ser felices superando obstáculos.
5. San Marcos nos trae el doble recuerdo de las tentaciones de Jesús en el desierto y del comienzo del Ministerio público de Nuestro Señor. Jesús fue bautizado por San Juan Bautista en el río Jordán, y, después de oír la voz de Dios, Nuestro Señor trepó muchas rocas muy peligrosas para internarse en el monte de las tentaciones, el lugar donde se alimentó de hierbas durante 40 días, y convivió con animales salvajes. ¿Por qué quiso Jesús alejarse del mundo si había de llevar a cabo su misión entre los hombres? Nuestro Hermano también era Hombre y por eso tenía la necesidad de prepararse para convivir entre personas cuya conducta podía ser más hiriente que la ferocidad de los animales salvajes. Algunos miembros de Trigo de Dios entre los cuales estamos Juan Francisco y yo, hemos vivido cursillos de cristiandad, hemos subido al monte para prepararnos para vivir en un entorno más acorde con nuestra felicidad y el Evangelio predicado por Nuestro Hermano.
6. Me gusta imaginar a Jesús en el monte de las tentaciones en el más pleno silencio entregado a la oración. Me gusta ver a Jesús mirando al cielo, implorando respuestas que Dios no le daba según Él le preguntaba al Padre eterno. Jesús no estuvo sólo en aquel monte, así pues, nosotros estábamos con Nuestro Señor, quien siempre tuvo presente nuestro estado de inquietud, nuestras dudas, nuestra falta de fe, y las ocasiones en que interrogamos a Dios, simplemente porque no podemos entender por qué nos acaecen circunstancias que creemos que nos son adversas -o contrarias- a nuestro crecimiento espiritual.
7. El Evangelio de San Marcos describe muy gráficamente el pasaje de las tentaciones pasando rápidamente a darnos cuenta del comienzo de la Evangelización activa de Jesús. Parece que el intérprete de San Pedro no le concedió mucha importancia a aquellos 40 días de soledad, ayuno y oración en que Nuestro Señor se dispuso a iniciar su Ministerio lleno de dificultades. Los otros dos autores Sinópticos, San Lucas y San Mateo, nos ofrecen un relato más completo de las tentaciones con que Satanás se dispuso a distorsionar los propósitos del Mesías. Esas tentaciones sólo fueron las posibilidades de vivir que tienen los hombres que Jesús meditó durante sus 40 días de constante comunicación con el Padre celestial.
Jesús no necesitaba poder para predicar (convertir piedras en panes), porque Él tenía la convicción necesaria para que su mensaje fuera creíble para nosotros.
Jesús no necesitaba ser famoso para comunicarnos su Evangelio, porque Nuestro Señor deseaba transmitirnos su mensaje, no su Persona.
Jesús no necesitaba manipular nuestra libertad para esclavizarnos, porque a Él no le importa que le rechacemos, pues de nada le sirve que seamos obligados a amarle.
8. Jesús inició su Ministerio público haciéndonos saber que el Reino de Dios somos nosotros los cristianos (LC. 17, 21).
Cuando concluya el tiempo de Cuaresma y finalice el Santo Triduo Pascual, comenzaremos a vivir el tiempo de Pascua, así pues, esforcémonos durante la Cuaresma para dar testimonio de que nosotros somos miembros del Reino de Dios no sólo durante los 40 días de la Pascua de Resurrección, sino durante todos los días de nuestra vida. Amén.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.
La Alianza del arco iris.
En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.
La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.
El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.
(GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.
He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?
¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).
Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.
(GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.
Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.
(GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.
(GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.
Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:
1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.
2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.
El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.
Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.
Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).
(GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.
En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.
Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.
En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Equiparación de la historia del diluvio universal al Bautismo sacramental.
La Alianza del arco iris.
En cada ocasión que Nuestro Padre común se alió con los hombres, intentó extirpar la maldad de ellos, con el fin de hacerlos aptos para que pudieran volver a habitar en el paraíso terrenal que les concedió al principio de la creación a Adán y a Eva.
La Alianza sobre la que vamos a meditar brevemente debido al escaso tiempo de que disponemos, se llevó a cabo después de que aconteciera el trágico episodio del diluvio universal.
El relato que vamos a comentar, comienza en el capítulo 6 del Génesis, -el primer libro de la Biblia-, y culmina en el capítulo 9 de dicho primer libro de Moisés.
(GN. 6, 5-8). Dios creó animales y plantas para que el hombre se sirviera de dichos regalos que recibió de Nuestro Criador, pero, si iba a exterminar a su última creatura, ¿de qué le serviría a Nuestro Padre común seguir manteniendo el orden por Él establecido? Nos cabe también la posibilidad de pensar: Si Dios es amor, ¿por qué quiso destruir a los hombres? Para responder esta pregunta, hemos de tener en cuenta que todos los libros de la Biblia tienen dos autores, que son, a saber: Dios y los Hagiógrafos que los escribieron. El Espíritu Santo fomentó la capacidad intelectual de los escritores que inspiró para que escribieran la Palabra de Dios, pero dichos autores humanos también plasmaron en el texto sagrado sus errores humanos, basados en sus percepciones de los hechos que narraban, así pues, Moisés no redactó el Génesis de la misma forma que escribe un artículo de prensa un periodista que comenta un hecho acaecido sin opinar sobre el mismo, de hecho, para cubrir su carencia de datos objetivos, se vio obligado a improvisar mucho en sus relatos. Basándonos en esta explicación, podemos comprender que las edades de los personajes que aparecen en el Génesis son excesivas, así pues, ¿quién puede creerse que haya existido una persona capacitada para vivir durante 900 años? Moisés alargó la vida de muchos de sus personajes para cubrir periodos históricos de los que carecía de datos objetivos para narrarlos.
He aquí otro ejemplo que explica nuestra meditación de la exposición de opiniones personales en la Biblia: El mismo Moisés, al final del relato del diluvio universal, escribió que Dios hizo aparecer por primera vez el arco iris en el cielo, para hacerles saber a los supervivientes que había sufrido inmensamente cuando acaeció la inundación del planeta, por lo cual, se comprometió a no castigar más a la humanidad utilizando a tal efecto la inundación de la tierra. Yo pienso: Si Dios es infalible, ¿cómo puede explicarse el hecho de que se arrepintiera de haber creado a los hombres, y de que posteriormente se arrepintiera de haberlos ahogado? ¿Comprendemos en qué aspectos podemos decir que la Biblia es un libro divino y humano al mismo tiempo?
¿Por qué eligió Dios a Noé para llevar a cabo su Alianza con los supervivientes del diluvio por su medio? (GN. 6, 9-12).
Podemos constatar cómo Dios recorrió toda la tierra con su mirada, con el fin de buscar a algún hombre que fuera digno de ser rescatado de padecer bajo los efectos del diluvio universal.
(GN. 6, 13). Tal como os dije antes, Dios creó la tierra para santificar a los hombres, pero, al arrepentirse de crear a la humanidad, decidió exterminar a los hombres impuros -o pecadores-, permitiendo que todo el planeta fuera cubierto por las aguas del diluvio.
Dios le siguió diciendo a Noé que construyera el arca en que habían de ser salvos sus familiares, él, y los animales que el Altísimo juzgara oportuno salvar del exterminio de la vida que se llevaría a cabo en la tierra apenas comenzara a llover torrencialmente.
(GN. 6, 17-22). Antes de que empezara a llover torrencialmente, Dios le dio a Noé las instrucciones oportunas para que ni sus familiares, ni él, ni los animales que estaban en el arca, pasaran hambre ni sed durante el año lunar que permanecieron en el arca.
(GN. 7, 1). Antes de que Dios le diera a Noé las instrucciones previas al embarque y al comienzo del diluvio, Nuestro Criador quiso que Noé supiera que tanto él como sus familiares iban a ser salvos, en virtud de la justicia de Noé.
Al examinar detenidamente el texto del diluvio universal, podemos hacer las siguientes constataciones:
1. Elohim, el Dios de la justicia, quiso castigar la maldad (el pecado) de los hombres.
2. Concluido el tiempo del castigo purificador, Yahveh, el Dios del amor, se alió con Noé y sus descendientes, prometiéndoles que su justicia no se ejecutaría más contra los hombres, haciendo que los mismos padecieran ahogados por causa de un diluvio universal, indicando, de esa forma, que sufrió al ver morir a los malvados.
El diluvio universal se prolongó durante 40 días con sus respectivas noches. La cuarentena es un periodo de tiempo utilizado por ciertos personajes bíblicos muy conocidos para esforzarse en aumentar su fe, para huir de sus perseguidores confiando en que Dios les iba a socorrer contra toda esperanza, y para perfeccionar el ejercicio de sus dones y virtudes, pidiéndole a Dios, al mismo tiempo, que les siguiera concediendo sus dádivas divinas, para que así pudieran afrontar pruebas insufribles, en el caso de tener que padecerlas. Noé y sus familiares sobrevivieron al diluvio en el arca que construyeron por orden de Dios. Durante los cuarenta días en que vieron cómo el agua fluvial inundaba el planeta, probablemente debieron aprender a ejercitar su fe, a no perder la esperanza de volver a pisar tierra firme, y, después del diluvio, debieron vivir basando su forma de pensar y proceder, en las enseñanzas que Dios les inspiró, por causa de la experiencia a la que sobrevivieron. Aunque el diluvio se prolongó durante cuarenta días, no hemos de olvidar que las aguas no empezaron a retirarse de ciertas zonas de la tierra, hasta que transcurrió un largo periodo de tiempo, a partir del día en que Noé y sus familiares entraron en el arca.
Los conocedores del lenguaje simbólico bíblico, saben perfectamente que, las aguas torrenciales significan las dificultades a las que hemos de sobrevivir, y, el arca de Noé, simboliza la fe cristiana, sin la cual, careceríamos de la esperanza de alcanzar la cumbre de la felicidad, viviendo en la presencia del Dios Santísima Trinidad.
Cuando Noé salió del arca con sus familiares y los animales que salvó del diluvio, en conformidad con su ancestral costumbre, le ofreció a Dios un sacrificio ritual de algunos animales, y los quemó sobre un altar que construyó a tal fin (GN. 8, 21-22).
(GN. 9, 7-16). En la Alianza que Dios hizo con Adán y Eva, el medio que unía a nuestros primeros padres al Creador era el afán de ellos de recuperar los dones que perdieron cuando comieron del fruto del árbol prohibido, con la intención de poder ser semejantes a Dios, no ya siguiendo sus inclinaciones, sino sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Criador.
En la Alianza que Dios selló con Noé, el arco iris, sería el recuerdo perpetuo del diluvio universal, una señal evidente de que, el Dios del amor, después de la destrucción que llevó a cabo el Dios de la justicia, se propuso crear una nueva humanidad, después de que los hombres fueran limpios de su maldad, por mediación del castigo purificador del diluvio.
Cuando Dios firmó su pacto con Adán y Eva, se comprometió a enviar a su Hijo a la tierra, con el fin de devolvernos los dones y virtudes que perdimos, por causa de la acción incorrecta que llevaron a cabo nuestros primeros padres.
En la Alianza que Dios selló con Noé, se nos recuerda que nuestra purificación sigue estando pendiente, por lo que, la señal del arco iris, les recordó a nuestros antepasados, que debían hacer el bien, obviando la posibilidad de actuar inspirados por el mal.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Empieza a vivir la vida eterna. (Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación.
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico del Evangelio de la conversión del ciego de nacimiento. (Meditación para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico de la conversión del ciego de nacimiento.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
El Domingo III de Cuaresma del Ciclo A, empezamos a meditar los textos evangélicos que se utilizaban en los desaparecidos escrutinios cuaresmales, en los tiempos en que los catecúmenos eran preparados en Cuaresma a recibir los Sacramentos de la Penitencia, el Bautismo y la Eucaristía. En el primer estudio bíblico que os propongo en esta ocasión, a través de la curación del ciego de nacimiento, vamos a meditar sobre la conversión.
Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos, ven la Cuaresma como la sucesión de una interminable cantidad de sacrificios que llevan acabo, los cuales les hacen sentir un gran cansancio. A pesar de ello, las lecturas evangélicas que meditamos durante los Domingos del ciclo A del tiempo preparatorio de la Pascua, nos recuerdan los motivos que tenemos para alcanzar la plenitud de la felicidad.
El Domingo I de este tiempo de penitencia, la meditación de las tentaciones que vivió Jesús en el desierto, nos recordó el deseo de poder, prestigio y riquezas que caracteriza a la humanidad (MT. 4, 1-11).
Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que, frente al deseo de ser poderosos, pensemos en la necesidad que tenemos de servirnos unos a otros, porque el amor es el único lazo que debe vincularnos eternamente, más allá de la muerte.
Frente al deseo de ser prestigiosos que podemos tener, Jesús nos insta a considerar la posibilidad de que se nos valore, no por nuestras riquezas, sino por quienes somos.
Frente al deseo de obtener riquezas que puede invadirnos, Jesús nos invita a considerar la posibilidad de que la caridad -el amor-, la fe y la esperanza, sean nuestras riquezas definitivas en este mundo.
Vivimos en un mundo en que hay pocas cosas que no se pueden comprar con dinero, pero, si en vez de dejarnos seducir por el consumismo, dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la presencia de Nuestro Padre común, descubriremos la grandeza de los valores que Nuestro Santo Padre celestial desea inculcarnos. Si nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, comprenderemos, al recordar la Transfiguración del Señor (MT. 17, 1-9), que meditamos el Domingo II de Cuaresma del presente Ciclo A de la Liturgia de la Iglesia Católica, la importancia que tiene para nosotros, el hecho de que seamos transfigurados y configurados, a imagen y semejanza de Nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, si queremos contarnos entre los bienaventurados hijos de Dios y de su Iglesia, bueno será para nosotros el hecho de lograr vivir para Cristo, cumplir la voluntad de Cristo, aceptar el pensamiento de Cristo, sufrir y gozar la vida en Cristo, y morir en Cristo, en conformidad con las palabras de San Pablo: (GÁL. 2, 20). Cuando San Pablo nos dice: "Ya no soy yo quien vive", afirma que ha comenzado el proceso de su adaptación total a la forma de pensar y actuar de Nuestro Salvador. A pesar de esta realidad, siendo consciente de su debilidad, San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 9, 26-27; 1, 1). A pesar de haber sido elegido Apóstol de Cristo, y a pesar de que intentaba adaptarse a la forma de ser de Nuestro Salvador, San Pablo permanecía en guardia contra su debilidad, porque él, que cristianizó a muchos, no quería perder la salvación que anheló durante los años que se prolongó su ministerio apostólico.
¿Qué nos enseña esta forma de San Pablo de vigilar su conducta? Recientemente he conocido a un sacerdote que se ha enfadado mucho con una de sus feligresas que le ha reprochado que pasa muy poco tiempo en el confesionario. El citado sacerdote, que se ha tomado muy a pecho el hecho de ser ministro de Cristo, -de lo cual alardea orgullosamente-, siente rabia de que una simple feligresa suya, la cual es una pecadora recién convertida, haya tenido el atrevimiento de recordarle su deber. En ciertas situaciones, quienes tenemos personas bajo nuestra responsabilidad a quienes transmitirles nuestros conocimientos, -independientemente de que seamos padres, profesores, catequistas, religiosos...-, corremos el riesgo de actuar en base a los esquemas con que empezamos a llevar a cabo nuestra labor en un tiempo en que los mismos eran válidos, y, con tal de no adaptarnos a las circunstancias del mundo que nos rodea, -circunstancias que nos afectan tanto a quienes tenemos la responsabilidad de formar como a nosotros-, preferimos perder el tiempo quejándonos de que no somos comprendidos, mostrándonos molestos porque el mundo evoluciona para su mal. En este caso, somos capaces de hacer cualquier cosa, con tal de no ser nosotros quienes nos adaptemos a quienes necesitan nuestros conocimientos.
Dado que muchos católicos hemos tenido una vida espiritual estática, que, aunque no se ha extinguido, es como un pájaro al que no le hemos permitido por diversas causas que le crezcan alas, cuando se nos habla de que debemos adaptar la predicación del Evangelio a las circunstancias que caracterizan el mundo en que vivimos, ponemos el grito en el cielo, porque nos parece que nos están exigiendo que cambiemos el contenido tanto de la Biblia como de los documentos de la Iglesia y las celebraciones a las que nos hemos acostumbrado a asistir. Yo empecé a predicar en Internet el pasado año 2002. Antes de comenzar la citada labor, en la segunda mitad de los años noventa, escribí un libro adaptado a la forma de predicar que también conocemos quienes nos cristianizamos hace varias décadas, que no les dice nada a quienes son jóvenes de este siglo. Dado que mi libro de meditaciones bíblicas y de mi testimonio personal no tuvo éxito, y mi trabajo en Internet no era leído apenas, me vi obligado a cambiar bruscamente mi forma de predicar, lo cual, gracias a Dios, está produciendo resultados buenos, pero a largo plazo. Naturalmente, el cambio que se ha operado en mi mente ha sido difícil de llevar a cabo, porque, cuando nos adaptamos a una forma de proceder, ¿cómo vamos a cambiar la misma fácilmente? ¿He cambiado el contenido de la Biblia o de los documentos de la Iglesia al cambiar mi forma de predicar? No he hecho los citados cambios, así pues, lo que he hecho, es cambiar el tedioso afecto de muchos predicadores de imponer la salvación como una meta inmerecida, pero tediosa e inalcanzable (tenemos que... Es necesario hacer... Si no logramos... Dios nos exige...), por la amena narración de los textos bíblicos, haciendo de los mismos en ciertas ocasiones dinámicas catequéticas fáciles de comprender tanto para los niños como para los adultos, en lo cual mi mujer me ha ayudado mucho, pues me ha sometido a un rol que me ha hecho adaptarme a la mentalidad de quienes desconocen el Evangelio, con tal de que mi predicación sea válida tanto para creyentes como para desconocedores de la Biblia. He constatado que a muchos de mis lectores les gusta que incluya datos extrabíblicos en mis meditaciones dominicales, con tal de que las mismas sean más amenas, y muchos religiosos y laicos me felicitan por haber aprendido la diferencia que existe entre imponerles y proponerles el Evangelio a mis lectores.
¿Por qué os cuento mi experiencia? Con tal de ganar almas para Cristo, ¿qué importan los cambios que tengamos que llevar a cabo en nuestra forma de evangelizar? Por consiguiente, independientemente de que seamos religiosos o laicos, apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 9, 19-22).
1. Jesús se nos da a conocer (JN. 9, 1).
De la misma manera que Jesús vio al ciego que protagoniza el Evangelio que meditamos este Domingo IV de Cuaresma cuando iba de camino, Nuestro Señor es quien toma la decisión de que nos convirtamos al Evangelio, así pues, Jesús es quien nos llama a vivir en la presencia de Nuestro Padre común. Este hecho resulta extraño a los ojos de un mundo en que se nos exigen muchas cosas para que podamos vivir dignamente. Para demostrar esta rara realidad, pensemos: ¿Qué exigencias les impuso el Señor a aquellos de sus discípulos a quienes convirtió en los Doce Apóstoles? San Marcos responde esta pregunta en su Evangelio (MC. 3, 13).
¿Qué méritos tenían aquellos discípulos de Nuestro Salvador para merecer la dignidad de asumir la responsabilidad del Apostolado?
¿Qué méritos tenemos nosotros para que Jesucristo nos haya otorgado el don de la fe? San Pablo responde esta pregunta, en los siguientes términos: (EF. 2, 8-10). Las palabras del Apóstol no dejan de sorprendernos. No alcanzaremos la salvación por el mérito que se les puede atribuir a nuestras buenas obras, sino porque somos el objeto directo del amor de Nuestro Padre común, quien nos ha trazado el camino que podemos recorrer para vivir en su presencia, no porque ello obedece a sus caprichos, sino porque, al relacionarnos con Él y nuestros prójimos los hombres, podremos alcanzar la plenitud de la felicidad, cuando seamos totalmente purificados y santificados.
Para poder comprender el Evangelio de hoy, se nos muestra útil el hecho de reflexionar sobre la vida de un colectivo al que no le prestamos mucha atención, a pesar de que a veces le ofrecemos nuestra ayuda. Os hablo de los ciegos. Desde hace varios siglos, en muchos países, se han realizado esfuerzos para que los tales accedan a la formación, e incluso muchos de ellos han tenido la oportunidad de tener puestos de trabajo que han requerido de los mismos una gran responsabilidad. Normalmente, vemos a los ciegos caminar acompañados de sus familiares, amigos u otras personas cuyos servicios pagan muchas veces con tal de no encontrarse solos, y, en muchos casos, los vemos valiéndose tanto de sus perros guía como de sus bastones blancos, lo cual les suple de invertir cantidades de dinero respetables en el pago de los servicios de sus lazarillos. A pesar de que cada día muchos invidentes adquieren conocimientos a fin de poder trabajar -a modo de ejemplos, dentro del campo de la Informática y de los idiomas-, nuestras sociedades no terminan de hacerse cargo de que los tales pueden trabajar como quienes ven perfectamente, siempre que su deficiencia visual no haga imposible la realización de sus actividades laborales.
El hecho de pensar en la forma en que se desenvuelven los ciegos, nos ayuda a meditar sobre la realidad de que no nos dejamos iluminar totalmente por la luz de Cristo, a quien conocemos como la luz indeficiente de Dios. Cuando Nuestro Señor vivió en Palestina, dado que los ciegos no podían llevar a cabo una vida normal de trabajo y de desempeño de su papel en las familias en que no podían constituirse, se decía que los tales, junto a los estériles y los leprosos, eran un colectivo maldito de Dios. Los judíos consideraban que los defectos corporales congénitos eran causados por los incumplimientos de la Ley de los enfermos o por los pecados de las tres o cuatro generaciones de los antepasados de quienes los padecían (ÉX. 20, 4-6). Dado que los ciegos estaban privados de la posibilidad de trabajar, muchos de ellos vivían de la mendicidad. Por otra parte, la simbología bíblica, nos demuestra que, además de la ceguera física, existe la ceguera espiritual, la cual es padecida por quienes no aceptan las razones que mueven a Dios a desempeñar el papel de nuestra creación, nuestra redención y nuestra santificación.
La ceguera simbolizaba la opresión del pueblo de Israel dominado por sus conquistadores. Veamos varios ejemplos de ello.
Los siguientes textos hacen referencia al día en que experimentaremos la plenitud de la salvación, simbolizada por la apertura de los ojos de los ciegos (IS. 29, 18; 35, 5).
Dios envió a su Siervo al mundo, con la siguiente misión: (IS. 42, 7; 18-20. SAL. 146, 8).
(JN. 1, 1-5). La ceguera hace referencia a quienes han vivido sufriendo por cualquier causa durante toda su vida o durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que se hayan acostumbrado a aceptar su situación, sin ni siquiera albergar el pensamiento de que la misma pueda cambiar positivamente algún día.
Muchas veces creemos que, el hecho de que muchos depresivos no hagan nada para superar su situación, significa que los tales desean seguir aferrados a su sufrimiento. Esto es incierto, pues, quienes se encuentran en esa dramática y desesperada situación, son como quienes son explotados hasta el punto en que ellos mismos olvidan que tienen dignidad y consecuentemente derechos, simplemente, porque son personas. Muchos de quienes viven explotados, aunque saben que se les ha privado de la dignidad que merecen porque son personas e hijos de Dios, están tan acostumbrados a su situación, que ni siquiera piensan en la posibilidad de superar su estado de miseria.
Si Cristo se acerca a nosotros por medio de la Biblia, de los predicadores de su Iglesia, y de las circunstancias que vivimos, acojamos su invitación a alcanzar la salvación.
(MC. 1, 15). A pesar de que quizás no podemos constatar que el Reino de Dios se ha acercado verdaderamente a nosotros, atendamos a la petición que nos hace San Pablo, en los siguientes términos: (2 COR. 5, 20). No debemos reconciliarnos con Dios únicamente porque somos más imperfectos que Él y su justicia requiere que seamos purificados para que podamos vivir en su presencia, sino porque, el desconocimiento que tenemos de Nuestro Padre común, nos impide tener y ejercer fe en Él. La visión negativa de las cuestiones relativas al sufrimiento cortan las alas de nuestra débil fe, y por ello nos resistimos a vivir cumpliendo la voluntad del Dios Uno y Trino. Con tal de que no acusemos a Dios de que nos exige que recorramos un camino imposible para que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, San Pablo nos recuerda que Jesús tuvo una vida muy dolorosa, a fin de que comprendamos que el dolor solo es un elemento purificador, capaz de perfeccionarnos la fe (2 COR. 5, 21).
2. La utilidad de la existencia del mal (JN. 9, 2-3).
Los judíos creían que las enfermedades que padecían eran el justo castigo que merecían, tanto por los pecados que habían cometido, como por las transgresiones de sus antepasados, en el cumplimiento de la Ley de Dios. Aunque actualmente la inmensa mayoría de los católicos desconocen la Palabra de Dios escrita en la Biblia, muchos de ellos han heredado la citada creencia de los judíos, de hecho, soy incapaz de contar la cantidad de correos electrónicos que recibo de lectores deseosos de saber qué han hecho para que Dios les castigue, tanto con las enfermedades que padecen, como con los problemas de otra índole que tienen que sobrellevar. Aunque nos es imposible saber por qué contraemos una enfermedad cualquiera, o por qué tenemos problemas con algunos de nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, nos es útil recordar las siguientes palabras de Jesús: (JN. 9, 3).
¿En qué sentido resplandece el poder de Dios en nuestras dificultades? Aunque podemos vencer muchos de nuestros problemas, y puede sucedernos que nos veamos forzados a vivir con muchas dificultades durante todos los días de nuestras vidas, el poder de Dios resplandece en la debilidad que nos caracteriza, si nuestra manera de sobrevivir a tales dificultades, mejora la calidad de nuestra personalidad. No sin razón dicen los mejicanos: "Las dificultades te crecen". Recordemos las palabras que dijo Jesús en el relato de la muerte y resurrección de Lázaro, que meditaremos ampliamente el próximo Domingo V de Cuaresma del Ciclo A: (JN. 11, 4).
A veces la visión que tenemos de nuestras dificultades prueba la fe que tenemos hasta el punto en que la misma puede fortalecerse inmensamente o extinguirse para siempre, así pues, aunque Jesús profetizó que la enfermedad de su amigo Lázaro no acabaría con la muerte, el hermano de María y Marta, permaneció muerto durante más de tres días.
Tengamos en cuenta que las situaciones dolorosas que vivimos no son castigos, sino oportunidades que tenemos de crecer espiritualmente. Por otra parte, aunque Dios permite que suframos, Él no es indiferente ante el mal porque utiliza el mismo en nuestro beneficio, así pues, Nuestro Santo Padre no desea que padezcamos por ninguna causa.
El Evangelio es un mensaje tan optimista, que, cuando lo aceptamos plenamente, nos impulsa a superar muchas situaciones dolorosas. Hay gente que sufre por cualquier motivo y tiene la esperanza de superar su situación dolorosa, pero también hay quienes, después de perder la esperanza de superar la adversidad que les caracteriza, no saben lo que quieren porque están convencidos de que para ellos no hay nada bueno en la vida porque se les ha quitado la posibilidad de alcanzarlo o porque simplemente no lo merecen. Es necesario que, de la misma forma que Jesús le hizo comprender al ciego de nacimiento que podría ver la luz que desconocía, nosotros les enseñemos a los humillados de este mundo que pueden mejorar su calidad de vida.
A veces, los predicadores corremos el riesgo de quejarnos porque el mundo no acepta el Evangelio, y no nos percatamos de que nosotros podemos ser los responsables de esta triste realidad, porque puede suceder que no estemos aportando nuestro mejor esfuerzo al hecho de ayudar a nuestros prójimos los hombres a abrir los ojos de la fe.
3. Jesús es la luz del mundo (JN. 9, 4-5).
En las palabras de Jesús que estamos meditando, el día significa el tiempo en que podemos cumplir la voluntad de Dios, y, la noche, significa el tiempo en que se nos debilita o perdemos la fe. Otro simbolismo del día, es el tiempo transcurrido desde que Jesús comenzó su Ministerio público hasta la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por Tito y Vespasiano el año setenta del siglo I de la era común. La noche, puede significar, tanto el tiempo en que Jesús estuvo muerto, como el tiempo posterior a la destrucción de Jerusalén, así pues, en ambos casos, la fe de los creyentes fue probada duramente.
Recordemos que nuestra comprensión de las circunstancias vitales que vivimos no siempre es compartida por Dios, dado que Él ve con una luz diferente a la que percibimos por medio de nuestro raciocinio. Mientras que nuestras vidas son limitadas por los años que permanecemos en este mundo, Aquél que nunca morirá, tiene su tiempo para actuar, y siempre se mueve en conformidad con la defensa de nuestros intereses.
El hecho de que Nuestro Señor es la luz del mundo, hace referencia al cumplimiento de la misión que Nuestro Santo Padre le encomendó (IS. 46, 6. 49, 6).
Al ser Nuestro Señor la luz del mundo, la misión de Jesús, consiste en abrir los ojos de los ciegos, lo cual se traduce en el hecho de iluminarnos con su luz (IS. 42, 6-7).
4. Da lo mejor de tu ser (JN. 9, 6).
Jesús curó al citado ciego con su saliva (los judíos creían que la saliva era transmisora de energía vital, es decir, de aliento espiritual) y con un poco de la tierra de la que Nuestro Padre común creó al hombre. El lodo hecho con saliva, significa que el hombre fue hecho de la tierra, y con el Espíritu de Jesús. Naturalmente, este significado no se refiere a la generación del hombre imperfecto, sino a la creación del nuevo hombre nacido del Bautismo y del Espíritu de Dios, que estamos llamados a ser en el amor del Unigénito de Dios, miembros del Cuerpo Místico de Cristo.
El Señor se hubiera podido valer de muchos gestos para curar a dicho ciego, pero utilizó su saliva, para enseñarnos a no buscar la felicidad fuera de nuestro interior. Desgraciadamente, sabemos que mucha gente se desprecia porque se siente fracasada. Recordemos que, después de buscar a Dios (la felicidad) en toda la creación, San Agustín solo pudo encontrar a Nuestro Creador en su interior.
¿Dónde está nuestra felicidad?
¿Qué personas o cosas constituyen los motivos que nos hacen sentirnos alegres?
¿Buscamos a Dios idolatrando cosas que no nos hacen felices?
¿Nos hemos percatado de que debemos buscar la felicidad en el sinfín de actos cotidianos que, aunque parecen carecer de importancia, hacen de nosotros las personas que llegamos a ser?
Jesús curó al ciego de nacimiento con saliva y tierra, y a nosotros nos ha concedido una familia que, aunque a veces nos hace sufrir, es la mejor del mundo, simplemente, porque es la única que tenemos.
Quizás Dios nos ha ayudado a encontrar un trabajo mediante el que podemos santificarnos y contribuir al mantenimiento de nuestra familia. ¿Recorreremos esa vía de santificación aportando nuestro mejor esfuerzo para vivir como cristianos auténticos?
Dios nos ha dado los amigos que nos comprenden y ayudan cuando tenemos problemas. ¿Somos conscientes de que cerca de nosotros hay gente que vive aislada?
Seguramente no tenemos todo lo que nos gustaría conseguir, ni vivimos las circunstancias que siempre hemos deseado, pero, a pesar de ello, teniendo en cuenta que la mayor parte de la humanidad vive bajo los efectos de la pobreza, ¿no debemos darle gracias a Dios por quienes somos, por lo que hemos llegado a ser y por todos los bienes que nos ha concedido?
5. ¿Vivimos cumpliendo la voluntad de Dios? (JN. 9, 7).
Apenas decidimos convertirnos al Señor, Él nos pide que cumplamos su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar la felicidad, relacionándonos tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres. El hecho de que el ciego recobró la vista al obedecer a Jesús, significa que, si cumplimos la voluntad de Dios, Él nos hará el objeto directo del cumplimiento de sus promesas (SAL. 119, 16).
Dado que el ciego no sabía lo que es la luz, Jesús pasó a la acción sin preguntarle si quería ver. El hecho de que el ciego fue a la piscina de el Enviado a lavarse los ojos, significó que el Señor le puso ante la opción de darle la vista, y ante la opción de que no se curara, a fin de que tomara la decisión que considerara mejor según su punto de vista, porque Dios nunca actúa negándonos el hecho de actuar en conformidad con la libertad que nos ha concedido, aunque nos valgamos de la misma para incumplir su voluntad, y, consecuentemente, para perjudicar a nuestros prójimos y para hacernos daño a nosotros.
El ciego estaba acostumbrado a la oscuridad característica de su vida, así pues, este es el significado del hecho de que estaba totalmente conforme con su situación de inferioridad, con respecto a sus hermanos de raza que no padecían dicha enfermedad. Por nuestra parte, hasta que no conocemos a Dios, tampoco deseamos convertirnos a su Evangelio de salvación. Dios actúa por medio de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores de su Palabra, y las circunstancias que vivimos para dársenos a conocer, y, nosotros, de la misma manera que el ciego se lavó los ojos con tal de ver en la piscina de Siloé, tenemos que optar por creer en Dios, o por ignorar a Nuestro Santo Padre.
6. ¿Damos testimonio de nuestra fe? (JN. 9, 8-9).
Una vez que nos convertimos al Señor, en el medio en que vivimos, surgen preguntas con respecto a nuestra conducta, porque extraña el hecho de que nos ciñamos a la aceptación de valores que quizá rechazamos en nuestras vidas pasadas, así pues, de la misma manera que el ciego no sintió vergüenza a la hora de reconocer que Jesús le había curado tal como veremos más adelante, no sintamos temor a la hora de reconocer que somos cristianos, y apliquémonos las siguientes palabras de San Pablo: (2 TIM. 4, 2).
Si amamos a Dios, es razonable el hecho de que prediquemos su Palabra, porque San Juan Evangelista, escribió en su primera Carta: (1 JN. 4, 20).
Si la ceguera representa las situaciones extremas en que los hombres pierden la esperanza de superar sus dificultades, también simboliza las situaciones de tiranía aprovechadas para no socorrer a quienes sufren, bajo el pretexto de que los tales padecen por voluntad de Dios.
De la misma manera que la curación del ciego suscitó la curiosidad de sus conocidos, la acción de los cristianos en el mundo, también es objeto del deseo existente de conocer las razones que nos impulsan a actuar de acuerdo a la fe que profesamos. Esta es la razón por la que debemos vivir amoldados al cumplimiento de la voluntad de Dios, ofreciéndole a Nuestro Padre común el acto penitencial de ser valientes tanto delante de Él como de nuestros hermanos los hombres, reconociendo el mal que hemos hecho, tanto por equivocación, como conscientemente, sin ignorar el daño que hemos hecho, antes de actuar.
7. La huella de Jesús. (JN. 9, 10-12).
A pesar de que vivimos en un tiempo en que hasta muchos que se dicen creyentes en determinadas circunstancias afirman no tener fe con tal de no sentirse ridiculizados en ningún momento, vivimos buscándole el sentido, si no a todos los momentos de nuestras vidas, al menos, a las circunstancias cuya comprensión escapa al conocimiento que tenemos de las mismas. Necesitamos creer en alguien o en algo que nos ayude a vivir, especialmente, cuando sufrimos por cualquier causa. Aunque Jesús desapareció del escenario en que curó al ciego de nacimiento lo más rápidamente que pudo con tal de no publicitarse como milagrero, su huella quedó impregnada en el prodigio que realizó, de la misma manera que, en cada ocasión que hagamos el bien, el mundo debería de ver en nosotros el reflejo de nuestro Salvador.
8. ¿En qué tiempo es conveniente que aliviemos el dolor de quienes sufren? (JN. 9, 13-14).
Dado que Jesús había efectuado un prodigio en un día en que los judíos debían dedicarse exclusivamente al culto religioso y al reposo de sus trabajos, los fariseos, -los responsables de la instrucción religiosa del pueblo-, tenían el deber de verificar si dicha obra se había llevado a cabo verdaderamente. Por otra parte, dado que dichos fariseos eran enemigos jurados de Nuestro Redentor, aprovecharon la circunstancia de que Jesús infringió la Ley de Israel curando a un enfermo un día de reposo, para tener una causa más por la que esforzarse en eliminar al Hijo de María.
El hecho de que los fariseos se negaban a que los enfermos fueran curados en los días festivos, es equiparable a las causas que producen el efecto de que nos neguemos a socorrer a los necesitados de dádivas espirituales y materiales. Antes de dejarnos arrastrar por el pecado de no atender a quienes nos necesitan, imitemos a Nuestro Salvador (JN. 5, 16-17).
En una ocasión en que Nuestro Señor le curó la mano atrofiada a uno de sus oyentes, Jesús les dijo a sus adversarios: (MC. 3, 4-6).
9. Un motivo generador de discordia (JN. 9, 15-16).
Si bien podía considerarse la posibilidad de que Jesús y el que pudo fingir que era ciego llegaron a al acuerdo de fingir la realización del citado prodigio falso con tal de que el Señor tuviera la oportunidad de promocionarse como sanador, el hecho de que muchos que decían conocer a aquel hombre eran testigos de que siempre había sido ciego, hacía que los fariseos, al principio del interrogatorio que le hicieron a la víctima de su búsqueda de argumentos para atacar a Jesús, consideraran que el prodigio fue hecho realmente.
Dado que el que había sido ciego fue curado en día de reposo, este hecho, más que ser una razón por la que el recién curado debía ser felicitado, era un argumento para actuar contra Jesús, pues, el hecho de que había realizado un acto de curación cuando no debía haberlo podido hacer por ser Sábado, era un signo evidente de que el Mesías era un pecador despreciable. A pesar de ello, los fariseos debían responderse la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que un pecador haya sido dotado por Dios para darle la vista a un ciego de nacimiento? Dado que los fariseos se dividieron entre sí, acordaron hacer lo que todos querían a partir de la discusión que mantuvieron, lo cual consistía en aprovecharse del prodigio que en un principio fue el objeto de su controversia, para convertirlo en una poderosa razón por la que intentar eliminar al autor del mismo.
¿Nos escandaliza la forma tan mezquina de proceder de los fariseos? Si respondemos esta pregunta afirmativamente, tenemos que responder también el siguiente interrogante: ¿Cómo es posible que los hijos del Dios del amor, que militamos en miles de denominaciones cristianas, permanezcamos divididos, no solo entre hermanos de diferentes iglesias -o congregaciones-, sino que también lo hacemos dentro de las iglesias -o congregaciones- de las que formamos parte?
10. El que fue ciego, dio su testimonio de Jesús ante los fariseos (JN. 9, 17).
Existen líderes religiosos y políticos que, cuando presienten que el poder que ejercen empieza a debilitarse, recurren a la práctica de la coerción, con tal de mantener el mismo. Dado que para los fariseos no era tan importante el hecho de verificar el prodigio que hizo Jesús, como lo era en cambio la idea de eliminar al Mesías, tomaron la decisión de interrogar al ciego con respecto a su imagen del Señor, pues estaban dispuestos a extinguir la fe de cada uno de los seguidores del Profeta de Nazaret, sin escatimar los esfuerzos que tuvieran que hacer, con tal de lograr su propósito.
El que había sido ciego, posiblemente, quizás nunca mantuvo contacto con Jesús, pero, el hecho de que le había curado, le hacía creer que el Señor actuaba en base al cumplimiento de la voluntad de Dios. Este pensamiento fue muy problemático para el recién curado, dado que, para sus interlocutores, lo verdaderamente trascendental, no era averiguar la procedencia del poder de Aquel de quien se convirtieron en enemigos jurados, sino eliminarlo como diera lugar.
11. La actuación de quienes se aprovechan de su fe cuando ello les es conveniente (JN. 9, 18-23).
Los fariseos interrogaron a los padres del que había sido ciego, con tal de promover la hipótesis de que aquel hombre nunca había carecido de visión, y de que su ceguera había sido pactada con Jesús, con tal de que el Mesías hubiera podido fingir la realización de un falso prodigio, con tal de poder enriquecerse como sanador. Sorpresivamente, los padres del protagonista del Evangelio que estamos considerando, con tal de no ser expulsados de la sinagoga, -ya que ello significaba la exclusión de su comunidad religiosa, y el hecho de ser discriminados durante toda su vida por sus hermanos de raza-, no se pusieron de parte de su hijo y de Jesús, pero tampoco apoyaron la hipótesis que sus interlocutores deseaban difundir, con tal de que la gente olvidara aquel hecho.
¿Actuamos como lo hicieron los padres del que había sido ciego?
¿Nos acercamos a Dios cuando necesitamos que Nuestro Padre común nos favorezca, y nos olvidamos de Él cuando el hecho de reconocernos cristianos nos va a producir dolores de cabeza?
12. Los fariseos presionaron al que había sido ciego para que no promulgara cómo Jesús le concedió la oportunidad de ver (JN. 9, 24-27).
Dado que los fariseos no consiguieron el apoyo de los padres de su víctima para lograr el objetivo que se propusieron, aprovechándose del hecho de que el que había sido ciego estaba solo ante ellos, tomaron la decisión de obligarlo a reconocer que Jesús era un pecador, y que nunca había sido ciego. Aunque los judíos tenían la creencia de que los pecadores no podían realizar las obras divinas, se aprovecharon de la ignorancia religiosa de la gente sencilla, para promover la idea de que, aunque tuvieran que reconocer el hecho de que Jesús había curado a aquel hombre, era necesario rechazar al Mesías, porque efectuó la citada obra en día de reposo.
El que había sido ciego, cansado de que lo presionaran, se excomulgó a sí mismo como veremos seguidamente, cuando los fariseos consideraron que se mofaba de ellos, cuando les preguntó si querían hacerse discípulos de Jesús.
13. Los fariseos expulsaron de la sinagoga al que había sido ciego (JN. 9, 28-34).
Una vez que la mayoría de los integrantes de las sectas en que se practica la coerción por parte de los líderes de las mismas se integran en sus nuevos sistemas de creencias, son muy reacios a adquirir ideas contrarias a las de sus líderes, porque, al percatarse de que pierden el contacto con todas las personas no relacionadas con su entorno religioso, tienen miedo de no ser capaces de afrontar el aislamiento que deben sufrir. Una vez fue expulsado de la sinagoga el que había sido ciego, éste debió pensar que más le hubiera valido que Jesús se hubiera negado a ofrecerle la oportunidad de ver, pues ello debía serle preferible al hecho de verse como un judío renegado de su fe, lo cual tenía consecuencias muy lamentables.
El protagonista del Evangelio que estamos considerando, debió haberse arrepentido de haber recibido la vista, porque los fariseos lo presionaron para que creyera que estar de parte de ellos equivalía a estar de parte de Dios, y, el error que cometió al aceptar la curación de su vista, era un motivo de pecado, por cuanto en sábado no estaba permitido el hecho de curar a los enfermos. La dimensión del citado pecado hacía que el mismo fuese muy grave, pues el que antes fue ciego no solo fue curado en sábado, sino que, según el punto de vista de los fariseos, fue curado por un pecador. Aunque el que dejó de ser ciego estaba seguro de que la garantía de que Jesús hacía prodigios significaba que Nuestro Señor no podía ser pecador, se vio con un problema que no podía resolver, el cual era el abandono que tuvo que afrontar en cuestión de una cantidad de tiempo muy reducida.
14. El que antes fue ciego aceptó a Jesús como Mesías (JN. 9, 35-38).
Dado que Jesús supo del abandono característico del que antes fue ciego, se hizo el encontradizo con él para consolarlo. En ciertas ocasiones, nuestros intentos de consolar a quienes sufren son vanos, porque no hilamos tan finamente como lo hacía Jesús. El que fue ciego en el pasado, cuando se encontró con Nuestro Señor, lo que menos debió imaginarse, es que, aquel nuevo encuentro con el Mesías, iba a ser su nacimiento a la comunidad cristiana que, aunque nació oficialmente el día de Pentecostés del año en que Jesús murió y resucitó de entre los muertos, vio la luz desde el momento en que Jesús comenzó su Ministerio público. El rechazo de los judíos que tenía por objeto arruinar la psicología del que había sido ciego, fue la puerta de acceso que hizo que el mismo se hiciera cristiano.
Para quienes somos predicadores, puede ser tentador el hecho de enfrentarnos con nuestros hermanos de otras denominaciones cristianas, esgrimiendo muchos versículos bíblicos, con tal de jactarnos de que somos dueños de la verdad absoluta. Si se nos presentan estas oportunidades, lo que debemos hacer, es imitar a Jesús, en su acogida del queantes fue ciego, herido por las malas artes de religiosos avaros que solo pensaban en el bienestar de sí mismos, y permanecer atentos, para atraer a nosotros a quienes son maltratados por los líderes de las religiones y sectas en que los tales militan.
15. Jesús nos insta a que le dejemos librarnos de los efectos de la ceguera espiritual (JN. 9, 39-41).
La justicia de Jesús consiste en que aprendamos a ver con los ojos de la fe, y en cegar a quienes manipulan la verdad divina, adaptándola a la consecución de sus intereses personales. Jesús nos dice que si reconocemos el mal que hemos hecho ante Dios y los hombres seremos absueltos de nuestros pecados, y que, si persistimos en nuestros errores, renunciaremos a la salvación.
Concluyamos este primer estudio bíblico, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos enseñe a adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, pues en ello radica el hecho de que alcancemos la felicidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo III de Cuaresma del ciclo A.
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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