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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).

   Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:

   Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?

   ¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?

   Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.

   Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.

   Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".

   Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.

   No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.

joseportilloperez@gmail.com

El amor a los enemigos. (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El amor a los enemigos.

   En mi tierra durante esta semana hemos vivido unos días de calor bastante fuerte si tenemos en cuenta que aún estamos viviendo el mes de febrero. Tengo la sensación de que este año la primavera quiere adelantarse varias semanas, como si el tiempo cálido nos instara a esperar la Pascua de Resurrección. El miércoles de la próxima semana empezaremos a vivir una vez más el tiempo de Cuaresma, es decir, volveremos a prepararnos a celebrar la Pasión, la muerte y la Resurrección de nuestro Hermano y Señor Jesús de entre los muertos. Las semanas que anteceden a la Semana de Pasión están caracterizadas por los múltiples esfuerzos que llevamos a cabo durante las mismas para intentar ser mejores cristianos. Durante las 6 semanas que anteceden a la celebración de la Pasión de Jesús, nos prepararemos a vivir los misterios centrales de nuestra fe orando, pues sabemos que aún no ha concluido nuestra conversión a Nuestro Dios.

   Es importante que meditemos atentamente el sermón del monte durante el tiempo de Cuaresma, así pues, Jesús les dijo a sus oyentes muchas cosas que les dieron mucho que pensar, dado que las mismas no parecían razonables. Aunque han transcurrido más de 2000 años desde que Jesús nació, aún podemos decir que su sermón del monte, en cierta forma, contiene enseñanzas que no parecen estar acordes con nuestra mentalidad. El Domingo de la semana anterior recordamos el texto de las bienaventuranzas del Evangelio de San Lucas. Al recordar el citado texto, pensamos que nuestro Padre común siente una predilección especial por los pobres, los enfermos, los desamparados, los huérfanos y las viudas, y, en cierta forma, por todos los que sufren por cualquier causa.

   Para nosotros la gente importante se distingue por su riqueza, su sabiduría, y su inteligencia. Resulta chocante el hecho de que Jesús les manifieste su aprecio especialmente a quienes sólo cuentan con su dolor y en ciertas circunstancias con la incomprensión de quienes les rodean.

   Cuando Jesús nos dice que los pobres son dichosos -o bienaventurados- simplemente por causa de sus carencias, entendemos que el Señor puede sentir compasión de los tales a causa de la situación que los mismos viven, pero no comprendemos cuál es la importancia que los tales tienen en un mundo en que carecen de oportunidades para alcanzar la felicidad.

   Cuando Jesús nos dice que los que sufren por cualquier causa son felices, no podemos evitar el hecho de sentirnos contrariados, ya que no pocos intentamos evitar dar a conocer nuestras dificultades a toda costa, pues creemos que si nuestros conocidos saben que estamos sufriendo, pensarán de nosotros que somos demasiado débiles, y que siempre nos estamos quejando por cualquier motivo. Del mismo modo, cuando Jesús afirma que los perseguidos por causa de su fe religiosa son dichosos, no sabemos lo que pensar al respecto de las citadas palabras de nuestro señor, porque creemos que nuestra fe es una ilusión pasajera, una utopía para consolar a quienes sufren, y por ello nos negamos a entender que, el hecho de que no podemos ver a dios cara a cara, no puede impedir que nuestro Padre común sea amado por sus más admirados hijos.

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy, las palabras que leemos en LC. 6, 27-28. Hace algún tiempo escuché a un niño muy pequeño insultar a los padres de otro niño de unos 10 años que este año precisamente comulgará por primera vez en su vida. El niño mayor, mirando con los ojos llenos de odio al niño que había insultado a sus padres, le juró que lo destriparía si volvía a insultar a sus antecesores en su presencia. Aunque yo no tengo enemigos, no porque no tengo problemas con nadie, sino porque considero que no me sirve de nada guardarles rencor a quienes me hacen daño, comprendo que puede sernos muy difícil el hecho de amar a quienes nos hieren de alguna forma. Jesús oró en la cruz por sus enemigos, diciéndole a nuestro Padre común, las palabras que encontramos en LC. 23, 34. Hace varios años le oí decir a un sacerdote que Jesús intentó engañar a Nuestro Padre común con la intención de que Nuestro Creador no vengara su muerte. Nunca llegué a aceptar esa explicación, porque siempre he considerado que si Jesús vino al mundo para cumplir la voluntad de Dios, hemos de pensar que era imposible el hecho de que intentara engañar a nuestro Criador. Hoy puedo comprender perfectamente que el odio, al igual que el amor, puede ser un sentimiento ciego que puede conducirnos a llevar a cabo acciones de las que podríamos arrepentirnos en un futuro quizá no muy lejano. Repito nuevamente que puede sernos muy difícil el hecho de amar a nuestros enemigos. Yo aprendí a no tener enemigos considerando que me han sucedido muchas cosas desagradables a lo largo de los años que he vivido.

   He aprendido que si me enfado con quienes desean hacerme la vida imposible lo primero que conseguiré es estresarme, y ello me impedirá sentirme feliz, dentro de las posibilidades que tengo para sentirme dichoso. En segundo lugar, si me niego a perdonar a quienes me hieren, no tardaré en dejarme arrastrar por rencores inútiles cuya primera víctima seré yo, porque quienes me hacen daño sólo pueden suponer que les odio, pero no pueden estar ciertos de ello, a menos que mis gestos o la brutalidad con que puedo tratarlos se lo puedan confirmar.

   Jesús, además de recomendarnos que amemos a nuestros enemigos, nos pide que les hagamos bien a quienes nos odian. Esto es muy difícil de entender y aceptar porque muchas veces desconfiamos de quienes nos odian -o creemos que nos desprecian- simplemente porque nosotros les rechazamos. El odio es un círculo vicioso del que puede sernos muy difícil salir. Si nos puede ser difícil el hecho de amar a quienes nos odian, más difícil nos es el hecho de beneficiar a nuestros enemigos. No sé dónde leí la siguiente frase: No les demos armas a nuestros enemigos, porque las usarán contra nosotros. Soy consciente de que hemos de intentar tener el corazón limpio de resentimiento vano, pero no puedo cerrar los ojos para afirmar rotundamente que el autor de la frase anterior no tenía razón cuando pronunciaba las citadas palabras.

   Puede ser muy difícil para nosotros el hecho de bendecir a quienes nos maldicen -o creemos que nos maldicen- y orar por aquellos de quienes sabemos que les hablan a quienes pueden mal de nosotros. Llegados a este punto, no estará mal recordar que la difamación es el incumplimiento del octavo Mandamiento de la Ley de Dios, el cual nos prohíbe dar testimonio falso con respecto a ninguna persona. Ojalá nuestras oraciones por aquellas personas con las que nuestras relaciones nos dejan mucho que desear nos hagan más conscientes de la necesidad que tenemos de vivir en la presencia de nuestro Padre común.

   (LC. 6, 29). Sabemos perfectamente que, durante las horas que se prolongó su Pasión, Jesús se dejó golpear por los soldados judíos y romanos que lo tenían preso, pero también sabemos que San Pablo utilizó el documento que acreditaba su ciudadanía romana para evitar ser azotado en algunas ocasiones (HCH. 22, 25). Cuando Jesús nos dice que le presentemos una mejilla a quienes nos hayan abofeteado la otra, nos está diciendo que hagamos todo lo posible para reconciliarnos con nuestros prójimos, antes de que los mismos se conviertan en nuestros enemigos (MT. 5, 25-26). No todos los problemas que podemos tener con nuestros prójimos acabarán resolviéndose a favor de alguna de las partes inmersas en conflictos en tribunales, pero todos sufriremos de alguna manera la separación de nuestros familiares y amigos, los inconvenientes que nos supondrán nuestras desavenencias con algunos compañeros de trabajo, etcétera.

   Jesús nos dice que no desconfiemos eternamente de quienes nos hicieron algún daño en el pasado o nos robaron algo de dinero o algún objeto de valor. De esto os puedo hablar mucho yo, que veo muy poco, y llevo más de 8 años vendiendo lotería, y me he encontrado con gente que ha llegado no sólo a írseme sin pagarme la lotería que me ha pedido, sino que me ha robado en dos ocasiones, en una más de 400 euros, y, en otra, más de 3000. Yo no les guardo rencor a quienes han aprovechado mi deficiencia visual para obtener dinero fácilmente, pero no puedo tener las manos abiertas ante todo el mundo para que la gente coja la lotería que desee sin controlar la cantidad de boletos que pongo en sus manos, porque no sé lo que me podría volver a suceder en el momento que pudiera estar más desprevenido para sufrir otro robo. Lo que puedo hacer es tratar bien a todo el mundo, no sólo para mantener mis ventas, sino porque ello satisface a mis clientes y me hace sentirme bien, y tener cuidado para no tener más pérdidas de dinero ni de boletos.

   (LC. 6, 30). En este caso a todos nos sucede lo mismo que me sucede a mí a la hora de vender lotería. No podemos poner a disposición de todo el mundo la totalidad de nuestros bienes. Quizá nos arriesgamos a perder un libro o un objeto que no valoramos mucho cuando lo prestamos, pero no podemos arriesgar mucho más. Conozco a varias personas a las que les gusta pedir dinero prestado a quienes confían en ellas y devolverlo algunas veces, hasta que llega el momento en que piden mucho y no les dan ni un céntimo a quienes les favorecen para que resuelvan sus problemas.

   (LC. 6, 31). Jesús nos dice que tratemos a nuestros prójimos de la misma manera que queremos que ellos nos traten a nosotros. Quienes favorecemos a nuestros prójimos tenemos la experiencia de que muchos de aquellos a quienes ayudamos son desagradecidos, de la misma manera que otros nos devuelven mal por bien cuando tienen la ocasión de herirnos. Normalmente, cuando tratamos bien a nuestros prójimos, ellos confían en nosotros, y nosotros les apreciamos más cuando nos favorecen a la hora de resolver nuestros problemas.

   Concluyamos esta última meditación dominical de la primera parte del tiempo ordinario, pidiéndole a nuestro Padre común que llene nuestro corazón de su compasión.

joseportilloperez@gmail.com

La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.

   Meditación de 1 COR. 15, 1-11.

   San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.

   Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.

   (LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.

   Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.

   ¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).

   Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en  que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.

   El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.

   ¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).

   ¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?

   ¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?

   ¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?

   Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación de MC. 13.:

   Estimados hermanos y amigos:

   En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.

   Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:

   "¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”

   “Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".

   He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).

   De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.

   Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.

   (MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital  de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.

   Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.

   (MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.

   (MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:

   "Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).

   Jesús nos ha preguntado:

   Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?

   Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).

   La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?

   (1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).

   Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.

   Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).

   (MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.

   (MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.

   (DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.

   (MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.

   (MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.

   (MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.

   (AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.

   El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Vivamos el futuro a partir de la visión que tenemos del mismo en el presente.

   Meditación de MC. 13, 24-32.

   Cuando leemos los textos bíblicos en que se anuncia el fin del mundo por medio de símbolos apocalípticos y carecemos del conocimiento del designio de Dios sobre sus hijos, podemos pensar que tales anuncios son advertencias que Dios nos hace para que no dejemos de cumplir su voluntad, o podemos sentir miedo, pensando en el trágico fin que le espera a la humanidad. Tales relatos eran interpretados fácilmente por los lectores inmediatos de los mismos, pero nosotros podemos encontrarnos con serias dificultades, a la hora de interpretar los símbolos característicos de tales narraciones. Recordemos que los cristianos de las diversas denominaciones existentes no tenemos una opinión concorde con respecto a la interpretación de los citados símbolos, pues unos los ignoran, y otros piensan que son característicos del pasado, del presente o del futuro.

   A la hora de juzgar los acontecimientos que hemos vivido, recordamos nuestro pasado, el presente que vivimos, y el futuro que nos aguarda. Nuestro pasado nos recuerda que Dios nos acogió en su presencia, nos perdonó los pecados que cometimos, nos hizo miembros de la Iglesia que es su familia, y se mostró cercano a nosotros, y por ello seguimos teniendo fe en Él. El presente que vivimos nos hace pensar en nuestro crecimiento espiritual que muchas veces es obviado ante la contemplación de nuestros deberes que consideramos extrarreligiosos, y en todo lo que queremos hacer, para superarnos en el campo material. Nuestro presente es un cúmulo de oportunidades para desarrollarnos como cristianos en medio de un mundo que carece de nuestra fe, de cuya salvación somos corresponsables.

   Al pensar en el futuro que nos aguarda, podemos meditar sobre lo que nos sucederá dentro de x años, o sobre lo que en la Biblia se da a conocer como "fin del mundo". Pensar en lo que nos sucederá cuando transcurran x años es algo positivo, si no pensamos en lo que nos hace sufrir, sino en cosechar el fruto de nuestra abundante siembra. Para los cristianos es conveniente pensar en el fin del mundo, que no debe entenderse como la destrucción de nuestro universo para que Dios cree cielo y tierra nuevos, sino en nuestra transformación espiritual, pues, como sabemos, Nuestro Santo Padre desea que nos amoldemos al cumplimiento de su voluntad, porque esa es la única manera que tenemos, de alcanzar la plenitud de la felicidad.

   Santa Teresa del Niño Jesús, decía: "Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Verba. Citado en CIC. n. 956).

   Si Dios quiere hacer de su cielo nuestra tierra, es justo que nos esforcemos para ayudar a Dios a lograr que nuestra tierra sea su cielo. La esperanza de que acontezca el fin del mundo no debe ser interpretada como la paciente y larga espera a que sobrevivimos aguardando que Dios haga el trabajo de purificarnos y santificarnos sin que tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo. Es cierto que no seremos salvos porque hacemos el bien, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, pero la asistencia a las celebraciones de culto, la práctica de la oración, la formación y el ejercicio constante de la virtud de la caridad, son las únicas maneras que tenemos, de demostrar que verdaderamente creemos en Dios.

   El Reino de Dios no está lejos de nosotros. El Reino de Dios está en nosotros y somos nosotros, lo cual se verifica, según nos adaptamos al cumplimiento de la voluntad de Dios, y, -lentamente-, le permitimos purificarnos y santificarnos. No esperemos que el mundo sea destruido y que Dios cree un paraíso en que tengamos puestos de privilegio, -pues no existe mayor privilegio que tener la dicha de poder servir a Dios en sus hijos-, y transformemos el mundo empezando por nosotros, para que la humanidad acepte a Dios, viva con Dios, viva de Dios, y se adapte al cumplimiento, de la voluntad divina.

   Al mencionar el cielo, no me refiero a un lugar determinado en que los cristianos deseamos vivir, sino al estado de vida, que constituye nuestra mayor aspiración, pues, en el CIC., leemos:

   "Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama "el cielo". El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha" (CIC. n. 1024).

   En el Evangelio de hoy, se nos dice que el Hijo del hombre, -Nuestro Salvador-, vendrá sobre las nubes, con gran poder y majestad. En la Biblia, la presencia de Dios, se representa mediante las nubes. El poder y gloria característicos del Jesús Sacerdote, Profeta y Rey que aguardamos, no están relacionados con el poder y la gloria humanos, pues, no olvidemos que, el trono real desde el que Nuestro Salvador nos hizo hijos de Dios, es la cruz en que murió, para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama. El Reino de Dios no se cimentará sobre los principios que le han servido a la humanidad para dividirnos, engrandecer a unos pocos, y abusar de la debilidad de una inmensa mayoría. Dios quiere que nuestra tierra sea una gran nación en la que sus habitantes se amen y se sirvan desinteresadamente, como buenos hijos de Aquel de quien sabrán que es su Padre común.

   Dado que en la antigüedad el sol y la luna eran considerados como dioses, el hecho de que dejen de alumbrar -según se nos informa en el Evangelio-, ha de interpretarse pensando que, en el Reino de Dios, ninguna ideología ni ninguna persona, podrá ser considerada superior al Dios Uno y Trino.

   En el texto que estamos considerando, los ángeles son los que reunirán a los elegidos de Dios para ser salvos, porque, en la Biblia, los tales, son los ejecutores de los mandatos divinos. San Marcos dio por supuesto que los creyentes serían salvos y los impíos -en el caso de haberlos- no vivirían en la presencia de Dios, pero, al segundo Evangelista, más que la condenación de los pecadores, le interesó realzar la salvación de los justos, con el fin de aumentar considerablemente, el número de seguidores de Jesús.

   San Marcos nos describe en el capítulo 13 de su Evangelio símbolos característicos, tanto de la destrucción del Templo de Jerusalén que acaeció el año 70 del siglo I, como del fin del mundo. Existen signos que suponen una dificultad difícil de superar, a la hora de asignarlos a cada uno de los acontecimientos citados, pero, lo que nos incumbe a nosotros con respecto a la interpretación de los mismos, es tener la plena seguridad de que Dios no nos desamparará, y de que quiere hacer de nosotros, su Reino de amor y paz.

   ¿Cuánto tiempo falta para que Jesús concluya la conversión de nuestra tierra en el Reino de dios? Ello es totalmente impredecible. Lo único de que podemos estar plenamente seguros, es de que, a partir del momento en que terminemos de leer esta reflexión, podremos empezar a labrarnos nuestra futura vivencia en el cielo a partir de la visión del futuro que tenemos en el presente, ayudados por la gracia de Dios. Los signos característicos del fin del mundo siempre están aconteciendo, pues la violencia siempre es reina y señora del mundo, el nivel de pobreza crece alarmantemente a nivel mundial, muchos cristianos apostatan de nuestra fe, muchos de nuestros hermanos de fe son perseguidos a muerte... No sabemos en qué tiempo culminará Jesús su obra salvadora, pero sí sabemos que, a partir del momento en que terminemos de leer esta meditación, podremos convertirnos en sus colaboradores, para hacer de nuestra tierra, un cielo de amor y paz.

   Dado que el fin del mundo no aconteció al final de la generación en que Jesús vivió, me atrevo a suponer que, la generación a la que se refirió Nuestro Redentor, es el llamado "tiempo de la Iglesia", el cual debe ser aprovechado por nosotros los cristianos, para adaptarnos plenamente, al cumplimiento de la voluntad divina.

   Bueno es para nosotros ignorar el día en que Jesús concluirá la conversión de nuestra tierra en su Reino, para que así se demuestre que, solo los cristianos perseverantes, y los no creyentes que, aunque carecen de nuestra fe, hacen el bien con la sola intención de beneficiar a la humanidad, serán los únicos dignos de vivir en el Reino mesiánico.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos confirme en la creencia de que nos conducirá a su presencia al final de los tiempos, cuando haya concluido el tiempo de nuestra purificación.

   El Salmo responsorial es la profesión de nuestra fe ante el anuncio de los dolores que caracterizarán a la humanidad citados en la primera lectura, así pues, por causa de nuestra creencia en Dios, jamás olvidaremos que, independientemente de las circunstancias que habremos de vivir, Nuestro Padre común siempre estará con nosotros.

   La Iglesia culmina este ciclo litúrgico recordándonos, durante las últimas celebraciones dominicales del mismo, textos de la Carta a los Hebreos, mediante los cuales, intenta concienciarnos de lo que Nuestro Señor hizo por nosotros, al dejarse crucificar por sus enemigos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama? (Meditación para el Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   1. ¿Podemos creer verdaderamente que Dios nos ama?

   Cuando somos interrogados con respecto al amor que Nuestro Padre común nos ha manifestado a lo largo de los años que se prolonga nuestra vida, podemos pensar en muchas respuestas que pueden solventar esta cuestión, pues, las citadas respuestas, dependen de nuestra fe, de nuestro amor, y de nuestra carencia de fe, en Nuestro Santo Padre. Con demasiada frecuencia escucho a muchos ateos afirmar que tanto los cristianos como los adeptos a otras religiones creemos en Dios porque sufrimos mucho al pensar en el dolor que nos puede afectar en un determinado momento de nuestra vida o sentimos pánico cuando pensamos en la muerte, así pues, para ellos, con la idea de evitar el miedo que supuestamente nos produce pensar en el hecho de sucumbir eternamente bajo los efectos de la muerte, nos hemos puesto de acuerdo para aceptar a un Dios que todos concebimos según la fe que nos han inculcado los líderes espirituales de las diversas religiones que practicamos.

   Merecen una atención especial quienes se cuestionan con respecto al amor que Dios siente por ellos. Quizás han perdido la fe en Nuestro Padre común, porque la acogieron abrigando esperanzas sin fundamento en sus corazones, o quizás, -¿por qué no aceptarlo¿-, porque nosotros no hemos sabido mantener en sus corazones viva la llama de la esperanza, han perdido su primer amor con respecto a Dios. Yo quisiera invitar a quienes se sienten desengañados por Dios a que vuelvan a recordar la felicidad que su fe les pudo proporcionar antes de que se sintieran frustrados en su intento de alcanzar la felicidad poniendo sus ojos en el cielo. Yo quisiera ayudar a quienes han perdido la fe a analizar las causas que les han conducido a perder totalmente la esperanza que ha de caracterizarnos a los cristianos, pues, cuando un cristiano deja de creer en Dios, puede sucederle que se encuentre perdido.

   Quienes tienen una fe débil, quizás creen en Dios cuando su salud es perfecta, cuando tienen trabajo, y son felices junto a sus familiares y amigos queridos, pero, cuando les llega el tiempo en que su creencia en Nuestro Padre común es puesta a prueba por las contradicciones que forman parte de nuestra existencia mortal, se sienten desamparados por Nuestro Criador.

   Es digna de alabanza la actitud de quienes, a pesar de lo mucho que han sufrido creen en nuestro Padre común, pues, para ellos, lo importante no es la cantidad de dolor que han tenido que soportar, sino el milagro que Dios ha hecho en ellos, haciéndoles fuertes, para que hayan podido soportar las circunstancias que erróneamente llamamos adversas que han formado parte de su vida, o que aún les siguen atormentando.

   Cuando yo era catequista de niños, me encontré con un adolescente que me decía muchas veces las siguientes palabras:

   "¿Cómo es posible que creas que Dios se nos revela? Yo he comulgado decenas de veces, así pues, llevo más de un año sin faltar a la celebración de la Eucaristía dominical, y no siento nada especial".

   Una de las veces que le escuché esas palabras a aquél joven incrédulo, le dije:

   "El cristianismo no es una sucesión de pensamientos que tenemos que albergar en nuestro corazón ni un montón de emociones que han de hacernos saltar de alegría constantemente, sino una vivencia cuya finalidad es hacernos felices, aunque tengamos que sufrir hasta que seamos tan perfectos como lo es Dios. Sois muchos los que queréis sobornar a Dios diciéndole que aceptáis el hecho de creer en Él si sois plenamente felices, pero, en esta vida, no existe la felicidad perfecta".

   Aquél joven no tardó en responderme:

   "Si es verdad lo que me dices, ¿cómo es posible que los místicos hayan experimentado la felicidad perfecta al ver a Dios¿".

   Yo le respondí:

   "Los mártires han muerto siendo conscientes de que su sufrimiento les ha ayudado a vivir junto a Dios, donde la felicidad es sumamente perfecta, pues, en el cielo, no existen el dolor ni el pecado".

   La fe de aquél joven se mantuvo viva durante varios años, pero, en el año 2003, supe que, al faltarle el apoyo de un sacerdote o de un catequista que le animara a progresar espiritualmente, dejó de asistir a las celebraciones de la Eucaristía, y comenzó a vivir nuevamente como un ateo, según lo había hecho durante los más tiernos años de su infancia.

   Quizás pensamos que cuando nos tomamos un café nos sentimos muy capacitados para emprender cualquier actividad, así pues, en cierta forma, el café alivia a los depresivos que piensan demasiado en sus preocupaciones, si, después de tomarlo, comienzan a realizar una actividad que dominen y les resulte agradable. Nuestra fe no es una sustancia excitante, pero, de alguna manera, nos hace experimentar la vivencia de la experiencia del Dios del amor, del Padre que, en la Persona de su Hijo amado, se nos entregó para que lo crucificáramos, para que aprendiéramos lo que significa amar desmedidamente, no con un amor ciego, sino con un amor capaz de sobrevivir a todo tipo de sufrimientos, si ello nos induce a vislumbrar la felicidad más allá del pecado, la enfermedad, la apatía, la angustia, el dolor en todas sus formas, y, la muerte.

2. ¿Por qué queremos amar a Dios?.

   El Evangelio de hoy es un compendio de los textos que hemos meditado los últimos días. Hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que debemos amar a Dios más que a nadie, tenemos que dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, ya que seremos como los ángeles del cielo.

   Nuestra fe se sostiene en la firme columna del Templo divino, esto es, la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. A pesar de que la Iglesia ha ido imponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y a pesar de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.

   ¿Por qué amamos a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.

   ¿Por qué amamos a nuestros prójimos? Reflejo de Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.

   Concluyamos esta reflexión del Evangelio diario orando para que Dios nos ayude a reconocer los frutos del amor y el Espíritu Santo en nosotros. (J. Portillo, 6/06/2002).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.

   Hermanos:

   ¿A qué Dios servimos?

   ¿Es nuestro dios el dinero?

   ¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?

   Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).

   2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.

   San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).

   El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.

   3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Confiemos en Dios, y sirvamos a Nuestro Padre celestial, en las personas de nuestros prójimos. (Meditación para el Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Confiemos en Dios, y sirvamos a Nuestro Padre celestial, en las personas de nuestros prójimos.

   1. ¿Por qué quiere Dios que confiemos en Él?

   Estimados hermanos y amigos:

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, leemos: (IS. 49, 14-15). Recuerdo que hace años, varios catequistas nos pusimos de acuerdo, para, ora en las parroquias en que algunos trabajaban, ora en los medios de comunicación en que otros desempeñábamos nuestra actividad evangelizadora, exponer el tema de la existencia de Dios, utilizando la técnica llamada "Tormenta de ideas", consistente en que nuestros oyentes, además de escuchar lo que les íbamos a decir, tenían que expresar sus ideas y la razón por la que mantenían dichos pensamientos, mientras que nosotros anotábamos los mismos, con tal de debatirlos posteriormente. Los participantes en el citado experimento, lo primero que constatamos, fue que, entre nuestros oyentes, existía una idea recurrente, la cuál era el deseo de saber la razón por la que Nuestro Padre celestial permite que suframos. Este hecho me hizo recordar el error tan grande que cometen quienes no fortalecen su fe durante los años que viven, porque no se ocupan de acrecentar la misma diariamente. Las catequesis presacramentales son insuficientes para mantener la estabilidad de la fe que profesamos, así pues, si de la misma manera que nos alimentamos, nos formamos por medio de la lectura de la Biblia y los documentos de la Iglesia, cuando nuestra fe sea sometida a prueba por la adversidad, podremos constatar que, en tal caso, será muy difícil que dejemos de creer en el Dios Uno y Trino.

   DE la misma manera que los niños pequeños confían en sus padres, los cristianos debemos aprender a fiarnos de Nuestro Padre común. A este respecto, nos es muy útil la lectura de las biografías de los personajes bíblicos más conocidos y de la vida de los Santos, al mismo tiempo que también nos valemos de las circunstancias que vivimos y de la oración, con tal de lograr nuestro propósito.

   Si no confiamos en Dios, Nuestro Padre celestial no podrá ayudarnos a alcanzar la salvación. Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un joven endemoniado, antes de curar a su hijo: (MC. 9, 23).

   ¿En qué sentido es posible para los cristianos el hecho de alcanzar la plenitud de la felicidad? Es cierto que actualmente no podemos curar muchas enfermedades existentes, de la misma forma que no podemos solventar los problemas que nos causan nuestros familiares, amigos o compañeros de trabajo, ni somos capaces de vencer la muerte. A pesar de este hecho, si pensamos que albergamos la esperanza de vivir en un mundo sin miserias, ello nos hace creer que, aunque sea a largo plazo, llegará el día en que nos será posible el hecho de ver cumplidos nuestros más anhelados deseos.

   Al mismo tiempo que debemos confiar en Dios, no debemos olvidar la ejemplar humildad del centurión a quien, antes de que Jesús le sanara a su siervo, le dijo a nuestro Señor, cuando el Mesías le pidió que le llevara a su casa, para curar al citado enfermo personalmente: (MT. 8, 8).

   Aunque no sabemos cuándo ni cómo nos ayudará Dios a superar nuestras dificultades, no dejamos de creer en el cumplimiento de las siguientes palabras del Apocalipsis de San Juan: (AP. 21, 3-4).

   2. Sirvamos a Dios sin dejar de ser humildes.

   En la segunda lectura de hoy, San Pablo, nos dice: (1 COR. 4, 1). Aunque los versículos bíblicos correspondientes a la segunda lectura de esta Eucaristía son aplicables a los religiosos, -dado que los tales tienen el deber de creer y difundir la Palabra de Dios sin reservas, con tal de aumentar el número de hijos de la Iglesia de Cristo-, de alguna manera, el citado texto también es aplicable a los laicos, a quienes aquellos que rechazan la fe que profesamos, también deben considerar como servidores de Dios. Esto no significa que se nos ha de considerar como si fuésemos los dueños de todas las riquezas del mundo, sino que ha de ser conocido el hecho de que, todos los aspectos de nuestra vida, se entrelazan, constituyendo un bello testimonio de fe cristiana.

   ¿Cómo podemos convertir nuestra vida en un buen testimonio de fe? Podemos alcanzar nuestro objetivo, si nos formamos convenientemente en el conocimiento de la Palabra de Dios, ponemos en práctica nuestros conocimientos por medio de la ejecución de obras consecuentes de nuestra fe y de que la formación que recibimos no es estéril, y nos entregamos sincera y honestamente a la oración. Hay quienes no hacen el bien porque no desean beneficiar a sus prójimos, pero también hay quienes se abstienen de practicar la caridad, porque piensan que sus medios son insuficientes para extinguir el mal del mundo. Yo les digo a quienes tienen este problema que no dejen de hacer el bien, y que dejen de pensar en su impotencia para lograr lo que desean, limitándose a ser los medios de que Nuestro Padre común se vale para llevar a cabo parte de sus muchos propósitos.

   San Pablo, nos sigue diciendo: (1 COR. 4, 2). Los clérigos y seglares, tenemos una misión común, que se sintetiza en las siguientes palabras de Jesús, aplicables al momento en que seamos juzgados por Nuestro Señor: (MT. 24, 45-47). Le seremos fieles a Dios, si, cuando acontezca la segunda venida de Nuestro Salvador al mundo, el Mesías nos encuentra desempeñando la vocación que hemos recibido del Espíritu Santo.

   Sigamos meditando las palabras de San Pablo: (1 COR. 4, 3-5). Hace unos días, estuve chateando con un amigo. Hablábamos del rechazo que muchos españoles nos profesan a los predicadores, independientemente de que seamos religiosos o laicos. La actuación de muchos creyentes en circunstancias históricas que muchas veces son interpretadas bajo nuestra óptica actual, hacen de los creyentes "fanáticos peligrosos" de quienes es conveniente cuidarse. San Pablo nos dice que no nos preocupemos por este hecho, y que esperemos el día en que, cuando Dios nos juzgue, todas las intenciones de la humanidad sean descubiertas, ora para que gocemos la salvación, ora para que su gloria al fin nos sea manifestada plenamente.

   3. ¿Depende nuestra salvación de las obras que realizamos, o de la fe que tenemos en Dios?

   Los protestantes dicen que la sola fe es suficiente para que podamos alcanzar la salvación, así pues, las obras que llevamos a cabo, no influyen en la forma que Dios nos acoge en su presencia. Este hecho no es totalmente cierto, así pues, aunque seremos salvos porque Nuestro Padre común nos ama, -no por lo que hacemos, sino porque somos sus hijos-, debemos tener en cuenta las siguientes palabras bíblicas: (ST. 2, 17-18). Cuando hablo con los protestantes sobre el error de la Sola Fe, les expongo el ejemplo de una mujer que dice amar mucho a su padre, a quien, -a pesar de ello-, no socorre cuando está enfermo, teniendo los medios suficientes para atenderlo adecuadamente. ¿Puede decirse, en tal caso, que dicha mujer ama realmente a su progenitor?

   Jesús, en el Evangelio de hoy, dice cosas que pueden ser aceptadas con admiración en términos poéticos, que, al ser confrontadas con la cruda realidad, parecen incoherentes. ¿Cómo podemos decirles a los pobres que no se preocupen por lo que han de comer, por lo que han de beber, ni por los vestidos que necesitan para cubrir sus cuerpos? Aunque aceptar dicha invitación de Nuestro Señor parece ser algo ilógico, existen testimonios de fe, de quienes han confiado plenamente en Dios, de que, la citada invitación del Mesías, es totalmente aceptable.

   ¿Podrían haber imaginado, los hijos de la Iglesia madre de Jerusalén, -sobre todo en tiempos de carestía y persecución-, el valor que tienen muchos templos actuales, en términos económicos?

   ¿Cómo puede explicarse que Santos extremadamente pobres hayan podido ver cumplido el sueño de ver realizada su vocación en la Iglesia?

   ¿Cómo podemos explicar el extraño hecho de que, aunque parece que Dios favorece más a los ricos que a los pobres, estos últimos sean quienes más destaquen por creer en Nuestro Padre común?

   Con razón, decía Santa Teresa:

   "Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta".

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos? (Meditación para el Domingo VII del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   ¿Cuál es la religiosidad que Dios desea que observemos?

   Estimados hermanos y amigos:

   Desde que empecé a valerme de Internet para predicar el Evangelio, no he dejado de recordarles a mis lectores que la vida cristiana se alimenta con una buena formación, se verifica por la acción que nos permite poner en práctica lo aprendido durante los años de estudio, y se acrecienta por medio de la oración. Dado que el Evangelio de hoy (MT. 5, 38-48) nos invita a ser caritativos e incluso a amar a nuestros posibles enemigos, he creído conveniente desarrollar esta meditación en torno al modo de obrar característico de los cristianos.

   El Hagiógrafo Santiago, responde la pregunta que nos sirve como título de esta meditación, en los siguientes términos: (ST. 1, 27).

   Cuando Dios creó el mundo, no contempló la posibilidad de que existiera ningún tipo de discriminación, así pues, de la misma manera que Nuestro Padre común no estableció diferencias entre el hombre y la mujer, quiso que la humanidad no tuviera carencias. Veamos estas dos realidades en la Biblia (GN. 5, 1-2; 1, 27).

   Si Dios creó el mundo con tal de que el hombre alcanzara la plenitud de la felicidad, ¿por qué existen los casos de marginación? Sabemos que los textos bíblicos fueron escritos a lo largo de muchos siglos, lo cuál causó el hecho de que entre sus autores existieran diversidad de opiniones con respecto a algunos de los temas tratados por los tales. Un ejemplo de ello lo constituye el trato que Dios quiso que el hombre le dispensara a la mujer al principio de la creación, y el trato que se les dispensaba a las cristianas del siglo I, con respecto a quienes se le añadió un texto a la primera Carta a los cristianos de Corinto: (1 COR. 14, 34-35). Si las cristianas de las últimas décadas del siglo I no podían hablar en sus reuniones, ¿Por qué actualmente las mujeres pueden ser catequistas, proclamar lecturas bíblicas en las celebraciones y distribuir la Sagrada Comunión? Ello sucede porque la Iglesia ha comprendido que este hecho, no solo no perjudica su obra evangelizadora y favorece la participación de las tales en dicha obra, sino que también hace posible que las mujeres se sientan más integradas en la fundación de Cristo. Existen creencias que cambian con el paso del tiempo porque ello es positivo, pero, nuestras creencias dogmáticas, no pueden ser sustituidas por otras, de hecho, es esta la razón por la que la Iglesia tarda muchos siglos en definir sus dogmas.

   Muchos de nuestros hermanos, cuando son víctimas del sufrimiento, no cesan de interrogarse sobre por qué tienen que sucumbir bajo los efectos del dolor. El Hagiógrafo Santiago, escribió con respecto a esta cuestión: (ST. 1, 2-3).

   ¿Por qué es necesario que suframos? Respondamos esta pregunta con un símil. ¿Cómo pueden saber quienes están casados si sus cónyuges les aman profundamente? Ello es posible que suceda, si los tales son capaces de resistir incertidumbres, dolor y contrariedades. Es esta la causa por la que el citado autor bíblico afirma en su Carta Universal: (ST. 1, 4).

   Si quienes están casados se separan de sus cónyuges apenas les acaece una simple dificultad, o si padres e hijos se separan por causa de sus desavenencias, ello sucede porque una de las partes conflictivas no desea esforzarse con tal de mejorar la calidad de sus relaciones.

   ¿Cómo podemos superar nuestras dificultades de cualquier índole? Cuando seamos nosotros mismos quienes no cesemos de crearnos todo tipo de problemas, apliquémonos las siguientes palabras del primo de Nuestro Salvador: (ST. 1, 5-8). ES preciso que cuando tengamos problemas, independientemente de que tomemos decisiones acertadas o erróneas, no nos pasemos la vida dudando sobre lo que debemos hacer. En esas situaciones, debemos pedirle a Dios que nos conduzca por el camino correcto, y arriesgarnos, ora a alcanzar el estado que deseamos, ora a vivir un estrepitoso fracaso, con tal de que, aunque suceda esto último, aprendamos algo útil. En este sentido, los pobres pueden aplicarse las siguientes palabras de Santiago: (ST. 1, 9). ¿En qué consiste tal dignidad? Dios no actúa de la misma forma con los creyentes y con quienes carecen de fe. Si los cristianos, por medio de la Biblia y los predicadores, podemos ser advertidos de los errores que podemos cometer, o de las situaciones que podemos vivir, quienes carecen de nuestra fe, hasta que no viven dichas circunstancias, no pueden percatarse de que Nuestro Creador también los llama a ellos a su presencia (2 MAC. 6, 12-16).

   En la Biblia se intenta, tanto con promesas referentes a la recepción de dádivas espirituales, como con amenazas, que los creyentes se compadezcan de los pobres, aquellos con quienes muchos se niegan a ser misericordiosos, acusándoles de ser viciosos. Es cierto que muchos pobres se han hecho a sí mismos y desaprovechan las oportunidades que se les presentan de mejorar su vida, pero otros tantos no tienen posibilidades de mejorar su situación. En la Biblia se nos dice que, frente a un mundo en que todos valemos el precio de nuestras riquezas, que seamos caritativos con los pobres, por consiguiente, en el tiempo de Cuaresma, recordaremos el siguiente texto de Isaías: (IS. 58, 1-11).

   ¿Hasta qué punto debemos ayudar a los pobres? ¿Es ello obligatorio? San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 9, 7-8).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que, por medio de las dificultades que tengamos que vivir, aprendamos a ser caritativos, para que así anhelemos que en nuestro mundo no haya nadie con carencias, que no sea atendido.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A).

   Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio.

   Estimados hermanos, amigos y simpatizantes:

   Las lecturas que la Iglesia nos propone para que meditemos en este Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos sugieren la posibilidad de hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué significa para nosotros la conversión al Evangelio? El hecho de convertirnos al Evangelio, significa para nosotros un cambio radical de mentalidad, que, según lo llevamos a cabo, nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. A pesar de que la grandeza del amor del Dios Uno y Trino es ilimitada, sucede que para nosotros es difícil el hecho de vivir continuamente dispuestos a obedecer a Nuestro Creador.

   ¿Qué imagen de Dios tenemos? Mientras que muchos de nuestros hermanos ven en Dios a un Padre de quien se acuerdan cuando le necesitan y se olvidan de Él cuándo se sienten felices, otros ven en Dios a un Juez terrible e implacable, de quien piensan que sólo vive para castigar su imperfección. Es necesario que no nos rijamos por ninguno de los extremos citados, y que pensemos que, de la misma manera que no debemos abusar de la ilimitada bondad de nuestro Santo Padre, la justicia divina ha de llevarse a cabo, tanto para que el Dios Uno y Trino sea glorificado, como para que, quienes han sufrido y sufrirán persecuciones por causa de su fe, y todos los maltratados injustamente a lo largo de la historia de la humanidad, encuentren una respuesta satisfactoria, que les haga comprender, que sus sufrimientos no han sido inverosímiles.

   Si queremos evitar dejar a medias el proceso de nuestra conversión a Dios, debemos acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma.

   ¿Cuál es el momento de nuestra vida apropiado para que abracemos la fe que nos caracteriza? Dado que a lo largo de los años que vivimos, siempre tenemos cosas que hacer, este es el preciso momento en que hemos de acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma. Si en este instante en que leemos esta meditación no nos entregamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, porque nos dejamos llevar por nuestras circunstancias vitales, nos exponemos a perder la oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, porque, a nuestro juicio, siempre tendremos razones lo suficientemente equilibradas, como para evitar el hecho de entregarle nuestro corazón al Dios que tanto nos ama.

   Muchos de mis lectores me escriben diciéndome que no tienen tiempo para perfeccionar su conocimiento de Dios, porque tienen que dedicarle muchas horas a su trabajo. Sé que muchos pobres y discapacitados no tienen más remedio que emplear toda su fuerza física y mental para conservar su trabajo, pues, desgraciadamente, por su situación, si pierden el empleo, se exponen a la pobreza, pero a pesar de ello, quienes quieran conservar su fe, porque sientan que Dios forma parte de su existencia, ¿cómo no le dedicarán unos minutos al día tanto a la oración, como a la lectura pausada de la Biblia?

   En el libro del Eclesiastés, leemos (Eclesiastés, 5, 11-14). Si nuestra conversión al Evangelio es completa, le permitimos a Dios que llegue a ser el centro de nuestra vida, pues, Jesús, -Nuestro Hermano y Señor-, nos dice (MT. 10, 34-39).

   ¿Cómo es posible que Dios nos exija que le amemos más que a nuestros familiares? Dado que Nuestro Padre común es la personificación de la plenitud del amor, solo si le dejamos que llegue a ser el centro de nuestra vida, podremos aspirar a ser sus imitadores, para que se cumplan en nosotros, las siguientes Palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   La necesidad de convertirnos a Dios, puede ser comprendida, y vista con gran urgencia, si consideramos que, el Reino de Dios, en vez de ser la utopía en que piensan quienes se sienten fracasados, es una realidad que Nuestro Santo Padre extiende por el mundo, de la misma manera que, una semilla muy pequeña, como el grano de mostaza, llega a florecer, y a crecer considerablemente, sin que apenas reparemos en ello.

   (LC. 17, 20-21). ¿Qué pruebas tenemos de que el Reino de Dios está entre nosotros, y de que somos miembros del mismo? La historia de la Iglesia, marcada por la práctica del bien, el efecto del pecado, y las huellas de las persecuciones que ha sufrido la institución de Jesucristo, es una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros, así pues, si queremos sentirnos integrados en el Reinado de Dios, debemos experimentar la plenitud de la salvación, al mismo tiempo que debemos esforzarnos para que nuestros prójimos también experimenten la glorificación divina.

   Es verdad que la plenitud de la dicha solo será alcanzada por nosotros cuando Dios extermine las miserias que actualmente azotan a la humanidad, pero, a pesar de ello, en los minutos que leemos esta meditación, podemos sentir la salvación divina, una dádiva que experimentamos por la fe que nos caracteriza, una realidad de carácter sobrenatural, que, para que podamos sentir verdaderamente que la experimentamos, requiere que tengamos la luz y los medios necesarios para solventar nuestras dificultades actuales.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos conceda medios y sabiduría para que, el exterminio del hambre en el mundo, sea un símbolo de la abundancia característica de su Reino.

   Pidámosle a nuestro Padre común que nos dé sabiduría y medios para trabajar por la extensión de su Palabra y la culturización de los más indefensos de este mundo.

   Pidámosle a Dios que nos haga caritativos y así podamos evitar el aislamiento de quienes viven en la más profunda soledad.

   Pidámosle a Dios que no permita que nos dejemos arrastrar por el concepto erróneo que nos induce a valorarnos por las posesiones que tenemos, y no por quienes somos.

   Pidámosle a Dios que nos conceda la sencillez de los niños y la sabiduría de los adultos en la fe, para que así podamos integrarnos en su Reino de amor, paz y justicia.

   La conversión al Señor, nos exige que pongamos todos nuestros bienes materiales y espirituales al servicio de la realización de la obra de Dios. Cuanto mayor sea nuestra entrega al cumplimiento de la voluntad del Creador del universo, mayor será la satisfacción que tendremos de haber hecho el bien.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión (MT. 5, 1-12), está caracterizado por la esperanza que deben tener los pobres y débiles en que Nuestro Padre común concluya el cumplimiento de sus promesas. A quienes apenas tienen lo estrictamente necesario para vivir, y a quienes carecen de fuerzas para mantenerse vivos, Jesús, en el Evangelio de hoy, les dice que su permanencia en el Reino de Dios es un regalo divino, pero, al mismo tiempo, también es la tarea de construir una sociedad justa, en la que todos ellos, en conformidad con su realización personal, constaten el continuo crecimiento de su fe. Recordemos, -estimados hermanos, amigos y simpatizantes-, los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 12; 1 COR. 1, 25-31).

   Los pobres deben evitar el hecho de dejarse arrastrar por la ambición desmedida que puede hacerles desear tener la oportunidad de aplastar a quienes pueden estar empobreciéndoles, y desear hacer todo lo que esté a su alcance, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, una sociedad en la que no existirán clases marginales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vivamos una Cuaresma inolvidable. (Meditación para el Miércoles de Ceniza).

   Meditación.

   Vivamos una Cuaresma inolvidable.

   Estimados hermanos y amigos:

   1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en Nuestro Padre común, aunque piensan que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque Él es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con Nuestra Santa Madre y con los santos siervos de Nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y amigos.

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: (JL. 2, 12).

   Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor Nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin Nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a Nuestro Creador, no porque Él nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestras vidas, de tal forma que sin Él nuestra existencia carece del sentido de la eternidad. Quizás pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que Él ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a Nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.

   El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en Nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte las palabras escritas en MT. 5, 4.

   Nuestra tristeza nace de la incapacidad que tenemos de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.

   (JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que Nuestro Padre común desea que hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo incorrecto no hará de mí un santo, pues Nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de Nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.

   Dios es tardo para manifestarnos la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.

   Dios se duele de lo que erróneamente creemos que son los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de Nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. Estoy de acuerdo con el hecho de que algunos afirman que dios nunca castiga a sus hijos, pero ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal.

   No olvidaremos las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado (AP. 3, 19).

   Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad (1 COR. 1, 27-28).

   Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que Nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y la paz.

   2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a Nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. Dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de Nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.

   3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de Nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.

   Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la institución de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos en estado de oración intensa ante el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.

   El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.

   El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de Nuestro señor, que se prolongará durante los siguientes cuarenta días.

   Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros. (Meditación de la primera lectura optativa de los Ciclos A y B de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros.

   Meditación de IS. 55, 1-11, primera lectura optativa de los Ciclos A y B.

   La comida cuesta dinero, no dura mucho tiempo, y satisface nuestras necesidades físicas. Dios desea ofrecernos un alimento por el que no tendremos que pagar dinero, cuya duración es eterna, y nos nutrirá espiritualmente. ¿Cómo podemos obtener tan preciado alimento? Vamos al encuentro del Señor (IS. 55, 1), escuchemos su Palabra para aplicarla posteriormente a nuestras vidas (IS. 55, 2), y busquemos y clamemos a Dios, por medio de la oración (IS. 55, 6). La salvación divina es gratuita, pero necesitamos recibirla vehementemente.

   Dios pactó con David darle a su pueblo prosperidad y evitarle las amenazas de otras naciones y las guerras, pero el pacto fue incumplido por los hombres. A pesar de esto, Dios perdona y siempre está dispuesto a renovar la promesa de salvar a su pueblo. No nos apartemos del cumplimiento de la voluntad divina aunque cometamos errores, porque Dios jamás se cansará de esperarnos para que cumplamos su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad.

   Dios no quiere apartarse de nosotros, pero a menudo nos separamos de Él o construimos muros que se interponen entre Nuestro Santo Padre y nosotros. No esperemos que se nos debilite la fe o a tener graves dificultades para relacionarnos con Nuestro Padre común, porque entonces tener fe en la Santísima Trinidad será muy difícil para nosotros, por causa de la visión que tendremos de las circunstancias que consideremos adversas. Relacionémonos con Dios antes de que sea demasiado tarde para ello.

   No podemos adaptar a Dios al cumplimiento de nuestra voluntad, porque su amor, su sabiduría y su poder nos superan. Dado que somos más imperfectos que Dios, si queremos alcanzar la plenitud de la dicha, somos nosotros quienes necesitamos cumplir la voluntad divina.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Navidad social termina en algunos países al concluir la celebración del Año Nuevo, y, en otros, después de la celebración de la Epifanía del Señor. La Iglesia concluye las celebraciones navideñas el Domingo siguiente a la Epifanía, día en que celebra el Bautismo de Nuestro Salvador.

   Mientras que en los países que celebramos la Epifanía del Señor, los niños pasan este día jugando con sus nuevos juguetes, los adultos tenemos la costumbre de hacer un balance de cómo hemos pasado la Navidad.

   Quizás podemos caer en el error de acusar a la sociedad en que vivimos de ser materialista a la hora de celebrar la Navidad, y no pensamos que, en vez de juzgar a la gente, debemos pensar si estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, porque, mientras es muy fácil sacar a relucir los errores de quienes nos rodean, no nos gusta pensar en los defectos que nos caracterizan.

   Durante la celebración de la Misa de media noche de Navidad, recordamos las siguientes palabras de San Pablo: (TT. 2, 11).

   ¿Creemos sinceramente que Jesús vino al mundo hace veinte siglos a salvarnos de la condenación merecida por los pecados de la humanidad, -que es la muerte-, y para hacernos plenamente felices viviendo en un mundo sin carencias, en la presencia de Nuestro Santo Padre?

   Aunque hemos pasado muchos años sin ponernos a disposición de Dios para que cumpla su voluntad por nuestro medio, aún estamos a tiempo para confiar en Él, exceptuando el caso de que nuestra fe no sea más que una representación teatral, procedente de una tradición que, si no es desconocida, no es aceptada como portadora de una gran verdad de fe.

   ¿Sentimos que las celebraciones navideñas nos han servido para adoptar el compromiso de ser mejores cristianos, o, una vez más, al concluir los días festivos de diciembre y enero, vamos a sumirnos en la rutina que nos impide ser felices?

   Si queremos que la Navidad se prolongue durante todos los días de nuestras vidas, necesitamos convertirnos al Evangelio. Sé que para mucha gente, las palabras "conversión" y "penitencia", suenan a sacrificios pesados e inútiles, a horas perdidas pensando en lo que para quienes no comparten nuestra fe no tiene remedio, y a la pérdida del tiempo que podemos aprovechar para hacer cosas agradables y constructivas.

   Para sentirnos motivados a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, necesitamos tener fe en Él, pues, el autor de la Carta bíblica a los Hebreos, nos instruye, en los siguientes términos: (HEB. 11, 6).

   Hace años, le escuché el siguiente comentario, a un famoso personaje, que vi en un programa de televisión: "El Catolicismo es la religión más facilona del mundo. Cometes un pecado, dices que te arrepientes, te confiesas, rezas un Padre nuestro, y ya puedes salir de la Iglesia, para hacer cosas peores, porque, mientras digas que te arrepientes, te están perdonando".

   ¿Es cierto que Dios nos perdona para que sigamos pecando? En la Epístola a los Hebreos, leemos: (HB. 10, 38).

   Si a Dios no le agrada nuestra inconstancia en la vivencia de la fe que decimos que profesamos, ¿pensamos que nos perdonará nuestros pecados independientemente de las veces que nos confesemos, si sabe que no tenemos la intención de cambiar de conducta?

   ¿Qué quiere Dios de nosotros? (HB. 13, 15-16).

   ¿Es para nosotros hacer el bien un sacrificio? Si leemos los versículos bíblicos anteriores al texto que estamos considerando brevemente, vemos que el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que convirtamos nuestras vidas en un sacrificio a Dios imitando la conducta de Nuestro Salvador, lo cual no significa que hacer el bien es un sacrificio, pues, si lo hacemos con amor, nuestras buenas obras se convierten en oportunidades de gozarnos, porque Dios nos concede el honor de ser nosotros quienes lo sirvamos en nuestros prójimos.

   Quizás pensamos que no somos mejores cristianos porque nos abruman las dificultades que caracterizan nuestras vidas, las cuales deben ser un camino para acercarnos a Dios, así pues, no debemos olvidar que Jesús padeció mucho en Palestina, según se nos informa en el siguiente texto: (HB. 2, 18).

   El arrepentimiento de nuestros pecados, no consiste en sentir repugnancia únicamente del mal que hemos hecho para seguir actuando en contra del cumplimiento de la voluntad de Dios después de confesarnos. El arrepentimiento cristiano está relacionado con el hecho de adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestras vidas, porque, cuanto mayor sea nuestro nivel de purificación, sentiremos que estaremos más cerca de Nuestro Padre común, quien es la fuente de la felicidad que añoramos.

   La penitencia cristiana no debe reducirse a una serie de actos marcados por la tristeza, porque a Dios no le gusta que tengamos caras largas, sino que nos formemos espiritualmente, para que, al adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, cada día nos encuentre más dispuestos, a vivir en su presencia.

   DE nada nos sirve ofrecerle sacrificios a Dios para que nos perdone nuestros pecados, si no estamos dispuestos a convertirnos a su Evangelio de salvación. La conversión al Señor Nuestro Dios, es un proceso gradual que se prolonga durante todos los días que vivimos, que no debe ser visto como una cadena interminable de sacrificios, sino como una oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, que no debemos desaprovechar.

   Si creyéramos sinceramente en Dios, al arrepentirnos de los pecados que cometemos, no pensaríamos en nuestra condenación, sino en la ofensa que las citadas obras significan para el Dios Uno y Trino, que es la fuente de la pureza. El arrepentimiento es causa de vergüenza y tristeza, porque no es fácil reconocer el mal que se hace, y porque vemos que no podemos compararnos a Dios, pero, a pesar de ello, dicha tristeza debe ser utilizada constructivamente en orden a nuestro crecimiento espiritual, no para quitarnos el valor personal que tenemos, sino para adaptarnos más y mejor, al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues, recordemos las siguientes palabras de San Pablo: (2 COR. 7, 10).

   No soy contrario al hecho de celebrar la Navidad social, pues pienso que ello debe fortalecer las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. La Iglesia nos dice que el hecho de hacer fiestas no es perjudicial, siempre que no invirtamos en ocio el dinero que tenemos para convivir con nuestros familiares, socorrer a los pobres, y contribuir al sostenimiento de las obras de la fundación de Cristo.

   Si nos disponemos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, daremos un importante paso para alcanzar la plenitud de la felicidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Feliz año nuevo, Jesús. (Meditación oración para el Domingo II después de Navidad).

   Meditación-oración.

   Feliz año nuevo, Jesús.

   Querido Jesús:

   A pesar de que mi fe es tan débil que cuanto más cerca estás de mí más sólo me siento, hoy tengo una gran necesidad de sentarme frente al Sagrario para contemplarte y hablar contigo. Siento que mis sentimientos se confunden, pues, tengo tantas cosas que decirte, que no sé cómo empezar mi oración. Podría empezar mi plegaria agradeciéndote los muchos dones divinos y humanos que me has dado no sólo durante el último año de vida que me has concedido, sino durante toda mi existencia. Sé que todo lo que tengo y cuanto soy te lo debo a Ti, pero ese pensamiento no me permite henchir mi corazón de tu felicidad.

   Cuando yo era niño, me enseñaron que mi valor fundamental personal, radicaría siempre en el poder y la riqueza que la vida me otorgara, pero, hoy, Jesús, al saber que me has iluminado y me has hecho comprender que esos dos aspectos fundamentales de la vida de los no creyentes son vanidades ante tu gloria, tengo la necesidad de saber que mi vida tiene un sentido nuevo, porque tengo la sensación de que me he afanado en vano.

   Desde los años de mi niñez, siempre he deseado ser un hombre sapientísimo. Una vez más, para satisfacer mi deseo, permitiste que me viera envuelto en muchos problemas. Si yo no me hubiera dejado arrastrar por mi carencia de fe, hubiera podido vencer todos aquellos obstáculos, porque tu sabiduría se habría manifestado en mí. Pero yo, Jesús, una vez más, me limité a quejarme, y a decir que no escuchabas mis oraciones, de tal forma que aumentaba mis súplicas y tenía la sensación de que fingías que no me escuchabas, porque sólo existe un camino para lograr la santidad.

   Siempre he deseado alcanzar la prosperidad, y Tú, Jesús, para satisfacer mi deseo, me has dado cerebro y músculos para trabajar, pero yo, Hermano, en vez de fructificar los dones y virtudes que me has concedido a través del Espíritu Santo, sólo me limito a quejarme de mi trabajo, de mis compañeros, y de mis jefes, y, a pesar de que no me falta dinero para mantener mi posición social, me atrevo a quejarme porque quiero tener más dinero en el bolsillo. Jesús, dime que no soy pecador. Ayúdame a comprender que soy incapaz de reconocer que dar es tan importante como recibir lo que Tú y mis seres queridos me entreguéis con mucho amor.

   Cuando tuve miedo y me sentí cobarde para superar dolores tan fuertes como la pérdida de algunos de mis seres queridos y las temporadas de inestabilidad económica, te pedí valor para no sentirme desgraciado, y Tú, Jesús, sólo por complacerme, aumentaste mis obstáculos para que tu fortaleza se manifestara en mí, y yo, Jesús, me limité a maldecir mi situación estresante y a decir que me habías abandonado, para no reconocer que me estaba amparando en mi debilidad.

   En medio de mis dificultades te pedí que tanto Tú como mis seres queridos me manifestarais una gran dosis de amor, y Tú, para satisfacer mi deseo, me rodeaste de personas con dificultades a las que tenía que ayudar porque soy cristiano, pero yo, una vez más, me encerré en mi victimismo, pues creía que era el más desgraciado del mundo, el único que tenía derecho a que se me manifestara una gran dosis de lástima constantemente. Mis hijos necesitaban a su padre, mi mujer necesitaba que la animara para no desfallecer al realizar su frenética actividad laboral y doméstica, y el mundo estaba lleno de gente hambrienta de comida y sabiduría divina, pero yo, al intentar que mi falsa prepotencia acosara a mis seres amados para que estos me manifestaran su cariño constantemente, me asfixiaba y no dejaba que los míos vivieran en paz y armonía.

   Cuando insistentemente te pedía favores, Tú, Jesús, sólo por complacerme, no cesabas de darme oportunidades de triunfar de mil maneras, a pesar de que yo siempre hacía fracasar todas tus ideas, porque quería que Tú y los miembros de mi familia trabajarais por mí, y atribuirme vuestros méritos, para considerarme importante al teneros sometidos al cumplimiento de mis caprichos.

   Con el paso del tiempo, pude percatarme de que me concediste todo lo que te pedí, de una forma diferente respecto del modo en que quería que me resolvieras los problemas que he tenido, dificultades que muchas veces han sido causadas por mi ceguera. Cuando empecé a dejarme ayudar por Ti, Jesús, comprendí que la paz no consiste en gritar para que los niños no hablen y poder ver una película tranquilamente, sino en afrontar las situaciones difíciles con serenidad, sin olvidar la necesidad de la perseverancia para resolver situaciones difíciles. Después de haber considerado todo lo que te he dicho, me siento satisfecho al agradecerte el amor que derramas continuamente sobre mí, porque ahora sí puedo decir que me siento henchido de tu presencia, Jesús. Ahora sé que no necesito nada, porque Tú estás conmigo, y me siento apoyado y amado por los miembros de mi familia. Sé que mis seres queridos me aman y me apoyan, porque, gracias a Ti, Hermano Jesús, se sienten felices cuando están conmigo.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com