2. Jesús es Nuestro Redentor.
Meditación de AP. 1, 5-8.
Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.
Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.
Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.
Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.
Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.
Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La vida matrimonial.
1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.
Meditación de HB. 2, 9-11.
Estimados hermanos y amigos.
Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).
Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.
Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.
Al comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.
-Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.
-Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.
Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.
Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?
Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La vida matrimonial.
1. Jesús fue glorificado porque redimió a sus creyentes.
Meditación de HB. 2, 9-11.
Estimados hermanos y amigos.
Cuando Jesús se hizo Hombre, se despojó de su condición divina, y se hizo inferior a los ángeles, con tal de ser igual a nosotros, para demostrarnos que el Dios Uno y Trino nos ama, a partir de la vivencia del sufrimiento. San Pablo describió gráficamente la obra llevada a cabo por Nuestro Redentor, en su Carta a los cristianos de Filipo (FLP. 2, 5-11).
Este es el cuarto de un total de siete Domingos en que la Iglesia, a través de siete pasajes del Evangelio de San Marcos, nos enseña a recorrer el camino de la cruz, un camino que nos aporta gozo, esfuerzos, y, a veces, dolor. Jesús es nuestro mayor ejemplo a imitar en el camino de la abnegación, pues Nuestro Salvador no vino al mundo a destacar entre los más poderosos por causa de su poder, riqueza y prestigio, sino para identificarse con los pobres, enfermos, ancianos y desamparados.
Jesús no murió porque amaba el sufrimiento por sí mismo, sino para concedernos la vida eterna. Nuestra redención, nos recuerda la importancia que tiene la ley de la siembra, que nos indica que todos cosechamos el fruto de los esfuerzos que realizamos. A Jesús le costó un gran sufrimiento alcanzarnos la salvación, pero Él no se sacrificó por obligación, sino por el deseo que tenía -y tiene- de demostrarnos que no estamos solos con nuestras dificultades, porque Nuestro Padre común nunca dejará de amarnos. Dado que no tenía nada más valioso para sacrificar que su vida para demostrarnos que nos ama, Jesús se entregó a Sí mismo a sus enemigos. Ello nos indica que no debemos conformarnos con hacer un mínimo esfuerzo para conseguir lo que deseamos, pues tenemos que empeñar todas nuestras capacidades, con tal de alcanzar la plenitud de la felicidad. Si los esfuerzos que tenemos que hacer en esta vida son grandes, los mismos no se pueden comparar con la gloria de Dios, que es muy superior a los tales.
Al comparar la primera lectura de hoy con los textos de San Marcos que estamos meditando en este ciclo de siete Domingos dedicados a inculcarnos la sabiduría necesaria para recorrer el camino de la cruz, constatamos que, aunque Jesús nos pide que lo imitemos adoptando la condición de siervos de Dios en nuestros prójimos los hombres, ello no es fácil para nosotros.
-Frente al poder que muchos sueñan con ejercer, hasta llegar a pisotear la dignidad de los más débiles de este mundo, Jesús nos pide que ejercitemos la obediencia a Dios. La autoridad no tiene nada reprochable si se ejerce como servicio a quienes obedecen a quienes ejercen el poder, de tal forma que no haya ninguna dignidad superior a la de ser hijos de Dios, para que así construyamos un mundo sin miserias, en que nuestro mayor anhelo, sea salvarnos en racimo, como miembros de una única familia.
-Frente al deseo de poseer riquezas que muchos tienen, Jesús nos pide que seamos generosos, porque los más felices son quienes sirven a Dios ayudando a exterminar las carencias de sus hijos sin tacañería, ya que, sus mayores anhelos, consisten en amar, y ser amados.
Jesús no sufrió para salvarse a Sí mismo porque Él es el Dios perfecto cuya bondad es insuperable por la nuestra, pero su dolor nos ganó la vida eterna. Oremos para que nuestras dificultades nos concedan la sensibilidad necesaria para solidarizarnos con quienes tienen carencias como las que tuvimos en el pasado, para que cada día haya menos gente que sucumba ante las dificultades que, gracias a Dios, fuimos capaces de superar.
Jesucristo, -tal como hemos recordado al meditar el himno de la Carta de San Pablo a los cristianos de Filipo-, obedeció a Nuestro Santo Padre, hasta sacrificar su vida, con tal de beneficiarnos.
¿Qué estamos dispuestos a hacer para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, que consiste en hacernos alcanzar la plenitud de la felicidad?
Al haber vivido la experiencia del padecimiento como Hombre, Jesús se ha convertido en nuestro compañero de lo que erróneamente llamamos adversidad, olvidando el efecto purificador que tiene el sufrimiento. Muchas veces nos quejamos porque no soportamos nuestras enfermedades, la pobreza o el aislamiento que nos caracteriza, y nos falta constancia para orar, porque nuestra fe es débil, pues no comprendemos que Dios sabe cuándo tiene que actuar, pues queremos que nos conceda lo que le pedimos en el mismo instante en que oramos, olvidando que sólo Él sabe cuándo debe otorgarnos las dádivas que le pedimos. Seamos con respecto a Nuestro Santo Padre como los niños que, aunque no comprenden plenamente la forma de actuar de sus progenitores, nunca dejan de amarlos ni de esperar que los amen y les concedan dádivas, porque saben que sus antecesores quieren lo mejor para ellos.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre, que nos ayude a aprender a recorrer el camino de la cruz, imitando a Jesús, como siervos que trabajan en su viña. Actuemos dignamente en nuestro entorno familiar, social, laboral y eclesiástico.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Empieza a vivir la vida eterna. (Meditación para el Domingo III del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Meditación.
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
Empieza a vivir la vida eterna.
Todos sabemos que, cuando Jesús fue bautizado por San Juan Bautista, nuestro Maestro se retiró al desierto de Judea, donde ayunó durante 40 días, para experimentar la carencia de divinidad que sentimos los hombres, la debilidad humana, para decidir qué había de hacer con su vida, y, sobre todo, cómo tenía que aceptar la voz de Dios que resonaba en su interior. A parte de encontrarse meditando sobre la miseria humana, en medio de su ayuno y las consecuencias físicas y psicológicas del mismo, Jesús, como hombre, experimentó su propia impotencia (MT. 4, 1-11).
Cualquiera que hubiera vivido aquel retiro espiritual hubiera acabado francamente agotado, pero, Jesús, tras vencer las seducciones que se le pasaron por la mente, se dispuso a servir a Dios. Cuando nos decantamos por la Evangelización, corremos el riesgo de encontrarnos con la oposición de nuestros seres queridos, y con la incomprensión de quienes actúan en nuestro entorno social. Jesús, aparte de que volvió del desierto muy motivado a llevar a cabo su misión, y se encontró con esas dos realidades tan crudas, recibió una dramática noticia: Juan Bautista había concluido su Ministerio en el Jordán, porque Herodes lo había encarcelado por voluntad de su cuñada Herodías, quien se molestaba cuando el Profeta le decía al rey que no cometiera adulterio con la mujer de Filipo de Cesarea, su hermano. ¿Qué hizo Jesús cuando meditó el destino del Bautista y su futuro destino incierto? Nuestro Señor tomó la firme decisión de predicar el Evangelio a costa de su vida.
Israel fue conquistado por Roma el año sesenta y tres antes de Cristo. Aunque Roma tenía la estrategia de respetar los cultos religiosos de los territorios que conquistaba, con tal de someterse a los habitantes de los mismos, sucedió que el Judaísmo era una religión muy conflictiva, en el sentido de que los descendientes de Abraham, considerando que su fe era la única religión verdadera, y por causa de las conquistas de su tierra llevadas a cabo por otros países en el pasado, llamaban "perros" a los extranjeros, con tal de manifestarles a los tales, tanto el odio que sentían por los mismos, como la fuerza de su espíritu extremadamente nacionalista.
Difícil es encontrar una ideología que no sea profesada tanto por gente que respeta la misma, como por gente que se adhiere a tal sistema de pensamiento, en virtud de las ganancias que ello le supone. En la tierra de Palestina, la posición de los saduceos era muy interesante hablando irónicamente, porque los tales, al ser la máxima autoridad político-religiosa del país, tenían que esforzarse, con tal de que sus hermanos de raza aceptaran a sus invasores. La historia de la unión entre los saduceos y los romanos, es una de tantas demostraciones existentes, que nos recuerdan que, a corto o largo plazo, la unión de la religión y de la política, solo ha causado problemas de diversa índole. La historia de bastantes de nuestras Iglesias cristianas también es fiel testigo de que las uniones político-religiosas han perjudicado, no solo a los creyentes, sino la difusión de la Palabra de Dios.
En la tierra de Palestina, los fariseos se oponían radicalmente a los saduceos, de igual manera que muchas denominaciones cristianas se oponen a la realización de las obras de otras. Dado que los fariseos sabían que los saduceos eran demasiado poderosos como para desprenderlos de su posición de gobernantes del país, se limitaban a criticar todo lo que hacían los mismos.
Retirados del mundo, con tal de evitar las ocasiones de pecar, vivían los esenios, quienes constituían una rama del Judaísmo, dedicada a la vida mística, conocida porque, entre los tales, con tal de acelerar la venida del Mesías al mundo, se ejercía el celibato. Los esenios que se comunicaban con quienes no pertenecían a su comunidad, podían ser expulsados de la misma.
Como sucede en todos los tiempos, cuanto mayor era la pobreza de los habitantes de Palestina, con más rigor sentían los tales el peso de la dominación romana. Quienes lo perdían todo, porque no podían pagar los impuestos del Templo y de Roma, o bien se resignaban a mal vivir, o bien se unían a los zelotes, los cuales trabajaban incansablemente para liberar a su país del poder imperial. Tales zelotes, con tal de defender aquello en lo que creían, prefirieron morir entre las llamas que arrasaron la Ciudad Santa en el año Setenta, en vez de entregarse a los colonizadores del país.
¿Cómo podía la gente sencilla de Palestina creer el Evangelio predicado por Jesús, teniendo en cuenta su dramática situación? Valerio Graco, -el antecesor de Poncio Pilato-, era conocido por la brutalidad con que reprimía a los rebeldes. Aunque Pilato no quiso asesinar a los sacerdotes del Templo de Jerusalén que se opusieron a que en el recinto sacro se instalara la imagen del Emperador, el marido de la hija de Tiberio, con tal de tener de su parte a los miembros del Alto Tribunal de Justicia (el Sanedrín o Sinedrio), no dudó en ejecutar a varias docenas de mesías políticos y/o religiosos. A pesar de estos hechos, el pueblo, siendo consciente de que el Profeta Daniel había vaticinado el Advenimiento del Mesías para aquel tiempo, se dejaba ilusionar por cualquier predicador que apareciera en el país.
¿Por qué los pobres se dejaban impresionar por los falsos mesías con más facilidad que los ricos? Mientras que los pobres apenas sobrevivían de sus esfuerzos, quienes aceptaban el poder romano, y tenían una buena situación económica, no tenían nada que temer. Mientras que los pobres solo tenían problemas y fe en Dios, quienes podían aprovecharse de la situación del país para mantener su status social, lo hacían. Teniendo este dato en cuenta, llama la atención el hecho de que Jesús, no solo se granjeó la confianza de algunos ricos, sino de que, a la Iglesia Madre de Jerusalén, lentamente, se agregaron muchos poderosos, unos por amor a Dios, y otros, porque, al ver que los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo de forma visible en Pentecostés, al creer que el mundo se acabaría de un momento a otro, quisieron asegurarse un buen puesto en la presencia de Dios, por lo que decidieron que, dado que el fin se acercaba, más valía renunciar a algunas de sus riquezas, que perecer entre las llamas del infierno.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que, en medio de nuestros gozos, y teniendo en cuenta las pruebas que debemos superar, que nos ayude a vislumbrar la luz indeficiente de Cristo, para que sepamos hacer de nuestra tierra el Reino de Nuestro Salvador.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús empezó a llevar a cabo su misión evangelizadora cuando fue ungido por el Espíritu Santo. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo A.
Fiesta del Bautismo del Señor (Domingo siguiente a la Epifanía del Señor).
Ciclo A.
Jesús empezó a llevar a cabo su misión evangelizadora cuando fue ungido por el Espíritu Santo.
Ejercicio de Lectio Divina de MT. 3, 13-17.
Lectura introductoria: IS. 63, 16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Bautismo de Jesús, es la fiesta con que la Iglesia culmina las celebraciones navideñas, y, al mismo tiempo, también es el Domingo I del Tiempo Ordinario. Para comprender el significado de esta fiesta, no hemos de olvidar que la Navidad fue instituida con la intención de recordarnos el misterio pascual, así pues, el Niño que adoramos la noche de Navidad, es el Redentor de las naciones.
Dado que los temas que pueden ser considerados en esta ocasión son muy amplios, y de los mismos se derivan otros temas, es necesario que los abordemos con profundidad y sencillez, evitando olvidar lo esencial de esta fiesta.
Si vamos a reflexionar sobre nuestro bautismo, cuidémonos de no ignorar el Bautismo epifánico de Jesús, un episodio evangélico en que se nos muestra la Divinidad del Hijo de Dios y María.
Cuidémonos de distinguir el bautismo de conversión -o penitencia- de San Juan Bautista del Bautismo de la Iglesia, el cual es más asimilable a la recepción del Espíritu Santo por parte de los Apóstoles en Pentecostés que a la penitencia.
Para los Evangelistas es más importante el hecho de que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo como Profeta, Sacerdote y Rey, que la supuesta purificación del Señor por medio del agua del Jordán, porque Jesús no estuvo relacionado con el pecado (HEB. 4, 15), y los citados Hagiógrafos sagrados estaban interesados en hacer destacar la Divinidad del Mesías.
El Bautismo de Jesús, antes que el ejemplo de perfecta moralidad de quien jamás pecó o una catequesis, es un misterio de salvación. El Hijo de Dios y María no empezó a llevar a cabo su misión antes de ser bautizado.
Jesús no se bautizó porque fue pecador, sino en atención al orden jurídico de su sociedad. Esa fue la razón por la que también fue presentado en el Templo de Jerusalén, como recordamos el uno de enero y el dos de febrero (LC. 2, 21-24).
El Bautismo cristianos se diferencia del Bautismo recibido por Jesús, en el sentido de que, la perfección que esperamos adquirir por medio de nuestro proceso de formación, de práctica de lo que aprendamos y de nuestro tiempo de oración, caracterizaba al Mesías, por ser Hijo natural de Yahveh.
Orar es imitar la humildad de Jesús, quien, en vez de buscar a Dios en las alturas o de iniciar su misión amparándose en las riquezas de quienes podían cubrir los gastos característicos de su Ministerio, se acercó a un personaje molesto para los fariseos y saduceos, cuya predicación avivó la esperanza de un pueblo que sufría porque llevaba cuatro siglos sin que Dios le enviara profetas, y se sabía pecador y despreciado por el Todopoderoso.
Orar no es buscar el crecimiento de la fe exclusivamente en la quietud (no confundamos la quietud con el quietismo, porque la primera nos es necesaria, y el segundo nos hace insensibles al sufrimiento de nuestros prójimos los hombres), en los ratos de meditación y oración inconscientes del sufrimiento del mundo, si no servimos a quienes nos necesitan. Nuestra fe no crece si evitamos meditar y orar, pero tampoco se ejercita si no somos caritativos.
¿Podemos evitar pedirle a Dios que nos dé toda clase de dádivas pensando en que antes sean extinguidas las carencias del mundo? San Juan Bautista, en lugar de ser un predicador deseoso de tener poder, riquezas y prestigio, era consciente de su pequeñez si se comparaba con Jesús, y por eso se consideraba indigno de bautizar al Hijo de Dios y María. A la humildad del Dios hecho Hombre que inició su Ministerio público poniéndose en la cola de los pecadores, le correspondió el desprecio de sí mismo de quien consideraba que no tenía valor ante el Enviado de Dios. Distingamos la humildad cristiana del maltrato con que muchos judíos y cristianos se han despreciado a lo largo de la Historia.
Jesús se dejó bautizar por San Juan Bautista, porque no quería diferenciarse de la multitud. ¿Trabajamos para extinguir la marginación que causa sufrimiento inútil?
Oremos para que el Espíritu Santo habite en nosotros, y dejemos que nuestra voz sea la voz de Dios, y nuestras manos sean las manos de Jesús, para que, nuestras palabras y obras, les enseñen a nuestros prójimos los hombres, que seguir a Jesús no merece la pena, sino la vida.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te invoco para agradecerte los dones y virtudes que me has concedido, y para pedirte que me ayudes a ser consciente de quién soy, qué soy, quiénes me rodean, y agradecerte el hecho de que siempre estás conmigo, aunque siento que te he tratado como a un desconocido.
Quiero ser más y tener más, y por eso no te tengo presente en mi vida. El niño que fui un día quiso ser un adolescente que posteriormente quiso ser adulto. El adulto que soy ha cedido en más de una ocasión ante el miedo a la pobreza y la codicia de quienes, aunque tienen muchas riquezas, no desechan el temor a perderlas.
Recuérdame que las personas somos más importantes que los bienes materiales, y que mi vida tiene un propósito.
Recuérdame que al final de mi vida tendrán más valor los momentos compartidos, los abrazos dados y recibidos, y el bien hecho desinteresadamente, que el dinero que perderé, y el poder y el prestigio que, a fin de cuentas, no me servirán para tener un segundo más de vida, cuando Dios me llame a su presencia.
2. Leemos atentamente MT. 3, 13-17, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 3, 13-17.
3-1. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara (MT. 3, 13).
Vivir cumpliendo la voluntad de Dios supone el hecho de pagar un precio. Jesús viajó de Galilea al Jordán para pedirle a Juan que lo bautizara. A nosotros se nos pide que nos formemos a fin de que podamos conocer a Dios, que hagamos el bien para cumplir la voluntad divina, y que oremos para fortalecer nuestra relación con el Dios Uno y Trino.
El cumplimiento de la voluntad divina tiene sentido para nosotros. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, y cumplimos la voluntad de Dios porque es de bien nacidos el ser agradecidos, y porque el bien que les hacemos a otros repercute en nuestra felicidad, partiendo de la satisfacción que nos aporta el hecho de compartir las dádivas que nos han sido concedidas por Dios.
3-2. La humildad de Jesús y San Juan Bautista (MT. 3, 14).
Juan era consciente de que mucha gente reaccionaba positivamente a su mensaje, y de que tenía enemigos. También sabía que el trabajo que hacía no era para sí mismo, sino para prepararle el camino al Mesías (MT. 3, 3). El inicio del Ministerio público de Jesús, puso a prueba la integridad del Bautista, quien se esforzó en hacer que sus seguidores lo dejaran, y siguieran a Aquel cuya venida predicó infatigablemente. Juan se consideraba inferior al Señor al compararse con Jesús, y por consiguiente se consideraba indigno de bautizar al Señor. Por su parte, Jesús, que no quería diferenciarse de sus hermanos de raza, quería recibir el bautismo de penitencia de Juan. He aquí dos concepciones del Mesías diferentes. Por una parte, Juan, que esperaba a un Mesías justiciero y poderoso, a quien se consideraba indigno de servir, no quería bautizar a Jesús, y, el Hijo de Dios y María, quien no quería diferenciarse de sus prójimos los hombres, quería recibir el bautismo del hijo de Zacarías y Elisabeth. Juan no era soberbio, pero su concepción del Mesías ha sido adoptada por líderes religiosos soberbios, que han hecho lo imposible para alcanzar poder, riquezas y prestigio, a lo largo de la Historia. En lo que respecta a nosotros, seamos seguidores de Jesús, e imitemos la conducta de Nuestro Redentor, para quien no existen diferencias sociales.
3-3. Jesús cumplió el designio divino, e inició su Ministerio público al ser bautizado por Juan, y ungido por el Espíritu Santo (MT. 3, 15).
Juan tenía muy claro el hecho de que el Bautismo de Jesús era superior al suyo, por cuanto el rito que él practicaba se efectuaba después de que sus oyentes se arrepintieran de sus pecados y adoptaran el firme propósito de cumplir la voluntad divina, y el Bautismo de Jesús hacía hijos de Dios a quienes lo recibían.
¿Por qué se bautizó Jesús?
1. Jesús es presentado en el Antiguo Testamento como el siervo de Yahveh profetizado en la Profecía de Isaías, el cuál cargó sobre sí los pecados de su pueblo (IS. 53, 5).
2. El Bautismo de Jesús, supuso el inicio del Ministerio público del Mesías.
3. El Señor se identificó con la gente que rechazaba la hélite religiosa de Israel, asemejándose a los Profetas del Antiguo Testamento que fueron ejecutados por predicar la justicia divina, consistente en la extinción de las diferencias sociales.
4. Al iniciar su Ministerio público, Jesús comenzó a prepararse para su Pasión, su muerte, su Resurrección y su Glorificación.
Jesús no tenía por qué bautizarse dado que jamás pecó, pero fue así como le manifestó su obediencia a Yahveh, quien le manifestó su aprobación.
Jesús le dijo a Juan que era conveniente que cumplieran toda justicia, y por eso el predicador del Jordán no opuso más resistencia a bautizarlo. Tal cumplimiento de toda justicia significa que Jesús vino al mundo para cumplir el designio divino de redimir a sus creyentes.
3-4. El Espíritu Santo ungió a Jesús (MT. 3, 16).
Jesús salió del agua cuando fue bautizado. La inmersión en agua respecto del bautismo de Juan significa la aceptación del cumplimiento de la voluntad divina. Aunque Jesús jamás cometió pecado alguno, no quiso diferenciarse de los transgresores de la Ley divina, y por ello no fue ungido por el Espíritu Santo, antes de recibir el bautismo penitencial de Juan.
Cuando Jesús salió del agua, se abrió el cielo. Esto significa que terminaron los cuatro siglos durante los que no apareció en Israel ningún profeta. Jesús fue el Enviado de Dios que estableció un pacto definitivo entre Dios y los hombres.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma corporal de paloma. En el Antiguo Testamento, la paloma es la imagen del amor íntimo. En GN. 1, 2, se afirma que el Espíritu Santo se cernía sobre las aguas, y se le concibe como paloma que volaba sobre su nido. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, indicando que el Mesías es la plenitud a la que algún día llegará la humanidad redimida. Para los rabinos, la paloma era signo de amor puro e inocencia. El hecho de que el Espíritu Santo se posara sobre Jesús, indica que dio testimonio del Hijo de Dios y María, y no de Juan.
3-5. La voz del Padre (MT. 3, 17).
Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús, la voz del Padre afirmó que el Mesías es su Hijo, en quien se complace. Oremos para que la voz de Dios, que percibimos por medio de la Biblia, la predicación de la Iglesia y la oración sincera, jamás deje de guiar nuestras vidas.
Dado que Jesús jamás cometió pecado alguno, entre los primeros cristianos no se comprendía bien por qué el Señor se dejó bautizar por Juan Bautista. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María? Era difícil -y aún lo sigue siendo- aceptar como creíble un ejemplo de humildad tan extraordinario como lo fue Jesús, tanto para los primeros cristianos, como para sus creyentes de siglos posteriores, y nosotros.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 3, 13-17 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué supone pagar un precio el hecho de vivir cumpliendo la voluntad de Dios?
2. ¿Para qué viajó Jesús desde Galilea al Jordán?
3. ¿Qué tres cosas hemos de hacer para llegar a ser los cristianos que Dios desea?
4. ¿Qué nos sucederá si nos formamos adecuadamente?
5. ¿Qué nos sucederá si hacemos el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si nos habituamos a orar?
7. ¿Por qué tiene sentido para nosotros el cumplimiento de la voluntad divina?
8. ¿Por qué cumplimos la voluntad de Dios?
3-2.
9. ¿Por qué no se aprovechó San Juan Bautista de sus oyentes para ganar dinero?
10. ¿Para qué predicaba San Juan Bautista?
11. ¿En qué sentido fue probada la integridad de San Juan Bautista cuando Jesús inició su Ministerio público?
12. ¿Por qué quiso Juan que sus seguidores lo dejaran y se fueran detrás de Jesús?
13. ¿Por qué se consideraba Juan inferior a Jesús?
14. ¿Por qué quiso Jesús recibir el bautismo de penitencia de Juan, si no era pecador?
15. ¿En qué se diferencia el mesías esperado por Juan de Jesús?
3-3.
16. ¿Por qué era el bautismo de Juan inferior al Bautismo de Jesús?
17. ¿Por qué se bautizó Jesús?
18. ¿Qué significa el hecho de que Jesús cargó sobre Sí los pecados de su pueblo?
19. ¿Por qué se identificó Jesús con la actitud de muchos Profetas del pasado, y no se equiparó a quienes hubieran podido correr con los gastos ocasionados por su Ministerio público?
20. ¿Por qué bautizó Juan a Jesús?
21. ¿Qué significa el cumplimiento de toda justicia del que Jesús le habló a Juan?
3-4.
22. ¿Qué significaba el agua en el bautismo de Juan?
23. ¿Por qué no fue ungido Jesús por el Espíritu Santo antes de ser bautizado por Juan?
24. ¿Qué significó la apertura del cielo cuando Jesús salió del agua?
25. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
26. ¿Por qué es importante subrayar el hecho de que el Espíritu Santo dio testimonio de Jesús y no de Juan cuando descendió sobre el Señor?
3-5.
27. ¿Por qué se complace Nuestro Santo Padre en Jesús?
28. ¿Se complace Nuestro Santo Padre en nosotros? ¿Por qué?
29. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 3, 1-17, para comprender el marco en que Jesús se bautizó, e inició su Ministerio público.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús caminando al encuentro de Juan para ser bautizado, y visualicémonos intentando mejorar en todos los campos en que nos desenvolvemos, e intentando darles sentido a los acontecimientos que vivimos.
Jesús quiso ser bautizado por un hombre polémico para quienes vivían a costa de la miseria y el miedo de la inmensa mayoría de sus hermanos de raza. Siguiendo la predicación del Papa Francisco, se nos insta a no acomodarnos en las iglesias que utilizamos como zonas de confort, pues es necesario que los cristianos prediquemos desde nuestros templos hacia afuera, con nuestras palabras y obras. No ignoremos que el mundo necesita algo más que la pronunciación de bellas palabras para lograr creer en Dios, venciendo la desconfianza que produce en nosotros, el hecho de recordar los pecados que han cometido muchos cristianos, a lo largo de la Historia.
Contemplemos a Jesús y a Juan amándose, admirándose y no aplastándose. Cuando un líder religioso se esfuerza más por tener poder, riquezas y prestigio que por ser un buen seguidor de Jesús, les hace mucho daño a sus seguidores, y hace difícil el hecho de que la gente siga creyendo en Dios. Algo parecido nos pasa a los cristianos laicos, aunque el alcance de nuestros pecados no es tan grande como sucede en el caso de los religiosos, desde el punto de vista de nuestras sociedades.
Jesús convenció a Juan para que lo bautizara, diciéndole que era necesario que se cumpliera todo lo dispuesto por Dios. Oremos y trabajemos para cumplir prescripciones religiosas con sensatez, y no actuando como fanáticos incapaces de pensar.
El Espíritu Santo no descendió sobre Jesús para concederle una vida fácil, sino para ayudarle a sufrir con los marginados del mundo. Dios no nos concede una vida libre de sufrimiento a sus creyentes, pues es necesario que no lo sigamos por interés, y que los no creyentes no nos vean como privilegiados. Aunque nuestras vidas no son diferentes de las vidas de los no creyentes, el sentido que le damos a nuestras vivencias marca la diferencia.
Oremos para que la unción del Espíritu Santo y la voz del Padre nos confirmen en el cumplimiento de la voluntad divina.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Ciclo A.
Jesús empezó a llevar a cabo su misión evangelizadora cuando fue ungido por el Espíritu Santo.
Ejercicio de Lectio Divina de MT. 3, 13-17.
Lectura introductoria: IS. 63, 16.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
El Bautismo de Jesús, es la fiesta con que la Iglesia culmina las celebraciones navideñas, y, al mismo tiempo, también es el Domingo I del Tiempo Ordinario. Para comprender el significado de esta fiesta, no hemos de olvidar que la Navidad fue instituida con la intención de recordarnos el misterio pascual, así pues, el Niño que adoramos la noche de Navidad, es el Redentor de las naciones.
Dado que los temas que pueden ser considerados en esta ocasión son muy amplios, y de los mismos se derivan otros temas, es necesario que los abordemos con profundidad y sencillez, evitando olvidar lo esencial de esta fiesta.
Si vamos a reflexionar sobre nuestro bautismo, cuidémonos de no ignorar el Bautismo epifánico de Jesús, un episodio evangélico en que se nos muestra la Divinidad del Hijo de Dios y María.
Cuidémonos de distinguir el bautismo de conversión -o penitencia- de San Juan Bautista del Bautismo de la Iglesia, el cual es más asimilable a la recepción del Espíritu Santo por parte de los Apóstoles en Pentecostés que a la penitencia.
Para los Evangelistas es más importante el hecho de que Jesús fue ungido por el Espíritu Santo como Profeta, Sacerdote y Rey, que la supuesta purificación del Señor por medio del agua del Jordán, porque Jesús no estuvo relacionado con el pecado (HEB. 4, 15), y los citados Hagiógrafos sagrados estaban interesados en hacer destacar la Divinidad del Mesías.
El Bautismo de Jesús, antes que el ejemplo de perfecta moralidad de quien jamás pecó o una catequesis, es un misterio de salvación. El Hijo de Dios y María no empezó a llevar a cabo su misión antes de ser bautizado.
Jesús no se bautizó porque fue pecador, sino en atención al orden jurídico de su sociedad. Esa fue la razón por la que también fue presentado en el Templo de Jerusalén, como recordamos el uno de enero y el dos de febrero (LC. 2, 21-24).
El Bautismo cristianos se diferencia del Bautismo recibido por Jesús, en el sentido de que, la perfección que esperamos adquirir por medio de nuestro proceso de formación, de práctica de lo que aprendamos y de nuestro tiempo de oración, caracterizaba al Mesías, por ser Hijo natural de Yahveh.
Orar es imitar la humildad de Jesús, quien, en vez de buscar a Dios en las alturas o de iniciar su misión amparándose en las riquezas de quienes podían cubrir los gastos característicos de su Ministerio, se acercó a un personaje molesto para los fariseos y saduceos, cuya predicación avivó la esperanza de un pueblo que sufría porque llevaba cuatro siglos sin que Dios le enviara profetas, y se sabía pecador y despreciado por el Todopoderoso.
Orar no es buscar el crecimiento de la fe exclusivamente en la quietud (no confundamos la quietud con el quietismo, porque la primera nos es necesaria, y el segundo nos hace insensibles al sufrimiento de nuestros prójimos los hombres), en los ratos de meditación y oración inconscientes del sufrimiento del mundo, si no servimos a quienes nos necesitan. Nuestra fe no crece si evitamos meditar y orar, pero tampoco se ejercita si no somos caritativos.
¿Podemos evitar pedirle a Dios que nos dé toda clase de dádivas pensando en que antes sean extinguidas las carencias del mundo? San Juan Bautista, en lugar de ser un predicador deseoso de tener poder, riquezas y prestigio, era consciente de su pequeñez si se comparaba con Jesús, y por eso se consideraba indigno de bautizar al Hijo de Dios y María. A la humildad del Dios hecho Hombre que inició su Ministerio público poniéndose en la cola de los pecadores, le correspondió el desprecio de sí mismo de quien consideraba que no tenía valor ante el Enviado de Dios. Distingamos la humildad cristiana del maltrato con que muchos judíos y cristianos se han despreciado a lo largo de la Historia.
Jesús se dejó bautizar por San Juan Bautista, porque no quería diferenciarse de la multitud. ¿Trabajamos para extinguir la marginación que causa sufrimiento inútil?
Oremos para que el Espíritu Santo habite en nosotros, y dejemos que nuestra voz sea la voz de Dios, y nuestras manos sean las manos de Jesús, para que, nuestras palabras y obras, les enseñen a nuestros prójimos los hombres, que seguir a Jesús no merece la pena, sino la vida.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy te invoco para agradecerte los dones y virtudes que me has concedido, y para pedirte que me ayudes a ser consciente de quién soy, qué soy, quiénes me rodean, y agradecerte el hecho de que siempre estás conmigo, aunque siento que te he tratado como a un desconocido.
Quiero ser más y tener más, y por eso no te tengo presente en mi vida. El niño que fui un día quiso ser un adolescente que posteriormente quiso ser adulto. El adulto que soy ha cedido en más de una ocasión ante el miedo a la pobreza y la codicia de quienes, aunque tienen muchas riquezas, no desechan el temor a perderlas.
Recuérdame que las personas somos más importantes que los bienes materiales, y que mi vida tiene un propósito.
Recuérdame que al final de mi vida tendrán más valor los momentos compartidos, los abrazos dados y recibidos, y el bien hecho desinteresadamente, que el dinero que perderé, y el poder y el prestigio que, a fin de cuentas, no me servirán para tener un segundo más de vida, cuando Dios me llame a su presencia.
2. Leemos atentamente MT. 3, 13-17, intentando abarcar el mensaje que San Mateo nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de MT. 3, 13-17.
3-1. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara (MT. 3, 13).
Vivir cumpliendo la voluntad de Dios supone el hecho de pagar un precio. Jesús viajó de Galilea al Jordán para pedirle a Juan que lo bautizara. A nosotros se nos pide que nos formemos a fin de que podamos conocer a Dios, que hagamos el bien para cumplir la voluntad divina, y que oremos para fortalecer nuestra relación con el Dios Uno y Trino.
El cumplimiento de la voluntad divina tiene sentido para nosotros. Jesús buscó a Juan para que lo bautizara, y cumplimos la voluntad de Dios porque es de bien nacidos el ser agradecidos, y porque el bien que les hacemos a otros repercute en nuestra felicidad, partiendo de la satisfacción que nos aporta el hecho de compartir las dádivas que nos han sido concedidas por Dios.
3-2. La humildad de Jesús y San Juan Bautista (MT. 3, 14).
Juan era consciente de que mucha gente reaccionaba positivamente a su mensaje, y de que tenía enemigos. También sabía que el trabajo que hacía no era para sí mismo, sino para prepararle el camino al Mesías (MT. 3, 3). El inicio del Ministerio público de Jesús, puso a prueba la integridad del Bautista, quien se esforzó en hacer que sus seguidores lo dejaran, y siguieran a Aquel cuya venida predicó infatigablemente. Juan se consideraba inferior al Señor al compararse con Jesús, y por consiguiente se consideraba indigno de bautizar al Señor. Por su parte, Jesús, que no quería diferenciarse de sus hermanos de raza, quería recibir el bautismo de penitencia de Juan. He aquí dos concepciones del Mesías diferentes. Por una parte, Juan, que esperaba a un Mesías justiciero y poderoso, a quien se consideraba indigno de servir, no quería bautizar a Jesús, y, el Hijo de Dios y María, quien no quería diferenciarse de sus prójimos los hombres, quería recibir el bautismo del hijo de Zacarías y Elisabeth. Juan no era soberbio, pero su concepción del Mesías ha sido adoptada por líderes religiosos soberbios, que han hecho lo imposible para alcanzar poder, riquezas y prestigio, a lo largo de la Historia. En lo que respecta a nosotros, seamos seguidores de Jesús, e imitemos la conducta de Nuestro Redentor, para quien no existen diferencias sociales.
3-3. Jesús cumplió el designio divino, e inició su Ministerio público al ser bautizado por Juan, y ungido por el Espíritu Santo (MT. 3, 15).
Juan tenía muy claro el hecho de que el Bautismo de Jesús era superior al suyo, por cuanto el rito que él practicaba se efectuaba después de que sus oyentes se arrepintieran de sus pecados y adoptaran el firme propósito de cumplir la voluntad divina, y el Bautismo de Jesús hacía hijos de Dios a quienes lo recibían.
¿Por qué se bautizó Jesús?
1. Jesús es presentado en el Antiguo Testamento como el siervo de Yahveh profetizado en la Profecía de Isaías, el cuál cargó sobre sí los pecados de su pueblo (IS. 53, 5).
2. El Bautismo de Jesús, supuso el inicio del Ministerio público del Mesías.
3. El Señor se identificó con la gente que rechazaba la hélite religiosa de Israel, asemejándose a los Profetas del Antiguo Testamento que fueron ejecutados por predicar la justicia divina, consistente en la extinción de las diferencias sociales.
4. Al iniciar su Ministerio público, Jesús comenzó a prepararse para su Pasión, su muerte, su Resurrección y su Glorificación.
Jesús no tenía por qué bautizarse dado que jamás pecó, pero fue así como le manifestó su obediencia a Yahveh, quien le manifestó su aprobación.
Jesús le dijo a Juan que era conveniente que cumplieran toda justicia, y por eso el predicador del Jordán no opuso más resistencia a bautizarlo. Tal cumplimiento de toda justicia significa que Jesús vino al mundo para cumplir el designio divino de redimir a sus creyentes.
3-4. El Espíritu Santo ungió a Jesús (MT. 3, 16).
Jesús salió del agua cuando fue bautizado. La inmersión en agua respecto del bautismo de Juan significa la aceptación del cumplimiento de la voluntad divina. Aunque Jesús jamás cometió pecado alguno, no quiso diferenciarse de los transgresores de la Ley divina, y por ello no fue ungido por el Espíritu Santo, antes de recibir el bautismo penitencial de Juan.
Cuando Jesús salió del agua, se abrió el cielo. Esto significa que terminaron los cuatro siglos durante los que no apareció en Israel ningún profeta. Jesús fue el Enviado de Dios que estableció un pacto definitivo entre Dios y los hombres.
El Espíritu Santo descendió sobre Jesús en forma corporal de paloma. En el Antiguo Testamento, la paloma es la imagen del amor íntimo. En GN. 1, 2, se afirma que el Espíritu Santo se cernía sobre las aguas, y se le concibe como paloma que volaba sobre su nido. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, indicando que el Mesías es la plenitud a la que algún día llegará la humanidad redimida. Para los rabinos, la paloma era signo de amor puro e inocencia. El hecho de que el Espíritu Santo se posara sobre Jesús, indica que dio testimonio del Hijo de Dios y María, y no de Juan.
3-5. La voz del Padre (MT. 3, 17).
Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Jesús, la voz del Padre afirmó que el Mesías es su Hijo, en quien se complace. Oremos para que la voz de Dios, que percibimos por medio de la Biblia, la predicación de la Iglesia y la oración sincera, jamás deje de guiar nuestras vidas.
Dado que Jesús jamás cometió pecado alguno, entre los primeros cristianos no se comprendía bien por qué el Señor se dejó bautizar por Juan Bautista. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María? Era difícil -y aún lo sigue siendo- aceptar como creíble un ejemplo de humildad tan extraordinario como lo fue Jesús, tanto para los primeros cristianos, como para sus creyentes de siglos posteriores, y nosotros.
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MT. 3, 13-17 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué supone pagar un precio el hecho de vivir cumpliendo la voluntad de Dios?
2. ¿Para qué viajó Jesús desde Galilea al Jordán?
3. ¿Qué tres cosas hemos de hacer para llegar a ser los cristianos que Dios desea?
4. ¿Qué nos sucederá si nos formamos adecuadamente?
5. ¿Qué nos sucederá si hacemos el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si nos habituamos a orar?
7. ¿Por qué tiene sentido para nosotros el cumplimiento de la voluntad divina?
8. ¿Por qué cumplimos la voluntad de Dios?
3-2.
9. ¿Por qué no se aprovechó San Juan Bautista de sus oyentes para ganar dinero?
10. ¿Para qué predicaba San Juan Bautista?
11. ¿En qué sentido fue probada la integridad de San Juan Bautista cuando Jesús inició su Ministerio público?
12. ¿Por qué quiso Juan que sus seguidores lo dejaran y se fueran detrás de Jesús?
13. ¿Por qué se consideraba Juan inferior a Jesús?
14. ¿Por qué quiso Jesús recibir el bautismo de penitencia de Juan, si no era pecador?
15. ¿En qué se diferencia el mesías esperado por Juan de Jesús?
3-3.
16. ¿Por qué era el bautismo de Juan inferior al Bautismo de Jesús?
17. ¿Por qué se bautizó Jesús?
18. ¿Qué significa el hecho de que Jesús cargó sobre Sí los pecados de su pueblo?
19. ¿Por qué se identificó Jesús con la actitud de muchos Profetas del pasado, y no se equiparó a quienes hubieran podido correr con los gastos ocasionados por su Ministerio público?
20. ¿Por qué bautizó Juan a Jesús?
21. ¿Qué significa el cumplimiento de toda justicia del que Jesús le habló a Juan?
3-4.
22. ¿Qué significaba el agua en el bautismo de Juan?
23. ¿Por qué no fue ungido Jesús por el Espíritu Santo antes de ser bautizado por Juan?
24. ¿Qué significó la apertura del cielo cuando Jesús salió del agua?
25. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
26. ¿Por qué es importante subrayar el hecho de que el Espíritu Santo dio testimonio de Jesús y no de Juan cuando descendió sobre el Señor?
3-5.
27. ¿Por qué se complace Nuestro Santo Padre en Jesús?
28. ¿Se complace Nuestro Santo Padre en nosotros? ¿Por qué?
29. ¿Se bautizó Jesús porque era pecador, o porque Juan Bautista era superior al Hijo de María?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 3, 1-17, para comprender el marco en que Jesús se bautizó, e inició su Ministerio público.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús caminando al encuentro de Juan para ser bautizado, y visualicémonos intentando mejorar en todos los campos en que nos desenvolvemos, e intentando darles sentido a los acontecimientos que vivimos.
Jesús quiso ser bautizado por un hombre polémico para quienes vivían a costa de la miseria y el miedo de la inmensa mayoría de sus hermanos de raza. Siguiendo la predicación del Papa Francisco, se nos insta a no acomodarnos en las iglesias que utilizamos como zonas de confort, pues es necesario que los cristianos prediquemos desde nuestros templos hacia afuera, con nuestras palabras y obras. No ignoremos que el mundo necesita algo más que la pronunciación de bellas palabras para lograr creer en Dios, venciendo la desconfianza que produce en nosotros, el hecho de recordar los pecados que han cometido muchos cristianos, a lo largo de la Historia.
Contemplemos a Jesús y a Juan amándose, admirándose y no aplastándose. Cuando un líder religioso se esfuerza más por tener poder, riquezas y prestigio que por ser un buen seguidor de Jesús, les hace mucho daño a sus seguidores, y hace difícil el hecho de que la gente siga creyendo en Dios. Algo parecido nos pasa a los cristianos laicos, aunque el alcance de nuestros pecados no es tan grande como sucede en el caso de los religiosos, desde el punto de vista de nuestras sociedades.
Jesús convenció a Juan para que lo bautizara, diciéndole que era necesario que se cumpliera todo lo dispuesto por Dios. Oremos y trabajemos para cumplir prescripciones religiosas con sensatez, y no actuando como fanáticos incapaces de pensar.
El Espíritu Santo no descendió sobre Jesús para concederle una vida fácil, sino para ayudarle a sufrir con los marginados del mundo. Dios no nos concede una vida libre de sufrimiento a sus creyentes, pues es necesario que no lo sigamos por interés, y que los no creyentes no nos vean como privilegiados. Aunque nuestras vidas no son diferentes de las vidas de los no creyentes, el sentido que le damos a nuestras vivencias marca la diferencia.
Oremos para que la unción del Espíritu Santo y la voz del Padre nos confirmen en el cumplimiento de la voluntad divina.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
La sabiduría. (Meditación de la primera lectura del Domingo II después de Navidad).
Meditación.
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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