Reportaje sobre el pecado.
Introducción
Estimados hermanos y amigos:
Como todos sabemos, la Iglesia nos imparte la enseñanza de la Palabra de Dios en tres ciclos anuales, en los cuales se nos dan muchas oportunidades, tanto para comenzar una nueva vida, como para que hagamos adecuadamente lo que en el pasado hicimos cometiendo errores, etcétera. Esas oportunidades se nos ofrecen de un modo muy especial en el Adviento, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección.
Durante los citados periodos de tiempo, tratamos profundamente un tema por cuya errónea visión algunos de nuestros hermanos sufren mucho porque no se sienten muy amados por Dios, mientras que cada día son más los que intentan ignorar el mismo, porque les resulta desagradable, ya que, si lo aceptan, deben someterse a prácticas que los inclinen a purificarse. Ese tema es el pecado.
Tal como recordamos en la Solemnidad del Corpus Christi, se ha extendido demasiado la creencia de que nos basta creer en Dios para alcanzar la salvación, lo cual es una verdad a medias, ya que, para poder vivir en la presencia de Nuestro Padre común, nos es necesario rechazar el pecado.
En esta ocasión, con la intención de profundizar con respecto a este tema tan polémico, os envío un estudio bíblico sobre el pecado, que espero que os sea provechoso, especialmente a quienes predicáis la Palabra de Dios, en entornos en los que éste tema es tenido como una manía de fanáticos religiosos de quienes hay que apartarse.
1. Definición del pecado.
En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia" (CIC. n. 386).
El pecado consiste en vivir de espaldas a Dios incumpliendo todos los preceptos que han sido dispuestos por Nuestro Padre común con tal de que podamos ser purificados y seamos alcanzados posteriormente por la salvación. En otras palabras, podemos decir que el pecado consiste en oponer el cumplimiento de nuestra voluntad al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.
"... Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente" (CIC. n. 387).
En la Biblia se utilizan varias palabras para definir el pecado, de las cuales, -a modo de ejemplos-, os cito los términos "iniquidad" y "maldad", de hecho, el término griego "anomia", se traduce al castellano como desorden, porque el pecado, -en sí mismo-, constituye el rechazo de Dios, y, por lo tanto, el desprecio de la voluntad y de la Ley del Todopoderoso. Esta definición del pecado la extraemos del siguiente versículo de la primera Carta de San Juan: (1 JN. 3, 4).
La citada definición del pecado es válida, si tenemos en cuenta que, aunque no vivimos bajo la Ley de Moisés en el sentido estricto de que nuestra salvación no depende exclusivamente del cumplimiento de los Mandamientos de la misma, aquellos de cuyos preceptos aún siguen siendo vigentes, han sido dispuestos para que aceptemos a Nuestro Padre común.
Siempre se ha asociado la existencia de la muerte al pecado de los hombres, así pues, San Pablo escribió, las palabras expuestas en ROM. 5, 12. El hombre al que se refiere San Pablo es Adán, -nuestro primer antepasado según la Biblia-, que, junto a Eva, cometió el llamado pecado original, cuyos efectos nos fueron transmitidos, según San Pablo, y, por tanto, la doctrina de la Iglesia.
¿Hemos pecado todos los hombres de todos los tiempos, con las excepciones de Jesucristo y de Nuestra Santa Madre?
¿Cómo se puede juzgar de la misma forma a los conocedores de la voluntad de Dios y a quienes no conocen a Nuestro Creador?
San Pablo nos demuestra que Dios nos hace conocer los preceptos esenciales de la Ley divina en el siguiente texto: (ROM. 2, 12-15). Al tener en cuenta la enseñanza paulina que estamos recordando, entendemos que la comisión del pecado fue anterior a la difusión de la Ley de Dios (ROM. 5, 13-14).
Existe una diferencia entre los pecados de quienes vivieron antes de que se promulgara la Ley de Moisés y los pecados de quienes hemos vivido posteriormente a ese importante acontecimiento histórico. Independientemente de que conozcamos la Ley de Dios, nuestra imperfección humana nos inclina a pecar. El pecado de los conocedores de la voluntad de Dios es más grave que el pecado de quienes desconocen a Nuestro Padre común, por cuanto los primeros transgreden conscientemente los Mandamientos de Nuestro Creador (ROM. 2, 12. 4, 15).
Cuando hablamos del pecado, hablamos del mal provocado en general por la humanidad, y, cuando hablamos de pecados, hablamos de nuestros incumplimientos personales de la voluntad de Nuestro Creador.
2. Dios perdona nuestros pecados y condena la iniquidad.
Los cristianos católicos, cuando reconocemos que somos pecadores, recurrimos al Sacramento de la Penitencia, con el fin de obtener el perdón de Dios. El Espíritu Santo nos hace conscientes de que somos pecadores, según las siguientes palabras de Nuestro Hermano y Señor: (JN. 16, 8-11. ROM. 8, 1-4).
San Juan nos recuerda que el pecado no fue originado por el hombre en su primera Carta (1 JN. 3, 8-9).
Es preciso aclarar que, si por debilidad seguimos pecando, ello no indica que hemos dejado de ser hijos de Dios, a no ser que se dé el caso de que queramos dejar de esforzarnos para crecer a nivel espiritual.
Aunque el hombre no originó el pecado, sí fue el que lo introdujo en el mundo, lo cual tuvo como consecuencia la muerte, así pues, Dios le dijo a Adán en el Paraíso terrenal, las palabras que encontramos en GN. 2, 17.
Dios le dijo a Adán que, a partir del momento en que le desobedeciera, moriría irremediablemente. Este mandamiento no iba dirigido únicamente al hombre, ya que, en la Biblia, el término Adán, -como veremos seguidamente-, es aplicable tanto a nuestro primer padre como a Eva (GN. 5, 1-2).
Para explicarles a sus lectores la existencia del mal, los autores bíblicos concibieron la idea de que los hombres somos pecadores por naturaleza, así pues, veamos algunos ejemplos de la aceptación de esta idea que con tanta facilidad puede ser rebatida en nuestro tiempo, dado que se entiende que no todos nuestros errores son causados por la maldad que nos caracteriza: (SAL. 51, 7. 58, 4). 25, 17-18).
Según los autores de la Biblia, tanto nuestro cuerpo como nuestra alma, son susceptibles de convertirse en instrumentos de pecado (GN. 6, 5. 8, 20-21; MT. 15, 17-19; (GÁL. 5, 19-21; ROM. 7, 4-25; PR. 20, 9; ECL. 7, 20; IS. 53, 6; ROM. 3, 10-24; 1 JN. 1, 8-10).
Según la doctrina católica, no existe ni un sólo justo con las excepciones de Jesús y de su Santa Madre.
La Biblia nos demuestra que Jesús no estuvo contaminado por el pecado, en versículos como los siguientes: (HEB. 9, 25-26; 1 JN. 3, 5; 1 PE. 2, 22; 1 JN. 4, 8).
A pesar de esta verdad, -la cual nos recuerda que Nuestro Padre celestial perdona nuestras transgresiones de sus Mandamientos-, no creamos que el amor característico de nuestro Creador anula la aplicación de su justicia sobre nosotros. Si bien es verdad que Dios perdona a quienes se arrepienten de sus pecados, también es cierto que condena a quienes hacen el mal siendo conscientes del sufrimiento que provocan (ROM. 6, 23).
Tal como vimos anteriormente en ROM. 5, 12, por cuanto todos hemos pecado, estamos condenados a morir.
Mientras no aceptamos a Dios, permanecemos muertos por causa de nuestros pecados (JN. 8, 24; EF. 2, 1-2).
Nos es necesario nacer de nuevo a fin de que Dios nos perdone nuestros pecados y nos haga sus hijos por mediación del Bautismo (JN. 3, 5-6; IS. 59, 1-2).
Dios nos juzgará, tanto cuando fallezcamos como al final de los tiempos, y tendremos que responder ante Él, hasta de nuestros pensamientos más ocultos (ECLO, 12, 1-18).
Tal como ha quedado demostrado en este estudio bíblico, a través del sacrificio de Nuestro Señor, Dios nos perdonó nuestros pecados. Al principio de la existencia de la humanidad, Adán acabó con la vida semiperfecta que Dios nos concedió, a través de su desobediencia. Llegado el tiempo de nuestra redención, a través de su Pasión, muerte y resurrección, Jesús nos devolvió la dignidad de hijos de dios perdida por nuestros primeros padres, pagó el castigo merecido por nuestros pecados, y pagó el hecho de que Dios permite que suframos, aunque lo haga, no para pecar, sino para que seamos conscientes del sufrimiento que le ha supuesto el hecho de crearnos libres.
Es admirable lo que San Pablo nos dice de Cristo en su segunda Carta a los Corintios: (2 COR. 5, 21. IS. 53, 3-10; 1 JN. 2, 1-2; GÁL. 3, 13).
Dado que nuestra salvación depende de la fe en Dios y en su Hijo y no del cumplimiento de la Ley, el Cordero de Dios nos ha salvado por medio de su Pasión, muerte y resurrección (JN. 1, 29; HEB. 9, 26; 1 JN. 1, 6-7).
La Eucaristía es el símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto -o Testamento- con que Dios se alió con nosotros para salvarnos (MT. 26, 27-28. HCH. 10, 42-43).
Ya que Dios ha permitido que Jesús muera por nosotros, no seremos tratados en conformidad con el castigo merecido por nuestros pecados (SAL. 103, 8-13; IS. 1, 18. 38, 17. 44, 22; MI. 7, 18-19; JER. 50, 20).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.
Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.
Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).
Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.
He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.
Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.
No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.
Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.
Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.
2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 11-17.
3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).
Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).
Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.
3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).
Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.
Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.
La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.
¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?
¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?
En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?
¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.
3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).
Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.
3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).
Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.
Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.
Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.
3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).
Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.
Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.
3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).
Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.
¿Qué imagen tenemos de Dios?
¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.
¿Qué pensamos de Jesús?
¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).
Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?
3-2.
10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?
3-3.
23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?
3-4.
29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?
3-5.
34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
3-6.
37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7.
44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.
¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?
Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.
Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.
Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.
Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.
Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.
Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?
¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?
Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.
Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.
Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.
Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.
Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.
Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.
Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.
Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).
Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.
Oremos:
Espíritu Santo:
Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.
He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.
Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.
No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.
Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.
Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.
2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 11-17.
3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).
Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).
Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.
3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).
Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.
Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.
La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.
¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?
¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?
En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?
¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.
3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).
Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.
3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).
Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.
Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.
Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.
3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).
Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.
Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.
3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).
Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.
¿Qué imagen tenemos de Dios?
¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.
¿Qué pensamos de Jesús?
¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).
Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?
3-2.
10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?
3-3.
23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?
3-4.
29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?
3-5.
34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?
3-6.
37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?
3-7.
44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.
¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?
Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.
Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.
Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.
Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.
Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.
Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?
¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?
Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.
Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.
Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.
Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.
Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.
Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Si Dios está con nosotros, ¿a quién le temeremos? (Meditación de la II lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).
Meditación.
2. Si Dios está con nosotros, ¿a quién le temeremos?
Meditación de ROM. 8, 31B-34.
El texto paulino que estamos reflexionando, es muy útil para quienes se creen indignos de alcanzar la salvación. El concepto del pecado interpretado positivamente nos enseña que podemos mejorar como personas y comunidades de fe porque hemos sido creados a la imagen y la semejanza de Dios, pero la interpretación negativa del mismo nos puede hacer sufrir inútilmente, pues, si Dios es la perfección del bien y se nos ha enseñado que somos simples pecadores, y nuestro amor es inferior al suyo, no seremos salvos por causa de nuestras obras, sino porque Nuestro Padre celestial nos ama (HCH. 16, 31). Si Dios permitió el sacrificio de su Unigénito para enseñarnos que nos ama, ¿qué no hará para concluir nuestra purificación y nuestra santificación? Dios se nos entrega plenamente, y nos pide lo mejor que tenemos, pero ello no ha de sumirnos en la tristeza, porque Nuestro Santo Padre jamás nos pedirá algo que vaya más allá de nuestra capacidad de actuar como buenos cristianos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
2. Si Dios está con nosotros, ¿a quién le temeremos?
Meditación de ROM. 8, 31B-34.
El texto paulino que estamos reflexionando, es muy útil para quienes se creen indignos de alcanzar la salvación. El concepto del pecado interpretado positivamente nos enseña que podemos mejorar como personas y comunidades de fe porque hemos sido creados a la imagen y la semejanza de Dios, pero la interpretación negativa del mismo nos puede hacer sufrir inútilmente, pues, si Dios es la perfección del bien y se nos ha enseñado que somos simples pecadores, y nuestro amor es inferior al suyo, no seremos salvos por causa de nuestras obras, sino porque Nuestro Padre celestial nos ama (HCH. 16, 31). Si Dios permitió el sacrificio de su Unigénito para enseñarnos que nos ama, ¿qué no hará para concluir nuestra purificación y nuestra santificación? Dios se nos entrega plenamente, y nos pide lo mejor que tenemos, pero ello no ha de sumirnos en la tristeza, porque Nuestro Santo Padre jamás nos pedirá algo que vaya más allá de nuestra capacidad de actuar como buenos cristianos.
(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).
Permanezcamos unidos. (Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Permanezcamos unidos.
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia. (Domingo IV de Cuaresma del Ciclo A).
Estudio bíblico breve del Sacramento de la Penitencia.
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Quién instituyó el Sacramento de la Penitencia?
He aquí lo que aconteció en la aparición de Jesús a sus Apóstoles, que aconteció al atardecer del Domingo de Pascua (JN. 20, 22-23).
¿Quiénes pueden administrar el Sacramento de la Penitencia?
Este Sacramento solo puede ser administrado por los sacerdotes, los cuales son ayudantes de los Obispos, que son sucesores de los Apóstoles (MT. 18, 18). Los Apóstoles del Señor, recibieron el poder de admitir y excluir de ser hijos de la Iglesia a quienes vieran conveniente acercar o alejar de la fundación de Cristo. El poder de atar y desatar, también indica la potestad de los sacerdotes tanto para perdonarnos como para retenernos los pecados, y, lo que los ministros de Cristo que nos confiesen decidan hacer con nuestros pecados, será respetado en el cielo.
¿Por qué no podemos administrar el Sacramento de la Penitencia los laicos?
Los laicos no podemos confesar porque esta actividad ha sido encomendada exclusivamente a los ministros de Cristo, pues los tales tienen la misión de velar por nuestra purificación y nuestra santificación, tanto con su trabajo como por medio de sus incesantes oraciones por las almas cuya salvación les ha sido encomendada.
¿Qué garantía tenemos de que los sacerdotes se esmeran a la hora de cumplir la misión de hacer las veces de Dios ante quienes confiesan?
En el caso de que los confesores no administren el Sacramento de la Penitencia adaptándose tanto a las exigencias del amor divino como de la justicia de Dios, dado que quien administra el perdón es Dios, y no sus intermediarios los sacerdotes, los confesandos no tienen por qué temer por su salvación en estos casos.
¿Existe algún testimonio relativo a la confesión en la Biblia?
San Juan Bautista confesaba a quienes bautizaba (MC. 1, 5).
Con respecto a la experiencia de la predicación de San Pablo en Éfeso, leemos en los Hechos de los Apóstoles: (HCH. 19, 18).
¿Divulgan los sacerdotes los pecados que les confesamos?
Los sacerdotes deben guardar celosamente las confesiones de sus feligreses en sus corazones u olvidarse de las mismas, pero bajo ningún pretexto deben divulgar las mismas, a no ser que se dé el caso de que los confesandos publiquen sus pecados, pues en tal caso los mismos no permanecen en secreto, no precisamente porque los difunden los confesores.
Si Dios nos perdona los pecados, ¿por qué tenemos que confesarnos con los sacerdotes?
Si nuestra fe en Dios es débil, la ayuda espiritual de los sacerdotes nos acercará a Nuestro Padre común.
¿Con qué frecuencia debemos confesarnos?
Aunque el Sacramento de la Penitencia administrado en su justa medida nos sirve como medicamento o terapia psicológica, si lo recibimos con demasiada frecuencia, y nos empeñamos en confesar hasta los pensamientos que no podemos controlar simplemente porque nuestra mente no es estática, en tal caso, el citado Sacramento es una trampa tan poderosa como para desestabilizarnos mentalmente.
Aunque la Iglesia nos pide que nos confesemos al menos una vez al año, muchos religiosos y laicos lo hacen una o más veces por semana. Somos nosotros quienes decidimos la frecuencia con que hemos de confesarnos.
Confesémonos sin temer el hecho de que no se nos perdonen los pecados que hemos cometido, pero no recibamos este Sacramento como quien participa en un acto teatral con la idea de seguir pecando, pues, si no somos sinceros en nuestras confesiones, no se nos perdonarán los pecados (ST. 5, 16).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Domingo III de Cuaresma del ciclo A.
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús, el Hijo de Dios y María, desea darnos agua viva.
Ejercicio de lectio divina de JN. 4, 5-42.
Lectura introductoria: ROM. 5, 5.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Los Evangelios de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos ayudan a meditar sobre el Sacramento del Bautismo, y, por consiguiente, nos disponen a celebrar la Pascua de Resurrección. Aunque en algunas celebraciones eucarísticas los tales se acortarán por razones concernientes a la brevedad de dichos actos litúrgicos, conviene leerlos completos, e incluso es interesante valorar la posibilidad de que sean leídos por tres personas: un narrador, alguien que interprete a los personajes que aparecen, y un diácono o el sacerdote celebrante que haga las veces de Jesús. Si se pretende acortar las celebraciones, en lugar de reducir los Evangelios, conviene que se acorte el tiempo dedicado a las homilías según las normas litúrgicas, aunque esto es complicado, dado que los textos evangélicos necesitan ser interpretados adecuadamente, con el fin de que puedan ser debidamente comprendidos.
Hoy empezamos a vivir la tercera semana del Tiempo de Cuaresma, por lo que es conveniente que recordemos los textos evangélicos que hemos meditado las dos semanas anteriores, con el fin de que seamos conscientes de cuál es nuestra disposición a conmemorar los misterios centrales de nuestra fe, y a celebrar la Pascua de Resurrección.
el Domingo I del presente tiempo litúrgico, recordamos cómo fue tentado Jesús en el desierto, tal como también lo somos nosotros, a lo largo de los años que vivimos (MT. 4, 1-11).
Satanás quiso que Jesús convirtiera piedras en panes (MT. 4, 3). Si Jesús nos diera a todos lo que quisiéramos apenas se lo pidiéramos, sería el Dios más estimado de todos los tiempos, pero Nuestro Señor sabe que el hecho de tener más dinero y bienes de los que realmente necesitamos podría hacer de nosotros grandes egoístas, de la misma manera que no ignora que la avaricia se cura compartiendo lo que tenemos en cuanto ello sea necesario, intentando no derrochar nuestras dádivas entre quienes no las necesitan porque pueden solventar sus carencias por sí mismos, y evitando crear dependencia, así pues, pensemos hasta qué punto merece la pena alimentar a los pobres, y enseñarlos a sembrar, para que puedan mantenerse sin depender de la recepción de ayudas externas. El hecho de dar no nos evita ser egoístas cuando lo hacemos con la intención de que ello haga que se difunda un a imagen social de la que carecemos. No avergoncemos a quienes necesitan nuestras dádivas extendiendo el hecho de que no han sucumbido bajo el efecto de la miseria gracias a nuestra caridad.
Satanás quiso que Jesús se arrojara desde el pináculo del Templo de Jerusalén (MT. 4, 5-6), para que hiciera una demostración de la soberbia de la que Jesús sabía que se cura con la oración, porque Dios es superior al hombre, el cual, cuanto más reconoce sus cualidades y limitaciones, es más engrandecido por su Padre celestial.
En tercer lugar, Satanás tentó a Jesús con la ebriedad, la impureza, la glotonería, el alcohol y las drogas (MT. 4, 8-9), las cuales se curan por medio de la abstinencia, pues hemos sido llamados a privarnos de todo lo que nos esclaviza y no nos permite ser dueños de nosotros mismos.
¿Para qué vamos a hacer grandes esfuerzos para evitar las tentaciones -o seducciones diabólicas- que hemos recordado? La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho la encontramos en el Evangelio del Domingo II de Cuaresma (MT. 17, 1-9), un texto del que deducimos que, si nos asemejamos a Nuestro Dios y Salvador, seremos dignos de vivir en su Reino de amor y paz.
Los textos evangélicos de los Domingos III, IV y V de Cuaresma del Ciclo A, nos recuerdan la formación que recibían los primeros cristianos antes de ser bautizados, ayudan a los catecúmenos de nuestro tiempo a tener más fe en el Dios Uno y Trino, y, a quienes hemos sido bautizados, nos recuerdan nuestra adhesión a Dios, y nuestros compromisos bautismales. Por ello es necesario que en esta ocasión reflexionemos sobre el agua viva que simboliza tanto a Nuestro Padre celestial, a Jesús como al Espíritu Santo (JN. 4, 5-42), y que el Domingo siguiente meditemos sobre la luz del mundo que simboliza a Jesús (JN. 9, 1-41), para reflexionar el Domingo V de Cuaresma sobre Jesús, como resurrección y vida de fe, amor y gracia (JN. 11, 1-45).
Oremos:
Oración de quienes desean encontrarse a sí mismos y creer sinceramente en el Dios Uno y Trino.
El abrasador sol del mediodía iluminaba el campo, y yo caminaba con calor, sed y un cántaro, para buscar el agua que necesitaba. Las mujeres hacían ese camino muy temprano y al final de las jornadas de trabajo, pero yo lo hacía al mediodía, porque nuestro sistema de creencias es muy exigente, y discrimina a quienes no lo siguen tal cual ha sido definido. Seis hombres han formado parte de mi vida, seis dioses han sido incapaces de enseñarme a creer en nadie ni en nada, y la soledad me evitaba tragarme el desprecio de quienes me tratan como si me prostituyera, porque son incapaces de confrontar sus debilidades y pecados con la Palabra de Dios.
¿Qué tenía para justificar mi necesidad de seguir viviendo? Seis hombres me han utilizado como si fuera un objeto, seis dioses caprichosos me han impuesto creencias que ni comprendo ni deseo entender, y para mi pueblo soy una mujer indigna, pero tenía calor, sed, y un cántaro. El calor me hacía sentirme viva y me recordaba la necesidad de buscar agua para satisfacer mi sed. La sed me recordaba mi soledad y la vulnerabilidad que me caracterizaban, y el agua calmaba mi sed física, aunque, espiritualmente, me sentía vacía. Calor, sed y un cántaro es todo lo que tenía para buscar el agua que me mantenía viva, y también tenía el recuerdo de seis hombres y seis dioses que pasaron por mi vida, los cuales me dejaron el deseo de ser lo que jamás pude ser, y de tener lo que perdí la esperanza de poseer. Si las mujeres casadas sólo son amantes, madres y esclavas de sus maridos, ¿cómo hemos de ser tratadas las mujeres que no nos hemos vinculado a un hombre hasta que la muerte concluya nuestras relaciones?
Un judío estaba sentado junto al pozo de Jacob, esperando que alguien saciara su sed. Los sureños nos desprecian a los samaritanos desde que fuimos obligados a mezclarnos con los asirios, y por eso nos tratamos hostilmente. A lo largo de los siglos, los samaritanos impidieron celebraciones en el Templo de Jerusalén llenando el recinto sacro para los sureños de huesos de cadáveres, y Juan Hircano destruyó el Templo de los samaritanos, para demostrar que el culto de los judíos ha de extinguir el nuestro. No sería yo quien saciara la sed de ese extranjero.
Con el paso del tiempo comprendí algo importante respecto de aquel extranjero cuya sed en un principio me negué a saciar, pues las horas del día tienen su significación respecto de las diferentes etapas de la Historia de la salvación. El mediodía, -la hora en que me encontré con aquel judío piadoso-, significa que llegó el tiempo en que Israel debía aceptar el Evangelio, antes de que la Buena Nueva se les empezara a a predicar a los extranjeros. Nunca pude imaginar que Aquel Hombre, siendo conocedor de las hostilidades existentes entre judíos y samaritanos, quiso utilizarme a mí para predicar su Evangelio, porque, aunque era judío, para Él lo trascendental no era el lugar en que se le tributaba culto a Dios, sino la intención con que se adoraba a Yahveh. La mayoría de los líderes religiosos de todos los tiempos utilizan sus conocimientos para adquirir poder, riquezas y prestigio, pero a Jesús de Nazaret sólo le interesaba predicar la Verdad del Dios del amor y la paz.
Es habitual el hecho de que los predicadores cuando llegan a nuevos territorios de misión inicien sus discursos hablando de la grandeza de Dios y de cómo se puede conocer a la Divinidad por medio de ellos, pero a Jesús sólo se le ocurrió satisfacer mi sed, manifestándome su vulnerabilidad, lo cual fue para mí una absurda ironía en un principio, pues, ¿por qué se mostró tan humilde un judío ante una simple mujer samaritana, si para los sureños el hecho de ser llamados samaritanos era un insulto muy grave? Mi interlocutor, además de que no tuvo inconveniente alguno para hablar con una mujer como yo en el campo, hiló finamente, pues, al manifestarme su sed, hizo posible que yo le mostrara mi alma tal cual es, aunque ello no me fue fácil.
Yo pensaba en el pozo de Jacob de cuya agua nos saciávamos tanto las personas como los animales, pero el Señor hacía referencia a mi sed espiritual. Yo me sentía cansada de que se me prometieran salvaciones que nunca pude experimentar. Fue por eso que le pedí al judío que habló conmigo que saciara mi sed corporal, con tal de ahorrarme el hecho de buscar el agua que necesitaba diariamente. No son pocos los ateos e incluso los que se dicen creyentes que, cuando se les habla de Dios, exigen que la Divinidad lleve a cabo prodigios delante de ellos, con el fin de que puedan creer en el Todopoderoso. Para mí los dioses sólo eran prometedores de salvaciones utópicas irrealizables, y amos despiadados, cuyas normas servían para concederles una excelente posición social a sus ministros, y para tiranizar a la inmensa mayoría de sus creyentes. Mis correligionarios me hicieron creer que una mujer como yo carecía de valor personal, pero no por eso me mostré dispuesta a que se me ilusionara nuevamente haciéndoseme falsas promesas religiosas, de las que estaba segura que jamás se cumplirían.
Jesús me dijo que Él era el surtidor de agua capaz de saciar mi sed y de darme la vida eterna. Ante mi vano intento de cambiar de conversación para evitar que el Señor abriera las heridas de mi corazón, Aquel de quien supe que era el Mesías esperado, me dijo que buscara a mi marido, y que después volviera a seguir conversando con Él. Cuando le dije que no tenía marido, me recordó que conviví con seis hombres y que creí en seis dioses, por lo que supuse que era un profeta. Respecto de los designios de Dios, yo no iba a pasar a la historia como mujer de la vida, sino como representante de una tierra que creyó en seis dioses, de los que Yahveh no era su Dios legítimo, porque Él es celoso, y se le rendía culto a seis divinidades distintas. Le dije a mi interlocutor que no tenía marido, porque pensé que no hice nada por lo que tenía que ocultarme avergonzada, como si hubiera hecho algo de lo que tenía que arrepentirme.
Quizás les damos mucha importancia a las normas religiosas relativas al culto, y no pensamos en cómo podemos servir a dios más y mejor ayudando a sus hijos los hombres a extinguir las carencias que los caracterizan, en la medida que ello nos sea posible.
El Hombre que descubrió mi interioridad, me dijo que Él es el Mesías. Yo dejé mi cántaro junto al pozo, y, sin que me importara la forma que tenían mis correligionarios de tratarme, fui a buscarlos, para decirles que encontré a un Señor, que probablemente era el Mesías, porque adivinó lo que hice en el pasado. Ya no necesitaba el cántaro en el que transportaba el agua que saciaba mi sed corporal temporalmente, pues quería dejarme purificar por el agua que podía saciar mi sed espiritual definitivamente. Mis correligionarios podían seguir tratándome como si me estuviera prostituyendo, pero yo pensé en la posibilidad de creer que había alguien en el mundo que se interesaba por mí, y me valoraba como persona, sin aprovecharse de mi vulnerabilidad, para explotarme a placer, para tener presentes mis pecados para ocultar los suyos, ni para desahogar su rabia y su ira.
Muchos habitantes de Sicar creyeron en Jesús basándose en mi testimonio respecto de que el Señor adivinó mi pasado, y se pusieron en camino conmigo para ir a su encuentro. Le rogamos a Jesús que nos instruyera espiritualmente, y accedió a nuestra petición durante dos intensos días. Mis convecinos me dijeron que no creían en el Mesías por causa de mi testimonio, sino porque ellos mismos habían escuchado al Enviado de Dios. Teniendo el alma llena del amor del Dios que cumple sus promesas, no me sentí marginada por mis convecinos, sino que alabé a YHWH, porque, por mi mediación, Jesús pudo predicar el Evangelio de salvación.
2. Leemos atentamente JN. 4, 5-42, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 4, 5-42.
3-1. El cansancio de Jesús (JN. 4, 5-6).
Como vigilantes de la ortodoxia del Judaísmo, los fariseos se alarmaron del hecho de que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a quienes aceptaran el Evangelio (JN. 4, 1-4). Dado que el Mesías inició su Ministerio hacía muy poco tiempo, no quiso enfrentarse a sus opositores, y abandonó Judea para predicar en Galilea, la región a la que llegó pasando por Samaría. El Señor pudo haber pasado por el valle del Jordán para haber evitado encontrarse con los samaritanos, pero Él no apoyaba ni a estos ni a los judíos respecto de sus hostilidades religiosas en el sentido de que no marginaba a nadie por causa alguna, y el hecho de pasar por el valle del Jordán después de celebrar la Pascua, le hubiera hecho pasar un calor sofocante al acercarse al río cuya orilla está bajo el nivel del mar. En su camino, a través de la montaña, Jesús se encontró un pozo, junto al cual se sentó, porque hacía mucho calor al mediodía, y sus discípulos fueron a la ciudad a comprar provisiones. Da la impresión de que el Mesías sabía lo que iba a suceder a continuación.
Contemplemos a Jesús, fatigado por causa del calor y su largo viaje, sentado junto al pozo, esperando que alguien quisiera satisfacer su sed. Jesús no apareció como un Dios Todopoderoso y despectivo, sino como un Hombre débil, a quien no le incumbió mostrarse vulnerable. Siendo superior a los hombres por causa de su Divinidad, Jesús no se mostró prepotente, para lograr que sus creyentes se confiaran a Él plenamente. El cansancio y la sed de Jesús eran reales, como también lo son nuestro cansancio y las frustraciones que nos caracterizan. A pesar de que hacía poco tiempo que el Señor inició su Ministerio público, ya tenía enemigos jurados, porque intentaba hacer que sus seguidores rompieran con las corruptas instituciones judías (JN. 1, 1-11, 45). Jesús no se mostró ante sus hermanos de raza como Hombre poderoso rodeado de siervos y esclavos, sino como trabajador de las mieses de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 36). Contemplemos al Señor esperando sentado junto a un pozo (JN. 4, 6), predicando en la cima de un monte (JN. 6, 3), pescando con un grupo de amigos (LC. 5, 6), y, en general, en cualquier lugar y circunstancia, en que pudiera predicar el Evangelio. Ello nos enseñará que no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar que nuestros prójimos nos busquen si es que desean conocer nuestras creencias, pues es necesario que seamos nosotros quienes salgamos a su encuentro para predicarles el Evangelio, partiendo de sus gozos, necesidades y tristezas.
3-2. La sed de Jesús (JN. 4, 7-8).
Aunque las mujeres buscaban el agua que necesitaban a primera hora de la mañana y a última hora de la tarde para evitar el calor del mediodía, una mujer fue a buscar agua al pozo a la hora sexta. Jesús, siendo consciente del vacío espiritual de aquella samaritana, no se le mostró como un líder religioso poderoso, sino como un peregrino fatigado por la sed, el calor y los días de largas caminatas.
Los discípulos de Jesús no pudieron darle agua al Señor, porque fueron a aprovisionarse a la ciudad de Sicar.
3-3. Las hostilidades entre judíos y samaritanos (JN. 4, 9).
El año 721 antes de Cristo, el Reino de Asiria deportó a muchos asirios al Norte de Israel, y también deportó a muchos judíos a otros lugares. La consecuencia lógica del hecho de que judíos y asirios se vieran obligados a convivir en la citada tierra, fue la fusión de sus creencias religiosas. En el año 409 antes de Cristo, los samaritanos levantaron un Templo en el monte Garizim, que fue destruido por los soldados de Juan Hircano el año 128 antes de la era común, el cual concluyó para ellos sus viajes al Templo de Jerusalén, para celebrar las fiestas impuestas por la Ley de Israel. Dado que samaritanos y judíos no mantenían buenas relaciones, porque ambas partes creían que sus creencias eran las verdaderas, los samaritanos en ciertas ocasiones concluyeron las celebraciones religiosas del Templo jerosolimitano, arrojando huesos humanos dentro del recinto sacro. Ya que los judíos encendían fuegos para guiar a los peregrinos durante las noches festivas a la Ciudad Santa, los samaritanos hacían lo propio dos o tres días antes, para confundir a quienes viajaban a la capital cultural de Judea. Por estas razones, los judíos evitaban su paso por Samaría, y tenían prohibido beber agua en los vasos utilizados por los habitantes del Norte del país.
Los samaritanos estaban orgullosos de ser los descendientes de los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y también estaban orgullosos del pozo que decían que habían heredado del último de los Patriarcas, por medio de su hijo José (GN. 33, 19; 48, 22; JOS. 24, 32). Respecto de sus creencias religiosas, los samaritanos creían en seis divinidades diferentes, de las cuales Yahveh era su último Dios, el cual no les era legítimo (2 RE. 17, 30-33), porque no consentía que se le adorara junto a dioses falsos, por lo que Él mismo reconoció que era celoso de sus creyentes (EX. 20, 5).
Jesús se mostró vulnerable ante la mujer samaritana, y ella se aprovechó de aquella circunstancia para humillar al Hijo de Dios y María. ¿Cómo era posible que un judío quisiera que una samaritana saciara su sed, si los habitantes del Sur de Israel trataban a los norteños como impuros, y no podían beber agua en los mismos vasos que ellos?
Si realmente nos consideramos seguidores de Jesús, no tiene sentido el hecho de que nos dejemos conducir por los prejuicios de los saduceos y de los fariseos, quienes se vincularon para asesinar al Hijo de Dios y María. Necesitamos estudiar detenidamente nuestras creencias, y no aceptar las que nuestros líderes religiosos nos quieran imponer basándose en el hecho de que son enviados por Jesús, sin pensar qué creencias desea el Señor que tengamos, y qué creencias desean imponernos nuestros líderes religiosos, con tal de alcanzar sus metas humanas. No olvidemos que San Juan escribió los veinte capítulos de su Evangelio afirmando que Jesús es el Templo de Dios ante las denominaciones cristianas y esotéricas que pugnaban por ganarse a los seguidores del Salvador de la humanidad y sus Apóstoles, y que posteriormente se le añadió el último capítulo, para concienciar a los creyentes de que han de dejarse pastorear por el Papa y sus colaboradores los Obispos, quienes son los sucesores de San Pedro y los demás Apóstoles del Mesías. Posteriormente, según fueron apareciendo diferentes denominaciones cristianas, cada cual adoptó interpretaciones diferentes del texto sagrado.
Respecto de la mujer samaritana, pertenecía a la raza híbrida de asirios y judíos, tenía mala reputación por haber tenido seis maridos -o amantes-, y se atrevió a aparecer en un lugar público. Si ella sabía que ningún judío respetable le dirigía la palabra en tales circunstancias, ¿por qué humilló al Mesías? Contestemos esta pregunta por medio de un símil. Cierto día caminaban dos amigos cerca de un río, y vieron cómo un perro se estaba ahogando. Uno de los amigos corrió a salvar al animal, el cual le mordió. El buen hombre, mirando su herida, se preguntaba: ¿Por qué me ha mordido el perro, si mi intención ha sido salvarlo? Su amigo le contestó: -No te ha mordido el perro, sino sus heridas. La samaritana era mal vista por la sociedad, y trataba a la gente tal como ella era tratada. Es cierto que Jesús no la despreció, pero, ¿qué podía querer un judío si se consideraba honrado que se atrevía a hablarle donde podía ser visto?
el Evangelio debe serle anunciado a toda la humanidad. La raza, la posición social y los pecados cometidos, no son excusas válidas para eximir a nadie de la oportunidad de hacerse discípulo -o Apóstol- de Jesús. Necesitamos estar dispuestos para evangelizar con nuestras palabras y obras en todo tiempo y en las circunstancias que vivamos.
3-4. El don de Dios, Jesús y el agua viva (JN. 4, 10).
Para poder interpretar el versículo joánico que estamos meditando, necesitamos saber quién es el don de Dios, quién es Jesús, y quién es el agua viva. El don de Dios es el Espíritu Santo (HCH. 2, 38; 5, 30-32; 8, 18-20; 10, 44-45; 11, 17; 15, 7-8), y Jesús es el Hijo de Dios (JN. 1, 49. 5, 25. 10, 36. 11, 4 y 27. 19, 7. 20, 31) y el Mesías esperado por muchos de sus hermanos de raza durante siglos (JN. 1, 41; . Para que Jesús nos dé a beber su agua viva, necesitamos tener sed de la misma, ya que Dios se les revela a quienes sabe de antemano que no lo van a rechazar.
¿Quién es el agua viva con quien Jesús nos puede familiarizar? En el Antiguo Testamento encontramos versículos en los que la sed de Dios es comparada con la sed de agua (SAL. 42, 3; IS. 55, 1). En la Profecía de Jeremías, el mismo Dios se define como agua viva (JER. 2, 13). Dios es el agua viva que puede saciar nuestra sed de justicia (MT. 5, 6) y de eternidad. En el Antiguo Testamento, se afirma que en Dios está el manantial de la vida (SAL. 36, 10), y también se nos informa de que Dios es el manantial de la vida (JER. 17, 13).
Cuando Jesús le dijo a la mujer samaritana que podía darle agua viva, le dijo que es el Mesías (JN. 4, 26), ya que sólo Él puede saciar nuestra sed de Dios y de felicidad.
3-5. ¿Quién es Jesús para nosotros? (JN. 4, 11-12).
¿Cómo podría sacar Jesús agua de un pozo hondo, si no tenía con qué sacarla? ¿Dónde podría conseguir el Señor un agua capaz de saciar la sed material de la mujer samaritana, si ni siquiera podía sacar agua del pozo junto al que estaba sentado? ¿Es Jesús superior al Patriarca Jacob, de quien los samaritanos creían haber heredado el pozo de cuya agua tanto sus antepasados como ellos bebieron e hicieron que bebieran sus ganados durante muchos siglos? La mujer samaritana empezó a sentir curiosidad respecto de quién era Jesús, y dado que por la forma de vestir del Mesías supo que era judío, y por su acento también supo que procedía de Galilea, empezó a sospechar que se sentía superior a los samaritanos, en lo concerniente a su profesión de fe.
¿Quién es Jesús para nosotros?
¿Por qué creemos en Jesús?
¿Qué esperamos de Jesús?
3-6. La sed y el hambre espirituales y físicas (JN. 4, 13-14).
Así como nuestro cuerpo necesita agua y alimentos físicos, nuestra alma necesita al Dios simbolizado por el agua viva (JN. 4, 10), y el alimento consistente en cumplir su voluntad (JN. 4, 34). La samaritana confundió las dos clases de agua porque por ser mujer nunca tuvo derecho a ser instruida espiritualmente dado que ese privilegio era exclusivo de los hombres. El ejemplo que nos dejó Jesús y la Palabra de dios escrita en la biblia, pueden satisfacer nuestra sed de Dios, y nuestra hambre de cumplir su voluntad, con el fin de que podamos concluir la búsqueda de la tan ansiada felicidad.
¿Cómo podía obtenerse agua viva de un pozo lleno de agua sucia del que bebían indistintamente personas y animales? El agua que nos da Jesús, se convierte en nosotros en una fuente que brota para que alcancemos la plenitud de la vida eterna. No olvidemos que San Juan es el más irónico de los cuatro Evangelistas canónicos.
3-7. ¿Nos aprovechamos quienes laboramos en la viña del Señor del trabajo que llevamos a cabo para alcanzar nuestros intereses personales? (JN. 4, 15).
La samaritana quiso que Jesús le diera agua viva porque, si al beberla saciaba su sed corporal mientras se prolongara su vida, no tendría que ir al pozo a buscar más dicha sustancia vital. Quizás nosotros hemos deseado en alguna ocasión hacer pequeños sacrificios a cambio de que Dios y sus Santos nos concedan grandes favores. Uno de los descubrimientos que hacemos los lectores de la Biblia, aunque no trabajemos en la viña del Señor, consiste en que Jesús no les promete a sus seguidores una vida fácil, para evitar ser seguido por causas más relacionadas con el egoísmo que con la imitación del Señor, a quien queremos servir en nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir pago alguno de dios ni de los hombres por ello.
No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las dificultades características de los años que vivimos, sino a amoldarnos al cumplimiento de su voluntad partiendo de nuestras circunstancias y de nuestra manera de ser, y a darnos el poder que necesitamos para resolver unos problemas y vivir durante largos periodos de tiempo con otros, actuando como lo haría Nuestro Redentor, si viviera nuestras circunstancias.
a la samaritana le fue difícil comprender lo que Jesús le dijo. También a nosotros nos supone un notable esfuerzo en ciertas ocasiones modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas, pero nos es necesario analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia, para evitar la pereza que retarda el crecimiento psicológico y espiritual, y el estancamiento de quienes se acuartelan en su zona de confort, y se niegan a seguir creciendo, porque se sienten cómodos.
Jesús le dio tiempo a su interlocutora para que lo interrogara y por sí misma hiciera un buen reajuste respecto de sus creencias. Los predicadores del Evangelio necesitamos tener un alto nivel de empatía para evitar forzar a nuestros oyentes y lectores para que se dejen arrastrar a nuestro terreno. Dado que son muchas las religiones existentes en la actualidad, y desde el punto de vista de la Psicología se nos enseña a ser libres, necesitamos aprender a evangelizar sin ejercer presión sobre nuestros oyentes y lectores, y sin hacerles imposiciones a los tales. Salgamos al encuentro de la gente olvidando las palabras prepotencia e imposición. Si algo aprendemos quienes anunciamos el Evangelio sin hacer imposiciones, ello consiste en que nuestro trabajo no produce frutos a corto plazo, y en que debemos darle a la gente el tiempo que necesite para que acepte -o rechace- nuestras creencias.
3-8. La cortina de humo (JN. 4, 16-19).
Desde el principio de su conversación con la samaritana, Jesús se percató de que ella tenía sed de amor divino y humano, y gradualmente fue encauzando su diálogo hasta llegar a tratar el tema por cuya visión ella iba a buscar agua cuando sabía que la iba a ver poca gente, con el fin de evitar ser marginada. La samaritana cambió hábilmente de conversación haciendo referencia a cuál era el lugar correcto para rendirle culto a YHWH (JN. 4, 20), porque aún no tenía la confianza suficiente para pensar que Aquel Hombre no la iba a despreciar.
Si vemos a la citada mujer como representante de la fe de Samaria, los cinco maridos de la samaritana representaban cinco dioses, y el sexto amante era YHWH, quien no era su Divinidad legítima (2 RE. 17, 30-33).
Tal como le sucedió a Jesús con la samaritana, también podemos encontrar en nuestro camino a quienes no quieran hablar con nosotros de sus problemas. Es cierto que los amigos más sinceros y leales no son los que nos dicen lo que nos gustaría escuchar, sino quienes, aunque nos hagan daño, nos dicen lo que saben que es correcto, pero seamos prudentes a la hora de ponerles a nuestros oyentes y/o lectores los dedos en sus llagas, porque tienen derecho a que respetemos su intimidad. Por otra parte, es muy fácil decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando no hemos vivido sus circunstancias, y probablemente es muy difícil actuar para nosotros, cuando somos los que viven situaciones difíciles de afrontar.
La presencia de Cristo es molesta por cuanto saca los pecados cometidos a la luz, pero sólo Dios perdona las infidelidades de sus hijos, y, por otra parte, es necesario que no juzguemos a nadie, no sólo porque somos imperfectos, sino porque no somos jueces de los demás.
3-9. Los Templos más queridos por Dios son los corazones de sus creyentes (JN. 4, 20-25).
La samaritana cambió de conversación hábilmente porque no quería que Jesús le hablara de la razón por la que tenía sed del amor de Dios y del amor de los hombres, y el Señor respetó su decisión de no hablar más de su intimidad, y recondujo nuevamente el tema que ella empezó a tratar, para decirle cuál era su opinión respecto del mismo. Para Jesús, no es tan importante el lugar en que se adore a Dios, como lo es la intención con que se le tribute culto. Este punto de vista es peligroso para los cristianos que piensan que sus denominaciones son las verdaderas porque fueron fundadas por los Apóstoles del Mesías, pues, si la intención con que se adora a Dios es más importante que los lugares de culto, ¿qué razones tenemos para pelearnos por causa de nuestras diferencias a la hora de interpretar la biblia y para no vivir como hermanos?
Es interesante constatar cómo Jesús estaba de parte de los judíos respecto de los conflictos religiosos surgidos entre judíos y samaritanos (JN. 4, 22; GN. 12, 3; IS. 49, 6), pero no se valió de ese hecho para provocar una discusión inútil, así como también hizo lo propio la samaritana, dándole a entender al Señor, que sólo el Mesías podría acabar con las citadas diferencias (JN. 4, 25). Ambas partes tenían sus creencias, pero fueron inteligentes como para no usarlas para distanciarse.
¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad? Porque Dios es Espíritu, no puede ser encerrado en ningún templo, por lo que, consecuentemente, puede ser adorado, en cualquier lugar, y a cualquier hora. Para Dios, es más importante cómo lo adoramos, que el lugar en que le tributamos culto. Esto es muy difícil de aceptar por quienes invierten grandes fortunas en la adaptación de locales para adorar a Dios, pero, para el Dios de Jesucristo, no hay mayor riqueza que podamos darle, que la adoración en espíritu, y en la verdad y sinceridad de una profesión de fe, caracterizada por el conocimiento de su Palabra, el cumplimiento de su voluntad, y la práctica constante de la oración.
¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios? Dado que no sabemos orar en el sentido de que no siempre le pedimos a Dios lo que más ha de beneficiarnos con respecto a nuestra salvación, el espíritu Santo acude en nuestra ayuda (ROM. 8, 26). Con el fin de que vivamos como hijos de Dios, el Espíritu Santo nos enseña y recuerda las enseñanzas de Jesús (JN. 14, 26), y ha derramado el amor de Dios en nuestros corazones (ROM. 5, 5).
3-10. Jesús es el Mesías (JN. 4, 26).
Jesús no le dijo jamás a nadie tan claramente que es el Mesías tal como se lo dijo a la mujer de Sicar. Ella le dijo que sólo el Mesías podría exterminar las diferencias religiosas existentes entre judíos y samaritanos, y el Señor le dijo que Él es el Enviado de Dios que fue esperado durante siglos.
¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11. Jesús fue fiel a sus creencias (JN. 4, 27).
Los discípulos de Jesús llegaron de la ciudad, y se sorprendieron al ver cómo el Señor hablaba con una mujer a pesar de que podía ser visto, pues ningún maestro de la Ley hubiera hecho tal cosa fuera de su hogar, ni siquiera con su propia esposa. Dichos seguidores de Jesús aún no habían aprendido que su Maestro no marginaba a nadie por ninguna causa, porque todavía llevaban poco tiempo siguiendo al Hijo de María.
¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12. El cántaro de la samaritana (JN. 4, 28).
San Juan no nos dice si finalmente la samaritana quiso satisfacer la sed de Jesús, pero sí nos informa de que dejó el cántaro con que fue a buscar el agua al pozo, y se fue a decirles a sus convecinos que había encontrado a quien podía ser el Mesías, sin que la caracterizaran el miedo a ser rechazada, la rabia por ser despreciada, la impotencia por no exterminar dicho problema, o el sentimiento de desamparo que le hizo buscar agua a una hora en la que era poco probable que la vieran las mujeres consideradas honradas. También el ciego Bartimeo se desprendió del manto que le servía como abrigo, para taparse durante las noches y recoger las monedas que mendigaba para sentirse más libre a la hora de pedirle a Jesús que le concediera el don de la vista (MC. 10, 50). ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13. ¿Será Jesús el Cristo de Dios? (JN. 4, 29-30).
La samaritana pensaba que Jesús podía ser el Mesías, porque había adivinado su secreto más íntimo. Los hombres de Sicar la siguieron, porque sintieron curiosidad al verla hablar del Señor con seguridad y entusiasmo.
¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe?
3-14. El alimento de Jesús y de sus fieles seguidores (JN. 4, 31-34).
Dado que los discípulos tenían que servir a sus maestros espirituales a cambio de la instrucción que recibían, los seguidores de Jesús quisieron que el Señor se alimentara. Por su parte, Jesús, que seguía pensando en la conversación que había tenido con la samaritana, quería seguir hablando de temas relacionados con la espiritualidad. Es por eso que, mientras que los discípulos pensaban en el alimento material, Jesús pensaba en el alimento espiritual, que para Él consiste en cumplir la voluntad divina. Recordemos que la samaritana, habiendo creído en seis divinidades distintas, no encontró al Dios que es el manantial de agua viva que necesitaba, y los discípulos de Jesús, teniendo junto a sí la fuente de agua viva, aún no fueron capaces de permitir que Jesús extinguiera su sed.
el alimento espiritual, no sólo se reduce a la atenta lectura de la biblia, a la oración y a la asistencia al culto y a la instrucción eclesiásticos, así pues, si no ayudamos a Dios en nuestros prójimos carentes de dádivas espirituales y materiales, no podremos ser saciados del alimento divino. Recordemos que no sólo nos alimentamos con la instrucción que recibimos, pues también nos saciamos con las dádivas espirituales y materiales que repartimos sin tacañería.
3-15. ¿Quién recogerá el fruto de nuestra siembra? (JN. 4, 35-38).
Hace años hice un curso de Psicología para padres cuyos instructores nos enseñaron a mis compañeros y a mí habilidades para que aprendiéramos a ser más comunicativos y nos dieron instrucciones sobre cómo negociar con los hijos para resolver conflictos. Al final del curso, una de mis compañeras quiso saber cómo podía conseguir que sus hijos le agradecieran lo que hizo por ellos, y recibió la siguiente respuesta de los instructores: Dentro de muchos años, cuando tus hijos sean padres y estén en una situación análoga a las circunstancias que estás viviendo, pensarán que te hicieron sufrir, pero, mientras llegue ese día, no esperes que te agradezcan lo que has hecho por ellos. En el campo de la predicación nos sucede algo parecido, en el sentido de que quienes predicamos el Evangelio queremos ver resultados positivos y a corto plazo referentes a nuestra actividad en la viña del Señor, pero ello no siempre es posible. Dado que no podemos -ni debemos- forzar a nadie para que crea en Dios, sólo Nuestro Padre celestial puede recolectar el resultado de nuestra siembra.
Oremos -y trabajemos- para no descuidar la instrucción espiritual de nadie, amparándonos en la excusa de que no está preparado para conocer a Dios. Dado que Jesús nos invita a creer que en el mundo hay mucha gente dispuesta a acoger el Evangelio, trabajemos con alegría y esperanza en la viña del Señor, y oremos para que Dios recoja un buen fruto respecto de nuestra siembra. Sintamos la alegría de trabajar para Jesús y de ver cómo el Señor tiene mucha gente dispuesta a creer en Él. Nosotros por ser sembradores apenas vemos las semillas que sembramos, pero Dios ve en nuestro esfuerzo grandes resultados, ya que el Espíritu Santo nos acompaña y nos fortalece, para que llevemos a cabo la misión que nos ha sido encomendada. Aquellos que se fatigaron que son mencionados en JN. 4, 38, son San Juan Bautista, -el Precursor del Mesías (LC. 1, 76)-, y los Profetas del Antiguo Testamento (HB. 1, 1). También nosotros laboramos teniendo presente el trabajo que han llevado a cabo muchas almas santas, tal como lo hicieron los Apóstoles de Jesús, partiendo de la predicación de San Juan Bautista, y de los Profetas de la primera parte de la biblia.
3-16. Muchos samaritanos creyeron en Jesús por causa del testimonio de la mujer de Sicar (JN. 4, 39-40).
Antes de conocer a Jesús, la samaritana fue a buscar agua al pozo de Jacob al mediodía, una hora en que, por causa del calor que hacía, iba a ser vista por poca gente. Después de conocer al Señor, a pesar de que no estaba segura de que Aquel Hombre es el Mesías, no le importó comunicarles su gozo a sus convecinos, quienes la siguieron al encuentro de Jesús, porque sintieron curiosidad. Quizás hemos cometido errores de los que nos hemos arrepentido y hay mucha gente que sabe de nuestro pasado, pero, cuando Jesús nos toca el corazón, no nos importan dichos errores tanto como nos incumbe el hecho de testimoniar nuestra fe. Habrá quienes nos consideren pecadores imperdonables cuando cambiemos, pero otros sentirán curiosidad respecto de la causa que originó nuestro cambio, y abrazarán la fe que profesamos. Atrevámonos a dar testimonio de lo que el Señor ha hecho con nosotros, para aumentar los hijos de Dios.
3-17. ¿Cómo le agradecieron los habitantes de Sicar a su convecina el hecho de que les dio la oportunidad de conocer al Mesías? (JN. 4, 41-42).
Jesús, quien no discriminaba a las mujeres por considerarlas inferiores a los hombres, pasó dos días predicándoles el Evangelio a los habitantes de Sicar, quienes le dijeron a su convecina que no creían en el Señor porque ella se los presentó, sino porque ellos habían oído al Redentor. De este hecho, extraemos los siguientes puntos:
1. Ojalá se nos pudiera decir a quienes predicamos el Evangelio por parte de nuestros oyentes y lectores: No creemos en Jesús por vuestra causa, sino porque el Señor se nos ha manifestado.
2. Así como la samaritana no perdió su imagen de prostituta por el hecho de haberles presentado a Jesús a sus convecinos, nuestros conocidos nunca olvidarán cómo eran nuestras vidas antes de que nos convirtiéramos al Señor. Si nos comprometemos seriamente con la causa de Jesús, dispongámonos a ser contestados, pues, si ello nos sucede, ocurrirá que seremos predicadores leales al Señor, y no trabajaremos para vivir a costa de quienes corran con nuestro elevado tren de vida.
3-18. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-19. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 4, 5-42 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué se alarmaron los fariseos al saber que Jesús facultó a sus discípulos para que bautizaran a sus seguidores?
2. ¿Por qué abandonó Jesús la región de Judea?
3. ¿Por qué no quiso Jesús enfrentarse abiertamente a los fariseos?
4. ¿Por qué no quiso Jesús ir a Galilea pasando por el valle del río Jordán?
5. ¿Por qué no rechazaba Jesús a los samaritanos por causa de las hostilidades religiosas que los separaban de los habitantes del Sur de Israel?
6. ¿Por qué se sentó Jesús junto al pozo que los samaritanos creían haber heredado del Patriarca Jacob?
7. ¿Por qué se mostró Jesús vulnerable, y no actuó como un Dios todopoderoso y despectivo?
8. ¿Por qué no hizo Jesús alarde de una gran prepotencia?
9. ¿Por qué tenía Jesús enemigos jurados?
10. ¿Por qué no debemos acuartelarnos en nuestros lugares de culto para esperar si alguien desea conocer al Dios en quien hemos depositado nuestra confianza?
11. ¿Qué necesitamos tener en cuenta para predicar el Evangelio exitosamente?
3-2.
12. ¿Por qué buscó la mujer samaritana agua a una hora en la que sabía que la iba a ver poca gente?
13. ¿Por qué actuó Jesús ante la samaritana como peregrino fatigado por la sed y las horas de viaje?
14. ¿Por qué no pudieron los discípulos de Jesús saciar la sed de su Maestro?
3-3.
15. ¿Cuál fue el detonante que hizo que surgieran hostilidades entre judíos y samaritanos?
16. ¿Por qué destruyó Juan Hircano el Templo del monte Garizim?
17. ¿Por qué no mantenían buenas relaciones los judíos y los samaritanos?
18. ¿Sabes algo de las creencias que mantenían los samaritanos?
19. ¿Por qué humilló la samaritana a Jesús?
20. ¿Por qué necesitamos examinar las creencias religiosas que se nos quieran imponer antes de aceptarlas?
21. ¿Por qué se le añadió al cuarto Evangelio el capítulo 21?
3-4.
22. ¿Quién es el don de Dios?
23. ¿Quién es Jesús?
24. ¿Quién es el agua viva?
25. ¿Qué necesitamos para que Jesús sacie nuestra sed de agua viva?
26. ¿A quiénes se les revela Dios?
27. ¿Qué le dijo Jesús a la samaritana cuando le dijo que podía darle agua viva?
3-5.
28. ¿Por qué sintió la mujer samaritana curiosidad respecto de Jesús?
29. ¿Por qué sospechó la samaritana que Jesús creía que su fe era superior a la de ella?
30. ¿Quién es Jesús para nosotros?
31. ¿Por qué creemos en Jesús?
32. ¿Qué esperamos de Jesús?
3-6.
33. ¿Quién es el agua viva que puede extinguir nuestra sed espiritual?
34. ¿Cuál es el alimento divino que puede saciar nuestra hambre espiritual?
35. ¿Por qué confundió la samaritana el agua del pozo de Jacob con el agua viva que Jesús le ofreció para saciar su sed?
36. ¿Qué pueden hacer respecto de nosotros el ejemplo que Jesús nos dejó y la Palabra de Dios escrita en la biblia?
3-7.
37. ¿Por qué no les promete Jesús a sus seguidores una vida fácil?
38. ¿Por qué muchos cristianos esperan grandes favores tanto de Dios como de sus Santos a cambio de hacer pequeños sacrificios?
39. ¿Por qué queremos servir a Dios en nuestros prójimos los hombres sin esperar que ni Nuestro Padre celestial ni ningún hombre pague nuestros servicios?
40. ¿Para qué vino Jesús al mundo?
41. ¿Por qué nos supone un notable esfuerzo modificar las creencias que constituyen la base fundamental de nuestras vidas?
42. ¿Por qué necesitamos analizar nuestros pensamientos con mucha frecuencia?
43. ¿Por qué le dio Jesús tiempo a su interlocutora para que lo interrogara?
44. ¿Por qué necesitamos los predicadores del Evangelio tener un alto nivel de empatía?
45. ¿Por qué necesitamos predicar el Evangelio sin mostrarnos prepotentes y sin hacerle imposiciones a nadie?
46. ¿Por qué no produce habitualmente frutos a corto plazo el trabajo de los predicadores del Evangelio?
3-8.
47. ¿Por qué cambió la samaritana hábilmente el tema de conversación?
48. ¿Confiamos en Jesús? ¿Por qué?
49. ¿Qué representan los cinco maridos y el amante de la samaritana?
50. ¿Por qué conviene que seamos prudentes a la hora de tratar temas que pueden herir la sensibilidad de nuestros oyentes y/o lectores?
51. ¿Por qué es fácil para nosotros decirles a los demás lo que tienen que hacer cuando viven circunstancias difíciles?
52. ¿Por qué nos cuesta actuar en ciertas ocasiones en que vivimos situaciones difíciles?
53. ¿Por qué es molesta la presencia de Cristo en ciertas ocasiones?
54. ¿Por qué conviene que nos amparemos en el no juicio a la hora de tratar con nuestros prójimos los hombres?
3-9.
55. ¿Por qué respetó el Señor la decisión de la samaritana de no hablar más de su intimidad?
56. ¿Por qué no es tan importante para Jesús el lugar en que se adora a Dios como lo es la intención con que se le tributa culto?
57. ¿Por qué estamos divididos los cristianos?
58. ¿A qué nos conducen a los cristianos las divisiones internas y externas a nuestras iglesias o congregaciones?
59. ¿Por qué no utilizaron Jesús y la samaritana sus creencias contrapuestas para discutir?
60. ¿en qué sentido desea Dios ser adorado en espíritu y en verdad?
61. ¿En qué consiste la adoración a Dios en espíritu y en verdad?
62. ¿Qué papel lleva a cabo el Espíritu Santo respecto de nuestra adoración a Dios?
63. ¿en qué sentido no sabemos orar?
64. ¿Qué nos enseña y recuerda el Espíritu Santo respecto de Jesús?
65. ¿Qué ha derramado el Espíritu Santo en nuestros corazones?
3-10.
66. ¿Por qué le hizo Jesús a la samaritana la afirmación más directa de su mesianismo?
67. ¿en qué sentido repercute en nuestras vidas el hecho de saber que Jesús es el Mesías?
3-11.
68. ¿Por qué se sorprendieron los discípulos de Jesús al encontrar al Señor hablando con una mujer donde podía ser visto?
69. ¿Por qué no margina Jesús a nadie?
70. ¿Marginamos a quienes no se amoldan a nuestras creencias?
71. ¿Marginamos a quienes consideramos pecadores?
3-12.
72. ¿Por qué llegó a ser más importante para la samaritana el anuncio de lo que Jesús hizo en su vida que la satisfacción de su sed corporal?
73. ¿Por qué se desprendió el ciego Bartimeo de su manto para que le fuera más fácil acercarse a Jesús?
74. ¿De qué nos hemos desprendido para poder ser discípulos de Jesús?
3-13.
75. ¿Qué hizo que los hombres de Sicar caminaran detrás de una mujer considerada impura?
76. ¿Sienten nuestros conocidos el deseo de acercarse a Jesús al ver cómo vivimos nuestra profesión de fe? En el caso de que la respuesta a esta pregunta sea negativa, ¿se debe este hecho a nuestro mal ejemplo de profesión de fe, a nuestra falta de entusiasmo para seguir a Jesús, o a que nuestros oyentes y/o lectores no están interesados en el Evangelio?
3-14.
77. ¿Por qué quisieron los seguidores de Jesús que el Señor se alimentara?
78. ¿Qué hacemos para agradecerles a quienes nos predican el Evangelio los esfuerzos que llevan a cabo en nuestro beneficio?
79. ¿Por qué quería Jesús seguir hablando con sus amigos de temas relacionados con la espiritualidad?
80. ¿en qué consiste para Jesús el alimento espiritual?
81. ¿Por qué la samaritana no pudo saciar su sed espiritual antes de conocer a Jesús y de creer en el Señor?
82. ¿Por qué los discípulos de Jesús no consiguieron su alimento espiritual a pesar de que seguían al Señor?
83. ¿Cómo podemos saciar nuestra hambre espiritual?
84. ¿Cómo podemos alimentarnos espiritualmente a través de un buen ciclo de formación, acción y oración?
3-15.
85. ¿Por qué no podemos esperar quienes anunciamos el Evangelio que los resultados de nuestra siembra siempre sean positivos?
86. ¿Por qué tenemos que esperar los resultados de nuestro trabajo evangelizador a largo plazo, y necesitamos aprender que sólo Dios recogerá los frutos de nuestra siembra?
87. ¿Por qué no podremos recoger los frutos que hayan de ser cosechados de nuestra siembra?
88. ¿Por qué hemos de evitar predicar el Evangelio forzando a nuestros oyentes y/o lectores a abrazar nuestras creencias?
89. ¿Nos negamos a predicar el Evangelio amparándonos en la excusa de que nuestros oyentes y/o lectores no están preparados para tener y ejercer fe en Dios?
90. ¿Cómo desea Jesús que trabajemos en la viña que llamamos Iglesia?
91. ¿Cómo podemos trabajar con alegría en la viña del Señor si nunca podremos cosechar el resultado de nuestros esfuerzos?
92. ¿Quién nos acompaña y nos fortalece para que llevemos a cabo nuestro trabajo?
93. ¿Quiénes se han fatigado para que nos sea posible seguir predicando el Evangelio a través de nuestras palabras y de nuestro ejemplo de profesión de fe?
3-16.
94. ¿Son nuestros errores un obstáculo que nos impide predicar el Evangelio?
95. San Pedro negó a Jesús durante la noche del amor y las traiciones (JN. 18, 25-27), pero llegó a ser el primer Papa de la Iglesia Católica (JN. 21, 15-17). San Pablo persiguió, torturó y asesinó cristianos antes de hacerse seguidor de Jesús (HCH. 22, 4-5), pero llegó a ser el Evangelizador de los no judíos por antonomasia. No permitamos que la visión de nuestros errores nos impida avanzar en ningún terreno.
3-17.
96. ¿Debemos esperar que aquellos que se conviertan al Evangelio ayudados por nosotros nos agradezcan nuestra dedicación a ayudarles a ser seguidores de Jesús? ¿Por qué?
97. ¿Ha de depender nuestra satisfacción por hacer el bien del agradecimiento que se nos manifieste, o de la seguridad de estar haciendo lo que consideramos correcto?
98. ¿Podemos ser los cristianos que Dios desea que lleguemos a ser desde la eternidad si evitamos el hecho de ser contestados en nuestro medio social? ¿Por qué?
5. Lectura relacionada.
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 9, en el que los no creyentes y los extranjeros simbolizan las dificultades que deseamos que sean resueltas, con el fin de que podamos alcanzar la plenitud de la felicidad, viviendo en presencia del Dios Uno y Trino.
6. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 4, 5-42.
Si verdaderamente el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ROM. 5, 5), comprometámonos a llevar a cabo una obra durante la próxima semana, que sea demostrativa de que, el cumplimiento de la voluntad de Dios, es nuestro alimento espiritual(JN. 4, 34).
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Agua viva del manantial de la vida:
Sacia mi sed de amor y justicia, para que pueda llegar a ser el cristiano en que estás pensando que puedo ser, desde la eternidad.
8. Oración final.
Leamos, meditemos y oremos el texto del SAL. 36, 6-11.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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