Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas

El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   3. El fin del mundo que aguardamos constituirá para nosotros una gran dicha.

   Meditación de LC. 21, 5-19.

   El Evangelio que meditamos en esta ocasión está relacionado con la primera lectura, porque en el mismo Jesús imparte una catequesis sobre el fin del mundo, la cual también puede leerse en MC. 13, y en MT. 24. A diferencia de los otros Sinópticos que sitúan el relato escatológico de Jesús en el monte de Getsemaní o de los Olivos, San Lucas nos dice que Nuestro Señor pronunció las palabras que conforman el pequeño Apocalipsis lucano en el atrio del Templo de Jerusalén. Jesús aprovechó la admiración de sus discípulos y otros oyentes suyos con respecto a la construcción del Templo de Jerusalén para pronunciar su discurso.

   El discurso escatológico que San Lucas puso en boca de Jesús en su Evangelio, se divide en tres partes, las cuales son: la destrucción del Templo de Jerusalén, el tiempo de la Iglesia, y el tiempo del regreso o Parusía de Jesús al mundo, con el que finalizará el tiempo de la Iglesia, y el Reino de Dios será totalmente instaurado en la tierra.

   La destrucción de Jerusalén se describe en los siguientes versículos del Evangelio de hoy: LC. 21, 5-6. Dado que el Templo de Jerusalén era el centro del poder religioso y político de los judíos, la destrucción de tal construcción significaba el gran decaimiento moral de los mismos, así pues, sabiendo Tito y Vespasiano que el Templo de la Ciudad Santa era la gran debilidad de los judíos, el año setenta del siglo I, cuando Tito entró en Jerusalén, lo incendiaron sus soldados, con tal de que los judíos, al ver cómo se consumía la casa de Yahveh, carecieran de coraje para defenderse, al sentirse abandonados por el Dios, que ni siquiera defendía su morada.

   Dado que Jerusalén es el lugar en que según los profetas debe llevarse a cabo la salvación de los creyentes, la destrucción del Templo era muy significativa para los judíos, por consiguiente, tengamos en cuenta que, aún en nuestros días, los judíos oran en el muro de las lamentaciones, que es lo único que queda del gran edificio con que Herodes pretendió granjearse la confianza de sus antepasados.

   Veamos unos ejemplos bíblicos de cómo los profetas consideraban que la salvación se llevaría a cabo en la ciudad santa (IS. 4, 1-6. 54, 1-17. 62, 1-12; 65, 17-25).

   A pesar de ser el lugar en que se llevará a cabo la salvación de la humanidad, Jerusalén rechazó a su Salvador. Recordemos cómo Nuestro Señor predijo la destrucción de la Ciudad Santa (LC. 13, 34-35).

   La destrucción del Templo de Jerusalén, significó que el Judaísmo dejó de ser la religión exclusiva de Dios. La casa de adoración de los judíos fue destruida por los romanos porque las autoridades palestinenses rechazaron a Jesús, y el Cristianismo vino a ser la nueva y definitiva religión de Dios. Obviamente, esta explicación que no es demostrable científicamente, se ha sostenido, durante los últimos veinte siglos.

   El día de Pentecostés en que los Apóstoles recibieron el don del Espíritu Santo, comenzó el tiempo de la Iglesia, el cual concluirá con el fin de este mundo, y la plena instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. Los hechos relativos a este tiempo son descritos brevemente entre los versículos 7-19 de LC. 21.

   (LC. 21, 7-8). Jesús sabía que durante los tiempos de crisis surgen falsos líderes religiosos que se aprovechan de la credulidad de los pobres incautos para despojar a los mismos de sus posesiones, amparándolos en la esperanza de que vivirán mejor en un mundo posterior. Tales falsos líderes religiosos debieron abundar mucho en Palestina después de que aconteciera la destrucción de Jerusalén. Dado que tanto la predicación de Jesús como la evangelización de los primeros cristianos produjeron un gran impacto en Jerusalén, y muchos creyentes pensaron que la destrucción de la Ciudad Santa era el inicio del fin del mundo, muchos de dichos falsos profetas debieron hacerse pasar por Jesús con gran éxito, engañando incluso a muchos creyentes no versados en el conocimiento de la Palabra de Dios, tal como aún sucede en nuestros días.

   ¿Debemos creer que los problemas que vive la humanidad actualmente son el inicio del fin del mundo?

   ¿ES cierto que en nuestros días la humanidad supera la maldad descrita en el episodio del diluvio universal?

   No nos dejaremos impresionar por los fanáticos que mantienen estas creencias, pues Jesús, nos dice las palabras contenidas en LC. 21, 9.

   Dado que los cristianos tenemos la esperanza de vivir en un mundo que no esté marcado ni por el sufrimiento ni por la muerte, no tendremos miedo mientras esperamos que Nuestro Padre común cumpla la promesa de hacernos vivir eternamente en su Reino de amor y paz.

   Mientras se prolonga el tiempo de la Iglesia, lentamente, surge el mundo nuevo, fruto de la conclusión de la plena instauración del Reino de Dios entre nosotros, que San Lucas nos describe gráficamente por medio de símbolos o imágenes apocalípticas, tal como hacían en su tiempo los autores de obras del citado género.

   No esperemos la llegada del mundo nuevo cruzados de brazos. Tenemos mucho que hacer con respecto a nosotros, a nuestros familiares, nuestro ambiente laboral y social, la Iglesia y la humanidad.

   San Lucas nos recuerda que ni el hecho de ser cristianos nos libra de las dificultades características de nuestra vida, y que debemos alegrarnos cuando nos toque sufrir, porque, en esas ocasiones, veremos cómo Dios está de nuestra parte, y nos ayuda a superar las circunstancias que erróneamente consideramos adversas, aunque lo haga con una lentitud tan grande, que agote nuestra paciencia en algunas ocasiones.

   No debe importarnos la descripción de los símbolos que indican la llegada del fin del mundo, -porque los tales son susceptibles de variadas interpretaciones, tanto como ha de hacerlo nuestra forma de vivir como fieles hijos de Dios. No debemos preocuparnos por nuestra salvación, -porque ello depende de Dios-, tanto como hemos de hacerlo por hacer el bien y vivir como buenos cristianos, porque ello sí que depende de nosotros. Dejemos que Dios sea Dios, y, en vez de querer actuar como dueños del universo, hagamos adecuadamente lo que nos conviene hacer, y Dios nos vivificará eternamente en su Reino.

   Pidámosle a Nuestro Padre común que nos ayude a no perder la fe, y a servirlo más y mejor, mientras concluye la plena instauración de su Reino en nuestra tierra. María Santísima, con su ejemplo de donación total al cumplimiento de la voluntad de Dios, nos servirá de ejemplo en nuestro caminar cotidiano.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   Cuando el Salmista se sentía atribulado, elevaba su voz al cielo (SAL. 28, 1).

   Desde que Nuestro Señor fundó la Iglesia, el Magisterio ha sabido sostener la fiel enseñanza con respecto a la fortaleza que ha de caracterizarnos en los días que somos atribulados, pero nosotros, por causa de nuestra imperfección, podemos preguntarle a Dios:

   Señor, ¿hasta cuándo resistiremos el peso de la pobreza?

   ¿Hasta cuándo, Señor, ocultarás tu poder para que nuestra fe desaparezca ante la fuerza impetuosa de nuestras enfermedades?

   Cuando Jesús adoctrinaba a sus discípulos para que no perdieran la fe cuando las autoridades imperiales iniciaran la histórica persecución de los cristianos de la Iglesia primitiva, Nuestro Señor les dijo a sus amigos las palabras escritas en LC. 21, 28.

   Hemos de percatarnos de que Jesús predice los acontecimientos que caracterizarán el fin del mundo de la misma forma que, individualmente, Nuestro Hermano mayor nos explica por medio de su Palabra que nuestra vida, junto al amor de Dios, constituye la verdad fundamental o el eje central en torno al que Nuestro Señor predicó el Evangelio de la misericordia, así pues, cuando el Hijo de María nos indica en el citado versículo de la obra lucana que no perdamos el ánimo cuando acontezca el fin del mundo, nos recuerda que no nos desanimaremos cuando se quebrante nuestra salud física y psíquica, cuando carezcamos de trabajo, y cuando no sepamos de dónde vamos a sacar el dinero que necesitamos para alimentar y vestir a los nuestros.

   Me impresionó mucho la escena de la película Titanic, en que un sacerdote oraba en la cubierta de la nave, sosteniendo a un grupo de feligreses, que se agarraban a él como si se tratara de su última esperanza, sin pensar que lo tenían agotado. Vivimos pidiéndole explicaciones de todo tipo a Dios, porque los acontecimientos relativos a nuestra vida, no se rigen por el beneplácito de nuestra voluntad. Nos afanamos en nuestra actividad profesional pensando en asegurar nuestro bienestar económico durante los últimos años de nuestra existencia mortal, de forma que no nos percatamos de que no le damos importancia a algunos asuntos que deberíamos resolver urgentemente, para no incidir negativamente en la dicha de nuestros prójimos, y en la felicidad que convertimos en cansancio, porque no sabemos aprovechar nuestro tiempo. Siempre he creído que el dinero se ha hecho para nosotros, y que somos superiores a las riquezas, muy a pesar de que siempre han existido --y seguirán existiendo- muchas personas capaces de vender todas sus posesiones, incluyendo su intimidad. Después de pasar varios años viviendo alejado de mi familia, mi madre me preguntó hace tiempo: "¿Ves que sin dinero no se puede hacer nada?". Yo le respondí: "Si yo viviera consagrado al dinero no me habría casado ni sería feliz. He tenido que comprar mis bienes, pero, como creo que el dinero se hizo para que yo lo disfrute y no para absolverme, no podrás hacerme cambiar de opinión".

   Esta semana que hoy comenzamos a vivir es la penúltima del tiempo ordinario, así pues, cuando pasen 15 días, empezaremos a conmemorar un nuevo año eclesiástico. Como noviembre es el mes del Reino, porque durante las últimas semanas del año litúrgico, nos preparamos a recibir a Cristo Rey en su Parusía, es muy frecuente en este tiempo, el hecho de que, en diversos medios de comunicación, aparezcan publicados anuncios apocalípticos, que no siempre están necesariamente relacionados con los textos bíblicos, aunque son escritos en el mismo género, cuya misión consiste en infundirles temor a los lectores de los mismos. La Iglesia nos insta a que preparemos la fiesta de Cristo Rey que celebraremos el próximo Domingo con gran alegría, con la intención de que cerremos el ciclo litúrgico con la creencia de que Jesús ha llevado a cabo plenamente la obra que Nuestro Padre le encomendó, pero, quienes son muy sensibles a la creencia en el demonio y a las amenazas marianas, quienes sienten un terrible miedo con respecto a la salvación de su alma, han de tener mucho cuidado con los textos que leen, pues, si crece su miedo, su fe disminuirá, aunque no se percaten de ello.

   No sabemos cuándo acontecerá la Parusía de Jesús, pero, a pesar de que la segunda venida de Nuestro Señor nos trae consigo el fin de las tribulaciones que marcan nuestra vida, Nuestro Padre común no quiere que olvidemos nuestras actividades ordinarias centrando nuestra atención en el Reino del amor, olvidando nuestras carencias y las necesidades de nuestros prójimos. Vamos a concluir esta breve meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que el deseo de vivir en su presencia nos ayude a hacer su voluntad, obviando todos los sentimientos que se opongan a ello.

joseportilloperez@gmail.com

Reportaje sobre el pecado. (Domingo XI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Reportaje sobre el pecado.

   Introducción

   Estimados hermanos y amigos:

    Como todos sabemos, la Iglesia nos imparte la enseñanza de la Palabra de Dios en tres ciclos anuales, en los cuales se nos dan muchas oportunidades, tanto para comenzar una nueva vida, como para que hagamos adecuadamente lo que en el pasado hicimos cometiendo errores, etcétera. Esas oportunidades se nos ofrecen de un modo muy especial en el Adviento, la Cuaresma y la Pascua de Resurrección.

    Durante los citados periodos de tiempo, tratamos profundamente un tema por cuya errónea visión algunos de nuestros hermanos sufren mucho porque no se sienten muy amados por Dios, mientras que cada día son más los que intentan ignorar el mismo, porque les resulta desagradable, ya que, si lo aceptan, deben someterse a prácticas que los inclinen a purificarse. Ese tema es el pecado.

   Tal como recordamos en la Solemnidad del Corpus Christi, se ha extendido demasiado la creencia de que nos basta creer en Dios para alcanzar la salvación, lo cual es una verdad a medias, ya que, para poder vivir en la presencia de Nuestro Padre común, nos es necesario rechazar el pecado.

   En esta ocasión, con la intención de profundizar con respecto a este tema tan polémico, os envío un estudio bíblico sobre el pecado, que espero que os sea provechoso, especialmente a quienes predicáis la Palabra de Dios, en entornos en los que éste tema es tenido como una manía de fanáticos religiosos de quienes hay que apartarse.

   1. Definición del pecado.

  En el Catecismo de la Iglesia Católica, leemos:

   "El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia" (CIC. n. 386).

   El pecado consiste en vivir de espaldas a Dios incumpliendo todos los preceptos que han sido dispuestos por Nuestro Padre común con tal de que podamos ser purificados y seamos alcanzados posteriormente por la salvación. En otras palabras, podemos decir que el pecado consiste en oponer el cumplimiento de nuestra voluntad al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.

   "... Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutuamente" (CIC. n. 387).

   En la Biblia se utilizan varias palabras para definir el pecado, de las cuales, -a modo de ejemplos-, os cito los términos "iniquidad" y "maldad", de hecho, el término griego "anomia", se traduce al castellano como desorden, porque el pecado, -en sí mismo-, constituye el rechazo de Dios, y, por lo tanto, el desprecio de la voluntad y de la Ley del Todopoderoso. Esta definición del pecado la extraemos del siguiente versículo de la primera Carta de San Juan: (1 JN. 3, 4).

   La citada definición del pecado es válida, si tenemos en cuenta que, aunque no vivimos bajo la Ley de Moisés en el sentido estricto de que nuestra salvación no depende exclusivamente del cumplimiento de los Mandamientos de la misma, aquellos de cuyos preceptos aún siguen siendo vigentes, han sido dispuestos para que aceptemos a Nuestro Padre común.

   Siempre se ha asociado la existencia de la muerte al pecado de los hombres, así pues, San Pablo escribió, las palabras expuestas en ROM. 5, 12. El hombre al que se refiere San Pablo es Adán, -nuestro primer antepasado según la Biblia-, que, junto a Eva, cometió el llamado pecado original, cuyos efectos nos fueron transmitidos, según San Pablo, y, por tanto, la doctrina de la Iglesia.

   ¿Hemos pecado todos los hombres de todos los tiempos, con las excepciones de Jesucristo y de Nuestra Santa Madre?

   ¿Cómo se puede juzgar de la misma forma a los conocedores de la voluntad de Dios y a quienes no conocen a Nuestro Creador?

   San Pablo nos demuestra que Dios nos hace conocer los preceptos esenciales de la Ley divina en el siguiente texto: (ROM. 2, 12-15). Al tener en cuenta la enseñanza paulina que estamos recordando, entendemos que la comisión del pecado fue anterior a la difusión de la Ley de Dios (ROM. 5, 13-14).

   Existe una diferencia entre los pecados de quienes vivieron antes de que se promulgara la Ley de Moisés y los pecados de quienes hemos vivido posteriormente a ese importante acontecimiento histórico. Independientemente de que conozcamos la Ley de Dios, nuestra imperfección humana nos inclina a pecar. El pecado de los conocedores de la voluntad de Dios es más grave que el pecado de quienes desconocen a Nuestro Padre común, por cuanto los primeros transgreden conscientemente los Mandamientos de Nuestro Creador (ROM. 2, 12. 4, 15).

   Cuando hablamos del pecado, hablamos del mal provocado en general por la humanidad, y, cuando hablamos de pecados, hablamos de nuestros incumplimientos personales de la voluntad de Nuestro Creador.

   2. Dios perdona nuestros pecados y condena la iniquidad.

   Los cristianos católicos, cuando reconocemos que somos pecadores, recurrimos al Sacramento de la Penitencia, con el fin de obtener el perdón de Dios. El Espíritu Santo nos hace conscientes de que somos pecadores, según las siguientes palabras de Nuestro Hermano y Señor: (JN. 16, 8-11. ROM. 8, 1-4).

   San Juan nos recuerda que el pecado no fue originado por el hombre en su primera Carta (1 JN. 3, 8-9).

   Es preciso aclarar que, si por debilidad seguimos pecando, ello no indica que hemos dejado de ser hijos de Dios, a no ser que se dé el caso de que queramos dejar de esforzarnos para crecer a nivel espiritual.

   Aunque el hombre no originó el pecado, sí fue el que lo introdujo en el mundo, lo cual tuvo como consecuencia la muerte, así pues, Dios le dijo a Adán en el Paraíso terrenal, las palabras que encontramos en GN. 2, 17.

   Dios le dijo a Adán que, a partir del momento en que le desobedeciera, moriría irremediablemente. Este mandamiento no iba dirigido únicamente al hombre, ya que, en la Biblia, el término Adán, -como veremos seguidamente-, es aplicable tanto a nuestro primer padre como a Eva (GN. 5, 1-2).

   Para explicarles a sus lectores la existencia del mal, los autores bíblicos concibieron la idea de que los hombres somos pecadores por naturaleza, así pues, veamos algunos ejemplos de la aceptación de esta idea que con tanta facilidad puede ser rebatida en nuestro tiempo, dado que se entiende que no todos nuestros errores son causados por la maldad que nos caracteriza: (SAL. 51, 7. 58, 4). 25, 17-18).

   Según los autores de la Biblia, tanto nuestro cuerpo como nuestra alma, son susceptibles de convertirse en instrumentos de pecado (GN. 6, 5. 8, 20-21; MT. 15, 17-19; (GÁL. 5, 19-21; ROM. 7, 4-25; PR. 20, 9; ECL. 7, 20; IS. 53, 6; ROM. 3, 10-24; 1 JN. 1, 8-10).

   Según la doctrina católica, no existe ni un sólo justo con las excepciones de Jesús y de su Santa Madre.

   La Biblia nos demuestra que Jesús no estuvo contaminado por el pecado, en versículos como los siguientes: (HEB. 9, 25-26; 1 JN. 3, 5; 1 PE. 2, 22; 1 JN. 4, 8).

   A pesar de esta verdad, -la cual nos recuerda que Nuestro Padre celestial perdona nuestras transgresiones de sus Mandamientos-, no creamos que el amor característico de nuestro Creador anula la aplicación de su justicia sobre nosotros. Si bien es verdad que Dios perdona a quienes se arrepienten de sus pecados, también es cierto que condena a quienes hacen el mal siendo conscientes del sufrimiento que provocan (ROM. 6, 23).

   Tal como vimos anteriormente en ROM. 5, 12, por cuanto todos hemos pecado, estamos condenados a morir.

   Mientras no aceptamos a Dios, permanecemos muertos por causa de nuestros pecados (JN. 8, 24; EF. 2, 1-2).

   Nos es necesario nacer de nuevo a fin de que Dios nos perdone nuestros pecados y nos haga sus hijos por mediación del Bautismo (JN. 3, 5-6; IS. 59, 1-2).

   Dios nos juzgará, tanto cuando fallezcamos como al final de los tiempos, y tendremos que responder ante Él, hasta de nuestros pensamientos más ocultos (ECLO, 12, 1-18).

   Tal como ha quedado demostrado en este estudio bíblico, a través del sacrificio de Nuestro Señor, Dios nos perdonó nuestros pecados. Al principio de la existencia de la humanidad, Adán acabó con la vida semiperfecta que Dios nos concedió, a través de su desobediencia. Llegado el tiempo de nuestra redención, a través de su Pasión, muerte y resurrección, Jesús nos devolvió la dignidad de hijos de dios perdida por nuestros primeros padres, pagó el castigo merecido por nuestros pecados, y pagó el hecho de que Dios permite que suframos, aunque lo haga, no para pecar, sino para que seamos conscientes del sufrimiento que le ha supuesto el hecho de crearnos libres.

   Es admirable lo que San Pablo nos dice de Cristo en su segunda Carta a los Corintios: (2 COR. 5, 21. IS. 53, 3-10; 1 JN. 2, 1-2; GÁL. 3, 13).

   Dado que nuestra salvación depende de la fe en Dios y en su Hijo y no del cumplimiento de la Ley, el Cordero de Dios nos ha salvado por medio de su Pasión, muerte y resurrección (JN. 1, 29; HEB. 9, 26; 1 JN. 1, 6-7).

   La Eucaristía es el símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto -o Testamento- con que Dios se alió con nosotros para salvarnos (MT. 26, 27-28. HCH. 10, 42-43).

   Ya que Dios ha permitido que Jesús muera por nosotros, no seremos tratados en conformidad con el castigo merecido por nuestros pecados (SAL. 103, 8-13; IS. 1, 18. 38, 17. 44, 22; MI. 7, 18-19; JER. 50, 20).

joseportilloperez@gmail.com

La paradoja de las bienaventuranzas. (Meditación para el Domingo VI del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La paradoja de las bienaventuranzas.

   1. Los cristianos podemos vincularnos a la Iglesia para que se nos facilite el hecho de alcanzar la santidad.

   Antes de escribir las meditaciones de Padre nuestro, me dirijo a nuestro Padre común en oración, para que el Espíritu Santo me ilumine, con el fin de que pueda transmitiros alguna idea que os pueda ser útil. Yo le digo a nuestro Padre común al comenzar a orar antes de redactar dichas meditaciones, el texto del SAL. 19, 15.

   Uno de mis lectores se ha entretenido en bajar de alguna red de archivos p2p una colección de libros que no están firmados por ningún autor los cuales contienen interminables listas de acusaciones contra Dios, los autores de la Biblia y la Iglesia. Después de enviarme esa colección de libros y de folletos para mí tan poco fiable porque los mismos no están firmados por nadie que se atenga a las consecuencias de responder a dichas acusaciones, me ha escrito: "Por todo esto no creo ni en Dios ni en la Iglesia". Este hecho me ha hecho reflexionar mucho sobre la meditación que os presento en esta ocasión.

   Dado que quienes aceptamos una determinada religión mantenemos la creencia de que estamos poseídos por la verdad, necesitamos respetar a quienes no comparten nuestras creencias -esto no significa que vamos a actuar contra nuestra conciencia-, con el fin de no incurrir en el pecado de ser despóticos. Si muchos católicos vivimos vinculados a la Iglesia, ello sucede porque queremos vivir cumpliendo la voluntad de Dios en nuestra vida y en el ambiente en que vivimos. Buscar a Dios fuera de la Iglesia puede significar concebir una religiosidad muy débil incapaz de afrontar -y confrontar- las contradicciones a que los cristianos practicantes sobrevivimos día a día. No nos imaginemos que Dios se adapta a nuestras necesidades ni confundamos la fe que profesamos con una especie de humanitarismo generalizado, pues es necesario que dejemos que Dios sea Dios, y que conozcamos profundamente a nuestro Padre común, con el fin de que podamos responder las preguntas que nos planteamos muchas veces relativas al dolor, la muerte y el más allá, pues, de la respuesta a esos interrogantes, depende el hecho de que creamos en Dios o de que decidamos vivir sin fe en nuestro Padre común.

   Hace algún tiempo, me escribió uno de mis lectores: "Desde que leo tus meditaciones no asisto a ninguna Iglesia. El templo donde yo iba a Misa es frecuentado por gente muy rica que predica la pobreza y nada en la abundancia... Ya no voy a la Iglesia porque en la red tengo lo que necesito leer y porque así no tengo que darle explicaciones a nadie de lo que creo, cosa que no le importa tampoco a nadie".

   Si no queremos tener una religiosidad subjetiva, -es decir, si no queremos ser creyentes cuando necesitamos a Dios y renegar de nuestro Padre común cuando tengamos que defender nuestras creencias ante quienes las rechazan-, una de las cosas que necesitamos hacer, es rodearnos de fieles cristianos en la Iglesia, pues, el siguiente texto bíblico, aunque fue escrito para quienes estamos casados, explica la necesidad que tenemos de no separarnos de la fundación de Cristo: (ECL. 4, 9-11).

   Si no nos rodeamos de hermanos en la fe que nos animen cuando tengamos la sensación de que creer en Dios no tiene sentido, ¿quién nos devolverá la fe perdida?

   Es necesario que tengamos en cuenta que los miembros de la Iglesia deberíamos estar tan unidos como si viviéramos bajo un mismo techo. Como lamentablemente no estamos vinculados como deberíamos estarlo, en muchas ocasiones se cumple en nosotros el siguiente texto del libro de los Proverbios: (PR. 19, 7).

   Muchos de nuestros hermanos, aunque se preparan convenientemente para trabajar y constituir familias, no alimentan su espíritu, de manera que, el vago recuerdo que les queda de su instrucción catequética de la infancia, no les es suficiente para responder las cuestiones mencionadas anteriormente desde la óptica de nuestra fe, por lo cual, en lugar de instruirse en el conocimiento de nuestras creencias, prefieren conformarse con una fe débil que, según se enfrentan a sus experiencias vitales, al no ser debidamente fortalecida, se debilita hasta extinguirse.

   Al invitar a los cristianos que no son practicantes a vincularse a la vida de la Iglesia, no pretendo decir que los que nos consideramos practicantes somos perfectos, pues sabemos que podemos mejorar en algunos aspectos de nuestra vida, y tenemos la costumbre de dejar que la Palabra de Dios contenida en la Biblia lea lo que hay en nuestros corazones, para que, al descubrir ante Dios las preocupaciones y alegrías de nuestra vida ordinaria, podamos adaptarnos al fiel cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común. Lejos esté de nosotros, -a pesar del deber que tenemos de predicar la Palabra de Dios con el fin de aumentar el número de hijos de la Iglesia-, el deseo de darle lecciones a nadie para presumir de que el mundo tiene que arrodillarse ante nosotros, porque somos propietarios de la verdad. La gran mayoría de cristianos practicantes no somos grandes ejemplos de perfección absoluta, pero, a pesar de ello, intentamos dar testimonio de la profesión pública y privada de nuestra fe, con el fin de que quienes nos rodean vean que es posible creer en Dios en un mundo en que muchas veces podemos tener la impresión de que nuestros valores están predestinados a desaparecer.

   2. ¿En qué sentido son bienaventurados los pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 20).

   En uno de los libros que no están firmados por nadie que me ha enviado uno de mis lectores, he leído que la religión predicada por Jesús no es más que una mera ilusión para hacer que los pobres, al pensar en la conclusión del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros que acontecerá al final de los tiempos, eviten el hecho de pensar en sus dificultades. Esta acusación carece totalmente de sentido, así pues, quienes realmente necesitan comer, ropa para vestirse y un techo bajo el que cobijarse, saben perfectamente que nadie les va a solucionar sus problemas por más que lean la Biblia. Nadie ignora que en el libro de los Proverbios se afirman con respecto a los pobres verdades como las siguientes: (PR. 10, 15-16. 14, 20-21. 15, 15-17).

   Los cristianos deberíamos aplicarnos el siguiente relato, con el fin de aprender que, si viviéramos unidos como verdaderos hermanos, podríamos vencer todos los tipos de pobrezas existentes.

"Hubo una vez, hace muchos años, un país que acababa de pasar una guerra muy dura. Como ya es sabido, las guerras traen consigo rencores, envidias, muchos problemas, muchos muertos y mucha hambre. La gente no puede sembrar, ni segar, no hay harina ni pan.
Cuando este país acabó la guerra y estaba destrozado, llegó a un pueblecito un soldado agotado, harapiento y muerto de hambre. Era muy alto y delgado.
Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y cuando vio a la dueña le dijo:
-Señora, ¿No tenéis un pedazo de pan para un soldado que viene muerto de hambre de la guerra?
Y la mujer le mira de arriba abajo y responde:
-Pero, ¿Estás loco? ¿No sabes que no hay pan, que no tenemos nada? ¡Cómo te atreves!
Y a golpes y a patadas lo sacó fuera de la casa.
Pobre soldado. Prueba fortuna en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta y peor trato.
El soldado casi desfallecido, no se dio por vencido. Cruzó el pueblo de cabo a rabo y llegó al final, donde estaba el lavadero público. Halló unas cuantas muchachas y les dijo:
-¡Muchachas! ¿No habéis probado nunca la sopa de piedras que hago?
Las muchachas se mofaron de él diciendo:
-¿Una sopa de piedras? No hay duda de que estás loco.
Pero había unos niños que estaban espiando y se acercaron al soldado cuando éste se marchaba decepcionado.
-Soldado, ¿te podemos ayudar? Le dijeron.
-¡Claro que sí! Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua y leña para hacer el fuego.
Rápidamente los chiquillos fueron a buscar lo que el soldado había pedido. Encienden el fuego, ponen la olla, la llenan de agua, lavan muy bien las piedras y las echan hasta que el agua comenzó a hervir.
-" ¿Podemos probar la sopa?" preguntan impacientes los chiquillos.
-¡Calma, calma!.
El soldado la probó y dijo:
-Mm... A ¡Qué buena, pero le falta una pizquita de sal!
-En mi casa tengo sal -dijo un niño. Y salió a por ella. La trajo y el soldado la echó en la olla.
Al poco tiempo volvió a probar la sopa y dijo:
-Mm... ¡Qué rica! Pero le falta un poco de tomate.
Y un niño que se llamaba Luis fue a su casa a buscar unos tomates, y los trajo enseguida.
En un periquete los niños fueron trayendo cosillas: patatas, lechuga, arroz y hasta un trozo de pollo.
La olla se llenó, el soldado removió una y otra vez la sopa hasta que de nuevo la probó y dijo:
-Mm... Es la mejor sopa de piedras que he hecho en toda mi vida. ¡Venga, venga, id a avisar a toda la gente del pueblo que venga a comer! ¡Hay para todos! ¡Que traigan platos y cucharas!
Repartió la sopa. Hubo para todos los del pueblo que avergonzados reconocieron que, si bien era verdad que no tenían pan, juntos podían tener comida para todos.
Y desde aquel día, gracias al soldado hambriento aprendieron a compartir lo que tenían"
(Desconozco el autor).

   Dios quiere que todos seamos esos pobres de los que Jesús nos habla en sus bienaventuranzas. Independientemente de que seamos pobres o de que nademos en la abundancia, Dios quiere de nosotros que seamos sencillos. Las mejores ocasiones para demostrarnos que realmente somos los bienaventurados mencionados por Jesús, son aquellas en las que tenemos que optar por cumplir la voluntad de Dios o por pecar. Veamos algunos ejemplos de ello.

   -Una chica o una mujer, piensa: Amo a mi novio y cada día estoy más segura de que él también me ama. Él me ha dicho que si no le demuestro mi amor manteniendo relaciones sexuales con él me dejará. Sé que mantener relaciones sexuales antes de casarnos es un pecado, pero, ¿qué hay de malo en ello?

   ¿No nos ha dado Dios el cuerpo para que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Si nos amamos, ¿qué hay de malo en el hecho de que nos manifestemos el amor que sentimos?

   Mi novio es muy bueno y nunca me ha pedido nada. Siempre ha sido muy cariñoso conmigo.

   La chica (o la mujer) que se plantea estas dudas, debería pensar:

   ¿Cómo puedo ser tan ingenua para creer que verdaderamente me ama un hombre que ni siquiera es capaz de esperar a casarse conmigo para que podamos mantener relaciones sexuales sin pecar?

   Si mi novio aun cuando no estamos casados tiene la pretensión de convertirme en un objeto causante de placer, ¿qué pensará hacer de mi vida cuando nos casemos?

   Si la chica o la mujer supuesta no obedecen el mandamiento bíblico y eclesiástico de mantenerse casta, quizá tendrá la experiencia de un embarazo no deseado, la amarga vivencia de un aborto y la ruptura de su relación de noviazgo. En el caso de que no se produzca el embarazo, existe la probabilidad de que su relación no sea estable por mucho tiempo, dado que el valor de la fidelidad entre novios y cónyuges no es tan aceptado socialmente como lo fue en el pasado.

   -Un hombre casado, reflexiona:

   Hace mucho tiempo que tengo problemas con vivenciales con mi mujer. Hace algún tiempo me enamoré de mi secretaria y he tomado la decisión de convivir con ella.

   ¿Qué hay de malo en que yo me separe de una mujer con la que lo único que hago es sufrir?

   ¿No se lee en la Biblia que Dios es amor?

   ¿Qué hay de malo en el hecho de que yo pueda ser feliz con mi secretaria?

    El hombre de este segundo ejemplo debería pensar que dicha separación en sí es amarga, que va a dejar deshecho su hogar, que va a tener que mantener a hijos de dos mujeres, que va a tener que vivir periodos de rencor innecesario, que van a existir rencores eternos entre los hijos de las dos mujeres, etcétera.

   -Una señora cristiana, piensa:

   Tengo una necesidad de dinero muy urgente. Podría solucionar mi problema accediendo a salir con mi jefe hasta que él se canse de mí. A mi jefe le gusta cambiar mucho de pareja, así que esa situación no sería prolongada por mucho tiempo.

    La mujer de este ejemplo debería pensar que existe una gran probabilidad de que la estabilidad económica que espera conseguir  sea disfrutada por otra mujer, por lo que ella, además de continuar con sus problemas económicos -si es que no pierde el empleo-, tendrá que vérselas con su conciencia, en el caso de incumplir el mandamiento de mantenerse casta dentro de su situación actual.

   La vida cristiana, que parece muy difícil si no la vemos con optimismo, se explica perfectamente con el siguiente ejemplo:

   -Soy una señora de treinta años que siempre he visto frustrados los intentos que he hecho para perder todos los kilos que me sobran. Mañana empezaré nuevamente mi dieta de verduras, pero ahora mismo me voy a tomar un helado de chocolate... Estoy pensando que, los escasos minutos de placer que me proporcionarán ese helado, pueden costarme muchos días de sacrificio comiendo verduras, pues, si no adelgazo rápidamente, olvidándome de las más de 1000 calorías del helado en que estoy pensando, me desanimaré pensando que soy incapaz de perder los kilos que me sobran, por lo que probablemente dejaré mi dieta otra temporada.

   Nota: Los ejemplos aquí mencionados están concebidos desde el punto de vista del cumplimiento de las normas morales cristianas, pero yo recomiendo verlos desde la capacidad del no juicio.

   La pobreza espiritual de que nos habla Jesús, puede cambiar la forma de vivir que tenemos, pues vivimos en una sociedad en que nos hemos acostumbrado a hablar de "mi casa", "mi familia", "mi trabajo", "mi coche", "mis amigos", etcétera, mientras que nuestra fe nos enseña a considerar la siguiente reflexión:

"En una de las salas de un salón de clase en un colegio privado, había varios estudiantes, cuando uno de ellos le preguntó de improvisto a la maestra lo siguiente:
"Maestra, ¿qué es el amor?
La maestra sintió dentro de su ser que el estudiante merecía una respuesta a la altura de la pregunta inteligente que hiciera delante de los demás estudiantes del salón.
Como ya estaban casi en la hora del recreo, la maestra le pidió a cada estudiante que diera una vuelta por el patio de la escuela y trajese lo que más despertara en ellos el sentimiento de amor profundo.
Los estudiantes salieron apresurados al recreo, y cuando volvieron la maestra les dijo lo siguiente: "Quiero que cada uno de ustedes muestre lo que trajo consigo al resto del salón de clases".
El primer estudiante dijo lo siguiente: "Yo traje está magnífica y floreada flor, ¿no es linda y hermosa?
El segundo estudiante habló y dijo lo siguiente: "Yo atrapé está hermosa mariposa. Vea el colorido de sus alas, la voy a colocar en mi colección de mariposas que tengo en mi casa.
El tercer estudiante dijo también lo siguiente: "Yo vi en un árbol un nido con este pichón de pajarito. Se cayó del nido con otro hermanito, ¿no son graciosos y hermosos?
Y, así cada uno del resto del estudiantado, fueron colocando en la mesa lo que habían recogido en el patio de la escuela.
Terminada la exposición de cada uno de los estudiantes en el salón de clases, la maestra notó con preocupación que había una estudiante que no había traído nada, y que se había quedado todo el tiempo callada sin decir ninguna palabra. Ella estaba avergonzada, pues nada había traído para la exposición.
La maestra entonces se dirigió apresuradamente hacia la estudiante y le preguntó lo siguiente: "Muy bien, ¿y por qué no has traído nada? Y, la estudiante Entonces tímidamente le contestó a la maestra lo siguiente:
"Disculpe maestra. Vi la hermosa y maravillosa flor, pensé en arrancarla, mas preferí dejarla en su lugar, para que su perfume exhalase más tiempo y envolviera el lugar de aroma. Vi también la mariposa con sus múltiples colores maravillosos, suave colorida, ella parecía tan feliz y contenta que no tuve el coraje ni el valor de aprisionarla en mis manos. Vi también al pequeño pichoncito caído en la tierra entre las hojas, pero....al subir al árbol, noté el mirar triste de su madre, y preferí devolverlo junto a su otro hermanito al nido.
Por lo tanto maestra, traigo conmigo el perfume de la flor, la sensación de libertad de la mariposa que vuela libre por los aires, y la eterna gratitud que sentí en los ojos de la madre de los pajaritos..... ¿Cómo puedo mostrar lo que traje?
La maestra entonces entendió el gran mensaje de su alumna, y le puso la nota más alta, pues ella fue la única estudiante que percibió dentro de sí misma, que.... "Sólo podemos hallar el Amor en el corazón"!!"
(Desconozco el autor de este relato).

   3. ¿Cómo sacia Jesús el hambre espiritual de sus pobres?

   Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: (LC. 6, 21A). Si interpretamos literalmente las palabras de nuestro Señor, al pensar que las tales se refieren a los pobres, nos preguntamos: ¿Por qué no cumple Dios la promesa de saciar a los pobres? Para entender el texto bíblico que estamos meditando, nos es imprescindible leer el siguiente texto de San Mateo: (MT. 5, 6).

   Según hemos visto en los ejemplos anteriores relacionados con la obediencia a Dios y el hecho de caer en el pozo del pecado, la vida cristiana se contradice con la impaciencia que se extiende entre los habitantes de los países desarrollados, pues muchos de los tales adaptan su vida de forma que quieren alcanzar grandes metas en el mismo tiempo que pulsan un botón del mouse de su ordenador o cambian de cadena de televisión, lo cual es totalmente imposible. Nuestra vida cristiana es muy rica en beneficios para quienes la aceptamos, pero, exceptuando el gozo de cumplir la voluntad de Dios, los citados frutos se perciben a largo plazo. Supongamos que un profesor es contratado por un matrimonio que desea que sus hijos sean buenos estudiantes y gente de provecho en el futuro. Es normal que el citado profesor se sienta recompensado por su esfuerzo a la medida que sus alumnos progresan en sus estudios y no lo haga antes de empezar a impartirles clases a los mismos.

   Afortunadamente para nosotros, los Santos no nacen, se hacen, porque, si los Santos nacieran, por causa de nuestra imperfección, no tendríamos la esperanza de vivir algún día en la presencia de Dios, sin que necesitáramos la fe para creer que nuestro Padre común existe. Fijaos en un detalle. Jesús le perdonó sus pecados a un paralítico y lo curó de su enfermedad (MC. 2, 1-12). A continuación (vs. 13-17), no sólo le perdonó sus pecados al recaudador de impuestos Mateo, sino que lo convirtió en uno de los Doce Apóstoles. Por su oficio, Mateo tenía más probabilidad de ser moralmente peor que el paralítico anteriormente mencionado, pero Jesús le dio una mejor posición que al citado enfermo, en cumplimiento de las palabras de San Pablo, citadas en ROM. 5, 20.

   ¿Quién le confiaría la administración de sus posesiones a un reconocido ladrón? Jesús le concedió la administración del dinero del Colegio Apostólico a Judas Iscariote, uno de los Doce que, además de ser ladrón, vendió al Mesías, para que sus enemigos pudieran tratarlo como a un esclavo, ya que los hombres libres tenían derechos de los que estaban privados los carentes de libertad.

   ¿Quién le confiaría la ejecución de su obra a un hombre que anteriormente le hubiera negado? A pesar de que el Apóstol San Pedro negó a Jesús cuando nuestro Señor fue prendido en el huerto de Getsemaní, Jesús constituyó a Simón Papa de su Iglesia.

   Si circunstancialmente somos calumniados, o si sufrimos alguna circunstancia por la que creemos que somos perfectos inútiles, o si cometemos un pecado tan grave como para después de recapacitar llegar a creer que somos imperdonables, no creamos que no tenemos valor para Dios, pues nuestro Padre común quiere que nos apliquemos las palabras de San Pablo, expuestas en 2 COR. 12, 9.

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Meditación.

   A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.

   De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?

   Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.

   Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.

   Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.

   Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio. (Meditación del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   3. Dios quiere hacer grandes obras por nuestro medio.

   Meditación de LC. 5, 1-11.

   San Lucas nos habla en el Evangelio de hoy de la vocación de San Pedro, la cual no solo estuvo relacionada con la vocación de sus compañeros de pesca, pues también lo está con la vocación de todos los cristianos desde el punto de vista de los católicos, ya que, Nuestro Salvador, le concedió la potestad necesaria, para gobernar la Iglesia, de la que decimos que es "la barca de Pedro", porque el citado Santo y sus sucesores los Papas la gobiernan.

   Quienes han tenido problemas laborales con sus jefes y/o compañeros de trabajo, o han trabajado teniendo grandes dificultades para obtener todo lo necesario para que sus familiares vivan dignamente, deben conocer el estado de ánimo que tenían Simón y sus compañeros, mientras lavaban sus redes, después de haber pasado toda una noche, sin pescar ni un solo pez. Ello no solo me recuerda a quienes tienen problemas relacionados con la actividad laboral que desempeñan, pues también me hace pensar en quienes necesitan trabajar, y no encuentran a quienes los contraten, en este tiempo de crisis económica.

   La multitud de que San Lucas nos habla al principio del Evangelio que estamos meditando, en cierta manera, representa al común de los cristianos que, aunque no predican la Palabra de Dios, se cultivan espiritualmente. Jesús no les pidió a todos los pescadores que se alejaran de tierra con él, pues solo se lo dijo a Simón, lo cual nos recuerda que el citado Apóstol de Nuestro Señor, al tener la facultad de gobernar la Iglesia, puede regir a la misma, así pues, todos los católicos, tenemos la posibilidad de adentrarnos en el mar en que podemos ser pescadores de hombres, siguiendo las recomendaciones del papa.

   Jesús le pidió a Simón que se alejara un poco de tierra, pues no quería que se adentrara en el lago, con tal de no perder de vista a la multitud, a la que le predicó el Evangelio. Ello me recuerda que podemos formarnos espiritualmente, no solo para beneficiarnos, sino para evangelizar a todos los que quieran conocer al Dios Uno y Trino, por nuestro medio.

   Aunque probablemente la barca de Simón era grande como para que Jesús predicara permaneciendo en pie sobre la misma, el Señor evangelizó a sus oyentes sentado, pues esa era la postura en que predicaban los maestros de la Ley israelitas. La multitud de oyentes del Señor debía permanecer en pie, indicando su disposición a acoger el mensaje que se le anunció, y a inspirar su vida en el mismo.

   Cuando Jesús terminó de predicar, le pidió a Simón que se adentrara en el mar. Habiendo terminado de evangelizar a la gente, Jesús quiso iniciar la instrucción que necesitaban recibir, quienes llegaron a ser sus Apóstoles. Obviamente, no requieren la misma instrucción religiosa, quienes predican el Evangelio, que, quienes tienen fe en el Señor, pero no sienten la necesidad de evangelizar a nadie.

   Simón era pescador, y, después de haber pasado toda una noche intentando pescar, tenía la certeza de que, si volvía a iniciar su trabajo, solo perdería el tiempo. A pesar de ello, Simón confió en la Palabra del Señor, aunque hay quienes piensan que lo hizo, con tal de darle un escarmiento a Jesús, enseñándole que en la vida hay que hacer algo más aparte de pronunciar bellos discursos, para poder ganar el pan.

   Existen situaciones en que sabemos que no nos saldrá bien lo que haremos, pero, a pesar de ello, intentamos llevar a cabo lo que tenemos en mente, porque es mejor superar un fracaso, que vivir paralizados. A modo de ejemplo, somos muchos los que hemos intentado conseguir trabajo insistentemente, y no hemos conseguido lo que necesitábamos. Para Simón, no debió ser fácil adentrarse en el lago, después de haber trabajado toda la noche infructíferamente, confiando en la Palabra del Señor.

   El Señor paga admirablemente todos los servicios que le prestamos. En el Evangelio que estamos considerando, estuvo a punto de partir la red de Simón porque la llenó de peces, y, cuando llamaron a los Zebedeos, estuvieron a punto de hundir las dos barcas, por la misma causa.

   Al ver el milagro que hizo Jesús, Pedro se sintió miserable por causa de su condición pecadora, y le pidió al Señor que se alejara de él, porque no era digno de estar en presencia, de un gran Profeta, como Nuestro Salvador. Recordemos que Jeremías, al sentirse violado por Yahveh, quien le impuso una misión que no quería cumplir, porque era consciente de que ello hacía que su vida peligrara constantemente, no se sintió molesto con Dios, sino que dijo que se dejó seducir, y que la Palabra del Altísimo, constituía su alimento espiritual (JER. 20, 7-11, y 15, 15-16). Tal como hemos recordado en la primera lectura de este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, Isaías se sintió pequeño por causa de su condición pecadora, y, cuando le fueron perdonados sus pecados, se sintió preparado, para servir a Yahveh, incondicionalmente.

   A San Pablo siempre le dolió el hecho de haber sido perseguidor de los cristianos, pero cumplió la misión de evangelizar a los gentiles fielmente, porque sabía que Dios le perdonó sus pecados.

   ¿Nos sentimos pobres, enfermos y desamparados, cuando estamos en presencia del Dios Uno y Trino?

   San Lucas nos dice que, el mismo asombro que invadió a Simón por causa del milagro que le vio hacer a Jesús, invadió a sus compañeros de trabajo. Ello nos indica que, quienes quieran que sus oyentes y/o lectores crezcan espiritualmente, pueden predicarles a los tales, teniendo la formación adecuada, y conociendo sus circunstancias vitales, con el fin de ver cómo puede llegar Dios a ellos para purificarlos y santificarlos, partiendo de la vida ordinaria de los tales.

   El milagro de la pesca milagrosa, no solo sirvió para que el Señor ganara la plena confianza de quienes llegaron a ser sus futuros Apóstoles, pues tuvo el efecto de disponer a los mismos, a realizar una pesca más difícil, que la que estaban acostumbrados a llevar a cabo. Cuando Jesús le dijo a Simón que lo haría pescador de hombres, no le habló de la pesca que se lleva a cabo en provecho propio, sino de la pesca que se hace atrapando a los peces, y manteniéndolos vivos. La pesca de hombres no debe llevarse a cabo en provecho propio, sino en beneficio de aquellos a quienes se evangeliza.

   Cuando los pescadores llegaron a tierra, renunciaron a su trabajo, y a sus posesiones, se despidieron de sus familiares, y se dispusieron a seguir a Jesús. Pidámosle a Nuestro Santo Padre que, la misma convicción con que tales amigos del Señor siguieron al Mesías, nos invada el corazón, y nos ayude a vivir, como discípulos de Cristo Resucitado.

   Faltan pocos días para que empecemos a conmemorar la Cuaresma, los 40 días precedentes al Triduo de Pascua. Durante el citado periodo le pediremos a Dios que nos siga limpiando de nuestras imperfecciones a través de nuestras oraciones y obras. No podemos sentirnos purificados si carecemos de fe, así pues, la Iglesia, con gran sabiduría, nos insta a que recordemos nuestra vocación. Todos los cristianos practicantes vivimos en torno a Dios cumpliendo una misión que nuestro Padre y Dios nos ha encomendado. Existen gran variedad de misiones entre nosotros, pero todas tienen la finalidad de conducirnos al Reino de Dios, independientemente de si somos religiosos o laicos.

   El primero de los Profetas mayores, Isaías, se turbó en la presencia de Dios. A nosotros no nos impresiona el hecho de que "Dios es amor" (1 JN. 4, 8) porque oímos esa verdad cada vez que celebramos la Eucaristía, pero aún en nuestros días muchos de nuestros hermanos comparten la creencia judía de que la justicia y el amor no se compenetran entre sí, de manera que piensan que ante el Todopoderoso los hombres débiles -para ellos la debilidad es el castigo del pecado o impureza- han de perecer ante la ejecución del castigo de Dios por la inminente e inevitable ejecución de la justicia divina. La gran mayoría de nuestros sacerdotes han perdido la costumbre de hablar del infierno y el purgatorio, unos porque no creen en la existencia de esos estados, y otros porque saben que esas creencias se están extinguiendo.

   Un ángel tocó los labios del Profeta con una brasa, simbolizando de esa forma el cuidado que deseamos tener los cristianos a la hora de emitir juicios y proclamar la Palabra de Dios. Este hecho nos insta a leer toda la información que cae en nuestras manos entre líneas, porque tenemos que cerciorarnos de la verdad referente a todo lo que acaece en nuestro entorno social, para no emitir juicios tan improcedentes como temerarios.

   Si purificamos nuestra lengua, estaremos dispuestos para decirle al Señor las palabras del Profeta: "Aquí estoy, envíame a mí a ejecutar tu misión".

   ¿De quiénes podemos decir que tienen mucho amor y coraje para pedirle a nuestro Padre y Dios que los ayude a conocer la aparente infinitud de la miseria humana, para cambiar ese estado por la experiencia de la gracia divina?

   No seamos mediocres y egoístas pidiéndole a Dios que nos resuelva los problemas a nuestros seres queridos y a nosotros, así pues, supliquemos el hecho de estar siempre ocupados en la evangelización activa y en mil actividades más, para sentirnos útiles ante nuestros ojos.

   De la misma forma que el episodio de la pesca milagrosa que San Lucas nos narra detalladamente en su Evangelio fue crucial a la hora en que los Apóstoles optaron por seguir a Jesús, el Señor se manifiesta a través de sus obras en nuestra vida para que vivamos como auténticos cristianos.

   Quizá muchos de nosotros nos parecemos a Pedro el incrédulo e impulsivo. Quizá hemos imitado a Pedro al sentirnos invadidos por el miedo a la hora de experimentar la vivencia de Dios.

   Vamos a concluir esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que todos imitemos a los Apóstoles en el seguimiento de Jesús.

joseportilloperez@gmail.com

Seamos pescadores de hombres en mares de confusión. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.

   Lectura introductoria: SAL. 89, 29.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).

   De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.

   Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.

   Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.

   Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.

   Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:

   Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:

   Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:

   Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 5, 1-11.

   3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).

   ¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.

   Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.

   ¿Por qué seguimos a Jesús?

   ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?

   ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?

   3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).

   Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.

   Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.

   Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.

   3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).

   Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?

   Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.

   ¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.

   ¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.

   3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).

   Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.

   Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.

   Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.

   ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?

   3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).

   Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.

   3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).

   Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.

   Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.

   Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.

   3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).

   Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.

   Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.

   A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.

   Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
   2. ¿Por qué seguimos al Señor?
   3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
   4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
   5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?

   3-2.

   6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
   7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
   8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?

   3-3.

   9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
   10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
   11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?

   3-4.

   12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
   13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
   14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
   15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?

   3-5.

   16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?

   3-6.

   17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
   18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
   19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?

   3-7.

   20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
   21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?

   5. Lectura relacionada.

   Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.

   Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.

   Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.

   Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.

   Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.

   Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

El amor es el distintivo de los cristianos. (Meditación de la segunda lectura del Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   2. El amor es el distintivo de los cristianos.

   Nota: Consultadles a vuestros sacerdotes si en las celebraciones eucarísticas a que asistáis se leerá la segunda lectura completa o si se acortará por razón de brevedad (1 COR. 12, 31-13, 13, o 1 COR. 13, 4-13).

   Al meditar textos del capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios los Domingos II y III del Tiempo Ordinario del Ciclo C, hemos recordado que todos los dones espirituales que recibimos tienen la misma importancia, porque nos son dados por el Espíritu Santo. Dado que tales dones están ordenados a fortalecer espiritualmente a la Iglesia, no consideraremos más importantes los dones que nos hagan destacar notablemente sobre nuestros hermanos de fe, sino los que más ayuden a la Iglesia a llevar a cabo la misión que le ha sido encomendada, de evangelizar a la humanidad, y de socorrer a los pobres, a los enfermos, y a los desamparados.

   El Espíritu Santo no nos concede los dones que deseamos poseer, sino aquellos que nos ayudarán a ser purificados y santificados, y nos capacitarán para servir a los hijos de la Iglesia, en conformidad con nuestra capacidad de ejercitarlos. Esta es la causa por la que no deseamos tener los dones más notorios para destacar sobre los demás, sino aquellos con que vamos a prestar un servicio más eficaz, en la viña del Señor.

   Mientras que en el capítulo doce de la primera Carta de San Pablo a los Corintios se nos habla de la extinción del amor en los corazones de quienes no viven para servir a sus prójimos los hombres, en el capítulo trece, se nos habla del don de Dios más importante que deseamos, el cual es el amor. Nadie podrá medir el amor con que amamos a Dios y a sus hijos, pero ningún otro don nos ayudará a observar la conducta característica de Jesús y de sus Santos.

   No olvidemos nunca que el amor es el don divino más importante que podemos recibir. Esta es la causa por la que San Pablo nos dice en la segunda lectura de la Eucaristía de este día que nuestras obras no deben ser medidas por su grandeza y eficacia, sino por el amor con que las llevamos a cabo. Dios no necesita de nuestra eficacia porque es más perfecto que nosotros, así pues, Nuestro Santo Padre quiere perfeccionarnos, y lo irá haciendo, en conformidad con la grandeza que alcance nuestro amor.

   Si consideramos que el amor es el don de Dios más importante que podemos recibir, no envidiaremos a nadie que destaque por sus dones divinos, pues consideraremos que todos los dones tienen la misma importancia, porque los recibimos del Espíritu Santo, quien no margina a nadie.

   A la hora de mantener relaciones de pareja, muchos cristianos y no creyentes, confunden el amor, con la sensualidad, sin tener en cuenta que el verdadero amor, no siempre busca el interés propio, sino el beneficio de quienes son objetos del mismo. Si nuestro amor consiste en hacer de quienes amamos medios para alcanzar lo que deseamos, tal sentimiento que albergamos en el corazón no es amor, sino egoísmo.

   No podemos sentir amor verdadero sin ser ayudados por Dios para que podamos experimentar el citado sentimiento. El amor verdadero se caracteriza porque nos induce a anular nuestros intereses muchas veces, para servir a nuestros prójimos los hombres, sin esperar recibir ningún pago, por causa de las obras que hacemos.

   Los dones que en el presente nos sirven para crecer espiritualmente, y servir a nuestros prójimos los hombres, no nos serán necesarios para ello, cuando Jesús concluya la instauración de su Reino entre nosotros, porque viviremos en un mundo en que no existirá el sufrimiento.

   San Pablo nos habla del futuro que añoramos para ayudarnos a no sucumbir ante la visión de nuestros sufrimientos actuales. el hecho de ver a Dios cara a cara, debería animarnos a vivir como imitadores de Jesús, porque ello significa que, todas las respuestas que ignoramos en este tiempo, nos serán reveladas, por lo cuál, comprenderemos el sentido, de las circunstancias dolorosas, que han caracterizado nuestra vida, total o parcialmente. Cuando veamos a Dios más allá de la miseria que afecta a la humanidad, comprenderemos las razones de Nuestro Santo Padre, y ello nos ayudará a saber lo que desconocemos en este tiempo.

joseportilloperez@gmail.com

¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia? (Meditación para la solemnidad de Todos los Santos. 1 de noviembre).

   Meditación.

   ¿Qué papel desempeñan los Santos en la Iglesia?

   Introducción.

   ¿Quiénes son los santos? Los santos son los creyentes en Dios que viven para cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Tales hermanos nuestros, independientemente de que estén entre nosotros o de que estén en la presencia de Dios aguardando que Nuestro Padre común una nuevamente sus cuerpos a sus almas en la resurrección universal, desempeñan una importante misión en la Iglesia, consistente en orar, para pedirle a Nuestro Santo Padre que concluya la instauración de su Reino entre nosotros, para que podamos vivir en un mundo que no esté caracterizado por ningún tipo de sufrimiento.

   No sólo son Santos los cristianos que han sido canonizados por la Iglesia para que sus vidas nos sirvan de ejemplo a quienes vivimos en este mundo en que es muy fácil perder la fe en Dios, pues también lo son los millones de creyentes que, aunque no son conocidos, han vivido entregados al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. Estos últimos Santos, aunque son desconocidos, también merecen nuestra veneración, lo cual constituye uno de los motivos trascendentales por los que celebramos esta fiesta de Todos los Santos.

   "La comunión con los santos. "No veneramos el recuerdo de los del cielo tan sólo como modelos nuestros, sino, sobre todo, para que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vea reforzada por la práctica del amor fraterno. En efecto, así como la unión entre los cristianos todavía en camino nos lleva más cerca de Cristo, así la comunión con los santos nos une a Cristo, del que mana, como de Fuente y Cabeza, toda la gracia y la vida del Pueblo de Dios" (LG 50):

   Nosotros adoramos a Cristo porque es el Hijo de Dios: en cuanto a los mártires, los amamos como discípulos e imitadores del Señor, y es justo, a causa de su devoción incomparable hacia su rey y maestro; que podamos nosotros, también nosotros, ser sus compañeros y sus condiscípulos (San Policarpo, mart. 17)" (CIC. 957).

   La comunión de los Santos, significa que los tales participan activamente de la vida de la Iglesia, pues así lo demuestran su testimonio de fe inquebrantable, los escritos que muchos de ellos nos han dejado para ayudarnos a crecer espiritualmente, y su oración. Los Santos que están en el cielo tienen la dicha de contemplar al Dios Uno y Trino, lo glorifican o alaban, y, por medio de la citada oración, interceden por aquellos que les han sido encomendados, los cuales bien pueden llevar su nombre, o estar bajo la titularidad de los mismos. La creencia en la intercesión de los Santos es una gran ayuda que le sirve al pueblo de Dios para mantener su fe viva, ya que los creyentes saben que aquellos de sus familiares y amigos difuntos que han dejado este mundo con el corazón rebosante de fe, no cesan de orar por la salvación de sus almas.

   La intercesión ante Dios por creyentes e incrédulos constituye la gran misión que los Santos desempeñan en la Iglesia. Podemos pedirles a los Santos que intercedan por nosotros, por nuestras familias, por quienes conocemos y no hemos tenido la oportunidad de conocer, y por toda la humanidad.

   Aunque sabemos que contamos con la ayuda de los Santos, puede sucedernos que, sumidos en nuestras múltiples ocupaciones y llevados de nuestras muchas preocupaciones, nos olvidemos de tan grandes intercesores que tenemos delante de Nuestro Padre celestial. Obviamente, sabemos que los Santos no tienen poder para salvarnos, dado que nuestra salvación depende del amor y del poder de Dios para conducirnos a su presencia limpios del fruto de nuestros pecados, pero dicha oración nos conforta porque los Santos nos acompañan espiritualmente en nuestras alegrías y, el hecho de saber que están con nosotros, nos conforta de nuestros dolores. Para evitar que nos olvidemos de la gran ayuda que nos prestan los Santos, la Iglesia quiere que dediquemos el uno de Noviembre a expresarles a tales hermanos nuestros nuestras necesidades y alegrías y les agradezcamos el amor que nos manifiestan, para que no nos sintamos desamparados cuando la adversidad se adueñe de nuestro corazón sin que podamos evitarlo.

   La solemnidad que hoy celebramos nos recuerda que quienes están en el cielo no son los únicos Santos que existen, pues también son santos los que, a pesar de su humana imperfección, -dentro de sus siempre escasas posibilidades-, hacen extraordinariamente bien las cosas ordinarias que les competen, es decir, actúan adecuadamente, porque no nos es posible ser perfectos-, por amor a Dios, a sus prójimos los hombres y a sí mismos. Todos los que creemos en Dios hemos sido llamados a la santidad, así pues, Dios nos dice las palabras que podemos leer, en 1 PE., 1, 16.

   ¿Qué quiere decir Dios cuando nos pide que seamos santos? Lo que nuestro Padre celestial quiere decirnos es que, en conformidad con nuestras posibilidades, que intentemos imitarlo, tal como nos dice San Pablo que lo hagamos (EF. 5, 1-2).

   San Pablo nos demuestra que el ejemplo de los Santos puede motivarnos a desear ser santificados por Dios, cuando nos dice las palabras que leemos, en 1 COR. 15, 10.

   El antiguo perseguidor de los cristianos nos dice que la gracia de Dios lo transformó en un hombre completamente distinto, y que por medio de sus oraciones y obras, Dios hizo que tal gracia no se malograra. Si se da el caso de que creemos que somos pecadores irremediables, a imitación de San Pablo, en lugar de pensar que nuestra maldad y estupidez nos quitan el valor personal que tenemos, oremos incansablemente, y hagamos el bien, para que la gracia divina concluya nuestro proceso de santificación personal.

   Recordemos que Santos no sólo son aquellos que han tenido la potestad de hacer milagros, pues también son santos quienes, desde su vida silenciosa o desconocida, saben cumplir la voluntad de nuestro Padre común, sin que nadie los alabe por ello, porque no se tiene el conocimiento de que cumplen la importante labor de orar por la salvación de la humanidad. Recordemos con especial afecto a los religiosos contemplativos, y, a quienes, por causa de sus enfermedades, ancianidad, o pobreza, lo único que pueden hacer en la vida es orar, para pedirle a Dios que no se demore en cumplir sus promesas, a no ser que se dé el caso de que crea oportuno seguir haciéndose esperar, hasta que nuestros corazones sean receptivos a su Palabra.

   Dado que no es fácil alcanzar la santidad, hoy podríamos hacer un plan para alcanzarla, pues, aunque sabemos que este hecho depende de Dios, nos queda la opción de actuar cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, como si de ello dependiera la salud o salvación de nuestra alma.

   A la hora de pensar en lo que podemos hacer para que Dios nos santifique, lo primero que debemos tener en cuenta, es que no podemos hacer nada sin Nuestro Creador. Esto en absoluto significa que somos inútiles, sino que debemos dirigir nuestra vida al cumplimiento de su voluntad.

   Dado que podemos ser tendentes al pecado, necesitamos intentar vencer nuestra imperfección, empezando por los defectos más fáciles de superar, para posteriormente intentar remediar nuestras más graves imperfecciones, hasta el punto que podamos superarlas, dependiendo de los medios que para ello estén a nuestro alcance en cada momento de nuestra vida.

   Si queremos ser santos, necesitamos estudiar la Palabra de Dios, los documentos de la Iglesia y no dejar de frecuentar los Sacramentos.

   1. La inmortalidad del alma.

   Para entender la misión que los Santos que están en el cielo desempeñan con respecto a nosotros, nos es necesario comprender que, aunque los tales carecen de sus cuerpos mortales, sus almas están en la presencia de Dios. La creencia de la inmortalidad del alma, no es un invento de los católicos tal como intentan inculcarles a sus adeptos muchas sectas, pues nos es necesario buscar el origen de la misma en la Biblia.

   Recordemos que Dios probó la fe y obediencia de Abraham ordenándole que le ofreciera en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando se lee el citado relato que se encuentra en el capítulo veintidós del Génesis, se puede tener la impresión de que el citado Patriarca de Israel debió pensar: ¿Cómo es posible que Dios me haya prometido que por medio de mi hijo aumentará mi prole, y, sin embargo, me haya ordenado asesinar a Isaac? Un hagiógrafo responde esta pregunta en los siguientes términos: (HEB. 11, 17-19).

   Job, en su lamentable estado de leproso que esperaba la llegada de la muerte para que su tormento acabara, llegó a decir, las palabras que leemos en JOB. 19, 25-27. CF. MT. 22, 32.

   Ni María ni los Santos (en la Biblia un Santo es un creyente, independientemente de que el mismo sea ministro de la Iglesia o un simple hermano de la comunidad, tal como se ve, -por ejemplo-, en COL. 1, 2.) están muertos, pues, en la Biblia, leemos, las palabras expuestas en JOB. 14, 13-15.

   Si Job esperaba bajar al Seol (la sepultura común de la humanidad según la antigua creencia hebrea), debía tener una noción de que su espíritu no moriría.

   Si los Santos no están muertos, pueden interceder ante Dios por quienes quieran, lo mismo que también podemos hacerlo nosotros.

   (MC. 9, 4). Si moisés y Elías se les aparecieron a Jesús y a sus tres amigos en el pasaje de la Transfiguración del Señor, ello sucedió porque ambos estaban vivos.

   2. La intercesión de los Santos.

   Existen grupos religiosos y sectarios que nos acusan a los católicos de que traficamos con los sentimientos de los incautos atrayendo a los tales a la Iglesia, como si por este hecho los Santos intercedieran por los tales ante Dios por ello. Llegados a este punto, nos es necesario responder la siguiente pregunta: ¿Tiene una base bíblica razonable la intercesión de los Santos? "   María Santísima intercedió ante Jesús por los novios que se casaron en Caná de Galilea (JN. 2, 1-11)".

   Si no tenemos una buena instrucción bíblica, seguro que no sabremos responderles coherentemente a nuestros hermanos separados de muchas denominaciones, cuando nos pregunten:

   ¿En qué versículo de la Biblia se nos indica que podemos dirigirles nuestras oraciones a los Santos, como si los mismos fueran dioses?

   ¿No os dais cuenta de que al orarles a los Santos hacéis que los mismos le usurpen a Dios su lugar, por lo cual, al adorar a las criaturas, os jugáis la salvación, por no adorar a vuestro Creador?

   ¿En qué lugar de la Biblia se nos informa de que tanto la Virgen como los Santos están dotados de poder para hacer milagros?

   Aunque estas preguntas son tan fáciles de ser respondidas que ni siquiera nos ocupamos de ellas en los cursos catequéticos infantiles, muchos de nuestros hermanos en la fe, al no saber responder los citados interrogantes, acaban por separarse de la Iglesia, y convertirse en nuestros enemigos jurados.

   Aunque en la Biblia no se nos informa de que los Santos deben escuchar nuestras oraciones ni de que están dotados de poder para hacer milagros, sí se nos demuestra, -como veremos a continuación-, que, al ser nuestros intercesores, actúan movidos por el poder del Espíritu Santo para orar por nosotros. Los milagros que se nos conceden por petición (intercesión) de los Santos dirigida a Nuestro Dios Uno y Trino, no son frutos del poder de los mismos, sino del amor de Dios, que es derramado constantemente sobre nosotros.

   Es cierto que en la Biblia no existe ningún mandato que afirme o prohíba el hecho de que les tributemos culto a María Santísima y a los Santos, pero, como se nos demuestra que ello nos es lícito, nos encontramos con que no debemos añadirle ni quitarle nada por nuestra cuenta al texto sagrado, tal como se ve en el siguiente fragmento del Apocalipsis (AP. 22, 18-19).

   Se nos acusa erróneamente de rezarles a las imágenes. Nuestras oraciones nunca están dirigidas a las imágenes de los Santos, sino a las personas representadas por las mismas, así pues, San Pablo nos invita a orar (EF. 6, 18).

   Dado que en el Nuevo Testamento los creyentes son designados con la palabra santos, (escribo dicho término en mayúsculas para resaltarlo), al decirnos el Apóstol que oremos unos por otros, está demostrándonos que la intercesión de los Santos es útil, no por su poder, sino porque, al interceder unos por otros, nos demostramos que hay amor verdadero entre nosotros.

   En la Biblia se nos demuestra cómo le son presentadas a Dios las oraciones de los Santos que están tanto en el cielo como en la tierra.

   (AP. 5, 8). Los personajes mencionados no se postraron ante Nuestro Padre común, sino ante Jesucristo, el Cordero de Dios, lo cual nos da fe de que orar en la presencia de Jesucristo no constituye un pecado.

   Nuestras oraciones son sacrificios muy gratos en la presencia de Dios (AP. 8, 1-4).

   ¿En qué cita se basan los fundamentalistas para afirmar que no debemos recurrir a la intercesión de los Santos? (1 TIM. 2, 5). Jesucristo ciertamente es nuestro único mediador ante el Padre eterno en el sentido de que es Nuestro Redentor, pero este hecho no nos impide recurrir a la intercesión de los Santos, la cual sólo es una demostración de amor, si estamos atentos a las necesidades de nuestros hermanos los hombres.

   Nuestros hermanos separados pueden objetarnos a la hora de decirles lo expuesto anteriormente, diciéndonos: Vosotros no tenéis razón, por consiguiente, mirad estas citas bíblicas: (JN. 16, 24; MT. 7, 7-8).

   Es cierto que podemos dirigirle nuestras peticiones a Dios en nombre de Jesús, pero este hecho no está relacionado en absoluto con la intercesión de los Santos.

   Observemos cómo los Apóstoles Pedro y Juan intercedieron ante el Señor Jesús por un cojo (HCH. 3, 1-8).

   Fijaos qué contradicción más curiosa. Aunque los evangélicos nos satanizan a los católicos por causa de la intercesión de los Santos, sus pastores interceden por los enfermos por medio de sus oraciones de sanación. Si los pastores oran por aquellos a quienes instruyen porque se les pide que lo hagan, resultan ser mediadores entre sus fieles y Dios.

   San Pablo también curó a un tullido porque Dios escuchó su oración de intercesión (HCH. 14, 8-10).

   ES cierto que los textos que hemos visto no nos informan de que los Apóstoles oraron por aquellos a quienes curaron, pero ello se deduce del simple hecho de que carecían del poder necesario para obrar milagros por sí mismos. Dado que los Apóstoles creían en la necesidad que tenemos de interceder unos por otros, nunca les prohibieron a sus oyentes ni a sus lectores que les pidieran nada, dado que ellos también cumplían la importante misión de interceder primeramente por sus hermanos de raza y posteriormente por los extranjeros, una vez que estos últimos se cristianizaron.

   Aunque no nos encontramos entre los Santos que están en el cielo, ¿podemos interceder ante Dios por los creyentes? (EF. 6, 18).

   Dado que el término "santo" designaba a los creyentes en Jesús antes de que los tales fueran llamados "cristianos", San Pablo, por medio de las siguientes palabras que les escribió a sus lectores de Éfeso, nos demuestra que podemos interceder unos por otros, y también por los grandes santos que destacan por su cumplimiento de la voluntad de Dios (EF. 6, 19-20).

   Si aquí en la tierra, donde el amor que nos caracteriza es imperfecto, hacemos bien al orar unos por otros, ¿evitarán los Santos del cielo el hecho de interceder por la humanidad sumida en sus problemas? San Pablo responde este interrogante, en los siguientes términos (1 COR. 13, 8A).

   ¿Difundimos los católicos la idea de que los Santos son dioses, a los cuales debemos adorar como si le usurparan a Dios su dignidad? Esta idea no la defendemos bajo ningún concepto, pero quienes nos acusan de adorar a las imágenes nos acusan de difundirla. Los Santos son intercesores que tenemos delante de Dios, en quienes se cumplen las siguientes palabras del autor bíblico (ST. 5, 16).

   Quienes rechazan la idea de la intercesión de los Santos, nos preguntan: ¿Están los Santos en todas partes para escuchar las oraciones que les dirigís? San Pablo escribió en una de sus Cartas, el siguiente texto, expuesto en FLP. 1, 19-25. San Pablo les escribió su Carta bíblica a los cristianos de Filipo para agradecerles la bondad que le demostraron al enviarle un espléndido donativo cuando permanecía preso en la ciudad de Roma. Con respecto al fragmento de la misma que hemos recordado, es interesante el hecho de recordar los siguientes puntos:

   (FLP. 1, 19). El Apóstol era consciente de que necesitaba de las oraciones de los cristianos de Filipo para que Dios le concediera la salvación de su alma.

   (FLP. 1, 20). Tal como recordamos anteriormente, "Dios es Dios de vivos y no de muertos" (MT. 22, 32), así pues, independientemente de que estuviera vivo o muerto, San Pablo, al estar unido a Cristo espiritualmente, no estaba dispuesto a dejar de cumplir la importante misión de interceder por los creyentes.

   ¿Podemos demostrar con la Biblia en la mano que Jesús escucha las oraciones de los creyentes? En el Evangelio de San Juan, leemos las siguientes palabras del Señor (JN. 14, 13-14).

   ¿Escucha nuestro Padre celestial las oraciones de sus hijos? (JN. 16, 26-27).

   Si no necesitamos que Jesús le pida a Dios nada para nosotros, porque Nuestro Padre celestial nos ama y nos salvará por causa de dicho amor, menos necesitamos la intercesión de los Santos del cielo ni la de nuestros prójimos en ese sentido, pero sí necesitamos de la intercesión para pensar que no estamos solos en este mundo en que es tan fácil perder la fe en Dios, así pues, San Pablo nos dice, las palabras que leemos en 1 TIM. 2, 1-6.

   Cristo es nuestro único mediador ante Dios en el sentido de que nos ha redimido, pero ello no excluye el hecho de que oremos unos por otros.

   En el Catecismo de la Iglesia, leemos:

   "La intercesión de los santos. "Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente  unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad...no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (LG 49):

   No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida (Santo Domingo, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43).

   Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra (Santa Teresa del Niño Jesús, verba)" (CIC. 956).

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que aumente el nosotros el deseo de ser santificados, con el fin de que, cuando concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, podamos vivir en su presencia. Así sea.

joseportilloperez@gmail.com