Meditación.
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. (15 de agosto).
Meditación.
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la Misa vespertina de la Solemnidad de la Asunción de María. 15 de agosto).
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María de los Ciclos A, B y C (15 de agosto).
Misa vespertina.
Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia.
Ejercicio de lectio divina de LC. 11, 27-28.
Lectura introductoria: CT. 2, 10-14.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, si bien no se describe en la Biblia, es aceptada por ortodoxos y católicos, quienes, al creer que María es la "llena de gracia" (LC. 1, 28), -y por ello "bendita entre las mujeres" (LC. 1, 42), por haber tenido el privilegio de haber nacido exenta de sobrevivir a las consecuencias de la mácula característica del pecado original cometido por nuestros ancestros Adán y Eva, y por haber llegado a ser Madre de Dios, no la adoran como afirman muchos opositores a esta creencia, pues la veneran. En virtud de su maternidad divina, y de la pureza y santidad con que Dios la creó, María Santísima, "La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo" (Con. Vat. II, "LG. n. 59).
Aunque no podemos comprobar empíricamente el hecho de que María Santísima ha sido la primera creyente en Jesús resucitada y glorificada, la solemnidad que estamos celebrando, nos recuerda que "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron" (1 COR. 15, 20). Si Jesús venció la muerte, es de esperar que sus seguidores hagan lo propio, al final de los tiempos, cuando nuestra tierra sea plenamente transformada, en el Reino de Dios.
Aunque "el salario del pecado es la muerte" (ROM. 6, 23a), al creer que María fue exenta de sobrevivir a la mácula consecuente del pecado original, no la consideramos merecedora de que su cuerpo se corrompiera en el sepulcro, dado que, "el don gratuito de Dios, (es) la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (ROM. 6, 23b).
Si la Resurrección de Jesús nos estimula a esperar la glorificación con que Dios premiará el amor y la fidelidad de sus hijos, el hecho de saber que María está en la presencia de Nuestro Santo Padre resucitada, nos hace tener más esperanza en el hecho de que seremos purificados y santificados, así pues, "si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 TES. 4, 14).
Aunque tradicionalmente hemos relacionado el sufrimiento con el pecado, no pensemos que María, por haber sido concebida sin estar marcada por la mácula original, vivió sin conocer el dolor, así pues, de la misma manera que, "llegado a la perfección, (Cristo) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (HB. 5, 9), Nuestra Santa Madre, perfeccionó su fe, su paciencia y su obediencia, en la escuela del padecimiento. El dolor es una fuente purificadora de defectos, fortalecedora de virtudes, y santificadora de almas.
El texto lucano que consideraremos en el presente trabajo, nos hace pensar tanto en el lugar que le concedemos a María en la Iglesia, que, al mismo tiempo que es el Reino de Dios, está constituida por peregrinos que caminan hacia una tierra que "mana leche y miel" (ÉX. 3, 17), como en los valores que deseamos que primen en nuestra vida, si deseamos ser integrantes, del Reinado de Nuestro Padre celestial.
Orar es saber que no somos bienaventurados -o felices- porque tenemos poder, riquezas y prestigio, sino porque oímos la Palabra de Dios y la aplicamos a nuestra vida. El poder, las riquezas y el prestigio, si se utilizan para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, no han de ser despreciados, pero, para Dios, no somos importantes por el dinero, los bienes y la posición que nos caracterizan, sino porque somos sus hijos, y nos ama. No utilicemos el Evangelio que vamos a considerar para promover la lucha de clases, porque ello no extinguirá la pobreza del mundo, y hará más lamentable la situación, de quienes tienen más carencias.
Oremos:
ORACIÓN PARA PEDIR LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
¡Oh Espíritu Santo!, humildemente te suplico que enriquezcas mi alma con la abundancia de tus dones.
Haz que yo sepa, con el Don de la Sabiduría, apreciar en tal grado las cosas divinas, que con gozo y facilidad sepa frecuentemente prescindir de las terrenas.
Que acierte con el Don de Entendimiento, a ver con fe viva la trascendencia y belleza de la verdad cristiana.
Que, con el Don de Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el Don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de salvación.
Que sepa con el Don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo
y del pecado.
Que, con el Don de Piedad, os ame como a Padre, os sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que con el Don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración a los mandamientos divinos, cuidando con creciente delicadez de no quebrantarlos
lo más mínimo.
Llenadme sobre todo, de vuestro santo amor. Que ese amor sea el móvil de toda mi vida espiritual. Que lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al
menos con mi ejemplo, la sublimidad de vuestra doctrina, la bondad de vuestros preceptos, la dulzura de vuestra caridad. Amén.
(Desconozco el autor).
2. Leemos atentamente LC. 11, 27-28, intentando captar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 11, 27-28.
3-1. ¿Necesitamos "ser algo", o "ser alguien"? (LC. 11, 27).
Jesús predicó el Evangelio en un país en que la gente valoraba grandemente las relaciones familiares, pues, el hecho de ser descendiente de Abraham, era indicativo, de que pertenecía al pueblo de Dios. El valor de los hombres estaba determinado por la posición social que ocuparon sus antepasados, y, el de las mujeres, por la posición que caracterizaba a sus cónyuges e hijos.
En la actualidad, dependiendo del campo en que nos movemos, ciframos nuestro valor, en función de la posición que ocupamos, y de los logros que alcanzamos. El poder no solo les es necesario a quienes ansían destacar en el mundo independientemente de que se consideren religiosos, pues también les es necesario a quienes se consagran a trabajar en la viña del Señor, para poder conservar su posición, y poder realizar su trabajo. En este campo, también se hacen necesarias las riquezas para poder llevar a cabo la obra de Dios, y el prestigio, pues, quienes son desconocidos, difícilmente podrán hacer un trabajo que pueda ser reconocido, en la viña del Señor.
A menos que nos ocultemos del mundo, y nos conformemos viviendo humildemente, nos es imposible vivir, sin pretender obtener poder, riquezas y prestigio. Ello no se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios, a no ser que se dé el caso de que utilicemos el poder para humillar a quienes ocupan una posición inferior a la nuestra, no distribuyamos las riquezas equitativamente, y utilicemos el prestigio, para imposibilitar el crecimiento de los demás.
3-2. ¿Quiénes son dichosos para Dios? (LC. 11, 28).
Es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando. No caigamos en la trampa de pensar que quienes desean alcanzar poder, riquezas y prestigio, carecen de valor a los ojos de Dios, ni situemos la contemplación sobre la acción, porque, para cumplir la voluntad de Dios, además de meditar su Palabra y de orar, necesitamos poner en práctica sus enseñanzas, haciendo el bien. La consecución de una buena posición social no tiene por qué estar relacionada con el pecado, y ofrece oportunidades de hacer el bien, que no caracterizan, a los carentes de dones materiales.
Frente a la creencia que mantenían los judíos de que el valor de los hombres dependía de la posición social que habían tenido sus antepasados, Jesús afirmó que la importancia de los mismos no dependía en absoluto del lugar que ocupaban en sus árboles genealógicos, sino de su manera de acoger la Palabra de Dios, y de la forma que aplicaban la misma a sus vidas.
Dado que el valor de las mujeres dependía de la posición que ocupaban sus maridos e hijos, Jesús afirmó que ello dependía de la manera en que servían a Dios, con tal de liberarlas del oprobio con que se las podía tachar socialmente, si sus descendientes eran considerados pecadores.
Valoremos a María, porque es Madre de Dios y nuestra, y porque acogió la Palabra de Dios, y la aplicó a su vida.
Valoremos a María, porque actuó como se esperaba que lo hiciera una buena hija, madre y esposa israelita, y se amoldó al cumplimiento de la voluntad divina.
María fue modelo de oración y de acción para nosotros. En la Biblia la encontramos meditando los hechos relacionados con la Natividad y la infancia de Jesús (LC. 2, 19 y 51), e inmersa en la acción, cumpliendo sus deberes de esposa y madre israelita.
Quizás queremos alcanzar la posición que María tiene en el cielo. Si ello es cierto, aprendamos a orar, y a hacer el bien. Aprendamos a predicar la Palabra de Dios, pronunciando bellos discursos, y con el buen ejemplo de la aplicación de la misma a nuestra vida.
3-3. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-4. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 11, 27-28 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué valoraban grandemente los israelitas las relaciones familiares?
2. ¿Qué indicaba para los hermanos de raza de Jesús el hecho de ser descendientes de Abraham?
3. ¿Por qué estaba determinado el valor de los hombres?
4. ¿Qué determinaba el valor de las mujeres?
5. ¿En función de qué hechos ciframos nuestro valor teniendo en cuenta la posición que ocupamos, y los logros que alcanzamos?
6. ¿Por qué nos es necesario el poder independientemente de que seamos religiosos, y de que trabajemos en la viña del Señor?
7. ¿En qué sentido son necesarias las riquezas para realizar la obra de Dios?
8. ¿Podemos ser buenos evangelizadores sin que nadie nos conozca?
9. ¿Qué tenemos que hacer para vivir sin que nos incumban la consecución de poder, riquezas y prestigio?
10. ¿En qué sentido son útiles el poder, las riquezas y el prestigio, para llevar a cabo la obra de Dios?
11. ¿En qué caso nos separan el poder, las riquezas y el prestigio, de Nuestro Padre común, y de sus hijos los hombres?
3-2.
12. ¿Por qué es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando?
13. ¿Por qué no debemos pensar que quienes desean conseguir poder, riquezas y prestigio, carecen de valor ante Dios?
14. ¿Por qué nos conviene situar al mismo nivel la acción y la contemplación?
15. ¿De qué manera contrarrestó Jesús las creencias de sus hermanos de raza referentes a que el valor de los hombres dependía de la posición social de sus ancestros, y de que el valor de las mujeres dependía de la posición social que ocupaban sus maridos e hijos?
16. ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
17. ¿Por qué cifró Jesús el valor de las mujeres en la manera en que servían a Dios?
18. ¿Por qué valoramos a María?
19. ¿Por qué sabemos que María se caracterizó por su manera de orar y aplicar la Palabra de Dios a su vida?
20. ¿En qué sentido cumplió María su misión de hija, esposa y madre israelita, y cumplió la voluntad divina?
21. ¿Recuerdas algún texto bíblico del que se deduce que María aparece orando?
22. ¿Cómo podemos alcanzar la glorificación junto a Nuestra Santa Madre en el cielo?
23. ¿De qué maneras podemos predicar la Palabra de Dios?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 25, 31-46, y pensemos en lo que se nos dice que hagamos en el citado pasaje evangélico, para que podamos ser glorificados.
6. Contemplación.
Independientemente de que seamos religiosos, a no ser que se dé el caso de que nos resignemos a vivir humildemente, necesitamos poder, riquezas y prestigio. El poder cristiano no debe basarse en la manipulación de los subordinados ni en la acumulación de riquezas, sino en la capacidad de servir.
Aunque el dinero es imprescindible para que podamos cubrir nuestras necesidades básicas, el Señor nos anima a que cultivemos las riquezas espirituales, mediante las cuales aprendemos a relacionarnos, tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres.
Escuchemos la Palabra de Dios. Adoptemos la costumbre de leer la Biblia, y meditarla pausadamente.
Apliquemos la Palabra de Dios a nuestra vida, tal como lo haría Jesús, si viviera nuestras circunstancias.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 11, 27-28.
Comprometámonos a ser grandes en este mundo, sin dejar de ser grandes, ante Nuestro Padre celestial. Los cristianos necesitamos crecer a todos los niveles posibles.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a ser grande ante Dios y los hombres al mismo tiempo, a fin de que pueda servirte en mis prójimos los hombres, tal como actuarías tú, si vivieras las circunstancias que caracterizan mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos 1 SAM. 2, 1-10, pues, el citado texto, nos servirá como preparación, para meditar el Evangelio, de la Misa del día, de la solemnidad de la Asunción, de Nuestra Señora.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Misa vespertina.
Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia.
Ejercicio de lectio divina de LC. 11, 27-28.
Lectura introductoria: CT. 2, 10-14.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, si bien no se describe en la Biblia, es aceptada por ortodoxos y católicos, quienes, al creer que María es la "llena de gracia" (LC. 1, 28), -y por ello "bendita entre las mujeres" (LC. 1, 42), por haber tenido el privilegio de haber nacido exenta de sobrevivir a las consecuencias de la mácula característica del pecado original cometido por nuestros ancestros Adán y Eva, y por haber llegado a ser Madre de Dios, no la adoran como afirman muchos opositores a esta creencia, pues la veneran. En virtud de su maternidad divina, y de la pureza y santidad con que Dios la creó, María Santísima, "La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo" (Con. Vat. II, "LG. n. 59).
Aunque no podemos comprobar empíricamente el hecho de que María Santísima ha sido la primera creyente en Jesús resucitada y glorificada, la solemnidad que estamos celebrando, nos recuerda que "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron" (1 COR. 15, 20). Si Jesús venció la muerte, es de esperar que sus seguidores hagan lo propio, al final de los tiempos, cuando nuestra tierra sea plenamente transformada, en el Reino de Dios.
Aunque "el salario del pecado es la muerte" (ROM. 6, 23a), al creer que María fue exenta de sobrevivir a la mácula consecuente del pecado original, no la consideramos merecedora de que su cuerpo se corrompiera en el sepulcro, dado que, "el don gratuito de Dios, (es) la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (ROM. 6, 23b).
Si la Resurrección de Jesús nos estimula a esperar la glorificación con que Dios premiará el amor y la fidelidad de sus hijos, el hecho de saber que María está en la presencia de Nuestro Santo Padre resucitada, nos hace tener más esperanza en el hecho de que seremos purificados y santificados, así pues, "si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 TES. 4, 14).
Aunque tradicionalmente hemos relacionado el sufrimiento con el pecado, no pensemos que María, por haber sido concebida sin estar marcada por la mácula original, vivió sin conocer el dolor, así pues, de la misma manera que, "llegado a la perfección, (Cristo) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (HB. 5, 9), Nuestra Santa Madre, perfeccionó su fe, su paciencia y su obediencia, en la escuela del padecimiento. El dolor es una fuente purificadora de defectos, fortalecedora de virtudes, y santificadora de almas.
El texto lucano que consideraremos en el presente trabajo, nos hace pensar tanto en el lugar que le concedemos a María en la Iglesia, que, al mismo tiempo que es el Reino de Dios, está constituida por peregrinos que caminan hacia una tierra que "mana leche y miel" (ÉX. 3, 17), como en los valores que deseamos que primen en nuestra vida, si deseamos ser integrantes, del Reinado de Nuestro Padre celestial.
Orar es saber que no somos bienaventurados -o felices- porque tenemos poder, riquezas y prestigio, sino porque oímos la Palabra de Dios y la aplicamos a nuestra vida. El poder, las riquezas y el prestigio, si se utilizan para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, no han de ser despreciados, pero, para Dios, no somos importantes por el dinero, los bienes y la posición que nos caracterizan, sino porque somos sus hijos, y nos ama. No utilicemos el Evangelio que vamos a considerar para promover la lucha de clases, porque ello no extinguirá la pobreza del mundo, y hará más lamentable la situación, de quienes tienen más carencias.
Oremos:
ORACIÓN PARA PEDIR LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
¡Oh Espíritu Santo!, humildemente te suplico que enriquezcas mi alma con la abundancia de tus dones.
Haz que yo sepa, con el Don de la Sabiduría, apreciar en tal grado las cosas divinas, que con gozo y facilidad sepa frecuentemente prescindir de las terrenas.
Que acierte con el Don de Entendimiento, a ver con fe viva la trascendencia y belleza de la verdad cristiana.
Que, con el Don de Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el Don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de salvación.
Que sepa con el Don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo
y del pecado.
Que, con el Don de Piedad, os ame como a Padre, os sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que con el Don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración a los mandamientos divinos, cuidando con creciente delicadez de no quebrantarlos
lo más mínimo.
Llenadme sobre todo, de vuestro santo amor. Que ese amor sea el móvil de toda mi vida espiritual. Que lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al
menos con mi ejemplo, la sublimidad de vuestra doctrina, la bondad de vuestros preceptos, la dulzura de vuestra caridad. Amén.
(Desconozco el autor).
2. Leemos atentamente LC. 11, 27-28, intentando captar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 11, 27-28.
3-1. ¿Necesitamos "ser algo", o "ser alguien"? (LC. 11, 27).
Jesús predicó el Evangelio en un país en que la gente valoraba grandemente las relaciones familiares, pues, el hecho de ser descendiente de Abraham, era indicativo, de que pertenecía al pueblo de Dios. El valor de los hombres estaba determinado por la posición social que ocuparon sus antepasados, y, el de las mujeres, por la posición que caracterizaba a sus cónyuges e hijos.
En la actualidad, dependiendo del campo en que nos movemos, ciframos nuestro valor, en función de la posición que ocupamos, y de los logros que alcanzamos. El poder no solo les es necesario a quienes ansían destacar en el mundo independientemente de que se consideren religiosos, pues también les es necesario a quienes se consagran a trabajar en la viña del Señor, para poder conservar su posición, y poder realizar su trabajo. En este campo, también se hacen necesarias las riquezas para poder llevar a cabo la obra de Dios, y el prestigio, pues, quienes son desconocidos, difícilmente podrán hacer un trabajo que pueda ser reconocido, en la viña del Señor.
A menos que nos ocultemos del mundo, y nos conformemos viviendo humildemente, nos es imposible vivir, sin pretender obtener poder, riquezas y prestigio. Ello no se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios, a no ser que se dé el caso de que utilicemos el poder para humillar a quienes ocupan una posición inferior a la nuestra, no distribuyamos las riquezas equitativamente, y utilicemos el prestigio, para imposibilitar el crecimiento de los demás.
3-2. ¿Quiénes son dichosos para Dios? (LC. 11, 28).
Es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando. No caigamos en la trampa de pensar que quienes desean alcanzar poder, riquezas y prestigio, carecen de valor a los ojos de Dios, ni situemos la contemplación sobre la acción, porque, para cumplir la voluntad de Dios, además de meditar su Palabra y de orar, necesitamos poner en práctica sus enseñanzas, haciendo el bien. La consecución de una buena posición social no tiene por qué estar relacionada con el pecado, y ofrece oportunidades de hacer el bien, que no caracterizan, a los carentes de dones materiales.
Frente a la creencia que mantenían los judíos de que el valor de los hombres dependía de la posición social que habían tenido sus antepasados, Jesús afirmó que la importancia de los mismos no dependía en absoluto del lugar que ocupaban en sus árboles genealógicos, sino de su manera de acoger la Palabra de Dios, y de la forma que aplicaban la misma a sus vidas.
Dado que el valor de las mujeres dependía de la posición que ocupaban sus maridos e hijos, Jesús afirmó que ello dependía de la manera en que servían a Dios, con tal de liberarlas del oprobio con que se las podía tachar socialmente, si sus descendientes eran considerados pecadores.
Valoremos a María, porque es Madre de Dios y nuestra, y porque acogió la Palabra de Dios, y la aplicó a su vida.
Valoremos a María, porque actuó como se esperaba que lo hiciera una buena hija, madre y esposa israelita, y se amoldó al cumplimiento de la voluntad divina.
María fue modelo de oración y de acción para nosotros. En la Biblia la encontramos meditando los hechos relacionados con la Natividad y la infancia de Jesús (LC. 2, 19 y 51), e inmersa en la acción, cumpliendo sus deberes de esposa y madre israelita.
Quizás queremos alcanzar la posición que María tiene en el cielo. Si ello es cierto, aprendamos a orar, y a hacer el bien. Aprendamos a predicar la Palabra de Dios, pronunciando bellos discursos, y con el buen ejemplo de la aplicación de la misma a nuestra vida.
3-3. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-4. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 11, 27-28 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué valoraban grandemente los israelitas las relaciones familiares?
2. ¿Qué indicaba para los hermanos de raza de Jesús el hecho de ser descendientes de Abraham?
3. ¿Por qué estaba determinado el valor de los hombres?
4. ¿Qué determinaba el valor de las mujeres?
5. ¿En función de qué hechos ciframos nuestro valor teniendo en cuenta la posición que ocupamos, y los logros que alcanzamos?
6. ¿Por qué nos es necesario el poder independientemente de que seamos religiosos, y de que trabajemos en la viña del Señor?
7. ¿En qué sentido son necesarias las riquezas para realizar la obra de Dios?
8. ¿Podemos ser buenos evangelizadores sin que nadie nos conozca?
9. ¿Qué tenemos que hacer para vivir sin que nos incumban la consecución de poder, riquezas y prestigio?
10. ¿En qué sentido son útiles el poder, las riquezas y el prestigio, para llevar a cabo la obra de Dios?
11. ¿En qué caso nos separan el poder, las riquezas y el prestigio, de Nuestro Padre común, y de sus hijos los hombres?
3-2.
12. ¿Por qué es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando?
13. ¿Por qué no debemos pensar que quienes desean conseguir poder, riquezas y prestigio, carecen de valor ante Dios?
14. ¿Por qué nos conviene situar al mismo nivel la acción y la contemplación?
15. ¿De qué manera contrarrestó Jesús las creencias de sus hermanos de raza referentes a que el valor de los hombres dependía de la posición social de sus ancestros, y de que el valor de las mujeres dependía de la posición social que ocupaban sus maridos e hijos?
16. ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
17. ¿Por qué cifró Jesús el valor de las mujeres en la manera en que servían a Dios?
18. ¿Por qué valoramos a María?
19. ¿Por qué sabemos que María se caracterizó por su manera de orar y aplicar la Palabra de Dios a su vida?
20. ¿En qué sentido cumplió María su misión de hija, esposa y madre israelita, y cumplió la voluntad divina?
21. ¿Recuerdas algún texto bíblico del que se deduce que María aparece orando?
22. ¿Cómo podemos alcanzar la glorificación junto a Nuestra Santa Madre en el cielo?
23. ¿De qué maneras podemos predicar la Palabra de Dios?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 25, 31-46, y pensemos en lo que se nos dice que hagamos en el citado pasaje evangélico, para que podamos ser glorificados.
6. Contemplación.
Independientemente de que seamos religiosos, a no ser que se dé el caso de que nos resignemos a vivir humildemente, necesitamos poder, riquezas y prestigio. El poder cristiano no debe basarse en la manipulación de los subordinados ni en la acumulación de riquezas, sino en la capacidad de servir.
Aunque el dinero es imprescindible para que podamos cubrir nuestras necesidades básicas, el Señor nos anima a que cultivemos las riquezas espirituales, mediante las cuales aprendemos a relacionarnos, tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres.
Escuchemos la Palabra de Dios. Adoptemos la costumbre de leer la Biblia, y meditarla pausadamente.
Apliquemos la Palabra de Dios a nuestra vida, tal como lo haría Jesús, si viviera nuestras circunstancias.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 11, 27-28.
Comprometámonos a ser grandes en este mundo, sin dejar de ser grandes, ante Nuestro Padre celestial. Los cristianos necesitamos crecer a todos los niveles posibles.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a ser grande ante Dios y los hombres al mismo tiempo, a fin de que pueda servirte en mis prójimos los hombres, tal como actuarías tú, si vivieras las circunstancias que caracterizan mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos 1 SAM. 2, 1-10, pues, el citado texto, nos servirá como preparación, para meditar el Evangelio, de la Misa del día, de la solemnidad de la Asunción, de Nuestra Señora.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original). (Fiesta de la Virgen de Guadalupe. 12 de diciembre).
Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (12 de diciembre).
Nota: Para obtener más información respecto del Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, consultad el ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo C.
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original?
1. Explicación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.
Estimados hermanos y amigos:
A quienes temen que el culto mariano se superponga a la Liturgia correspondiente al Domingo III de Adviento, les digo que también voy a publicar una meditación para tal ocasión, para que mis lectores tengan ocasión de leer las dos meditaciones, pues, si la Liturgia de este Domingo debe ser celebrada, no es conveniente que dejemos pasar la ocasión de recordar a María Santísima, en su advocación de Guadalupe. Esta es la primera vez que voy a escribir una meditación para la fiesta que estamos celebrando, y lo hago con mucho gusto, por el amor que siento por la Madre de Dios, y para darles gracias a la inmensa mayoría de mis lectores, que son latinoamericanos, por leer mis meditaciones semanales, y por haberme manifestado su apoyo emocional cuando lo que erróneamente llamamos adversidad me ha afectado.
El pasado día ocho del presente mes, con ocasión de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, escribí una meditación en la que expliqué brevemente el dogma de fe que estamos considerando. Mis lectores católicos aceptaron el contenido de dicha meditación sin problemas, e incluso muchos de ellos me felicitaron por la claridad del texto, pero otros tantos lectores, que no son católicos, me han manifestado las razones por las que rechazan este dogma mariano, lo cuál ha tenido la consecuencia de que escriba la presente meditación, con tal de demostrar que María no fue afectada por la mácula del pecado original, con la Biblia en la mano.
La Iglesia Católica, siguiendo la doctrina de San Pablo (ROM. 5, 12), nos enseña que, al haber pecado nuestros primeros padres, nosotros nacemos afectados, tanto por la mancha vergonzante del pecado, como por las consecuencias de dicha desobediencia a Dios por parte de nuestros antepasados comunes.
Apenas Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Padre dispuso que su Unigénito redimiera a la humanidad mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección. Si Adán, que era un hombre semiperfecto, desobedeció a Dios, sólo Jesucristo, el Hombre perfecto, podía pagar con su vida el precio de dicha desobediencia, dado que no era posible que Dios purificara a la humanidad caída por medio de una víctima sacrificial marcada por la mancha del pecado.
Si María Santísima no hubiera nacido sin pecado original, la humanidad del Mesías hubiera estado afectada por la mancha del pecado de origen, por lo que, en consecuencia, Nuestro Señor no hubiera podido vivir como un Hombre perfecto.
Excepcionalmente, el Espíritu Santo impidió que la mancha del pecado original contaminara el alma de María, para que Nuestra Santa Madre, de la que el Arca de la Alianza, el Templo de Jerusalén, la Iglesia terrena y el Templo celestial apocalíptico son imágenes, pudiera ser el Templo divino capaz de contener a su Creador. El gran prodigio de la Inmaculada Concepción de María se llevó a cabo gracias a los méritos que posteriormente al tiempo en que dicho milagro se llevó a cabo, obtuvo Nuestro Señor por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección.
¿Por qué quiso Dios que su Santa Madre fuese Inmaculada? Todos nacemos para desempeñar la misión que Dios nos encomienda. La mayoría de cristianos vivimos como seglares mientras que algunos de entre los nuestros deciden consagrarle su vida a Dios, porque, por causas que desconocemos, el Espíritu Santo los colma de dones y virtudes, que Dios les concede, para que los ejerciten en su presencia. María de Nazaret nació sin ser afectada por el pecado original, porque Dios quiso escoger a una mujer, y hacer de ella el prototipo de lo que llegaremos a ser, cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, -es decir, una imagen inspirada en la esencia de Nuestro Señor Resucitado de entre los muertos-.
Existen tres argumentos bíblicos que demuestran la veracidad del dogma sobre el que estamos reflexionando, los cuales son:
1-1. La santidad absoluta de Dios,
1-2. las figuras del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia) referidas a la Madre de Jesús, y
1-3. las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora, el día en que aconteció la Anunciación del Nacimiento de Nuestro Salvador (LC. 1, 28).
Desarrollemos dichos argumentos con la Biblia en la mano.
1-1. La santidad absoluta de Dios.
Aunque mientras se prolongan nuestras vidas tenemos la oportunidad de superar los errores que nos caracterizan, Dios, por su santidad absoluta, no está relacionado con el pecado. Recordemos que, después de que nuestros primeros padres le desobedecieran, aconteció el siguiente hecho: (GN. 3, 22-24).
Mientras nos purificamos y nos santificamos para vivir en la presencia de Dios, no podemos vivir en el Edén comunicándonos con Nuestro Creador, no sólo espiritualmente, sino también escuchando su voz, porque Dios no está relacionado con el pecado. La razón que nos insta a desear alcanzar la plenitud de la pureza, es el deseo que tenemos de vivir en presencia de Nuestro Padre común.
En el pasaje bíblico de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, leemos las siguientes palabras de Yahveh: (ÉX. 3, 5). Moisés debía abstenerse de mezclar el polvo de la tierra profana que estaba pegado a sus sandalias con el polvo del terreno que fue santificado por la presencia de Elohim, el Dios Todopoderoso. Las realidades del mundo deben ser santificadas antes de serles presentadas a Dios. Dado que el mundo se opone a Dios, y Nuestro Creador es celoso de todo lo que toca, no es posible que su Hijo naciera de una mujer marcada por la desobediencia a YHWH.
Si la presencia del Dios Uno y Trino santifica, ¿cómo hubiera podido Jesús nacer de una mujer marcada por el pecado, sin haberla santificado previamente a su concepción? Esta es la razón por la que los cristianos católicos creemos que la Madre de Dios fue santificada desde el momento en que Dios creó su alma y fue concebida.
(NÚM. 4, 15). Los hebreos no consagrados a Dios tenían prohibido el hecho de tocar los objetos consagrados al culto divino. ¿Cómo Jesucristo, siendo el Gran Sumo Sacerdote de la humanidad, podría haber nacido de una mujer contagiada por la mancha del pecado original?
Veamos un ejemplo de cómo la justicia de Dios actúa contra quienes están en su presencia y se niegan a ser santificados (1 SAM. 5, 1-12).
Dado que el Antiguo Testamento contiene el anuncio de nuestra Redención que ha acontecido en tiempos del Nuevo Testamento, y contiene el anuncio de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros que aún esperamos, podemos decir, con toda justicia, que la santidad de Dios se nos revela más plenamente en la segunda parte de la Biblia, que en el Antiguo Pacto.
(LC. 19, 45-48). Si el Templo de Jerusalén, que sólo era una figura de la morada de Dios, -la cuál es el corazón de los hombres-, no debía utilizarse para llevar a cabo prácticas relacionadas con el pecado, ¿cómo podría haber nacido Jesús de una mujer necesitada de la purificación de su alma?
No sólo el Alma y el Cuerpo de Nuestro Señor, sino hasta los vestidos de Jesús eran santos. (MT. 9, 20-22. 14, 36).
Si las ropas de Jesús eran santas, ¿cómo no había de ser santo el cuerpo que durante nueve meses le hizo de vestido a Nuestro Salvador?
1-2. Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.
Dios le dijo a la serpiente en el pasaje del pecado original de nuestros primeros padres, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
En esta ocasión, meditaremos sobre tres figuras de Nuestra Señora, las cuales, son:
1-2-1. Eva,
1-2-2. la enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente, y
1-2-3. el Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Meditemos sobre dichas figuras brevemente.
1-2-1. Eva.
La serpiente engañó a Eva, la cual, al perder la inocencia divina, dejó de depender de Dios, y se hizo esclava del hombre (GN. 3, 16).
Eva es nuestra madre, por cuanto fue la primera mujer que existió, y, por tanto, de ella procede el linaje humano. "El hombre llamó a su mujer «Eva» (Hawa en hebreo), por ser ella la madre de todos los vivientes" (GN. 3, 20).
Si Eva es la madre de la que hemos heredado nuestra condición pecadora, María es la Madre que nos conduce a la presencia de Dios.
(AP. 12, 1-2). La angustia de la que se nos informa en el fragmento del Apocalipsis que acabamos de recordar, fue el resultado de una experiencia de entrega total de María Santísima al servicio de Dios. Recordemos cómo, en contraposición a la conducta que observó Nuestra Santa Madre, nuestra primera predecesora, se dejó seducir por Satanás (GN. 3, 6).
En contraposición a la conducta de Eva, María le dijo al Arcángel San Gabriel, en el pasaje de la Anunciación, las palabras que encontramos en LC. 1, 38.
De la misma manera que Jesucristo corrigió la desviación de la conducta de Adán al redimirnos, María Santísima corrigió el mal comportamiento de Eva con su buen proceder.
Si de Eva nació Caín, el cuál asesinó a su hermano Abel por envidia (GN. 4, 8), de María nació Jesús, quien con su buena conducta corrigió el pecado de Caín, quien asesinó a un sólo hombre, vivificando a todos los que tengan y ejerzan fe en Él, por consiguiente, Nuestro Salvador, nos dice, las palabras que leemos en JN. 5, 24.
1-2-2. La enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente.
En la traducción Pseptuagésima de las Escrituras hebreas, en GN. 3, 15, la palabra que traducimos como "simiente" es "semenos", que se traduce literalmente al castellano como "semen". De la misma forma que Eva procedió directamente de Dios, el alma de María fue protegida para que no fuera manchada por la vergonzante mácula del pecado original. Es esta la causa por la que Jesucristo, el descendiente de la nueva Eva, -María de Nazaret-, es Aquel de quien profetizó el autor bíblico, -bajo la inspiración del Espíritu Santo-, que le aplastaría la cabeza al Demonio, cuando este intentara morderle el tobillo, -es decir, aunque Jesús se dejó asesinar por los secuaces de Satanás, resucitó de entre los muertos para no morir jamás, y fue glorificado por habernos redimido-. Ya que nuestras dos madres proceden directamente de Dios, Jesucristo también procede de Nuestro Padre común, -es decir, procede de una simiente no contaminada con la mancha del pecado de origen-. Tengamos en cuenta que es Dios quien protegió a María Santísima de llevar la vergonzante mancha del pecado sobre sí, pues le dijo a la serpiente, refiriéndose a María: "Enemistad pondré entre ti y la mujer" (GN. 3, 15).
Eva no podía ser la mujer de la que Dios le habló a la serpiente, dado que nuestra antepasada común acababa de desobedecerle, por lo que, aunque fue creada totalmente purificada, a diferencia de Nuestra Santa Madre que fue preservada de pecar, tuvo la opción de elegir, y tomó la peor decisión de la Historia de la humanidad, ya que no sólo nos perjudicó a todos sus descendientes, sino que condenó a muerte al Unigénito de Dios.
1-2-3. El Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Los hebreos, por orden de Dios, construyeron un templo portátil (ÉX. 25, 8-9). Si dicho templo era figura de la morada de Dios, -la cuál es Cristo, quien vive en las almas de sus creyentes-, Nuestra Santa Madre fue la morada del Redentor de las naciones.
De la misma manera que la gloria de Dios llenó el primer Tabernáculo, Nuestra Santa Madre también fue glorificada por Nuestro Creador (ÉX. 40, 34-38). La gloria del Espíritu Santo llenó el corazón de Nuestra Santa Madre (LC. 1, 35). El hecho de que el Espíritu Santo cubriera con su sombra a María, significa que la Madre de Jesús fue convertida en Templo -o Morada- de Dios.
San Lucas quiso que sus lectores vieran a María como una perfecta Arca de la Alianza, contenedora de la esencia de Dios.
Fijaos en el siguiente paralelismo: (2 SAM. 6, 9 y LC. 1, 43).
Consideremos un nuevo paralelismo (2 SAM. 6, 14 y LC. 1, 44).
Consideremos un último paralelismo (2 SAM. 6, 11 y LC. 1, 56).
1-3. Las palabras que San Gabriel le dijo a Nuestra Señora, en el pasaje de la Anunciación.
Sabemos que el Evangelio de San Lucas fue escrito en griego coiné. San Gabriel le dijo a María, en el pasaje de la Anunciación: "Jaire Kejaritomene" (LC. 1, 28). Tales palabras, se traducen al castellano, como: "Alégrate, llena de gracia".
María es la hija de Sión, la imagen de la Jerusalén purificada de sus pecados (JL. 2, 21-27). El suelo en la Biblia es sinónimo de fertilidad, así pues, veamos algunos pasajes donde el suelo fértil es el seno de María, Madre de Jesús, y Madre de la humanidad redimida: (GN. 2, 7). Dios creó a Adán y a Eva libres de la mancha del pecado que ambos atrajeron hacia sí después libremente. Este hecho indica que la humanidad redimida es hija de Nuestra Santa Madre, María, la mujer que fue creada para ser Madre de Dios.
DE la misma manera que Dios hizo al hombre con tierra del suelo, de la carne purísima de María, formó a Jesús, Nuestro Salvador.
(GN. 22, 13). En el pasaje que estamos considerando, Abraham es imagen de Dios, e Isaac, -su hijo-, es imagen de Jesús por cuanto estuvo a punto de ser sacrificado, e imagen nuestra, por cuanto fue librado de la muerte, de la misma forma que, por los méritos de Cristo, hemos ganado la vida eterna. Mientras que Abraham fue probado por Dios, Nuestro Padre común, con tal de demostrarnos su amor para con nosotros, consintió la muerte de su Unigénito.
Si el carnero que Abraham vio no hubiera aparecido de la nada, dicho jeque no hubiera tenido en cuenta la vida de su hijo, porque consideraba que su misión más importante en la vida, era tributarle culto a Dios.
El citado carnero, también es imagen de Cristo, por cuanto, de la misma manera que la vida de dicho animal le ganó a Isaac el hecho de seguir viviendo, Jesucristo, por su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos ha ganado la vida eterna.
De la misma manera que el citado carnero parecía ser fruto del monte de Moriah, en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo, para rendirle culto a Dios, Jesucristo procede de una tierra santa, -el seno de María-, la cual lo trajo al mundo para que pudiera redimirnos con su sacrificio.
(ÉX. 3, 1-2). Con tal que los creyentes no se hicieran imágenes de Yahveh, y confundieran a su Dios con las divinidades extranjeras, Elohim adoptó la costumbre de manifestársele a su pueblo y especialmente a sus amigos íntimos por medio de teofanías, es decir, imágenes sensibles. En esta ocasión, Moisés vio a Dios convertido en zarza ardiente, cuyo fuego era inextinguible, por causa del simbolismo purificador que dicho elemento tiene en la Biblia. De la misma forma que el fuego y la voz de Dios salían de la zarza ardiente, Cristo procede de Dios. El símbolo del fuego se identifica perfectamente con Jesús, pues Nuestro Señor es la luz del mundo (JN. 8, 12). De la misma forma que la zarza que Moisés vio estaba plantada en el suelo, Jesús procede de la Virgen María, la tierra fértil sobre la que se fundamenta el Reino de Dios, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo.
María reconoció que el texto de Joel que recordamos anteriormente se refiere a Ella (LC. 1, 49).
(ZAC. 9, 9). María fue la tierra santificada que recibió a su Salvador con gran alegría, tal como Jerusalén debió haber recibido a su Redentor en su entrada triunfal a la Ciudad Santa.
(SOF. 3, 14-18). Quienes de entre mis lectores han sido emigrantes, saben perfectamente lo que significa el hecho de tener una tierra propia en la que echar raíces. La tierra de los cristianos es el Reino de Dios. Mientras que dicho Reino concluye su plena instauración en este suelo, vivimos como emigrantes, ya que, si somos cristianos practicantes, no estamos exentos de tener problemas, porque nuestra fe no es compatible con todas las creencias del medio en el que nos desenvolvemos. María Santísima es la tierra santa que produjo al Salvador, y, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor, es la tierra que, porque Dios lo quiere, no cesa de orar para atraer a sus hijos al Reino de Nuestro Padre común.
2. Los protestantes y la Inmaculada Concepción.
Nuestros hermanos protestantes dicen que los dogmas marianos sólo son invenciones del clero para atarnos a los feligreses a creencias absurdas. Tales hermanos nuestros dicen que María Santísima es pecadora (ROM. 3, 23; 1 JN. 1, 8).
Según nuestros hermanos, dado que todos somos pecadores según ROM. 3, 23, decir que María Santísima fue excepcionalmente salvada de llevar la vergonzante mancha del pecado original, es una falacia. Para justificar sus creencias, nos recuerdan el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: (MT. 12, 46-50). Lo primero que hacen nuestros hermanos cuando leen este pasaje, es hacer un comentario referente a que los católicos manipulamos las Escrituras, pues prueba de ello es que negamos el hecho de que Jesús tuvo hermanos, dado que, según ellos, María solo fue Virgen hasta que dio a luz a Jesús, pues interpretan erróneamente MT. 1, 25, donde se dice que José no conoció a María hasta que ésta dio a luz a Jesús, lo cuál no ha de interpretarse literalmente, pues, siendo María el Templo de Dios, ¿cómo podía José mantener relaciones maritales con Ella?
La falta de espacio me imposibilita el hecho de tratar la cuestión de la Virginidad de María y el hecho de si Jesús tuvo hermanos carnales, temas utilizados por muchos de quienes no saben qué hacer para contradecirnos, al interpretar MT. 12, 46-50, en atención a sus creencias.
Para los judíos, todos los descendientes de un mismo abuelo, eran hermanos. Los primos de Jesús no estaban de acuerdo con la doctrina predicada por el Mesías. María, siendo mujer, -aparte de que seguro desearía abrazar a su Hijo-, no tenía potestad legal para tomar decisiones. Al haber fallecido José, la Madre de Jesús vivía a merced de sus familiares, los cuales debieron obligarla a buscar a Jesús, forzándola para que convenciera a Nuestro Salvador de que se volviera a casa con ellos, con tal de impedir lo que todos veían acercarse: la lapidación o la crucificción del Señor.
Jesús utilizó palabras que probablemente dañaron el corazón de María, porque quizás Ella se sintió culpable de haberse dejado arrastrar por sus familiares para impedir que su Hijo llevara a cabo su obra, pero María comprendía que Jesús tenía que utilizar un vocabulario claro y conciso, con tal que sus familiares no lo ridiculizaran ante sus oyentes, para que los tales no aceptaran su predicación.
(LC. 11, 27-28). Si María escuchó o tuvo conocimiento de que Jesús pronunció tales palabras, debió sufrir, en el sentido de que a todas las madres que aman a sus descendientes les gusta gloriarse de lo que sus hijos dicen y hacen, pero Ella sabía bien que la misión que Dios le encomendó no le reportaba en este mundo más que motivos de sufrimiento, porque el Reino de Dios en este mundo a veces es causa de violencia (MT. 11, 12).
Jesús no pretendió minusvalorar a su Madre, sino hacer que sus creyentes comprendieran lo importante que es el hecho de que le seamos sumisos a Dios. Muchos católicos se escandalizan porque entre nosotros hay quienes le piden cosas a María antes de pedírselas a Jesús, pero, dado que tanto la Madre como el Hijo se aman y son Dioses, ¿qué importa a quién le pidamos dádivas primeramente?
Volviendo al tema que nos ocupa en esta meditación, podemos tener en cuenta los siguientes versículos bíblicos, para fundamentar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, ante los protestantes: (JD. 1, 24-25). Sólo Dios pudo mantener a Nuestra Santa Madre incontamida de la mácula del pecado original.
Volvamos al texto de ROM. 3, 23. San Pablo, al hablar de "todos", no pudo referirse a toda la humanidad, sino a los pecados que todos cometemos individualmente, porque ni Elías ni Henoc experimentaron la muerte física, pues fueron arrebatados al cielo (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11). Como todos sabemos, Cristo, -quien también se hizo Hombre por nuestra causa-, tampoco está incluido en el "todos" que San Pablo escribió en el citado versículo de su Carta a los Romanos que estamos considerando.
1 JN. 1, 8, tampoco puede referirse a Jesús (HEB. 4, 15). Si Jesús hubiera nacido de una mujer pecadora, no hubiera podido vivir como un Santo perfecto, porque hubiera contraído la mancha del pecado original, la cuál le hubiera impedido llevar a cabo su propósito, por consiguiente, aunque se hubiera dejado crucificar, su condición pecadora le hubiera impedido que el Padre hubiera aceptado su sacrificio, otorgándole el valor redentor que lo caracteriza.
Tanto en ROM. 3, 23 como en 1 JN. 1, 8-9, no se aborda la cuestión del pecado original, sino el tema del pecado personal. Vemos que San Juan no aborda la cuestión del pecado original, sino el tema de los pecados individuales de sí mismo y de cada uno de sus lectores.
¿Pretendo decir que en la Biblia no se aborda el pecado original? No puedo decir esto, dado que San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: (ROM. 5, 12).
Aunque los textos de ROM. 3, 23 y de 1 JN. 1, 8-9, hacen referencia a nuestros pecados personales, el "todos" de ROM. 3, 23, no puede abarcar a toda la humanidad, ya que, quienes por su edad o por las enfermedades que padecen no tienen uso de razón, están libres de cometer pecados personales, aunque se dé el caso de que algunos de ellos puedan hacer el mal, pero, al no ser conscientes de sus acciones, no pueden ser tenidos como pecadores.
Consideremos LC. 1, 28. La palabra "Kejaritomene" ("llena de gracia") nos sorprende, porque indica un cambio de nombre. Sabemos que en la Biblia, tanto Dios Padre como Jesús, les cambiaron el nombre a algunos personajes, para indicar con cierto énfasis la misión que debían llevar a cabo los tales (MT. 16, 16-19).
María es "la llena de gracia", porque fue convertida por el Espíritu Santo en Templo de Dios.
A quienes celebráis el día de Nuestra Señora de Guadalupe, os deseo que Nuestra Santa Madre interceda ante Jesús por vosotros, para que, desde vuestras circunstancias actuales, experimentéis la salvación que todos esperamos. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Nota: Para obtener más información respecto del Evangelio que consideraremos en el presente trabajo, consultad el ejercicio de Lectio Divina del Domingo IV de Adviento del Ciclo C.
¿Por qué decimos que María de Nazaret fue concebida sin pecado original?
1. Explicación del dogma de la Inmaculada Concepción de María.
Estimados hermanos y amigos:
A quienes temen que el culto mariano se superponga a la Liturgia correspondiente al Domingo III de Adviento, les digo que también voy a publicar una meditación para tal ocasión, para que mis lectores tengan ocasión de leer las dos meditaciones, pues, si la Liturgia de este Domingo debe ser celebrada, no es conveniente que dejemos pasar la ocasión de recordar a María Santísima, en su advocación de Guadalupe. Esta es la primera vez que voy a escribir una meditación para la fiesta que estamos celebrando, y lo hago con mucho gusto, por el amor que siento por la Madre de Dios, y para darles gracias a la inmensa mayoría de mis lectores, que son latinoamericanos, por leer mis meditaciones semanales, y por haberme manifestado su apoyo emocional cuando lo que erróneamente llamamos adversidad me ha afectado.
El pasado día ocho del presente mes, con ocasión de la celebración de la Inmaculada Concepción de María, escribí una meditación en la que expliqué brevemente el dogma de fe que estamos considerando. Mis lectores católicos aceptaron el contenido de dicha meditación sin problemas, e incluso muchos de ellos me felicitaron por la claridad del texto, pero otros tantos lectores, que no son católicos, me han manifestado las razones por las que rechazan este dogma mariano, lo cuál ha tenido la consecuencia de que escriba la presente meditación, con tal de demostrar que María no fue afectada por la mácula del pecado original, con la Biblia en la mano.
La Iglesia Católica, siguiendo la doctrina de San Pablo (ROM. 5, 12), nos enseña que, al haber pecado nuestros primeros padres, nosotros nacemos afectados, tanto por la mancha vergonzante del pecado, como por las consecuencias de dicha desobediencia a Dios por parte de nuestros antepasados comunes.
Apenas Adán y Eva desobedecieron a Dios, Nuestro Padre dispuso que su Unigénito redimiera a la humanidad mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección. Si Adán, que era un hombre semiperfecto, desobedeció a Dios, sólo Jesucristo, el Hombre perfecto, podía pagar con su vida el precio de dicha desobediencia, dado que no era posible que Dios purificara a la humanidad caída por medio de una víctima sacrificial marcada por la mancha del pecado.
Si María Santísima no hubiera nacido sin pecado original, la humanidad del Mesías hubiera estado afectada por la mancha del pecado de origen, por lo que, en consecuencia, Nuestro Señor no hubiera podido vivir como un Hombre perfecto.
Excepcionalmente, el Espíritu Santo impidió que la mancha del pecado original contaminara el alma de María, para que Nuestra Santa Madre, de la que el Arca de la Alianza, el Templo de Jerusalén, la Iglesia terrena y el Templo celestial apocalíptico son imágenes, pudiera ser el Templo divino capaz de contener a su Creador. El gran prodigio de la Inmaculada Concepción de María se llevó a cabo gracias a los méritos que posteriormente al tiempo en que dicho milagro se llevó a cabo, obtuvo Nuestro Señor por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección.
¿Por qué quiso Dios que su Santa Madre fuese Inmaculada? Todos nacemos para desempeñar la misión que Dios nos encomienda. La mayoría de cristianos vivimos como seglares mientras que algunos de entre los nuestros deciden consagrarle su vida a Dios, porque, por causas que desconocemos, el Espíritu Santo los colma de dones y virtudes, que Dios les concede, para que los ejerciten en su presencia. María de Nazaret nació sin ser afectada por el pecado original, porque Dios quiso escoger a una mujer, y hacer de ella el prototipo de lo que llegaremos a ser, cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, -es decir, una imagen inspirada en la esencia de Nuestro Señor Resucitado de entre los muertos-.
Existen tres argumentos bíblicos que demuestran la veracidad del dogma sobre el que estamos reflexionando, los cuales son:
1-1. La santidad absoluta de Dios,
1-2. las figuras del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia) referidas a la Madre de Jesús, y
1-3. las palabras con que el Arcángel San Gabriel saludó a Nuestra Señora, el día en que aconteció la Anunciación del Nacimiento de Nuestro Salvador (LC. 1, 28).
Desarrollemos dichos argumentos con la Biblia en la mano.
1-1. La santidad absoluta de Dios.
Aunque mientras se prolongan nuestras vidas tenemos la oportunidad de superar los errores que nos caracterizan, Dios, por su santidad absoluta, no está relacionado con el pecado. Recordemos que, después de que nuestros primeros padres le desobedecieran, aconteció el siguiente hecho: (GN. 3, 22-24).
Mientras nos purificamos y nos santificamos para vivir en la presencia de Dios, no podemos vivir en el Edén comunicándonos con Nuestro Creador, no sólo espiritualmente, sino también escuchando su voz, porque Dios no está relacionado con el pecado. La razón que nos insta a desear alcanzar la plenitud de la pureza, es el deseo que tenemos de vivir en presencia de Nuestro Padre común.
En el pasaje bíblico de la revelación de Dios a Moisés en el monte Sinaí, leemos las siguientes palabras de Yahveh: (ÉX. 3, 5). Moisés debía abstenerse de mezclar el polvo de la tierra profana que estaba pegado a sus sandalias con el polvo del terreno que fue santificado por la presencia de Elohim, el Dios Todopoderoso. Las realidades del mundo deben ser santificadas antes de serles presentadas a Dios. Dado que el mundo se opone a Dios, y Nuestro Creador es celoso de todo lo que toca, no es posible que su Hijo naciera de una mujer marcada por la desobediencia a YHWH.
Si la presencia del Dios Uno y Trino santifica, ¿cómo hubiera podido Jesús nacer de una mujer marcada por el pecado, sin haberla santificado previamente a su concepción? Esta es la razón por la que los cristianos católicos creemos que la Madre de Dios fue santificada desde el momento en que Dios creó su alma y fue concebida.
(NÚM. 4, 15). Los hebreos no consagrados a Dios tenían prohibido el hecho de tocar los objetos consagrados al culto divino. ¿Cómo Jesucristo, siendo el Gran Sumo Sacerdote de la humanidad, podría haber nacido de una mujer contagiada por la mancha del pecado original?
Veamos un ejemplo de cómo la justicia de Dios actúa contra quienes están en su presencia y se niegan a ser santificados (1 SAM. 5, 1-12).
Dado que el Antiguo Testamento contiene el anuncio de nuestra Redención que ha acontecido en tiempos del Nuevo Testamento, y contiene el anuncio de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros que aún esperamos, podemos decir, con toda justicia, que la santidad de Dios se nos revela más plenamente en la segunda parte de la Biblia, que en el Antiguo Pacto.
(LC. 19, 45-48). Si el Templo de Jerusalén, que sólo era una figura de la morada de Dios, -la cuál es el corazón de los hombres-, no debía utilizarse para llevar a cabo prácticas relacionadas con el pecado, ¿cómo podría haber nacido Jesús de una mujer necesitada de la purificación de su alma?
No sólo el Alma y el Cuerpo de Nuestro Señor, sino hasta los vestidos de Jesús eran santos. (MT. 9, 20-22. 14, 36).
Si las ropas de Jesús eran santas, ¿cómo no había de ser santo el cuerpo que durante nueve meses le hizo de vestido a Nuestro Salvador?
1-2. Las figuras del Antiguo Testamento referidas a María.
Dios le dijo a la serpiente en el pasaje del pecado original de nuestros primeros padres, las palabras que leemos en GN. 3, 15.
En esta ocasión, meditaremos sobre tres figuras de Nuestra Señora, las cuales, son:
1-2-1. Eva,
1-2-2. la enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente, y
1-2-3. el Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Meditemos sobre dichas figuras brevemente.
1-2-1. Eva.
La serpiente engañó a Eva, la cual, al perder la inocencia divina, dejó de depender de Dios, y se hizo esclava del hombre (GN. 3, 16).
Eva es nuestra madre, por cuanto fue la primera mujer que existió, y, por tanto, de ella procede el linaje humano. "El hombre llamó a su mujer «Eva» (Hawa en hebreo), por ser ella la madre de todos los vivientes" (GN. 3, 20).
Si Eva es la madre de la que hemos heredado nuestra condición pecadora, María es la Madre que nos conduce a la presencia de Dios.
(AP. 12, 1-2). La angustia de la que se nos informa en el fragmento del Apocalipsis que acabamos de recordar, fue el resultado de una experiencia de entrega total de María Santísima al servicio de Dios. Recordemos cómo, en contraposición a la conducta que observó Nuestra Santa Madre, nuestra primera predecesora, se dejó seducir por Satanás (GN. 3, 6).
En contraposición a la conducta de Eva, María le dijo al Arcángel San Gabriel, en el pasaje de la Anunciación, las palabras que encontramos en LC. 1, 38.
De la misma manera que Jesucristo corrigió la desviación de la conducta de Adán al redimirnos, María Santísima corrigió el mal comportamiento de Eva con su buen proceder.
Si de Eva nació Caín, el cuál asesinó a su hermano Abel por envidia (GN. 4, 8), de María nació Jesús, quien con su buena conducta corrigió el pecado de Caín, quien asesinó a un sólo hombre, vivificando a todos los que tengan y ejerzan fe en Él, por consiguiente, Nuestro Salvador, nos dice, las palabras que leemos en JN. 5, 24.
1-2-2. La enemistad entre la mujer y su descendencia (simiente) con la serpiente.
En la traducción Pseptuagésima de las Escrituras hebreas, en GN. 3, 15, la palabra que traducimos como "simiente" es "semenos", que se traduce literalmente al castellano como "semen". De la misma forma que Eva procedió directamente de Dios, el alma de María fue protegida para que no fuera manchada por la vergonzante mácula del pecado original. Es esta la causa por la que Jesucristo, el descendiente de la nueva Eva, -María de Nazaret-, es Aquel de quien profetizó el autor bíblico, -bajo la inspiración del Espíritu Santo-, que le aplastaría la cabeza al Demonio, cuando este intentara morderle el tobillo, -es decir, aunque Jesús se dejó asesinar por los secuaces de Satanás, resucitó de entre los muertos para no morir jamás, y fue glorificado por habernos redimido-. Ya que nuestras dos madres proceden directamente de Dios, Jesucristo también procede de Nuestro Padre común, -es decir, procede de una simiente no contaminada con la mancha del pecado de origen-. Tengamos en cuenta que es Dios quien protegió a María Santísima de llevar la vergonzante mancha del pecado sobre sí, pues le dijo a la serpiente, refiriéndose a María: "Enemistad pondré entre ti y la mujer" (GN. 3, 15).
Eva no podía ser la mujer de la que Dios le habló a la serpiente, dado que nuestra antepasada común acababa de desobedecerle, por lo que, aunque fue creada totalmente purificada, a diferencia de Nuestra Santa Madre que fue preservada de pecar, tuvo la opción de elegir, y tomó la peor decisión de la Historia de la humanidad, ya que no sólo nos perjudicó a todos sus descendientes, sino que condenó a muerte al Unigénito de Dios.
1-2-3. El Tabernáculo y el Arca de la Alianza.
Los hebreos, por orden de Dios, construyeron un templo portátil (ÉX. 25, 8-9). Si dicho templo era figura de la morada de Dios, -la cuál es Cristo, quien vive en las almas de sus creyentes-, Nuestra Santa Madre fue la morada del Redentor de las naciones.
De la misma manera que la gloria de Dios llenó el primer Tabernáculo, Nuestra Santa Madre también fue glorificada por Nuestro Creador (ÉX. 40, 34-38). La gloria del Espíritu Santo llenó el corazón de Nuestra Santa Madre (LC. 1, 35). El hecho de que el Espíritu Santo cubriera con su sombra a María, significa que la Madre de Jesús fue convertida en Templo -o Morada- de Dios.
San Lucas quiso que sus lectores vieran a María como una perfecta Arca de la Alianza, contenedora de la esencia de Dios.
Fijaos en el siguiente paralelismo: (2 SAM. 6, 9 y LC. 1, 43).
Consideremos un nuevo paralelismo (2 SAM. 6, 14 y LC. 1, 44).
Consideremos un último paralelismo (2 SAM. 6, 11 y LC. 1, 56).
1-3. Las palabras que San Gabriel le dijo a Nuestra Señora, en el pasaje de la Anunciación.
Sabemos que el Evangelio de San Lucas fue escrito en griego coiné. San Gabriel le dijo a María, en el pasaje de la Anunciación: "Jaire Kejaritomene" (LC. 1, 28). Tales palabras, se traducen al castellano, como: "Alégrate, llena de gracia".
María es la hija de Sión, la imagen de la Jerusalén purificada de sus pecados (JL. 2, 21-27). El suelo en la Biblia es sinónimo de fertilidad, así pues, veamos algunos pasajes donde el suelo fértil es el seno de María, Madre de Jesús, y Madre de la humanidad redimida: (GN. 2, 7). Dios creó a Adán y a Eva libres de la mancha del pecado que ambos atrajeron hacia sí después libremente. Este hecho indica que la humanidad redimida es hija de Nuestra Santa Madre, María, la mujer que fue creada para ser Madre de Dios.
DE la misma manera que Dios hizo al hombre con tierra del suelo, de la carne purísima de María, formó a Jesús, Nuestro Salvador.
(GN. 22, 13). En el pasaje que estamos considerando, Abraham es imagen de Dios, e Isaac, -su hijo-, es imagen de Jesús por cuanto estuvo a punto de ser sacrificado, e imagen nuestra, por cuanto fue librado de la muerte, de la misma forma que, por los méritos de Cristo, hemos ganado la vida eterna. Mientras que Abraham fue probado por Dios, Nuestro Padre común, con tal de demostrarnos su amor para con nosotros, consintió la muerte de su Unigénito.
Si el carnero que Abraham vio no hubiera aparecido de la nada, dicho jeque no hubiera tenido en cuenta la vida de su hijo, porque consideraba que su misión más importante en la vida, era tributarle culto a Dios.
El citado carnero, también es imagen de Cristo, por cuanto, de la misma manera que la vida de dicho animal le ganó a Isaac el hecho de seguir viviendo, Jesucristo, por su Pasión, su muerte y su Resurrección, nos ha ganado la vida eterna.
De la misma manera que el citado carnero parecía ser fruto del monte de Moriah, en el que Abraham iba a sacrificar a su hijo, para rendirle culto a Dios, Jesucristo procede de una tierra santa, -el seno de María-, la cual lo trajo al mundo para que pudiera redimirnos con su sacrificio.
(ÉX. 3, 1-2). Con tal que los creyentes no se hicieran imágenes de Yahveh, y confundieran a su Dios con las divinidades extranjeras, Elohim adoptó la costumbre de manifestársele a su pueblo y especialmente a sus amigos íntimos por medio de teofanías, es decir, imágenes sensibles. En esta ocasión, Moisés vio a Dios convertido en zarza ardiente, cuyo fuego era inextinguible, por causa del simbolismo purificador que dicho elemento tiene en la Biblia. De la misma forma que el fuego y la voz de Dios salían de la zarza ardiente, Cristo procede de Dios. El símbolo del fuego se identifica perfectamente con Jesús, pues Nuestro Señor es la luz del mundo (JN. 8, 12). De la misma forma que la zarza que Moisés vio estaba plantada en el suelo, Jesús procede de la Virgen María, la tierra fértil sobre la que se fundamenta el Reino de Dios, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo.
María reconoció que el texto de Joel que recordamos anteriormente se refiere a Ella (LC. 1, 49).
(ZAC. 9, 9). María fue la tierra santificada que recibió a su Salvador con gran alegría, tal como Jerusalén debió haber recibido a su Redentor en su entrada triunfal a la Ciudad Santa.
(SOF. 3, 14-18). Quienes de entre mis lectores han sido emigrantes, saben perfectamente lo que significa el hecho de tener una tierra propia en la que echar raíces. La tierra de los cristianos es el Reino de Dios. Mientras que dicho Reino concluye su plena instauración en este suelo, vivimos como emigrantes, ya que, si somos cristianos practicantes, no estamos exentos de tener problemas, porque nuestra fe no es compatible con todas las creencias del medio en el que nos desenvolvemos. María Santísima es la tierra santa que produjo al Salvador, y, por los méritos obtenidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor, es la tierra que, porque Dios lo quiere, no cesa de orar para atraer a sus hijos al Reino de Nuestro Padre común.
2. Los protestantes y la Inmaculada Concepción.
Nuestros hermanos protestantes dicen que los dogmas marianos sólo son invenciones del clero para atarnos a los feligreses a creencias absurdas. Tales hermanos nuestros dicen que María Santísima es pecadora (ROM. 3, 23; 1 JN. 1, 8).
Según nuestros hermanos, dado que todos somos pecadores según ROM. 3, 23, decir que María Santísima fue excepcionalmente salvada de llevar la vergonzante mancha del pecado original, es una falacia. Para justificar sus creencias, nos recuerdan el siguiente pasaje del Evangelio de San Mateo: (MT. 12, 46-50). Lo primero que hacen nuestros hermanos cuando leen este pasaje, es hacer un comentario referente a que los católicos manipulamos las Escrituras, pues prueba de ello es que negamos el hecho de que Jesús tuvo hermanos, dado que, según ellos, María solo fue Virgen hasta que dio a luz a Jesús, pues interpretan erróneamente MT. 1, 25, donde se dice que José no conoció a María hasta que ésta dio a luz a Jesús, lo cuál no ha de interpretarse literalmente, pues, siendo María el Templo de Dios, ¿cómo podía José mantener relaciones maritales con Ella?
La falta de espacio me imposibilita el hecho de tratar la cuestión de la Virginidad de María y el hecho de si Jesús tuvo hermanos carnales, temas utilizados por muchos de quienes no saben qué hacer para contradecirnos, al interpretar MT. 12, 46-50, en atención a sus creencias.
Para los judíos, todos los descendientes de un mismo abuelo, eran hermanos. Los primos de Jesús no estaban de acuerdo con la doctrina predicada por el Mesías. María, siendo mujer, -aparte de que seguro desearía abrazar a su Hijo-, no tenía potestad legal para tomar decisiones. Al haber fallecido José, la Madre de Jesús vivía a merced de sus familiares, los cuales debieron obligarla a buscar a Jesús, forzándola para que convenciera a Nuestro Salvador de que se volviera a casa con ellos, con tal de impedir lo que todos veían acercarse: la lapidación o la crucificción del Señor.
Jesús utilizó palabras que probablemente dañaron el corazón de María, porque quizás Ella se sintió culpable de haberse dejado arrastrar por sus familiares para impedir que su Hijo llevara a cabo su obra, pero María comprendía que Jesús tenía que utilizar un vocabulario claro y conciso, con tal que sus familiares no lo ridiculizaran ante sus oyentes, para que los tales no aceptaran su predicación.
(LC. 11, 27-28). Si María escuchó o tuvo conocimiento de que Jesús pronunció tales palabras, debió sufrir, en el sentido de que a todas las madres que aman a sus descendientes les gusta gloriarse de lo que sus hijos dicen y hacen, pero Ella sabía bien que la misión que Dios le encomendó no le reportaba en este mundo más que motivos de sufrimiento, porque el Reino de Dios en este mundo a veces es causa de violencia (MT. 11, 12).
Jesús no pretendió minusvalorar a su Madre, sino hacer que sus creyentes comprendieran lo importante que es el hecho de que le seamos sumisos a Dios. Muchos católicos se escandalizan porque entre nosotros hay quienes le piden cosas a María antes de pedírselas a Jesús, pero, dado que tanto la Madre como el Hijo se aman y son Dioses, ¿qué importa a quién le pidamos dádivas primeramente?
Volviendo al tema que nos ocupa en esta meditación, podemos tener en cuenta los siguientes versículos bíblicos, para fundamentar el dogma de la Inmaculada Concepción de María, ante los protestantes: (JD. 1, 24-25). Sólo Dios pudo mantener a Nuestra Santa Madre incontamida de la mácula del pecado original.
Volvamos al texto de ROM. 3, 23. San Pablo, al hablar de "todos", no pudo referirse a toda la humanidad, sino a los pecados que todos cometemos individualmente, porque ni Elías ni Henoc experimentaron la muerte física, pues fueron arrebatados al cielo (GN. 5, 24; 2 RE. 2, 11). Como todos sabemos, Cristo, -quien también se hizo Hombre por nuestra causa-, tampoco está incluido en el "todos" que San Pablo escribió en el citado versículo de su Carta a los Romanos que estamos considerando.
1 JN. 1, 8, tampoco puede referirse a Jesús (HEB. 4, 15). Si Jesús hubiera nacido de una mujer pecadora, no hubiera podido vivir como un Santo perfecto, porque hubiera contraído la mancha del pecado original, la cuál le hubiera impedido llevar a cabo su propósito, por consiguiente, aunque se hubiera dejado crucificar, su condición pecadora le hubiera impedido que el Padre hubiera aceptado su sacrificio, otorgándole el valor redentor que lo caracteriza.
Tanto en ROM. 3, 23 como en 1 JN. 1, 8-9, no se aborda la cuestión del pecado original, sino el tema del pecado personal. Vemos que San Juan no aborda la cuestión del pecado original, sino el tema de los pecados individuales de sí mismo y de cada uno de sus lectores.
¿Pretendo decir que en la Biblia no se aborda el pecado original? No puedo decir esto, dado que San Pablo escribió en su Carta a los Romanos: (ROM. 5, 12).
Aunque los textos de ROM. 3, 23 y de 1 JN. 1, 8-9, hacen referencia a nuestros pecados personales, el "todos" de ROM. 3, 23, no puede abarcar a toda la humanidad, ya que, quienes por su edad o por las enfermedades que padecen no tienen uso de razón, están libres de cometer pecados personales, aunque se dé el caso de que algunos de ellos puedan hacer el mal, pero, al no ser conscientes de sus acciones, no pueden ser tenidos como pecadores.
Consideremos LC. 1, 28. La palabra "Kejaritomene" ("llena de gracia") nos sorprende, porque indica un cambio de nombre. Sabemos que en la Biblia, tanto Dios Padre como Jesús, les cambiaron el nombre a algunos personajes, para indicar con cierto énfasis la misión que debían llevar a cabo los tales (MT. 16, 16-19).
María es "la llena de gracia", porque fue convertida por el Espíritu Santo en Templo de Dios.
A quienes celebráis el día de Nuestra Señora de Guadalupe, os deseo que Nuestra Santa Madre interceda ante Jesús por vosotros, para que, desde vuestras circunstancias actuales, experimentéis la salvación que todos esperamos. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo III de Cuaresma del Ciclo A.
Meditación.
1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).
Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).
Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.
Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.
2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.
Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).
3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.
Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.
4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.
5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).
Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).
6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?
¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).
7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.
8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.
9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.
10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.
11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.
12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).
¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?
¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?
¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?
13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.
La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).
14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.
15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).
16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).
17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.
Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).
18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Quizás nos hemos acostumbrado a desear la perfección de Jesús, pero es posible que nunca hayamos visto a Nuestro Señor como un hombre semejante a nosotros. Cuando San Pablo escribió con respecto a Jesús: "Cristo es la imagen del Dios invisible" (COL. 1, 15), no mintió, pero, Nuestro Señor, al ser un hombre como nosotros, "fatigado del camino, se sentó junto al pozo (de Jacob, nieto de Abraham) (JN. 4, 6). En el relato evangélico de la resurrección de Lázaro que meditaremos el Domingo V de Cuaresma del Ciclo A, San Juan escribió: (JN. 11, 34-35). Todos necesitamos trabajar para vivir. Jesús trabajó desde su niñez hasta los treinta años, así pues, desde que María y José encontraron al Mesías perdido en el Templo de Jerusalén interpretando las Escrituras junto a los intérpretes de la Ley (LC. 2, 46-47), regresaron a Nazaret, y, a partir de aquel tiempo, "Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 52). Si trabajamos para que no nos falte todo lo que necesitamos para beneficiar a nuestros familiares, Jesús también hacía lo propio, pues, según San Pedro, "Jesús pasó por todas partes haciendo el bien" (HCH. 10, 38).
Todos necesitamos, además de un trabajo y una familia para constatar la eficacia del ejercicio de los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, vivir íntimamente junto a Dios, y orar, como lo hacía nuestro Maestro (MT. 11, 25). Cuando Jesús hacía prodigios admirables como alimentar a miles de personas, la gente le alababa, pero Él amaba su tiempo íntimo junto a Nuestro Padre común (MC. 6, 46. JN. 2, 24-25).
Jesús era un hombre como nosotros, esa es, pues, la causa por la que, el Hijo de María, se sumió en la misma confusión que atañe muchas veces a nuestra existencia, por lo cual, no dudó en manifestarle al Padre celestial su incertidumbre, así pues, en el comienzo de su agonía en Getsemaní, cuando sudaba sangre según algunos porque padecía hemofilia y según otros por prever su sufrimiento y el intenso dolor de sus seguidores de todos los tiempos venideros, oró en actitud suplicante (LC. 22, 42). Cuando Jesús llevaba tres horas crucificado, antes de que empezara a experimentar la muerte, el Mesías gritó con toda su fuerza (MT. 23, 46). Jesús sabía muy bien cuál era la causa que justificaba su tormento, pero, cuando experimentó el principio del fin de su existencia, se sintió tan abandonado como nos sentiríamos nosotros, si nos colgaran de una cruz, habiéndonos arrancado jirones de la piel de la espalda a base de darnos latigazos, y nos hubieran coronado de espinas.
Jesús nunca se cansa de amarnos, pero yo quisiera que le preguntáramos si se siente cansado de que no nos percatemos de la infinita grandeza del misterio de la Eucaristía. Yo quisiera que le preguntáramos a Jesús si se siente cansado, debilitado, o herido en su Santo Espíritu, cuando su entrega generosa, no es correspondida por nuestra imitación de la conducta del Hijo de María.
2. Cuando necesitamos algo se lo pedimos a nuestros prójimos, y, cuando nuestros familiares y amigos necesitan que les favorezcamos, no dudan en pedirnos la ayuda que necesitan. En el Evangelio de hoy, Jesús, el Hijo de Dios, que no necesita nada de nosotros porque es todopoderoso, nos dice en la persona de la samaritana: "-Dame agua" (JN. 4, 7). Las palabras de Jesús son muy contradictorias, de la misma forma que, en nuestra sociedad, es políticamente incorrecto, el hecho de que adquiramos experiencia, en el seguimiento del Mesías, basándonos en la experiencia del sufrimiento de nuestros prójimos.
Jesús nos dice en la persona de la samaritana que tiene sed de nuestro amor. El Salmista escribió: (SAL. 42, 2-3). San Juan, en su relato de la Pasión y muerte de Jesús, nos describe cómo el Hijo de María manifestó su sed de padecimiento para consumar nuestra redención (JN. 19, 28). La Escritura a la que San Juan Evangelista se refiere en el versículo anterior es la siguiente cita de los Salmos que Jesús cumplió, según lo profetizó el Hagiógrafo sagrado: (SAL. 69, 22).
3. La samaritana le dijo a Jesús que no estaba dispuesta a satisfacer su sed, argumentando el cisma que dividió a Israel en nos reinos, el del Norte y el del Sur. Los samaritanos habitaban en el norte del país, y se habían mezclado con extranjeros. Para los judíos constituía un grave insulto el hecho de ser llamados samaritanos.
Al igual que hizo la samaritana, nosotros también nos negamos a satisfacer la sed de Jesús, en cada ocasión que no cumplimos puntualmente los Mandamientos de la Ley. La Ley de Dios no ha de ser considerada como una carga, sino como un alivio del peso que soportamos a lo largo de nuestra existencia.
4. San Juan, para justificarse él mismo y a sus compañeros por no haber satisfecho la sed de Jesús a su tiempo, inmediatamente después de indicar en su obra que el Señor tenía sed, antes de escribir la respuesta de la mujer de Sicar, dejó clara constancia de que Jesús estaba sólo con aquella mujer, porque sus condiscípulos y él habían ido a comprar comida.
5. (JN. 4, 10). Para interpretar el versículo del Evangelio de hoy que estamos meditando, debemos conocer el don de Dios, para que, Nuestro Señor, pueda satisfacer nuestra sed de agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo, y, todos los cristianos, hemos sido bautizados con agua viva, por consiguiente, San Juan escribió las siguientes palabras del Mesías: (JN. 7, 37-38). Debemos creer que el Espíritu Santo se manifestará en nosotros apenas nuestra fe le deje morar en nuestro corazón, según las palabras de San Pedro: (HCH. 2, 17).
Durante la celebración de la última Cena, Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles: (JN. 15, 26). Es importante que creamos en el Espíritu Santo, pues, Jesús, nos dice: (LC. 11, 13). Jesús nos dice que el Espíritu Santo estará con nosotros cuando padezcamos en su nombre, ya sean persecuciones, o el martirio que sufrimos para ser debidamente cualificados para ser salvos (LC. 12, 11-12).
6. La samaritana le preguntó a Jesús cómo podía obtener el agua de aquel pozo tan profundo. Cuando quienes predicamos la Palabra de Dios les hablamos a quienes no creen en Nuestro Padre común de los prodigios que Jesús hizo en su tiempo y de la resurrección de los muertos, se nos hace la siguiente pregunta: ¿Cómo podéis ser tan ingenuos para creer esas cosas?
¿Cómo puede Jesús hacer que recibamos el Espíritu Santo y bautizarnos con su agua viva? San Pablo escribió: (ROM. 6, 3-5).
7. La mujer de Sicar le explicó a Jesús que la tierra en que estaban hablando había sido del Patriarca Jacob, y le preguntó al Señor si Él pensaba que era superior al nieto de Abraham, e hijo de Isaac. Jesús conocía el cisma que en el pasado dividió el país en dos reinos, y defendía a los adoradores del Templo de Jerusalén, frente a quienes adoraban a Dios en la heredad del hijo de Rebeca. Cuando el hijo de María fue interrogado por la samaritana con respecto a su superioridad frente al marido de Raquel y Lía, Nuestro Señor no consideró oportuno el hecho de iniciar una discusión teológica, porque ella podía creer que Él se daba un cierto aire de superioridad, que podía perjudicar su naciente amistad. Esta es, pues, la razón por la que el Mesías siguió hablándole a ella del agua viva, porque, aquella mujer, aún no sabía de lo que el Mesías le estaba hablando.
8. (JN. 4, 13-14). Jesús le dijo a su interlocutora que todos los que viven según los principios establecidos en nuestra sociedad contrarios al cumplimiento de la voluntad divina no podrán ser plenamente felices, pero, quienes crean en Él, se sentirán plenamente realizados, porque, desde la óptica de Dios, todo lo que nos acaece a lo largo de nuestras vidas, tiene una explicación, que redunda en nuestra redención.
9. (JN. 4, 15). Esta respuesta de la samaritana puede ser interpretada de dos formas, así pues, puede ser considerada como una exigencia de que Jesús demostrara lo que decía, por consiguiente, todos necesitamos que Dios se nos manifieste para creer en Él, pero también puede ser considerada como una burla, como diciendo: Vas listo si vives soñando milagros fáciles e irrealizables y salvaciones.
10. A continuación, Jesús le pidió a la mujer que buscara a su marido y que ambos hablaran con Él, pero ella le dijo que no estaba casada. Jesús le dijo que era cierto lo que ella decía, pues había convivido con seis hombres (JN. 4, 16-19). Aunque los versículos de San Juan que estamos interpretando están intrínsecamente relacionados con el cisma que dividió a Israel en los reinos del Norte y del Sur, para muchos es demasiado fácil llegar a la conclusión de que la mujer de Sicar vivía del ejercicio de la prostitución.
11. La samaritana y Jesús iniciaron una conversación teológica con respecto a las posturas de los samaritanos, que adoraban a Dios en el monte en que había habitado Jacob, y los judíos, que adoraban a Dios en el Templo de Jerusalén. Al igual que les sucedía a los judíos y a los samaritanos, los cristianos estamos divididos, así pues, ante tantas iglesias cristianas, ¿cuál de ellas es la verdadera? Como católicos que somos la mayoría de los lectores de Padre nuestro, decimos que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, pero, ante quienes carecen de fe, ¿cómo demostraremos nuestra creencia? Al afirmar que nuestra Iglesia fue fundada por los Apóstoles de Jesús, ¿queremos que nuestros posibles interlocutores rechacen las iglesias que no están vinculadas a la católica, desestimando las verdades que Dios les ha inculcado a sus miembros? La razón por la que entiendo que existe el Ecumenismo se fundamenta en las palabras que el Señor le dijo a la mujer de Sicar (JN. 4, 24). Jesús volverá en su Parusía -o segunda venida- para concluir el acercamiento de los hombres a Dios, pero, para que esto suceda, necesitamos obedecer al Señor, pues Nuestro Maestro nos dice: (MT. 23, 39). Jesús se nos manifestará a partir del momento en que le digamos: Jesús, te aceptamos porque lo eres todo para nosotros. Te aceptamos como Hijo de Dios, así pues, ya que has sido bendecido en el Nombre de Nuestro Padre y Dios, ven a nuestro encuentro, y que tu Espíritu Santo regenere nuestro corazón, porque queremos convertirnos al mensaje de salvación.
12. La samaritana comprendía que Jesús estaba de parte de los judíos en su profesión religiosa, pero, aun así, no podía entender el hecho de que el Hijo de María intentara explicarle que la salvación procedía del Judaísmo, de la misma forma que, por ejemplo, no podemos decirles a los evangélicos que su fe no es completa, por lo que, si quieren salvarse, han de abrazar el Catolicismo. Para no contradecir a aquel extraño hombre que se dignó a hablar con ella a la vista de quienes pudieron verlos sin temor a que su honra fuera manchada y con la intención de no contradecir su fe, -¡qué manera de hilar tan fina!-, la samaritana le dijo a Jesús que, cuando llegara el Mesías, diría la verdad sobre la controversia religiosa que separaba a los judíos de los samaritanos. En los relatos evangélicos Jesús se manifestó como enviado de Dios en varias ocasiones, pero nunca lo hizo con tanta claridad como cuando le dijo a la mujer de Sicar: (JN. 4, 26).
¿Somos conscientes de que Jesús se nos da a conocer todos los días con las mismas palabras que se manifestó ante la samaritana?
¿Aceptamos esa verdad cuando la vislumbramos desde nuestras dificultades (desierto)?
¿Intentamos contemplar las circunstancias que nos acaecen desde la óptica del Mesías?
13. Cuando los discípulos llegaron al lugar en que Jesús hablaba con su interlocutora, se sorprendieron al ver cómo su Rabbi hablaba con una mujer, pero, como estaban acostumbrados al hecho de que Jesús veía cosas buenas aun al transgredir las prohibiciones a las que ellos estaban sometidos, tomaron la opción de dejarlos charlar tranquilamente todo el rato que ambos quisieran, a pesar de que la samaritana no les hizo esperar (JN. 4, 29). Aun sin tener la plena certeza de que el hombre que había hablado con ella era el enviado de Dios que ellos habían esperado durante siglos, dicha mujer no se llevó consigo el cántaro de agua, el motivo por el que inicialmente se dirigió al pozo sin sospechar que Jesús descansaba allí en aquel preciso instante.
La samaritana quería sacar agua del pozo, pero Jesús le dio agua viva para que jamás volviera a tener sed espiritual. Cuando estamos ante los pozos de las diversas tentaciones que tenemos y recordamos que Jesús está con nosotros, deberíamos dejar los cántaros con los que inicialmente íbamos a obtener el agua sucia que nos ofrecen las citadas tentaciones, para que el Hijo de María pueda satisfacer nuestra sed de Dios, pues, a tal efecto, nos aplicaremos las conocidas palabras del Salmista: (SAL. 63, 2).
14. Los futuros Apóstoles del Mesías querían que Jesús comiera, pues sabían que llevaba varias horas sin alimentarse debidamente. Al constatar que el Señor rechazaba los alimentos que sus amigos le ofrecían, ellos empezaron a creer que, la samaritana u otra persona, le había ofrecido comida. El Maestro estaba impresionado por causa de la conversión que se estaba empezando a operar en la samaritana, pues Él tuvo un reducido número de ocasiones durante su Ministerio público de constatar la conversión de alguno de sus oyentes. Jesús quería prolongar con sus amigos la conversación que había tenido con la mujer de Sicar, así pues, para hacerles entender a sus seguidores que no tenía hambre porque su espíritu estaba lleno de Dios y para reanudar la exposición de sus pensamientos, les dijo: (JN. 4, 34). Ante tan clara exposición de Nuestro Maestro, sólo podemos decirle a Jesús: Señor, creemos en ti, y, por ello, queremos que tu alimento sea también nuestro sustento.
15. A continuación, Jesús siguió diciéndoles a sus compañeros, en lenguaje figurado, que estaba a punto de acontecer su Parusía, que nosotros sembramos los frutos que producimos por obra y gracia del Espíritu Santo, y que por ende, Dios es el que recoge los citados frutos que nosotros no podemos ver en ciertas ocasiones por causa de nuestro pesimismo. Jesús también les dijo a sus seguidores que les enviaba a trabajar sobre la exposición de una doctrina que ellos no debían imponerles a sus oyentes, pues todos los judíos (en un principio los futuros Apóstoles sólo predicaron en Palestina obedeciendo un mandato del Señor que podemos leer en MT. 10, 5-6) conocían los textos más relevantes del Antiguo Testamento (la primera parte de la Biblia).
16. Quizás algunos predicadores tenemos la imprudencia de querer forzar a nuestros oyentes -o lectores- a que se conviertan al Evangelio para que podamos ver la fructificación de nuestros múltiples esfuerzos. En estos casos corremos el riesgo de olvidar que Dios es el único recolector de los frutos que producimos, por lo que, hasta que nuestros oyentes -o lectores- no sientan que Jesús ha actuado en su vida, no podrán decir las palabras que la samaritana les oyó a los habitantes de Sicar que la acompañaron para ver y hablar con Jesús, movidos por lo que ella les había dicho: (JN. 4, 42).
17. El Domingo I de Cuaresma consideramos la existencia de una alternativa para suplantar la aparente necesidad que todos tenemos de ceder bajo las tentaciones del demonio (MT. 4, 1-11). El Domingo II de Cuaresma, ampliamos la meditación del Domingo inicial del presente periodo litúrgico, pidiéndole a Nuestro Señor que nos transfigurara y configurara a su imagen y semejanza (MT. 17, 1-9). Hoy, Domingo III de Cuaresma, le pedimos a Nuestro Señor que nos haga recibir el don de Dios, y que satisfaga nuestra sed con su agua viva. Nuestra sed espiritual actual es más fuerte que nuestra sed de poder, fama y riqueza.
Al confrontar las exigencias del mundo materialista con la primera lectura correspondiente a esta celebración eucarística central de este tiempo en que ayunamos de hacer el mal y nos abstenemos de convertir nuestros vicios en costumbres ineludibles, podemos ver cómo Moisés, de una forma drástica, a la usanza que tantos mártires han sido acosados antes de ser asesinados a lo largo de la Historia del pueblo de Dios, vivió la persecución de quienes estaba encaminando a la Tierra prometida. Quizás pensamos: Es increíble el hecho de que los hebreos, habiendo contemplado los grandes portentos que Dios hizo en la presencia de ellos, perdieran la fe, aunque estuvieran, como podemos leer en el texto sagrado, torturados por la sed. Desde luego, existe una gran diferencia entre valorar la situación de Moisés y considerar nuestra carencia de trabajo, y otros contratiempos que, sin ser tan graves como la experiencia de Moisés, pueden hacernos perder la esperanza de recibir la ayuda de Dios. El filósofo Epicteto escribió: "Cuando el esclavo de un vecino rompe una copa, inmediatamente estamos dispuestos a exclamar: "son cosas que pasan". Sábete, pues, cuando sea tu copa la que se rompe, que es preciso que seas el mismo que eras cuando se rompió la de otro" (Epicteto).
18. Cuando Moisés se vio acosado por el pueblo, le pidió ayuda a Dios, pero, la desconfianza que el pueblo sembró en el corazón de su guía espiritual, hizo que Moisés no habitara jamás en la tierra prometida. ¿Fue aquel hecho un castigo por haber perdido su fe momentáneamente, o un premio por el cumplimiento de la misión que Dios le confió? La respuesta a esta pregunta depende de si creemos en el infierno o en el amor de Dios, quien perdona la debilidad de sus fieles hijos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación del Evangelio del Miércoles de Ceniza.
Meditación.
Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Os deseo que el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, os sea provechoso, a fin de que logréis mantener una mejor relación, tanto con Dios, como con vuestros prójimos, y con vosotros mismos.
Muchos hermanos en la fe nuestros, ven la Cuaresma como una sucesión de sacrificios y prácticas de oración que les cansan mucho. Para muchos de ellos, la llegada del tiempo de Pascua, significa el fin de las prácticas penitenciales, y el retorno a sus quehaceres ordinarios, de tal manera, que no parecen demostrar que el Espíritu Santo, ha realizado ningún cambio en su vida.
Aunque una de las razones por las que vivimos la Cuaresma, consiste en prepararnos a conmemorar la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, ello no significa que debemos permanecer tristes durante las más de cinco semanas que anteceden a la Semana Santa. Muchos cristianos estamos marcados por la vivencia del sufrimiento, y, en la medida que nos sea posible, aprenderemos a sobreponernos al efecto que producen en nuestras vidas nuestra visión de las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, porque las mismas tienen el propósito de hacer de nosotros mejores seguidores de Jesús. La Pasión y muerte de Nuestro Señor, nos produce tristeza, porque somos sensibles al sufrimiento, y porque mantenemos la creencia de que el Unigénito de Dios murió para demostrarnos el amor que nos manifiesta constantemente el Dios Uno y Trino.
San Pablo, nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 4). ¿Por qué desea Dios que estemos alegres, si nuestra salud no es buena, si tenemos problemas familiares, y/o si no encontramos trabajo? San Pablo responde la pregunta que nos hemos planteado, con las siguientes palabras: (1 COR. 10, 13). Independientemente de que tengamos que superar tentaciones, o dificultades de diversa índole, nunca nos sucederá nada que no podamos sobrellevar, porque Dios está con nosotros. Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28).
¿Permitiremos que la creencia de que no podemos superar nuestras dificultades actuales extinga la fe que profesamos de nuestros corazones? (ROM. 8, 35). Nada que nos suceda será la causa de que Dios deje de amarnos, pero, nuestra visión pesimista de la vida, puede separarnos de Nuestro Padre común, si nos impide creer en Él.
(ROM. 8, 37). ¿Creemos que Dios nos ayudará a superar nuestras dificultades actuales? El hecho de que sea difícil para nosotros creer en Dios, y de que, a pesar de ello, nos empeñemos en creer en Él, no significa que somos pecadores irremisibles, sino que tenemos un gran mérito, al luchar contra nuestra aparente imposibilidad de tener fe en Nuestro Padre común.
San Pablo, en su Carta a los cristianos de Roma, expuso la dificultad que le suponía el hecho de evitar la comisión de pecados (ROM. 7, 15. 19).
A pesar de nuestras humanas imperfecciones, aprovecharemos, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino todos los años que vivamos, para aumentar la fe que tenemos en Dios. San Pablo nos insta a vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad de Dios, cuando nos dice: (ROM. 6, 17).
Obviamente, aún no tenemos toda la fe en Dios que se supone que nos caracteriza, ni somos los cristianos que deseamos ser. Esta es la razón por la que, durante los años que se prolonguen nuestras vidas, tenemos tres cosas que hacer, para creer más en Dios, y, consecuentemente, ser mejores cristianos.
De la misma forma que cualquier profesional debe conocer su trabajo para desempeñarlo adecuadamente, los cristianos tenemos que conocer a Dios, y, cuanto mayores sean nuestras cuitas, más necesitamos acercarnos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Recordemos cómo oraba el Profeta Jeremías en medio de sus dificultades (JER. 15, 26). Jeremías llegó a sentirse tan desesperado por causa de sus padecimientos, que llegó a desear haber sido abortado por su madre, con tal de no soportar su angustia (JER. 20, 17-18). A pesar de la angustia que lo embargaba, el Profeta no dejó de confiar en Yahveh (JER. 20, 7-9).
La Palabra de Dios es el bálsamo que nos fortalece en las tribulaciones que vivimos, y, gracias al conocimiento de la misma, tenemos fe en Nuestro Padre celestial.
La fe es una de las virtudes llamadas "teologales", porque procede de Dios, y nos encamina a la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tal virtud, al mismo tiempo que es una responsabilidad, porque nos exige que seamos buenos seguidores de Jesús, es el gozo de saber que todo lo que nos sucede tiene sentido, aunque tardemos años en descubrir esta realidad.
San Pedro nos anima a vivir inspirados en la fe que profesamos (1 PE. 5, 10).
¿Cómo podremos superar nuestras dificultades sin perder la fe en Dios, si no encontramos hermanos en la fe con quienes compartir nuestros sentimientos? Dado que los cristianos practicantes estamos dispersos por el mundo, con tal de no perder la fe, oraremos unos por otros, y, el Espíritu Santo, nos fortalecerá a todos. Esta es la causa por la que San Pedro, -sabiendo lo difícil que es mantener la fe en tiempos difíciles-, escribió, en su primera Epístola: (1 PE. 5, 8-9)
¿Que es la fe? (HEB. 11, 1).
Tenemos fe en que algún día viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento, y en que, durante los años que vivamos, Nuestro Santo Padre, nos ayudará a vencer muchos obstáculos, y a sobrellevar pacientemente las vicisitudes que hayamos de vivir durante mucho tiempo.
El conocimiento de la Palabra de Dios, nos hace poner en práctica todo lo que aprendemos, a lo largo de nuestros años de formación espiritual. En la Biblia se nos enseña a no guardarnos la fe en el corazón como si fuera una importante suma de dinero que escondemos celosamente, pues, cuanto más la ejercitemos y compartamos, más se nos aumentará.
Recordemos las siguientes palabras de San Pedro: (1 PE. 4, 8-10).
Por su parte, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, nos demuestra que, la fe sin la práctica de la caridad, no es más que una mera ilusión (ST. 2, 8. 15-18. 20. 24). Mientras que la fe sin obras no es demostrable, porque no existe, y quienes creen poseerla la tienen escondida en su interior, es posible demostrar que hacemos el bien, tanto por amor a Dios, como por amor a nuestros prójimos los hombres.
Nuestras vidas de fe y acción cristianas, no se desarrollan plenamente, si no oramos. ¿Es posible tener fe en Dios sin orar? Quien no ora, no cree en Dios. Imaginemos que vivimos con nuestros familiares, y, a pesar de ello, no les dirigimos la palabra. ¿Cómo podrán saber nuestros seres queridos que les amamos, si no se lo manifestamos? Naturalmente, Dios conoce nuestros sentimientos, pero necesitamos hablar con Él, porque, si no le hablamos, no le creemos, y, si no le creemos, carecemos de fe, y, por lo tanto, somos incapaces de hacer el bien, como nos corresponde a los cristianos.
Recordemos las siguientes palabras del primer Obispo de Jerusalén: (ST. 5, 16).
A través de la meditación del texto evangélico correspondiente al inicio de la Cuaresma, veremos cómo podemos tener fe, actuar como buenos cristianos, y orar, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.
1. La relación que mantenemos con nuestros prójimos.
Meditación de MT. 6, 1-4.
1-1. Observemos una moral adulta.
(MT. 6, 1). En la Biblia, la palabra "justicia", tiene dos acepciones, la primera de las cuales es sinónimo de fe, y, la segunda, se refiere al hecho de hacer el bien, y de practicar la equidad.
(MT. 6, 1a). Muchos padres tienen la costumbre de motivar a sus hijos para que estudien, ofreciéndoles recompensas, si se esfuerzan a la hora de formarse. Igualmente, muchos profesores tienen la costumbre de alabar excesivamente a sus alumnos más aventajados. Vivimos en una sociedad en la que no somos valorados en virtud de la bondad o maldad que nos caracteriza, sino en atención al poder, la riqueza y la fama que tenemos. Siempre se nos ha dicho que Dios castiga a los malos y premia a los buenos, para que adquiramos la costumbre de vivir en sociedad, beneficiándonos unos a otros, así pues, en la Biblia, leemos: (DT. 30, 19). Para los hebreos, el hecho de escoger la vida, significaba cumplir la voluntad de Dios, con tal de ser alcanzados por las promesas divinas. Para nosotros, el hecho de escoger la vida, significa que nos comprometemos a amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, para que, la vida sobrenatural de la gracia, nos transforme, para que seamos aptos, para vivir, en la presencia de Dios.
Aunque el hecho de hacer el bien nos dispone a ser receptores de las bendiciones divinas, evitemos la posibilidad de practicar la justicia para ser recompensados, y hagámoslo por la satisfacción de hacer el bien, para poder ser imitadores de Dios.
Jesús nos dice que, cuando hacemos el bien, o buscamos ser recompensados por quienes alaban nuestra bondad, o buscamos ser premiados por Dios. Si damos una limosna, no para beneficiar a un hermano carente de dádivas materiales, sino para figurar en una lista de benefactores, que estará a la vista de cientos o miles de personas, que sabrán de nuestra bondad, no estamos buscando una recompensa divina, sino un galardón humano. Hay ocasiones en que practicamos la justicia, y es inevitable el hecho de que se nos vea, tal como me sucedió un día en que, cuando estaba cruzando una carretera, un señor mayor que tenía una bicicleta tropezó conmigo, y lo sujeté, para evitar que se cayera. En tales casos en que es inevitable que se nos vea hacer el bien, no buscamos la recompensa humana, aunque la obtengamos, y sirvamos de testimonio, para que, quienes nos observen, comprendan que es posible vivir, según la voluntad de Nuestro Dios.
No podemos desear ser recompensados tanto por Dios como por los hombres al mismo tiempo, porque hay situaciones en que, la forma de proceder de los hombres, dista de la manera de actuar de Dios. Esta es la causa por la que Nuestro Señor nos instruye, en los siguientes términos: (MT. 6, 1b). En el texto que estamos considerando, Jesús no tuvo la pretensión de hablar mal de los fariseos, -los legalistas que necesitaban la constante aprobación de todos los actos que llevaban a cabo por parte de los hombres-, aunque lo hizo indirectamente, ya que, todo aquello que nos dice que no debe hacerse, era precisamente lo que hacían los tales.
Aunque San Mateo escribió su Evangelio en arameo, dicha obra fue traducida al griego. La versión de la citada obra en arameo no se conserva. Para los griegos,, los hipócritas, eran quienes representaban papeles teatrales que no estaban relacionados con su personalidad. Entre nosotros, una persona hipócrita, se conoce por el fingimiento, por ejemplo, de una bondad que no la caracteriza.
Muchos son los que hacen el bien para ser recompensados, porque, si no se les reconocen sus virtudes y bondad constantemente, sufren mucho, porque, al depender su estimación personal de lo que los demás creen de sí mismos, no se percatan de que practican la justicia, no por amor a Dios y a sus prójimos, sino para satisfacer su necesidad de ser reconocidos. Un clásico ejemplo de ello, son las madres crucificadas.
San Mateo nos expone varios ejemplos de acciones realizadas por gente hipócrita en su Evangelio (MT. 6, 5, 16; 7, 3-5; 15, 7-9; 16, 1-, 15-22; 23, 13-15, 25-31).
Los hipócritas no heredarán el Reino de Dios (MT. 24, 45-51).
1-2. Practiquemos la justicia buscando como recompensa la satisfacción de hacer el bien.
(MT. 6, 2). Jesús nos dice que, cuando practiquemos la justicia, no presumamos de nuestra bondad buscando ser recompensados por el aplauso de los hombres, pues, si no buscamos la aprobación divina, no la obtendremos, y tendremos que conformarnos con la aprobación humana, que es, en definitiva, la que nos interesa lograr.
San Pablo nos indica cómo podemos servir desinteresadamente a nuestros prójimos los hombres, en los siguientes términos: (FLP. 2, 1-4). Naturalmente, no siempre podemos considerar que las prioridades de nuestros prójimos son más urgentes que las nuestras, pero, si nos lo propusiéramos, podríamos exterminar la carencia de dádivas materiales de la humanidad.
1-3. Practiquemos la justicia por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres.
(MT. 6, 3-4). Hagamos el bien en secreto, y Dios nos recompensará públicamente, pero lo hará en silencio, de manera que, sólo nuestros hermanos en la fe, se percatarán de que el Señor nos beneficia, aunque no sepan por qué lo hace (2 COR. 9, 6-11).
2. La relación que mantenemos con Dios.
La oración.
Meditación de MT. 6, 5-6.
Los versículos del primer Evangelio que estamos meditando, me recuerdan la actitud de una señora que quiso hacerles promesas a diferentes imágenes de Jesús y a diversos Santos de asistir con su descendiente a sus procesiones, si su hijo se recuperaba de la enfermedad que padecía. Por su parte, el hijo, viendo que su madre no vivía como cristiana practicante, y que cumplía sus promesas buscando el aplauso de los hombres, -quienes supuestamente debían alabarla por su bondad de madre crucificada-, se negó a asistir a dichos actos litúrgicos, cosa que su madre aún le reprocha, -a pesar de que han pasado muchos años desde que hizo tales promesas-, porque le impidió ser estimada por la gente, y seguir alimentando el cumplimiento de promesas que, más que estar relacionadas con la fe, son causas de superstición, ya que, el hecho de no cumplir las mismas, -según la creencia de muchos católicos cuya fe no está bien formada-, es causa de recepción de un castigo divino.
Desgraciadamente, la fe de muchos católicos está relacionada con la superstición, porque los tales, o no han podido, o no han querido adquirir una buena formación religiosa. Quienes predicamos el Evangelio, debemos hacer un buen examen de conciencia, para averiguar si somos responsables de la deformación de la fe, que afecta a muchos de nuestros hermanos, de entre los cuales, muchos, -una vez perdido el miedo a la condenación en el infierno-, han dejado de creer en Dios, porque se les ha inculcado la idea de que nuestra fe es una carga, y no un motivo de dicha.
Si participamos en actos litúrgicos buscando el reconocimiento social, y no lo hacemos para alabar al Dios Uno y Trino, tendremos que conformarnos con la recepción del aplauso de los hombres, el cual, -por cierto-, es el único premio que nos interesa recibir.
De la misma forma que Jesús nos insta a practicar la caridad y a hacer penitencia en secreto, nos pide que oremos ocupándonos en cultivar la fe que profesamos. Si no oramos tal como hablamos con nuestros familiares, hemos de dar por supuesto que no tenemos fe en Dios.
San Pablo, nos dice: (EF. 6, 14-18. 1 TIM. 2, 1-4).
3. La relación que mantenemos con nosotros.
¿Qué pensamos de nosotros?
Meditación de MT. 6, 16-18.
La práctica del ayuno puede estar causada por el hecho de pedirle a Dios perdón por haber pecado, o por el hecho de pedirle dádivas, ora para quienes ayunan, ora para sus seres queridos.
Las prácticas penitenciales pueden ser las más tentadoras que se pueden realizar para atraer la aprobación de los hombres, porque no suponen desprendimiento de dinero en beneficio de los pobres, ni inversión de un tiempo determinado en la asistencia a los actos de culto públicos.
Supongamos el caso de una señora que pasa toda una noche en un hospital, esperando que uno de sus familiares que está enfermo, sea dado de alta al día siguiente. Al amanecer, la buena señora padece los efectos del sueño, y presume ante sus familiares y amigos porque, si ella no fuera tan buena, dicho enfermo hubiera pasado la noche sólo. Tanto al hacer el bien, al orar, o al hacer penitencia, no necesitamos demostrar que estamos haciendo esfuerzos sobrehumanos, a fin de lograr alcanzar los propósitos que nos proponemos. Jesús nos dice que, cuando hagamos penitencia, nos perfumemos y nos lavemos la cara (el aceite es utilizado en la elaboración de Ungüentos), porque nadie va a sentir lástima de nuestro estado, si nos ve con la cara sucia, fingiendo una tristeza que no tenemos, o quejándonos porque tenemos hambre, porque toca ayunar.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser mejores cristianos.
Comprometámonos a aprovechar, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino toda nuestra vida, para mejorar nuestras relaciones, con Dios, con nuestros prójimos los hombres, y, con nosotros mismos.
Nota: Es lógico suponer que si beneficiamos a nuestros prójimos podemos ser recompensados si los mismos son agradecidos, pero el hecho de hacer depender nuestra estimación personal de la imagen que los tales tienen de nosotros, es doloroso y conflictivo, ya que nadie nos va a permitir que lo sobreprotejamos hasta eliminar su libertad, y convertirlo en objeto, a no ser que se sienta cómodo, y carezca de la voluntad necesaria, para ser autónomo.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MT. 6, 1-6. 16-18.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Os deseo que el tiempo de Cuaresma que hoy empezamos a vivir, os sea provechoso, a fin de que logréis mantener una mejor relación, tanto con Dios, como con vuestros prójimos, y con vosotros mismos.
Muchos hermanos en la fe nuestros, ven la Cuaresma como una sucesión de sacrificios y prácticas de oración que les cansan mucho. Para muchos de ellos, la llegada del tiempo de Pascua, significa el fin de las prácticas penitenciales, y el retorno a sus quehaceres ordinarios, de tal manera, que no parecen demostrar que el Espíritu Santo, ha realizado ningún cambio en su vida.
Aunque una de las razones por las que vivimos la Cuaresma, consiste en prepararnos a conmemorar la Pasión y muerte de Nuestro Salvador, ello no significa que debemos permanecer tristes durante las más de cinco semanas que anteceden a la Semana Santa. Muchos cristianos estamos marcados por la vivencia del sufrimiento, y, en la medida que nos sea posible, aprenderemos a sobreponernos al efecto que producen en nuestras vidas nuestra visión de las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, porque las mismas tienen el propósito de hacer de nosotros mejores seguidores de Jesús. La Pasión y muerte de Nuestro Señor, nos produce tristeza, porque somos sensibles al sufrimiento, y porque mantenemos la creencia de que el Unigénito de Dios murió para demostrarnos el amor que nos manifiesta constantemente el Dios Uno y Trino.
San Pablo, nos instruye, en los siguientes términos: (FLP. 4, 4). ¿Por qué desea Dios que estemos alegres, si nuestra salud no es buena, si tenemos problemas familiares, y/o si no encontramos trabajo? San Pablo responde la pregunta que nos hemos planteado, con las siguientes palabras: (1 COR. 10, 13). Independientemente de que tengamos que superar tentaciones, o dificultades de diversa índole, nunca nos sucederá nada que no podamos sobrellevar, porque Dios está con nosotros. Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 8, 28).
¿Permitiremos que la creencia de que no podemos superar nuestras dificultades actuales extinga la fe que profesamos de nuestros corazones? (ROM. 8, 35). Nada que nos suceda será la causa de que Dios deje de amarnos, pero, nuestra visión pesimista de la vida, puede separarnos de Nuestro Padre común, si nos impide creer en Él.
(ROM. 8, 37). ¿Creemos que Dios nos ayudará a superar nuestras dificultades actuales? El hecho de que sea difícil para nosotros creer en Dios, y de que, a pesar de ello, nos empeñemos en creer en Él, no significa que somos pecadores irremisibles, sino que tenemos un gran mérito, al luchar contra nuestra aparente imposibilidad de tener fe en Nuestro Padre común.
San Pablo, en su Carta a los cristianos de Roma, expuso la dificultad que le suponía el hecho de evitar la comisión de pecados (ROM. 7, 15. 19).
A pesar de nuestras humanas imperfecciones, aprovecharemos, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino todos los años que vivamos, para aumentar la fe que tenemos en Dios. San Pablo nos insta a vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad de Dios, cuando nos dice: (ROM. 6, 17).
Obviamente, aún no tenemos toda la fe en Dios que se supone que nos caracteriza, ni somos los cristianos que deseamos ser. Esta es la razón por la que, durante los años que se prolonguen nuestras vidas, tenemos tres cosas que hacer, para creer más en Dios, y, consecuentemente, ser mejores cristianos.
De la misma forma que cualquier profesional debe conocer su trabajo para desempeñarlo adecuadamente, los cristianos tenemos que conocer a Dios, y, cuanto mayores sean nuestras cuitas, más necesitamos acercarnos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Recordemos cómo oraba el Profeta Jeremías en medio de sus dificultades (JER. 15, 26). Jeremías llegó a sentirse tan desesperado por causa de sus padecimientos, que llegó a desear haber sido abortado por su madre, con tal de no soportar su angustia (JER. 20, 17-18). A pesar de la angustia que lo embargaba, el Profeta no dejó de confiar en Yahveh (JER. 20, 7-9).
La Palabra de Dios es el bálsamo que nos fortalece en las tribulaciones que vivimos, y, gracias al conocimiento de la misma, tenemos fe en Nuestro Padre celestial.
La fe es una de las virtudes llamadas "teologales", porque procede de Dios, y nos encamina a la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Tal virtud, al mismo tiempo que es una responsabilidad, porque nos exige que seamos buenos seguidores de Jesús, es el gozo de saber que todo lo que nos sucede tiene sentido, aunque tardemos años en descubrir esta realidad.
San Pedro nos anima a vivir inspirados en la fe que profesamos (1 PE. 5, 10).
¿Cómo podremos superar nuestras dificultades sin perder la fe en Dios, si no encontramos hermanos en la fe con quienes compartir nuestros sentimientos? Dado que los cristianos practicantes estamos dispersos por el mundo, con tal de no perder la fe, oraremos unos por otros, y, el Espíritu Santo, nos fortalecerá a todos. Esta es la causa por la que San Pedro, -sabiendo lo difícil que es mantener la fe en tiempos difíciles-, escribió, en su primera Epístola: (1 PE. 5, 8-9)
¿Que es la fe? (HEB. 11, 1).
Tenemos fe en que algún día viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento, y en que, durante los años que vivamos, Nuestro Santo Padre, nos ayudará a vencer muchos obstáculos, y a sobrellevar pacientemente las vicisitudes que hayamos de vivir durante mucho tiempo.
El conocimiento de la Palabra de Dios, nos hace poner en práctica todo lo que aprendemos, a lo largo de nuestros años de formación espiritual. En la Biblia se nos enseña a no guardarnos la fe en el corazón como si fuera una importante suma de dinero que escondemos celosamente, pues, cuanto más la ejercitemos y compartamos, más se nos aumentará.
Recordemos las siguientes palabras de San Pedro: (1 PE. 4, 8-10).
Por su parte, Santiago, -el primer Obispo de Jerusalén-, nos demuestra que, la fe sin la práctica de la caridad, no es más que una mera ilusión (ST. 2, 8. 15-18. 20. 24). Mientras que la fe sin obras no es demostrable, porque no existe, y quienes creen poseerla la tienen escondida en su interior, es posible demostrar que hacemos el bien, tanto por amor a Dios, como por amor a nuestros prójimos los hombres.
Nuestras vidas de fe y acción cristianas, no se desarrollan plenamente, si no oramos. ¿Es posible tener fe en Dios sin orar? Quien no ora, no cree en Dios. Imaginemos que vivimos con nuestros familiares, y, a pesar de ello, no les dirigimos la palabra. ¿Cómo podrán saber nuestros seres queridos que les amamos, si no se lo manifestamos? Naturalmente, Dios conoce nuestros sentimientos, pero necesitamos hablar con Él, porque, si no le hablamos, no le creemos, y, si no le creemos, carecemos de fe, y, por lo tanto, somos incapaces de hacer el bien, como nos corresponde a los cristianos.
Recordemos las siguientes palabras del primer Obispo de Jerusalén: (ST. 5, 16).
A través de la meditación del texto evangélico correspondiente al inicio de la Cuaresma, veremos cómo podemos tener fe, actuar como buenos cristianos, y orar, cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre.
1. La relación que mantenemos con nuestros prójimos.
Meditación de MT. 6, 1-4.
1-1. Observemos una moral adulta.
(MT. 6, 1). En la Biblia, la palabra "justicia", tiene dos acepciones, la primera de las cuales es sinónimo de fe, y, la segunda, se refiere al hecho de hacer el bien, y de practicar la equidad.
(MT. 6, 1a). Muchos padres tienen la costumbre de motivar a sus hijos para que estudien, ofreciéndoles recompensas, si se esfuerzan a la hora de formarse. Igualmente, muchos profesores tienen la costumbre de alabar excesivamente a sus alumnos más aventajados. Vivimos en una sociedad en la que no somos valorados en virtud de la bondad o maldad que nos caracteriza, sino en atención al poder, la riqueza y la fama que tenemos. Siempre se nos ha dicho que Dios castiga a los malos y premia a los buenos, para que adquiramos la costumbre de vivir en sociedad, beneficiándonos unos a otros, así pues, en la Biblia, leemos: (DT. 30, 19). Para los hebreos, el hecho de escoger la vida, significaba cumplir la voluntad de Dios, con tal de ser alcanzados por las promesas divinas. Para nosotros, el hecho de escoger la vida, significa que nos comprometemos a amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, para que, la vida sobrenatural de la gracia, nos transforme, para que seamos aptos, para vivir, en la presencia de Dios.
Aunque el hecho de hacer el bien nos dispone a ser receptores de las bendiciones divinas, evitemos la posibilidad de practicar la justicia para ser recompensados, y hagámoslo por la satisfacción de hacer el bien, para poder ser imitadores de Dios.
Jesús nos dice que, cuando hacemos el bien, o buscamos ser recompensados por quienes alaban nuestra bondad, o buscamos ser premiados por Dios. Si damos una limosna, no para beneficiar a un hermano carente de dádivas materiales, sino para figurar en una lista de benefactores, que estará a la vista de cientos o miles de personas, que sabrán de nuestra bondad, no estamos buscando una recompensa divina, sino un galardón humano. Hay ocasiones en que practicamos la justicia, y es inevitable el hecho de que se nos vea, tal como me sucedió un día en que, cuando estaba cruzando una carretera, un señor mayor que tenía una bicicleta tropezó conmigo, y lo sujeté, para evitar que se cayera. En tales casos en que es inevitable que se nos vea hacer el bien, no buscamos la recompensa humana, aunque la obtengamos, y sirvamos de testimonio, para que, quienes nos observen, comprendan que es posible vivir, según la voluntad de Nuestro Dios.
No podemos desear ser recompensados tanto por Dios como por los hombres al mismo tiempo, porque hay situaciones en que, la forma de proceder de los hombres, dista de la manera de actuar de Dios. Esta es la causa por la que Nuestro Señor nos instruye, en los siguientes términos: (MT. 6, 1b). En el texto que estamos considerando, Jesús no tuvo la pretensión de hablar mal de los fariseos, -los legalistas que necesitaban la constante aprobación de todos los actos que llevaban a cabo por parte de los hombres-, aunque lo hizo indirectamente, ya que, todo aquello que nos dice que no debe hacerse, era precisamente lo que hacían los tales.
Aunque San Mateo escribió su Evangelio en arameo, dicha obra fue traducida al griego. La versión de la citada obra en arameo no se conserva. Para los griegos,, los hipócritas, eran quienes representaban papeles teatrales que no estaban relacionados con su personalidad. Entre nosotros, una persona hipócrita, se conoce por el fingimiento, por ejemplo, de una bondad que no la caracteriza.
Muchos son los que hacen el bien para ser recompensados, porque, si no se les reconocen sus virtudes y bondad constantemente, sufren mucho, porque, al depender su estimación personal de lo que los demás creen de sí mismos, no se percatan de que practican la justicia, no por amor a Dios y a sus prójimos, sino para satisfacer su necesidad de ser reconocidos. Un clásico ejemplo de ello, son las madres crucificadas.
San Mateo nos expone varios ejemplos de acciones realizadas por gente hipócrita en su Evangelio (MT. 6, 5, 16; 7, 3-5; 15, 7-9; 16, 1-, 15-22; 23, 13-15, 25-31).
Los hipócritas no heredarán el Reino de Dios (MT. 24, 45-51).
1-2. Practiquemos la justicia buscando como recompensa la satisfacción de hacer el bien.
(MT. 6, 2). Jesús nos dice que, cuando practiquemos la justicia, no presumamos de nuestra bondad buscando ser recompensados por el aplauso de los hombres, pues, si no buscamos la aprobación divina, no la obtendremos, y tendremos que conformarnos con la aprobación humana, que es, en definitiva, la que nos interesa lograr.
San Pablo nos indica cómo podemos servir desinteresadamente a nuestros prójimos los hombres, en los siguientes términos: (FLP. 2, 1-4). Naturalmente, no siempre podemos considerar que las prioridades de nuestros prójimos son más urgentes que las nuestras, pero, si nos lo propusiéramos, podríamos exterminar la carencia de dádivas materiales de la humanidad.
1-3. Practiquemos la justicia por amor a Dios y a nuestros prójimos los hombres.
(MT. 6, 3-4). Hagamos el bien en secreto, y Dios nos recompensará públicamente, pero lo hará en silencio, de manera que, sólo nuestros hermanos en la fe, se percatarán de que el Señor nos beneficia, aunque no sepan por qué lo hace (2 COR. 9, 6-11).
2. La relación que mantenemos con Dios.
La oración.
Meditación de MT. 6, 5-6.
Los versículos del primer Evangelio que estamos meditando, me recuerdan la actitud de una señora que quiso hacerles promesas a diferentes imágenes de Jesús y a diversos Santos de asistir con su descendiente a sus procesiones, si su hijo se recuperaba de la enfermedad que padecía. Por su parte, el hijo, viendo que su madre no vivía como cristiana practicante, y que cumplía sus promesas buscando el aplauso de los hombres, -quienes supuestamente debían alabarla por su bondad de madre crucificada-, se negó a asistir a dichos actos litúrgicos, cosa que su madre aún le reprocha, -a pesar de que han pasado muchos años desde que hizo tales promesas-, porque le impidió ser estimada por la gente, y seguir alimentando el cumplimiento de promesas que, más que estar relacionadas con la fe, son causas de superstición, ya que, el hecho de no cumplir las mismas, -según la creencia de muchos católicos cuya fe no está bien formada-, es causa de recepción de un castigo divino.
Desgraciadamente, la fe de muchos católicos está relacionada con la superstición, porque los tales, o no han podido, o no han querido adquirir una buena formación religiosa. Quienes predicamos el Evangelio, debemos hacer un buen examen de conciencia, para averiguar si somos responsables de la deformación de la fe, que afecta a muchos de nuestros hermanos, de entre los cuales, muchos, -una vez perdido el miedo a la condenación en el infierno-, han dejado de creer en Dios, porque se les ha inculcado la idea de que nuestra fe es una carga, y no un motivo de dicha.
Si participamos en actos litúrgicos buscando el reconocimiento social, y no lo hacemos para alabar al Dios Uno y Trino, tendremos que conformarnos con la recepción del aplauso de los hombres, el cual, -por cierto-, es el único premio que nos interesa recibir.
De la misma forma que Jesús nos insta a practicar la caridad y a hacer penitencia en secreto, nos pide que oremos ocupándonos en cultivar la fe que profesamos. Si no oramos tal como hablamos con nuestros familiares, hemos de dar por supuesto que no tenemos fe en Dios.
San Pablo, nos dice: (EF. 6, 14-18. 1 TIM. 2, 1-4).
3. La relación que mantenemos con nosotros.
¿Qué pensamos de nosotros?
Meditación de MT. 6, 16-18.
La práctica del ayuno puede estar causada por el hecho de pedirle a Dios perdón por haber pecado, o por el hecho de pedirle dádivas, ora para quienes ayunan, ora para sus seres queridos.
Las prácticas penitenciales pueden ser las más tentadoras que se pueden realizar para atraer la aprobación de los hombres, porque no suponen desprendimiento de dinero en beneficio de los pobres, ni inversión de un tiempo determinado en la asistencia a los actos de culto públicos.
Supongamos el caso de una señora que pasa toda una noche en un hospital, esperando que uno de sus familiares que está enfermo, sea dado de alta al día siguiente. Al amanecer, la buena señora padece los efectos del sueño, y presume ante sus familiares y amigos porque, si ella no fuera tan buena, dicho enfermo hubiera pasado la noche sólo. Tanto al hacer el bien, al orar, o al hacer penitencia, no necesitamos demostrar que estamos haciendo esfuerzos sobrehumanos, a fin de lograr alcanzar los propósitos que nos proponemos. Jesús nos dice que, cuando hagamos penitencia, nos perfumemos y nos lavemos la cara (el aceite es utilizado en la elaboración de Ungüentos), porque nadie va a sentir lástima de nuestro estado, si nos ve con la cara sucia, fingiendo una tristeza que no tenemos, o quejándonos porque tenemos hambre, porque toca ayunar.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser mejores cristianos.
Comprometámonos a aprovechar, no sólo el tiempo de Cuaresma, sino toda nuestra vida, para mejorar nuestras relaciones, con Dios, con nuestros prójimos los hombres, y, con nosotros mismos.
Nota: Es lógico suponer que si beneficiamos a nuestros prójimos podemos ser recompensados si los mismos son agradecidos, pero el hecho de hacer depender nuestra estimación personal de la imagen que los tales tienen de nosotros, es doloroso y conflictivo, ya que nadie nos va a permitir que lo sobreprotejamos hasta eliminar su libertad, y convertirlo en objeto, a no ser que se sienta cómodo, y carezca de la voluntad necesaria, para ser autónomo.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico sobre la oración. (Miércoles de Ceniza).
Estudio bíblico sobre la oración.
Estimados hermanos y amigos:
Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.
¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.
Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).
A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.
(OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).
¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?
Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.
Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.
A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).
Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).
Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).
(2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).
En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).
Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.
No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).
No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.
¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).
Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).
¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).
Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).
(MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.
Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.
(MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).
¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).
Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.
¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?
1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).
2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).
3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir, hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).
4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.
¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.
Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).
A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.
(OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).
¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?
Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.
Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.
A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).
Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).
Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).
(2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).
En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).
Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.
No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).
No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.
¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).
Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).
¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).
Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).
(MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.
Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.
(MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).
¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).
Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.
¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?
1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).
2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).
3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir, hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).
4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El Espíritu Santo nos ha revelado que tanto los judíos como los provenientes del paganismo somos portadores de la revelación divina. (Meditación de la segunda lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).
2. El Espíritu Santo nos ha revelado que tanto los judíos como los provenientes del paganismo somos portadores de la revelación divina.
Meditación de EF. 3, 2-3A. 5-6.
Cuando San Pablo escribió la Carta a los Efesios, se hayaba en Roma bajo arresto domiciliario. El arresto del citado Apóstol se produjo en Jerusalén, por dos causas, la primera de las cuales consistía en que muchos judíos cristianizados envidiaban su capacidad de liderazgo, y la segunda en que muchos líderes del Judaísmo se sentían presionados por su facilidad de ganar seguidores para Cristo. Los enemigos de San Pablo deseaban que el citado Santo fuera condenado por revelar al pueblo contra Roma, ya que las causas religiosas no eran susceptibles de ser juzgadas por la Ley imperial, pero San Pablo sabía que su caso estaba en las manos de Dios. ¿Somos conscientes de que Dios controla nuestras circunstancias personales y sociales, o creemos que ello escapa a su control?
La administración de la gracia divina que le fue concedida a San Pablo, significa que tenía el deber de actuar como mayordomo de Dios, evangelizando a los gentiles. Si el plan redentor de Dios no se le reveló a toda la humanidad antes de que naciera Nuestro Salvador, ello sucedió porque Dios tiene previsto el tiempo en que ha de llevar a cabo el cumplimiento de su voluntad. Dios ha planeado que ha de llegar el día en que tanto los judíos como los gentiles formemos parte de la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo Resucitado. En IS. 49, 6, se revela que los gentiles serían salvados, pero en tiempos del Nuevo Testamento se nos reveló que todos somos iguales, independientemente de que seamos judíos o paganos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de EF. 3, 2-3A. 5-6.
Cuando San Pablo escribió la Carta a los Efesios, se hayaba en Roma bajo arresto domiciliario. El arresto del citado Apóstol se produjo en Jerusalén, por dos causas, la primera de las cuales consistía en que muchos judíos cristianizados envidiaban su capacidad de liderazgo, y la segunda en que muchos líderes del Judaísmo se sentían presionados por su facilidad de ganar seguidores para Cristo. Los enemigos de San Pablo deseaban que el citado Santo fuera condenado por revelar al pueblo contra Roma, ya que las causas religiosas no eran susceptibles de ser juzgadas por la Ley imperial, pero San Pablo sabía que su caso estaba en las manos de Dios. ¿Somos conscientes de que Dios controla nuestras circunstancias personales y sociales, o creemos que ello escapa a su control?
La administración de la gracia divina que le fue concedida a San Pablo, significa que tenía el deber de actuar como mayordomo de Dios, evangelizando a los gentiles. Si el plan redentor de Dios no se le reveló a toda la humanidad antes de que naciera Nuestro Salvador, ello sucedió porque Dios tiene previsto el tiempo en que ha de llevar a cabo el cumplimiento de su voluntad. Dios ha planeado que ha de llegar el día en que tanto los judíos como los gentiles formemos parte de la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo Resucitado. En IS. 49, 6, se revela que los gentiles serían salvados, pero en tiempos del Nuevo Testamento se nos reveló que todos somos iguales, independientemente de que seamos judíos o paganos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la salvación a todos los hombres. (Meditación para el Domingo II después de Navidad).
Meditación.
Se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la salvación a todos los hombres.
(TT. 2, 11).
El día de Navidad empezó a celebrarse oficialmente el año 345, gracias a la influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno. La Iglesia absorbió el Saturnal romano y el Yule de Europa del norte con el fin de que la verdadera adoración no se le manifestara ni a Saturno ni al sol, sino a Jesucristo, la Aurora -o Sol- de justicia que nos visitó desde lo alto (LC. 1, 78). De la misma manera que la Iglesia absorbió hábilmente dichas celebraciones paganas para cristianizar a quienes las celebraran sin que los mismos se sintieran coaccionados para cambiar sus creencias en poco tiempo, los cristianos del siglo XXI podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia existe entre los cristianos y quienes no comparten nuestras creencias? Nosotros no somos ni superiores ni de inferior categoría que quienes no comparten nuestra fe, pero nos diferenciamos de ellos en que conocemos el hecho de que la bondad de Dios se nos ha manifestado, según recordamos en la Misa de medianoche de la Natividad de Nuestro Señor. San Pablo nos dijo en aquella celebración tan especial: (TT. 2, 11-13).
El pasado día uno de noviembre celebramos la solemnidad de todos los Santos, y, aunque el día dos del citado mes fue agridulce al recordar a nuestros difuntos y la esperanza que significa para los cristianos creer que Dios cumplirá la promesa de llevarnos al cielo, la Iglesia, fiel a la misión que le encomendó Nuestro Señor Jesucristo, predicó incansablemente la futura instauración del Reino de Dios en el mundo, un Reinado en que, quienes descendemos del primer hombre (Adán), seremos vivificados según la imagen del segundo Adán (Cristo) (1 COR. 15, 45-50).
¿Qué podemos hacer para comenzar a vivir nuestra transformación espiritual o conversión? Antes de contestar esta pregunta, vamos a considerar el significado de la conversión, es decir, el hecho de volvernos a Dios. La conversión es imprescindible para nosotros porque, a través de ese gran giro que damos en nuestras vidas al aceptar a Nuestro Creador y al cumplir su voluntad, nos vamos haciendo miembros del Cuerpo místico del que lo es todo en todos, -es decir, la Iglesia- La conversión no es un acto teatral que se lleva a cabo en un determinado espacio de tiempo reducido, pues ello supone la equiparación de nuestros criterios y actitudes al modo de pensar y ser de Nuestro Maestro. Esta transformación no afecta únicamente la faceta religiosa, pues incluye todos los aspectos de la vida de los seguidores de Jesús.
Quizás nos diga alguien: "No estáis en contra del aborto porque defendéis la vida, sino porque sois unos fanáticos religiosos". Esta creencia nuestra no se basa en el supuesto "lavado de cerebro" que alguien nos ha hecho, sino en las palabras de Jesús, contenidas en MT. 22, 32.
Quizás también se nos diga: "Si fuerais tan buenas personas como pretendéis hacernos creer, no rechazaríais a los homosexuales". El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: (CIC. n. 2358).
La conversión significa vivir en permanente estado de cambio y superación. El Rey Salomón le oró humildemente a Dios cuando Nuestro Santo Padre le encomendó el reinado de Israel, dado que se creía incapaz de gobernar a su pueblo. Por causa de su humildad, Dios le concedió más riquezas de las que jamás haya podido tener ningún hombre a lo largo de la Historia, pero, dicho Rey, en vez de dedicar toda su vida al ejercicio de los dones y virtudes que había recibido de Dios, al llegar a la ancianidad, acabó incumpliendo la Ley del Altísimo, no por falta de pruebas que le demostraran que Dios actuaba en su vida, sino porque, por causa de su orgullo, no siguió siendo humilde y creciendo espiritualmente, sino que se dejó arrastrar por el materialismo. De la misma forma que Salomón le falló a Dios, podemos seguir los pasos del hijo de David si no cuidamos nuestra fe convenientemente.
En respuesta al modo en que hemos de llevar a cabo nuestra conversión a partir del momento en que leéis esta meditación, San Pablo nos dice: (COL. 1, 1-3). ¿Debemos entender que San Pablo nos insta a que olvidemos nuestra realización como hijos del mundo y que nos dediquemos exclusivamente a la vida mística? San Pablo responde esta pregunta en su Carta a los Colosenses: (COL. 3, 17).
La conversión es un proceso lento, gradual y radical (COL. 3, 9-11).
¿Cuál tiene que ser la influencia de Jesús en nosotros, con el fin de que podamos convertirnos al Evangelio? (1 COR. 1, 30-31).
¿La conversión de nuestra alma al Señor es fácil? Naturalmente, de la misma manera que fracasamos al llevar a cabo muchas empresas, a lo largo de nuestra conversión, podemos desanimarnos, ora porque dejamos de fortalecer nuestra fe mediante la adquisición del conocimiento de Dios, ora por la visión de las circunstancias adversas que podemos vivir, pero, a pesar de ello, debemos tener presentes las palabras de San Pablo: (1 COR. 15, 57-58).
¿Debemos intentar convertirnos al Señor como si estuviéramos participando en una carrera de obstáculos en que tenemos que ser los primeros en llegar a la meta? El proceso de cambio de nuestra mentalidad es lento y gradual, y no hemos de actuar coaccionándonos como si el hecho de tener prisa por alcanzar un nivel místico elevado facilitara nuestra comprensión del misterio de Nuestro Creador. No debemos ser presionados para convertirnos al Señor por nadie ni por nosotros (2 COR. 3, 17-18).
El fin de la conversión es hacernos imitadores de Cristo. Aunque el hecho de servir a Dios nos reporta una gran alegría a los cristianos que hemos optado por hacer obras de misericordia y/o predicar el Evangelio, hemos de tener presentes las siguientes palabras de Jesús, pues las mismas son la explicación de las contradicciones a las que nos vemos sometidos muchas veces: (JN. 17, 14-15).
El ejemplo de San Pablo nos demuestra que, aunque su conversión fue dolorosa, la satisfacción de servir a Dios fue superior a su sufrimiento, pues él les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 11, 24-33).
Dado que somos imperfectos, ¿podemos permitirnos algún margen de error en el tiempo del cambio? Por causa de nuestra imperfección con la que Dios nos quiere porque nos ha creado con ella, nos vamos a equivocar muchas veces, y en ciertas ocasiones puede sucedernos que cometamos errores graves, pero ello no significa que los mismos sean pecados, sino que podemos aprender a superarnos a partir de nuestro estado actual. ¿Tenemos, por ejemplo, el defecto de que nos airamos fácilmente? San Pablo nos dice que nos superemos lentamente (EF. 4, 26). A veces tenemos que enojarnos sencillamente porque debemos hacernos respetar en nuestro entorno si no somos asertivos, pues en ciertas circunstancias podemos vernos obligados a hacer justo lo que no deseamos porque nos presionan y no podemos actuar contra nuestra conciencia. Cuando tengamos que afrontar periodos difíciles, nos aplicaremos esta frase del Apóstol: (EF. 5, 17).
San Pedro escribió: (1 PE. 3, 15-17).
Aunque en muchos países concluyó el periodo de vacaciones navideño el día uno del presente mes, en otras naciones el mismo se prolongará hasta el día de la Epifanía del Señor. El hecho de que celebremos la Navidad social es muy positivo, siempre que, imitando a la Iglesia que cristianizó los ritos paganos llamados Saturnal y Yule, sepamos darle a dicha celebración un sentido cristiano. Algunos habéis tenido el privilegio de viajar o de recibir en vuestros hogares a familiares y amigos, con quienes habéis pasado unos días estupendos hablando de vuestros recuerdos y proyectos, pero, ¿habéis reparado en que la Sagrada Familia puede estar abandonada en la representación de vuestro nacimiento? ¿Habéis pensado que la Trinidad Beatísima representada por vuestro árbol de Navidad puede sentirse desamparada por vuestra posible ignorancia voluntaria de Ella?
Convertirnos a Dios no significa privarnos de celebrar la Navidad social, sino darle a esa celebración un sentido entrañable humano y divino, es decir, apagar el televisor, bajar el volumen de la música, jugar con los niños, dejar que los padres mayores y abuelos cuenten cientos de veces las mismas historias, hacer un alto en el camino para abrazar y ser abrazados, ultimar los preparativos para perfeccionar los proyectos que tenemos en mente, y apartar tiempo para dedicarnos a los enfermos, los desamparados y los pobres, pues ellos también son nuestros hermanos. Si algunos pobres se han hecho a sí mismos, de la misma manera que nos estamos convirtiendo al Señor, démosles también a ellos la oportunidad de vivir y soñar, para que sus corazones se abran al Dios de quienes quizás creen que los ha abandonado.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que esta Navidad no se dé nunca por finalizada por quienes somos sus hijos, y que podamos seguir celebrándola así en la tierra como en el cielo. Amén.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la salvación a todos los hombres.
(TT. 2, 11).
El día de Navidad empezó a celebrarse oficialmente el año 345, gracias a la influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno. La Iglesia absorbió el Saturnal romano y el Yule de Europa del norte con el fin de que la verdadera adoración no se le manifestara ni a Saturno ni al sol, sino a Jesucristo, la Aurora -o Sol- de justicia que nos visitó desde lo alto (LC. 1, 78). De la misma manera que la Iglesia absorbió hábilmente dichas celebraciones paganas para cristianizar a quienes las celebraran sin que los mismos se sintieran coaccionados para cambiar sus creencias en poco tiempo, los cristianos del siglo XXI podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia existe entre los cristianos y quienes no comparten nuestras creencias? Nosotros no somos ni superiores ni de inferior categoría que quienes no comparten nuestra fe, pero nos diferenciamos de ellos en que conocemos el hecho de que la bondad de Dios se nos ha manifestado, según recordamos en la Misa de medianoche de la Natividad de Nuestro Señor. San Pablo nos dijo en aquella celebración tan especial: (TT. 2, 11-13).
El pasado día uno de noviembre celebramos la solemnidad de todos los Santos, y, aunque el día dos del citado mes fue agridulce al recordar a nuestros difuntos y la esperanza que significa para los cristianos creer que Dios cumplirá la promesa de llevarnos al cielo, la Iglesia, fiel a la misión que le encomendó Nuestro Señor Jesucristo, predicó incansablemente la futura instauración del Reino de Dios en el mundo, un Reinado en que, quienes descendemos del primer hombre (Adán), seremos vivificados según la imagen del segundo Adán (Cristo) (1 COR. 15, 45-50).
¿Qué podemos hacer para comenzar a vivir nuestra transformación espiritual o conversión? Antes de contestar esta pregunta, vamos a considerar el significado de la conversión, es decir, el hecho de volvernos a Dios. La conversión es imprescindible para nosotros porque, a través de ese gran giro que damos en nuestras vidas al aceptar a Nuestro Creador y al cumplir su voluntad, nos vamos haciendo miembros del Cuerpo místico del que lo es todo en todos, -es decir, la Iglesia- La conversión no es un acto teatral que se lleva a cabo en un determinado espacio de tiempo reducido, pues ello supone la equiparación de nuestros criterios y actitudes al modo de pensar y ser de Nuestro Maestro. Esta transformación no afecta únicamente la faceta religiosa, pues incluye todos los aspectos de la vida de los seguidores de Jesús.
Quizás nos diga alguien: "No estáis en contra del aborto porque defendéis la vida, sino porque sois unos fanáticos religiosos". Esta creencia nuestra no se basa en el supuesto "lavado de cerebro" que alguien nos ha hecho, sino en las palabras de Jesús, contenidas en MT. 22, 32.
Quizás también se nos diga: "Si fuerais tan buenas personas como pretendéis hacernos creer, no rechazaríais a los homosexuales". El Catecismo de la Iglesia Católica, dice: (CIC. n. 2358).
La conversión significa vivir en permanente estado de cambio y superación. El Rey Salomón le oró humildemente a Dios cuando Nuestro Santo Padre le encomendó el reinado de Israel, dado que se creía incapaz de gobernar a su pueblo. Por causa de su humildad, Dios le concedió más riquezas de las que jamás haya podido tener ningún hombre a lo largo de la Historia, pero, dicho Rey, en vez de dedicar toda su vida al ejercicio de los dones y virtudes que había recibido de Dios, al llegar a la ancianidad, acabó incumpliendo la Ley del Altísimo, no por falta de pruebas que le demostraran que Dios actuaba en su vida, sino porque, por causa de su orgullo, no siguió siendo humilde y creciendo espiritualmente, sino que se dejó arrastrar por el materialismo. De la misma forma que Salomón le falló a Dios, podemos seguir los pasos del hijo de David si no cuidamos nuestra fe convenientemente.
En respuesta al modo en que hemos de llevar a cabo nuestra conversión a partir del momento en que leéis esta meditación, San Pablo nos dice: (COL. 1, 1-3). ¿Debemos entender que San Pablo nos insta a que olvidemos nuestra realización como hijos del mundo y que nos dediquemos exclusivamente a la vida mística? San Pablo responde esta pregunta en su Carta a los Colosenses: (COL. 3, 17).
La conversión es un proceso lento, gradual y radical (COL. 3, 9-11).
¿Cuál tiene que ser la influencia de Jesús en nosotros, con el fin de que podamos convertirnos al Evangelio? (1 COR. 1, 30-31).
¿La conversión de nuestra alma al Señor es fácil? Naturalmente, de la misma manera que fracasamos al llevar a cabo muchas empresas, a lo largo de nuestra conversión, podemos desanimarnos, ora porque dejamos de fortalecer nuestra fe mediante la adquisición del conocimiento de Dios, ora por la visión de las circunstancias adversas que podemos vivir, pero, a pesar de ello, debemos tener presentes las palabras de San Pablo: (1 COR. 15, 57-58).
¿Debemos intentar convertirnos al Señor como si estuviéramos participando en una carrera de obstáculos en que tenemos que ser los primeros en llegar a la meta? El proceso de cambio de nuestra mentalidad es lento y gradual, y no hemos de actuar coaccionándonos como si el hecho de tener prisa por alcanzar un nivel místico elevado facilitara nuestra comprensión del misterio de Nuestro Creador. No debemos ser presionados para convertirnos al Señor por nadie ni por nosotros (2 COR. 3, 17-18).
El fin de la conversión es hacernos imitadores de Cristo. Aunque el hecho de servir a Dios nos reporta una gran alegría a los cristianos que hemos optado por hacer obras de misericordia y/o predicar el Evangelio, hemos de tener presentes las siguientes palabras de Jesús, pues las mismas son la explicación de las contradicciones a las que nos vemos sometidos muchas veces: (JN. 17, 14-15).
El ejemplo de San Pablo nos demuestra que, aunque su conversión fue dolorosa, la satisfacción de servir a Dios fue superior a su sufrimiento, pues él les escribió a los cristianos de Corinto: (2 COR. 11, 24-33).
Dado que somos imperfectos, ¿podemos permitirnos algún margen de error en el tiempo del cambio? Por causa de nuestra imperfección con la que Dios nos quiere porque nos ha creado con ella, nos vamos a equivocar muchas veces, y en ciertas ocasiones puede sucedernos que cometamos errores graves, pero ello no significa que los mismos sean pecados, sino que podemos aprender a superarnos a partir de nuestro estado actual. ¿Tenemos, por ejemplo, el defecto de que nos airamos fácilmente? San Pablo nos dice que nos superemos lentamente (EF. 4, 26). A veces tenemos que enojarnos sencillamente porque debemos hacernos respetar en nuestro entorno si no somos asertivos, pues en ciertas circunstancias podemos vernos obligados a hacer justo lo que no deseamos porque nos presionan y no podemos actuar contra nuestra conciencia. Cuando tengamos que afrontar periodos difíciles, nos aplicaremos esta frase del Apóstol: (EF. 5, 17).
San Pedro escribió: (1 PE. 3, 15-17).
Aunque en muchos países concluyó el periodo de vacaciones navideño el día uno del presente mes, en otras naciones el mismo se prolongará hasta el día de la Epifanía del Señor. El hecho de que celebremos la Navidad social es muy positivo, siempre que, imitando a la Iglesia que cristianizó los ritos paganos llamados Saturnal y Yule, sepamos darle a dicha celebración un sentido cristiano. Algunos habéis tenido el privilegio de viajar o de recibir en vuestros hogares a familiares y amigos, con quienes habéis pasado unos días estupendos hablando de vuestros recuerdos y proyectos, pero, ¿habéis reparado en que la Sagrada Familia puede estar abandonada en la representación de vuestro nacimiento? ¿Habéis pensado que la Trinidad Beatísima representada por vuestro árbol de Navidad puede sentirse desamparada por vuestra posible ignorancia voluntaria de Ella?
Convertirnos a Dios no significa privarnos de celebrar la Navidad social, sino darle a esa celebración un sentido entrañable humano y divino, es decir, apagar el televisor, bajar el volumen de la música, jugar con los niños, dejar que los padres mayores y abuelos cuenten cientos de veces las mismas historias, hacer un alto en el camino para abrazar y ser abrazados, ultimar los preparativos para perfeccionar los proyectos que tenemos en mente, y apartar tiempo para dedicarnos a los enfermos, los desamparados y los pobres, pues ellos también son nuestros hermanos. Si algunos pobres se han hecho a sí mismos, de la misma manera que nos estamos convirtiendo al Señor, démosles también a ellos la oportunidad de vivir y soñar, para que sus corazones se abran al Dios de quienes quizás creen que los ha abandonado.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que esta Navidad no se dé nunca por finalizada por quienes somos sus hijos, y que podamos seguir celebrándola así en la tierra como en el cielo. Amén.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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