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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.

   ¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?

   ¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?

   En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?

   Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).

joseportilloperez@gmail.com

Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Jesús es Nuestro Redentor.

   Meditación de AP. 1, 5-8.

   Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.

   Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.

   Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.

   Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.

   Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.

   Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Para los cristianos, la felicidad plena, consiste en amar, y ser amados.

   1. La fe es el verdadero poder de los seguidores de Jesús

   Meditación de JER. 31, 7-9.

   Hemos vivido un ciclo de siete domingos en que Jesús nos ha inculcado la manera idónea en que debemos actuar, si valoramos el conocimiento mediante el que podemos adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre. Aunque aspiramos a alcanzar la plenitud de la felicidad, los valores predicados por Jesús son contrarios a los valores en que mucha gente inspira su vida. En el texto de la Profecía de Jeremías que estamos considerando, el Hagiógrafo Sagrado nos habla de la multitud de creyentes en Dios, constituida por gente humilde, indefensa y marcada por el sufrimiento. Ello nos recuerda que Dios es nuestro bien mayor, y que Nuestro Santo Padre nos invita a adaptarnos plenamente al cumplimiento de su voluntad, para que seamos dignos de vivir en su presencia.

   Mucha gente sueña con alcanzar poder, riquezas y prestigio. Tales deseos no son contrarios al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Creador, si, quienes los consiguen, los viven desde la óptica de Nuestro Santo Padre, así pues, el poder es digno de alabanza en quienes lo convierten en capacidad de servir desinteresadamente a sus prójimos los hombres, las riquezas pueden utilizarse adecuadamente para extinguir la miseria de la humanidad, y, la buena fama, puede ser un magnífico testimonio, de vida ejemplar de fe.

   Después de haber vivido un ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos el conocimiento necesario para alcanzar la gloria divina recorriendo el camino de la cruz, iniciamos una nueva etapa de tres Domingos, en que reflexionamos sobre las tres virtudes teologales, -es decir, hoy meditaremos sobre la fe, el próximo Domingo lo haremos sobre la esperanza, y, el Domingo XXXII Ordinario, sobre la caridad-. En esta ocasión meditaremos sobre la importancia de la fe, demostrándonos así que aceptamos la enseñanza que Jesús nos ha inculcado durante las siete semanas anteriores. Jesús nos ha enseñado a recorrer el camino de la cruz, y, nosotros, a partir de nuestro estado actual, -especialmente, si sufrimos por alguna causa-, seguiremos perfeccionándonos como seguidores del Señor, porque sabemos que, Nuestro Santo Padre, nunca dejará de amarnos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo.

   Meditación de HB. 4, 14-16.

   El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.

   Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.

   Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.

   Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.

   Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.

   Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.

   Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.

   Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.

   -Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.

   -Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.

   -No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.

   -No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Preparaos para recibir al Rey que viene. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Preparaos para recibir al Rey que viene.

   Vivimos inmersos en una vida rutinaria y estresante que nos impide meditar sobre los valores más trascendentales que atañen a nuestra fe católica. ¿Cómo podremos regocijarnos al pensar en la Parusía de Nuestro Señor si evitamos el recuerdo de la muerte porque consideramos que es muy desagradable para nosotros? Nos cuesta un gran esfuerzo el hecho de creer que nuestra alma es inmortal, es esta la razón por la cual nos aferramos a esta vida como nos aferraríamos a una tabla en el caso de sufrir un naufragio.

   Nuestra fe universal -estimados hermanos-, nos informa de que nuestro cuerpo será restablecido cuando el Señor Jesús venga por segunda vez a habitar en esta tierra para quedarse para siempre entre nosotros.

   San Pablo nos dice con respecto a Jesús: (FLP. 3, 21). Nosotros no podemos definir con exactitud cómo será nuestra existencia en el cielo, no podemos satisfacer la curiosidad que tenemos, de manera que se nos hace necesario el hecho de mirar a Nuestro Padre y Dios a través del espejo de la fe.

   San Pablo nos dice en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 15, 51-52). El término “incorruptibilidad” equivale a la ayuda que Dios les dará a quienes no mueran antes de que acontezca la segunda venida de Jesús para que sean purificados, y a la recomposición de los cuerpos que se hayan convertido en ceniza o estén en estado de descomposición.

   Si estudiamos detenidamente la Biblia para indagar con respecto a nuestra existencia inmortal, lo único que podemos averiguar es que en el mundo liberado del pecado, el dolor y el error, no existirá el mar, según podemos constatar en AP., 21, 1, y que viviremos en eterno estado de contemplación de Dios. Si nos imaginamos contemplando a Dios sin hacer otra cosa por años sin término, sin ánimo de ofender a mis fieles amantes de la tradición eclesiástica, tenemos que reconocer que la inmortalidad será aburridísima.

   Con respecto a lo que será de nuestra vida en el cielo, debemos considerar las palabras del Apóstol (1 COR. 2, 9-10).

   Hasta ahora hemos visto la parte más positiva de este artículo, pero ahora debemos considerar lo que sin duda alguna nos resulta más inaceptable respecto del acontecimiento universal que estamos meditando.

   ¿Nos exige Dios algo para que podamos gozar de la vida eterna en el cielo? Dios no nos exige nada porque respeta la libertad que nos concedió cuando creó el mundo, pero es de bien nacidos el ser agradecidos, por consiguiente, si "tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (JN. 3, 16), lo mínimo que podemos hacer es amar a nuestro Padre celestial en las personas de nuestros prójimos. Dios sabe que, como no podemos verlo, nuestra fe vacila muy a menudo, pero nuestros prójimos están con nosotros, y, aunque Dios no existiera, el hecho de amarlos, nos haría felices, porque, el egoísmo y la soledad, no serían nuestros inseparables compañeros (1 JN. 4, 20).

   Para prepararnos a recibir al Rey que viene, vamos a recordar aquellas obras de misericordia que destacaban como lumbreras en los Catecismos antiguos, y que no han sido recopiladas en la última edición del Catecismo de la Iglesia, porque los autores de la citada obra han considerado que escribir todas las obras de misericordia es tan imposible como lo es también redactar todos los milagros que hizo Jesús en Palestina, según nos lo dice San Juan en su Evangelio en el capítulo 21, versículo 25.

   Como todos recordaréis, las obras de misericordia se catalogaban en dos grupos de 7.

   Las obras de misericordia corporales, son: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos, redimir a los cautivos, y sepultar a los difuntos.

   Las obras de misericordia espirituales, son: Enseñar al que no sabe (suprimo el término "ignorante" de las versiones de los Catecismos más antiguos por considerarlo despótico), dar buen consejo al que lo necesita, corregir a los pecadores, tener paciencia en las tribulaciones, perdonar con gusto las ofensas, consolar a los afligidos, y rezar por los vivos y difuntos.

   ¿Estamos preparados para recibir al Rey que vendrá en el momento que menos lo esperemos?.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original). (Fiesta de la Virgen de Guadalupe. 12 de diciembre).

   Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre).

   Nota: Para obtener más información respecto del Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, consultad el ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo C.

   ¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original?

   1. Explicación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.

   Estimados hermanos y amigos:

   A quienes temen que el culto mariano se superponga a la Liturgia correspondiente al Domingo III de Adviento, les digo que también voy a publicar una meditación para tal ocasión, para que mis lectores tengan ocasión de leer las dos meditaciones, pues, si la Liturgia de este Domingo debe ser celebrada, no es conveniente que dejemos pasar la ocasión de recordar a María Santísima, en su advocación de Guadalupe. Esta es la primera vez que voy a escribir una meditación para la fiesta que estamos celebrando, y lo hago con mucho gusto, por el amor que siento por la Madre de Dios, y para darles gracias a la inmensa mayoría de mis lectores, que son latinoamericanos, por leer mis meditaciones semanales, y por haberme manifestado su apoyo emocional cuando lo que erróneamente llamamos adversidad me ha afectado.

   El pasado día ocho del presente mes, con ocasión de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, escribí una meditación en la que expliqué brevemente el dogma de fe que estamos considerando. Mis lectores católicos aceptaron el contenido de dicha meditación sin problemas, e incluso muchos de ellos me felicitaron por la claridad del texto, pero otros tantos lectores, que no son católicos, me han manifestado las razones por las que rechazan este dogma mariano, lo cuál ha tenido la consecuencia de que escriba la presente meditación, con tal de demostrar que María no fue afectada por la mácula del pecado original, con la Biblia en la mano.

   La Iglesia Católica, siguiendo la doctrina de San Pablo (ROM. 5, 12), nos enseña que, al haber pecado nuestros primeros padres, nosotros nacemos afectados, tanto por la mancha vergonzante del pecado, como por las consecuencias de dicha desobediencia a Dios por parte de nuestros antepasados comunes.

   Apenas Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Padre dispuso que su Unigénito redimiera a la humanidad mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección. Si Adán, que era un hombre semiperfecto, desobedeció a Dios, sólo Jesucristo, el Hombre perfecto, podía pagar con su vida el precio de dicha desobediencia, dado que no era posible que Dios purificara a la humanidad caída por medio de una víctima sacrificial marcada por la mancha del pecado.

   Si María Santísima no hubiera nacido sin pecado original, la humanidad del Mesías hubiera estado afectada por la mancha del pecado de origen, por lo que, en consecuencia, Nuestro Señor no hubiera podido vivir como un Hombre perfecto.

   Excepcionalmente, el Espíritu Santo impidió que la mancha del pecado original contaminara el alma de María, para que Nuestra Santa Madre, de la que el Arca de la Alianza, el Templo de Jerusalén, la Iglesia terrena y el Templo celestial apocalíptico son imágenes, pudiera ser el Templo divino capaz de contener a su Creador. El gran prodigio de la Inmaculada Concepción de María se llevó a cabo gracias a los méritos que posteriormente al tiempo en que dicho milagro se llevó a cabo, obtuvo Nuestro Señor por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección.

   ¿Por qué quiso Dios que su Santa Madre fuese Inmaculada? Todos nacemos para desempeñar la misión que Dios nos encomienda. La mayoría de cristianos vivimos como seglares mientras que algunos de entre los nuestros deciden consagrarle su vida a Dios, porque, por causas que desconocemos, el Espíritu Santo los colma de dones y virtudes, que Dios les concede, para que los ejerciten en su presencia. María de Nazaret nació sin ser afectada por el pecado original, porque Dios quiso escoger a una mujer, y hacer de ella el prototipo de lo que llegaremos a ser, cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, -es decir, una imagen inspirada en la esencia de Nuestro Señor Resucitado de entre los muertos-.

   Existen tres argumentos bíblicos que demuestran la veracidad del dogma sobre el que estamos reflexionando, los cuales son:

   1-1. La santidad absoluta de Dios,

   1-2. las figuras del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia) referidas a la Madre de Jesús, y

   1-3. las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora, el día en que aconteció la Anunciación del Nacimiento de Nuestro Salvador (LC. 1, 28).

   Desarrollemos dichos argumentos con la Biblia en la mano.

   1-1. La santidad absoluta de Dios.

   Aunque mientras se prolongan nuestras vidas tenemos la oportunidad de superar los errores que nos caracterizan, Dios, por su santidad absoluta, no está relacionado con el pecado. Recordemos que, después de que nuestros primeros padres le desobedecieran, aconteció el siguiente hecho: (GN. 3, 22-24).

   Mientras nos purificamos y nos santificamos para vivir en la presencia de Dios, no podemos vivir en el Edén comunicándonos con Nuestro Creador, no sólo espiritualmente, sino también escuchando su voz, porque Dios no está relacionado con el pecado. La razón que nos insta a desear alcanzar la plenitud de la pureza, es el deseo que tenemos de vivir en presencia de Nuestro Padre común.

   En el pasaje bíblico de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, leemos las siguientes palabras de Yahveh: (ÉX. 3, 5). Moisés debía abstenerse de mezclar el polvo de la tierra profana que estaba pegado a sus sandalias con el polvo del terreno que fue santificado por la presencia de Elohim, el Dios Todopoderoso. Las realidades del mundo deben ser santificadas antes de serles presentadas a Dios. Dado que el mundo se opone a Dios, y Nuestro Creador es celoso de todo lo que toca, no es posible que su Hijo naciera de una mujer marcada por la desobediencia a YHWH.

   Si la presencia del Dios Uno y Trino santifica, ¿cómo hubiera podido Jesús nacer de una mujer marcada por el pecado, sin haberla santificado previamente a su concepción? Esta es la razón por la que los cristianos católicos creemos que la Madre de Dios fue santificada desde el momento en que Dios creó su alma y fue concebida.

   (NÚM. 4, 15). Los hebreos no consagrados a Dios tenían prohibido el hecho de tocar los objetos consagrados al culto divino. ¿Cómo Jesucristo, siendo el Gran Sumo Sacerdote de la humanidad, podría haber nacido de una mujer contagiada por la mancha del pecado original?

   Veamos un ejemplo de cómo la justicia de Dios actúa contra quienes están en su presencia y se niegan a ser santificados (1 SAM. 5, 1-12).

   Dado que el Antiguo Testamento contiene el anuncio de nuestra Redención que ha acontecido en tiempos del Nuevo Testamento, y contiene el anuncio de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros que aún esperamos, podemos decir, con toda justicia, que la santidad de Dios se nos revela más plenamente en la segunda parte de la Biblia, que en el Antiguo Pacto.

   (LC. 19, 45-48). Si el Templo de Jerusalén, que sólo era una figura de la morada de Dios, -la cuál es el corazón de los hombres-, no debía utilizarse para llevar a cabo prácticas relacionadas con el pecado, ¿cómo podría haber nacido Jesús de una mujer necesitada de la purificación de su alma?

   No sólo el Alma y el Cuerpo de Nuestro Señor, sino hasta los vestidos de Jesús eran santos. (MT. 9, 20-22. 14, 36).

   Si las ropas de Jesús eran santas, ¿cómo no había de ser santo el cuerpo que durante nueve meses le hizo de vestido a Nuestro Salvador?

   1-2. Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.

   Dios le dijo a la serpiente en el pasaje del pecado original de nuestros primeros padres, las palabras que leemos en GN. 3, 15.

   En esta ocasión, meditaremos sobre tres figuras de Nuestra Señora, las cuales, son:

   1-2-1. Eva,

   1-2-2. la enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente, y

   1-2-3. el Tabernáculo y el Arca de la Alianza.

   Meditemos sobre dichas figuras brevemente.

   1-2-1. Eva.

   La serpiente engañó a Eva, la cual, al perder la inocencia divina, dejó de depender de Dios, y se hizo esclava del hombre (GN. 3, 16).

   Eva es nuestra madre, por cuanto fue la primera mujer que existió, y, por tanto, de ella procede el linaje humano. "El hombre llamó a su mujer «Eva» (Hawa en hebreo), por ser ella la madre de todos los vivientes" (GN. 3, 20).

   Si Eva es la madre de la que hemos heredado nuestra condición pecadora, María es la Madre que nos conduce a la presencia de Dios.

   (AP. 12, 1-2). La angustia de la que se nos informa en el fragmento del Apocalipsis que acabamos de recordar, fue el resultado de una experiencia de entrega total de María Santísima al servicio de Dios. Recordemos cómo, en contraposición a la conducta que observó Nuestra Santa Madre, nuestra primera predecesora, se dejó seducir por Satanás (GN. 3, 6).

   En contraposición a la conducta de Eva, María le dijo al Arcángel San Gabriel, en el pasaje de la Anunciación, las palabras que encontramos en LC. 1, 38.

   De la misma manera que Jesucristo corrigió la desviación de la conducta de Adán al redimirnos, María Santísima corrigió el mal comportamiento de Eva con su buen proceder.

   Si de Eva nació Caín, el cuál asesinó a su hermano Abel por envidia (GN. 4, 8), de María nació Jesús, quien con su buena conducta corrigió el pecado de Caín, quien asesinó a un sólo hombre, vivificando a todos los que tengan y ejerzan fe en Él, por consiguiente, Nuestro Salvador, nos dice, las palabras que leemos en JN. 5, 24.

   1-2-2. La enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente.

   En la traducción Pseptuagésima de las Escrituras hebreas, en GN. 3, 15, la palabra que traducimos como "simiente" es "semenos", que se traduce literalmente al castellano como "semen". De la misma forma que Eva procedió directamente de Dios, el alma de María fue protegida para que no fuera manchada por la vergonzante mácula del pecado original. Es esta la causa por la que Jesucristo, el descendiente de la nueva Eva, -María de Nazaret-, es Aquel de quien profetizó el autor bíblico, -bajo la inspiración del Espíritu Santo-, que le aplastaría la cabeza al Demonio, cuando este intentara morderle el tobillo, -es decir, aunque Jesús se dejó asesinar por los secuaces de Satanás, resucitó de entre los muertos para no morir jamás, y fue glorificado por habernos redimido-. Ya que nuestras dos madres proceden directamente de Dios, Jesucristo también procede de Nuestro Padre común, -es decir, procede de una simiente no contaminada con la mancha del pecado de origen-. Tengamos en cuenta que es Dios quien protegió a María Santísima de llevar la vergonzante mancha del pecado sobre sí, pues le dijo a la serpiente, refiriéndose a María: "Enemistad pondré entre ti y la mujer" (GN. 3, 15).

   Eva no podía ser la mujer de la que Dios le habló a la serpiente, dado que nuestra antepasada común acababa de desobedecerle, por lo que, aunque fue creada totalmente purificada, a diferencia de Nuestra Santa Madre que fue preservada de pecar, tuvo la opción de elegir, y tomó la peor decisión de la Historia de la humanidad, ya que no sólo nos perjudicó a todos sus descendientes, sino que condenó a muerte al Unigénito de Dios.

   1-2-3. El Tabernáculo y el Arca de la Alianza.

   Los hebreos, por orden de Dios, construyeron un templo portátil (ÉX. 25, 8-9). Si dicho templo era figura de la morada de Dios, -la cuál es Cristo, quien vive en las almas de sus creyentes-, Nuestra Santa Madre fue la morada del Redentor de las naciones.

   De la misma manera que la gloria de Dios llenó el primer Tabernáculo, Nuestra Santa Madre también fue glorificada por Nuestro Creador (ÉX. 40, 34-38). La gloria del Espíritu Santo llenó el corazón de Nuestra Santa Madre (LC. 1, 35). El hecho de que el Espíritu Santo cubriera con su sombra a María, significa que la Madre de Jesús fue convertida en Templo -o Morada- de Dios.

   San Lucas quiso que sus lectores vieran a María como una perfecta Arca de la Alianza, contenedora de la esencia de Dios.

   Fijaos en el siguiente paralelismo: (2 SAM. 6, 9 y LC. 1, 43).

   Consideremos un nuevo paralelismo (2 SAM. 6, 14 y LC. 1, 44).

   Consideremos un último paralelismo (2 SAM. 6, 11 y LC. 1, 56).

   1-3. Las palabras que San Gabriel le dijo a Nuestra Señora, en el pasaje de la Anunciación.

   Sabemos que el Evangelio de San Lucas fue escrito en griego coiné. San Gabriel le dijo a María, en el pasaje de la Anunciación: "Jaire Kejaritomene" (LC. 1, 28). Tales palabras, se traducen al castellano, como: "Alégrate, llena de gracia".

   María es la hija de Sión, la imagen de la Jerusalén purificada de sus pecados (JL. 2, 21-27). El suelo en la Biblia es sinónimo de fertilidad, así pues, veamos algunos pasajes donde el suelo fértil es el seno de María, Madre de Jesús, y Madre de la humanidad redimida: (GN. 2, 7). Dios creó a Adán y a Eva libres de la mancha del pecado que ambos atrajeron hacia sí después libremente. Este hecho indica que la humanidad redimida es hija de Nuestra Santa Madre, María, la mujer que fue creada para ser Madre de Dios.

   DE la misma manera que Dios hizo al hombre con tierra del suelo, de la carne purísima de María, formó a Jesús, Nuestro Salvador.

   (GN. 22, 13). En el pasaje que estamos considerando, Abraham es imagen de Dios, e Isaac, -su hijo-, es imagen de Jesús por cuanto estuvo a punto de ser sacrificado, e imagen nuestra, por cuanto fue librado de la muerte, de la misma forma que, por los méritos de Cristo, hemos ganado la vida eterna. Mientras que Abraham fue probado por Dios, Nuestro Padre común, con tal de demostrarnos su amor para con nosotros, consintió la muerte de su Unigénito.

   Si el carnero que Abraham vio no hubiera aparecido de la nada, dicho jeque no hubiera tenido en cuenta la vida de su hijo, porque consideraba que su misión más importante en la vida, era tributarle culto a Dios.

   El citado carnero, también es imagen de Cristo, por cuanto, de la misma manera que la vida de dicho animal le ganó a Isaac el hecho de seguir viviendo, Jesucristo, por su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos ha ganado la vida eterna.

   De la misma manera que el citado carnero parecía ser fruto del monte de Moriah, en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo, para rendirle culto a Dios, Jesucristo procede de una tierra santa, -el seno de María-, la cual lo trajo al mundo para que pudiera redimirnos con su sacrificio.

   (ÉX. 3, 1-2). Con tal que los creyentes no se hicieran imágenes de Yahveh, y confundieran a su Dios con las divinidades extranjeras, Elohim adoptó la costumbre de manifestársele a su pueblo y especialmente a sus amigos íntimos por medio de teofanías, es decir, imágenes sensibles. En esta ocasión, Moisés vio a Dios convertido en zarza ardiente, cuyo fuego era inextinguible, por causa del simbolismo purificador que dicho elemento tiene en la Biblia. De la misma forma que el fuego y la voz de Dios salían de la zarza ardiente, Cristo procede de Dios. El símbolo del fuego se identifica perfectamente con Jesús, pues Nuestro Señor es la luz del mundo (JN. 8, 12). De la misma forma que la zarza que Moisés vio estaba plantada en el suelo, Jesús procede de la Virgen María, la tierra fértil sobre la que se fundamenta el Reino de Dios, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo.

   María reconoció que el texto de Joel que recordamos anteriormente se refiere a Ella (LC. 1, 49).

   (ZAC. 9, 9). María fue la tierra santificada que recibió a su Salvador con gran alegría, tal como Jerusalén debió haber recibido a su Redentor en su entrada triunfal a la Ciudad Santa.

   (SOF. 3, 14-18). Quienes de entre mis lectores han sido emigrantes, saben perfectamente lo que significa el hecho de tener una tierra propia en la que echar raíces. La tierra de los cristianos es el Reino de Dios. Mientras que dicho Reino concluye su plena instauración en este suelo, vivimos como emigrantes, ya que, si somos cristianos practicantes, no estamos exentos de tener problemas, porque nuestra fe no es compatible con todas las creencias del medio en el que nos desenvolvemos. María Santísima es la tierra santa que produjo al Salvador, y, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor, es la tierra que, porque Dios lo quiere, no cesa de orar para atraer a sus hijos al Reino de Nuestro Padre común.

   2. Los protestantes y la Inmaculada Concepción.

   Nuestros hermanos protestantes dicen que los dogmas marianos sólo son invenciones del clero para atarnos a los feligreses a creencias absurdas. Tales hermanos nuestros dicen que María Santísima es pecadora (ROM. 3, 23; 1 JN. 1, 8).

   Según nuestros hermanos, dado que todos somos pecadores según ROM. 3, 23, decir que María Santísima fue excepcionalmente salvada de llevar la vergonzante mancha del pecado original, es una falacia. Para justificar sus creencias, nos recuerdan el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: (MT. 12, 46-50). Lo primero que hacen nuestros hermanos cuando leen este pasaje, es hacer un comentario referente a que los católicos manipulamos las Escrituras, pues prueba de ello es que negamos el hecho de que Jesús tuvo hermanos, dado que, según ellos, María solo fue Virgen hasta que dio a luz a Jesús, pues interpretan erróneamente MT. 1, 25, donde se dice que José no conoció a María hasta que ésta dio a luz a Jesús, lo cuál no ha de interpretarse literalmente, pues, siendo María el Templo de Dios, ¿cómo podía José mantener relaciones maritales con Ella?

   La falta de espacio me imposibilita el hecho de tratar la cuestión de la Virginidad de María y el hecho de si Jesús tuvo hermanos carnales, temas utilizados por muchos de quienes no saben qué hacer para contradecirnos, al interpretar MT. 12, 46-50, en atención a sus creencias.

   Para los judíos, todos los descendientes de un mismo abuelo, eran hermanos. Los primos de Jesús no estaban de acuerdo con la doctrina predicada por el Mesías. María, siendo mujer, -aparte de que seguro desearía abrazar a su Hijo-, no tenía potestad legal para tomar decisiones. Al haber fallecido José, la Madre de Jesús vivía a merced de sus familiares, los cuales debieron obligarla a buscar a Jesús, forzándola para que convenciera a Nuestro Salvador de que se volviera a casa con ellos, con tal de impedir lo que todos veían acercarse: la lapidación o la crucificción del Señor.

   Jesús utilizó palabras que probablemente dañaron el corazón de María, porque quizás Ella se sintió culpable de haberse dejado arrastrar por sus familiares para impedir que su Hijo llevara a cabo su obra, pero María comprendía que Jesús tenía que utilizar un vocabulario claro y conciso, con tal que sus familiares no lo ridiculizaran ante sus oyentes, para que los tales no aceptaran su predicación.

   (LC. 11, 27-28). Si María escuchó o tuvo conocimiento de que Jesús pronunció tales palabras, debió sufrir, en el sentido de que a todas las madres que aman a sus descendientes les gusta gloriarse de lo que sus hijos dicen y hacen, pero Ella sabía bien que la misión que Dios le encomendó no le reportaba en este mundo más que motivos de sufrimiento, porque el Reino de Dios en este mundo a veces es causa de violencia (MT. 11, 12).

   Jesús no pretendió minusvalorar a su Madre, sino hacer que sus creyentes comprendieran lo importante que es el hecho de que le seamos sumisos a Dios. Muchos católicos se escandalizan porque entre nosotros hay quienes le piden cosas a María antes de pedírselas a Jesús, pero, dado que tanto la Madre como el Hijo se aman y son Dioses, ¿qué importa a quién le pidamos dádivas primeramente?

   Volviendo al tema que nos ocupa en esta meditación, podemos tener en cuenta los siguientes versículos bíblicos, para fundamentar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, ante los protestantes: (JD. 1, 24-25). Sólo Dios pudo mantener a Nuestra Santa Madre incontamida de la mácula del pecado original.

   Volvamos al texto de ROM. 3, 23. San Pablo, al hablar de "todos", no pudo referirse a toda la humanidad, sino a los pecados que todos cometemos individualmente, porque ni Elías ni Henoc experimentaron la muerte física, pues fueron arrebatados al cielo (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11). Como todos sabemos, Cristo, -quien también se hizo Hombre por nuestra causa-, tampoco está incluido en el "todos" que San Pablo escribió en el citado versículo de su Carta a los Romanos que estamos considerando.

   1 JN. 1, 8, tampoco puede referirse a Jesús (HEB. 4, 15). Si Jesús hubiera nacido de una mujer pecadora, no hubiera podido vivir como un Santo perfecto, porque hubiera contraído la mancha del pecado original, la cuál le hubiera impedido llevar a cabo su propósito, por consiguiente, aunque se hubiera dejado crucificar, su condición pecadora le hubiera impedido que el Padre hubiera aceptado su sacrificio, otorgándole el valor redentor que lo caracteriza.

   Tanto en ROM. 3, 23 como en 1 JN. 1, 8-9, no se aborda la cuestión del pecado original, sino el tema del pecado personal. Vemos que San Juan no aborda la cuestión del pecado original, sino el tema de los pecados individuales de sí mismo y de cada uno de sus lectores.

   ¿Pretendo decir que en la Biblia no se aborda el pecado original? No puedo decir esto, dado que San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: (ROM. 5, 12).

   Aunque los textos de ROM. 3, 23 y de 1 JN. 1, 8-9, hacen referencia a nuestros pecados personales, el "todos" de ROM. 3, 23, no puede abarcar a toda la humanidad, ya que, quienes por su edad o por las enfermedades que padecen no tienen uso de razón, están libres de cometer pecados personales, aunque se dé el caso de que algunos de ellos puedan hacer el mal, pero, al no ser conscientes de sus acciones, no pueden ser tenidos como pecadores.

   Consideremos LC. 1, 28. La palabra "Kejaritomene" ("llena de gracia") nos sorprende, porque indica un cambio de nombre. Sabemos que en la Biblia, tanto Dios Padre como Jesús, les cambiaron el nombre a algunos personajes, para indicar con cierto énfasis la misión que debían llevar a cabo los tales (MT. 16, 16-19).

   María es "la llena de gracia", porque fue convertida por el Espíritu Santo en Templo de Dios.

   A quienes celebráis el día de Nuestra Señora de Guadalupe, os deseo que Nuestra Santa Madre interceda ante Jesús por vosotros, para que, desde vuestras circunstancias actuales, experimentéis la salvación que todos esperamos. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Vive en nosotros el Espíritu de dios? (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   2. ¿Vive en nosotros el Espíritu de Dios?

   Meditación de ROM. 8, 8-11.

   En el texto paulino que estamos meditando brevemente, aparece lo que erróneamente ha sido considerado por muchos como una antítesis a lo largo de un extenso periodo histórico. Ya que tenemos cuerpo y alma, no debemos entender que nuestro cuerpo es una carga molesta que nos impide santificarnos, pues para San Pablo las personas carnales son las que contradicen a Dios, y las personas espirituales son las que cumplen la voluntad divina.

   Aunque se nos insiste en el hecho de que somos receptores del Espíritu Santo, ¿cómo podemos saber que el Paráclito vive en nosotros? No podemos saber si hemos recibido el Espíritu Santo en nuestros corazones en virtud de las emociones que hemos sentido en un determinado momento de nuestras vidas, pero sabemos que el citado Abogado celestial vive en nuestras almas, porque Jesús nos lo ha manifestado. Si somos cristianos, es imposible que el espíritu de dios no esté con nosotros. Sólo cuando el Espíritu Santo mora en nosotros podemos creer que Jesús es el Hijo de Dios y que sólo a través de Nuestro Salvador podemos obtener la vida eterna.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús me abrió los ojos. (Dinámica catequética para el Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A y el 24 de diciembre).

   Dinámica catequética.

   Jesús me abrió los ojos.

   Pienso que, a lo largo de nuestras vidas, podemos olvidar las palabras hirientes que nos dicen nuestros prójimos, y el daño que nos hacen nuestros seres queridos, pero nunca podemos olvidar cómo nos hacen sentir quienes hieren sin compasión nuestra sensibilidad. No voy a revelaros mi nombre porque jamás soñé con el hecho de ser honrado en atención al poder y la riqueza que desean tener la mayoría de los hombres.

   Permitidme que os hable de un hecho maravilloso que me ocurrió hace varios años y hoy recuerdo detalladamente, porque, los cristianos, celebrarán esta noche el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Soy judío. Mi relato se sitúa en el siglo I de la era cristiana, en los años en los que predicaba Jesús el Nazareno. Nací ciego, y mis contemporáneos me enseñaron a vivir con la creencia respecto de mi ceguera, de que mi enfermedad fue causada por mis propios pecados, o por la forma en que mis progenitores habían ofendido a Dios. Durante los años de mi niñez, mis padres me enseñaron a trabajar como un buen ciego que pedía limosna para poder sobrevivir. Los años en los que mendigué fueron muy difíciles, pues no faltaban en Palestina araganes que se hacían pasar por ciegos para obtener ganancias basándose en la generosidad de los israelitas de buen corazón. Recuerdo una ocasión en la que alguien me ofreció dinero y un trozo de pan, y me robó las tres monedas que había conseguido pidiendo limosna durante medio día de súplicas y oraciones.

   Hace varios años, cuando faltaba poco tiempo para que conmemoráramos la Pascua en Jerusalén, un señor muy bondadoso me dijo que buscara a Jesús, pues el último Profeta que había surgido en Israel, tenía poder para curar a los ciegos. En las últimas décadas, los sanedritas se habían dedicado a asesinar a los varios docenas de falsos mesías que surgieron en Israel, exceptuando a aquellos que, al haber sido considerados locos por Poncio Pilato, habían obtenido el permiso del Gobernador romano para escapar por la puerta de atrás del Pretorio, aprovechando las controversias que sostenían nuestras autoridades judías. Mi tierra era un reducto romano muy odiado por nuestros dueños, porque nosotros nos negábamos -y aún nos resistimos- a renunciar a nuestra fe. ¿De qué me serviría a mí buscar a Jesús? Si mis hermanos de raza no podían olvidar sus odios y rencores, ¿cómo podría hacer el nuevo Mesías que yo siendo ciego pudiera recuperar la vista?

   Recuerdo muy bien el día en que conocí a Jesús. La gente se aglutinaba junto a mí, pues todos los caminos estaban llenos de hermanos de fe amables que me mostraban su misericordia y su compasión. Los comentarios que muchos hacían con respecto a mi ceguera me eran indiferentes, pues todos creíamos que, los ciegos teníamos que ser considerados como muertos vivientes, así pues, si nos faltaba la vista, ¿cómo podríamos vivir como personas normales? A pesar de la indiferencia que me causaban los citados comentarios, escuché a un hombre hacerle una pregunta a su interlocutor, que me hizo sumirme en una profunda meditación, a pesar del esfuerzo que había de hacer para que me dieran abundantes limosnas.

   -Maestro, ¿qué han hecho este y/o sus progenitores para que él haya nacido ciego?.

   Cuando escuché aquella pregunta, me llené de ira contra quienes sentían lástima con respecto a mí y decían:

   -Pobre desgraciado, pues está privado de ser feliz.

   -Otro ciego pidiendo limosna­.

   -En esta tierra abundan más los ciegos que los romanos­.

   Cuando pude controlar mi enfado, le reproché a Dios mi dolor y la inutilidad con la que se había complacido en colmar mi miserable existencia.

   El Señor que había sido interrogado por su seguidor, tras observarme atentamente, -yo sabía que me miraba porque una llama de fuego me quemaba el corazón-, le dijo a su discípulo:

   -Los posibles errores que este hombre o sus padres hallan podido cometer a lo largo de sus vidas, no son la causa que ha provocado la ceguera de este hermano nuestro, aunque no es descartable el hecho de que sus tinieblas le ayuden a ver una luz de la que muchos videntes están privados. Mientras es de día debemos realizar lo que nos ha encomendado el que me envió. Cuando llega la noche, nadie puede trabajar. Cuando la luz del Espíritu Santo resplandece en nuestros corazones, somos aptos para hacer todo lo que nos proponemos. Cuando carecemos de confianza en nosotros, en nuestros prójimos y en Dios, somos incapaces de realizarnos como personas, porque no sabemos apreciarnos. Mientras yo esté entre vosotros, aprovechad todo aquello que podáis aprender de mí. Cuando yo no esté con vosotros, deberéis aprender a comunicaros con el Espíritu Santo, pues Él será quien os diga lo que yo desee transmitiros.

   yo No podía entender lo que decía ese Señor que hablaba como los Profetas, pues sólo sabía que, cuando Él hablaba, la gente enmudecía para escucharlo.

   En medio del silencio, escuché la voz de una mujer que dijo dirigiéndose a mí:

   -¡Ten fe! ¡Jesús de Nazaret hará un gran prodigio en tu vida!.

   ¡Alguien tocó mis ojos con barro! Intenté zafarme de quien con actitud silente tocaba mis ojos con sus manos. He soportado muchas vejaciones a lo largo de mi vida, pero no quería que alguien realzara su supuesta lástima hasta el punto de intentar llevar a cabo una curación que supuestamente no podía realizarse. Fue tanta la impotencia que en aquel momento me invadió, que no pude evitar las lágrimas que delataban el gran dolor que había llenado mi vida de tinieblas. Aquel que tocó mis ojos con sus manos manchadas de lodo, me dijo:

   -Ve a lavarte los ojos al estanque del Enviado.

   La multitud me llevó rápidamente al estanque de Siloé sin que yo pudiera evitar aquella sucesión de hechos que tan ridículos me parecían, y me lavó los ojos. Cuando el agua del estanque humedeció mis ojos, empecé a ver. Cuando mis ojos vieron la luz, los árboles, y aquella multitud, lloré sin poder controlar mi emoción. Junto a mí escuché una voz conocida, era la del hombre que me había lavado los ojos, lo abracé agradeciéndole su gran gesto de contribuir a mi sanación. Intenté buscar al Señor que me había abierto los ojos, pero había desaparecido entre la multitud.

   Los aldeanos que no presenciaron mi curación, decían:

   -¿No es Éste el ciego a quien todos los días vemos sentado pidiendo limosna?

   ¿Cómo ha podido ser curado?”

   "-Yo juraría que este ladrón nunca ha sido ciego, así pues, esa enfermedad no se puede curar, y, como prueba de que nos ha engañado desde que era un niño, ¡miradlo con la soltura que camina! ¿No os habéis percatado de que nos conoce a todos?.

   Yo los conocía a todos por sus voces, pues jamás los había visto.

   Todos los que me conocían, en las horas sucesivas, me preguntaban:

   -¿Cómo has conseguido ver?

   Tú tienes que ser el ciego que todos conocemos, pues no es posible que en el mundo haya dos personas que se parezcan tanto como tú y el ciego que pedía limosna sentado, pues su carencia de visión no le permitía desplazarse para buscar ayuda.

   Yo les decía a todos:

   -Yo soy el que era ciego y pedía limosna. Ese Hombre llamado Jesús de Nazaret, hizo lodo con su saliva y un poco de tierra, y lo extendió sobre mis ojos. A continuación, aquel Hombre tan extraordinario me ordenó que me lavara los ojos en el estanque del Enviado, y, cuando el agua tocó mis ojos, empecé a ver.

   La gente me preguntaba:

   -¿Dónde está Jesús de Nazaret?.

   Yo le decía:

   -No lo sé.

   Como el prodigio de mi curación se extendía por toda la región rápidamente, los fariseos, que eran enemigos del que me abrió los ojos, tomaron la decisión de amenazarme para que dijera que nunca había sido ciego, sino que había engañado a mis conciudadanos, y que Jesús era un impostor, con quien yo, a cambio de recibir dinero, había llegado al acuerdo de fingir que me había abierto los ojos. Los fariseos querían aprovechar el hecho de que Jesús me abrió los ojos en un día festivo para ver en ello una nueva razón por la que acusar al Mesías de incumplir nuestra Ley religiosa, pues en los días de fiesta teníamos prohibido devolverle la salud a ningún enfermo.

   Los fariseos me volvieron a preguntar Qué hizo exactamente Jesús para abrirme los ojos, y yo les dije la verdad. Cuando mis interlocutores escucharon mi relato, empezaron a disentir entre ellos, así pues, unos decían:

   -Nadie que no haya sido enviado a nuestra tierra por Dios tiene poder para hacer prodigios.

   Todos los hombres religiosos respetan la Ley de Dios íntegramente, y ese Jesús ha sanado a éste individuo en un día festivo, así pues, nosotros concluimos que el tal Jesús de Nazaret no es un hombre de Dios.

   Otros se preguntaban:

   -¿Cómo es posible que un pecador que no respeta el Shabbat (Sábado) puede hacer prodigios?

   ¿No os dáis cuenta de que ese supuesto ciego curado se ha vendido para dar fe de un prodigio falso?

   -Los que no cumplen o ignoran la Ley de Dios son unos malditos.

   Aquella última frase fue pronunciada con la intención de intimidarme aprovechando mi pobre condición social, para a continuación preguntarme nuevamente con respecto a la forma en que Jesús me había abierto los ojos. Ellos, después de deliberar unos minutos sin que yo pudiera oírlos, me dijeron:

   -Suponiendo que verdaderamente hayas sido ciego durante toda tu vida, y que el tal Jesús de Nazaret te ha librado del peso de las tinieblas en las que estabas sumido, ¿qué piensas tú de ese Nazareno?.

   Yo, emocionado, teniendo en cuenta lo que Jesús había hecho por mí, decidí defenderlo, a pesar de que no lo conocía. Fue esa la causa por la cual exclamé:

   -Ni siquiera el Sumo Sacerdote Caifás tiene poder para abrir los ojos de un ciego. Durante las últimas décadas, no han faltado en nuestra tierra falsos enviados de Dios, pero si Jesús de Nazaret es capaz de hacer prodigios, tengo que considerar que ese Hombre verdaderamente es un Profeta. Yo no conozco a Jesús, nunca le he oído hablar exceptuando unas palabras misteriosas que pronunció antes de poner lodo en mis ojos, pero considero que Él es un Hombre de Dios.

   Como los fariseos no podían hacerme desistir de mi razonamiento, empezaron a luchar para que dijera ante ellos que nunca había sido ciego, y que, o me había vendido a Jesús para que éste tuviera fama entre los de nuestra aldea, o me había dejado manipular por el Predicador de Nazaret.

   Cuando los judíos dieron por imposible el hecho de hacerme cambiar de opinión respecto a Jesús, hicieron llamar a mis padres para interrogarlos. Los fariseos les preguntaron a mis padres:

   -¿Es éste vuestro hijo, de quien decís que nació ciego? Si éste blasfemo nació ciego, ¿cómo se explica su supuesta sanación?.

   Mis padres, traicionando la confianza que siempre había depositado en ellos, siendo testigos de mi curación, respondieron:

   -Éste hombre es nuestro hijo el que nació ciego. Si ve, no sabemos cómo lo ha conseguido. Si algún sanador lo ha curado, lo ignoramos. Interrogadlo a él, porque ya es grande para no saber con certeza qué es lo que le ha sucedido hoy.

   Lleno de ira, recriminé a mis progenitores:

   -Siempre me habéis tenido por loco por causa de mi ceguera. ¿Por qué me hacéis responsable de un hecho que pone en entre dicho la dignidad de Jesús de Nazaret y hace de mí un ser perverso?.

   Mis padres no supieron cómo responder mi pregunta, pues no fueron sinceros ante los fariseos, por miedo a ser expulsados de la Sinagoga si reconocían a Jesús como Mesías, pues los enemigos del Señor habían decidido marginar con ese castigo a todos los seguidores del Maestro que abrió mis ojos. Los castigos que les imponían a los expulsados de la Sinagoga, no sólo suponían la privación de asistir a las reuniones sabáticas, pues en ocasiones suponían la privación de sus bienes personales, y siempre tenían como consecuencia el rechazo del pueblo.

   Los fariseos, siendo conscientes de que mi sensibilidad había sido herida por sus constantes ataques y por la cobardía que habían profesado quienes durante toda mi vida habían sido tenidos por mí como santos de mi devoción, me dijeron de forma amenazante:

   -Nosotros, quienes velamos por la paz y la religiosidad de nuestro pueblo, sabemos que ese Jesús es un pecador. Si no quieres ser tenido por un idólatra entre los de tu familia, reconoce que Jesús te ha amedrentado, y la expulsión de nuestra sagrada Sinagoga no pesará sobre tu conciencia. Reconoce que Jesús es pecador delante de Dios, o hazte responsable del peso de tu condena, pues a ningún judío le conviene enemistarse con nuestro Criador. Si nos quieres tener como enemigos, recházanos, pero no vivas de espaldas a Dios.

   Yo respondí:

   -Yo no conozco a Jesús para saber si es un pecador o si es un Hombre de Dios. Yo sólo sé que antes era ciego y Él me ha curado, y, como los prodigios sólo los hacen los que son de Dios, por eso supongo que es un Profeta.

   Volvieron a interrogarme:

   -¿Qué fue lo que hizo contigo? ¿Cómo te dio la vista? ¿Qué sentiste cuando sus profanas manos tocaron tus ojos? ¿Cuánto dinero te ofreció para que te dejaras sobornar?.

   Yo respondí:

   -Ya os he contado cómo fui curado por Jesús. ¿Para qué queréis oír mi versión de los hechos nuevamente? ¿Creéis que a fuerza de someterme a interrogatorios me haréis cambiar de opinión? Yo no soy un asesino que teme el castigo de Dios ni el descrédito del pueblo. Yo sólo sé que antes era ciego, y ahora veo. ¿Me interrogáis porque queréis haceros discípulos de Jesús?.

   Mi pregunta fue la gota que colmó el vaso de la ira de los fariseos hasta el punto de derramarlo sobre mi pequeñez. Ellos me dijeron:

   -Discípulo de ése Hombre lo serás tú, blasfemo. Decirnos a nosotros que somos discípulos de Jesús, es un insulto más grave que llamarnos samaritanos. ¿Cómo te atreves a insultar a quienes velan día y noche por la paz y la religiosidad de Israel? Nosotros somos discípulos de Moisés, de quien sabemos que le habló Dios, pero a Jesús, a parte de que no sabemos quien le ha hablado, ni siquiera sabemos de dónde procede.

   La duda de los fariseos fue para mí un motivo para acabar con lo que ellos querían hacer, esto es: expulsarme de la Sinagoga por afirmar mi fe en Jesús. Yo les dije:

   -Es sorprendente que Jesús me haya devuelto la vista manifestando de esa forma que es verdaderamente un Hombre de Dios, y que vosotros, los mejores conocedores de la Ley divina, ignoréis la procedencia de esa Persona tan extraordinaria. Vosotros, los guardianes de la fe y la paz, sabéis mantener vuestra posición social, pero no ayudáis al pueblo que tiene necesidad de dádivas espirituales y materiales. Si actuáis diciendo que los amigos de Dios sólo son quienes se someten a vuestras normas, ¿qué certeza tendremos quienes desconocemos las Escrituras para fiarnos de vuestra verdad? Vosotros decís que Dios no escucha a los pecadores, a pesar de que escucha a quienes cumplen su voluntad y lo honran. Algunos protagonistas de las Escrituras han sido objeto directo de algunos prodigios, pero jamás se ha escuchado decir que existe un Hombre facultado para curar a un ciego de nacimiento. Si Jesús no hubiera venido de Dios, no habría podido abrirme los ojos.

   Ellos me dijeron:

   -¿Es que pretendes darnos lecciones a nosotros, tú que naciste envuelto en el pecado? Tú nunca fuiste ciego, de hecho, Satanás te concibió para que extendieras una de sus grandes mentiras. Si tú no te bendiste ni te hicieron perder la cordura para que te prestaras a llevar a cabo el juego de Jesús, y si Él te curó verdaderamente, quienes sabemos que Jesús no viene de Dios, tendremos que creer que el supuesto Mesías es un enviado del demonio, que con sus echizos contribuye a la realización de la obra de Satanás, el mayor enemigo de Dios, y si tú eres discípulo de ese Hombre, también eres hijo de Satanás, y si eres seguidor del demonio, para gloria del Dios que desea alejar de Sí a los pecadores, sábete excomulgado de nuestra santa Sinagoga.

   Yo nunca había contradecido a las autoridades de Israel, y, al saberme expulsado de la Sinagoga, deseé no haber sido curado por Jesús, con tal de no haber sufrido aquella humillación. Algunos de mis familiares y vecinos me despreciaban porque ya no era miembro del pueblo.

   Jesús fue informado con respecto a la pena que los fariseos me habían infringido, y se hizo el encontradizo conmigo para preguntarme:

   -¿Crees en el Hijo del hombre?.

   Yo le respondí:

   -Dime quién es, Señor, para que crea en Él. Por un momento, cuando me permitiste salir de las tinieblas y fui expulsado de la Sinagoga, sentí que había perdido mi valor personal, pero ahora que estás cerca de mí, quiero pedirte que, si al curarme pretendiste comenzar alguna obra en mí, que lleves a buen término tu plan, pues no me arrepiento de creer con respecto a tu Persona lo poco que sé. Antes de abrirme los ojos, dijiste que, mientras que es de día, hay que cumplir la voluntad del que te ha enviado, pues, cuando nuestra alma está sumida en las tinieblas, estamos incapacitados para vivir según nos corresponde hacerlo a los creyentes. En aquel momento, de alguna forma, llegué a pensar que les pedías a los tuyos que sintieran lástima con respecto a mí, y, para no reconocer mi debilidad, mis sentimientos de dolor se trocaron por odio con respecto a ti y a los que nos rodeaban…

   Jesús me interrumpió diciendo:

   -El Hijo del hombre es el que estás viendo, el que está hablando contigo.

   Yo dije:

   -Creo, Señor, y me arrodillé ante Él.

   Jesús estaba tan enamorado de su Humanidad, que, en vez de decirme que es el Hijo de Dios, se me dio a conocer como el Hijo del hombre. El Mesías me pidió que me levantara, y dijo:

   -Yo he venido al mundo para hacer justicia: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a quienes dicen que ven y no ven más allá de sus convicciones.

   Algunos fariseos  que contemplaban aquella emotiva escena, replicaron:

   -Jesús, dinos claramente si nos estás llamando ciegos espirituales.

   Jesús les respondió:

   -Si reconociérais los errores que cometéis diariamente, el pecado no persistiría en vosotros. Este hombre fue curado con la tierra que hizo Dios para que todos fuéramos santificados, y con la saliva que me despreciaréis durante mi Pasión. Fijaos qué grande es la misericordia de Dios, que convierte en saludables las salivas del desprecio humano.

   Esta noche los cristianos celebrarán el Nacimiento de Jesús, y yo me uniré a ellos, para dar fe de que mi Señor es la luz de mis ojos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).

   Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.

   ¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?

   He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).

   ¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?

   Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.

   ¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?

   Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.

   ¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?

   En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.

   ¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?

   San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).

   Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).

   ¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?

   Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.

   Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?

   Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.

   ¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?

   Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.

   Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes  decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.

   Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

    Meditación.

La Cuaresma es uno de los tiempos litúrgicos en que nos esforzamos más en llevar a cabo el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así pues, en las lecturas que meditamos en la Eucaristía el Domingo I de Cuaresma de los Ciclos A, B y C, Jesús nos enseñó que nuestra meta es vivir en la presencia de Dios Padre. Hoy meditaremos la Transfiguración de Nuestro Hermano y Señor. Hoy le pedimos a Dios que nos transfigure y configure a imagen y semejanza espiritual de Cristo. Hoy le pedimos a Dios que nos conceda ser iluminados por la luz de Cristo. Hoy deseamos que Nuestro Padre y Dios nos conceda la vida eterna junto a Él y Jesús en su Reino celestial.

   ¿Por qué creemos en Dios?

   ¿Hemos conocido a Nuestro Padre común al celebrar la Eucaristía?

   Las dudas con respecto a nuestra fe pueden disiparse en nuestra alma cuando Dios se nos revela. Dios nos ama como somos, con nuestras virtudes y defectos. Hoy Nuestro Padre y Dios nos pide que nos convirtamos a Él. Dios quiere que confiemos en Él, para que se opere en nosotros la copiosa Redención de Cristo. Yo no puedo gozarme de aquello que desconozco, porque ignoro su existencia. No fue fácil para Abram dejar las ricas tierras de Mesopotamia para peregrinar hacia la Tierra prometida. Nosotros no superamos muchas circunstancias de nuestras vidas a las cuales erróneamente llamamos adversas como quisiéramos hacerlo. Nuestra fe consiste en confiar en Dios. Muchas veces nos negamos a creer en Nuestro Padre común, porque nos faltan  ánimo y coraje para superar nuestras dificultades, y, como nos gusta tanto que nuestras vidas estén ausente de obstáculos semejantes al dolor, deseamos que Nuestro Padre nos libre de vivir circunstancias contrarias a nuestra voluntad, de manera que nuestras vidas pierdan el atractivo de luchar para superarnos a nosotros mismos. Por consiguiente, si Dios nos evita las dificultades, podemos decir que somos esclavos, porque no tenemos derecho a escoger entre los caminos de la vida, a pesar de que existe el triste hecho -o la posibilidad- de renegar de Dios de diversas formas.

   Abram era anciano cuando vivió su experiencia vocacional. Abram había luchado durante toda su vida para tener un futuro estable. Pedro, Santiago y Juan, al igual que lo hizo Abram, lo dejaron todo, para seguir a Jesús. Abram se sometió a Dios por su propia voluntad, dado que él no conocía ninguna ley que le obligara a llevar a cabo el cumplimiento de la voluntad de Dios.

   ¿Cuál es tu posición con respecto a la fe que Dios nos pide que tengamos en Él?

   La principal meta de todo cristiano, es vivir eternamente en el Reino de Dios. Sabemos que la vida del hombre no termina con la muerte. No olvidemos que mucha gente afirma que la muerte es parte de la vida. Nosotros sabemos que Dios no le quita la vida a nadie. Dios transforma la vida de los difuntos. Dios configura el alma de sus hijos según el modo de proceder de Cristo, y transfigura a los miembros de su Reino, cumpliendo así las Profecías bíblicas.

   Cuando Jesús se transfiguró en el monte Tabor, oyó la voz de Pedro: "Señor, qué hermoso es estar aquí".

   ¿Conocemos al Señor?

   ¿Se nos ha revelado Nuestro Padre del cielo?

   ¿Le hemos dicho alguna vez a Nuestro Padre y Dios que le amamos más que a nadie?

   ¿Nos hemos sentido inundados por la gracia divina cuando hemos vivido un retiro espiritual, cuando hemos rezado, o cuando hemos echado de menos a algún familiar o amigo que vive junto a Nuestro Padre común?

   No nos sometamos a Dios cumpliendo ninguna ley. Si queremos observar el cumplimiento de la Ley de Dios, no actuemos como fanáticos temerosos de la muerte y el infierno, pues nos portaremos como hijos que se desviven por abrazar a su Padre misericordioso.

   Jesús, ¿cuándo viviremos en el Reino de Dios?

   "El Reino de Dios no está ni aquí ni allí, el Reino de Dios está entre vosotros" (LC. 17, 21).

   Feliz día del Señor.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Adán y Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   2. Adán y Cristo.

   Meditación de ROM. 5, 12-19.

   ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya sido culpada de la desobediencia a Dios de Adán y Eva? Independientemente de que pensemos que la historia del pecado original es real o imaginaria, y de que pensemos que el pecado de origen no se nos transmitió, dado que el mismo no es más que el intento de explicar la aparición del mal en el mundo, estamos hechos del mismo barro con que Dios creó a Adán, por lo que somos sus descendientes, y somos tentados para que aprendamos a superar las seducciones del demonio, con el fin de que crezcamos espiritualmente. Si Jesús no hubiera iniciado el proceso de nuestra redención, nuestros pecados nos condenarían. Dado que sabemos que Dios nos ama, somos conscientes de que no necesitamos ser tratados con imparcialidad, sino con el amor misericordioso de Nuestro Dios Uno y Trino.

   El cumplimiento de la Ley divina nos atrae la salvación, en el sentido de que nos insta a ser purificados y santificados. El incumplimiento de la voluntad divina, por ser pecaminoso, nos atrae la muerte. Aunque la gente moría antes de que existiera la Ley mosaica, la misma nos hace conscientes de nuestros pecados si no la cumplimos adaptándola al punto de vista que Jesús tiene de la misma. La Ley nos ayuda a percatarnos de cómo ofendemos a Dios si la incumplimos, y nos recuerda la necesidad que tenemos de sentir que somos objeto del amor misericordioso de Nuestro Padre común.

   El pecado nos hace diferenciar entre lo que éramos cuando Dios creó a Adán y lo que somos después de haber experimentado el sufrimiento, el trabajo y la muerte. Dado que la Ley nos hace responsables de los pecados que cometemos cuando la incumplimos, necesitamos ampararnos en Jesús, de quien esperamos que culmine nuestra redención.

   Adán es el representante de la humanidad creada, y Cristo es el representante de la humanidad redimida. La humanidad creada es la representación del pecado, y la humanidad redimida es la representación del pueblo de Dios, libre de su natural imperfección.

   Aunque somos descendientes de Adán, y por tanto semejantes a nuestro ancestro respecto del hecho de que somos libres para incumplir la voluntad divina, gracias a Nuestro Redentor, podemos cambiar la condenación que merecemos por no cumplir puntualmente la Ley, por el juicio de Aquel que, porque nos ama, nos evitará el castigo digno de quienes rechazan el cumplimiento literal de sus preceptos.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es la bondad de Dios. (Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   4. Jesús es la bondad de Dios.

   Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.

   Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.

   No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.

   La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.

   Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.

   No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.

   Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación del Evangelio del Domingo II después de Navidad.

   3. Meditación de JN. 1, 1-18.

   1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento de la Persona de Jesús y su obra redentora, a fin de que nos dispongamos a imitar las virtudes de Nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de Sí: (AP. 1, 8). Nuestro Señor se define a Sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: (JN. 1, 29).

   Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestras vidas en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de Nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.

   2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque Nuestro Señor tuvo un comienzo existencial como Hombre al encarnarse en Santa María Virgen, ha existido siempre (COL. 1, 15). Jesús es un reflejo de Nuestro Padre común. Muchos cristianos valoran a las personas según el comportamiento que observan en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: (COL. 1, 13-14).

   El Evangelista nos dice: (JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de Nuestro Criador, la Palabra de Nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas.

   A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio, contenidas en JN. 1, 16.

   San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: (JN. 1, 1B-2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra (JN. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de Nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque el Criador del universo nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de nuestras vidas, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y en nosotros. Quizás nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, etc., pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. El deseo de prosperar es positivo siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.

   3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: (JN. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de Nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: (HCH. 10, 38).

   ¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que Nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad?

   ¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas?

   ¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?

   4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestros corazones: (JN. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como Padre, así pues, en JN. 1, 13 se nos dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Nuestro Santo Padre les ha creado para colmarles el corazón de gloria. Éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol, contenido en JN. 1, 14.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

el Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo II después de Navidad).

   Meditación.

   2. El Señor nos ha bendecido abundantemente por medio de Cristo.

   Meditación de EF. 1, 3-6. 15-18.

   Nota: Para obtener más información respecto de la interpretación del texto bíblico que consideramos como segunda lectura en este día, véase el apartado 3 del apartado 6 del ejercicio de Lectio Divina de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre).

   (EF. 1, 3). ¿Con qué bendiciones nos ha bendecido Nuestro Padre celestial por medio de Cristo? Hemos recibido los beneficios que corresponden a los conocedores de Dios, así pues, cuanto más conozcamos al Dios Uno y Trino, seremos más conscientes de haber recibido dichos privilegios.

   1. Somos hijos adoptivos de Dios.

   2. Hemos sido predestinados para alcanzar la salvación, lo cual no significa que no seamos libres para rechazar al Dios Uno y Trino.

   3. Se nos han perdonado nuestros incumplimientos de la voluntad divina por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús.

   4. Estamos destinados a ver a Dios personalmente. Dado que Nuestro Padre común carece de cuerpo físico, ello significa que sentiremos su presencia.

   5. Somos receptores de los dones del Espíritu Santo.

   6. Tenemos el poder necesario para cumplir la voluntad divina.

   Si queremos gozar de las citadas bendiciones, sólo tenemos que vivir vinculados a Cristo, y, por consiguiente, cumplir la voluntad divina.

   Las citadas bendiciones divinas son celestiales, lo cual significa que no son temporales, sino eternas.

   (EF. 1, 4). Nuestra salvación depende exclusivamente de Dios, y no del mérito que adquirimos cumpliendo prescripciones religiosas. Dios nos salvará porque nos ama como hijos suyos que somos, así pues, no podemos influir en la decisión divina de concedernos la vida eterna. Ello sucede para que no nos enorgullezcamos y establezcamos categorías discriminatorias respecto de la dignidad que tenemos de alcanzar la santidad y la salvación eterna.

   (EF. 1, 5-6). Hemos llegado a ser miembros de la familia de Dios gracias a la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Redentor.

   (EF. 1, 15-17). Cuanto más conozcamos a Cristo, -nuestro modelo de crecimiento espiritual-, más nos asemejaremos al Hijo de Dios y María, así pues, conozcamos al Señor por medio de los Evangelios.

   (EF. 1, 18). Nuestra esperanza cristiana es la plena seguridad de que algún día alcanzaremos la plenitud de la felicidad, viviendo en la presencia de Nuestro Dios Uno y Trino, lo cual justifica la necesidad que tenemos de hacer su voluntad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com