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¿En qué consiste la humildad cristiana? (Meditación de la primera lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.

   1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?

   Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.

   Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.

   La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.

   Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.

   Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.

   En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.

   Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.

   Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.

   Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.

   Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.

   Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.

   Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.

   Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.

joseportilloperez@gmail.com

Jesús es nuestro ejemplo a imitar. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús es Nuestro ejemplo a imitar.

   Meditación de IS. 52, 13-53, 12.

   Nota: Aunque la primera lectura de hoy está constituida por el texto de IS. 53, 11-12, donde se nos recuerda la razón por la que Jesús murió, resucitó, y fue coronado como Rey, por habernos redimido, he creído conveniente meditar el último poema del Siervo de Yahveh completo, con el fin de resaltar los mensajes contenidos en los Evangelios que meditamos durante los Domingos XXIII-XXXI del tiempo Ordinario del presente Ciclo B de la Liturgia de la Iglesia Católica.

   ¿Quién es el Siervo de Yahveh?

   ¿Se refiere el autor del segundo Isaías a un profeta que fue víctima de la incomprensión de aquellos de sus hermanos de raza que no se amoldaron al cumplimiento de la voluntad de Yahveh?

   ¿Es el Siervo de Yahveh el pueblo de Israel, que vivió bajo el poder del imperio babilónico durante setenta años?

   ¿Es el Siervo de Yahveh Jesús, Nuestro Redentor?

   Dado que el autor de los Hechos de los Apóstoles afirma que Jesús es el Siervo de Dios mencionado por Isaías, meditaremos el último poema del Siervo de Yahveh, refiriéndolo al Mesías.

   (IS. 52, 13). ¿Qué hizo el Siervo de Yahveh para prosperar espiritualmente y ser recompensado por Nuestro Santo Padre? Si el citado personaje fue un profeta, profesó su fe con dignidad, quizás hasta sacrificar su vida, con tal de no contradecir a Yahveh. Si el autor del segundo Isaías se refiere a Jesús en el texto que estamos considerando, nos habla de la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, pues, por su dolor, muerte y Resurrección, Jesús nos reconcilió con el Padre, y nos ganó la vida eterna. En el caso de que el Siervo de Yahveh sea Israel, Isaías hace referencia a los creyentes que, a pesar de la difícil situación a la que sobrevivieron, no dejaron de creer en Dios, ni de cumplir sus prescripciones religiosas.

   (IS. 52, 14-15). Si la Pasión y muerte de Jesús nos asombran y entristecen, no podemos asombrarnos menos al considerar que el Mesías resucitó de entre los muertos, fue ascendido al cielo, y, por su recepción del Espíritu Santo, los Apóstoles del Señor, hicieron que el Evangelio fuera conocido en el Imperio Romano.

   El Cuerpo de Jesús desfigurado hasta carecer de apariencia humana, nos recuerda cómo el Mesías fue rechazado por sus hermanos de raza, ha sido despreciado posteriormente, y aún seguirá siendo víctima del más profundo desprecio. A pesar del citado rechazo, Nuestro Santo Padre ha coronado a Jesús-Hombre como Rey, porque, al ser Dios, el Mesías nunca renunció a su realeza.

   ¿Cuáles son las dos cualidades más importantes que tenía Jesús para que su sacrificio fuera aceptado en la presencia de Nuestro Santo Padre, para ser reconocido como Redentor de la humanidad? Dios creó un mundo semiperfecto, pensando que, cuando el hombre le probara su fidelidad, concluiría su perfeccionamiento. Dado que el hombre siguió su camino alejándose de la presencia de Yahveh, Dios no impidió tal hecho para no atentar contra la libertad que le concedió al hombre, pero quiso que este fuera redimido mediante un sacrificio, del que el mismo Dios debía ser partícipe. Si Dios hubiera manipulado la libertad humana, se le hubiera podido acusar por ello, pero, al permitirnos actuar libremente, tenía que ser la víctima del sacrificio redentor de la humanidad, para asumir su parte de responsabilidad, por causa de la existencia del mal y el sufrimiento, y para demostrarnos que no estamos solos en nuestras aflicciones, tal como Jesús no se sintió desamparado en su Pasión, porque el Padre no lo socorrió, pero el Mesías estaba seguro de que su desamparo estaba causado por la incredulidad de los hombres a quienes quiso servirles de ejemplo de fe a imitar, y no por el rechazo de Yahveh.

   La segunda cualidad por la que el sacrificio de Jesús fue acepto en la presencia de Nuestro Santo Padre, fue la pureza característica del Señor. La crucificción de un hombre culpable de algún delito no hubiera podido tener valor redentor ante Dios, pero sí lo tuvo la muerte de Jesús, quien fue asesinado injustamente. El sacrificio de una víctima justa por causa de la injusticia de los hombres, nos ganó la justificación divina. El Autor de la Carta a los Hebreos, nos habla de Jesús, el Sumo Sacerdote, que llevó a cabo nuestra redención, tal como recordaremos en la segunda meditación de que se compone el presente trabajo.

   San Pedro, en su primera Carta, se dirigió a nosotros (1 PE, 1, 1-2). Esta es la causa por la que San Pablo se dirigió a los cristianos de Roma, en los siguientes términos: (ROM. 8, 1. 14-18).

   Por causa de los abusos que muchos han cometido al torturarse física y psicológicamente para alcanzar la pureza, cuando quienes predicamos el Evangelio hablamos de renunciar al pecado, no faltan quienes entienden que los instamos a privarse de disfrutar de los placeres del mundo, y a castigarse inútilmente. Tal como Jesús venció la muerte desde la entraña de la misma, el pecado se vence viviendo la pureza, viviendo y dejando vivir, respetando a quienes no aceptan nuestras creencias, y demostrando, -en cuanto nos sea posible hacerlo-, que es posible vivir en un mundo en que todos seamos miembros de la misma familia. Todos entendemos que los estudiantes necesitan esforzarse para estudiar una carrera que les permita ganarse la vida, que los trabajadores deben esforzarse mucho para mantener sus actividades laborales, y que, si creemos que podemos mejorar en algún aspecto de nuestra vida, lo conseguiremos, haciendo grandes esfuerzos, los cuales, a pesar de las dificultades que entrañen, nos aportarán grandes satisfacciones, cuando los hayamos superado.

   (IS. 53, 1). ¿Por qué quiso Dios redimirnos contradiciendo la creencia existente en Israel de que el poder, la riqueza y la buena salud eran características de los devotos, y que la pobreza y la enfermedad, marcaban a quienes no eran dignos de vivir en la presencia de Yahveh?

   ¿Por qué salvó a la humanidad un Siervo despreciado, humilde y maltratado, en vez de hacerlo un rey poderoso?

   Recordemos que Dios actúa muchas veces en contradicción con las creencias implantadas en el mundo, por medio del siguiente texto: (IS. 55, 6-9).

   Jesús demostró su fortaleza por medio de su humildad, sufrimiento y misericordia.

   ¿Cuáles son los medios de que nos valemos para demostrar lo que somos y lo que creemos?

   (IS. 53, 2). Las autoridades de Israel no aceptaron a Jesús como Mesías. Ello no sucedió por causa de su ignorancia, sino porque prefirieron mantener su status social, en vez de vivir en la presencia de Dios, pues conocían perfectamente los textos del Antiguo Testamento, en que se anunciaban el Nacimiento, la obra, la Pasión, la muerte, la Resurrección y la glorificación del Mesías. Israel no reconoció la grandeza de la humildad de Jesús, y confundió al Mesías con un hombre común.

   Dado que el mal que hacen algunos cristianos destaca más que el bien que hacen los seguidores de Cristo, siempre es necesaria la vida ejemplar de fieles de Jesús, que den a conocer la vida y obra de Nuestro Salvador, y que nos enseñen que el Cristianismo es una realidad por medio de la profesión de una fe ejemplar que han de demostrar por medio de sus palabras y obras, aunque sea considerado como una utopía.

   (IS. 53, 3). Aunque no seamos grandes conocedores del Evangelio, hoy tenemos la oportunidad de tomar una decisión con respecto al seguimiento, el rechazo o la indiferencia que puede caracterizarnos con respecto al Señor. No permitamos que las heridas de Jesús simbolicen el desprecio y la marginación de que el Señor es víctima.

   Dispongámonos a conocer a Jesús, y así nos percataremos de que el Señor quiere que alcancemos la plenitud de la dicha, aunque, hasta que no comprendamos esta realidad, tengamos la impresión de que se opone a que llevemos a cabo algunas de nuestras ideas. Jesús es para nosotros como un padre que, hasta que no es suficientemente comprendido por sus hijos, no es valorado justamente por sus descendientes.

   (IS. 53, 4-5). Jesús nació para experimentar la mayor dicha y el más doloroso sufrimiento de los hombres. De entre sus contemporáneos, ni siquiera sus seguidores comprendieron el hecho por el que se dejó apresar por sus enemigos. Quizás para nosotros carece de sentido la idea de que Jesús, siendo el Dios Todopoderoso, quisiera vivir nuestros padecimientos voluntariamente, porque nos es difícil creer que el dolor tiene utilidad, para impulsar nuestro crecimiento espiritual. A los defensores de la pena capital les es comprensible el hecho de que un asesino pierda la vida por haber cometido uno o varios crímenes, pero no es tan fácil creer que Dios quiso experimentar el padecimiento de los hombres teniendo la posibilidad de evitarlo, y, mucho menos, que murió para pagar el castigo merecido por los pecadores, de entre, a quienes lo aceptaron como Redentor, los reconcilió con Nuestro Santo Padre, y les concedió la salvación.

   (IS. 53, 6). Para los judíos, era comprensible el hecho de intentar aplacar la ira de Dios por medio del sacrificio de un cordero sin defecto, pero carecía de sentido el hecho de ofrecerle un sacrificio humano a Yahveh. En nuestro tiempo, muchos que han oído que Dios es amor, no comprenden la razón por la que Jesús murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, pues tenía otras formas de demostrarnos tal realidad sin sufrimiento, aunque no caen en el detalle de que, tales formas de proceder que hubieran estado justificadas porque Dios puede hacer lo que le plazca, no hubieran ganado tantas almas para Dios, como lo ha hecho la crucifixión de Jesús.

   Isaías nos indica en el versículo de su obra que estamos considerando, que nosotros vivimos nuestra religiosidad como creemos más oportuno hacerlo, y que rechazamos a Dios cuando nos place, pero que Jesús fue el objeto de la ira de Dios, y por ello pagó el daño causado por la maldad de la humanidad. Tanto en los tiempos del Antiguo Testamento y de Jesús, como en nuestros días, es más fácil creer que Dios se cebó en la Persona de su Unigénito para desquitarse por causa de los efectos de la maldad de la humanidad, que murió para demostrarnos que Nuestro Santo Padre nos ama, y que el dolor tiene un valor redentor muy útil, para ayudarnos a crecer a nivel espiritual.

   Los israelitas no fueron los únicos que se apartaron de Yahveh actuando como ovejas errantes. Nosotros vivimos expuestos constantemente a aceptar la tentación de vivir al margen de Dios, y, de hecho, hay ocasiones, en que prescindimos de la fe que nos caracteriza. No invalidemos el sacrificio de Jesús, y no dejemos de formar parte del rebaño que ha de ser conducido por Jesucristo, el Pastor que nos llevará a la presencia de Nuestro Padre común.

   (IS. 53, 7-12). Jesús fue sepultado con los malvados porque lo humillaron crucificándolo junto a dos malhechores llamados Dimas y Gestas, y fue sepultado entre los ricos, porque un sanedrita y comerciante, llamado José de Arimatea, le cedió un sepulcro que hizo excavar para sí mismo.

   El sufrimiento y la muerte de Jesús, nos hacen pensar que Dios no solo conoce el dolor humano porque no se le oculta nada por causa de su absoluta perfección, pues sabemos que conoce plenamente la experiencia del sufrimiento de los hombres, por haberla vivido. Esta es la causa por la que, aunque el Señor murió entre quienes eran marginados socialmente, Dios lo convirtió en Rey, haciéndolo el miembro más influyente de su Reino. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que debemos afrontar y confrontar nuestras dificultades, y sobre lo que vamos a hacer y decir, para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por nosotros.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común, que nos ayude a extinguir nuestros defectos, y a sobrellevar la pobreza, las enfermedades y/o el aislamiento con dignidad, para que podamos conocer la plenitud de la felicidad, en su Reino de amor y paz.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Mi Dios, mi fe, mi vida. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Mi Dios, mi fe, mi vida.

   Los cristianos practicantes hemos optado en nuestra vida por seguir a Cristo. Al hablar de cristianos practicantes, no pretendo mencionar a quienes creen que cumplen con Dios sólo porque asisten a la Eucaristía dominical y después de salir del Templo no se toman la molestia de llevarles el Verbo de Dios a sus prójimos, pues me refiero a quienes vivimos para alabar a Dios, según decimos al celebrar la Liturgia de la Eucaristía, "por Cristo, con Él y en Él". Esta opción de vida que nos ha inspirado el Espíritu Santo hace que quienes no comprenden la forma según la cual nos entregamos a servir a Nuestro Padre y Dios se hagan muchas preguntas. Uno de esos interrogantes que inquieta a los no creyentes es el siguiente: Ya que la Iglesia no permite que los feligreses de la misma se expresen libremente con respecto a la contradicción de sus dogmas, ¿debemos considerar que Dios utiliza la fe para coartar nuestra libertad? Nuestro seguimiento con respecto a Jesucristo se fundamenta en que uno de nuestros principales objetivos consiste en convertirnos a través de la acción del Espíritu Santo en predicadores de la Palabra de Dios, así pues, con respecto a las creencias anticristianas, nos aplicamos las siguientes palabras que Dios le dirigió al predicador Jeremías en un momento en que el Profeta sufrió una gran crisis de fe: (JER. 15, 19). A pesar del significado literal de las palabras proféticas que hemos extraído de la Sagrada Biblia, cada día somos más los cristianos que optamos por respetar la libertad de quienes rechazan nuestras creencias, exceptuando las prácticas injustas que se llevan a cabo diariamente en nuestra sociedad.

   Deseamos ser transmisores de la Palabra de Dios porque queremos ser imitadores de Jesús de Nazaret, el enviado de Dios de quien San Juan escribió: (JN. 1, 1-2).

   Con respecto a la pregunta que estamos meditando, Dios nos propone que nos convirtamos a Él, pero no nos obliga a creer en su Palabra. Cuando Nuestro Padre celestial creó el Universo, creó al hombre libre, así pues, si Adán y Eva hubiesen estado sometidos a Nuestro Creador, hubieran carecido de libertad para alimentar la soberbia que les convirtió en los primeros que contradijeron al Todopoderoso, según palabras de Isaías: (IS. 55, 8).

   Si nos basamos en la creencia de que Dios no manipula la libertad que Él mismo nos concedió al crear el género humano, podemos comprender, en cierta forma, parte del significado teológico que le atribuimos a la adversidad que atañe a nuestra vida. Algunas cosas nos suceden para que aprendamos a ser fuertes, son sucesos que no podemos evitar, pero ¿pensamos que debemos reconocernos culpables de los sentimientos que nos causan hechos como las opiniones de nuestros familiares, amigos y jefes con respecto a nuestra forma de actuar?

    Es curioso constatar cómo teniendo un gran deseo de alcanzar la plenitud de la felicidad, muchos de nosotros corremos el riesgo de acabar consiguiendo justamente lo que más se contrapone a nuestras aspiraciones. Cuando el Profeta Jeremías era oprimido por sus enemigos, se dirigía a Dios en estos términos: (JER. 15, 15-16).

   Jeremías también exclamó en cierta ocasión: (JER. 20, 7. 9).

    A veces creo que Dios debe reírse mucho cuando queremos que manipule nuestra mala salud, que nos busque un buen trabajo y que de paso nos ponga algo de amor en nuestro camino, y no queremos serle dóciles ejercitando los dones y virtudes que Nuestro Padre nos ha concedido actuando consecuentemente para mejorar nuestra salud, alcanzarnos el éxito profesional y para que podamos aprender que la clave del amor radica en que es tan importante dar como recibir.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros. (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.

   (HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?

   Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).

   Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?

   Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...

   (IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.

   (IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).

   Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).

   Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).

   Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).

   (SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.

   (SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.

2. Los milagros.

   La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.

   En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.

   Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Estimados hermanos y amigos:

   Vamos a meditar una frase de la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (DT. 4, 7)

    A pesar de los siglos que han transcurrido desde que fue escrito el texto que estamos meditando, podemos constatar que las palabras extraídas del Deuteronomio aún siguen estando vigentes entre nosotros. Aunque decimos que no adoramos a Baal ni a otros dioses como lo hacían los habitantes del territorio que conquistaron los israelitas bajo el mando de Josué, no podemos negar que muchos de los valores que defendemos han sido convertidos por nosotros en dioses más amados que Nuestro Criador. Todos los ídolos que tenemos contribuyen a satisfacer nuestros deseos según la disponibilidad y el bienestar económico que tengamos en cada momento de nuestra vida, pero sólo existe un ídolo que puede satisfacer nuestras carencias plenamente.

   2. Nuestro Padre y Dios sabe que nos sentimos útiles a los ojos de la sociedad y ante nuestras personas al luchar constantemente para ser felices, así pues, esta es la razón por la cual el Señor ha dispuesto que hagamos su voluntad para acercarnos a Él.

   En el texto del Deuteronomio que estamos considerando, podemos leer: (DT. 4, 8). Aunque la Psicología moderna nos enseña que no somos nada realistas al intentar obtener el mayor perfeccionismo en nuestros actos y pensamientos, el sistema de competencias que se ha establecido en la sociedad en que vivimos, la necesidad que muchos experimentan de destacar para no perecer en el olvido del medio en el que viven, les hace seguir deseando ese perfeccionamiento como si se tratase de una necesidad vital.

   La Ley de Dios tiene cierta tendencia a proporcionarnos una buena dosis de sabiduría y perfeccionismo si la ponemos en práctica. Es esta la razón por la cual la Antífona del Salmo nos insta a preguntarle a nuestro Padre y Dios en profundo estado de recogimiento interior: (SAL. 14-15, 1).

   Le decimos a Dios: Señor, ¿qué podemos hacer para que fijes tu mirada en nosotros?

   Dios nos responde que estaremos en su presencia cuando el perfeccionismo que adquiramos al cumplir su Ley nos haga esquivar lo que comúnmente llamamos mal.

   3. Santiago nos dice en su Carta: (ST. 1, 17).

   El Apóstol nos dice que todos nuestros dones y virtudes proceden del Dios cuya voluntad jamás se someterá a ninguna rotación, mutación o cambio.

   Los deseos de Nuestro Padre y Dios con respecto a nosotros siempre serán los mismos.

   Si recibimos de Dios todo lo que tenemos, hasta esas enfermedades o incapacidades que creemos que nos atrofian el cuerpo y el alma, debemos seguir llevando a cabo los consejos apostólicos de Santiago, el gran seguidor de Jesús que nos dice: (ST. 1, 21-22).

   Hermanos:

   No os contentéis con comulgar un sólo día al año si tenéis más oportunidades de acercaros al Señor, y no creáis que le hacéis una gran ofrenda a Dios al encender un cirio en el altar de algún Santo si a vuestro alrededor, quizá en vuestro propio hogar, tenéis a alguna persona que necesita de vuestro apoyo anímico o económico.

   Jesús, en el Evangelio de hoy, defiende este ideal de vida cristiana sobre el cual estamos meditando. Los más acérrimos observantes de la Ley recriminaban al Señor porque sus seguidores comían sin lavarse las manos y los brazos hasta los codos según exigía la Ley religiosa en aquel tiempo.

   Recuerdo que cuando yo ejercía de catequista en la parroquia de San José de Nazaret de Cajiz (Málaga), algunas señoras les regañaban a los niños que entraban al templo corriendo para arrodillarse ante el altar del Señor, porque decían que "en la Iglesia no se puede correr".

   Jesús dice con respecto a los fariseos de todos los tiempos: (IS. 29, 13).

   Nosotros honramos a Jesús practicando el culto externo, pero, ¡qué difícil es para nosotros ponernos en las manos de Dios! (IS. 1, 11-18).

   Jesús nos dice: (MC. 7, 6-8).

   Nos gusta persignarnos al entrar en la Iglesia, pero no tenemos tiempo para ir al hospital más cercano a nuestra vivienda y acompañar a los enfermos que no tienen familiares que les acompañen en su dolor.

   Nos gusta orar durante muchas horas, pero carecemos de tiempo para hablar con nuestros hijos y hacer de ellos hombres y mujeres útiles para nuestra sociedad, de manera que luego no sabemos cómo es posible el hecho de que no creen en Dios.

   Aún no puedo entender por qué muchos sacerdotes dicen en sus homilías cuaresmales que hay que cambiar más la acción de los cristianos activistas por la oración, cuando ambos estados de vida son perfectamente compatibles, y toda obra es una alabanza a Dios, aunque nuestros actos nos lleven al más pésimo de los fracasos, ya que Dios valora más nuestra intención que los frutos que producimos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida. (Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo B).

   Meditación.

   Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.

   Meditación de MC. 1, 12-13.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer Domingo de Cuaresma del Ciclo B, leemos: (MC. 1, 12).

   Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando, después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.

   Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino impulsado por el Espíritu Santo.

   El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.

   Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.

   En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada, por Nuestro Padre común (IS. 42, 1. 61, 1).

   Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho, para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar, en pro de nuestros intereses egoístas.

   Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos amaremos más.

   El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-, si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-, no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.

   Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios, pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se atreven a emprender, tal aventura.

   Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.

   En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados. A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que podemos ser tan pecadores, como para ser más responsables del mal que hemos hecho, que los pobres que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.

   Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos, que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que tienen los necesitados de nuestro mundo.

   En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar en las horas del calor, o viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.

   A la hora del calor diurno, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos, y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que iluminen nuestro destino (MC. 1, 13).

   A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.

   San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos judíos y los paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores, que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.

   El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.

   Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor (MT. 4, 1-11, LC. 4, 1-13, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si consideramos que, al igual que nos sucede a nosotros, el Señor, durante todos los años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente, a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son: la consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos, pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en atención a su moral ejemplar.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).

El Señor viene con poder. (Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   3. El Señor viene con poder.

   Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C.

   Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.

   Antes de que los hebreos vivieran la experiencia de su cautiverio en Babilonia que se prolongó durante setenta años, Judea vivió en torno a un siglo de problemas, causados por el incumplimiento de la voluntad de Yahveh. No olvidemos que las semillas del consuelo se arraigan con fortaleza divina en los corazones marcados por el sufrimiento, en los que no muere la esperanza en la llegada del día en que Dios responderá las cuestiones que ignoran y necesitan conocer, para captar el sentido de su dolor.

   Cuando sintamos que el sufrimiento nos embarga el corazón, le pediremos a Dios que nos consuele. Quizás no escaparemos a la vivencia de los efectos de la adversidad que tememos, pero no nos encontraremos desamparados cuando suframos, porque sentiremos la presencia de Dios en nuestra angustia. No olvidemos que el único consuelo de muchos que tienen problemas que no se pueden resolver, consiste en pensar que algún día vivirán en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de sus vicisitudes actuales.

   Dios nos consuela haciéndonos sentir su presencia, por medio de su Palabra, y mediante la predicación de sus evangelizadores. Atendamos a la Palabra de Dios cuando necesitemos ser consolados, y abrámonos a quienes necesitan ser amados e instruidos en el conocimiento de Dios, porque ello les aportará el consuelo que necesitan.

   En la antigüedad, cuando un Rey visitaba un territorio, eran eliminados todos los obstáculos del camino por el que había de pasar, y se extendía una alfombra roja, para recibirlo. Durante el tiempo de Adviento, quienes hemos meditado la Palabra de Dios, hemos recordado, cómo podemos actuar, para prepararle el camino al Señor, mediante una vida de formación religiosa, de puesta en práctica de todo lo que aprendemos, y de oración constante.

   El desierto, -según recordamos durante el tiempo de Cuaresma-, simboliza los sufrimientos que hemos de vivir, los cuales, nos sirven como pruebas, para que podamos comprobar, la fortaleza de la fe que nos caracteriza. Recordemos que el desierto de nuestras vidas nos fortalecerá la fe que tenemos en Dios, si lo recorremos confiados, al cuidado, de Nuestro Buen Pastor.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

La grandeza y la humildad del Siervo de Yahveh. (Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.

   Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.

   Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.

   La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.

   A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.

   Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?

   -Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.

   ¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?

   Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.

   ¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   ¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.

   Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.

   (MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.

   Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.

   Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.

   Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.

   Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.

   (2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.

   ¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.

   ¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros. (Meditación de la primera lectura optativa de los Ciclos A y B de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. Buscad a Dios mientras se deja encontrar, llamadle mientras está cerca de vosotros.

   Meditación de IS. 55, 1-11, primera lectura optativa de los Ciclos A y B.

   La comida cuesta dinero, no dura mucho tiempo, y satisface nuestras necesidades físicas. Dios desea ofrecernos un alimento por el que no tendremos que pagar dinero, cuya duración es eterna, y nos nutrirá espiritualmente. ¿Cómo podemos obtener tan preciado alimento? Vamos al encuentro del Señor (IS. 55, 1), escuchemos su Palabra para aplicarla posteriormente a nuestras vidas (IS. 55, 2), y busquemos y clamemos a Dios, por medio de la oración (IS. 55, 6). La salvación divina es gratuita, pero necesitamos recibirla vehementemente.

   Dios pactó con David darle a su pueblo prosperidad y evitarle las amenazas de otras naciones y las guerras, pero el pacto fue incumplido por los hombres. A pesar de esto, Dios perdona y siempre está dispuesto a renovar la promesa de salvar a su pueblo. No nos apartemos del cumplimiento de la voluntad divina aunque cometamos errores, porque Dios jamás se cansará de esperarnos para que cumplamos su voluntad, que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad.

   Dios no quiere apartarse de nosotros, pero a menudo nos separamos de Él o construimos muros que se interponen entre Nuestro Santo Padre y nosotros. No esperemos que se nos debilite la fe o a tener graves dificultades para relacionarnos con Nuestro Padre común, porque entonces tener fe en la Santísima Trinidad será muy difícil para nosotros, por causa de la visión que tendremos de las circunstancias que consideremos adversas. Relacionémonos con Dios antes de que sea demasiado tarde para ello.

   No podemos adaptar a Dios al cumplimiento de nuestra voluntad, porque su amor, su sabiduría y su poder nos superan. Dado que somos más imperfectos que Dios, si queremos alcanzar la plenitud de la dicha, somos nosotros quienes necesitamos cumplir la voluntad divina.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta del Bautismo del Señor del Ciclo B.

   Meditación.

   1. Isaías, en la primera lectura correspondiente a esta fiesta del Bautismo de Nuestro querido Jesús, nos habla de la humildad del Mesías del Señor. El Señor Dios Todopoderoso sostiene a su siervo para que no flaquee en el cumplimiento de su misión redentora. Nosotros, los bautizados, los que le hemos pedido a Nuestro Padre y Dios que nos envíe su Espíritu Santo para que podamos cumplir la misión que nos ha encomendado, somos los preferidos del más amante de todos los padres. El Señor ha puesto su Espíritu en nosotros, para que contribuyamos al establecimiento del derecho y la justicia en todas las naciones. Al igual que le aconteciera a Jesús de Nazaret, nosotros no necesitamos gritar, clamar ni vocear por las calles para que la gente se admire de nuestro rango especial, pues, siendo imágenes del mismo Cristo, somos humildes hijos de Dios. Dios sabrá hacer en su momento que aquellos que se ríen del Evangelio se conviertan al que es amor (1 JN. 4, 8).

   Nuestra misión es la misión del Mesías. No debemos quebrar la caña que se está partiendo ni apagar la luz nítida de quienes desean resolver sus dudas de fe. Isaías dice que el Mesías no morirá hasta que cumpla su misión, así pues, dentro de unos meses recordaremos la muerte y la Resurrección del Señor, pues debemos ser humildes como el Bautista, aquel pobre Profeta que se empequeñeció hasta la muerte para hacer cuanto estaba a su alcance para que Cristo creciera (JN. 3, 30).

   2. Si nos remitimos al Evangelio de San Marcos, podemos comprobar que Jesús fue más humilde que aquel humilde que no quería bautizar a su Señor, así pues, era necesario que Juan Bautista se hiciera grande porque el que era grande se hizo pequeño para que se cumpliera el citado propósito de Dios. Es complicado el mundo de la fe. Quizás no sabemos comprender que Dios se hizo Jesús porque Jesús se dejó hacer Dios en su Humanidad. Quizás no podemos comprender por qué los pequeños se hacen grandes, por qué los grandes se hacen pequeños, por qué algunos pequeños deben ser enaltecidos y por qué algunos grandes deberían empequeñecerse para empezar a ser humildes, no obstante, el Salmo responsorial nos insta a considerar la grandeza de Aquel que se sienta sobre el aguacero y la pequeñez y grandeza del que se hizo Hombre por amor a nuestra miseria, pues desea hacernos dioses con Él, pues no en vano dice la Escritura: "Quienes escuchen su Palabra serán dioses"

   3. El Bautismo es para nosotros un don y un compromiso, así pues, el citado Sacramento es un don, porque celebrando el rito le pedimos a Dios que su Espíritu venga sobre nosotros, ya que deseamos ser sus hijos. Es entonces cuando Nuestro Padre nos santifica con su gracia y un sin número de sus dones y virtudes divinos. El Bautismo es un compromiso porque los cristianos debemos observar la misión de Jesús en el  área pastoral en que nos toque ser imitadores del humilde Cristo Rey.

   4. El Espíritu Santo se posó sobre Jesús bautizado una vez hubo adoptado la forma corporal de una paloma. Debemos entender esta revelación de las tres Personas de la Trinidad Beatísima como manifestación -o revelación- de la luz de la fe y la sabiduría divinas. La paloma en nuestro tiempo es el símbolo de la paz, y el símbolo de los siervos, así pues, no olvidemos que hubo un tiempo en que las palomas se usaban para enviar mensajes.

   Jesús sintió que el Espíritu se posaba sobre     Él. Dios no violaba su libertad de Hombre. Jesús había decidido entregarse a Dios el cual lo fortaleció como Hombre que era para que no flaqueara en el cumplimiento de su misión redentora. La voz del Padre confirmó la misión de Jesús, nuestra misión, y el amor con que nos ama a Jesús y a nosotros, los miembros de la Cristiandad, e hijos del pueblo de sus hijos predilectos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.

   Meditación.

   1. Son varias las clasificaciones de determinadas lecturas que la Iglesia nos propone para que celebremos este Domingo II de Navidad, en que volvemos a recordar todas las enseñanzas que recibimos de la Palabra de Dios durante el Adviento, para que no olvidemos la importancia que tiene para nosotros el Nacimiento de Nuestro Hermano y Dios Jesús. Como aún tenemos muy reciente la citada enseñanza, deseo dirigir mi meditación a la próxima celebración de la Epifanía del Señor. Sabemos que esa celebración es la manifestación de Jesús a todas las naciones, así pues, mientras que muchos judíos se gozaban esperando el nacimiento de un Mesías nacionalista, Nuestro Señor quiso hacer que su estrella brillara en el cielo, de tal forma que los no judíos -o gentiles- se alegraron antes que los hermanos de raza de Jesús del Nacimiento del Enviado de Dios. Isaías, en la primera lectura, nos ha dicho que la gloria del Señor resplandecerá sobre nosotros, los que intentamos que el resplandor de la estrella divina, no se apague en nuestras vidas ni en el ambiente en que vivimos.

   2. Es muy significativo el relato que San Mateo nos propone en su Evangelio respecto de la celebración que tendrá lugar en todo el orbe cristiano el próximo martes día seis. Unos astrólogos orientales llegaron a Jerusalén siguiendo la estrella de la fe que los conducía ante la presencia de Aquel de quien Zaratustra decía que estaría posibilitado para encaminar a quienes siguieran su voz por el camino de la verdad y la justicia. De igual manera que nos debilitamos ante la pequeñez de nuestra fe y el aumento de las posibles dificultades que podemos tener, los magos orientales perdieron el rastro lumínico de la estrella que seguían, y, antes de volverse a sus países de origen desilusionados, decidieron poner la última carta que les quedaba sobre el tapete, y preguntarle a Herodes por el personaje que iban buscando.

   Los judíos estaban tan seguros de que el Mesías nacería en aquel siglo, que, durante las últimas décadas, surgieron en Palestina entre cuatro y seis docenas de falsos mesías, de quienes sabemos que muchos fueron asesinados para complacer a la mayor parte de los sanedritas y demás miembros de la alta esfera social judía. A pesar de esa evidencia, ni los escribas podían imaginarse que el Mesías podría haber nacido en Belén en cumplimiento de la predicción de Miqueas, de una forma tan humilde que ellos no se hubieran percatado de tan magno acontecimiento (MIQ. 5, 2). Este hecho se asemeja a aquellas ocasiones en las cuales les decimos a los niños pequeños que no cojan un cuchillo para no cortarse, y hacen lo contrario que les pedimos, así pues, Miqueas dijo que el Mesías nacería entre los más humildes habitantes de Israel, pero, quienes odiaban la pobreza, lo imaginaban sentado en un trono de gloria, concediéndoles todo tipo de regalos.

   Los judíos estaban alarmados porque el Nacimiento del Mesías podía significar una gran revolución, la eliminación del poder romano, o la esclavitud permanente bajo el poder de Tiberio César y sus sucesores. Herodes se alertó pensando que no podía permitir que nadie se sublevara contra su persona. Era tanta la ambición del Rey, que este asesinó a dos de sus mujeres y a varios de sus hijos, porque temía que estos se revelaran contra él. Durante los treinta y seis años que duró el reinado de aquel de quien dijo Tiberio que ante él era mejor ser su cerdo que ser su hijo, porque los judíos no comían carne de cerdo y el rey mandó matar a tres de sus descendientes, no hubo un sólo día en que aquel idumeo no ordenara derramar sangre inocente.

   ¿Cómo contemplarían los astrólogos de Oriente aquella escena? Ellos habían viajado durante muchos días para encontrar confundida a la ciudad de la fe, al país de los Profetas de quienes sus antepasados aprendieron la Palabra de Dios, durante el tiempo que los judíos fueron deportados a Babilonia.

   ¿Cómo reaccionamos al confrontar los sucesos trágicos que se suceden en la sociedad y en nuestras vidas?

   ¿Qué lugar ocupa Dios en nuestra alegría y nuestro dolor?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.

   Meditación.

   1. Celebramos la primera Epifanía del Señor, excelente revelación de la luz divina sobre nuestras carencias materiales y espirituales. Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a esta fiesta de la Epifanía del Señor que Dios ha amanecido sobre nosotros, así pues, cuando el pasado veinticinco de diciembre celebramos la Natividad de Nuestro Niño de Belén, quiso Dios que volviera a nacer en nuestros corazones la existencia sobrenatural, los abundantes dones y virtudes que nos configuran y transfiguran a imagen y semejanza de Aquel que nos ha concedido participar de su vida eterna, por consiguiente, debemos recordar en esta ocasión las palabras del prólogo del Evangelio de San Juan referentes a que Nuestro Dios y Hermano Jesús nos ha concedido gracia sobre gracia por los méritos que le han merecido su vida y obra redentora (JN. 1, 16).

   2. "Brilla, Jerusalén" -dice Isaías en su Emmanuel- ¿Hemos recibido a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y actuamos impulsados por la inspiración del Espíritu Santo? Si Dios nos ha dotado de dones y virtudes, podemos decir que tales maravillas de Nuestro Padre son nuestras porque el Señor nos las ha concedido, pero esa concesión celestial nos exige que brillemos por nuestra propia luz. Si mi hermano es donante de sangre, puede ofrecerle a Dios su donación para la redención de mis pecados, pero, aún así, yo no puedo brillar con la luz de mi hermano, no puedo sentirme realizado hasta que no cumpla la voluntad de Dios escuchando a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y dejándome inspirar por el Espíritu Santo.

   3. "Caminarán los pueblos a tu luz" Con gran acierto, Jesús decía que no se puede encender una luz para esconderla, pues no se puede disimular el brillo y claridad de la luz. Puede acontecernos que no seamos conscientes de si el mundo se percata de que somos cristianos, pues no conocemos los pensamientos de nuestros prójimos, y no sabemos si nuestra luz hace que otros hermanos nuestros, creyentes o no cristianos, brillen por su propia luz. Ocupémonos de sembrar la semilla divina, y el Espíritu Santo, a su tiempo, se servirá de nuestras palabras y obras, para convertir a la humanidad al Evangelio del amor divino.

   4. En la segunda lectura San Pablo nos insta a creer que el Evangelio de Jesucristo es universal, así pues, cuando Pablo escribió sus Epístolas, los judíos creían que Dios aborrecía a los extranjeros, y que el Señor sólo se complacía en la raza de aquellos a quienes se reveló antes de que las naciones del mundo conocieran la Santidad de Nuestro Padre común.

   5. Para que esta meditación no sea excesivamente larga, prefiero pasar por alto la lectura de la Carta a los Efesios, y contemplar las escenas que San Mateo nos narra en el Evangelio de la adoración de los magos. Herodes se sobresaltó al percatarse de que había sucedido un hecho extraordinario, había nacido el Rey de quien Miqueas, Isaías, Jeremías y otros grandes Profetas habían hablado en los días de su existencia mortal. Era imposible creer que fuera verdad que había aparecido una estrella que conducía a aquellos magos orientales a adorar a Jesús, pero, ¿qué hubiera ocurrido si aquella Profecía tan antigua del capítulo 5 de Miqueas se hubiese cumplido? Resulta curioso ver que ni siquiera los instruidos en la Ley del Señor podían creer que verdaderamente empezaba a llevarse a cabo el designio salvífico de Dios. Herodes actuó como si fuera realista el hecho de que podían quitarle el trono, los judíos se alarmaban pensando que algún espabilado podía reformar sus complicadas estructuras religiosas, nosotros sufriríamos mucho si nos viéramos obligados a ser buenos Santos en un momento sin que Dios nos transformara tocándonos con su varita mágica...

   6. Los tres regalos que Jesús recibió de los magos tienen un gran significado teológico.

   El oro de Melchor, significaba que Jesús es el más sabio y poderoso Hombre de todos los tiempos.

   El incienso de Gaspar, resaltaba la Deidad de Jesús, el más famoso y humilde Hombre de todos los tiempos.

   La mirra de Baltasar, era signo de penitencia, muerte para resucitar, sacrificio de goces terrenales para encontrar la felicidad, y la contradicción de quienes ignoran cómo renunciando al sin sentido del placer excesivo nosotros encontramos la Santidad, la paz, y, el amor de Nuestro Padre y Dios.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.

   Meditación.

   1. Dios ha amanecido sobre nosotros en este día de la Epifanía -o manifestación- de Nuestro Señor Jesucristo porque estamos dispuestos a aceptar su Palabra como Verdad Suprema y nos hemos comprometido a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Isaías nos dice en la primera lectura que Dios es todopoderoso, nuestra fuerza salvadora, la luz que nos guía en medio de las tinieblas en que vivimos cuando no sabemos vencer nuestras dificultades o cuando carecemos de la fuerza que necesitamos para afrontar y confrontar todos los aspectos de la vida que nos hacen sufrir. Quienes no creen en Dios viven en tinieblas, no porque son pecadores, sino porque están privados de la gran alegría que significa para nosotros la seguridad plena de que no estamos solos ante nuestras dificultades. Quienes aprendimos a tener fe siendo adolescentes o adultos, sabemos que la vida que rechaza la luz de Dios está llena de incertidumbres. Dios es Nuestro Salvador, y su poder es infinito. En la primera lectura, el Profeta nos hace entender que Dios irradiará su luz a la humanidad desde Jerusalén, y que todas las naciones le adorarán en la ciudad tres veces santa, según los cultos judío, cristiano y musulmán. Pensemos, queridos hermanos y amigos, que Nuestro Hermano y Señor Jesús, nos redimió a escasos kilómetros de Jerusalén (LC. 13, 33). El día en que acontezca la segunda venida -o la Parusía- de Jesús, todos los habitantes del mundo iremos a la Ciudad santa, portando nuestros tesoros espirituales, así pues, Nuestro Señor nos juzgará, limpiándonos de nuestras imperfecciones e impurezas.

   2. El Salmo responsorial constituye una alabanza a Dios que se le puede aplicar a Cristo, -Nuestro Rey-, quien, en actitud suplicante, le pidió al Padre que lo facultara para llevar a cabo la misión que le encomendó sin fracasar. La súplica sobre la que meditamos en el citado Salmo era confiada, así pues, no estaba marcada por la desesperación ni la carencia de fe, sino por el vivo deseo de un Jesús joven, marcado por diversas experiencias vitales, y dispuesto para que el Espíritu Santo le amoldara al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, con gran sabiduría, y sin admitir ninguna vacilación. Cristo es el Rey cabal y perfecto que necesitamos, de hecho, sólo Él nos puede salvar.

   3. Cuando los magos llegaron a Jerusalén preguntando por el Rey de los judíos, ni siquiera los más instruidos en el conocimiento del Verbo divino, pensaron que se les interrogaba sobre la Natividad del Mesías, así pues, los citados magos fueron conducidos al palacio de Herodes. Para bochorno de Jerusalén y gloria de los magos gentiles, el pueblo que tantas revelaciones de Dios había recibido a lo largo de su Historia, dormía aletargado por la difícil situación de subyugación con respecto a Roma, el terrorismo interno y la manipulación religiosa que padecía. No podemos culpar a todos los habitantes de Jerusalén por carecer de fe, pero, cuando los magos visitaron el palacio del Rey, Yahveh debió sentirse descorazonado al pensar que su pueblo le ignoraba, a pesar de las múltiples formas que se le había manifestado en el pasado. Los magos les señalaron a los israelitas el camino para encontrar al Mesías. Recuerdo el día en que los Príncipes de Asturias celebraron su enlace conyugal. Millones de personas estuvimos pendientes a aquel trascendental evento que sin duda alguna ha marcado la Historia de mi país. Nuestra fe es pequeña, porque aún no hemos tomado la decisión de caminar, mirando al cielo, y con los pies muy firmes sobre la tierra, buscando la estrella de la fe.

   ¿Por qué no descansamos durante el día y caminamos afectados por el abrazo de las tinieblas buscando la estrella que ha de darles a nuestras vidas un sentido nuevo caracterizado por la eternidad?

   Ante el estamento social de los grandes personajes que aparecen en el Evangelio de hoy, Jesús aparece marcado por la debilidad, la ignorancia, el desprecio y la persecución.

   ¿Cómo puede explicarse el hecho de que Herodes emprendiera una persecución contra un Niño indefenso?

   ¿Qué sentido tuvo la matanza de los niños de Belén menores de dos años que llevaron a cabo los componentes de una centuria?

   ¿Cómo pudo ver Herodes a un adversario en medio de la miseria en que aquel tiempo vivía la Sagrada Familia?

   Herodes asesinó impasiblemente a los niños de Belén, sin que ninguno de ellos fuera la víctima que más deseaba ejecutar.

   Con cuánta naturalidad preguntaron los magos en Jerusalén por el Rey de los judíos, y con qué miedo se les informó con respecto a la Profecía de Miqueas, el cuál afirmó en su tiempo que el Enviado de Dios nacería en la pequeña ciudad de Belén de la región de Judea (MIQ. 5, 2).

   ¿Qué les decimos a quienes nos preguntan si tenemos fe?

   ¿Somos capaces de vencer la pereza que nos impide asistir a las celebraciones eucarísticas?

   ¿Somos conscientes de que al no celebrar la Eucaristía rechazamos el hecho de recibir a Nuestro Señor en la Comunión?

   ¿Cumplimos la voluntad de Dios?

   ¿Nos amparamos en un continuo ciclo de formación, acción y oración para vivir en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre y Dios?

   Los magos no intuyeron la pretensión con que Herodes les envió a informarse del lugar exacto en que estaba la Sagrada Familia. El Espíritu Santo quiso que los magos regresaran a su tierra tomando un atajo por el río Jordán, para evitar su improcedente encuentro con Herodes, el cuál, al verse burlado, montó en cólera, y ordenó el cruel asesinato de los niños de Belén (MT. 2, 16).

   4. A pesar de que hoy muchos niños han amanecido rodeados de regalos, no olvidemos que, la mayoría de niños del mundo, están padeciendo circunstancias difíciles. El día de los Reyes Magos es un cúmulo de esperanza e ilusión que es mantenido por los regalos y el cariño que los niños reciben de parte de quienes les aman, sus queridos familiares, los cuáles, se hacen pasar por los Magos de Oriente, pues la magia y la posibilidad de no delatar a quienes invierten su dinero, hacen de este día un recuerdo entrañable para los pequeños. Tengamos un recuerdo solidario en virtud de ofrecerles nuestra ayuda a los niños que pasan hambre, a los sin techo, y, si nos es posible, regalémosle un juguete a un niño pobre, para que sean muchos los niños que, al menos un día a lo largo de su vida, puedan ser felices.

      5. Hablando de regalos, sus Majestades de Oriente también tuvieron el detalle de ofrendarle a Jesús unas dádivas que le prepararon. No sabemos cuántos eran los magos, pero creemos que eran tres, en consideración de los regalos que le hicieron al Mesías. A estos tres astrólogos los llamamos Melchor, Gaspar y Baltasar. A Melchor le atribuimos los lingotes de oro que le dio a Jesús, con lo cuál quiso afirmar que el Señor es el Hombre más poderoso y prestigioso de todos los tiempos. El segundo mago, -Gaspar-, le ofrendó a Jesús incienso, la ofrenda que sólo se les hace a los dioses, afirmando la Deidad del Hijo de María. Baltasar, -el negro más querido por los niños-, envuelto en un halo de misterio, le ofrendó a Jesús un poco de mirra, la sustancia con que embalsamaban en aquel tiempo a quienes fallecían, indicando que, por su muerte y Resurrección, Nuestro Señor habría de llevar a cabo su misión redentora.

   6. El próximo Domingo, con la celebración del Bautismo del Señor, -la segunda Epifanía de Jesús-, concluiremos el tiempo de Navidad, e iniciaremos la primera parte del Tiempo Ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma, y, después de la celebración de la Ascensión del Señor y Pentecostés, se prolongará hasta la solemnidad de Cristo Rey, para volver a comenzar un nuevo periodo de Adviento.

   Todos recordamos las enseñanzas de la Iglesia con respecto al tiempo de Adviento porque aún tenemos muy presentes los textos litúrgicos que meditamos durante las cuatro semanas que precedieron a la Natividad de Jesús. La meditación de las Profecías del Antiguo Testamento nos hizo copartícipes de la Historia de la revelación de Dios a los hombres en presencia de María, reflexionando sobre el dolor de Nuestra Madre común, la Maestra que ayuda con sus oraciones a quienes padecen a vivir las circunstancias difíciles a las que se enfrentan cada día.

   El tiempo de Navidad comienza con la celebración de las Vísperas de Navidad y la Natividad de Jesús, y se prolonga hasta el Bautismo del Señor, que se celebra el Domingo siguiente a la Epifanía -o la primera manifestación de Jesucristo-. En este tiempo nos estamos concienciando de que el Verbo de Dios se ha hecho Hombre, y se ha puesto a nuestro servicio para redimirnos, -es decir, para cumplir la voluntad de Dios-

   En sus dos partes, el Tiempo Ordinario es una sucesión de treinta y cuatro semanas, durante las cuales, como peregrinos que recorren el mundo buscando la fuente que extinga su sed, meditaremos rápida y eficazmente la Palabra de Dios, pues no deseamos que nuestra fe se debilite en el tiempo en que viviremos escasas celebraciones.

   La Cuaresma es un periodo de cuarenta días que finaliza el Jueves Santo, y es sucedido por el Santo Triduo de Pascua, los tres días en que meditamos la Pasión, la muerte y la Resurrección de Cristo, para celebrar el más jubiloso de todos los acontecimientos históricos durante cuarenta días. La Cuaresma es tiempo de conversión y penitencia, tiempo de desandar los caminos inciertos, tiempo de reconstruir lo que hemos destruido en cuanto ello nos sea posible, y tiempo en que se nos insta a mejorar como personas cristianas.

   La Semana Santa es el periodo en que finaliza la Cuaresma y comenzamos la Pascua. Durante la citada semana meditamos los misterios centrales de nuestra fe: la institución de la Eucaristía, el Sacerdocio y la Penitencia, y la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor.

   La Pascua se prolonga durante los cuarenta días siguientes al Domingo de Pascua o Resurrección. En ese tiempo nos esforzamos por seguir perfeccionándonos como si no hubiera finalizado la Cuaresma, con la alegría de saber que Jesús nos espera en el cielo, y de que el Espíritu Santo nos guía en nuestro camino, según recordamos este hecho en las celebraciones de la Ascensión y Pentecostés, antes de iniciar la segunda parte del Tiempo Ordinario, celebrando a la Santísima Trinidad, el Corpus Christi, y los Sagrados Corazones de Jesús y María.

   El Tiempo Ordinario concluirá con la solemnidad de Cristo Rey, para que comprendamos que el Señor concluyó la obra que el Padre le encomendó, y que desea que nos dejemos santificar, para concluir la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros.

   Queridos hermanos y amigos que no tenéis la costumbre de celebrar la Eucaristía dominical pero que habéis compartido la alegría de las fiestas navideñas con nosotros, os invito a no alejaros de la Iglesia, y me pongo a vuestra disposición, para fortalecer vuestra fe.

   Pidámosles a Dios y a María Santísima, antes de finalizar esta meditación, que la luz de Cristo irradie sobre nuestras vidas, el ambiente en que nos perfeccionamos, la Iglesia, nuestros hermanos cristianos de otras denominaciones, y los no creyentes.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com