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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.

   ¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?

   ¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?

   En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?

   Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).

joseportilloperez@gmail.com

El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

Dios ama a sus Santos. (Meditación de la primera lectura de la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   1. Dios ama a sus Santos.

   Meditación de AP. 7, 2-4. 9-14.

   El libro del Apocalipsis es el último volumen de la Biblia, y fue escrito en el último lustro del siglo I. Dado que en aquellos años los cristianos eran perseguidos por el Imperio Romano, el citado libro fue redactado en clave simbólica, de manera que pudiera ser entendido por sus lectores, y no por los detractores de los mismos.

   ¿Por qué muchos cristianos prefirieron ser maltratados e incluso asesinados en lugar de renegar de Dios? Los seguidores de Jesús pensaban que eran emigrantes que estaban de paso en este mundo, y que se disponían a vivir en el Reino de Dios, cuya plena instauración aguardaban. Bajo esta perspectiva, el mundo era malo para ellos, porque despreciaba a la Divinidad Suprema, y, los perseguía. Esta introducción se hace necesaria para comprender el texto de la primera lectura que estamos considerando, porque aparece a continuación de que fuera abierto el sexto sello, lo cual provocó que se ejecutara un terrible juicio contra el mundo por causa de los pecados de la humanidad, del que fueron librados los creyentes, que estaban simbolizados, tanto por los ciento cuarenta y cuatro mil marcados en la frente, como por la muchedumbre incontable, que aparecen en el texto que estamos considerando (AP. 6, 12-17).

   Los judíos persiguieron a los cristianos acusándolos de ser herejes. En el tiempo en que se escribió el Apocalipsis, los seguidores de Jesús judíos, habían sido expulsados de las sinagogas, lo cual significaba que eran mal vistos por sus hermanos de raza. Las palabras utilizadas en la consagración de las especies eucarísticas ("este es mi Cuerpo" y "esta es mi Sangre", al no ser creídas, se convirtieron en la excusa perfecta para acusar gravemente a los seguidores del Mesías, de practicar el canibalismo, la celebración del ágape (el banquete con que se iniciaban las celebraciones eucarísticas) y la costumbre de darse el beso de la paz, dieron lugar a acusaciones de inmoralidad sexual, y la literatura apocalíptica, por augurar el triunfo de Dios sobre los enemigos de los cristianos, fue el motivo por el que, los seguidores del Señor, fueron acusados de ser sediciosos.

   Dado que los cristianos tenían la esperanza de que Dios triunfaría sobre sus enemigos, antes de concluir la plena instauración de su Reino en el mundo, veían las persecuciones a que eran sometidos como pruebas que vivían para fortalecer su fe, pues, si las superaban, ello los haría dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando concluyera la plena instauración de su Reino entre sus fieles. Esta es la causa por la que muchos cristianos morían profesando su fe, adorando a Dios, e incluso perdonando a sus asesinos.

   Cuando fue abierto el citado sexto sello, los habitantes de la tierra desearon ser aplastados por los montes, antes que ser juzgados por Dios y Jesús, representados por el Anciano de días y "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (JN. 1, 29). Cuando parecía que nadie tendría salvación, cuatro ángeles detuvieron la acción que tenían que ejecutar los vientos del norte, el sur, el este y el oeste sobre la tierra, hasta que Dios marcara a los miembros de su pueblo, librándolos así, de sucumbir bajo el efecto del castigo, que sufrirían, quienes rechazaran a Dios.

   ¿Hemos vivido alguna situación de enfermedad, pobreza o desprecio en que creímos perderlo todo, y sentimos que Dios nos socorrió un instante antes de que la más cruel derrota nos afectara para siempre?

   De la misma manera que el sello de un libro identifica al mismo y protege su contenido, Dios sella a sus elegidos identificándolos como su propiedad personal (no como inmuebles, sino como hijos amados), y les garantiza a los tales la salvación eterna. Aunque en esta vida no estamos privados de sufrir, si nos mantenemos unidos a Dios mediante el estudio de su Palabra, la práctica de la oración, y el ejercicio constante de la caridad, no habrá nadie ni nada, que pueda impedirnos, vivir en la presencia, de Nuestro Padre común, cuando concluya la plena instauración de su Reino, entre nosotros.

   (EF. 1, 13-14). Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de Dios, así pues, no permitamos que se nos debilite la fe, y vivamos como buenos hijos de Nuestro Santo Padre, para que seamos dignos de vivir en su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.

   En el Apocalipsis se nos habla de dos marcas, la primera de las cuales es el sello con que se marca a los creyentes en Dios en la frente, y, la segunda, es la marca de la bestia, es decir, la pertenencia a la Roma perseguidora de los cristianos. La primera marca separa a los fieles de Dios de quienes reciben la segunda marca, pues los últimos representan a quienes rechazan a Dios, y, por consiguiente, son seguidores del Demonio (el dragón que aparece en AP. 12), por cuanto persiguieron al pueblo de Dios, y propagaron prácticas contrarias al cumplimiento de la voluntad divina.

   Nos es necesario comprender de qué manera podemos sentirnos protegidos al haber sido sellados con el Espíritu Santo. No estamos protegidos del sufrimiento físico ni de ser heridos psíquicamente, pero tenemos asegurada la salvación de nuestra alma, si no nos separamos de Dios. Independientemente de nuestros defectos y caídas, y de lo que nos acontezca, jamás seremos abandonados por Nuestro Santo Padre.

   Ya que la muchedumbre de que se nos habla en el texto que estamos considerando aparece vestida de blanco -lo cual indica su pureza- y con palmas en sus manos -indicando su martirio y posterior glorificación-, unos intérpretes de la Biblia dicen que se compone de los Mártires de la fe, y otros expositores, afirman que se compone de todos los redimidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús. En lo que a nosotros respecta, preocupémonos de permanecerle fieles a Dios, en lugar de pensar en qué grupo de fieles estaremos, pues, ya que todos los hijos de Yahveh tienen la misma dignidad de hijos, lo importante no es el grupo de fieles en que estaremos, sino no dejar jamás de profesar la fe que nos caracteriza.

   Hay quienes quieren ser librados de sus pecados, ora haciendo el bien, ora culpando a otros del mal que han hecho, o meditando la Biblia. La multitud que aparece en el texto que estamos considerando, manifiesta que la salvación es de Dios Padre (el Anciano sentado en el trono) y de Jesucristo (el Cordero divino). En la medida que creamos esta realidad proclamada por la citada muchedumbre, seremos limpios de nuestros pecados.

   Dado que las tribus de Israel fueron doce, y los Apóstoles de Jesús también fueron doce, puede suceder que, los veinticuatro ancianos que aparecen en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, representen a los fieles a Dios del Judaísmo y el Cristianismo. Tales ancianos pueden representar a la humanidad redimida.

   Los cuatro seres vivientes, representan a los cuatro Evangelistas.

   Hay quienes creen que la tribulación mencionada en la primera lectura de hoy hace referencia a los sufrimientos de los cristianos de todos los tiempos, y quienes piensan que hace referencia a un tiempo específico de intensos padecimientos. Tal símbolo fue interpretado certeramente por los primeros lectores del Apocalipsis, pero, quienes vivimos en tiempos posteriores, no podemos hacer más que conjeturas, sin poder interpretarlo con exactitud científica. Independientemente del significado de dicha tribulación, pensemos que Dios acogerá en su presencia a quienes, aunque sufran mucho, no perderán la fe en Él.

   Los miembros de la multitud no se salvaron por causa de sus sufrimientos, sino porque blanquearon sus túnicas con la Sangre del Cordero. No se puede blanquear la ropa con sangre, pero sí se puede quitar el color de la sangre de las almas pecadoras, para que luzcan el blanco radiante, que simboliza la plenitud de la pureza.

   Todos los días nos alegramos celebrando el hecho de que han existido Santos que han servido a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres sin reservas. Hoy no solo nos acordamos de los Santos canonizados por la Iglesia, pues tenemos presentes a todos los cristianos que, a lo largo de los casi dos milenios de existencia de la Iglesia, profesaron su fe admirablemente. Los méritos de tales Santos no fueron reconocidos humanamente porque los mantuvieron en secreto, lo cual nos sirve de ejemplo a seguir, para no luchar para obtener la aprobación de los hombres, sino para servir a Dios en sus hijos, desinteresadamente, sin preocuparnos del premio que vamos a conseguir por ello, porque, Nuestro Santo Padre, no nos desamparará, y recompensa a sus leales siervos.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Jesús es Nuestro Redentor.

   Meditación de AP. 1, 5-8.

   Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.

   Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.

   Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.

   Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.

   Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.

   Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).

   Meditación.

   1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.

   2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.

   En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios.    San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.

   Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.

   ¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?

   Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.

   A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI

   Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos.    Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.

   ¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?

   3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.

   4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.

   Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación.

   1. San Juan Bautista, el Precursor del Mesías, fue encarcelado por causa de su deber de conciencia de recordarle al Tetrarca de Galilea que estaba cometiendo adulterio al tener como esposa a la mujer de su hermano Filipo (MT. 14, 3-5). El hijo de Zacarías sabía perfectamente que el hecho de reprobar la relación de Herodes con su cuñada podía ser muy problemático para él, pero el hijo de Elisabeth antepuso el cumplimiento de la voluntad de 'dios a su deseo de vivir. Juan podría haber evitado que lo encarcelaran y posteriormente le cortaran la cabeza argumentando que si vivía y seguía bautizando a muchos de sus oyentes cumplía la voluntad de Dios, pero, el hecho de obedecer a su fe y dejarse asesinar, causó un gran impacto entre los creyentes, de forma que Jesús sustituyó a Juan como predicador, y el Profeta murió sabiendo que, el sacrificio de su vida, sería, para la gente sencilla de Israel, más fructífero que sus muchos bautismos, porque él sabía perfectamente que Dios no nos pide algo de dinero para los pobres ni unos minutos para asistir a la Eucaristía dominical, sino toda nuestra riqueza material y espiritual, y todo el tiempo de que disponemos para servirlo en nosotros, en nuestros familiares y amigos, y en los que carecen de dones terrenos y celestiales. Juan no se conformó con predicar y renunciar a tener un trabajo y una familia, así pues, como todo el pueblo no se convirtió a Dios al oír sus palabras, quiso arriesgarse a morir, con tal de que aquel hecho tuviera una gran repercusión que aumentara el número de seguidores de Jesús.

   2. Juan era muy humilde. Él sabía muy bien que no tenía ninguna razón por la que considerarse superior a sus contemporáneos en ningún aspecto, así pues, el hijo de Zacarías era consciente de la misión que Dios le encomendó, y de cuál era su posición social. Juan les decía a sus oyentes, las palabras expuestas en LC. 3, 16. Juan no predicaba para ser alabado, sino para cumplir la misión por la que Dios cumplió el sueño de sus padres al concederles la paternidad del Precursor del Mesías. El autor del Apocalipsis nos dice en su Evangelio, las palabras contenidas en JN. 1, 6-8. Más adelante, cuando el Mesías comenzó su misión como predicador, el Bautista dijo de él, las palabras contenidas en JN. 3, 30-33.

   3. A pesar de que la voluntad de Juan parecía inquebrantable, el trato cruel que recibió en la cárcel, y el extraño comienzo que tuvo Jesús con respecto a la forma de comunicarse como Verbo o Palabra de Dios a sus oyentes, probablemente le provocó al citado Profeta una crisis de fe. Él sabía que los Profetas habían hablado muchas veces de la condenación de los pecadores, pero Jesús, a pesar de que según se acercaba el día de su martirio utilizó en algunas ocasiones el estilo del hijo de Elisabeth, sólo pasaba su tiempo hablando de las bondades de Dios, alimentando a los pobres, curando a los enfermos, y consolando a los afligidos. Muchos autores sostienen que la crisis de fe de Juan no existió como tal, sino que fue una excusa que utilizó para hacer que algunos de sus seguidores se adhirieran a los discípulos de Jesús, pues, probablemente, dicho Profeta sabía que sus días en este mundo estaban contados.

   Nosotros, al tener una gran variedad de Mesías a los que aferrarnos, quizá nos hemos cuestionado como pudo hacerlo Juan en su prisión, en los siguientes términos, extraídos de MT. 11, 3).

   Jesús les dijo a los seguidores de Juan, las palabras escritas en MT. 11, 4-5. Las enfermedades mencionadas por Jesús tienen su significado espiritual, así pues, la ceguera se interpreta como la cerrazón de nuestro corazón a aceptar las realidades de Dios al confrontar las mismas con nuestra forma de pensar y actuar, la enfermedad de los cojos nos insta a que caminemos impartiendo la justicia divina porque todos tenemos los mismos deberes y derechos ante Dios, la lepra puede interpretarse como la incomunicación que nos está victimizando en aras de alcanzar una perfección que puede ser calificada como imperfecta porque cada día vivimos más aislados, la enfermedad de los sordos puede interpretarse como nuestro deseo de no escuchar lo que Dios tiene que comunicarnos a través de la Biblia y sus miles de predicadores, y, la resurrección de los muertos, se puede interpretar como el fin de las miserias que azotan a la humanidad, la resolución de todos nuestros problemas. Llama la atención el hecho de que Jesús no les dice a los discípulos de Juan que procurará que no les falten a los pobres los recursos necesarios para vivir, así pues, Él les comunica el Evangelio, se les da como Palabra de Dios hecha hombre, transformada en carne, un término que, al traducirlo de las versiones más antiguas del texto sagrado, se traduce como miseria, porque sabe que ello les bastará para que su fe provea sus necesidades, cuando Dios lo juzgue oportuno.

   4. Por su sacrificio y constancia en el cumplimiento de su deber, Juan Bautista, mereció el siguiente elogio de Jesús, escrito en MT. 11, 11. Juan Bautista es el mayor de los hombres según la óptica de Dios, pero a la vez es el más humilde de los siervos de Yahveh, porque no estimó su vida, ante la posibilidad de llevar a cabo su trabajo de predicador.

   5. A pesar de la diferencia existente entre la forma de predicar del Bautista y de Jesús, al leer los Evangelios, podemos percatarnos de que, mientras el Bautista predicaba en el desierto y sus oyentes tenían que ir a buscarlo para aprender sus enseñanzas, Jesús buscaba a la gente, exceptuando aquellas ocasiones en que tenía que interrumpir la apresurada instrucción espiritual de los futuros Apóstoles, porque la gente lo seguía, así pues, en muchas ocasiones, el Maestro tenía que embarcarse con sus más fieles amigos para que la gente le dejara inculcarle su sabiduría a sus más fieles seguidores.

   6. San Mateo, en el Evangelio de hoy, nos dice que, cuando Jesús supo que el Bautista estaba en la cárcel, se instaló en Cafarnaúm, desestimando la posibilidad de establecerse entre sus vecinos de Nazaret, el pueblo en que vivió durante muchos años junto a María y José. Vivimos en un entorno social en que muchas veces no se comprende la forma de actuar de la gente que, en virtud de su forma de ser, marca la diferencia de alguna forma. Jesús se expresó en los siguientes términos en la Sinagoga de Nazaret: MC. 6, 4). Yo creo que los hombres más íntegros y llenos de fortaleza son tan respetados en su trabajo como en su casa, pero el respeto que podemos recibir de nuestros conocidos no siempre depende de nosotros. Jesús se apartaba de quienes no querían escucharle predicar, pero, al mismo tiempo, se convertía en el más fiel compañero de quienes veían en Él a un predicador, a un Hermano capaz de alimentarles, a un Maestro de espiritualidad, o a un médico capaz de curar sus enfermedades. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de ver a mucha gente capacitada para realizar sus actividades haciendo que se muevan quienes le rodean constantemente.

   7. San Mateo, en el Evangelio correspondiente a este Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos dice que Jesús es la luz que ilumina a quienes están dispuestos a aceptar su doctrina. ¿Recordáis lo que le dijo el Maestro a Pedro durante la última Cena cuando éste no quiso que Jesús le lavara los pies? (JN. 13, 8), así pues, si no aprendemos lo que Jesús nos transmite en sus sermones, si no nos dejamos alimentar por el Señor, y no nos dejamos sanar por el Hijo de María, ¿de qué nos aprovecha fingir que somos discípulos de Jesús? No podemos hacer nada frente a Dios porque somos muy limitados con respecto a nuestro Criador, pero esa es, pues, la causa por la que Él desea ardientemente que nos dejemos redimir acogiendo con humildad y alegría los dones que nos concede por obra y gracia del Espíritu Santo. Abramos los oídos de los sordos, tranquilicemos las mentes inquietas, abramos los ojos de los ciegos, que hablen los mudos, y que salten los cojos, porque está por llegar el exterminio de nuestras miserias, y, por la fe, nuestro Padre y Dios se nos está manifestando, por lo que somos miembros de su Reino, y porque la Providencia divina nos hará superar los estados adversos que vivimos. "Convertíos -nos dice San Mateo en el Evangelio de hoy-, porque ya está cerca el reino de Dios" (MT. 4, 17).

   Isaías nos habla del Reino de Dios: (IS. 35, 2b-4a).

   8. Jesús les dijo a Simón y a Andrés, las palabras expuestas en MT. 4, 19. A pesar de que aquellos pescadores eran pobres, no debemos ignorar el mérito que tuvieron al dejar todo lo que tenían para seguir al Maestro. Jesús no logró la conversión de ellos instantáneamente, así pues, hizo que sus discípulos creyeran en Él a través de muchas de sus vivencias.

   Pedro y Andrés eran pobres, pero no tanto como lo somos nosotros, cuando ni siquiera somos capaces de detener a Cristo que pasa por nuestra vida, de la misma forma que los discípulos de Emaús retuvieron a su Maestro de espiritualidad, sin ni siquiera sospechar que era el Mesías quien les instruía en la interpretación de las Escrituras (LC. 24, 29).

   El caso de Santiago y Juan ilustra perfectamente la forma en que debemos abandonarnos en los brazos de Dios (MT. 4, 22).

   9. Jesús les dijo a Andrés y a Pedro las siguientes palabras, expuestas en MT. 4, 19. Unámonos al Mesías, convirtámonos en pescadores de hombres, y ganemos almas para el Señor, porque "El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca" (MC. 1, 15).

   10. En la segunda lectura de hoy (1 COR. 1, 10-13. 17), San Pablo describe brevemente la forma en que los cristianos de Corinto estaban divididos, de forma que cada cual adaptaba la enseñanza de los predicadores que les enviaba el Señor a sus necesidades. La desunión es uno de los mayores problemas que tenemos los cristianos de hoy, y, por tanto, una de las mayores dificultades que tenemos para aumentar el número de hijos de la Iglesia. A pesar de las divisiones que nos caracterizan, hemos de buscar los puntos doctrinales que nos son comunes, para fomentar nuestra relación fraternal, y para que nuestros desacuerdos no les cierren las puertas de los templos a quienes quieren acercarse a nosotros, para que les demos a conocer el Evangelio (COL. 1, 23).

   11. Los futuros Apóstoles dejaron sus redes para seguir a Jesús. Muchos cristianos dejan sus redes y se convierten en religiosos contemplativos, de forma que se dedican a orar exclusivamente, para apresurar la instauración del Reino de Dios entre los hombres. La gran mayoría de los cristianos tenemos que convertirnos al Señor desde nuestras redes, desde la barca en que vivimos, desde nuestro estado actual, de manera que ninguna cosa sea para nosotros más importante que el Reino de Dios y su justicia, así pues, nuestro Señor nos dice, las palabras expuestas en MT. 6, 33. Jesús no pretende decirnos que hemos de olvidar las metas que deseamos alcanzar, sino que nuestras prioridades han de ser inferiores a la imitación de Cristo que ha de caracterizar nuestra existencia.

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