Meditación.
1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.
Meditación de MAL. 3, 19-20A
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.
Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).
La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.
¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.
Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.
¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.
El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.
En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).
¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).
¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).
Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.
Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.
¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?
¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?
Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.
No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.
Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:
¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades.
Meditación de 2 TES. 3, 7-12.
Los tesalonicenses acogieron con alegría el mensaje que San Pablo les predicó, y fueron un gran ejemplo de fe, no sólo en su vida ordinaria, sino en medio de persecuciones. A pesar de ello, ora por la rápida marcha del Apóstol de Tesalónica, por causa de una emboscada que le tendieron los judíos enemigos del Cristianismo, ora por la creencia de éste referente a que el fin del mundo estaba a punto de acaecer de un momento a otro, y por causa de la primera Carta que San Pablo les escribió, haciendo referencia a su citada creencia, muchos creyentes se despreocuparon totalmente de sus actividades cotidianas, creyendo que el mundo estaba a punto de ver su fin, tal como hacen muchos sectarios actualmente.
El texto de San Pablo que estamos meditando, no solamente nos enseña a no descuidar nuestras ocupaciones cotidianas, sino que también nos enseña a no convertirnos en parásitos ni en nuestros hogares, ni en el trabajo, ni en las comunidades cristianas físicas o virtuales de que formamos parte, esperando que otros hagan el trabajo que nos corresponde.
Tengamos en cuenta que, la existencia de un sólo parásito en una comunidad, da lugar a muchos malentendidos, lo cual puede repercutir en contra de todos los creyentes de dicha comunidad. Yo mismo trabajé durante unos tres años en una pequeña iglesia abandonada como catequista, ayudante de catequistas, lector y animador de cantos. Nunca faltaron quienes intentaran desvalorar mi trabajo, sin tener en cuenta que les dedicaba a mis actividades parroquiales muchas horas a la semana. La situación de quienes querían impedir mi trabajo e incluso adaptar el mismo a sus gustos, dio lugar a que un sacerdote me dijera: "No te lo ordeno, sino que te sugiero que dejes de trabajar en esa Iglesia si quiera una buena temporada, para ver si, el no estar allí, tiene la consecuencia de que se te respete como mereces. Las personas tenemos el defecto de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos, así pues, valora mi consejo". El citado sacerdote vio mal que otros intentaran aprovecharse de mi trabajo y de mi deficiencia visual para quedar bien, como si los tales me hubieran enseñado a hacer mi trabajo bien hecho.
¿Trabajamos en nuestras comunidades físicas y/o virtuales, o somos meros espectadores/consumidores de los recursos y el trabajo del personal religioso y laico que trabaja en las mismas?
En el caso de que trabajemos en nuestras comunidades, nos esforzamos para edificar las mismas, damos órdenes y no hacemos nada, o nos dedicamos a atentar contra la estima de quienes hacen todos los trabajos?
joseportilloperez@gmail.com
2. Fortalezcamos nuestras familias y contribuyamos a edificar nuestras comunidades.
Meditación de 2 TES. 3, 7-12.
Los tesalonicenses acogieron con alegría el mensaje que San Pablo les predicó, y fueron un gran ejemplo de fe, no sólo en su vida ordinaria, sino en medio de persecuciones. A pesar de ello, ora por la rápida marcha del Apóstol de Tesalónica, por causa de una emboscada que le tendieron los judíos enemigos del Cristianismo, ora por la creencia de éste referente a que el fin del mundo estaba a punto de acaecer de un momento a otro, y por causa de la primera Carta que San Pablo les escribió, haciendo referencia a su citada creencia, muchos creyentes se despreocuparon totalmente de sus actividades cotidianas, creyendo que el mundo estaba a punto de ver su fin, tal como hacen muchos sectarios actualmente.
El texto de San Pablo que estamos meditando, no solamente nos enseña a no descuidar nuestras ocupaciones cotidianas, sino que también nos enseña a no convertirnos en parásitos ni en nuestros hogares, ni en el trabajo, ni en las comunidades cristianas físicas o virtuales de que formamos parte, esperando que otros hagan el trabajo que nos corresponde.
Tengamos en cuenta que, la existencia de un sólo parásito en una comunidad, da lugar a muchos malentendidos, lo cual puede repercutir en contra de todos los creyentes de dicha comunidad. Yo mismo trabajé durante unos tres años en una pequeña iglesia abandonada como catequista, ayudante de catequistas, lector y animador de cantos. Nunca faltaron quienes intentaran desvalorar mi trabajo, sin tener en cuenta que les dedicaba a mis actividades parroquiales muchas horas a la semana. La situación de quienes querían impedir mi trabajo e incluso adaptar el mismo a sus gustos, dio lugar a que un sacerdote me dijera: "No te lo ordeno, sino que te sugiero que dejes de trabajar en esa Iglesia si quiera una buena temporada, para ver si, el no estar allí, tiene la consecuencia de que se te respete como mereces. Las personas tenemos el defecto de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos, así pues, valora mi consejo". El citado sacerdote vio mal que otros intentaran aprovecharse de mi trabajo y de mi deficiencia visual para quedar bien, como si los tales me hubieran enseñado a hacer mi trabajo bien hecho.
¿Trabajamos en nuestras comunidades físicas y/o virtuales, o somos meros espectadores/consumidores de los recursos y el trabajo del personal religioso y laico que trabaja en las mismas?
En el caso de que trabajemos en nuestras comunidades, nos esforzamos para edificar las mismas, damos órdenes y no hacemos nada, o nos dedicamos a atentar contra la estima de quienes hacen todos los trabajos?
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Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Meditación.
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
joseportilloperez@gmail.com
Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).
Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:
Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?
¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?
Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.
Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.
Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".
Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.
No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.
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La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.
Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.
Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.
La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.
Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.
Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.
Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.
3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).
Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.
El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.
La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.
Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.
Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.
¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).
¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.
¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).
Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.
El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.
3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).
La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).
La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.
Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.
La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.
Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.
La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.
3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).
Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.
3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).
Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.
Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.
Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.
3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).
Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.
3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).
Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.
Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.
3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).
Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.
Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.
3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).
Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).
Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".
Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.
3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).
A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.
3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.
Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.
3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes eran los fariseos?
2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2.
14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?
3-3.
19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?
3-4.
27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?
3-5.
31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?
3-6.
49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?
3-7.
51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?
3-8.
57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?
3-9.
61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?
3-10.
66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?
3-11.
71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.
6. Contemplación.
Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.
El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.
¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?
¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?
Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.
Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.
¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.
En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.
¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?
Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.
Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.
Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.
Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.
La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.
Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.
Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.
Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.
3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).
Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.
El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.
La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.
Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.
Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.
¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).
¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.
¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).
Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.
El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.
3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).
La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).
La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.
Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.
La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.
Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.
La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.
3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).
Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.
3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).
Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.
Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.
Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.
3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).
Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.
3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).
Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.
Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.
3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).
Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.
Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.
3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).
Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).
Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".
Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.
3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).
A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.
3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.
Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.
3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes eran los fariseos?
2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?
3-2.
14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?
3-3.
19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?
3-4.
27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?
3-5.
31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?
3-6.
49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?
3-7.
51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?
3-8.
57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?
3-9.
61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?
3-10.
66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?
3-11.
71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.
6. Contemplación.
Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.
El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.
¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?
¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?
Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.
Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.
¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.
En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.
¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?
Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.
Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.
Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.
Lectura introductoria: MT. 8, 8.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.
En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.
Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.
Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.
El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.
Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:
Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.
Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.
Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.
Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.
Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.
Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.
Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:
Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 7, 1-10.
3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).
Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.
3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).
El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.
El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.
3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).
¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.
3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).
A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.
Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.
3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).
Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.
Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.
Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.
3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).
La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.
Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.
3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?
3-2.
7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
13. ¿Qué es un prosélito?
14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?
3-3.
16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?
3-4.
19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
22. ¿Qué es el tener?
23. ¿Qué es el ser?
24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?
3-5.
25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?
3-6.
35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.
6. Contemplación.
Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.
El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?
El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?
Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.
Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Hermano y Señor Jesús:
Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe. (Meditación de la segunda lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
2. La vocación de San Pablo y el anuncio de la fe.
Meditación de 1 COR. 15, 1-11.
San Pablo nos habla, en la segunda lectura correspondiente a la celebración eucarística del presente Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, del Evangelio que nos predicó, la Buena Noticia que hemos recibido, en la que deseamos permanecer firmes, pues, si la ignoramos, no puede decirse de nosotros, que somos cristianos. Aunque San Pablo fue educado como fariseo, y por ello llegó a ser intransigente con aquellos de sus hermanos de raza que incumplían algún precepto de la Ley de Moisés, el Señor le enseñó a no despreciar a quienes incumplían sus mandamientos, sino a motivarlos a que los cumplieran puntualmente. San Pablo sabía que Dios no se conforma con el hecho de que nos reconozcamos cristianos, pues desea que vivamos cumpliendo su voluntad, la cual consiste, en concedernos la plenitud de la felicidad, viviendo en su presencia.
Hay quienes se dicen cristianos, pues afirman que tienen fe en Dios, pero no lo demuestran. Es bueno para nosotros no esperar que alcancemos la perfección, hasta que Jesús concluya la instauración de su Reino de amor y paz, entre nosotros. Por más que nos empeñemos en cumplir los mandatos bíblicos y eclesiásticos perfectamente, ello no puede ayudarnos a alcanzar la perfección, porque el Señor no quiere que vivamos cumpliendo leyes automáticamente solo porque las tales existen para ser cumplidas, pues también desea que hagamos lo que nos corresponde, sin que existan prescripciones legislativas que nos obliguen a ello.
(LC. 17, 5-10). Si obedecemos a Dios, sintámonos privilegiados por ello, pensando que tal privilegio no consiste en ser recompensados por nuestro servicio, sino en que se nos conceda la dicha de ser siervos. No caigamos en la tentación de pensar que debemos ser premiados por servir a Dios en sus hijos los hombres, carentes de dones espirituales y materiales. Como hijos de Dios que somos, la obediencia que le debemos a Nuestro Padre común, puede ser considerada como un deber, y no como una consecución de actos solidarios o caritativos. Dado que Dios es perfecto, aunque fracasemos en algunas ocasiones que intentemos servirlo, al juzgar la intención con que nos disponemos a servirlo, no considera que el bien que hacemos es inútil, ni que carece de sentido, de igual manera que premiará nuestras buenas obras. Dios quiere que lo sirvamos esforzándonos para no ser víctimas de la egolatría, que no solo nos tienta a sentirnos superiores a nuestros prójimos los hombres, sino que opta por hacer que nos sintamos superiores, al Dios Uno y Trino.
Jesús, por medio de la parábola del trigo y la cizaña (MT. 13, 24-30), nos recuerda que, entre quienes somos sus seguidores, hay gente que observa, todo tipo de conductas. En ciertas ocasiones, recibo cartas de algunos de mis lectores, preguntándome por qué no se expulsa a los pecadores de la Iglesia Católica, tal como se hace en otras denominaciones cristianas. Dado que no podemos escrutar los corazones tal como lo hace Dios, tengamos cuidado de no considerar pecadores, a quienes, a pesar de sus errores, pueden tener más fe que nosotros.
¿Qué podemos decirles a quienes no creen en Dios, para que deseen tener nuestra fe? San Pablo tenía muy clara la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado (1 COR. 15, 3-4).
Quizás podemos pensar que para San Pablo fue muy fácil creer en la muerte redentora y la Resurrección del Mesías, porque fue educado como fariseo, creía en el advenimiento del Salvador profetizado en el Antiguo Testamento, y le aplicó al mismo, los textos de los antiguos libros sagrados, en que se profetizaban la Pasión, la muerte y la Resurrección, del Enviado de Dios, a quien muchos israelitas esperaban. No creamos que para el citado Apóstol del Salvador de la humanidad fue tan fácil creer en el Señor. Si San Pablo no hubiera renunciado a perseguir a los cristianos, además de haber seguido siendo un comerciante rico, hubiera alcanzado una buena posición, entre los líderes político-religiosos, de su tierra, lo cual lo hubiera enriquecido, aún más. Por otra parte, al mantener la creencia de que los pobres y enfermos eran castigados por Dios, -lo cual explicaba su estado de miseria y desamparo-, al pensar que Jesús fue humilde, al citado Santo, no debió serle fácil, creer en el Hijo de María. Si no es fácil pasar de la pobreza a la riqueza, hubo algo que le costó más a San Pablo que sobrevivir a su empobrecimiento, lo cual fue las persecuciones a que sobrevivió, las ocasiones en que fue azotado, y la forma en que se enfrentó al martirio en Roma, con tal de no renunciar a su fe.
El anuncio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, aún sigue siendo predicado en nuestro tiempo, no solo entre los grandes conocedores de la Biblia, pues también se predica, para los niños y adultos, a quienes se les da la oportunidad, de compartir la fe que profesamos. No nos quedemos paralizados pensando que en nuestro mundo científico y tecnificado no es fácil predicar a Jesús muerto y resucitado. Una de las cosas que tiene que suceder para que nuestra predicación sea exitosa, consiste en que anunciemos el Evangelio, no con miedo a que no se nos comprenda, sino con la seguridad que nos aporta, la fe que profesamos. Esta es la razón por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras expuestas en 1 COR. 2, 1-5.
¿Cómo logró San Pablo sobrevivir a las persecuciones de que fue víctima sin perder la fe? El citado Santo responde esta pregunta, en los siguientes textos: (1 COR. 10, 13, ROM. 8, 18 y 28, y FLP. 4, 13).
¿Creemos que Jesús nació de Santa María Virgen?
¿Creemos que Jesús se hizo pequeño para concederles la grandeza divina a quienes lo imiten?
¿Creemos que Jesús murió y resucitó para manifestarnos el amor de Dios?
Dado que quizás nos falta instrucción espiritual, y la convicción necesaria para vivir nuestra fe, nos sentimos pequeños, ante la grandeza de la fe de San Pablo, quien dio su vida por Cristo, porque no tenía nada mejor que ofrecerle al Señor, para seguir predicando, a pesar de que no está entre nosotros, pues nos queda lo que se dice de él en los Hechos de los Apóstoles, en la segunda Carta de San Pedro, y en sus Cartas.
joseportilloperez@gmail.com
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¿En qué consiste la humildad cristiana? (Meditación de la primera lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
joseportilloperez@gmail.com
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
joseportilloperez@gmail.com
La fe. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
La fe.
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).
Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.
Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.
Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.
Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.
San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.
Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.
San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.
Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?
(IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.
¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?
¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?
joseportilloperez@gmail.com
La fe.
Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.
En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).
Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.
Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.
Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.
Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.
Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.
San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.
Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.
San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.
Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.
San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.
Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?
(IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.
¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?
¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?
joseportilloperez@gmail.com
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de Nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.
Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que Nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.
Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en que quizás a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.
Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, Nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de Nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a Nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.
En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús escrito por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.
1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.
Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de Nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.
San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró (MT. 27, 51). El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas: (HCH. 16, 31).
El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".
(MC. 13, 1-2. MT. 24, 3). Los futuros Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:
1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.
2. La Parusía o segunda venida del Señor.
3. El fin del mundo.
Era lójico que los futuros Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.
2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 4). Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo tiempo que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias -o Congregaciones- de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.
La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, por ejemplo, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico: (IS. 35, 5). El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer donando dinero gradualmente.
Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis: (AP. 21, 4). La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su descendiente, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.
Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.
(MT. 24, 5). Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.
Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?
(MT. 24, 6-8). Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes denominaciones cristianas creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.
Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.
Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.
Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.
(MT. 24, 9-18). Meditemos sobre las palabras de Nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar.
1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de Nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal -o Católica-, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración: (HCH. 26, 9-11).
2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.
3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.
Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.
4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.
Cuando Jesús hizo alusión a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.
5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de Nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.
6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación (DN. 9, 26-27).
7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de Nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.
Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano: (MT. 24, 19-22).
3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.
Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros, así pues, Nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente: (MT. 24, 23).
Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.
Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera? La religión verdadera es la Católica, porque los Apóstoles de Jesucristo fueron los fundadores de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (CIC. n. 1270).
Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que Nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.
Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que seamos buenos, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.
Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos: (IS. 43, 10). Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa denominación cristiana aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa denominación de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía (IS. 43, 8-12).
El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice: "Vosotros sois mis testigos -esta es la revelación de Yahveh- y el siervo a quien elegí", está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una denominación cristiana, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.
Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación: "Sígueme" (MT. 9, 9), puede suceder que aparezca alguien que cree una secta llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha secta es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.
A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles: (MT. 10, 16).
Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna denominación, o renuncian a la creencia en Dios.
Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:
-"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".
"La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".
-"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".
"¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".
Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.
Debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.
Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida? (MT. 10, 38).
La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 10, 13).
Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es Nuestro Señor y Salvador personal. El hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia -o congregación-, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.
No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia -o pueblo de Dios-. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.
Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia: (TT. 3, 10-11. 1 COR. 12, 12-13. JN. 13, 20. HEB. 10, 23-25. EF. 1, 22-23; 4, 1-6).
Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues Nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo: (MT. 16, 18).
La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo: (MT. 28, 19-20).
La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de denominaciones cristianas, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:
La denominación de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.
La denominación de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.
La denominación de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.
La denominación de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.
La denominación de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.
La denominación de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.
La denominación de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.
La denominación de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta denominación fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la denominación de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.
La denominación de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.
La denominación de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
La denominación del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.
La denominación de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.
La denominación de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.
La denominación de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.
La denominación del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.
La denominación Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a Él como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).
La denominación de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.
La denominación Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.
La denominación Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá quienes unieron dos iglesias decadentes en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para no ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).
La denominación Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.
La denominación de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.
La denominación de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.
La denominación Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.
San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.
Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos: (HCH. 11, 25-26).
San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada "Camino del Señor" (HCH. 22, 4).
En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la "secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.
A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.
La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de Nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.
(MT. 24, 24). ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven? (ROM. 1, 19-21).
¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado? (ROM. 2, 14-15).
Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que Él nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.
(MT. 24, 25-27). Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque Nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.
Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías: (MT. 24, 28).
Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras acciones.
4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.
(MT. 24, 29). Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de Nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.
(MT. 24, 30). Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que Nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos: (DN. 7, 13-14).
Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.
(MT. 24, 31). Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de Nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que Nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en Él, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.
Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de Nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo: (1 TES. 4, 13-14).
(ECL. 9, 5). A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de denominaciones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas denominaciones.
Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a Nuestro Padre común (JOB. 14, 13-15).
Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.
Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos: (1 TES. 4, 15-18. 1 COR. 15, 51-52).
¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?" Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan cuatro mil quinientos millones de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.
El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen a sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.
No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió: (2 TES. 3, 10-11).
5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado "tiempo del fin de este siglo".
5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 32-34). Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre.
5-2. El tiempo del fin del mundo.
(MT. 24, 35-39). Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta: (2 PE. 2, 5). No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.
(MT. 24, 40-45). Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, tanto a los pobres, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de Nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre (MT. 24, 46-51).
Conclusión.
Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, quien convertirá todo nuestro planeta en su Reino. El hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de Nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.
Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que Nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.
Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en que quizás a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.
Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, Nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de Nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a Nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.
En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús escrito por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.
1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.
Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de Nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.
San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró (MT. 27, 51). El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas: (HCH. 16, 31).
El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".
(MC. 13, 1-2. MT. 24, 3). Los futuros Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:
1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.
2. La Parusía o segunda venida del Señor.
3. El fin del mundo.
Era lójico que los futuros Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.
2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 4). Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo tiempo que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias -o Congregaciones- de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.
La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, por ejemplo, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico: (IS. 35, 5). El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer donando dinero gradualmente.
Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis: (AP. 21, 4). La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su descendiente, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.
Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.
(MT. 24, 5). Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.
Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?
(MT. 24, 6-8). Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes denominaciones cristianas creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.
Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.
Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.
Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.
(MT. 24, 9-18). Meditemos sobre las palabras de Nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar.
1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de Nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal -o Católica-, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración: (HCH. 26, 9-11).
2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.
3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.
Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.
4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.
Cuando Jesús hizo alusión a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.
5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de Nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.
6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación (DN. 9, 26-27).
7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de Nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.
Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano: (MT. 24, 19-22).
3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.
Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros, así pues, Nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente: (MT. 24, 23).
Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.
Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera? La religión verdadera es la Católica, porque los Apóstoles de Jesucristo fueron los fundadores de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (CIC. n. 1270).
Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que Nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.
Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que seamos buenos, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.
Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos: (IS. 43, 10). Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa denominación cristiana aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa denominación de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía (IS. 43, 8-12).
El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice: "Vosotros sois mis testigos -esta es la revelación de Yahveh- y el siervo a quien elegí", está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una denominación cristiana, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.
Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación: "Sígueme" (MT. 9, 9), puede suceder que aparezca alguien que cree una secta llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha secta es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.
A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles: (MT. 10, 16).
Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna denominación, o renuncian a la creencia en Dios.
Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:
-"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".
"La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".
-"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".
"¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".
Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.
Debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.
Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida? (MT. 10, 38).
La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 10, 13).
Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es Nuestro Señor y Salvador personal. El hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia -o congregación-, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.
No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia -o pueblo de Dios-. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.
Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia: (TT. 3, 10-11. 1 COR. 12, 12-13. JN. 13, 20. HEB. 10, 23-25. EF. 1, 22-23; 4, 1-6).
Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues Nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo: (MT. 16, 18).
La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo: (MT. 28, 19-20).
La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de denominaciones cristianas, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:
La denominación de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.
La denominación de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.
La denominación de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.
La denominación de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.
La denominación de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.
La denominación de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.
La denominación de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.
La denominación de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta denominación fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la denominación de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.
La denominación de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.
La denominación de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
La denominación del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.
La denominación de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.
La denominación de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.
La denominación de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.
La denominación del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.
La denominación Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a Él como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).
La denominación de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.
La denominación Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.
La denominación Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá quienes unieron dos iglesias decadentes en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para no ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).
La denominación Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.
La denominación de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.
La denominación de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.
La denominación Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.
San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.
Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos: (HCH. 11, 25-26).
San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada "Camino del Señor" (HCH. 22, 4).
En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la "secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.
A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.
La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de Nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.
(MT. 24, 24). ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven? (ROM. 1, 19-21).
¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado? (ROM. 2, 14-15).
Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que Él nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.
(MT. 24, 25-27). Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque Nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.
Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías: (MT. 24, 28).
Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras acciones.
4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.
(MT. 24, 29). Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de Nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.
(MT. 24, 30). Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que Nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos: (DN. 7, 13-14).
Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.
(MT. 24, 31). Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de Nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que Nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en Él, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.
Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de Nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo: (1 TES. 4, 13-14).
(ECL. 9, 5). A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de denominaciones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas denominaciones.
Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a Nuestro Padre común (JOB. 14, 13-15).
Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.
Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos: (1 TES. 4, 15-18. 1 COR. 15, 51-52).
¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?" Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan cuatro mil quinientos millones de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.
El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen a sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.
No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió: (2 TES. 3, 10-11).
5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado "tiempo del fin de este siglo".
5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 32-34). Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre.
5-2. El tiempo del fin del mundo.
(MT. 24, 35-39). Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta: (2 PE. 2, 5). No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.
(MT. 24, 40-45). Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, tanto a los pobres, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de Nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre (MT. 24, 46-51).
Conclusión.
Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, quien convertirá todo nuestro planeta en su Reino. El hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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