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Prestémosle atención a la Palabra de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.

   Meditación de HB. 4, 12-13.

   ¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.

   -La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).

   -La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.

   -Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.

   ¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?

   ¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?

   Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.

   A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación.

   1. Jesús es la Palabra de Dios.

   Después de haber celebrado la Cuaresma, la Pascua de Resurrección y las Solemnidades de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, empezamos a celebrar intensamente el segundo ciclo de los Domingos ordinarios, que concluirá, al final del año litúrgico, con la solemne celebración de los méritos y el triunfo de Cristo Rey. Para vivir el tiempo ordinario sin apartarnos de la presencia de Nuestro Padre común, hemos de vivir la aplicación de las siguientes palabras de Jesús a nuestra vida: (MT. 7, 24-25). Al meditar este fragmento correspondiente al Evangelio de hoy, nos preguntamos: ¿Por qué es tan importante la Palabra de Dios para nosotros? El autor de los Salmos responde la pregunta que nos hemos hecho en oración: (SAL. 119, 37; 52, 10). A pesar de que el Salmista no ha respondido la pregunta que nos hemos planteado, el citado Hagiógrafo nos ha instado a que nos aferremos a nuestra fe, a pesar de nuestra incapacidad de igualar la fiabilidad de las ciencias infusa y difusa ante todos los hombres, independientemente de la ideología que profesen los mismos.
   Si nos apartamos de las vanidades, comprenderemos la importancia que tiene la Palabra de Dios para nosotros. San Juan Evangelista nos habla con gran precisión (JN. 1, 1-3). Analicemos, pues, lo que San Juan nos ha dicho:

   1. Jesús es Hijo de Dios, y, por ello, ha existido siempre.

   2. Nuestro Señor es la Palabra de Dios por medio de la cuál, Nuestro Padre común, creó el universo, y nos redimió del cautiverio en que estábamos sumidos. El citado Evangelista nos dice: (JN. 1, 12. 16). Si Jesús es la Palabra salvadora de Dios, nosotros debemos confiar en Él.

   2. Dispongámonos a dar a conocer la Palabra de Dios.

   ¿Aceptamos las palabras que Jesús pronunció en sus sermones e intentamos aplicarnos los consejos que Nuestro Señor nos dio?

   ¿Vivimos en armonía con el Evangelio del Mesías?

   Si nos consideramos cristianos, ¿qué actividades estamos llevando a cabo para que la Palabra de Dios sea conocida por nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo?

   San Pablo les escribió a los cristianos de Roma: (ROM. 10, 14-15).

   El Adviento, la Navidad, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección, son los tiempos litúrgicos en que, al prepararnos a vivir las celebraciones en las que culminan los mismos, nuestro espíritu contacta fácilmente con la realidad de Dios, pero, durante el tiempo ordinario, al vivir sumidos en nuestras actividades rutinarias, quizá nos cuesta un gran esfuerzo acercarnos a Nuestro Padre común, pero, por causa de la existencia de este posible alejamiento de Dios que se hace palpable en muchas comunidades físicas y virtuales y en las celebraciones eucarísticas, hemos de utilizar y potenciar el conocimiento y uso de los medios existentes, ya sea para seguir formándonos como discípulos de Jesús, o para dar a conocer todo lo que sabemos de Dios. Jesús le dijo a Dios en su oración sacerdotal en la noche del Jueves Santo: (JN. 17, 14). Si consideramos que estamos en este mundo de paso porque aspiramos a vivir en un mundo más perfecto que las sociedades actuales, podemos interpretar correctamente las palabras que Jesús le dirigió a Nuestro Padre común, cuando le dijo que nosotros no somos de este mundo, pero esta realidad no implica el hecho de que debemos desentendernos de realizar las obras que Nuestro Padre común nos ha encomendado. Los cristianos tenemos el deber de conciencia de actuar en el campo en que nos desenvolvemos para acercar a nuestros conocidos a Dios. La Evangelización es semejante en cierto modo al Marketing porque, cuanto más nos entregamos al cumplimiento del designio salvífico de Dios, obtenemos más capacidad para ejercitar nuestras virtudes y un dominio más eficaz sobre nuestros defectos, de la misma manera que, cuanto mayores son las ventas en cualquier mercado, mayores son los beneficios que obtienen quienes gestionan las ventas.

   Quizás admiramos a los santos cuando leemos sus biografías, pero, ¿estamos dispuestos a imitar a esos trabajadores incansables de la viña del Señor? A pesar del aura de perfección inalcanzable que desde cierto punto de vista rodea a los santos vistos por los ojos de quienes nos los presentan como modelos inimitables, ellos fueron un poco menos perfectos que Dios, pero no hemos de olvidar que nuestra vida es semejante a la de ellos, así pues, es importante recordar que, aunque los citados siervos de Dios obtuvieron grandes méritos por su entrega sacrificial que justificó su beatificación y la canonización de muchos de ellos, hemos de recordar la vida que algunos abrazaron antes de entregarse a Dios, pues ello nos hace recordar que todos hemos sido llamados a la santidad, pero, si queremos ser santos, hemos de recordar que, si queremos recibir dádivas divinas, hemos de entregarnos a la realización del designio salvador de Dios.

   Cuando ejercí de catequista de niños en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga, España), me dijo una mujer: "El cura me ha dicho que los niños tienden a hacer lo que ven hacer a sus padres, pero yo le he dicho que eso no es verdad. A mi hijo le gusta el fútbol, y, a mi marido y a mí, no nos gusta ese deporte. ¿Se puede decir que mi niño ha heredado su adicción al fútbol de mi marido o de mi¿". Me fue muy difícil darle una respuesta satisfactoria a aquella mujer porque, los catequistas, para saber cuál es el método de aprendizaje que más se adapta a nuestros oyentes, tenemos que conocerles, y, aquella mujer, sufría la incomunicación que se ha hecho presente en el mundo en que tenemos muchos medios de comunicación, a pesar de que no hablamos de lo que es más esencial para nosotros. Durante los días laborales los adultos trabajamos y los niños estudian. Los sábados nos dedicamos a divertirnos en los centros comerciales. Los Domingos nos sentimos muy cansados, y pasamos mucho rato frente al televisor o al ordenador.

   ¿Qué tiempo les dedicamos a nuestros familiares?

   ¿Tenemos tiempo para expresarles nuestros sentimientos a nuestros seres queridos para que ellos hagan lo propio con nosotros?

   ¿Cómo verán los niños que sus padres son cristianos si en la práctica sus progenitores se comportan como si no creyeran en Dios?

   Con respecto al pensamiento que muchos albergan en su mente referente a que la juventud carece de ética moral, ¿cómo se explica el hecho de que muchos niños y jóvenes hayan conseguido con constancia y paciencia que sus padres recuperen su fe perdida?

   Cuando hablemos con nuestros amigos, digámosles con toda naturalidad que vamos a Misa, que recibimos textos muy valiosos para enriquecernos espiritualmente en nuestros buzones de correo, y que somos miembros de comunidades físicas y virtuales, de la misma forma que ellos nos hablan de sus actividades de ocio. ¡Evitemos el hecho de avergonzarnos de Nuestro Padre común!

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor. (Meditación del Salmo responsorial de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. 8 de diciembre).

   Meditación.

   2. Cantémosle a Dios un cántico de fe, esperanza y amor.

   Meditación del SAL. 97/98, 1. 2-3AB. 3C-4.

Después de meditar el capítulo tres del primer libro de la Biblia, nos disponemos a orar, y nos servimos, para dirigirnos al Señor, de los primeros cuatro versículos, del Salmo 97/98.

   (SAL. 97/98, 1). Cantémosle a Dios un cántico nuevo, -es decir, la mejor alabanza que jamás se le haya cantado-, porque ha hecho grandes maravillas en nuestra vida al manifestársenos, y, por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo, nos ha redimido, por lo que nos hace esperar el día en que viviremos en un mundo, en que no existirá ninguna forma de padecimiento. Esta es la causa por la que San Pablo nos instruye, en COL. 3, 14-17.

   Que el amor a Dios y a nuestros prójimos, -demostrado en el servicio a los mismos-, la vivencia de la fe que profesamos, y nuestra alabanza a Dios, constituyan la mejor canción que podamos cantar durante los años que se prolonga nuestra vida.

   El Señor ha logrado su victoria con su mano derecha, pues la derecha es el lugar de honor. Jesucristo, -según rezamos en el Credo-, está sentado a la derecha de Nuestro Santo Padre en el cielo. Dios ha logrado la victoria sobre el mal, el sufrimiento y la muerte simbólicamente, -porque aún no ha derrotado totalmente a sus contrarios-, y ha procedido con gran honestidad, y lealtad a sus principios.

   El brazo del Señor es Santo, porque Nuestro Dios es superior a las fuerzas del mal.

   (SAL. 97/98, 2). Dios, -por medio de la Biblia, y de sus predicadores religiosos y laicos-, nos ha dado a conocer la salvación con que premiará el amor y fidelidad de sus amados hijos, y, al mismo tiempo, el transcurso de la Historia, nos hace comprender que, Nuestro Santo Padre, nos ha revelado su justicia, porque, aunque perdona nuestros pecados, no nos libra de vivir las consecuencias del mal que hemos hecho, porque ello es útil para nuestra purificación y santificación.

   (SAL. 97/98, 3). Dios hizo de los hebreos su primer pueblo, una nación santa de la que pensamos que fue una imagen de lo que representa la Iglesia en la presencia de Nuestro Padre común.

   De la misma manera que Dios fue un Padre amante y leal con los israelitas, Él cuida del pueblo cristiano, pues no deja de manifestarles su amor a quienes verdaderamente ama.

   Alegrémonos, porque no estamos solos, pues somos hijos del Dios del cielo y de la tierra (SAL. 97/98, 4).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com