Meditación.
3. La fortaleza de Jesús.
Meditación de LC. 4, 21-30.
"1. El pasado sábado 31 de agosto, meditábamos sobre cómo hemos de empezar un nuevo ciclo laboral con fuerzas y ganas renovadas. Os dije hace dos días que hemos de dejarnos inspirar por el Espíritu Santo, para así triunfar en las diversas actividades que vamos a llevar a cabo durante el ciclo formativo y laboral 2002-2003, así pues, a este respecto, es bueno que meditemos el pasaje de San Lucas que la Iglesia nos propone en esta ocasión, para que conozcamos mejor a Jesús, pues, si conocemos al Mesías, el citado texto nos ayudará a fortalecer nuestra fe.
2. "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido".
¿Somos conscientes de haber sido bautizados en el fuego del Paráclito, fuego de amor, que no quema, pero sí transforma nuestra vida?
¿Qué podríais decirme en este momento en que estáis leyendo este mensaje electrónico, si os preguntara cuál es la razón por la que sentís que el Espíritu actúa por vuestro medio?
3. El Espíritu Santo ungió a Cristo "para anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la instauración del Reino de Dios entre nosotros. La justicia divina nos exige que repartamos los bienes materiales según la Santidad a que hemos sido llamados, por consiguiente, siendo nuestras posesiones bienes enviados por Dios para cubrir nuestras necesidades, no es justo que seamos semejantes al rico Epulón (LC. 16, 19-31), pues más bien, queremos hacer que todos los hombres disfruten los beneficios que Dios nos ha concedido.
Si enfocamos la citada unción del Paráclito con respecto a Cristo recordando el anuncio del Evangelio a los pobres, no hemos de pensar únicamente en la justa distribución de los recursos del planeta, pues también es conveniente que pensemos en los pobres de espíritu, aquellos a los que quizá en alguna ocasión hemos llamado simplones o perdonavidas, pues, en pleno siglo XXI, la inocencia es una virtud muy valorada por Nuestro Hermano y Señor Jesús.
4. Jesús fue ungido por el Espíritu para "anunciar la liberación a los cautivos".
¿Nos habla el Evangelista Lucas de que todas las puertas de las cárceles serán abiertas de par en par para que los presos gocen de libertad, sin que los tales hayan sido redimidos?
La redención de Cristo va más allá de los barrotes de las rejas de las prisiones, pues se refiere a eximirnos del pecado, de nuestros miedos insignificantes, y del desconocimiento del Evangelio que a veces nos inclina a ser fanáticos temerosos del infierno, y no hijos que se gozan por causa del Padre que tanto les ama.
5. Jesús fue ungido por el Espíritu para "dar la vista a los ciegos, y liberar a los oprimidos". En las prisiones, -y fuera de los recintos carcelarios-, hay muchos oprimidos, por consiguiente, mientras unos se oprimen por sus propios errores, aún se tiene en muchos países la costumbre de torturar a los pobres e incultos, por el simple placer de ejecutar crueles venganzas, o, quizá, para desahogar la ira.
6. Jesús fue ungido por el Espíritu para "proclamar un año de gracia del Señor". No es un año de gracia lo que Cristo vino a proclamar, sino, una eternidad de felicidad, pero, si hemos de considerar la dureza de algunas conversiones, sí se puede hablar de un año de gracia y penitencia.
Tras acabar la lectura de las citadas palabras del rollo de Isaías, Jesús cerró el libro, pues no quiso leer las siguientes palabras, referidas a la condenación de los paganos, pues, ya hablaría más adelante de la gehena, para implicarnos en las sendas del amor.
7. "Esta Escritura que habéis oído -dijo Jesús tras cerrar el libro del primero de los Profetas mayores-, se ha cumplido hoy". ¿Qué hubierais pensado al respecto si hubieseis estado en la sinagoga de Nazaret, teniendo el conocimiento que poseéis actualmente, ante la revelación que hizo Jesucristo?
8. Fijaos qué curiosa reacción tuvieron los oyentes de Jesús, cuando este les dijo que no era un héroe nacional que les iba a colmar de bienes materiales, sino que era el Hijo de Dios que iba a hacer para con ellos según fuese tangible la fe de los tales.
¡Cuántas veces le hemos pedido a Dios que se nos manifieste, y no se nos ha pasado por la mente pedirle a Nuestro Padre que nos conceda la ocasión de servirle en los hombres!
¿Hasta cuándo vamos a seguir ocultando nuestra fe, para que quienes nos rodean no se rían de nosotros?
Concluyamos esta meditación de hoy con esta ya emblemática confesión del Apóstol Pedro, y digo emblemática, porque, sin pretenderlo, es uno de los instintivos verbales y espirituales de Trigo de Dios, pan de vida, así como también lo es de otros foros:
"Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". (José Portillo Pérez. 02/09/2002).
Las palabras pronunciadas por Jesús ante sus convecinos de Nazaret siguen siendo vigentes en nuestros días. Muchas veces nos preguntamos cuál es la causa por la que Dios no se nos revela a todos por igual. Para responder la citada pregunta, muchas veces solemos decir que quizá no todos estamos preparados para aceptar la verdad divina, a veces amable, en algunos casos tan cortante como una espada de doble filo. El Evangelio que estamos meditando me hace pensar que está muy claro el hecho de que todos no estamos dispuestos a aceptar a Dios como la más cierta de nuestras realidades. Había muchas viudas en tiempos de Elías, pero sólo la viuda de Sarepta consiguió el milagro de ser alimentada junto a su hijo, este es el hecho por el cual ella aceptó que el Profeta comiera en su mesa. Había muchos leprosos en tiempos de Eliseo, -servidor y sucesor de Elías-, pero este Profeta sólo pudo curar a Naamán, simplemente porque este sirio fue humilde y obedeció al enviado de Yahveh.
¿Qué nos indican los dos ejemplos citados por Jesús en el Evangelio de hoy?
Jesús nos quiere concienciar con respecto a que los cristianos tenemos que ser humildes y serviciales. Si somos humildes y paliamos las carencias de nuestros semejantes, empezaremos a descubrir la felicidad.
Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser humildes y generosos" (José Portillo Pérez. Lunes III de Cuaresma del año 2003).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
joseportilloperez@gmail.com
2. El amor es el distintivo de los cristianos.
Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).
Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.
El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.
Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.
No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.
Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.
A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.
No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.
Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.
San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.
joseportilloperez@gmail.com
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¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo? (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?
Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.
Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.
¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?
Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.
Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.
¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de ROM. 8, 8-11.
En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.
Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones. (Meditación de la segunda lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Meditación.
2. El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones.
Meditación de ROM. 5, 1-2. 5-8.
Ya que no seremos salvados por causa de nuestro mérito a la hora de cumplir prescripciones religiosas, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, estamos en paz con Nuestro Padre común, por causa de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. La paz que tenemos con Dios no significa que vivimos tranquilamente, sino que estamos vinculados a la Divinidad. La Prueba de que Dios nos ama, es lo que Cristo hizo para demostrarnos que no estamos solos, si decidimos tener fe en la Santísima Trinidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. El Espíritu Santo ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones.
Meditación de ROM. 5, 1-2. 5-8.
Ya que no seremos salvados por causa de nuestro mérito a la hora de cumplir prescripciones religiosas, sino porque tenemos fe en el Dios Uno y Trino, estamos en paz con Nuestro Padre común, por causa de la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación de Cristo. La paz que tenemos con Dios no significa que vivimos tranquilamente, sino que estamos vinculados a la Divinidad. La Prueba de que Dios nos ama, es lo que Cristo hizo para demostrarnos que no estamos solos, si decidimos tener fe en la Santísima Trinidad.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús es la bondad de Dios. (Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Ciclo C.
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
Meditación.
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).
Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).
2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"
3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.
4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.
Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B).
Ciclo B.
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.
Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.
Lectura introductoria: MC. 9, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.
Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.
Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.
Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.
Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.
Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.
Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.
Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.
Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.
Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.
Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.
Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).
Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.
2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 6B-11.
3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).
Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).
3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).
La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.
¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).
Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.
El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.
3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).
La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.
3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).
El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.
El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.
La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?
3-2.
5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3.
11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
13. ¿Por qué hubo seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?
3-4.
18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?
3-5.
22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.
Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre misericordioso:
Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue bautizado por San Juan Bautista y ungido por el Espíritu Santo, para cumplir la misión con que Nuestro Santo Padre lo envió a Israel.
Ejercicio de Lectio Divina de MC. 1, 6B-11.
Lectura introductoria: MC. 9, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Dado que Juan fue formado espiritualmente por los esenios, vivía apartado del mundo, para distinguirse de los pecadores. Esa fue la razón por la que sus oyentes lo buscaban para que les predicara el mensaje que hizo que muchos de sus hermanos de raza tuvieran una fe más fuerte y estable en el cumplimiento de las promesas divinas. El mensaje de Juan fue exitoso porque predicó el fin de las injusticias y por eso se ganó el respeto de muchos desheredados del país.
Los cristianos no necesitamos apartarnos del mundo para conocer a Dios, cumplir su voluntad y aprender a orar, así pues, creemos que podemos ser seguidores de Jesús en cualquier ambiente en que no se nos debilite la fe. Aunque Juan Bautista puede ser considerado fanático religioso porque se aisló de la mayoría de sus hermanos de raza, muchos cristianos necesitamos la convicción con que defendió sus creencias, una convicción que terminó costándole primero la pérdida de la libertad, y posteriormente la vida.
Aunque Juan se apartó del mundo para consagrarse a la oración, la meditación y la predicación, es necesario que los cristianos no nos sintamos superiores ni inferiores a quienes carecen de la fe que profesamos. Sólo la construcción de un mundo de iguales podrá ayudarnos a conseguir que la humanidad acepte a Dios, y crea que la Trinidad Beatísima habita en nosotros.
Orar es tener creencias diferentes al pensamiento de quienes nos rodean circunstancialmente, y no sentirnos superiores ni inferiores a los mismos, ni marginados por los tales. Si seguimos afirmando que el mundo es uno de los enemigos que tenemos que vencer como se hacía cuando se nos decía que nuestros enemigos son el mundo, el Demonio y la carne, no podremos convencer a nadie de que Dios existe y es bondadoso con sus hijos.
Orar es reconocernos más pequeños que Jesús como lo hizo Juan, lo cual no significa que carecemos de valor personal. Con demasiada frecuencia asociamos la pequeñez con la carencia de valor personal por considerarnos pecadores irremisibles.
Orar es trabajar por la extensión del Reino de Dios, y no para ser alabados. Tenemos derecho a ganarnos el pan, pero, en el campo de la evangelización, hemos de trabajar sabiendo que sólo el Señor recogerá el fruto de nuestra siembra. San Juan Bautista era consciente de esta realidad, y por eso sabía que el Bautismo de Jesús era superior al suyo.
Orar es vivir nuestra profesión de fe activamente, tal como Jesús viajó desde Nazaret al Jordán, para ser bautizado por Juan. Los cristianos hemos sido llamados a ser buscadores de algo mejor que supere nuestros logros pasados y actuales.
Orar es saber que hemos sido receptores del Espíritu Santo, para que podamos superar la sequedad espiritual, y cumplir la voluntad divina.
Orar es oír la voz del Padre en nuestras oraciones, cuando tengamos que tomar decisiones importantes, y cuando sintamos que se nos debilita la fe.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te pido que me ayudes a examinarme, con el fin de que pueda liberarme de los prejuicios contrarios a tu pretensión de crear un mundo de iguales, pues, aunque seamos diferentes, tenemos un Padre común, que desea que nos amemos.
Soy diferente a muchos de quienes me rodean por causa de mi fe, pero no soy superior ni inferior a los tales, porque Dios quiere ser Padre de todos.
Me has dado la vida para que te conozca y te acepte, y ello me servirá para cumplir tu voluntad. La oración fortalecerá mi fe diariamente para que no deje de ser un excelente seguidor de Jesús.
Te pido que ninguna causa me impida caminar detrás de Jesús. Actualmente soy más pequeño que el Hijo de Dios y María, pero estoy destinado a ser su coheredero (ROM. 8, 17).
Orar es tener presente la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, para sentirnos seguros a la hora de intentar superar las dificultades que nos caracterizan, en la medida que nos sea posible. Dios no nos da garantías de que vamos a triunfar en todo lo que intentemos, pero siempre estará con nosotros (MT. 28, 20), y sabemos que el fracaso no consiste en que nos equivoquemos, sino en paralizar nuestras vidas. Si nos equivocamos podremos intentar actuar de manera diferente, pero, si dejamos de creer en nosotros, en nuestros prójimos los hombres y en Dios, perderemos la esperanza de alcanzar la plenitud de la felicidad.
Así como Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, busquemos a quienes necesitan instrucción religiosa, o cualquier otra ayuda que podamos prestarles. Dios jamás nos va a pedir que hagamos algo que esté más allá de nuestras posibilidades de cumplir su voluntad.
2. Leemos atentamente MC. 1, 6B-11, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MC. 1, 6B-11.
3-1. La humildad que fue captada como provocación (MC. 1, 6).
Los líderes religiosos de Israel debieron sentirse bastante incómodos con la presencia de Juan Bautista en el Jordán, porque, mientras ellos vestían suntuosamente, el citado Profeta tenía un aspecto humilde, que aprovechó para fortalecer la fe de sus oyentes, actuando como pobre entre los pobres. Ello me sugiere el pensamiento de que nuestras palabras y acciones han de estar en sintonía para que podamos ser cristianos sin trampa ni cartón, pues los ricos que alaban la pobreza de Job y la predican vistiendo suntuosamente, muestran una gran crueldad (MT. 23, 2-3).
3-2. La grandeza de San Juan Bautista (MC. 1, 7).
La grandeza de Juan radicó en que no se obsesionó intentando ser el protagonista principal de la Historia de la salvación, e hizo lo que Dios le pidió que hiciera. Juan sabía que era un hombre común y que Jesús es Dios, y se consideraba indigno de ser esclavo del Mesías. Recordemos que muchos judíos no permitían que sus esclavos israelitas les desataran las sandalias y les lavaran los pies, por considerar que ese trabajo suponía una gran humillación.
¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3. El bautismo de Juan y el Bautismo de Jesús (MC. 1, 8).
Dado que Juan Bautista fue muy famoso en Israel, sus seguidores no dejaron de creer su mensaje cuando Herodes ordenó que se le cortara la cabeza cuando lo tenía preso. Para los Evangelistas era importante distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús, ya que entre los primeros cristianos había quienes pensaban que Jesús no se hubiera dejado bautizar si hubiera sido superior a Juan, y que recibió el bautismo del citado Profeta porque era pecador. Al resolver estas dos cuestiones a favor de Jesús, muchos seguidores de Juan se hicieron seguidores del Nazareno, por creer que Jesús resucitó de entre los muertos.
El bautismo en agua preparaba a los creyentes para recibir el Bautismo de Jesús. Los oyentes de Juan confesaban sus pecados y se hacían bautizar (MC. 1, 4-5), y quedaban esperando la llegada de Jesús, cuyo Bautismo los haría hijos de Dios. Los seguidores de Juan esperaban así ser moradas del Espíritu Santo, cuyo fuego exterminaría su condición pecadora.
3-4. Jesús fue desde Nazaret al Jordán a buscar a Juan para que lo bautizara (MC. 1, 9).
La hélite religiosa de Israel despreciaba a los nazarenos por su contacto con los paganos. Jesús jamás pecó, pero siempre vivió en contacto con los más despreciados de su país, por sus pecados, sus enfermedades y su estado de pobreza. Jesús fue glorificado alcanzando así como Hombre el estado al que esperamos llegar los cristianos, pero lo hizo partiendo de su relación con los más despreciados.
3-5. Jesús fue bautizado por Juan, ungido por el Espíritu Santo, y Nuestro Santo Padre manifestó su complacencia en Él (MC. 1, 10-11).
El Espíritu Santo no ungió a Jesús hasta que el Señor salió del agua significativa de la muerte, porque el Mesías no quiso distinguirse de aquellos por quienes tres años después sacrificó su vida, para recuperarla posteriormente.
El cielo se abrió, significando la reaparición del espíritu profético, pues hacía cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que denunciaran las injusticias.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma, y ungió al Señor como Profeta, Sacerdote y Rey, para que llevara a cabo la misión de redimir a la humanidad creyente.
La voz del Padre se dejó oír, y Jesús fue reconocido como el Hijo en que Yahveh se complace.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 1, 6B-11 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué debieron sentirse incómodos los líderes religiosos de Israel al saber cómo vestía Juan Bautista para llevar a cabo su ministerio profético?
2. ¿Qué logró Juan Bautista con su aspecto humilde?
3. ¿Por qué no negoció Juan Bautista con los líderes religiosos de su tiempo para llevar a cabo la obra que Yahveh le encomendó sin poner su vida en peligro?
4. ¿Por qué es necesario que nuestras palabras y acciones estén en sintonía?
3-2.
5. ¿En qué radicó la grandeza de Juan Bautista?
6. ¿En qué radica nuestra grandeza?
7. ¿Por qué reconoció Juan su inferioridad respecto de Jesús?
8. ¿Por qué no permitían muchos judíos que los esclavos de su raza les desataran las sandalias y les lavaran los pies?
9. ¿Trabajan nuestros ministros religiosos por amor a Dios y a sus hijos, o intentan ser cada día más reconocidos y tener puestos superiores?
10. ¿Trabajamos los laicos por amor a Dios y a sus hijos, o intentamos tener mejores posiciones en nuestras comunidades de fe?
3-3.
11. ¿Por qué era importante para los Evangelistas distinguir el bautismo de Juan del Bautismo de Jesús?
12. ¿Por qué dos razones llegaron a pensar muchos creyentes del siglo I que Jesús se dejó bautizar por Juan?
13. ¿Por qué hubo seguidores de Juan que se hicieron discípulos de Jesús?
14. ¿En qué consistía el bautismo de Juan?
15. ¿En qué consiste el Bautismo de Jesús?
16. ¿Por qué era necesario que los seguidores de Juan recibieran el Bautismo de Jesús?
17. ¿Qué itinerario recorrían los seguidores de Juan antes de hacerse discípulos de Jesús?
3-4.
18. ¿Por qué eran despreciados los nazarenos por la hélite religiosa de Israel?
19. ¿Por qué vivió Jesús en contacto con los marginados de su país?
20. ¿Por qué inició Jesús su labor estando en contacto con los despreciados de su pueblo?
21. ¿Seremos cristianos auténticos si vivimos al margen de los necesitados de dádivas espirituales y materiales?
3-5.
22. ¿Por qué no ungió el Espíritu Santo a Jesús hasta que el Señor fue bautizado y salió del agua?
23. ¿Qué significado tiene el agua bautismal?
24. ¿Qué significa la apertura del cielo?
25. ¿Para qué ungió el Espíritu Santo a Jesús como Profeta, Sacerdote y Rey?
26. ¿Por qué habló Nuestro Santo Padre cuando Jesús fue ungido por el Espíritu Santo?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos HCH. 1, 1-11, para recordar la relación existente entre Pentecostés y el Bautismo de Jesús.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 1, 6B-11.
Comprometámonos a compartir nuestra alegría de ser discípulos de Jesús con alguno de nuestros hermanos en la fe.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Padre misericordioso:
Háblame a través de quienes quieras que te sirva, para que mi crecimiento espiritual no sea obstaculizado por la apatía.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 16, agradeciéndole a Dios el bien que ha hecho en nuestro favor, y agradeciéndole las oportunidades que nos da de servirlo en nuestros prójimos los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo A.
Meditación.
1. Una de las enseñanzas principales que nos inculca la Iglesia en el tiempo de Pascua consiste en concienciarnos de que estamos estrechamente relacionados con la Santísima Trinidad, y que el citado vínculo que nos une es el Sacramento del Bautismo. La Iglesia Católica bautiza a sus fieles en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (MT. 28, 19), así pues, marcando la diferencia con respecto al bautismo de Juan que acercaba a los pecadores a Dios obteniéndoles el perdón de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Israel (MC. 1, 4-5), el Sacramento con que iniciamos nuestra vida cristiana, nos obtiene la filiación divina. El Dios Trinidad no está aislado, así pues, el hecho de que tres Personas sean una misma Deidad, nos induce a pensar en un Dios que constituye por Sí mismo una Familia, de la que somos miembros, porque hemos recibido el Sacramento del Bautismo. La Iglesia desea que tanto los niños que son bautizados con uso de razón como los adultos que reciben este Sacramento sean conscientes del compromiso que ello significa para los tales de convertir el cumplimiento de la voluntad de Dios en la principal meta que han de alcanzar durante su vida terrena. Dios no nos pide a los bautizados que hagamos obras extraordinarias ni que seamos perfectos simplemente porque ello escapa a nuestras posibilidades, pero quiere que hagamos rendir los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, mejorando como personas cristianas, sirviendo a nuestros prójimos, y adorando a la Santísima Trinidad.
El Sacramento sobre el que estamos meditando es un don divino, por cuanto, al recibirlo, le pedimos a Nuestro Padre común que nos libre de nuestras imperfecciones y nos perdone las transgresiones en el cumplimiento de su Ley que llevamos a cabo, así pues, en los casos en que se bautizan niños pequeños, es conveniente que los padres y padrinos de los mismos, en nombre de los niños, asuman el compromiso de hacer de ellos fieles discípulos de Jesús. A través del Bautismo le pedimos a Dios que nos perdone, y que nos cure de nuestras enfermedades, y, Nuestro Padre común, nos inicia en el camino de la santificación, y nos concede la vida eterna. La Iglesia desea que todos los que han sido bautizados sean conscientes de que el Bautismo es un don divino, pero no hemos de olvidar que este Sacramento también es un compromiso, así pues, si por este Sacramento de iniciación cristiana Dios nos libra del castigo que merecemos por transgredir su Ley, de las enfermedades que padecemos y de la muerte eterna, no debemos olvidar que es de bien nacidos el ser agradecidos, es decir, que hemos de agradecerle a Nuestro Padre común el amor que nos ha manifestado al hacernos hijos suyos, y al permitir que Jesús fuera crucificado para demostrarnos su gran amor.
2. La primera lectura de hoy es un fragmento del primer canto del siervo de Dios que se nos transmite en el libro de Isaías. Nuestro Padre común habló con Jesús, y también se nos manifiesta a quienes le servimos en las personas de nuestros prójimos. El Señor sostiene a su siervo. Dios quiere que admiremos a su siervo, a quien Él sostiene, el elegido en quien se complace. Sabemos que Dios nos sostiene porque vivimos y cumplimos su voluntad ya que desea que seamos seguidores de Jesús. Todos sabemos lo que nos sucedería en un instante si Nuestro Padre común no quisiera mantenernos vivos, y que aumenta en nosotros el deseo de vivir y obtener su perfección, a través de los acontecimientos que conforman nuestras vidas.
Dios se complace en nosotros, así pues, a Él no le incumben nuestros fracasos, se olvida de las veces que le desobedecemos, y se gloría eternamente cuando hacemos lo que quiere que hagamos para santificarnos a nosotros y a quienes favorecemos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Dios ha puesto su Espíritu sobre nosotros para que impartamos su justicia con equidad. Hemos superado etapas difíciles en el transcurso de nuestras vidas. Tenemos en nuestros corazones una fuerza inmensa que nos impulsa a lograr las metas que nos proponemos alcanzar, y, cuando nos esforzamos para conseguir lo que nos proponemos, ese amor de Dios que opera en nuestro espíritu misteriosamente, lima las asperezas del monte de nuestras dificultades. Esto lo sabéis muy bien quienes, sin necesidad de llevar a cabo vuestras actividades pastorales, os habéis puesto al servicio de Dios sin pedirle a Nuestro Padre común nada a cambio de vuestra generosidad, a pesar de que os recompensará por ello a su debido tiempo.
Los siervos de Dios no gritamos, no exigimos que nadie se una a nosotros, no forzamos a nadie a que se una a Jesús, porque somos humildes, y sabemos que actuamos como creyentes que el Espíritu utiliza eficazmente para reunir a los hijos del Señor.
Los siervos de Dios no crecemos arrebatándoles la felicidad a quienes son más débiles y sufren más de lo que hayamos podido adolecernos nunca por ninguna circunstancia dramática. Somos buenos luchadores en conformidad con la fe que profesamos, y, en virtud de ello, sólo descansaremos cuando hayamos logrado que toda la humanidad se haya convertido al Evangelio.
El Señor nos ha llamado, nos ha cogido de la mano, y nos ha destinado a ser diferentes a nuestros prójimos, porque somos aptos para cumplir la misión que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Debemos abrir los ojos de aquellos ciegos que cometen errores, tenemos que ayudar a sacar de la cárcel del mal a quienes no saben amar ni ser amados, y tenemos que hacer que los enfermos se levanten y caminen impulsados por nuestras palabras curativas y esperanzadoras. ¡Devolvamos al camino de Dios a quienes cayeron en el abismo!
3. La Iglesia desea que los niños sean bautizados a su edad más temprana para que no fallezcan sin haber sido ungidos -o marcados- como discípulos de Jesús. Sabemos perfectamente que con el gesto de bautizar a los niños no se pretende evitar que los mismos sean víctimas de las desgracias que temen muchos supersticiosos, víctimas del desconocimiento de la doctrina de la Iglesia y de la Palabra de Dios contenida en la Biblia, así pues, al bautizar a los mismos se pretende que no perezcan sin ser hijos de Nuestro Padre común. La Iglesia entiende que, cuando los niños empiezan a tener uso de razón, han de ir asimilando las verdades fundamentales de nuestra fe, así pues, son muchos los padres que, según los niños pequeños empiezan a pronunciar algunas palabras, les enseñan algunas oraciones sencillas, para que se familiaricen con Dios.
4. Estamos acostumbrados a hablar de Dios pensando en Nuestro Padre común, y a hablar del Hijo de Dios, cuando pensamos en Jesús. ¿Hablamos del Espíritu Santo? El Paráclito -o Defensor- es el amor que emana del Padre y del Hijo, y el Hijo es la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo. ¿Nos acordamos durante todo el año del Espíritu Santo, o sólo tenemos presente el amor de Dios en la fiesta de Pentecostés? Dios es Nuestro Creador y Jesús es Nuestro Redentor, pero, el Espíritu Santo, es la fuente de la que recibimos los dones y virtudes que hemos obtenido de la Santísima Trinidad. Propongámonos abarcar a Dios como Trinidad Beatísima, como Familia íntimamente unida, y no como dos Personas aisladas, sin el amor -el Espíritu- que proceda de las mismas, que haga de su íntima unión un lazo que una en torno a Sí a toda la humanidad.
5. Soy testigo de que muchos catequistas de niños y adultos lo pasan mal a la hora de transmitirles a sus oyentes la fe de la Iglesia. Los catequistas que tienen que inculcarles la doctrina de la Iglesia y la Palabra de Dios a los niños de primera Comunión lo pasan mal si pretenden enseñar a los niños el menor rato posible y hacer que se aprendan el temario que han de estudiar forzándolos a leer mucho, sin que comprendan nada al estar agobiados. Si no estamos dispuestos a aceptar a Dios, de nada les servirá su esfuerzo a quienes quieran enseñar las verdades fundamentales de nuestra fe a la fuerza.
6. Los Sacramentos sólo son motivos celebrativos para muchos de nuestros hermanos. El Bautismo sólo es para muchos la celebración con que uno de sus hijos inicia su vida. La primera Comunión sólo es para ellos un motivo que les induce a gastar grandes cantidades de dinero, aunque les ayuda a amar más a sus descendientes, pues meditan sobre lo bueno y adverso que ha sucedido en la vida de su prole. El Matrimonio es para ellos la comunicación pública de que son honrados porque se han casado ante sus seres queridos y la Iglesia, indicando -o pretendiendo- hacer saber que han cumplido todas las prescripciones que se puedan imaginar. ¿Por qué será que el blanco en los trajes de novia no indica pureza y sólo constituye un color marcado por una moda que se está extinguiendo?
Yo imagino que cuando mis padres me bautizaron debí llorar apenas sentí el agua sobre mi cabeza que previamente había sido calentada para evitarme una desagradable sensación de frío. Me bautizaron, según consta en el registro de bautismos de la Iglesia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), el 19 de marzo del año 1977, día en que se celebró a San José, padre adoptivo de Jesús. Durante muchos años no sentí la presencia de Dios en mi vida, pero el Señor ha hecho de mí un seguidor de Jesús, y os aseguro que no estoy arrepentido de que mis padres y padrinos me presentaran ante el Señor sin interrogarme.
Notas:
1. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas de los Ciclos A, B y C de la presente fiesta, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor, del Ciclo C.
2. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas optativas de los Ciclos A y B, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Una de las enseñanzas principales que nos inculca la Iglesia en el tiempo de Pascua consiste en concienciarnos de que estamos estrechamente relacionados con la Santísima Trinidad, y que el citado vínculo que nos une es el Sacramento del Bautismo. La Iglesia Católica bautiza a sus fieles en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (MT. 28, 19), así pues, marcando la diferencia con respecto al bautismo de Juan que acercaba a los pecadores a Dios obteniéndoles el perdón de sus transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Israel (MC. 1, 4-5), el Sacramento con que iniciamos nuestra vida cristiana, nos obtiene la filiación divina. El Dios Trinidad no está aislado, así pues, el hecho de que tres Personas sean una misma Deidad, nos induce a pensar en un Dios que constituye por Sí mismo una Familia, de la que somos miembros, porque hemos recibido el Sacramento del Bautismo. La Iglesia desea que tanto los niños que son bautizados con uso de razón como los adultos que reciben este Sacramento sean conscientes del compromiso que ello significa para los tales de convertir el cumplimiento de la voluntad de Dios en la principal meta que han de alcanzar durante su vida terrena. Dios no nos pide a los bautizados que hagamos obras extraordinarias ni que seamos perfectos simplemente porque ello escapa a nuestras posibilidades, pero quiere que hagamos rendir los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, mejorando como personas cristianas, sirviendo a nuestros prójimos, y adorando a la Santísima Trinidad.
El Sacramento sobre el que estamos meditando es un don divino, por cuanto, al recibirlo, le pedimos a Nuestro Padre común que nos libre de nuestras imperfecciones y nos perdone las transgresiones en el cumplimiento de su Ley que llevamos a cabo, así pues, en los casos en que se bautizan niños pequeños, es conveniente que los padres y padrinos de los mismos, en nombre de los niños, asuman el compromiso de hacer de ellos fieles discípulos de Jesús. A través del Bautismo le pedimos a Dios que nos perdone, y que nos cure de nuestras enfermedades, y, Nuestro Padre común, nos inicia en el camino de la santificación, y nos concede la vida eterna. La Iglesia desea que todos los que han sido bautizados sean conscientes de que el Bautismo es un don divino, pero no hemos de olvidar que este Sacramento también es un compromiso, así pues, si por este Sacramento de iniciación cristiana Dios nos libra del castigo que merecemos por transgredir su Ley, de las enfermedades que padecemos y de la muerte eterna, no debemos olvidar que es de bien nacidos el ser agradecidos, es decir, que hemos de agradecerle a Nuestro Padre común el amor que nos ha manifestado al hacernos hijos suyos, y al permitir que Jesús fuera crucificado para demostrarnos su gran amor.
2. La primera lectura de hoy es un fragmento del primer canto del siervo de Dios que se nos transmite en el libro de Isaías. Nuestro Padre común habló con Jesús, y también se nos manifiesta a quienes le servimos en las personas de nuestros prójimos. El Señor sostiene a su siervo. Dios quiere que admiremos a su siervo, a quien Él sostiene, el elegido en quien se complace. Sabemos que Dios nos sostiene porque vivimos y cumplimos su voluntad ya que desea que seamos seguidores de Jesús. Todos sabemos lo que nos sucedería en un instante si Nuestro Padre común no quisiera mantenernos vivos, y que aumenta en nosotros el deseo de vivir y obtener su perfección, a través de los acontecimientos que conforman nuestras vidas.
Dios se complace en nosotros, así pues, a Él no le incumben nuestros fracasos, se olvida de las veces que le desobedecemos, y se gloría eternamente cuando hacemos lo que quiere que hagamos para santificarnos a nosotros y a quienes favorecemos ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.
Dios ha puesto su Espíritu sobre nosotros para que impartamos su justicia con equidad. Hemos superado etapas difíciles en el transcurso de nuestras vidas. Tenemos en nuestros corazones una fuerza inmensa que nos impulsa a lograr las metas que nos proponemos alcanzar, y, cuando nos esforzamos para conseguir lo que nos proponemos, ese amor de Dios que opera en nuestro espíritu misteriosamente, lima las asperezas del monte de nuestras dificultades. Esto lo sabéis muy bien quienes, sin necesidad de llevar a cabo vuestras actividades pastorales, os habéis puesto al servicio de Dios sin pedirle a Nuestro Padre común nada a cambio de vuestra generosidad, a pesar de que os recompensará por ello a su debido tiempo.
Los siervos de Dios no gritamos, no exigimos que nadie se una a nosotros, no forzamos a nadie a que se una a Jesús, porque somos humildes, y sabemos que actuamos como creyentes que el Espíritu utiliza eficazmente para reunir a los hijos del Señor.
Los siervos de Dios no crecemos arrebatándoles la felicidad a quienes son más débiles y sufren más de lo que hayamos podido adolecernos nunca por ninguna circunstancia dramática. Somos buenos luchadores en conformidad con la fe que profesamos, y, en virtud de ello, sólo descansaremos cuando hayamos logrado que toda la humanidad se haya convertido al Evangelio.
El Señor nos ha llamado, nos ha cogido de la mano, y nos ha destinado a ser diferentes a nuestros prójimos, porque somos aptos para cumplir la misión que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Debemos abrir los ojos de aquellos ciegos que cometen errores, tenemos que ayudar a sacar de la cárcel del mal a quienes no saben amar ni ser amados, y tenemos que hacer que los enfermos se levanten y caminen impulsados por nuestras palabras curativas y esperanzadoras. ¡Devolvamos al camino de Dios a quienes cayeron en el abismo!
3. La Iglesia desea que los niños sean bautizados a su edad más temprana para que no fallezcan sin haber sido ungidos -o marcados- como discípulos de Jesús. Sabemos perfectamente que con el gesto de bautizar a los niños no se pretende evitar que los mismos sean víctimas de las desgracias que temen muchos supersticiosos, víctimas del desconocimiento de la doctrina de la Iglesia y de la Palabra de Dios contenida en la Biblia, así pues, al bautizar a los mismos se pretende que no perezcan sin ser hijos de Nuestro Padre común. La Iglesia entiende que, cuando los niños empiezan a tener uso de razón, han de ir asimilando las verdades fundamentales de nuestra fe, así pues, son muchos los padres que, según los niños pequeños empiezan a pronunciar algunas palabras, les enseñan algunas oraciones sencillas, para que se familiaricen con Dios.
4. Estamos acostumbrados a hablar de Dios pensando en Nuestro Padre común, y a hablar del Hijo de Dios, cuando pensamos en Jesús. ¿Hablamos del Espíritu Santo? El Paráclito -o Defensor- es el amor que emana del Padre y del Hijo, y el Hijo es la imagen que el Padre vería si se mirara en un espejo. ¿Nos acordamos durante todo el año del Espíritu Santo, o sólo tenemos presente el amor de Dios en la fiesta de Pentecostés? Dios es Nuestro Creador y Jesús es Nuestro Redentor, pero, el Espíritu Santo, es la fuente de la que recibimos los dones y virtudes que hemos obtenido de la Santísima Trinidad. Propongámonos abarcar a Dios como Trinidad Beatísima, como Familia íntimamente unida, y no como dos Personas aisladas, sin el amor -el Espíritu- que proceda de las mismas, que haga de su íntima unión un lazo que una en torno a Sí a toda la humanidad.
5. Soy testigo de que muchos catequistas de niños y adultos lo pasan mal a la hora de transmitirles a sus oyentes la fe de la Iglesia. Los catequistas que tienen que inculcarles la doctrina de la Iglesia y la Palabra de Dios a los niños de primera Comunión lo pasan mal si pretenden enseñar a los niños el menor rato posible y hacer que se aprendan el temario que han de estudiar forzándolos a leer mucho, sin que comprendan nada al estar agobiados. Si no estamos dispuestos a aceptar a Dios, de nada les servirá su esfuerzo a quienes quieran enseñar las verdades fundamentales de nuestra fe a la fuerza.
6. Los Sacramentos sólo son motivos celebrativos para muchos de nuestros hermanos. El Bautismo sólo es para muchos la celebración con que uno de sus hijos inicia su vida. La primera Comunión sólo es para ellos un motivo que les induce a gastar grandes cantidades de dinero, aunque les ayuda a amar más a sus descendientes, pues meditan sobre lo bueno y adverso que ha sucedido en la vida de su prole. El Matrimonio es para ellos la comunicación pública de que son honrados porque se han casado ante sus seres queridos y la Iglesia, indicando -o pretendiendo- hacer saber que han cumplido todas las prescripciones que se puedan imaginar. ¿Por qué será que el blanco en los trajes de novia no indica pureza y sólo constituye un color marcado por una moda que se está extinguiendo?
Yo imagino que cuando mis padres me bautizaron debí llorar apenas sentí el agua sobre mi cabeza que previamente había sido calentada para evitarme una desagradable sensación de frío. Me bautizaron, según consta en el registro de bautismos de la Iglesia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), el 19 de marzo del año 1977, día en que se celebró a San José, padre adoptivo de Jesús. Durante muchos años no sentí la presencia de Dios en mi vida, pero el Señor ha hecho de mí un seguidor de Jesús, y os aseguro que no estoy arrepentido de que mis padres y padrinos me presentaran ante el Señor sin interrogarme.
Notas:
1. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas de los Ciclos A, B y C de la presente fiesta, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor, del Ciclo C.
2. Las meditaciones de las primera y segunda lecturas optativas de los Ciclos A y B, pueden leerse en el apartado 6 de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.
Meditación.
1. Celebramos la primera Epifanía del Señor, excelente revelación de la luz divina sobre nuestras carencias materiales y espirituales. Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a esta fiesta de la Epifanía del Señor que Dios ha amanecido sobre nosotros, así pues, cuando el pasado veinticinco de diciembre celebramos la Natividad de Nuestro Niño de Belén, quiso Dios que volviera a nacer en nuestros corazones la existencia sobrenatural, los abundantes dones y virtudes que nos configuran y transfiguran a imagen y semejanza de Aquel que nos ha concedido participar de su vida eterna, por consiguiente, debemos recordar en esta ocasión las palabras del prólogo del Evangelio de San Juan referentes a que Nuestro Dios y Hermano Jesús nos ha concedido gracia sobre gracia por los méritos que le han merecido su vida y obra redentora (JN. 1, 16).
2. "Brilla, Jerusalén" -dice Isaías en su Emmanuel- ¿Hemos recibido a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y actuamos impulsados por la inspiración del Espíritu Santo? Si Dios nos ha dotado de dones y virtudes, podemos decir que tales maravillas de Nuestro Padre son nuestras porque el Señor nos las ha concedido, pero esa concesión celestial nos exige que brillemos por nuestra propia luz. Si mi hermano es donante de sangre, puede ofrecerle a Dios su donación para la redención de mis pecados, pero, aún así, yo no puedo brillar con la luz de mi hermano, no puedo sentirme realizado hasta que no cumpla la voluntad de Dios escuchando a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y dejándome inspirar por el Espíritu Santo.
3. "Caminarán los pueblos a tu luz" Con gran acierto, Jesús decía que no se puede encender una luz para esconderla, pues no se puede disimular el brillo y claridad de la luz. Puede acontecernos que no seamos conscientes de si el mundo se percata de que somos cristianos, pues no conocemos los pensamientos de nuestros prójimos, y no sabemos si nuestra luz hace que otros hermanos nuestros, creyentes o no cristianos, brillen por su propia luz. Ocupémonos de sembrar la semilla divina, y el Espíritu Santo, a su tiempo, se servirá de nuestras palabras y obras, para convertir a la humanidad al Evangelio del amor divino.
4. En la segunda lectura San Pablo nos insta a creer que el Evangelio de Jesucristo es universal, así pues, cuando Pablo escribió sus Epístolas, los judíos creían que Dios aborrecía a los extranjeros, y que el Señor sólo se complacía en la raza de aquellos a quienes se reveló antes de que las naciones del mundo conocieran la Santidad de Nuestro Padre común.
5. Para que esta meditación no sea excesivamente larga, prefiero pasar por alto la lectura de la Carta a los Efesios, y contemplar las escenas que San Mateo nos narra en el Evangelio de la adoración de los magos. Herodes se sobresaltó al percatarse de que había sucedido un hecho extraordinario, había nacido el Rey de quien Miqueas, Isaías, Jeremías y otros grandes Profetas habían hablado en los días de su existencia mortal. Era imposible creer que fuera verdad que había aparecido una estrella que conducía a aquellos magos orientales a adorar a Jesús, pero, ¿qué hubiera ocurrido si aquella Profecía tan antigua del capítulo 5 de Miqueas se hubiese cumplido? Resulta curioso ver que ni siquiera los instruidos en la Ley del Señor podían creer que verdaderamente empezaba a llevarse a cabo el designio salvífico de Dios. Herodes actuó como si fuera realista el hecho de que podían quitarle el trono, los judíos se alarmaban pensando que algún espabilado podía reformar sus complicadas estructuras religiosas, nosotros sufriríamos mucho si nos viéramos obligados a ser buenos Santos en un momento sin que Dios nos transformara tocándonos con su varita mágica...
6. Los tres regalos que Jesús recibió de los magos tienen un gran significado teológico.
El oro de Melchor, significaba que Jesús es el más sabio y poderoso Hombre de todos los tiempos.
El incienso de Gaspar, resaltaba la Deidad de Jesús, el más famoso y humilde Hombre de todos los tiempos.
La mirra de Baltasar, era signo de penitencia, muerte para resucitar, sacrificio de goces terrenales para encontrar la felicidad, y la contradicción de quienes ignoran cómo renunciando al sin sentido del placer excesivo nosotros encontramos la Santidad, la paz, y, el amor de Nuestro Padre y Dios.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Celebramos la primera Epifanía del Señor, excelente revelación de la luz divina sobre nuestras carencias materiales y espirituales. Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a esta fiesta de la Epifanía del Señor que Dios ha amanecido sobre nosotros, así pues, cuando el pasado veinticinco de diciembre celebramos la Natividad de Nuestro Niño de Belén, quiso Dios que volviera a nacer en nuestros corazones la existencia sobrenatural, los abundantes dones y virtudes que nos configuran y transfiguran a imagen y semejanza de Aquel que nos ha concedido participar de su vida eterna, por consiguiente, debemos recordar en esta ocasión las palabras del prólogo del Evangelio de San Juan referentes a que Nuestro Dios y Hermano Jesús nos ha concedido gracia sobre gracia por los méritos que le han merecido su vida y obra redentora (JN. 1, 16).
2. "Brilla, Jerusalén" -dice Isaías en su Emmanuel- ¿Hemos recibido a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y actuamos impulsados por la inspiración del Espíritu Santo? Si Dios nos ha dotado de dones y virtudes, podemos decir que tales maravillas de Nuestro Padre son nuestras porque el Señor nos las ha concedido, pero esa concesión celestial nos exige que brillemos por nuestra propia luz. Si mi hermano es donante de sangre, puede ofrecerle a Dios su donación para la redención de mis pecados, pero, aún así, yo no puedo brillar con la luz de mi hermano, no puedo sentirme realizado hasta que no cumpla la voluntad de Dios escuchando a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y dejándome inspirar por el Espíritu Santo.
3. "Caminarán los pueblos a tu luz" Con gran acierto, Jesús decía que no se puede encender una luz para esconderla, pues no se puede disimular el brillo y claridad de la luz. Puede acontecernos que no seamos conscientes de si el mundo se percata de que somos cristianos, pues no conocemos los pensamientos de nuestros prójimos, y no sabemos si nuestra luz hace que otros hermanos nuestros, creyentes o no cristianos, brillen por su propia luz. Ocupémonos de sembrar la semilla divina, y el Espíritu Santo, a su tiempo, se servirá de nuestras palabras y obras, para convertir a la humanidad al Evangelio del amor divino.
4. En la segunda lectura San Pablo nos insta a creer que el Evangelio de Jesucristo es universal, así pues, cuando Pablo escribió sus Epístolas, los judíos creían que Dios aborrecía a los extranjeros, y que el Señor sólo se complacía en la raza de aquellos a quienes se reveló antes de que las naciones del mundo conocieran la Santidad de Nuestro Padre común.
5. Para que esta meditación no sea excesivamente larga, prefiero pasar por alto la lectura de la Carta a los Efesios, y contemplar las escenas que San Mateo nos narra en el Evangelio de la adoración de los magos. Herodes se sobresaltó al percatarse de que había sucedido un hecho extraordinario, había nacido el Rey de quien Miqueas, Isaías, Jeremías y otros grandes Profetas habían hablado en los días de su existencia mortal. Era imposible creer que fuera verdad que había aparecido una estrella que conducía a aquellos magos orientales a adorar a Jesús, pero, ¿qué hubiera ocurrido si aquella Profecía tan antigua del capítulo 5 de Miqueas se hubiese cumplido? Resulta curioso ver que ni siquiera los instruidos en la Ley del Señor podían creer que verdaderamente empezaba a llevarse a cabo el designio salvífico de Dios. Herodes actuó como si fuera realista el hecho de que podían quitarle el trono, los judíos se alarmaban pensando que algún espabilado podía reformar sus complicadas estructuras religiosas, nosotros sufriríamos mucho si nos viéramos obligados a ser buenos Santos en un momento sin que Dios nos transformara tocándonos con su varita mágica...
6. Los tres regalos que Jesús recibió de los magos tienen un gran significado teológico.
El oro de Melchor, significaba que Jesús es el más sabio y poderoso Hombre de todos los tiempos.
El incienso de Gaspar, resaltaba la Deidad de Jesús, el más famoso y humilde Hombre de todos los tiempos.
La mirra de Baltasar, era signo de penitencia, muerte para resucitar, sacrificio de goces terrenales para encontrar la felicidad, y la contradicción de quienes ignoran cómo renunciando al sin sentido del placer excesivo nosotros encontramos la Santidad, la paz, y, el amor de Nuestro Padre y Dios.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo II después de Navidad.
Meditación para el Domingo II después de Navidad.
1. Durante estos días, cuando entramos al Templo, solemos dirigir nuestra mirada a la Sagrada Familia representada en el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús. A pesar de que en la gran mayoría de iglesias latinas sólo se celebrará la Liturgia correspondiente a la Sagrada Familia que también festejamos en esta ocasión, es muy positivo el hecho de que analicemos detenidamente los textos correspondientes a este Domingo de Navidad, pues la Iglesia, a través de dichos textos, nos propone que recordemos a los personajes más relevantes de nuestra Historia Sagrada, la ascendencia y descendencia del Mesías.
2. A lo largo de la Historia de la salvación, Dios se nos ha revelado a través de una ingente multitud de Profetas e innumerables circunstancias que, ya nos hayan parecido positivas o adversas, han sido utilizadas por la Divina Providencia para inculcarnos el conocimiento del amor de Dios que nos ha reunido nuevamente ante el Altar del Señor, porque, hermanos, no hemos venido al Templo impulsados por nuestro deseo de encontrarnos con Dios, pues ha sido el Espíritu Santo quien nos ha sacado de los asuntos mundanos unos minutos para que nos dediquemos a meditar la Palabra de Dios.
3. El ejemplo de Abram -a quien posteriormente Dios llamó Abraham-, es muy significativo para nosotros. Todos sabemos que la Cristología es la ciencia teológica que nos ayuda a adquirir el conocimiento de Jesucristo equiparando a ciertos personajes del Antiguo Testamento con el Mesías Ungido por el Espíritu Santo. Si David fue la viva imagen de Jesús en diversas circunstancias de su vida, de igual forma que posteriormente le ocurrió a su hijo Salomón, Abraham es la viva imagen del Dios que quiso expandir sus dones y virtudes creando la comunidad humana. Sabemos que Dios nunca ha estado sólo pues la Trinidad no es otra cosa que una Familia constituida por tres Santas Personas, a saber: el Padre, el Hijo, y, el Espíritu Santo.
4. Sara concibió a Isaac, hijo de Abraham. La promesa de Dios se cumplió haciendo que la estirpe de quien obedeció ciegamente a Nuestro Criador se multiplicara hasta nuestros días, así pues, siendo hijos de Abraham, también somos hijos de Dios Padre, pues, de igual forma que Abraham tuvo descendencia, Dios ha hecho de nosotros una descendencia profética, sacerdotal y real (1 PE. 2, 5).
Ahora somos la imagen de Abraham, pues esperamos que Cristo cumpla la promesa de su Parusía o segundo Advenimiento.
5. Nos adentramos en la meditación del Evangelio de San Lucas. La Sagrada Familia hubo de llevar a cabo la purificación de María, la circuncisión de Jesús como Primogénito de la Familia según está establecido en la Torá, y la presentación y aceptación del Niño de Belén por parte del pueblo judío en su comunidad religiosa de Israel. Al ser Jesús el Primogénito de la Sagrada Familia, José y María se comprometieron a hacer que se dedicara al servicio de Dios aún más de lo que se supone que debieron hacerlo los parientes -o hermanos del Mesías-, de quienes habla San Marcos en el capítulo tres de su Evangelio (MC. 3, 31-35).
6. La devoción y ternura con que Simeón y Ana adoraron al Niño de Belén en público, nos da a conocer el contradictorio futuro de Jesús, y, en consecuencia de ello, las contradicciones de nuestras vidas.
7. San Lucas, en su relato del Nacimiento y la Infancia de Jesús, nos dice que María guardaba en su corazón todos los Misterios que rodeaban la existencia de su pequeño Hijo (LC. 2, 19 y 51). Quizás nos revelamos ante dificultades poco relevantes, ponemos el grito en el cielo cuando no estamos de acuerdo con los dichos o hechos de nuestro cónyuge, protestamos si no nos gusta nuestro trabajo...
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra Madre del cielo que nos enseñe a meditar la Palabra de Dios y las situaciones de nuestras vidas que no nos gustan en silencio, para que sea el Espíritu Santo quien nos enseñe e induzca a impulsar nuestras vidas bajo los intensos cuidados que la Divina Providencia ejerce sobre nosotros.
(José Portillo Pérez, meditación del 29/12/2002).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante estos días, cuando entramos al Templo, solemos dirigir nuestra mirada a la Sagrada Familia representada en el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús. A pesar de que en la gran mayoría de iglesias latinas sólo se celebrará la Liturgia correspondiente a la Sagrada Familia que también festejamos en esta ocasión, es muy positivo el hecho de que analicemos detenidamente los textos correspondientes a este Domingo de Navidad, pues la Iglesia, a través de dichos textos, nos propone que recordemos a los personajes más relevantes de nuestra Historia Sagrada, la ascendencia y descendencia del Mesías.
2. A lo largo de la Historia de la salvación, Dios se nos ha revelado a través de una ingente multitud de Profetas e innumerables circunstancias que, ya nos hayan parecido positivas o adversas, han sido utilizadas por la Divina Providencia para inculcarnos el conocimiento del amor de Dios que nos ha reunido nuevamente ante el Altar del Señor, porque, hermanos, no hemos venido al Templo impulsados por nuestro deseo de encontrarnos con Dios, pues ha sido el Espíritu Santo quien nos ha sacado de los asuntos mundanos unos minutos para que nos dediquemos a meditar la Palabra de Dios.
3. El ejemplo de Abram -a quien posteriormente Dios llamó Abraham-, es muy significativo para nosotros. Todos sabemos que la Cristología es la ciencia teológica que nos ayuda a adquirir el conocimiento de Jesucristo equiparando a ciertos personajes del Antiguo Testamento con el Mesías Ungido por el Espíritu Santo. Si David fue la viva imagen de Jesús en diversas circunstancias de su vida, de igual forma que posteriormente le ocurrió a su hijo Salomón, Abraham es la viva imagen del Dios que quiso expandir sus dones y virtudes creando la comunidad humana. Sabemos que Dios nunca ha estado sólo pues la Trinidad no es otra cosa que una Familia constituida por tres Santas Personas, a saber: el Padre, el Hijo, y, el Espíritu Santo.
4. Sara concibió a Isaac, hijo de Abraham. La promesa de Dios se cumplió haciendo que la estirpe de quien obedeció ciegamente a Nuestro Criador se multiplicara hasta nuestros días, así pues, siendo hijos de Abraham, también somos hijos de Dios Padre, pues, de igual forma que Abraham tuvo descendencia, Dios ha hecho de nosotros una descendencia profética, sacerdotal y real (1 PE. 2, 5).
Ahora somos la imagen de Abraham, pues esperamos que Cristo cumpla la promesa de su Parusía o segundo Advenimiento.
5. Nos adentramos en la meditación del Evangelio de San Lucas. La Sagrada Familia hubo de llevar a cabo la purificación de María, la circuncisión de Jesús como Primogénito de la Familia según está establecido en la Torá, y la presentación y aceptación del Niño de Belén por parte del pueblo judío en su comunidad religiosa de Israel. Al ser Jesús el Primogénito de la Sagrada Familia, José y María se comprometieron a hacer que se dedicara al servicio de Dios aún más de lo que se supone que debieron hacerlo los parientes -o hermanos del Mesías-, de quienes habla San Marcos en el capítulo tres de su Evangelio (MC. 3, 31-35).
6. La devoción y ternura con que Simeón y Ana adoraron al Niño de Belén en público, nos da a conocer el contradictorio futuro de Jesús, y, en consecuencia de ello, las contradicciones de nuestras vidas.
7. San Lucas, en su relato del Nacimiento y la Infancia de Jesús, nos dice que María guardaba en su corazón todos los Misterios que rodeaban la existencia de su pequeño Hijo (LC. 2, 19 y 51). Quizás nos revelamos ante dificultades poco relevantes, ponemos el grito en el cielo cuando no estamos de acuerdo con los dichos o hechos de nuestro cónyuge, protestamos si no nos gusta nuestro trabajo...
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra Madre del cielo que nos enseñe a meditar la Palabra de Dios y las situaciones de nuestras vidas que no nos gustan en silencio, para que sea el Espíritu Santo quien nos enseñe e induzca a impulsar nuestras vidas bajo los intensos cuidados que la Divina Providencia ejerce sobre nosotros.
(José Portillo Pérez, meditación del 29/12/2002).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
el Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II después de Navidad).
Meditación.
2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.
Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.
Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).
(EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.
1. Somos hijos adoptivos de Dios.
2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.
3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.
4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.
5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.
6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.
Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.
Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.
(EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.
(EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.
(EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.
(EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.
Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.
Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).
(EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.
1. Somos hijos adoptivos de Dios.
2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.
3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.
4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.
5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.
6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.
Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.
Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.
(EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.
(EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.
(EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.
(EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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