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Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.

    Estimados hermanos y amigos:

   A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.

   Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

   Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?

   De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.

   Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.

   Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.

   Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.

   Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...

   Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.

   Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.

   Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.

   Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.

   Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo.

   Meditación de HB. 4, 14-16.

   El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.

   Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.

   Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.

   Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.

   Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.

   Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.

   Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.

   Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.

   -Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.

   -Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.

   -No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.

   -No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es nuestro ejemplo a imitar. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.

   Meditación de IS. 52, 13-53, 12.

   Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.

   ¿Quién es el Siervo de Yahveh?

   ¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?

   ¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?

   ¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?

   Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.

   (IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.

   (IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.

   El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.

   ¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.

   La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.

   San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).

   Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.

   (IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?

   ¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?

   Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).

   Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.

   ¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?

   (IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.

   Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.

   (IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.

   Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.

   (IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.

   (IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.

   Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.

   Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.

   (IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.

   El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   La sentencia que pronunció Jesús con respecto a la entrada de los ricos en el Reino de Dios, extrañó mucho a los futuros Apóstoles. Los dueños de este mundo son los poderosos, quienes tienen mucho dinero, los grandes conocedores de las ciencias que se han desarrollado por la gracia de Dios y el esfuerzo de las personas que se han entregado al estudio y promoción del conocimiento de las mismas.

   ¿Por qué dijo Jesús que los ricos difícilmente podrían entrar en el Reino de Dios? Antes de contestar esta pregunta, hemos de recordar que en el lenguaje bíblico, el término "rico" designa a las personas que no tienen en cuenta a sus prójimos, los que creen que son superiores a los demás. Este es el caso de los fariseos del tiempo de Jesús, los mismos que le causaron un gran sufrimiento al Señor, aquellos que se esforzaron para impedir la extensión de la Iglesia naciente.

   El Reino de Dios es de los pobres, de las personas que son tan humildes y sencillas como los niños. Los pobres espirituales, independientemente de su bienestar económico y de su estado social, están abiertos a la posibilidad de servir a Nuestro Padre y Dios en sus prójimos.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que nos inculque su sabiduría o sapiencia divina para que podamos entender las dudas con respecto a nuestra existencia que han atormentado a muchos hombres a lo largo de la Historia.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Preparaos para recibir al Rey que viene. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Preparaos para recibir al Rey que viene.

   Vivimos inmersos en una vida rutinaria y estresante que nos impide meditar sobre los valores más trascendentales que atañen a nuestra fe católica. ¿Cómo podremos regocijarnos al pensar en la Parusía de Nuestro Señor si evitamos el recuerdo de la muerte porque consideramos que es muy desagradable para nosotros? Nos cuesta un gran esfuerzo el hecho de creer que nuestra alma es inmortal, es esta la razón por la cual nos aferramos a esta vida como nos aferraríamos a una tabla en el caso de sufrir un naufragio.

   Nuestra fe universal -estimados hermanos-, nos informa de que nuestro cuerpo será restablecido cuando el Señor Jesús venga por segunda vez a habitar en esta tierra para quedarse para siempre entre nosotros.

   San Pablo nos dice con respecto a Jesús: (FLP. 3, 21). Nosotros no podemos definir con exactitud cómo será nuestra existencia en el cielo, no podemos satisfacer la curiosidad que tenemos, de manera que se nos hace necesario el hecho de mirar a Nuestro Padre y Dios a través del espejo de la fe.

   San Pablo nos dice en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 15, 51-52). El término “incorruptibilidad” equivale a la ayuda que Dios les dará a quienes no mueran antes de que acontezca la segunda venida de Jesús para que sean purificados, y a la recomposición de los cuerpos que se hayan convertido en ceniza o estén en estado de descomposición.

   Si estudiamos detenidamente la Biblia para indagar con respecto a nuestra existencia inmortal, lo único que podemos averiguar es que en el mundo liberado del pecado, el dolor y el error, no existirá el mar, según podemos constatar en AP., 21, 1, y que viviremos en eterno estado de contemplación de Dios. Si nos imaginamos contemplando a Dios sin hacer otra cosa por años sin término, sin ánimo de ofender a mis fieles amantes de la tradición eclesiástica, tenemos que reconocer que la inmortalidad será aburridísima.

   Con respecto a lo que será de nuestra vida en el cielo, debemos considerar las palabras del Apóstol (1 COR. 2, 9-10).

   Hasta ahora hemos visto la parte más positiva de este artículo, pero ahora debemos considerar lo que sin duda alguna nos resulta más inaceptable respecto del acontecimiento universal que estamos meditando.

   ¿Nos exige Dios algo para que podamos gozar de la vida eterna en el cielo? Dios no nos exige nada porque respeta la libertad que nos concedió cuando creó el mundo, pero es de bien nacidos el ser agradecidos, por consiguiente, si "tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (JN. 3, 16), lo mínimo que podemos hacer es amar a nuestro Padre celestial en las personas de nuestros prójimos. Dios sabe que, como no podemos verlo, nuestra fe vacila muy a menudo, pero nuestros prójimos están con nosotros, y, aunque Dios no existiera, el hecho de amarlos, nos haría felices, porque, el egoísmo y la soledad, no serían nuestros inseparables compañeros (1 JN. 4, 20).

   Para prepararnos a recibir al Rey que viene, vamos a recordar aquellas obras de misericordia que destacaban como lumbreras en los Catecismos antiguos, y que no han sido recopiladas en la última edición del Catecismo de la Iglesia, porque los autores de la citada obra han considerado que escribir todas las obras de misericordia es tan imposible como lo es también redactar todos los milagros que hizo Jesús en Palestina, según nos lo dice San Juan en su Evangelio en el capítulo 21, versículo 25.

   Como todos recordaréis, las obras de misericordia se catalogaban en dos grupos de 7.

   Las obras de misericordia corporales, son: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos, redimir a los cautivos, y sepultar a los difuntos.

   Las obras de misericordia espirituales, son: Enseñar al que no sabe (suprimo el término "ignorante" de las versiones de los Catecismos más antiguos por considerarlo despótico), dar buen consejo al que lo necesita, corregir a los pecadores, tener paciencia en las tribulaciones, perdonar con gusto las ofensas, consolar a los afligidos, y rezar por los vivos y difuntos.

   ¿Estamos preparados para recibir al Rey que vendrá en el momento que menos lo esperemos?.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).

   En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación  de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.

   ¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).

   Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?

   A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.

   Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).

   Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.

   (MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.

   (JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.

   (MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?

   ¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?

   ¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?

   (MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.

   Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La confesión de Pedro y la institución del Papado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).

   Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?

   Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).

   ¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?

   Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).

   Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.

   Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.

   Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".

   También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".

   Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).

   Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).

   (MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).

   (MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).

   Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).

   Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos? (Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   ¿En qué sentido debemos cumplir los preceptos religiosos?

   Estudio de MC. 7, 1-23.

   Nota: El Evangelio de hoy es MC. 7, 1-8. 14-15. 21-23, pero lo amplío para poder ofrecer una información más completa, que responda al propósito de este trabajo.

   1. Jesús fue espiado por los fariseos.

   Estimados hermanos y amigos:

   Los fariseos fueron una de las facciones en que se dividió el Judaísmo, de la que muchos de sus adeptos persiguieron con gran ahínco a Jesús. Tal escuela de pensamiento mantenía la creencia de que la Ley de Moisés debía ser interpretada de la misma forma que los seguidores de diversas denominaciones cristianas interpretan la Biblia, sin adaptarla a la comprensión actual que se pueda tener de la misma, sino tal cual fue escrita por sus autores. Esto es lo que conocemos como fundamentalismo religioso.

   Los fariseos despreciaban a quienes no seguían literalmente su doctrina. Esta es la razón por la que Jesús fue objeto del odio con que fue perseguido por los fariseos con saña, pues Nuestro Señor, a pesar de que probablemente carecía de estudios, tenía el don de hacerse escuchar por las multitudes, y fundó su propia religión, la cual, si bien procede del Judaísmo, difiere de la citada religión, porque la salvación de los creyentes no es dependiente del hecho de que los tales acaten el cumplimiento de la Ley mosaica, sino de que se adhieran a Nuestro Salvador, tal como recordamos durante los Domingos XVII-XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B, en nuestras meditaciones del sexto capítulo del cuarto Evangelio.

   Recordemos cómo Jesús fue presionado por los fariseos desde que inició su Ministerio, meditando brevemente citas del Evangelio de San Marcos, que hemos considerado en Domingos anteriores en diferentes ediciones de Padre nuestro, las cuales pueden ser leídas en los websytes, blogs y listas de correo en que han sido publicadas.

   (MC. 1, 21-22). Las sinagogas eran los lugares de culto en que los judíos se reunían para considerar las Sagradas Escrituras los días festivos.

   Los escribas se jactaban de conocer de memoria las enseñanzas de sus maestros, los cuales se enorgullecían de haber hecho lo propio con sus instructores legales. Los oyentes de Jesús se admiraron porque, a pesar de que el Hijo de María probablemente carecía de estudios, enseñaba con autoridad, sin hacer referencia a las enseñanzas de los maestros más célebres imitando la forma de proceder de los escribas o intérpretes de la Ley de Moisés y de Israel. Los fariseos debieron ver como un atrevimiento imperdonable el hecho de que Jesús indicara mediante su discurso que las enseñanzas que les transmitía a sus oyentes eran propias.

   Para comprender cómo debieron sentirse los fariseos ante la novedosa forma de predicar de Jesús, debemos pensar cómo procederían los líderes religiosos de las denominaciones cristianas que rechazan el aborto, si se encontraran con que, en sus lugares de culto, se predicara a favor de la interrupción de la vida de los niños no nacidos.

   Jesús, además de sorprender a sus oyentes con su innovadora forma de predicarles la Palabra de Dios, se atrevió a incumplir la Ley de Israel que impedía realizar curaciones los días festivos, librando a un poseso, del espíritu impuro que lo manipulaba a placer (MC. 1, 23-28).

   Jesús curó a un paralítico al que, al perdonarle sus pecados, les dijo abiertamente a sus oyentes que es Dios, lo cual irritó a los fariseos, pues los tales pensaban que, al ser Dios un ser espiritual, no puede tener descendientes, y, ya que consideraban que el nuevo Mesías era pecador, pensaban que merecía la muerte por haber blasfemado, ya que Dios y el pecado no pueden estar vinculados (MC. 2, 1-12).

   Jesús quiso que Mateo el publicano (cobrador de impuestos imperial) fuera su seguidor, a pesar de que los fariseos rechazaban a quienes realizaban ese trabajo (MC. 2, 14).

   Mateo celebró un banquete al que invitó a sus conocidos, para decirles que dejaba su trabajo, y se disponía a seguir a Jesús. Por causa de la visión del oficio que había desempeñado el futuro Apóstol de Jesús que tenían sus hermanos de raza, Mateo estaba relacionado con mucha gente que los fariseos consideraba reprobable, por causa de la conducta que observaba.

   A los ojos de los fariseos, Jesús no solo permitió que Mateo fuera uno de sus seguidores, pues el Señor también se relacionó con los conocidos del antiguo recaudador de impuestos, lo cual les hizo tener un mayor deseo de hacer que Jesús dejara de aumentar el número de sus seguidores, y de que el nuevo predicador fuera abandonado por quienes le seguían en aquel tiempo, para lo cual idearon la forma de ridiculizar al Hijo de María (MC. 2, 15-17).

   Probablemente, al estar acostumbrados a mantener las creencias que los fariseos les impusieron a sus hermanos de raza, los seguidores de Jesús no estaban de acuerdo con el hecho de que el Mesías se relacionara con gente considerada de ínfima reputación. Esta es la causa por la que los discípulos de Jesús, al ser interrogados por los fariseos, quizás debieron haberse sentido avergonzados, y, por consiguiente, tendrían que haber seguido llevando a cabo sus quehaceres ordinarios, desamparando a su Maestro.

   Jesús respondió la pregunta que les fue hecha a sus amigos malintencionadamente para dispersarlos, alegando que no son dignos de Dios los que creen que se merecen ser salvos por el cumplimiento de ninguna prescripción religiosa, pues la salvación de sus seguidores es dependiente del amor con que Nuestro Santo Padre los acoge en su presencia.

   Jesús les ganó una batalla a los fariseos, pero tales enemigos del Señor no pensaban dar por terminada su guerra contra el nuevo Mesías.

   Merece la pena hacer una pausa antes de seguir meditando los textos del Evangelio de San Marcos que nos ayudan a comprender por qué persiguieron los fariseos a Jesús, pues debemos pensar cuales son las razones por las que seguimos a Nuestro Señor, e intentamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Celebramos la Eucaristía porque amamos a Dios y a nuestros hermanos los hombres, o porque queremos ganar el cielo cumpliendo el precepto de asistir a Misa todos los Domingos y días de guardar?

   ¿Creemos que podremos comprar la salvación cumpliendo los Mandamientos de la Ley de Dios tal cual les sucedía a los fariseos con la Ley de Moisés y sus tradiciones, o cumplimos los Mandamientos divinos porque queremos crecer espiritualmente para ser dignos de vivir en la presencia del Señor, no por causa de nuestros méritos que son muy inferiores a los suyos, sino porque Dios nos ama infinitamente?

   ¿Nos merecerá la pena cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios si sabemos que nuestra salvación depende del amor de Nuestro Santo Padre, y no del bien que les hacemos a los hombres?

   ¿Podremos convivir sin problemas los cristianos que creemos que nuestra salvación depende de la fe que le profesamos a Dios, y los cristianos que creen que su salvación depende del hecho de cumplir los Mandamientos divinos, y de acatar las normas morales de las denominaciones religiosas a las que pertenecen?

   Aunque los fariseos no aceptaban la predicación de San Juan el Bautista, se unieron a los seguidores del predicador del Jordán, para recriminarle a Jesús el hecho de que sus discípulos no ayunaban, mientras que los seguidores del Bautista y los fariseos, no dejaban de observar ese rito penitencial, que era muy importante para ellos.

   Aunque Jesús ayunó en el desierto durante los cuarenta días que se prolongaron sus tentaciones, Nuestro Señor no nos dejó ninguna disposición sobre el ayuno para que la sigamos. Dado que en los dos Testamentos en que se divide la Biblia se recomienda y observa la práctica del ayuno, debemos juzgar en qué ocasiones debemos observarla, ora como práctica penitencial, ora como oración de súplica, cuando queramos que Dios nos conceda algo que deseemos ardientemente.

   No está de más recordar que la Iglesia nos manda ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, para que la privación de carne y lácteos nos conciencie de la necesidad que tienen los pobres de nuestra ayuda económica, y para que, quienes no tienen posibilidades de ayudar a los carentes de dádivas espirituales y materiales, compartan su tiempo y lo poco que tienen con quienes les necesitan. La privación de alimentos tiene otra misión muy importante, consistente en que no nos alimentemos de las ideologías que nos alejan de Dios, y nos concienciemos de la necesidad que tenemos de alimentar nuestro espíritu con la Palabra de Nuestro Santo padre, que se contiene en la Biblia.

   Jesús les respondió a quienes lo interrogaron que no quería someter a sus seguidores a la práctica del ayuno, porque tendrían que afrontar muchos padecimientos a medida que los saduceos y los fariseos lo acosaran, cuando lo crucificaran, y cuando, después de resucitar de entre los muertos, aconteciera su Ascensión al cielo, e iniciaran su obra evangelizadora, después de ser fortalecidos por el Espíritu santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   Jesús vino al mundo a constituir una nueva religión, que debía diferenciarse de las prácticas judaicas, sin las cuales la religiosidad carecía de sentido para los fariseos. Los seguidores de Jesús no pueden tener parte de las creencias de los fariseos y parte de las creencias predicadas por Nuestro Salvador, pues deben amoldarse plenamente al cumplimiento de la voluntad del Redentor del mundo (MC. 2, 18-22).

   Dado que los fariseos no encontraban la forma de hacer que Jesús fuera abandonado por sus seguidores, porque la sabiduría del Mesías era superior a la suya, -lo cual se demostraba porque no encontraban contrarréplicas para silenciar al Señor cuando respondía las preguntas que le hacían-, tomaron la decisión de espiar todos los movimientos y palabras del Mesías, con el fin de sorprenderlo incumpliendo algún precepto legal, que justificara su asesinato.

   Los fariseos no estaban por la labor de espiar a todos sus hermanos de raza para sorprenderlos en el más insignificante incumplimiento de sus normas, pero Jesús era una excepción para ellos, como veremos en el siguiente pasaje del Evangelio de San Marcos, en que Nuestro Salvador dijo que, nuestra adhesión a Él, es más importante que el cumplimiento de los preceptos religiosos (MC. 2, 23-28).

   La curación de un enfermo, fue la causa por la que los fariseos y los herodianos, a pesar de estar enemistados, porque los primeros eran nacionalistas, y los segundos partidarios del Rey Herodes, decidieron vincularse, con un objetivo común: la eliminación de Jesús de Nazaret (MC. 3, 1-6).

   Dado que los fariseos tomaron la resolución de asesinar a Jesús, estos vieron cómo sus maestros se esforzaban en hacer que Nuestro Salvador fuera desprestigiado por sus seguidores y los oyentes de sus predicaciones (MC. 3, 20-22).

   No sabemos si los mencionados parientes de Jesús decían que el Señor había perdido el juicio porque no buscó seguidores en su propio clan porque ello significaba que tenía que someterse al cumplimiento de la voluntad de quienes eran mayores que Él, y el Mesías no quería dejarse arrastrar por imposiciones meramente humanas, o si lo hicieron para intentar salvarle la vida, porque sabían cómo lo vigilaban los fariseos estrechamente, y que, si no cambiaba su manera de proceder y su discurso, concluiría sus días lapidado o crucificado.

   Dado que los escribas vieron cómo tales familiares de Jesús acusaban al Señor de haber perdido el juicio, aprovecharon la ocasión para difundir la idea de que el Mesías estaba poseído por el príncipe de los demonios, pues ello lo hacía merecedor de la muerte.

   (MC. 7, 1). Ya que los fariseos se vincularon a los herodianos para buscar la forma de condenar a Jesús a muerte, no solo eran ellos quienes vigilaban a Jesús, pues los escribas también hacían ese trabajo, para asegurarse personalmente de que iban a eliminar a Jesús lo más rápidamente posible.

   2. La Ley de Dios y las tradiciones de los hombres.

   (MC. 7, 2-4). Los fariseos no deben ser considerados como malas personas por cumplir la Ley de Moisés y de Israel. Las prácticas legales ayudaban a los fariseos a conservar su identidad, con tal de no sucumbir bajo las ideologías paganas no aceptas por Yahveh. Con el paso del tiempo, los fariseos equipararon sus tradiciones con la Palabra de Dios, y dado que su identidad de judíos dependía del acatamiento de dichas tradiciones y de la Ley, llegaron a cometer el pecado de marginar a quienes no seguían tales prácticas.

   ¿Discriminamos en las reuniones de culto a las que asistimos a quienes no se adhieren plenamente a nuestras prácticas religiosas?

   A pesar de despreciar a quienes no observaban cabalmente sus prácticas, los fariseos eran conocidos por su religiosidad, pues pretendían agradar a Dios. Evitemos utilizar el hecho de creer que la denominación cristiana a la que pertenecemos es la religión verdadera, para despreciar a quienes no comparten plenamente la ideología que seguimos.

   Nosotros no nos caracterizamos por nuestro comportamiento de cristianos perfectos. Somos humanos, y por ello sucumbimos bajo los efectos de la debilidad y el pecado. Evitemos el deseo de ser como aquellos legalistas que cumplían la Ley para obtener la aceptación divina a cambio de ello, sin tener en cuenta que Dios no nos acoge en su presencia por causa de la perfección con que cumplimos sus Mandamientos, pues lo hace porque nos ama. No cumplamos las prescripciones religiosas de la denominación cristiana a la que pertenecemos intentando ser salvos, pues ello anularía el valor redentor del sacrificio con que Jesús nos ganó la vida eterna. Cumplamos las prescripciones religiosas con tal de agradecerle a dios el bien que nos ha hecho, con la intención de aprender a ser cristianos practicantes, mientras hacemos el bien en favor de quienes podamos ayudar.

   En los capítulos 11-15 del Levítico vemos las leyes rituales de la pureza que debían observar los judíos escrupulosamente. Podéis leer LV. 11, 1-23 y DT. 14, 3-21 para conocer la pureza de los alimentos, LV. 11, 32-36 para conocer la pureza de los hornos y vasijas en que cocinaban y comían, LV. 11, 24-47 para conocer la pureza de los animales, LV. 12 para conocer la purificación de las mujeres después del parto, y LV 13-14, para conocer la purificación de los leprosos que sanaban de su enfermedad, y la purificación de quienes emitían flujos corporales.

   Dado que los fariseos igualaron la importancia de sus tradiciones al nivel que debía observarse la Ley de Moisés, sintieron que tenían la autoridad necesaria para criticar a los discípulos de Jesús, porque comían sin lavarse las manos, a pesar de que la Ley de Moisés solo obligaba a lavarse las manos a los sacerdotes durante sus actos de culto. Los fariseos adoptaron la práctica de comer con las manos lavadas con tal de tener un instintivo que los diferenciara de los no judíos, por quienes sentían desprecio, por causa de las conquistas que Israel sufrió en el pasado.

   Veamos, con la Biblia en la mano, cómo eran los sacerdotes los únicos que estaban obligados a lavarse las manos, durante los actos de culto (ÉX. 30, 18-21).

   Los judíos, -independientemente de que fueran religiosos-, no se lavaban las manos para tenerlas limpias, sino para simbolizar la limpieza del pecado a que aspiraban. Ellos se lavaban las manos en cada ocasión que tocaban a una persona que consideraban inacepta por Dios, o un animal u objeto que consideraban impuro.

   (MC. 7, 5). Los fariseos querían saber por qué Jesús no obligaba a sus discípulos a acatar las tradiciones que ellos observaban desde hacía siglos, pues, según hemos visto en este estudio bíblico, el Señor hizo su seguidor a Mateo el publicano, -quien era considerado impuro por la visión negativa que tenían sus hermanos de raza de su oficio de recaudador de impuestos-, y no reprendió a sus seguidores, por arrancar espigas un día festivo, por considerar que, la adhesión a su Persona, es superior al cumplimiento de las prescripciones religiosas, a pesar de que, el objeto de las mismas, es disponer a los creyentes, a vivir en la presencia de Dios. Veamos, -pues-, lo que San Pablo nos dice de la Ley de Moisés, en el siguiente fragmento, de su Carta a los Romanos: (ROM. 10, 4).

   Si pensamos pasar muchas horas orando y dedicar mucho tiempo a hacer el bien, y no actuamos con la intención de completar nuestra disposición a vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, pues lo hacemos para que la gente piense que somos santos, nada de lo que hagamos nos servirá para agradar a Dios, pues para Él, la intención con que actuamos, es más importante, que las obras que efectuamos.

   (MC. 7, 6-8). ¿Anteponemos la vivencia de alguna ideología a la profesión de la fe cristiana que debe caracterizar nuestra vida de seguidores de Jesús?

   ¿Estamos plenamente seguros de que no anulamos la Palabra de Dios para inspirar nuestra vida en el cumplimiento de palabras de hombres?

   (MC. 7, 9-13). Mientras que Dios quiso que sus seguidores cuidaran a sus antecesores cuando los tales fueran ancianos, el pago de la cuota con que debieran haberlos cuidado a las autoridades religiosas, dispensaba a muchos de ayudar a sus padres incapacitados para ganarse el sustento.

   Tengamos cuidado de no caer en el error de beneficiarnos de la religión sabiendo que la consecución de nuestros intereses contradice el cumplimiento de la voluntad de Dios. Hace pocos días conocí la historia de un líder religioso que aprovechó las técnicas que aprendió para ganar la confianza de la gente para mantener relaciones íntimas con muchas mujeres. Por algo escribió San Juan en su primera Carta: (1 JN. 4, 1). Aunque San Juan escribió el versículo de su primera Carta que estamos considerando para rebatir a los docetas, podemos aplicarlo de la siguiente manera: Los cristianos que no cumplen la voluntad de Dios y pecan deliberadamente, -pues son conscientes de que incumplen la voluntad divina-, pero insisten en que lo hagamos nosotros, no son buenos ejemplos a imitar.

   3. ¿Qué hace impuros a los hombres?

   (MC. 7, 14-23). Al leer LV. 11, vemos los animales que los judíos podían comer, y aquellos de los que debían evitar alimentarse, con tal de no ser considerados impuros. Jesús contrarrestó tal creencia ancestral de sus hermanos de raza, afirmando que nada de lo que comemos puede hacernos pecadores, pero en cambio, el mal que hagamos, puede hacernos indignos, de vivir en la presencia de Nuestro Santo Creador, si no nos arrepentimos de ello, y no adoptamos el compromiso de actuar como fieles hijos de Nuestro Padre celestial.

   Recordemos los siguientes textos de San Pablo: (ROM. 14, 1-6. 1 COR. 8, 1-13).

   Hermanos: Esforcémonos haciendo lo posible para vivir como auténticos seguidores de Cristo. Que las cuestiones opinables no dificulten nuestra convivencia, para que así podamos aplicarnos el siguiente texto de San Pablo: (1 TES. 5, 14).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole al Señor Jesús que nos alimente con su Palabra divina, y que nos llene de su sabiduría, que tan necesaria nos es, para no sucumbir bajo el pecado, para que nunca dejemos de ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.

   Que Jesucristo, -el pan de la vida-, el alimento que necesitamos, siempre esté con nosotros, para que vivamos bajo los impulsos del Espíritu Santo en este mundo, y seamos dignos de ser santificados, para que no dejemos de ser miembros del Reino de Dios. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de Nuestra Señora al cielo.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.

   Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).

   ¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.

   ¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.

   ¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?

   Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.

   Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.

   Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.

   ¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.

   Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).

   Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.

   Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.

   Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.

   Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.

   Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

   Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).

   ¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.

   Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.

   ¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.

   Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.

   Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.

   Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.

   Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

   Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?

   Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.

   ¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).

   Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.

   María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.

   Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).

   Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.

   El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).

   Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).

   Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.

   Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.

   Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:

   "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".

   En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.

   Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.

   De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.

   Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Por qué debemos creer en Jesús? (Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del ciclo A).

   ¿Por qué debemos creer en Jesús?

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).

   Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.

   La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.

   Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).

   Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).

   Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.

   La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.

   Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.

   Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.

   El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?

   Meditación de ROM. 8, 8-11.

   En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.

   Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Hagamos el bien por amor a Dios y a sus hijos. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Miércoles de Ceniza).

  Tiempo de Cuaresma.

   Miércoles de Ceniza de los Ciclos A, B y C.

   Hagamos el bien por amor a dios y a sus hijos.

   Ejercicio de lectio divina de MT. 6, 1-6. 16-18.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Hoy damos por concluida la primera parte del Tiempo Ordinario del presente año, y empezamos a vivir intensamente el tiempo de Cuaresma, el cual va a ser aprovechado, para aumentar nuestra fe en Dios, para acercarnos más a Nuestro Padre común y servirlo en sus hijos los hombres, para aumentar la calidad y la calidez de nuestras relaciones, y para intentar superar algunas de nuestras deficiencias. Obviamente, en un espacio de tiempo de cuarenta días, no podemos hacer todo aquello que nos proponen las lecturas bíblicas del presente periodo litúrgico, pero sí podemos intentar mejorar lo que podamos, en conformidad con nuestras posibilidades de seguir creciendo espiritualmente, pues eso es lo que nos corresponde hacer a los cristianos.

   Iniciemos nuestra oración, pidiéndole a Nuestro Padre común, que purifique nuestras intenciones, pues deseamos aprender a servir a nuestros prójimos los hombres, no para presumir de nuestra supuesta bondad, sino por amor a Dios, y a sus hijos adoptivos.

   Oremos pensando que no queremos hacer el bien para ser recompensados por quienes nos ven, sino por Nuestro Padre celestial. Si practicamos la caridad buscando recompensas humanas, no actuaremos por amor, sino, por egoísmo.

   Dirijámonos a Nuestro Santo Padre en oración desde nuestro interior, y no oremos para que nadie alabe nuestra supuesta bondad.

   No nos sometamos a ninguna privación para presumir de bondadosos. Si, -a modo de ejemplo-, vamos a dar un donativo para que se haga una obra benéfica, actuemos anónimamente, sin buscar el reconocimiento de los hombres.

   Evitemos ayunar y someternos a mortificaciones por cuya vivencia salgamos a la calle malhumorados, buscando ser compadecidos por la gente, o buscando a posibles víctimas, sobre las que descargar nuestra ira.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo, y que santificas a quienes te aceptan como Dios, para que sean dignos de vivir en tu presencia:

   Ayúdanos a comprender que el mayor estado de felicidad al que podemos aspirar, consiste en amar, y en ser amados.

   Ayúdanos a comprender que nuestros ayunos no deben ser privaciones de alimentos que nos mantengan malhumorados, sino privaciones materiales que solventen las carencias de los necesitados de dones espirituales y materiales.

   Hoy queremos aprender a vivir impulsados por tu amor, porque nos damos cuenta de que nuestra necesidad de ser amados, es superior a la necesidad de los bienes que, aunque son efímeros, los hemos convertido en elementos vitales, sin los que nos cuesta vivir, y sentirnos realizados.

   Hoy queremos orar en tu presencia, pero no queremos que nuestra oración sea una práctica espiritual que nos haga olvidar nuestras preocupaciones, sino el inicio de un camino de crecimiento espiritual, que nos conduzca al cielo.

   Ayúdanos a tener el valor necesario para corregir los defectos que nos caracterizan, y para solucionar los problemas que no queremos resolver, porque nos sentimos débiles para ello y nos atemoriza el fracaso, ya que pensamos que somos incapaces de hacer lo debido en tales casos.

   Haznos fuertes para recorrer el camino de la purificación y de la santificación, para que podamos ser felices, viviendo en tu presencia.

   Danos vida en abundancia en el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, para que nos sintamos fuertes para eliminar el veneno que llevamos en el corazón, que nos hace valorar más los bienes materiales que a las personas, nos hace sentirnos inferiores a las posesiones que tenemos, nos hace adeptos de los falsos dioses bajo cuyo amparo nos sitúa nuestro instinto, nos hace ignorar las carencias espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, nos hace ególatras para que obviemos al Dios verdadero, y por ello paradójicamente nos aísla en el mundo de las comunicaciones, a la espera de que fallezcamos, bajo el efecto de la depresión y de los vicios, creyendo que, todo lo que no son placeres momentáneos, solo es una falsa quimera.

2. Leemos atentamente MT. 6, 1-6, 16-18, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.

   3-1. No siempre podremos ser recompensados por Dios y los hombres al mismo tiempo (MT. 6, 1).

   Existen situaciones en que nuestras creencias de cristianos se diferencian de las creencias de quienes carecen de la fe que profesamos. En tales casos, nos es imposible ser recompensados por dios y los hombres al mismo tiempo. En tales situaciones, tenemos que tomar una decisión para ser elogiados por una de las dos partes en conflicto y rechazados por la otra, o vivir al margen de la toma de decisiones para quedar bien con las dos partes, para ninguna de las cuales, podremos ser plenamente confiables. Esta es la causa por la que Jesús nos recuerda que no podemos ser elogiados por Dios y los hombres al mismo tiempo.

   ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   ¿Ignora Nuestro Salvador que, cuando nos creó para que viviéramos en comunidad, Él mismo nos imprimió el deseo de ser amados y reconocidos constantemente?

   Permitidme que os cuente una breve historia, con el fin de responder las dos preguntas que os he planteado.

   Hace bastantes años conocí a un niño que tenía una grave deficiencia visual, pero, a pesar de ello, durante las noches, su visión debilitada, le permitía pasearse en una bicicleta, por las calles de la aldea en que vivía. Una noche en que el citado niño estaba en su casa, aunque su madre ignoraba que había regresado, escuchó que le decía a su abuela: "Yo tengo cuidado de que el niño no tropiece cuando está con la bicicleta, porque, si le sucede algo, todo el mundo hablará mal de mí, criticándome porque lo dejo solo."

   No sé si podréis imaginar lo que sufrió el pobre niño, quien siempre creyó que la madre lo amaba por sí mismo, cuando pensó que ello no era cierto, dado que era cuidado, para evitar habladurías, en el caso de que tuviera un accidente.

   A raíz de la historia que hemos recordado, ¿comprendemos por qué no queremos hacer el bien buscando ser recompensados por los hombres al margen del cumplimiento de la voluntad divina?

   3-2. No seamos imitadores de los hipócritas, sino seguidores de Jesús (MT. 6, 2).

   En el Nuevo Testamento, mientras que se nos dice pocas veces que seamos imitadores de Cristo, se nos insiste mucho en que seamos seguidores de Cristo. Yo tengo la costumbre de animar a mis lectores a imitar a Cristo, a pesar de que sé que, lo que debería hacer, es animar a los tales, a ser seguidores de Cristo. Si les pido a mis lectores que imiten a Cristo, ello sucede porque sé lo que cuesta seguir a Jesús, en un mundo en que nuestra fe, en ciertas circunstancias, no es bien reconocida. Esa es la causa por la que no quiero hacer que ninguno de mis lectores se sienta sobrecargado, con tal de que no renuncie a creer en el Dios Uno y Trino. El mejor consejo que puedo darles a quienes leen mis meditaciones semanales, no es que sean imitadores de Cristo, pues la imitación lleva en sí algo de egoísmo, por cuanto nos estimula a servir al Señor, pensando en nuestro perfeccionamiento, sino que sean seguidores de Cristo, por cuanto, el seguimiento del Señor, nos supone amoldarnos a la manera de pensar y actuar de Nuestro Salvador, es decir, nos supone servir a Dios en sus hijos los hombres, con muchas frustraciones garantizadas, y sin esperar recibir, beneficio alguno, por parte de los hombres, quienes difícilmente nos alabarán, por causa de nuestro progreso espiritual, por muy notable que sea el mismo.

   Los griegos llamaban "hipócritas" a los actores que representaban obras de teatro, porque los mismos fingían ser personajes que no estaban relacionados con su manera de ser. Nosotros también podemos ser hipócritas, si hacemos el bien aparentando ser compasivos, cuando, en realidad, lo que deseamos conseguir, es aparentar una bondad, que no nos caracteriza.

   ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?

   ¿Qué recompensas pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza? Tal recompensa consiste en recoger el fruto de obras vacías de amor, pues, es tanto el afán de guardar las apariencias de los tales que, aunque se les agradezca el bien que hacen, no se sienten amados, porque, en realidad, el amor, es lo que menos les interesa.

   3-3. Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha (MT. 6, 3).

   ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?

   ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?

   ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?

   ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?

   Jesús nos insta a los cristianos a dar pensando en disfrutar de la satisfacción que conlleva hacer el bien. Si alguien premia nuestra buena acción para con él, agradezcámosle el don que nos conceda, o las palabras con que nos elogie, porque tan importante es dar como recibir, pero no demos por egoísmo, sino por amor, a Dios, y a sus hijos.

   3-4. Haz el bien buscando la manera de conseguir que Dios sea reconocido y alabado por causa de la grandeza del amor que manifiestas (MT. 6, 4).

   ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas? Actuemos secretamente, sin esperar recompensas por parte de los hombres, pues, los tales, jamás podrán imaginarse, que estamos beneficiándolos.

   No actuemos buscando la forma de que los hombres nos alaben, sino esforzándonos para que los tales alaben la grandeza del amor de Dios, que, para nuestra satisfacción, se les debe manifestar por nuestro medio. Recordemos que no nos conviene sentirnos privilegiados al ser alabados por una bondad que no nos caracteriza, sino por haber sido elegidos por dios, para representarlo ante sus hijos los hombres, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   No olvidemos que Dios recompensa las obras que hacemos sin esperar ser recompensados por los hombres, y que las recompensas divinas difícilmente serán bienes materiales, a menos que los mismos contribuyan a nuestra purificación, y a nuestra santificación. Recordemos que no deseamos actuar buscando recompensas divinas, porque Dios no recompensa a quienes sirven a sus hijos, no por amor, sino esperando recibir dádivas celestiales.

   3-5. Oremos por amor a Dios, y sin esperar que los hombres nos alaben por una fe, que no tenemos (MT. 6, 5).

   Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?

   Imaginemos los católicos que leeremos esta meditación -la cual llegará a cristianos de diferentes denominaciones-, el siguiente caso: Supongamos que no tenemos la costumbre de arrodillarnos durante la conversión del pan y el vino, en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad, de Nuestro Salvador, pero nos sucede que asistimos a una iglesia, en la que, en el citado momento, todos los asistentes a la misma, se arrodillan. ¿Permaneceríamos en pie en tal situación? En el caso de que nos arrodilláramos, ¿lo haríamos por amor a dios, o por no quedar mal? ¿Nos percatamos de que puede ser más fácil orar para guardar la apariencia que para demostrarle a Dios el amor que sentimos por Él?

   Hay quienes no oran si no siguen un orden litúrgico invariable. Hay quienes oran recitando fórmulas cuyo significado es desconocido para los tales. A Dios no le importa lo que le decimos cuando oramos, ni cómo se lo decimos, ni la postura que adoptamos para decírselo, ni el lugar en que se lo decimos. Para los católicos y evangélicos, los lugares más apropiados para orar, son las iglesias en que le tributan culto a Dios. Para los testigos de Jehová, los mejores lugares para orar, son los llamados salones del Reino, pero, a pesar de ello, todos los cristianos podemos orar, en cualquier lugar en que nos encontremos, y sintamos el deseo o la necesidad, de hablar, con Nuestro Padre celestial, a quien le importa, más que cómo guardamos las apariencias cuando oramos, la intención con que nos dirigimos a Él.

   A Dios, más que importarle el hecho de si nuestras oraciones son públicas o privadas, le interesa sentirse amado por nosotros, cuando nos dirigimos a Él (MT. 6, 6).

   3-6. ¿Con qué intención ayunamos? (MT. 6, 16).

   Dios no tiene necesidad de que ayunemos, pero, a pesar de ello, el ayuno tiene ciertos beneficios para nosotros, pero no tiene sentido abusar del mismo, porque puede perjudicarnos. Tengo muchas lectoras que tienen la costumbre de no desayunar durante muchos días, lo cual hace que las tales pongan en peligro su salud. De la misma manera que la falta de instrucción espiritual dificulta el crecimiento de la fe que nos caracteriza, el cuerpo debe ser debidamente alimentado, para que no contraiga enfermedades.

   Quienes quieran ayunar para dedicarse a la oración, no hacen nada malo, pero deben evitar ayunar prolongadamente, y abusar de esta práctica.

   -El ayuno nos sirve para crecer espiritualmente, pues nos conciencia de que, de la misma forma que tenemos que alimentar nuestros cuerpos, no tenemos por qué descuidar el aumento de nuestra fe.

   -El ayuno nos sirve para disciplinarnos. De la misma forma que necesitamos ser alimentados, queremos estar dispuestos, a cumplir nuestras obligaciones diarias.

   -El ayuno nos ayuda a apreciar los dones espirituales y materiales que Dios nos concede, y nos hace tener la conciencia de que, si nos sobran el dinero y los bienes materiales, podemos reducir el gasto en placeres y bienes efímeros, para ayudar a los pobres, a superar su difícil situación.

   Hagamos donaciones sin que nadie lo sepa para beneficiar a los desposeídos de este mundo, y no actuemos buscando el reconocimiento de los hombres.

   3-7. No pretendas que nadie te tenga lástima (MT. 6, 17-18).

   No convirtamos nuestros ayunos en espectáculos. En este mundo en que se valoran el poder, la riqueza, el prestigio y la eficacia, nadie nos tendrá lástima si salimos a la calle sin peinarnos, sin ducharnos y sin vestirnos adecuadamente. Si ayunamos, realicemos nuestras actividades con normalidad, con tal de actuar en secreto.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18 a nuestras vidas.

   Responde las siguientes preguntas, ayudándote del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué no podemos ser recompensados siempre por dios y los hombres al mismo tiempo?
   2. ¿Por qué en ciertos casos tenemos que optar entre estar de parte de Dios o renunciar a seguir profesando nuestra fe?
   3. ¿Por qué nos dice Jesús que evitemos hacer el bien buscando recompensas humanas tales como la demostración de admiración?

   3-2.

   4. Explica la diferencia existente entre la imitación y el seguimiento de Cristo.
   5. ¿Cómo podemos ser hipócritas aunque insistamos en que con nuestras obras y actos de culto manifestamos la fe que nos caracteriza?
   6. ¿Qué pueden ameritar quienes llevan a cabo buenas acciones, si, los motivos que los mueven a actuar, son malos?
   7. ¿Qué recompensa pueden obtener quienes hacen el bien intentando aparentar una misericordia que no los caracteriza?

   3-3.

   8. ¿Qué significa la frase de Jesús: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”?.
   9. ¿Por qué tenemos la costumbre de dar?
   10. ¿Damos esperando conseguir bienes más valiosos que aquellos de los que nos desprendemos?
   11. ¿Damos esperando recibir bienes que tengan el mismo valor que los que repartimos?
   12. ¿Daríamos sin esperar recibir nada a cambio, o sabiendo que nadie reconocería el valor de nuestras buenas acciones?
   13. ¿Crees que es tan importante dar como recibir? ¿Por qué?

   3-4.

   14. ¿Cómo podemos conseguir estar seguros de que los motivos que nos mueven a hacer el bien no son egoístas?
   15. ¿Cómo puedes conseguir que algunos de tus prójimos vean que Dios se les manifiesta por medio de tus obras caritativas y de las oraciones que le diriges a Nuestro Padre celestial?
   16. ¿Cuál es el mayor privilegio al que queremos aspirar los cristianos en esta tierra?
   17. ¿Cómo podemos representar a Dios ante quienes tienen una fe débil o no creen en Él?

   3-5.

   18. Si a todos nos gusta ser amados por quienes somos para nuestros familiares y amigos, ¿le gustará a dios que nos dirijamos a Él para aparentar que somos buenos cristianos?
   19. ¿Son útiles las oraciones que hacemos recitando fórmulas cuyo significado desconocemos?
   20. ¿Cuál es la postura correcta para orar?
   21. ¿Debemos hablarle a dios con nuestras palabras, o solamente nos conviene hacerlo utilizando fórmulas litúrgicas, dado que las mismas son oraciones más bien hechas que las nuestras?
   22. ¿Qué es lo que Dios requiere de nosotros cuando oramos, para considerar que nuestras oraciones son auténticas?

   3-6.

   23. Si Dios no necesita que ayunemos, ¿por qué se nos insta en la Biblia a recurrir a esa práctica?
   24. ¿Por qué no es conveniente abusar de la práctica del ayuno?
   25. ¿Explica qué relación hay entre los beneficios del ayuno, el crecimiento espiritual, y la alimentación de los cuerpos.
   26. ¿En qué sentido podemos disciplinarnos por medio de la práctica del ayuno?
   27. ¿Qué nos enseña el ayuno con respecto al uso y el abuso del dinero, y la vivencia desordenada de los placeres mundanos?

   3-7.

   28. ¿Por qué nos conviene realizar nuestras actividades ordinarias con plena normalidad cuando ayunemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos  IS. 1, 10-19. 58, 1-14.

   6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 6, 1-6. 16-18.

   Comprometámonos a hacer una obra de caridad durante esta semana, para que la misma nos ayude a comprender el deseo que Dios tiene, de que toda la humanidad, viva como una sola familia de fe.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   7. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Padre Santo:

   Que las prácticas de la oración, el ayuno y la limosna, me ayuden a crecer espiritualmente, y me hagan comprender que si me esfuerzo en predicar el Evangelio y hacer el bien desinteresadamente, cada día serán más, los que te acepten y te amen, como su Dios y Padre.

   8. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 51.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com