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Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.

   Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.

   Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).

   Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.

   Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.

   He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.

   Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.

   No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.

   Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.

   Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 11-17.

   3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).

   Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).

   Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.

   3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).

   Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.

   Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.

   La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.

   ¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?

   ¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?

   En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?

   ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?

   ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?

   El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.

   3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).

   Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?

   Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.

   3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).

   Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.

   Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.

   Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.

   3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).

   Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.

   Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.

   3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).

   Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.

   ¿Qué imagen tenemos de Dios?

   ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?

   ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?

   Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.

   ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).

   Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
   2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
   3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
   4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
   5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
   6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
   7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
   8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
   9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?

   3-2.

   10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
   11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
   12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
   13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
   14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
   15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
   16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
   17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
   18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
   19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
   20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
   21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
   22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?

   3-3.

   23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
   24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
   25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
   26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
   27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?

   3-4.

   29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
   30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
   31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
   32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
   33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?

   3-5.

   34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
   35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
   36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?

   3-6.

   37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
   38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
   39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
   40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
   41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
   42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
   43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7.

   44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
   45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.

   ¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?

   Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.

   Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.

   Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.

   Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.

   Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.

   Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?

   ¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?

   Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.

   Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.

   Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.

   Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.

   Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.

   Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.

   Meditación de 1 COR. 15, 1-11.

   San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.

   Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.

   (LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.

   Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.

   ¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).

   Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en  que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.

   El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.

   ¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).

   ¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?

   ¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?

   ¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?

   Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.

joseportilloperez@gmail.com

¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   ¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?

   Introducción.

   ¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.

   No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.

   "La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

   Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).

   La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.

   La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.

   Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.

   La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.

   ¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).

   San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.

   El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.

   Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.

   Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.

   A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.

   Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.

   Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.

   1. La inmortalidad del alma.

   Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.

   Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).

   Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.

   Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.

   Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.

   Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.

   (MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.

   2. La intercesión de los Santos.

   Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? "   María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".

   Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:

   ¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?

   ¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?

   ¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?

   Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.

   Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.

   Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).

   Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).

   Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.

   En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.

   (AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.

   Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).

   ¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

   Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).

   Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.

   Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).

   Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.

   San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).

   ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.

   Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).

   Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).

   Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).

   ¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).

   Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:

   (FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.

   (FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.

   ¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).

   ¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).

   Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.

   Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.

   En el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

   No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

   Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   2. Jesús es Nuestro Redentor.

   Meditación de AP. 1, 5-8.

   Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.

   Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.

   Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.

   Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.

   Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.

   Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

    Meditación.

   Estamos conmemorando el penúltimo Domingo de este ciclo litúrgico que culminaremos dentro de siete días celebrando el Reinado de Jesucristo. El Reinado de Nuestro Hermano Jesús es muy diferente a la distribución de poderes que se ha hecho entre los hombres a lo largo de la historia, pues Nuestro Señor a subyugado todas las virtudes divinas y humanas bajo la gran potencia que se ha convertido en el eje sobre el cual se desenvuelve la vida cristiana, que a saber, es el amor. Todos sabemos que Jesús vino una vez a nuestra tierra hace 2000 años, que nació en Belén según recordaremos cuando celebremos la Navidad, que predicó el Evangelio, fue crucificado, y resucitó al tercer día de su muerte según manifestamos al rezar el Credo, y subió al cielo cuarenta días después de su Resurrección.

   Nosotros, -los católicos-, dentro de siete días, celebraremos el hecho de que Jesús es el Rey de la humildad, el Señor que tuvo fuerza para enseñarnos que no debemos rendirnos ante la adversidad que atañe a nuestra vida. Nosotros sabemos que la historia de Jesús no acabó con la Ascensión, la celebración a la cual asistimos cuarenta días después del Domingo de Resurrección, a pesar de que ese hecho podría considerarse como un feliz desenlace de una historia que parecía que concluiría con la injusta muerte de un hombre inocente. Sabemos que Jesús vendrá por segunda vez a encontrarse con nosotros, los que aún no hemos superado las barreras que por cuya incorrecta visión no podemos alcanzar la plenitud de la felicidad. Jesús vendrá a encontrarse con quienes no hayan fallecido en el tiempo en que se produzca su segunda venida a la tierra, de igual forma que llevará a cabo la resurrección de los difuntos de todos los tiempos, de forma que seremos miembros activos del Reino de Dios. Soy el primero en reconocer que esta realidad bíblica tan bonita puede sonarnos a cuento infantil, pero esta es, pues, la fe que hemos profesado los cristianos en los últimos 2000 años, una creencia que, a través de Jesucristo y sus predicadores incansables, hemos heredado del pueblo judío.

   Tanto la primera lectura como el Evangelio correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, nos presentan una panorámica apocalíptica terrorífica, cuya misión consiste en comparar el mundo actual y del pasado con nuestra futura vida inmortal en el Reino de Dios.

   San Pablo, con respecto a la promesa que Dios le hizo a Abraham sobre su futura Paternidad de los creyentes, afirma: (ROM. 4, 18-21).

   Con una fe a toda prueba como la del Patriarca Abraham y tantos otros protagonistas de la Biblia, es muy fácil para nosotros creer lo que le acabamos de oír a San Pablo, a saber: "Dios tiene poder para cumplir todo lo que promete" (ROM. 4, 21). Esa fe que ha de ayudarnos a esperar que Jesús resuelva los acontecimientos que se nos escapan, es el motivo por el cual los autores de la Biblia nos alientan a esperar que se produzca la venida de Jesús de Nazaret como Rey del amor y la humildad.

   Con respecto a la adversidad, San Lucas nos dice en su Evangelio: (LC. 10, 18).

   Jesús había designado a setenta y dos de sus discípulos para que hicieran sus obras, y, cuando ellos le hablaban sobre el fruto que habían producido con sus obras y palabras, El les dijo: "Yo soy testigo de cómo retrocedía la adversidad que asfixiaba a los hombres ante el fruto de vuestra fe y vuestra firmeza" Con respecto a que todos seremos perfectos hijos de Dios cuando hayamos vencido todas nuestras dificultades, pues San Mateo nos dice: (MT. 24, 27).

   El paso de Jesús por la tierra será definitivo para que corramos tras Él y nos sintamos purificados de nuestras imperfecciones y de los sentimientos que abarcamos normalmente cuando nos percatamos de nuestras debilidades.

   A modo de curiosidad, voy a concluir esta meditación narrándoos una experiencia que vivió San Pablo, el Apóstol que, sin lugar a dudas, es el responsable de que la Palabra de Dios sea accesible para todos los cristianos, y de que en consecuencia no sea un derecho reservado exclusivamente para el Clero. Nuestro Santo, indagando los textos apocalípticos de los dos Testamentos de que se compone la Biblia, llegó a la conclusión de que quizá él o muchos de sus contemporáneos, no morirían sin haber contemplado a Jesucristo en su Parusía o segunda venida. Pablo se tomó esta creencia tan a pecho, que llegó a instar a los Tesalonicenses a que vivieran atentos a la llegada de Jesús, intentando restarles importancia a sus responsabilidades mundanas. Afortunadamente, antes de ser encarcelado por última vez, el Santo de Tarso se percató de su error, quizás al comprobar que las cifras apocalípticas son simbólicas, hecho por el cual no sabemos cuándo vendrá Jesús nuevamente a nuestra tierra. Os he referido esta anécdota porque entre los cristianos hay gente que vive con los pies en la tierra, otros viven mirando al cielo, todos criticamos los defectos de nuestros hermanos, no hacemos en muchas ocasiones lo que nos compete, e ignoramos que debemos vivir con los pies en la tierra, los ojos entre la tierra y el cielo, y la esperanza entre dos mundos, porque no sabemos qué día vendrá Jesús a visitarnos. Este desconocimiento es muy ventajoso para nosotros, pues, sin duda alguna, nos alegraría quitarnos de encima ciertas responsabilidades, al ahorrarnos hacer cosas cuyo valor sería modificado cuando Cristo Rey viniera a ayudarnos a vencer los obstáculos de nuestra vida.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

El sermón escatológico de Jesús según San Mateo. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El sermón escatológico de Jesús según San Mateo.

   Introducción.

   Estimados hermanos y amigos:

   Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de Nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.

   Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que Nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.

   Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en que quizás a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.

   Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, Nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de Nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a Nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.

   En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús escrito por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.

   1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.

   Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de Nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.

   San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró (MT. 27, 51). El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas: (HCH. 16, 31).

   El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".

   (MC. 13, 1-2. MT. 24, 3). Los futuros Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:

   1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.

   2. La Parusía o segunda venida del Señor.

   3. El fin del mundo.

   Era lójico que los futuros Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.

   2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.

   (MT. 24, 4). Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo tiempo que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias -o Congregaciones- de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y  dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.

   La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, por ejemplo, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico: (IS. 35, 5). El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer donando dinero gradualmente.

   Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis: (AP. 21, 4). La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su descendiente, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.

   Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.

   (MT. 24, 5). Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.

   Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?

   (MT. 24, 6-8). Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes denominaciones cristianas creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.

   Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.

   Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.

   Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.

   (MT. 24, 9-18). Meditemos sobre las palabras de Nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar.

   1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de Nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal -o Católica-, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración: (HCH. 26, 9-11).

   2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.

   3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.

   Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.

   4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.

   Cuando Jesús hizo alusión a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.

   5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de Nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.

   6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación (DN. 9, 26-27).

   7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de Nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.

   Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano: (MT. 24, 19-22).

   3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.

   Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros, así pues, Nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente: (MT. 24, 23).

   Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.

   Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera? La religión verdadera es la Católica, porque los Apóstoles de Jesucristo fueron los fundadores de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:

   "Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (CIC. n. 1270).

   Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que Nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.

   Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que seamos buenos, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.

   Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos: (IS. 43, 10). Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa denominación cristiana aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa denominación de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía (IS. 43, 8-12).

   El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice: "Vosotros sois mis testigos -esta es la revelación de Yahveh- y el siervo a quien elegí", está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una denominación cristiana, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.

   Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación: "Sígueme" (MT. 9, 9), puede suceder que aparezca alguien que cree una secta llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha secta es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.

   A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles: (MT. 10, 16).

   Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna denominación, o renuncian a la creencia en Dios.

   Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:

   -"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".

   "La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".

   -"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".

   "¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".

   Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.

   Debemos  ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos  a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.

   Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida? (MT. 10, 38).

   La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 10, 13).

   Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es Nuestro Señor y Salvador personal. El hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia -o congregación-, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.

   No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia -o pueblo de Dios-. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.

   Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia: (TT. 3, 10-11. 1 COR. 12, 12-13. JN. 13, 20. HEB. 10, 23-25. EF. 1, 22-23; 4, 1-6).

   Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues Nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo: (MT. 16, 18).

   La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo: (MT. 28, 19-20).

   La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de denominaciones cristianas, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:

   La denominación de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.

   La denominación de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.

   La denominación de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.

   La denominación de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.

   La denominación de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.

   La denominación de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.

   La denominación de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.

   La denominación de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta denominación fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la denominación de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.

   La denominación de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.

   La denominación de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

   La denominación del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.

   La denominación de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.

   La denominación de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.

   La denominación de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.

   La denominación del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.

   La denominación Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a Él como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).

   La denominación de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.

   La denominación Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.

   La denominación Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá quienes unieron dos iglesias decadentes en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para no ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).

   La denominación Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.

   La denominación de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.

   La denominación de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.

   La denominación Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.

   San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.

   Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos: (HCH. 11, 25-26).

   San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada "Camino del Señor" (HCH. 22, 4).

   En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la "secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.

   A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.

   La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de Nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.

   (MT. 24, 24). ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven? (ROM. 1, 19-21).

   ¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado? (ROM. 2, 14-15).

   Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que Él nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.

   (MT. 24, 25-27). Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque Nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.

   Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías: (MT. 24, 28).

   Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras acciones.

   4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.

   (MT. 24, 29). Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de Nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.

   (MT. 24, 30). Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que Nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos: (DN. 7, 13-14).

   Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.

   (MT. 24, 31). Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de Nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que Nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en Él, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.

   Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de Nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo: (1 TES. 4, 13-14).

   (ECL. 9, 5). A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de denominaciones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas denominaciones.

   Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a Nuestro Padre común (JOB. 14, 13-15).

   Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.

   Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos: (1 TES. 4, 15-18. 1 COR. 15, 51-52).

   ¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?" Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan cuatro mil quinientos millones de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.

   El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen a sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.

   No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió: (2 TES. 3, 10-11).

   5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado "tiempo del fin de este siglo".

   5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén.

   (MT. 24, 32-34). Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre.

   5-2. El tiempo del fin del mundo.

   (MT. 24, 35-39). Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta: (2 PE. 2, 5). No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.

   (MT. 24, 40-45). Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, tanto a los pobres, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de Nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre (MT. 24, 46-51).

   Conclusión.

   Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, quien convertirá todo nuestro planeta en su Reino. El hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.

   Que Dios os colme de bendiciones.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com