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La fe. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   La fe.

   Quizá tenemos la costumbre de asistir todas las semanas a la celebración de la Eucaristía dominical, vivimos las grandes celebraciones religiosas anuales como lo son la Navidad y la Pascua de resurrección, e incluso oramos en algunas ocasiones. La Iglesia, a través de las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando, pretende concienciarnos de que vivamos nuestra experiencia de Dios de una forma activa, -es decir, si verdaderamente tenemos fe en nuestro Padre común, actuemos como verdaderos hijos de nuestro Padre Santo-.

   En la primera lectura de hoy, nos encontramos que Jeremías se sentía incapaz de cumplir la misión que Yahveh le encomendó, así pues, él era joven y tímido, y sabía que iba a sufrir mucho por causa de su obediencia a nuestro Criador. Dios le dijo a Jeremías las siguientes palabras con la doble intención de consolarlo y de impulsarlo a cumplir su voluntad: (JER. 1, 5).

   Todos vivimos nuestra vocación religiosa llenos de alegría porque trabajamos en el campo que creemos que podemos alcanzar la felicidad, pero ello sucede porque nuestro Padre común nos ha dado la posibilidad de servir a la Trinidad Beatísima. Jesús les dijo a sus discípulos la noche en que fue traicionado por Judas, las palabras contenidas en JN. 15, 14-16.

   Jesús les dijo a sus seguidores que si hacían todo lo que Él les mandaba, de esa forma le demostrarían su amistad. No hemos de entender la frase de Jesús que estamos meditando como si nuestro Hermano fuera egoísta, así pues, ya que Él nos supera en la posesión de dones y virtudes, es justo que nos sometamos al cumplimiento de la voluntad de dios siguiendo sus indicaciones, pues sabemos que Él nos quiere redimir. Jesús también nos dice que si tenemos fe en Él y le servimos en nuestros prójimos los hombres, nuestro Padre, en nombre de Jesús, nos concederá todo lo que le pidamos cuando oremos, aunque no hemos de entender que podemos sobornar a Dios haciendo unas cuantas obras de caridad con la condición de que nos conceda todo lo que le pidamos, pues no ignoramos que siempre que oramos no obtenemos lo que deseamos de nuestro Padre común por diversas razones, dado que Él sabe lo que nos conviene en cada momento de nuestra vida.

   Dios le dijo a Jeremías que les dijera a los israelitas todo lo que Él le mandara, sin miedo a que sus palabras no fueran aceptas por sus oyentes. Vivimos en un tiempo en que nuestra fe está en decadencia en países cuyas tradiciones están muy relacionadas con nuestras creencias religiosas. En ciertas ocasiones, puede sucedernos a los predicadores que podemos tener la tentación de no hablarles a nuestros oyentes de temas que pueden hacernos quedar mal ante ellos, pero sucede que los católicos no podemos callarnos y no esforzarnos por impedir, por ejemplo, que en nuestra sociedad desaparezca el respeto a la vida, pues ello se traduce en el asesinato de muchos niños no nacidos y en el exterminio de muchos enfermos, aunque dicen que el segundo caso ha de ser denominado muerte digna. Quienes decimos que creemos en Dios no podemos quedarnos callados al ver cómo los valores que consideramos que pueden caracterizar forzosamente a las familias se transforman de manera que las mismas cada día están más divididas. Los católicos no podemos privarnos de denunciar todos los acontecimientos que acaecen en nuestra sociedad que consideramos injustos utilizando para ello todos los medios que estén a nuestro alcance.

   Dios le dijo a Jeremías que no tuviera miedo de quienes no le iban a acoger como a un profeta de Yahveh, pues, si se dejaba arrastrar por el temor, el todopoderoso haría que la situación de su siervo fuera más difícil. Necesitamos confiar en nosotros y en Dios para resolver nuestros problemas, así pues, si no confiamos en nosotros, nos será imposible confiar en el Dios invisible, porque, si creemos que somos incapaces de solventar nuestros problemas, ello significa que no reconocemos que nuestro Padre común nos ha dotado con dones y virtudes para que superemos todas las dificultades que marquen los años que se prolongue nuestra vida.

   Si en lugar de resolver nuestros problemas convenientemente nos dejamos embargar por el sentimiento de que somos incapaces de hacer bien lo que queremos hacer adecuadamente, cada día nos atormentará más la visión de nuestras dificultades. Hemos sido destinados a recorrer un camino y, aunque tomemos atajos para alcanzar la felicidad evitándonos dolores que creemos estériles, tenemos que reconocer que existen ciertas situaciones a las que hemos de enfrentarnos tarde o temprano irremediablemente.

   San Lucas, en el evangelio de hoy, nos relata una experiencia muy triste que nuestro señor vivió en la sinagoga de Nazaret, la aldea en que pasó la mayor parte de su vida. Nos resulta difícil creer el hecho de que nuestro señor no fuera creído por sus convecinos cuando les dijo que Él era el Mesías, así pues, al vivir con ellos durante muchos años, el Hijo de María podría haberse ganado la confianza de los NAZARENOS. Quizá, al reflexionar sobre este hecho, podemos pensar que el Hijo del carpintero descendiente de la dinastía davídica no tenía buena reputación entre sus familiares y conocidos, pero, al leer y meditar el Evangelio correspondiente a esta celebración eucarística, podemos comprender fácilmente que a Jesús le ocurrió en la ocasión que estamos recordando lo mismo que podría sucederle a cualquier predicador religioso o laico que se atreviera a exponer las razones que fundamentan nuestro rechazo del aborto ante quienes defienden la citada práctica. Jesús les dijo a los nazarenos que tanto la viuda de Sarepta como el leproso sirio fueron librados de sus miserias actuales para que tanto ellos como sus contemporáneos comprendieran que el Reino de Dios está entre nosotros, dado que ellos creían que cuando el Mesías los visitara, los libraría de la opresión que caracterizaba sus vidas.

   Es para mí una gran satisfacción iniciar esta meditación recordando que nuestro Padre y Dios, el mismo que "por medio de Cristo nos ha bendecido con toda suerte de bienes espirituales y celestiales" (EF. 1, 3) en cuyo honor redunda el que produzcamos fruto en abundancia y nos manifestemos así como discípulos de Jesús (JN. 15, 8), ha hecho de nosotros instrumentos de su paz.

   San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a esta Eucaristía, nos ha recordado que todos hemos sido llamados a amarnos a nosotros y a amar a nuestros prójimos profundamente, así pues, según el Apóstol de los gentiles, de nada nos serviría conseguir muchas conversiones al Evangelio ni hacer grandes obras sin la inspiración del amor. El fragmento de la primera Carta a los Corintios correspondiente a esta celebración eucarística es el programa de vida de todos los cristianos religiosos y laicos.

   Dios nos ha elegido "por pura iniciativa" (EF. 1, 4), porque "así le pareció" (MC. 3, 13), para que seamos representantes de Jesús entre nuestros hermanos los hombres, sacerdotes reales (1 PE. 2, 9) capacitados para hacer las mismas obras que Jesús hacía. Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para aplicarnos el Evangelio de la manifestación de Jesús como Mesías. Quienes estáis siguiendo las meditaciones que os estoy enviando del Evangelio de San Marcos, habéis observado cómo Jesús empezó su ministerio público sin revelar su mesianismo, actuando como nos corresponde hacerlo a las mujeres y a los hombres de fe, para que todos sus contemporáneos pudieran entender que el Señor era uno más entre sus hermanos de raza.

   San Lucas, en el Evangelio correspondiente al Domingo III Ordinario, nos dijo cómo ese Hombre Todopoderoso que actúa como podemos hacerlo nosotros si queremos, en cierta ocasión, en Nazaret, la aldea en que creció y se formó espiritualmente, se manifestó como el Mesías de Dios. No se puede encender una luz y evitar la claridad que emana la citada luz. Los sacerdotes actúan como ministros de Cristo, y los laicos actuamos como seglares. Jesús no desvelaba su mesianismo cuando hacía milagros para no publicitar su potencia divina ni su Persona, pero no podía ocultar su mesianismo para no negar su procedencia divina, pues ello era un hecho que no podía permanecer oculto.

   Pensemos por un instante que las Iglesias en que nos reunimos para celebrar el Día del Señor son la Sinagoga de Nazaret. El  sacerdote celebrante y los laicos que han proclamado la Palabra de Dios expuesta en las lecturas bíblicas nos han revelado que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, el portador del remedio infalible del dolor, el error, las diversas enfermedades existentes y el exterminio de la muerte. Esta meditación me hace recordar algo que me sucedió cuando tenía 12 años. En aquel tiempo tuve la ocurrencia de leer el Evangelio de San Marcos para estudiar la forma en la que los predicadores manipulan las redes del sectarismo para pescar muchas presas en el mar de las depresiones humanas. ¿Quién me podría haber dicho a mí cuando abrí el capítulo 1 de San Marcos que me iba a encontrar con un pescador que me enredó en mi intento de sofocar la tempestad que yo creía que vivían los navegantes que resultaron ser pescadores de un mar muy sereno?

   (IS. 55, 8). Los planes de Dios difieren de los nuestros, de tal forma que, hasta que no olvidamos nuestras seguridades para adentrarnos en el mar de la fe, no podemos comprender la forma de actuar de nuestro Padre.

   ¿Somos coherentes con la doctrina que practicamos?

   ¿Somos los evangelizadores de la red tan valientes en nuestro entorno social para defender a nuestro Hermano Jesús como parecemos serlo ante quienes no nos ven la cara de cristianos convencidos respecto de lo que predicamos cuando leen nuestros escritos?

joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   El regreso de los judíos deportados a Babilonia a la Tierra prometida significa la instauración del Reino de Nuestro Padre común entre los hombres, así pues, cuando hablamos del exterminio de las miserias de la humanidad, no nos referimos a una utopía irrealizable, sino que expresamos nuestra fe en la conclusión de la obra que Nuestro Padre y Dios le encomendó a Jesucristo.

   Démosle gracias a Nuestro Dios y Señor por habernos librado de las tribulaciones cuya contemplación nos hizo sufrir.

   A diferencia de los sacerdotes judíos y cristianos que ofrecen sacrificios por la expiación de los pecados de sus fieles y por sus propias transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios, Nuestro Hermano y Señor Jesucristo, no hubo de morir para expiar sus pecados, pues siempre vivió en Dios, de Dios y para Dios, y, por amor a Dios.

   Ojalá que, a imitación del ciego Bartimeo, cuando seamos conscientes de que Jesús pasa ante nosotros, aprovechemos la oportunidad de pedirle a Nuestro Señor que nos ayude a desear vivir en la presencia de Nuestro Padre común.

   1. Bartimeo y nuestra conversión.

   (Jn. 4, 34). Si el alimento de Jesús, -Dios por excelencia-, es cumplir los deseos del Padre, la voluntad del Altísimo, es que sus fieles lo amen, y, -por tanto-, que depositen su confianza en Él. Así pues, al hijo de Timeo, le reprendía la gente cuando quería acercarse a Jesús, para que el Mesías le sanara, -sin embargo-, el alimento de Dios -compañeros del desierto de la vida-, es saberse amado por nosotros, sus devotos y fieles hijos. Bartimeo fue reprendido, porque pocos fueron los que comprendieron cuál es la voluntad de Dios.

   Cierto día, en el que yo me encontraba entre gente que no creía en Dios, -y cuando aún no me contaba entre los que creen en Nuestro Padre común-, oí a una señora, que decía, llorando: No sé por qué he creído que puede existir un ser tan malvado como Dios. No obstante, la muerte de mi hija, me hace poner los ojos en la realidad, porque, si Dios existe, se ha portado tan mal conmigo, como también hubiera podido hacerlo, mi peor enemigo. Él ha humillado a mi hija, y eso no se lo perdonaré jamás.

   Yo soy prácticamente ciego, y, -sin embargo-, espero ser establecido de mi enfermedad. Me gustaría mucho oír las palabras con que Jesús se dirigió al ferviente Zaqueo (LC. 19, 9).

   Yo pienso que, cuando el hijo de Timeo invocaba a Jesús, lo hacía con la incontenible emoción de quien descubre que no ha de esperar la muerte, marcado por una terrible enfermedad, que piensa que es el opio que le mata. Lo más terrible que nos ocurre a los ciegos, no es el hecho de que tenemos que luchar, por ser, -en lo posible-, como los demás, sino, que muchos no saben cómo tratarnos. Cuando yo estudiaba Bachillerato, uno de mis compañeros le dijo a otro que lo mejor que podría pasarme es morirme, porque vivir sin visión es terrible.

   Cierto día, cuando yo estudiaba primero de Bachillerato, un compañero del centro en el que cursaba mis estudios, me preguntó si sabía beber agua en una fuente. No obstante, yo comprendo que, los ciegos tenemos dificultades, no por la maldad de la gente, sino, por la ignorancia de los mismos.

   Ante tanta incomprensión, cada vez que exhalo un poco de aire, siento que nazco de nuevo, que he de empezar a luchar nuevamente, -olvidando las tragedias del pasado-, sin descansar, pues siento que la vida es un excelente don divino, que he de gozar, y sufrir.

   A muchos ciegos, -especialmente a cuantos se han independizado de sus familiares, y viven solos-, les es dificultoso el hecho de afrontar situaciones, tales como estas: Cuando caminan por cualquier calle de un pueblo o ciudad, muchos les observan, bien para ver si sus ropas están limpias, bien para observar si son capaces de caminar erguidos, sin ladearse. al curiosidad de la gente, hace que no pocos ciegos se sientan espiados.

   Muchos ciegos, -como bartimeos acostumbrados a padecer y a gozar de la vida-, esperamos, -paciente y fervientemente-, la actuación del Señor. No nos cansamos de estar enfermos, sino, de ser incomprendidos. -Entiendan esto quienes creen poseerlo y saberlo todo, y su pobreza es inminente- Ésta es la causa que me hace gritar a los cuatro vientos, que nadie ha de sentirse pequeño ante sus propias dificultades.

   La oración del hijo de Timeo, fue oída por Jesús. Jesús caminaba hacia Jerusalén, acompañado por una gran multitud, y oyó la voz de un mendigo, que para muchos era insignificante, por su pobreza, y, especialmente, por su ceguera. Muchos creían que tales personas pagaban el castigo merecido, bien por los pecados cometidos por sus predecesores, bien por sus propias faltas, cometidas contra la Ley mosaica.

   Así como Jesús le concedió el don de la vista al hijo de Timeo, todo aquel que espere en el Señor, será salvo, para gloria de Dios Padre. Porque, cuanto nos narra San Marcos sobre Bartimeo, se refiere a la conversión, don excelente del Dios Altísimo" (Trigo de Dios, pan de vida).

   2. Bartimeo y las parábolas del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo.

   El Evangelio que estamos  considerando en esta ocasión tiene un gran significado teológico para los creyentes, y encierra entre sus letras un gran manantial de esperanza para este moderador que os escribe. Si meditamos el citado texto de San Lucas a la luz del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo que meditamos durante los 3 últimos domingos del ciclo A del año litúrgico, podemos comprobar con qué fuerza y eficacia actúa Jesús para sacarnos del error, y aumentar nuestra conciencia de que somos hijos de Dios. El mencionado capítulo 25 de San Mateo se divide en tres significativas parábolas.

   1. En primer lugar, nos encontramos con la parábola de las diez vírgenes, que se narra en los 13 primeros versículos del citado capítulo de Leví. El ciego del cual nos habla San Lucas se encontraba al borde del camino pidiendo limosna, pues había averiguado que Jesús pasaría por el camino que conducía a Jericó.

   ¿Estamos nosotros prontos a hacer la voluntad de Dios?

   ¿Estamos preparados para recibir a quien nos sorprenderá en el momento en que menos lo esperemos, de igual manera que los salteadores sorprenden a los que caminan en la oscuridad de la noche?

   2. Entre los versículos 14 y 30 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos narra la parábola de los diez talentos, en honor a aquel siervo a quien se le concedió un mayor número de talentos, y produjo el doble del capital que su amo le confió. ¿Por qué se le concedió a éste más talentos que a los otros? Éste se había preparado para recibir más dádivas divinas, pues, si dádivas son gracias y dones, servir a Dios mediante oraciones y actos de misericordia, incluye una responsabilidad proporcional a los talentos que se reciben.

   ¿Qué don o talento recibió Bartimeo, el ciego del camino? Aquel hombre recibió luz y una misión, hacer que la fe de sus semejantes aumentara proporcionalmente a la luz que había recibido de Dios.

   3. Entre los versículos 31 y 46 del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, se nos escenifica simbólicamente el juicio universal, en que los redimibles estarán a la derecha del Señor, al igual que le sucedió a San Dimas en su crucifixión, y los que rechacen a Dios estarán a la izquierda del Rey, de igual forma que le sucedió al incrédulo Gestas el primer Viernes Santo. Todos seremos salvos, pero, ¡qué infelicidad sufrimos al reconocer que no hemos hecho el bien según lo que para Dios, la vida, nuestros prójimos y nosotros mismos hemos tenido la oportunidad de hacer!

   Si el ciego que recobró la vista no produjo frutos evangélicos, ¿de qué le aprovechó la luz?

   Si el citado personaje bíblico no supo amar a sus prójimos, ¿no hubiera sido más feliz viviendo entre tinieblas?

   Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole a Nuestro Padre y Dios que nos ayude a prepararnos a recibir al Rey que viene.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Prestémosle atención a la Palabra de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.

   Meditación de HB. 4, 12-13.

   ¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.

   -La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).

   -La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.

   -Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.

   ¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?

   ¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?

   Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.

   A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús bendice a la gente sencilla. (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   4. Jesús bendice a la gente sencilla.

   Meditación de MC. 10, 13-16.

   Si Jesús hubiera predicado el Evangelio con vistas a ganar poder, riquezas y prestigio, en vez de relacionarse con los pobres, los enfermos, los ancianos y los desamparados, se habría relacionado con la gente rica y déspota, habría justificado las maldades de muchas de esas personas, y hubiera podido jactarse de lograr su ansiado propósito. A pesar de ello, como el Señor no tenía la necesidad de mejorar su posición social, fue duramente criticado por andar con la gente marginada de su país. Recordemos que la predicación de Jesús iba dirigida a todos los estratos sociales palestinenses, pero, solo los desposeídos de bienes terrenos, de salud, y de dignidad, fueron los primeros en unirse a la comunidad que, a partir del día en que los Apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, empezó a llamarse Iglesia.

   Los niños necesitan amor, amistad y confianza para sentirse seguros. Recuerdo que en mi primer día de catequista mis niños no sabían cómo acercarse a mí. Sus madres, sabiendo de mi deficiencia visual, los advirtieron para que no me hicieran travesuras con tanta fuerza, que estaban asustados, y sentados en los bancos de la iglesia, mirándome fijamente. Yo pensaba trabajar con ellos por medio de la aplicación de disciplina, aunque no pensaba ser severo, pero sí pedir que estudiaran e hicieran las actividades de su Catecismo. . Como vi a los niños asustados mientras me miraban, jugué con ellos, cantamos villancicos, les dejé tocar mi teclado eléctrico, y así fue cómo dejaron de llamarme maestro, y fui Pepe para ellos.

   Cuando pensamos en Jesús, como le desconocemos, no pensamos en el bien que nos quiere hacer porque no podemos concebirlo, y nuestro pensamiento se centra en las dudas que tenemos con respecto a Dios, y, como no nos esforzamos en aclarar tales dudas, se nos muere la fe.

   No intentemos requerir de Dios una completa comprensión intelectual, porque ello es imposible para nosotros. Amemos a Dios con la confianza que los niños pequeños aman a sus padres. Para creer en Dios sinceramente, dado que nuestra comprensión de El es finita, no podemos ni necesitamos conocer plenamente todos los misterios divinos ni del universo, sino amar a Nuestro Padre común, como los pequeñuelos aman a sus padres, a quienes a veces no comprenden, y de quienes esperan amor, comprensión, y dádivas.

   Concluyamos esta meditación, manifestándole a Nuestro Santo Padre el deseo de que no  queremos ser niños inmaduros en la fe,  pues deseamos confiar en El, y amarle, con la pureza que lo hacen los niños pequeños, quienes no pueden verlo, pero sienten su presencia, si sus padres les dicen, que Dios está con ellos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús no rehuyó el dolor. (Meditación del Evangelio del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   3. Jesús no rehuyó el dolor.

   Meditación de MC. 9, 30-37.

   (MC. 9, 30-31). Si reflexionamos sobre la dedicación de Jesús a la Evangelización y a la realización de obras benéficas, no podemos dejar de sentir una gran admiración. Jesús adoctrinaba a las multitudes durante el día, instruía a sus discípulos cuando no enseñaba a las multitudes y durante las noches, y oraba cuando sus amigos dormían sintiendo tanto amor hacia Nuestro Santo Padre y sus hijos los hombres, que llegó a pasar muchas noches sin dormir para poder comunicarse con el Padre, sin que ningún asunto interrumpiera su conversación.

   El tiempo de orar era sagrado para Jesús. Dado que el Señor pensaba que la predicación del Evangelio y la realización de obras benéficas eran inaplazables, oró durante las noches, sacrificando horas de sueño, para deleitarse en la presencia de Nuestro Padre común.

   ¿Somos conscientes de que Dios escucha nuestras oraciones?

   ¿Oramos impulsados por el amor y la fe que sentimos con respecto a Dios y a sus Santos, o pronunciamos palabras mecánicamente, haciendo de la oración una pesada rutina?

   ¿Utilizamos oraciones conocidas para dirigirnos a Dios en nuestros ratos de contemplación, y le hablamos con nuestras propias palabras?

   Jesús se esforzaba en hacerse entender por sus oyentes cuando les predicaba el Evangelio, pues sabía que, cuanto menor es el conocimiento de Dios que tenemos, mayor es el riesgo que corremos de no creer en Él, pero Nuestro Salvador también era consciente de que tenía que ocuparse seriamente de la formación de sus discípulos, pues, cuando aconteciera su Ascensión al cielo, cuarenta días después de su Resurrección, ellos serían los continuadores de su obra evangelizadora y salvadora.

   Nos es imposible tener una gran fe apenas conocemos al Señor. Nuestra experiencia nos recuerda que no podemos alcanzar un notable crecimiento espiritual en poco tiempo. Pensemos que, si los discípulos que convivían con Jesús, le oían predicarles a las multitudes constantemente, y tenían su propio ciclo formativo, necesitaban dejar su actividad evangelizadora ocasionalmente, para retirarse del mundo, para que ninguna distracción les impidiera crecer espiritualmente, para posteriormente poder sentirse capacitados por el Espíritu Santo, para cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre celestial, ¿cuán grande será nuestra necesidad de alternar nuestras relaciones familiares, el tiempo que le dedicamos al trabajo, a nuestros amigos y a las actividades de ocio que desempeñamos, y el tiempo que necesitamos tener para crecer espiritualmente, si consideramos que no nos dedicamos a meditar la Palabra de Dios, con el deseo de ser mejores cristianos, el tiempo que necesitamos hacerlo?

   (MC. 9, 32). Los discípulos de Jesús no entendían la razón por la que el Maestro observaba una conducta suicida, pues ello no era realista desde su punto de vista humano, y carecía totalmente de lógica, si consideraban que, ya que el Señor estaba dotado con el poder de Dios, no tenía sentido, el hecho de que el Mesías se dejara asesinar.

   ¿Estaban incapacitados los discípulos de Jesús para comprender la conducta de Nuestro Maestro, o no les convenía comprender a Nuestro Salvador, porque tenían pretensiones muy diferentes a las de Jesús?

   ¿Radicaría la dificultad que los discípulos tenían para entender la manera de actuar de Jesús en que, en vez de tener el deseo de alcanzar la mayor glorificación por medio del mayor sufrimiento para sí mismos y sus seguidores, estaban obstinados en alcanzar poder, riquezas y prestigio, valiéndose de Nuestro Redentor y del Evangelio, como medios para ver realizados sus sueños?

   Muchas veces me sucede que, cuando algunos amigos me tienen confianza, me dicen quedamente que no debo dedicarme a la difusión de la Palabra de Dios tal como lo hago, porque nadie me agradece esta actividad que realizo, y porque ello no me reporta ninguna ganancia económica. En algunas ocasiones, quienes saben de las horas que invierto en estudiar y orar para escribir las meditaciones dominicales de Padre nuestro, me presionan para que no le dedique tanto tiempo a la Evangelización, diciéndome que, algún día, me arrepentiré de haber perdido tantas horas.

   Jesús no nos prometió a sus seguidores que nos iban a sobrar las riquezas, las comodidades y los placeres en este mundo, pero, en cambio, nos aseguró que nunca nos faltarían dificultades que superar. Vivimos en una sociedad utilitarista en que para mucha gente carece de sentido el hecho de esforzarnos para realizar actividades que no nos aportan beneficios materiales.

   ¿Por qué los discípulos no le preguntaban a Jesús sobre el significado de sus palabras? Los amigos de Jesús recordaban cómo Jesús reprendió a Pedro en la ocasión en que les anunció su Pasión, su muerte y su Resurrección por primera vez, y no querían ser reprendidos seriamente otra vez, porque el Señor parecía estar muy seguro de lo que quería hacer, por más que no contaba con la aprobación de sus amigos para realizar su propósito, porque todos lo amaban demasiado, como para resignarse a perderlo, ya que no podían imaginarse que iba a resucitar de entre los muertos.

   Los amigos de Jesús tenían miedo al pensar en lo que podría sucederles si el Señor moría. Esta es la razón por la que no comentaban sus profecías, porque, dado que no creían que el Maestro resucitaría de entre los muertos, no sabían qué sería de sus vidas, pues, en el mejor de los casos en que no fueran perseguidos, nunca podrían evitar la sensación de fracaso al volver a realizar sus actividades cotidianas, teniendo en cuenta que habían trabajado para lograr alcanzar un gran ideal, a pesar de que se obstinaban en reducir el mismo a la constitución de un Reino, en que ellos ocuparían cargos de máxima importancia, lo cual sería sumamente beneficioso para los citados seguidores de Jesús (MC. 9, 33-34).

   Jesús les recordó a sus amigos lo que le iba a suceder en Jerusalén, los dejó solos para que meditaran, y ellos discutieron entre sí, para ver quién tendría la suerte de asumir la responsabilidad de ser el nuevo líder de la comunidad que fue fundada por Jesús.

   ¿A quién le importaba la grandeza de hacer el bien, si la comparaba con el poder que podría obtener, si utilizara la Evangelización y la realización de obras benéficas, para conseguir poder, riquezas y prestigio? Jesús intentó que sus amigos le dijeran sobre qué habían discutido, pero ellos guardaron silencio, quizás porque no quisieron discutir con Él sobre las diferencias existentes entre sus puntos de vista, porque lo amaban, ya que lo veían fanatizado con la idea de suicidarse inútilmente al ponerse a disposición de sus enemigos, o quizás porque se sintieron avergonzados, porque, aunque Jesús quería morir contra toda lógica humana, mientras que pensaba en el ideal de hacer de la humanidad una familia, ellos actuaban como enemigos, pues aún no aprendieron a amarse y respetarse como hermanos, y estaban muy lejos de hacerlo.

   Si estimamos a Jesús, pero no nos decidimos a renunciar a nuestra condición egoísta, tenemos que constatar que, al comparar los motivos que impulsaron a Jesús a redimirnos con los ideales que caracterizan nuestra existencia, no podemos evitar sentir cierta sensación de tristeza. La evitación del pecado es semejante al tratamiento de una enfermedad. Tal como muchos enfermos tienen que soportar el dolor que les producen las inyecciones de morfina para sentir que se les reduce el dolor que sienten el cual es causado por sus enfermedades, la renuncia al pecado entraña muchas dificultades, pero nos aporta el beneficio de sentir que Dios nos purifica y santifica, y nos dispone a vivir en la presencia de Nuestro Padre común, según lo aceptamos, nos adaptamos al cumplimiento de su voluntad, y nos disponemos a amar a nuestros prójimos los hombres, especialmente a aquellos que nos han herido, a quienes, con el lento paso del tiempo, queremos aprender a no guardarles rencor.

   No hagamos distinción entre las aspiraciones de Cristo y las nuestras. Ello será posible para nosotros, si renunciamos a todo cuanto nos separa de Dios, y hacemos nuestras las pretensiones de Nuestro Salvador. San Pablo nos demuestra que es posible hacer lo que os indico en este párrafo, en los siguientes términos: (FLP. 3, 10-11).

   (MC. 9, 35-37). Los niños, por causa de su indefensión, eran considerados por los judíos como poco superiores a los esclavos, e inferiores a las mujeres. Jesús abrazó a un niño para ejemplificarles a sus amigos la necesidad existente de que contemplaran la posibilidad de dedicarse a servir a los más humildes, pero ellos solo pudieron comprender y aceptar las palabras de Nuestro Señor plenamente, cuando el Mesías resucitó de entre los muertos, ascendió al cielo, y recibieron el Espíritu Santo.

   ¿Qué podremos ganar si servimos a aquellos que no cuentan para el mundo?

   ¿Nos bastará la satisfacción de hacer el bien para sentirnos compensados si decidimos cumplir la voluntad de Dios, o hemos tomado la resolución firme de no hacer nada por los que sufren, si no nos compensan con dinero debidamente por ello?

   Gracias a Dios, en nuestro tiempo, los niños tienen derechos reconocidos en muchos países. Nosotros, además de tratarlos como merecen, debemos poner la catequesis infantil y juvenil, a la altura que debe ser tenida la instrucción de los adultos. Todos tenemos derecho a conocer la Palabra de Dios. Los niños y los que sufren por cualquier causa, tienen derecho a sentirse amados, protegidos, y capacitados para superar grandes dificultades, sin sentirse desamparados.

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre celestial, que nos ayude a aceptarlo, con la misma sinceridad que los niños confían en sus padres, de quienes solo esperan amor, comprensión, y la educación que hará de ellos los hombres y mujeres del futuro, que, en el caso de ser cristianos, deberán estar preparados, para contribuir a hacer de nuestra tierra, el Reino de amor y paz, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes les pido que os colmen de bendiciones, y os concedan la plenitud de la felicidad. Amén.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré. (Meditación de la primera lectura del Domingo II de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. Vete de tu patria y ve a la tierra que yo te mostraré.

   Meditación de GN. 12, 1-4A.

   Si Abram obedecía el mandato de Yahveh de ir donde la Divinidad suprema lo enviara, su descendencia sería convertida en una gran nación, por cuya influencia serían bendecidos los creyentes de todas las naciones de la tierra. Para que ello sucediera, Abram tenía que dar un paso de fe, y fiarse del Dios que se le comunicó, sin que él lo conociera.

   Dado que Jesús es descendiente de Abraham, y es el Redentor de la humanidad, el Hijo de Dios y María, es la causa por la que todos los creyentes de todas las naciones, son bendecidos y amados por el Dios Uno y Trino.

   Así como Abraham se separó de sus familiares y abandonó su seguridad y su comodidad para cumplir la voluntad divina, quizás Dios desea enviarnos donde lo podemos servir mejor, y no nos ponemos a su disposición, porque nuestra fe es muy pequeña, y no nos permite cumplir la voluntad divina. Oremos y dispongámonos a cumplir la voluntad de Dios, porque, con el lento transcurrir del tiempo, veremos que ello es lo mejor que nos puede suceder.

   Quizás nuestra fe es intelectual y consecuentemente no la practicamos. Dado que tenemos muchas normas morales las cuales nos indican lo que debemos hacer y lo que no, quizás pretendemos por ello tener la seguridad de que alcanzaremos la salvación, obviando que en esta tierra la fe nos aporta la inseguridad de no haber visto la meta que pretendemos alcanzar, y el riesgo de jugárnoslo todo a la carta de un Dios cuyo rostro no hemos podido contemplar.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo I de Cuaresma del Ciclo A.

   Meditación.

   Introducción.

   Dios creó a nuestros primeros padres, y los dotó con dones preternaturales, para que no sucumbieran ante la enfermedad y el pecado. Adán y Eva eran felices, pero, habiendo sido creados para alcanzar la máxima glorificación, se expusieron a asumir la muerte, al conocer el mal, con el fin de ser iguales a Dios. A diferencia de Adán y Eva, nosotros no fuimos dotados preternaturalmente, pero queremos ser purificados al superar la adversidad que atañe a nuestras vidas, porque anhelamos la santidad, pues, al igual que nuestros primeros antecesores, también queremos ser como Nuestro Criador.

   Durante los años que hemos vivido, hemos transgredido el cumplimiento de la Ley de Dios, unas veces sin quererlo, pero, otras veces, quizás hemos pecado sabiendo que hemos hecho lo que Nuestro Padre común detesta. Al hacer el propósito de reparar el daño que hemos hecho si hemos pecado, vamos a pedirle a Nuestro Señor que renueve nuestro espíritu, para que algún día podamos parecernos a Jesús.

   Dios es justo, y, su amor, supera su justicia. Esta certeza, es, pues, la que nos asegura el perdón de nuestras transgresiones en el cumplimiento de la Ley de Dios. San Juan escribió en su Evangelio unas palabras, a la luz de las cuales, podemos interpretar la segunda lectura de hoy (JN. 3, 16). Adán pecó, y todos hemos pecado. Adán murió, y todos moriremos. Cristo resucitó, y, por ello, todos resucitaremos cuando acontezca la Parusía -o segunda venida- de Jesús.

   En el Evangelio de hoy, San Mateo nos narra brevemente el episodio de las tentaciones de Jesús, un relato en que el demonio le dice al Mesías que viva como si no creyera en Nuestro Padre común, pero, Jesús, rechazará la existencia de su vida sin fe y por ende sin sentido, pues no quiere prescindir de las raíces espirituales que, al no ser entendidas por sus adversarios religioso-políticos, más tarde, le conducirán a la muerte.

   Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús se retirará al desierto para relacionarse íntimamente con Dios, aunque quizá sin saber que ello le hará conocer las entrañas del hombre, para buscar un camino idóneo para que, después de recorrerlo, nos encontremos con Nuestro Padre común.

   1. Podemos ver el episodio del pecado original como un relato en que el hombre desobedeció a Dios, pero también podemos verlo de una forma más positiva. Dios creó un huerto paradisíaco en el que Adán y Eva no trabajaban por necesidad, sino por placer. Aparentemente ellos sólo tenían que desear que acabara el tiempo que Dios les había impuesto para que se probaran su fidelidad a Él ante ellos mismos, dado que, el Creador, sabía lo que sucedería con ellos y con nosotros. Adán y Eva, sin pasar por el conocimiento del mal, el dolor, la enfermedad y la muerte, podrían haber alcanzado la suma perfección divina, pero, obedeciendo a nuestra impaciencia natural, ellos quisieron conocer el misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal, a pesar de que ello significaba que habrían de ser vulnerables, pues serían víctimas del padecimiento y la muerte. Personalmente pienso que este episodio puede ser comparable a la vivencia de un estudiante al que se le dice: no estudies, y te evitarás muchos dolores de cabeza. El estudiante hace caso omiso de ese aviso y sigue estudiando, porque, a pesar del sacrificio que ello lleva impreso, es consciente de que, al concluir su ciclo formativo, podrá optar a un puesto de trabajo que le aportará beneficios económicos y una gran satisfacción al contribuir el mismo a su realización personal. Pienso que vivimos en una sociedad en la que tenemos una fuerte tendencia a proteger a nuestros seres queridos, por consiguiente, los padres que les conceden todos sus deseos a sus descendientes, hacen de los mismos grandes egoístas, incapaces de sensibilizarse del dolor y las carencias de sus prójimos. Adán y Eva debieron aprender una gran lección a partir de aquella experiencia, así pues, a pesar de que fueron expulsados del Paraíso hasta que fueron purificados por la experiencia que tanto anhelaban, él pensó que Eva era la madre de la vida, tuvieron hijos, e intentaron ser felices, a la luz del cumplimiento de la voluntad de Dios.

   2. "Cuanto más creció el pecado (en el mundo, en nuestras vidas), más abundante fue la gracia de Dios" (ROM. 5, 20). La Cuaresma se caracteriza por los sacrificios que todos podemos llevar a cabo en un determinado momento para alcanzar el perdón de Dios. Muchos de nuestros hermanos, vivirán algunas procesiones de Semana Santa, caminando descalzos, con sus cirios encendidos, pidiéndoles a Jesús y a María que les quiten algunas enfermedades graves a sus prójimos, y, para que se les conceda su petición, se ofrecerán voluntariamente para que las citadas enfermedades caigan sobre ellos. Yo quisiera deciros que no hagáis esto sin ánimo de ofenderos, porque, Nuestro Padre común, dispone de dádivas para tener una buena salud Él mismo, puede sanar a nuestros prójimos, y puede curarnos a nosotros cuando lo estime oportuno, por tanto, en vez de ofrecernos como víctimas para sufrir enfermedades que en el caso de afectarnos sólo nos harían sufrir, vamos a hacer que sobreabunde la abundancia divina donde abunda la miseria humana, ejercitando los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo.

   Me ha venido otra vez a la mente el proteccionismo excesivo con que muchos padres tratan a sus hijos, porque, estoy pensando en la grandeza del amor de Dios, que, al amarnos más de lo que jamás nos han amado y de lo que nos amarán en el futuro, es capaz de dejar que recibamos todos los golpes que necesitamos recibir para ser purificados, con tal de no coartar el uso que hacemos de nuestra libertad.

   Hace tiempo conocí a una mujer que protestaba constantemente porque no se sentía valorada por sus compañeros de trabajo, de los que siempre decía que la trataban injustamente, siendo ella cuidadosa y muy puntual para satisfacer las necesidades que los tales tenían. No sé cuál era la actitud de los compañeros de trabajo de la mujer de la que os estoy hablando, pero estoy seguro de que ella, recibiendo -o sin recibir- manifestaciones de aprecio de sus compañeros, era incapaz de enumerar diez de las virtudes que tenía.

   3. San Mateo nos dice en su Evangelio que, cuando Jesús fue bautizado, "fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (MT. 4, 1). Antes de comenzar su Ministerio público, Jesús quiso relacionarse estrechamente con Dios, para someterse a la voluntad de Nuestro Padre común. El Espíritu Santo premió el deseo del Señor de crecer espiritualmente, así pues, a través del duro episodio de las tentaciones, el Mesías aprendió a compadecerse de nosotros, según las palabras del Sagrado Hagiógrafo (HEB. 2, 18). Al adquirir la experiencia del conocimiento del poder, el prestigio y la riqueza, y al conocer el sufrimiento, Jesús puede compadecerse de nuestra fragilidad, porque Él mismo experimentó nuestra debilidad. En la biblia se nos sigue instruyendo (HEB. 4, 15).

   En su empeño de demostrar la fragilidad del Mesías, el autor de la Carta a los Hebreos les transmitió a sus lectores el siguiente mensaje: (HEB. 5, 7-10).

   4. San Mateo nos dice en el Evangelio de hoy que, "después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, Jesús tuvo hambre" (MT. 4, 2). Desde un punto de vista estrictamente espiritual, si pensamos que Jesús fue dotado por Dios con dones especiales, podemos creer que el Hijo de María ayunó durante cuarenta días y cuarenta noches, pero, si Nuestro Señor era un hombre semejante a nosotros, debemos creer que se alimentó a base de hierbas. Jesús se retiró del mundo como lo han hecho muchos religiosos de diversas confesiones a lo largo de la Historia para encontrarse con la Suma Divinidad. Recuerdo que hace varios años hice unos ejercicios espirituales para jóvenes en los que lo pasé muy mal, porque, al ni siquiera contar con una Biblia en Braille, y al estar todos mis compañeros en actitud silente, no podía soportar aquella quietud. Tres días tardé en encontrar la paz. Jesús debió sufrir mucho sin alimentarse debidamente, recordando la muerte de José, la soledad de María, las miserias del mundo, la política romana basada en la tortura y las crucifixiones masivas, el terrorismo de los celotes, la hipocresía de la clase religiosa gobernante en Palestina en aquel tiempo... Jesús oraba para que el Dios que permanecía en silencio le resolviera sus dudas, pero Él cada día estaba más débil, y, quizás tenía la sensación de que Dios lo abandonaba más, como si lo estuviera preparando para ser martirizado tres años después.

   5. En el libro del Deuteronomio se encuentra el siguiente texto que puede ser aplicado a los años que hemos vivido y a nuestra experiencia vital, por consiguiente, Dios nos dice: (DT. 8, 1-3).

   (MT. 4, 3-4). ¿Qué significa esta tentación con que Satanás intentó apartar a Jesús de su propósito divino? El mundo necesita pruebas que evidencien la existencia de Dios. Todos tenemos esas pruebas, así pues, Nuestro Padre común nos alimenta, nos cuida, nos da el aire que necesitamos para respirar, y otras muchas dádivas que no valoramos.

   Si seguimos meditando el texto del Deuteronomio con que iniciamos la meditación de la primera tentación que sufrió Nuestro Señor Jesucristo, podemos encontrar las siguientes palabras: (DT. 8, 4). El mundo está lleno de pobres, enfermos y afligidos, y, nosotros, en vez de saciar a los hambrientos, sanar a los enfermos y consolar a los afligidos, queremos que Dios nos haga todo el trabajo que podemos hacer con los medios que Nuestro Padre común nos ha dotado.

   Todos podemos hacer milagros en conformidad con nuestra fe, y necesitamos que Dios haga lo que nosotros no podemos hacer, pero nos gusta mucho la vida regalada. Cada día son más los jóvenes que abandonan sus estudios, y, en lugar de buscar trabajo, se dedican a vivir a expensas de sus padres, sin preocuparse de la situación económica de ellos, pensando únicamente en divertirse. Dios no nos concederá nunca una vida fácil, porque, el hecho de purificarnos y santificarnos, requiere de nosotros el esfuerzo de superar la adversidad, con la eficaz ayuda de Dios, así pues, esta es, precisamente, la razón por la que Dios permanece en silencio ante el hambre, las enfermedades, y las demás manifestaciones de la miseria. Si Dios nos diera todo lo que necesitamos, y no tuviéramos que aprender a luchar para superar nuestras carencias, no tardaría mucho tiempo en llegar el día en que seríamos caprichosos y desagradecidos para con Él, porque no valoraríamos, ni su misericordia, ni el sufrimiento que nos ha costado nuestra purificación. Probad a educar a un niño concediéndole todos sus deseos, evitadle el hecho de veros sufriendo y cansados por causa de sus carencias, y veréis cómo os explota, sin la intención de abusar de vosotros con maldad, pues adquirirá el hábito de utilizaros a su antojo. Los seres humanos tenemos una fuerte tendencia a buscar el placer inmediato, porque hemos sido creados para alcanzar la suma perfección, pero no por ello hemos de olvidarnos de vivir cumpliendo la voluntad de Dios constantemente.

   Ciertamente la vida difícil de los cristianos es dura, pero, cuando flaqueen nuestras relaciones con nuestros cónyuges, nuestros hijos, o con otros seres queridos, cuando tengamos carencias y nos sintamos débiles, diremos con el Salmista en estado de recogimiento interior las palabras contenidas en el SAL. 17, 8, y Dios siempre estará con nosotros, apoyándonos en todas las actividades que emprendamos, aunque el pesimismo arraigado en nuestro corazón no nos permita percatarnos de ello.

   Satanás le propuso a Jesús que se convirtiera en nuestro ídolo al satisfacer nuestras carencias y caprichos. ¿Por qué hizo el Señor caso omiso a las palabras del tentador? ¿Ignoraba Jesús que nos pondríamos a su servicio si nos diera instantáneamente todo lo que le pidiéramos? Jesús le dijo al demonio que el materialismo no nos hará tan felices como la espiritualidad, así pues, nuestras posesiones pueden contribuir a que seamos felices, pero, la filiación divina, la vida de la gracia, es nuestro gran tesoro. ¿Cómo podemos comparar la posesión de todas las riquezas del mundo con el alimento espiritual de la Palabra de Dios? ¿Quién puede mostrarnos más amor que Jesús Eucaristía? Jesús sabía que si nos concedía nuestros caprichos no lo querríamos a Él, sino sus dádivas, y Él quiere que le amemos, no porque es poderoso, ni porque le necesitamos, sino porque el Hijo de María, es Nuestro Hermano, Nuestro Amigo, nuestro todo. Padres, ¿amáis a vuestros hijos porque son altos, guapos e inteligentes, o porque son vuestros descendientes?

   6. Dios tranquiliza a quienes creen en Él independientemente de las tribulaciones que los mismos padezcan, así pues, en la Biblia leemos: (SAL. 91, 11-12). Dios quiere hacernos comprender que nos tiene asidos de su mano diestra y no permitirá que tropecemos, esto es, si tenemos fe en Él, Nuestro Padre actuará en nosotros sin coartar el uso de la libertad que nos ha concedido. Si tenemos fe en Dios cuando estemos enfermos, cuando no tengamos adonde ir, Él proveerá nuestras necesidades, porque nos tiene asidos, y no nos desamparará.

   A veces tenemos la tentación de poner a prueba a Nuestro Padre común, diciéndole: Si tú existieras, no permitirías que murieran tantos niños indefensos en el tercer mundo. Algunos utilizan pretextos semejantes al que estamos considerando porque sufren crisis de fe, pero, otros, utilizan estas cuestiones para blasfemar abiertamente, sin respetarnos a quienes nos resistimos a dejar de creer en Dios, así pues, en el Deuteronomio leemos: (DT. 6, 16).

   ¿Somos capaces de probar a nuestros cónyuges y a nuestros hijos? Si hacemos esto, somos muy desconfiados, y, debemos confiar en Dios, más que en quienes más amamos, porque nadie nos ama como lo hace Nuestro Padre celestial.

   Consideremos la segunda tentación con que el diablo atacó a Jesús. Como nuestro Redentor sostenía que la espiritualidad es más importante que el materialismo, el demonio, para desmentirlo haciendo que la gente le siguiera, utilizó las Escrituras, con la intención de hacer que Cristo diera un espectáculo soberbio, para convertirse en el hombre más famoso de toda la Historia, por causa de su poder, fama y riqueza. (MT. 4, 5-7). Hace varios días, uno de mis amigos, testigo de Jehová, me sometió a consideración, diciéndome: Antiguamente Dios se les manifestaba a los hombres, pero, en nuestro tiempo, nadie habla con Dios. ¿Por qué crees tú que sucede eso? Yo, antes de contestarle a mi amigo, pensé un breve instante, y exclamé: No podemos decir que la Biblia no se había imprimido en aquel tiempo, puesto que ahora que existe, es utilizada para adornar muebles. Yo creo que la gente no habla con Dios porque, aunque todos sabemos hablar mucho, muchos no tienen la capacidad de escuchar a nadie, y menos al Dios que no podemos ver ni tocar. Cuando alguien se atreve a afirmar que Dios existe, se le responde: ¿De verdad? Pues, ¡que haga un milagro ahora mismo. ¡En estas circunstancias Nuestro Padre guarda silencio, porque no le sirve de nada manifestárseles a quienes no son humildes para reconocer los milagros que Él opera en nuestras vidas diariamente, y que no reconocemos porque se repiten muchas veces, y porque no sabemos valorar lo que tenemos.         Si yo en vez de tener listas de correo dedicadas a la evangelización publicara otros temas más solicitados por la mayoría de la gente, tendría muchos más lectores de los que tengo. Si no podéis creerme, iros a MSN Groups, a Yahoo! Groups, a Egrupos, a Elistas, o a otro servidor de listas de correo, y comparad el número de suscriptores de listas religiosas, con el número de usuarios de otros servicios. Con mis conocimientos de Tarot y Numerología podría ganarme la vida muy bien a través de la red, pero prefiero trabajar gratuitamente para aquel que lo tiene todo. Yo edité un libro para ayudar a Cáritas o a Manos Unidas porque pensé que de esa forma podía servir a Dios, pero no pude venderlo, y, la web principal de Trigo de Dios por la que pagué mucho dinero está muy mal hecha porque no sé crear páginas web y por eso me timaron, así pues, parece que Dios no quiere mi dinero, pues, me prefiere a mí, por eso, hermanos, trabajo para Él, porque me ama como soy.

   7. Como Jesús no quiso que la gente le siguiera facilitándole la vida, ni quiso llamar la atención de los habitantes de Jerusalén dando un espectáculo inolvidable, Satanás se jugó su última carta, y atacó al Salvador violentamente. ¿Podría Jesús resistirse al poder que conceden los dioses mundanos? ¿Podría Jesús resistirse al dios dinero? ¿Podría Jesús rehusar del dios sexo? ¿Podría Jesús renunciar al dios droga? ¿Podría Jesús renunciar al dios que le instaba a someterse a la fuerza a los débiles para explotarlos sin consideración? Satanás, aquel a quien los testigos de Jehová llaman “el creador de este sistema de cosas”, le cedía a Jesús su supuesto dominio sobre los hombres, con tal de conseguir que el Mesías renegara de Dios un momento a lo largo de la eternidad. El demonio sabía que Miguel y sus ángeles le derrotaron gritando la grandeza de Dios, pero él quería volver al infierno anotándose el triunfo de, en su afán de dividir a Dios y a los hombres, conseguir que el Criador de la humanidad renegara de Sí mismo. ¿Conocéis a alguna persona que sea capaz de cometer cualquier fechoría por dinero? ¿Quién podría tener la fuerza moral suficiente para renunciar a unos dioses tan prometedores de dádivas excelentes y placenteras, aunque las mismas, a largo plazo, sean la perdición de los hombres?

   Veamos, pues, el texto sagrado: (MT. 4, 8-10).

   8. San Mateo nos sigue diciendo en el Evangelio de hoy: (MT. 4, 11). ¿Tenemos la tentación de creer que nuestra fe es plena? ¿Creemos que nadie conoce mejor la profesión que ejercemos que nosotros? Seamos humildes, no vaya a suceder que la presunción nos aparte del cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Estudio bíblico sobre la oración. (Miércoles de Ceniza).

   Estudio bíblico sobre la oración.

   Estimados hermanos y amigos:

   Hoy, la Iglesia, concluye la primera parte del Tiempo Ordinario, para empezar a preparar a sus hijos, a vivir la Pascua de Resurrección. Todos sabemos que esta preparación, que para muchos de nuestros hermanos está marcada por el dolor del pecado, la impotencia de la observación de su imperfección y la fatiga, es imprescindible para que podamos convertirnos plenamente a Dios. La Iglesia nos insta a que no dejemos de lado el ayuno, la penitencia y la oración, para que podamos alcanzar nuestro propósito.

   ¿De qué nos abstendremos durante la Cuaresma? Evitaremos todo incumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, por consiguiente, San Pablo, nos dice, las palabras que leemos en 2 COR. 6, 1-2. La Cuaresma es el tiempo favorable en que hemos de evitar el hecho de rechazar la gracia divina, para que así podamos convertirnos al Evangelio de salvación.

   Ya que tenemos la oportunidad de ayunar de realizar las obras contrarias a la voluntad del Dios Uno y Trino, ayunemos también de alimentos excesivamente costosos, seamos humildes a la hora de alimentarnos, para que así podamos socorrer a nuestros hermanos carentes de dádivas materiales, en atención a las palabras del Apóstol, que encontramos en 2 COR. 8, 12-13. Si socorremos a los necesitados, imitaremos a nuestro glorioso Señor Jesucristo (2 COR. 8, 9).

   A través de la penitencia, le pedimos a Dios que nos ayude a desear y conseguir la perfección que anhelamos, con el fin de que podamos vivir en su presencia, cuando la tierra sea su Reino.

   (OS. 6, 6). Jesús utilizó la siguiente consigna cuando inició su Ministerio público: (MC. 1, 15).

   ¿Cuál es nuestra visión de la penitencia?

   Si el hecho de perfeccionarnos puede ser difícil, no hemos de pensar que ello es sumamente doloroso e imposible, y mucho menos pensaremos en abandonar este propósito la tarde del Viernes Santo, por consiguiente, tengamos presente que es bueno el hecho de que le agradezcamos a Dios las oportunidades que nos da, a fin de que podamos vivir en su presencia. Tenemos defectos porque somos humanos, y, cuantas veces fracasemos, igual número de oportunidades tendremos de levantarnos y de iniciar la actividad gradual de perfeccionarnos, sin prisa, pero, sin pausa. La conversión es un periodo gradual de perfeccionamiento que se prolonga desde que Dios nos llama a vivir en su presencia durante todos los días de nuestras vidas, por consiguiente, no evitemos el hecho de desear alcanzar la perfección que nos es necesaria para acercarnos a Nuestro Padre común, plenamente purificados.

   Cuanto mayores sean las dificultades que tengamos que superar, mayor debe ser la seguridad de que Dios está con nosotros. ¿Creemos que no podemos solventar nuestros problemas? Aunque puede sucedernos que algunas de las dificultades que tenemos sean vitales, no pensaremos que no podemos soportarlas, porque, si Dios permite que las suframos, ello es porque sabe sobradamente que podemos sobrellevar las mismas, de hecho, San Pablo, les escribió a los cristianos de Corinto, las palabras que encontramos en 1 COR. 10, 13.

   A pesar de que hemos meditado superficialmente sobre el ayuno que Dios desea que practiquemos y sobre los beneficios de la penitencia y el dolor, meditemos con mayor amplitud el tema de la oración. Fijaos, -estimados hermanos y amigos-, lo importante que es la oración, que, sin temor a equivocarnos, podemos decir que, quienes no oran, o tienen una fe muy débil, o no quieren, o no pueden, creer en Nuestro Padre y Dios, de quien leemos en el primer libro de las Crónicas: (1 CRO. 29, 11-12).

   Los cristianos no oramos con tal de perder el tiempo, pues conservamos esta práctica, porque sabemos que Dios escucha nuestras oraciones, por consiguiente, San Juan Evangelista, nos dice en su primera Carta: (1 JN. 5, 14).

   Pensemos, -hermanos y amigos-, que, para que Dios atienda nuestras oraciones de petición, no podemos pedirle dádivas de cualquier manera, sino atendiendo al beneplácito de su voluntad. Yo creo que en el mundo no existe ni un solo creyente que haya orado sin obtener negativas de Dios, las cuales están justificadas por motivos que la mayoría de las veces no podemos comprender, dado que a veces Nuestro Santo Padre no juzga oportuno concedernos lo que le pedimos porque sabe que ello puede perjudicar nuestra fe, y porque tiene predestinado el tiempo en que nos va a beneficiar, cuando seamos receptivos a su Palabra. Esta es la causa por la que San Pedro nos dice: (2 PE. 3, 8-9).

   (2 COR. 12, 7-10). Aunque Dios escucha todas nuestras oraciones, solo atiende las peticiones de quienes son íntegros de corazón (PR. 15, 8. 28, 9; JN. 9, 31).

   En la Biblia se nos insta a que cumplamos la voluntad de Nuestro Padre común, para que nos premie concediéndonos lo que le pidamos en oración. Veamos un ejemplo de ello: (1 PE. 3, 7).

   Aunque no sabemos cuándo será transformada la tierra en el Reino de Dios, en la Biblia se nos insta a que vivamos como si ello sucediera hoy mismo, es decir, se nos anima a que nos esforcemos en cumplir la voluntad de Dios, en atención a las palabras del Primer Papa, recogidas en 1 PE. 4, 7.

   No desperdiciemos la oportunidad de vivir sobriamente para dedicarnos a la oración, pues, dicha conversación con Nuestro Padre común  ocupará una gran parte de nuestras vidas, pues, de la misma manera que nos comunicamos con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo y en ocasiones con otros desconocidos, hablaremos diariamente con Nuestro Padre celestial (EF. 6, 18).

   No temáis el hecho de no estar seguros de lo que debéis pedirle a Dios en vuestras oraciones, y pedidle al Espíritu Santo que os inspire las palabras con que debéis dirigiros al Dios Uno y Trino, en atención al siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 26-28). Es realmente gozoso el hecho de saber que todo lo que nos sucede en la vida, -independientemente de que nos produzca dolor o gozo-, está encaminado a nuestra salvación.

   ¿Por quiénes desea Dios que oremos? (1 TIM. 2, 1-4).

   Recordemos que "todo lo santifica la Palabra de Dios y la oración" (1 TIM. 4, 5).

   ¿Cómo desea Dios que oremos? Dado que necesitamos vivir rectamente para que Dios escuche nuestras oraciones, deseamos actuar en conformidad con la justicia o fe divina que nos caracteriza (ST. 5, 16).

   Jesús no desea que nuestra oración sea un cúmulo de actos de presunción (1 TIM. 2, 8).

   (MT. 6, 5-8). Mis lectores saben que soy respetuoso con quienes tienen creencias diferentes a las mías, pero, a pesar de ello, quiero disculparme ante quienes sé que se van a ofender con lo que expondré a continuación. Entre los católicos se practica mucho el antiguo método gentil de orar en actos públicos, -especialmente en las procesiones de Semana Santa-. Existe la costumbre de intentar atosigar a Dios en vano, como si la mera palabrería fuera suficiente para que Nuestro Santo Padre concediera dádivas sin medida. Por más que muchos se vistan de penitentes y no se les vea el rostro, demasiados son los que los alaban e incluso saben quiénes son, por lo que su oración no es secreta en absoluto.

   Oremos con confianza en que Dios atenderá nuestras peticiones y en que, aunque no nos conceda lo que le pidamos, ello redundará en nuestro beneficio.

   (MT. 7, 7-11). No dejemos nunca de orar, porque Dios no quiere perder la comunicación con sus hijos (1 TES. 5, 17-18).

   ¿Para qué quiere Dios que oremos? (MT. 9, 37-38). Es un regalo del cielo el hecho de poder pedirle a Dios que mande operarios a su viña, -a la Iglesia, y al mundo-, pues ello nos garantiza que no vivimos padeciendo el desamparo (FLP. 4, 6-8).

   Es importante que cuando oremos mencionemos los nombres de quienes deseamos que sean beneficiados por Dios, para que así podamos constatar si nuestras peticiones son atendidas por Nuestro Santo Padre.

   ¿Cuáles son las condiciones que Nuestro Santo Padre desea que observemos -según la Biblia-, para que escuche nuestras oraciones?

   1. Permanezcamos unidos a Jesús, intentando imitar el comportamiento de Nuestro Salvador (JN. 15, 7; 1 JN. 3, 21-22).

   2. Oremos en conformidad con el cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común (1 JN. 5, 14).

   3. Oremos en el Nombre de Cristo, es decir,  hagámosle nuestras peticiones al Padre, como si el mismo Cristo fuera el portador de nuestras carencias (JN. 14, 13-14. 16, 23-24).

   4. Oremos con intenciones puras y corazón limpio (ST. 4, 1-3).

   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, de la misma forma que una viuda pobre cedió las dos monedas que tenía para vivir al Templo de Jerusalén (LC. 21, 1-4), nosotros oremos con confianza y rectitud de corazón, de forma que, cuando nos conceda lo que le pidamos, nuestra fe sea engrandecida.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios. (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios.

   Estimados hermanos y amigos:

   La Navidad social termina en algunos países al concluir la celebración del Año Nuevo, y, en otros, después de la celebración de la Epifanía del Señor. La Iglesia concluye las celebraciones navideñas el Domingo siguiente a la Epifanía, día en que celebra el Bautismo de Nuestro Salvador.

   Mientras que en los países que celebramos la Epifanía del Señor, los niños pasan este día jugando con sus nuevos juguetes, los adultos tenemos la costumbre de hacer un balance de cómo hemos pasado la Navidad.

   Quizás podemos caer en el error de acusar a la sociedad en que vivimos de ser materialista a la hora de celebrar la Navidad, y no pensamos que, en vez de juzgar a la gente, debemos pensar si estamos dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, porque, mientras es muy fácil sacar a relucir los errores de quienes nos rodean, no nos gusta pensar en los defectos que nos caracterizan.

   Durante la celebración de la Misa de media noche de Navidad, recordamos las siguientes palabras de San Pablo: (TT. 2, 11).

   ¿Creemos sinceramente que Jesús vino al mundo hace veinte siglos a salvarnos de la condenación merecida por los pecados de la humanidad, -que es la muerte-, y para hacernos plenamente felices viviendo en un mundo sin carencias, en la presencia de Nuestro Santo Padre?

   Aunque hemos pasado muchos años sin ponernos a disposición de Dios para que cumpla su voluntad por nuestro medio, aún estamos a tiempo para confiar en Él, exceptuando el caso de que nuestra fe no sea más que una representación teatral, procedente de una tradición que, si no es desconocida, no es aceptada como portadora de una gran verdad de fe.

   ¿Sentimos que las celebraciones navideñas nos han servido para adoptar el compromiso de ser mejores cristianos, o, una vez más, al concluir los días festivos de diciembre y enero, vamos a sumirnos en la rutina que nos impide ser felices?

   Si queremos que la Navidad se prolongue durante todos los días de nuestras vidas, necesitamos convertirnos al Evangelio. Sé que para mucha gente, las palabras "conversión" y "penitencia", suenan a sacrificios pesados e inútiles, a horas perdidas pensando en lo que para quienes no comparten nuestra fe no tiene remedio, y a la pérdida del tiempo que podemos aprovechar para hacer cosas agradables y constructivas.

   Para sentirnos motivados a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, necesitamos tener fe en Él, pues, el autor de la Carta bíblica a los Hebreos, nos instruye, en los siguientes términos: (HEB. 11, 6).

   Hace años, le escuché el siguiente comentario, a un famoso personaje, que vi en un programa de televisión: "El Catolicismo es la religión más facilona del mundo. Cometes un pecado, dices que te arrepientes, te confiesas, rezas un Padre nuestro, y ya puedes salir de la Iglesia, para hacer cosas peores, porque, mientras digas que te arrepientes, te están perdonando".

   ¿Es cierto que Dios nos perdona para que sigamos pecando? En la Epístola a los Hebreos, leemos: (HB. 10, 38).

   Si a Dios no le agrada nuestra inconstancia en la vivencia de la fe que decimos que profesamos, ¿pensamos que nos perdonará nuestros pecados independientemente de las veces que nos confesemos, si sabe que no tenemos la intención de cambiar de conducta?

   ¿Qué quiere Dios de nosotros? (HB. 13, 15-16).

   ¿Es para nosotros hacer el bien un sacrificio? Si leemos los versículos bíblicos anteriores al texto que estamos considerando brevemente, vemos que el autor de la Carta a los Hebreos nos dice que convirtamos nuestras vidas en un sacrificio a Dios imitando la conducta de Nuestro Salvador, lo cual no significa que hacer el bien es un sacrificio, pues, si lo hacemos con amor, nuestras buenas obras se convierten en oportunidades de gozarnos, porque Dios nos concede el honor de ser nosotros quienes lo sirvamos en nuestros prójimos.

   Quizás pensamos que no somos mejores cristianos porque nos abruman las dificultades que caracterizan nuestras vidas, las cuales deben ser un camino para acercarnos a Dios, así pues, no debemos olvidar que Jesús padeció mucho en Palestina, según se nos informa en el siguiente texto: (HB. 2, 18).

   El arrepentimiento de nuestros pecados, no consiste en sentir repugnancia únicamente del mal que hemos hecho para seguir actuando en contra del cumplimiento de la voluntad de Dios después de confesarnos. El arrepentimiento cristiano está relacionado con el hecho de adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestras vidas, porque, cuanto mayor sea nuestro nivel de purificación, sentiremos que estaremos más cerca de Nuestro Padre común, quien es la fuente de la felicidad que añoramos.

   La penitencia cristiana no debe reducirse a una serie de actos marcados por la tristeza, porque a Dios no le gusta que tengamos caras largas, sino que nos formemos espiritualmente, para que, al adaptarnos al cumplimiento de su voluntad, cada día nos encuentre más dispuestos, a vivir en su presencia.

   DE nada nos sirve ofrecerle sacrificios a Dios para que nos perdone nuestros pecados, si no estamos dispuestos a convertirnos a su Evangelio de salvación. La conversión al Señor Nuestro Dios, es un proceso gradual que se prolonga durante todos los días que vivimos, que no debe ser visto como una cadena interminable de sacrificios, sino como una oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, que no debemos desaprovechar.

   Si creyéramos sinceramente en Dios, al arrepentirnos de los pecados que cometemos, no pensaríamos en nuestra condenación, sino en la ofensa que las citadas obras significan para el Dios Uno y Trino, que es la fuente de la pureza. El arrepentimiento es causa de vergüenza y tristeza, porque no es fácil reconocer el mal que se hace, y porque vemos que no podemos compararnos a Dios, pero, a pesar de ello, dicha tristeza debe ser utilizada constructivamente en orden a nuestro crecimiento espiritual, no para quitarnos el valor personal que tenemos, sino para adaptarnos más y mejor, al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues, recordemos las siguientes palabras de San Pablo: (2 COR. 7, 10).

   No soy contrario al hecho de celebrar la Navidad social, pues pienso que ello debe fortalecer las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y amigos. La Iglesia nos dice que el hecho de hacer fiestas no es perjudicial, siempre que no invirtamos en ocio el dinero que tenemos para convivir con nuestros familiares, socorrer a los pobres, y contribuir al sostenimiento de las obras de la fundación de Cristo.

   Si nos disponemos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, daremos un importante paso para alcanzar la plenitud de la felicidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

¿Qué se dice en la Biblia de los magos y de la adivinación en general? (Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor).

   Meditación.

   ¿Qué se dice en la Biblia de los magos y de la adivinación en general?

   1. Los magos.

   En la Biblia se nos habla de los magos, a quienes, si en la antigüedad muchos los tenían por sabios, (yiddeoni se traduce como sabio), los tales trabajaban el terreno de la adivinación. En el primer Isaías, con tal de que comprendamos el poder persuasivo de los tales, se nos dice: (IS. 8, 19).

   Aunque el terreno de la adivinación aparenta ser prometedor, para quienes creen que les sería positivo el hecho de conocer su futuro, a muchos de los tales no les queda otro remedio que comprobar que ello es un engaño muy peligroso, en el sentido de que paraliza las vidas de quienes creen que sólo han nacido para sufrir, y evita que muchos que pueden hacer el bien hagan lo que deben hacer, dado que, para parte de los defensores de la New Age, hasta el suicidio es positivo. Es esta la razón por la que, la Biblia, -la Palabra de Dios-, nos dice: (DT. 18, 9-14).

   Sabemos que Dios no nos prohíbe pecar por simple capricho, sino porque sabe que el hecho de no cumplir su voluntad acaba perjudicándonos, porque, según San Juan, "el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor" (1 JN. 4, 8).

   Desde el punto de vista religioso, la adivinación es idolátrica, porque, quienes la practican, depositan su confianza en espíritus que no están relacionados con Dios, así pues, San Pablo, nos dice: (EF. 5, 16-17).

   Dado que muchos estamos acostumbrados a vivir en países en los que podemos tener muchos bienes, por lo que, en consecuencia, podemos resolver muchos problemas sin apenas realizar ningún esfuerzo, hemos caído en la trampa de olvidar que, si queremos superarnos en la vida, necesitamos aprender a ser luchadores incansables. Dado que no podemos ver a Dios cara a cara, y somos impacientes a la hora de esperar la llegada de la resolución de nuestras dificultades, puede sernos fácil caer en la tentación de contratar los servicios de algún adivino, que no nos diga lo  que nos va a suceder en el futuro, sino lo que queremos escuchar, con tal de que el mismo nos devuelva la serenidad. Es preciso que recordemos que, tanto los judíos justos del pasado como muchos buenos cristianos, han tenido que sufrir mucho por causa de la profesión de su fe, así pues, aunque cueste creerlo, aún en nuestros días son crucificados algunos seguidores de Jesús. Los cristianos seremos capaces de soportar cualquier dificultad que nos sobrevenga, si le pedimos a Dios que nos colme de los dones y frutos de su Santo Espíritu, y creemos que vamos a ser ayudados.

   2. Los Magos de Oriente.

   Si Dios no está de acuerdo con la práctica de la magia, ¿por qué se sirvió de los astrólogos orientales, para simbolizar que el Evangelio, no sólo incumbe a los judíos, sino que es una doctrina universal? Aunque Nuestro Santo Padre no está relacionado con el pecado, tiene suficiente amor y paciencia con nosotros, como para manifestársenos, aprovechándose de las realidades que caracterizan nuestras vidas, así pues, Yahveh se valió de la creencia de que los grandes personajes tenían una estrella a través de la cuál se podía adivinar el futuro de los mismos, para hacer que dichos Magos emprendieran su viaje, en pos de la estrella de Belén, para conocer, al Rey de Israel, en persona.

   No podemos determinar el número de los Magos orientales teniendo en cuenta los presentes que le ofrecieron a Nuestro Salvador, dado que dichos dones tenían significados simbólicos, así pues, el oro era símbolo de magnificencia, el incienso era el símbolo de la Divinidad, y, la mirra, con que los orientales embalsamaban a sus difuntos, era una especie de anuncio de la Pasión y muerte del Mesías.

   ¿Eran Reyes los citados Magos, como muchos creen? Según los siguientes textos bíblicos, no lo eran (SAL. 68, 29-32; IS. 49, 7. 60, 1-10). En los textos anteriores, hemos visto que los Reyes de la tierra adorarán a Jesús, el gran Rey, por lo que deducimos que los Magos de Oriente, no eran Reyes, en el sentido de que los tales eran inferiores al Mesías.

   No seamos como los habitantes de Jerusalén, que, en lugar de alegrarse al pensar que había llegado el tiempo de que naciera su Redentor, temieron las consecuencias que ello tendría, si el poder romano se sentía provocado por un nuevo líder sedicioso. Recordemos los valores que caracterizan la Navidad tales como el amor y la comprensión, y hagamos que los tales formen parte de nuestras vidas durante todo el año.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com