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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.

   ¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?

   ¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?

   En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?

   Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).

   Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:

   Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?

   ¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?

   Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.

   Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.

   Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".

   Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.

   No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.

   Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.

   Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.

   A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.

   Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?

   El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?

   Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.

   Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.

   En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.

   Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.

    Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).

   El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).

   El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite  un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).

   Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).

   Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.

   ¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?

   ¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?

   A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).

   Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.

   Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.

   Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).

   Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.

   También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.

   Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7)  nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).

joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.

   Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.

   Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).

   Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.

   Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.

   He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.

   Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.

   No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.

   Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.

   Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 11-17.

   3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).

   Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).

   Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.

   3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).

   Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.

   Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.

   La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.

   ¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?

   ¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?

   En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?

   ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?

   ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?

   El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.

   3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).

   Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?

   Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.

   3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).

   Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.

   Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.

   Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.

   3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).

   Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.

   Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.

   3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).

   Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.

   ¿Qué imagen tenemos de Dios?

   ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?

   ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?

   Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.

   ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).

   Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
   2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
   3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
   4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
   5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
   6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
   7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
   8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
   9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?

   3-2.

   10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
   11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
   12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
   13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
   14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
   15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
   16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
   17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
   18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
   19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
   20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
   21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
   22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?

   3-3.

   23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
   24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
   25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
   26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
   27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?

   3-4.

   29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
   30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
   31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
   32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
   33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?

   3-5.

   34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
   35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
   36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?

   3-6.

   37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
   38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
   39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
   40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
   41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
   42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
   43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7.

   44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
   45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.

   ¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?

   Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.

   Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.

   Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.

   Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.

   Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.

   Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?

   ¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?

   Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.

   Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.

   Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.

   Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.

   Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.

   Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   ¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?

   Introducción.

   ¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.

   No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.

   "La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

   Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).

   La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.

   La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.

   Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.

   La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.

   ¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).

   San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.

   El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.

   Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.

   Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.

   A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.

   Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.

   Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.

   1. La inmortalidad del alma.

   Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.

   Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).

   Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.

   Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.

   Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.

   Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.

   (MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.

   2. La intercesión de los Santos.

   Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? "   María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".

   Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:

   ¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?

   ¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?

   ¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?

   Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.

   Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.

   Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).

   Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).

   Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.

   En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.

   (AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.

   Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).

   ¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

   Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).

   Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.

   Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).

   Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.

   San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).

   ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.

   Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).

   Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).

   Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).

   ¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).

   Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:

   (FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.

   (FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.

   ¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).

   ¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).

   Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.

   Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.

   En el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

   No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

   Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.

joseportilloperez@gmail.com

Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.

    Estimados hermanos y amigos:

   A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.

   Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

   Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?

   De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.

   Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.

   Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.

   Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.

   Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...

   Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.

   Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.

   Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.

   Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.

   Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad. (Meditación del Evangelio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. Cristo es el Rey que se nos da a conocer como la Verdad.

   Meditación de JN. 18, 33b 37.

   Dado que el Sanedrín carecía del poder necesario para condenar a Jesús a muerte, los enemigos del Señor, valiéndose del hecho de que Jesús dijo de Sí mismo cuando fue enjuiciado ante Caifás que es el Hijo del hombre profetizado por Daniel (MT. 26, 63-64), tomaron la decisión de acusarle ante Pilato de haberse proclamado rey, con tal de conseguir que el yerno de Tiberio César dictara la sentencia a muerte del Mesías. Aunque Pilato sabía que los líderes judíos le entregaron a Jesús por envidia, porque no era difícil deducir que Jesús no tenía aspiraciones de alcanzar poder, riquezas y prestigio, cedió al ser amenazado por el Sanedrín, y terminó mandando crucificar al Señor.

   En la meditación de la primera lectura correspondiente a este último Domingo del Año litúrgico (DN. 7, 13-14), hemos recordado que el Reino de Dios está fundado sobre el amor divino y humano, y sus miembros, el único privilegio que desean tener, consiste en servirse desinteresadamente, unos a otros. Los acusadores de Jesús cambiaron el significado de DN. 7, 13-14, para hacerle creer a Pilato, que Jesús se proclamó rey, no para actuar como el Hijo del hombre profetizado por Daniel, sino para actuar como enemigo de Roma. Este hecho me sugiere el pensamiento de que, al interpretar la Biblia erróneamente, podemos cometer errores graves.

   Las autoridades romanas hubieran combatido a cualquiera que se hubiera proclamado a Sí mismo como rey para hacerles la guerra, y hubieran ignorado a un mesías religioso sin aspiraciones mundanas, por no considerarlo peligroso. Recordemos que Pilato dejó escapar a muchos falsos mesías del pretorio cuando las autoridades religiosas de Israel le pidieron que les mandara ejecutar, así pues, el yerno de Tiberio César fue presionado, para que no librara a Jesús de la pena que sus enemigos quisieran que constituyera el fin de su vida.

   Jesús dijo ante Pilato que es Rey, pero que su Reino no es de este mundo. Pilato sabía que Jesús le fue entregado por causa de la envidia de los enemigos del Señor, no porque hubiera merecido ser juzgado. A pesar de ello, Pilato no tuvo fuerza para hacer justicia, evitando la muerte de Jesús, sino que sacrificó la vida del Profeta de Nazaret, con tal de asegurarse la conservación de su trabajo.

   ¿Mantenemos nuestra posición social por haber actuado contra los derechos de quienes son más débiles que nosotros?

   Si es doloroso reconocer que hemos vivido sin aceptar a Jesús como Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre, como verdad que nos hace libres, y como la vida eterna de la gracia que añoramos (JN. 14, 6), más doloroso es pensar que, aunque conocemos la Verdad de Dios, vivimos sin prestarle atención.

   ¿Qué es la verdad? Necesitamos aprovechar la riqueza que nos aporta el conocimiento de la diversidad de ideologías existentes en el mundo para enriquecernos. Debemos ser respetuosos con quienes no comparten nuestras opiniones, pero ello no puede hacernos pensar que la Verdad de Dios es relativa, porque, de serlo, no podemos distinguir entre lo que es bueno y malo, y la justicia se convierte en cualquier cosa que nos beneficie.

   La verdad no es cualquier cosa con la que esté de acuerdo la mayoría de la gente que nos rodea o que nos ayude a escalar una posición social mejor que la que mantenemos en la actualidad.

   En un mundo en que hay tantas verdades, aún resuenan las siguientes palabras de Jesús: (JN. 8, 31-32).

   Al concluir el presente Año litúrgico, es positivo para nosotros pensar si tenemos más fe en Dios que cuando empezamos a vivir el tiempo de Adviento. Aprovechemos la celebración del Año de la Fe que estamos conmemorando, para pensar si estamos esforzándonos en aumentar nuestro conocimiento de Dios, para que el Espíritu Santo pueda aumentarnos la fe que tenemos, en el Dios Uno y Trino.

   Siempre que lo deseemos, Dios nos dará la oportunidad de conocerlo, aceptarlo y amarlo. Este es el último Domingo del presente año litúrgico, pero, el próximo Domingo, al iniciar el ciclo C de la Liturgia de la Iglesia, -en que meditaremos el Evangelio de San Lucas-, el Señor se nos seguirá manifestando, y nos corresponderá a nosotros, decidir si amoldamos nuestra vida, al cumplimiento de su voluntad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo? (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   ¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?

   Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.

   Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.

   ¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).

José Portillo Pérez

joseportilloperez@gmail.com

Preparaos para recibir al Rey que viene. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Preparaos para recibir al Rey que viene.

   Vivimos inmersos en una vida rutinaria y estresante que nos impide meditar sobre los valores más trascendentales que atañen a nuestra fe católica. ¿Cómo podremos regocijarnos al pensar en la Parusía de Nuestro Señor si evitamos el recuerdo de la muerte porque consideramos que es muy desagradable para nosotros? Nos cuesta un gran esfuerzo el hecho de creer que nuestra alma es inmortal, es esta la razón por la cual nos aferramos a esta vida como nos aferraríamos a una tabla en el caso de sufrir un naufragio.

   Nuestra fe universal -estimados hermanos-, nos informa de que nuestro cuerpo será restablecido cuando el Señor Jesús venga por segunda vez a habitar en esta tierra para quedarse para siempre entre nosotros.

   San Pablo nos dice con respecto a Jesús: (FLP. 3, 21). Nosotros no podemos definir con exactitud cómo será nuestra existencia en el cielo, no podemos satisfacer la curiosidad que tenemos, de manera que se nos hace necesario el hecho de mirar a Nuestro Padre y Dios a través del espejo de la fe.

   San Pablo nos dice en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 15, 51-52). El término “incorruptibilidad” equivale a la ayuda que Dios les dará a quienes no mueran antes de que acontezca la segunda venida de Jesús para que sean purificados, y a la recomposición de los cuerpos que se hayan convertido en ceniza o estén en estado de descomposición.

   Si estudiamos detenidamente la Biblia para indagar con respecto a nuestra existencia inmortal, lo único que podemos averiguar es que en el mundo liberado del pecado, el dolor y el error, no existirá el mar, según podemos constatar en AP., 21, 1, y que viviremos en eterno estado de contemplación de Dios. Si nos imaginamos contemplando a Dios sin hacer otra cosa por años sin término, sin ánimo de ofender a mis fieles amantes de la tradición eclesiástica, tenemos que reconocer que la inmortalidad será aburridísima.

   Con respecto a lo que será de nuestra vida en el cielo, debemos considerar las palabras del Apóstol (1 COR. 2, 9-10).

   Hasta ahora hemos visto la parte más positiva de este artículo, pero ahora debemos considerar lo que sin duda alguna nos resulta más inaceptable respecto del acontecimiento universal que estamos meditando.

   ¿Nos exige Dios algo para que podamos gozar de la vida eterna en el cielo? Dios no nos exige nada porque respeta la libertad que nos concedió cuando creó el mundo, pero es de bien nacidos el ser agradecidos, por consiguiente, si "tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (JN. 3, 16), lo mínimo que podemos hacer es amar a nuestro Padre celestial en las personas de nuestros prójimos. Dios sabe que, como no podemos verlo, nuestra fe vacila muy a menudo, pero nuestros prójimos están con nosotros, y, aunque Dios no existiera, el hecho de amarlos, nos haría felices, porque, el egoísmo y la soledad, no serían nuestros inseparables compañeros (1 JN. 4, 20).

   Para prepararnos a recibir al Rey que viene, vamos a recordar aquellas obras de misericordia que destacaban como lumbreras en los Catecismos antiguos, y que no han sido recopiladas en la última edición del Catecismo de la Iglesia, porque los autores de la citada obra han considerado que escribir todas las obras de misericordia es tan imposible como lo es también redactar todos los milagros que hizo Jesús en Palestina, según nos lo dice San Juan en su Evangelio en el capítulo 21, versículo 25.

   Como todos recordaréis, las obras de misericordia se catalogaban en dos grupos de 7.

   Las obras de misericordia corporales, son: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos, redimir a los cautivos, y sepultar a los difuntos.

   Las obras de misericordia espirituales, son: Enseñar al que no sabe (suprimo el término "ignorante" de las versiones de los Catecismos más antiguos por considerarlo despótico), dar buen consejo al que lo necesita, corregir a los pecadores, tener paciencia en las tribulaciones, perdonar con gusto las ofensas, consolar a los afligidos, y rezar por los vivos y difuntos.

   ¿Estamos preparados para recibir al Rey que vendrá en el momento que menos lo esperemos?.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Domingo II de Cuaresma del ciclo B.

   ¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?

   Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 17.

   1. Oración inicial.

Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

R. Amén.

   Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.

   Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.

   Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.

   Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.

   Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.

   Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.

   Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.

   A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.

   Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.

   Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.

   Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.

   Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.

   Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.

   Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.

   Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.

   Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.

   Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.

   2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 9, 1-9.

   3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.

   En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).

   3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).

   “El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).

   Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.

   Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.

   3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).

   La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).

   Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.

   3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).

   Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.

   Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.

   Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.

   Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.

   También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.

   También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.

   También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.

   También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.

   Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.

   La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.

   Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.

   3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).

   Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.

   3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).

   Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.

   3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).

   Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.

   Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?

   ¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?

   ¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?

   ¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?

   ¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?

   3-2.

   ¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?

   ¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?

   3-3.

   ¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?

   ¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?

   ¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?

   ¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?

   ¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?

   3-4.

   ¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?

   ¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?

   ¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?

   ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5.

   ¿Qué representa Moisés?

   ¿A quiénes representa Elías?

   ¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?

   ¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?

   ¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?

   ¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?

   ¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?

   3-6.

   ¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?

   ¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?

   ¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?

   ¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?

   ¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?

   ¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?

   ¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?

   ¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?

   ¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?

   ¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?

   ¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?

   ¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?

   ¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?

   ¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?

   ¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?

   ¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?

   ¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?

   3-7.

   ¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?

   ¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?

   ¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?

   3-8.

   ¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?

   ¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?

   ¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?

   3-9.

   ¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?

   ¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.

   6. Contemplación.

   Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.

   Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.

   Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.

   Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.

   Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.

   No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.

   Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.

   Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.

   9. Oración final.

   Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com