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He pensado establecer mi alianza con vosotros y con vuestra descendencia. (Meditación de la I lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   1. He pensado establecer mi alianza con vosotros y con vuestra descendencia.

   Meditación de GN. 9, 8-15.

   Dios se alió con Adán y sus descendientes, con Abraham y sus descendientes, y con Moisés y su pueblo. Cada alianza que Dios pactó en la Biblia tiene un carácter especial. En el caso de Adán, Dios se alió con toda la humanidad, por ser la misma descendiente del primer hombre y la primera mujer que creó (GN. 5, 1-2). En el caso de Abraham, Dios se alió con el citado jeque y sus descendientes, por lo que el Señor instituyó su familia humana. En el caso de Moisés, Dios se alió con el pueblo hebreo, el cual llegó a ser su pueblo, por morar en el mismo la familia de Abraham. La alianza de Dios con Noé y sus descendientes (la humanidad) fue muy significativa, porque no fue cúltica, sino ética. Mientras que los descendientes de Abraham tenían que ser circuncidados para poder formar parte de la familia humana de dios (GN. 17, 10-13), y los hebreos se adhirieron a la alianza que Yahveh selló con Moisés por medio del cumplimiento de cientos de preceptos legales, de los descendientes de Noé sólo se esperaba que respetaran la vida humana, y que se reprodujeran, con el fin de poblar la tierra (GN. 9, 6-7). Mientras que judíos, musulmanes y cristianos nos hemos amparado en nuestras religiones para marginar a quienes no comparten nuestras convicciones, Yahveh no estipuló ningún culto en la alianza que selló con Noé, indicando con ello que acepta a toda la humanidad.

   La alianza de dios con Noé también fue significativa, por cuanto Yahveh no hizo su pacto exclusivamente con los hombres, pues también lo firmó con los animales, indicando que desea que la humanidad se reconcilie con Él y consigo misma, y viva pacíficamente. Aunque la alianza fue sellada tanto con los hombres como con los animales que salieron del arca, Dios afirmó que la humanidad jamás volvería a ser exterminada ni la tierra volvería a ser destruida por medio de un diluvio. Siendo el arca de Noé sinónimo de la fe y por consiguiente de la Iglesia, por ser los moradores de la tierra descendientes de Noé, todo el planeta jamás volverá a ser castigado con un diluvio que extermine la vida del mismo. En este contexto, Noé se asemeja a Jesús, por cuya Pasión, muerte y Resurrección, hizo a sus seguidores miembros de su Reino, un Reinado eterno, que jamás será exterminado.

   El arco iris fue el signo del pacto que Dios firmó con Noé. Dios hizo aparecer su arco en el cielo, indicando que jamás volvería a disparar sus flechas contra la humanidad que se comprometía a no asesinar a nadie y a reproducirse para poblar la tierra. Las nubes representan la presencia de Dios, así pues, a modo de ejemplo, podemos recordar cómo Dios guio a los hebreos a través del desierto en una columna de nubes durante los días y de fuego durante las noches (ÉX. 13, 21). Recordemos que el fuego es utilizado por Dios para purificar a su pueblo.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Dios quiere lo mejor de sus hijos. (Meditación de la I lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   1. Dios quiere lo mejor de sus hijos.

   Meditación de GN. 22, 1-2. 9ª. 15-18.

   Nota: El texto de GN. 22, 1-22, constituye la segunda lectura de la Vigilia pascual de los ciclos A, B y C, por lo que dicha consideración puede leerse en la citada sección del presente trabajo.

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística, se nos informa de que Dios tentó a Abraham, para probar su entereza. Actualmente sabemos que el hecho de que el dolor nos ayude a crecer no significa que Dios nos somete a prueba, pero ello es lo que hemos creído hasta llegar a comprender que no somos víctimas del mal casualmente porque el padecimiento es útil si sabemos aprovecharlo. También es importante recordar que dios no necesita probar la fortaleza de nuestra fe, porque Él nos conoce perfectamente, por causa de su sabiduría.

   Existen situaciones en las que podemos tener la impresión de que dios se contradice. A modo de ejemplo, en el texto que estamos meditando, dios le pide a Abraham que le ofrezca en sacrificio al hijo a través del cual le dijo en el pasado que tendría una gran descendencia. Igualmente, nos choca el hecho de que el Dios del amor no intervenga personalmente a la hora de extinguir el mal del mundo, y les ceda dicha responsabilidad temporalmente a sus creyentes, sabiendo que la mayoría de los tales no están plenamente preparados para llevar a cabo tan ardua misión. Dios escribe recto con renglones torcidos, pero ello nos confunde, y nos induce a verificar nuestras creencias constantemente, con el fin de que nuestra fe crezca y no se debilite.

   Así como Dios le pidió a Abraham que le ofreciera en sacrificio a su primogénito, nos pide que le concedamos lo mejor que tenemos, y que no nos limitemos a servirlo mediocremente, ni a asistir a las ceremonias de culto sin prestarles atención a las mismas. Dios se nos entrega sin reservas, y nos pide que le demos lo mejor que tenemos, porque sabe cómo concedernos la plenitud de la dicha, aunque ello en un principio nos suponga el hecho de pagar el precio de aprender a vivir y valorar las situaciones que erróneamente consideramos adversas.

   Por haberse dispuesto a sacrificarle a su hijo a Yahveh sin comprender la contradicción del Dios que no puede mentir, Abraham mereció ser el padre de una gran muchedumbre. ¿Nos atrevemos a hacer lo que Dios nos pide sin comprender perfectamente su designio respecto de nosotros?

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Abraham se confió a Dios. Es ésta la razón por la cual el primero de los Patriarcas de Israel tuvo fortaleza para enfrentarse a la acritud a la que hubo de sobrevivir gloriándose de la misericordia que Yahveh derramaba sobre él y los suyos para que superaran sus dificultades. Abraham hizo un viaje muy largo para encontrar la tierra que Dios le entregaría varios siglos más tarde a sus descendientes los hebreos.

   Abraham padeció mucho desde el momento en que Agar concibió a Ismael y abandonó a ambos en el desierto, debido a los celos de Sara respecto de su esclava y a la astucia de Agar para asegurar el porvenir de su hijo.

   Ismael era el hijo de la esclava, el padre de quienes se rigen por la Ley de Moisés o de sus respectivas religiones, muy a pesar de que muchas veces incumplen los Mandamientos de Dios.

   Isaac, en cambio, es el hijo de la promesa que Dios le hizo a nuestro Patriarca. Isaac es el padre de todos los que creemos que el amor está por encima de la justicia, así pues, si el amor no está reñido con la justicia de Dios, consideramos que el citado don celestial y la justicia divina son una misma cosa.

   Isaac, además de ser la confirmación del cumplimiento de la promesa de Dios a Abraham, también es símbolo de Jesús, aquel que había de cargar la cruz sobre sus hombros por causa de la envidia de sus enemigos para ser entregado como sacrificio para tributarle culto a Yahveh.

   Ateniéndonos a lo expuesto sobre Isaac, podemos constatar que Abraham es la viva imagen del Dios que permitió que Jesús padeciera hasta el extremo de la muerte para que abriéramos nuestro corazón a sus dones y virtudes.

   Dios no permitió el sacrificio de Isaac, pues consideró que la fe del Patriarca había sido probada. Esta prueba le sirvió Abraham lo mismo que nos sirven a nosotros las pruebas de nuestra vida ordinaria para vincularnos más con Dios en la relación que mantenemos con Él, la cual es el fruto del amor divino y humano.

   2. El texto de San Pablo entresacado de la Carta a los Romanos correspondiente a esta celebración eucarística, nos confiere una gran dosis de fortaleza para que sigamos luchando contra la adversidad de nuestra vida, para que podamos celebrar la Pascua eterna. El tiempo de Pascua es un periodo de 40 días entrañables durante los cuales tenemos la impresión de estar con Dios en el Reino del amor y la paz.

   3. Jesús les mostró a sus futuros tres Apóstoles en su Transfiguración en el monte Tabor lo que seremos cuando el Reino de Dios haya sido instaurado plenamente entre nosotros. Es cierto que hemos de contemplar a Jesús en la oración para que sigamos aumentando nuestra fe, pero no deja de ser menos cierto el hecho de que hemos de imitar a Jesús en su Pasión y muerte venciendo nuestras dificultades, con la esperanza de poder gozar de estar junto a Dios cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

Meditación para el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).

   Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).

   Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.

   Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.

   2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.

   Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).

   3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.

   Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.

   4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.

   5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).

   Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).

   6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?

   ¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).

   7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.

   8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.

   9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.

   10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.

   11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.

   12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).

   ¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?

   ¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?

   ¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?

   13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.

   La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).

   14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.

   15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).

   16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).

   17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.

   Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).

   18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré. (Meditación de la primera lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré.

   Meditación de GN. 12, 1-4A.

   Si Abram obedecía el mandato de Yahveh de ir donde la Divinidad suprema lo enviara, su descendencia sería convertida en una gran nación, por cuya influencia serían bendecidos los creyentes de todas las naciones de la tierra. Para que ello sucediera, Abram tenía que dar un paso de fe, y fiarse del Dios que se le comunicó, sin que él lo conociera.

   Dado que Jesús es descendiente de Abraham, y es el Redentor de la humanidad, el Hijo de Dios y María, es la causa por la que todos los creyentes de todas las naciones, son bendecidos y amados por el Dios Uno y Trino.

   Así como Abraham se separó de sus familiares y abandonó su seguridad y su comodidad para cumplir la voluntad divina, quizás Dios desea enviarnos donde lo podemos servir mejor, y no nos ponemos a su disposición, porque nuestra fe es muy pequeña, y no nos permite cumplir la voluntad divina. Oremos y dispongámonos a cumplir la voluntad de Dios, porque, con el lento transcurrir del tiempo, veremos que ello es lo mejor que nos puede suceder.

   Quizás nuestra fe es intelectual y consecuentemente no la practicamos. Dado que tenemos muchas normas morales las cuales nos indican lo que debemos hacer y lo que no, quizás pretendemos por ello tener la seguridad de que alcanzaremos la salvación, obviando que en esta tierra la fe nos aporta la inseguridad de no haber visto la meta que pretendemos alcanzar, y el riesgo de jugárnoslo todo a la carta de un Dios cuyo rostro no hemos podido contemplar.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Confiemos en Nuestro Padre común como lo hizo Abram, caminando sin saber adónde había de ir, en pos de la Palabra de Dios, pues aguardaba el cumplimiento de la promesa que le hizo Nuestro Criador. Que la fe de Abraham, los Apóstoles, y todos los Santos de todos los tiempos nos ilumine, para que podamos caminar, confiadamente, siguiendo a Jesús, con la certeza de que alcanzaremos la salvación, pues sabemos que Dios no defraudará a quienes creen en Él.

   Sabemos que nuestra fe no es como la de Abraham, así pues, a pesar de que Dios provee nuestras necesidades y nos ha ayudado a vencer muchas dificultades, aún no nos hemos decidido a creer en Él firmemente, de la misma forma que quizás no practicamos la caridad más allá del deseo de que se nos reconozcan las buenas obras que hacemos, o porque no hemos vencido nuestro egoísmo. Fortalezcamos nuestra fe orando, pues, si nos esforzamos, Dios estará con nosotros, para que podamos vencer nuestra debilidad.

   Jesús se transfiguró ante Pedro, Santiago y Juan, mostrándoseles con su cuerpo resucitado y glorificado. Esforcémonos para ser en esta vida la viva imagen de Jesús.

   1. El Evangelio correspondiente al Domingo I de Cuaresma es muy exigente, así pues, se nos propone, en el citado texto, que, imitando a Jesús, renunciemos al ciego ejercicio del poder, a la obsesiva obtención del banal prestigio, y al infundado deseo de obtener una gran fortuna. Ahora bien, ¿qué programa de vida nos propone Nuestro Padre común, para que renunciemos al amor que muchos creyentes y no creyentes les profesan a los citados tres pilares sobre los que fundamentan su existencia? La respuesta a esta pregunta la obtenemos en las lecturas correspondientes a este Domingo II de Cuaresma, así pues, al renunciar a toda clase de vicios, y a la comisión de todo tipo de pecados, Nuestro Padre común, nos propone que abracemos la vida sobrenatural de la gracia. Desde nuestra perspectiva de personas débiles, nos parece inalcanzable la realización del propósito de Dios en nuestras vidas, pues somos muy frágiles para aspirar a tan alta cumbre de la felicidad de obtener nuestra más plena realización personal, pero, a tal efecto, no debemos olvidar las palabras del Apóstol: "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (ROM. 5, 20). Donde abundan la debilidad, la enfermedad, la pobreza, el egoísmo y otras carencias humanas, sobreabunda la gracia de Dios, que nos trasciende desde el estado actual de nuestra naturaleza, y nos eleva a la categoría de Nuestro Padre común. El precio que pagamos para alcanzar la santificación, es el hecho de renunciar a ceder a las tentaciones a las que el diablo sometió a Jesús el Domingo anterior, no porque de ello depende nuestra salvación, sino, porque es de bien nacidos el ser agradecidos -reza el refrán español-, y, por ello, es bueno que practiquemos la misericordia, pues, según Leví, Jesús nos dice: (MT. 5, 7).

   Más adelante, en su afán de expresar el nivel de santidad al que hemos sido llamados por Dios, San Mateo nos transcribe las siguientes palabras con que Jesús emocionó a los oyentes del sermón del monte: (MT. 5, 48).

   Abram, -aquel que se convirtió en el primero de los Patriarcas del pueblo de Dios por su fe-, nos es propuesto por la Iglesia, en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, como modelo a imitar. El ejemplo de Abram es tan generoso que, San Pablo, en su Carta a los Romanos, afirma que él no necesitó cumplir la Ley de Dios -que aún no había sido decretada- para suplicarle al Todopoderoso que lo salvara, pues creyó en Yahveh, lo cual era más que suficiente para alcanzar la Bienaventuranza eterna (ROM. 4, 3). San Pablo nos sigue hablando de Abraham: (ROM. 4, 18-25).

   El hecho de convertirnos en fieles imitadores de Jesús constituye nuestra felicidad, por consiguiente, San Pablo les escribió a sus lectores de Galacia: (GÁL. 3, 26-29).

   En los amigos de Cristo y descendientes de Abraham, se han de cumplir estas otras palabras del Apóstol: (EF. 4, 23-24. COL. 3, 9-17).

   2. Al meditar el Evangelio de hoy, recordaremos que hemos sido llamados a ser transfigurados y configurados a imagen -o semejanza espiritual- de Cristo Jesús, de quien San Pablo escribió con inefable alegría: (EF. 1, 3-6).

   3. Las palabras de San Pablo que hemos meditado en el punto 2 de esta meditación son muy bellas, pero, para que se realice el plan salvífico de Dios en nosotros, hemos de vivir esta dura enseñanza de Nuestro Señor: (MT. 16, 24).

   4. Al recordar San Pedro su experiencia con respecto al episodio evangélico de la Transfiguración del Mesías, escribió las siguientes palabras: (2 PE. 1, 16-18).

   San Mateo encuadra el episodio de la Transfiguración del Señor, seis días después de que Jesús constituyera a Pedro como la roca sobre la que en un futuro cercano se cimentaría la Iglesia de Cristo, y de que el Maestro les anunciara a sus discípulos su Pasión y muerte. En aquel tiempo faltaba un año para que Jesús fuera crucificado, y, Nuestro Salvador, aún no sabía si sería condenado a morir lapidado o colgado en la cruz, pero tenía muy claro que había de ser juzgado por sus hermanos de raza, que le acusaron de blasfemar contra Dios al hacerse pasar por Hijo del Todopoderoso, de quien afirmaban que es indivisible, y por los romanos, quienes lo condenaron por ser aclamado como Rey de los judíos, en su entrada triunfal a Jerusalén, un hecho con que empezamos a celebrar el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

   Jesús sabía que iba a morir, así pues, para fortalecer su fe, y aumentar la creencia de sus seguidores más fieles en Él y en el Padre, el Señor subió a un monte con Pedro, Santiago -o Jacobo- y Juan, y se transfiguró delante de ellos, adoptando el cuerpo que tendría después de resucitar triunfante de la muerte, para no sucumbir más, aprisionado por las cadenas de la misma.

   5. Cuando el Señor se transfiguró adoptando su imagen de Resucitado, su rostro se hizo resplandeciente como el sol, en alusión a la luz de su caridad y justicia divinas, y sus vestidos adquirieron la blancura de la luz, en virtud de su pureza mesiánica. Pidámosle a Nuestro Padre común que nos transfigure a imagen de Cristo Resucitado, y que nos configure -o moldee-, según el reflejo o imagen espiritual del Hijo de María. No reduzcamos el significado de la castidad al simple hecho de no mantener relaciones sexuales, y seamos castos, desde nuestro actual estado de vida, y glorifiquemos a Nuestro Dios, pues Él concluirá su plan redentor, cuando nos hayamos dejado purificar por Nuestro Señor, pues estamos seguros de que la Providencia divina no nos abandonará.

   6. Cuando Jesús se transfiguró ante sus amigos, aparecieron junto a Él, Moisés y Elías, el uno representando a quienes creen que serán salvos por causa de su estricto cumplimiento de la Ley de Dios, y, el otro, haciendo las veces de quienes nos aplicamos las conocidas palabras del Apóstol y su compañero Silas: (HCH. 16, 31).

   ¿De qué hablaban Jesús, Moisés y Elías? San Lucas nos responde esta pregunta en los siguientes términos: (LC. 9, 31).

   Señor, ¿qué sentiste en el monte de la Transfiguración al reflexionar sobre tu próximo padecimiento y al experimentar la plena glorificación de tu cuerpo y alma?

   ¿Comprendieron los Apóstoles lo que hablaron Jesús, Moisés y Elías? Lucas escribió en su Evangelio: (LC. 9, 32).

   7. (LC. 9, 33). Pedro era muy impulsivo, y, en aquella ocasión, le manifestó al Mesías que no quería descender de aquel monte, porque se sentía feliz. Pedro no podía imaginarse que estaba viviendo un trascendental episodio de la vida del Señor para descender del monte y constatar el aumento de su fe.

   Seis días antes de ver a Jesús transfigurado, cuando el Señor interrogó a sus compañeros de peregrinación con respecto a lo que ellos creían de Él, guiado por uno de sus impulsos que el Espíritu Santo aprovechó para inculcarle la gran verdad que dijo, Pedro exclamó: (MT. 16, 16).

   En la noche del Jueves Santo, impulsado por su propio miedo, al tener una triple oportunidad de confesarse discípulo del Señor, Pedro declaró: "-No, no lo soy" (JN. 18, 25). Esas palabras de Pedro eran tímidas, pues, dicho Apóstol de Nuestro Señor, tenía la pretensión de evitar aquella conversación que podía poner en peligro su vida, pues no era conveniente que los criados de Caifás y los soldados que estaban calentándose al fuego junto a él, lo acusaran de ser discípulo de Aquél a quien crucificarían al día siguiente.

   Cuando Jesús resucitó, Pedro, sin dejarse guiar por ninguno de sus impulsos, sino inspirado por la necesidad de confesarle su amor al Mesías, exclamó ante Jesús y algunos de sus compañeros: (JN. 21, 16).

   Pedro no se escondía cuando tenía que practicar la caridad, pero no dejaba que se le escaparan las oportunidades que tenía de defender sus posibles privilegios por causa del seguimiento del Mesías, según consta en los siguientes versículos bíblicos: (MC. 10, 28-30).

   Quizás nos parecemos a Pedro, así pues, nos sentimos henchidos de gracia cuando hacemos ejercicios espirituales, y hemos adquirido la costumbre de celebrar la Eucaristía todos los días preceptuales dispuestos por la Iglesia, pero, quizás nos atañen las siguientes palabras de Jesús: (MT. 23, 23).

   El Profeta Jeremías escribió las siguientes palabras de Yahveh: (JER. 15, 19). ¿Qué significado tienen las citadas palabras proféticas para nosotros? El Señor nos dice que, si nos convertimos al Evangelio -podemos hacerlo porque Él está con nosotros-, viviremos eternamente en su presencia, pero, para ser glorificados, necesitamos sacar lo precioso de lo vil, y no pensar que las rosas tienen espinas, sino que de las espinas brotan las flores más bellas, así pues, al intentar alcanzar la salvación haciendo el bien como si ello dependiera de nuestros escasos medios, seremos como la palabra pronunciada por Dios, que ha de alcanzarnos la plenitud de la felicidad, y la redención de la humanidad. Al aceptar esta meditación no te verás libre de tu cáncer, a ti, que eres ciego, no se te abrirán los ojos, ni a ti, que eres sordo, se te dará el poder oír, ni se facultará a los que están sentados en sus sillas de ruedas para que puedan caminar, ni serán saciados los pobres, ni encontrarán trabajo todos los que lo necesitan, pero, todos juntos, sin dejarnos esclavizar por nuestras preocupaciones, podremos gritar que somos libres, que somos felices como lo es una novia, el día en que celebra su enlace matrimonial. ¡Esperemos gozosamente la celebración de las bodas del Cordero de Dios con la humanidad redimida!

   Pedro no sabía exactamente el significado que ocultaban sus palabras de pretender quedarse contemplando aquella visión eternamente. Él estaba conmocionado a causa de lo que estaba viendo, pero, al mismo tiempo, no quería volver a emprender su actividad ordinaria, así pues, Jesús tenía muchos enemigos jurados, los cuales también despreciaban a quienes decían de sí que creían las palabras del nuevo Profeta. Pedro estaba casado, pero, por causa de Cristo y del mensaje de salvación, vivía lejos de su familia, pues recorría Palestina, junto al Mesías y sus compañeros, predicando y haciendo las obras de Dios.

   8. Desde la nube que cubrió a los protagonistas del episodio de la Transfiguración de Nuestro Señor, Dios Padre dijo: (MT. 17, 5).

   ¿Por qué desea Nuestro Padre común que escuchemos y obedezcamos a Jesús? Isaías nos responde esta pregunta en los términos que siguen: (IS. 42, 1).

   La voz de Dios también se hizo presente en el Bautismo de Jesús, cuando el Espíritu Santo, adoptando la forma corporal de una paloma, se posó sobre el Mesías, y el Padre dijo: (MT. 3, 17).

   9. Los discípulos, cuando vieron a Jesús transfigurado, y a Moisés y a Elías redimidos, tuvieron miedo, pues ellos creían que, al ser pecadores, deberían haber muerto, por haber tenido la dicha de contemplar a Dios, pues, la justicia del Altísimo, debería haberlos fulminado instantáneamente. Jesús no quería que ellos tuvieran miedo, así pues, los animó, y les pidió que, hasta que Él hubiera vencido la muerte, que no dieran a conocer la experiencia que habían tenido en el monte Tabor, pues no quería publicitarse como milagrero.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II después de Navidad.

   Meditación para el Domingo II después de Navidad.

   1. Durante estos días, cuando entramos al Templo, solemos dirigir nuestra mirada a la Sagrada Familia representada en el Nacimiento de Nuestro Hermano y Señor Jesús. A pesar de que en la gran mayoría de iglesias latinas sólo se celebrará la Liturgia correspondiente a la Sagrada Familia que también festejamos en esta ocasión, es muy positivo el hecho de que analicemos detenidamente los textos correspondientes a este Domingo de Navidad, pues la Iglesia, a través de dichos textos, nos propone que recordemos a los personajes más relevantes de nuestra Historia Sagrada, la ascendencia y descendencia del Mesías.

   2. A lo largo de la Historia de la salvación, Dios se nos ha revelado a través de una ingente multitud de Profetas e innumerables circunstancias que, ya nos hayan parecido positivas o adversas, han sido utilizadas por la Divina Providencia para inculcarnos el conocimiento del amor de Dios que nos ha reunido nuevamente ante el Altar del Señor, porque, hermanos, no hemos venido al Templo impulsados por nuestro deseo de encontrarnos con Dios, pues ha sido el Espíritu Santo quien nos ha sacado de los asuntos mundanos unos minutos para que nos dediquemos a meditar la Palabra de Dios.

   3. El ejemplo de Abram -a quien posteriormente Dios llamó Abraham-, es muy significativo para nosotros. Todos sabemos que la Cristología es la ciencia teológica que nos ayuda a adquirir el conocimiento de Jesucristo equiparando a ciertos personajes del Antiguo Testamento con el Mesías Ungido por el Espíritu Santo. Si David fue la viva imagen de Jesús en diversas circunstancias de su vida, de igual forma que posteriormente le ocurrió a su hijo Salomón, Abraham es la viva imagen del Dios que quiso expandir sus dones y virtudes creando la comunidad humana. Sabemos que Dios nunca ha estado sólo pues la Trinidad no es otra cosa que una Familia constituida por tres Santas Personas, a saber: el Padre, el Hijo, y, el Espíritu Santo.

   4. Sara concibió a Isaac, hijo de Abraham. La promesa de Dios se cumplió haciendo que la estirpe de quien obedeció ciegamente a Nuestro Criador se multiplicara hasta nuestros días, así pues, siendo hijos de Abraham, también somos hijos de Dios Padre, pues, de igual forma que Abraham tuvo descendencia, Dios ha hecho de nosotros una descendencia profética, sacerdotal y real (1 PE. 2, 5).

   Ahora somos la imagen de Abraham, pues esperamos que Cristo cumpla la promesa de su Parusía o segundo Advenimiento.

   5. Nos adentramos en la meditación del Evangelio de San Lucas. La Sagrada Familia hubo  de llevar a cabo la purificación de María, la circuncisión de Jesús como Primogénito de la Familia según está establecido en la Torá, y la presentación y aceptación del Niño de Belén por parte del pueblo judío en su comunidad religiosa de Israel. Al ser Jesús el Primogénito de la Sagrada Familia, José y María se comprometieron a hacer que se dedicara al servicio de Dios aún más de lo que se supone que debieron hacerlo los parientes -o hermanos del Mesías-, de quienes habla San Marcos en el capítulo tres de su Evangelio (MC. 3, 31-35).

   6. La devoción y ternura con que Simeón y Ana adoraron al Niño de Belén en público, nos da a conocer el contradictorio futuro de Jesús, y, en consecuencia de ello, las contradicciones de nuestras vidas.

   7. San Lucas, en su relato del Nacimiento y la Infancia de Jesús, nos dice que María guardaba en su corazón todos los Misterios que rodeaban la existencia de su pequeño Hijo (LC. 2, 19 y 51). Quizás nos revelamos ante dificultades poco relevantes, ponemos el grito en el cielo cuando no estamos de acuerdo con los dichos o hechos de nuestro cónyuge, protestamos si no nos gusta nuestro trabajo...

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra Madre del cielo que nos enseñe a meditar la Palabra de Dios y las situaciones de nuestras vidas que no nos gustan en silencio, para que sea el Espíritu Santo quien nos enseñe e induzca a impulsar nuestras vidas bajo los intensos cuidados que la Divina Providencia ejerce sobre nosotros.
   (José Portillo Pérez, meditación del 29/12/2002).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com