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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

    Meditación.

   Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.

   Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.

   Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.

   San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).

   Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.

   Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).

   Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).

   El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.

   A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Los dolores y gozos de San José. Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. (19 de marzo).

   Meditación.

   Los Dolores y Gozos de San José.

   1. Hagamos una parada en nuestro camino de Cuaresma para celebrar la vida y obra de San José de Nazaret, el guardián de Jesús y María, los mayores tesoros del Reino de Dios. Por la diligencia con que nuestro Santo Patrón cumplió el deber que le fue encomendado por nuestro Santo Padre, José merece ser reconocido por nosotros como Padre de la Iglesia Universal, refugio seguro de quienes no pueden confiar en sí mismos circunstancialmente, Padre de quienes mueren con la satisfacción de haberse esforzado plenamente en cumplir la voluntad de Dios, y Patrón de los cristianos que se preparan para recibir el Sacramento del Orden sacerdotal.

   Recordemos los siete dolores y gozos de nuestro Santo Patrón.

   2. Son muy pocos los datos que los autores de la Biblia nos ofrecen en sus respectivas obras sobre el Santo que estamos celebrando. San Lucas nos dice que María le fue prometida a José en matrimonio antes de quedarse embarazada por obra y gracia del Espíritu Santo (LC. 1, 27). El compañero de peregrinación del Apóstol Pablo también nos cuenta que María vivió los 3 primeros meses de la concepción de Jesús en casa de su prima Isabel (LC. 1, 56) quizás por causa de José, el hombre de quien San Mateo nos dice que decidió repudiar a María secretamente para evitar rumores molestos (MT. 1, 19). Según una antigua tradición, en aquel tiempo, muchas mujeres de Palestina hacían voto de virginidad para apresurar la venida del Mesías. Esa tradición nos hace suponer que María también hizo ese voto de virginidad perpetua, y que José, cuando recibió el anuncio de la Encarnación del Verbo divino de parte del ángel de su sueño, no quiso perturbar el voto de su joven esposa. Son muchos los escritores y pintores que han pugnado a lo largo de la Historia argumentando la posible vejez de José para que nos sea fácil creer que nuestro Santo no quiso imponerse ante su mujer para romper la supuesta promesa que le hizo a Dios para acelerar el Nacimiento de Jesús. José soñó que un ángel le decía que María no le había sido infiel y, aunque los sueños en ciertas ocasiones encierran en sí mismos una verdad, un miedo o rechazo inocuos o la expresión de un deseo muy anhelado, José tomó la decisión de no alterar su propósito de ser feliz junto a María, a pesar de que no podía olvidar que él no era el padre del Hijo de su prometida. El anuncio de la Encarnación de Jesús le produjo a José un gozo cierto por cuanto María le fue fiel, pero ese gozo tenía que ser aumentado por una fe a toda prueba para que nuestro Santo no decidiera hacerse atrás y renunciar a María y a Jesús.

   3. San Lucas nos cuenta detalladamente el Nacimiento de Jesús en el capítulo 2 de su Evangelio (LC. 2, 1-7). Cuando el Niño de Belén estaba por nacer, José tuvo que emprender un largo viaje desde Nazaret hasta Belén junto a su mujer para empadronarse. Los judíos tenían la costumbre de celebrar la natividad de sus hijos, pero José sufrió pacientemente la humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus rebaños en las noches de invierno. Las diversas pruebas que José vivió a lo largo de su vida debieron servirle a nuestro Santo para esperar la instauración del Reino de Dios, así pues, en esta vida no podemos ser plenamente felices y, la felicidad que tenemos, es la consecuencia de aprender a sobrevivir al dolor sin perder la esperanza con respecto a la Parusía de Jesús que acontecerá cuando Dios lo crea oportuno. José fue inmensamente feliz cuando en su pobreza fue visitado por pastores que, aunque no tenían buena prensa entre sus hermanos de raza, festejaron junto a él y a María la Natividad del enviado de Dios. Dios se hizo pobre una noche primaveral y enriqueció espiritualmente a la Sagrada Familia y a los pastores de Galilea mientras los coros angélicos entonaban el Gloria.

   4. José sufrió intensamente la circuncisión de Jesús (LC. 2, 21), pero se alegró inmensamente al imponerle el nombre que se traduce a nuestro idioma como "Dios salva".

   ¿Cómo puede salvarnos Dios encarnándose en la miseria humana? Nuestro Santo Padre se ha empeñado en redimirnos de la ceguera del rechazo del dolor y la impotencia que absorbe nuestra capacidad de reaccionar ante nuestro sufrimiento para que podamos creer que somos "coherederos de Cristo, por cuanto, si ahora participamos en sus sufrimientos, también compartiremos la gloria con él" (ROM. 8, 17).

   5. José sufrió un dolor muy agudo al escuchar la terrible predicción de Simeón respecto del sufrimiento que habían de soportar Jesús y María (LC. 2, 29-35), pero se gozó al saber que Jesús es para nosotros la salvación y la resurrección de nuestros cuerpos y almas (JN. 11, 25).

   6. José sufrió mucho cuando recibió el aviso del ángel de su sueño de que debía huir a Egipto para salvar la vida de Jesús (MT. 2, 13). El recuerdo de este relato de San Mateo puede hacernos pensar que Dios no podía -o no quería- hacer nada para salvar a su Hijo, pero si Dios quiso hacerse tan débil como nosotros, nuestro Señor tenía que ser uno más de entre todos los niños que a lo largo de la Historia han sido violentados de muchas formas. José pudo soportar este dolor tan amargo porque sabía que Dios y su Hijo estaban con él y la bienaventurada María.

   7. Quizás José se sintió confuso al tener sometido al Hijo de Dios. Cuando la Sagrada Familia volvió de Egipto a Palestina y se estableció en Nazaret (MT. 2, 23), José sufrió mucho al verse obligado a instar a su Familia a que hiciera un viaje rápido, largo y peligroso, pero todo aquel dolor se convirtió en alegría y optimismo cuando la Sagrada Familia se instaló en Nazaret.

   8. El último de los 7 dolores y gozos de nuestro Santo lo constituyeron la pérdida de Jesús cuando nuestro Señor celebró la Pascua como mayor de edad cuando sólo tenía 12 años, y cuando fue encontrado en el Templo (LC. 2, 41-51). Quizás aquella experiencia le sirvió a nuestro Santo para despertar en su corazón la esperanza respecto de que Jesús vino al mundo con una misión que cumplir que le había sido encomendada por Dios (MT. 2, 21).

   9. Permitidme concluir esta meditación pidiéndoles a los padres de familia que imiten a San José. Padres, no pretendáis que vuestros hijos sean vuestras imágenes vivas, recordad que ellos son personas diferentes a vosotros.

   También quiero pedirles a quienes cuidan  e intentan sanar o aliviar a los enfermos que imiten a José para que quienes están muy graves puedan llegar al cielo con la satisfacción de haber sido amados.

   A quienes se dedican a preparar a los nuevos sacerdotes les pido que sigan realizando esa labor tan importante que llevan a cabo para que cada día falten menos vocaciones sacerdotales en un mundo en el que los ministros de Cristo son tan necesarios.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos. (Estudio bíblico para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Meditación.

   San José, un Santo ejemplar para todos los cristianos.

   Estudio bíblico de la actuación de San José en la vida de Jesús.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Al escribir esta meditación, pienso en los niños que crecen plenamente confiados en los cuidados amorosos que reciben de quienes les aman, y en aquellos otros niños cuya vida se entiende que no se extingue, porque Nuestro Padre común desea que los tales vivan. Aquel que le hizo de Padre a Nuestro Salvador, les enseña a nuestros niños a reflexionar sobre el amor, la seguridad y la Belleza del hecho de tener padres. Al escribir dichas palabras, no puedo dejar de pensar, tanto en los niños como en los adultos, que viven lejos de la presencia de sus padres, ora porque los tales le entregaron su espíritu a Dios, ora por causa de las dificultades que tienen que superar, porque, al hablar de la paternidad, no solo los niños, sino también los adultos nos sumergimos en la debilidad de la infancia, con el fin de regocijarnos por la grandeza de haber tenido la dicha de ser hijos de nuestros padres, y por el don de ser hijos de Nuestro Santo Padre del cielo.

   En este día tan especial, también pienso en los adolescentes que tienen deseos desesperados de independizarse de sus mayores. A aquellos adolescentes y jóvenes, que, después de desobedecer a sus padres, cometen graves errores, y, a pesar de ello, sus progenitores les ayudan, después de tragarse su orgullo, les pido que reflexionen, sobre el don que han recibido de Nuestro Santo Creador, de tener unos padres tan buenos.

   Pensemos también en los jóvenes -y no tan jóvenes- que se independizan de sus padres, ora para constituirse en familias, ora para dedicarse exclusivamente a la profesión de su fe, así pues, mientras que los primeros se hacen cooperadores de Dios en su obra creadora en virtud de su paternidad, los otros se convierten en padres espirituales, los cuales solo ven a sus hijos cuando los tales sufren y buscan su ayuda cuando no la encuentran en el mundo. Los religiosos solo reciben la manifestación del máximo dolor de los hombres cuando sienten que van a estallar o creen morir de pena porque creen haber llegado al límite de resistencia de sus dificultades, y cuando les demuestran, -quizá con gran agresividad-, que no creen en el Creador de la vida. Una de las grandes paradojas de la vida, es la soledad de aquellos hombres y mujeres que viven lejos del mundo en términos espirituales, y, al mismo tiempo, entre sus muchos hijos, retoños de la vida de la fe, gigantes dominadores de los conocimientos de este mundo, que no se responsabilizan de consolar a quienes viven terriblemente aislados, no porque no tienen quienes les amen, -aunque, muchos de ellos renunciaron a sus familiares, porque no aceptaron su vocación-, con tal de ayudarles a nacer, a la vida eterna de la gracia.

   El recuerdo de la vida de San José, -el Sagrado Titular de la Iglesia de Cristo-, puede concienciarnos de la necesidad existente de homenajear a los religiosos, tanto por la necesidad que tenemos de que realicen su obra, como por la necesidad que los tales tienen de calor humano, porque, cuanto más amados se sientan por Dios, mayor será su necesidad de los hombres, porque su trabajo consiste en cooperar en la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, -es decir-, en la construcción de una sociedad en que no exista ningún tipo de marginación.

   En este día en que la vida de San José nos alienta a no dejar a medio terminar los ejercicios espirituales que comenzamos a vivir intensamente con tantas ganas el pasado Miércoles de Ceniza, recuerdo que, en el mundo en que vivimos, necesitamos fortaleza varonil para vencer dificultades, constancia de trabajador sobresaliente para que podamos realizar nuestros sueños, celo maternal para amar y cuidar a nuestros familiares, y fe divina, para que nunca dejemos de creer que podemos vencer -o sobrellevar- nuestras dificultades, pues vivimos como peregrinos en un mundo que no siempre será el nuestro, hasta que sea plenamente concluida la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros.

   Pensemos con gran amor en nuestros abuelos, en quienes no dejan de pensar ni un solo día que han hecho todo lo que tenían que hacer, en quienes se enorgullecen de sus hijos y nietos, en quienes examinan con lupa cada instante de su vida, y, especialmente, recuerdan cada logro, y cada fracaso que han formado parte de su existencia.

   Pensemos también en los enfermos, y, especialmente, en quienes esperan el crucial momento en que la vida les sonría y les manifieste que todo lo han hecho bien. Hoy estamos en este mundo, y no sabemos cuánto tiempo se van a prolongar nuestras vidas, por consiguiente, con tal de no sufrir, -en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar, si no la plenitud, al menos, un poco de felicidad-, vivamos este momento "a tope", porque, aunque viviremos muchos instantes idénticos al presente, este momento de nuestra existencia de hijos de Dios, jamás se volverá a repetir.

   El pasado año 1999, cuando empecé a promocionar el libro Trigo de Dios, pan de vida, conseguí que me entrevistara una periodista, en su programa de televisión. Cuando fui interrogado sobre el lugar o la persona en quien tenemos que buscar la plenitud de la felicidad, respondí inmediatamente, -como si hubiera esperado que se me hiciera la citada pregunta-, que la felicidad está en nuestro interior, porque me acordé, mientras contestaba esa pregunta, que fue en su interior, donde San Agustín se encontró con el Dios que había buscado en toda la creación.

   1. San José fue un hombre que deseaba ser feliz junto a la mujer que amaba.

   En el siglo I de la era cristiana, los palestinos acostumbraban a sus hijos varones, cuando estos cumplían cinco años, a separarse de sus madres, -quienes dejaban de cuidarlos para confiarlos a sus maridos-, para que los padres empezaran a formarlos, para que fueran hombres de provecho. La formación profesional de los niños, se acompañaba de un profundo estudio de las Sagradas Escrituras,, pues, aunque en aquel tiempo el Judaísmo se había dividido en varias ramificaciones, los habitantes del país de Nuestro Salvador, no habían perdido su fe en el Dios de las promesas.

   Cuando José fue un hombre, se comprometió  a casarse con María, una joven nazarena virtuosa, de quien esperaba que lo hiciera feliz, ayudándolo en sus necesidades y trabajos, comprendiéndolo cuando tuviera problemas, sirviéndolo como buena esposa judía, honrándolo con su virtud, y amándolo inmensamente, porque, las relaciones matrimoniales, en las Sagradas Escrituras, son equiparadas a la relación existente, entre Dios y sus creyentes (LC. 1, 26-27).

   2. La noche oscura de la duda.

   A pesar de la esperanza que tenía José de vivir una vida feliz, de la que sabía que, dadas las circunstancias que caracterizaban su país en aquel tiempo, no iba a estar exenta de dificultades, Dios quiso que el futuro esposo de María viviera una experiencia del desierto en que los católicos nos refugiamos en el tiempo de Cuaresma, para, al evaluar nuestras carencias, poder valorar, correctamente, la grandeza de Nuestro Padre y Dios. Después de haberse comprometido legalmente con su futura esposa, el orgullo del carpintero descendiente de la dinastía davídica, recibió un golpe letal (MT. 1, 18).

   ¿Cómo podría creer José que, entre todas las mujeres de Israel, su prometida fue elegida, para engendrar al Mesías, Aquel de quien muchos judíos, creían que aparecería repentinamente en el mundo, para realizar una grandiosa obra?

   Lo más razonable en aquella situación, tanto para José como para los familiares y demás conocidos tanto de su prometida como de él, era decidirse entre estas dos posibilidades: O María le había sido infiel a su futuro marido deliberadamente, o un hombre, cuyo nombre ella no quería revelar, -si es que lo sabía-, la había obligado a mantener relaciones sexuales (MT. 1, 19).

   Dado que Nazaret era un pueblo pequeño, y sabemos que en los entornos rurales todos se conocen, y difícilmente alguien puede ocultar algún hecho de su vida, creo que José se entrevistó con el padre o el tutor de María, y ambos acordaron enviar a la Madre de Jesús a casa de su pariente Elisabeth, con tal de separarse de ella secretamente, no porque se sentía avergonzado por la supuesta culpa de María, sino porque no quería asesinarla, en conformidad con el siguiente precepto legal (LV. 20, 10).

   (LC. 1, 39-40). Cuando María se marchó de Nazaret, José debió pensar que el tiempo, del que erróneanente creemos que cura todas las heridas, en el sentido de que ocultamos muchas en nuestro interior, y nos negamos a pensar en las mismas para no sufrir, sería el responsable, tanto de su consuelo, como de que sus familiares y conocidos se acostumbraran a su ruptura con María. La historia que parecía haber acabado dramáticamente, tenía que continuar por deseo de Dios, aunque ello era ignorado por José.

   3. José vio la luz en la oscuridad de la noche de su desierto.

   (MT. 1, 20-25). Quizás José pensó en algún momento que el ángel de su sueño no era más que el producto del deseo que tenía de que no fuera verdad lo que le estaba sucediendo, pero, a pesar de correr tan precipitado riesgo, decidió confiar plenamente en el espíritu de su visión, el ángel de Yahveh mencionado en las teofanías bíblicas, el mismo Dios quien, personalmente, y no por medio de ninguno de sus siervos, le pidió a José, que aceptara la paternidad del que llegó a ser el Hijo querido de ambos.

   4. El viaje inesperado, fue una nueva prueba para José.

   Nuestra experiencia vital nos recuerda que, cuando tenemos una dificultad, ello es un indicio de que debemos prepararnos a pasar por bastantes pruebas. Cuando faltaba poco tiempo para que María diera a luz, José se vio obligado a llevarla consigo a Belén, a fin de que ambos fuesen empadronados, pues Augusto César quería conocer el número de habitantes del Imperio romano, con el fin de cobrarles un impuesto, para poder realizar obras públicas. Dado que los judíos tenían la costumbre de ser censados en las ciudades originarias de sus linajes, José tuvo que viajar a Belén. Si en aquel tiempo los viajes eran lentos y complicados, los mismos eran más fatigosos, cuando se hacían con enfermos, niños pequeños, ancianos y mujeres embarazadas.

   (LC. 2, 1-5). ¿Cómo hubiera podido sospechar el Emperador de Roma que estaba cumpliendo la orden divina de hacer que la Sagrada Familia se desplazara a Belén, para que el Mesías naciera en el pueblo en que se fundó el linaje davídico, en cumplimiento de la profecía de Miqueas? (MI. 5, 2).

   5. La prueba de la humillación del desamparo.

   (LC. 2, 6). Cuando llegaron a Belén, José y María se vieron sin tener un lugar en que refugiarse, para esperar el Nacimiento de Jesús.

   ¿Cómo se explica el hecho de que la Sagrada Familia no encontró acogida en Belén, a pesar de la hospitalidad que en el pasado había caracterizado al pueblo hebreo?

   ¿Cuántos matrimonios había en Belén sufriendo las consecuencias del mismo abandono?

   El paso de los siglos no extermina la pobreza del mundo. En nuestro tiempo, unos no ayudan a los pobres porque no saben cómo hacerlo, otros no lo hacen porque desconfían de las ONGS, otros se abstienen de ello para no ser engañados, y, a otros, les es indiferente el hecho de que haya gente en el mundo que viva sin los bienes estrictamente indispensables.

   De la misma manera que si no predicamos la Palabra de Dios, somos responsables de los pecados que cometan nuestros prójimos los hombres, si no hacemos nada para remediar la pobreza de la mayor parte de la humanidad, mereceremos el castigo con que el rico epulón fue privado de vivir en la presencia de Dios (LC. 16, 19-31), porque hay situaciones en que, la indiferencia que mostramos con respecto a las mismas, es pecaminosa.

   ¿Por qué hay gente que, a pesar de que tiene el bienestar asegurado con respecto a sus posesiones, se cree la más desdichada del mundo, porque vive obsesionada con el hecho de enriquecerse?

   6. El Nacimiento de Jesús.

   (LC. 2, 7). Si para los extremadamente pobres es difícil no tener un techo bajo el que refugiarse, para la Sagrada Familia, que tenía su propia vivienda en Nazaret, debió ser doloroso el hecho de ver nacer a su Hijo, en una cueva destinada a guarecer los rebaños de ovejas y otros animales en el invierno. Después de superar la difícil etapa de aceptar el hecho de criar y educar a un Hijo que no era suyo, José tuvo que ser probado por el crisol de la pobreza. Difícil es la situación de quienes viven lejos de sus familiares y amigos, especialmente en las circunstancias en que más apoyo necesitan.

   7. La visita de los pastores.

   (LC. 2, 8-20). Por el hecho de que la Sagrada Familia estaba sola, Dios quiso enviarles el consuelo de la compañía de algunos miembros del llamado "resto de Israel". José y María no fueron felicitados por sus familiares y amigos, pero, aunque quizás en un principio se turbaron por la presencia de quienes a veces tenían que robar para malvivir, y por ello tenían mala fama, quizás comprendieron que Dios quiso que su Primogénito fuera recibido por aquellos de sus hijos que más lo aman, porque, el Dios Uno y Trino, es su único bien.

   En medio de aquella piadosa e improvisada celebración, María meditaba los acontecimientos relacionados con la vida de su Hijo. Los sufrimientos que habían marcado el tiempo de su gestación habían sido abundantes y difíciles de sobrellevar, y el futuro que tenían delante era incierto.

   ¿De qué manera se llevaría a cabo la misión de Jesús?

   ¿Por qué quiso Dios servirse de una familia tan humilde para que su Unigénito fuera recibido en el mundo?

   José no veía la oportunidad de sacar a sus familiares de aquel establo, y buscar un trabajo. Por otra parte, dado que en Nazaret el recuerdo de su pasado reciente hacía que la Sagrada Familia fuese el objeto de burla de la mayoría de los aldeanos, quizá sería más conveniente que se quedaran a vivir en Belén. Hay gente que, aunque no desea esforzarse en la edificación de la fe de sus prójimos, no sabe lo que hacer para que los tales se hundan definitivamente. Hay gente que esconde sus fracasos sacando a relucir la desdicha de los demás.

   Hay veces en que en plena situación de desamparo en que no cesan de cerrarse puertas, se abren respiraderos por los que podemos respirar el aire fresco que necesitamos para abrirnos a la posibilidad de superarnos y mejorar tanto nuestra espiritualidad como la calidad de nuestras vidas. Esta es la situación en que José pensaba, mientras se regocijaba al ver cómo los pastores alababan a Jesús, y no dejaba de extrañarse, de cómo los ángeles habían consolado a aquellos pobres hombres, diciéndoles que, Aquel Niño envuelto en pañales, y marcado por la debilidad, era un signo de la más cierta esperanza.

   8. La circuncisión de Jesús.

   (LC. 2, 21. GN. 17, 14). Aunque Jesús no necesitaba ser circuncidado, porque es el Unigénito de Dios, -Jesús tiene la misma naturaleza o esencia de Nuestro Padre celestial-, Nuestro Salvador quiso ser en todo igual a nosotros, exceptuando el hecho de pecar (HB. 4, 14-15).

   Al ser circuncidado, Jesús fue acepto en su religión como verdadero israelita, -es decir, como verdadero creyente en Dios-. Esto significó, en un principio, que José se comprometió a darle al Señor una buena formación religiosa, lo cual puede ser imitado por los cristianos que bautizan a sus hijos, para que estos, cuando crezcan, sean intachables discípulos de Jesús.

   9. La profecía o anuncio de la Pasión y muerte de Jesús.

   (LC. 2, 22-40). José vio cómo Simeón le profetizó a María que Jesús estaba destinado a ser un signo de contradicción, por cuya causa los israelitas se separarían unos de otros, lo cual indica que, entre los hermanos de raza de Nuestro Señor, existiría la separación de cultos, ya que unos seguirían adaptándose al Antiguo Testamento, y otros desearían ser redimidos por Jesús, -es decir, se cristianizarían-.

   José supo que, mientras María sufriría inmensamente por causa de su Hijo, él no podría ser partícipe de dicho dolor junto a la mujer que amaba.

   ¿Qué causa separaría a José de quienes amaba nuestro Santo?

   ¿Llegaron a captar José y María el mensaje profético de Simeón íntegramente? San Lucas no nos informa de este hecho, pero, con el paso del tiempo, y el transcurso de los acontecimientos relacionados con la vida de nuestro Redentor, la Iglesia ha logrado interpretar las palabras del anciano cuyo sueño de no morir antes de ver al Mesías, fue cumplido por obra y gracia del Espíritu Santo.

   10. La adoración de los Magos y la huída a Egipto.

   (MT. 2, 1-23). Mientras que María tenía que vivir los momentos más relevantes de la vida de Jesús, José, privado de presenciar la adoración de los Magos, y de acompañar a Jesús en su agonía, tenía que ceñirse humildemente al cumplimiento de su misión de padre y educador, de un modo silencioso. José no podía ser el tipo de padre que educa a sus hijos, no para que los mismos se abran camino en la vida, sino para alardear de su soberbia. Lejos de dejarse llevar por el ciego y estéril orgullo, José debió vivir admirado de cómo le fue confiada, en su pequeñez, la gran y extraña misión, de formar al mismo Unigénito de Dios.

   El episodio de la inmigración a Egipto fue doloroso. En cuestión de minutos, José fue despertado, avisó a María, ambos cogieron al pequeño Jesús y sus bienes más indispensables, y, sin despedirse de nadie para no poder ser localizados, se internaron en las sombras de la noche, camino de donde Dios quisiera conducirlos.

   ¿Dónde iban a vivir?

   ¿Dónde iban a refugiarse?

   José y María tenían muchas preguntas que hacerse, pero, por el momento, lo mejor que podían pensar, era en huir, sin dejar ninguna huella que los delatara.

   La Sagrada Familia se ocultaba durante los días, y caminaba durante las noches apresuradamente, confiándose en las manos de Dios, y afrontando la posibilidad de desafiar los peligros de la noche, ya fueran estos asaltantes enfurecidos, o temibles tormentas desérticas.

   Aun estando en Egipto, la Sagrada Familia temía que Jesús fuese localizado por los partidarios de Herodes. En medio de su intranquilidad, Jesús, María y José, tenían que aparentar que vivían en un ambiente de normalidad, hasta que les llegara la hora de volver a las tierras de Palestina.

   Aunque José soñaba con la idea de establecerse en Belén, con tal de evitar el hecho de vivir bajo el dominio de Arquelao, obedeció la revelación divina de establecerse en Nazaret, haciéndoles frente a sus convecinos, quienes, de alguna manera, directa o indirecta, siempre le daban a entender que Jesús no era su Hijo, porque era el fruto de una relación de adulterio, trataban a María como si se hubiera prostituido, y marginaban al pequeño Jesús. No sabemos por qué en ciertas situaciones tenemos que recorrer los caminos que menos deseamos transitar. En tales circunstancias, lo mejor que podemos hacer, es permanecerle fieles a Dios, hasta que nuestro Padre común nos haga ver la luz, al respondernos las preguntas que nos aturden.

   11. Jesús vivió entregado al cumplimiento de la voluntad de Dios.

   (LC. 2, 41-52). Además de estar privado de presenciar los momentos claves de la vida de nuestro Salvador, cuando Jesús fue encontrado en el Templo, e interrogado por María, José recordó la gran humildad de su paternidad. En un tiempo en que los hijos eran considerados como esclavos por sus padres, José tenía que dedicarse a servir a nuestro Salvador. Observemos que fue María quien interrogó a Jesús, por consiguiente, es extraño el hecho de que José permaneciera en actitud silente, cuando, en tal circunstancia, cualquier hombre, lo mínimo que hubiera hecho, es pegarle a su hijo. La situación en aquel tiempo en Palestina no era idónea como para que un niño de doce años se separara de sus padres en el tiempo de Pascua, que era precisamente cuando los zelotes tenían más a flor de piel su espíritu extremadamente nacionalista, lo cual podía hacerles revelarse instantáneamente contra el poder romano establecido.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios, -nuestro Padre común-, que, a ejemplo de San José, haga de nosotros cristianos religiosos y laicos humildes, que no destaquemos por el deseo de ser grandes personalidades, sino por la actitud de servicio que caracteriza al dios Uno y Trino. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

San José de Nazaret. (Meditación para la solemnidad de San José de Nazaret, esposo de la Virgen María. 19 de marzo).

   Meditación.

   San José de Nazaret.

   Tenemos muy pocos hechos referentes al Patrón de la Iglesia Universal en la Biblia, pero los mismos, dado el tiempo en que sucedieron, nos hacen pensar que el padre adoptivo de Jesús fue un gran hombre. Busquemos en la Biblia la información existente en sus páginas con respecto al Santo cuyo recuerdo celebramos en este día de Cuaresma.

   (LC. 3, 23). Existe una disparidad con respecto al nombre del padre de san José, pues San Mateo escribió en su obra: (MT. 1, 16). Esta disparidad no tiene por qué hacernos pensar que debemos rechazar nuestras creencias dado que ambos textos no coinciden entre sí, pues la citada diferencia entre los escritos de los citados autores puede ser explicitada.

   (LC. 1, 26-27). Al igual que hemos averiguado algo sobre el posible nombre del padre de san José y que nuestro Santo era descendiente del Rey David, también podemos averiguar cuál era el trabajo del marido de nuestra señora (MT. 13, 55).

   Aunque muchos creen que San José era anciano cuando se casó con Santa María con el fin de justificar la creencia de que él nunca interrumpió el voto de virginidad perpetua de Nuestra Mediadora celestial, es muy probable que nuestro santo tuviera entre veinte y veinticinco años cuando contrajo matrimonio con la Madre del Mesías, mientras que ella debía tener entre quince y diecisiete años.

   Con respecto a la clase social a la que pertenecían los padres de Jesús existen varias hipótesis, ya que unos piensan de los mismos que pertenecían a la alta burguesía de Palestina, mientras que otros piensan que eran pobres.

   José pactó su unión matrimonial con María con san Joaquín, -el padre de nuestra Corredentora-, porque quería compartir su vida con una mujer a la que deseaba amar, y formar una familia. Todos sabemos lo que queremos hacer con nuestras vidas, a pesar de que puede ocurrirnos lo mismo que le sucedió a san José, es decir, que Dios puede transformar nuestros planes de futuro de tal manera que nos adaptemos a las exigencias de Nuestro Criador, ya que el nos quiere salvar, es decir, sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestras vidas. En aquél tiempo, las relaciones de noviazgo se prolongaban durante seis meses y un año, durante el cuál los hombres habían de forjar sus planes para afrontar el futuro. María era mujer, así pues, ella tenía que concienciarse de que tenía que servir y obedecer a su futuro marido, así pues, una vez que se unieran como marido y mujer, él tenía poder legal para romper los votos perpetuos que ella le hubiera hecho a Yahveh, lo mismo que también tenía el citado derecho el padre de Nuestra señora, antes de que la misma se vinculara al carpintero descendiente de la dinastía davídica.

   Hubo un día en el que sucedió algo que descorazonó a José. Joaquín le explicó a nuestro Santo que su hija estaba embarazada. José sabía perfectamente que el Niño que esperaba su prometida no era el compendio del amor que ambos sentían el uno por el otro. El futuro padre adoptivo del Señor pensó que la gente le humillaría apenas se divulgara aquél hecho tan desagradable que le había acontecido. El futuro Patrón de la Iglesia no quería que su desgracia se difundiera, y amaba demasiado a su futura esposa como para privarla del derecho a vivir que todos tenemos porque somos personas e hijos de Dios. José habló con Joaquín para separarse de María secretamente, así pues, ambos acordaron enviar a la joven nazarena a casa del sacerdote Zacarías, el cuál estaba casado con Elisabeth, una pariente de María (LC. 1, 36 y 39-40).

   Nuestro Criador, antes de acabar con las dudas de José, quiso probar lo que dicho Santo haría en aquél caso que era tan difícil de resolver en aquél tiempo. En ciertas circunstancias nos vemos abrumados por los problemas que tenemos, pero llega el día en que Nuestro Padre común nos da la forma de solucionar las cosas que nos preocupan.

   En LC. 1, 56, leemos que María cuidó a Elisabeth durante tres meses, y que se volvió a Nazaret para afrontar su grave problema, para ver si José la aceptaba, la repudiaba intentando que sus convecinos creyeran que se habían separado por el acuerdo mutuo de José y del padre de Nuestra Señora, o para ver si el futuro Patrón de los seminaristas decidía asesinarla, considerando que era una pecadora pública. Existen circunstancias que hemos de vivir sin evitarlas. Las citadas circunstancias pueden ser dolorosas, pero, cuanto antes las vivamos, antes veremos en qué acaba el fundamento de nuestras preocupaciones.

   (MT. 1, 18-25). San Lucas complementa la información del nacimiento de Jesús en los 20 primeros versículos del capítulo 2 de su Evangelio.

   José no sólo superó la tentación de rechazar a un Hijo que no era suyo, sino que vivió las consecuencias de aceptar la paternidad de Nuestro señor. En el capítulo 2 del Evangelio de San Mateo, vemos cómo nuestro Santo, amparándose en las tinieblas de la noche, hubo de huir a Egipto con María y con el Niño, pues Herodes buscaba al pequeño Jesús para asesinarlo, porque quería acabar con la esperanza de los judíos que lo despreciaban de librarse de él fácilmente en el futuro (MT. 2, 13-15). El día siguiente a la crucificción de Jesús, los miembros del sanedrín le pidieron a Pilato que un piquete de soldados romanos vigilaran el sepulcro de Nuestro Señor, (MT. 27, 62-66) con el fin de impedir la difusión de la Resurrección del Mesías, pues temían que el cuerpo del Señor fuera robado por sus seguidores, con el fin de poder inventar que Jesús había vencido la muerte. ¡Qué fácil es abusar de los débiles y acabar con los recuerdos de quienes viven añorando un pasado que sin duda fue mejor que su presente!

   En el capítulo 2 del Evangelio de San Lucas encontramos más hechos relacionados con nuestro Santo. Cuando se cumplió el octavo día del nacimiento de Jesús, la Sagrada Familia fue al Templo de la ciudad santa para circuncidar al Mesías (LC. 2, 21). Aquél acto fue muy importante para José, ya que en el mismo confirmó públicamente su aceptación de la paternidad del Hijo de María. Es verdad que él había previsto vivir en Belén quizás para evitar las molestias que podían causarle los nazarenos al recordarle constantemente que tenía un hijo que no era suyo, pues todos sabemos que hay gente que no avanza en ningún aspecto de su vida que no permite que sus prójimos superen su patético estado de aletargamiento, pero, cuando José fue avisado de que abandonara Egipto porque Herodes había muerto, quiso habitar en Nazaret (MT. 2, 19-23), lo cuál le hizo pensar que no abandonaría al pequeño Jesús bajo ninguna circunstancia, ya que había convivido durante dos años con él, había sido emigrante para salvar la vida del niño de Belén, y no estaba dispuesto a dejar que sus convecinos rompieran el vínculo que le unía a quienes más amaba en el mundo.

   A partir del retorno de Egipto a Nazaret, los Evangelios canónicos no nos ofrecen ningún dato de la más tierna infancia de Jesús. San Lucas cierra el capítulo dos de su Evangelio narrándonos la desaparición de Jesús cuando Nuestro señor celebró la Pascua judía cuando tenía doce años como judío mayor de edad (LC. 2, 41-50), según una antigua prescripción legal. José y María lo encontraron en el Templo después de haberlo buscado durante tres días con una gran preocupación, pues en aquel tiempo podrían haber acaecido hechos muy dolorosos y trágicos como para que un niño de doce años hubiera estado perdido en Jerusalén, en una fiesta en la que el espíritu nacionalista judío podría haber provocado un mortal enfrentamiento con el poder romano que podría haber causado un gran desastre. José no sólo calmó su ánimo al encontrar a Jesús en el Templo, sino que aceptó que su Hijo no vivía para obedecerlo a él, sino para hacer la voluntad de Dios.

   Nuestro santo murió durante los años de la adolescencia de Jesús, siendo consciente de que no vería el cumplimiento de la profecía del anciano Simeón referente a la Pasión de Nuestro señor (LC. 2, 28-32).

   -De San José aprendemos a hacer bien hecho lo que podemos hacer por amor a Dios, a nosotros y a nuestros prójimos.

   -De San José podemos aprender a fiarnos de Dios siempre, incluso en los casos en que parece que nuestras vidas se tambalean y nada tiene sentido. Pensemos en el hombre que confió en un Dios que lo único que hizo cuando peligraba la vida de su Hijo fue confiarle la custodia del mismo a un simple mortal, cuando nosotros, en ese caso, actuaríamos probablemente como animales salvajes cegados por un poder instintivo capaz de salvar,  matar y perderlo todo por todo.

   Nuestro Santo nos enseña que las relaciones matrimoniales son cosas de dos personas que se aman, que los demás pueden dar consejos referentes a la vivencia de las mismas, pero que nadie tiene que interferir en la vida de los que deciden formar familias.

   -Nuestro Santo nos enseña a trabajar sin protestar en circunstancias buenas y adversas. José trabajó en Egipto como emigrante y afrontó épocas de carestía en Nazaret.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la solemnidad de San José, esposo de la Virgen María. (19 de marzo).

      Meditación.

   A pesar del protagonismo que nuestro santo tuvo en la vida de Jesús, en la Biblia se nos da una información muy reducida con respecto al marido de María, la cuál nos es suficiente como para reconocer los méritos que coronaron la existencia del Patrón de la Iglesia Católica, los seminaristas y la buena muerte. En la Biblia se nos dice que José pertenecía al linaje de David (MT. 1, 20), por lo cuál era de Belén. Él pactó con Joaquín su matrimonio con María. José no sabía que Dios iba a cambiar sus planes de una forma inesperada. Antes de contraer matrimonio con la Madre del Mesías, José supo que su prometida estaba embarazada (MT. 1, 19), por lo cuál la Ley (LV. 20, 10) le obligaba a lapidarla, para extirpar el adulterio de Israel. Si él asesinaba a su prometida no podría evitar la difusión de aquel hecho que era conocido por todos los habitantes de Nazaret. Él amaba demasiado a María como para asesinarla, pero no podía aceptar el hecho de convivir con un Hijo de María que le recordaría todos los días de su vida la supuesta infidelidad de su futura esposa.

   Dios tiene la solución ideal a todos nuestros problemas, pero, antes de iluminarnos, pone a prueba nuestra voluntad, con el fin de que nos conozcamos. Cuando con gran alegría Nuestro Padre común vio que José en lugar de querer lapidar a su futura esposa decidió alejarse de su prometida secretamente, hizo que un ángel le dijera que se casara con la hija de Ana, pues el fruto de su vientre procedía del Espíritu Santo (MT. 1, 20), por lo cuál había de creer que ella no le había sido infiel.

   José hubo de organizar su boda rápidamente antes de que Jesús naciera para evitar las miradas burlonas y críticas de los nazarenos, y para emprender el viaje a Belén junto a su mujer, pues ambos habían de empadronarse cuando Tiberio, el Emperador de Roma, realizó un censo, con el fin de obtener dinero para subvencionar las obras imperiales (LC. 2, 1-5).

   A pesar de que José tenía medios suficientes para hospedarse en la posada de Belén, Dios quiso que viviera la terrible humillación de ver nacer a Jesús en una cueva que los pastores utilizaban como establo, mientras que, según un relato apócrifo, Dios gozó intensamente al nacer entre dos animales muy dóciles que calentaron al Niño Dios con su aliento, una mula y un buey. Ojalá todos comprendiéramos que en el mundo que vivimos no podemos prescindir unos de otros, y por ello empezáramos a transmitirnos el afecto que ha de caracterizarnos para que podamos aprender a compartir nuestras posesiones con quienes las necesitan. José recibió una gran lección de amor y compañerismo de adversidad cuando los pastores visitaron a la Sagrada Familia en la cueva de Belén.

   La Profecía de Simeón (LC. 2, 28-32) hizo que nuestro santo sufriera mucho al saber que no sería partícipe del sufrimiento de Jesús y María porque tenía que  morir antes de que las personas que más amaba entraran en agonía. La vida del Patrón de la Iglesia fue una gran lucha contra sus sentimientos, una gran resistencia contra la idea de que su mujer le fue infiel en su juventud, un intenso esfuerzo para aprender a amar a un Hijo que no fue engendrado como compendio del vínculo que le unía a la mujer que amaba, y un esfuerzo constante por resistir a la miseria que invadía al país de los judíos por causa de las diversas injusticias que se llevaban a cabo en esa tierra.

   Os copio un fragmento de la meditación que edité el día de la Sagrada Familia con la pretensión de que podamos recordar cuál era la situación social que vivió la Sagrada Familia de Nazaret:

   "Son muchas las familias que tienen problemas graves. Muchos hijos no comprenden la forma de pensar de sus padres, y muchos padres no pueden aceptar la forma de proceder de sus hijos. Como ha sucedido siempre a lo largo de la Historia, tenemos muchos problemas que afectan nuestras relaciones de familia. En los años en que Jesús vivió en Palestina, aquel país estaba dominado por los romanos, los cuáles no se privaban de usar la violencia para someter a los judíos. Igual que en el tiempo de Jesús, existen hombres capaces de hacer cualquier cosa por aumentar su riqueza, y verse encumbrados en la más alta cima del poder. Al igual que sucede en nuestro tiempo, el terrorismo estaba presente en el país de Jesús, pues los zelotes siempre asesinaban a las víctimas que seleccionaban cuidadosamente. Todos los contemporáneos de Nuestro Señor estaban sometidos a las percepciones religiosas de la clase sacerdotal, de igual forma que en nuestro tiempo mucha gente vive sometida a los líderes espirituales que dirigen cuidadosa y astutamente las sectas a las que pertenecen. Muchos niños, jóvenes y adultos pasan bastantes horas frente al televisor y el ordenador, obviando la posibilidad de desarrollar su espiritualidad, impidiéndose a sí mismos el hecho de comunicarse con sus prójimos.

   Gracias a Dios estamos superando enfermedades que en el pasado eran mortales y en nuestro tiempo carecen de importancia porque pueden ser curadas con una facilidad muy relativa, pero, al sumirnos excesivamente en la observación de los avances científicos, nos estamos construyendo un caparazón, y por ello cada día nos sentimos más aislados. Me asombra mucho la debilidad que caracteriza a quienes no son capaces de enfrentarse a sus dificultades. María no contó con la ayuda de ningún psicólogo cuando temió que José la asesinara por haberle sido supuestamente infiel. José no contó con ningún libro de autoayuda para borrar de su alma el resentimiento letal que le causaba el supuesto acto de adulterio que María cometió contra su persona. José y María no contaron con la asistencia social que hubieran necesitado sin duda cuando tuvieron que huir a Egipto amparándose en las tinieblas de la noche para salvar a Jesús de la muerte.

   ¿Por qué les encomendó Dios la extraña misión de salvarle la vida a Jesús a María y a José?

   ¿Cómo podría aquel Niño salvar a su pueblo en el futuro si Dios lo puso en el mundo sin diferenciarlo de otros niños, exponiéndolo a la muerte?

   En nuestro tiempo hay mucha gente incapacitada para luchar y lograr sus objetivos. Cada día hay más gente que quiere divorciarse. La Sagrada Familia resistió sus dificultades. No podemos decir que Dios facultó a la Sagrada Familia con dones especiales para que resistiera perfectamente sus problemas, así pues, es digno de recordar el malentendido que les surgió cuando Jesús desapareció de la vista de los padres con motivo de la celebración de la Pascua (LC. 2, 41-50), pues sus progenitores creían que su Hijo estaba con alguno de sus parientes".

   José fue un regalo que Dios les hizo a Jesús y a María para que les protegiera y les amara. José fue para sus familiares más queridos la imagen del Dios amante y protector a quienes ellos se sometieron por designio divino y porque en aquel tiempo los niños y las mujeres eran inferiores a los hombres, así pues, aunque no dudamos del amor que José le manifestó a su Hijo, eran muchos los hombres que tenían a sus descendientes como si los mismos fueran sus esclavos.

   José de Nazaret, por tu dolor, por tu aceptación de la paternidad de Jesús y de la Iglesia, y por el amor y protección que le brindaste a María, pídele a Dios que, independientemente de nuestras divisiones, todos aprendamos a ser hermanos unos de otros, para que, a través del ejercicio de la caridad, veamos en Dios a Nuestro Padre verdadero, y por ello empecemos a vivir en esta tierra, haciendo de ella el Reino de Dios presente entre los miembros de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.

José Portillo Pérez

joseportilloperez@gmail.com

Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la solemnidad de la Inmaculada Conncepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima (8 de diciembre).

   Dios se hace presente en nuestra vida ordinaria.

   Ejercicio de Lectio Divina de LC. 1, 26-38.

   Nota: Encontraréis más información referente al Evangelio que consideramos en esta ocasión, en la meditación 3. del apartado 6. del ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo A.

   Lectura introductoria: GN. 3, 15.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Iniciemos este tiempo de oración y meditación esforzándonos para que nuestras ocupaciones y preocupaciones no nos impidan gozar de nuestro encuentro con el Señor, pues Él se hace presente en nuestras vidas, para iluminarnos con su Palabra.

   Orar es elevar nuestra voz al cielo, teniendo la certeza de que Dios escucha nuestras peticiones y acciones de gracias.

   Orar es hacer el bien, con la certeza de que nuestras manos son las manos con que Nuestro Santo Padre cuenta, para beneficiar a sus hijos los hombres.

   Orar es alegrarnos de tener el privilegio de haber sido congregados por Nuestro Padre común, ora en los templos en que se haga este ejercicio de Lectio Divina en grupos de oración, ora en los hogares en que leamos y oremos este trabajo, con nuestros familiares o individualmente.

   Orar es pedirle a Dios la sencillez con que Nuestra Santa Madre acogió a Jesús como Madre, después de disponerse a vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre celestial.

   Orar es saber que nuestra vida cristiana no debe sucumbir ante las contrariedades que la caracterizan, cuando se nos juzga por el mal que no hemos hecho, y cuando no se comprende la fe que profesamos.

   Orar es abrirnos a la novedad del Dios que quiere hacer de la humanidad una familia que vive amándose y sirviéndose constantemente.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, luz que iluminas nuestro entendimiento, y sabiduría que anhelamos para no perder la fe que nos caracteriza:

   Ayúdanos a interpretar el texto bíblico que vamos a considerar, haznos dóciles como lo fue María Santísima para acoger el mensaje que le transmitió San Gabriel, y haznos también mensajeros para el mundo, como lo fue San Gabriel para Nuestra Santa Madre, para que el Evangelio siga siendo predicado, hasta que nuestra tierra sea el Reino del Dios Uno y Trino. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 1, 26-38, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 1, 26-38.

   3-1. El Arcángel San Gabriel fue enviado a Nazaret (LC. 1, 26).

   Nazaret estaba en la ruta de Palestina más concurrida por soldados romanos y mercaderes paganos. Cuando Jesús vivió en Palestina, los judíos despreciaban a los extranjeros, -los consideraban como perros-, porque sus antepasados habían sido dominados en el pasado por diferentes civilizaciones, y ellos estaban subyugados por los romanos. Debido a la citada discriminación que caracterizaba a los hermanos de raza de Jesús con respecto a los paganos porque se jactaban de que Dios solo los consideraba a ellos como su propiedad personal y despreciaba a los gentiles, los habitantes de Nazaret eran mal vistos por los habitantes de Jerusalén, -la capital del país, el centro de la adoración a Yahveh-, porque entre ellos había gente con muy buena posición social, que tenía el dinero necesario para cumplir escrupulosamente sus 613 prescripciones legales, las cuales les exigían distanciarse de los gentiles -o paganos-, por considerarlos pecadores irremisibles.

   Jesús nació en Belén, pero se instaló en Nazaret durante los años de su tierna infancia, y creció allí, hasta hacerse Hombre. Jesús partió de Nazaret a encontrarse con San Juan Bautista en el río Jordán, para ser bautizado por el Profeta, e iniciar su Ministerio público. A pesar de que Nuestro Señor vivió muchos años en Nazaret, pasó inadvertidamente entre sus parientes y vecinos, de tal manera, que ninguno de los tales tuvo la menor sospecha, de que convivía con el Mesías, y, cuando Jesús se les reveló como enviado de Dios en su Sinagoga, no solo lo rechazaron, sino que intentaron despeñarlo por un barranco (LC. 4, 12-30), porque ellos anhelaban un mesías guerrero que expulsara a los romanos de su tierra, y Nuestro Señor se les presentó como un Mesías sufriente, que vino al mundo para demostrarnos que Dios nos ama, no promoviendo la violencia, sino extinguiendo las miserias humanas, entre las que destaca la falta de amor de unos hombres para con otros, pues la misma es la causante de muchas enfermedades y situaciones de pobreza, y hace que muchos mueran, víctimas del odio y el sin sentido.

   3-2. San Gabriel se le manifestó a Nuestra Señora (LC. 1, 27-28).

   Los judíos creían que la juventud era signo de inexperiencia vital, y por tanto del desconocimiento de Dios. Ellos también creían que la pobreza era un castigo que Dios les infringía a los pecadores, y que las mujeres eran inferiores a los hombres, y por ello las tales tenían que obedecer a sus padres si eran solteras, o a sus maridos si estaban casadas, y tenían que rehusar a tomar decisiones importantes concernientes a sus vidas, hasta el punto de que sus padres y maridos podían romper las promesas que las tales les hacían a Dios según su Ley religiosa, si no estaban de acuerdo con las mismas (NÚM. 30, 4-16).

   ¿Por qué quiso Dios nacer de una joven y pobre mujer? Los católicos que tenemos algún conocimiento de nuestras creencias, podemos responder esta pregunta satisfactoriamente. Nuestra Santa Madre nació con el privilegio de no estar marcada por la mácula original con que todos nacemos. Fue por ello que Dios la eligió para que fuera Madre del Salvador de la humanidad, a pesar de que, por ser joven, pobre y mujer, ello no era acorde con las creencias de los hermanos de raza de Nuestra Santa Madre.

   Según los judíos, por ser joven, pobre y mujer, María no podría haber sido utilizada por Dios para llevar a cabo ninguna misión importante, pero, a pesar de ello, Nuestro Santo Padre depositó su confianza en Ella, -porque sabía que no lo iba a decepcionar-, para que llevara a cabo uno de los actos de obediencia más grandes de todos los tiempos.

   A Dios, más que la riqueza económica de sus siervos, le interesa el amor que le manifiestan, y la disposición con que lo sirven desinteresadamente, en sus hijos los hombres.

   A Dios no le sirve de nada el hecho de que adquiramos grandes conocimientos teológicos, si nos guardamos los mismos en nuestro interior, y no los predicamos para que otros los conozcan, ni los utilizamos para hacer el bien.

   3-3. María recibió un anuncio tan maravilloso como sorprendente (LC. 1, 29-31).

   Recuerdo el caso de una señora que cometió el error de concederle a su hija de doce años el capricho de dejar de estudiar, para que pudiera sentirse libre de cargas según ella, para poder dedicarse a su novio. Aquella niña no tardó en irse de la casa de sus padres con un novio que, cuando les presentó a la niña a sus padres, lo obligaron a dejarla, sin ni siquiera darle el dinero que necesitaba para volver a casa de sus padres, que la esperaban a unos 700KM de distancia. Cuando la niña se vio sola, empezó a prostituirse con el pensamiento de reunir el dinero que necesitaba para volver a su tierra, pero se encontró con gente que conocía por haberla visto en su pueblo que se compadeció de ella, y la ayudó a volver con sus padres, sin cobrarle nada por los días que la hospedó y alimentó, ni por el billete de autobús que le compró, para que pudiera volver a estar con su familia.

   La niña llegó al pueblo contando aventuras que para ella habían sido divertidísimas, dando la impresión de que se sentía como una heroína. Cuando comprendió que no podía seguir siendo un juguete para los hombres, se enfrentó a su madre, y la culpó por haberle permitido dejar sus estudios siendo tan joven. La madre me buscó llorando para que la consolara, y yo, que soy muy sincero, y me gusta hablar claramente, le dije que a los hijos no solo se les ama dándoles besos y comprándoles regalos, pues también se les ama corrigiéndoles, cuando se sabe que van a cometer errores. A los hijos hay que corregirlos en muchos aspectos antes de que alcancen la mayoría de edad, para que, cuando sean adultos, sean personas de provecho. A los hijos hay que corregirlos con dulzura, y con firmeza.

   ¿Por qué os he contado esta historia? Conozco predicadores desconocedores de las dificultades que puede atraernos la predicación de la Palabra de Dios, que esperan trabajar exitosamente haciéndose famosos por ello, y, consecuentemente, esperan ser bendecidos por Dios automáticamente, por desarrollar la actividad religiosa en que se desenvuelven. Dios no deja sin recompensa a nadie que le sirva, a no ser que se dé el caso de que le sirvamos interesadamente, y nos deje sin premiar, hasta que imitemos su conducta de dar, sin esperar nada a cambio, por los servicios que le prestamos, en sus hijos los hombres.

   Para María era un honor ser la Madre del Mesías. No olvidemos que en aquel tiempo había una comunidad religiosa cuyos integrantes vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, y que, según una antigua tradición, Nuestra Santa Madre hizo un voto de virginidad perpetua, para contribuir a acelerar el día en que habría de nacer Nuestro Salvador.

   Por aceptar ser la Madre de Dios, María se expuso a que muchos de sus familiares y amigos la despreciaran y se burlaran de ella, y a que José la denunciara, para que fuera asesinada, por haber cometido adulterio, contra él. Aunque María no le pidió ninguna señal a San Gabriel que le demostrara la veracidad del mensaje que le transmitió, apenas supo que Elisabeth estaba embarazada, fue a verla y servirla, y dado que Elisabeth sabía que María estaba embarazada, ello fue la señal que le sirvió a Nuestra Santa Madre, para terminar de depositar su plena confianza en Dios.

   Jesús vino al mundo, y José lo aceptó como hijo adoptivo, concediéndole, ante la Ley, todos los derechos que hubiera tenido, un hijo que hubiera sido engendrado por el Patrón de la Iglesia Universal, y Nuestra Santa Madre. Sin embargo, los sufrimientos no terminaron cuando José aceptó la paternidad del Mesías, pues Nuestro Señor fue rechazado por su pueblo, y murió crucificado, sin ser merecedor de tal castigo.

   Ya que en Jesús está depositada la esperanza de sus creyentes de alcanzar la salvación, porque sabemos que resucitó como triunfador sobre el pecado, el sufrimiento y la muerte, llamamos a María Bienaventurada, porque halló gracia en la presencia de Dios, y, según la fe católica, permanece en el cielo junto a su Hijo, después de haber vivido como ejemplar creyente.

   Si la bendición que constituyen nuestros diversos sufrimientos nos entristece, pensemos en las vivencias de Nuestra Santa Madre, y esperemos pacientemente que Dios acabe de hacer el trabajo de redimirnos, sirviéndose de nuestras circunstancias dolorosas.

   3-4. Serás la Madre del Rey de Israel (LC. 1, 31-33).

   Tal como Moisés condujo a los hebreos por el desierto después de liberarlos de la esclavitud de Egipto en el Nombre poderoso de Yahveh, y Josué los introdujo en la tierra prometida, si meditamos la Palabra de Jesús, y la aplicamos a nuestras vidas, descubrimos en el Señor a un nuevo Moisés que nos adoctrina para que seamos fieles hijos de Dios, y a un nuevo Josué, que nos tiene abiertas las puertas del cielo, por medio de la recepción de los Sacramentos, el estudio de la Biblia, la práctica incesante de la oración, y el ejercicio de la caridad cristiana, en favor de quienes más necesitan, nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   En el poderoso Nombre de Jesús, enfermos fueron curados, se llevaron a cabo exorcismos, y se perdonaron pecados.

   ¿Qué podríamos hacer nosotros en este preciso instante, si el Nombre de Jesús fuera pronunciado sobre nosotros después de que un ministro del Señor nos impusiera las manos, para que trabajáramos en la viña del Señor?

   Dios le prometió al Rey David que su reinado se prolongaría por siempre (2 SAM. 7, 12-15). Dado que David y sus descendientes murieron, -incluso el Reino de Israel se dividió en dos reinos en tiempos del nieto de David-, está claro que David no es el Rey eterno que ha de cumplir la promesa de redimir a la humanidad, pues ello solo le pudo corresponder a Jesús, quien, se diferenció de David, en que jamás cometió ningún pecado.

   3-5. María interrogó a San Gabriel (LC. 1, 34).

   3-5-1. La Virginidad de María.

   Los cristianos estamos divididos a la hora de interpretar el versículo bíblico que estamos considerando. Quienes piensan que los sobrinos de María y José de quienes se habla en la Biblia son hijos de los tales, -y por tanto hermanos carnales de Jesús-, interpretan LC. 1, 34, de la siguiente manera: ¿Cómo es posible que me suceda esto, si no me he relacionado aún con ningún hombre?

   Quienes creemos que los citados personajes son primos de Jesús, interpretamos LC, 1, 34, de la siguiente manera, en atención a la tradición en la que creemos: ¿Cómo es posible que yo quede embarazada, si nunca me relacioné con ningún hombre, y he hecho un voto de virginidad perpetua?

   La polémica que mantenemos los cristianos referente a este tema es muy grande, porque, aunque en el tiempo de Jesús los esenios vivían siendo célibes para acelerar la venida del Mesías al mundo, para muchos creyentes y no creyentes, el hecho de privarse de mantener relaciones sexuales, carece totalmente de sentido.

   3-5-2. ¿Cómo pudo María Santísima concebir un Hijo siendo Virgen?

   Es muy difícil creer que Jesús nació de una mujer virgen. San Lucas, -el autor del texto que estamos meditando-, era médico, y conocía perfectamente cómo se forman los niños. Para un médico como San Lucas debió ser muy difícil creer en el Nacimiento virginal de Jesús, pero, a pesar de ello, lo aceptó, lo predicó de viva voz, y lo escribió como un hecho crucial, que, si es aceptado por nosotros, engrandece la fe que nos caracteriza, por la dificultad que entraña el hecho de creerlo.

   San Lucas basó sus dos libros en los informes que obtuvo de diversas fuentes, entre las que destacan los testimonios de fe de muchos testigos presenciales de los hechos que narra. Dicho Evangelista, -según una antigua tradición-, obtuvo el relato de los dos primeros capítulos de su Evangelio, de labios de María Santísima. San Lucas creyó ciegamente que Jesús nació de las purísimas entrañas de Nuestra Santa Madre, así pues, esta es la causa por la que hizo expresarse en su primera obra a San Gabriel en el pasaje de la Anunciación, y a Nuestra Santa Madre en el pasaje de la Visitación, en términos poéticos.

   3-6. El Espíritu Santo iluminó a María Santísima (LC. 1, 35).

   ¿Cómo pudo una hija de Adán llegar a ser la Madre de Dios? Ya que no estuvo marcada por el efecto del pecado original, Nuestra Santa Madre recibió el Espíritu Santo, y el poder de Dios la cubrió con su sombra, convirtiéndola en Templo viviente de la Divinidad, en que Jesús, -la Palabra de Dios-, se hizo Hombre (JN. 1, 14).

   Si María Santísima llegó a ser templo viviente de Dios, el Niño que nació de Ella, fue llamado Santo, pues Jesús tampoco estuvo afectado por el pecado original de nuestros ancestros, pues sus Padres, -Dios y María-, son plenamente puros y Santos.

   El primer Adán desobedeció a Dios, e hizo que toda la humanidad padeciera el efecto de su desobediencia (ROM. 5, 12). Jesús, -el segundo Adán-, al estar libre de la citada mácula, fue nuestro sustituto en la cruz para librarnos de las consecuencias del pecado original, y de nuestras transgresiones personales, en el cumplimiento de los Mandamientos divinos.

   Tanto Adán como Jesús fueron humanizados por Dios, quien los hizo hombres puros. Ambos tomaron la decisión que consideraron más oportuna. Adán quiso perfeccionarse al margen de Dios, fracasó rotundamente, y nos perjudicó a todos, porque logró que apareciera el mal en el mundo. Por su parte, Jesús, a pesar de que es el Dios perfecto, quiso perfeccionarse como Hombre, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Optamos por ser imitadores de Adán, o de Jesús?

   3-7. El embarazo de Elisabeth fortaleció la fe de María, quien se dispuso a servir a su pariente (LC. 1, 36-38).

   María recibió la noticia de su Maternidad divina, cuando su pariente Elisabeth llevaba seis meses en estado de gestación. Dios nos llama a servirle en medio de los acontecimientos de la Historia de la salvación. No somos los personajes más relevantes de dicha Historia, pero se nos ha concedido la dicha de ser actores de la misma. ¿Empujaremos los acontecimientos que vivimos de manera que contribuyan a la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros?

   Elisabeth concibió un hijo en su vejez, cuando probablemente se había resignado pensando que jamás podría ser madre, y sabía que la gente siempre la despreciaría, considerándola maldita de Dios. No dejemos nunca de soñar. Dios cumplirá la doble promesa de hacernos felices si sabemos aceptar nuestras circunstancias vitales, y de concedernos la vida eterna, más allá de nuestros posibles sufrimientos actuales.

   Para Dios nada hay imposible, pero, cuando nuestra fe flaquea, y desconfiamos tanto de nosotros, como de los hombres y de Dios, la realización de nuestros sueños, es totalmente imposible.

   Aunque los traductores de la Biblia de Jerusalén ponen en boca de María la expresión "he aquí la esclava del Señor", para hacernos comprensible la lectura del texto que estamos meditando, Nuestra Santa Madre no dijo de Sí que era la esclava del Señor, sino la sierva, la que lo sirve voluntariamente. Por eso San Gabriel volvió al cielo, para decirle a Nuestro Santo Padre, que había concluido la misión que le había encomendado, y que, Nuestra Santa Madre, se sentía feliz, porque se convirtió en el Templo vivo de Dios.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 26-38 a nuestras vidas.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. San Gabriel fue enviado a Nazaret cuando se cumplió el sexto mes de gestación de la madre de San Juan el Bautista. ¿Qué significa en nuestras vidas el citado sexto mes?
   2. ¿Está relacionado el significado del sexto mes con el hecho de que Dios nos llama a servirlo en nuestros prójimos los hombres en el momento idóneo para ello?
   3. ¿Por qué eligió Dios un pequeño pueblo para que su Hijo naciera, y no permitió que Nuestro Redentor naciera en la capital de Israel, en la que estaba el Templo, que era el centro de adoración nacional?
   4. ¿Por qué el Dios Todopoderoso no desea que sus hijos marginemos a nadie por ninguna circunstancia?
   5. Muchos judíos se jactaban de que Dios actuaba como ellos, pues creían que Yahveh despreciaba a los gentiles. ¿Nos hemos creado un dios a nuestra imagen y semejanza, a quien hemos dotado con nuestras virtudes y defectos, o nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios predicado por Jesús?
   6. Jesús pasó muchos años en Nazaret viviendo como cualquiera de sus vecinos pobres. Aunque Jesús es el Enviado de Dios al mundo, Nuestro Señor vivió humildemente. En lo que respecta a nosotros, ¿servimos a Dios humildemente, o lo hacemos para aparentar la devoción y la bondad que deberían caracterizarnos?

   3-2.

   7. San Gabriel le dijo a María que se alegrara, porque el Señor estaba con ella. ¿Creemos que el Señor se manifiesta en nuestras vidas?
   8. ¿Recordamos alguna ocasión en que sentimos de una manera especial la presencia de Dios en alguna circunstancia que vivimos?
   9. ¿Por qué Jesús nació de una mujer joven y pobre?
   10. ¿Creemos que hombres y mujeres tenemos la misma dignidad? ¿Por qué?
   11. ¿Pensamos que las mujeres son marginadas en las denominaciones religiosas cristianas y en nuestras sociedades? ¿Por qué?
   12. ¿Podríamos hacer algo para que dejen de darse situaciones de marginalidad que afecten a las mujeres y a otros colectivos?
   13. ¿Por qué le confía Dios misiones importantes a gente de la que desconfía parte de la sociedad en la que vive?
   14. ¿Cuáles son las cualidades que más valora Dios en sus siervos? ¿Por qué?
   15. ¿De qué nos aprovecha tener muchos conocimientos teológicos, si no los predicamos, ni los utilizamos para hacer el bien?

   3-3.

   16. María se atemorizó cuando San Gabriel la saludó, porque se consideraba pequeña para recibir un trato especial. ¿Destacamos en el medio en que vivimos porque somos humildes, o preferimos ser prepotentes?
   17. San Gabriel le dijo a Nuestra Santa Madre que no temiera, porque halló gracia delante del Señor. ¿Creemos que el Señor ilumina nuestras vidas con los dones del Espíritu Santo y su Palabra cuando sufrimos, o nos sentimos desamparados por Dios en esos momentos?
   18. ¿Cómo explicamos el hecho de que Dios no les impida sufrir a sus siervos?
   19. ¿Podemos pedirle a Dios que nos demuestre que existe por medio de la realización de prodigios? ¿Por qué?

   3-4.

   20. ¿Acogemos las enseñanzas de Jesús?
   21. ¿Cómo podemos demostrar que somos seguidores de Jesús?
   22. ¿Qué hicieron Moisés y Josué para que hayan sido comparados con Nuestro Señor en el apartado 3-4 de este ejercicio de Lectio Divina?
   23. ¿Por qué podemos estudiar la Biblia, poner en práctica todo lo que aprendemos de la misma, y orar?
   24. ¿Qué nos sucedería si dejáramos de estudiar la Biblia, si evitáramos poner en práctica lo aprendido en nuestras horas de formación, o si nos negáramos a orar?

   3-5.

   3-5-1.

   25. ¿Es cierto que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   26. ¿Sabríamos responder la pregunta anterior aportando razones para defender lo que creemos por si alguien contradice la fe católica ante nosotros?
   27. ¿Por qué creemos los católicos que María fue Virgen antes y después de dar a luz a Jesús?
   28. Si María siempre fue Virgen, ¿por qué se habla en la Biblia de los hermanos de Jesús?
   29. ¿Por qué creemos los católicos que María hizo un voto de Virginidad perpetua, que José respetó fielmente?

   3-5-2.

   30. ¿Qué sentido tenía el celibato en el tiempo en que vivió Jesús?
   31. ¿Qué sentido tiene el celibato en nuestro tiempo?
   32. ¿Es posible creer plenamente que Jesús nació de una mujer Virgen?
   33. ¿Son compatibles la fe y la ciencia, si tenemos en cuenta que, aunque la primera nos informa de las realidades intangibles, y la segunda de las realidades tangibles, ambas tienen el fin de averiguar la verdad?
   34. ¿Por qué un médico como San Lucas creyó y predicó el Nacimiento virginal de Jesús?
   35. ¿Por qué decimos que San Lucas es el Evangelista de la misericordia, y el pintor de María?

   3-6.

   36. Aunque carezcamos de la pureza de Nuestra Santa Madre, ¿creemos que somos templos vivos de Dios? ¿Por qué?
   37. ¿Qué nos falta hacer para que nuestras almas sean dignas moradas del Dios Uno y Trino?
   38. ¿Por qué María y Jesús no padecieron los efectos del pecado original, según la fe cristiano-católica?
   39. ¿Qué diferencia hay entre la conducta del primer Adán y la conducta de Jesús, el segundo Adán?
   40. ¿Qué diferencia hay entre la conducta de Eva y la conducta de María, la segunda Eva?
   41. ¿Qué consiguió Adán al querer perfeccionarse al margen de Dios?
   42. ¿Qué logró Jesús al redimirnos cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre?

   3-7.

   43. ¿Creemos que para Dios no hay nada imposible?
   44. ¿Servimos a Dios como siervos, o como esclavos?
   45. ¿Podemos hacer algo para apresurar la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
   46. ¿Puede hacernos felices Dios en este mundo, o la promesa de hacernos dichosos solo se refiere a nuestra futura vivencia en el cielo?

   5. Lecturas relacionadas.

   Leamos en nuestras Biblias I SAM. 1 y JC. 13, considerando los hechos milagrosos, característicos de los citados textos.

   6. Contemplación.

   Contemplemos al Dios que nos llama para hacer cosas grandes en nuestras vidas, mientras lo conocemos por medio del estudio de la Biblia y los documentos de la Iglesia, practicamos lo que aprendemos viviendo piadosamente y haciendo el bien, y nos familiarizamos con Él, por medio de la oración.

   Contemplemos a Nuestro Salvador, que se hizo débil para hacernos fuertes.

   Contemplemos a Jesús, quien se hizo pequeño para hacernos grandes, y murió y resucitó, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama.

   Contemplemos a Nuestra Santa Madre, y hagamos de Ella nuestro ejemplo de fe a imitar.

   Contemplémonos posponiendo el cumplimiento de la voluntad de Dios, unas veces por pereza, y otras por falta de fe.

   Contemplémonos cuando nos conformamos prestándole a Dios un pequeño servicio, y no nos esforzamos en servirlo más y mejor.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 26-38.

   Adoptemos el compromiso de hacer de Jesús y María nuestros ejemplos de fe a imitar, especialmente cuando tengamos que servir a Dios en nuestros prójimos los hombres, y cuando suframos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal.

   Padre bueno:

   Tú que elegiste a una joven y pobre mujer para que fuera la Madre de Jesús, ayúdame a no ser soberbio, y a vivir cumpliendo tu voluntad constantemente.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 69, en actitud de oración.

José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

La Infancia de Jesús. (Reportaje para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   La Infancia de Jesús.

   Introducción.

   La Epifanía es la manifestación de Nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la primera Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que Nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: (IS. 42, 1. 6-7).

   En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia Católica seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.

   Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos el conocimiento de Nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de Nuestro Creador (EF. 2, 4-8; GÁL. 3, 26-29).

   Dado que la manifestación de Nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos practicantes, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.

   Si hay una época anual en la que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente del estado social que nos caracteriza. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas sociales, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de Nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.

   Conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de Nuestro Señor que presiden las celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos hermanos católicos han sustituido las representaciones del Nacimiento del Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.

   En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios -o de que rechacemos a Nuestro Padre común-, hemos convertido la Navidad en una serie  de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que muchos están inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no siempre somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.

   Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra  salvación, siempre que:

   1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos -en especial los más marginados de la sociedad- tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir, en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues los tales pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.

   2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los familiares y amigos, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.

   En España comenzamos la celebración de la Navidad social el veintidós de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del veinticuatro al veinticinco de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

   Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:

   La Navidad propiamente dicha, que celebramos el veinticinco de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del veinticuatro de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de Nuestro Señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de medianoche del veinticinco de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa de la aurora como la de la Misa del día veinticinco de diciembre, nos recuerda que el día de Navidad simboliza el día del fin de la plena instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de Nuestro señor.

   La solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.

   El veintiocho de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la Infancia de Jesús.

   El uno de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de Nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, -su padre adoptivo-, según veremos cuando recordemos la Infancia del Señor, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.

   El seis de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.

   La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.

   La Misa Vespertina de Navidad.

   El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de Nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los tres Ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.

   A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.

   (IS. 62, 1). Fueron muchos los judíos consolados por la visión escatológica del tercer Isaías cuando concluyeron el difícil episodio de la Historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. El citado autor bíblico veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que Nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.

   El autor del tercer Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías, las palabras que leemos en IS. 62, 2. Si en el tiempo que vivió el citado Hagiógrafo Israel era el único pueblo de Dios, desde que Nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. El autor del tercer Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y la vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor Nuestro Dios.

   (IS. 62, 3). El autor del tercer Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.

   (IS. 62, 4-5)). La Parusía de Jesús, y la culminación de la instauración del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús, las palabras contenidas en JN. 1, 29. En su descripción profética de la Pasión de Jesús, el autor del segundo Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros), las siguientes palabras, contenidas en IS. 53, 7. En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de Nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus siete dones.

   Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. (1 JN. 1, 1). El Apóstol San Juan nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.

   (1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos (1 JN. 1, 3).

   Las Misas de medianoche y del día del veinticinco de diciembre.

   (LC. 2, 11). La celebración eucarística de medianoche del veinticinco de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de Nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas, escritas en IS. 9, 5-6. Isaías nos dice que, en la noche del veinticinco de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que Nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: (SAL. 2, 7).

   Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al Nacimiento de Nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: (TT. 2, 11).

   Podéis encontrar los dos relatos bíblicos del Nacimiento de Nuestro Señor en MT. 1, 18-25, y en LC. 2, 1-20.

   Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26-38, San Gabriel le anunció a Nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús (LC. 1, 31).

   (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.

   Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a Nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue consagrada a El-Shadday (el Dios de la montaña), para que lo sirviera hasta el fin de sus días.

   Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de la Iglesia, los seminaristas y la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.

   San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su pariente Elisabeth estaba embarazada (LC. 1, 37).

   (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero Ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio supuestamente (LV. 20, 10), pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que su futura mujer le había sido infiel.

   (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues Ella será tu mujer, y el Hijo que de Ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.

   El ángel también le dijo a José con respecto a María, lo que leemos en MT. 1, 21. Recordemos que San Gabriel le dijo a María Santísima en el episodio de la Anunciación, lo que leemos en LC. 1, 31. Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma. Recordemos nuevamente, lo que se nos dice en MT, 1, 21: "Él salvará a su pueblo de sus pecados". El Mesías fue enviado por Nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros y/o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de Nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.

   Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.

   (MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer, las palabras escritas en IS. 7, 14.

   (LC. 2, 4-7). La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa de la aurora, en que se vuelven a tener presentes las dos venidas de Nuestro Señor (IS. 2, 11. 58, 10).

   En la Misa del día veinticinco de diciembre, el autor de la Carta a los Hebreos, nos dice en la segunda lectura: (HEB. 1, 1-2).

   En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la Historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.

   La solemnidad de la Sagrada Familia y la Infancia de Jesús.

   La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.

   Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los Hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de Nuestro Señor  según San Lucas, leemos: (LC. 2, 7). Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11), pues tanto su Madre como Él fueron invitados a aquella celebración, porque María supuestamente era pariente de uno de los cónyuges, según quienes desean hacernos creer que la Sagrada Familia no era pobre. Se dice que la citada Familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor, que escribió San Juan: (JN. 19, 23-24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, Nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino (LC. 10, 38-42; JN. 11, 1. 3).

   Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que Nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, Él sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina (LC. 8, 1-3), y repartía limosnas a los marginados (JN. 13, 29). Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.

   ¿Mientras que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizás tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.

   ¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público? Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a Nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como "Libertador", "Salvador", o "Dios salba". No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque procedía de Dios, pero Nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, Él tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con Él. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la Historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.

   Cuando se cumplieron cuarenta días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por Nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.

   En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.

   La Sagrada Familia sacrificó en el Templo dos pichones, si eran pobres, o, un cordero y un pichón, si pertenecían a una clase social acomodada (LC. 2, 22-24).

   Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del Señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia (la fe) y la piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días" (LC. 1, 75). El Salmista nos dice: (SAL. 112, 5).

   San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el Enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob -o Israel-. En aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al Enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías (LC. 2, 27-32).

   Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo -o Mesías-. Jesús es amado por nosotros porque es Nuestro Hermano y Salvador.

   (LC. 2, 33-35). José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó al Señor durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, fuera consciente de que el Mesías tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.

   Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su Historia.

   ¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que el Señor tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo -o Ungido de Dios- para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia -o congregación- Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en Corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: (1 COR. 11, 18-19). Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de Nuestro Criador de diferentes formas.

   (LC. 2, 36-37). En los anteriores versículos del primer libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, anteponiéndoles a sus nombres la palabra "bar", que significa: "hijo de". Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46-52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, -es decir, el hijo de Timeo- No sabemos cuál era el nombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro Creador no necesita nada de nadie, porque es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con quienes le servimos.

   (LC. 2, 38-40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.

   A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió Nuestro Señor durante sus primeros doce años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la Infancia de Jesús.

   San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: (LC. 2, 1-3).

   Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: (MT. 2, 1-2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los hermanos de raza de Jesús, pues, siendo los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de Nuestro Criador, y, por tanto, a Aquél a quien ungió para que fuera Nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a sus sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.

   (MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años (MIQ. 5, 2), aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín -o Sinedrio- (alto Tribunal de Israel), crucificó entre cuarenta y ocho y setenta. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que servirse de ellos y los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera ni siquiera pensar en revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.

   (MT. 2, 5-6; MI. 5, 2; MT. 2, 7-11). Después de que aconteciera el Nacimiento de Nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.

   ¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue Hombre. Nuestro Señor es Dios, y, como tal, es dueño y Señor del universo. El oro, dada la humildad de Nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido Nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero hizo excavar para sí.

   (MT. 2, 12-18). El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la Infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestras vidas, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y solo rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.

   (MT. 2, 19-23). Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de Ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y con María.

   A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando Nuestro Señor tenía doce años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, a Jerusalén, a celebrar la Pascua.

   (LC. 2, 41-50). No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres  que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, -los zelotes-, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.

   San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente con los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.

   Quizás no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de Nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, a poder sobrevivir.

   (LC. 2, 51-52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la Infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.

   Ya que conocemos la Infancia de Nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se nos dan indicandonos las pautas de comportamiento que hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres en muchos países no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus  maridos. Si alguien no interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho,  no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues,a una de sus Cartas, se le agregó el siguiente texto: (1 COR. 14, 34-35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de quien le añadió el citado texto a la I Carta a los Corintios de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretan que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.

   Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza: (EF. 5, 25-26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de Nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.

   Sería muy complicado el hecho de interpretar la forma en que hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que sus progenitores pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible, el texto que leemos en EF. 6, 4. Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.

   ¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, -miembros de la clase sacerdotal-, pensaban que debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los zelotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de denunciarla para que fuera asesinada por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre (LV. 20, 10), lo único que pudo hacer fue refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de Ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.

   María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, mucha gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de sus cónyuges, antes de llegar a un acuerdo con sus parejas. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com