Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta Jesús. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesús. Mostrar todas las entradas

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Aportemos nuestro granito de arena a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo.

   ¿Somos capaces de imaginar un mundo en que no exista el mal en ninguna de sus formas, y en que la muerte sea extinguida?

   ¿Podemos creer que la existencia de un mundo en que podamos alcanzar la plenitud de la dicha, no es una mera e irrealista ilusión trasnochada?

   En el caso de responder afirmativamente las preguntas con que hemos iniciado esta meditación, ¿podemos creer que, de alguna manera, tenemos la posibilidad de participar activamente en la construcción de la sociedad conocida como Reino de Dios?

   Jesús vino a nuestro mundo con la doble misión de redimirnos y darnos a conocer el Reino de Dios. No hubiera tenido sentido el hecho de que Dios nos hubiera redimido por medio de Jesús para dejarnos caer continuamente en las redes del pecado. Es esta la razón por la que la redención sólo afecta positivamente a quienes aceptan al Dios Uno y Trino, por lo cual, los tales viven adaptándose al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre celestial, con la seguridad de que, por causa de su fe, recibirán el premio de la vida eterna, en la presencia de Nuestro Padre común.

   San Juan, en el libro del Apocalipsis, nos describe cómo vio que se realizaría la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, al final de los tiempos (AP. 21, 1-7).

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Vivimos muy deprisa, y por ello no podemos percibir la presencia de Dios, en nuestra vida, ni en el medio en que vivimos.

   Trabajamos hasta sentirnos agotados. En el caso de que seamos ricos, debemos mantener la posición social que hemos alcanzado, y, si somos pobres, tenemos que hacer lo posible, para mantener nuestra fuente de ingresos, que tan necesaria nos es, para poder mantener, a quienes constituyen el principal motivo, por el que siempre tenemos fuerza, para luchar, incansablemente.

   Nuestra vida está perfectamente programada. El tiempo que les dedicamos a nuestros familiares está perfectamente calculado, difícilmente nos vemos con nuestros amigos, y, básicamente, vivimos para trabajar, incansablemente.

   A través de los medios de comunicación, cuando queremos saber lo que sucede en el mundo, vemos a quienes más sufren, por su pobreza, enfermedades, y aislamiento social. Obviamente, no queremos que haya gente que sufra tanto, pero, cuando nos proponemos hacerle un donativo a alguna O. N. G. que se ocupe de solventar las carencias de quienes más sufren, como tenemos tantas cosas que hacer, sin darnos cuenta de ello, nuestro buen propósito de prestar una pequeña pero valiosa ayuda, muchas veces queda involuntariamente anulado.

   Recuerdo que, cierto día, cuando ejercía mi trabajo de vendedor del cupón de la ONCE en un pueblo axarqueño llamado Algarrobo Costa, cierto testigo de Jehová le preguntó a un señor, a quien intentaba colocarle una de sus revistas: ¿No le gustaría vivir en un mundo en que no exista el sufrimiento?

   El buen hombre, después de llevar más de seis meses sin encontrar trabajo, le preguntó a su interlocutor: ¿Le parece poco lo mal que me va en esta vida, para que me ponga a pensar en otra que, con lo desgraciado que soy, seguramente será peor que la presente?

   Esta anécdota me recuerda que son muchos los que imaginan que la vida de los redimidos será similar a nuestra existencia actual.

   Hace muchos años, conocí el caso de una señora a la que un predicador quería convencer de la existencia de la vida eterna, que me impactó. Cuanto más se esforzaba el predicador en presentarle la vida eterna como la plenitud de la felicidad que añoramos, la señora insistía más en que no quería vivir. Por mi parte, creyendo que la buena señora quería quitarse al predicador de encima, no le hice caso al pesimismo con que le habló a su interlocutor, pero, años después de que ambos mantuvieran aquella conversación, intentó suicidarse en varias ocasiones.

   En el Evangelio que hemos considerado, hemos visto cómo los saduceos le tendieron una trampa a Jesús, exponiéndole la historia, de una mujer, que se casó y quedó viuda, nada menos, que, siete veces. Según los opositores del Mesías, en el caso de que acontezca la resurrección de los muertos, cuando resuciten la viuda y sus siete maridos, ¿con cuál de ellos deberá vivir, si se entiende que la Ley de Moisés les prohibía a tales judíos repartirse a la misma mujer, por ser hermanos? La historia que los saduceos quisieron que fuera una trampa para burlarse tanto de Jesús como de los fariseos, contiene una interesante enseñanza, para los cristianos. No equiparemos la realidad del cielo con las realidades características de nuestra vida.

   Digámosles a nuestros prójimos los hombres que queremos salvarnos, pero no queremos estar en la presencia de Nuestro Padre común, si ellos no nos acompañan. Cuanto más ayudemos a los carentes de dádivas espirituales y materiales a superar su situación actual, demostraremos con más credulidad, que, la resurrección de los muertos, existe realmente.

    Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando aumentan nuestra esperanza con respecto a que llegue el día en que se cumpla nuestro sueño de poder ver a Dios sin que medie entre Nuestro Padre común y nosotros el espejo de la fe. Cuando acontezca la Parusía o segunda venida de Jesús y Nuestro Señor concluya la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, no necesitaremos orar por nuestros seres queridos ni que ellos intercedan ante Nuestro Criador por nosotros, porque el Todopoderoso será visible a nuestros ojos. San Juan apoya esta meditación en su Evangelio (JN. 16, 26-27).

   El Sagrado Hagiógrafo escribió en su revelación de la Historia Sagrada un texto muy significativo (AP. 21, 3-4).

   El estado actual que vivimos es un eminente signo de los tiempos que nos hace esperar el retorno de Nuestro Señor. Jesús nos transmite  un interesante mensaje, a través del Apóstol San Mateo (MT. 16, 3).

   Pienso que las enfermedades y la pobreza son las pruebas más claras que nos harán aceptar la realidad divina cuando Nuestro Señor cambie la miseria de muchos por la felicidad que merecen quienes, sin pretenderlo, se han convertido en los más eficaces signos que, cuando Dios lo crea oportuno, harán que quienes más se niegan a creer en Él, caigan de rodillas ante el Señor, según escribió San Pablo en una de sus Cartas (FLP. 2, 10-11).

   Entendemos que Dios convierte en los ejemplos mediante los que se manifiesta su fuerza salvífica a quienes se entregan a su servicio voluntariamente, pero nos duele el hecho de comprender la causa de que Nuestro Padre se apropie de la vida de los enfermos, de los pobres y de los desamparados, sin que ellos se lo permitan libremente. Hemos de tener presente que Nuestro Santo Padre sabe por qué, cómo y cuándo ha de proceder en conformidad con nuestra salvación, de la misma forma que sabemos que los estados que erróneamente llamamos adversos y que atañen a nuestra vida, nos son necesarios, cuando nuestra soberbia -o la incredulidad de que alardeamos-, nos impiden rendirle el culto que le debemos con nuestro amor, nuestra inteligencia y nuestra fuerza. Cuando comprendemos el misterio de Dios en conformidad con nuestra capacidad de razonar, podemos constatar con el lento transcurso del tiempo, que nuestra vida se transforma lenta y eficazmente en cumplimiento de la voluntad del Dios Salvador. Como Nuestro Señor se ha apropiado de la vida de muchos de nuestros hermanos impidiéndoles realizarse de la misma manera que lo hace la mayoría de la gente desde nuestro punto de vista, les ha permitido a los tales alcanzar una perfección que les es desconocida y extraña a quienes nunca le dedican el tiempo que Nuestro Padre común requiere de ellos para infundirles conocimientos vitales y espirituales. Jesús nos dice con respecto a los pobres y enfermos, las palabras recogidas en Lc. 12, 48.

   ¿Qué se les puede pedir a los enfermos terminales?

   ¿Qué se les puede exigir a quienes se saben en desventaja en todos los campos con respecto a quienes les rodean?

   A estos hermanos se les piden dos cosas muy difíciles que son, a saber: que tengan fe, y que sean para nosotros modelos de creyentes. Quienes se dedican a investigar la vida de San Pablo, al leer las descripciones de las diversas enfermedades que le azotaban que hizo en algunas de sus Epístolas, concluyen que el citado siervo de Dios tenía epilepsia. Pablo de Tarso les escribió a los cristianos de la comunidad eclesiástica romana unas palabras que pueden servirnos para concienciarnos más del cuidado y amor que hemos de manifestarles a los más desprotegidos del mundo, considerando la repercusión que sus oraciones tienen en la presencia de Dios (ROM. 5, 2).

   Antes de ser martirizado, nuestro querido Pablo le escribió a su colaborador el Obispo Timoteo, las palabras que leemos en 2 TIM. 4, 5.

   Quiero proponeros que no descansemos hasta que los más desvalidos de nuestro mundo se gocen escuchando las conocidas y añoradas palabras de Jesús, recogidas en MT. 11, 28-30.

   Cuando Jesús fue ascendido al cielo, sus discípulos se quedaron henchidos de emoción y tristeza al ver cómo su Señor desaparecía entre las nubes. Dos ángeles les hablaron con la intención de que iniciaran su obra evangelizadora (HCH. 1, 11).

   Entre nosotros hay muchos hermanos que viven con los pies muy firmes en el suelo, de manera que trabajan tanto en favor de sus prójimos que no oran nunca. Con el paso del tiempo la fe de ellos se debilita, de la misma forma que se enfrían las relaciones de los hijos que no les hablan a sus padres y viceversa.

   También tenemos hermanos que oran demasiado, de manera que no se acuerdan de que sus familiares carnales y cristianos necesitan de ellos para solventar sus carencias. Muchas veces tenemos la tentación de basar nuestra fe en la utopía respecto de que el Evangelio nos asegura la eternidad junto a Dios obviando nuestros compromisos cristianos.

   Isaías escribió en su Emmanuel (Dios con nosotros) con gran énfasis, el texto que podemos leer, en IS. 40, 15. 62, 1.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que su Santo Espíritu de quien Jesús dijo en la celebración de la última Cena que es nuestro "abogado" (JN. 16, 7)  nos infunda la fe y el amor que necesitamos para que se cumplan en nosotros las palabras con que Pedro se atrevió a hablar de los miembros del Colegio de los Apóstoles después de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés (HCH. 2, 32).

joseportilloperez@gmail.com

La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   La grandeza de los hombres radica en que son hijos del Dios que los ama desde la eternidad.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 36-8, 3.

   Lectura introductoria: MT. 11, 28-30.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   De la meditación del pasaje evangélico de la resurrección del hijo de la viuda de Naím que consideramos el Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C, deducimos que, si decidimos vivir lejos de Dios, permanecemos muertos, a la vida de la gracia. Tal como Jesús resucitó al joven hijo de la viuda, el Señor quiere resucitarnos a una nueva vida, en conformidad con la superación de nuestras dificultades personales y comunitarias. Al considerar el Evangelio del Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C, recordaremos cómo podemos acercarnos al Señor para nacer a la vida de la santidad, qué conducta queremos evitar para no entorpecer nuestro crecimiento espiritual, y cómo deseamos imitar la conducta de Nuestro Salvador, quien siempre está dispuesto a perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, de quienes se arrepienten de sus pecados.

   Al igual que hizo el fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, invitemos al Señor a que se siente a nuestra mesa, pero no lo hagamos para amoldarlo al cumplimiento de nuestros deseos, sino para conocer su voluntad, y el designio divino. Aprovechemos estos minutos de oración para pedirle a Jesús que nos dé a conocer lo que espera de nosotros, porque sabe que, si queremos, podemos llevarlo a cabo.

   La pecadora pública que coprotagoniza el Evangelio de hoy, no fue invitada a entrar en casa de Simón el leproso, pero ella se acercó al Señor, lavó sus pies con las lágrimas demostrativas de su arrepentimiento, se los secó con sus cabellos, se los besó, y se los ungió, con un costoso perfume. Admirémonos por causa de la humildad de la citada pecadora pública, y pensemos si imitamos su conducta al acercarnos al Señor pidiéndole que nos haga miembros de su familia, o si, por el contrario, nos acercamos a Jesús imitando a Simón, quien se creía merecedor de la amistad divina, porque sobornaba a Dios, cumpliendo sus prescripciones religiosas.

   Dado que el citado fariseo evitó cumplir ciertas normas protocolarias que caracterizaron el acto penitencial de la mujer pecadora, quizás porque pensaba que el Mesías no era digno de que se esforzara en recibirlo honrosamente, desacreditó a Jesús en su interior, porque el Señor dejó que la pecadora pública se le acercara. Oremos y esforcémonos para no criticar, marginar ni despreciar, a quienes no observan nuestras costumbres.

   Simón no amaba a Jesús, porque no sintió que el Señor le perdonó sus pecados, pero, la pecadora pública, al ser consciente de los errores que cometió, y de la gran deuda que tenía con Nuestro Salvador, le manifestó un gran amor al Mesías, quien le perdonó todos sus pecados.

   Al igual que la pecadora pública, y las mujeres mencionadas en la segunda parte del Evangelio que estamos considerando (LC. 8, 1-3), agradezcámosle al Señor el bien que nos ha hecho, y sirvámoslo en nuestros prójimos los hombres, concediéndole nuestras dádivas espirituales y materiales, en cuanto ello nos sea posible.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:

   Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:

   Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:

   Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 36-8, 3, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 36-8, 3.

   3-1. ¿En qué sentido quiere Dios que cumplamos las prescripciones religiosas? (LC. 7, 36).

   Según los historiadores, los fariseos son vistos como una escuela de pensamiento judío o como una secta surgida en el siglo II antes de Cristo con el nombre de hasidim, que pasaron a ser conocidos como fariseos, cuando Juan Hircano, fue sumo sacerdote de Judea. Se caracterizaron porque hicieron todo lo posible para no dejarse influenciar por los extranjeros, ya que cumplían la Ley de Moisés literalmente. Si bien en los Evangelios aparecen casos de fariseos cuya manera de proceder indicaba que buscaban más la aprobación de los hombres que la aceptación de Yahveh, no debemos considerar que todos los componentes del citado grupo -o partido- eran malos creyentes.

   El fariseo que aparece en el Evangelio de hoy, le rogó a Jesús que comiera con él, y, aunque tal gesto aparentemente denotaba una gran devoción al Señor, como veremos más adelante, Simón, resultó no ser un fiel seguidor del Hijo de dios y María, ya que el Mesías no siguió exactamente su patrón conductual, y se dejó lavar los pies, por una simple pecadora pública.

   La conducta que observó Simón que nos es descrita en el Evangelio de hoy, nos hace saber que invitó a Jesús, con tal de analizar las creencias del Nuevo Mesías, a quien no consideró como tal, sino como maestro de sus seguidores.

   Dado que Simón era cumplidor de la Ley religiosa de Israel, y por ello tenía la consideración de hombre pío -y por tanto justo, porque la justicia en la Biblia es sinónimo de fe-, se sentía poseedor del derecho de juzgar a Jesús, de quien no consideraba que estaba a su nivel espiritual. Las comidas eran muy importantes para los judíos a los niveles social y comunitario. En el Evangelio que estamos considerando, durante el tiempo que se prolongó una comida, surgió una pecadora pública de quien podemos aprender cómo podemos acercarnos a Dios, el comportamiento que Simón observó nos enseña qué debemos evitar con tal de permanecer en la presencia de Dios, y, la manera en que Jesús le manifestó su amor a la pecadora e intentó instruir a Simón y a sus invitados, nos enseña cuál es nuestro modelo a seguir, tanto a la hora de amar a nuestros prójimos los hombres, como a la hora de transmitirles nuestra fe.

   Jesús se sentó a la mesa de un fariseo que solo lo invitó a comer para analizar su doctrina y observar su conducta. Nuestro Redentor siempre se mezcló con pobres y ricos, sanos y enfermos, y jamás hizo acepción de personas.

   ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?

   3-2. La aparición de la pecadora pública (LC. 7, 37).

   ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas? El Evangelista no reveló el nombre de la citada mujer, de quien muchos autores piensan que posiblemente fue prostituta, aunque no tenía que llevar a cabo tal trabajo para ser considerada pecadora pública, ya que, si estaba casada, y su marido -o su hijo- era considerado pecador, ella tenía la misma consideración con que era tratado su cónyuge -o su descendiente-, ya que las mujeres no eran juzgadas por sí mismas, sino en atención a la consideración que se les dispensaba a sus padres, maridos o hijos, dependiendo de si estaban solteras o casadas.

   ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? San Marcos, -al igual que lo hizo San Lucas-, también ocultó el nombre de la citada mujer (MC. 14, 3). San Mateo también ocultó el nombre de la pecadora pública, al referirse en su Evangelio, al pasaje bíblico que estamos considerando (MT. 26, 6-7). Aunque San Juan mencionó a María Magdalena en su episodio análogo al pasaje evangélico lucano que estamos considerando, nos queda la duda de si los cuatro Evangelistas se refirieron al mismo relato de la vida del Señor, o si describieron en sus obras relatos diferentes (JN. 12, 3).

   Quienes apoyan la hipótesis de que María Magdalena fue la pecadora pública que aparece en el Evangelio de hoy, se apoyan en MC. 16, 9 y LC. 8, 2, donde leemos que el Señor le extrajo siete espíritus impuros, a los cuales asocian con pecados muy graves, que algunos llegan a equiparar, con el ejercicio de la prostitución.

   El hecho de desconocer el nombre de la citada pecadora pública, nos estimula a identificarnos con ella, con tal de que imitemos su conducta a la hora de acercarnos al Señor, tal como se indica en el punto 3-3, del presente trabajo.

   3-3. ¿Qué conducta podemos observar a la hora de acercarnos al Señor Nuestro Dios? (LC. 7, 38).

   La pecadora pública se puso detrás de Jesús, pensando que no merecía mirar al Señor a la cara, porque creía que, los actos que llevó a cabo, la hacían indigna, de recibir el perdón divino. A pesar de ello, dado que se sentía necesitada de la aceptación de Jesús, decidió humillarse, con tal de alcanzar el perdón del Mesías, ya que los judíos creían que debían humillarse ante Dios, para poder alcanzar su perdón (SAL. 51, 19).

   La mujer se arrodilló detrás de Jesús, para demostrarle al Señor el sentimiento de indignidad que la embargaba. Tal conducta es imitada en la actualidad por los miembros del Camino Neocatecumenal, cuando reconocen sus pecados públicamente. Dado que el Señor nos eleva a la dignidad de santos cuando reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza, el hecho de arrodillarnos ante Él, significa que aceptamos la salvación divina.

   Las lágrimas de la mujer, eran indicativas de los sentimientos que experimentaba. Al ser vista como pecadora pública, era despreciada a nivel social, e incluso es posible que, por carecer del amor de quienes le echaban en cara su situación apenas tenían la oportunidad de marginarla, llegara a adoptar la creencia de que tenía un valor tan ínfimo, que ni siquiera era digna de ser alcanzada, por la compasión divina. Ella tenía la certeza de que Jesús podía llevar a cabo un cambio en su vida que podía hacer que su existencia tuviera sentido.

   La pecadora pública secó los pies de Jesús con sus cabellos, para demostrar con ello, que se humillaba ante Aquel, de quien esperaba recibir el perdón.

   Los besos indican el amor y respeto que la mujer sentía por Jesús.

   La unción de Jesús por parte de la mujer, significa el amor que reciben de Dios quienes lo aceptan y se amoldan al cumplimiento de su voluntad, la abundancia de dones que los tales reciben del Espíritu Santo, y su consagración a Dios.

   3-4. Simón juzgó a Jesús (LC. 7, 39).

   Dado que el fariseo se consideraba creyente ejemplar porque cumplía cabalmente las prescripciones de su religión, dudó sobre la actividad profética de Jesús porque el Señor no observó su conducta, y marginó a la pecadora pública, porque era diferente a él. A diferencia de Simón, aunque Jesús cumplía la Ley religiosa por cuanto también era judío, no juzgaba a sus hermanos de raza teniendo en cuenta su manera de cumplir la Ley de Moisés (la Tradición de los Ancianos), sino la intención con que actuaban, y las posibilidades que tenían de cumplir las prescripciones religiosas, ya que, para el Señor no vasta el hecho de que hagamos el bien, pues no es lo mismo hacer una obra de caridad por amor a quien necesita de nuestras dádivas, que hacerla para presumir de bondad, y, por otra parte, no todos los judíos podían cumplir la Ley religiosa, por diversas causas, entre las que destacaba, la pobreza.

   3-5. Jesús intentó adoctrinar a Simón, y alivió el peso de la mujer (LC. 7, 40-43).

   Los deudores mencionados por Jesús, fueron la pecadora pública, y Simón el fariseo. La primera cometió muchos pecados, y el segundo, aunque no hizo tanto mal como la mujer, cayó en el pecado de la ostentación, dado que solo le importaba tener una buena apariencia, y destacar como creyente ejemplar. Recordemos que no hacemos mal al vestirnos adecuadamente para celebrar el culto divino, pero, si lo hacemos con la intención de destacar y no para adorar a Dios, entonces no actuamos religiosamente.

   Ni la pecadora ni el fariseo podían redimirse por sí mismos, pero Jesús les ofreció la salvación a los dos. La mujer amó mucho a Jesús porque sintió que le fueron perdonados muchos pecados, pero, el fariseo, a pesar de que tenía más facilidades para tener fe en Jesús por su conocimiento de las Escrituras, y su adaptación al cumplimiento de la Ley, prefirió rechazar al Señor, con tal de no cambiar su mentalidad.

   Mis lectores saben que les digo muchas veces que nuestra fe se fundamenta sobre los tres pilares llamados formación, acción y oración. Si paso muchas horas leyendo la Biblia y no oro ni hago el bien, mi fe cristiana es muy dudosa. Tal como los estudiantes deben prepararse desde la infancia para trabajar cuando llegan a la edad adulta, y los deportistas deben someterse a un duro plan de trabajo para ganar las competiciones en que participan, si queremos ser cristianos perfectos, tenemos que conocer al Dios en quien decimos que creemos, debemos poner en práctica sus enseñanzas ejercitando la caridad, y tenemos que orar mucho, porque, tal como nos sería difícil convivir con nuestros familiares sin comunicarnos con ellos, nos es difícil ser cristianos, si no hablamos con Dios.

   3-6. Seamos cristianos, y evitemos juzgar a los demás (LC. 7, 44-46).

   Cuidémonos de que no nos caractericemos por la conducta de Simón. Cuidémonos de no juzgar a nuestros hermanos de fe porque no imitan nuestra conducta, porque el Señor puede considerar, -con razón-, que los tales, son mejores cristianos, que nosotros. Evitemos criticar a quienes celebran la Misa diariamente, y a quienes no rezan, porque gastan su tiempo haciendo obras de caridad, o leyendo la Biblia. Es conveniente que enseñemos a nuestros hermanos a fundamentar su fe sobre la formación, la acción y la oración, pero debemos actuar impulsados por el amor, evitando el hecho de juzgar equívocamente, a nuestros hermanos en la fe.

   3-7. En conformidad con el amor que le demostramos a Dios, sabemos si nos sentimos dichosos, por el hecho de que se nos hayan perdonado, los pecados que hemos cometido (LC. 7, 47-48).

   Aunque no seremos salvos por causa de las obras que hacemos, sino por la fe que tenemos en el Dios Uno y Trino, los hechos de la pecadora pública, demostraron su fe en Jesús, y por ello le fueron perdonados sus pecados. Solo quienes son conscientes de la maldad de las obras inicuas que han llevado a cabo, son capaces de valorar adecuadamente, el perdón que Dios les ofrece.

   Los pecados de la mujer fueron perdonados, porque le mostró mucho amor al Señor, pero, los pecados del fariseo no fueron remitidos, porque, al no amar a Jesús, no confió en Nuestro Salvador, y, consiguientemente, no se dejó redimir por Él.

   3-8. ¿Por qué es tan importante el perdón de los pecados? (LC. 7, 48).

   Dado que los comensales de Simón el fariseo no aceptaban a Jesús como enviado de Dios, no concebían el hecho de que, el Hijo de María, tuviera la facultad, de perdonar pecados, ya que pensaban que, solo Yahveh, podía perdonar las transgresiones en el cumplimiento de la Ley divina, que llevaban a cabo sus creyentes.

   Quienes aceptamos a Jesús como Salvador, quizás, en lugar de cuestionarnos sobre la potestad del Señor de perdonar pecados, podemos interrogarnos, sobre la importancia que tiene, el perdón de los pecados. En la Biblia se describen como pecaminosas todas las conductas que alejan a los hombres de Dios, y se nos dice que, para ser dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, nos es necesario amoldarnos al cumplimiento de su voluntad, porque en ello radica nuestra consecución de la felicidad. Si nuestros pecados no hubieran sido perdonados, ello significaría que no tendríamos a Dios por Padre, sino como enemigo.

   3-9. Tu fe te ha salvado (LC. 7, 50).

   Jesús le dijo en cierta ocasión al padre de un endemoniado que le pidió que sanara a su hijo, si podía hacerlo, que todo es posible, para quienes tienen fe (MC. 9, 23).

   Jesús le dijo a la mujer que sus pecados le fueron perdonados por causa de su fe. Imitemos la conducta amorosa del Señor, y, cuando hagamos una obra de caridad, nunca le digamos a quien beneficiemos: "Si no fuera por mí, no habrías conseguido...".

   Jesús le dijo a la mujer que se fuera en paz, cosa que también se nos dice a los católicos, cuando terminamos de celebrar la Eucaristía. Ello significa que podemos volver a realizar nuestras actividades ordinarias, no de cualquier manera, sino tal como deben llevarlas a cabo, los fieles hijos de Dios.

   3-10. Jesús dignificó a las mujeres (LC. 8, 1-3).

   A diferencia de los rabinos de su tiempo, Jesús no marginó a las mujeres, y las instruyó adecuadamente para que sirvieran en su comunidad de creyentes. Al permitir que las mujeres viajaran con Él, el Señor les intentó demostrar a sus seguidores, que, ante Dios, hombres y mujeres, son iguales. Dado que las mujeres mencionadas en el texto lucano que estamos considerando tenían una gran deuda con Jesús, porque el Señor las había ayudado a resolver ciertos problemas, contribuyeron a la realización de la obra del Señor, aportando dinero.

   3-11. El ministerio de los líderes religiosos debe ser mantenido por el común de los fieles del Señor.

   Aunque no todos los cristianos lideramos iglesias, si queremos que quienes lideran nuestras comunidades de fe hagan un trabajo muy fructífero, debemos ofrecerles nuestro apoyo. Oremos y trabajemos para que no nos importe tanto el hecho de destacar, como realizar adecuadamente, las actividades que se nos encomienden.

   3-12. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-13. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 36-8, 3 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quiénes eran los fariseos?
   2. ¿Con qué nombre fueron conocidos los fariseos antes de que Juan Hircano fuera Sumo Sacerdote de Judea?
   3. ¿Por qué se caracterizaron los fariseos?
   4. ¿Por qué no debemos pensar que todos los fariseos eran malos creyentes?
   5. ¿Por qué invitó Simón a Jesús a comer, si no aceptó a Nuestro Maestro como Mesías?
   6. ¿Por qué rechazó Simón a Jesús como Mesías?
   7. ¿Creemos en Jesús porque amamos al Señor, o porque intentamos someterlo al cumplimiento de nuestra voluntad?
   8. ¿Por qué se consideraba Simón justo?
   9. ¿Por qué pensaba Simón que tenía derecho a juzgar a Jesús y a la pecadora pública?
   10. ¿Juzgamos a quienes no se adaptan a nuestras creencias y los tratamos como dignos de ser condenados?
   11. ¿Qué podemos aprender del comportamiento de la pecadora, Simón, los comensales de éste y Jesús?
   12. ¿Por qué no hizo Jesús acepción de personas?
   13. ¿Imitamos la conducta que Jesús observó aceptando a la gente con que se relacionó independientemente de su conducta, clase social o raza, o hacemos acepción de personas?

   3-2.

   14. ¿Quién fue la pecadora pública mencionada por San Lucas?
   15. ¿Se prostituyó la pecadora pública?
   16. ¿Por qué eran juzgadas las mujeres en conformidad con la consideración que merecían sus padres, maridos e hijos?
   17. ¿Era la citada pecadora pública María Magdalena, la hermana de Marta y Lázaro de Betania? ¿Por qué?
   18. ¿En qué sentido nos beneficia el hecho de desconocer el nombre de la pecadora pública?

   3-3.

   19. ¿Por qué se humilló la mujer en presencia de Jesús?
   20. Interpreta el texto del SAL. 51, 19 con tus palabras.
   21. ¿Por qué se postró la mujer detrás de Jesús, y qué significa ese hecho?
   22. ¿Qué significaban las lágrimas de la pecadora?
   23. ¿Qué esperaba la mujer de Jesús?
   24. ¿Qué significa el hecho de que la mujer secara los pies de Jesús con sus cabellos?
   25. ¿Por qué besó la pecadora los pies de Jesús repetitivamente?
   26. ¿Qué significa el hecho de que el Señor fue ungido por la mujer?

   3-4.

   27. ¿Por qué juzgó Simón a Jesús, y marginó a la pecadora pública?
   28. ¿Por qué cumplió Jesús la Ley?
   29. ¿En qué hechos se basaba Jesús para juzgar los actos de sus hermanos de raza?
   30. ¿Por qué no es lo mismo hacer una obra de caridad con tal de aparentar que llevarla a cabo por amor de Dios, si el bien que se hace en ambos casos es idéntico?

   3-5.

   31. ¿Quiénes eran los deudores que Jesús mencionó en la parábola con que consoló a la pecadora e intentó adoctrinar a Simón?
   32. ¿Cuáles pudieron ser los pecados de la mujer?
   43. ¿Cuáles eran los pecados de Simón?
   44. ¿Cómo es posible que la pecadora pública, a pesar de que tenía más probabilidades de ignorar la Palabra de Dios que el fariseo, tuviera más fe en Jesús que Simón?
   45. ¿Por qué no aceptó Simón a Jesús como Mesías?
   46. ¿Rechazamos alguna enseñanza divina con tal de no efectuar cambios en nuestra mentalidad?
   47. ¿Sobre qué pilares se edifica nuestra fe cristiana?
   48. ¿Por qué nos son necesarias la formación, la acción y la oración?

   3-6.

   49. ¿Por qué no debemos juzgar a nuestros hermanos en la fe temerariamente?
   50. ¿Sabemos cómo evangelizar a nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, sin hacer que los tales se sientan forzados a abrazar nuestra fe, para que la acepten voluntariamente, si juzgan que ello es correcto?

   3-7.

   51. Si no seremos salvos en atención a nuestras obras, ¿por qué es conveniente que cumplamos prescripciones religiosas?
   52. ¿Cómo demostró la pecadora pública su fe en Jesús?
   53. ¿Cómo les demostramos a nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe, que somos cristianos?
   54. ¿Cómo podemos valorar adecuadamente el perdón que Dios nos ofrece?
   55. ¿Por qué le fueron perdonados sus pecados a la mujer?
   56. ¿Por qué le fueron retenidos los pecados a Simón el fariseo?

   3-8.

   57. ¿Por qué no estuvieron de acuerdo los comensales de Simón con el hecho de que Jesús le perdonara los pecados a la mujer?
   58. ¿Somos conscientes de la importancia que tiene el perdón de los pecados?
   59. ¿Qué conductas se mencionan en la Biblia como pecaminosas?
   60. ¿Qué podemos hacer para ser dignos de vivir en la presencia de Dios?

   3-9.

   61. ¿En qué sentido es verídico el texto de MC. 9, 23?
   62. ¿Por qué le dijo Jesús a la mujer que le perdonó sus pecados?
   63. ¿Por qué conviene que no alardeemos de santurrones al recordarles constantemente a quienes beneficiamos que han logrado superarse gracias a nuestra falsa bondad?
   64. ¿Por qué se nos dice a los católicos al final de las celebraciones eucarísticas: "Podéis ir en paz"?
   65. ¿Cómo queremos llevar a cabo nuestras actividades ordinarias?

   3-10.

   66. ¿Qué mensaje predicó Jesús durante los años que recorrió Israel?
   67. ¿Quiénes acompañaron a Jesús cuando predicó, según el texto de LC. 8, 1-3?
   68. ¿Cómo dignificó Jesús a las mujeres?
   69. ¿Por qué permitió Jesús que varias mujeres viajaran con los Doce y con Él?
   70. ¿Por qué aportaron dinero las citadas mujeres a la realización de la obra de Jesús?

   3-11.

   71. ¿En qué sentido es válido el trabajo pastoral de quienes no lideran iglesias?
   72. ¿Llevamos a cabo alguna actividad en la viña del Señor?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos el pasaje de MC. 5, 1-20, pensando en quienes son marginados, no por su maldad, sino por su difícil condición social.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Simón el fariseo, jactándose de su merecimiento de la amistad de Dios, por causa de su complimiento de las prescripciones religiosas. Si el cumplimiento de los deberes religiosos nos hace amar más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, nos es útil, pero, si nos conduce a no juzgar a los hombres por amor, sino según su manera de imitar nuestra conducta, nos aleja de Dios.

   El hecho de que la pecadora pública entrara en casa de Simón, sin que ninguno de los criados la forzara a abandonar la casa, nos hace suponer que Simón no era uno de los fariseos más radicales. Contemplemos a la citada mujer arrodillada detrás de Jesús, humillándose, emocionándose por causa del perdón que Jesús le concedió, y adorando al Señor.

   ¿Imitamos la conducta de Simón y sus comensales, o actuamos como la pecadora?

   ¿Actuamos como cristianos exclusivamente en los lugares destinados a las celebraciones cultuales, o también actuamos como hijos de Dios en nuestra vida ordinaria?

   Contemplemos a Simón rechazando a Jesús, porque el Señor no actuaba amoldándose a su patrón de conducta. Quizás existen causas no justificables por las que marginamos a aquellos a quienes como cristianos que somos tenemos la posibilidad de amar, porque son el objeto del amor de Nuestro Salvador, cuya conducta amorosa, debe ser imitada por nosotros.

   Quizás no somos conscientes de la deuda que tenemos con el Señor, e incluso podemos ignorar cuál es nuestro nivel de arrepentimiento.

   ¿Tenemos la intención de amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?

   No juzguemos a aquellos de nuestros hermanos en la fe que llevan a cabo prácticas que no caracterizan nuestras creencias, porque Dios puede considerarlos mejores cristianos que a nosotros.

   En la medida que amamos al Señor, sabemos si se nos han perdonado nuestros pecados, y, cuanto más sintamos el perdón divino, más amaremos a Nuestro Padre celestial.

   ¿Creemos que la grandeza de nuestra fe nos hace dignos receptores de la salvación?

   Contemplemos a Jesús recorriendo ciudades y pueblos, acompañado por hombres y mujeres, que tenían una gran deuda con Él. En nuestro tiempo, muchos cristianos, según nos sentimos aliviados del peso de nuestras dificultades, descubrimos que, estar en la presencia de Jesús, es un gran motivo de dicha.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 36-8, 3.

   Comprometámonos a realizar alguna actividad en nuestras comunidades de fe si no trabajamos en las mismas, o a mejorar la calidad de nuestro trabajo, si ya nos contamos entre los siervos del Señor.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a desear servirte para que mis prójimos sientan la felicidad que me caracteriza por contarme entre tus hermanos, e indícame dónde puedo serte más útil, para que me sienta motivado a servirte, realizando mis mejores esfuerzos.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 32, dándole gracias a Dios, por habernos adoptado como hijos/as.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo X del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos quiere dar el don de la vida eterna.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 11-17.

   Lectura introductoria: AP. 21, 3-4.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   No permitamos que el estrés que embarga nuestra vida ni el pensamiento en nuestras ocupaciones y preocupaciones rutinarias nos distraigan, porque, este encuentro con Nuestro Padre común, es de vital importancia para nosotros, ya que tenemos la oportunidad de que nuestra fe se engrandezca, y de sentirnos fortalecidos, para cumplir nuestros deberes durante la próxima semana, no solo como hijos de este mundo, pues también queremos hacerlo, como fieles hijos de Dios, y, por tanto, como representantes del Dios, que nos ha manifestado su amor.

   Oremos con el Salmista (SAL. 18, 2-3. 7. 20-27).

   Después de librarse de su enemigo Saúl, David se glorió porque Yahveh le dio la victoria, y se alegró de vencer a su detractor. Aunque David pensó que Dios lo apoyó porque cumplió las prescripciones religiosas de su tiempo puntualmente, Jesús nos enseñó que no seremos salvos por la puntualidad con que cumplimos las normas religiosas, sino porque somos amados por el Dios Uno y Trino. A pesar de ello, es conveniente cumplir las prescripciones religiosas, si las mismas nos aumentan la fe en Dios, y nos hacen amar más, tanto a Yahveh, como a sus hijos los hombres. Los enemigos de David mencionados en el Salmo 18 fueron el rey Saúl y sus hombres, y, nuestros enemigos, son las dificultades que deseamos superar, y nuestra imperfección humana, que deseamos que se troque, en perfección divina.

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Hoy observo a Jesús seguido por una gran muchedumbre de creyentes y curiosos. Dado que mi fe no es estable, a veces actúo como discípulo del Mesías y, en ocasiones, me porto como un curioso. No sé si ello me sucede porque me duelen mucho las heridas vitales que tengo y me cuesta aprender los beneficios del hecho de sobrevivir a las mismas, o porque soy inseguro, pero, a pesar de este hecho, quisiera ser un fiel seguidor de Jesús.

   Aunque pienso mucho en mis dificultades, cuando miro a la gente que me rodea, veo mucho sufrimiento. Dado que he aprendido que el aislamiento fortalece la visión negativa del dolor, y hace insoportables las situaciones difíciles, deseo actuar como Jesús. Quiero conocer el dolor de quienes me rodean para no caer en la tentación de pensar que nadie sufre más que yo, y la forma de ayudar a remediarlo, en cuanto ello sea posible. No quiero ser un consejero, sino una especie de orientador que sepa prestar ayuda, capaz de comprender a aquellos que no estén de acuerdo con mis puntos de vista.

   He comprendido que hay mucha gente que necesita que aprenda a ayudarla a descubrir y potenciar sus cualidades. Quiero aprender a escuchar a los que sufren, prestarles mi hombro a quienes necesiten llorar, y orientarlos para que puedan resolver sus problemas adecuadamente. Quiero que aquellos a quienes ayude puedan resolver sus problemas, sin hacerlos dependientes de mí. Quiero que aquellos a quienes ayude estén orgullosos de haber sabido superar sus situaciones difíciles, en el caso de que lo consigan.

   Quiero creer que, a pesar del sufrimiento que afecta a la mayor parte de la humanidad, nos es posible ser felices.

   No quiero dejar de creer que el dinero no es el bien superior que he de conseguir, a pesar de la importancia que tiene en el mundo en que vivimos.

   Así como Jesús tocó el féretro del joven de Naím, quiero experimentar el dolor de quienes aparezcan en mi camino, para que, cuando les ayude, parta de sus puntos de vista, y no del mío. No quiero aparentar que soy un héroe capaz de actuar admirablemente en situaciones que ni siquiera he vivido, y por tanto desconozco la forma en que me afectarían.

   Deseo superar mis dificultades para ser feliz, y poderles dar a quienes me necesiten, lo mejor que hay en mi interior.

   2. Leemos atentamente LC. 7, 11-17, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 11-17.

   3-1. ¿Recorremos el camino de la evangelización de nuestros prójimos sintiendo que el Señor Jesús nos guía para que consigamos realizar nuestro propósito? (LC. 7, 11).

   Después de sanar al siervo de un centurión romano a distancia (LC. 7, 1-10), Jesús se encaminó a Naím, acompañado de sus discípulos, y una gran muchedumbre. Ello me sugiere que podemos pensar si, a nivel individual y comunitario, caminamos siguiendo los pasos de Jesús. Es de crucial importancia para nosotros pensar si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino individualmente, y si, las comunidades cristianas de que somos miembros, están conformadas por cristianos practicantes que son capaces de demostrarles su amor, tanto a Dios, como a sus hijos los hombres. Desgraciadamente, corremos el riesgo de vivir rezando y celebrando los Sacramentos sin servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, o de dedicarnos a servir a nuestros prójimos los hombres, sin tributarle a Dios el culto a Él debido, ni preocuparnos de crecer espiritualmente. Pensemos que la dedicación exclusiva a la oración puede hacernos dejar de amar a los hombres, según el siguiente texto de San Juan: (1 JN. 4, 20).

   Tengamos en cuenta también que la dedicación al servicio a los hombres sin dedicarle tiempo al crecimiento espiritual ni al contacto con Dios, nos conduce a la pérdida de la fe, y nos induce a servir a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales, no por amor, sino dispensando un servicio social, y los cristianos estamos llamados a servir imitando la conducta de Jesús, quien amaba a ricos y pobres, y a sanos y a enfermos, sin hacer distinciones marginales.

   3-2. Jesús está al pie de las cruces de los que sufren (LC. 7, 12).

   Jesús se encontró con una viuda cuyo único hijo había muerto, a la entrada de la ciudad. Los judíos tenían la creencia de que quienes gozaban de salud y riquezas eran premiados por su fidelidad a Yahveh, y de que, quienes carecían de salud y eran pobres, eran castigados, por causa de los pecados que cometían. Si la citada viuda carecía de dinero para sobrevivir, fácilmente podía convertirse en víctima de estafadores si no estaba en edad de casarse y tener hijos, o podía verse obligada a prostituirse, para poder sobrevivir. A pesar de la visión legalista que hacía contemplar a la viuda de Naím como maldita por Dios, Jesús, la gente que lo acompañaba, y los habitantes de la ciudad, se compadecieron de la situación de la madre del joven difunto.

   Jesús se encontró con una dolorosa situación a la entrada de Naím. Ello me recuerda que, a pesar de que muchos tenemos dificultades, apenas nos relacionamos con nuestros prójimos los hombres, nos percatamos de que, muchos de ellos, sufren más que nosotros, y por ello puede sucedernos que nos percatemos de que no nos merece la pena quejarnos, porque hay quienes están en situaciones más dolorosas que las nuestras, y tienen más fe y coraje para superarlas que nosotros.

   La gente que nos rodea tanto dentro como fuera de nuestras familias y de nuestras comunidades de fe, puede estar sufriendo por diferentes causas. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?

   Los habitantes de Naím se compadecieron de la viuda, y la acompañaron a sepultar a su hijo, a pesar de que, legalmente, merecía su dolor, porque ella o sus antepasados, habían pecado.

   ¿Cómo habrían tratado a la pobre viuda durante los días, semanas, meses y años siguientes al día en que pudo haber sepultado a su hijo si Jesús no lo hubiera resucitado?

   ¿Habría tenido la pobre viuda medios para vivir proporcionados por sus vecinos, o habría sido marginada por los tales?

   En cuanto a los acompañantes de Jesús, ¿se habrían unido a la comitiva en el caso de no haber estado con el Señor, o habrían pasado de largo?

   ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?

   ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?

   El hecho de que el muerto era hijo único de la viuda, me sugiere otra reflexión. La humanidad representada por la viuda, es víctima del sufrimiento. Todos nos negamos a sufrir porque hemos sido creados para experimentar la dicha de Dios. Al ver morir a su hijo, la viuda se sintió desamparada, tal como podríamos sentirnos nosotros, si dependiéramos en todos los sentidos de algún familiar que se nos muriera repentinamente. Dado que Jesús decía de Sí mismo que es el Hijo del hombre, ello me sugiere el hecho de que, el joven muerto mencionado en el texto evangélico que estamos considerando, representa a Jesús, de cuya muerte y Resurrección, dependen nuestra purificación, y nuestra santificación.

   3-3. Jesús nos dice cuando sufrimos: "No lloréis" (LC. 7, 13).

   Cuando Jesús vio la comitiva, se informó sobre quién había muerto, y sobre la situación de su madre, y actuó en consecuencia. Dado que en el mundo hay timadores que se aprovechan de la misericordia y la compasión de los incautos, y situaciones cuya resolución ha de llevarse a cabo con cierta urgencia, antes de servir a quienes nos necesitan, necesitamos decidir, qué servicios prestaremos en primer lugar, y qué otros servicios podemos realizar posteriormente, porque no son tan urgentes como los anteriores. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?

   Jesús le dijo a la viuda que no llorara, no solo para consolarla, sino porque iba a resucitar a su hijo, lo cual sería para ella, un gran motivo de gozo. Cuando les digamos a quienes sufren que no lloren, procuraremos hacer algo para ayudarlos, y, si necesitan llorar, animémosles a que se desahoguen, y escuchémosles compasivamente. Recordemos que existen situaciones dolorosas en que quienes sufren, más que necesitar de palabras consoladoras, necesitan decir lo que sienten, y sentirse amados y comprendidos. En tales situaciones, un fuerte abrazo, y la disposición a compartir sentimientos aunque quizás no sean comprendidos por nosotros al no haber vivido tales situaciones, son las mejores ayudas, que podemos prestar.

   3-4. Dejemos a Jesús actuar en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida (LC. 7, 14).

   Aunque la Ley religiosa prohibía mantener contacto con los muertos, Jesús se acercó al féretro, y lo tocó. No dejemos que el desinterés nos impida relacionarnos con quienes sufren, ni que la repugnancia nos impida acercarnos a quienes consideremos intocables. Tal como Jesús tocó el féretro para resucitar al muerto, conozcamos la situación de quienes sufren por cualquier causa, para ayudar a remediarla, en conformidad con nuestras posibilidades.

   Tal como los portadores del féretro se pararon cuando Jesús lo tocó, nos es necesario cesar de nuestras actividades en cuanto nos sea posible, para ver cómo actúa el Señor en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida, para imitar su conducta. Lamentablemente nuestro ritmo de vida nos absorbe el tiempo que podríamos dedicarle a la oración, a nuestro crecimiento espiritual, y al servicio de nuestros prójimos los hombres, pero, a no ser que se dé el caso de que nos obliguen a trabajar día y noche y no tengamos más remedio que cumplir esa orden para sobrevivir, ello puede sucedernos, porque apenas amamos, a Dios, y a sus hijos.

   Tal como Jesús le dijo al joven que se levantara, el Señor nos dice a nosotros que, inspirados en la conducta que observó cuando vivió en Israel, aprendamos a superar nuestras dificultades. Glorifiquemos a Dios porque nos ayuda a superar unos problemas y a convivir con otras dificultades que, aunque no son plenamente superadas por nosotros, nos son útiles para aprender a ser fieles seguidores de Jesús.

   3-5. Jesús hace prodigios en sus fieles creyentes (LC. 7, 15).

   Tal como el muerto resucitó y empezó a hablar, por nuestra fe, sabemos que, cuando hemos superado ciertas dificultades, el Señor ha hecho prodigios en nuestra vida.

   Después de resucitar al joven, Jesús se lo dio a su madre, pues para ello le dijo anteriormente, que no llorara. Para comprender la belleza del citado acto del Señor, imaginemos el día tan esperado por los cristianos, en que el Señor nos ayude a superar, nuestros estados difíciles de pobreza, enfermedad, y aislamiento social.

   3-6. ¿Qué sentimientos experimentamos cuando nos percatamos de que Dios actúa en nuestra vida? (LC. 7, 16).

   Quienes vemos en Dios a un Padre misericordioso capaz de tenernos paciencia aunque lo defraudemos, cuando nos percatamos de que actúa en nuestra vida, sentimos una profunda alegría, pero, los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, se atemorizaron. Ello sucedió porque pensaban que, dado que les era imposible pasar toda la vida cumpliendo perfectamente su Ley religiosa, ya que el incumplimiento del precepto más insignificante los hacía pecadores, no merecían la aprobación de Yahveh.

   ¿Qué imagen tenemos de Dios?

   ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?

   ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?

   Dado que Jesús resucitó al hijo de la viuda, tanto sus seguidores como los habitantes de Naím, consideraron al Señor, como uno de los grandes Profetas, del Antiguo Testamento.

   ¿Qué pensamos de Jesús?

   ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7. Divulguemos sin temor el bien que el Señor ha hecho en nuestro beneficio (LC. 7, 17).

   Tal como fue divulgada la resurrección del hijo de la viuda de Naím, no tengamos miedo de dar a conocer lo que el Señor ha hecho en nuestro beneficio, para que cada día haya más gente que desee tener a Dios por Padre. Necesitamos testimonios de fe que nos ayuden a difundir el Evangelio, para que, toda la humanidad, tenga a Dios por Padre, por convicción.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 7, 11-17 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Vivimos como seguidores de Jesús a los niveles individual y comunitario?
   2. ¿Por qué es de crucial importancia el hecho de que nos amoldemos al cumplimiento de la voluntad de Dios individualmente?
   3. ¿Por qué nos conviene vivir la profesión de nuestra fe comunitariamente?
   4. ¿Qué riesgos corremos a la hora de profesar nuestra fe, con respecto a Dios, y a nuestros prójimos los hombres?
   5. ¿Qué puede sucedernos si oramos y celebramos los Sacramentos asiduamente, pero no ejercitamos la virtud de la caridad?
   6. ¿Por qué no podemos amar a Dios si no amamos a sus hijos los hombres?
   7. ¿Qué puede sucedernos si servimos a los hombres, pero no crecemos espiritualmente?
   8. ¿Qué puede sucedernos si descuidamos la oración y evitamos celebrar los Sacramentos porque solo nos dedicamos al servicio de los hombres?
   9. ¿Cuál es nuestro modelo a imitar, tanto a la hora de rezar y celebrar los Sacramentos, como cuando tengamos la oportunidad de servir a los hombres?

   3-2.

   10. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a quienes gozaban de buena salud y riquezas?
   11. ¿Qué pensaban los judíos con respecto a los pobres, los enfermos y los desamparados?
   12. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda del Evangelio si hubiera sido joven si Jesús no hubiera resucitado a su hijo?
   13. ¿Qué hubiera podido sucederle a la viuda si hubiera sido mayor de edad?
   14. ¿Por qué fue compadecida la viuda por Jesús, sus acompañantes y la gente de Naím, si la Ley la consideraba maldita de Dios?
   15. ¿Qué puede sucedernos si nos quejamos por causa de nuestras dificultades cuando nos percatamos de que en el mundo hay gente que sufre más que nosotros, y es más capaz de superarse que nosotros, aunque sus dificultades son muy difíciles de sobrellevar?
   16. ¿Nos compadeceremos de quienes sufren como lo hizo Jesús con la viuda de Naím, o ignoraremos a quienes necesitan nuestros dones espirituales y materiales?
   17. ¿Cómo habría sido tratada la viuda de Naím después de haber sepultado a su hijo por sus conciudadanos?
   18. ¿Cómo encaramos el sufrimiento propio y ajeno?
   19. ¿Hacemos nuestro el sufrimiento de la gente que nos rodea en cuanto nos sea posible?
   20. ¿Por qué rechazamos el sufrimiento?
   21. ¿En qué sentido representa la viuda del Evangelio a la humanidad sufriente?
   22. ¿Por qué el hijo de la viuda representa a Jesús muerto y resucitado?

   3-3.

   23. ¿Qué hizo Jesús cuando, después de ver la comitiva, se informó sobre el muerto y la situación de la viuda?
   24. ¿Por qué debemos priorizar los servicios que deseamos prestar, e investigar en qué medida es necesario que dichos servicios sean prestados?
   25. ¿Ignoramos a los que sufren, o, imitando la conducta de Jesús, nos acercamos a ellos, manifestándoles compasión?
   26. ¿Por qué le dijo Jesús a la viuda que no llorara?
   27. ¿Estamos preparados para servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales?
   28. ¿Estamos debidamente formados para consolar a quienes necesitan ser escuchados, más que ser aconsejados?

   3-4.

   29. ¿Por qué tocó Jesús el féretro, si la Ley religiosa prohibía contactar con los muertos?
   30. ¿Estamos dispuestos a ayudar a remediar las situaciones de quienes sufren, en conformidad con nuestras posibilidades?
   31. ¿Por qué nos conviene ver cómo el Señor actúa en el mundo, en la Iglesia y en nuestra vida?
   32. ¿Por qué causas no tenemos -o no encontramos- el tiempo necesario para cultivar nuestra relación con Dios y servir adecuadamente a sus hijos los hombres?
   33. ¿En qué sentido nos es provechosa la vivencia de las dificultades que caracterizan nuestra vida?

   3-5.

   34. ¿Por qué sabemos que el Señor hace prodigios en nuestra vida?
   35. ¿Por qué le dio Jesús al joven a su madre después de resucitarlo?
   36. ¿Por qué están relacionadas la entrega del joven resucitado por Jesús a su madre y la plena instauración del Reino de Dios en el mundo?

   3-6.

   37. ¿Por qué sentimos una profunda alegría quienes tenemos a Dios por Padre cuando nos percatamos de que hace prodigios en nuestro beneficio?
   38. ¿Por qué se atemorizaron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda cuando se percataron del prodigio que hizo Jesús?
   39. ¿Qué imagen tenemos de dios?
   40. ¿Nos consideraremos pecadores incorregibles?
   41. ¿Pensamos que, si nos despreciamos, al ser obra de Dios, afirmamos que, Nuestro Santo Padre, hizo seres imposibles de purificar y santificar?
   42. ¿Por qué fue considerado Jesús por sus acompañantes y los habitantes de Naím como un gran profeta?
   43. ¿Pensamos que Dios ha visitado a su pueblo, tal como lo hicieron los testigos de la resurrección del hijo de la viuda de Naím?

   3-7.

   44. ¿Somos capaces de dar testimonio del bien que nos ha hecho el Dios Uno y Trino?
   45. ¿Por qué son necesarios los testimonios de fe?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos JN. 11, 1-46. La resurrección de Lázaro nos recuerda la Resurrección de Jesús, y nos hace esperar que acontezca la resurrección universal.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús acompañado de sus discípulos y una gran multitud.

   ¿Vivimos siguiendo los pasos de Jesús?

   Contemplémonos con dudas de fe y sin buscar respuestas satisfactorias a las mismas, sin creer en Dios, y sin hacer nada para creer en Nuestro Santo Padre.

   Contemplemos al joven muerto. Aparentemente, se terminaron sus oportunidades de crecer a los niveles espiritual y material. Ello nos recuerda que podemos aprovechar todos los días que vivimos, para ser mejores, en todos los aspectos.

   Contemplemos a la viuda desamparada, quizás pensando que, sus antepasados o ella, fueron los responsables de su situación, por causa de los pecados que cometieron. Es terrible la situación de quienes sufren y piensan que han hecho algo malo por lo que merecen el padecimiento que les impide sentir que son felices.

   Visualicemos a quienes sufren, y pensemos en cómo intentamos ayudarles, o en cómo les ignoramos, ora pensando que no podemos hacer nada por ellos, ora porque, sus padecimientos, nos son indiferentes.

   Contemplemos a Jesús compadeciéndose, tanto de la viuda del Evangelio, como de todos los que sufren.

   Jesús no marginaba a nadie ni tenía reparo alguno a la hora de relacionarse con los más marginados de su tiempo. ¿Actuamos tal como lo hizo Jesús en ese aspecto, por ejemplo, tocando a los leprosos?

   ¿Sentimos cómo nos invita Jesús a superar nuestras dificultades bajo su guía y cuidado?

   Pensemos en el día en que, por el poder y el amor de Dios, superaremos nuestras dificultades.

   Alegrémonos al experimentar cómo nos ama Dios, y sirvámoslo en sus hijos los hombres, no por miedo a ser condenados, sino, por amor.

   Glorifiquemos a dios, porque nos sentimos amados por Nuestro Padre celestial.

   Glorifiquemos a Jesús, porque es el gran Profeta que está entre nosotros, intercediendo por sus fieles seguidores, ante Nuestro Padre celestial.

   Dejémonos llenar el corazón de gozo, porque Dios ha visitado y redimido a su pueblo.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 11-17.

   Comprometámonos a ayudar a alguien de quien sabemos que sufre. La ayuda que podemos darle puede ser espiritual y/o material.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Al recordar cómo me has manifestado el amor que sientes por mí, y la alegría que siento por ello, te pido que me ayudes a observar tu conducta, porque quiero que, quienes me rodean, al ver cómo les sirvo tal como lo has hecho conmigo, experimenten el gozo que le da sentido a mi vida.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 18. Los enemigos del rey David fueron el rey Saúl y sus hombres, y los nuestros son las dificultades que deseamos superar. No caigamos en la trampa de odiar a nadie, porque ello nos alejaría de Dios, y de sus hijos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo IX del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Jesús nos invita a ser humildes y a dejarnos sanar por Él.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 7, 1-10.

   Lectura introductoria: MT. 8, 8.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Jesús entró en la ciudad llamada Cafarnaúm después de terminar una de sus predicaciones. Para el Mesías, entrar en una ciudad -o pueblo-, significaba entrar en una nueva comunidad, en la que se disponía a vivir muchas situaciones, de entre las cuales unas le eran favorables, y otras adversas. Igualmente, cuando servimos al Señor en nuestros prójimos los hombres, nos disponemos a hacer lo que es correcto a sus ojos, a equivocarnos, y a ser aceptados -o rechazados- por quienes beneficiamos. En el terreno de la oración, a veces nos sentimos abrazados por el Señor, y en otras ocasiones sufrimos al recordar circunstancias dolorosas. Nuestro crecimiento espiritual requiere del dolor que necesitemos para valorar quiénes somos y lo que tenemos, y del gozo para que la visión de dicho dolor no nos incapacite para que podamos seguir superándonos a nosotros mismos.

   En Cafarnaúm se encontraba gravemente enfermo un siervo muy querido de un centurión. Quienes tienen carencias espirituales y materiales pueden ser muy queridos por los seguidores de Jesús, porque, entre otras razones por las que ello habría de ser así, no hemos de olvidar el hecho de que, por ser cristianos, a estos últimos no se les ha de evitar el hecho de vivir circunstancias dolorosas.

   Así como el centurión buscó mediadores para acercarse a Jesús, se espera de los cristianos que la lectura de la biblia y su relación con los religiosos y laicos más instruidos, les ayude a tener una mejor relación consigo mismos, con Dios y sus prójimos los hombres. Cuanto más estable sea dicha relación, menos apoyo necesitarán los seguidores de Jesús, para relacionarse con el Dios Uno y Trino.

   Aunque tenemos tendencia a actuar por interés muchas veces, para Jesús todos somos iguales. Él nos trata como hijos de Dios, por lo que no existe un mayor privilegio por el que se nos considere a unos más importantes que a otros en el Reino de Nuestro Padre celestial.

   El centurión no le exigió a Jesús que sanara a su siervo diciéndole que merecía ese favor por haber edificado un lugar de culto en la ciudad de Cafarnaúm. Él se mostró humilde ante el Mesías. Los ancianos que se aprovecharon de la generosidad del centurión para tener un lugar de culto lo consideraban inferior a ellos por no ser judío, pero el Señor lo trató como a un verdadero hijo de Dios, no porque se humilló al considerarse indigno de salir al encuentro de Jesús, sino porque reconoció la bondad del Señor, lo cual pudo disponerlo a ser una mejor persona cristiana.

   Jesús les dijo a sus hermanos de raza que ni siquiera entre los creyentes de siempre encontró una fe tan grande como la de aquel centurión no creyente a quien los judíos hicieron su prosélito. Esta es una alerta para los creyentes de siempre que, por ejemplo, no quieren que en sus lugares de culto se instauren nuevas maneras de adorar a Dios, porque, escudándose en el hecho de que se consideran dueños de la verdad absoluta, quieren ejercer poder sobre los creyentes más jóvenes que ellos, y especialmente sobre quienes se inician en el camino de la fe predicada por Jesús y sus Apóstoles.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y deseas santificar a los seguidores de Jesús:

   Así como Jesús entró en Cafarnaúm dispuesto a trabajar para demostrar la existencia del Reino de Dios, contamos contigo para que nuestra vida de discípulos del Mesías, sea demostrativa de que, el citado Reinado, no se reduce a una utopía irrealizable.

   Concédenos fe y constancia para actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias actuales.

   Fortalécenos para que no evitemos el hecho de mejorar nuestra vida al entrar en contacto con la luz que nos aporta el conocimiento de la Palabra divina.

   Infúndenos el deseo de amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a quienes tienen carencias espirituales y materiales, y a quienes, por causa de dichas carencias, perdieron el ímpetu para superarse ante las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, si pensamos que su utilidad radica en hacer de nosotros mejores personas.

   Infúndenos tu amor para que no sirvamos a nuestros prójimos los hombres esperando recibir por ello dádivas tanto de Dios como de los hombres. Nuestra recompensa al hacer el bien desinteresadamente, ha de ser la satisfacción de ser seguidores de Jesús, de actuar como lo haría el Mesías si viviera nuestras circunstancias, y, en ocasiones, el hecho de haber conseguido ayudar satisfactoriamente a quienes nos necesiten.

   Haznos capaces de tener el valor de no inutilizar a quienes ayudemos a cambio de demostrar nuestra falsa bondad. Hemos de ayudar cuando se nos necesite y podamos ser útiles, pero no a costa de darles a quienes nos necesitan lo que pueden conseguir por sus propios medios, ni de hacer a los tales dependientes de nosotros. No hagamos que otros paguen el precio de que sus cabezas no sirvan para pensar, sus manos no sirvan para trabajar, y sus pies no sirvan para buscar ayuda o a quienes ayudar, para que podamos ocultar ante nuestros conocidos nuestra baja estima personal.

   Espíritu Santo, amor que te das sin medida y al mismo tiempo sabes hacerte respetar:

   Ayúdanos a ser los cristianos en que pensaste antes de que el mundo fuera creado. Así lo esperamos.

2. Leemos atentamente LC. 7, 1-10, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 7, 1-10.

   3-1. Jesús entró en Cafarnaúm (LC. 7, 1).

   Jesús era un predicador incansable que, además de predicar bellos y elocuentes discursos, estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran. En el texto evangélico que estamos considerando, constatamos que, después de predicar la Palabra de Dios, el Señor sanó al asistente de un centurión del ejército imperial romano. Ello nos incita a recordar que como cristianos que somos necesitamos formarnos en el conocimiento de la Palabra de Dios, hacer el bien y orar, y examinarnos para averiguar en cuál de los tres campos trabajamos tanto por exceso como por defecto. A modo de ejemplos, en el campo de la formación, podemos caer en el error de pasar la vida leyendo la biblia y otros libros religiosos, y de no hacer el bien. En el campo de la práctica de nuestros conocimientos, podemos abandonar la formación y la oración, como si pudiéramos exterminar todo el sufrimiento de la humanidad. En el campo de la oración, podemos pasarnos la vida orando, evitando formarnos espiritualmente, y beneficiar a quienes necesiten nuestras dádivas espirituales y materiales. En el campo de la acción, podemos caer en el error de desamparar a nuestros familiares, para dedicarnos a satisfacer las carencias de quienes no conocemos.

   3-2. El centurión generoso (LC. 7, 2).

   El centurión tenía a su cargo a cien soldados. Ello indica que era un hombre poderoso y, como veremos a lo largo del presente trabajo, no por ello dejó de ser humilde. El citado militar no acudió a Jesús queriendo utilizar al Mesías como si se hubiera tratado de un amuleto mágico, sino porque oyó lo que se decía del Hijo de Dios y María, respecto de los discursos que predicaba, y sus prodigios sanadores. Aquí podemos constatar la importancia que tiene la predicación del Evangelio cuando la misma es eficaz, pues no suele serlo cuando los predicadores piensan más en sí mismos que en las necesidades, el dolor y el gozo de los receptores de los mensajes que transmiten tanto con sus predicaciones como con su ejemplo vital. Si quienes anunciamos el Evangelio no nos adaptamos a los receptores de los mensajes que les transmitimos, nos predestinamos a fracasar en nuestros intentos de lograr que los tales lleguen a ser fieles seguidores de Jesús.

   El hecho de que el centurión amaba al pueblo judío y construyó un lugar de culto en Cafarnaúm, nos hace pensar que se hizo prosélito de los judíos, cosa que pudo influir en el hecho de que recurriera a Jesús, con tal de evitar el fallecimiento de su asistente. No sabemos si el centurión acudió al Señor apenas enfermó su asistente o si lo hizo después de recurrir a muchos sanadores y de fracasar en el intento de alcanzar lo que deseaba, pero lo importante es que decidió fiarse de Jesús, porque tenía mucho que ganar y nada que perder, si consideramos que la acción del Hijo de dios y María era su última esperanza, para evitar un fallecimiento que parecía inevitable.

   3-3. Los ancianos (LC. 7, 3).

   ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús? Como jefe militar, el centurión estaba acostumbrado a encomendarles misiones a los soldados que estaban a sus órdenes y a sus siervos. Dado que parece ser que se hizo prosélito del Judaísmo, los hermanos de raza de Jesús, aunque lo consideraban creyente, pensaban que era inferior a ellos, pues hasta tenían prohibido entrar en casas de extranjeros. El centurión pudo pensar que, por discriminar a los paganos, Jesús podía tener reparos a la hora de hablar con él directamente. Por otra parte, dado que los ancianos eran considerados intérpretes y maestros de la Ley de Moisés y de Israel, parecían ser los más adecuados, para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión.

   3-4. ¿Para qué somos cristianos? (LC. 7, 4-5).

   A pesar de que muchos ancianos de Israel tenían relaciones pésimas con Jesús porque no estaban de acuerdo con la manera de pensar del Hijo de dios y María, le suplicaron al Mesías que atendiera la petición del centurión, pero no lo hicieron en atención a dicho jefe militar ni pensando en su asistente moribundo, sino en que el centurión les construyó un lugar de culto, y, con el paso de los años, podían conseguir del mismo otros favores cuyo coste económico y humano podía ser elevado. Para los citados ancianos, era más importante el tener que el ser, porque el tener es pensar en poder, riquezas y prestigio, y el ser es pensar en crecer como personas y comunidades de fe.

   Independientemente de que seamos líderes religiosos, si queremos ser cristianos poderosos en nuestras comunidades de fe, podemos caer en la tentación de beneficiar en todos los aspectos posibles a quienes nos ayuden a alcanzar nuestras pretensiones. Como predicadores, podemos denunciar los pecados de quienes no nos ayuden, y ocultar los de aquellos que nos favorezcan en algún sentido, con el fin de evitar quedarnos sin su apoyo.

   3-5. La admirable fe del centurión (LC. 7, 6-9).

   Mientras que los ancianos pensando en aumentar su poder y prestigio no dudaron en recurrir a Jesús para que sanara al asistente de su benefactor pagano, el centurión, teniendo en cuenta que los judíos se consideraban superiores a los incrédulos extranjeros, le envió a unos amigos suyos a Jesús, para que le dijeran al Señor en su nombre que se consideraba inferior al Mesías, de quien sabía que no necesitaba ir a su casa para sanar a su asistente, porque tenía el poder necesario, para devolverle la salud a la distancia. El centurión sabía que Jesús podía curar a su asistente con sus palabras, y que él, aunque tenía siervos y soldados a sus órdenes, no debía endiosarse, porque era conocedor de sus cualidades y carencias.

   Jesús, admirado por causa del mensaje que el centurión le transmitió por medio de sus amigos, les dijo a quienes lo acompañaban que, ni siquiera en el Israel que llevaba siglos relacionándose con Yahveh, encontró una fe tan grande y estable como la de aquél centurión prosélito del Judaísmo, que no tenía tanta certeza de que Dios lo amaba, como debían tenerla quienes, desde hacía muchos siglos, se consideraban propiedad exclusiva de Yahveh.

   Los cristianos podemos caer en la tentación de ver en el progreso señales de que nuestras prácticas religiosas peligran seriamente. A modo de ejemplo, muchos católicos han perdido considerablemente la costumbre de orar y leer libros piadosos, pero, en cambio, se están dedicando a ayudar a quienes necesitan sus dones espirituales y materiales. Es tarea de los predicadores establecer el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y evitar satanizar a quienes tienen perspectivas diferentes a las suyas. Las iglesias cristianas necesitan respirar la suave brisa del Espíritu Santo que tiene el poder de exterminar el hastío que hace que jóvenes e intelectuales dejen de profesar nuestra fe milenaria, la cual es mantenida en muchas ocasiones por ancianos, discapacitados y otra gente que, por causa de la visión negativa -o pesimista- de sus circunstancias vitales, ha perdido la esperanza de superarse a sí misma, y utiliza la religión como máscara para ocultar su desesperanzada situación vital.

   3-6. Jesús curó al asistente del centurión (LC. 7, 10).

   La fe del centurión y la curación del asistente del mismo por parte de Jesús, constituyeron una seria advertencia que San Lucas les hizo a los judíos. Mientras que Jesús les predicó a los judíos y llevó a cabo prodigios entre ellos y todo ello no les sirvió a muchos para hacerse cristianos, el centurión, por medio de la profesión de fe que le hizo a Jesús a través de sus amigos, consiguió que su asistente fuera sanado. La fe de quien alcanzó un gran prodigio sin formarse por medio de la lectura de complicados tratados de Teología y del hecho de pasar miles de horas orando, fue más estable y persistente que la fe de quienes se creían poseedores de la verdad y superiores a quienes no observaban sus prácticas religiosas. El privilegio de ser hijos de dios no nos hace superiores a quienes aún no lo son, sino que nos compromete a trabajar para aumentar la familia de Nuestro Padre celestial.

   Cumplamos las prescripciones religiosas que hagan de nosotros mejores personas cristianas, y desechemos aquellas que nos hagan sentirnos superiores e inferiores a nuestros hermanos de fe y a quienes aún no lo son. Tenemos una dignidad personal que nadie nos puede quitar, y un Padre celestial que no nos ha dado la orden de marginar a nadie por ninguna razón.

   3-7. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-8. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 7, 1-10 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué era Jesús un predicador incansable y estaba dispuesto a ayudar a quienes lo necesitaran?
   2. ¿Por qué necesitamos formarnos espiritualmente, practicar lo que aprendamos y orar?
   3. ¿Qué nos sucederá si nos pasamos la vida estudiando y orando, y no ponemos en práctica los conocimientos que adquiramos?
   4. ¿Qué nos sucederá si nos negamos a formarnos espiritualmente y a orar, y nos dedicamos exclusivamente a hacer el bien?
   5. ¿Qué nos sucederá si vivimos orando, si evitamos aumentar el conocimiento de Dios y su voluntad respecto de nosotros, y nos negamos a hacer el bien?
   6. ¿Qué nos sucederá si evitamos favorecer a nuestros familiares para dedicarnos a hacer el bien en beneficio de quienes no conocemos?

   3-2.

   7. ¿Por qué el centurión no dejó de ser humilde a pesar de que era poderoso?
   8. ¿Por qué recurrió el centurión a Jesús?
   9. ¿Por qué es importante la predicación eficaz del Evangelio?
   10. ¿Por qué carece de eficacia la predicación de quienes piensan más en sus costumbres y gustos que en las carencias, el dolor y el gozo de los receptores de su predicación?
   11. ¿De qué maneras podemos ser buenos -o malos- ejemplos de fe?
   12. ¿Por qué pensamos que el centurión se hizo prosélito del Judaísmo?
   13. ¿Qué es un prosélito?
   14. ¿Hacemos los cristianos prosélitos a los no creyentes, o les ayudamos a incorporarse a nuestra familia en la fe?
   15. ¿Recurrió el centurión a Jesús como última esperanza de que su asistente recuperara la salud?

   3-3.

   16. ¿Por qué el centurión se sirvió de intermediarios para dirigirse a Jesús?
   17. ¿Por qué consideraban los ancianos que el centurión era inferior a ellos?
   18. ¿Por qué parecían los ancianos los más adecuados para conseguir que Jesús sanara al asistente del centurión?

   3-4.

   19. ¿Por qué le suplicaron los ancianos a Jesús que atendiera la petición del centurión, a pesar de que muchos no tenían los mismos intereses que el Mesías?
   20. ¿Somos capaces de negociar con nuestros enemigos a cambio de ser beneficiados de alguna manera?
   21. ¿Es para nosotros más importante el tener que el ser? ¿Por qué?
   22. ¿Qué es el tener?
   23. ¿Qué es el ser?
   24. ¿Para qué podemos caer en la tentación de beneficiar a quienes nos ayuden a conseguir lo que deseamos como cristianos?

   3-5.

   25. ¿Por qué no le habló directamente el centurión a Jesús, y en cambio lo hizo por mediación de sus amigos?
   26. ¿Qué mensaje le fue transmitido al Señor por los amigos del centurión?
   27. ¿Qué sabía el centurión respecto del poder sanador de Jesús por causa de la fe que tenía en el Señor?
   28. ¿Por qué sabía el centurión que no debía endiosarse?
   29. ¿Por qué se admiró Jesús por causa de la fe del centurión?
   30. ¿En qué se diferenció la fe del centurión de la fe de los ancianos?
   31. ¿Vemos los cristianos en los avances característicos del progreso el peligro de que nuestras prácticas religiosas sean modificadas o se extingan? ¿Por qué?
   32. ¿Por qué es conveniente que los predicadores establezcan el equilibrio justo entre formación, acción y oración, y no satanicen a quienes no acepten su punto de vista incondicionalmente?
   33. ¿En qué sentido es útil el hecho de que seamos religiosos?
   34. ¿Por qué es inútil la religión cuando se utiliza como máscara para evitar resolver problemas personales y comunitarios?

   3-6.

   35. ¿Por qué muchos judíos no lograron creer las palabras y los prodigios que Jesús realizó ante ellos, y muchos paganos hemos aceptado la predicación del Mesías que nos ha llegado por medio de sus predicadores religiosos y laicos?
   36. ¿Por qué valoró más Jesús la fe manifestada del centurión, que la fe mecánica de quienes vivían cumpliendo prescripciones religiosas?
   37. ¿Por qué es más creíble la fe de quienes se manifiestan como creyentes en todos los ambientes que la fe que no pasa de ser más que un mero asentimiento mental de quienes sólo se manifiestan como creyentes en las celebraciones de culto?
38. ¿Por qué no somos superiores quienes nos consideramos hijos de Dios respecto de quienes aún no lo son?
   39. ¿A qué nos compromete el hecho de ser hijos de dios y seguidores de Jesús?
   40. ¿Qué prácticas religiosas aceptaremos y rechazaremos? ¿Por qué?
   41. ¿Por qué no se nos puede quitar la dignidad personal que tenemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos el Salmo 6, una oración en que las circunstancias adversas son vistas como enemigos a los que se necesita derrotar. Se hace alusión al final de dicho texto al hecho de no dejar de cumplir la voluntad divina por ninguna circunstancia, a cambio de recibir el favor de Dios.

   6. Contemplación.

   Jesús fue un predicador infatigable. Visualicémoslo predicando el Evangelio, y caminando al encuentro de quienes lo necesitaran, y veámonos intentando establecer el justo equilibrio entre formación, acción y oración, y ayudar a nuestros familiares y amigos, y otros a quienes desconocemos. No nos olvidemos de solventar nuestras carencias a la hora de establecer el citado equilibrio, pues pensar en nosotros, en lugar de ser una práctica egoísta, es disponernos a ser mejores cristianos en todos los ámbitos.

   El mundo está lleno de gente a la que podemos ayudar de la que sabemos que de alguna manera podrá pagarnos el bien que le hagamos, y de personas que jamás podrán pagarnos lo que hagamos por ellas. Jesús hacía el bien por la satisfacción de compartir sus dádivas espirituales y materiales. ¿Para qué hacemos el bien?

   El centurión se dirigió a Jesús por medio de los intermediarios que consideró más acreditados para conseguir que el Señor sanara a su asistente. ¿Nos ayudamos de intermediarios que son ejemplos de virtud para que nos ayuden a crecer espiritualmente, o sólo conocemos de los tales su habilidad para predicar?

   Los ancianos creían que Jesús podía curar al asistente del centurión si lo veía, pero éste último sabía que el hecho de que el Señor expresara su voluntad era suficiente para que pudiera hacer el prodigio a la distancia. ¿Cómo pensamos que el Mesías puede ayudarnos a alcanzar la plenitud de la felicidad?

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 7, 1-10.

   Comprometámonos a ser mediadores entre quienes quieran conocer a Jesús y el Señor. El hecho de resolver las dudas de fe de los tales, nos ayudará a fortalecer nuestra fe, sin que en un principio nos percatemos de ello.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Hermano y Señor Jesús:

   Te agradezco el hecho de haberte servido de mi pequeñez para haberme concedido la grandeza de llegar a ser Hijo de Dios.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 23, agradeciéndole a Nuestro Buen Pastor el amor que nos ha manifestado, y el bien que ha hecho en nuestro beneficio.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.

   Lectura introductoria: IS. 29, 13.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   (LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.

   (LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.

   ¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.

   Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.

   (LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.

   Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.

   (LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.

   (LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.

   (LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.

   (LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.

   (LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.

   (LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.

   (LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.

   Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.

   Oremos:

   Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.

   2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 6, 39-45.

   3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).

   Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.

   ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.

   Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).

   Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.

   Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.

   Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.

   Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no  eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.

   3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).

   ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.

   Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.

   3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).

   Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.

   Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.

   ¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.

   3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
   2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
   3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
   4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
   5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
   6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
   7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
   8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
   9. ¿Qué es un falso profeta?
   10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
   11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
   12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
   13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
   14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
   15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
   16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
   17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
   18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
   19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
   20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
   21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
   22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
   23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?

   3-2.

   24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
   25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
   26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
   27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
   28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?

   3-3.

   29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
   30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
   31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
   32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
   33. ¿Nos conocemos?
   34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
   35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
   36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).

   Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.

   Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.

   7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.

   Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com