Meditación.
Aceptemos a Cristo Rey, y permitámosle a Nuestro Señor que nos santifique.
Estimados hermanos y amigos:
A pesar de que empecé a leer la Biblia cuando contaba 12 años (actualmente tengo 29 años), y de que empecé a trabajar como catequista cuando tenía 19, y de que he trabajado alrededor de 5 años en la red intentando hacer que mis lectores se acerquen más a Jesús, cuando se me interroga con respecto al Hijo de María, no sé con qué palabras puedo describir a Nuestro Hermano Jesús, porque tengo la sensación de que desconozco las palabras con las que puedo describir el amor y el poder que caracterizan a Aquél que es la Palabra de Dios. Para todos nosotros es muy fácil decir que Jesús es el Hijo de Dios que se hizo hombre hace 2000 años para librarnos de las cadenas del pecado, para librarnos de nuestras miserias actuales, y para concedernos la vida eterna, así pues, hemos de preguntarnos si nuestro conocimiento del Mesías ha marcado nuestra vida, -es decir, si Nuestro Hermano y Señor, con su ejemplo de amor con respecto a Dios y a nosotros, ha logrado que nos estemos esforzando con la intención de ser semejantes a Él en términos espirituales-.
Recordemos aquella ocasión en la que Jesús les preguntó a sus futuros Apóstoles: -¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?
Cuando los amigos del Hijo de María le transmitieron a Jesús lo que le habían oído a la gente con respecto al Mesías, el Hijo del carpintero les preguntó: -¿Quién decís vosotros que soy yo?
De Jesús podemos decir que es Nuestro Salvador, Nuestro Libertador, el Hijo de Dios y María, el Emmanuel (Dios con nosotros) del que Isaías nos habla en su Profecía... A pesar de la descripción que podamos hacer de nuestro Hermano y Señor, yo quisiera que, cuando concluyamos la celebración eucarística de la Solemnidad de Cristo, Rey del universo que hoy estamos celebrando, podamos decir que el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de fe y de entrega generosa al servicio de Dios en nosotros y nuestros prójimos conocidos y que aún no hemos tenido la oportunidad de conocer.
Al leer el Evangelio de hoy, podemos constatar cómo Jesús y Pilato definían la realeza de formas muy diferenciadas, así pues, mientras que para Pilato un Rey era un político y militar, para Jesús, un Rey es un Hijo de Dios, un Profeta encargado de evangelizar a quienes le quieran escuchar, un Maestro capaz de enseñar a sus discípulos a vivir bajo la perspectiva del Amor de Nuestro Padre común, un Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre amado, una Verdad capaz de vencer nuestro resentimiento y nuestras hostilidades, y una Vida que merece ser prolongada eternamente, porque procede de la misma fuente de la vida sin ocaso... Sabemos que un Rey así, no merece la pena, sino la vida.
Según recordamos en la celebración eucarística del Domingo anterior, no somos de este mundo, es decir, vivimos en la tierra de paso, como emigrantes que tienen la esperanza de volver a su lugar de procedencia, y, a pesar de las vicisitudes que tengan que confrontar, no les importa la cantidad de sufrimiento que tienen que soportar, con tal de ver realizado su propósito. Vamos a pedirle a Nuestro Padre común que, cuando Jesús vuelva a la tierra -si es que podemos decir que no está entre nosotros Aquél a quien recibiremos en la celebración eucarística de hoy-, que nuestro corazón esté preparado a recibirle, que deseemos vivir en su Reino de amor, y que anhelemos el hecho de formar parte de la sociedad divina y humana en que no existirán estamentos sociales, porque todos seremos hijos de Dios.
Hoy vamos a culminar un año litúrgico que ha sido muy importante para nosotros, así pues, aunque no he tenido la oportunidad de enviaros mis meditaciones dominicales durante todo este ciclo por circunstancias ajenas a mi voluntad, desde mi experiencia, puedo deciros que en cierta forma la celebración de esta Solemnidad me entristece, porque en cierta forma significa la constatación de que el tiempo pasa, y de que todos tenemos defectos que parecen insuperables, problemas que quizá no podemos resolver porque o no los hemos ocasionado nosotros o porque no nos atrevemos a solventarlos a pesar de que sabemos cómo hacerlo... A pesar de la alegría y del dolor que caracterizan nuestra vida, sabemos que Jesús sigue con nosotros, dándosenos como alimento en cada ocasión que celebramos la Eucaristía, consolándonos en nuestros ratos de oración, haciéndonos sentir que somos felices cuando le servimos en nuestros familiares y amigos... Démosle gracias a Jesús porque, a pesar de lo pequeña que es nuestra fe, él nunca nos olvida, al contrario, sigue con nosotros, alentándonos a alcanzar la felicidad en lo que para muchos hermanos nuestros es un valle de lágrimas.
Recuerdo que, cuando comenzamos a celebrar este ciclo el Domingo I de Adviento, le pedí a Nuestro Padre común que me diera la oportunidad de volver a estar pronto con vosotros. En aquél tiempo, como sucede todos los años en las semanas anteriores al tiempo de Navidad, la Iglesia comenzó a recordarnos su eterna instrucción con respecto a las 2 venidas de Nuestro Hermano Jesús a nuestro encuentro. Recordamos con gran amor la celebración de Nuestra Madre Inmaculada el 8 de diciembre, así como también permanecerán en nuestro recuerdo las celebraciones navideñas, la realización de nuestras esperanzas en su Creador, un Niño que, sin dejar de ser Dios, vino a nuestro encuentro, con la intención de sacrificarse, para que comprendamos que Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y para que le tomemos como ejemplo en la vivencia y profesión de nuestra fe. La estrella que condujo a los Magos de Oriente al encuentro de María y del Niño de Belén significa para nosotros la fe, pues vivimos manifestando nuestra creencia en un Dios que no hemos visto físicamente, así pues, le percibimos en nuestro corazón, como quien observa una imagen en un espejo, como captamos el sol cuando vemos su reflejo en el agua...
Cuando finalizó la Navidad, iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario, en la que, antes de iniciar la Cuaresma, recordamos cómo comenzó Nuestro Hermano y Dios Jesús su Ministerio público, cómo reunió a sus futuros Apóstoles, y cómo empezó a tener problemas con los fariseos y saduceos, apenas los mismos constataron que el Evangelio no concordaba con su forma de vislumbrar la Palabra de Yahveh.
Durante la Cuaresma, nos preparamos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe, y se nos dio la oportunidad de seguir a Jesús radicalmente. Jesús no quiere que vivamos lejos de nuestros prójimos ni que nos neguemos a participar en las actividades que han de caracterizar nuestra vida forzosamente, pero quiere que le convirtamos en el centro de nuestra existencia, porque Él es el único capaz de realizar nuestras aspiraciones, de alimentarnos en las celebraciones de la Eucaristía, y de darnos la vida eterna.
Durante la Semana Santa vimos que Jesús murió para salvarnos de las miserias que caracterizan nuestra vida. Nosotros, como fieles discípulos del Hijo de María, celebramos la entrada triunfal de Nuestro Hermano a Jerusalén iniciando la celebración eucarística del Domingo de Ramos con hojas de olivo, de palmera o laurel en nuestras manos gritando: Hosanna al Hijo de David. Le pedimos a Jesús que viniera a salvarnos y, al tercer día a partir de que le vimos entre la tierra y el cielo como lazo que une a Dios con el hombre y viceversa, celebramos la Vigilia pascual llenos de gozo, porque Jesús había alcanzado lo que esperamos vislumbrar a través de nuestra fe.
Después de vivir la Pascua con gran alegría y de celebrar la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, comenzamos a celebrar la segunda parte del Tiempo Ordinario, y, durante los últimos meses, hemos intentado asemejar nuestra conducta a la conducta de Nuestro Dios Jesús.
Finalicemos esta última meditación de este ciclo litúrgico diciéndole al Dios Trinidad sinceramente: Te amo. No olvidemos darle las más sinceras gracias a Nuestra Santa Madre, pues Ella nos trajo a Jesús al mundo, y, gracias a Ella, hoy podemos decir que hemos sido salvos en lenguaje figurativo, pues Ella nos permitió alimentarnos del Dios Uno y Trino.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Jesús es Nuestro Redentor. (Meditación de la segunda lectura de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Jesús es Nuestro Redentor.
Meditación de AP. 1, 5-8.
Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.
Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.
Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.
Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.
Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.
Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de AP. 1, 5-8.
Quienes fueron resucitados en los tiempos bíblicos a fin de hacernos creer que algún día resucitaremos para no morir jamás, volvieron a morir después de recuperar la vida, así pues, solo Jesús y María Santísima -por no haber estado expuesta a pecar por haber sido templo de Dios-, resucitaron para no morir jamás.
Jesús murió y resucitó para concedernos la dicha de vivir en su Reino. Muchos cristianos que no creen plenamente esta verdad, o piensan que ello no ha supuesto ningún cambio en su vida actual, no quieren anunciarle a nadie, lo que el Señor ha hecho en su favor. Dios es Todopoderoso, y nosotros somos limitados. Demos testimonio de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida, y no de lo que hemos hecho por Él, porque, servirlo en nuestros prójimos los hombres, es un privilegio. Quizás el hecho de saber que Jesús concluirá nuestra redención a medida que nos dejemos purificar y santificar no transforma nuestra vida, pero no olvidemos que el Mesías nos ha prometido la vida eterna.
Cristo aparece en el Apocalipsis victorioso en sus batallas contra las fuerzas del mal, y glorioso en su posesión y vivencia de la paz divina. Ello nos sugiere que, aunque tengamos dificultades en este tiempo, nuestra historia no terminará mal, porque empezó en la eternidad de Dios, y alcanzará su punto culmen, cuando volvamos a la presencia de Nuestro Creador.
Jesús ha hecho de nosotros un pueblo profético, real y sacerdotal, que, además de hacer el bien como si de ello dependiera su salvación, tiene la posibilidad de sentirse corresponsable de la salvación de la humanidad.
Todos verán a Jesús cuando aparezca entre las nubes, incluyendo a quienes le traspasaron, los cuales pueden ser los soldados que lo crucificaron, o aquellos de sus hermanos de raza que lo persiguieron con saña. Ello nos sugiere que, cuando no necesitemos de la fe para creer en Jesús porque lo veremos tal cual es, nos arrepentiremos plenamente de haber pecado, y ello nos hará sufrir, hasta que nos sintamos perdonados por Dios, después de que seamos juzgados.
Jesús es el Alfa y la Omega, el principio del que procedemos, y la meta a la que seremos conducidos. Vivamos preparados a recibir al Señor en su Parusía -o segunda venida-, como si la misma aconteciera en este día.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima (15 de agosto).
Meditación.
1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.
2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.
En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios. San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.
Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.
¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?
Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.
A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI
Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos. Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.
¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?
3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.
4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.
Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. (SAL. 118, 24). Este es el día en que detenemos nuestra actividad frenética o dejamos las actividades características de nuestro tiempo de vacaciones para recordar la grandeza de Nuestra santísima Madre. El autor del Salmo responsorial nos presenta a Nuestra Señora como la Reina del universo, la mujer ante la cuál se nos permite contemplar a Nuestro Padre y Dios.
2. Son muchas las alabanzas que podemos pronunciar para recordar las virtudes y bondades de Nuestra santa Madre, pero, dado el carácter breve de esta meditación, es conveniente que pasemos a reflexionar sobre las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando.
En el texto del Apocalipsis con que empezamos a celebrar la llamada “Liturgia de la Palabra”, -la parte de la Eucaristía en la cuál se proclama la Palabra de Dios ante los fieles religiosos y laicos-, se nos resume la historia de la Iglesia Católica que está íntimamente relacionada con la vida de María de Nazaret y la existencia mortal del Hijo de Dios y el hombre. Cuando San Juan nos habló de la escenificación en la que contempló el Arca de la Alianza que Dios selló con su pueblo en el Sinaí, aquél que contempló la revelación divina, nos describió cómo la naturaleza saludó a su Creador a través de la constante agitación de los elementos de la misma. Este hecho nos recuerda aquellas ocasiones en las cuales sentimos una emoción incontrolable al pensar en las abundantes misericordias de Nuestro Padre y Dios. San Juan nos describió a María de Nazaret, la Madre de los fieles cristianos, como la mujer que tenía ceñido un traje muy especial, el sol. Cuán grande es la luz que vemos en la vida de Nuestra Santa Madre para que el Apóstol más amado del Señor nos la haya descrito como una muestra palpable de la luz indeficiente que es Nuestro Padre y Dios. Nuestra Señora tenía sus pies posados sobre la luna, fijaos qué muestra de grandeza. Las 12 coronas de estrellas que lucía Nuestra Señora hacían referencia a las 12 tribus de Israel y a todo el orbe cristiano, representado por los Doce Apóstoles del Señor.
Fijaos que San Juan nos presentó a María Santísima a punto de dar a luz a su Hijo el llamado el Santo de los santos de Dios. Este hecho nos pone de relieve nuestras dificultades, nuestra indecisión y la pereza que en ciertas ocasiones nos impide hacer lo que necesitamos acabar para ser felices. San Juan nos dice que los dolores del parto de Nuestra Madre celestial eran angustiosos. Fijaos qué dramática era aquella situación, así pues, la Madre de la Iglesia no sólo sufría por sus dolores, sino porque el diablo aguardaba el alumbramiento de Jesús y la extensión de su obra la Iglesia para asesinar al bebé, exterminando así de un único y efectivo golpe todas las posibilidades existentes para que se llevara a cabo el cumplimiento del designio salvífico de Nuestro Padre celestial.
¿Os habéis sentido acorralados en alguna circunstancia de vuestra vida?
Para no hacer muy extensa esta meditación, creo que no es conveniente dedicarnos a considerar los símbolos que acompañaban al dragón, así pues, bástenos saber que todos esos signos incluyendo el rojo intenso del color de la bestia, están enfocados a reconducir a los feligreses de la Iglesia de todos los tiempos por el camino del mal.
A pesar de que el demonio esperaba delante de la mujer para devorar a su Hijo en cuanto este naciera, el bebé fue puesto a salvo por Dios y su Madre huyó al desierto. Satanás no pudo vencer a Jesús evitando la Pasión, muerte y Posterior Resurrección de Nuestro Señor. Tanto María como la Iglesia naciente, vivieron pruebas muy difíciles, así pues, el sufrimiento que marcó la vida de Nuestra Madre, es equiparable al martirio de todos aquellos que decidieron renunciar a su vida por Jesús y el Evangelio durante las persecuciones religiosas que aún no han concluido en el siglo XXI
Pensemos que Dios amparó a Jesús en su dolor, pero no libró a su Hijo de la muerte. Dios no a evitado el fallecimiento de los mártires cuyos relatos llenan las páginas de nuestro santoral, pero nos mantiene en el desierto de nuestra vida para que le sigamos buscando a tientas (HCH. 17, 27), así pues, Nuestro Padre común no nos da una existencia fácil y vacía, pues Él nos ayuda cuando las dádivas que le pedimos contribuyen a nuestra santificación y a la salud de nuestros prójimos. Dios alimentó a su Iglesia en el desierto con el Sacramento de la Eucaristía.
¿Qué esperamos para vencer en conformidad con nuestras posibilidades de alcanzar la felicidad los obstáculos que nos hacen sufrir? Jesús derrotó nuestros demonios personales, por consiguiente, si confiamos en Nuestro Hermano, ¿por qué albergamos rencores en nuestro corazón? ¿Por qué somos débiles cuando pensamos que alguien puede criticarnos porque somos cristianos?
3. San Pablo, en el extracto de su primera Carta a los Corintios correspondiente a la Eucaristía de este día, a continuación de la recitación del Salmo responsorial, nos recuerda que Dios nos ha destinado a la inmortalidad, el gran triunfo que la Tradición de la Iglesia afirma que ya está disfrutando Nuestra Madre. Cuando recemos el Credo, manifestaremos que Cristo Resucitado está sentado a la derecha de Dios Padre, así pues, si pensamos en la Resurrección de Jesús, podemos creer que Él está vivo porque tiene poder para vencer la muerte, pero, si pensamos que María Santísima está viva junto a su Hijo amado, tenemos más razones para creer que nosotros también venceremos la muerte, cuando Cristo Rey venga nuevamente a nuestro encuentro, como el más humilde de todos sus discípulos.
4. El Magnificat es la oración por excelencia de nuestra Señora. Esta oración se llama así porque comienza en griego con la palabra "Magnificat", (bendice, engrandece sobremanera), mi alma al Señor. El Magnificat es la exposición del programa de vida cristiana que nos expone San Pablo en 1 COR. 13, 1-8A, visto desde una óptica diferente, pero no menos concreta y cierta.
Démosle gracias a Dios por habernos dado una Madre tan Santa, humilde y bondadosa.
José Portillo Pérez
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La Asunción de Nuestra Señora al cielo. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
La Asunción de Nuestra Señora al cielo.
Estimados hermanos y amigos:
La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.
Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).
¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.
¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.
¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?
Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.
Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.
Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.
¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.
Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).
Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.
Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.
Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.
Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.
Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.
Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).
¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.
Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.
¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.
Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.
Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.
Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.
Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?
Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.
¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).
Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.
María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.
Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).
Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.
El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).
Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).
Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.
Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.
Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:
"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".
En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.
Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.
De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.
Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Asunción de Nuestra Señora al cielo.
Estimados hermanos y amigos:
La Solemnidad de la Asunción de María al cielo, aunque tiene la finalidad de hacernos anhelar el hecho de vivir en la presencia de Nuestro Padre común, siendo purificados de nuestros pecados, y libres de las dificultades que nos caracterizan, es un tema muy polémico, porque la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita ni mencionada en la Biblia explícitamente, lo cual tiene el efecto de que muchos católicos se muestren disconformes con la celebración de la misma, y de que los miembros de diversas denominaciones cristianas la aprovechen, para acusarnos a los católicos de manipular la Biblia, con el fin de seguir extendiendo nuestras supuestas mentiras por el mundo.
Si la Asunción de Nuestra Señora no aparece descrita en la Biblia, ¿por qué la celebramos los católicos? Jesús les dijo a sus Apóstoles las siguientes palabras durante la celebración de la última Cena: (JN. 16, 12-13).
¿Por qué no estaban los Apóstoles de Nuestro Salvador en condiciones de comprender el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente? Los citados seguidores de Nuestro Señor no podían comprender cómo el Hijo del Dios Todopoderoso se iba a dejar asesinar. Los Apóstoles de Nuestro Salvador, en lugar de comprender la humildad de su Maestro, podían pensar que su Señor iba a ceder ante una debilidad humana que en realidad sabían bien que no lo caracterizaba en absoluto, lo cual los tenía sumidos en un grave estado de confusión. Ya que los Apóstoles de Nuestro Salvador no fueron henchidos de los dones del Espíritu Santo hasta el día de Pentecostés, sus mentes no estaban preparadas para abarcar el mensaje que Jesús quería transmitirles plenamente.
¿Concluyeron las revelaciones que Dios nos hizo cuando San Juan Evangelista terminó de escribir el Apocalipsis, -es decir, el último libro de la Biblia-, o ha seguido Dios revelándoseles a sus hijos durante los últimos diecinueve siglos? La Iglesia siempre ha venerado a María, lo cual no significa que la ha adorado como dicen muchos de sus detractores, sino que ha sabido reconocerle su dignidad de Teothocos (Madre de Dios). De la misma manera que los Apóstoles de Nuestro Señor no podían abarcar el significado del mensaje que Jesús les quería transmitir plenamente, la Iglesia, sin modificar la Palabra de Dios ni la interpretación del designio divino de salvarnos, nos ilumina a través del paso de los siglos para que no perdamos la fe, porque, según la fe que profesamos, su Magisterio interpreta la Biblia bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo cual hace que dicha interpretación sea infalible.
¿Era conveniente en el siglo primero conmemorar los cuatro dogmas marianos que celebramos en la actualidad? Este hecho hubiera sido perjudicial para la fe que profesamos, porque, los creyentes poco formados en el conocimiento de la Biblia, hubieran confundido a Nuestra Señora con la diosa griega Isis, lo cual hubiera tenido la consecuencia de que su fe se hubiera reducido a la práctica de ritos griegos y cristianos, lo cual habría tenido el efecto de que, dicha fe, no hubiera sido conforme a la voluntad del Dios Uno y Trino. Una vez desaparecido el culto a Isis, ¿qué hecho nos impide venerar a Nuestra Santa Madre?
Quienes sostienen la creencia de que el Espíritu Santo no es una Persona, sino la fuerza activa de Dios, utilizan Jn. 16, 13, para afirmar que, si el Paráclito no actúa por su propia cuenta, ello significa que, efectivamente, el citado Abogado celestial no es una Persona responsable de sus actos, sino la fuerza divina que ellos creen.
Cuando Jesús les dijo a sus amigos íntimos que el Espíritu Santo no nos habla por su propia cuenta, sino que nos comunicará lo que les ha oído tanto al Padre como a Él, ello significa que el Espíritu Santo no nos comunica una doctrina que le es exclusiva, pues la misma es tanto del Padre, como del Hijo y del Paráclito.
Aunque la Asunción de Nuestra Santa Madre no se describe en la Biblia, las Sagradas Escrituras no niegan la misma. Si la Biblia no niega el hecho de que María Santísima haya sido asunta al cielo, y nuestra razón humana nos hace comprender que existen razones de peso como para que ello haya sucedido, no tenemos ninguna razón convincente que nos impida celebrar la Solemnidad cuyo recuerdo nos colma el alma de dicha este día.
¿Existe alguna verdad de fe, -aparte de la Asunción de María Santísima-, que no se describa en la Biblia? Aunque en la Biblia no se nos describe a Dios como Trinidad Beatísima, al meditar las Sagradas Escrituras en su conjunto, nuestra razón humana, nos hace comprender, que tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo, aunque son tres Personas diferentes entre sí, comparten la Deidad, de la misma manera que, -por citar un ejemplo os digo esto-, los conocedores de la Numerología Simétrica, saben que, la unidad, la bondad y la belleza, constituyen el núcleo de la felicidad a que aspiramos.
Existen razones de peso para que María se nos haya anticipado en su vivencia de la dicha que esperamos alcanzar cuando seamos purificados y la humanidad reconozca a Jesucristo como Rey y al anciano de días del Apocalipsis (a Dios Padre) como progenitor. Recordemos las palabras que Jesús les dirigió a sus seguidores en el Templo jerosolimitano: (MT. 23, 8-11).
Jesús no pretende impedirnos que llamemos "papá" a nuestros padres, ni que llamemos "padre" a nuestro sacerdote porque le respetamos hasta aceptar sus enseñanzas y consejos aunque a veces no le comprendamos porque estamos seguros de que quiere lo mejor para nosotros, ni que les agradezcamos lo que han hecho por nosotros a todos los que, desde sus puestos de responsabilidad, han sabido servirnos admirablemente. Lo que Jesús les dice a quienes ostentan el poder, -independientemente de que dicho poder sea religioso o político-, es que no lo utilicen para hacerse adorar por nadie, pues ello es pecaminoso, porque Dios no quiere que adoremos a nadie más que a Él.
Otra verdad revelada en la Biblia implícitamente, -es decir, que indirectamente ha sido anunciada, aunque no narrada-, es el dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Santa Madre. En la Biblia no existe ningún versículo en que se afirme que la Madre de Jesús nació sin estar marcada por la mácula -o mancha- del pecado original, pero ello es fácil de deducir, porque la hija de los Santos Joaquín y Ana es Madre de Dios, y, al estudiar la Sagrada Biblia, comprobamos que, todas las personas y cosas que pertenecen a Dios, no pueden estar relacionadas con el pecado, pues, de estarlo, no pertenecen a Nuestro Padre común.
Recordemos que, aunque en la Biblia se nos insta a creer que somos miembros del pueblo de Dios, aún corremos el riesgo de perder ese don celestial, si nos dejamos seducir por el mal, porque, si amamos la impureza, -la maldad-, no podemos considerarnos hijos de Dios. Recordemos que, a pesar de que Dios es amor (1 JN. 4, 8), ello no significa que su justicia no se ejecutará a su tiempo, pues una cosa es que se nos perdonen los pecados, y otra cosa es el deber que tenemos de pagar el daño que les hemos causado a nuestros prójimos los hombres, el mal que nos hemos hecho, y las ofensas que hemos proferido contra el Dios Uno y Trino.
Los símbolos expuestos en los libros de la Biblia son interpretados de muchas formas. Cada denominación cristiana que existe tiene su propia interpretación de los citados signos. ES bueno recordar que los símbolos bíblicos tenían una interpretación que sin duda conocían perfectamente aquellos para quienes fueron escritos inicialmente, cuando sus autores no podían imaginar que sus escritos tendrían alcance universal, y que, a través de la Hermenéutica (el estudio de la Biblia, tanto desde el punto de vista científico como desde la óptica religiosa), podemos utilizar dichos símbolos, para extraer enseñanzas útiles para nosotros. Si los símbolos bíblicos no tienen utilidad para aportarles enseñanzas útiles a los creyentes de un determinado tiempo, pierden su valor para los mismos.
Personalmente, le doy un voto de confianza a la Iglesia a la hora de interpretar los símbolos bíblicos, pues, aunque la exactitud de la interpretación católica de los mismos no se puede demostrar científicamente, porque pertenece al campo de la fe, la fundación de Cristo, si bien les da a los citados símbolos interpretaciones adecuadas a los tiempos y circunstancias históricas en que predica la Palabra de Dios, no cambia radicalmente el sentido de los mismos, como han hecho los líderes de algunas denominaciones cristianas, cuando, por ejemplo, sus predicciones del fin del mundo han fracasado estrepitosamente, o, al morir unos líderes, otros les han sustituido, aportándoles a sus creyentes sus creencias, amparándose en la excusa de que actúan bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Recordemos la interpretación que la Iglesia hace de GN. 3, 15, el versículo bíblico, en cuyas palabras, se nos descubre el misterioso dogma de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora.
Según GN. 3, 20, Adán llamó a su mujer Eva, porque ella sería la madre de los vivientes. La serpiente mencionada en el citado versículo del Génesis es el demonio o Satanás. Dado que el demonio se interpuso entre Dios y la mujer para impedir que el Creador del universo cumpliera su propósito de hacernos felices viviendo en su presencia por envidia, es lógico el hecho de pensar que habrían de existir hostilidades entre el linaje de la mujer (la parte de la humanidad que acepta a Dios como Padre) y la descendencia del demonio (los ángeles rebeldes a Dios y la parte de la humanidad que, conociendo a Nuestro Padre común, le rechaza).
¿Hubiera podido Eva, después de cometer el pecado original desligándose de Dios por su carencia de pureza, ser la Madre de la humanidad redimida por Jesús en la cruz? Ello no sería acepto por Dios, porque, tanto las personas como las cosas que le pertenecen definitivamente, deben ser puras, porque, Nuestro Creador es amor, pero también es justicia.
Si Eva no puede ser la Madre que ha de ser para la humanidad redimida un signo de pureza, ¿quién pudo sustituir a nuestra antepasada común? Está claro que la Madre de la humanidad redimida es María de Nazaret, la mujer de quien los católicos, aunque ello no se afirma en la Biblia explícitamente, tenemos razones para creer que nació sin estar marcada por la mácula del pecado de origen.
¿Podemos los cristianos aplastarle la cabeza al demonio, mientras él acecha nuestro tobillo para mordérnoslo? Aunque Dios nos acepta como hijos si a pesar de nuestra imperfección cumplimos su voluntad dentro de nuestras posibilidades, por causa de nuestra imperfección, estamos incapacitados para tener un papel relevante en la redención de la humanidad.
Aunque nosotros no podemos redimirnos, Jesús, por su perfección, mediante su Pasión, muerte y Resurrección, pudo demostrarnos el amor del Padre para con nosotros, y su sacrificio fue acepto por Dios. Si Adán siendo semiperfecto desobedeció a Dios, solo el Hombre perfecto Jesús tenía la virtud necesaria para redimirnos, porque, por no tener como suyo nada que sea imperfecto, Dios no hubiera consentido que ningún redentor imperfecto se hubiera sacrificado para santificar a los pecadores, pues solo aceptó a un Santo Redentor, para que purificara a quienes creían que no merecían el perdón divino.
Si María Santísima no hubiera nacido con el privilegio de no estar marcada por la mácula del pecado original, por causa de su carencia de perfección, no hubiera podido dar a luz al Hombre perfecto que pudo aplastarle la cabeza al demonio, aunque para ello se tuvo que dejar morder el tobillo, -es decir, Jesús derrotó a Satanás en el sentido de que el diablo no podrá impedir la realización del designio de nuestra redención y salvación, lo cual le costaron los padecimientos de su Pasión y muerte-.
Si María nació sin estar marcada por la mácula del pecado original, -es decir, la tendencia que nos arrastra irremediablemente a desobedecer a Dios-, ello nos hace comprender que Nuestra Santa Madre nunca sucumbió al pecado.
Si la Madre del Señor Jesús jamás pecó, ¿qué hecho le impide permanecer tal cual seremos cuando resucitemos al final de los tiempos, cuando la tierra sea el Reino de Dios, en la presencia del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
Además, si María sufrió por Jesús desde el mismo instante en que estuvo en estado de gestación, temiendo que José la denunciara por haberle sido infiel, y compartió todos los padecimientos de Nuestro Salvador, ¿qué le impide compartir la gloria del Mesías?
Los dogmas marianos no son aceptados por los católicos porque los Papas nos los han impuesto como afirman muchos detractores de la Iglesia e incluso católicos poco formados en la fe que profesamos, pues, después de haber sido meditados durante muchos siglos por los teólogos, se hace necesario hacer de los mismos verdades de fe irrebatibles, no por imposición, sino porque Dios quiere que ello suceda.
¿Por qué es la Madre de Jesús la nueva Eva perfecta en cuyo estado de creyente resucitada ciframos nuestra esperanza del futuro? María de Nazaret no es una creyente en quien se ha manifestado alguna gracia o cualidad divina, sino que es la llena de gracia, según palabras del Arcángel San Gabriel, pronunciadas en el pasaje de la Anunciación (LC. 1, 28).
Para definir la gracia divina en pocas y concisas palabras, podemos decir que la misma es la gratuidad con que Dios nos ama, y, una vez la aceptamos, se convierte en nuestro servicio desinteresado al Dios Uno y Trino en nuestros prójimos los hombres.
María es llena de gracia porque en su persona se manifestaron admirablemente los dones divinos al nacer sin estar marcada por la mácula del pecado de origen, y le prestó a Dios un gran servicio, al convertirse en la Madre, no solo de su Hijo, sino de su pueblo peregrino y triunfante.
Dios le concedió a María de Nazaret la gracia de nacer sin pecado original, la gracia que la hizo Santa, y la gracia de ser su Madre, junto a la gracia de pasar por la muerte, una muerte que no fue consecuente de sus pecados, sino un abrir y cerrar de ojos, que cambió la vida en que le probó a Dios su fidelidad entre intensos sufrimientos, por una vida de felicidad sin fin, en la presencia del Dios Uno y Trino (ROM. 6, 23).
Al haber nacido sin estar marcada por el pecado original, y al haber evitado la comisión de pecados personales, María Santísima experimentó la muerte, pero su cuerpo no se corrompió en el sepulcro, porque fue asunta a la presencia del Dios Uno y Trino.
El hecho de que María fue llena de todas las gracias divinas, se constata en las palabras que le dirigió su pariente Elisabeth, en el pasaje de la Visitación (LC. 1, 42).
Sabemos que, a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la difusión de un Catolicismo muy cristocéntrico, disminuyó notablemente la devoción de muchos creyentes a María Santísima, porque, el hecho de vivir en un mundo que progresa a una velocidad vertiginosa, en que la ciencia alcanza cada día una mayor aceptación, coarta la creencia en las revelaciones -o apariciones- de Nuestro Señor, de su Santa Madre y de otros Santos. Aunque cada día nos cuesta más creer en los milagros, -hay quienes dicen que los milagros que Jesús hizo no eran reales, sino símbolos que fortalecían la credulidad de sus oyentes en su predicación-, los católicos seguimos profesando la misma fe que hemos profesado siempre, así pues, la Asunción de Nuestra Señora al cielo es milagrosa, y es esperanzadora para nuestra fe, porque, en el Catecismo de la Iglesia, leemos:
"“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG 59; cf. la proclamación del dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903). La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos:
En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios: tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición [15 de agosto])" (CIC. 966).
Para nosotros, la Asunción de la Virgen al cielo es muy importante, porque, si la Madre de la Iglesia ha resucitado, y vive con el corazón henchido de gozo en la presencia del Dios Uno y Trino, algún día, también viviremos junto a ella en su estado de creyente resucitada.
Por nuestra fe sabemos que en la presencia de Dios viven muchos Santos espiritualmente, independientemente de que la Iglesia los venere como tales, porque muchos de ellos son desconocidos para el común de los creyentes de todos los tiempos, porque vivieron una vida de fe sencilla, por lo que no destacaron en el mundo. Nuestra Santa Madre se diferencia de tales Santos, en que ella ha resucitado de entre los muertos, mientras que los citados creyentes serán resucitados al final de los tiempos.
Juan Pablo II dijo en la Audiencia General del 9/07/1997:
"El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras que para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio".
En la primera lectura, vemos a María Santísima como figura de la Iglesia, así pues, ella es, junto a Cristo Jesús, la Corredentora de la humanidad, porque Nuestra Santa Madre quiso ser Madre del Rey de reyes teniendo en cuenta que la citada decisión podía costarles la vida a ella y a su Hijo, pero aquél riesgo había de ser vivido por quien sabía que Dios no merece la pena, sino la vida.
Oremos pensando en la acogida que Nuestra Santa Madre tuvo cuando llegó a la presencia del Dios Trinidad, y pensemos en la forma que seremos acogidos también nosotros por Nuestro Padre común, cuando concluya el tiempo en que hemos de demostrarle a Nuestro Criador nuestro amor y fidelidad, en el servicio de nuestros prójimos los hombres.
De la misma forma que por causa del pecado de origen cometido por Adán y Eva se dice que entró la muerte en el mundo (ROM. 5, 12), por causa de la Resurrección de Jesús y de la intercesión de María por nosotros, algún día viviremos en la presencia de Dios, libres de las miserias que actualmente nos hacen sufrir.
Cuando Nuestra Santa Madre fue a visitar a su pariente Elisabeth y constató que la madre de San Juan Bautista la estaba esperando, cantó con gran belleza las misericordias del Dios que nos salva del pecado, el dolor, la enfermedad y la muerte, y que enriquece espiritualmente a los pobres, aunque también empobrece a los ricos con respecto a sus bienes materiales, para que le busquen a tientas, y acepten su divina salvación.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Familia de Jesús y la virginidad de María. (Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
“La familia de Jesús y la virginidad de María.
(Leer MC. 3, 31-35, MT. 12, 46-50, o LC. 8, 19-21. Quizás algunos de los familiares de Jesús se sintieron rechazados por el Mesías cuando Él les dijo a sus oyentes que sus hermanos y su madre son quienes cumplen la voluntad de Dios. No olvidemos que ellos fueron a buscar a Jesús con la pretensión de hacer que los oyentes del Maestro pensaran que El había enloquecido, pues sabían que el Señor no tardaría mucho tiempo en tener problemas, si seguía llevando a cabo el cumplimiento de la misión que Nuestro Padre común le encomendó.
(MC. 3, 21). Los citados Evangelistas nos dicen que María se contaba entre los que consideraban que Jesús había enloquecido. Este hecho que es utilizado astutamente por cristianos contradictores de nuestra fe universal, se opone a la fe católica, si tenemos en cuenta que la Iglesia fundada por Cristo nos enseña que María fue la mujer más sumisa de todos los tiempos para con su Hijo, no obstante, es fácil entender que Nuestra Señora quisiera que Jesús volviera a vivir con ella y dejara de predicar sin pensar que la Nazarena era una pecadora egoísta, pues ninguna madre que ama a sus hijos les desea a los mismos que sean torturados y asesinados. Por otra parte, aunque la Madre del Mesías estuviera de acuerdo con la realización del designio de Dios que fue llevado a cabo por Nuestro Señor, si sus familiares la obligaron a buscar a Jesús en compañía de ellos, nuestra Señora tuvo que obedecerles, ya que, al ser mujer, no tenía la potestad legal necesaria para tomar decisiones por sí misma.
Al meditar el texto de los Evangelios Sinópticos que estamos considerando, pensamos: Si María de Nazaret siempre fue Virgen según nos enseña la Iglesia Católica, ¿por qué dicen los Hagiógrafos bíblicos que Jesús tenía hermanos? Podemos entender que María permaneció Virgen antes, durante y después de dar a luz a su Primogénito porque Jesús no fue engendrado como lo fuimos nosotros, así pues, en el relato de la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo que tendría un Hijo, no varios descendientes. Para constatar esta realidad, recordemos el siguiente versículo de la primera obra de San Lucas, que contiene las palabras con que San Gabriel se dirigió a la futura Madre del Mesías: (LC. 1, 31).
No faltan quienes afirman que esos hermanos de Jesús de los que nos hablan los cuatro Evangelistas eran primos del Mesías argumentando que los hermanos de raza de Jesús llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo (estos tienen razón), de la misma forma que en el pasado muchos se empeñaron en hacernos creer que San José se casó con Santa María Virgen siendo muy anciano, para que no se nos pase por las mientes la idea de que el carpintero de Belén utilizó su pleno poder sobre su esposa para romper el supuesto voto de virginidad perpetua que ella hizo según una ancestral tradición, con el fin de apresurar el advenimiento del Verbo divino (Jesús es la Palabra de Dios encarnada). No faltan quienes argumentan que los supuestos familiares de Jesús procedían de la supuesta relación matrimonial que José mantuvo antes de comprometerse con María Santísima, de lo cual no se nos dice nada en la Biblia, así pues, vemos que esta información no puede ser considerada como veraz.
Aunque los católicos mantenemos buenas relaciones con las iglesias cristianas procedentes de Alemania, tenemos muchos problemas con denominaciones surgidas en América durante los siglos XIX y XX, pues las doctrinas predicadas por las mismas se basan fundamentalmente en manipular las creencias más aceptadas por nosotros, con el fin de demostrar que servimos al demonio y que no estamos de parte de Dios, y, como la gran mayoría de los católicos a nivel mundial desconocen nuestra fe, muchos de nuestros hermanos se están adhiriendo a dichas denominaciones. Los miembros de esas denominaciones hacen especial hincapié en sus demostraciones de que la virginidad perpetua de María fue una mentira que se inventaron los católicos. Veamos lo que nos dice la Biblia con respecto a los hermanos de nuestro Señor y la virginidad de la esposa de San José.
(MT. 13, 53-56). Según os dije anteriormente, los judíos llamaban hermanos a los descendientes de un mismo abuelo. (GN. 13, 8). Como sabemos, Lot era sobrino del jeque Abraham, el cual lo llamó hermano. (GN. 29, 15). Jacob era sobrino de Labán.
Si los judíos tenían como hermanos a los descendientes de un mismo abuelo, ¡cómo podían distinguir a los hermanos carnales? Los hermanos de raza de nuestro Señor hablaban en arameo, una especie de dialecto del hebreo. Para distinguir a los hermanos carnales, utilizaban la expresión “tu madre y los hijos de tu madre”, o “tu padre y los hijos de tu padre" (MC. 3, 32). En este caso se hace referencia a los parientes del Señor, mientras que en la siguiente cita de San Mateo se hace referencia al hijo de Jonás, el primer Papa de la Iglesia (MT. 16, 17).
(LC. 2, 41). Si Jesús tenía hermanos carnales, y los judíos tenían la costumbre de celebrar la Pascua en Jerusalén, ¿cómo es posible que José y María se dejaran solos a sus otros hijos en Nazaret? Si los supuestos hermanos carnales del Mesías acompañaron a sus familiares a Jerusalén a celebrar el Pesaj judío, ¿por qué no se nos dice nada de ellos cuando se nos informa de que María y José buscaron a su Hijo durante tres días? San Lucas no nos habla en el citado pasaje de los hermanos carnales del Mesías, sencillamente, porque nuestro Señor no los tenía.
Antes de morir, Jesús le confió el cuidado de María a San Juan Apóstol y Evangelista, porque sus hermanos de raza veían la soledad de las viudas que carecían de hijos como una maldición que caía sobre las mismas. Si Jesús tenía hermanos carnales, ¿por qué no les confió a su Madre a ellos, en lugar de pedirle al más joven de sus Apóstoles que la cuidara? (JN. 19, 25-27).
De los cuatro hermanos de Jesús mencionados en MT. 13, 55-56, eran Apóstoles de nuestro Señor Santiago y Judas Tadeo (GAL. 1, 18-19). Este Santiago es conocido como “el Menor”, mientras que el hermano de San Juan Apóstol y Evangelista es conocido como “Santiago el Mayor”.
(MC. 15, 40; MT. 27, 55-56). A la hermana de María Santísima hay que identificarla como madre de Santiago el Menor y José. Esta María no era hermana carnal de la Virgen, sino una pariente cercana. Según Hegesipo, el cual escribió unas memorias hacia el año 180 de nuestra era cristiana, Cleofás era hermano de José, tío de Jesús y padre de Simón y del Apóstol Judas Tadeo.
Después de demostrar que los citados hermanos del Señor eran sobrinos de María Santísima y de San José, hacemos la siguiente meditación: Si María no tuvo más hijos aparte de Jesús, ¿qué significado tiene el siguiente texto lucano?: (LC. 2, 7). San Lucas no pretendió decirnos que María tuvo más hijos aparte de Jesús, pero le era necesario decir que el Señor fue el primogénito de nuestra Mediadora celestial, porque los judíos tenían la obligación legal de consagrarles a Dios a sus primeros hijos (EX. 13, 1-2. 12. La misma enseñanza se lee en 34, 19).
(JN. 20, 17). Jesús no nos dice que sus Apóstoles son sus hermanos carnales, sino sus hermanos espirituales, de hecho, un Hagiógrafo sagrado escribió que todos los redimidos somos hermanos (HEB. 2, 10-11). En la Carta a los Romanos, San Pablo nos dice que Jesús es el primogénito de entre los muchos hermanos que serán ascendidos al cielo (ROM. 8, 29).
A continuación os demostraré que la Madre de Jesús y de la Iglesia fue virgen antes, durante y después de dar a luz a nuestro Señor.
San Mateo nos demuestra en su obra que nuestra Señora era virgen antes de que Jesús naciera, en los siguientes términos: (MT. 1, 18).
Como María estaba desposada con José, ambos tenían la capacidad legal de vivir como si estuvieran casados, es decir, les era totalmente lícito el hecho de mantener relaciones sexuales, pues sabemos que, entre los judíos, los esenios eran los únicos que valoraban la virginidad.
Veamos cómo a través del Evangelio de San Lucas podemos comprender que nuestra Señora fue virgen antes, durante y después de dar a luz a su Hijo (LC. 1, 30-35).
María le preguntó al Arcángel Gabriel cómo era posible el hecho de que ella quedara embarazada sin haber mantenido contacto carnal con su futuro marido. Esta cuestión hubiera sido fácil de responder bajo nuestra óptica si Jesús hubiera sido hijo de San José, pero San Gabriel le dijo a la futura Madre del Mesías, las palabras que encontramos en LC. 1, 35.
Jesús procede de Dios, así pues, al comprender que nuestro Señor no fue descendiente de San José, entendemos la razón por la que Santa María interrogó a San Gabriel con respecto a la concepción del Mesías.
María sabía que su Hijo procedía de Dios, así pues, de la misma manera que el pueblo de Dios ha de estar compuesto por una humanidad plenamente perfecta cuando este mundo sea transformado y convertido en el Reino de Dios, Nuestro Señor tenía que nacer de una mujer virgen, para aumentar nuestra fe en la realidad de que Dios quiere que su pueblo sea purificado de sus pecados.
Hay otro texto bíblico que nos demuestra que Jesús procede de Dios (JN. 1, 12-13).
¿Quiso María esta virginidad, o fue obligada a aceptar la misma por Dios en contra de su voluntad? (LC. 1, 26-27). Como en aquel tiempo las mujeres carecían de libertad para elegir su estado de vida, e incluso sus padres y sus maridos tenían potestad para anular sus votos, nos es fácil llegar a la conclusión errónea de que María fue forzada a casarse con José en contra de su voluntad, teniendo en cuenta que la futura Madre del Salvador había tomado la firme decisión de ofrecerle a Dios su negación a ser madre como signo de adoración y como demostración de su deseo de apresurar la venida del Señor a Israel, y había tomado la decisión de negarse a mantener relaciones sexuales por mero placer, con el fin de demostrarle a Yahveh que su mayor deseo era servir al Altísimo. No caigamos en el error de pensar que nuestra Señora fue virgen en contra de su voluntad (LC. 1, 38).
Dios nos respeta profundamente, así pues, dado que nuestro Padre común nos ha creado libres, respeta nuestra decisión de servirle tanto como también respeta nuestro deseo de separarnos de Él. Dios le pidió a Santa María que aceptara la Maternidad de su Hijo, y ella asumió la responsabilidad de criar y educar al Redentor del mundo libremente, pues Nuestra Santa Madre amaba al Mesías y esperaba su advenimiento a Israel. En la versión original de LC. 1, 38 en Griego, no leemos que María dijo de sí misma que era “la esclava del Señor”, sino “la sierva del Señor”, ya que, mientras los esclavos sirven a sus amos por obligación, ella se entregó a Dios para servir al Todopoderoso libremente.
¿Por qué San Lucas habló en el relato de la Anunciación de María Santísima diciendo que era una virgen, en vez de decir que era una joven o una mujer? El Hagiógrafo sagrado debió escribir el citado relato teniendo presentes las siguientes palabras del primero de los Profetas llamados Mayores: (IS. 7, 14).
En el Evangelio de San Mateo leemos que “”Emmanuel”, significa “Dios con nosotros”” (MT. 1, 23).
¿Por qué deducimos que María le consagró su virginidad a Dios antes de que San Gabriel se le manifestara para comunicarle su Maternidad divina? Los Evangelistas no confirman este hecho, el cual podemos deducirlo al leer la pregunta que la Madre del Señor le hizo al arcángel que se le manifestó (LC. 1, 34). María no le dijo a San Gabriel: Apenas celebre mi enlace conyugal procuraré concebir un hijo con el fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que le preguntó cómo sería posible el hecho de que ella llegara a dar a luz un hijo, dado que ni había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, ni pensaba mantener contacto conyugal con su futuro marido.
Recordemos una vez más que María estaba comprometida con José, según nos demuestra este hecho San Lucas en su primera obra (LC. 1, 26-27).
¿Cómo podemos saber que María y José no convivían juntos antes de casarse? El ángel que se le apareció a San José en sueños, le dijo las palabras que encontramos en MT. 1, 20. Si el ángel le dijo a José que no tuviera reparo en recibir a María en su casa, es porque ambos no vivían juntos, por lo que no mantenían relaciones conyugales.
¿Qué sentido tuvo la virginidad de María? En nuestro tiempo, el hecho de que una persona tome la decisión de privarse de mantener relaciones sexuales, teniendo en cuenta que la gran mayoría de la gente tiende a no privarse de ningún placer, es considerado como estúpido. Como en el tiempo que vivió Jesús muchos esenios permanecían vírgenes con el fin de acelerar la venida del Mesías a Israel, es fácil suponer que María permaneció virgen con el mismo motivo, pues en la Biblia no se especifica la razón por la que la Madre de Jesús tomó la citada decisión. Al considerar las palabras con que San Gabriel saludó a nuestra Santa Madre, suponemos que ella tenía motivos espirituales muy elevados para tomar la citada decisión, pues dicho siervo del Creador del universo le dijo las palabras que leemos en LC. 1, 28.
María no pudo corresponderle a Dios su amor de una forma mejor que diciéndole a San Gabriel estas palabras: LC. 1, 38).
Si la Biblia demuestra tan claramente la virginidad de María, ¿por qué existen iglesias o congregaciones que se denominan cristianas que desmienten rotundamente esta realidad? Nuestros hermanos separados cometen el citado error por dos razones, las cuales son, en unos, su desconocimiento de la Biblia, y, en otros, su odio contra la Iglesia Católica.
Independientemente de la procedencia de los citados hermanos de nuestro Maestro que aceptemos como válida, gracias a San Juan Apóstol y Evangelista, sabemos que ellos quisieron distorsionar el cumplimiento de la misión que Dios le encomendó a su Hijo (JN. 7, 1-10).
El autor del cuarto Evangelio nos habla de la fiesta de los tabernáculos. Los judíos llamaban tabernáculo al lugar en que tenían colocada el Arca del Testamento, que contenía el texto de la Ley mosaica. Los antiguos hebreos también llamaban tabernáculos a las tiendas en que habitaban en los días que celebraban la fiesta de los tabernáculos, con el fin de recordar la peregrinación que vivieron en el desierto durante cuarenta años. Actualmente, los ortodoxos y los católicos llamamos tabernáculo al receptáculo (sagrario) en que Cristo Jesús (las especies eucarísticas) permanece en las Iglesias, esperando que le busquemos para hablar con Él.
Jesús hacía milagros en secreto con el fin de que no se le conociera como sanador, sino como profeta o mensajero de Dios. Sus hermanos pensaban que si Él se daba a conocer como sanador, podía ser muy famoso y por lo tanto hacerse rico, ignorando que el Mesías no predicaba ni hacía prodigios para beneficiarse económicamente (JN. 7, 3-5).
San Juan, al igual que los Evangelistas Sinópticos, fue muy sincero al redactar su biografía del Señor, así pues, él reconoció que fueron muy pocos los oyentes de Jesús que aceptaron la doctrina predicada por el Mesías.
(JN. 7, 6). Aún no había llegado el tiempo en que Jesús había de ser reconocido como Hijo de Dios, pues esto había de empezar a suceder a partir del día en que el Espíritu Santo penetró en el corazón de los Apóstoles, e hizo que ellos, inspirados por el Paráclito, fundaran el Cristianismo.
Jesús les siguió diciendo a sus hermanos (JN. 7, 7)
¿Es idolátrico el culto mariano?
El culto a Dios es de latría (adoración).
El culto a María es de hiperdulía (suma veneración).
El culto a los Santos es de dulía (veneración).
Con respecto a la pregunta que encabeza este epígrafe, Nuestra Santa Madre profetizó en su oración del Magnificat: (LC. 1, 46-49).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Santo Padre que se cumplan pronto las siguientes palabras del Apóstol (1 COR. 13, 8-12).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan. (Meditación para la solemnidad de la Ascensión de María Santísima. 15 de agosto).
Meditación.
La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan.
¿Cuáles son las razones por las que los católicos creemos que María fue asunta al cielo? El año 1854, el Papa Pío IX proclamó como verdad de fe indiscutible que María Santísima fue preservada del pecado y de los efectos del mismo a partir del momento de su concepción. El uno de noviembre del año 1950, el Papa Pío XII, en la Constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, promulgó “el Dogma de la Asunción de María”. Aunque muchas denominaciones cristianas opositoras del Catolicismo afirman que la Iglesia se inventó este dogma para potenciar el culto idolátrico a María, sabemos que a partir del siglo VI empezó a celebrarse la fiesta de “la Dormición de María”. La Madre de Jesús ha sido muy estimada por los católicos de todos los tiempos, así pues, no nos equivocamos al suponer que Nuestra Señora fue respetada en gran manera a partir de la fundación de la Iglesia, así pues, aunque sabemos que la Madre de Dios y de la Iglesia fue asunta al cielo tres años después de que Jesús nos redimiera, no hemos de hacer un gran esfuerzo para saber que, a pesar de la discriminación de que eran víctimas las mujeres del tiempo en que vivió Nuestra Santa Madre, ella debió aportar su granito de arena para que se difundiera la Iglesia primitiva de Jerusalén, no dando grandes discursos ni haciendo grandes prodigios, sino predicándoles a quienes quisieran oír el mensaje que tenía que comunicarles (HCH. 1, 12-15).
En estos días, muchos católicos españoles están molestos porque el Gobierno se plantea la posibilidad de quitar los símbolos religiosos de los colegios y de otras instituciones públicas, así pues, los símbolos que para unos son muy importantes, para otros son imágenes violentas o fetiches que conviene eliminar. Este hecho, más que indignarnos a los creyentes, puede hacernos pensar si, a pesar de que el 87 por ciento de la población de los españoles se confiesa católica, si estamos actuando como verdaderos cristianos en el medio en que vivimos. Para responder afirmativa -o negativamente- esta consideración que estamos haciendo, podemos pensar en el avance que están teniendo en mi país otras denominaciones cristianas que están llevándose a su terreno a muchos de nuestros hermanos en la fe que tienen problemas de cualquier índole que les afectan psicológicamente y carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.
Estas son las razones por las que la Iglesia afirma que María fue asunta al cielo, a pesar de que ese hecho no aparece en la Biblia:
1. Como la Iglesia afirma que María jamás cometió pecado alguno, entiende que no `pudo morir sin resucitar inmediatamente, ya que comprende que la descomposición del cuerpo es la consecuencia de incurrir en el incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (ROM. 6, 23). Al no estar sometida a la ley bajo la que perecemos todos los mortales, Nuestra Santa Madre podía entrar en el cielo en cuerpo y alma.
2. Ya que María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, entendemos que Él, de la misma forma que se sometió al Padre siendo consustancial a Nuestro Criador por amor, no debió permitir que el cuerpo de la mujer que le dedicó muchos años de su vida y le concedió la existencia y una educación excelente muriera sin resucitarlo.
3. Como el cuerpo de María fue un tabernáculo consagrado a Jesús, -es decir, como Nuestra Santa Madre permaneció virgen durante los años que se prolongó su vida-, entendemos que su pureza fue tenida en cuenta por Dios para que no sufriera la corrupción de su cuerpo.
4. María no sólo asistió a la obra redentora de Jesús, sino que participó en la misma de una manera excepcional, ya que su Hijo amado fue asesinado y tenido por pecador, a pesar de que quienes le conocían, independientemente de que le amaran o le despreciaran, sabían perfectamente que Nuestro Señor fue un fiel ejemplo a imitar por todos sus discípulos.
Los que no aceptan el dogma de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, utilizan la Biblia, manipulando la misma, para echar por tierra los argumentos católicos a favor de esta verdad de fe, los cuales se apoyan en la misma Palabra de Dios, así pues, en el Evangelio de San Lucas, leemos (LC. 1, 26-28, y 41-42).
Como algunos católicos sienten cierto recelo con respecto al Papa y a los Obispos, y no aceptan el dogma de la Asunción de María porque el mismo no aparece en la Biblia, y quizás no saben que ya a partir del siglo IV aparecieron ciertos evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia), en los que se hablaba de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, estos pueden llegar a interpretar algunos textos bíblicos siguiendo las indicaciones de otras denominaciones cristianas, cuyos adeptos pretenden separarlos de nosotros.
(HCH. 6, 8). Aunque es fácil distinguir a María Santísima del Diácono San Esteban, muchos argumentan contra el dogma de la Asunción de María que el citado mártir de la fe también estaba lleno de la gracia de Dios, y que la Biblia no dice del mismo por esta causa que fue ascendido al cielo. Estos hermanos de quienes muchos no han sido instruidos en conformidad con la fe católica en el conocimiento de la Biblia, ignoran que en las Sagradas Escrituras no se dice que Esteban participó en la redención de la humanidad ni mucho menos que fue padre de Jesús, así pues, en la Biblia se dice de este Santo que fue un Diácono ejemplar en la vivencia de su fe y en la realización de las actividades que le fueron encomendadas por Dios y los Apóstoles del Mesías.
(JC. 5, 24). Entendemos que de Yael también se dice en la Biblia que fue bendita de Dios, pero en el texto sagrado no se le atribuyen las cualidades de Nuestra Señora, ni se afirma que esta mujer fue santificada por las causas que nos sirven a los católicos para aceptar como verdadero el dogma de la Asunción de María al cielo.
(1 PE. 3, 18). Quienes afirman que Jesús fue resucitado con un cuerpo espiritual y no conciben la idea de que está sentado a la derecha del Padre en el cielo, según manifestamos al rezar el Credo para concienciarnos de que Nuestro Señor intercede ante el Padre por nosotros, afirman que Cristo es un espíritu vivo, ya que en el citado versículo bíblico se dice -según ellos- del Mesías que el Señor resucitó, no como un ser espiritual, sino como un espíritu, es decir, interpretan la Biblia tal como mejor explicitan sus creencias. Cristo resucitó con un cuerpo espiritual, y , decir que está en el cielo sentado a la diestra del Padre, equivale a decir, que ocupa el lugar de honor que mereció, por redimir a la humanidad, así pues, al ser Dios, siempre fue Rey.
(1 COR. 15, 50). Quienes creen que en el cielo vivirá un grupo selecto de humanos con cuerpo espiritual, los cuales serán cogobernantes con Cristo en el nuevo orden mundial que esperamos, utilizan el citado versículo paulino para decir que María no pudo ser asunta al cielo corporalmente, de manera que interpretan la Biblia tal como favorecen sus creencias, ignorando este otro texto de San Pablo: (1 COR. 15, 45-49).
De la misma forma que somos partícipes de la naturaleza de Adán, el cual nos sumió en las miserias que caracterizan nuestra vida por la comisión del pecado de origen, seremos transfigurados y configurados según la imagen física y espiritual de Cristo Resucitado al final de los tiempos, así pues, María no sólo fue asunta al cielo por las razones expuestas al principio de esta meditación, pues ella había de ser Nuestra predecesora e intercesora ante el Padre, para pedirle que concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros.
Las denominaciones cristianas que proclaman constantemente a pesar de las veces que han fallado en sus profecías que el mundo está a punto de extinguirse, afirman que María no pudo ser asunta al cielo, pues ella, los Apóstoles y sus líderes religiosos no habrán de resucitar, hasta que ellos crean que se ha iniciado la cuenta atrás para que se acabe el mundo actual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La Asunción de María justificada con la Biblia en la mano y defensa de la misma ante las denominaciones cristianas que la rechazan.
¿Cuáles son las razones por las que los católicos creemos que María fue asunta al cielo? El año 1854, el Papa Pío IX proclamó como verdad de fe indiscutible que María Santísima fue preservada del pecado y de los efectos del mismo a partir del momento de su concepción. El uno de noviembre del año 1950, el Papa Pío XII, en la Constitución apostólica “Munificentissimus Deus”, promulgó “el Dogma de la Asunción de María”. Aunque muchas denominaciones cristianas opositoras del Catolicismo afirman que la Iglesia se inventó este dogma para potenciar el culto idolátrico a María, sabemos que a partir del siglo VI empezó a celebrarse la fiesta de “la Dormición de María”. La Madre de Jesús ha sido muy estimada por los católicos de todos los tiempos, así pues, no nos equivocamos al suponer que Nuestra Señora fue respetada en gran manera a partir de la fundación de la Iglesia, así pues, aunque sabemos que la Madre de Dios y de la Iglesia fue asunta al cielo tres años después de que Jesús nos redimiera, no hemos de hacer un gran esfuerzo para saber que, a pesar de la discriminación de que eran víctimas las mujeres del tiempo en que vivió Nuestra Santa Madre, ella debió aportar su granito de arena para que se difundiera la Iglesia primitiva de Jerusalén, no dando grandes discursos ni haciendo grandes prodigios, sino predicándoles a quienes quisieran oír el mensaje que tenía que comunicarles (HCH. 1, 12-15).
En estos días, muchos católicos españoles están molestos porque el Gobierno se plantea la posibilidad de quitar los símbolos religiosos de los colegios y de otras instituciones públicas, así pues, los símbolos que para unos son muy importantes, para otros son imágenes violentas o fetiches que conviene eliminar. Este hecho, más que indignarnos a los creyentes, puede hacernos pensar si, a pesar de que el 87 por ciento de la población de los españoles se confiesa católica, si estamos actuando como verdaderos cristianos en el medio en que vivimos. Para responder afirmativa -o negativamente- esta consideración que estamos haciendo, podemos pensar en el avance que están teniendo en mi país otras denominaciones cristianas que están llevándose a su terreno a muchos de nuestros hermanos en la fe que tienen problemas de cualquier índole que les afectan psicológicamente y carecen del conocimiento de la Palabra de Dios.
Estas son las razones por las que la Iglesia afirma que María fue asunta al cielo, a pesar de que ese hecho no aparece en la Biblia:
1. Como la Iglesia afirma que María jamás cometió pecado alguno, entiende que no `pudo morir sin resucitar inmediatamente, ya que comprende que la descomposición del cuerpo es la consecuencia de incurrir en el incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (ROM. 6, 23). Al no estar sometida a la ley bajo la que perecemos todos los mortales, Nuestra Santa Madre podía entrar en el cielo en cuerpo y alma.
2. Ya que María es la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, entendemos que Él, de la misma forma que se sometió al Padre siendo consustancial a Nuestro Criador por amor, no debió permitir que el cuerpo de la mujer que le dedicó muchos años de su vida y le concedió la existencia y una educación excelente muriera sin resucitarlo.
3. Como el cuerpo de María fue un tabernáculo consagrado a Jesús, -es decir, como Nuestra Santa Madre permaneció virgen durante los años que se prolongó su vida-, entendemos que su pureza fue tenida en cuenta por Dios para que no sufriera la corrupción de su cuerpo.
4. María no sólo asistió a la obra redentora de Jesús, sino que participó en la misma de una manera excepcional, ya que su Hijo amado fue asesinado y tenido por pecador, a pesar de que quienes le conocían, independientemente de que le amaran o le despreciaran, sabían perfectamente que Nuestro Señor fue un fiel ejemplo a imitar por todos sus discípulos.
Los que no aceptan el dogma de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, utilizan la Biblia, manipulando la misma, para echar por tierra los argumentos católicos a favor de esta verdad de fe, los cuales se apoyan en la misma Palabra de Dios, así pues, en el Evangelio de San Lucas, leemos (LC. 1, 26-28, y 41-42).
Como algunos católicos sienten cierto recelo con respecto al Papa y a los Obispos, y no aceptan el dogma de la Asunción de María porque el mismo no aparece en la Biblia, y quizás no saben que ya a partir del siglo IV aparecieron ciertos evangelios apócrifos (no reconocidos por la Iglesia), en los que se hablaba de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, estos pueden llegar a interpretar algunos textos bíblicos siguiendo las indicaciones de otras denominaciones cristianas, cuyos adeptos pretenden separarlos de nosotros.
(HCH. 6, 8). Aunque es fácil distinguir a María Santísima del Diácono San Esteban, muchos argumentan contra el dogma de la Asunción de María que el citado mártir de la fe también estaba lleno de la gracia de Dios, y que la Biblia no dice del mismo por esta causa que fue ascendido al cielo. Estos hermanos de quienes muchos no han sido instruidos en conformidad con la fe católica en el conocimiento de la Biblia, ignoran que en las Sagradas Escrituras no se dice que Esteban participó en la redención de la humanidad ni mucho menos que fue padre de Jesús, así pues, en la Biblia se dice de este Santo que fue un Diácono ejemplar en la vivencia de su fe y en la realización de las actividades que le fueron encomendadas por Dios y los Apóstoles del Mesías.
(JC. 5, 24). Entendemos que de Yael también se dice en la Biblia que fue bendita de Dios, pero en el texto sagrado no se le atribuyen las cualidades de Nuestra Señora, ni se afirma que esta mujer fue santificada por las causas que nos sirven a los católicos para aceptar como verdadero el dogma de la Asunción de María al cielo.
(1 PE. 3, 18). Quienes afirman que Jesús fue resucitado con un cuerpo espiritual y no conciben la idea de que está sentado a la derecha del Padre en el cielo, según manifestamos al rezar el Credo para concienciarnos de que Nuestro Señor intercede ante el Padre por nosotros, afirman que Cristo es un espíritu vivo, ya que en el citado versículo bíblico se dice -según ellos- del Mesías que el Señor resucitó, no como un ser espiritual, sino como un espíritu, es decir, interpretan la Biblia tal como mejor explicitan sus creencias. Cristo resucitó con un cuerpo espiritual, y , decir que está en el cielo sentado a la diestra del Padre, equivale a decir, que ocupa el lugar de honor que mereció, por redimir a la humanidad, así pues, al ser Dios, siempre fue Rey.
(1 COR. 15, 50). Quienes creen que en el cielo vivirá un grupo selecto de humanos con cuerpo espiritual, los cuales serán cogobernantes con Cristo en el nuevo orden mundial que esperamos, utilizan el citado versículo paulino para decir que María no pudo ser asunta al cielo corporalmente, de manera que interpretan la Biblia tal como favorecen sus creencias, ignorando este otro texto de San Pablo: (1 COR. 15, 45-49).
De la misma forma que somos partícipes de la naturaleza de Adán, el cual nos sumió en las miserias que caracterizan nuestra vida por la comisión del pecado de origen, seremos transfigurados y configurados según la imagen física y espiritual de Cristo Resucitado al final de los tiempos, así pues, María no sólo fue asunta al cielo por las razones expuestas al principio de esta meditación, pues ella había de ser Nuestra predecesora e intercesora ante el Padre, para pedirle que concluya la plena instauración del Reino mesiánico entre nosotros.
Las denominaciones cristianas que proclaman constantemente a pesar de las veces que han fallado en sus profecías que el mundo está a punto de extinguirse, afirman que María no pudo ser asunta al cielo, pues ella, los Apóstoles y sus líderes religiosos no habrán de resucitar, hasta que ellos crean que se ha iniciado la cuenta atrás para que se acabe el mundo actual.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para la solemnidad de la Asunción de María Santísima. (15 de agosto).
Meditación.
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Al saber que Isabel estaba embarazada, María tomó la decisión de ir a servir a la futura madre de San Juan Bautista. A pesar de la grave situación en que se encontraba, la Madre de Jesús, buscó tiempo para atender a Isabel, en sus necesidades.
¿Le dedicamos tiempo, medios y energía, a la realización de la obra de Dios?
Tal como el pequeño Juan se llenó de gozo cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías, hagamos lo propio, porque somos hijos del Dios del amor, que perdona nuestros pecados, y nos consuela cuando somos atribulados.
María es bendita entre todas las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su Maternidad divina, su virginidad, y su Asunción al cielo, así pues, oremos para que llegue el día en que también lo sea, por ser considerada como Corredentora, Mediadora de todas las gracias, y Abogada nuestra.
Adoremos a Jesús, el Dios y Hombre verdadero, de quien se dice en el Credo nicenoconstantinopolitano:
"Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo Hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin."
María es feliz porque se cumplió lo que le fue dicho de parte del Señor, y nosotros seremos dichosos, cuando Dios cumpla la promesa de hacernos habitar en su presencia, en un mundo carente de miserias.
Al igual que María enalteció al Señor viviendo como buena creyente, hagamos lo propio, conociendo la Palabra de Dios, aplicándola a nuestra vida cuando hagamos el bien, y dedicándole tiempo a la oración.
Dios no nos ama por nuestros méritos humanos. Hagamos lo que Nuestro Padre común nos pide, porque en ello se cifra la plenitud de la felicidad que añoramos.
La misericordia de Dios alcanza a todos los que lo aman y respetan su voluntad. Sintámonos acogidos, perdonados y amados por el Dios Uno y Trino.
No dejemos de cumplir la voluntad de Dios, pues ese es el camino que podemos recorrer para relacionarnos con Nuestro Padre celestial, y sus hijos los hombres.
Imitemos la conducta de María, al cumplir nuestras obligaciones, y al buscar el tiempo que necesitemos, para colaborar en la realización de la obra de Dios.
José Portillo Pérez
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Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma. Ejercicio de lectio divina del Evangelio de la Misa del día de la solemnidad de la Asunción de María al cielo (15 de agosto).
Misa del día.
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Dios ha ensalzado a su sierva por causa de la pureza, la santidad y la humildad de la misma.
Ejercicio de lectio divina de LC. 1, 39-56.
Lectura introductoria: CT. 5, 1-2.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es servir a Dios con la prontitud con que María, cuando supo que Isabel estaba en estado de gestación, fue a visitarla, con el fin de servirla.
Orar es sentir que la alegría y la emoción nos embargan porque somos hijos de Dios, y no privarnos de testimoniar la fe que profesamos, por medio de nuestras palabras y obras.
Pidámosle al Espíritu Santo que se manifieste en nosotros, a fin de que nuestras oraciones sean conformes a la voluntad de Dios (ROM. 8, 26-27).
Orar es reconocer que Nuestra Santa Madre es bendita entre todas las mujeres, y que Jesús, -el fruto de su seno-, es el Bendito de Israel.
Orar es sentir una inmensa alegría, porque tenemos una gran intercesora en el cielo, que ora para que no nos desviemos del cumplimiento de la voluntad de Dios.
Orar es sentirnos dichosos porque lo que el Señor le dijo a María Santísima por medio del Arcángel Gabriel y el anciano Simeón, tuvo su pleno cumplimiento.
Orar es llenarnos de gozo tal como lo hizo María Santísima cuando recitó el Magnificat, porque sabía que Dios hizo de su corazón su humilde morada. Alegrémonos al saber que Dios se nos manifiesta en la Biblia, la Iglesia, el entorno en que vivimos, y, nuestras circunstancias vitales.
Orar es sentir que somos muy importantes, y que ello no se debe a nuestros méritos personales ni al poder, la riqueza y el prestigio que nos caracterizan, sino al amor que, Nuestro Padre celestial, siente por nosotros.
Orar es ser conscientes de que la misericordia de Dios nos alcanza, y por ello cumplimos su voluntad, pues queremos agradecerle todo lo que ha hecho por nosotros.
Orar es saber que nuestra soberbia humana puede ser vencida por el amor y la admiración que sentimos con respecto a Nuestro Padre común.
Orar es saber que Dios nos derriba de la altura humana en que nos situamos cuando somos soberbios y nos negamos a cumplir su voluntad.
Orar es alegrarnos porque Dios exalta a quienes aprenden su Palabra, la aplican a sus vidas, y se hacen conocedores, del arte de la oración.
Orar es saber que Dios sacia nuestra sed de justicia y colma el anhelo que tenemos de ser amados, porque no queremos que, cuando fallezcamos, al tener que salir de este mundo sin los bienes y el dinero que hayamos acumulado, sintamos que hemos sido desprovistos, de todo aquello, por lo que nos esforzamos, mientras se prolongó nuestra vida.
Orar es saber que Dios nos acoge en su presencia, porque es misericordioso. El amor y la compasión divinos, carecen de límites.
Orar es cumplir la voluntad de Dios, sin permitir que la visión negativa de nuestras dificultades nos lo impida, a ejemplo de María Santísima, quien, sin saber si su prometido la iba a denunciar o se iba a separar de ella secretamente por haber cometido supuestamente adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándoles más importancia a los problemas de su familiar, que a los suyos.
Oremos:
Oración del Cardenal Mercier
Os voy a revelar un Secreto
para ser santo y dichoso.
Si todos los días, durante cinco minutos,
sabéis hacer callar vuestra imaginación,
cerráis los ojos a las cosas sensibles
y los oídos a todos los rumores de la tierra,
para penetrar en vosotros mismos, y allí,
en el santuario de vuestra alma bautizada,
que es el templo del Espíritu Santo,
habláis a este Espíritu Divino, diciéndole:
“¡Oh, Espíritu Santo, alma de mi alma, te adoro!
Ilumíname, guíame, fortaléceme, consuélame;
dime que debo hacer, dame tus órdenes;
te prometo someterme a todo lo que desees de mí
y aceptar todo lo que permitas que me suceda:
hazme tan sólo conocer tu voluntad”.
Si esto hacéis, vuestra vida se deslizará feliz,
serena y llena de consuelo, aun en medio
de las penas, porque la gracia será en proporción
a la prueba, dándonos la fuerza de sobrellevarla,
y llegaréis así a la puerta del Paraíso cargados
de méritos. Esta sumisión al Espíritu Santo
es el secreto de la Santidad.
(
http://www.celebrandolavida.org
).
2. Leemos atentamente LC. 1, 39-56, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 1, 39-56.
3-1. Seamos humildes como María, para que Dios nos eleve junto a su Santa Madre a su presencia (LC. 1, 39).
El hecho de que María se fue a la región montañosa, me recuerda que, en la Biblia, los montes aparecen como lugares perfectos, para estar en la presencia de Dios. María no necesitó irse a la región montañosa para sentir que estaba con Dios, porque, su vida reflejaba la presencia divina. María, se fue a la montaña a servir a Isabel, y, sin saberlo, fue muy valorada por Dios, porque, aunque no sabía lo que su prometido iba a hacer con ella, al creer que cometió adulterio contra él, sirvió a Isabel, dándole más importancia a la necesidad de su familiar de ser debidamente atendida, que a la contemplación de su problema, el cual había de resolverse en el tiempo adecuado, y no cuando ella lo deseara.
No permitamos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe, y permanezcamos siempre cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre común, que consiste en que alcancemos la plenitud de la dicha, viviendo en su presencia.
María es grande a los ojos de Dios y sus hijos, pero, sin pretenderlo, alcanzó su grandeza, haciéndose pequeña, cuando tuvo la oportunidad, de cumplir sus deberes de hija, esposa y madre, y hacer el bien.
María es un ejemplo de fe viva para nosotros, quienes queremos aprender a ser importantes siendo grandes, y corremos el riesgo de olvidar que, lo mismo que aprendimos a vivir por medio de nuestras experiencias a partir del día en que nacimos, tenemos que empezar a crecer lentamente, y sin detenernos. En ciertas circunstancias, encontraremos a quienes nos ayuden a alcanzar mejores puestos que los que ocupamos, pero, en otras ocasiones, tendremos que alcanzar las posiciones que anhelemos sin ayuda humana, y, para conseguir lo que deseamos, tendremos que hacer nuestra, la humildad con que, Nuestra Santa Madre, se dedicó a servir a Isabel.
3-2. Dejemos que nos embarguen la alegría y la emoción de ser hijos de Dios, y demos a conocer este hecho (LC. 1, 40-41).
Tal como a veces los niños se acostumbran a sus juguetes y pierden la ilusión que tenían cuando se los regalaron, nos hemos acostumbrado a ser amados por Dios, y ya no nos llenamos de alegría por esta causa, quizás porque la fe que tenemos se extingue de nuestros corazones, o porque es muy pequeña. Ello también puede sucedernos con nuestros familiares y amigos, así pues, es frecuente encontrar a quienes se casaron muy enamorados e ilusionados, y se les ha debilitado el amor que sentían hacia quienes tanto amaban.
Si nos acostumbramos a sentir el amor de Dios y nuestros familiares y amigos, llegará el día en que no haremos nada para fortalecer dichas relaciones, y, quizás sin percatarnos de ello, como dice mucha gente en nuestros días, se nos irá muriendo el amor.
Apenas San Juan Bautista se percató de que estaba en la presencia del Mesías, saltó de gozo en el seno de su madre, y el Señor lo bautizó, en aquel corto, intenso y maravilloso instante de euforia.
Aprendamos a controlar nuestros sentimientos, y a ser felices, porque tenemos a un Dios que nos ama inmensamente, una familia que, a pesar de sus defectos, nos ha enseñado a vivir, y amigos con quienes hemos pasado buenos momentos, y hemos compartido episodios significativos de nuestra vida.
Tal como veremos en el apartado 3-3 del presente trabajo, Isabel no bendijo a María por su cuenta, sino porque fue llena de Espíritu Santo (el poder de dios), y por ello fue impulsada a pronunciar las palabras, que constituyen parte de la oración, que le rezamos todos los días, a Nuestra Madre celestial.
3-3. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús (LC. 1, 42).
"Ante Cristo y la Iglesia no existe desigualdad alguna en razón de estirpe o nacimiento, condición social o sexo" (Con. Vat. II, LG. n. 32), así pues, sin perjuicio de que nadie se sienta humillado por razón alguna, María es bendita entre las mujeres, por su Inmaculada Concepción, su escucha y aplicación de la Palabra de Dios a su vida, y su Maternidad divina.
Jesús es el fruto bendito de María. Todos los años, al disponernos a celebrar la Navidad, reflexionamos sobre lo que podemos hacer, para que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida. Para que ello suceda, nos conviene conocer la Palabra de Dios y aplicarla a nuestra vida, -tal como lo hizo Nuestra Madre celestial-, y conocer y practicar, el arte de la oración.
Jesús es "el Dios con nosotros" (MT. 1, 23). Jesús es una bendición para sus creyentes, porque es Dios, y porque cumplió la misión que le encomendó Nuestro Padre común, de redimirnos.
Oremos y esforcémonos para ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y, hermanos en la fe.
3-4. Alegrémonos, porque, María Santísima, es Nuestra Madre (LC. 1, 43-44).
Cuando Isabel vio a María, se preguntó: ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la Madre de mi Señor?
Por causa de nuestras creencias, la moral que caracteriza nuestra vida, y la más elemental cortesía, sabemos que, cuando recibimos a nuestros familiares, amigos, y hermanos en la fe, queremos servirlos. Igualmente, si nos alegramos de tener a María Santísima por Madre, haremos bien al meditar los textos bíblicos en que se nos describen su fe, y la sencillez que siempre la caracterizó. Si conocemos la espiritualidad de Nuestra Madre celestial, no dejaremos de tenerla siempre en nuestras oraciones, pues, quienes creemos en la intercesión de los Santos, sabemos que, después de ser glorificada, ora incesantemente para que, el Reino de Dios, termine de ser instaurado, entre nosotros.
Tal como Isabel se admiró de cómo su hijo reconoció al Mesías y se llenó de alegría, llenémonos de gozo en la presencia del Señor, mientras oramos y nos esforzamos, para poder ser purificados, santificados, y, glorificados.
3-5. María es feliz, porque en ella se cumplió todo lo que le dijo el Señor, por medio de San Gabriel, y el anciano Simeón (LC. 1, 45).
(Leamos LC. 1, 26-38. 2, 25-35). Para comprender por qué depende la felicidad de María del cumplimiento de los mensajes que Dios le reveló por medio de San Gabriel y el anciano Simeón, nos conviene imaginar cómo nos sentiremos, cuando concluya el tiempo de nuestra purificación, y no necesitemos la fe, para saber que viviremos, en la presencia de Dios.
De la misma manera que son felices el estudiante que estudia una carrera y consigue trabajo, y la madre que consigue criar y educar a sus hijos, los cristianos seremos plenamente felices, cuando Dios termine de cumplir la promesa, de hacer de nuestra tierra, su Reino.
Cuando Isabel le dijo a María que sería dichosa porque se cumplirían en ella las palabras que le fueron reveladas, la situación de Nuestra Santa Madre, era muy delicada, pues su vida corría peligro. De igual manera, puede sucedernos que tengamos dificultades, y, tal como hizo María, por la fe que profesamos, no podemos dejar que, la visión negativa que tenemos de nuestros problemas, nos distancie del Dios, en quien hemos depositado, nuestra confianza.
3-6. Engrandece mi alma al Señor (LC. 1, 46).
Cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos, alabamos sus cualidades, y aplaudimos los logros que alcanzan. A no ser que tengamos depresión y pensemos que no merecemos ser elogiados, nos gusta sentirnos estimados, y, valorados.
Si queremos que nuestra alma engrandezca al Señor, no solo tenemos que alabarlo, pues también tenemos que cumplir su voluntad. Dios se siente engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide, porque sabe que ello es lo que más les conviene a los tales.
María engrandeció a Yahveh cuando no supo si José la iba a denunciar para que fuera lapidada por haber cometido supuestamente adulterio contra él (LC. 1, 38), cuando viajó con su marido a Belén para que ambos se empadronaran (LC. 2, 1-5), cuando ambos huyeron a Egipto para salvar la vida del pequeño Jesús quien era perseguido por los soldados de Herodes (MT. 2, 13-15), cuando Jesús se les perdió durante tres días durante una celebración pascual (LC. 2, 41-50), cuando el Señor vivió su Ministerio público y acaecieron su Pasión, muerte y Resurrección, y cuando surgió la Iglesia Madre de Jerusalén (HCH. 1, 12-15).
3-7. Mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador (LC. 1, 47).
Si Dios se siente engrandecido cuando aprendemos su Palabra, la aplicamos a nuestra vida haciendo el bien, y le dedicamos tiempo a la oración, tales motivos son los que nos hacen alegrarnos, porque nos sentimos amados por Dios, Nuestro Salvador.
Alegrémonos porque Dios nos ha ayudado a superar diversas dificultades, y a crecer en los campos espiritual y material, después de habernos hecho sus hijos.
3-8. ¿Por qué se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador? (LC. 1, 48-49).
Nos alegramos porque Dios, Nuestro Salvador, a pesar de nuestra pequeñez, ha perdonado nuestros pecados, y nos ha hecho hijos suyos. Nuestros méritos humanos no influyen en el hecho de que seamos hijos de Dios, pues ello es un don celestial que se nos concede, porque somos amados.
El himno que estamos considerando, está inspirado en el himno cantado por Ana en 1 SAM. 2, 1-10, y en algunos pasajes de los Salmos. No sabemos hasta qué punto María era conocedora de la Palabra de Dios, e incluso es fácil suponer que su ignorancia religiosa era grande, porque los judíos consideraban ilógico el hecho de enseñarles la Palabra de Yahveh a las mujeres. Teniendo este dato en cuenta, es razonable pensar que este himno fue compuesto por San Lucas u otro conocedor del antiguo Testamento, quien, al comprobar por sí mismo cómo vivían su fe los primeros seguidores de Jesús, constató que, María tendría que ser considerada como bienaventurada por los cristianos de todos los tiempos, porque Dios hizo prodigios admirables en su vida, los cuales son celebrados por quienes aceptan los dogmas marianos, promulgados y celebrados, por la Iglesia, así pues, en un tiempo en que las mujeres eran consideradas como esclavas, es difícil creer que María se considerara amada y dignificada por dios, aunque ello no es difícil de creer que sucediera por otra parte, porque, quienes se sienten amados por Nuestro Santo Padre, sienten que han alcanzado, la plenitud de la felicidad.
Si María carecía de conocimientos religiosos, ello no tuvo por qué atentar contra su fe. Recordemos que hay quienes tienen grandes conocimientos bíblicos, y no por ello tienen fe, pues la citada virtud teologal, es un don divino, que nos es infundido por el Espíritu Santo, y, aunque podemos cultivarlo, no podemos conseguirlo, por nuestros medios humanos.
Si María se reconoció muy querida por dios, no pensemos que pecó, pues reconoció que fue bendecida abundantemente. No confundamos la humildad cristiana con el desprecio de quienes piensan que solo merecen ser maltratados y odiados. Seamos humildes, aceptemos los dones que nos han sido concedidos por el Espíritu Santo, y ejercitémoslos.
El Nombre de Dios es Santo, -es decir, está separado o apartado, de las ideologías que lo contradicen-. Tal separación, hace que Dios destaque especialmente en la vida de quienes lo aceptan, porque, por su perfección y su amor, ha llegado a ser, la plenitud de la felicidad, que añoramos.
3-9. Hemos sido alcanzados por la misericordia de dios (LC. 1, 50).
Según el diccionario de la R. A. E., la misericordia es un "atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas." Dios se ha compadecido de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo, cuando hemos experimentado dificultades.
No confundamos el temor de Dios con el miedo, pues, en el Catecismo promulgado por San Pío X, leemos:
"¿Qué es temor de dios? - Temor de dios es un don que nos inspira reverencia de Dios y temor de ofenderle, y nos aparta del mal moviéndonos al bien" (Catecismo Mayor prescrito por San Pío X, el 15 de julio de 1905, n. 926).
De la misma manera que intentamos no decir ni hacer lo que hiere a nuestros familiares con tal de no ofenderlos, el temor de Dios es un don que nos impulsa a respetar a Nuestro Padre celestial, nos ayuda a recapacitar antes de incumplir la voluntad de Nuestro Padre común, y por ello decimos que nos ayuda a apartarnos de las sendas del mal, y nos induce a recorrer las del bien.
3-10. Dios quiere que actuemos como seguidores de Jesús (LC. 1, 51-53).
(FLP. 2, 6-11). Podemos hacer varias interpretaciones del texto lucano que estamos considerando.
1. Al tener en cuenta que el himno que estamos meditando está inspirado en varios textos del Antiguo Testamento, podemos considerar que el pueblo de Israel estaba constituido por los pobres que fueron ayudados por dios, y por ello vencieron a los poderosos reinos que llegaron a dominarlos, en diversas ocasiones.
2. Podemos considerar que, cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad divina, son los poderosos que tenemos que vencer, con la asistencia del Espíritu Santo. Si nos libramos de cuanto nos separa de Dios, llegaremos a ser miembros del pueblo humilde, que es socorrido por Dios. Esta interpretación es la que me indujo a recomendaros que leáis el texto de FLP., indicado al principio de este apartado.
3. Al interpretar literalmente el pasaje de LC. 1, 51-53, podemos cometer el error de pensar que Dios ama a los pobres y aborrece a los ricos y poderosos, y utilizar este texto, para promover la desigual lucha de clases.
Dado que los cristianos tenemos que hacer aquello que tenga el efecto de que nuestra manera de proceder se asemeje al modo de actuar de Dios, os recomiendo que leáis, el texto de FLP. 4, 8.
3-11. Dios acoge a sus hijos con amor (LC. 1, 54-55).
A lo largo del Antiguo Testamento, Dios les hizo a ciertos personajes la promesa de engrandecerlos junto a sus hermanos de raza. Tal promesa fue cumplida cuando Jesús nació. La promesa no solo está relacionada con Israel, sino con toda la humanidad, porque todos nos consideramos descendientes de los Patriarcas de Israel, y redimidos por Cristo.
3-12. Después de servir a Isabel, María regresó a Nazaret, a enfrentar sus problemas (LC. 1, 56).
San Lucas no narró en su Evangelio si María asistió a Isabel en el alumbramiento de su hijo, pues consideró que, tal detalle, no contribuiría al crecimiento espiritual de sus lectores, y por ello lo desechó, así pues, no olvidemos que los autores bíblicos no escribieron sus obras con la intención de satisfacer nuestra curiosidad, pues su propósito connsistía, en hacernos crecer, espiritualmente.
Después de haber asistido a Isabel durante tres Meses, María volvió a Nazaret, para ver qué quería hacer José con ella. Después de haber subido a la montaña para servir a Isabel, María volvió a Nazaret fortalecida, para afrontar sus dificultades.
Oremos para que la asistencia al culto religioso nos haga fuertes, para que así podamos resolver nuestros problemas, y cumplir perfectamente, los deberes que nos caracterizan.
3-13. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-14. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 1, 39-56 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Qué podemos deducir del hecho de que María se fue a la región montañosa?
2. ¿Cómo se reflejó la presencia de Dios en la vida de María?
3. ¿A qué fue María a la región montañosa?
4. ¿Por qué fue muy valorada por Dios María cuando tomó la decisión de ir a servir a Isabel?
5. ¿Permitimos que la visión negativa de nuestras dificultades nos debilite la fe?
6. ¿En qué consiste la voluntad de Dios respecto de nosotros?
7. ¿Cómo alcanzó María su grandeza de alma?
8. ¿Comprendemos que, antes de ser grandes, tenemos que sentirnos pequeños, y crecer lenta e ininterrumpidamente?
9. ¿Qué virtud nos es indispensable a la hora de alcanzar lo que deseamos, independientemente de que alguien nos ayude a ello, o de que lo consigamos con la ayuda de Dios y nuestros medios?
3-2.
10. ¿Por qué no constituye un motivo de profunda alegría para nosotros el hecho de saber que somos hijos de Dios?
11. ¿Carecemos de fe en Dios?
12. ¿Se nos está debilitando la fe?
13. En el caso de que se nos esté debilitando la fe, ¿hacemos algo para impedir que ello nos siga sucediendo?
14. ¿Qué nos ocurrirá si nos acostumbramos a ser amados por dios, nuestros familiares, amigos y hermanos en la fe?
15. ¿Qué hizo San Juan Bautista cuando se percató de que estaba en la presencia del Mesías?
16. ¿Por qué fue bautizado San Juan en el seno de su madre?
17. ¿Por qué nos es necesario aprender a ser felices a partir de nuestras circunstancias actuales?
18. ¿Por qué bendijo Isabel a María?
19. ¿Cuál es la oración mencionada en el apartado 3-2 del presente trabajo, que muchos cristianos rezamos diariamente?
3-3.
20. ¿Por qué razones es María bendita entre todas las mujeres?
21. ¿Cómo podemos lograr que Jesús se encarne y nazca en nuestra vida?
22. ¿Qué significa el hecho de que Jesús es el "Emmanuel" -o "Dios con nosotros"?
23. ¿Por qué es Jesús una bendición para sus creyentes?
24. ¿Cómo llegaremos a ser una bendición para nuestros familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, y hermanos en la fe?
3-4.
25. ¿Por qué queremos servir adecuadamente a quienes recibimos en nuestros hogares?
26. ¿Qué haremos si nos alegramos de tener a María por Madre?
27. ¿Por qué no es pecado el hecho de pedirle a María Santísima que interceda ante la Trinidad Beatísima por nosotros?
28. ¿Qué sentimiento queremos experimentar mientras concluye el tiempo de nuestra purificación, santificación, y glorificación?
3-5.
29. ¿Por qué es dependiente la felicidad de María del cumplimiento de la Palabra de Dios que le fue revelada?
30. ¿Cuándo creemos los cristianos que seremos plenamente felices?
31. ¿En qué situación se encontraba María cuando Isabel le dijo que era bendita porque se cumpliría en ella lo que le fue anunciado?
32. ¿Por qué no debemos permitir que la visión negativa que podemos tener de nuestros problemas nos distancie de Dios?
3-6.
33. ¿Qué hacemos cuando queremos engrandecer a nuestros seres queridos?
34. ¿Por qué nos gusta sentirnos estimados y valorados?
35. ¿Cómo lograremos que nuestras almas engrandezcan al Señor?
36. ¿Por qué se siente Dios engrandecido cuando sus hijos hacen lo que les pide?
37. ¿En qué ocasiones engrandeció el alma de María al Señor?
3-7.
38. ¿Cuáles son los motivos por los que nuestros espíritus se alegran en Dios, Nuestro Salvador?
39. ¿Por qué nos alegraremos?
3-8.
40. ¿Por qué causas nos alegramos?
41. ¿Por qué no influyen nuestros méritos humanos en el hecho de que seamos hijos de Dios?
42. ¿Por qué es fácil suponer que la ignorancia religiosa de María era grande?
43. ¿Por qué es razonable pensar que el himno evangélico que estamos considerando no fue compuesto por Nuestra Santa Madre?
44. ¿En qué ocasiones celebramos los católicos los prodigios admirables que hizo Dios en la vida de María?
45. ¿Por qué es difícil pensar que María se sentía amada y dignificada por Dios?
46. ¿Por qué es lo más natural del mundo que María se sintiera amada y enaltecida por Yahveh?
47. ¿Por qué no tienen ninguna causa por la que estar relacionados el conocimiento de la Religión y la posesión de la fe cristianas?
48. ¿Cómo es posible que haya grandes conocedores del mensaje bíblico sin fe en Dios?
49. ¿Pecó María si se sintió sobreestimada por Dios? ¿Por qué?
50. ¿En qué consiste la humildad cristiana?
51. ¿Qué significa la santidad relativa al Nombre de Dios?
52. ¿Por qué destaca Dios en la vida de quienes lo aceptan?
3-9.
53. ¿Qué es el atributo divino llamado "misericordia"?
54. ¿Cómo se ha compadecido Dios de nosotros, y se nos ha hecho el encontradizo?
55. ¿Qué diferencia existe entre el temor de Dios y el miedo?
56. ¿Qué es el temor de Dios?
57. ¿Qué conseguimos al ser poseedores del citado don del Espíritu Santo?
3-10.
58. ¿Quiénes son los pobres y poderosos mencionados en el texto de LC. 1, 51-53?
59. ¿Por qué pueden ser tales pobres los israelitas, y, los poderosos, los reyes que se los sometieron, a lo largo de su historia?
60. ¿Por qué pueden ser los poderosos cuanto hay en nosotros que se opone a que cumplamos la voluntad de Dios, y podemos ser los pobres mencionados en dicho texto lucano?
61. ¿Por qué no debemos utilizar el citado texto evangélico para promover la lucha de clases, manteniendo la idea de que Dios ama a los pobres, y desprecia a los ricos y poderosos?
62. ¿Por qué debemos acoger la más justa de las interpretaciones de LC. 1, 51-53, atendiendo al mensaje de FLP. 4, 8?
3-11.
63. ¿Qué promesas fueron cumplidas por Dios cuando aconteció el Nacimiento de Jesús?
64. ¿Por qué son tales promesas relativas a toda la humanidad?
3-12.
65. ¿Por qué no indicó San Lucas si María asistió al parto de Isabel?
66. ¿Por qué no escribieron los autores bíblicos sus obras pensando en satisfacer la curiosidad de sus lectores?
67. ¿Con qué propósito fueron escritos los libros de la biblia?
68. ¿Por qué regresó María a Nazaret?
69. ¿Cómo logró María ser fortalecida orando y sirviendo a Isabel al mismo tiempo?
70. ¿Qué podemos aprender del hecho de que María actuó al mismo tiempo como alma contemplativa y activa?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos PR. 31, 10-31, pensando si, en nuestras comunidades y familias, las mujeres pueden actuar con libertad, o si son discriminadas, y reducidas a la servidumbre. No hagamos de María exclusivamente modelo de las mujeres que acatan órdenes automáticamente, porque también es Madre de las mujeres que, a base de que se les cierren puertas en la vida, saben lo que quieren, y luchan para conseguirlo.
6. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 1, 39-56.
Comprometámonos a aplicarnos las siguientes palabras de San Pablo, escritas en 1 COR. 9, 19-23.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
7. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Hoy me comprometo a actuar como buen seguidor tuyo, realizando puntualmente mis actividades ordinarias, y contribuyendo a la realización de tu obra redentora.
8. Oración final.
Leemos y meditamos el Salmo 103, agradeciéndole a Dios el amor que nos ha manifestado.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio de la Misa vespertina de la Solemnidad de la Asunción de María. 15 de agosto).
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María de los Ciclos A, B y C (15 de agosto).
Misa vespertina.
Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia.
Ejercicio de lectio divina de LC. 11, 27-28.
Lectura introductoria: CT. 2, 10-14.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, si bien no se describe en la Biblia, es aceptada por ortodoxos y católicos, quienes, al creer que María es la "llena de gracia" (LC. 1, 28), -y por ello "bendita entre las mujeres" (LC. 1, 42), por haber tenido el privilegio de haber nacido exenta de sobrevivir a las consecuencias de la mácula característica del pecado original cometido por nuestros ancestros Adán y Eva, y por haber llegado a ser Madre de Dios, no la adoran como afirman muchos opositores a esta creencia, pues la veneran. En virtud de su maternidad divina, y de la pureza y santidad con que Dios la creó, María Santísima, "La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo" (Con. Vat. II, "LG. n. 59).
Aunque no podemos comprobar empíricamente el hecho de que María Santísima ha sido la primera creyente en Jesús resucitada y glorificada, la solemnidad que estamos celebrando, nos recuerda que "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron" (1 COR. 15, 20). Si Jesús venció la muerte, es de esperar que sus seguidores hagan lo propio, al final de los tiempos, cuando nuestra tierra sea plenamente transformada, en el Reino de Dios.
Aunque "el salario del pecado es la muerte" (ROM. 6, 23a), al creer que María fue exenta de sobrevivir a la mácula consecuente del pecado original, no la consideramos merecedora de que su cuerpo se corrompiera en el sepulcro, dado que, "el don gratuito de Dios, (es) la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (ROM. 6, 23b).
Si la Resurrección de Jesús nos estimula a esperar la glorificación con que Dios premiará el amor y la fidelidad de sus hijos, el hecho de saber que María está en la presencia de Nuestro Santo Padre resucitada, nos hace tener más esperanza en el hecho de que seremos purificados y santificados, así pues, "si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 TES. 4, 14).
Aunque tradicionalmente hemos relacionado el sufrimiento con el pecado, no pensemos que María, por haber sido concebida sin estar marcada por la mácula original, vivió sin conocer el dolor, así pues, de la misma manera que, "llegado a la perfección, (Cristo) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (HB. 5, 9), Nuestra Santa Madre, perfeccionó su fe, su paciencia y su obediencia, en la escuela del padecimiento. El dolor es una fuente purificadora de defectos, fortalecedora de virtudes, y santificadora de almas.
El texto lucano que consideraremos en el presente trabajo, nos hace pensar tanto en el lugar que le concedemos a María en la Iglesia, que, al mismo tiempo que es el Reino de Dios, está constituida por peregrinos que caminan hacia una tierra que "mana leche y miel" (ÉX. 3, 17), como en los valores que deseamos que primen en nuestra vida, si deseamos ser integrantes, del Reinado de Nuestro Padre celestial.
Orar es saber que no somos bienaventurados -o felices- porque tenemos poder, riquezas y prestigio, sino porque oímos la Palabra de Dios y la aplicamos a nuestra vida. El poder, las riquezas y el prestigio, si se utilizan para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, no han de ser despreciados, pero, para Dios, no somos importantes por el dinero, los bienes y la posición que nos caracterizan, sino porque somos sus hijos, y nos ama. No utilicemos el Evangelio que vamos a considerar para promover la lucha de clases, porque ello no extinguirá la pobreza del mundo, y hará más lamentable la situación, de quienes tienen más carencias.
Oremos:
ORACIÓN PARA PEDIR LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
¡Oh Espíritu Santo!, humildemente te suplico que enriquezcas mi alma con la abundancia de tus dones.
Haz que yo sepa, con el Don de la Sabiduría, apreciar en tal grado las cosas divinas, que con gozo y facilidad sepa frecuentemente prescindir de las terrenas.
Que acierte con el Don de Entendimiento, a ver con fe viva la trascendencia y belleza de la verdad cristiana.
Que, con el Don de Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el Don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de salvación.
Que sepa con el Don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo
y del pecado.
Que, con el Don de Piedad, os ame como a Padre, os sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que con el Don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración a los mandamientos divinos, cuidando con creciente delicadez de no quebrantarlos
lo más mínimo.
Llenadme sobre todo, de vuestro santo amor. Que ese amor sea el móvil de toda mi vida espiritual. Que lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al
menos con mi ejemplo, la sublimidad de vuestra doctrina, la bondad de vuestros preceptos, la dulzura de vuestra caridad. Amén.
(Desconozco el autor).
2. Leemos atentamente LC. 11, 27-28, intentando captar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 11, 27-28.
3-1. ¿Necesitamos "ser algo", o "ser alguien"? (LC. 11, 27).
Jesús predicó el Evangelio en un país en que la gente valoraba grandemente las relaciones familiares, pues, el hecho de ser descendiente de Abraham, era indicativo, de que pertenecía al pueblo de Dios. El valor de los hombres estaba determinado por la posición social que ocuparon sus antepasados, y, el de las mujeres, por la posición que caracterizaba a sus cónyuges e hijos.
En la actualidad, dependiendo del campo en que nos movemos, ciframos nuestro valor, en función de la posición que ocupamos, y de los logros que alcanzamos. El poder no solo les es necesario a quienes ansían destacar en el mundo independientemente de que se consideren religiosos, pues también les es necesario a quienes se consagran a trabajar en la viña del Señor, para poder conservar su posición, y poder realizar su trabajo. En este campo, también se hacen necesarias las riquezas para poder llevar a cabo la obra de Dios, y el prestigio, pues, quienes son desconocidos, difícilmente podrán hacer un trabajo que pueda ser reconocido, en la viña del Señor.
A menos que nos ocultemos del mundo, y nos conformemos viviendo humildemente, nos es imposible vivir, sin pretender obtener poder, riquezas y prestigio. Ello no se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios, a no ser que se dé el caso de que utilicemos el poder para humillar a quienes ocupan una posición inferior a la nuestra, no distribuyamos las riquezas equitativamente, y utilicemos el prestigio, para imposibilitar el crecimiento de los demás.
3-2. ¿Quiénes son dichosos para Dios? (LC. 11, 28).
Es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando. No caigamos en la trampa de pensar que quienes desean alcanzar poder, riquezas y prestigio, carecen de valor a los ojos de Dios, ni situemos la contemplación sobre la acción, porque, para cumplir la voluntad de Dios, además de meditar su Palabra y de orar, necesitamos poner en práctica sus enseñanzas, haciendo el bien. La consecución de una buena posición social no tiene por qué estar relacionada con el pecado, y ofrece oportunidades de hacer el bien, que no caracterizan, a los carentes de dones materiales.
Frente a la creencia que mantenían los judíos de que el valor de los hombres dependía de la posición social que habían tenido sus antepasados, Jesús afirmó que la importancia de los mismos no dependía en absoluto del lugar que ocupaban en sus árboles genealógicos, sino de su manera de acoger la Palabra de Dios, y de la forma que aplicaban la misma a sus vidas.
Dado que el valor de las mujeres dependía de la posición que ocupaban sus maridos e hijos, Jesús afirmó que ello dependía de la manera en que servían a Dios, con tal de liberarlas del oprobio con que se las podía tachar socialmente, si sus descendientes eran considerados pecadores.
Valoremos a María, porque es Madre de Dios y nuestra, y porque acogió la Palabra de Dios, y la aplicó a su vida.
Valoremos a María, porque actuó como se esperaba que lo hiciera una buena hija, madre y esposa israelita, y se amoldó al cumplimiento de la voluntad divina.
María fue modelo de oración y de acción para nosotros. En la Biblia la encontramos meditando los hechos relacionados con la Natividad y la infancia de Jesús (LC. 2, 19 y 51), e inmersa en la acción, cumpliendo sus deberes de esposa y madre israelita.
Quizás queremos alcanzar la posición que María tiene en el cielo. Si ello es cierto, aprendamos a orar, y a hacer el bien. Aprendamos a predicar la Palabra de Dios, pronunciando bellos discursos, y con el buen ejemplo de la aplicación de la misma a nuestra vida.
3-3. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-4. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 11, 27-28 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué valoraban grandemente los israelitas las relaciones familiares?
2. ¿Qué indicaba para los hermanos de raza de Jesús el hecho de ser descendientes de Abraham?
3. ¿Por qué estaba determinado el valor de los hombres?
4. ¿Qué determinaba el valor de las mujeres?
5. ¿En función de qué hechos ciframos nuestro valor teniendo en cuenta la posición que ocupamos, y los logros que alcanzamos?
6. ¿Por qué nos es necesario el poder independientemente de que seamos religiosos, y de que trabajemos en la viña del Señor?
7. ¿En qué sentido son necesarias las riquezas para realizar la obra de Dios?
8. ¿Podemos ser buenos evangelizadores sin que nadie nos conozca?
9. ¿Qué tenemos que hacer para vivir sin que nos incumban la consecución de poder, riquezas y prestigio?
10. ¿En qué sentido son útiles el poder, las riquezas y el prestigio, para llevar a cabo la obra de Dios?
11. ¿En qué caso nos separan el poder, las riquezas y el prestigio, de Nuestro Padre común, y de sus hijos los hombres?
3-2.
12. ¿Por qué es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando?
13. ¿Por qué no debemos pensar que quienes desean conseguir poder, riquezas y prestigio, carecen de valor ante Dios?
14. ¿Por qué nos conviene situar al mismo nivel la acción y la contemplación?
15. ¿De qué manera contrarrestó Jesús las creencias de sus hermanos de raza referentes a que el valor de los hombres dependía de la posición social de sus ancestros, y de que el valor de las mujeres dependía de la posición social que ocupaban sus maridos e hijos?
16. ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
17. ¿Por qué cifró Jesús el valor de las mujeres en la manera en que servían a Dios?
18. ¿Por qué valoramos a María?
19. ¿Por qué sabemos que María se caracterizó por su manera de orar y aplicar la Palabra de Dios a su vida?
20. ¿En qué sentido cumplió María su misión de hija, esposa y madre israelita, y cumplió la voluntad divina?
21. ¿Recuerdas algún texto bíblico del que se deduce que María aparece orando?
22. ¿Cómo podemos alcanzar la glorificación junto a Nuestra Santa Madre en el cielo?
23. ¿De qué maneras podemos predicar la Palabra de Dios?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 25, 31-46, y pensemos en lo que se nos dice que hagamos en el citado pasaje evangélico, para que podamos ser glorificados.
6. Contemplación.
Independientemente de que seamos religiosos, a no ser que se dé el caso de que nos resignemos a vivir humildemente, necesitamos poder, riquezas y prestigio. El poder cristiano no debe basarse en la manipulación de los subordinados ni en la acumulación de riquezas, sino en la capacidad de servir.
Aunque el dinero es imprescindible para que podamos cubrir nuestras necesidades básicas, el Señor nos anima a que cultivemos las riquezas espirituales, mediante las cuales aprendemos a relacionarnos, tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres.
Escuchemos la Palabra de Dios. Adoptemos la costumbre de leer la Biblia, y meditarla pausadamente.
Apliquemos la Palabra de Dios a nuestra vida, tal como lo haría Jesús, si viviera nuestras circunstancias.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 11, 27-28.
Comprometámonos a ser grandes en este mundo, sin dejar de ser grandes, ante Nuestro Padre celestial. Los cristianos necesitamos crecer a todos los niveles posibles.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a ser grande ante Dios y los hombres al mismo tiempo, a fin de que pueda servirte en mis prójimos los hombres, tal como actuarías tú, si vivieras las circunstancias que caracterizan mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos 1 SAM. 2, 1-10, pues, el citado texto, nos servirá como preparación, para meditar el Evangelio, de la Misa del día, de la solemnidad de la Asunción, de Nuestra Señora.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Misa vespertina.
Bendita y alabada sea la Madre de Dios y de la Iglesia.
Ejercicio de lectio divina de LC. 11, 27-28.
Lectura introductoria: CT. 2, 10-14.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora al cielo, si bien no se describe en la Biblia, es aceptada por ortodoxos y católicos, quienes, al creer que María es la "llena de gracia" (LC. 1, 28), -y por ello "bendita entre las mujeres" (LC. 1, 42), por haber tenido el privilegio de haber nacido exenta de sobrevivir a las consecuencias de la mácula característica del pecado original cometido por nuestros ancestros Adán y Eva, y por haber llegado a ser Madre de Dios, no la adoran como afirman muchos opositores a esta creencia, pues la veneran. En virtud de su maternidad divina, y de la pureza y santidad con que Dios la creó, María Santísima, "La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejara más plenamente a su Hijo" (Con. Vat. II, "LG. n. 59).
Aunque no podemos comprobar empíricamente el hecho de que María Santísima ha sido la primera creyente en Jesús resucitada y glorificada, la solemnidad que estamos celebrando, nos recuerda que "Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron" (1 COR. 15, 20). Si Jesús venció la muerte, es de esperar que sus seguidores hagan lo propio, al final de los tiempos, cuando nuestra tierra sea plenamente transformada, en el Reino de Dios.
Aunque "el salario del pecado es la muerte" (ROM. 6, 23a), al creer que María fue exenta de sobrevivir a la mácula consecuente del pecado original, no la consideramos merecedora de que su cuerpo se corrompiera en el sepulcro, dado que, "el don gratuito de Dios, (es) la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (ROM. 6, 23b).
Si la Resurrección de Jesús nos estimula a esperar la glorificación con que Dios premiará el amor y la fidelidad de sus hijos, el hecho de saber que María está en la presencia de Nuestro Santo Padre resucitada, nos hace tener más esperanza en el hecho de que seremos purificados y santificados, así pues, "si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 TES. 4, 14).
Aunque tradicionalmente hemos relacionado el sufrimiento con el pecado, no pensemos que María, por haber sido concebida sin estar marcada por la mácula original, vivió sin conocer el dolor, así pues, de la misma manera que, "llegado a la perfección, (Cristo) se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen" (HB. 5, 9), Nuestra Santa Madre, perfeccionó su fe, su paciencia y su obediencia, en la escuela del padecimiento. El dolor es una fuente purificadora de defectos, fortalecedora de virtudes, y santificadora de almas.
El texto lucano que consideraremos en el presente trabajo, nos hace pensar tanto en el lugar que le concedemos a María en la Iglesia, que, al mismo tiempo que es el Reino de Dios, está constituida por peregrinos que caminan hacia una tierra que "mana leche y miel" (ÉX. 3, 17), como en los valores que deseamos que primen en nuestra vida, si deseamos ser integrantes, del Reinado de Nuestro Padre celestial.
Orar es saber que no somos bienaventurados -o felices- porque tenemos poder, riquezas y prestigio, sino porque oímos la Palabra de Dios y la aplicamos a nuestra vida. El poder, las riquezas y el prestigio, si se utilizan para contribuir a la plena instauración del Reino de Dios en el mundo, no han de ser despreciados, pero, para Dios, no somos importantes por el dinero, los bienes y la posición que nos caracterizan, sino porque somos sus hijos, y nos ama. No utilicemos el Evangelio que vamos a considerar para promover la lucha de clases, porque ello no extinguirá la pobreza del mundo, y hará más lamentable la situación, de quienes tienen más carencias.
Oremos:
ORACIÓN PARA PEDIR LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
¡Oh Espíritu Santo!, humildemente te suplico que enriquezcas mi alma con la abundancia de tus dones.
Haz que yo sepa, con el Don de la Sabiduría, apreciar en tal grado las cosas divinas, que con gozo y facilidad sepa frecuentemente prescindir de las terrenas.
Que acierte con el Don de Entendimiento, a ver con fe viva la trascendencia y belleza de la verdad cristiana.
Que, con el Don de Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el Don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de salvación.
Que sepa con el Don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, entre lo falso y lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo
y del pecado.
Que, con el Don de Piedad, os ame como a Padre, os sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que con el Don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración a los mandamientos divinos, cuidando con creciente delicadez de no quebrantarlos
lo más mínimo.
Llenadme sobre todo, de vuestro santo amor. Que ese amor sea el móvil de toda mi vida espiritual. Que lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al
menos con mi ejemplo, la sublimidad de vuestra doctrina, la bondad de vuestros preceptos, la dulzura de vuestra caridad. Amén.
(Desconozco el autor).
2. Leemos atentamente LC. 11, 27-28, intentando captar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 11, 27-28.
3-1. ¿Necesitamos "ser algo", o "ser alguien"? (LC. 11, 27).
Jesús predicó el Evangelio en un país en que la gente valoraba grandemente las relaciones familiares, pues, el hecho de ser descendiente de Abraham, era indicativo, de que pertenecía al pueblo de Dios. El valor de los hombres estaba determinado por la posición social que ocuparon sus antepasados, y, el de las mujeres, por la posición que caracterizaba a sus cónyuges e hijos.
En la actualidad, dependiendo del campo en que nos movemos, ciframos nuestro valor, en función de la posición que ocupamos, y de los logros que alcanzamos. El poder no solo les es necesario a quienes ansían destacar en el mundo independientemente de que se consideren religiosos, pues también les es necesario a quienes se consagran a trabajar en la viña del Señor, para poder conservar su posición, y poder realizar su trabajo. En este campo, también se hacen necesarias las riquezas para poder llevar a cabo la obra de Dios, y el prestigio, pues, quienes son desconocidos, difícilmente podrán hacer un trabajo que pueda ser reconocido, en la viña del Señor.
A menos que nos ocultemos del mundo, y nos conformemos viviendo humildemente, nos es imposible vivir, sin pretender obtener poder, riquezas y prestigio. Ello no se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios, a no ser que se dé el caso de que utilicemos el poder para humillar a quienes ocupan una posición inferior a la nuestra, no distribuyamos las riquezas equitativamente, y utilicemos el prestigio, para imposibilitar el crecimiento de los demás.
3-2. ¿Quiénes son dichosos para Dios? (LC. 11, 28).
Es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando. No caigamos en la trampa de pensar que quienes desean alcanzar poder, riquezas y prestigio, carecen de valor a los ojos de Dios, ni situemos la contemplación sobre la acción, porque, para cumplir la voluntad de Dios, además de meditar su Palabra y de orar, necesitamos poner en práctica sus enseñanzas, haciendo el bien. La consecución de una buena posición social no tiene por qué estar relacionada con el pecado, y ofrece oportunidades de hacer el bien, que no caracterizan, a los carentes de dones materiales.
Frente a la creencia que mantenían los judíos de que el valor de los hombres dependía de la posición social que habían tenido sus antepasados, Jesús afirmó que la importancia de los mismos no dependía en absoluto del lugar que ocupaban en sus árboles genealógicos, sino de su manera de acoger la Palabra de Dios, y de la forma que aplicaban la misma a sus vidas.
Dado que el valor de las mujeres dependía de la posición que ocupaban sus maridos e hijos, Jesús afirmó que ello dependía de la manera en que servían a Dios, con tal de liberarlas del oprobio con que se las podía tachar socialmente, si sus descendientes eran considerados pecadores.
Valoremos a María, porque es Madre de Dios y nuestra, y porque acogió la Palabra de Dios, y la aplicó a su vida.
Valoremos a María, porque actuó como se esperaba que lo hiciera una buena hija, madre y esposa israelita, y se amoldó al cumplimiento de la voluntad divina.
María fue modelo de oración y de acción para nosotros. En la Biblia la encontramos meditando los hechos relacionados con la Natividad y la infancia de Jesús (LC. 2, 19 y 51), e inmersa en la acción, cumpliendo sus deberes de esposa y madre israelita.
Quizás queremos alcanzar la posición que María tiene en el cielo. Si ello es cierto, aprendamos a orar, y a hacer el bien. Aprendamos a predicar la Palabra de Dios, pronunciando bellos discursos, y con el buen ejemplo de la aplicación de la misma a nuestra vida.
3-3. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-4. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 11, 27-28 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué valoraban grandemente los israelitas las relaciones familiares?
2. ¿Qué indicaba para los hermanos de raza de Jesús el hecho de ser descendientes de Abraham?
3. ¿Por qué estaba determinado el valor de los hombres?
4. ¿Qué determinaba el valor de las mujeres?
5. ¿En función de qué hechos ciframos nuestro valor teniendo en cuenta la posición que ocupamos, y los logros que alcanzamos?
6. ¿Por qué nos es necesario el poder independientemente de que seamos religiosos, y de que trabajemos en la viña del Señor?
7. ¿En qué sentido son necesarias las riquezas para realizar la obra de Dios?
8. ¿Podemos ser buenos evangelizadores sin que nadie nos conozca?
9. ¿Qué tenemos que hacer para vivir sin que nos incumban la consecución de poder, riquezas y prestigio?
10. ¿En qué sentido son útiles el poder, las riquezas y el prestigio, para llevar a cabo la obra de Dios?
11. ¿En qué caso nos separan el poder, las riquezas y el prestigio, de Nuestro Padre común, y de sus hijos los hombres?
3-2.
12. ¿Por qué es importante que no seamos extremistas a la hora de sacar conclusiones al interpretar el texto evangélico que estamos considerando?
13. ¿Por qué no debemos pensar que quienes desean conseguir poder, riquezas y prestigio, carecen de valor ante Dios?
14. ¿Por qué nos conviene situar al mismo nivel la acción y la contemplación?
15. ¿De qué manera contrarrestó Jesús las creencias de sus hermanos de raza referentes a que el valor de los hombres dependía de la posición social de sus ancestros, y de que el valor de las mujeres dependía de la posición social que ocupaban sus maridos e hijos?
16. ¿Cómo acogemos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
17. ¿Por qué cifró Jesús el valor de las mujeres en la manera en que servían a Dios?
18. ¿Por qué valoramos a María?
19. ¿Por qué sabemos que María se caracterizó por su manera de orar y aplicar la Palabra de Dios a su vida?
20. ¿En qué sentido cumplió María su misión de hija, esposa y madre israelita, y cumplió la voluntad divina?
21. ¿Recuerdas algún texto bíblico del que se deduce que María aparece orando?
22. ¿Cómo podemos alcanzar la glorificación junto a Nuestra Santa Madre en el cielo?
23. ¿De qué maneras podemos predicar la Palabra de Dios?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos MT. 25, 31-46, y pensemos en lo que se nos dice que hagamos en el citado pasaje evangélico, para que podamos ser glorificados.
6. Contemplación.
Independientemente de que seamos religiosos, a no ser que se dé el caso de que nos resignemos a vivir humildemente, necesitamos poder, riquezas y prestigio. El poder cristiano no debe basarse en la manipulación de los subordinados ni en la acumulación de riquezas, sino en la capacidad de servir.
Aunque el dinero es imprescindible para que podamos cubrir nuestras necesidades básicas, el Señor nos anima a que cultivemos las riquezas espirituales, mediante las cuales aprendemos a relacionarnos, tanto con Dios, como con nuestros prójimos los hombres.
Escuchemos la Palabra de Dios. Adoptemos la costumbre de leer la Biblia, y meditarla pausadamente.
Apliquemos la Palabra de Dios a nuestra vida, tal como lo haría Jesús, si viviera nuestras circunstancias.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 11, 27-28.
Comprometámonos a ser grandes en este mundo, sin dejar de ser grandes, ante Nuestro Padre celestial. Los cristianos necesitamos crecer a todos los niveles posibles.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a ser grande ante Dios y los hombres al mismo tiempo, a fin de que pueda servirte en mis prójimos los hombres, tal como actuarías tú, si vivieras las circunstancias que caracterizan mi vida.
9. Oración final.
Leamos y meditemos 1 SAM. 2, 1-10, pues, el citado texto, nos servirá como preparación, para meditar el Evangelio, de la Misa del día, de la solemnidad de la Asunción, de Nuestra Señora.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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