Meditación.
Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.
¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?
¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?
En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?
Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.
San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
El amor a los enemigos.
En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.
Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.
Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.
Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.
Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.
He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.
Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.
Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
(LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.
Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.
(LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.
(LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.
Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.
joseportilloperez@gmail.com
El amor a los enemigos.
En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.
Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.
Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.
Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.
Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.
Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.
He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.
Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.
Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.
(LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.
Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.
(LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.
(LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.
Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.
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Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La importancia de la fe. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él. (Meditación de la II lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).
2. Jesús murió para redimir a quienes profesen su fe en Él.
Meditación de 1 PE. 3, 18-22.
(1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.
¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.
(1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.
También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).
Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.
(1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).
Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.
José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 PE. 3, 18-22.
(1 PE. 3, 18). Para comprender el texto de 1 PE. 3, 18, necesitamos leer el versículo 17, donde el autor les indicó a sus lectores, -los cuales fueron víctimas de persecuciones por ser cristianos-, que más vale padecer por haber hecho el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por incumplir la voluntad divina, haciendo el mal. Quienes acepten tales palabras de San Pedro hasta el punto de padecer por profesar su fe, se asemejarán a Jesús, quien murió una sola vez, para salvar a sus creyentes. Según San Pedro, Jesús murió por los pecados de su pueblo, pues Él jamás hizo el mal, por lo que padeció por causa de la maldad ajena. Jesús murió como cualquier hombre, y resucitó con un cuerpo espiritual.
¿En qué sentido quiere Dios que sus hijos padezcan por hacer el bien? al margen de las persecuciones que han caracterizado el Cristianismo, no nos es posible esforzarnos durante todos los años que vivimos para ser mejores personas, sin padecer por ello. Respecto de las persecuciones, Jesús les recomendó a sus seguidores que las evitaran (MT. 10, 23). Ello no habrían de hacerlo renegando de Dios, sino cambiándose de residencia, pero, cuando era difícil abandonar el hogar y las posesiones, y las persecuciones se llevaron a cabo en muchos países, por lo que no era posible profesar la fe y renegar de la misma a un mismo tiempo sin que los creyentes se sintieran traicionados por sí mismos, éstos hubieron de fortalecerse para morir de una manera que consideraron digna, y, con el paso de los siglos, se les convirtió en personajes dignos de venerar. Jesús no quiso que sus creyentes se dejaran asesinar, pero muchos de los tales aprendieron a morir, con tal de no renunciar a su profesión de fe.
(1 PE. 3, 19-20). La predicación de Jesús a los espíritus encarcelados de la que nos habla San Pedro en el texto que estamos considerando, constituye uno de los pasajes más oscuros -y por tanto difíciles de interpretar- del Nuevo Testamento. Tradicionalmente se ha creído que Jesús, durante el tiempo transcurrido entre su muerte y su Resurrección, evangelizó a los creyentes que esperaron ser salvos y fallecieron durante el tiempo del Antiguo Testamento. Dado que en la primera parte de la biblia se narra la historia del pueblo judío, el cual despreciaba a los paganos en tiempos de Jesús por causa de su visión de las conquistas sufridas por parte de naciones extranjeras a lo largo de su historia, aquí no se habla de la salvación -ni de la condenación- de los paganos que vivieron antes que el Mesías predicara el Evangelio e instituyera su Iglesia en la tierra por medio de sus Apóstoles. El texto de MT. 23, 52-53, al indicar que cuando Jesús falleció acontecieron resurrecciones que simbolizaron la resurrección universal que acontecerá al final de los tiempos, apoya esta creencia.
También hay comentaristas bíblicos que afirman que Jesús, durante el tiempo transcurrido durante su muerte y su Resurrección, les predicó el Evangelio a los espíritus de quienes murieron por causa del diluvio universal que aconteció en tiempos de Noé, a pesar de que estaban en el infierno. Esta predicación se les hizo tanto a los hombres como a los ángeles que pecaron contra Dios, según el texto de GN. 6, 4, donde los llamados néfilim por los testigos de Jehová son tales ángeles, los hijos de Dios son los ascendientes de Set, y los hijos de los hombres son los ascendientes de Caín (2 PE. 2, 4).
Dado que es difícil averiguar cuál de las interpretaciones citadas de 1 PE. 3, 19-20 es la más fiable, tengamos por cierto que la Palabra de Dios fue predicada en el pasado y en el presente, y que se les dio a conocer tanto a los muertos como a los vivos.
(1 PE. 3, 21-22). El episodio bíblico de la salvación de Noé y sus familiares del diluvio universal, simboliza el Bautismo de Jesús. Al ser bautizados nos identificamos con Cristo, quien nos vivificó por medio de su Pasión, su muerte y su posterior Resurrección, cuando estábamos perdidos entre nuestras dificultades. No es la ceremonia bautismal la que nos salva, sino la fe en la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. El Bautismo significa la transformación que se lleva a cabo en el corazón de los creyentes, una vez que los tales se adhieren al Señor (ROM. 6, 3-5. GÁL. 3, 27. COL. 2, 12).
Si nos identificamos con Cristo por medio del Bautismo, ni en el caso de que se nos presione por ser cristianos, renunciaremos a profesar nuestra fe. Si nos identificamos con el padecimiento de Cristo y vivimos en una comunidad en la que nos sintamos aceptados, amados y protegidos por el Señor, no cederemos a la tentación de negarnos a vivir según la fe que profesamos.
José Portillo Pérez espera comentarios, críticas constructivas y peticiones, en:
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Dios quiere lo mejor de sus hijos. (Meditación de la I lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.
Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.
Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.
En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.
Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.
Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.
Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos? (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo A.
¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos?
Estimados hermanos y amigos:
Existen denominaciones cristianas cuyos adeptos no comprenden que vivimos en el tiempo del Nuevo Testamento, para las cuales es de vital importancia el cumplimiento de la antigua Ley de Moisés. A pesar de ello, los componentes de otras denominaciones, al entender que ha pasado el tiempo del Antiguo Pacto, consideran que no deben acatar los preceptos de dicha Ley. Con tal de resolver esta cuestión que divide a los cristianos, los católicos, con la Biblia en la mano, haremos con respecto a la Ley de Moisés, aquello que Jesús nos dice referente a la misma.
Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 17).
¿Cuál era la misión de la Ley? San Pablo, nos dice: (ROM. 3, 20).
En la Biblia se nos enseña que la obediencia a Dios nos ayuda a alcanzar la plenitud de la felicidad, así pues, recordemos, -a modo de ejemplo-, el siguiente texto del Génesis: (GN. 2, 16-17).
Cuando Moisés hizo un balance de cómo Dios cuidó a los judíos durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación por el desierto, les dijo: (DT. 8, 5-6).
Cuando en la Biblia se nos habla del temor de Dios, no debemos entender que nos es preciso sentir miedo a la hora de pensar en Nuestro Padre celestial, pues el citado temor es un don del Espíritu Santo, gracias al cual, aprendemos a respetar al Dios Uno y Trino, quien cuida de nosotros porque es Nuestro Padre, y, a través de los preceptos de su Ley, nos enseña a evitar el pecado, y a vivir en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, que consiste en que todos podamos alcanzar la plenitud de la felicidad en su Reino.
(DT. 10, 12-13). Al recordar que gracias a los preceptos de la Ley divina podemos distinguir el bien del mal, nos preguntamos: ¿Qué quiso decir Jesús en MT. 5, 17 (el texto que encabeza esta meditación), al afirmar que vino al mundo a darle a dicha Ley su acabado cumplimiento? Dado que Nuestro Salvador vivió como cualquiera de sus hermanos de raza, Jesús se sometió al cumplimiento de la Ley de Moisés. A pesar de este hecho, Jesús no hizo referencia en el versículo citado a su ejemplaridad en el cumplimiento de los preceptos de dicha Ley, pues hizo referencia a la reforma que hizo de la misma, no invalidándola, sino perfeccionándola. Veamos un ejemplo de la transformación que Jesús llevó a cabo en uno de los preceptos de la Ley de Moisés.
Los judíos podían separarse de sus mujeres si lo deseaban, según la Ley de Moisés, por cualquier causa (DT. 24, 1). Recordemos que Rabbi Aquiba, -que vivió el siglo II después de Cristo-, defendía la creencia de que cualquier hombre podía separarse de su mujer por cualquier cosa, incluso si la misma no era guapa, y, para defender su creencia, recurría a las palabras "si no haya gracia a sus ojos", del versículo bíblico anteriormente citado. Por su parte, el historiador Flavio Josepho, se gloriaba de haberse separado de su mujer, la cual era madre de tres hijos, simplemente, porque no le gustaban sus costumbres.
¿Qué pensaba Jesús del divorcio? (MT. 19, 3-6). Si al principio de la Biblia Dios estableció que no existiera el divorcio, ¿por qué Moisés autorizó a sus hermanos de raza a que se separaran de sus mujeres? (MT. 19, 8).
Si los hebreos podían separarse de sus mujeres por cualquier nimiedad, no ha de extrañarnos las barbaridades que podían hacer con las mismas, si se percataban de que les habían sido infieles (LV. 20, 10).
¿Qué pensaba Jesús que había de hacerse con las mujeres infieles? (MT. 5, 32). En tiempos de Jesús, existían dos formas de pensamiento en Palestina, que interpretaban de diferente manera DT. 24, 1. La tendencia de Sammai, solo les permitía a los hombres que se separaran de sus mujeres, en el caso de que las tales cometieran adulterio. En contraposición a dicha forma de pensamiento, la tendencia de Hillel, era totalmente condescendiente con los hombres, pues les permitía repudiar a sus cónyuges por motivos absurdos.
¿Cómo debemos interpretar las palabras "excepto el caso de fornicación" de MT. 5, 32? San Agustín consideró en su tiempo que nuestro Señor quiso abstenerse de dar su opinión con respecto al divorcio. Por su parte, San Jerónimo, compartió la opinión de la mayoría de los Padres de la Iglesia, referente a que el Señor creía que debía existir la separación "quoad torum", la cual no significa que han de romperse los vínculos matrimoniales, sino que, en caso de tener problemas, los cónyuges son autorizados a vivir separados, hasta que solucionen sus diferencias. Dado que el vocablo arameo "zakut" (fornicación) tenía en la literatura rabínica el sentido de matrimonio ilegal o de concubinato, podemos entender que Jesús no pensara que tales relacioness debían ser consideradas al nivel que habían de respetarse los matrimonios contractuales.
A pesar de las interpretaciones que se pueden hacer de las citadas palabras de MT. 5, 32, la más acertada de las mismas, es la siguiente: La preposición griega (parektus) que comúnmente traducimos por "excepto", también podemos traducirla como "además de". Teniendo en cuenta dicha traducción, no erramos al considerar que Jesús no aprobaba la comisión de adulterio por parte de las mujeres, de la misma forma que hacemos bien al considerar que Nuestro Señor instaba a los hombres a que perdonaran la infidelidad de sus mujeres, haciéndoles pensar que, si las abandonaban, dado que las tales no tenían voz ni voto en Palestina, las inducían a adulterar nuevamente contra ellos, así pues, el Hijo de María se valía del amor propio de quienes no consideraban a sus mujeres como personas con dignidad y derechos, para, al intentar los tales evitar que sus cónyuges adulteraran nuevamente contra sus personas, no dejaran de brindarles la protección que ellas necesitaban, en una sociedad en que eran vistas como esclavas.
Se me puede objetar diciéndoseme que, si Dios es justo, Jesús no parecía ser muy caritativo con las mujeres, pero, en una sociedad en que hasta los intérpretes de la Ley se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle, el pensamiento del carpintero nazareno podía ser visto incorrectamente, tal como debió suceder con el autor de la Carta a los Efesios, cuando en un tiempo en que los padres consideraban a sus hijos como esclabos, escribió: (EF. 6, 4).
San Pedro, siendo consciente de que las mujeres no podían ni siquiera tomar decisiones insignificantes, y de que vivían sometidas tanto a sus maridos como a sus hijos si los tales eran mayores de edad, les escribió a aquellos de sus lectores que estaban casados: (1 PE. 3, 7).
Nuestro Señor, nos sigue diciendo, en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 18). Dado que Dios se sirvió de la Ley para que los creyentes aprendiéramos a distinguir el bien del mal, es importante que cumplamos los preceptos de la misma, -adaptándolos al punto de vista de Jesús-, para que no invalidemos la misión que dicha Ley está destinada a desempeñar. A este respecto, se me puede objetar diciéndoseme que la Ley de Moisés no era perfecta, dado que, entre sus preceptos, existen injusticias, como el apoyo de la esclavitud, que, gracias a Dios, ha sido avolida en muchos países. Nos es necesario recordar que la Biblia fue escrita a lo largo de un periodo histórico que abarcaba muchos siglos, en que las circunstancias que vivían tanto sus autores como el pueblo de Yahveh eran totalmente diferentes unas de otras. Debemos considerar que tanto las leyes del código de Hammurabi como la Ley de Moisés, en su tiempo, al ser comparadas con otras leyes anteriores, debían ser consideradas como grandes avances sociales.
¿Es válida la Ley de Moisés para nosotros? Quienes no tienen esclavos, pero tienen trabajadores a su servicio, al aceptar la reforma de dicha Ley que llevó a cabo Nuestro Señor, -y teniendo en cuenta nuestras leyes cívicas-, saben que no pueden golpear a sus trabajadores, al mismo tiempo que recuerdan que, si bien han de exigirles a los tales que les sean rentables, tienen el deber de respetarlos como personas con dignidad y derechos.
Jesús nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 19). Aunque muchos de nuestros hermanos cometen el error de pensar que Jesús nos ha dispensado a sus creyentes de cumplir la Ley de Moisés, la verdad es que el Mesías, además de exigirnos el cumplimiento cabal de los mandamientos de la misma, ha hecho más difícil que podamos cumplir su voluntad, porque ha endurecido los preceptos de la antigua Ley, porque se nos puede exigir que seamos más bondadosos que los antiguos hebreos ya que nuestras sociedades han evolucionado positivamente, y para que nos quede claro que nuestra salvación no es consecuente del cumplimiento de dicha Ley, pues es la causa del amor con que nos ama el Dios Uno y Trino.
Veamos un ejemplo de cómo Jesús ha endurecido los preceptos de la antigua Ley: (ÉX. 21, 22-25). Si podemos pensar que el sabor de la venganza puede ser muy dulce en determinadas ocasiones, Jesús nos complica la vida, cuando nos dice: (MT. 5, 43-48).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos inspire el deseo de vivir en su presencia, para que no nos sea gravoso el cumplimiento de sus Mandamientos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
¿Nos afectan a los cristianos los mandamientos de la antigua Ley de los hebreos?
Estimados hermanos y amigos:
Existen denominaciones cristianas cuyos adeptos no comprenden que vivimos en el tiempo del Nuevo Testamento, para las cuales es de vital importancia el cumplimiento de la antigua Ley de Moisés. A pesar de ello, los componentes de otras denominaciones, al entender que ha pasado el tiempo del Antiguo Pacto, consideran que no deben acatar los preceptos de dicha Ley. Con tal de resolver esta cuestión que divide a los cristianos, los católicos, con la Biblia en la mano, haremos con respecto a la Ley de Moisés, aquello que Jesús nos dice referente a la misma.
Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 17).
¿Cuál era la misión de la Ley? San Pablo, nos dice: (ROM. 3, 20).
En la Biblia se nos enseña que la obediencia a Dios nos ayuda a alcanzar la plenitud de la felicidad, así pues, recordemos, -a modo de ejemplo-, el siguiente texto del Génesis: (GN. 2, 16-17).
Cuando Moisés hizo un balance de cómo Dios cuidó a los judíos durante los cuarenta años que se prolongó su peregrinación por el desierto, les dijo: (DT. 8, 5-6).
Cuando en la Biblia se nos habla del temor de Dios, no debemos entender que nos es preciso sentir miedo a la hora de pensar en Nuestro Padre celestial, pues el citado temor es un don del Espíritu Santo, gracias al cual, aprendemos a respetar al Dios Uno y Trino, quien cuida de nosotros porque es Nuestro Padre, y, a través de los preceptos de su Ley, nos enseña a evitar el pecado, y a vivir en conformidad con el cumplimiento de su voluntad, que consiste en que todos podamos alcanzar la plenitud de la felicidad en su Reino.
(DT. 10, 12-13). Al recordar que gracias a los preceptos de la Ley divina podemos distinguir el bien del mal, nos preguntamos: ¿Qué quiso decir Jesús en MT. 5, 17 (el texto que encabeza esta meditación), al afirmar que vino al mundo a darle a dicha Ley su acabado cumplimiento? Dado que Nuestro Salvador vivió como cualquiera de sus hermanos de raza, Jesús se sometió al cumplimiento de la Ley de Moisés. A pesar de este hecho, Jesús no hizo referencia en el versículo citado a su ejemplaridad en el cumplimiento de los preceptos de dicha Ley, pues hizo referencia a la reforma que hizo de la misma, no invalidándola, sino perfeccionándola. Veamos un ejemplo de la transformación que Jesús llevó a cabo en uno de los preceptos de la Ley de Moisés.
Los judíos podían separarse de sus mujeres si lo deseaban, según la Ley de Moisés, por cualquier causa (DT. 24, 1). Recordemos que Rabbi Aquiba, -que vivió el siglo II después de Cristo-, defendía la creencia de que cualquier hombre podía separarse de su mujer por cualquier cosa, incluso si la misma no era guapa, y, para defender su creencia, recurría a las palabras "si no haya gracia a sus ojos", del versículo bíblico anteriormente citado. Por su parte, el historiador Flavio Josepho, se gloriaba de haberse separado de su mujer, la cual era madre de tres hijos, simplemente, porque no le gustaban sus costumbres.
¿Qué pensaba Jesús del divorcio? (MT. 19, 3-6). Si al principio de la Biblia Dios estableció que no existiera el divorcio, ¿por qué Moisés autorizó a sus hermanos de raza a que se separaran de sus mujeres? (MT. 19, 8).
Si los hebreos podían separarse de sus mujeres por cualquier nimiedad, no ha de extrañarnos las barbaridades que podían hacer con las mismas, si se percataban de que les habían sido infieles (LV. 20, 10).
¿Qué pensaba Jesús que había de hacerse con las mujeres infieles? (MT. 5, 32). En tiempos de Jesús, existían dos formas de pensamiento en Palestina, que interpretaban de diferente manera DT. 24, 1. La tendencia de Sammai, solo les permitía a los hombres que se separaran de sus mujeres, en el caso de que las tales cometieran adulterio. En contraposición a dicha forma de pensamiento, la tendencia de Hillel, era totalmente condescendiente con los hombres, pues les permitía repudiar a sus cónyuges por motivos absurdos.
¿Cómo debemos interpretar las palabras "excepto el caso de fornicación" de MT. 5, 32? San Agustín consideró en su tiempo que nuestro Señor quiso abstenerse de dar su opinión con respecto al divorcio. Por su parte, San Jerónimo, compartió la opinión de la mayoría de los Padres de la Iglesia, referente a que el Señor creía que debía existir la separación "quoad torum", la cual no significa que han de romperse los vínculos matrimoniales, sino que, en caso de tener problemas, los cónyuges son autorizados a vivir separados, hasta que solucionen sus diferencias. Dado que el vocablo arameo "zakut" (fornicación) tenía en la literatura rabínica el sentido de matrimonio ilegal o de concubinato, podemos entender que Jesús no pensara que tales relacioness debían ser consideradas al nivel que habían de respetarse los matrimonios contractuales.
A pesar de las interpretaciones que se pueden hacer de las citadas palabras de MT. 5, 32, la más acertada de las mismas, es la siguiente: La preposición griega (parektus) que comúnmente traducimos por "excepto", también podemos traducirla como "además de". Teniendo en cuenta dicha traducción, no erramos al considerar que Jesús no aprobaba la comisión de adulterio por parte de las mujeres, de la misma forma que hacemos bien al considerar que Nuestro Señor instaba a los hombres a que perdonaran la infidelidad de sus mujeres, haciéndoles pensar que, si las abandonaban, dado que las tales no tenían voz ni voto en Palestina, las inducían a adulterar nuevamente contra ellos, así pues, el Hijo de María se valía del amor propio de quienes no consideraban a sus mujeres como personas con dignidad y derechos, para, al intentar los tales evitar que sus cónyuges adulteraran nuevamente contra sus personas, no dejaran de brindarles la protección que ellas necesitaban, en una sociedad en que eran vistas como esclavas.
Se me puede objetar diciéndoseme que, si Dios es justo, Jesús no parecía ser muy caritativo con las mujeres, pero, en una sociedad en que hasta los intérpretes de la Ley se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle, el pensamiento del carpintero nazareno podía ser visto incorrectamente, tal como debió suceder con el autor de la Carta a los Efesios, cuando en un tiempo en que los padres consideraban a sus hijos como esclabos, escribió: (EF. 6, 4).
San Pedro, siendo consciente de que las mujeres no podían ni siquiera tomar decisiones insignificantes, y de que vivían sometidas tanto a sus maridos como a sus hijos si los tales eran mayores de edad, les escribió a aquellos de sus lectores que estaban casados: (1 PE. 3, 7).
Nuestro Señor, nos sigue diciendo, en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 18). Dado que Dios se sirvió de la Ley para que los creyentes aprendiéramos a distinguir el bien del mal, es importante que cumplamos los preceptos de la misma, -adaptándolos al punto de vista de Jesús-, para que no invalidemos la misión que dicha Ley está destinada a desempeñar. A este respecto, se me puede objetar diciéndoseme que la Ley de Moisés no era perfecta, dado que, entre sus preceptos, existen injusticias, como el apoyo de la esclavitud, que, gracias a Dios, ha sido avolida en muchos países. Nos es necesario recordar que la Biblia fue escrita a lo largo de un periodo histórico que abarcaba muchos siglos, en que las circunstancias que vivían tanto sus autores como el pueblo de Yahveh eran totalmente diferentes unas de otras. Debemos considerar que tanto las leyes del código de Hammurabi como la Ley de Moisés, en su tiempo, al ser comparadas con otras leyes anteriores, debían ser consideradas como grandes avances sociales.
¿Es válida la Ley de Moisés para nosotros? Quienes no tienen esclavos, pero tienen trabajadores a su servicio, al aceptar la reforma de dicha Ley que llevó a cabo Nuestro Señor, -y teniendo en cuenta nuestras leyes cívicas-, saben que no pueden golpear a sus trabajadores, al mismo tiempo que recuerdan que, si bien han de exigirles a los tales que les sean rentables, tienen el deber de respetarlos como personas con dignidad y derechos.
Jesús nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 5, 19). Aunque muchos de nuestros hermanos cometen el error de pensar que Jesús nos ha dispensado a sus creyentes de cumplir la Ley de Moisés, la verdad es que el Mesías, además de exigirnos el cumplimiento cabal de los mandamientos de la misma, ha hecho más difícil que podamos cumplir su voluntad, porque ha endurecido los preceptos de la antigua Ley, porque se nos puede exigir que seamos más bondadosos que los antiguos hebreos ya que nuestras sociedades han evolucionado positivamente, y para que nos quede claro que nuestra salvación no es consecuente del cumplimiento de dicha Ley, pues es la causa del amor con que nos ama el Dios Uno y Trino.
Veamos un ejemplo de cómo Jesús ha endurecido los preceptos de la antigua Ley: (ÉX. 21, 22-25). Si podemos pensar que el sabor de la venganza puede ser muy dulce en determinadas ocasiones, Jesús nos complica la vida, cuando nos dice: (MT. 5, 43-48).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que nos inspire el deseo de vivir en su presencia, para que no nos sea gravoso el cumplimiento de sus Mandamientos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor. (Meditación del Salmo responsorial de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).
Meditación.
2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.
Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.
Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.
(SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.
Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.
El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.
El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.
(SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.
(SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.
De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.
Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.
Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.
Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.
(SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.
Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.
El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.
El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.
(SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.
(SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.
De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.
Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El origen del mal según la Biblia. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).
Meditación.
1. El origen del mal según la biblia.
Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.
Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.
Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.
Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.
Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.
¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.
Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.
El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.
¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?
1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.
2. Oremos para superar tentaciones.
3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.
4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.
La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.
Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.
Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.
El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.
Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).
Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.
Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. El origen del mal según la biblia.
Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.
Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.
Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.
Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.
Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.
¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.
Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.
El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.
¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?
1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.
2. Oremos para superar tentaciones.
3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.
4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.
La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.
Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.
Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.
El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.
Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).
Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.
Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.
Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.
Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.
Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.
Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.
Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.
Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.
Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.
Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.
Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.
Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:
Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.
Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.
Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.
El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.
Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?
Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.
Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.
Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.
2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 1-11.
3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?
Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.
En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).
Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.
Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.
¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).
Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.
Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.
Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.
3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?
1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.
El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.
2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.
3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.
3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).
Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.
Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.
¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.
3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).
Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.
3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).
Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.
Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.
Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.
Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:
"Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."
Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.
Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.
El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.
No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.
No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.
No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.
Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.
3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).
El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.
Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.
¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.
Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.
3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).
Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.
¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.
¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?
¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.
Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.
3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).
Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quién es el demonio?
2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?
3-2.
28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?
3-3.
35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?
3-4.
41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?
3-5.
48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?
3-6.
62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?
3-7.
69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?
3-8.
73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.
Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?
Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.
¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?
Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?
¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?
Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Oremos para que Dios nos ayude a superar las tentaciones que nos impulsen a no cumplir su voluntad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 4, 1-11.
Lectura introductoria: ST. 1, 13-16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es dejarnos conducir por el Espíritu Santo, tal como el Paráclito llevó a Jesús al desierto, para exponerlo a las tentaciones diabólicas. El Espíritu Santo no nos evita las dificultades características de nuestras vidas, sino que nos empuja a vivirlas para que adquiramos una gran fortaleza. El hecho de superar unas dificultades a veces no significa que se termina el tiempo de nuestras luchas, sino que nos disponemos a resolver problemas aún más graves que los que superamos anteriormente.
Busquemos la paz divina cuando oremos, pero no ignoremos que la paz cristiana no es la total ausencia de conflictos, sino la seguridad de que superaremos grandes dificultades, si no consentimos que se nos debilite -ni se nos extinga- la fe en Dios. La Cuaresma no es el tiempo del cansancio que nos produce la acumulación de sacrificios y de ayunos, pues es el tiempo del combate, el tiempo de contraponer las pérdidas después de aceptarlas a las ganancias, y el tiempo de sumirnos en nuestra debilidad, para descubrir el amor y el poder de Dios, en nuestra vivencia personal del desierto.
Orar es recordar que ningún suceso de nuestras vidas es inútil. El Espíritu Santo expuso a Jesús a las tentaciones de Satanás porque sabía que las iba a superar satisfactoriamente. Oremos para que Dios nos ayude a aprender lecciones a partir de nuestros sucesos vitales cuyo sentido aún no logramos comprender.
Orar es ayunar de aquello que nos impida crecer espiritualmente y ayudar a quienes tienen carencias al mismo tiempo. A este respecto, bueno será que quienes tengan dinero donen una cantidad significativa que no sea simbólica para que no dejen de hacerse obras de caridad en favor de los menesterosos, y que los pobres inviertan su tiempo en hacer el bien, porque todos tenemos algo que hacer en la viña del Señor, y somos válidos para servir a Dios en nuestros prójimos los hombres.
Orar es comprender que la vida no siempre es fácil, y que necesitamos vivir el dolor que nos produce nuestra visión de las situaciones que consideramos adversas, con el fin de poder madurar.
Orar es comprender que las carencias han de ser cubiertas en su justa medida. Es justo alimentar a los pobres cuando los tales no puedan ganarse el sustento, pero no estará de más enseñarles a sembrar, y a producir su propia riqueza. El reparto equitativo de los recursos de la tierra no extinguiría la pobreza del mundo, si los menesterosos no aprendieran a invertir el dinero inteligentemente y a lograr que el dinero trabajara para ellos, en lugar de trabajar ellos para ganar dinero.
Orar es aprender a vivir nuestro cristianismo en silencio, evitando lucirnos ante tanta gente que parece vibrar ante actuaciones sensacionalistas.
Orar es rechazar la intención de probar el amor y la fidelidad de dios para con nosotros, porque sabemos que Nuestro Padre común nos ama, y confiamos plenamente en Él.
Orar es comprender que los cristianos no debemos sobornar a nadie ni evitar profesar nuestra fe a cambio de obtener beneficio alguno.
Orar es tener presente que, así como los ángeles sirvieron a Jesús, Dios buscará la manera de socorrernos cuando tengamos dificultades.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo desde la eternidad:
Aunque te pido que me evites el hecho de ser tentado, Tú llevaste a Jesús al desierto después de que fuera bautizado, para exponerlo a las tentaciones de Satanás. Ello me induce a no pedirte que me evites las tentaciones, sino a pedirte que me ayudes a superar las mismas tal como debe hacerlo un buen hijo de Dios, que es consciente de que su Padre celestial jamás lo abandonará.
Jesús sintió hambre después de ayunar durante cuarenta días con sus respectivas noches. Jesús aprovechó su carencia de alimentos y bienes materiales para llenarse de tu presencia, y a mí me es difícil aceptar los problemas que tengo. Ayúdame a comprender que mis dificultades no son inútiles, porque pueden aportarme enseñanzas que necesito aceptar, para poder ser el cristiano en que pensaste antes de crear el mundo.
Mientras que la vida fácil me puede volver ocioso, las dificultades, las carencias y el aprendizaje vital y de la Palabra de Dios, pueden hacer de mí un gran cristiano, si cuento con tu inspiración, para alcanzar tan loable meta.
El poder, las riquezas y el prestigio tienen su utilidad, pero no quiero olvidar la importancia que tiene la Palabra de Dios.
Tal como les sucedía a los fariseos, los cristianos necesitamos vencer la tentación de aparentar una bondad y una fe que no nos caracterizan. ¿Nos atreveremos a ser nosotros mismos evitando así el miedo a que nos juzgue la gente?
Tú estás dispuesto a ayudarnos, pero nosotros corremos el peligro de pedirte que hagas lo que está en nuestras manos y podemos llevarlo a cabo perfectamente. La quietud es buena para quienes oran, pero el quietismo es una plaga que nos induce a desinteresarnos de nuestras responsabilidades y a no solidarizarnos del padecimiento de la humanidad.
Ayúdame a tener el valor de evitar hacer todo lo que puede impedirme el hecho de cumplir tu voluntad, que consiste en que yo alcance la plenitud de la felicidad.
Si acepto que me ayudes cuando te necesito, ayúdame a comprender que ello debe servirme para ser un buen siervo de Dios.
2. Leemos atentamente MT. 4, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 4, 1-11.
3-1. ¿Por qué necesitamos ser tentados?
Al superar la triple tentación a la que lo sometió el demonio -el ángel que gobierna las fuerzas del mal según la biblia-, Jesús demostró que es el Unigénito de Dios, y que, así como venció a su enemigo, nosotros, amparados en su amor y su poder, también podremos vencer las tentaciones de dejar de cumplir la voluntad divina. Nadie tiene la oportunidad de demostrar si ama sinceramente, si jamás ha tenido razones para odiar. Los matrimonios que conviven durante muchos años saben que las dificultades les sirven para fortalecer y afianzar sus relaciones. El bien y el mal están dentro de nosotros, y sólo depende de nosotros el hecho de que el primero o el segundo gobiernen nuestras vidas. Estamos capacitados para hacer grandes obras de amor, y para cometer los mayores crímenes. Para comprender la grandeza del bien, necesitamos tener la experiencia del mal. Para valorar la luz, necesitamos vivir en tinieblas.
En DT. 8, 2, se nos informa de que Dios condujo a los hebreos al desierto, con el fin de probar si realmente le eran fieles. Lógicamente, Dios sabía lo que iba a suceder de antemano, pero quiso que los miembros de su pueblo se conocieran a sí mismos. Dios no necesita probarnos, pero nosotros necesitamos las tentaciones para conocernos. Dado que seremos tentados cuando menos esperemos que ello suceda, necesitamos formarnos espiritualmente, vivir sirviendo a dios y tener el hábito de orar, con el fin de superar dichas pruebas exitosamente. No sabemos si se nos probará con desavenencias económicas, la pérdida de la salud, el fallecimiento de alguno de nuestros familiares o amigos queridos, o con alguna otra situación que consideremos adversa, pero conviene que no olvidemos que Dios nunca nos desamparará (SAL. 27, 10. 37, 25).
Aunque en MT. 26, 41 se nos induce a entender que somos débiles, si nuestras convicciones son estables, podremos resistir grandes presiones, consecuentes de nuestra visión de las situaciones dolorosas que hayamos de vivir.
Si Jesús hubiera sucumbido a las seducciones de su adversario, no hubiera podido llevar a cabo el propósito con que Dios lo envió a Israel. Nuestra felicidad es una responsabilidad que sólo nos atañe a nosotros. Nadie podrá hacer por nosotros lo que necesitamos hacer para potenciar nuestro crecimiento personal, y, por consiguiente, nuestro desarrollo a nivel social, y nuestra formación espiritual. No olvidemos que Dios ha creado el trigo, el campo y el agua de la lluvia, pero a nosotros nos corresponde sembrar el trigo, y esperar el día de la siega para posteriormente poder hacer el pan que mañana nos comeremos.
¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados? Hemos visto que las tentaciones no son pecaminosas, y que las necesitamos para probarnos a nosotros mismos la fe, el amor y la fortaleza que hemos adquirido, y lo que nos falta para completar nuestro crecimiento. Quienes se sienten sucios cuando son tentados, valoran negativamente sus pensamientos, sus sentimientos y sus acciones, y, cuanto más se castigan, con más fuerza aparecen en sus mentes los pensamientos que desean rechazar. Si queremos que Dios nos ayude a vencer las tentaciones que tenemos, necesitamos esforzarnos para que ello suceda. En JER. 1, 7, vemos cómo Dios le dijo a Jeremías que no se creyera insignificante para cumplir la misión que le encomendó por causa de su juventud. Si creemos que nuestro valor personal es ínfimo, consecuentemente creeremos que somos unos fracasados, y abandonaremos nuestro crecimiento, aunque se lo confiemos a Dios. Recordemos también cómo Isaías sintió miedo de estar en presencia de dios porque se creía pecador, y cómo fue purificado, y deseó ardientemente servir a Yahveh (IS. 6, 5-8).
Las tentaciones no están relacionadas con el pecado, pero si cedemos a las mismas, pecamos porque desobedecemos a Dios. Recordar este hecho nos ayudará a examinar lo que queremos hacer para evitar caer en las tentaciones que pueden inducirnos a descuidar nuestras responsabilidades, a no solidarizarnos de nuestros prójimos los hombres que sufren, y a olvidarnos del cumplimiento de la voluntad divina.
Jesús no fue tentado cuando fue bautizado (MT. 3, 16-17), sino en el desierto, cuando padeció el cansancio, y fue presa del aislamiento y el hambre. Para valorar la fortaleza, necesitamos tener la experiencia de la vulnerabilidad, y, cuando somos débiles, podemos sentir la tentación de abandonar el combate de nuestra superación personal y social. El aislamiento, las carencias, algunas decisiones que tenemos que tomar y las incertidumbres, son estados en que nos sobrevienen las tentaciones, y necesitamos buscar la manera de no ceder a las mismas.
Si somos tentados cuando vivimos situaciones que consideramos adversas, también el hecho de no tener carencias puede inducirnos a prescindir de dios y del amor a nuestros prójimos los hombres, y la soberbia puede tentarnos a sentirnos superiores a los demás. Recordemos que el narcisismo es tener baja la autoestima.
3-2. ¿Cómo tentó el demonio a Jesús?
1. Satanás intentó conseguir que Jesús dejara de cumplir la voluntad de Dios (MT. 4, 3). El hecho de alimentarse no era pecaminoso para el Señor, pero sí lo era la posibilidad de desviarse de su camino. No es contraproducente el hecho de que muchos padres deseen que sus hijos tengan todo lo que a ellos les faltó cuando sus progenitores tenían pocos recursos, pero, si sus descendientes no aprenden a valorar lo que tienen, no disfrutarán de sus posesiones, y su deseo de ser más y tener más, será insaciable.
El verdadero camino para un cristiano consiste en aplicar la Palabra de Dios a su vida y depender de su Padre celestial en todas sus circunstancias vitales.
2. La segunda tentación contenida en el Evangelio de San Mateo, consistió en lograr que Jesús pusiera a prueba la fidelidad de Dios a la hora de cumplir su Palabra, intentando que los ángeles lo protegieran al arrojarse desde el pináculo del Templo de la ciudad santa (MT. 4, 6). Satanás fue astuto al citar el texto del SAL. 91, 11-12, pues omitió la frase relativa a que los ángeles guardarían al Mesías en todos sus caminos. La tentación consistía en que Jesús se desvinculara del Padre y del Espíritu Santo, y se constituyera en divinidad independiente.
3. Ya que Jesús no quiso rechazar a Nuestro Padre común ni constituirse en divinidad distinta, Satanás le ofreció convertirse en su dios por un instante, a cambio de hacerlo rey de la humanidad (MT. 4, 8-9). Esta tentación es muy sutil, porque supone adquirir poder, riquezas y prestigio, pero también supone el sacrificio de sí mismo. La tentación política es muy frustrante cuando las promesas de que se es objeto no se cumplen, y hace un daño irreparable. Dios nos ha creado para que seamos sociables, y por eso se genera mucho sufrimiento cuando alguien intenta crecer aplastando a los más débiles, y cuando muchos lo sacrifican todo, a cambio de terminar tirados en la cuneta. La tentación política nos dispone a tenerlo todo o a perderlo todo en la vida, y por eso es un juego muy peligroso, en el que difícilmente no se genera sufrimiento inútil.
3-3. Jesús se dejó llevar por el Espíritu Santo al desierto (MT. 4, 1).
Cuando Jesús fue bautizado, se abrió el cielo manifestándose el espíritu profético que permaneció en silencio durante cuatro siglos, el Espíritu Santo ungió a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey, y la voz del Padre reconoció al Señor públicamente como su Hijo amado, en quien se complace (MT. 3, 16-17). Después de ser bautizado, Jesús fue impulsado por el Espíritu Santo al desierto, para que el demonio probara su integridad.
Después de demostrar que Yahveh es el Dios de Israel (I RE. 18, 20-40), Elías debería haber sido tratado como un gran Profeta del Altísimo, pero se encontró con que su integridad fue puesta a prueba durante cuarenta días, porque la reina Jezabel quiso quitarle la vida, por haber mandado asesinar a sus 450 profetas (I RE. 19, 1-14). En su peregrinación a través del desierto, Elías descubrió que Dios le ayudó a vencer sus dificultades.
¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial? Difícil sería creer en Dios y amarlo si los creyentes persiguiéramos la plenitud del poder, las riquezas y el prestigio. Toda la humanidad podría unirse a dios, pero no amaríamos a Dios, ni a nuestros prójimos los hombres.
Seamos seguidores de Jesús cuando nos sonría la vida, y cuando el dolor nos ayude a ser purificados y santificados.
3-4. La vulnerabilidad de Jesús (MT. 4, 2).
Jesús no actuaba como quienes se sienten superiores a quienes les rodean. Esta fue la razón por la que el demonio no le tentó cuando fue bautizado, pero le expuso a la soledad, a la sed, al calor y al hambre, para probar su integridad. Dado que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto, parece ser que se puso de acuerdo con el tentador para probar al Señor, pero eso no tiene sentido, dado que la vivencia del Señor en el desierto desde el punto de vista humano es irreal, porque nadie puede pasar cuarenta días sin comer, y porque no existe ningún monte desde el que se vea todo el país de Israel. Cuando no se podía justificar la existencia de la adversidad desde el punto de vista científico, muchos culparon a los dioses de la existencia del mal, y los judíos y los cristianos intentaron buscarle alguna utilidad a lo que consideraban que era el mal, para no acusar a su Creador de ser pecador y de que no se interesaba por ellos (1 Pé. 3, 5-7). Las tentaciones de Jesús en el desierto son un resumen del Ministerio público del Hijo de Dios y María, pues el Mesías debió tener la tentación de facilitarles la existencia a sus seguidores para ganárselos de la misma manera que los colonizadores se ganaron a los saduceos concediéndoles beneficios a cambio de que les ayudaran a someterse a los rebeldes, quizás pensó en llevar a cabo un gran prodigio para ganarse la admiración de sus hermanos de raza, y quizás pudo pensar en venderle su alma al tentador, a cambio de obtener el poder necesario para llevar a cabo su obra de exterminio de la miseria, las riquezas necesarias para exterminar la pobreza, y el prestigio indispensable para que todo el pueblo le siguiera. El exterminio de la pobreza no consiste en empobrecer a los actuales ricos para enriquecer a los que tienen carencias económicas.
3-5. La primera tentación (MT. 4, 3-4).
Tener hambre no es un pecado, pero no todas las maneras de conseguir alimentos son lícitas. Jesús no quiso utilizar su poder en su beneficio, sino en favor de aquellos en cuyo beneficio llevó a cabo prodigios. Si el Señor quería experimentar su humanidad plenamente, tenía que hacer el sacrificio de rehusar al ejercicio de su poder.
Nuestros deseos deben satisfacerse correctamente y cuando sea oportuno.
Jesús fue capaz de superar las tentaciones porque conocía la Palabra de Dios y la obedecía. En EF. 6, 17, se nos dice que la Palabra de dios es la espada del Espíritu Santo, y en HEB. 4, 12, también se nos habla de la Palabra de Dios, diciéndosenos que es una espada de doble filo. Así como el bien y el mal habitan en nosotros, podemos usar la Palabra de Dios para hacer el bien, y para incumplir la voluntad divina. El hecho de sabernos y aplicarnos versículos bíblicos puede ayudarnos a ser los hijos en que Dios está pensando desde la eternidad.
Jesús tenía hambre, y el hecho de alimentarse no es pecaminoso. La mayor parte de la humanidad tiene carencias que tendrían que ser solventadas urgentemente, y sabemos que hacer el bien no es pecar. Jesús tenía el poder para evitarnos las carencias que caracterizan nuestras vidas, pero, ¿en qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas? Recuerdo a una señora que me contó la siguiente historia:
"Eduqué a mi hija de manera que no le faltó nada, pero, desde que llegó a la adolescencia, es muy vaga. No quiere hacer trabajos humildes y sólo vive a expensas de sus amantes. Esa manera de ser de mi hija perjudicará mucho a mi nieto de siete años."
Sería positivo el hecho de curar las enfermedades graves y no es pecaminoso el hecho de alimentar a los pobres cuando no pueden conseguir sustentarse por sí mismos, pero hay problemas que tenemos que resolver por nuestros propios medios, con el fin de crecer, aprendiendo a valorar quiénes somos, y lo que hemos conseguido.
Cuando San Juan Bautista mandó a algunos de sus discípulos a que interrogaran a Jesús respecto de su mesianismo desde la cárcel, el Señor no le dijo que su prioridad era alimentar a los pobres, sino anunciarles el Evangelio a los menesterosos (MT. 11, 5). Esta conducta de Jesús parece ilógica e inhumana si pensamos en quienes mueren sin que nadie los socorra, pero es necesario que los pobres aprendan a trabajar por sí mismos, a crear sus propias fuentes de riqueza, y que contribuyan al sostenimiento de las sociedades que han de ampararlos.
El materialismo no es pecaminoso, pero el hecho de tener demasiadas posesiones puede inducirnos a no esforzarnos para madurar ni para ayudar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales.
No sólo de pan vive el hombre. Necesitamos alimentarnos física y espiritualmente, y relacionarnos con quienes nos rodean.
No sólo de riquezas vive el hombre. La mayor riqueza es el amor que se da y recibe. Si hay pobres que mueren de hambre, hay ricos que sufren porque viven aislados.
No sólo de prestigio vive el hombre. Hay quienes intentan ocultar su soledad fingiendo que son muy conocidos y queridos por gente famosa.
Jesús no nos dice que podemos vivir de algunas palabras de dios, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. No aceptemos solamente lo que nos gusta de nuestra fe, sino toda la Palabra de Dios en su conjunto.
3-6. La segunda tentación (MT. 4, 5-7).
El Templo de Jerusalén era el centro religioso-político de Israel en que se esperaba que apareciera el Mesías milagrosamente, según se deduce del texto de MAL. 3, 1. Satanás subió al Señor a una pared desde la que veía varios kilómetros de tierra, y lo tentó con el hecho de hacerlo poderoso, a cambio de que diera un espectáculo.
Se nos tienta mucho para que compremos determinados productos, haciéndosenos creer que por tener los mismos seremos personas ideales. Una persona madura jamás se enamorará de nadie que use un determinado perfume, pero en el campo de la publicidad casi cualquier juego es válido para aumentar las ventas, y es un deber nuestro no ser incautos.
¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
Dios quiere que vivamos por fe, no porque vemos milagros. Dios no se deja manipular por nadie, y, si lo aceptamos como Padre, creeremos en Él. Además, si Dios no nos prueba, tampoco es justo que lo probemos nosotros.
Recuerdo un programa de televisión en que los presentadores intentaron sorprender a un pederasta intentando abusar de una joven periodista que se hizo pasar por una adolescente. El pederasta tentaba a su víctima con ropa que ella no podía comprar con el dinero que supuestamente le daban sus padres. En la vida todo lo que intentamos conseguir tiene un precio, pero necesitamos pensar si lo que vamos a sacrificar es más valioso que lo que deseamos conseguir, aunque en un principio no lo parezca.
3-7. La tercera tentación (MT. 4, 8-10).
Por causa de la crisis económica que nos afecta a los españoles, muchas veces vemos productos a la venta con descuentos superiores al cincuenta por ciento de su precio inicial, y yo me pregunto: ¿Se están vendiendo los mismos productos que se vendían antes de rebajar su precio, o serán otros similares y de peor calidad? Con no poca razón, en mi pueblo dicen que nadie cambia un duro por cuatro pesetas. Muchos hombres quieren conseguir poder, riquezas y prestigio de cualquier manera, y son insaciables. Los pobres sufren porque no tienen dinero, y los ricos, ni aunque tengan miles de millones de dólares, no pueden evitar el miedo a perderlo todo, pero ese miedo no impide que muchos adinerados no reduzcan sus gastos, para evitar la experiencia de la pobreza. La codicia es muy mala consejera. Necesitamos aprender a amarnos tal como somos, a superarnos y a valorar adecuadamente lo que tenemos.
¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
Dado que en la Biblia las relaciones matrimoniales simbolizan nuestra relación con Dios, cuando el pueblo de Israel desobedecía a Yahveh, se decía que adulteraba contra Dios.
¿Conocemos casos de gente que se ha prostituido para conseguir trabajo? ¿Se ha prostituido esa gente por necesidad, o por la comodidad de no buscar otro trabajo y de ganar una buena suma de dinero en poco tiempo?
¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio? Si tenemos fe, nuestro poder es el de Dios, quien es nuestra riqueza. Respecto de nuestro prestigio, será bueno ante el Señor, si hacemos el bien.
Satanás no tenía el control sobre el mundo según le dijo a Jesús, pero fingía que lo tenía. Si intentamos contratar los servicios de un profesional que presume mucho de sus logros, mejor será para nosotros rehusar nuestra pretensión, porque dicho personaje nos está engañando. Quien conoce su profesión no tiene tiempo para presumir, porque actúa durante su tiempo de trabajo como sabe que debe hacerlo.
3-8. Jesús fue servido por los ángeles después de ser tentado (MT. 4, 11).
Dado que el demonio no pudo hacer pecar a Jesús, lo dejó, quedando a la espera de que el Señor se encontrara vulnerable, para seguir tentándolo. Unos ángeles sirvieron a Jesús, pues, después de hacer un ayuno tan largo, y de haber reflexionado sobre el estado de una gran parte de la humanidad, el Señor debió sentirse muy débil. Si los ángeles son servidores de quienes serán salvos (HEB. 1, 14), ¿cómo no iban a servir a Jesús, quien es el autor de nuestra salvación?
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en MT. 4, 11-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quién es el demonio?
2. ¿Qué demostró Jesús cuando superó la triple tentación a la que lo sometió el demonio?
3. ¿En qué sentido podremos superar las tentaciones que nos caracterizan porque Jesús venció al tentador?
4. ¿En qué sentido habitan el bien y el mal en nuestro interior?
5. ¿En qué sentido nos sirven las dificultades características de nuestras vidas para crecer?
6. ¿De qué depende el hecho de que el bien o el mal gobiernen nuestras vidas?
7. ¿Por qué necesitamos tener la experiencia del mal para comprender la grandeza del bien?
8. ¿Por qué no necesita Dios someternos a prueba?
9. ¿En qué sentido necesitamos ser tentados?
10. ¿Para qué necesitamos conocer la Palabra de Dios, aplicarla a nuestras vidas de fe y orar frecuentemente?
11. ¿De qué maneras podemos ser probados?
12. ¿Qué aprenderemos de las tentaciones a las que no hemos de ceder?
13. ¿Qué aprenderemos de la vivencia de nuestras dificultades?
14. ¿Cómo podremos resistir fuertes presiones si somos débiles?
15. ¿Qué hubiera sucedido si Jesús se hubiera dejado seducir por el diablo?
16. ¿Es cierto que nuestra felicidad es plenamente dependiente de nosotros y que sólo nosotros podemos conquistarla? ¿Por qué?
17. ¿Por qué tenemos hermanos que se sienten sucios cuando son tentados?
18. ¿Por qué es real el texto de ROM. 7, 15?
19. ¿Qué tenemos que hacer para que Dios nos ayude a vencer tentaciones?
20. ¿Por qué no podremos vencer tentaciones ni con la ayuda de Dios si no nos amamos?
21. Explica la transformación que se llevó a cabo en Isaías, según el texto de IS. 6, 5-8.
22. Si las tentaciones no están relacionadas con el pecado, ¿por qué pecamos cuando cedemos a las mismas?
23. ¿Qué consecuencias tiene tanto para nosotros como para nuestros prójimos los hombres el hecho de que nos dejemos seducir por el diablo?
24. ¿Qué puede sucedernos cuando somos débiles?
25. ¿En qué estados nos tienta el demonio? ¿Por qué?
26. ¿Por qué puede hacernos caer en la soberbia el hecho de no tener carencias?
27. ¿En qué sentido son sinónimos el desprecio de sí mismo y el narcisismo?
3-2.
28. ¿Por qué no cedió Jesús a la tentación de convertir unas piedras en pan para saciar su hambre?
29. ¿Qué les sucede a los niños y adultos que no aprenden a valorar lo que tienen?
30. ¿En qué consiste el verdadero camino para los cristianos?
31. ¿En qué consistió la segunda tentación a la que el diablo sometió a Jesús?
32. ¿Qué le ofreció Satanás a Jesús para que lo adorara?
33. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de la tentación política?
34. ¿En qué sentido es la tentación política un juego muy peligroso?
3-3.
35. ¿Qué ocurrió Cuando San Juan Bautista bautizó a Jesús?
36. ¿Para qué impulsó el Espíritu Santo a Jesús al desierto?
37. ¿Por qué no le evitó Dios a Elías el sufrimiento, teniendo en cuenta que demostró que Él es el único Dios verdadero?
38. ¿Qué descubrió Elías en su peregrinación a través del desierto?
39. ¿Por qué no distingue Dios a sus siervos del mundo tratándolos de una manera especial?
40. ¿Nos parecemos a Elías en que hemos descubierto que Dios está con nosotros en nuestras dificultades, o las mismas nos demuestran que no existe o que no le interesamos?
3-4.
41. ¿Por qué no tentó el demonio a Jesús cuando fue bautizado?
42. ¿Por qué expuso el demonio a Jesús al calor, la soledad y el hambre?
43. ¿Por qué es irreal el episodio de las tentaciones de Jesús tal como se narra en los Evangelios, y concebimos el mismo como un resumen del Ministerio público de Jesús?
44. ¿De qué maneras hemos justificado los judíos y los cristianos la existencia de la adversidad? ¿Con qué propósitos lo hemos hecho?
45. ¿De qué maneras pudo tener Jesús tentaciones de ganarse a sus seguidores?
46. ¿Qué hubiera conseguido Jesús si hubiera adorado a Satanás?
47. ¿Por qué no consiste el exterminio de la pobreza exclusivamente en hacer que los ricos sean solidarios?
3-5.
48. Nuestros deseos pueden ser lícitos, pero no todas las maneras de realizarlos son legales. Pon ejemplos de ello.
49. ¿Por qué Jesús no se benefició del uso de su poder?
50. ¿Por qué pudo Jesús superar las tentaciones diabólicas?
51. ¿En qué sentido es la Palabra de Dios la espada de doble filo del Espíritu Santo?
52. ¿Por qué podemos usar la Palabra de dios para hacer el bien y para incumplir la voluntad divina?
53. ¿Para qué nos es útil el hecho de saber versículos bíblicos y aplicárnoslos?
54. ¿En qué sentido es conveniente que se nos resuelvan los problemas?
55. ¿Por qué el hecho de resolvernos nuestros problemas es la única manera que tenemos de conocernos a nosotros mismos y de valorar lo que hemos conseguido?
56. ¿Por qué era para Jesús más importante la evangelización de los pobres que el hecho de sustentar a los mismos?
57. ¿Qué puede sucedernos si tenemos muchas posesiones?
58. ¿En qué aspectos necesitamos potenciar nuestro desarrollo?
59. ¿Cuál es la mayor riqueza?
60. ¿En qué consiste la pobreza de muchos ricos?
61. ¿Aceptamos toda la Palabra de dios en su conjunto?
3-6.
62. ¿Por qué esperaban muchos judíos que apareciera milagrosamente el Mesías en el Templo de Jerusalén?
63. ¿Son lícitas todas las prácticas marketinianas para los cristianos? ¿Por qué?
64. ¿Por qué tenemos el deber de no ser incautos?
65. ¿Qué somos capaces de hacer para tener una mejor posición social?
66. ¿A quiénes nos atrevemos a sacrificar para tener más poder, riquezas y prestigio?
67. ¿Por qué quiere Dios que vivamos por fe?
68. ¿Por qué no es justo el hecho de que sometamos a Dios a prueba?
3-7.
69. ¿Por qué no nos conviene ser codiciosos?
70. ¿Por qué necesitamos amarnos tal como somos, superarnos y valorar adecuadamente lo que tenemos?
71. ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para mejorar nuestra posición social, y qué consecuencias tendrá ello para nosotros a corto, medio y largo plazo?
72. ¿Qué será de nosotros si no tenemos poder, riquezas ni prestigio?
3-8.
73. ¿Por qué debió Jesús sentirse muy débil?
74. ¿Por qué fue servido Jesús por ángeles?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos 1 PE. 4, 7-11, para recordar resumidamente, cuál ha de ser el comportamiento de los cristianos, según la predicación del primer Pontícife de la Iglesia Católica.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús dejándose llevar por el Espíritu Santo al desierto, y observémonos nosotros, pidiendo en oración que se nos eviten las tentaciones y el sufrimiento.
Jesús estuvo cuarenta días con sus respectivas noches orando, meditando y ayunando. ¿Cuánto tiempo le dedicamos al servicio de Dios en sus hijos los hombres?
Mientras que Jesús no quiso convertir piedras en panes para comer, nosotros no dejamos de pedirle a dios que nos facilite la vida. Es más fácil creer que el Espíritu Santo nos inspira nuestras palabras y obras, que actuar intentando no pecar. No evitemos hacer el bien amparándonos en la excusa de que dios es el que nos indica todo lo que tenemos que decir y hacer por medio del Espíritu Santo.
¿Realmente vivimos los cristianos de la aplicación de la Palabra de Dios a nuestras vidas?
Los líderes católicos organizan actos multitudinarios, para hacernos comprender a los creyentes de base que no estamos solos. ¿Sirven esos eventos para aumentar el número de hijos de dios y para que los cristianos de siempre seamos mejores seguidores de Jesús?
¿Nos mezclamos los cristianos con quienes no profesan nuestra fe e intentamos vivir en paz y armonía, o queremos imponer nuestras creencias por medio de la aplicación de leyes?
Cuidémonos de utilizar el servicio a Dios como excusa que justifique nuestro deseo de obtener poder, riquezas y prestigio.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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