Meditación.
1. Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo.
Meditación de MAL. 3, 19-20A
En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, se nos recuerda que vivimos en un mundo marcado por el mal, en todas las formas en que el mismo se manifiesta. El castigo que el profeta les anuncia a los pecadores, nos recuerda que Nuestro Santo Padre ha de hacerles justicia a todos los oprimidos que han vivido durante la historia de la humanidad.
Disponemos de muy poca información con respecto al profeta Malaquías. Sabemos que el nombre del citado predicador significa "mi mensajero". En el tiempo en que este mensajero de Dios predicó la Palabra de Yahveh, el Templo de Jerusalén había sido reconstruido, pero el culto no le era agradable a Dios por causa de su mal funcionamiento, y el pueblo, en vez de regocijarse por haber superado los setenta años del destierro a Babilonia y a otros países, se sentía desanimado, porque su Dios no había convertido el país de Israel en un reino tan glorioso como lo fue el reinado de Salomón (MAL. 1, 1-14).
La total desconfianza del pueblo en Dios, dio lugar a que las celebraciones cultuales se convirtieran en meras representaciones teatrales carentes de auténtica devoción, y a que los antiguos creyentes dejaran de desear alcanzar la santidad divina, y se entregaran a la comisión de todo tipo de pecados. Esto se deduce del extracto de la profecía de Malaquías que hemos recordado, en que hemos visto cómo el pueblo incumplía la Ley divina, sacrificándole a Yahveh aquellos de sus animales carentes de valor porque estaban enfermos, lo cual simbolizaba su carencia de fe. Esto sucedió entre los años 480 y 450 antes de Cristo.
¿Existe alguna relación entre el texto de la profecía de Malaquías que hemos meditado y la forma en que actualmente los católicos vivimos nuestra fe? Somos muy pocos los religiosos y laicos que dedicamos total o parcialmente nuestro tiempo a difundir el conocimiento de la Palabra de Dios. La gran mayoría de los predicadores se han adaptado a impartir la enseñanza de sus conocimientos de una forma que no insta a la gente de nuestro tiempo a abrazar la fe que profesamos. Nuestra religiosidad es vista como un culto mistérico e inútil porque pocos son los que creen en los misterios, y como una forma cultual arcana complicada que no merece la pena ser conocida, precisamente por su complejidad. Muchos de nuestros hermanos que no han tenido la oportunidad o el deseo de aprender a leer, han caído en una forma errática de vivir nuestra fe, consistente en adorar a las imágenes de María Santísima, Jesús y los Santos, de manera que no les falta razón a los hermanos separados de otras iglesias, que nos acusan de desplazar a Dios, promoviendo el culto a las criaturas de nuestro Padre celestial.
Como muchos de nuestros hermanos viven sumidos en sus múltiples preocupaciones, y Dios no concluye la plena instauración de su Reino en el mundo, los tales pierden la fe, porque no encuentran a quienes sepan o quieran hacer que ellos no se separen de la Iglesia. Además, nuestro descuido de los pobres, -cuya custodia les encomendamos a los políticos y a las ONGS-, hace que muchos de nuestros hermanos, que viven sumidos en condiciones precarias, al sentirse abandonados tanto por Dios como por sus hijos los hombres, no crean en nadie ni en nada.
¿Se refiere la lectura que estamos meditando a que Dios les hará justicia a sus hijos cuando este mundo en que vivimos vea su transformación? La respuesta a la anterior pregunta es afirmativa, porque, al final de los tiempos, después de juzgarnos y premiarnos en conformidad con nuestra fe y nuestras obras, Nuestro Santo Padre concluirá la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero, al mismo tiempo, la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es negativa, porque, a través de las circunstancias vitales que vivimos, Nuestro Padre común nos hace justicia, en el sentido de que nos da los medios que necesitamos, para abrazar la fe que nos caracteriza.
El llamado "Día del Juramento" es el tema recurrente sobre el que versan las obras de los Profetas Menores.
En la profecía de Amós, se nos advierte, para que el pecado no nos esclavice, y perdamos la salvación que Cristo nos obtuvo en su cruz (AM. 5, 18).
¿Deseamos que llegue el Día de Nuestro Padre y Dios para que nos libre de las causas por las que sufrimos? Ello es correcto, pero, mientras esperamos la llegada de dicho día, ¿evitamos las ocasiones de pecar, o hacemos el mal como si Dios no se percatara de ello? (SOF. 1, 14-18; JL. 2, 11-13).
¿Creemos que en este mundo podemos hacer lo que queramos, porque no nos afecta la justicia divina? San Pablo no compartía esta opinión, así pues, según el Apóstol de los cristianos no judíos, el hecho de comulgar sin estar en gracia de Dios, y, por tanto, bajo los efectos del pecado, tiene consecuencias muy graves (1 COR. 11, 27-32).
Las imágenes del fuego devorador y la paja totalmente quemada, no deben ser tomadas al pie de la letra, pues han sido muy utilizadas en las obras apocalípticas, para dar a entender que Dios se vengará de los pecadores, y premiará de una manera sorprendente a quienes le sean fieles, a pesar de las circunstancias adversas que hayan de afrontar.
Para los cristianos, Jesús es el Sol de justicia del que se nos habla en la primera lectura, cuyos rayos nos instan a ser santificados, y de quien esperamos la redención y la vida eterna.
¿Permanece Dios impasible, esperando que llegue el día que ha prefijado para juzgarnos, contemplando a aquellos millones de sus hijos que mueren en circunstancias terribles?
¿Está Dios divirtiéndose a costa de quienes viven circunstancias que les hacen totalmente desdichados?
Aún no sabemos responder satisfactoriamente las cuestiones relacionadas con la existencia del dolor, pero los cristianos somos testigos de que Dios está operando nuestra salvación, y para ello se vale de la Biblia, los documentos de la Iglesia, los predicadores del Evangelio, y las circunstancias relativas a nuestra vida.
No quiero concluir esta meditación sin recordar la dramática acción llevada a cabo por muchas sectas sobre pobres incautos, en lo referente a su interpretación del fin del mundo que esperamos. Mientras los católicos esperamos con gran gozo la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, los fundamentalistas temen la llegada de ese día, ya que sólo los millonarios y multimillonarios líderes de las sectas de que son miembros, tienen asegurada la salvación, y, la salvación del alma de los demás, depende de la adhesión a tales personajes carentes de escrúpulos, gracias a lo cual han logrado adquirir múltiples riquezas.
Si la predicación de las sectas, consistente en atemorizar a los incautos, es incorrecta a los ojos de Dios, ¿por qué muchos personajes bíblicos predicaban en los mismos términos, y el mensaje de los tales es considerado como veraz? Respondamos esta interesante y curiosa cuestión:
¿Qué les sucedió a los profetas del Antiguo Testamento que predicaron la destrucción? Tales predicadores no sólo fracasaron, sino que también fueron maltratados, de la misma forma que muchos grupos sectarios, han sufrido, duros reveses. Aunque Jesús, cuando se acercaba la hora de su muerte, utilizó el lenguaje profético, con tal de atraer la ira de sus enemigos para que consumaran su sacrificio, y para alertar a los tales para que lo aceptaran, fue la parábola del hijo pródigo, la narración que les ha abierto las puertas del cielo a millones de creyentes de diversas confesiones. No hemos de olvidar que el mensaje de Jesús referente a la destrucción del mundo es positivo, por cuanto pretende animar a los creyentes, para que no pierdan la fe, cuando vivan circunstancias, difíciles de soportar.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios concluirá la plena instauración de su Reino en el mundo. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.
Meditación de LC. 21, 5-19.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.
El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.
La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.
Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.
Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).
A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).
La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.
El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.
(LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.
¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?
¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?
No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.
Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.
Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.
No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.
San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.
No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de LC. 21, 5-19.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.
El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.
La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.
Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.
Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).
A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).
La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.
El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.
(LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.
¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?
¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?
No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.
Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.
Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.
No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.
San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.
No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.
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No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
No tengamos miedo respecto de las señales identificativas del fin del mundo.
Ejercicio de lectio divina de LC. 21, 5-19.
Lectura introductoria: MC. 13, 32-33.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Prestémosle atención a la Palabra de Dios que meditaremos en el presente trabajo, porque la misma contiene un mensaje que nos conviene comprender, para poder aplicarlo a nuestra vida cristiana, sabiamente.
El Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y cívico de los israelitas, quienes pensaban que, si tal edificio fuera derrumbado, la tierra podría dejar de existir. Tal creencia podría ayudarnos a considerar lo que pensamos con respecto a las denominaciones cristianas a las que pertenecemos, y a la influencia que, los líderes religiosos de las mismas, ejercen sobre nosotros.
Mientras que quienes rodeaban a Jesús admiraban las riquezas del Templo jerosolimitano, el Señor pensaba en cómo podrían mantener la fe los creyentes del Judaísmo, especialmente, cuando sus hermanos de raza se revelaran contra el poder romano, y en cómo sus seguidores, podrían soportar las persecuciones, de que serían víctimas, en las décadas y siglos subsiguientes. Ello nos proporciona la oportunidad de pensar si nuestra religiosidad es externa o interna, porque puede sucedernos que asistamos con cierta frecuencia a diversas celebraciones de culto, y no interioricemos la Palabra de Dios que aprendemos -o recordamos- en las mismas, cumpliendo la voluntad divina.
Aunque la destrucción del Templo de Jerusalén representaba la plenitud de la miseria para los hermanos de raza del Señor, Jesús vio en ello un cambio, que, en nuestros días, cuando faltan menos de sesenta años para que se cumplan veinte siglos desde que acaeció aquel hecho histórico, no se ha llevado a cabo, porque muchos cristianos, imitan a los judíos en lo referente a enorgullecerse de pertenecer a nuestras denominaciones, y pocos somos los que testimoniamos la fe que profesamos, fuera de los lugares, en que celebramos el culto divino. Si los judíos se hubieran convertido al Cristianismo en masa, el hecho de carecer del Templo, les hubiera hecho profesar su fe libremente sin ser sometidos por el liderazgo de los fariseos. El liderazgo religioso carece de sentido, si el pueblo fiel no crece espiritualmente, a partir de la utilidad, que debe ofrecerle el mismo. Desgraciadamente, cuando los fariseos se convirtieron en la élite poderosa de los judíos, rechazaron a los cristianos, los cuales, con el paso de los siglos, fueron en ciertas ocasiones grandes antisemitas, justificando tal hecho, alegando que, los hermanos de raza de Jesús, crucificaron al Mesías.
Los oyentes de Jesús querían saber cuándo acaecería la destrucción del Templo de Jerusalén, y cuáles serían las señales indicativas, de que se acercaba, el fin del mundo. Por su parte, el Señor invirtió los interrogantes que le fueron planteados, pues lo importante -según el Mesías- para sus oyentes no era satisfacer su curiosidad, sino tener una fe capaz de soportar grandes pruebas sin extinguirse, para que no dejaran de creer en Dios, cuando acaecieran los acontecimientos, que les anunció. Nosotros también queremos saber cuándo llegará el fin del mundo, y cómo será nuestra existencia en el cielo, pero, Jesús no satisface nuestra curiosidad, pues quiere que avivemos la fe que nos ha concedido el Espíritu Santo, para que seamos, leales seguidores, suyos.
Jesús alertó a sus seguidores para que no se hicieran adeptos de cualquiera que se hiciera pasar por el Mesías, y los engañara, profetizando en falso. Desgraciadamente, a lo largo de la existencia del Cristianismo, no han faltado profetas de desgracias, que han engañado a sus adeptos, al anunciar un fin del mundo, que, jamás, ha acontecido. Tengamos en cuenta que, si Jesús dijo de Sí mismo que desconocía cuándo acaecería el fin del mundo (MC. 13, 32; MT. 24, 36), no tiene sentido que ningún pseudoprofeta conozca tal hecho, porque ningún mortal puede tener mayor sabiduría, que el mismo Dios.
Los profetas de calamidades, revisan los acontecimientos mundiales diariamente, intentando vislumbrar en los mismos, indicios indicativos, de que se acerca, el fin del mundo. No olvidemos que la maldad no existe como símbolo indicativo del tiempo que falta para que Jesús concluya plenamente la instauración del Reino mesiánico en nuestra tierra, pues solo indica, que, todos los hombres, aún no hemos aprendido, a amarnos, ni, a respetarnos.
A los cristianos no se les persigue en determinados periodos históricos, pues ello es la consecuencia directa, de su profesión de fe. Los cristianos que no son cuestionados por quienes carecen de nuestra fe constantemente, viven más como ateos, que como seguidores de Jesús. Oremos y trabajemos para que nunca se nos persiga por trabajar beneficiando a los pobres, enfermos, ancianos y desamparados, porque los tales son, los predilectos de Dios, por causa de los sufrimientos, que los caracterizan.
¿Por qué nos preocupa tanto el hecho de no saber responder las preguntas que nos hacen los no creyentes respecto de la fe que profesamos?
¿Hemos olvidado que Jesús nos ha prometido que el Espíritu Santo nos iluminará en tales ocasiones, para que prediquemos la Palabra de Dios?
En los primeros siglos de existencia de la Iglesia, cuando se desataban persecuciones contra los cristianos, los seguidores de Jesús no solo eran delatados por sus opositores, pues los mandaban encarcelar, azotar y asesinar, los miembros de sus familias. En tales circunstancias, muchos de entre los primeros cristianos, aunque no fueron librados milagrosamente de padecer las torturas a que fueron sometidos, murieron con la convicción de que resucitarían para no volver a experimentar, la muerte.
A pesar de que los primeros cristianos eran conscientes de que Jesús concluiría algún día de instaurar su Reino mesiánico en la tierra, con el paso de los siglos, muchos seguidores del Señor, no han aprendido a encaminar sus pensamientos, palabras y obras, a la consecución de la vida eterna, sino, a la satisfacción, de sus carencias. Ello es una de las consecuencias características de la falta de fe, que hace presa, de muchos seguidores, del Señor.
Oremos:
Espíritu Santo:
Fortalece la fe que nos has concedido, para que la vivencia de la misma, sea interior, y, exterior. Necesitamos vivir como si todos nuestros pensamientos, palabras y obras, nos hubieran sido inspirados, por Ti, oh amor de Dios.
Ayúdanos a no pensar que las crisis que vivamos serán desgracias, pues las mismas deben ser, oportunidades de cambiar, para mejorar, en todos los aspectos, que nos sea posible.
Te pedimos que nos fortalezcas la fe, para que sintamos el deseo de estudiar y meditar constantemente la Biblia, para que actuemos como si nos fuera posible contribuir con nuestras buenas obras y oraciones fervientes a la plena instauración de tu Reino entre nosotros, sin que, nuestra natural impaciencia, nos lo impida, cuando pensemos que Jesús tarda demasiado tiempo, en cumplir la promesa, de concluir nuestra purificación, y la santificación, que anhelamos.
Instrúyenos en el conocimiento de tu Palabra y la voluntad divina, para que no nos dejemos engañar, por quienes usan la fe que nos has concedido, en su beneficio.
Cuando acontezcan catástrofes naturales y conflictos bélicos, recuérdanos que los mismos no significan que Jesús está por concluir la instauración del Reino mesiánico entre nosotros, pues los mismos suceden, por causas no relacionadas, con ello.
Haznos comprender que, quienes deseen formar parte de tu Reino de amor y paz, deben demostrarlo haciendo el bien en favor de sus prójimos los hombres, como si de ello dependiera, la consecución, de su salvación.
Asístenos con tu sabiduría, para que demos testimonio de nuestra fe con valor, cuando los no creyentes, nos interroguen, respecto de nuestras creencias.
Te pedimos que los problemas que tenemos que están relacionados con nuestros familiares, la salud, la economía, y los amigos que tenemos, en vez de hacernos perder la fe que nos has concedido, nos sirvan, para que podamos crecer, espiritualmente.
Haznos aptos para que el Nombre de Jesús no suscite el odio de nadie, y produzca el efecto, de que aprendamos a amarnos, y respetarnos.
Cuando las dificultades que tengamos nos hagan sufrir, recuérdanos que las mismas no nos impedirán vivir en tu presencia, cuando Jesús concluya de instaurar el Reino mesiánico, entre nosotros.
Espíritu divino:
Haznos dignos seguidores de Jesús, para que, en nuestra debilidad, se manifieste la potencia, de tu poder divino. Así lo esperamos.
2. Leemos atentamente LC. 21, 5-19, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 21, 5-19.
3-1. El Templo de Jerusalén, y la religiosidad exterior (LC. 21, 5).
El Templo que construyó el Rey Salomón, fue destruido por los babilonios, el siglo VII antes de Cristo, y fue reconstruido por Esdras, cuando volvió del exilio. Los seléucidas lo profanaron el siglo II antes de que aconteciera el Nacimiento del Señor, fue restaurado por los Macabeos, y Herodes el Grande lo reconstruyó y enriqueció durante cuarenta y seis años sin escatimar gastos, para granjearse la amistad de los judíos. Dado que desde el Templo era ejercido el poder religioso y político, el hecho de que dejara de existir, significaba para los judíos, el fin de su religión.
Los admiradores del Templo que hablaron con Jesús en el texto lucano que estamos considerando, no eran simples turistas que disfrutaban viendo uno de los monumentos más bellos y costosos del mundo, pues se deleitaban observando un edificio que era para ellos, un gran motivo de orgullo. Para comprender lo que sentían tales personajes, nos sería necesario interrogar a los cristianos que contribuyen a la construcción de sus lugares de culto, sobre cómo se alegran, cuando finalizan sus trabajos, y piensan que han sido colaboradores, en la realización de los mismos.
Si es honroso el hecho de tener casas dignas en que podemos adorar al Todopoderoso, no olvidemos que Dios es tan magnánimo como para no poder ser abarcado por el universo, y quiere habitar en nuestros corazones. Para que la religiosidad exterior sirva para aumentar la fe de los no creyentes, debe ser vivida, a partir de la religiosidad interior, la cual necesita a su vez de la religiosidad exterior, para ser captada, por quienes carecen de nuestra fe.
3-2. Jesús anunció la destrucción del Templo de Jerusalén (LC. 21, 6).
La destrucción del Templo de Jerusalén, no significó que el Judaísmo fue extinguido, sino que los descendientes de los Patriarcas fueron enviados a diferentes países, en que profesaron su fe, partiendo de sus circunstancias vitales. Después de terminar la guerra contra Jerusalén, y de ordenar que no se destruyera el muro de las lamentaciones, para que quedara como testimonio de cómo los romanos vencieron a los judíos, Tito vendió varias docenas de miles de judíos, como esclavos. Cuando parecía que el Judaísmo se iba a extinguir, y los saduceos desaparecieron, los fariseos se encargaron de mantenerlo.
Cuando el Papa Juan Pablo II no dejaba de ejercer su función de Pontífice a pesar de su grave estado de salud, no faltaron quienes dijeron que le era imposible dejar de ser Papa, porque los cardenales se lo impedían, ya que les convenía jugar con sus enfermedades, para aumentar la fe, de los pobres incautos. Como muchos cristianos temieron que la Iglesia se debilitara cuando acaeciera la muerte de Juan Pablo Magno, les oí a muchos sacerdotes recordarles a sus feligreses, que la Iglesia no era del Papa, sino del mismo Dios, quien nunca permitirá, que se extinga.
A lo largo de nuestra vida, estamos expuestos, a vivir crisis, de diversa índole. Si aprendemos a efectuar los cambios que nos sean necesarios cuando experimentemos las crisis que nos caractericen, las mismas nos servirán para crecer, y para evitar volver a cometer errores, que caracterizaron nuestro pasado.
3-3. Jesús fue interrogado por quienes lo oyeron predecir la destrucción del Templo jerosolimitano (LC. 21, 7).
Dado que los judíos asociaban la destrucción del Templo con el fin del mundo, le preguntaron a Jesús cuándo se cumpliría su profecía, y cuáles serían los signos indicativos, de que se iba a producir, tan desgraciado acontecimiento. También nosotros quisiéramos saber cuándo concluirá Jesús la plena instauración de su Reino entre nosotros, pero el Señor no desea que lo sepamos, porque puede ocurrirnos lo que les sucedió a los cristianos de Tesalónica que, después de leer la primera Carta que les envió San Pablo, pensaron que era inútil seguir trabajando, porque, el fin de los tiempos, estaba a punto de acontecer (2 TES. 2, 1-2. 3, 11-12).
3-4. No nos dejemos embaucar por los falsos profetas (LC. 21, 8).
Para aprender a vivir, tenemos que gozarnos por causa de nuestros aciertos, y aprender a superarnos a nosotros mismos, a partir de los errores, que cometemos. Dado que es muy difícil distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, nos es necesario saber lo que dice San Pablo de los primeros en sus Epístolas, para evitarnos caer en las redes, de quienes desean aprovecharse de la fe de los incautos, para enriquecerse económicamente.
No sigamos a nadie que pretenda saber cuándo se acabará el mundo. Recordemos que Jesús no le dio importancia al hecho de conocer tal dato, sino a que nuestra fe sea fuerte, para que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, seamos dignos, de vivir, en su presencia.
3-5. Las catástrofes naturales y las guerras, no están relacionadas, con el fin del mundo (LC. 21, 9-11).
El hecho de que haya guerras, no significa que se aproxima la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, sino que hay gente poderosa, a la que no le importa matar sin escrúpulos, para hacerse aún más poderosa. Cuenta Flavio Josepho que, durante el tiempo que duró el sitio de Jerusalén, hubo mujeres que asesinaron a sus hijos y se los comieron, con tal de evitar la muerte. Los supervivientes de aquella guerra tuvieron que intentar recuperarse del sufrimiento que les fue causado, para poder seguir viviendo. Es triste pensar que hay cristianos obsesionados viendo los informes de noticias televisivos, buscando indicios en los acontecimientos descritos en los mismos, de que se acerca el fin del mundo. Los sensacionalistas y profetas de malos augurios, han hecho de la transmisión de noticias desagradables, un lucrativo negocio.
3-6. Las persecuciones de cristianos (LC. 21, 12-15).
Dado que los cristianos nos diferenciamos de quienes carecen de la fe que profesamos, debemos considerar normal, el hecho de que se nos interrogue frecuentemente, respecto de la conducta que observamos. Aunque han surgido grandes persecuciones contra los seguidores de Jesús a lo largo de los veinte siglos de existencia del Cristianismo, no debemos sentirnos acosados, cuando seamos interrogados, con respecto a puntos de vista que, nuestros familiares, amigos y compañeros de trabajo, no comparten con nosotros.
Si queremos testimoniar nuestra fe (1 PE. 3, 15-16), estudiemos la Palabra de Dios con cierta frecuencia, y no tengamos miedo de no dar la talla cuando seamos interrogados, porque el Espíritu Santo nos asistirá, para que prediquemos el Evangelio.
Cuando nos sintamos perseguidos, recordemos los siguientes textos, de San Pablo: FLP. 3, 10-11; COL. 1, 24.
3-7. ¿Por qué se dejan masacrar muchos cristianos? (LC. 21, 16-18).
Cuando San Lucas escribió el texto que estamos meditando, habían pasado en torno a diez años desde que aconteció la destrucción de Jerusalén, y los cristianos tenían muy presentes las consecuencias de la persecución, que llevó a cabo contra ellos, el Emperador Nerón. Muchos cristianos que fueron torturados y asesinados, no fueron denunciados por sus opositores, pues fueron delatados, por sus propios familiares. Los creyentes que murieron perecieron con la esperanza de resucitar para no volver a tener la experiencia de la muerte.
¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos? La citada pregunta no es fácil de responder, cuando la respuesta va dirigida, tanto a cristianos de diferentes denominaciones, como a gente carente de la fe del Señor Jesús. Sé que hay fanáticos capaces de morir por sus ideales y dispuestos a asesinar sin escrúpulos a quienes se les oponen, pero, en circunstancias normales, quienes mueren con tal de no renunciar a profesar la fe cristiana, lo hacen porque, sus creencias, forman parte de sí, y no les merece la pena vivir, renunciando a las mismas. Hay quienes mueren por sus familiares y amigos, y por un ideal político. Se me puede objetar que estos últimos ven a aquellos por quienes dan la vida, pero los cristianos también creen experimentar en sus vidas, al Dios por quien renuncian a su existencia actual, esperando que los resucite, a una vida mejor que la actual, en que no exista el sufrimiento, en ninguna de sus formas.
3-8. Si profesamos nuestra fe perseverantemente, salvaremos nuestras almas (LC. 21, 19).
Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia? Tal como los padres que tienen a sus hijos enfermos intentan curarlos, no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad. Necesitamos servirnos de la perseverancia para profesar la fe que nos caracteriza, tal como necesitamos ser insistentes, para intentar conseguir, todo lo que necesitamos, y deseamos.
3-9. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-10. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 21, 5-19 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué profanaban o destruían el Templo de Jerusalén los conquistadores de los judíos?
2. ¿Cuántas veces fue destruido y reconstruido el Templo de Jerusalén?
3. ¿Por qué restauró y enriqueció Herodes el Grande el Templo jerosolimitano sin escatimar gastos?
4. ¿Por qué era muy importante el Templo para los judíos?
5. ¿Qué significaba para los hermanos de raza de Jesús la destrucción del Templo?
6. Si Dios quiere habitar en nuestros corazones, ¿por qué se le edifican templos?
7. ¿Quiere Dios que sus templos abunden en riquezas, mientras que muchos de sus fieles hijos se mueren de hambre?
8. ¿Por qué la religiosidad exterior debe interiorizarse para ser auténtica?
9. ¿Por qué necesitamos demostrar nuestra fe haciendo obras de caridad y orando?
3-2.
10. ¿Qué significó la destrucción del Templo de Jerusalén?
11. ¿En qué sentido dejó de ser el Judaísmo la religión de Dios y le dio paso al Cristianismo?
12. ¿Significa el citado hecho que Yahveh dejó de amar a los miembros de su primer pueblo?
13. ¿En qué sentido pueden sernos útiles las crisis que vivimos?
3-3.
14. ¿Qué preguntas le hicieron los admiradores del Templo a Jesús?
15. ¿Por qué no responde Jesús las preguntas que pueden satisfacer nuestra curiosidad?
16. ¿Qué haríamos si supiéramos que Jesús concluirá su obra dentro de pocos días?
3-4.
17. ¿Qué haremos para aprender a vivir?
18. ¿Cómo podemos distinguir a un líder religioso de un dirigente sectario, si para mucha gente no hay diferencia, entre una religión, y una secta?
19. ¿Por qué no anunció Jesús la fecha del fin del mundo?
20. ¿Por qué debe preocuparnos más la fortaleza de nuestra fe que saber cuándo concluirá Jesús de instaurar su Reino de amor y paz entre nosotros?
3-5.
21. ¿Qué relación hay entre las catástrofes naturales, las guerras, y el fin del mundo?
22. ¿Por qué se llevan a cabo las guerras?
23. ¿Creemos que el fin del mundo será catastrófico, o que nuestra tierra será transformada en el Reino de Dios, sin sufrir violencia alguna?
3-6.
24. ¿Por qué debemos considerar normal los cristianos el hecho de que se nos interrogue frecuentemente respecto de la conducta que observamos?
25. ¿Qué debemos pensar los cristianos cuando se nos interrogue con respecto a creencias exclusivas nuestras?
26. ¿Cómo nos enseña San Pedro a dar testimonio de nuestra fe? (1 PE. 3, 15-16).
27. ¿Qué nos enseña San Pablo respecto del sufrimiento, con la intención de que lo recordemos al sentirnos perseguidos?
3-7.
28. ¿Por qué tenía San Lucas tantos datos referentes a la destrucción de Jerusalén y las persecuciones que se desataron contra los cristianos?
29. ¿En qué sentido fue el anuncio de la destrucción del Templo una profecía de Jesús, si San Lucas lo escribió, diez años después, de que aconteciera el citado suceso histórico?
30. ¿Por qué se dejan perseguir y asesinar muchos cristianos?
31. Entendemos el hecho de que haya quienes mueran por sus familiares y amigos, o por sus ideales, pero, ¿por qué se dejan asesinar los cristianos por alguien a quien jamás han visto físicamente?
3-8.
32. Si seremos salvados porque tenemos fe en Dios, ¿por qué quiere Jesús que pongamos en juego nuestra perseverancia?
33. ¿Por qué no es posible que digamos que tenemos fe en Dios, y nos neguemos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Las dos Cartas de San Pablo a los Tesalonicenses que leeremos y meditaremos, nos enseñarán a aguardar la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, y a vivir disponiéndonos, a experimentar tan añorado acontecimiento.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 21, 5-19.
Comprometámonos a convivir pacíficamente con quienes no comparten nuestra forma de pensar.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hazte presente en mi vida, para que no deje de disponerme a recibirte, cuando concluyas la plena instauración de tu Reino de amor y paz, en la tierra.
8. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 23, experimentando el amor, con que Dios nos acoge, en su presencia.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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¿En qué consiste la humildad cristiana? (Meditación de la primera lectura del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Meditación.
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
joseportilloperez@gmail.com
El Señor nos llama a vivir cumpliendo su voluntad.
1. ¿en qué consiste la humildad cristiana?
Meditación de IS. 6, 1-2a. 3-8.
Isaías fue profeta de Judá bajo los reinos de Uzías, Jotam, Acaz, Ezequías y Manasés. Fue nombrado escriba cuando murió el rey Uzías en torno al año 758 antes de Cristo, pero, por su fe, decidió ser profeta, lo cual lo condujo a la muerte, por defender sus convicciones. Dado que Isaías condenó los pecados de los israelitas, a quienes instó a volverse a Yahveh, fue condenado por decir que había visto a Dios, -cosa que sus hermanos de raza creían imposible, porque pensaban que quienes veían a Yahveh debían ser ejecutados inminentemente por la justicia divina, por ser pecadores-, y por comparar a Jerusalén con Sodoma y Gomorra, dos de las ciudades de la Pentápolis, que fueron incineradas en tiempos de Abraham, por causa de las prácticas homosexuales, que llevaban a cabo sus habitantes. Existe una tradición, según la cual, el citado profeta fue condenado, ora por haberle añadido preceptos a la Ley de Moisés, ora por haberla contradicho. Parece que, después de que Isaías se refugiara dentro de un cedro, el rey Manasés ordenó que dicho árbol fuera serrado, con el Profeta dentro.
La misión que desempeñó Isaías no fue fácil de ser llevada a cabo. Mientras que los israelitas creían que eran aceptados por Dios por ser descendientes de los Patriarcas Isaac, Abraham y Jacob, el citado profeta les dijo que su creencia era errónea, así pues, si verdaderamente deseaban permanecer vinculados a Yahveh, tenían que cumplir sus preceptos, con el fin de ser perfeccionados, y de ser librados, de las calamidades que los aguardaban. Isaías tenía que decirles a sus hermanos de raza que, si no se volvían a su Dios, caerían en desgracia, por causa de su conducta pecaminosa.
Isaías se reconoció pequeño cuando se le encomendó la misión de predicar, porque tenía miedo de ser ejecutado inminentemente por la justicia divina, al estar en presencia del Dios perfecto. Nosotros, siendo conscientes de que dios nos perdona nuestros pecados, si nos arrepentimos sinceramente de hacer el mal, y adoptamos el compromiso de no volver a transgredir el cumplimiento de los mandamientos divinos, deberíamos confesar nuestros pecados, tal como lo hizo según el texto que estamos considerando, el más importante de los Profetas de Israel.
Reconozcamos nuestra pequeñez, la grandeza de Dios, y el alcance del perdón de Nuestro Santo Padre.
En el texto que estamos considerando, la imagen del trono de dios y de los serafines proclamando la santidad divina, evocan la grandeza de Nuestro Santo Padre. La misión de los serafines consiste en extender la purificación divina por el mundo. En un tiempo caracterizado por las consecuencias de la carencia de fe, Dios le mostró su santidad a Isaías. La santidad de Dios, significa que Nuestro Santo Padre es moralmente perfecto, por lo que, al no estar relacionado con el pecado, es plenamente puro, tal como ansiamos serlo también nosotros, para que nada nos impida ser sus fieles hijos.
Aunque queremos tener una buena relación con el Dios Uno y Trino, el efecto que producen en nosotros las presiones a que vivimos sometidos, los defectos que tenemos, y las frustraciones que experimentamos, nos hacen tener una imagen de dios incorrecta, la cual se amplía, en conformidad con el estancamiento o la pérdida de fe, que experimentamos. Si no estudiamos la Palabra de Dios ni la meditamos, no podremos tener la imagen del Dios que puede manifestarse en nuestra vida para indicarnos cómo superar -o sobrellevar- nuestras dificultades. Si nuestra imagen de Dios se reduce a la creencia en un Ser desconocido a quien no le interesamos, no podremos valernos de la fe para sentirnos motivados a vivir como cristianos practicantes.
Si creemos que dios es perfecto, y anhelamos alcanzar su perfección, nos sentiremos motivados a ser purificados de nuestros pecados, a afrontar y confrontar nuestras dificultades hasta superarlas -o aprender a sobrellevarlas con dignidad-, y desearemos servirlo, en sus hijos los hombres.
Cuando Isaías escuchó la alabanza angélica, se sintió miserable, si se comparaba con Yahveh. Recordemos que no fue el carbón encendido que tocó los labios del Profeta lo que lo purificó, pues ello fue obra de Dios. El estudio de la Palabra de Dios, la penitencia y las obras de caridad, no pueden purificarnos, pero pueden hacernos desear alcanzar la perfección que, aunque no podemos alcanzarla por nuestros propios medios, nos es dada por el Señor, según nos superamos a nosotros mismos. Es esta la causa por la que repito hasta la saciedad que no podemos hacer nada para salvarnos por nuestros medios humanos.
Cuando Isaías se sintió perdonado, se sometió al servicio de Dios, sin importarle la dureza de la misión que llevó a cabo, durante unos sesenta años, aproximadamente. Nosotros pecamos, nos confesamos, y volvemos a hacer, nuevamente, el mal. Ello no sucede solo porque somos débiles, sino porque vivimos las consecuencias, de no tener una buena formación espiritual, y de no vivir inspirados en el cumplimiento de la voluntad divina.
Al vivir en un mundo en que evitamos el sufrimiento a toda costa, puede extrañarnos cómo Isaías, después de ser purificado, quiso servir al Señor, sin tener en cuenta el dolor que le causó, la extinción del castigo que merecía, por causa de sus pecados, cuando el carbón encendido, tocó sus labios. Este hecho nos aporta una enseñanza importante, pues, para que nuestro trabajo en la viña del Señor sea fructífero e irreprochable, podemos realizarlo, estando purificados, de nuestros pecados. Recordemos que el mal que hace un cristiano nos difama a todos los seguidores de Jesús, pero, el bien que hacen miles de discípulos del Señor, permanece oculto, a los ojos de gran parte de la humanidad.
Si queremos testimoniar nuestra fe fielmente, vivamos estando purificados, y sometámonos al cumplimiento de la voluntad divina. Tal como le sucedió a Isaías, nuestra purificación puede ser dolorosa, pero esa es la única manera que tenemos, de poder representar verdaderamente a Dios, quien es puro y Santo.
Decir que ante Dios carecemos de valor, no debe significar que no nos valoramos, sino que nos queda mucho que crecer espiritualmente, pues, si nos despreciamos, infravaloraremos la Sangre de Jesús, que fue derramada, para que comprendamos, que Nuestro Dios, nos ama sinceramente. No digamos que no valemos nada para sucumbir a la depresión que esteriliza muchas vidas, sino para crecer en amor, pureza y santidad.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 13. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación de MC. 13.:
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En los días 1 y 2 del presente mes celebramos la Solemnidad de todos los Santos y vivimos intensamente la conmemoración de los fieles difuntos. Como cristianos católicos que somos, vivimos intensamente las celebraciones litúrgicas de los citados días, porque, las mismas, nos sirvieron de pórtico para celebrar las últimas semanas de este ciclo litúrgico, cuyo fin es inminente.
Conozco a una mujer que es muy anciana que siempre se queja de que la vida de los hombres no tiene sentido, así pues, ella afirma que vivimos luchando para conseguir muchas cosas, pero esa lucha no nos sirve de mucho, dado que la debilidad de la ancianidad y la muerte, nos impiden alcanzar la felicidad. Nosotros creemos que la muerte no constituye por sí misma el fin de la existencia de nuestra alma. Nosotros creemos -según leemos en el Evangelio de hoy-, que, al final de los tiempos, Jesús vendrá nuevamente a nuestro encuentro, para vivificar nuestros cuerpos mortales, al unir nuestras almas inmortales a los mismos. Volviendo a la meditación de la anciana que cité anteriormente, he de decir que, ocasionalmente, recibo correos electrónicos de lectores que me envían en los mismos palabras parecidas a las siguientes:
"¿De qué nos sirve afanarnos en esta vida para alcanzar la felicidad si ello es imposible para nosotros?”
“Si la felicidad de los cristianos es la vivencia en la presencia de Nuestro Padre del cielo, ¿para qué nos afanamos en la tierra?".
He de responder las citadas preguntas que se me plantean en algunas ocasiones afirmando que tenemos que vivir esta vida plenamente, como si cada día que vivimos fuera el último de nuestra existencia mortal. El hecho de que nuestra vida tocará a su fin algún día no ha de entristecernos, así pues, ello ha de hacernos conscientes de la necesidad que tenemos de vivir nuestro día a día plenamente. El hecho de pensar en que el mundo en que vivimos será transformado no ha de entristecernos, pues sabemos que viviremos junto a Nuestro Padre común (MC. 13, 1-2).
De la misma forma que el pueblo de Dios fue castigado en múltiples ocasiones a lo largo de su historia por causa de su rebeldía con respecto a Yahveh, Jesús sabía que el Templo de la ciudad santa sería destruido, así pues, en el año 70, Jerusalén fue arrasada por Tito y Vespasiano, y el fuego absorbió la vida de quienes prefirieron morir antes que entregarse a los romanos. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que las palabras de los 2 primeros versículos del capítulo 13 de la obra del intérprete de San Pedro en Roma, nos hacen recordar que algún día la muerte transformará nuestra existencia. Cuando Jesús inició su ministerio público, Nuestro Señor utilizaba términos muy atractivos para intentar conseguir que sus oyentes creyeran en Nuestro Padre común, pero, según se acercaba su hora final, el Hijo de María pronunció su sermón apocalíptico el día anterior al que fue traicionado por Judas e instituyó la Eucaristía y el Orden de los sacerdotes), nuestro Maestro se vio obligado a endurecer su mensaje, no para hacer que sus oyentes creyeran en Nuestro Criador por miedo, sino para hacerles frente a los fariseos y a los saduceos, pues, aunque los mismos no se aceptaban porque sus ópticas religiosas eran muy distintas, se pusieron de acuerdo para arrancarle la vida al Mesías.
Si la muerte constituirá la transformación de nuestra existencia, hemos de informarnos con respecto a la forma de existir de nuestra alma separada de nuestro cuerpo, de la misma forma que nuestra curiosidad necesita ser satisfecha con la descripción del Reino de Dios. En la Biblia no disponemos de información que nos ayude a satisfacer nuestra curiosidad, pero sí se nos insta a que nos afanemos en esta vida tanto para conseguir la plenitud de la felicidad como para servir a Dios en nuestros prójimos, como si de ello dependiera nuestra salvación.
(MC. 13, 3-6). Los amigos de Nuestro Señor que oyeron el discurso que Jesús les pronunció en el monte de los Olivos sabían que en las Escrituras hay muchos signos mediante la interpretación de los cuales podemos obtener datos simbólicos con respecto al fin del mundo, pero ellos necesitaban obtener datos concretos relacionados con el citado acontecimiento, lo mismo que nos sucede a nosotros, quienes vivimos en una sociedad que no puede armonizar perfectamente los principios relativos a la fe y a la razón. Jesús, antes de comenzar a hablarles a sus futuros Apóstoles de la futura destrucción de la capital de la Tierra prometida y del fin del mundo, les advirtió para que no se dejaran engañar por los falsos mesías que tanto daño han causado a lo largo de la historia del Cristianismo, así pues, no olvidemos que Poncio Pilato, sólo para complacer a los componentes del Sanedrín, crucificó a un número de mesías políticos yo religiosos que oscilaba entre cuarenta y ocho y setenta y dos.
Quizás a muchos de vosotros os envían todos los años durante los meses de octubre y noviembre un montón de mensajes procedentes de videntes con una gran imaginación que no cesan de atemorizar a sus adeptos con su gran fantasía. Existen muchas formas de interpretar la Biblia, entre las que destacan las interpretaciones que consisten en aceptar el contenido del texto sagrado sin rebatirlo, y las interpretaciones que se hacen pensando que, si Dios es amor, los signos apocalípticos bíblicos han de tener un significado, lo cuál no significa que los mismos se hallan de llevar a cabo. Es cierto que la humanidad es testigo de grandes desastres y de guerras sangrientas, pero, para zanjar esta cuestión, os digo que, pase lo que pase, que no nos dejemos arrastrar por el miedo.
(MC. 13, 7-8). El miedo es una perturbación del ánimo muy angustiosa causada por un riesgo real o producido por nuestra mente. Los cristianos no debemos tener miedo, ya que, si creemos que Dios nos ama, no debemos pensar que nos va a ocurrir lo que no deseamos que nos suceda, exceptuando las circunstancias que podemos calificar como especiales, en las que nuestra fe es probada para que se multiplique en nuestros corazones la primera de las virtudes teologales.
(MC. 13, 9). Jesús les dijo a sus amigos íntimos que se cuidaran, pues muchos cristianos serían torturados y asesinados, para glorificar a Dios. Siempre que escribo con respecto a los avisos de Jesús a sus discípulos relacionados con su futuro martirio, recibo mensajes de gente que me dice:
"Si Jesús amaba a sus seguidores, ¿por qué los expuso a la muerte? (MT. 10, 24-25).
Jesús nos ha preguntado:
Si a mí que soy el Hijo natural de Dios me han llamado príncipe de los demonios, ¿qué no dirán de vosotros que sois mis familiares?
Con respecto a la pregunta que muchos de mis lectores me hacen: "¿Exponía Jesús a sus seguidores a la muerte¿", os cito las siguientes palabras del Mesías: (MT. 10, 23).
La meditación del citado versículo del Evangelio de San Mateo nos hace preguntarnos: ¿Compartía Nuestro Señor la creencia que San Pablo mantuvo durante mucho tiempo con respecto a la instauración del Reino de Dios en el mundo que habría de acontecer en cualquier momento?
(1 COR. 7, 28-31). Los Corintios deseaban saber si lo mejor para ellos era casarse o permanecer solteros, y, nuestro Santo, les dijo que su opinión personal era que no se casaran, por dos razones: La inminencia de la rápida instauración del Reino de Dios, y el hecho de ahorrarles sufrimientos. Yo creo que Nuestro Señor no compartía la citada creencia, y, para afirmar mi pensamiento, me baso en las siguientes palabras del Hijo del carpintero: (MT. 24, 27; 36. MC. 13, 10).
Los cristianos practicantes nos afanamos para que el Evangelio sea conocido y aceptado por toda la humanidad, pues deseamos vivir en el cielo cuando nuestros prójimos los hombres se unan a nosotros y abracen nuestra fe universal, para que todos podamos permanecer eternamente en el cielo, es decir, para que todos vivamos en el estado de felicidad eterna que ansiamos.
Pidámosle a Nuestro Padre común nuevamente que establezca su Reino entre nosotros orando con las palabras del Salmista: (SAL. 90, 14-15).
(MC. 10, 11. MT. 10, 17-20 y LC. 12, 11-12). Nuestro Señor previno a sus amigos para que no se preocuparan por lo que habían de decir ante quienes les juzgarían y les condenarían en el futuro, pues el Espíritu Santo les inspiraría las palabras con que habían de predicar el Evangelio.
(MC. 13, 12-13. CF. Mt. 10, 22 y 24, 13; 24, 9. CF. LC. 21, 17). De la misma forma que Nuestro Señor alentó a sus primeros seguidores para que no perdieran la fe ante la posibilidad de morir para glorificar a Nuestro Padre común, el Hijo de María nos anima para que nuestra sociedad hedonista no nos impulse a olvidarnos de nuestras convicciones religiosas.
(DAN. 9, 24-27). Yo comprendo que Daniel se refiere en su profecía a la asolación de la ciudad santa que llevaron a cabo Tito y Vespasiano en el año 70 de la era cristiana.
(MC. 13, 14-16. CF. LC. 17, 31. MT. 24, 17-18). Jesús advirtió a los habitantes de Judea por mediación de sus amigos íntimos de que no se preocuparan por sus bienes materiales cuando llegara el momento en que Roma castigara a Palestina.
(MC. 13, 17-19. AP. 12, 7-8). San Juan sitúa el breve relato de la batalla del Arcángel San Miguel contra Satanás inmediatamente después de sintetizar la Natividad del Mesías, la vida de su Santa Madre y la aparición de la Iglesia en el mundo. Si la derrota del diablo fue exitosa porque la humanidad ya no tenía ningún acusador en el tribunal de Dios, esta había de atenerse a las consecuencias que significaba el hecho de tener al acusador en la tierra, así pues, al no poder éste conseguir que Dios dejase que la humanidad fuese puesta a prueba a fin de que tuviera la posibilidad de perder la fe como lo intentó Satanás con Job, los hombres habrían de prepararse a sufrir toda clase de vejaciones.
(MC. 13, 20-25. IS. 13, 7-10. CF. MT. 24, 29. LC. 21, 5-6. AP. 6, 12; 16, 18). Podemos constatar cómo los Hagiógrafos sagrados utilizan las escenas terroríficas para demostrarnos que hemos de arrepentirnos de nuestros pecados, antes de que se nos pase el plazo que se nos ha concedido para ello, a pesar de que muchos predicadores no utilizamos la inculcación del miedo para que la gente se aferre a Nuestro Criador, porque pensamos que ello es inadecuado, dado que concebimos las citadas escenas como símbolos que tienen un significado que consiste en que nos acerquemos a Nuestro Padre común, dado que Él puede solventar nuestras carencias.
(AP. 11, 19; 8, 5). Por causa del espacio reducido de que dispongo para editar esta edición de Padre nuestro, es conveniente que estudiemos más lentamente los símbolos de estos y otros textos bíblicos en otra ocasión, ya que merecen ser analizados y comprendidos, pues no encierran en sí la terrorífica visión del infierno que tanto daño les causa a muchos de nuestros hermanos.
El contenido que no debemos olvidar bajo ninguna circunstancia que entresacamos del capítulo 13 del Evangelio de San Marcos es el siguiente: (MC. 13, 31-32).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo. (Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de Nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.
Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que Nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.
Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en que quizás a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.
Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, Nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de Nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a Nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.
En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús escrito por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.
1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.
Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de Nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.
San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró (MT. 27, 51). El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas: (HCH. 16, 31).
El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".
(MC. 13, 1-2. MT. 24, 3). Los futuros Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:
1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.
2. La Parusía o segunda venida del Señor.
3. El fin del mundo.
Era lójico que los futuros Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.
2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 4). Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo tiempo que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias -o Congregaciones- de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.
La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, por ejemplo, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico: (IS. 35, 5). El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer donando dinero gradualmente.
Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis: (AP. 21, 4). La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su descendiente, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.
Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.
(MT. 24, 5). Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.
Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?
(MT. 24, 6-8). Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes denominaciones cristianas creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.
Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.
Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.
Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.
(MT. 24, 9-18). Meditemos sobre las palabras de Nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar.
1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de Nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal -o Católica-, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración: (HCH. 26, 9-11).
2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.
3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.
Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.
4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.
Cuando Jesús hizo alusión a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.
5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de Nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.
6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación (DN. 9, 26-27).
7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de Nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.
Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano: (MT. 24, 19-22).
3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.
Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros, así pues, Nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente: (MT. 24, 23).
Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.
Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera? La religión verdadera es la Católica, porque los Apóstoles de Jesucristo fueron los fundadores de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (CIC. n. 1270).
Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que Nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.
Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que seamos buenos, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.
Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos: (IS. 43, 10). Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa denominación cristiana aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa denominación de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía (IS. 43, 8-12).
El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice: "Vosotros sois mis testigos -esta es la revelación de Yahveh- y el siervo a quien elegí", está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una denominación cristiana, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.
Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación: "Sígueme" (MT. 9, 9), puede suceder que aparezca alguien que cree una secta llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha secta es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.
A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles: (MT. 10, 16).
Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna denominación, o renuncian a la creencia en Dios.
Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:
-"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".
"La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".
-"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".
"¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".
Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.
Debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.
Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida? (MT. 10, 38).
La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 10, 13).
Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es Nuestro Señor y Salvador personal. El hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia -o congregación-, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.
No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia -o pueblo de Dios-. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.
Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia: (TT. 3, 10-11. 1 COR. 12, 12-13. JN. 13, 20. HEB. 10, 23-25. EF. 1, 22-23; 4, 1-6).
Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues Nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo: (MT. 16, 18).
La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo: (MT. 28, 19-20).
La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de denominaciones cristianas, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:
La denominación de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.
La denominación de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.
La denominación de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.
La denominación de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.
La denominación de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.
La denominación de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.
La denominación de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.
La denominación de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta denominación fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la denominación de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.
La denominación de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.
La denominación de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
La denominación del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.
La denominación de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.
La denominación de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.
La denominación de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.
La denominación del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.
La denominación Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a Él como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).
La denominación de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.
La denominación Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.
La denominación Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá quienes unieron dos iglesias decadentes en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para no ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).
La denominación Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.
La denominación de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.
La denominación de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.
La denominación Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.
San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.
Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos: (HCH. 11, 25-26).
San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada "Camino del Señor" (HCH. 22, 4).
En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la "secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.
A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.
La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de Nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.
(MT. 24, 24). ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven? (ROM. 1, 19-21).
¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado? (ROM. 2, 14-15).
Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que Él nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.
(MT. 24, 25-27). Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque Nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.
Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías: (MT. 24, 28).
Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras acciones.
4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.
(MT. 24, 29). Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de Nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.
(MT. 24, 30). Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que Nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos: (DN. 7, 13-14).
Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.
(MT. 24, 31). Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de Nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que Nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en Él, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.
Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de Nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo: (1 TES. 4, 13-14).
(ECL. 9, 5). A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de denominaciones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas denominaciones.
Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a Nuestro Padre común (JOB. 14, 13-15).
Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.
Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos: (1 TES. 4, 15-18. 1 COR. 15, 51-52).
¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?" Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan cuatro mil quinientos millones de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.
El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen a sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.
No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió: (2 TES. 3, 10-11).
5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado "tiempo del fin de este siglo".
5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 32-34). Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre.
5-2. El tiempo del fin del mundo.
(MT. 24, 35-39). Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta: (2 PE. 2, 5). No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.
(MT. 24, 40-45). Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, tanto a los pobres, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de Nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre (MT. 24, 46-51).
Conclusión.
Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, quien convertirá todo nuestro planeta en su Reino. El hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El sermón escatológico de Jesús según San Mateo.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Durante los meses de octubre y noviembre, circulan por Internet, muchos textos de supuestos videntes, que reciben revelaciones, tanto de Dios como de Nuestra Santísima Madre, referentes al fin del mundo. Para saber que el mundo está destinado a ver su fin, no sólo tenemos que leer la Biblia, pues los científicos pueden informarnos de este tema convenientemente. Con respecto a los citados videntes, deseo disculparme ante quienes aceptan las diversas doctrinas que predican, dado que no estoy de acuerdo con dichos predicadores, y no deseo, -bajo ninguna circunstancia-, ofender a sus adeptos.
Una de las razones que justifica el éxito que muchos visionarios cosechan a la hora de anunciar el fin del mundo, es el desconocimiento que los mismos cristianos tenemos de la Palabra de Dios. Algunos siglos antes de que Nuestro Señor naciera, aparecieron algunos libros de género apocalíptico que en su día la Iglesia no vió conveniente que formaran parte del canon bíblico, los cuales informaban con respecto al tema que nos ocupa, utilizando el lenguaje de los símbolos. Como en la Biblia hay textos que también han de interpretarse averiguando el significado de muchos símbolos, dado que la mayoría de los cristianos no sabemos interpretar los mismos, algunos se aprovechan de esta circunstancia, a veces porque llegan a creerse lo que anuncian y lógicamente desean extender sus creencias por todo el mundo, y, otras veces, porque el miedo de los carentes de sagacidad les brinda la oportunidad de enriquecerse económicamente.
Lo que yo escribo en Internet no ha de considerarse como si se tratara de dogmas irrebatibles, así pues, os expongo mis creencias, y vosotros sois libres, ora de aceptarlas, ora de rechazarlas. Dado que vivimos en un mundo en que quizás a veces no somos conscientes de la incomunicación que nos caracteriza, muchos son los que no se dan cuenta de que son captados por religiones manipuladas por gente astuta que, aprovechando lo sensibles que algunos son por su tristeza a recibir abrazos y palabras consoladoras, no se dan cuenta de que les aíslan de sus familiares y amigos, sacándoles así de su entorno social, y arruinándoles económicamente. No es mi pretensión obligaros a abrazar mis creencias, pero, por el bien de vuestras familias y vuestro, os pido que tengáis cuidado a la hora de abrazar una creencia, así pues, no os creáis nada de lo que se os diga sin analizarlo tanto desde el punto de vista de la lógica como desde la óptica de la fe.
Muchos son los cristianos que creen que deben vivir apartados del mundo, como si el mismo fuera enemigo de Dios. Es verdad que en ciertos versículos de la Biblia se habla de ciertas prácticas que sus autores consideraban malas, las cuales no provienen de Dios, pero si el mundo fuera perverso, Nuestro Padre común no nos hubiera dejado en él para que renegáramos de Nuestro criador, echando a perder él mismo su propia obra. La más elemental lógica nos dice que el mundo nos da la oportunidad de crecer a los niveles espiritual y material, de relacionarnos con nuestros prójimos los hombres, y de conocer a Nuestro Criador. Así mismo, cuando en las Sagradas Escrituras se nos informa de que las obras de la carne son pecados, y de que las obras espirituales provienen de Dios, no por ello debemos entender que nuestros cuerpos son malos, dado que por los mismos nos conocemos y tenemos la oportunidad de manifestarnos el amor que sentimos unos por otros.
En esta ocasión, al estudiar el discurso escatológico de Jesús escrito por San Mateo, quiero demostraros que los anuncios referentes al fin del mundo que aparecen en la Biblia no son aterradores, sino todo lo contrario, dado que Dios a través de su Palabra no nos da a entender que va a destruir el mundo, sino que va a transformarlo, para que podamos vivir en una tierra nueva, más allá de nuestras imperfecciones actuales.
1. Jesús profetizó la destrucción del Templo de Jerusalén.
Para los judíos, el Templo de Jerusalén era la sede del poder político y religioso de Israel. Ya que los miembros del primer pueblo de Dios incumplieron la Ley de Moisés, -dado que les era prácticamente imposible cumplir la misma cabalmente-, Jesús profetizó -o predijo- la destrucción del gran edificio que era el centro de adoración nacional de Israel, pues, a partir de que aconteciera su Resurrección, los fieles del Señor, en vez de pensar en adorar al Santo de Israel en la capital de Judea, tenían que pensar en rendirle culto al Todopoderoso en el Templo del cielo, es decir, en la morada de Nuestro Criador. Finalizado el tiempo en que Dios dió por concluida su Alianza (el Antiguo Testamento) con los judíos, el Templo de Jerusalén había de ser destruido, en castigo por la desobediencia al Altísimo del pueblo de Dios.
San Mateo escribió en su Evangelio lo que ocurrió cuando Jesús expiró (MT. 27, 51). El Hecho de que el Templo se rasgara, significa que Dios dió por concluido su Pacto con los judíos. El temblor de tierra y las hendiduras de las rocas denotan el rechazo de la tierra de la muerte de su Creador. La Resurrección del Mesías, significa la firma de un Nuevo Testamento o Pacto, según el cuál, han de cumplirse en nosotros las siguientes palabras bíblicas: (HCH. 16, 31).
El hecho de que nuestra salvación provenga de la fe, y no del hecho de cumplir los preceptos de la Ley de Moisés, no significa que podemos olvidarnos de hacer el bien, dado que un refrán español, dice: "Es de bien nacidos el ser agradecidos".
(MC. 13, 1-2. MT. 24, 3). Los futuros Apóstoles querían que Jesús les instruyera sobre los siguientes temas:
1. La destrucción del Templo de Jerusalén, dado que Jesús les habló de ello antes de ir al monte de los Olivos.
2. La Parusía o segunda venida del Señor.
3. El fin del mundo.
Era lójico que los futuros Apóstoles estuvieran inquietos por el hecho de que Jesús les informara brevemente de que el centro de adoración nacional iba a ser destruido, ya que muchos judíos estaban expectantes, esperando que, alguno de los líderes político-religiosos que se hacían pasar por el Mesías, fuera el verdadero Enviado de Dios, con el fin de que el mismo les liberara del yugo romano. Seguramente muchos creyentes debieron sufrir bastante cuando, después de llegar a aceptar a Jesús como Redentor de Israel, comprobaron que el Hijo de María no se declinaba por luchar contra el ejército romano, pues lo único que deseaba era crear un Reino espiritual, al cuál se le conoce como Iglesia Católica.
2. Señales que precedieron a la destrucción del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 4). Con el deseo de saber lo que le sucederá en un futuro cercano y lejano, mucha gente solicita los servicios de quienes supuestamente tienen el poder de adivinar lo que le sucederá a lo largo de su vida. Es necesario tener cuidado con estos adivinos, ya que, lo único que los tales hacen bien, es cobrar por engañar a sus clientes. Al mismo tiempo que los futurólogos hacen su agosto cuando se les presenta la oportunidad de enriquecerse, algunos líderes religiosos también hacen lo propio, utilizando técnicas psicológicas muy fáciles de descubrir, pero muy aptas para persuadir a quienes padecen por cualquier causa, y necesitan ser consolados. Dichos líderes les hacen creer a sus supuestos hermanos en la fe que han de separarse de sus familiares y amigos, dado que el mundo es malvado, mientras que la gran familia de los adeptos de sus religiones son la verdadera asamblea constituyente del pueblo de Dios, un pueblo que nunca dejará de brindarles el amor ni el apoyo que necesiten por ninguna causa, algo que, en la práctica, nunca es verdad, a menos que ello fomente la imagen de dichas religiones, ante quienes rechazan las mismas, con el fin de convencer a los tales de que son las verdaderas Iglesias -o Congregaciones- de Cristo. Algunas religiones tienen una forma de presionar a sus adeptos tan eficaz, que llegan a despojar a los mismos de todos los bienes que tienen, argumentando que los tales no necesitan sus propiedades, ya que el mundo, -según los citados líderes les hacen creer a sus adeptos-, se acabará de un momento a otro. Casualmente, los citados líderes sí necesitan las propiedades de sus víctimas, porque tienen que correr con los gastos que supone la realización de la obra de Dios, pues la formación de predicadores, el reparto de folletos y dvds, y la mantención de portales de Internet para aumentar el número de los que han de salvarse, supone un coste muy elevado, al cual se añade el coste de la mantención de su elevado tren de vida.
La captación de gente por parte de estas religiones es muy sencilla, así pues, por ejemplo, si ven a un ciego, le leen el siguiente pasaje bíblico: (IS. 35, 5). El pobre ciego, acostumbrado a la soledad que caracteriza su vida, acaba creyendo que vivirá en un mundo en el que Dios le permitirá ver, y acaba formando parte de una nueva familia que, al tenerlo todo el día pensando en lo feliz que será cuando pueda ver, le aligera el bolsillo sin que se percate de ello, dado que no le pide todo su dinero directamente, sino favores que ha de hacer donando dinero gradualmente.
Quienes encuentran a una madre desconsolada por la muerte de su hijo, le leen el siguiente texto del Apocalipsis: (AP. 21, 4). La pobre madre, consumida por el dolor de la gran pérdida sufrida, acaba por creer que verá a su hijo resucitado, no por fe o convicción, sino porque su estado psicológico le impide aceptar la muerte de su descendiente, así pues, le resulta más fácil pensar que volverá a ver al mismo que el hecho de haberlo perdido para siempre, en el caso de que carezca de nuestra fe. La buena señora, a la que se le lee el citado versículo miles de veces, y recibe muchos besos para que se sienta consolada, acaba corriendo la misma suerte que el ciego mencionado anteriormente, con respecto al aislamiento social y su economía.
Los predicadores de estas religiones no consiguen su objetivo en un día, pero, como no tienen prisa, difícilmente no se salen con la suya, dado que hablan con la gente, y, cuando están a solas, toman datos de todo lo que han visto y oído, de forma que acaban sabiendo cuáles son las causas por las que la gente sufre, por lo que buscan en la Biblia versículos que según sus creencias están relacionados con los problemas de quienes les oyen, de tal forma que, sin que los mismos se den cuenta, los van captando lentamente, y, cuando los tales reaccionan, ven que han cambiado de creencias sin habérselo propuesto previamente.
(MT. 24, 5). Efectivamente, existen religiones que han sido creadas para enriquecer a sus líderes, los cuales, astutamente, les hacen creer a sus adeptos que han de vivir y trabajar con sus nuevos familiares y relacionarse únicamente con sus hermanos espirituales, para no incurrir en la negación de la verdad. A tales personas se les prohíbe que se relacionen con sus familiares y amigos, para que no se les haga pensar en los errores que han caído, de manera que, al volver a la rutina que nunca debieron abandonar, echen a perder el trabajo de los líderes sectarios que les captaron.
Por desgracia, una falsa interpretación fundamentalista de los mensajes apocalípticos tanto de la Biblia como de otros libros de género apocalíptico, ha provocado el hecho de que muchos teman que el fin del mundo acontezca de una forma espantosa. ¿Tienen razón los tales en tener miedo con respecto al fin tanto de su vida como al exterminio del mundo?
(MT. 24, 6-8). Aunque muchos expositores bíblicos de diferentes denominaciones cristianas creen que Jesús aludía con las palabras que hemos recordado al fin del mundo, yo, basándome en el texto de los versículos siguientes, creo que Jesús no se refería al citado tema, sino a la destrucción del Templo de Jerusalén, así pues, no debemos olvidar que Roma, -la capital del mundo conocido-, no dejaba de aumentar sus dominios conquistando nuevos territorios, por lo cual tenía que declararles la guerra a los mismos. No debemos olvidar tampoco que, en Palestina, a partir del año en que Tiberio contó a los habitantes de su Imperio con el fin de cobrarles un impuesto para ejecutar obras públicas, la falta de honradez de los publicanos, -los cuales eran los cobradores de impuestos judíos que trabajaban para los colonizadores-, sumió a la gente humilde de la raza del Hijo de María en un estado de pobreza extremo. El llamado resto de Israel en la Biblia, -es decir, el pequeño grupo de judíos que no malograron su fe dejándose arrastrar por los fariseos, los saduceos ni los zelotes, los cuales utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses-, nunca dejó de creer que Dios lo socorrería de su estado actual.
Las calamidades profetizadas por Jesús no significaron la inmediata destrucción del Templo de Jerusalén ni el exterminio total del Judaísmo, ya que Tito y Vespasiano no quemaron la ciudad santa con los judíos que prefirieron morir antes que someterse a sus dominadores dentro de la misma hasta el año 70 de la era cristiana, y, después de que aconteciera este trágico hecho, los fariseos se encargaron de que su religión no desapareciera.
Por nuestra parte, debemos ser muy críticos con el pensamiento de quienes difunden la errónea idea de que en el siglo XX la violencia se ha intensificado a nivel mundial, dado que la profecía de las calamidades anteriormente expuesta siempre se ha cumplido, desde que existe el hombre sobre la haz de la tierra, y desde que aconteció la primera catástrofe natural de la historia de nuestro planeta.
Ayudados del arte de la Hermenéutica, -el cuál nos permite interpretar correctamente toda la Biblia en su conjunto-, podemos deducir, del texto bíblico que estamos meditando, que no hemos de perder la fe, ni por las circunstancias que nos acontecen, ni por las diversas miserias que azotan al mundo, dado que no debemos dejar de creer, que Dios nos salvará, cuando crea oportuno conducirnos a su presencia. Soy consciente de que algunos de quienes carecéis de la fe cristiana podéis decirme que intento engañaros, pero, muy a las malas, no podréis acusarme de que intento ganar dinero al difundir esta idea, dado que nadie puede acusarme, ni de que manipulo su vida como hacen ciertos líderes sectarios con sus adeptos, ni de que le cobro por compartir mi pensamiento con él.
(MT. 24, 9-18). Meditemos sobre las palabras de Nuestro Hermano y Señor que acabamos de recordar.
1. De todos es sabido que, poco tiempo después de que los Apóstoles de Nuestro Señor fundaran la Iglesia Universal -o Católica-, en el país en que vivió Jesús, se inició una gran persecución contra los nazarenos -o seguidores de Jesús de Nazaret-. El mismo San Pablo le dijo al Rey Agripa en su declaración: (HCH. 26, 9-11).
2. La gran persecución contra los cristianos, que no sólo fue llevada a cabo por las autoridades judías, sino que fue apoyada por varios emperadores romanos, tuvo el efecto de que muchos cristianos, temiendo perder la vida, renegaron de su fe, y, para demostrar que se arrepentían firmemente de haber creído en Jesucristo, algunos de ellos, delataron a algunos de sus hermanos espirituales, los cuales fueron encarcelados y asesinados como mártires de nuestra fe.
3. Antes de que Tito y Vespasiano quemaran la ciudad santa, el cristianismo se vio perjudicado por la aparición de falsos profetas, los cuales, en algunos casos eran hombres deseosos de enriquecerse a costa de manipular a los carentes de sagacidad, y, en otros casos, eran impulsores de creencias contrarias al Cristianismo. Como ejemplo, válganos la acción de los judaizantes, de los cuales habla San Pablo en sus Cartas, dado que hicieron todo lo que estuvo a su alcance, con tal de entorpecer la labor apostólica de este y el trabajo de sus colaboradores.
Lógicamente, de la misma manera que en nuestro tiempo muchos -aunque sean cristianos- caen en las redes de las sectas existentes, en el siglo I de nuestra era cristiana, otros tantos cayeron en las trampas que les tendieron quienes pretendieron -y lograron- enriquecerse a costa de los mismos.
4. La persecución desatada contra los cristianos fue tan violenta, que muchos de ellos renegaron de su fe, con tal de conservar, tanto la vida, como sus pertenencias.
Cuando Jesús hizo alusión a quienes se mantuvieran firmes hasta el fin de las pruebas que sus fieles tenían que afrontar y confrontar, diciendo que quienes perseveraran hasta el fin de las mismas salvarían su alma, quiso hacer que sus creyentes no se desanimaran ante las vivencias amargas que les aguardaban. Aunque este no es el momento de explicar el significado redentor del sufrimiento, es importante recordar que el dolor es una fuente tanto de purificación como de santificación para los católicos, dado que el mismo, -si no permitimos que nos debilite psicológicamente-, nos fortalece espiritualmente.
5. El Templo de Jerusalén no sería destruido hasta que el Evangelio fuera anunciado en toda la tierra. Aunque todo el planeta no fue evangelizado antes de que Roma quemara la ciudad santa, todo el Imperio romano oyó hablar de Nuestro Señor, pues, en aquel tiempo, se había cumplido la profecía de Jesús que recordamos anteriormente, con respecto al hecho de que hasta los mismos Apóstoles serían maltratados y asesinados, pues, -como es sabido-, los Santos Pedro y Pablo, -columnas de nuestra Santa Madre Iglesia-, habían muerto en defensa de la fe que profesaban, el primero crucificado, y, al segundo, por ser ciudadano romano, no se le pudo clavar en una cruz, pero se le amputó la cabeza, no por las causas que los judíos le apresaron en Jerusalén, sino por haber cristianizado a algunos familiares del Emperador Nerón.
6. Veamos el texto de la Profecía de Daniel referente a la disposición de los soldados de Tito y Vespasiano que invadieron la ciudad santa, a los que se refirió Jesús, como el ídolo abominable de la devastación (DN. 9, 26-27).
7. En el año 66, Jerusalén estuvo a punto de ser ocupada por el ejército romano, el cuál, de la noche a la mañana, cuando la ciudad se preparaba para ser derrotada, recibió la orden de llevar a cabo una misión diferente. Los cristianos conocedores del aviso de nuestro Señor con respecto a que los judíos abandonaran la ciudad santa y se refugiaran en las montañas con tal de no perecer, obedecieron ciegamente el consejo mesiánico. Seguramente, cuando el ejército romano abandonó Judea, muchos hermanos de raza de Nuestro Señor volvieron a la ciudad santa, mientras que otros tantos permanecieron en los montes, pues, la seguridad de que las palabras del Señor tenían que cumplirse cabalmente, les salvó la vida cuando la ciudad santa fue arrasada por el fuego en el año 70.
Jesús les siguió diciendo a sus Apóstoles con respecto a la ocupación de la ciudad santa por parte de Tito y Vespasiano: (MT. 24, 19-22).
3. Señales que acontecerán antes de que Cristo venga por segunda vez al mundo. La Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo.
Dios ha previsto que su Hijo amado venga por segunda vez a nuestro encuentro para juzgarnos según nuestras acciones y para culminar la plena instauración del Reino de Nuestro Padre común entre nosotros, así pues, Nuestro Señor, sabiendo que la esperanza en su retorno sería el caldo de cultivo utilizado por muchas sectas para arruinar tanto la vida material como la espiritualidad de sus adeptos, les dijo a sus Apóstoles nuevamente: (MT. 24, 23).
Como Jesús fue ascendido al cielo ante la vista de sus Apóstoles cuarenta días después de su Resurrección, tenemos muy claro el hecho de que todos los mesías que desde aquel tiempo han aparecido en la tierra hasta nuestros días, son falsos profetas que han venido al mundo con intenciones dudosas.
Quienes carecéis de fe, -e incluso muchos católicos desconocedores de nuestras creencias-, seguramente os preguntáis: De tantas religiones que existen, ¿cuál de ellas es la verdadera? La religión verdadera es la Católica, porque los Apóstoles de Jesucristo fueron los fundadores de la misma. Los cristianos que nos denominamos discípulos de Jesucristo, no sólo tenemos la obligación de buscar la verdad y vivir inspirados en la realidad de la misma, sino que también tenemos la obligación de proclamar la misma, pues en el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:
"Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23)"". (CIC. n. 1270).
Dado que actualmente en el mundo existen más de 20000 sectas, no todas las que se hacen llamar cristianas pueden denominarse la Iglesia de Cristo, -dado que Nuestro Señor sólo fundó una Iglesia-, y, por lo tanto, todas esas sectas pueden tener sus verdades y razones particulares, las cuales no pueden ser denominadas, -sin mentir-, las verdades ni las razones de Dios.
Las sectas utilizan una serie de trucos muy sencillos de captar por las personas astutas para denominarse falsamente las verdaderas Iglesias de Dios. Para captar estos trucos no es necesario tener conocimientos bíblicos muy avanzados, pues para ello debe bastarnos el hecho de pensar que, el hecho de que seamos buenos, no significa que todo el mundo tiene nuestras mismas intenciones.
Uno de los citados trucos consiste en buscar en la Biblia algún versículo en el que aparezca el nombre de las sectas, así pues, a modo de ejemplo, los testigos de Jehová dicen que su nombre procede de la Biblia, dado que en la Profecía de Isaías, leemos: (IS. 43, 10). Como al principio del citado texto se puede leer: "Vosotros sois mis testigos", los miembros de esa denominación cristiana aprovechan esta casualidad -que no es casualidad- para decir de sí mismos que son la Congregación de Dios. Ahora bien, ¿se refiere el autor de dicho texto bíblico a los testigos de Jehová en su profecía? Fijaos qué forma tan fina tienen los miembros de esa denominación de manipular las Sagradas Escrituras modificando el contexto de las mismas, así pues, comprobadlo vosotros mismos, leyendo los versículos 8-12 del capítulo 43 de la citada Profecía (IS. 43, 8-12).
El pueblo ciego y sordo del que se habla en el versículo 8 del texto que estamos meditando, no es otro que el pueblo del Antiguo Testamento, el cuál fue dispersado de la Tierra prometida a Babilonia, a Egipto y a otros países, por causa de su negativa a vivir sometido a la voluntad de Yahveh. A continuación, -en el versículo 9-, el autor hace constar que ningún pueblo de la tierra fue testigo de los prodigios que Dios hizo en su beneficio, con la excepción de los hebreos. En el versículo 10, cuando Dios dice: "Vosotros sois mis testigos -esta es la revelación de Yahveh- y el siervo a quien elegí", está claro que se refiere al pueblo de Israel, pues no tiene sentido el hecho de que, en un texto en el que se da a entender que Dios favorecerá a los receptores inmediatos del citado mensaje, -que no eran otros que los hebreos-, se haga referencia a una denominación cristiana, que apareció muchos siglos después de que se escribieran los tres rollos de Isaías.
Siguiendo este ejemplo, -y con la intención de clarificar el citado truco de la utilización de los nombres de las sectas para que las mismas puedan afirmar que son las verdaderas iglesias de Cristo-, como Jesús le dijo a San Mateo en su vocación: "Sígueme" (MT. 9, 9), puede suceder que aparezca alguien que cree una secta llamada Sígueme, argumentando que el nombre de la misma está inspirado en el citado versículo bíblico, así pues, el hecho de que el citado nombre aparezca en dicho Evangelio, debe ser un argumento lo bastante convincente como para que los ingenuos desconocedores de la Palabra de Dios caigan en la trampa de creer que dicha secta es la verdadera fundación de Cristo, aunque la misma apareciera hace quince días.
A veces me sucede que mis lectores me riñen ante la insistencia que os pido que seáis astutos, dado que los mismos me dicen que Dios quiere que nos amemos y que por lo tanto confiemos unos en otros, pero, a pesar de ello, fue Jesús, -y no José Portillo Pérez-, quien les dijo a sus Apóstoles: (MT. 10, 16).
Otro truco que utilizan las sectas para engañar a sus adeptos, ha sido descrito en esta meditación, el cuál consiste en confundir las emociones con la verdad, así pues, la verdad de Dios no consiste para los tales en vivir inspirados en las palabras de Jesús, sino en sentir una alegría inmensa, de tal manera que, cuando algunos dejan de sentirse muy contentos en una iglesia pentecostal, se van a otra esotérica donde la novedad del cambio de culto les hace recuperar su falsa alegría, y así sucesivamente van cambiando de iglesia en iglesia, hasta que se quedan en alguna denominación, o renuncian a la creencia en Dios.
Es frecuente escuchar a los pentecostales, a los evangélicos, a los testigos de Jehová y a muchos otros, decir frases como:
-"¡Aquí sí que nos sentimos poseídos por la verdad!".
"La Iglesia Católica jamás proclamó la resurrección de los muertos, de hecho, no conocimos esta verdad tan importante, hasta que nos cambiamos a la religión verdadera".
-"Desde que Dios me bendijo permitiendo que dejara de ser católico, siento una gran alegría, porque ahora sí que sé que Cristo ha resucitado, y que vive dentro de mí. Yo antes iba a Misa todos los Domingos, pero no me enteraba de nada de lo que decía el cura, pero ¡ahora sí que estoy aprendiendo de la Biblia!".
"¡Aquí sí que entran ganas hasta de bailar porque el Espíritu Santo nos llena de su alegría!".
Para estas personas, lo importante, no es el conocimiento y la difusión de la verdad, sino sentirse muy alegres, como si hubieran ingerido alguna droga que les hiciera sentir una felicidad que les permitiera olvidar la gran acumulación de problemas que tienen.
Debemos ser conscientes de que vivimos en un mundo caracterizado por el sufrimiento, así pues, el hecho de no querer enfrentarnos a nuestros problemas para resolverlos en la medida que ello nos sea posible, nos perjudicará, aunque nos neguemos a percatarnos de ello, dado que no hay peor ciego, que el que no quiere ver.
Yo les pregunto a tales cristianos: ¿SE dejó crucificar Jesucristo porque se arrastró por un sentimentalismo momentáneo y estéril, o porque sintió que debía cumplir la voluntad de su Padre, aunque ello le costó la vida? (MT. 10, 38).
La Iglesia de Cristo no es masoquista, pero los hijos de la misma tienen que ser valientes para enfrentarse al sufrimiento cuando tengan que hacerlo, con tal de fortalecerse espiritualmente, pues San Pablo escribió en su primera Epístola a los cristianos de Corinto: (1 COR. 10, 13).
Son muchos los evangélicos que piensan que las iglesias no nos pueden salvar (es cierto que nuestro Salvador es Jesucristo y no la Iglesia, pero no es menos cierto que es muy difícil -pero no imposible- alcanzar la salvación lejos de la fundación de Cristo), indicando que lo verdaderamente importante es creer que Jesucristo es Nuestro Señor y Salvador personal. El hecho de que tales cristianos opinan que la Iglesia de Cristo es espiritual -y por tanto invisible-, capacita a cualquier amante de las riquezas materiales que no sienta ni una pizca de respeto por la humanidad, para que funde su propia iglesia -o congregación-, para que así empiece la aventura de enriquecerse a costa de un negocio en el que todos los ingresos son bienes gananciales que no habrá de declarar ante muchos estados, ya que, al actuar teóricamente como una O. N. G., estará exenta de pagar impuestos.
No es cierto el hecho de que la Iglesia es totalmente invisible, dado que los cristianos que estamos en este mundo somos miembros de la verdadera Iglesia -o pueblo de Dios-. La Iglesia es humana y divina al mismo tiempo, dado que Dios nos da la oportunidad de perfeccionarnos al ser miembros activos de la misma.
Veamos algunos consejos sabios que San Pablo les daba a sus lectores, para que los mismos no se apartaran de la Iglesia: (TT. 3, 10-11. 1 COR. 12, 12-13. JN. 13, 20. HEB. 10, 23-25. EF. 1, 22-23; 4, 1-6).
Jesucristo fundó una sola Iglesia, pues Nuestro Señor le dijo al primer Papa de la misma, cuando éste le reconoció como Mesías, bajo la inspiración del Espíritu Santo: (MT. 16, 18).
La Iglesia de Cristo, -la cuál es el fundamento del Reino de Dios en la tierra-, nunca será exterminada, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles antes de ser ascendido al cielo: (MT. 28, 19-20).
La Historia es testigo de que la Iglesia Católica es la verdadera fundación de Cristo, dado que es la más antigua de todas las que existen, así pues, os presento un listado de denominaciones cristianas, junto a los nombres de sus creadores/as y el año de fundación de las mismas, ordenado según la antigüedad de cada una:
La denominación de la Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo en Galilea en el día de Pentecostés del año 33.
La denominación de los Luteranos fue fundada por Martín Lutero en el año 1531.
La denominación de los Calvinistas fue fundada por Juan Calvino en el año 1533.
La denominación de los Anglicanos fue fundada por Enrique VIII en el año 1534.
La denominación de los Presbiterianos fue fundada por John Knox en el año 1560.
La denominación de los Bautistas fue fundada por John Smith en el año 1611.
La denominación de los Rosacruces fue fundada por Valentín Andrea en el año 1614, y fue especialmente impulsada en Alemania por Max H. en el año 1880.
La denominación de los Metodistas fue fundada por John Wessley en el año 1791. En esta denominación fue instruido Charles Taze Rusel, quien fundó la denominación de los Testigos de Jehová, después de que un ateo le hiciera perder la fe.
La denominación de los Adventistas fue fundada por William Miller en Usa en el año 1818.
La denominación de los Mormones fue fundada por Joseph Smith en el año 1830, y su nombre oficial es: Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
La denominación del Espiritismo fue fundada por la familia Fox en el año 1848.
La denominación de los Sabatistas fue fundada por Hellen G. White en el año 1863.
La denominación de los Adventistas del Séptimo Día fue fundada por Elena White en el año 1863.
La denominación de los Testigos de Jehová fue fundada por Charles Taze Russel en el año 1876.
La denominación del Ejército de Salvación fue fundada por William Booth en el año 1878.
La denominación Ciencia Cristiana fue fundada por Mary Baker en el año 1879. (No hay que tener muchos conocimientos de Historia Sagrada para saber que Cristo no les permitió a sus seguidoras que predicaran ni les concedió ningún privilegio a las mujeres que les servían con sus bienes tanto a Él como a sus Apóstoles y discípulos, según creo, para evitar que fueran maltratadas por la sociedad machista de los judíos, así pues, las religiones fundadas por mujeres, tienen una enorme garantía de que son falsas, no sólo desde el punto de vista católico, sino hasta desde la óptica de la Historia de un modo demasiado evidente para ser disimulado).
La denominación de los Pentecostales fue fundada por varios personajes en el año 1901, y fue promovida en Usa en el año 1905.
La denominación Asamblea de Dios fue fundada por varios personajes en el año 1915.
La denominación Evangélica fue fundada por varios personajes en Panamá quienes unieron dos iglesias decadentes en el año 1916. (No hace falta tener nociones de Historia considerables para no ignorar que la verdadera Iglesia de Cristo se fundó en Palestina).
La denominación Luz del mundo fue fundada por Joaquín Aaron en el año 1926.
La denominación de los Niños de Dios fue fundada por David Berg en el año 1950.
La denominación de la Iglesia de la Unificación fue fundada por Sun Myung Moon en el año 1954.
La denominación Iglesia Universal fue fundada por Edir Macedo en el año 1970.
San Ignacio, -un célebre Obispo de Antioquía-, aproximadamente, hacia el año 100, les escribió una carta a los cristianos de Esmirna, en la cuál, puede comprobarse, que, este santo, fue uno de los primeros personajes de la Historia de la Iglesia de Jesucristo, que dijo que la misma es Católica.
Veamos algunos de los nombres con que inicialmente se conoció a los cristianos, tanto entre los judíos como entre los paganos: (HCH. 11, 25-26).
San Pablo dijo en cierta ocasión que la Iglesia era llamada "Camino del Señor" (HCH. 22, 4).
En Hch. 24, 5, se dice de San Pablo que éste Apóstol de nuestro Señor llegó a "ser el cabecilla de la "secta de los nazarenos", otro de los nombres con el que se conocía a los seguidores de Jesús el Nazareno.
A pesar de la utilización de los citados nombres con que se conocía a los cristianos y de otras denominaciones, el término Católico fue más estimado que los demás, dado que pretende unificar las creencias de todos los habitantes de la tierra de todos los tiempos.
La última prueba que os puedo dar de la autenticidad de la Iglesia Católica es la sucesión apostólica, dado que en la misma no se tiene la costumbre de romper los escritos ni de olvidar a los dirigentes anteriores como se hace en muchas religiones. Desde que San Pedro murió, -a pesar de las dificultades que nunca le han faltado a la fundación de Nuestro Señor-, hasta nuestros días, nunca le ha faltado a ésta un sucesor de San Pedro que la guíe inspirado por el cumplimiento de la voluntad de Dios, muy a pesar de los errores que algunos de los mismos hayan podido cometer, dado que han sido tan humanos e imperfectos como lo somos nosotros.
(MT. 24, 24). ¿Puede deducirse del texto del primer Evangelio que estamos meditando que Dios no ha dispuesto que todos los hombres de todos los tiempos se salven? (ROM. 1, 19-21).
¿Quiénes son más malvados, los transgresores de la Ley de Moisés que conociendo la misma la incumplen, o quienes, sabiendo que hacen lo que no es correcto según su conciencia, no evitan el pecado? (ROM. 2, 14-15).
Dios quiere que todos nos salvemos, pero a nosotros nos corresponde el hecho de tomar la decisión de estar de su parte o de rechazarle. Es cierto que no podemos comprender claramente ni los misterios ni la forma de proceder de Dios siempre que lo intentamos, pero, si sabemos que Él nos ama y que no nos hace sufrir con tal de divertirse a costa de nuestra impotencia, ello nos bastará, tanto para conocerle mejor, como para gozar de la salvación.
(MT. 24, 25-27). Los judíos partidarios de quienes utilizaban la religión para conseguir alcanzar sus intereses nunca aceptaron a Jesús como Mesías, no sólo porque Nuestro Señor contradijo sus creencias consiguiendo así que los mismos le ejecutaran, sino porque estos creían que el Mesías no tenía que nacer de una mujer, sino que había de aparecer repentinamente en Palestina, para liberar a su pueblo del yugo romano.
Jesús nos ha dicho que sólo una señal es indicativa de su Parusía o segunda venida, la cuál consiste en que muchos cristianos conocedores en gran manera del Evangelio, apostatarán conscientemente, creando religiones falsas, y haciendo que los fieles de Dios abandonen su Iglesia. La culpa de quienes abandonen el rebaño del Buen Pastor, será pagada, tanto por quienes les engañaron, como por los hijos de la Iglesia que nunca les demostraron cómo han de portarse los cristianos veraces. Sin embargo, aquellos que son conscientes de que utilizan la fe cristiana con intereses particulares, -y, muy especialmente, quienes son muy conscientes de lo que hacen, dado que manipulan el Evangelio sin haber sido engañados-, vivirán el dicho del Mesías: (MT. 24, 28).
Cuando Jesús juzgue a la tierra en el tiempo que un relámpago tarda en cruzar el planeta del Oriente al Occidente del mismo, todos seremos recompensados en conformidad con nuestras acciones.
4. El tiempo de la segunda venida de Jesús.
(MT. 24, 29). Jesús hace referencia al hecho de que el universo saludará a su Creador cuando acontezca la venida de Nuestro Señor, y se le entregará al mismo para ser transformado, dado que, -simbólicamente-, la maldad de los hombres marcó al mundo con su pecado, y el Hijo de Dios purificará a éste, por medio de la transformación del mismo, simbolizada por la mencionada catástrofe.
(MT. 24, 30). Aunque estamos prescindiendo del estudio de la relación de perícopas que nos sería necesario llevar a cabo para aprender todo lo que Nuestro Señor transmitió en su sermón escatológico, -dado que en esta ocasión el mensaje principal que deseo transmitiros consiste en que no os traicionéis a vosotros mismos volviéndoles la espalda a Dios, a Jesús, a María santísima, a la Iglesia, a vuestros familiares y a vosotros mismos negándoos la oportunidad de ser felices sirviendo a gente inteligente pero carente de bondad-, para comprender el significado del símbolo del Hijo del hombre, nos es imprescindible consultar nuevamente la Profecía de Daniel, en la cuál, leemos: (DN. 7, 13-14).
Si la venida del Hijo del hombre ha de ser vista como un signo de alegría, si tenemos en cuenta que Cristo vendrá nuevamente al mundo a eliminar las miserias que caracterizan nuestra vida, ¿cuál es la razón por la que los habitantes del mundo prorrumpirán en llanto inconsolable? Aunque demasiado tarde -si consideramos que los enemigos de Cristo no podrán remediar lo que hicieron al asesinar al Creador de la vida-, todos los que hicieron el mal de alguna forma a lo largo de su existencia, se darán cuenta de la gravedad de sus pecados, y sentirán que son insignificantes ante la grandeza del Dios de la gloria.
(MT. 24, 31). Imitando la costumbre de los antiguos hebreos que al son de la trompeta convocaban al pueblo para reunirlo en asamblea, y también a la semejanza de la actuación de los antiguos Jueces de Israel que al son de la trompeta anunciaban que iban a dictar sus sentencias, Jesucristo reunirá a sus elegidos para conducirlos a la presencia de Nuestro Padre común, antes de castigar a quienes merezcan ser purificados, pues, dado que considero que el infierno es la contradicción de Dios, no puedo creer que Nuestro Padre común rechazará a nadie, aunque, -por otra parte-, sé que muchos no creerían en Él, ni aunque lo tuvieran delante corporalmente, los cuales no se dejarán glorificar.
Aunque el mensaje principal de este breve estudio bíblico consiste en insistiros para que os cuidéis de las prácticas sectarias que se extienden por el mundo, a todos nos gustaría saber cómo será la segunda venida de Nuestro Hermano y Señor, así pues, atendamos, -nuevamente-, a San Pablo: (1 TES. 4, 13-14).
(ECL. 9, 5). A pesar de que la creencia en la resurrección de los muertos aparece manifiesta en los dos Testamentos en que se divide la Biblia, existen líderes de denominaciones que se hacen llamar cristianas, que les hacen creer a sus adeptos que el alma humana no existe, y que cuando la gente fallece, desaparece cuando su cuerpo se corrompe en el sepulcro, de manera que de los tales sólo queda el recuerdo en la mente de Dios, el cuál les resucitará, -al final de los tiempos-, para juzgarles, y premiarles, no según sus obras, sino si aceptan serles sumisos a los líderes de dichas denominaciones.
Por si les enseñáis este texto a algunos líderes sectarios, -aunque ello no les servirá de nada a los tales, porque tienen preparada una enorme relación de textos para embaucaros, que haría de este estudio un texto muy pesado-, os dejo una prueba de la creencia en la resurrección de los muertos y de la existencia del alma humana, no de un judío, sino de un gentil llamado Job, -para que no os engañe nadie-, el cuál reflexionó en los siguientes términos, mientras le hablaba a Nuestro Padre común (JOB. 14, 13-15).
Si en el texto paulino que estamos meditando hemos leído que Dios ha de llevarse consigo a los que han muerto creyendo en Jesús, entendemos que cuando morimos no dejamos de existir, por más que nuestra razón sea incapaz, primero de aceptar la existencia del alma humana -dado que este hecho no es demostrable científicamente-, y de explicar la existencia de la misma fuera del cuerpo, con el que, -según nuestra fe universal-, forma un todo.
Antes de seguir meditando el fragmento de la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que nos ocupa, hemos de recordar que, el citado Apóstol, vivió cierto tiempo creyendo que el mundo estaba a punto de ser transformado, así pues, San Pablo les escribió a los citados cristianos: (1 TES. 4, 15-18. 1 COR. 15, 51-52).
¿Qué significa la expresión: "SE acerca el tiempo del fin?" Esta expresión no significa que estamos a punto de ser transformados a la imagen y semejanza de Dios, así pues, según los científicos, a nuestro planeta le quedan cuatro mil quinientos millones de años de vida antes de que el sol lo arrase, lo cuál os digo como dato curioso, pues no sabemos cuándo vendrá Jesús a juzgarnos, si lo hará hoy mismo, o si lo hará cuando el sol arrase nuestro mundo, aunque este hecho contradeciría a San Pablo, dado que, de suceder esto, no quedaría nadie vivo en el mundo para ser transformado en un abrir y cerrar de ojos, para salir por los aires al encuentro del Señor como un resucitado perfecto, una vez superada su humana imperfección.
El mensaje contenido en la primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses que hemos meditado, -en contra de la voluntad del autor de la misma-, provocó que algunos cristianos dejaran de desempeñar sus obligaciones, y vivieran ociosamente, pensando que el mundo estaba a punto de acabarse. De esta forma también viven actualmente los creyentes de muchas sectas, los cuales olvidan sus obligaciones y a sus seres queridos, y viven obsesionados con la lectura de la Biblia completa -por más que la mayoría de ellos no se enteran de lo que leen-, por lo cuál siempre viven dándoles vueltas a un reducido número de textos bíblicos, sobre los cuales fundan sus escasas creencias, olvidando que lo importante no es que se sepan la Biblia de memoria, sino que sepan interpretar el contenido de la misma, y que lo apliquen a sus vivencias ordinarias, haciendo todo el bien que esté a su alcance.
No quiero ser yo quien extienda la idea de que debemos abandonar nuestros trabajos pensando que el mundo no es eterno, así pues, San Pablo les escribió a los Tesalonicenses en la segunda Carta que les envió: (2 TES. 3, 10-11).
5. Consejos útiles, tanto para quienes vivieron en el tiempo anterior a la destrucción del Templo de Jerusalén, como para quienes vivimos en el llamado "tiempo del fin de este siglo".
5-1. El tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén.
(MT. 24, 32-34). Aunque Jesús no predijo el año exacto en que aconteció la ruina de Jerusalén, sí dijo que la misma acontecería en el siglo I de la era cristiana, dado que, si suponemos que una generación puede durar cien años, las palabras del Hijo de María son aceptables, dado que Jerusalén fue ocupada por el ejército romano, 37 años después de que aconteciera la muerte del Hijo del hombre.
5-2. El tiempo del fin del mundo.
(MT. 24, 35-39). Al igual que sucede en nuestro tiempo y ocurrió en el tiempo de la ruina del Templo de Jerusalén, en el tiempo de Noé, la gente vivía sin obedecer a Dios. San Pedro escribió en su segunda Carta: (2 PE. 2, 5). No se puede decir que la gente del tiempo de Noé era desconocedora del designio salvífico de Dios, dado que San Pedro nos hace entender que Noé, al mismo tiempo que construyó el arca en la que se salvaron sus familiares y él de la muerte, se dedicó a prevenir a la humanidad, con el fin de que, al arrepentirse de sus pecados, no pereciera ahogada por causa del diluvio universal. No podemos acusar a Dios de que es tan asesino como podemos serlo nosotros, pues El no puede (mejor dicho, no quiere) obligarnos a aceptar lo que deseamos rechazar, con el fin de no privarnos de la libertad de decidir lo que queremos que nos dotó en el tiempo de nuestra creación.
(MT. 24, 40-45). Jesús nos dice que, antes de que acontezca su venida, nos ocupemos de alimentar, -tanto a nivel material como a nivel espiritual-, tanto a los pobres, como a quienes deseen conocer nuestra fe. Esta petición de Nuestro Señor, es tan válida para los religiosos, como para los laicos, dado que todos somos hijos de un mismo Padre (MT. 24, 46-51).
Conclusión.
Tanto la Biblia como los científicos nos informan de que el mundo no permanecerá siempre como está en nuestros días. Por nuestra fe, sabemos que el mundo va a ser transformado por Dios, quien convertirá todo nuestro planeta en su Reino. El hecho de que el mundo va a ser transformado, no ha de producirnos miedo, sino que, al contrario, es esperanzador para nosotros, lo cuál no indica que hemos de vivir mirando al cielo, dejando de cumplir nuestras obligaciones, pues es preciso, -tanto para nuestros familiares como para nosotros-, que no vivamos ociosamente, ya que, como cristianos, tenemos mucho que hacer en nuestro entorno social, y algunos en muchos lugares.
Que Dios os colme de bendiciones.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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