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Dios ama a sus Santos. (Meditación de la primera lectura de la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   1. Dios ama a sus Santos.

   Meditación de AP. 7, 2-4. 9-14.

   El libro del Apocalipsis es el último volumen de la Biblia, y fue escrito en el último lustro del siglo I. Dado que en aquellos años los cristianos eran perseguidos por el Imperio Romano, el citado libro fue redactado en clave simbólica, de manera que pudiera ser entendido por sus lectores, y no por los detractores de los mismos.

   ¿Por qué muchos cristianos prefirieron ser maltratados e incluso asesinados en lugar de renegar de Dios? Los seguidores de Jesús pensaban que eran emigrantes que estaban de paso en este mundo, y que se disponían a vivir en el Reino de Dios, cuya plena instauración aguardaban. Bajo esta perspectiva, el mundo era malo para ellos, porque despreciaba a la Divinidad Suprema, y, los perseguía. Esta introducción se hace necesaria para comprender el texto de la primera lectura que estamos considerando, porque aparece a continuación de que fuera abierto el sexto sello, lo cual provocó que se ejecutara un terrible juicio contra el mundo por causa de los pecados de la humanidad, del que fueron librados los creyentes, que estaban simbolizados, tanto por los ciento cuarenta y cuatro mil marcados en la frente, como por la muchedumbre incontable, que aparecen en el texto que estamos considerando (AP. 6, 12-17).

   Los judíos persiguieron a los cristianos acusándolos de ser herejes. En el tiempo en que se escribió el Apocalipsis, los seguidores de Jesús judíos, habían sido expulsados de las sinagogas, lo cual significaba que eran mal vistos por sus hermanos de raza. Las palabras utilizadas en la consagración de las especies eucarísticas ("este es mi Cuerpo" y "esta es mi Sangre", al no ser creídas, se convirtieron en la excusa perfecta para acusar gravemente a los seguidores del Mesías, de practicar el canibalismo, la celebración del ágape (el banquete con que se iniciaban las celebraciones eucarísticas) y la costumbre de darse el beso de la paz, dieron lugar a acusaciones de inmoralidad sexual, y la literatura apocalíptica, por augurar el triunfo de Dios sobre los enemigos de los cristianos, fue el motivo por el que, los seguidores del Señor, fueron acusados de ser sediciosos.

   Dado que los cristianos tenían la esperanza de que Dios triunfaría sobre sus enemigos, antes de concluir la plena instauración de su Reino en el mundo, veían las persecuciones a que eran sometidos como pruebas que vivían para fortalecer su fe, pues, si las superaban, ello los haría dignos de vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando concluyera la plena instauración de su Reino entre sus fieles. Esta es la causa por la que muchos cristianos morían profesando su fe, adorando a Dios, e incluso perdonando a sus asesinos.

   Cuando fue abierto el citado sexto sello, los habitantes de la tierra desearon ser aplastados por los montes, antes que ser juzgados por Dios y Jesús, representados por el Anciano de días y "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (JN. 1, 29). Cuando parecía que nadie tendría salvación, cuatro ángeles detuvieron la acción que tenían que ejecutar los vientos del norte, el sur, el este y el oeste sobre la tierra, hasta que Dios marcara a los miembros de su pueblo, librándolos así, de sucumbir bajo el efecto del castigo, que sufrirían, quienes rechazaran a Dios.

   ¿Hemos vivido alguna situación de enfermedad, pobreza o desprecio en que creímos perderlo todo, y sentimos que Dios nos socorrió un instante antes de que la más cruel derrota nos afectara para siempre?

   De la misma manera que el sello de un libro identifica al mismo y protege su contenido, Dios sella a sus elegidos identificándolos como su propiedad personal (no como inmuebles, sino como hijos amados), y les garantiza a los tales la salvación eterna. Aunque en esta vida no estamos privados de sufrir, si nos mantenemos unidos a Dios mediante el estudio de su Palabra, la práctica de la oración, y el ejercicio constante de la caridad, no habrá nadie ni nada, que pueda impedirnos, vivir en la presencia, de Nuestro Padre común, cuando concluya la plena instauración de su Reino, entre nosotros.

   (EF. 1, 13-14). Hemos sido sellados con el Espíritu Santo de Dios, así pues, no permitamos que se nos debilite la fe, y vivamos como buenos hijos de Nuestro Santo Padre, para que seamos dignos de vivir en su presencia, cuando nuestra tierra sea su Reino de amor y paz.

   En el Apocalipsis se nos habla de dos marcas, la primera de las cuales es el sello con que se marca a los creyentes en Dios en la frente, y, la segunda, es la marca de la bestia, es decir, la pertenencia a la Roma perseguidora de los cristianos. La primera marca separa a los fieles de Dios de quienes reciben la segunda marca, pues los últimos representan a quienes rechazan a Dios, y, por consiguiente, son seguidores del Demonio (el dragón que aparece en AP. 12), por cuanto persiguieron al pueblo de Dios, y propagaron prácticas contrarias al cumplimiento de la voluntad divina.

   Nos es necesario comprender de qué manera podemos sentirnos protegidos al haber sido sellados con el Espíritu Santo. No estamos protegidos del sufrimiento físico ni de ser heridos psíquicamente, pero tenemos asegurada la salvación de nuestra alma, si no nos separamos de Dios. Independientemente de nuestros defectos y caídas, y de lo que nos acontezca, jamás seremos abandonados por Nuestro Santo Padre.

   Ya que la muchedumbre de que se nos habla en el texto que estamos considerando aparece vestida de blanco -lo cual indica su pureza- y con palmas en sus manos -indicando su martirio y posterior glorificación-, unos intérpretes de la Biblia dicen que se compone de los Mártires de la fe, y otros expositores, afirman que se compone de todos los redimidos por la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús. En lo que a nosotros respecta, preocupémonos de permanecerle fieles a Dios, en lugar de pensar en qué grupo de fieles estaremos, pues, ya que todos los hijos de Yahveh tienen la misma dignidad de hijos, lo importante no es el grupo de fieles en que estaremos, sino no dejar jamás de profesar la fe que nos caracteriza.

   Hay quienes quieren ser librados de sus pecados, ora haciendo el bien, ora culpando a otros del mal que han hecho, o meditando la Biblia. La multitud que aparece en el texto que estamos considerando, manifiesta que la salvación es de Dios Padre (el Anciano sentado en el trono) y de Jesucristo (el Cordero divino). En la medida que creamos esta realidad proclamada por la citada muchedumbre, seremos limpios de nuestros pecados.

   Dado que las tribus de Israel fueron doce, y los Apóstoles de Jesús también fueron doce, puede suceder que, los veinticuatro ancianos que aparecen en la primera lectura que consideramos en esta ocasión, representen a los fieles a Dios del Judaísmo y el Cristianismo. Tales ancianos pueden representar a la humanidad redimida.

   Los cuatro seres vivientes, representan a los cuatro Evangelistas.

   Hay quienes creen que la tribulación mencionada en la primera lectura de hoy hace referencia a los sufrimientos de los cristianos de todos los tiempos, y quienes piensan que hace referencia a un tiempo específico de intensos padecimientos. Tal símbolo fue interpretado certeramente por los primeros lectores del Apocalipsis, pero, quienes vivimos en tiempos posteriores, no podemos hacer más que conjeturas, sin poder interpretarlo con exactitud científica. Independientemente del significado de dicha tribulación, pensemos que Dios acogerá en su presencia a quienes, aunque sufran mucho, no perderán la fe en Él.

   Los miembros de la multitud no se salvaron por causa de sus sufrimientos, sino porque blanquearon sus túnicas con la Sangre del Cordero. No se puede blanquear la ropa con sangre, pero sí se puede quitar el color de la sangre de las almas pecadoras, para que luzcan el blanco radiante, que simboliza la plenitud de la pureza.

   Todos los días nos alegramos celebrando el hecho de que han existido Santos que han servido a Nuestro Padre común en sus hijos los hombres sin reservas. Hoy no solo nos acordamos de los Santos canonizados por la Iglesia, pues tenemos presentes a todos los cristianos que, a lo largo de los casi dos milenios de existencia de la Iglesia, profesaron su fe admirablemente. Los méritos de tales Santos no fueron reconocidos humanamente porque los mantuvieron en secreto, lo cual nos sirve de ejemplo a seguir, para no luchar para obtener la aprobación de los hombres, sino para servir a Dios en sus hijos, desinteresadamente, sin preocuparnos del premio que vamos a conseguir por ello, porque, Nuestro Santo Padre, no nos desamparará, y recompensa a sus leales siervos.

joseportilloperez@gmail.com

Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.

    Estimados hermanos y amigos:

   A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.

   Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

   Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?

   De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.

   Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.

   Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.

   Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.

   Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...

   Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.

   Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.

   Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.

   Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.

   Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

    Meditación.

   1. Personalmente considero a Jesucristo más como a un laico comprometido con el anuncio del Evangelio que como a un sacerdote con rasgos paracientíficos, al que la gente le dispensa una gran dosis de miedo. No niego la realidad del sacerdocio de Jesús. Nuestro Señor, siendo el más poderoso de todos los hombres de todos los tiempos, tuvo a bien hacerse servidor de todos nosotros. Si consideramos el halo de sobrenaturalidad que hemos ceñido sobre Jesús, no es extraña la consideración que hicieron los docetas en su tiempo, según la cual, Nuestro Señor pudo enfrentar su Pasión y muerte, porque su Cuerpo, al ser puro, no podía sentir el dolor de los tormentos que le aplicaron sus verdugos.

   2. Jesús es el Maestro de la abnegación. La mayoría de las lectoras de este texto saben lo que significa el término con el cual estamos meditando la forma en que Nuestro Hermano Jesús se puso a nuestra disposición para enseñarnos que el amor es más fuerte que el dolor. A pesar de que cada día nuestra sociedad está más ambientada al materialismo egoísta, aún quedan en el mundo muchas personas que, desde el anonimato, viven para amar a sus prójimos, y para dispensarse a sí mismas grandes dosis de amor, independientemente de que sean cristianas.

   Jesús sobrevivió a su lento martirio porque no quería ser un Dios solitario, dado que Nuestro Hermano deseaba hacer de nosotros una incontable muchedumbre de dioses, hombres y mujeres capacitados para vencer todas las actitudes y dolencias que nos hacen sufrir de alguna forma.

   3. Los futuros Apóstoles del Mesías no podían comprender cuál era la razón por la que Jesús vino al mundo. La mujer de Zebedeo junto a sus hijos, quiso asegurar el porvenir de sus descendientes, pidiéndole a Jesús que pusiera a su prole junto a sí en el Reino de Dios. Jesús les dijo a aquellos dos hombres que en el Reino de Dios los privilegios existentes son iguales para todos los hombres, y que la sabiduría de los Santos consiste en servir a sus prójimos, para enseñarles a ser artífices de la donación.

   Los demás discípulos, al saber de las intenciones de sus compañeros, sospecharon que estos querían adelantárseles para tener para sí los más apetecibles dones divinos, y se revelaron contra los zebedeos.

   4. (MC. 8, 34). ¿Por qué tenemos que contemplar nuestras debilidades para seguir a Jesús, si en el mundo sólo necesitamos dones para triunfar?

   Hermanos y amigos:

   Las virtudes y la formación científica pueden ayudarnos a cosechar grandes éxitos, pero, ¿alcanzaremos la felicidad obteniendo de Dios  logros que puedan mejorar nuestra posición social? Para nosotros es importante tener un buen estado social, pues ello contribuye a asegurarnos la salud, el dinero y el amor más hipócrita que jamás se haya conocido a lo largo de la Historia.

   ¿Qué debemos hacer para alcanzar la felicidad?

   ¿Seremos felices teniendo un buen coche, varias viviendas, ropa de marca, y amores y amigos que nos usen para alcanzar sus propósitos?

   Las sentencias de Jesús son muy duras para ser oídas, así pues, los fariseos de todos los tiempos, se caracterizan porque se creen santos porque dicen que no pueden Oír a quienes critican el dogmatismo eclesial, pero ellos son los primeros que se niegan a manifestar ante Dios y su Iglesia su debilidad.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   La sentencia que pronunció Jesús con respecto a la entrada de los ricos en el Reino de Dios, extrañó mucho a los futuros Apóstoles. Los dueños de este mundo son los poderosos, quienes tienen mucho dinero, los grandes conocedores de las ciencias que se han desarrollado por la gracia de Dios y el esfuerzo de las personas que se han entregado al estudio y promoción del conocimiento de las mismas.

   ¿Por qué dijo Jesús que los ricos difícilmente podrían entrar en el Reino de Dios? Antes de contestar esta pregunta, hemos de recordar que en el lenguaje bíblico, el término "rico" designa a las personas que no tienen en cuenta a sus prójimos, los que creen que son superiores a los demás. Este es el caso de los fariseos del tiempo de Jesús, los mismos que le causaron un gran sufrimiento al Señor, aquellos que se esforzaron para impedir la extensión de la Iglesia naciente.

   El Reino de Dios es de los pobres, de las personas que son tan humildes y sencillas como los niños. Los pobres espirituales, independientemente de su bienestar económico y de su estado social, están abiertos a la posibilidad de servir a Nuestro Padre y Dios en sus prójimos.

   Vamos a pedirle a Nuestro Padre y Dios que nos inculque su sabiduría o sapiencia divina para que podamos entender las dudas con respecto a nuestra existencia que han atormentado a muchos hombres a lo largo de la Historia.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre. (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El amor de Jesús nos congrega en la presencia del Padre.

   En la noche en que Nuestro Hermano y Señor cenó por última vez con sus futuros Apóstoles antes de ser entregado por Judas Iscariote a sus enemigos, el Mesías les dijo a sus seguidores muchas cosas importantes, de las cuales vamos a recordar el distintivo que ha de hacer que quienes no aceptan nuestra fe nos conozcan (JN. 13, 34-35).

   ¿Qué significa para nosotros el hecho de amarnos unos a otros de la misma manera que Nuestro Señor nos amó, hasta el punto de morir para demostrarnos que la Santísima Trinidad nos ama?

   Si nos amamos de la misma manera que Jesús nos amó, ello significa que hemos de anteponer, -en la medida de lo posible-, las necesidades de nuestros prójimos a las nuestras, así pues, San Pablo nos dice las palabras que leemos en FLP. 2, 1-5.

   Si por razones comprensibles y aceptables no damos el paso de considerar las necesidades de nuestros prójimos como superiores a las nuestras, -especialmente si tales prójimos no viven bajo nuestro techo-, hemos de sentir un gran respeto por quienes, inspirados por la vivencia de su fe ejemplar, se aplican las palabras de Jesús que leemos en JN. 15, 13.

   Dado que gracias a Dios todos los cristianos no estamos destinados a morir como mártires, entiendo que hemos de vivir nuestra fe a partir del estado actual de vida que nos caracteriza, pues San Pablo les escribió a los cristianos de Galacia, las palabras que leemos en GÁL. 6, 1-2.

   San Pablo nos dice que, como hijos espirituales de Dios que somos, debemos corregir a quienes cometen errores. Supongamos que una adolescente que está a favor del aborto se une a un grupo de jóvenes católicos, porque, aunque difiere en la citada creencia con respecto a los mismos, le atrae la forma en que sus nuevos amigos se relacionan entre sí. Quizás habría quien se mostrase en desacuerdo con el hecho de que tal adolescente se relacionase con los jóvenes católicos siendo defensora de la práctica del aborto, pensando en evitar la posibilidad de que haga que sus nuevos amigos abracen su creencia. En este caso, los educadores católicos de los citados cristianos, deberían velar permanentemente por la fe de los tales, y deberían de acoger con amor y respeto a la citada adolescente, pues quizás, sin percatarse de ello, con el paso del tiempo, al acostumbrarse al hecho de dejarse guiar por la voz del Señor, y al comprender lo importante que es el respeto a la vida humana, ella aceptaría nuestras creencias, pero, si esta adolescente, desde el primer momento que se une a los miembros del grupo católico que acaba de conocer, tiene la seguridad -o la sensación- de que la están satanizando porque quieren forzarla a compartir una creencia que rechaza, se le hará perder la oportunidad de conocer al Señor.

   San Pablo nos ha dicho claramente que no satanicemos a quienes no comparten nuestras creencias y que seamos compasivos y comprensivos con aquellos de nuestros hermanos de fe que cometen errores, porque todos los seres humanos, a lo largo de nuestra vida, estamos expuestos a la posibilidad de equivocarnos muchas veces. Antes de tachar como pecadores a quienes no comparten nuestras creencias o desde nuestro punto de vista cometen errores, deberíamos pensar en la forma en que nos gustaría ser tratados si nos equivocáramos en nuestra forma de proceder, ateniéndonos a las palabras de nuestro Hermano y Señor contenidas en MT. 7, 12.

   Jesús les dijo a sus futuros Apóstoles en Cesarea de Filipo, las palabras contenidas en MT. 16, 24. Según las anteriores palabras de Nuestro Maestro, si queremos ser discípulos del Mesías, es decir, si queremos ser cristianos practicantes, hemos de dar tres importantes pasos:

   1. Negarnos a nosotros mismos,

   2. Tomar nuestra cruz, y

   3. Caminar detrás de Jesucristo.

   1. ¿Qué significa el hecho de negarnos a nosotros mismos?

   San Lucas, después de exponernos en su Evangelio la conversión del jefe de recaudadores de impuestos Zaqueo, nos evidencia las altas expectativas que los futuros Apóstoles tenían con respecto a Jesús, en los siguientes términos: (LC. 19, 11).

   Si Jesús se negó a sí mismo sometiéndose al cumplimiento de la voluntad de Dios, los cristianos practicantes podemos imitar al Hijo de María, pues Jesús les dijo a sus Apóstoles: (JN. 15, 20).

   Imaginemos la siguiente escena evangélica: Jesús les preguntó a sus Apóstoles quién decía la gente que era Él. Después de que sus íntimos amigos le dijeron lo que le habían escuchado a quienes les habían predicado con respecto al Hijo de David, Jesús les preguntó de golpe: (MT. 16, 15).

   La mayoría de los futuros Apóstoles enmudecieron porque, aunque llevaban bastante tiempo siguiendo al Señor, quizás aún no se habían planteado esa pregunta, dado que el proceso de la conversión es lento y gradual. Sin embargo, el Espíritu Santo aprovechó al impulsivo San Pedro, para inspirarle la siguiente declaración de fe: (MT. 16, 16).

   Jesús elogió a Pedro porque el Señor no se le había revelado como enviado de Dios, pues fue el Espíritu Santo quien le hizo saber que Jesús era el Mesías.

   Nuestro Señor, además de felicitar a Pedro por haber estado pronto a dejarse inspirar por el Paráclito, le encomendó a dicho Apóstol el cuidado de la fe de la Iglesia, con estas palabras: (MT. 16, 17-19).

   De la misma manera que Jesús felicitó a Pedro por causa de su fe y le encomendó el cuidado de su Iglesia, también nos anima a nosotros, a través de la recepción de los Sacramentos, la instrucción bíblica y catequética, y, en general, por medio de los acontecimientos que conforman nuestra vida diaria, para que seamos imitadores de grandes personajes bíblicos como Noé, de quien San Pedro escribió en una de sus Cartas Católicas que era "pregonero de justicia" (2 PE. 2, 5).

   Para los futuros Apóstoles debió ser glorioso el momento en que Jesús le otorgó a Pedro el cuidado de la fe de su futura Iglesia, pero, Nuestro Señor, a aquellos que en muchas ocasiones discutían entre sí para averiguar cuál de ellos sería el sucesor de Jesús y por tanto el líder a quien habían de someterse sus compañeros, probablemente debió recordarles el siguiente pasaje de San Marcos: (MC. 9, 33-35).

   A pesar de la felicidad que embargaba a los Apóstoles cuando el señor le concedió a Pedro la primacía sobre la futura Iglesia, Jesús estropeó aquella escena, cuando, con el recuerdo del siguiente hecho, les demostró a sus futuros Apóstoles que, con el fin de que aprendieran a negarse a sí mismos, Él les iba a servir de ejemplo (MC. 8, 31).

   ¿Qué sentido tiene el hecho de negarnos a nosotros mismos, hasta el punto de que atendamos las aspiraciones de nuestros prójimos antes de satisfacer nuestros deseos?

   ¿Qué ventajas tiene para nosotros el hecho de considerarnos inferiores a nuestros prójimos?

   Cuando Jesús les dijo a sus FUTUROS Apóstoles que iba a morir, Pedro, haciendo uso de la autoridad que el Mesías le había concedido sobre su futura Iglesia, y quizás pensando que Jesús lo estimaba de una forma más sobresaliente que a sus compañeros, llevó al Mesías aparte, y le dijo: (MT. 16, 22).

   Cuando sentí el deseo de ser sacerdote, y se lo comuniqué a algunos de mis familiares y amigos, algunos de ellos me dijeron:

   ¿Vas a renunciar a la posibilidad de casarte?

   ¿Qué beneficios vas a tener de la soledad a la que se enfrentan los curas?

   Durante los años que he podido pagarme la conexión a Internet para enviaros las meditaciones de Padre nuestro, no cesan de preguntarme:

   ¿De qué te sirve pasar horas y horas leyendo la Biblia y perder tiempo y dinero en una actividad que sólo te trae dolores de cabeza?

   Pedro se sentía plenamente realizado cuando Jesús le dijo que él sería su sucesor, pero se le cayó el mundo encima cuando supo que el Maestro iba a aplicarse sus palabras, es decir, iba a negarse totalmente a sí mismo, iba a caminar con su cruz a cuestas, e iba a cumplir la voluntad de Nuestro Padre común, con todas las consecuencias que ello implicaba.

   (MT. 16, 23). Aunque en la versión original del texto sagrado Jesús no llamó a Pedro Satanás, en la mayoría de las traducciones bíblicas, se pone en la boca del Señor el término con que se conoce al mayor enemigo de Dios, para recordarnos a los creyentes, que, ante todo, y, ante todos, lo más importante para nosotros, es cumplir la voluntad de Dios, según las siguientes palabras de nuestro Hermano: (MT. 6, 31-34).

    2. ¿Qué significa el hecho de tomar nuestra cruz?, y ¿para qué sirve este gesto?

   Vivimos en una sociedad en que en ciertas situaciones no nos conviene sacar a relucir nuestros defectos, no precisamente porque nos avergonzamos de ello, sino por necesidad. Si yo busco trabajo como teleoperador para trabajar desde mi domicilio, puede suceder que encuentre o no encuentre empleo, pero, si envío a las empresas que dan esta opción de trabajar desde casa un currículum vitae afirmando que soy ciego, tengo bastante garantizado el hecho de que jamás encontraré trabajo. En ciertas ocasiones, el hecho de dar a conocer las causas por las que sufrimos, puede significar que debemos estar preparados para ser rechazados, en algunos casos, tal como eran perseguidos, deshonrados y ejecutados los criminales que morían crucificados en el tiempo que vivió Jesús.

   Con el fin de recordar el mensaje que nos transmite la cruz, recordaremos a continuación las siguientes palabras de San Pablo: (1 COR. 1, 18-24).

   Aunque los cristianos somos miembros de este mundo en el que hemos aprendido a amar y en que más o menos hemos alcanzado la felicidad porque Dios nos ha dado la oportunidad de crecer espiritualmente en él, hemos de aplicarnos las palabras de Jesús que nos hacen comprender las ocasiones en que no somos comprendidos por causa de una fe que les resulta extraña e incluso obsesiva a la mayoría de quienes no comparten nuestras creencias (JN. 15, 18-19. 1 PE. 4, 1-4).

   Recuerdo que hace años asistí a un encuentro de jóvenes que se preparaban para confirmarse. Al final del día, durante la celebración de la Eucaristía que finalizaba el encuentro, algunas chicas que se percataron de que en el pueblo había chicos de fuera, entraron en el templo, y saludaron a los jóvenes que estaban cerca de mí. Ante la pregunta que una chica le hizo a uno de ellos sonriendo: ¿Vas a ser cura? El respondió: Hoy estoy en Misa, pero yo también le doy a la botellita de vez en cuando. Los niños y adolescentes, más que nadie, son muy susceptibles de ser presionados. Desgraciadamente, vivimos en un mundo que es arrastrado por las creencias mayoritarias, así pues, en el tiempo de la dictadura española, todos los que estaban en mi país estaban obligados a asistir a la Eucaristía dominical y, ahora, en el tiempo en que la Iglesia ha perdido poder, hasta muchos creyentes se sienten libres para prescindir de ella, así pues, vuelve a triunfar la mayoría, aunque en este caso no dicte la norma de considerar que actúan incorrectamente quienes faltan a las celebraciones cristianas. Es esta la causa por la que todos deberíamos recordar las palabras del Señor: (MT. 5, 11-12).

   "En su Omnipotencia, el Señor nos concede, ‑de hecho, quiere que le llamemos Padre‑, la gracia de ser sus hijos, por lo cual, podemos hablarle en el dolor, en la alegría, contemplando un amanecer, o el crepúsculo de la tarde. Podemos hacer, ‑además‑, que nuestras obras, ‑que llevamos a cabo por el Amor de Dios, y en tan gran don del cielo‑, sean bellas oraciones, gratas y humildes ofrendas que le ofrecemos al Altísimo. El Señor se complace en nosotros, si le ofrecemos nuestros quehaceres de la vida cotidiana.

   Si fracasamos en alguna de nuestras empresas, ‑el fracaso es un signo de la imperfección‑, podemos ofrecerle al Señor el dolor de nuestro fracaso, ‑no debemos, bajo ninguna circunstancia, sentirnos derrotados o aplastados‑, pues Él lo transformará en perenne alegría, aunque sea otorgándonos algo que no tiene relación alguna con aquello que nosotros luchábamos por obtener.

   No nos limitemos a juzgar a Dios, en virtud de aquello que nos ofrece, o que no nos concede, porque, no nos es necesario hacerlo. Pensemos, ‑pues‑, en el Padre que nos infunde aliento de vida, bien para que no cometamos errores, o para que seamos fortalecidos, para que la debilidad de las enfermedades físicas y psíquicas, no nos haga desfallecer.

   En virtud de que Nuestro Padre del cielo nos hizo sociales, para que podamos ser felices, además de relacionarnos con el Padre, debemos, ‑conforme al Mandamiento nuevo‑, tener fundadas relaciones, con nuestros prójimos los hombres, creaturas divinas, que Dios ha de salvar" ("Trigo de Dios, pan de vida". Fragmento de: "Hablémosle hoy a nuestro Dios").

   3. ¿Qué significa el hecho de caminar detrás de Jesucristo?, y, ¿por qué hemos de seguir al Señor?

   (1 COR. 9, 16). Dado que todos los cristianos tenemos una vocación diferente, que va desde fundar una familia a la profesión religiosa, no debemos considerar que todos tenemos el deber de predicar, pues San Pablo escribió: (ROM. 12, 1-12).

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).

   En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación  de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.

   ¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).

   Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?

   A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.

   Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).

   Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.

   (MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.

   (JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.

   (MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?

   ¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?

   ¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?

   (MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.

   Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   1. Josué les pidió a sus correligionarios que no se apartaran de Yahveh.

   Hermanos:

   ¿A qué Dios servimos?

   ¿Es nuestro dios el dinero?

   ¿Nos decantamos por el placer de los sentidos?

   Tengamos en cuenta que Nuestro Padre y Dios quiere que nos consagremos a Él en cuerpo y alma (Sal. 107, 1).

   2. San Pablo nos insta a cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios. Para interpretar las palabras del Apóstol, es necesario tener en cuenta que la Carta a los Efesios fue escrita para unos cristianos muy diferentes a nosotros. En el tiempo en que las mujeres sufrían una pésima discriminación social, el Apóstol les sugería a estas que se sometieran a sus maridos quienes tenían autoridad sobre ellas. El Apóstol fortificó esa creencia diciendo que los hombres representan a Cristo, el Señor que tiene autoridad sobre sus feligreses. En nuestro tiempo sabemos que tanto los hombres como las mujeres son iguales con respecto a su valor como personas y su dignidad social, así pues, el amor ha de ser la razón sobre la cual han de fundamentarse las relaciones matrimoniales.

   San Pablo nos dice a quienes estamos casados: "Amad a vuestros cónyuges como Cristo amó a su Iglesia hasta el punto de entregar su vida por amor a los suyos" (CF. Ef. 3, 25).

   El autor del Cantar de los cantares y otros autores místicos, comparan nuestra relación con Nuestro Padre y Dios con la vivencia del Sacramento del Matrimonio. De igual forma que la eficacia de la vida conyugal se experimenta con el transcurso de los años más allá de la celebración del Sacramento y el banquete nupcial, la experiencia de Dios se estabiliza más y mejor cuando nos esforzamos por cumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.

   3. San Juan nos relata en su Evangelio aquel triste episodio en que muchos discípulos del Señor abandonaron al Mesías cuando Jesús les habló de Sí mismo como Sacramento de la Eucaristía. En nuestros días se vive intensamente ese relato. En los primeros siglos del Cristianismo, como muchos feligreses se apartaban del cumplimiento de la voluntad de Dios, la Iglesia empezó a suscribir ciertas normas para que sus fieles no olvidaran la Palabra del Señor. Se puede decir que a lo largo de los 2000 años de historia del Catolicismo, muchos se han beneficiado del uso y abuso de esos preceptos, mientras que otros, según ocurre en nuestros días, no quieren tener responsabilidades religiosas. No pretendo decir que quienes no asisten a la Eucaristía dominical son inmorales, sino que los católicos aún no hemos sabido llegar a la gente paliando sus carencias espirituales y materiales.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).

   Meditación.

   La Asunción de Nuestra Señora al cielo.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.

   Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).

   ¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.

   ¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.

   ¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?

   Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.

   Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.

   Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.

   ¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.

   Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).

   Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.

   Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.

   Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.

   Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.

   Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.

   Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).

   ¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.

   Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.

   ¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.

   Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.

   Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.

   Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.

   Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?

   Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?

   Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.

   ¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).

   Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.

   María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.

   Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).

   Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.

   El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).

   Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:

En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).

   Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.

   Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.

   Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:

   "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".

   En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.

   Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.

   De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.

   Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

¿Aceptamos el compromiso cristiano de vivir como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias? (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo II de Cuaresma del Ciclo B).

   Domingo II de Cuaresma del ciclo B.

   ¿Aceptamos el compromiso cristiano de actuar como lo haría Jesús si viviera nuestras circunstancias?

   Ejercicio de lectio divina de MC. 9, 1-9.

   Lectura introductoria: ROM. 8, 17.

   1. Oración inicial.

Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

R. Amén.

   Al iniciar la segunda semana del presente itinerario cuaresmal que nos conduce a la Pascua de Resurrección, después de habernos internado en el desierto de nuestro crecimiento espiritual el Domingo I de Cuaresma, aceptemos el reto de actuar como Jesús lo haría, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible.

   Jesús se transfiguró delante de sus tres amigos y seguidores, y, así como Pedro, Juan y Santiago lo vieron como resucitado de entre los muertos, podemos adoptar la manera de ser de Nuestro Salvador, aunque ello nos cueste muchos años de formación, de práctica de cuanto aprendamos y de oración.

   Subamos con Jesús a un monte alto donde nadie ni nada interrumpa nuestro encuentro con Dios, y donde podamos ver cómo concluye el Señor la plena instauración de su Reino entre nosotros, sin que gustemos la segunda muerte. Así como los Apóstoles del Mesías fueron testigos de Jesús Resucitado y contemplaron la Ascensión de Jesús al cielo, estemos abiertos a la actuación del Espíritu Santo, quien hará prodigios en nuestra vida, sorprendentemente, valiéndose de las cualidades con que nos ha dotado.

   Jesús sólo se acompañó de tres de sus seguidores al monte en que se transfiguró, probablemente, porque los tales eran los únicos aptos para ver aquella escena, que habían de mantener en secreto, hasta que Nuestro Redentor venciera la muerte. Los predicadores necesitamos tener cuidado respecto de nuestra forma de anunciar el Evangelio, ya que necesitamos adaptarnos a la gente de nuestro tiempo, con el fin de poder hacer un buen trabajo.

   Los vestidos de Jesús adoptaron una blancura radiante. Nuestro Salvador es la luz del mundo (JN. 9, 4). Oremos para que la luz del Señor ilumine nuestra vida, con el fin de que podamos cumplir la voluntad divina.

   Moisés y Elías aparecieron en el monte en que Jesús se transfiguró, y hablaron con el Señor. Moisés representaba la Ley, y Elías a los Profetas. Así como la Ley y los Profetas eran muy importantes para los judíos, todos los cristianos no observamos la misma mentalidad exactamente, y tenemos la posibilidad de convertir nuestras diferencias en fuente de riqueza, y de evitar que nuestras discordancias coarten nuestra fe, y hagan imposible el hecho de que los no creyentes y los cristianos poco instruidos, puedan aceptar, respetar y amar, al dios Uno y Trino.

   Pedro quería construir tres tiendas, con el fin de que la escena que estaba contemplando se prolongara indefinidamente. También nosotros hemos vivido momentos que hubiéramos querido eternizar, pero no nos ha sido posible alcanzar nuestro propósito, porque la vida cambia constantemente, para que podamos seguir creciendo. Gracias a la inestabilidad de la vida, aprendemos a valorar quiénes somos por haber estado perdidos, lo que tenemos por haber sufrido pérdidas, y nuestras relaciones por haber sufrido la soledad, y no haber aprendido a verla como la oportunidad que se nos ha dado de hacer lo que hayamos querido, cuando lo hayamos deseado.

   A pesar de que los amigos de Jesús estaban atemorizados, Pedro no quería descender del monte. Mucha gente vive atemorizada, y no tiene valor para enfrentar sus miedos, de manera que prefiere sufrir antes que hacer los cambios que necesita para sentirse feliz. Hay mucha gente que carece de relaciones, que, en lugar de buscar amigos, prefiere ser buscada, por lo que, consecuentemente, cada día está más aislada. La excusa que tiene para buscar amistades, consiste en que se ve rechazada, pero esa es una manera de evadir el miedo a relacionarse, y a fracasar en el intento de no vivir aislada.

   Dios Padre se manifestó en una nube, e invitó a los amigos del Señor a escuchar a su Hijo. Muchas veces oímos a quienes nos hablan esperando encontrar la oportunidad de hablar aunque tengamos que interrumpir a nuestros interlocutores, pero Nuestro Santo Padre requiere de nosotros que escuchemos a Jesús activamente, prestándole atención a lo que nos dice, y a la intención con que nos lo dice. El hecho de que la Palabra de Jesús sea la Palabra de Nuestro Padre celestial, no significa que tenemos que acatarla sin comprenderla. Jesús no predicó el Evangelio imponiéndoselo a nadie, sino haciéndolo atractivo para que sus oyentes lo aceptaran. Los ataques de Jesús a las autoridades judaicas que aparecen en los Evangelios, son la intención de los autores de tales obras de hacer el Cristianismo superior al Judaísmo.

   Los amigos de Jesús acataron la orden del Señor de no decirle a nadie lo que habían visto, hasta que Jesús resucitara de entre los muertos, aunque no entendían qué quería significar el Mesías, al hablarles de su Resurrección de entre los muertos. Quizás nosotros, por tener una fe intelectualizada, decimos que creemos en la Resurrección de Jesús y en la resurrección de los muertos, pero, ¿seguiríamos manteniendo dicha creencia, si supiéramos que dentro de pocos días moriremos? Quizás entendemos nuestra fe al nivel intelectual, pero ni la aceptamos, ni la vivimos. ¿Tendrá esta realidad relación con lo difícil que es para nosotros aumentar el número de miembros de la Iglesia -o congregación cristiana- a la que pertenecemos?

   Oremos:

   Espíritu Santo:

   Porque cedo a la tentación de pensar que la humanidad no cree en Dios, y no me formo adecuadamente para fortalecer mi débil fe, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda a dejarte purificarme y santificarme.

   Porque, aunque pienso que Jesús es el Dios hecho Hombre, mi Salvador, y el Libertador de la humanidad, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, por tu medio, pueda conocer a Jesús, y desear experimentar su Pasión y muerte en las dificultades que deba vivir, para, por medio de la fe que me caracteriza, gozar de su Resurrección de entre los muertos.

   Porque no me formo espiritualmente para testimoniar mi fe predicando el Evangelio y haciendo el bien, o porque he tomado la decisión de no manifestar mi creencia en Dios, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que, al experimentar tu presencia iluminadora en mi vida, sienta el deseo de ser un buen predicador, y dé testimonio de mi fe, predicando el Evangelio, y, haciendo el bien.

   Porque me es difícil vivir sin que mis familiares, amigos, compañeros de trabajo y hermanos en la fe me alaben constantemente, infúndeme el deseo de conocerte, amarte y aceptarte, para que no deje de dar testimonio de fe, aunque me suceda lo mismo que a Jesús, cuando sintió el rechazo de sus hermanos de raza, animados por muchos líderes religiosos judíos.

   Porque pienso mucho en mis dificultades, y no he aprendido que me quieres ayudar a resucitar de las mismas, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que, según acepte tus revelaciones e inspiraciones, aprenda a resolver mis problemas, y ello me ayude a ser un buen discípulo de Jesús.

   Porque necesito que mis actos sean aprobados por quienes me conocen constantemente para sentirme valorado, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, a fin de que aprenda que negarme a mí mismo no consiste en sumirme en una depresión estéril y vivir esperando la muerte sin producir frutos de santidad, sino en amoldarme al cumplimiento de la voluntad divina, para que puedas purificarme y santificarme, y para que pueda ser un útil instrumento en tus manos para evangelizar a quienes se percaten de mi ejemplo, predicando el Evangelio, y haciendo el bien.

   Porque rechazo el dolor dado que soy incapaz de aceptarlo como instrumento purificador y santificador, y lo concibo como ocasión de hacerme infeliz, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que mi cruz no es una concatenación de desgracias, sino un sinfín de oportunidades de vivir en la presencia de mi Padre celestial.

   Porque no dejo de ceder a la tentación de buscar la vida fácil aunque ello me suponga seguir a quienes me prometen mucho, no me dan nada y me aíslan, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que siempre actúe tal como lo haría Jesús, si viviera las circunstancias que caracterizan mi vida.

   Porque quiero salvar mi vida recorriendo el camino fácil de no asumir el compromiso de ser un buen seguidor de Jesús, ya que mi egoísmo me impide servir a Dios en sus hijos adecuadamente, ayúdame a conocerte, amarte y aceptarte, para que pueda comprender que, para alcanzar la felicidad que ansío, quiero perder la vida fácil que deseo ganar por causa de mi falta de fe, con tal de ganar la vida que verdaderamente lo es.

   2. Leemos atentamente MC. 9, 1-9, intentando abarcar el mensaje que San Marcos nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de MC. 9, 1-9.

   3-1. Contexto en que se sitúa el Evangelio de la Transfiguración del Señor, según San Marcos.

   En MC. 8, 27-38, vemos cómo Pedro reconoce a Jesús como Mesías (MC. 8, 27-30), cómo el Señor reprende a Pedro después de anunciar su Pasión, su muerte y su Resurrección por el empeño del citado discípulo de evitarle la muerte y para que sus otros discípulos vean que en la comunidad cristiana no han de existir los privilegios a costa de marginar a nadie (MC. 8, 31-33), y la sinceridad con que Jesús les habló a sus oyentes, de las dificultades del hecho que suponía -y a vuelto a suponer a lo largo de la Historia- el hecho de ser cristiano (MC. 8, 34-38). En este marco, comienza el segundo Evangelista su relato de la Transfiguración del Señor (MC. 9, 2-10).

   3-2. ¿Qué significa el hecho de que algunos que oyeron el discurso de Jesús no morirían sin ver venir con poder el Reino de Dios? (MC. 9, 1).

   “El texto que estamos considerando, puede confundirnos, así pues, el mismo, bien puede referirse al pasaje de la Transfiguración del Señor, -un pasaje evangélico en que Jesús adoptó su cuerpo de resucitado, con el rostro resplandeciente y vestiduras blancas-, a las apariciones de Jesús Resucitado a sus Apóstoles, -en que nuestro Salvador se les mostró a sus seguidores más allegados como Rey del universo-, o a la segunda venida de nuestro Salvador al mundo. La posibilidad de que MT. 16, 28 (y MC. 9, 1) se refieran a la Parusía del Mesías, ha hecho que muchos crean que, lo mismo que le sucedió a San Pablo, Jesús debió creer que estaba a punto de acontecer la plena instauración del Reino de Dios en la tierra, un hecho que, personalmente, no creo que fuera cierto” (Fragmento del Estudio bíblico sobre la Transfiguración del Señor, contenido en el apartado 6 del ejercicio de lectio divina del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   3-3. Los discípulos que fueron aptos para contemplar a Jesús Transfigurado (MC. 9, 2).

   Seis días después de que acontecieran los sucesos detallados en el apartado 3-1 del presente trabajo, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y se los llevó consigo a un monte alto, donde se transfiguró ante sus citados discípulos. Pedro, Santiago y Juan no eran superiores a sus compañeros, pero sus espíritus estaban dispuestos a contemplar a Jesús transfigurado, y el Señor sabía que iban a evitar difundir dicho suceso, hasta que el Mesías resucitara de entre los muertos (MC. 9, 9-10), pues, hasta que ello sucediera, no estarían preparados para predicar la Transfiguración del Señor, un hecho que, aunque los convenció de que el Hijo de Dios y María es el Mesías, debían ocultar, hasta que realmente pudieran creer, que Jesús resucitó de entre los muertos, pues no sabían lo que ello significaba (MC. 9, 10), lo cuál es lo mismo que afirmar, que no lo creían.

   Jesús llevó a sus seguidores a un monte alto, donde estuvieran lejos del ruido, las prisas y los afanes mundanos, a fin de que pudieran orar sin distracciones. Mis lectores que son cristianos activistas me dirán que en el mundo hay mucho que hacer y que no hay tiempo para orar, pero la oración es el único medio que tenemos para contactar directamente con el Dios Uno y Trino, de hecho, podemos hacerlo sin intermediarios, lo cuál no significa que rechazo la intercesión de los Santos, sino que afirmo que todos podemos hablar con el Dios Uno y Trino. Jesús oraba durante las noches para no dejar de hacer lo que tenía pendiente (MC. 3, 12), así pues, si somos almas activas, no olvidemos el estudio ni la oración, y, si somos dados a la contemplación, no olvidemos la formación ni la práctica de cuanto aprendamos, pues todo ello nos ayudará a ser los cristianos en que Nuestro Padre común está pensando desde la eternidad.

   3-4. Los vestidos de Jesús Transfigurado (MC. 3, 3).

   La blancura de los vestidos de Jesús, por ser significativa de la pureza divina, no podía verse en ningún traje, ya que ningún batanero podía blanquear un traje tan blanco y reluciente. Los cristianos vivimos intentando alcanzar la pureza con el fin de ser santificados, pero Jesús, por ser Dios, es infinitamente puro, y quiere hacernos semejantes a Él. ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5. Moisés y Elías (MC. 9, 4).

   Moisés representa la Ley, y Elías representa a los Profetas. Los hermanos de raza de Jesús debían cumplir la Ley, y necesitaban de los Profetas para que les sirvieran para estimularles la fe. También los cristianos cumplimos Mandamientos persiguiendo la perfección que significa el cumplimiento de los mismos, y necesitamos predicadores que tengan el coraje de vivir cumpliendo la voluntad divina, sin que cedan a la tentación de manipular el Evangelio, para adaptar el mensaje divino a la consecución de sus intereses humanos. Si no salimos a predicar el Evangelio a la calle, no aprovechamos los medios de comunicación que estén a nuestro alcance para predicar, y nos acuartelamos en nuestros lugares de culto, quienes se caracterizan porque se hacen seguidores de grandes ejemplos conductuales a imitar, no tendrán razones para creer en Dios, porque, aunque les enseñemos las vidas de los Mártires, necesitan ejemplos actuales, que les ayuden a creer que, la fe que profesamos, no por ser una utopía, deja de ser una realidad. No olvidemos que el Cristianismo es un sueño que debe despertar para hacerse realidad.

   3-6. La conducta de Pedro y el acuartelamiento de muchos cristianos (MC. 9, 5-6).

   Pedro, después de vivir muchas dificultades por ser discípulo de Jesús, cuando vio al Señor Transfigurado, acompañado de Moisés y Elías, tuvo la tentación de quedarse en el monte, cerca de Dios, distanciado de la problemática vida de los pobres, enfermos y desamparados, y lejos de los ricos que, no por tener muchos bienes eran plenamente felices, y eran los responsables de la miseria de la mayoría de sus hermanos de raza.

   Los cristianos podemos quedarnos en un monte donde no nos relacionamos con Dios, sino que agrandamos nuestra soberbia, si nos empeñamos en vivir haciéndoles imposiciones morales a creyentes y no creyentes, evitando analizarnos a nosotros mismos, con el fin de corregir nuestros defectos, que, a fin de cuentas, son los más importantes para nosotros, ya que somos los únicos que podemos enmendarnos.

   Dios es superior a los hombres, pero nosotros no tenemos por qué separarlos. Si distanciamos a Dios de las distintas realidades que viven los hombres, nos acuartelamos en el monte de nuestra soberbia, e intentamos en vano escondernos del mundo, intentando que Dios crea que somos mejores que los demás.

   Si creemos que el pasado era mejor que el presente y el futuro negativo que esperamos porque la Iglesia de la que formamos parte era más influyente en el pasado que en la actualidad, nos empeñamos en distanciar a Dios de los hombres. Para predicar el Evangelio, más que ser miembros de una Iglesia todopoderosa, necesitamos fe, esperanza y amor.

   También nos apoltronamos en el monte de nuestro egoísmo, si nos amparamos en fenómenos paranormales con la intención de pretender estar más cerca de Dios de lo que realmente estamos. No necesitamos que Jesús se nos aparezca para estar más cerca de Dios, como se precisa para ello que seamos buenas personas, que acercan a la humanidad a la Divinidad suprema.

   También permanecemos en el monte de nuestra soberbia cuando vemos el progreso como sinónimo del mal y sentimos que necesitamos cambiar formas, palabras y gestos para llevar a cabo una evangelización más eficiente, pues nos negamos a hacer tal esfuerzo, aun sabiendo que nuestra Iglesia ganaría seguidores, y en el mundo habría más cristianos, pero quizás para nosotros lo más importante no es el número de hijos de nuestra Iglesia, sino el acuartelamiento en nuestra zona de confor.

   También permanecemos en el monte cuando predicamos mensajes rotundos, totalizantes y agresivos, porque estamos cómodos tal cuales estamos, y nos dan miedo los cambios. No queremos que las nuevas generaciones encuentren Iglesias dispuestas a abrazarlas, sino que se adapten a nuestras costumbres, de manera que no hacemos de la diversidad que nos caracteriza a unos y a otros, una fuente de riqueza. Pase lo que pase, necesitamos que la razón esté de nuestra parte, y no importa lo que tengamos que hacer, para lograr alcanzar nuestra meta.

   También permanecemos en el monte si nuestra instrucción religiosa sólo se compone de contenidos de carácter espiritual, y nos desentendemos de las dificultades del mundo en que nos ha tocado vivir.

   Nos atrincheramos en el monte de nuestra zona de confor, cuando convertimos la oración en un amuleto solucionador de todo tipo de problemas, que tiene el inconveniente de que no funciona cuando lo deseamos, sino cuando Dios lo quiere, por lo que la oración no es un acto de fe, sino una superstición que usamos para sobornar tanto a Dios como a sus Santos.

   La petición que Pedro le hizo a Jesús y el acuartelamiento de muchos cristianos en sus lugares de culto, supone que el legalismo y el profetismo estén perfectamente equiparados, el impedimento del cumplimiento de la misión redentora de Jesús, el rechazo de la superioridad de Jesús respecto de la Ley y los Profetas, y el estancamiento para no cumplir la propia misión de creyente. Esto pretendió hacerlo Pedro, y también lo hemos hecho muchos cristianos, creyendo que esto es lo que Dios quería de nosotros.

   Los amigos de Jesús tenían miedo de lo que les pudiera suceder, pues el Señor estaba ante ellos como un ser celestial, y, por su condición de pecadores, temían que la justicia divina los exterminara en cualquier momento, ya que Dios no es compatible con la maldad. Quizás nosotros tenemos miedo de predicar el Evangelio, de que el progreso irrumpa en la Iglesia a la que pertenecemos, y, por consiguiente, de que en la misma se instauren costumbres diferentes a las nuestras. Quizás nos negamos a predicar afirmando que hasta muchos de nuestros familiares nos ven como enemigos, pero yo me pregunto si tenemos la apertura mental necesaria para respetar lo que no entendemos y no aceptamos, y para hacer el Evangelio atractivo, y evitar que la creencia en Dios se reduzca a un agobiante código de imposiciones que es difícil de memorizar y de cumplir, porque tiene muchos mandatos que, aunque tienen la misión de perfeccionarnos como cumplidores de lo que entendemos que es la Ley de Dios, puede inducirnos a no desarrollar el hábito de pensar, ya que podemos creer que Dios y los líderes de nuestra Iglesia piensan por nosotros, y que nuestra misión radica en que cumplamos lo que está escrito. No tenemos la obligación de adoptar creencias que rechazamos, pero sí tenemos la obligación de no hacerle imposiciones a nadie, demostrando que somos superiores a quienes se dejen arrastrar a nuestro terreno.

   3-7. La manifestación de Nuestro Padre celestial (MT. 9, 7).

   Nuestro Santo Padre se manifestó en una nube, desde la que les pidió a los amigos de Jesús, que escucharan al Mesías. Tal pedido también nos compete a nosotros, pues hemos sido llamados a ser seguidores de Jesús.

   3-8. La orden que Jesús les dio a sus amigos (MC. 9, 8-9).

   Jesús no quiso que sus seguidores le dijeran a nadie lo que habían visto, hasta que Él resucitara de entre los muertos. Todos podemos predicar el Evangelio sin ser teólogos, pero el cultivo de la fe, la formación y la oración, le darán credibilidad tanto a nuestra predicación, como al ejemplo que demos con nuestra vida de fe.

   3-9. ¿Qué es eso de resucitar de entre los muertos? (MC. 9, 10).

   Los discípulos no entendían a qué se refería Jesús cuando les hablaba de su Resurrección de entre los muertos, y ello nos llama la atención, porque seguro que sabían lo que es resucitar de entre los muertos, pero quizás les sucedía como a los cristianos que tienen una fe intelectualizada, que no viven en el plano práctico. Quizás decimos que creemos que Jesús resucitó de entre los muertos y en nuestra futura resurrección, pero, ¿qué haríamos si supiéramos que nos moriremos apenas terminemos de leer el presente trabajo? En nuestras sesiones de estudio y en las celebraciones de culto a las que asistimos se nos habla de prodigios divinos que aceptamos por tener una fe intelectualizada que no los cree, porque no la llevamos al plano práctico.

   Los discípulos observaron la recomendación del Señor, a pesar de que no la entendían. Nosotros tampoco entendemos cómo es posible que exista la resurrección de los muertos y cómo hace Dios para hacer prodigios, pero sin embargo lo creemos, porque es parte del contenido de la fe milenaria que profesamos.

   3-10. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-11. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en MC. 9, 1-10 a nuestra vida.
   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   ¿Por qué es importante el reconocimiento de Jesús como Mesías por parte de Pedro?

   ¿Por qué reprendió Jesús a Pedro?

   ¿Creemos que Jesús tendría que reprendernos a nosotros porque queremos llevarlo a nuestro terreno en lugar de anhelar cumplir la voluntad divina?

   ¿Por qué les habló Jesús a sus oyentes de las dificultades que puede suponer su seguimiento, y muchos predicadores intentan hacer el discipulado agradable intentando evitar hablar del sufrimiento que puede suponernos, con el fin de que formemos parte de sus Iglesias -o congregaciones-?

   ¿Cuándo y por qué atrae dificultades el seguimiento de Jesús?

   3-2.

   ¿Cómo podemos interpretar el misterioso texto de MC. 9, 1?

   ¿Por qué han surgido quienes creen que Jesús pensaba que estaba a punto de concluir la plena instauración de su Reino en la tierra en el siglo I?

   3-3.

   ¿Por qué se llevó Jesús a Pedro, Santiago y Juan a un monte alto?

   ¿Por qué no llevó Jesús consigo a otros de los Doce?

   ¿Por qué era necesario que los citados discípulos de Jesús no difundieran la Transfiguración del Mesías?

   ¿Qué significa el hecho de que los citados discípulos de Jesús no sabían qué quería decirles el Señor cuando les habló de su Resurrección de entre los muertos?

   ¿En qué medida son la formación, la acción y la oración importantes para nosotros?

   3-4.

   ¿Qué significa la blancura de los vestidos de Jesús?

   ¿Qué relación existe entre los cristianos y la pureza de cuerpo y alma?

   ¿Por qué quiere Jesús hacernos semejantes a Él?

   ¿Le permitiremos al Señor que nos ayude a alcanzar tal logro, sabiendo que por nuestros medios no podemos alcanzar?

   3-5.

   ¿Qué representa Moisés?

   ¿A quiénes representa Elías?

   ¿Por qué eran importantes para los hermanos de raza de Jesús la Ley y los Profetas?

   ¿Por qué cumplimos los cristianos los Mandamientos de dios y las prescripciones de las Iglesias -o congregaciones- a las que pertenecemos?

   ¿Por qué necesitamos predicadores que se entreguen al cumplimiento de la voluntad divina sinceramente y sin reservas?

   ¿Qué sucederá si nos acuartelamos en nuestros lugares de culto y no evangelizamos en la calle ni en los medios de comunicación que estén a nuestro alcance?

   ¿En qué sentido es el Cristianismo un sueño que debe despertar para hacerse realidad?

   3-6.

   ¿Por qué quiso Pedro construir chozas para Jesús, Moisés y Elías?

   ¿Por qué quiso Pedro quedarse en el monte?

   ¿Es exitosa la predicación del Evangelio que se basa en hacer imposiciones morales? ¿Por qué?

   ¿Por qué necesitamos mejorar nuestra personalidad en lugar de vivir pensando en los defectos de los demás?

   ¿Qué sucederá si separamos a Dios de los hombres?

   ¿Por qué tenemos que mezclar a Dios con los hombres, si la superioridad de Nuestro Padre común respecto de nosotros es incuestionable?

   ¿Necesitamos formar parte de una Iglesia muy influyente para predicar el Evangelio exitosamente? ¿Por qué?

   ¿Qué necesitamos para predicar el Evangelio adecuadamente?

   ¿Atenta el progreso contra la evangelización? ¿Por qué?

   ¿Nos dan miedo los cambios? ¿Por qué?

   ¿Tendría más seguidores Jesús si predicáramos el Evangelio adaptándonos a las necesidades de la gente de nuestro tiempo?

   ¿En qué sentido podemos convertir la diversidad de puntos de vista en fuente de riqueza?

   ¿Ha de distanciarse nuestra instrucción religiosa de los problemas que tiene la gente que nos rodea? ¿Por qué?

   ¿Es la oración una conversación que mantenemos con Dios y sus Santos porque nos sentimos miembros de la familia divina, o un amuleto que utilizamos por si se cumplen nuestros deseos?

   ¿Qué cuatro cosas supone la petición que Pedro le hizo a Jesús, y por qué se reflejan las mismas en la profesión de fe de muchos cristianos?

   ¿Por qué sintieron miedo los amigos de Jesús cuando vieron al Mesías transfigurado?

   ¿Hasta qué punto necesitamos ser abiertos de mente para predicar el Evangelio, y debemos tener cuidado de no dejar de profesar nuestra fe?

   3-7.

   ¿Cuál es el significado de la nube en que Nuestro Santo Padre les habló a los discípulos de Jesús?

   ¿Qué les pidió Dios a Pedro, Jacobo y Juan?

   ¿Por qué nos compete a nosotros el citado pedido?

   3-8.

   ¿Por qué no quiso Jesús que sus amigos difundieran lo que habían visto?

   ¿Hasta cuándo había de ser observada la citada recomendación?

   ¿Qué necesitamos para ser predicadores eficientes?

   3-9.

   ¿Es nuestra fe intelectualizada y práctica?

   ¿Por qué creemos realidades características de Dios que no entendemos?

   5. Lectura relacionada.

   Leamos y meditemos los Salmos graduales, gozando de nuestro ascenso al monte, y de nuestra entrada en la morada divina, que es el Templo de dios.

   6. Contemplación.

   Dispongámonos a orar en la presencia del Señor, y contemplemos a Jesús sacando a Pedro, Jacobo y Juan de su rutina, y llevándolos a un monte alto, para que se relacionaran con Dios, sin interrupciones.

   Oremos cuanto queramos y cuanto necesitemos hacerlo. Oremos con corazón de niño, y la adulta responsabilidad de tener la conciencia de que la oración es la catapulta que nos lanza al cumplimiento de nuestras responsabilidades.

   Así como Jesús se transfiguró delante de sus discípulos, el Señor se manifiesta ante nosotros, y lo hace por medio de la gente con la que nos relacionamos.

   Ningún batanero podía lograr blanquear un traje con la blancura de la ropa de Jesús. Tampoco nosotros podemos alcanzar la pureza y la santidad de Jesús por nuestros medios, pero el Señor desea ayudarnos, y no se lo vamos a impedir.

   Tenemos una Ley moral la cual tiene el deber de asimilarnos a Jesús, y necesitamos profetas que cumplan la voluntad divina para estimular nuestra fe, independientemente de lo que ello les cueste.

   No hemos ascendido al monte con Jesús para permanecer allí indefinidamente, sino para bajar al valle dispuestos a cumplir la voluntad divina.

   Escuchemos a Jesús, comprendiendo y aceptando su Palabra, en la medida que ello sea posible para nosotros.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en MC. 9, 1-9.

   Subamos a un monte elevado a la hora de orar y por tanto de relacionarnos con Dios, para posteriormente descender al valle para ejercer nuestras responsabilidades de cristianos adultos en la fe que profesamos.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a reconocerte en mis prójimos felices y en quienes sufren, y fortaléceme espiritualmente para que pueda ser un fiel discípulo tuyo.

   9. Oración final.

   Leamos y oremos el Salmo 7, una súplica de quienes están desesperados por causa de su aflicción.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo II de Cuaresma del Ciclo B.

   Meditación.

   (ROM. 8, 14-17). A pesar de las esperanzadoras palabras de San Pablo con que hemos comenzado nuestra meditación dominical, de la misma forma que cuando leemos una novela cuyo protagonista tiene que sufrir grandes dificultades nos inquietamos hasta ver cómo las mismas se resuelven, lo cuál contribuye a devolvernos el sosiego, con nuestra vida nos sucede lo mismo, así pues, a pesar de que se nos ha dicho muchas veces que no hemos de afligirnos por nuestros problemas actuales, sino que hemos de pensar que algún día viviremos en un mundo mucho mejor que nuestra sociedad actual, si bien el citado mensaje es esperanzador, ¿indica ello que no hemos de resolver nuestras dificultades actuales, y que únicamente debemos pensar en consolarnos pensando que el mundo se acabará muy pronto? Aunque leyendo la mayoría de las publicaciones católicas no llegamos a la conclusión que os he planteado en la pregunta que os contestaré en esta meditación, debemos tener cuidado con muchos de nuestros hermanos cristianos que viven mirando al fin del mundo, de manera que no resuelven sus asuntos convenientemente.

   Nosotros, a pesar de que San Pablo nos dice las palabras que leemos en ROM. 8, 18, aunque no carecemos de la esperanza de vivir en el Reino de Dios cuando el mismo sea plenamente instaurado entre nosotros, no podemos dejar de esforzarnos para conseguir resolver nuestros problemas.

   San Pablo nos habla en su Carta a los romanos de los sufrimientos característicos de la humanidad, en los siguientes términos: (ROM. 8, 19-23).

   San Pablo nos ha dicho muy claramente que Dios dispuso a su tiempo que sufriéramos. Esto no significa que Nuestro Padre celestial se divierta a costa de nuestro padecimiento, sino que permite que, a través de las dificultades características de nuestra vida, tengamos la oportunidad de relacionarnos con Él, con el fin de que deseemos alcanzar la salvación.

   Aunque recientemente he tratado el tema sobre el que meditaremos a continuación, es necesario que volvamos a considerarlo nuevamente, dado que vivimos en un tiempo en que tenemos muchos medios de comunicación aunque no todos somos muy comunicativos, y, además de sufrir una crisis espiritual mundial cuyos efectos nos atraen muchos padecimientos, estamos siendo víctimas de una crisis económica también de carácter mundial, la cuál empeorará la situación de ricos y pobres, y especialmente afectará a muchos de quienes no hayan sido formados convenientemente para tener y ejercer fe en Nuestro Padre común.

   (ROM. 8, 28). ¿Son ciertas las palabras del Apóstol que estamos considerando?

   ¿Hasta qué punto nos es provechoso el hecho de padecer por cualquier causa para alcanzar la salvación?

   ¿De qué manera nos son útiles las circunstancias difíciles que caracterizan nuestra vida a fin de que podamos ser salvos?

   ¿Por qué no ha escogido Dios un medio más fácil para que queramos creer en Él, en vez de utilizar las dificultades que vivimos para que tengamos el deseo y la necesidad de confiar en Nuestro Padre común?

   ¿Cuándo nos percataremos de que nuestros padecimientos son útiles?

   Para responder todas las cuestiones relacionadas con el sufrimiento, debemos tener una gran fe, así pues, imitemos al Apóstol Pablo, el Santo que les escribió a los cristianos Filipenses, las palabras que encontramos en FLP. 3, 10-11.

   También nos es necesario conocer a Dios, -Nuestro mejor amigo-, pues a Nuestro Padre celestial se le puede aplicar el siguiente proverbio bíblico: (PR. 17, 17).

   Además de una gran fe y del conocimiento de Dios, para responder las cuestiones relacionadas con el dolor, necesitamos ser optimistas, según el siguiente proverbio: (PR. 17, 22).

   También nos es necesario orar mucho, pues, dado que no somos dueños de nuestro destino, tenemos que aplicarnos el siguiente texto: (PR. 16, 1).

   Contestemos la primera pregunta relacionada con el dolor que nos hemos planteado.

   ¿Hasta qué punto nos es provechoso el hecho de padecer por cualquier causa para alcanzar la salvación? Cuando tenemos dificultades que superar podemos darnos cuenta de la fuerza que tenemos para afrontar nuestros problemas, nos hacemos conscientes del hecho de que somos débiles, comprobamos si verdaderamente nos aman nuestros familiares y amigos, y, si no nos desesperamos y no perdemos la fe, también nos damos cuenta de que Dios está con nosotros ayudándonos a vencer los obstáculos característicos de nuestra vida. Es cierto que en la actualidad recibimos mucha ayuda de Dios a fin de que podamos comprender su designio salvífico, y que en muchas ocasiones Nuestro Creador tarda tiempo en venir en nuestro auxilio, pero, durante el tiempo que tarda en socorrernos, podemos adquirir su conocimiento, a fin de que, cuanto más grande sea la fe que tenemos, más felices seamos cuando venzamos nuestras dificultades actuales, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   (SAL. 37, 3-6). Tenemos que confiar en Dios, porque Él no nos desamparará jamás. (SAL. 125, 1).

   ¿Por qué no ha escogido Dios un medio más fácil para que queramos creer en Él, en vez de utilizar las dificultades que vivimos para que tengamos el deseo y la necesidad de confiar en Nuestro Padre común? Ana no tuvo en cuenta el consejo que su madre le dio cuando conoció a un chico muy especial que le hizo amarlo mucho. Aquella joven de quince años no podía creer a su madre cuando ésta le decía que esperara al menos unos años a fin de comprobar si su amigo la amaba antes de mantener relaciones sexuales con él, pues aquella mujer no deseaba que su hija viviera la misma experiencia que ella vivió cuando su primer novio la dejó estando en estado de gestación, lo cuál la obligó a madurar muy rápidamente en un  corto espacio de tiempo, un hecho que le costó mucho sufrimiento. Ana siempre había obedecido puntualmente los consejos de su madre, pero, desgraciadamente, en aquella ocasión, se dejó embaucar por un adolescente que fingió amarla locamente, hasta que consiguió mantener relaciones sexuales con ella, y la desamparó cuando sintió el deseo de conocer a otras chicas. DE la misma manera que Ana no obedeció el consejo de su madre, Adán y Eva comieron del fruto prohibido, y, nosotros, imitando a nuestros primeros padres, dejamos de asistir a las reuniones católicas formativas y a las celebraciones de la Eucaristía, por lo que, en cada ocasión que tenemos que afrontar y confrontar una nueva dificultad, nos preguntamos: ¿Por qué nos ha hecho Dios esto?, de manera que no valoramos la responsabilidad que tenemos de seguir la siguiente instrucción del Profeta Isaías: (IS. 48, 17).

   Quizás me diréis: Damos por sentado el hecho de que si actuamos sin valorar las consecuencias de nuestras acciones, si no consultamos a quienes tengan más experiencia que nosotros con respecto a lo que deseemos hacer, y que, si no escudriñamos la Palabra de Dios antes de llevar a cabo alguna acción cuyo resultado nos cause sufrimiento, no se puede culpar a Dios por causa de los problemas que nos buscamos, pero, ¿qué nos puedes decir de los niños que nacen con enfermedades muy graves, y viven privados de ser felices?

   Con respecto a esta cuestión es muy difícil encontrar detalles en la Biblia, dado que los judíos creían que los enfermos pagaban el castigo que merecían, ya fuera por sus pecados, o por causa de las transgresiones en el cumplimiento de la Ley de sus padres. A pesar de ello, el Salmista escribió el siguiente texto, que leemos en el SAL. 139, 12-16. Aunque es muy difícil de creer que el autor del Salmo 139 supiera en su tiempo lo que es un embrión, -de hecho, el versículo 16 indica que Dios nos conoce desde siempre-, podemos comprender al leer los citados versículos del libro de los Salmos que Dios conoce nuestra vida, y que todos, independientemente de que estemos sanos o enfermos, tenemos una misión que cumplir, así pues, dado que la curación de los enfermos será una poderosa razón para que creamos en Dios cuando Nuestro Padre común concluya la instauración de su Reino en el mundo, Isaías escribió: (IS. 35, 5-6. 25, 9).

   Hemos visto que la Biblia nos da consejos para que tengamos la esperanza de vivir en el Reino de Dios, pero, ¿podemos encontrar en la Palabra de Dios recomendaciones para sobrevivir a nuestras dificultades actuales? Aunque os escribiré sobre esta cuestión en otra ocasión para no alargar demasiado este texto, veamos algunas citas bíblicas que pueden ayudarnos a ser mejores personas.

   (PR. 12, 18). Este proverbio puede servirnos para meditar sobre los efectos que tiene la murmuración. En diciembre del pasado año 2007, me fui del pueblo en que vivo para iniciar mi trabajo de camarero. Cuando he vuelto a dicho pueblo en marzo del año 2009, algunos vecinos me han comentado que se han dicho de mí algunas cosas, como las que siguen:

⦁    El negocio de José fracasó, así pues, no quiere volver a este pueblo porque se siente avergonzado por ese fracaso.

⦁    Lo han visto en Málaga, vendiendo lotería de ciegos.

⦁    Dicen que se ha ido a vivir a Madrid, que ha encontrado un trabajo nuevo y que se defiende bastante bien.

⦁    Los que lo han visto dicen que se ha dejado el pelo largo, y que tiene una mala vida.

   Lo curioso del caso es que ninguno de esos y otros comentarios que se han hecho en mi pueblo con respecto a mí no son correctos, pues lo único que hice es pedir ayudas a la Junta de Andalucía que me corresponden legalmente por mi minusvalía, e intentar buscar trabajo.

   (PR. 24, 15-16). El Sagrado Hagiógrafo no nos dice que respetemos a los que tienen fe (los justos o creyentes) a fin de que no se nos llame malvados, sino que si cometemos fallos tendremos oportunidades para no volver a cometer una y otra vez los mismos errores, pero si hacemos el mal o nos dejamos arrastrar por los vicios, nuestra ruina será inminente, e incluso podremos arriesgar nuestra vida y la existencia de nuestros amados familiares.

   (PR. 5, 18-20). Este texto de los Proverbios se explica por sí mismo, dado que todos conocemos los efectos que conlleva la poligamia, así pues, todos los casos que aparecen en la Biblia en que vemos a algunos hombres que tienen más de una mujer, son historias marcadas por el sufrimiento.

   Concluyamos esta meditación atendiendo a las palabras de Santiago, el medio hermano de Jesús: (ST. 4, 8).

   Pidámosle a Nuestro Padre común que, de la misma manera que Jesús venció la muerte, podamos vencer nuestras dificultades actuales, al mismo tiempo que también seamos capaces de percatarnos del aumento progresivo de la fe que nos caracteriza.

(José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
).