Meditación.
A Jesús le gustaba predicar en el lago de Genesaret, pues el Mesías disfrutaba reteniendo a aquellos hombres que, después de haber pasado toda una noche pescando, independientemente de su cansancio, se gozaban escuchando la Palabra de Dios. Muchas veces, cuando Jesús se dirigía a la multitud a horillas del mar de Genesaret, solía predicar desde una barca, por dos razones: evitar agresiones por parte de los más fanáticos miembros de su religión, y estar a la vista de la gente que lo escuchaba.
De igual forma que los pescadores de este Evangelio sacaron sus redes llenas de peces, porque, entre otras cosas, trabajaron en grupo, tengamos presente esta enseñanza evangélica, que nos invita a compartir trabajos, alegrías y penalidades en nuestras comunidades eclesiásticas. El Cristianismo no consiste únicamente en celebrar la Eucaristía dominical, pues es conveniente que todos aquellos que profesamos la misma fe nos unamos para glorificar a Dios sirviendo a aquellos de nuestros hermanos más desfavorecidos material o espiritualmente, así pues, si Jesús no hubiera tenido la intención de hablarnos de amor fraterno en este pasaje del médico San Lucas, ¿cuál hubiera sido la razón por la cual nuestro Maestro se hubiera visto impulsado a obrar la pesca milagrosa?
Cuando Simón escuchó la petición de Jesús de alejar su barca lago a dentro, quizá le dijo al Nazareno: Hemos estado pescando toda la noche, y, con lo que hemos pescado, sólo conseguiremos una miseria. Si acepto cumplir tu voluntad, te obedezco para demostrarte que el estómago del hombre no se sacia con palabras emotivas, sino con comida. ¡Cuántas veces hemos puesto en duda el amor de Dios con respecto a nosotros! Al final del episodio que San Lucas nos narra en el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, Jesús oyó estas palabras del impulsivo Pedro: Señor, tú eres un gran hombre, actúas con el poder de Dios, pero yo sólo soy un pescador cargado de años y miedo, déjame en paz, no irrumpas con tus acciones en mi vida.
Jesús no desea que nos conformemos con lo que nos hemos superado a lo largo de nuestra vida hasta este preciso instante, de hecho, es muy positivo el hecho de que sigamos luchando para perfeccionarnos en todos los terrenos en que nos movemos. Los minusválidos sabemos mucho de este tema, pues aún nos quedan muchos obstáculos que superar para vivir al mismo nivel que lo hacen quienes no tienen afecciones de ningún tipo.
Al igual que les ocurriera a Pedro y a sus tres compañeros el día en que aconteció la pesca milagrosa, en algún momento de nuestra vida, nosotros también nos hemos percatado del amor y poder del Dios Uno y Trino, así pues, también estamos llamados a ser pescadores de hombres, esto es, evangelizadores dispuestos a trocar el mal por bien, y el dolor por gozo, bajo la inspiración del Espíritu Santo.
Concluyamos esta meditación del Evangelio dominical, pidiéndole a nuestro Padre y Dios que nos ayude a ser pescadores de hombres en los mares de nuestra vida.
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Seamos pescadores de hombres en mares de confusión. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.
Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.
Lectura introductoria: SAL. 89, 29.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).
De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.
Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.
Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.
Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.
Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.
Oremos:
Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:
Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.
Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:
Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.
Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:
Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.
Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:
Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.
2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 5, 1-11.
3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).
¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.
Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.
¿Por qué seguimos a Jesús?
¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).
Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.
Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.
Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.
3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).
Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?
Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.
¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.
¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.
3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).
Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.
Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.
Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.
¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).
Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.
3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).
Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.
Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.
Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.
3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).
Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.
Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.
A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.
Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.
3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
2. ¿Por qué seguimos al Señor?
3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?
3-2.
6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?
3-3.
9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?
3-4.
12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?
3-5.
16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?
3-6.
17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?
3-7.
20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?
5. Lectura relacionada.
Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.
Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.
Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.
Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.
Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.
Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
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Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Meditación.
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Durante las últimas semanas estamos conmemorando el XXV aniversario del Pontificado del Papa Juan Pablo II al frente de nuestra Iglesia. Este hecho es muy significativo en el marco en que la Iglesia nos propone que desglosemos las lecturas de hoy, para que meditemos en esta ocasión, en la que, nuestro anciano Papa, junto a todos los cristianos que sufren por alguna causa y tienen valor y coraje para no revelarse ante su dolor, le ofrecerán, a Nuestro Padre y Dios, su acción de gracias.
(SAL. 18, 50). Unámonos a Juan Pablo II, el Papa más aplaudido de la historia, para convertir nuestra vida en un instrumento capacitado para que nuestras obras y oraciones sean las melodías más maravillosas que le transmitan a Nuestro Padre y Dios nuestro amor, alegría y agradecimiento -o acción de gracias-.
Nuestra oración de acción de gracias puede deducirse de las lecturas de la Eucaristía de hoy, pues la Liturgia, de alguna forma, nos hará meditar sobre la oración comunitaria y privada de nuestra Santa Madre Iglesia.
2. Han transcurrido 25 años y unos días desde que el Papa se dirigió al mundo afrontando sus múltiples responsabilidades, y aún nos siguen emocionando las primeras palabras con las cuales se dirigió a nosotros: "No tengáis miedo". Mientras que los polemistas estudian la posibilidad de que el Parkinson haga que el Papa renuncie a su alto cargo, junto a los débiles de la Iglesia, un anciano que se ha convertido en signo de contradicción por amor a su Señor -y según la óptica de algunos- de rechazo al progreso de la Iglesia -todo hay que decirlo sin ánimo de resentir la fe de nadie-, aparece ante nosotros, discapacitado, permitiéndose el lujo de gastar bromas con respecto a su próxima muerte.
Cuando Jesús fue crucificado, sirvió de espectáculo a quienes lo miraban, así pues, de alguna manera, la imagen de Juan Pablo II, fortalece a muchas personas creyentes que sufren, pero dificulta nuestro acercamiento a quienes desconocen o no aceptan nuestras creencias, ya que muchos de ellos piensan que la Iglesia abusa del uso de las diversas enfermedades de Juan Pablo II con el objeto de atraer hacia sí a los débiles del mundo. Personalmente pienso que el Papa sólo debe seguir exponiéndose a la gente por Voluntad propia, ya que todos los enfermos decidimos hasta qué punto nos vamos a esforzar para difundir nuestro conocimiento de Dios.
Con la certeza de que no podemos responder los interrogantes que se derivan de las diversas y a veces difíciles situaciones que hemos vivido a lo largo de la historia de la Iglesia, debemos ser conscientes de que la fundación de Jesucristo no dejará de ser lo que representa, y que no perderá ninguno de sus valores cuando Juan Pablo II cruce el umbral de la esperanza.
2. La salud del Papa está permitiendo que muchos cristianos nos cuestionemos la utilidad que puede tener el sufrimiento para nosotros. Yo no voy a dar una larga explicación con respecto al sentido redentor del dolor, pues ya me ocupé de ello en la web principal de Trigo de Dios. La gente se revela ante el servicio que nos presta la adversidad. Es terrible el efecto que produce en nuestra sociedad el desconocimiento de la Palabra de Dios. Podemos decir que la vida de los creyentes no se empobrece con el dolor, de hecho, la misma se plenifica al asemejarse al sufrimiento de Jesús, de quien esperamos dones y virtudes para sobrevivir a la adversidad. A pesar de lo que os he dicho, os insto a considerar la posibilidad de que intentéis evitar el dolor, y que sólo consideréis redentoras las situaciones que no podáis evitar o que viváis voluntariamente para beneficiar a vuestros prójimos.
3. Con respecto a las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, creo que en los citados textos se dibuja muy sutilmente nuestra conversión al Señor, y nuestro testimonio de fe individual y comunitario. No olvidaremos que Dios nos creó para que viviéramos en comunidades, esto se deduce de la experiencia que vivió Adán, el primer hombre que Dios creó, quien se sentía sólo hasta que Dios creó a Eva, su compañera. Adán y Eva necesitaban expandirse, pues no se bastaban por sí mismos para ser felices, y tuvieron que tener hijos para formar junto a sí una comunidad familiar que se fue extendiendo con el paso del tiempo. A pesar de los grandes avances que han surgido desde que Dios creó el mundo, nosotros seguimos teniendo las mismas necesidades que aquellas personas a quienes recordamos por su pecado original.
4. Nuestro Padre y Dios, en su inmensa sapiencia, dispuso que, a pesar del imparable avance de la ciencia, nuestra felicidad sólo se hallara en la presencia de Nuestro Criador. Este hecho no obedece al deseo del alfarero que no desea perder la obra de sus manos, sino a nuestra incapacidad para luchar por la igualdad de condiciones vitales de todas las personas que habitan nuestra tierra.
José Portillo Pérez
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Jesús anuncia su Pasión y muerte. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).
En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.
¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).
Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?
A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.
Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).
Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.
(MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.
(JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.
(MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?
¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?
¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?
(MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.
Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Jesús anuncia su Pasión y muerte. (MC. 8, 31-9, 2. MT. 16, 21-28. LC. 9, 22-27).
En el mismo instante en que los discípulos celebraban la decisión de su Maestro de haber constituido a Pedro Papa de la futura Iglesia, el Mesías empezó a preparar a sus compañeros de peregrinación para que aceptaran su Pasión, muerte y Resurrección, que habrían de acontecer un año después de que aconteciera el citado pasaje evangélico. Quizá nos parece absurdo el hecho de que Jesús se entregara a sus enemigos, sabiendo que si Él moría su obra podía quedar paralizada, y que podía haberse salvado caminando rápidamente menos de una hora la noche en que sus enemigos le sorprendieron despertando a sus amigos más íntimos y previniéndolos para su exterminio. Los judíos procesaron a Jesús porque Él se negó violentamente a que las autoridades religioso-políticas de Palestina permitieran que el Templo de Jerusalén fuera convertido en un mercado. Con el fin de que el pueblo no apoyara los razonamientos del Mesías, los enemigos del Rabbi nazareno decidieron exterminar al Hijo del carpintero por decir con respecto a Sí mismo que era Hijo de Dios, un hecho que, según nuestra óptica actual basada en la tolerancia, no es una causa por la que se pueda justificar ningún crimen. En ciertas circunstancias, la aceptación de lo que desconocemos nos produce miedo si ello nos obliga a efectuar cambios en nuestra vida. Esta es, pues, la causa por la que podemos reaccionar con violencia ante la existencia de ello.
¿Cómo sería la muerte de Jesús? (MT. 16, 21).
Nos es fácil comprender que la reacción de los futuros Apóstoles ante aquél extraño anuncio hubo de ser de rechazo y tristeza, si consideramos que, sin percatarse de ello, habían convertido al Mesías en el centro de su existencia, pues habían abandonado a sus familiares y se habían deshecho de sus pertenencias con el fin de seguir al Hijo de María, a pesar de que no se habían planteado si Él era el Mesías. Imaginemos por un momento que nuestro familiar más querido -o nuestro amigo más estimado- nos dice que se va a suicidar. ¿Cómo reaccionaríamos ante ese impactante aviso?
A pesar de que Nuestro Maestro tuvo varios enfrentamientos con los fariseos y saduceos y de que expulsó a los mercaderes del Templo de la ciudad santa, ello no debía hacerle merecedor de la pena capital, si consideramos el derecho a vivir que nos es común a los hombres de todos los tiempos, su doctrina basada en el amor recíproco entre Dios y los hombres, y su Deidad.
Si Jesús vino al mundo como Mesías de Dios, ¿por qué había de sucumbir bajo el dominio de la muerte? (MT. 16, 22-23).
Pedro, consciente del poder que Jesús le acababa de otorgar, se llevó al Mesías aparte de sus compañeros, con el fin de convencerle para que no fuera asesinado por las autoridades de Palestina. Dado que el impulsivo Apóstol reaccionó desesperadamente como si fuera su vida la que iba a ser exterminada y Nuestro Señor nació para morir y posteriormente a su padecimiento vencer la muerte, el Hijo de María se vio obligado a reaccionar violentamente, como diciéndole: Te he concedido poder para que actúes en mi nombre, por consiguiente, no pretendas cambiar el designio divino de Nuestro Padre común. Ante las palabras de Jesús, Pedro se sintió derrotado, y caminó en pos del Mesías, hasta que su fe, que parecía inquebrantable, falló cuando el Señor más le necesitaba.
(MT. 16, 24; 10, 38). Para nosotros el ser discípulos de Jesús significa rechazar las ideologías que no son compatibles con el Evangelio. Si esto puede suponer un gran esfuerzo para nosotros, siempre nos queda el consuelo de cargar con nuestra cruz y caminar en pos de Jesús, es decir, seguir a Nuestro Maestro con nuestras virtudes y defectos, porque Él no discrimina a ninguno de sus amigos (MT. 16, 25; 10, 39. LC. 17, 33. JN. 12, 25). Jesús no nos dice que quienes le desobedecen morirán, así pues, conocemos a quienes le rechazan y no mueren por ello. Si consideramos que el Señor nos dice que quienes le desprecian no tendrán vida eterna, podemos comprender fácilmente que el amor de Dios es ilimitado, así pues, si el amor de Dios es perfecto, contradice este hecho nuestro pensamiento referido a que los llamados pecadores son sus enemigos y que Él los odiará y los condenará por no amarle. Nosotros entendemos que, quienes rechazan a Jesús y su doctrina, se niegan la vivencia en el Reino de Dios desde su estado actual, si entendemos el cielo como un estado de felicidad, y no como un lugar reservado a los espíritus bienaventurados.
(JN. 6, 37; 10, 37-38). Cuando Jesús nos dice que Él está en Dios y que Dios está en Él, afirma que ambos constituyen la Trinidad Beatísima, vinculados por el Espíritu Santo.
(MT. 16, 26). ¿Qué tenemos que sea superior a nuestra existencia?
¿Qué seríamos capaces de sacrificar con tal de no perder nuestra vida?
¿Qué cosa podríamos sacrificar con tal de ser alcanzados por la salvación divina cuando Nuestro Señor venga a juzgarnos al final de los tiempos?
(MT. 16, 27-28). Muchos autores afirman que, lo mismo que le sucedió a San Pablo durante algún tiempo, Jesús vivió creyendo que estaba a punto de acaecer el final del mundo, aunque no hemos de desechar la posibilidad de creer que sus Apóstoles y muchos de sus discípulos le vieron como a un Rey cuando venció la muerte.
Jesús les dijo a sus discípulos que tenía que ser asesinado en Jerusalén y vencer la muerte, para que posteriormente fuera establecido el Reino de Dios en el mundo, después de que aconteciera el Juicio Universal.
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La confesión de Pedro y la institución del Papado. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La confesión de Pedro y la institución del Papado (MC. 8, 27-30. MT. 16, 13-20. LC. 9, 18-21).
Teniendo en cuenta lo que hemos visto con respecto al Mesías, ¿quién creéis que es Jesús de Nazaret?
Imaginad que estáis orando en la presencia de Nuestro Señor y que Él os pregunta: (MT. 16, 15).
¿Qué le diríais a Jesús con el fin de responder esa pregunta tan trascendental para nuestra fe?
Antes de interrogar a sus oyentes directamente, Jesús les preguntó: (MT. 16, 13).
Si se nos interrogara a nosotros con respecto a la fe de los cristianos en general, hablaríamos de quienes dicen que creen en Dios pero no se adhieren a la práctica de las virtudes que su fe lleva implícitas, de las catequesis, las reuniones formativas, las celebraciones sacramentales, las actividades que miles de religiosos y laicos llevan a cabo tanto en su entorno como en países a los que viajan para trabajar como misioneros, etcétera, pero si se nos interroga abiertamente con respecto a nuestras creencias religiosas, puede sucedernos que nunca nos hallamos planteado esta cuestión al menos concediéndonos el tiempo que nos es necesario para resolverla adecuadamente, de la misma forma que puede sucedernos que nuestra débil fe coarte la decisión de entregarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, o quizás tenemos clara nuestra pertenencia a Cristo Jesús. Quienes trabajamos para el Señor, cuando nos planteamos esta cuestión detenidamente, recordamos la relación más o menos estrecha que nos ha vinculado a Jesús de Nazaret desde que tomamos la decisión de creer en Dios, y más aún desde que nos pusimos a su servicio.
Cuando Jesús interrogó abiertamente a sus discípulos con respecto a la fe que le profesaban, se encontró con una desagradable sorpresa, así pues, ellos no se habían planteado lo que el Señor significaba en su existencia, a pesar de que habían caminado durante mucho tiempo junto al Hijo del carpintero. Si contemplamos este hecho de una forma positiva, los predicadores podemos utilizar esta circunstancia para acercar a nuestros oyentes -o lectores- al Mesías.
Muchas veces se me llena el corazón de alegría cuando alguno de mis lectores me escribe un breve e-mail diciéndome: "He leído lo que has escrito sobre un pasaje evangélico que he leído muchas veces, pero que nunca he comprendido hasta que he leído la meditación que has escrito del mismo".
También me embarga el orgullo de cumplir bien mi deber cuando leo e-mails semejantes al que os transcribo que recibí de una amiga de Méjico: "Sin darme cuenta he conseguido tener más fe al leer tus meditaciones dominicales. Besos".
Uno de los pasajes evangélicos referidos a la Pasión de Cristo más famosos es el de la triple negación de San Pedro, así pues, dicho Apóstol era muy impulsivo, de hecho, creía más en sí mismo que en Dios. A pesar de sus impulsos, la confesión del pescador de Betsaida debería escribirse en nuestra alma (MT. 16, 16).
Cuando el Señor constató que muchos de sus seguidores lo rechazaban después de predicar su sermón eucarístico, interrogó a sus Apóstoles con respecto a si estaban dispuestos a seguirlo, y Pedro le contestó: (JN. 6, 68-69).
(MT. 16, 17). Antes de iniciar mi actividad evangelizadora en la red tuve la oportunidad de conocer a un hombre muy culto que decidió rechazar nuestra fe después de haber leído varias versiones de la Biblia. Al contrastar este recuerdo con el de los enfermos que se adhieren a la vida por la fuerza de su fe, puedo constatar que Dios es el que nos da la fe, y el que nos hace vivir de este don generoso si nosotros se lo pedimos (JN. 6, 35 y 48).
(MT. 16, 18-19; 18, 18. JN. 20, 23). Podemos entender el poder de atar y desatar como la libertad que tienen el Papa, los Obispos y los sacerdotes de pastorear la Iglesia perdonándoles y reteniéndoles a sus fieles sus pecados a través del Sacramento de la Penitencia, considerando que sus pronunciamientos proceden de Dios, pues su Espíritu Santo les inspira para que no cometan errores. También podemos entender el citado poder de atar y desatar como la capacidad que todos los creyentes tenemos de actuar bajo la inspiración del Espíritu de Dios, según las siguientes palabras del Apóstol San Pablo: (COL. 3, 17).
Cuando Jesús hacía las obras de Dios, independientemente de que las mismas consistieran en predicar el Evangelio o en hacer prodigios admirables, Nuestro Señor quería que sus oyentes concibieran el pensamiento de que Él es el Mesías por causa de la inspiración divina que había de moverles a aceptar su mensaje, no por ser inducidos por nadie que le conociera a Él previamente a la realización de las citadas obras, así pues, en el relato de la conversión de la samaritana, los habitantes de Sicar le dijeron a aquella mujer que decidió creer en el Hijo de María: (JN. 4, 42).
Al recordar dicho pasaje evangélico, no ha de extrañarnos lo que sucedió después de que Nuestro Señor le concediera a Pedro el Primado sobre la futura Iglesia: (MT. 16, 20).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Permanezcamos unidos. (Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Permanezcamos unidos.
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de 1 COR. 1--2, 5.
Introducción.
Estimados hermanos y amigos:
Las características de la Iglesia fundada por Nuestro Señor Jesucristo, son cuatro, así pues, nuestra Iglesia es Una, Católica, Apostólica y Romana. La unidad de nuestra Iglesia, nos indica que, aunque todos los católicos no pensemos lo mismo con respecto a todos los aspectos vitales, permanecemos vinculados, lo cual lo demuestra la universalidad de la fundación de Cristo, cuya misión principal es transmitirle la Palabra de Dios a toda la humanidad. La Iglesia Apostólica, cuya doctrina, adaptada a la iluminación de las circunstancias de los tiempos en que predica el Evangelio, procede del Sacrosanto Colegio Apostólico, bajo la autoridad del sucesor de San Pedro, sigue llevando a cabo la obra evangelizadora de Nuestro Salvador.
1. Dios nos ha concedido los dones y virtudes del Espíritu Santo, para que vivamos como cristianos ejemplares.
(1 COR. 1, 1-2a). Dado que por medio de su primera Carta a los Corintios, San Pablo pretendía corregir algunos aspectos de la vida de muchos de sus lectores, con tal que los mismos fueran aceptos al Dios Uno y Trino, por cumplir su voluntad, el citado Santo, les recordó a los corintios, que fue Dios, y no él mismo u otro predicador, quien le concedió la responsabilidad y el gozo del apostolado. Este hecho me recuerda que todos los cristianos, independientemente de que seamos religiosos o laicos, debemos ofrecerle a Dios nuestros pensamientos y obras, como si de los mismos dependiera la conclusión de la instauración del Reino de Nuestro Padre común en el mundo. Démosle gracias sin cesar al Dios Uno y Trino por concedernos este privilegio. Debemos estar orgullosos de tener el privilegio de poder servir al Dios que nos ha demostrado su amor sorprendentemente, por medio de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. De la misma manera que San Pablo les recordó a los corintios que Dios tuvo a bien concederle el privilegio de ser Apóstol de Jesús, sintámonos orgullosos de tener la alegría de decirle al mundo que somos miembros de la Iglesia de Cristo.
(1 COR. 1, 2b). Mediante su Pasión, su muerte y su Resurrección, al purificarnos de nuestros pecados, Jesús nos ha consagrado a Dios, y nos ha hecho miembros de la Iglesia Católica, la cual es el pueblo de Nuestro Santo Padre. Esta es la causa por la que debemos permanecer unidos a nuestros hermanos de fe, aunque circunstancialmente suceda que no estemos totalmente de acuerdo con la forma de pensar y proceder de los tales. Recordemos que nunca llueve a gusto de todos. Vivimos en un tiempo en que los laicos desean tener un papel más activo en la Iglesia. Muchos desean que el celibato no sea obligatorio para los religiosos, y que las mujeres puedan acceder al sacerdocio. Un gran número de laicos no están de acuerdo con la forma de actuar del clero. La visión que tienen muchos de los pecados de los clérigos que no han actuado en conformidad con la voluntad de Dios en su tiempo amenaza con obstaculizar la actividad de los religiosos honrados. En estas circunstancias, nos conviene evitar el hecho de juzgar a personas y situaciones sin un total conocimiento de las mismas, y orar mucho, para que podamos permanecer unidos.
En tiempos de crisis religiosas como el actual, todos los cristianos, -religiosos y laicos-, tenemos la oportunidad de examinar nuestra forma de proceder, pues, si verdaderamente, la doctrina de nuestra fe es inalterable, sin modificar la misma, tenemos el deber de intentar iluminar las circunstancias que vivimos, con tal de que podamos aumentar el número de quienes anhelamos la Parusía o segunda venida al mundo de Nuestro Hermano y Señor Jesucristo.
(1 COR. 1, 3). Necesitamos la gracia de Dios para no perder la fe, ora cuando vivimos dificultades difíciles de superar, ora cuando existe la posibilidad de que, más o menos conscientemente, evitemos el cumplimiento de la voluntad de Dios. Evitemos que el excesivo apego a las riquezas y las diversiones contribuyan a que se nos debilite dicha fe, para que nunca dejemos de creer en el autor de nuestra salvación. También necesitamos que la paz domine el mundo, pero, para poder ser transmisores de dicha paz, necesitamos sentir el citado don divino en nuestro interior.
(1 COR. 1, 4-9). ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha colmado de sus dones y virtudes para que seamos buenos cristianos, si, cuando nos observamos, vemos que tenemos multitud de defectos?
¿Cómo podemos creer que Dios nos ha concedido sus dones y virtudes, si celebramos la Eucaristía por rutina, solo oramos cuando necesitamos que dios nos favorezca, y no nos acordamos del día en que abrimos la Biblia por última vez?
Aunque no hayamos conseguido en la vida todo aquello a lo que hayamos podido aspirar, es bueno que le agradezcamos a Nuestro Padre común su generosidad para con nosotros. Pensemos en los enfermos que viven postrados en sus camas. Pensemos en quienes de la noche a la mañana lo perdieron todo. Pensemos en quienes viven solos. Pensemos que somos afortunados por el hecho de tener una vivienda, una familia, y algunas posesiones. Pensemos también que, si olvidáramos la costumbre de quejarnos hasta por cosas insignificantes, seríamos más felices.
2. Permanezcamos unidos.
(1 COR. 1, 10-13). Aunque unos seamos de izquierdas y otros de derechas, y aunque el tradicionalismo y el progreso pugnen por obstaculizar nuestras relaciones, hemos de evitar la tentación de separarnos, porque, Jesucristo, -el Pastor Supremo de nuestra Santa Iglesia Católica-, quiere que permanezcamos unidos. Juzguemos la Historia justamente para no dejarnos arrastrar por la debilidad de quienes pecaron en su tiempo, para que, la santidad de quienes viven en la presencia de Dios, nos ayude a seguir creciendo como buenos hijos de nuestro Padre celestial.
3. El misterio de la cruz y la humildad de los hijos de Dios.
(1 COR. 1, 14-31). Parece absurdo el hecho de creer que Jesús nos ha ganado la salvación con su Pasión, muerte y Resurrección, porque no siempre es fácil encontrar gente abnegada que se sacrifique por una causa justa sin obtener algún beneficio a cambio de ello, y, sin embargo, nuestra salvación, no depende de que cumplamos la Ley de Dios, sino de que creamos que Jesús es Nuestro Redentor.
Mientras que los judíos les exigían a los cristianos milagros para poder creer en Jesús, y los griegos buscaban su justificación a través de una doctrina más políticamente correcta que el misterio de nuestra salvación, Dios nunca se cansó de pedirles a sus creyentes que jamás dejaran de creer en la fuerza de su amor. Por si no bastara con la dificultad de creer en el misterio de la cruz, la Iglesia Primitiva, en sus comienzos, fue una asamblea de gente muy pobre, incapaz, por sí misma, de sacar adelante la fundación de Cristo, sin la asistencia del Espíritu Santo (1 COR. 2, 1-5).
Dado que nuestra fe no se basa en conocimientos humanos, sino en los misterios de Dios, es preciso que anunciemos el Evangelio, pero no con presunción, sino con humildad, siendo conscientes de los problemas que ello puede suponernos, y, al mismo tiempo, anhelando la salvación de nuestros oyentes.
José Portillo Pérez
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