Meditación.
2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.
Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.
Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.
(SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.
Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.
El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.
El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.
(SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.
(SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.
De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.
Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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La victoria que vence al mundo es nuestra fe. (Meditación de la segunda lectura optativa de la fiesta del Bautismo del Señor de los Ciclos A y B).
Meditación.
2. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.
Meditación de 1 JN. 5, 1-9, segunda lectura optativa de los Ciclos A y B.
Por ser hijos de Dios, somos hermanos de los seguidores de Jesús, y miembros de la Iglesia. Dios es quien decide quiénes han de formar parte de su Familia, y no nosotros. Es por eso que nos corresponde aceptar a la gente sin prejuicios, y amarla a la manera del Hijo de Dios y María. Todo el que cree que Jesús es el Cristo de Dios es hijo del Altísimo. Si amamos a Dios y cumplimos sus Mandamientos, amamos a los hijos de Nuestro Padre común.
Jesús nunca nos prometió que sería fácil el hecho de seguirle, pero el seguimiento de Nuestro Maestro no es una carga para quienes realmente lo aman. Si el seguimiento de Jesús empieza a ser una carga para nosotros, podemos revisar nuestras creencias, porque podemos estar sufriendo las consecuencias de que nuestra fe no sea completa, o quizás nuestro amor a Dios se está debilitando (AP. 2, 4).
El amor a Dios por nuestra parte consiste en que guardemos los Mandamientos de Nuestro Padre común, los cuales sabemos que no son pesados ni extremadamente difíciles de aplicar a nuestras vivencias.
Todos los nacidos de Dios vencen las inclinaciones que nos alejan de Nuestro Padre común. Nuestra fe es la victoria que nos garantiza que nadie ni nada nos impedirá creer en Dios.
Sólo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios, encontraremos motivos suficientes para esforzarnos en no perder la fe, y acrecentarla adecuadamente.
La referencia al agua y la sangre, fue escrita pensando en la Eucaristía, el Bautismo y la crucifixión del Señor. Cuando fueron escritos los libros joánicos de la Biblia, existía una creencia según la cual Jesús sólo fue el Cristo durante el tiempo transcurrido entre su bautismo y su crucificción, momento en que el Cristo ascendió al cielo, dejando morir al Jesús humano. Si Jesús murió como un hombre pecador, no pudo redimir a la humanidad cargando sobre Sí los pecados del mundo, y, por consiguiente, el Cristianismo carecería de sentido, porque está basado en el valor redentor del sacrificio del Mesías.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
2. La victoria que vence al mundo es nuestra fe.
Meditación de 1 JN. 5, 1-9, segunda lectura optativa de los Ciclos A y B.
Por ser hijos de Dios, somos hermanos de los seguidores de Jesús, y miembros de la Iglesia. Dios es quien decide quiénes han de formar parte de su Familia, y no nosotros. Es por eso que nos corresponde aceptar a la gente sin prejuicios, y amarla a la manera del Hijo de Dios y María. Todo el que cree que Jesús es el Cristo de Dios es hijo del Altísimo. Si amamos a Dios y cumplimos sus Mandamientos, amamos a los hijos de Nuestro Padre común.
Jesús nunca nos prometió que sería fácil el hecho de seguirle, pero el seguimiento de Nuestro Maestro no es una carga para quienes realmente lo aman. Si el seguimiento de Jesús empieza a ser una carga para nosotros, podemos revisar nuestras creencias, porque podemos estar sufriendo las consecuencias de que nuestra fe no sea completa, o quizás nuestro amor a Dios se está debilitando (AP. 2, 4).
El amor a Dios por nuestra parte consiste en que guardemos los Mandamientos de Nuestro Padre común, los cuales sabemos que no son pesados ni extremadamente difíciles de aplicar a nuestras vivencias.
Todos los nacidos de Dios vencen las inclinaciones que nos alejan de Nuestro Padre común. Nuestra fe es la victoria que nos garantiza que nadie ni nada nos impedirá creer en Dios.
Sólo creyendo que Jesús es el Hijo de Dios, encontraremos motivos suficientes para esforzarnos en no perder la fe, y acrecentarla adecuadamente.
La referencia al agua y la sangre, fue escrita pensando en la Eucaristía, el Bautismo y la crucifixión del Señor. Cuando fueron escritos los libros joánicos de la Biblia, existía una creencia según la cual Jesús sólo fue el Cristo durante el tiempo transcurrido entre su bautismo y su crucificción, momento en que el Cristo ascendió al cielo, dejando morir al Jesús humano. Si Jesús murió como un hombre pecador, no pudo redimir a la humanidad cargando sobre Sí los pecados del mundo, y, por consiguiente, el Cristianismo carecería de sentido, porque está basado en el valor redentor del sacrificio del Mesías.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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