Meditación.
Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.
¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?
¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?
En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?
Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.
San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Meditación.
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
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Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios es el Padre Nuestro a quien amamos, y en cuyos hijos queremos servirlo. Meditemos la oración que nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 17. 20-26.
Lectura introductoria: LC. 2, 34.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión, inicia hablándonos de la muchedumbre que escuchaba la Palabra de Jesús, era curada de sus enfermedades por el Señor, y era liberada de sus espíritus impuros, -es decir, dejaba de ser marcada a nivel social, como gente indeseable-. Para comprender esto, es conveniente leer LC. 6, 17-19, aunque, los dos últimos versículos citados, no forman parte del Evangelio, que meditamos el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Mientras que San Mateo alabó en su Evangelio a los pobres de espíritu, -es decir, los que se hacen pobres en muchos casos sin serlo-, (MT. 5, 3), San Lucas nos habla de todos los pobres en general (LC. 6, 20B). Aunque el presente trabajo está basado en la redacción de las bienaventuranzas que nos ofrece San Lucas en su primera obra, también se hará referencia al texto de MT. 5, 3-6. 10-12, buscando la manera de hacer que, las diferencias existentes entre ambos relatos, no nos hagan llegar a la conclusión, de que debemos considerarlos separadamente, porque nos ofrecen puntos de vista distintos.
San Lucas llama bienaventurados a los que tienen hambre, y les promete que llegará el día en que serán saciados (LC. 6, 21A). San Mateo les promete en su Evangelio que serán saciados, a los hambrientos y sedientos de justicia (MT. 5, 6).
San Lucas les promete la dicha futura a quienes lloran por causa de sus circunstancias actuales o pasadas (LC. 6, 21B), tal como también lo hace MT. 5, 5, aunque, por el hecho de que San Mateo espiritualizó las bienaventuranzas, dándoles a entender a sus lectores que los pobres que tienen mérito ante Dios son los espirituales, y prometiéndoles la saciedad a quienes ansían que se extingan las desigualdades que hacen sufrir a la mayor parte de la humanidad, podemos entender que, no se les promete el consuelo a quienes lloran por cualquier causa, sino a quienes hacen su mejor esfuerzo, para colaborar en la plena instauración del Reino de Dios, en el mundo.
San Lucas indica en su Evangelio que Jesús alaba a aquellos de sus seguidores que soportan todo tipo de vejaciones, y les insta a que no se desanimen porque su recompensa será grande en el cielo, al mismo tiempo que les recuerda que, los Profetas del pasado, recibieron el mismo trato. Para San Lucas, todos los perseguidos del mundo, son bienaventurados, independientemente de la causa que genere su persecución (LC. 6, 22-23). Para San Mateo, los perseguidos que serán debidamente recompensados por Dios, son aquellos que sufrieron, por causa del Señor, y de la implantación de la justicia divina en el mundo (MT. 5, 10-12).
Aunque parece razonable la espiritualización de las bienaventuranzas que hizo San Mateo, si consideramos que los perseguidos por causa de la fe en Jesús tienen derecho a ser recompensados, el hecho de alabar a los héroes de la profesión de la fe cristiana, es peligroso. Es necesario no enseñar a los cristianos a ser seguidores de Jesús esperando ser recompensados, pues bueno será para ellos hacer el bien desinteresadamente sin preocuparse del premio que recibirán. Los cristianos que deseen ser seguidores de Jesús, harán el bien por amor a Dios, a sus prójimos los hombres, y, a sí mismos. El hecho de espiritualizar las bienaventuranzas, además de ser peligroso porque puede inducirnos a vivir una religiosidad egoísta, inspirada en la espiritualidad de los saduceos y fariseos que hicieron todo lo posible para que Jesús fuera crucificado, aunque tiene por meta la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, la visión errónea y acomodaticia de tal espiritualización de las Bienaventuranzas, puede hacernos vivir una religiosidad basada en el cumplimiento exhaustivo de normas cultuales, y sin esforzarnos en hacer el bien, lo cual ha de caracterizar la conducta, de los fieles seguidores, del Hijo de Dios y María.
Dicen los exegetas que las Bienaventuranzas que aparecen en el tercer Evangelio fueron pronunciadas por Jesús, y que San Mateo las espiritualizó, para acomodarlas a sus lectores judíos, entre los cuales existía la creencia de que, los pobres, los desamparados, los enfermos, y todos los que sufrían por cualquier causa, pagaban las consecuencias, de su conducta pecadora, o del mal que hicieron, sus ancestros (EX. 34, 6-7).
A diferencia de San Mateo, San Lucas es muy claro en su obra, por lo que, en lugar de espiritualizar las bienaventuranzas, a fin de que las acepten todos los estamentos sociales, arremete contra quienes hacen posible que, los bienes de la tierra, no sean distribuidos equitativamente, por lo que, en consecuencia, generan una gran pobreza. Los ayes que aparecen en LC. 6, 24-26, no han de ser vistos como maldiciones, sino como los anuncios que hacían los Profetas del Antiguo Testamento de calamidades muy dolorosas, que pudieran haber sido evitadas, si, los destinatarios de sus mensajes divinos, hubieran cambiado su conducta pecadora, por la sumisión a Yahveh.
San Lucas se lamenta, porque los ricos han recibido su propio consuelo (LC. 6, 24). Tal consuelo consiste en la acumulación de bienes y en todas las ventajas que les aportan su poder, riquezas y prestigio. Para el tercer Evangelista, los ricos prescinden de Dios, y no lo necesitan, y por ello los tales son rechazados por el Creador del Universo, tal como se deduce de la lectura de LC. 1, 51-53.
San Lucas recurre al estilo de Profetas del Antiguo Testamento como Jeremías, para denunciar la hartura de aquellos que generan una gran pobreza en el mundo, ríen sin esforzarse por evitar el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, y son dignos de recibir las alabanzas de muchos hombres, a pesar de que no son aceptos por Dios, por causa de su conducta egoísta (LC. 6, 25-26).
Oremos:
Invoquemos al Espíritu Santo, y pidámosle que nos enseñe a ser pobres.
Oremos y esforcémonos para no aislarnos si somos ricos contemplando nuestras posesiones.
Si somos pobres, oremos para no vivir odiando a quienes son ricos.
Independientemente de que seamos pobres o ricos, cumplamos la voluntad del Dios, cuyo Reino nos ha sido dado en posesión, según Jesús (LC. 6, 20B).
Oremos para que el hecho de pertenecer a una clase social alta, no nos aísle, impidiéndonos tener nuevas relaciones.
Oremos por quienes padecen por cualquier causa, y, en cuanto nos sea posible, no ignoremos el sufrimiento de la humanidad.
Si nos acontece que tengamos la experiencia de la persecución, oremos y procuremos que no sea por incumplir la Ley.
Si el cielo es la meta que esperamos alcanzar, no olvidemos que seremos dignos de la misma por ser amados por Dios, y no por causa de nuestro cumplimiento de preceptos religiosos. Hagamos el bien, no por egoísmo, sino por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres, y a nosotros.
Que nuestro consuelo sea la riqueza de vivir en un mundo en que amemos y seamos amados.
Que nuestra hartura sea el gozo producido por cumplir la voluntad de Dios.
Que nuestra risa esté causada por dicha satisfacción.
2. Leemos atentamente LC. 6, 17. 20-26, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 17. 20-26.
3-1. Jesús les dirigió sus Bienaventuranzas a sus discípulos (LC. 6, 17).
Al iniciar la lectura del Evangelio que meditamos en esta ocasión, vemos cómo una gran muchedumbre de discípulos de Jesús, se dispuso a escuchar las palabras del Mesías, y fue testigo y beneficiaria, de los signos que llevó a cabo Nuestro Salvador, en su favor (LC. 6, 18-19).
¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
Mucha gente buscaba a Jesús para que el Señor solventara sus carencias. Tal como les sucedía a tales oyentes del Señor, entre los cristianos también hay quienes creen que Jesús es un mago, no se sirven de la oración para adaptarse al cumplimiento de la voluntad divina, y la utilizan para someterse a Dios.
3-2. Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios (LC. 6, 20B, y MT. 5, 3).
3-2-1. Los pobres en la Biblia.
Dado que San Lucas habla en el Evangelio que estamos considerando de todos los pobres sin hacer matizaciones, y San Mateo se refiere a quienes abrazan la humildad al hacerse seguidores de Jesús, aceptando todas las consecuencias que implica el hecho de vivir la pobreza teniendo riquezas a las que muchos de los tales renuncian, es conveniente que veamos qué se dice en la biblia, con respecto a los pobres.
En ÉX. 22, 24, se indica que, cuando se les preste dinero a los pobres, y los tales lo devuelvan, no se les cobre intereses.
Al acabar de recolectar el fruto de sus vides, los hebreos debían dejar las últimas uvas, para que les sirvieran de alimento a los pobres (LV. 19, 10). Este hecho nos invita a los lectores de la Biblia, a socorrer a los menesterosos.
Si bien el estado de pobreza puede aportarles enseñanzas útiles a los pobres que no pierden la esperanza de superarlo, Dios no lo quiere por el sufrimiento que supone la vivencia del mismo, y por ello, antes de que los hebreos entraran en la Tierra prometida, les manifestó que no quería que hubiera pobres entre ellos (DT. 15, 4. 7-8).).
¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
Los hebreos, a pesar de su carácter nacionalista, no debían explotar a sus trabajadores pobres, ni aun en el caso de que los tales fuesen extranjeros (LV. 24, 14-15).
Dios ama a los pobres. Es por ello que los tales no serán olvidados por Él eternamente, y la esperanza de los desdichados, no se perderá para siempre (SAL. 9, 19).
Dios se manifiesta en favor de los pobres (SAL. 12, 6).
Dios quiere que los pobres sean saciados (SAL. 22, 27).
Además de tener cubiertas sus necesidades básicas, los pobres pueden ser invitados, a conocer el sendero de Dios (SAL. 25, 9).
Dios les promete la liberación de sus desgracias, a quienes luchan en favor de la causa de los pobres (SAL. 41, 2).
¿Cuál es la realidad social de los pobres? En los Proverbios de Salomón vemos a los pobres rechazados por sus vecinos, hermanos y amigos, y vemos a los ricos con muchos amigos (PR. 14, 20, y 19, 7).
3-2-2. Los pobres en el Evangelio de San Lucas.
Jesús vino al mundo a anunciarles a los pobres el Evangelio, a proclamar la liberación de los presos, a devolverles la vista a los ciegos físicos y a encaminar a los ciegos espirituales por la senda de Dios, y a liberar a los oprimidos por las diferentes esclavitudes existentes (LC. 4, 18). Dado que tanto los saduceos como los fariseos consideraban gente indigna de Dios a aquellos a quienes Jesús vino a dignificar, porque entre los primeros destacaban los grandes terratenientes causantes de la pobreza nacional, y los segundos adaptaron el Judaísmo a su mentalidad, ya que no les convenía anteponer los derechos de los pobres a la consecución de sus intereses personales, se hicieron enemigos jurados del Mesías, según constataron que el Señor llevaba a cabo, el cumplimiento de su misión.
¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
Cuando San Juan Bautista desde la Torre Antonia envió a algunos de sus seguidores a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías esperado, el Señor les mandó que le respondieran cómo habían sido testigos de que se estaban realizando las señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, las cuales eran que los ciegos veían, los cojos caminaban, los leprosos eran sanados, los sordos oían, los muertos recuperaban la vida o corregían sus vidas rotas por los errores que cometieron en el pasado, y se anunciaba la Buena Nueva a los pobres (LC. 7, 22).
¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a las que pertenecemos?
Jesús nos dice que, cuando demos un banquete, que invitemos a quienes no puedan correspondernos, pues no quiere que busquemos exclusivamente el hecho de ser recompensados por quienes puedan pagarnos sobradamente lo que les demos, sino que nos esforcemos para contribuir a la plena instauración del Reino divino en el mundo (LC. 14, 13-14).
Si queremos alcanzar la perfección evangélica, desprendámonos de los bienes que nos esclavizan, y repartamos el producto de la venta de los mismos entre los pobres. Dado que no es fácil hacer esto, Jesús les promete a quienes lo hagan un tesoro en el cielo (LC. 18, 22).
Jesús admira a los pobres que, aunque lo tienen todo perdido, e incluso les es difícil tener la esperanza de superar su dolorosa situación, le dan a Dios todo lo que tienen (LC. 21, 1-4).
3-2-3. Los pobres en el Evangelio de San Mateo.
Al igual que lo hizo San Lucas en LC. 7, 22, San Mateo subrayó la importancia de enseñarles la Buena Nueva a los pobres (MT. 11, 5), y la necesidad de vender los bienes efímeros repartiendo el producto de los mismos entre los pobres, para alcanzar un tesoro en el cielo (MT. 19, 21).
3-2-4. ¿A qué pobres hace referencia la primera Bienaventuranza de Jesús?
Mucho se ha escrito con respecto a las Bienaventuranzas de los Evangelistas Lucas y Mateo, y a los católicos concretamente, se nos hizo memorizar el texto de San Mateo, cuando nos dispusimos a recibir al Señor eucaristizado la primera vez.
Si el hecho de espiritualizar las bienaventuranzas puede sumirnos en una vivencia religiosa consagrada a la oración y a las celebraciones de culto, y hacernos olvidar el deber que tenemos de hacer nuestro mejor esfuerzo para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, el texto de San Mateo no debe ser despreciado, sino aplicado a nuestra vida, en su justa medida. En el Santoral de la Iglesia Católica encontramos ejemplos de ricos que se hicieron pobres, y se consagraron al cumplimiento de la voluntad divina, partiendo de su humildad. Igualmente, si generalmente los pobres tienen más fe en Dios que muchos ricos, no todos los ricos carecen de fe, y hay pobres avaros, al igual que también los hay que no han podido -o no han querido- aprovechar los recursos que han sido puestos a su disposición, para que puedan superarse a sí mismos.
Como sabemos, hay ricos que, independientemente de que se hayan empobrecido total o parcialmente, han renunciado a una parte estimable de sus bienes, con el fin de satisfacer las carencias de los menos favorecidos socialmente. Aún podría hacerse por los pobres más de lo que se hace, y muchos menesterosos podrían ayudarse a sí mismos más de lo que lo vienen haciendo. Si es necesario fomentar el ejercicio de la solidaridad, no menos necesario es el hecho de enseñar a los menos favorecidos a sacarle el máximo provecho a sus propios recursos y a la ayuda que ocasionalmente se les pueda brindar. Si los pobres han de ser alimentados en casos excepcionales en que no pueden subsistir sin ayuda, deben aprender a utilizar los medios de que disponen adecuadamente, a la resolución de sus problemas económicos.
¿Cómo tratamos a los pobres? Recordemos que los menesterosos son nuestros hermanos, y que por ello no podemos conformarnos, prestándoles un servicio social.
3-3. Bienaventurados los que ahora pasáis hambre, porque seréis saciados (LC. 6, 21A, y MT. 5, 6).
Mientras que San Lucas bendice a los pobres en general intentando animarlos para que no se dejen arrastrar por la desesperación, San Mateo bendice a los hambrientos y sedientos de justicia divina, una justicia que en la biblia es sinónimo de fe en Dios, y de práctica de la caridad, a fin de que nadie carezca de los bienes necesarios para vivir. Si pensamos que el hecho de desear que los pobres del mundo vivan dignamente es tener hambre y sed de justicia, y buscamos la manera de hacer tal utopía realidad, nos encontramos con que los textos de ambos Evangelistas son coincidentes, pues, si dos textos bíblicos que contienen una misma perícopa -o fragmento- contienen mensajes que se contradicen entre sí, la biblia deja de contener la Palabra del Dios perfecto, que no puede cometer errores.
3-4. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis (LC. 6, 21B, y MT. 5, 6).
Cuando los Evangelistas Lucas y Mateo escribieron sus Evangelios, muchos cristianos habían sido víctimas de persecuciones, así pues, unos habían sido maltratados, otros azotados, otros encarcelados, y otros desprovistos de sus posesiones. Esta es la razón por la que los dos autores, hablan en sus Bienaventuranzas de un día en que la miseria desaparecerá de la haz de la tierra, pues esa fue la manera que concibieron, de animar a sus hermanos de fe, que sufrían mucho, con tal de no renegar de Jesucristo Resucitado de entre los muertos.
La promesa de vivir en un mundo mejor que el que les tocó, fue muy útil para los cristianos de las primeras generaciones, porque muchos llegaron a creer que estaba por llegar el día en que Jesús iba a concluir la plena instauración de su Reino en el mundo. Ellos pensaban que sus sufrimientos se acabarían de un momento a otro, y por eso los soportaban estoicamente.
Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría? Aunque no sabemos cuándo vendrá Jesús a nuestro encuentro, sus promesas de hacernos habitar en un mundo más humano que el nuestro tienen sentido, si cambiamos nuestra manera de ser, para que el mundo, gradualmente, vaya cambiando, y vaya convirtiéndose, en el Reino de Dios.
3-5. Bienaventurados los perseguidos por causa de Jesús y la justicia divina (LC. 5, 22-23, y MT. 5, 10-12).
Aunque Jesús instó a sus misioneros a que huyeran de las ciudades en que fueran perseguidos (MT. 10, 23), llegó para los primeros cristianos el tiempo de la persecución, y, aunque entre ellos no faltaron quienes renunciaron a profesar su fe para mantener su posición social y salvar la vida, otros huyeron con la idea de no morir, y otros decidieron ser martirizados, porque pensaron que, el hecho de refugiarse en cualquier parte del mundo en la que pudieran vivir tranquilos, les suponía convertirse en traidores a Dios. Los dos autores cuyos textos estamos considerando, animaron a sus lectores a resistir las persecuciones, como también lo hizo el considerado por los católicos como su primer Papa, en 1 PE. 4, 15-16.
3-6. Los ayes de Jesús (LC. 6, 24-26).
San Lucas actúa como uno de los Profetas del Antiguo Testamento, que veían desesperados cómo los receptores de sus anuncios se disponían a afrontar terribles calamidades, porque no se amoldaban al cumplimiento de la voluntad divina, que les era comunicada por ellos. San Lucas ve detrás del consuelo de los ricos, consistente en su hartura, en su risa placentera, y en su manera de ser honrados, la carencia de hambre de justicia, la despreocupación por quienes empobrecen conscientemente, y el fracaso de no haber vivido plenamente, siendo amados por Dios y sus hijos los hombres, y dejándose amar.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 17. 20-26 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿A quiénes les dirigió Jesús sus Bienaventuranzas?
2. ¿De qué maneras benefició Jesús a los oyentes de su discurso?
3. ¿Meditamos las palabras de Jesús contenidas en los cuatro Evangelios, y las aplicamos a nuestra vida?
4. ¿Creemos que Jesús hace algo para favorecernos?
5. ¿Hemos convertido a Jesús en objeto de superstición?
6. ¿Nos servimos de la oración para cumplir la voluntad divina, o para someternos a Dios?
3-2.
3-2-1.
7. ¿Qué pobres son mencionados por San Lucas en LC. 6, 20B?
8. ¿A qué pobres se refiere San Mateo en MT. 5, 3?
9. ¿Por qué es conveniente buscar información en la Biblia referente al concepto que tiene Dios respecto de los pobres para analizar las versiones de las Bienaventuranzas que nos presentan los Evangelistas Lucas y Mateo en sus respectivas obras?
10. ¿Por qué no quería Yahveh que se les cobrara intereses a los pobres que se les prestara dinero?
11. ¿Por qué estaban los hebreos obligados a renunciar a una parte de sus cosechas para alimentar a los menesterosos?
12. ¿Quiere Dios que sus hijos seamos pobres? ¿Por qué?
13. ¿Puede aportar el estado de pobreza enseñanzas útiles? ¿Por qué? ¿Cuáles?
14. ¿Qué pensamos los cristianos respecto de la pobreza, y qué hacemos para extinguirla del mundo, en conformidad con nuestras posibilidades?
15. ¿Por qué los hebreos que tenían trabajadores contratados tenían que respetar los derechos de los tales sin excluir de tal trato a los extranjeros?
16. ¿Por qué no olvida Dios a los pobres, y por ello la esperanza de los tales no desaparecerá para siempre?
17. ¿Por qué se manifiesta Dios en favor de los pobres?
18. ¿En qué sentidos quiere Dios que los pobres sean saciados?
19. ¿A qué quiere Dios que sean invitados los pobres mientras son saciados?
20. ¿Qué les promete Dios a quienes luchan en favor de la causa de los pobres?
21. ¿Cuál es la realidad social de los pobres?
3-2-2.
22. ¿A qué vino Jesús al mundo según el texto que leemos en LC. 4, 18?
23. ¿Por qué se granjeó Jesús la enemistad de los saduceos y fariseos?
24. ¿Qué pensamos respecto de la gente por la que Jesús llevó a cabo una labor que le costó la vida?
25. ¿Qué señales características de la plena instauración del Reino de Dios en el mundo quiso Jesús que le fueran manifestadas a San Juan Bautista por sus discípulos, según LC. 7, 22?
26. ¿Llevamos a cabo dichos signos en nuestro tiempo en las comunidades de fe a que pertenecemos?
27. ¿Nos exige Jesús que no nos relacionemos con nuestros iguales cuando celebremos fiestas, o que, en tales ocasiones, no olvidemos a los pobres, y ejercitemos la caridad con ellos?
28. ¿Por qué nos es imposible alcanzar la plenitud de la perfección cristiana si no nos desprendemos de los bienes cuya contemplación nos impide mantener relaciones plenas con nuestros prójimos los hombres?
29. ¿Por qué admira Jesús a los pobres que lo tienen todo perdido y viven por causa de la fe que tienen en Dios?
3-2-3.
30. ¿Por qué es importante para San Mateo el hecho de que los pobres sean evangelizados?
31. ¿En qué sentido merecerán tener un tesoro en el cielo quienes renuncien al egoísmo para favorecer a sus prójimos los hombres?
3-2-4.
32. ¿Por qué hemos memorizado los católicos durante muchos años las Bienaventuranzas recopiladas por San Mateo antes de recibir al Señor eucaristizado la primera vez?
33. ¿Qué riesgos corremos al aplicar a nuestra vida las Bienaventuranzas escritas por San Mateo?
34. ¿Qué sucederá con nuestra vida de oración si nos aplicamos la versión de las Bienaventuranzas de San Lucas, y obviamos el texto de San Mateo?
35. ¿Hay en nuestro medio alguien que se haya empobrecido para favorecer a los menesterosos, o que haya renunciado a parte de su hacienda, para lograr tal fin?
36. ¿Conocemos casos de pobres que no han aprovechado los medios que han sido puestos a su disposición para que superen su difícil situación?
37. ¿Por qué es necesario potenciar la solidaridad y enseñar a los pobres a sacarle el máximo partido a sus recursos?
38. ¿Cómo tratamos a los pobres?
39. ¿Les prestamos a los pobres un servicio social, o los acogemos como miembros de nuestras comunidades de fe?
3-3.
40. ¿A qué pobres hacen referencia los Santos Lucas y Mateo?
41. ¿A qué justicia se refiere San Mateo?
42. ¿En qué consiste tal justicia?
43. ¿Qué sucedería con la Biblia si los textos que estamos considerando no fueran coincidentes?
3-4.
44. ¿Qué persecuciones habían caracterizado a muchos cristianos cuando San Lucas y San Mateo escribieron sus Evangelios?
45. ¿Por qué utilizaron ambos Evangelistas la esperanza escatológica para lograr que sus lectores resistieran estoicamente las persecuciones que hubieran de marcar sus vidas?
46. ¿Por qué soportaron muchos cristianos heroicamente las persecuciones de que fueron víctimas?
47. Después de que han transcurrido veinte siglos desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén, ¿de qué nos sirve la promesa de vivir en un mundo en que no existan las injusticias, si el Señor no ha regresado a salvarnos, tal como prometió que lo haría?
3-5.
48. ¿Por qué instó Jesús a sus misioneros a que huyeran cuando se les persiguiera en las ciudades en que predicaban el Evangelio?
49. ¿Cómo reaccionaron los cristianos ante sus persecuciones?
50. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si se nos persiguiera por ser discípulos de Jesús?
3-6.
51. ¿Son los ayes con que finaliza el Evangelio de hoy amenazas? ¿Por qué?
52. ¿Por qué cree San Lucas que la hartura de los ricos se trocará en desgracia irremediable?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 5, 1-12, y comparemos las diferencias existentes, entre dicho texto de San Mateo, y LC. 6, 20-26.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 17. 20-26.
Comprometámonos a hacer una obra de caridad. No hagamos un servicio social. Desprendámonos de algún dinero o de alguna de nuestras posesiones, en favor de alguien que necesite tal dádiva, porque, ante Dios, ese desfavorecido socialmente, es nuestro hermano.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de meditación/oración personal, para animar a quienes sienten que todo lo han hecho mal, y por ello no merecen ninguna consideración.
Cuanto más triste te sientas, alaba a Dios con más ganas, aunque sientas que te faltan.
Tener fe no es estancarnos pensando en los acontecimientos relacionados con el pasado, sino tener la experiencia de dios, diariamente.
Recuerda que el pasado no existe, y que el futuro aún no ha llegado.
Recuerda que, por ahora, solo tienes este preciso instante en que me lees, para vivir plenamente.
Tener fe, es vivir contra corriente.
¿Te sientes triste? Desafía la tristeza con tu alegría.
¿Sientes ganas de tumbarte y cerrar los ojos porque te agota la tristeza? Sal a la calle y busca a quien te ayude, o ve al encuentro de quienes están peor que tú, y descubrirás las razones que tienes, para seguir viviendo.
¿Te faltan ganas de hablar con Dios, porque sientes que no escucha tus oraciones?
¿Recuerdas cuando tuviste novio/a la ilusión que te hacía encontrarlo/a?
Alaba y adora a Dios, con la ilusión de encontrarte cada día, con quien más puede amarte.
Cuando sientas que nada vale la pena, piensa que eres semejante a un barco, navegando contra corriente, burlando la adversidad, que puede hacerte, perder la felicidad.
Porque Dios es bueno y te creó para que seas feliz, y porque te mereces lo mejor, navega contra corriente, ríe cuando desees llorar, sal a la calle cuando desees ocultarte para lamentarte, relaciónate cuando desees buscar la soledad, y ábrete a Dios y a quienes te aman, cuando quieras centrarte en tus problemas.
¿Por qué dices que no vales nada, si vales la Sangre de todo un Dios?
¿Cómo dices que no tienes valor, si vales más que todas las riquezas del mundo?
¿Cómo pretendes que tu valoración personal dependa de lo que los demás sienten por ti, ignorando que si te alaban y no les crees, no podrás ser feliz?
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, recordando cómo hemos sido liberados de muchas cargas, con la ayuda de Dios y nuestros prójimos, y nuestro esfuerzo personal.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).
Meditación.
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
joseportilloperez@gmail.com
¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?
Introducción.
¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.
No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.
"La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):
Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).
La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.
La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.
Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.
La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.
¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).
San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.
El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.
Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.
Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.
A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.
Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.
Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.
1. La inmortalidad del alma.
Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.
Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).
Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.
Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.
Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.
Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.
(MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.
2. La intercesión de los Santos.
Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? " María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".
Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:
¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?
¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?
¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?
Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.
Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.
Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).
Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).
Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.
En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.
(AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.
Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).
¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.
Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).
Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.
Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).
Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.
San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).
ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.
Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).
Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).
Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).
¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).
Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:
(FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.
(FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.
¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).
¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).
Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.
Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.
En el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):
No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).
Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.
joseportilloperez@gmail.com
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Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).
Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre).
Ciclos A, B y C.
Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.
Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.
En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.
Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.
Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.
Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.
Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.
Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.
Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.
Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.
Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.
Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).
Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 5, 1-12A.
3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).
Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.
Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.
Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.
Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.
Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.
Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.
Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.
3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).
Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.
Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).
Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).
3-3. Los mansos (MT. 5, 4).
Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).
3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).
Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.
Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.
Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.
3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).
Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.
3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).
Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.
3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).
La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).
3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).
Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.
Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.
3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).
En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.
3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).
Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.
El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).
Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).
Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).
Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).
Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).
Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).
Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).
3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?
3-2.
16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?
3-3.
23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?
3-4.
27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?
3-5.
32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?
3-6.
33. ¿Qué es la misericordia?
34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?
3-7.
36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?
3-8.
40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?
3-9.
44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?
3-10.
49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.
Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Ciclos A, B y C.
Este es el día de quienes vivieron haciendo el bien en beneficio de sí mismos y sus prójimos, supieron dar y recibir amor, y nos enseñaron a levantarnos cuando nos caigamos, para que sigamos caminando sin mirar atrás para no sentirnos culpables de los errores que cometimos en el pasado, sino para impulsarnos a seguir alcanzando la felicidad.
Ejercicio de lectio divina de MT. 5, 1-12A.
Lectura introductoria: EF. 1, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Todos los días del año celebramos a los Santos que han sido canonizados por la Iglesia, después de considerar que, al profesar su fe, alcanzaron la heroicidad, en el ejercicio de sus virtudes, y su profesión de fe. En esta solemnidad, sin dejar de tener presentes a tales Santos, recordamos a quienes vivieron su fe desempeñando sus actividades adecuadamente, y, aunque tuvieron defectos y se equivocaron muchas veces tal como nos sucede a nosotros, y no han sido canonizados, su recuerdo nos impide olvidar, que es posible para nosotros alcanzar la realización que añoramos, y dedicar parte de nuestro tiempo y los medios de que disponemos, a ayudar a quienes nos necesitan, para que también puedan seguir superándose, a sí mismos.
En el Evangelio que meditaremos en el presente trabajo, recordaremos qué han de hacer quienes deseen alcanzar la santidad, pues, las bienaventuranzas, son el programa de vida, de los discípulos de Jesús.
Los Santos deben ser "pobres de espíritu" (MT. 5, 3). La pobreza de espíritu no es simpleza ni enseñarles a los carentes de bienes materiales que aguanten su situación estoicamente sin protestar y queden a la espera de que llegue el día en que Dios castigue a los ricos por no haberlos ayudado, sino renunciar a tener ciertas posesiones, en beneficio de quienes carecen de los medios indispensables, para vivir. No olvidemos que necesitamos experimentar la salvación en esta vida, por medio de la solución de los problemas que caractericen nuestra existencia. Si nos esforzamos en crear un mundo en que no existan diferencias marginales, no será difícil creer en el Dios del amor, que nos ha prometido solventar nuestras carencias, por medio de aquellos de sus hijos, que están en condiciones de prestarnos su ayuda.
Los aspirantes a alcanzar la santidad, deben ser mansos (MT. 5, 4). Los Santos no nacen, pues se hacen según aprenden a superarse a sí mismos, sin pisar a la gente con que se relacionan.
Los Santos aprenden a expresar sus sentimientos ((MT. 5, 5) sin miedo a ser incomprendidos, y buscan la manera de solucionar sus problemas y el modo de ayudar a sus prójimos a solventar sus dificultades, no solo orando, sino ejercitando los dones y virtudes, que han recibido, del Espíritu Santo. Los Santos le piden a Dios que solucione los problemas que los hacen sufrir, pero que lo haga por su medio.
Los Santos tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6), y, aunque saben que serán saciados por Dios, actúan como si pudieran extinguir las injusticias del mundo. Ellos saben que por sí mismos no pueden cambiar la manera de pensar y actuar de toda la humanidad, pero, el bien que hagan, evitará sufrimiento innecesario, y por eso no se cansan, de vivir su vocación.
Los Santos son misericordiosos (MT. 5, 7). Ser misericordioso es compartir los bienes espirituales y materiales con que contamos con quienes carecen de los mismos, y no confundir la compasión con la lástima. La compasión no consiste en llorar con los que lloran para hacerles maximizar la importancia de sus problemas, sino en apoyarlos ayudándoles para que pongan en juego lo mejor de sí mismos, para que les merezca la pena, seguir viviendo.
Los Santos son limpios de corazón (MT. 5, 8), y pueden ver a Dios, porque, su manera de pensar y actuar, es un reflejo de la manera de ser, del Dios Uno y Trino.
Los Santos trabajan incansablemente por la pacificación del mundo (MT. 5, 9), porque piensan que el hecho de que todos nos amemos y respetemos como hermanos, más que una utopía, es una realidad que será consumada, cuando, después de superar las experiencias difíciles que tengamos con nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, contribuyamos a crear una sociedad sin diferencias marginales, aportando a tal proyecto, lo mejor de nuestra espiritualidad y nuestra conducta.
Muchos Santos han sido -y serán- perseguidos por causa de la justicia (MT. 5, 10). Dichos creyentes en Dios soportan sus persecuciones estoicamente, porque las mismas les impiden ambicionar bienes terrenales, fortalecen la fe de quienes las resisten, y sirven de ejemplo, a los cristianos del futuro.
Jesús llama bienaventurados, felices o dichosos, a quienes son perseguidos por su causa (MT. 5, 11), y San Pedro insta a los cristianos a no afrontar persecuciones por haber hecho el mal, sino por ser discípulos de Jesús (1 PE. 2, 19-20).
Los Santos saben que su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 12A), pero no hacen el bien para ser premiados, sino por amor a Dios, y a sus hermanos los hombres.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida: Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños: Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible: Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente MT. 5, 1-12A, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 5, 1-12A.
3-1. Introducción a las bienaventuranzas (MT. 5, 1-2).
Las bienaventuranzas son frases con las que se resume el programa de vida de los discípulos de Jesús, y constituyen el principio del llamado "sermón del monte", que abarca los capítulos 5-7 del primer Evangelio. El hecho de que San Lucas distribuyó en varias partes de su primera obra algunas de las enseñanzas de este sermón, hace suponer que San Mateo, en los citados capítulos de su obra, plasmó las enseñanzas que el Señor les trasmitió a sus oyentes, en diferentes ocasiones.
Las religiones forzosamente deben adaptarse a las circunstancias históricas en que se predican, con tal de que no se extingan. Tales adaptaciones, en ciertas circunstancias, hacen que las creencias originarias, sean sustituidas, por otras totalmente diferentes. Jesús, con su sermón del monte, quiso que sus oyentes volvieran a abrazar las creencias características de los Profetas del Antiguo Testamento. Mientras que para los fariseos del tiempo en que el Mesías predicó el Evangelio era imprescindible el cumplimiento literal de la Ley y el acatamiento de la Tradición de los ancianos sin someterlas a posibles interpretaciones, y era importante tener una buena posición social, porque ello significaba que se contaba con el favor de Dios por no haber pecado, Jesús logró con el citado sermón del monte que los tales se sintieran gravemente ofendidos, porque, para el Señor, más importante que mantener una buena posición social, y contar con abundantes riquezas, es amar y obedecer a Dios, no para conseguir dádivas espirituales y materiales, sino por amor, tanto a YHWH, como a sus hijos los hombres.
Mientras que los saduceos utilizaban la religión para hacerse poderosos, ricos y prestigiosos, y los fariseos aprovechaban su influencia de instructores religiosos y la cultura que poseían para ganar dinero fácil a costa de los incultos y quienes sufrían por cualquier causa, Jesús quiso que sus discípulos aprovecharan la autoridad que se les confió, no para beneficiarse a sí mismos, sino, para favorecer, a quienes tuvieran la dicha, de servir.
Pensemos si nuestros líderes religiosos, y quienes trabajan en la viña del Señor parcialmente, utilizan su sabiduría y la posición que ocupan, para beneficiarse a sí mismos, o para beneficiar a quienes necesitan su sabiduría, su tiempo, su afecto, y sus dádivas espirituales, y materiales.
Al mismo tiempo que Jesús se hacía popular, muchos de sus discípulos ansiaban el hecho de alcanzar fama y riqueza, a costa del mensaje predicado por el Señor, y la fe de quienes creían en Él. En contraposición a tal deseo, Jesús dijo que sus seguidores debían estar dispuestos a soportar contradicciones, estrecheces, hambre y persecuciones, para probar la fortaleza de su fe, y, todo ello, sin ninguna garantía, de ser recompensados, en esta vida.
Quienes deseen alcanzar el estado de santidad, no deben aplicar a sus vidas las bienaventuranzas que les interesen, y obviar las demás. Aunque todos no vivamos las mismas circunstancias, y unos sean más felices que otros, necesitamos aceptar el mensaje de Jesús como un todo del que no despreciaremos ninguna parte, sabiendo que nuestras circunstancias vitales, pueden ayudarnos a crecer espiritualmente, si las vivimos adecuadamente. Ello sucede porque las bienaventuranzas describen lo que se espera que lleguemos a ser, si nos consideramos seguidores de Jesús.
Mientras que para nosotros la felicidad consiste en tener salud, dinero y amor, Jesús no nos promete a sus seguidores que seremos plenamente felices en este mundo, porque para Él la felicidad auténtica consiste en no carecer de fe y esperanza tanto en Dios como en los hombres, aunque, las circunstancias externas, no sean favorables.
3-2. Los pobres de espíritu (MT. 5, 3).
Por sí mismas, ni la riqueza ni la pobreza, son impedimentos, para quienes desean formar parte, del Reino de Dios. A pesar de ello, la riqueza les impide alcanzar la santidad a quienes no la comparten con quienes carecen de la misma, y la pobreza también se convierte en obstáculo para seguir a Jesús, cuando, quienes la padecen, son avariciosos, y se dejan arrastrar por un infernal odio, contra los ricos. Esta es la razón por la que, entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos, siempre se han encontrado, ricos y pobres.
Cuando San Juan Bautista envió a varios de sus discípulos a que le preguntaran a Jesús si era el Mesías, o debían esperar a otro, el Señor instó a los mismos a narrarle a su maestro las señales características del Mesianismo del Hijo de Dios y María, entre las que destacó, la evangelización de los pobres (MT. 11, 5). Ello nos recuerda la necesidad existente en el mundo de socorrer a los pobres, y de facilitarles la manera de que puedan realizarse por sí mismos, para que no dependan de quienes deseen ayudarles. Esta es la causa por la que se necesitan pobres espirituales, que tengan satisfechas sus necesidades, y sacrifiquen al menos algunas comodidades o placeres, para evitar que la miseria siga afectando injustamente, a la mayor parte de la humanidad. Recordemos que en el mundo existen bienes para todos los habitantes de la tierra, pero los mismos no son distribuidos equitativamente (SAL. 37, 25-26. 112, 5).
Quienes deseen alcanzar la santidad, deben desprenderse del dinero y los bienes materiales que les hagan avariciosos y les impidan servir a Nuestro Santo Padre, cubriendo las necesidades de sus hijos los hombres. Quienes vendan sus posesiones con tal de alcanzar la santidad, deben darles el dinero que obtengan por ello a los pobres, y seguir a Jesús (MT. 19, 21).
3-3. Los mansos (MT. 5, 4).
Dado que no es fácil ser cristiano en un mundo en que se recuerdan constantemente los pecados de muchos seguidores de Jesús, y por ello bastante gente desconfía de los mismos, y muchos cristianos siguen siendo martirizados, quienes deseen alcanzar la santidad, necesitan ser muy humildes, para soportar las contradicciones que hayan de vivir con paciencia, y no actuar violentamente, contra quienes no estén de acuerdo, con su forma de proceder. Ello es posible para quienes deseen alcanzar la santidad aunque no sea fácil, si siguen el ejemplo, que les dejó Jesús (MT. 11, 29).
3-4. Los que desean que la tierra sea un paraíso en que se exterminen las diferencias sociales (MT. 5, 5).
Los cristianos no tenemos poder para cambiar la mentalidad de la humanidad, pero podemos realizar nuestras aspiraciones. A modo de ejemplo, San Pablo no le reprochó a Filemón el hecho de que fuera cristiano y tuviera esclavos, pero sí le pidió que tratara como hermano en la fe, a su esclavo Onésimo, el cual huyó de él, y el Santo Apóstol se lo devolvió, después de haberlo convertido al Señor. Los cristianos no podemos exterminar las diferencias marginales características de la humanidad, pero tenemos muchas posibilidades de hacer el bien.
Al mencionar a quienes se lamentan por causa de las injusticias existentes, San Mateo hace referencia a quienes muestran su inconformismo con las mismas, intentando exterminarlas, en conformidad con sus posibilidades, a pesar de que las mismas, siempre son escasas.
Recordémosles a quienes se conforman creyendo que sus oraciones es la única manera existente de que hagan el bien, que Dios nos ha dado cabeza para pensar, manos para trabajar, y pies para ir al encuentro de aquellos de nuestros prójimos los hombres, que tienen mayor necesidad, de nuestros dones espirituales, y, materiales.
3-5. Los que tienen hambre y sed de justicia (MT. 5, 6).
Los que anhelan que la justicia se ejecute en el mundo para que dejen de llevarse a cabo injusticias, trabajan para conseguir el citado objetivo, en conformidad con sus posibilidades. A modo de ejemplo, recordemos cómo Gandhi consiguió la liberación de la India del dominio de los ingleses, pacíficamente.
3-6. Los misericordiosos (MT. 5, 7).
Los misericordiosos son aquellos que se superan a sí mismos, y sienten compasión de quienes viven situaciones como las que superaron en el pasado, y no desean que haya nadie en el mundo, que no tenga la oportunidad de superarse, a los niveles espiritual, y, material.
3-7. Los limpios de corazón (MT. 5, 8).
La pureza es una característica indispensable de los Santos. Dado que no existen los Santos impuros, y quienes desean serlo deben ser inmaculados, San Pablo les recordó a los cristianos de Roma que, en quienes abundó el pecado, sobreabundó la gracia divina (ROM. 5, 20).
3-8. Los pacificadores (MT. 5, 9).
Jesús les pidió a sus misioneros que, en las casas en que se hospedaran, les desearan a sus habitantes la paz, la cual permanecería sobre los tales, si eran dignos de ella (MT. 10, 12-13). Tal paz no es la ausencia de conflictos tal como la entendemos, sino la capacidad de vivir como auténticos cristianos, aunque, las circunstancias vitales, sean adversas.
Jesús no vino a traer a la tierra la paz consistente en la ausencia de conflictos, sino la espada simbólica de la contradicción (MT. 10, 34). Así como no les es fácil vencer sus dificultades a quienes están persuadidos de que son incapaces de superarse a sí mismos, a no ser que se fortalezcan para lograr lo que añoran, no en todos los países del mundo, es fácil seguir a Jesús, sin arriesgar la vida.
3-9. Los perseguidos por causa de la fe, la justicia y Jesús (MT. 5, 10-11).
En la Biblia, la justicia hace referencia a la fe, y al hecho de hacer el bien. No es posible tener fe en Dios, y no hacer el bien. El concepto de la justicia empleado en la Biblia, puede ser equiparado perfectamente, al que tenemos en la actualidad. Seguir a Jesús es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas, y, si carecemos de dificultades por profesar nuestra fe, deberíamos preguntarnos, si, realmente, somos seguidores, del Hijo de Dios, y María.
3-10. Las recompensas de los bienaventurados (MT. 5, 12A).
Dado que los Santos sirven al Señor ayudando a solventar los problemas de sus prójimos los hombres por amor, y no para ser recompensados, he expuesto muy brevemente el significado de las bienaventuranzas, y he dejado para el presente apartado, la exposición de las recompensas a que tendrán derecho, quienes alcancen la dicha eterna, por haber sido excelentes seguidores, de Nuestro Redentor.
El Reino de Dios -que San Mateo llamó "de los cielos" porque era judío, y por ello no podía pronunciar el Nombre divino-, es de los pobres de espíritu (MT. 5, 3).
Porque los mansos alcanzan sus propósitos sin hacerles la guerra a sus opositores, merecerán heredar la tierra, cuando la misma sea el Reino, del Dios Uno y Trino (MT. 5, 4).
Porque los que no están de acuerdo con la manera en que las injusticias afectan a la mayor parte de la humanidad, trabajan incesantemente para conseguir ver realizada sus aspiraciones, serán consolados, -es decir, conseguirán lo que desean, aunque no les sea nada fácil- (MT. 5, 5-6).
Porque los misericordiosos trabajan para solventar las dificultades de sus prójimos los hombres según sus posibilidades de hacer el bien, serán tratados por Dios, tal como traten a quienes beneficien (MT. 5, 7).
Los limpios de corazón verán a Dios, porque viven imitando la conducta que observó Jesús, cuando vino al mundo, a llevar a cabo, la redención de los hijos de dios (MT. 5, 8).
Dado que los pacificadores trabajan para superar conflictos y reconciliar a los hombres entre sí y con Dios, merecen ser considerados, hijos de Nuestro Padre celestial (MT. 5, 9).
Felices son los que son perseguidos por su fe, porque hacen el bien y creen en Jesús, porque son los dueños del Reino celestial, y su recompensa será grande en el cielo (MT. 5, 10-12
a).
3-11. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-12. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 5, 1-12A a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué son las bienaventuranzas que hemos meditado en el presente trabajo?
2. ¿Qué capítulos del Evangelio de San Mateo abarcan el sermón del monte?
3. ¿Por qué es fácil suponer que la narración del sermón del monte de San Mateo contiene exposiciones de la doctrina de Jesús que el Señor llevó a cabo en diversas ocasiones?
4. ¿Por qué deben adaptarse las religiones a las circunstancias históricas en que se dan a conocer?
5. ¿Es el Cristianismo actual semejante a la fe predicada por Jesús y a la vivencia de la misma por parte de los miembros de la Iglesia madre de Jerusalén? ¿Por qué?
6. ¿Por qué quiso Jesús que sus oyentes cambiaran las creencias de los saduceos y fariseos por las de los Profetas del Antiguo Testamento?
7. ¿Qué diferencias existían entre las creencias de los saduceos, los fariseos, y los Profetas del Antiguo Testamento?
8. ¿En qué se diferencia el poder de los líderes religiosos que desean poder, riquezas y prestigio, de la autoridad cristiana?
9. ¿Trabajan nuestros religiosos y laicos en la viña del Señor para conseguir poder, riquezas y prestigio, o para actuar en favor de sus prójimos los hombres?
10. ¿Qué esperaban alcanzar muchos discípulos de Jesús a costa de la popularidad del Señor y la credulidad de los seguidores del Nazareno?
11. ¿Qué han de soportar quienes desean alcanzar la santidad sin garantías de ser recompensados en esta vida?
12. ¿Por qué no podemos vivir las bienaventuranzas que nos interesen y obviar las demás?
13. ¿Cómo pueden ayudarnos nuestras circunstancias vitales a crecer espiritualmente?
14. ¿Qué se describe en las bienaventuranzas respecto de quienes consideramos que somos cristianos?
15. ¿Qué diferencias existen entre nuestro concepto de la felicidad y lo que Jesús cree que significa ser plenamente dichoso?
3-2.
16. ¿En qué ocasiones pueden la riqueza y la pobreza ayudarnos a ser buenos discípulos de Jesús?
17. ¿En qué ocasiones la riqueza y la pobreza nos impiden alcanzar la santidad?
18. ¿Por qué siempre se han encontrado ricos y pobres entre los seguidores de Jesús de todos los tiempos?
19. ¿Por qué les habló Jesús a los seguidores de San Juan Bautista sobre la evangelización de los pobres? (MT. 11, 5).
20. ¿Por qué se necesitan pobres de espíritu en el mundo?
21. ¿Por qué no se ha exterminado la pobreza del mundo, si existen bienes suficientes para que todos podamos vivir sin estrecheces?
22. ¿Por qué podrán alcanzar la santidad quienes sirvan a Dios ayudando a solventar las carencias de sus prójimos los hombres?
3-3.
23. ¿Por qué desconfía mucha gente de los cristianos?
24. ¿Debe juzgársenos a los cristianos del siglo XXI teniendo en cuenta el mal que hicieron muchos creyentes en el pasado? ¿Por qué?
25. ¿Por qué les es necesaria la humildad a quienes desean alcanzar la santidad?
26. ¿Cómo podrán los mansos conseguir llevar a cabo sus propósitos sin actuar violentamente contra sus opositores?
3-4.
27. ¿Cómo podemos conseguir los cristianos realizar parte de nuestras aspiraciones, si no tenemos poder para hacer que la humanidad se adapte a nuestras pretensiones?
28. ¿Cómo convenció San Pablo a Filemón para que tratara a su esclavo Onésimo como a un hermano en la fe?
29. ¿Podemos hacer el bien aunque no consigamos exterminar las diferencias marginales?
30. ¿A quiénes se refiere San Mateo al hablar de los que lloran?
31. ¿Es orar lo único que podemos hacer para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo? ¿Por qué?
3-5.
32. ¿Cómo pueden llevar a cabo su trabajo los que anhelan que la justicia reine en el mundo pacíficamente?
3-6.
33. ¿Qué es la misericordia?
34. ¿Quiénes son los misericordiosos?
35. ¿Por qué trabajan los misericordiosos en la creación de un mundo en que no exista ningún tipo de exclusión social?
3-7.
36. ¿Quiénes son los limpios de corazón?
37. ¿Por qué no pueden relacionarse la santidad y la impureza?
38. ¿Puede ser superado el estado de impureza? ¿De qué maneras?
39. ¿Qué significa el texto de ROM. 5, 20?
3-8.
40. ¿Por qué se saludaban los judíos cuando Jesús vivió en Israel deseándose la paz?
41. ¿En qué se diferencia nuestro concepto de la paz del concepto de la paz que tenía Jesús?
42. ¿De qué espada habla Jesús en MT. 10, 34?
43. ¿En qué circunstancias es difícil seguir a Jesús?
3-9.
44. ¿Qué relación hay en la Biblia entre la fe y la justicia?
45. ¿Pueden equipararse el concepto de la justicia que aparece en la Biblia, con el que tenemos de la misma en la actualidad? ¿Por qué?
46. ¿Por qué no es posible tener fe en Dios y no hacer el bien?
47. ¿En qué sentido es para nosotros convertirnos en imanes a la hora de atraer problemas el hecho de seguir a Jesús?
48. ¿Por qué los cristianos podemos ser contestados por nuestros hermanos de fe y/o los no creyentes?
3-10.
49. ¿Con qué intención sirven los Santos a Dios?
50. ¿Qué diferencia existe entre servir a dios por amor a Nuestro Padre común y a sus hijos los hombres, y servirlo esperando alcanzar alguna recompensa?
51. ¿Por qué San Mateo habla en su Evangelio del Reino de los cielos, y no del Reino de Dios?
52. ¿Por qué el Reino de Dios es de los pobres de espíritu?
53. ¿Por qué merecerán los mansos heredar la tierra cuando la misma sea el Reino del Dios Uno y Trino?
54. ¿Por qué serán consolados los que lloran, y los hambrientos y sedientos de justicia serán saciados?
55. ¿Por qué serán tratados los misericordiosos por Dios tal como traten a los que beneficien?
56. ¿Por qué verán a Dios los que tengan sus corazones purificados?
57. ¿Por qué merecen tener la consideración de hijos de dios los pacificadores?
58. ¿En qué sentido son felices, dichosos o bienaventurados, los que son perseguidos, por profesar la fe cristiana?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos los capítulos 5-7 del primer Evangelio, diferenciando las creencias judías de las de Jesús, y pensando si, como cristianos que somos, mantenemos las creencias de Jesús, o las de los que asesinaron al Señor.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MT. 5, 1-12A.
Comprometámonos a no entristecernos este día pensando en nuestros familiares y amigos queridos que han fallecido, y honremos su recuerdo, intentando ser tan felices, como ellos quisieron que lo fuéramos, mientras estuvieron con nosotros.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a gastar la energía que invierto en preocuparme a veces por problemas que no puedo solucionar, en trabajar en la plena instauración de tu Reino de amor y paz en la tierra. Fortalece mi fe, para que siempre pueda contarme, entre tus fieles Santos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 34, pidiéndole al Dios Uno y Trino, que nos fortalezca la fe que hemos recibido del Espíritu Santo, para que siempre podamos estar, entre sus fieles Santos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.
Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.
Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.
San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).
Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.
Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).
Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).
El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.
A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.
Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.
Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.
San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).
Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.
Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).
Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).
El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.
A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.
Meditación de MC. 13, 24-32.
Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.
A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.
Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).
Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.
El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.
Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:
"Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).
En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.
Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.
En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.
San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.
¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.
Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.
Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.
El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.
La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.
José Portillo Pérez.
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