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Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.

   Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.

   Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).

   Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.

   Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.

   He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.

   Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.

   No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.

   Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.

   Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 11-17.

   3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).

   Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).

   Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.

   3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).

   Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.

   Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.

   La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.

   ¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?

   ¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?

   En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?

   ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?

   ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?

   El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.

   3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).

   Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?

   Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.

   3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).

   Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.

   Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.

   Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.

   3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).

   Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.

   Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.

   3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).

   Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.

   ¿Qué imagen tenemos de Dios?

   ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?

   ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?

   Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.

   ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).

   Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
   2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
   3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
   4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
   5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
   6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
   7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
   8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
   9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?

   3-2.

   10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
   11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
   12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
   13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
   14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
   15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
   16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
   17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
   18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
   19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
   20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
   21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
   22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?

   3-3.

   23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
   24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
   25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
   26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
   27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?

   3-4.

   29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
   30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
   31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
   32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
   33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?

   3-5.

   34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
   35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
   36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?

   3-6.

   37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
   38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
   39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
   40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
   41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
   42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
   43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7.

   44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
   45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.

   ¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?

   Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.

   Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.

   Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.

   Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.

   Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.

   Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?

   ¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?

   Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.

   Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.

   Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.

   Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.

   Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.

   Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.

   Lectura introductoria: MT. 8, 8.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.

   En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.

   Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.

   Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.

   El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.

   Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:

   Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.

   Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.

   Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.

   Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.

   Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.

   Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.

   Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:

   Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.

2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 1-10.

   3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).

   Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.

   3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).

   El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.

   El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.

   3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).

   ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.

   3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).

   A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.

   Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.

   3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).

   Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.

   Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.

   Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.

   3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).

   La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.

   Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
   2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
   3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
   4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
   5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
   6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?

   3-2.

   7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
   8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
   9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
   10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
   11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
   12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
   13. ¿Qué es un prosélito?
   14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
   15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?

   3-3.

   16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
   17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
   18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?

   3-4.

   19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
   20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
   21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
   22. ¿Qué es el tener?
   23. ¿Qué es el ser?
   24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?

   3-5.

   25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
   26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
   27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
   28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
   29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
   30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
   31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
   32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
   33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
   34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?

   3-6.

   35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
   36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
   37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
   39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
   40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
   41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.

   6. Contemplación.

   Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.

   El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?

   El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?

   Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.

   Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Hermano y Señor Jesús:

   Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El amor a los enemigos.

   En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.

   Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.

   Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.

   Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.

   Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.

   He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.

   Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.

   Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.

   (LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.

   Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.

   (LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.

   (LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.

   Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.

   Meditación de LC. 5, 1-11.

   San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.

   Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.

   La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.

   Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.

   Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.

   Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.

   Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.

   Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.

   El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.

   Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.

   A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.

   ¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?

   San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.

   El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.

   Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.

   Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.

   El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.

   Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.

   Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".

   ¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?

   No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.

   De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.

   Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.

   Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.

joseportilloperez@gmail.com

La fe. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La fe.

   Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.

   En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).

   Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.

   Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.

   Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.

   Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.

   Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.

   San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.

   Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.

   San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.

   Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.

   San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.

   Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El  sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?

   (IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.

   ¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?

   ¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?

joseportilloperez@gmail.com

Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   2. Seamos imitadores de la conducta de Nuestro Santo Padre.

   Meditación de 1 JN. 3, 1-3.

   El mérito de los cristianos no radica en las horas que le dedicamos al estudio de la Palabra de Dios, a la práctica de la oración, ni al ejercicio de la caridad, sino en que somos hijos de Dios, porque no obtendremos la salvación que aguardamos por causa de nuestras cualidades humanas, pues lo haremos por causa de la profesión de nuestra fe. El estudio de la Palabra de Dios nos capacita a los cristianos para conocer a Nuestro Santo padre, la práctica de la oración nos vincula más a Nuestro Creador, y, el ejercicio de la caridad, nos hace imitadores de Yahveh, y fortalece las relaciones que mantenemos, con nuestros prójimos los hombres.

   ¿En qué influye en nuestra vida el hecho de saber que Dios es Nuestro Padre?

   ¿Sería diferente nuestra vida si no nos identificáramos como hijos de Dios?

   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma, las siguientes palabras: (ROM. 8, 14-17). Quienes eran adoptados bajo el influjo de la cultura romana, perdían los derechos que les provenían de sus antiguas familias, y ganaban los derechos de sus nuevas familias, como si siempre hubieran formado parte de las mismas. San Pablo se sirvió de la citada realidad, para explicarles a los cristianos de Roma que, al haber sido hechos hijos de Dios, perdieron los derechos anticristianos característicos del mundo, y recibieron, gratuitamente, -y sin merecerlo-, el privilegio de ser hijos de Dios, las responsabilidades consecuentes del citado derecho, y, por consiguiente, la salvación de sus almas.

   Uno de los dones que se nos conceden por ser hijos de Dios, es la guía del Espíritu Santo, que se hace presente en nuestra vida, a fin de ayudarnos, a alcanzar el estado de santidad.
   (GÁL. 4, 4-7). Jesús nació y llevó a cabo la obra de nuestra redención en el tiempo apropiado, para que nadie fuese salvo por sucumbir a la esclavitud de las prescripciones religiosas simbolizadas por la Ley de moisés, pues Dios quiere salvarnos haciéndonos sentir que somos sus hijos, no sus esclavos, pues el cumplimiento obsesivo de los preceptos religiosos, coarta nuestra libertad, e impide que el Espíritu Santo se adapte a nuestras circunstancias, para llevar a cabo la obra de nuestra santificación.

   Como nuestra salvación no depende de la puntualidad y exactitud con que cumplimos los preceptos religiosos, no sentimos que somos esclavos, sino hijos de Dios, de quien hemos recibido sus mayores riquezas, pues hemos sido redimidos por Jesucristo, -lo cual significa que somos receptores del perdón divino apenas lo pedimos-, y, hemos recibido el don de la vida eterna, aunque aún no ha concluido el tiempo de nuestra formación para poder vivirlo y valorarlo.

   La vida de los cristianos tiene un nivel de dificultad que está relacionado con la medida con que nos disponemos a servir a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres. Cuanto más nos entregamos al servicio de Dios, nos sentimos más identificados con Él, pero, al mismo tiempo, podemos convertirnos en el objetivo de quienes rechazan nuestra fe, hasta despreciar a quienes no piensan como ellos.

   Para poder sentirnos privilegiados por Dios, nos es conveniente tener una gran disposición a servir a los hombres.

   Cuanto mayores sean las dificultades que tenemos que afrontar y confrontar por ser cristianos, más se nos fortalecerá la fe.

   ¿Son compatibles las riquezas que recibimos de Dios con nuestra capacidad de servir a los hombres y los sufrimientos que aguardan a muchos de nuestros hermanos en la fe? Si solo pensamos en sentirnos privilegiados por Dios, el amor que sentimos por Nuestro Santo Padre estará relacionado con el egoísmo humano, y estará lejos de equipararse a la misericordia divina.

   Si nos sentimos privilegiados por Dios por tener la dicha de servirlo en nuestros prójimos los hombres que necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, no querremos a Nuestro Santo Padre pensando exclusivamente en ser favorecidos, pues nos esforzaremos en conseguir que toda la humanidad forme parte de una misma familia.

   Si nos sentimos privilegiados por sufrir a causa de la profesión de nuestra fe cristiana, ello nos dispondrá a tener una gran fuerza espiritual, a valorar todo lo que Dios nos concede, y a comprender a quienes son marginados por cualquier causa.

   ¿En qué consisten las tribulaciones que sufren muchos cristianos a causa de la profesión de su fe? Ello depende de las circunstancias históricas en que viven los seguidores de Jesús, entre quienes existen historias de marginalidad familiar y social, privación de bienes temporales, persecuciones, encarcelamientos y muerte.

   Dado que desgraciadamente la mayoría de la gente tiene la costumbre de rechazar lo que desconoce, y vivimos en una etapa histórica en que el Cristianismo no es valorado justamente, por causa de los pecados que muchos creyentes han cometido a lo largo de la historia, y cometen en la actualidad, si no estamos pagando algún precio referente a la incomprensión o la marginalidad social, ello significa que nuestra fe es un mero asentimiento mental a las verdades que decimos que creemos, pero no estamos imitando la conducta de Jesús, sino creyendo lo que nos interesa aceptar de nuestra religión, y evitando profesar nuestra fe públicamente, para no ser víctimas del rechazo social.

   El mundo no conoce a Dios, y tampoco comprende plenamente, lo que significa seguir a Jesús, porque contempla más los pecados de los creyentes que las buenas obras llevadas a cabo por los mismos, y porque necesitamos testigos de la fe, que nos demuestren que es posible vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre. El Cristianismo no es una ideología basada en la vivencia de privaciones materiales, sino una forma de vivir, consistente en utilizar los recursos existentes en el mundo, para eliminar las miserias -en cuanto sea posible en conformidad con los medios disponibles-, que impiden que toda la humanidad, alcance la plenitud de la felicidad.

joseportilloperez@gmail.com

¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   ¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?

   Introducción.

   ¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.

   No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.

   "La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

   Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).

   La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.

   La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.

   Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.

   La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.

   ¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).

   San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.

   El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.

   Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.

   Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.

   A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.

   Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.

   Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.

   1. La inmortalidad del alma.

   Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.

   Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).

   Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.

   Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.

   Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.

   Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.

   (MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.

   2. La intercesión de los Santos.

   Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? "   María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".

   Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:

   ¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?

   ¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?

   ¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?

   Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.

   Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.

   Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).

   Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).

   Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.

   En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.

   (AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.

   Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).

   ¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

   Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).

   Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.

   Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).

   Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.

   San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).

   ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.

   Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).

   Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).

   Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).

   ¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).

   Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:

   (FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.

   (FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.

   ¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).

   ¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).

   Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.

   Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.

   En el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

   No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

   Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.

joseportilloperez@gmail.com