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Seamos pescadores de hombres en mares de confusión. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C.

   Seamos pescadores de hombres en mares de confusión.

   Ejercicio de lectio divina de LC. 5, 1-11.

   Lectura introductoria: SAL. 89, 29.

   1. Oración inicial.

   Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.

   R. Amén.

   Tal como se dice de la multitud de que se nos habla en el relato evangélico que consideramos este Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo C, dispongámonos a estar en presencia del Señor, con la intención de escuchar su Palabra, que nos aporta enseñanzas útiles, para que le permitamos al Espíritu Santo, purificarnos, y santificarnos. La Palabra del Señor nos ilumina, y por la misma conocemos la verdad de Dios, la cual nos hace libres, según palabras de Nuestro Redentor (JN. 8, 31-32).

   De la misma manera que Jesús se dirigió a sus futuros Apóstoles mientras los tales lavaban las redes, recordemos que Dios utiliza los acontecimientos que caracterizan nuestra vida ordinaria, para dársenos a conocer. Orar es tener conciencia de que para nosotros es importante el progreso material, pero no evitemos seguir creciendo espiritualmente, porque deseamos impedir que nuestra fe primeramente se haga estática, y después muera.

   Jesús le pidió a San Pedro que lo dejara predicar desde su barca, para protegerse de los exaltados que podían herirlo. Oremos pensando qué bienes espirituales y materiales que poseemos ponemos a disposición de Jesús, para que Nuestro Salvador se valga de los tales, para seguir redimiendo a quienes lo acepten como Dios y Salvador.

   Jesús predicó desde la barca de Pedro. No escuchemos la voz del Señor a la distancia. Hagámonos miembros de la comunidad de discípulos del Mesías, y ayudémosles a predicar el Evangelio, por medio de nuestras obras, palabras y oraciones, pues las mismas constituyen nuestro mejor testimonio de fe cristiana.

   Jesús paga con creces nuestra dedicación a servir en la viña del Señor. Los futuros Apóstoles vieron sus redes llenas de peces, y nosotros, cuando menos lo esperemos, nos sentiremos plenamente dichosos.

   Los nuevos amigos del Señor, dejando sus familias, trabajo y posesiones, siguieron a Jesús. Oremos pensando qué hacemos nosotros, para colaborar en la obra de Nuestro Salvador.

   Oremos:

   Espíritu Santo, amor que procedes del Padre y del Hijo, y que con ellos recibes una misma adoración y gloria:

   Ayúdanos a comprender que necesitamos sentirnos amados y protegidos por Dios, y a comprender que, servir a quienes necesitan nuestras dádivas espirituales y materiales, es la única forma que tenemos, de demostrar que te amamos.

   Espíritu Santo, aliento divino que nos das la vida:

   Quema nuestras impurezas con tu fuego, y haznos imitadores de tu divina caridad.

   Espíritu Santo, amor del Dios ante quien somos pequeños:

   Enséñanos a ser humildes, para que podamos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre.

   Espíritu Santo, amor del dios para quien no hay nada imposible:

   Haz de nuestra tierra un paraíso de luz en que la humanidad pueda encontrar la plenitud de la felicidad, más allá de las razones por las que los hombres sufren. Amén.

   2. Leemos atentamente LC. 5, 1-11, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.

   2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.

   2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.

   3. Meditación de LC. 5, 1-11.

   3-1. La gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios (LC. 5, 1).

   ¿Por qué seguía la gente a Jesús? San Juan nos dice en su relato de la multiplicación de los panes y peces, las palabras contenidas en JN. 6, 2.

   Seguir a Jesús, nunca ha sido una tarea fácil. Dado que es difícil creer en Dios, -de hecho, esto sucede especialmente cuando sufrimos y no sabemos por qué-, es más fácil trabajar en la viña del Señor persiguiendo intereses materiales, que intentando crecer espiritualmente. A pesar de ello, si el Cristianismo prácticamente tiene veinte siglos de historia, ello sucede, porque, durante todos esos siglos, no ha faltado gente, que ha creído en Jesús, y ha profesado su fe, sin ambicionar bienes materiales.

   ¿Por qué seguimos a Jesús?

   ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?

   ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?

   3-2. Jesús viene a nuestro encuentro cuando realizamos nuestras actividades ordinarias, y no suponemos que piensa constantemente en nosotros (LC. 5, 2).

   Los futuros Apóstoles de Jesús, probablemente, utilizaban redes para pescar, en cuyos bordes, había pesos de plomo, que tenían forma de campana. Cuando las redes se lanzaban al agua, se hundían por el peso del plomo, y, cuando atrapaban peces, utilizaban cuerdas, para cerrar las redes, alrededor de los peces. Las redes debían ser lavadas, para quitarles las algas, y remendarlas.

   Como más adelante veremos, Simón le dijo a Jesús que había pasado la noche intentando pescar con sus compañeros, y que su trabajo fue infructífero, y, a pesar de que no consiguieron pescar, tenían que lavar y remendar sus redes al llegar a la orilla del lago, para poderlas utilizar, cuando volvieran a pescar. El trabajo de los citados pescadores, nos recuerda cómo pasamos la vida intentando progresar materialmente, o, en el caso de ser muy pobres, intentando que la miseria, no nos impida seguir realizándonos, para ayudar a nuestros familiares.

   Aunque tenemos que adaptarnos a las exigencias que se nos imponen si tenemos que trabajar, -cosa que es un privilegio en un tiempo de crisis económica como el actual-, si somos cristianos, tenemos la necesidad de organizarnos, para progresar a nivel material, sin permitir que se nos debilite la fe, ni que deje de crecer. De la misma manera que repartimos nuestro tiempo con nuestros familiares, trabajando y con nuestros amigos, es conveniente que utilicemos parte del citado tiempo para estudiar la Palabra de Dios, para practicar lo que aprendamos al meditar la misma, y para orar, pues, sin estas tres cosas, nuestra fe, en lugar de crecer, se debilita.

   3-3. El esfuerzo extra de Simón y la predicación de Jesús (LC. 5, 3).

   Imaginemos que, después de trabajar durante todo un día, en que todo lo que hacemos nos sale mal, Jesús nos pide que pasemos dos horas más, en nuestro puesto de trabajo. ¿Qué haríamos en tal caso, si sintiéramos un gran deseo de terminar el día con nuestros familiares, realizando nuestra actividad de ocio preferida, o haciendo un segundo trabajo que nos ocupara parte de la noche, porque necesitáramos dinero?

   Jesús, sabiendo la dificultad que les suponía a Simón y a sus compañeros acceder a su petición, le rogó a Simón, -el dueño de la barca-, que se alejara un poco de tierra, lo suficiente para que ningún exaltado lo atacara.

   ¿Has trabajado en alguna ocasión en la viña del Señor sin ganas de servir? Recuerda que Jesús no te ordena que sirvas, sino que te ruega que lo hagas, porque es consciente de que ello no siempre es fácil para ti, pero necesita tus manos, tu mente y tu corazón, porque quiere predicar el Evangelio y hacer muchas obras buenas, por tu medio. Recuerda que, si te cuesta servir a Jesús, más le costó a Nuestro Salvador, dar su vida en la cruz, para que, cuando menos lo pienses, alcances la plenitud de la felicidad.

   ¿Qué discurso le dirigió Jesús a la muchedumbre? San Lucas no lo expuso en su Evangelio, pero quizá el mismo influyó en el hecho de que los futuros Apóstoles del Señor creyeran en Jesús, cuando el Mesías llevó a cabo, la pesca milagrosa. Recuerda que, para valorar el éxito en tu vida en los terrenos espiritual y material, necesitas saborear algunos fracasos, y recuerda también que las cosas no siempre nos salen bien cuando intentamos hacerlas la primera vez, sino cuando las hacemos adecuadamente, y nuestras circunstancias vitales nos son propicias. Jesús no convirtió a sus futuros amigos al Evangelio cuando le predicó a la muchedumbre, pero, aquel sermón, probablemente sembró alguna semilla en sus corazones, la cual empezó a fructificar, cuando aconteció la pesca milagrosa.

   3-4. Aceptemos el hecho de cumplir la voluntad de Dios en nuestra vida (LC. 5, 4-5).

   Jesús nos pide que actuemos como fieles seguidores suyos, entre nuestros familiares, en nuestro trabajo, y con nuestros compañeros y amigos. El Señor también nos pide que nuestras palabras, obras y oraciones, sean un testimonio de fe para los indecisos y los no creyentes, a pesar de que a veces creemos que, a los tales, no les importa nuestro testimonio de fe, porque no valoran al Dios en quien creemos, pero, al no poder escrutar los corazones de los tales, no tenemos la plena certeza de que nuestro ejemplo de fe es inútil.

   Pensemos en las madres, hermanas, hijas y esposas, que sirven incondicionalmente a los hombres con quienes viven, sin escuchar una palabra alentadora, ni recibir un gesto de agradecimiento, por parte de los tales. De la misma manera que a las citadas mujeres no se les agradece su incansable actividad, los cristianos no podemos trabajar en la viña del Señor buscando la aprobación de los hombres, sino el cumplimiento de la voluntad divina. Recordemos que Simón sabía que no iba a pescar ni un solo pez por su propio medio, pero, independientemente del esfuerzo que le supusiera confiar en Jesús, se fio del Señor, quien estuvo a punto de partir su red, porque se la llenó de peces.

   Lo que os voy a contar ahora, me sucedía cuando era catequista de niños de primera Comunión, y me sigue sucediendo en este tiempo, cuando predico en Internet. Se me dice que no merece la pena imitar la conducta que observaron Jesús y los Santos, porque ello supone aceptar la incomprensión y el aislamiento, por parte de la mayoría de la gente. La respuesta a esta observación no es tan trágica como se espera que lo sea. Los cristianos tenemos defectos y creencias chocantes para quienes carecen de nuestra fe, pero el hecho de que el mundo nos aísle, depende totalmente de nosotros, a no ser que se dé el caso de que nos encontremos a quienes les parece que ven al demonio, cuando se percatan de que hay cristianos en su presencia.

   ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?

   3-5. Compartamos los gozos y penalidades de trabajar en la viña del Señor con nuestros hermanos en la fe (LC. 5, 6-7).

   Vemos cómo quienes compartieron el trabajo, compartieron el gozo de haber hecho una buena pesca. Hay ocasiones en nuestras comunidades en que quienes tienen una responsabilidad, en lugar de gloriarse porque pueden prestar un servicio, la consideran un privilegio, hasta llegar a creerse superiores, a quienes no llevan a cabo su actividad. Los cristianos hemos sido llamados a convivir como hermanos, y no a intentar destacar unos sobre otros, por causa de la importancia que les atribuimos a las responsabilidades que adoptamos, en la iglesia en que servimos a Dios, en sus hijos los hombres.

   3-6. Es conveniente que nos valoremos adecuadamente (LC. 5, 8-10).

   Simón se atemorizó al ver el milagro que Jesús hizo, y reaccionó reconociéndose pequeño, si se comparaba con el Profeta de Nazaret. Es curioso contrastar la reacción de Simón con la creencia de quienes no creen en los milagros, y con la carencia de fe de quienes, aunque vieron al mismo Jesús hacer milagros, no creyeron en Él, con tal de no reconocerse pequeños, para dejar que el Mesías los engrandeciera.

   Simón sabía que Jesús sanaba enfermos y expulsaba a los demonios, pero se admiró de que su nuevo amigo se preocupara por los detalles de la vida ordinaria, de quienes llegaron a creer en Él. También nosotros deseamos admirarnos al pensar que Jesús no solo se nos quiere manifestar en los momentos más importantes que vivimos, pues quiere purificarnos y santificarnos, partiendo de nuestras vivencias ordinarias.

   Si Simón no se hubiera mostrado pequeño ante el Señor, Jesús no hubiera podido tenerlo como seguidor, pero, por causa de su humildad, lo hizo pescador de hombres. Si nos mostramos pequeños y débiles en presencia del Señor, el Mesías hará obras grandes en nuestra vida.

   3-7. La decisión radical (LC. 5, 11).

   Se puede decir que aquellos humildes pescadores no perdieron una fortuna al unirse a Jesús, porque desempeñaban un trabajo muy humilde, el cual era, no solo el medio de vida de ellos, pues también dependían del mismo, sus familiares. Tales amigos del Señor, quedaron tan impactados por el milagro que hizo Jesús, que dejaron a sus familiares, abandonaron su trabajo, y se olvidaron de sus posesiones, para ponerse a disposición de Jesús, quien los enseñó a servir desinteresadamente, al común de los creyentes.

   Nadie puede creer en Jesús por la fuerza discursiva de los predicadores, si el Señor no se le ha manifestado. Si Jesús ha actuado en tu vida, y estás seguro/a de que existe, sírvele en tus prójimos los hombres, y, si ya haces este trabajo, pregúntate si puedes dedicarle más tiempo a tal actividad, y si puedes aumentar la calidad con que realizas la misma, y tu calidez humana, porque esa es la manera que el Señor tiene de engrandecerte, porque, cuanto más te le entregas, más se te entrega, y así todos llegaremos a ser una gran familia.

   A medida que reconozcamos que no podemos salvarnos ni encontrar la plenitud de la felicidad por nuestros propios medios, más nos concienciaremos de que ello depende de Dios, lo cual tendrá el efecto de que nos vincularemos más, a Nuestro Padre común. A medida que nos concienciemos de que en Dios residen el amor y la ayuda que necesitamos, -amor y ayuda que nadie nos puede dar-, nos amoldaremos al cumplimiento de su voluntad, pero no lo haremos por egoísmo, sino porque descubriremos que, en ello, reside nuestra dicha.

   Si seguimos a Jesús, dejaremos de pensar en los recuerdos dolorosos del pasado, y miraremos al futuro esperanzador que nos aguarda, el cual formará parte de nuestra vida, según nos dejemos purificar y santificar, por el Espíritu Santo.

   3-8. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.

   3-9. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.

   4. Apliquemos la Palabra de dios expuesta en LC. 5, 1-11 a nuestra vida.

   Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.

   3-1.

   1. ¿Por qué seguía la gente a Jesús?
   2. ¿Por qué seguimos al Señor?
   3. ¿Por qué es difícil para nosotros creer en Dios y seguir a Jesús?
   4. ¿Qué queremos que nos conceda el Señor?
   5. ¿Valoramos la Palabra de Dios, y la aplicamos a nuestra vida?

   3-2.

   6. ¿Por qué la consecución de bienes materiales ocupa la mayor parte del tiempo de quienes pueden trabajar?
   7. ¿Qué seis cosas podemos hacer para vivir como cristianos practicantes?
   8. ¿Por qué se debilita –o extingue- la fe de nuestros corazones, si no estudiamos la Palabra de Dios, no ponemos en práctica lo que aprendemos, y evitamos orar?

   3-3.

   9. ¿Le dedicarás un tiempo extra al servicio de Dios en sus hijos los hombres, tal como se lo puedes dedicar a tu trabajo?
   10. ¿Nos obliga Jesús a que lo sirvamos? ¿Por qué?
   11. ¿Por qué valoramos el éxito mejor cuando hemos aprendido a superar fracasos que cuando todo nos sale bien siempre y nadie interrumpe nuestro trabajo ni nos equivocamos al llevarlo a cabo?

   3-4.

   12. ¿Podemos estar plenamente seguros de que nuestro ejemplo de fe les es útil a quienes carecen de nuestra fe? ¿Por qué?
   13. ¿Qué diferencia hay entre servir a Dios para ganar la aprobación de los hombres, hacerlo para ganar la salvación, y actuar en beneficio de nuestros prójimos, por amor a Dios y a sus hijos?
   14. ¿Tendrá la falta de fe y formación relación con la vergüenza y el miedo que muchos cristianos sienten de profesar su fe públicamente?
   15. ¿Te atreves a imitar la conducta de Simón cuando el Señor te dice que hagas algo, y en tu interior brota la certeza de que lo que Jesús te pide no producirá ningún fruto?

   3-5.

   16. ¿Por qué quiere Dios que nos sirvamos como hermanos, y que no usemos nuestros dones y ministerios para sentirnos superiores a nuestros hermanos en la fe?

   3-6.

   17. ¿Por qué no es conveniente que nos sobrevaloremos ni que nos infravaloremos?
   18. ¿Por qué quiere el Señor que seamos humildes y que renunciemos a la prepotencia?
   19. ¿A partir de qué experiencias quiere partir Jesús para purificarnos y santificarnos?

   3-7.

   20. ¿Qué experiencia te impactó para que tomaras la decisión de creer en el Señor y seguirlo?
   21. ¿Por qué nadie puede creer en Jesús a partir de la fuerza de los discursos de los predicadores, si Dios no se le revela?

   5. Lectura relacionada.

   Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, se les apareció a varios de sus discípulos, a quienes empezó a instruirlos como si no le conocieran, con la diferencia de que, aquella instrucción, fue la definitiva, porque no volvieron a fallarle más al Señor, a partir del día en que recibieron la fuerza del Espíritu Santo. Leemos y meditamos JN. 21, 1-14.

   6. Contemplación.

   Contemplemos a Jesús rodeado por quienes estaban sedientos de escuchar su Palabra, mientras pasamos el tiempo más atentos a cualquier voz que a la voz de Nuestro Redentor, y así ignoramos a quien se dio a Sí mismo por nosotros, porque no tenía nada mejor que sacrificar, para demostrarnos que nos ama.

   Contemplemos a los nuevos amigos de Jesús lavando sus redes, cansados de trabajar sin obtener el dinero que necesitaban. Contemplemos con ellos a los pobres de nuestro tiempo, trabajando para ganar sueldos miserables, y sin expectativas de poder ayudar a sus familiares a superarse, satisfactoriamente.

   Contemplemos a Simón depositando su confianza en el Señor, haciendo un esfuerzo extra, para permitir que Jesús predicara el Evangelio, desde su barca.

   Contemplemos las redes de Simón llenas de peces, tal como deberían estar nuestras iglesias de creyentes.

   Contemplemos a los amigos del Señor sintiéndose pequeños ante la grandeza del Mesías, mientras que nosotros, por no saber ser humildes, en lugar de desear ser pescadores de hombres, solo queremos tener una excelente posición social, con tal de destacar sobre aquellos a quienes queremos amar como hermanos, porque son hijos de Nuestro Padre común.

   7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 5, 1-11.

   Comprometámonos a hacer un acto de humildad, para empezar a aprender a valorar la humildad de Nuestro Salvador, que no debe sucumbir en nuestro interior, ante la grandeza que añoramos los hombres sedientos de poder, riquezas y prestigio.

   Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.

   8. Oración personal.

   Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.

   Ejemplo de oración personal:

   Señor Jesús:

   Ayúdame a encontrarte en la pequeñez de los que sufren, y a seguirte con la convicción de los más fuertes.

   9. Oración final.

   Leamos y meditemos el Salmo 8, pensando que dios quiere hacer de nosotros, una nueva creación, una humanidad que no sucumba al mal, ni a las miserias, que azota a los hombres.

   José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en

joseportilloperez@gmail.com

Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).

   Meditación.

   Dios quiere que seamos justos.

   1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.

   Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.

   Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.

   Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.

   El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.

   Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.

   Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.

   Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).

   A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.

   -Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).

   -En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.

   -En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.

   A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.

   Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.

   Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.

   -DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.

   -De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.

   -De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.

   -Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.

   -Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).

   2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?

   Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.

   En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).

   De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.

   El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.

   Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).

joseportilloperez@gmail.com

¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo? (Meditación para el Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   ¿Estimamos más la sabiduría de Dios que la sabiduría del mundo?

   Oremos pidiéndole a Nuestro Padre común que nos ayude a solventar nuestras carencias, para que así tengamos más motivos para creer en Él.

   Jesucristo es la Palabra de Dios que penetra nuestros corazones y por ello nos conoce. Pidámosle a Nuestro Señor que, al acogerlo como Palabra viva en nuestro corazón, que el Espíritu Santo nos haga santos.

   ¿Hasta qué punto deseamos vivir en la presencia de Dios? (MT. 16, 26).

José Portillo Pérez

joseportilloperez@gmail.com

Jesús bendice a la gente sencilla. (Meditación para el Domingo XXVII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   4. Jesús bendice a la gente sencilla.

   Meditación de MC. 10, 13-16.

   Si Jesús hubiera predicado el Evangelio con vistas a ganar poder, riquezas y prestigio, en vez de relacionarse con los pobres, los enfermos, los ancianos y los desamparados, se habría relacionado con la gente rica y déspota, habría justificado las maldades de muchas de esas personas, y hubiera podido jactarse de lograr su ansiado propósito. A pesar de ello, como el Señor no tenía la necesidad de mejorar su posición social, fue duramente criticado por andar con la gente marginada de su país. Recordemos que la predicación de Jesús iba dirigida a todos los estratos sociales palestinenses, pero, solo los desposeídos de bienes terrenos, de salud, y de dignidad, fueron los primeros en unirse a la comunidad que, a partir del día en que los Apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, empezó a llamarse Iglesia.

   Los niños necesitan amor, amistad y confianza para sentirse seguros. Recuerdo que en mi primer día de catequista mis niños no sabían cómo acercarse a mí. Sus madres, sabiendo de mi deficiencia visual, los advirtieron para que no me hicieran travesuras con tanta fuerza, que estaban asustados, y sentados en los bancos de la iglesia, mirándome fijamente. Yo pensaba trabajar con ellos por medio de la aplicación de disciplina, aunque no pensaba ser severo, pero sí pedir que estudiaran e hicieran las actividades de su Catecismo. . Como vi a los niños asustados mientras me miraban, jugué con ellos, cantamos villancicos, les dejé tocar mi teclado eléctrico, y así fue cómo dejaron de llamarme maestro, y fui Pepe para ellos.

   Cuando pensamos en Jesús, como le desconocemos, no pensamos en el bien que nos quiere hacer porque no podemos concebirlo, y nuestro pensamiento se centra en las dudas que tenemos con respecto a Dios, y, como no nos esforzamos en aclarar tales dudas, se nos muere la fe.

   No intentemos requerir de Dios una completa comprensión intelectual, porque ello es imposible para nosotros. Amemos a Dios con la confianza que los niños pequeños aman a sus padres. Para creer en Dios sinceramente, dado que nuestra comprensión de El es finita, no podemos ni necesitamos conocer plenamente todos los misterios divinos ni del universo, sino amar a Nuestro Padre común, como los pequeñuelos aman a sus padres, a quienes a veces no comprenden, y de quienes esperan amor, comprensión, y dádivas.

   Concluyamos esta meditación, manifestándole a Nuestro Santo Padre el deseo de que no  queremos ser niños inmaduros en la fe,  pues deseamos confiar en El, y amarle, con la pureza que lo hacen los niños pequeños, quienes no pueden verlo, pero sienten su presencia, si sus padres les dicen, que Dios está con ellos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Mi Dios, mi fe, mi vida. (Meditación para el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Mi Dios, mi fe, mi vida.

   Los cristianos practicantes hemos optado en nuestra vida por seguir a Cristo. Al hablar de cristianos practicantes, no pretendo mencionar a quienes creen que cumplen con Dios sólo porque asisten a la Eucaristía dominical y después de salir del Templo no se toman la molestia de llevarles el Verbo de Dios a sus prójimos, pues me refiero a quienes vivimos para alabar a Dios, según decimos al celebrar la Liturgia de la Eucaristía, "por Cristo, con Él y en Él". Esta opción de vida que nos ha inspirado el Espíritu Santo hace que quienes no comprenden la forma según la cual nos entregamos a servir a Nuestro Padre y Dios se hagan muchas preguntas. Uno de esos interrogantes que inquieta a los no creyentes es el siguiente: Ya que la Iglesia no permite que los feligreses de la misma se expresen libremente con respecto a la contradicción de sus dogmas, ¿debemos considerar que Dios utiliza la fe para coartar nuestra libertad? Nuestro seguimiento con respecto a Jesucristo se fundamenta en que uno de nuestros principales objetivos consiste en convertirnos a través de la acción del Espíritu Santo en predicadores de la Palabra de Dios, así pues, con respecto a las creencias anticristianas, nos aplicamos las siguientes palabras que Dios le dirigió al predicador Jeremías en un momento en que el Profeta sufrió una gran crisis de fe: (JER. 15, 19). A pesar del significado literal de las palabras proféticas que hemos extraído de la Sagrada Biblia, cada día somos más los cristianos que optamos por respetar la libertad de quienes rechazan nuestras creencias, exceptuando las prácticas injustas que se llevan a cabo diariamente en nuestra sociedad.

   Deseamos ser transmisores de la Palabra de Dios porque queremos ser imitadores de Jesús de Nazaret, el enviado de Dios de quien San Juan escribió: (JN. 1, 1-2).

   Con respecto a la pregunta que estamos meditando, Dios nos propone que nos convirtamos a Él, pero no nos obliga a creer en su Palabra. Cuando Nuestro Padre celestial creó el Universo, creó al hombre libre, así pues, si Adán y Eva hubiesen estado sometidos a Nuestro Creador, hubieran carecido de libertad para alimentar la soberbia que les convirtió en los primeros que contradijeron al Todopoderoso, según palabras de Isaías: (IS. 55, 8).

   Si nos basamos en la creencia de que Dios no manipula la libertad que Él mismo nos concedió al crear el género humano, podemos comprender, en cierta forma, parte del significado teológico que le atribuimos a la adversidad que atañe a nuestra vida. Algunas cosas nos suceden para que aprendamos a ser fuertes, son sucesos que no podemos evitar, pero ¿pensamos que debemos reconocernos culpables de los sentimientos que nos causan hechos como las opiniones de nuestros familiares, amigos y jefes con respecto a nuestra forma de actuar?

    Es curioso constatar cómo teniendo un gran deseo de alcanzar la plenitud de la felicidad, muchos de nosotros corremos el riesgo de acabar consiguiendo justamente lo que más se contrapone a nuestras aspiraciones. Cuando el Profeta Jeremías era oprimido por sus enemigos, se dirigía a Dios en estos términos: (JER. 15, 15-16).

   Jeremías también exclamó en cierta ocasión: (JER. 20, 7. 9).

    A veces creo que Dios debe reírse mucho cuando queremos que manipule nuestra mala salud, que nos busque un buen trabajo y que de paso nos ponga algo de amor en nuestro camino, y no queremos serle dóciles ejercitando los dones y virtudes que Nuestro Padre nos ha concedido actuando consecuentemente para mejorar nuestra salud, alcanzarnos el éxito profesional y para que podamos aprender que la clave del amor radica en que es tan importante dar como recibir.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B.

   Meditación.

   El autor del libro de la Sabiduría nos habla minuciosamente en la primera lectura de la forma según la cual la increencia de la gente ha dado pie a que muchos cristianos de todos los tiempos hayan sido asesinados por la incomprensión y muchas injusticias como lo es el afán de poder. Sin llegar al extremo de entregar la vida a través del sometimiento voluntario por nuestra parte a la pena capital, somos muchos los discípulos de Jesús que día a día sufrimos el agravio de quienes en muchas ocasiones involuntariamente hieren nuestra sensibilidad. Para poder vivir concordemente con quienes no aceptan nuestras creencias, debemos asimilar que vivimos en una sociedad con cierta tendencia a hacerse pluralista, es decir, con un gran afán de dar cabida en su seno a una gran diversidad de personas con diferentes creencias que se caracterizan porque comparten comúnmente una serie de derechos y deberes por cuya existencia no podemos decir que somos miembros constituyentes de pequeñas o grandes sociedades o comunidades aisladas en el ámbito pluralista que nos caracteriza actualmente. Por otra parte, no debemos sentirnos acosados si los ateos y otros que tienen una ideología que difiere de nuestra fe universalista nos interrogan con respecto a nuestra forma de actuar y pensar, por consiguiente, imaginaos cuánta pena no sentirán con respecto a nosotros quienes creen que nuestros Sacramentos son ritos estériles y que la vida eterna sólo es para nosotros una especie de antidepresivo que nos ayuda en ciertos momentos a soportar las contrariedades que atañen a nuestra vida. Cuando yo tenía 17 años y empecé a prepararme seriamente para testimoniar mi fe, mi familia se escandalizaba de mí no con la idea de ridiculizarme para que desistiera de mi pretensión, sino porque mis seres queridos carecen de mi fe y creen que mi actividad evangélica carece de sentido.

   La Santa Sede y los Episcopados están contribuyendo involuntariamente al aumento del rechazo de nuestra fe por parte de muchos hermanos nuestros que dicen ser católicos pero que no soportan los largos periodos de Catequesis durante los cuales deben ser instruidos para que sus hijos reciban la primera Comunión. Nuestros pastores me dan la impresión de que quieren enfrentarse a las ópticas no católicas ampliando los periodos catequéticos basándose en la doctrina tradicionalista que la Iglesia siempre ha defendido, un sistema catequético que desgraciadamente carece de fundamentos en ciertos aspectos para satisfacer las necesidades espirituales de la gente de nuestro tiempo que no lo comprende.

   No debe extrañarnos el hecho de que el mundo no comprenda nuestra forma de proceder, así pues, es difícil encontrar a alguna persona que ignore las recomendaciones que Jesús nos hace con respecto a los pobres en los Evangelios, y nosotros, nos dedicamos a orar, tomamos la parte de la Biblia que más nos satisface en determinados momentos, presumimos de ser hombres y mujeres de fe cuando procesionamos nuestras imágenes sagradas, y el trabajo que muy pocos de entre nosotros hacen con los carentes de dádivas espirituales y materiales es desconocido entre otras cosas porque no contribuimos económicamente a extender y ampliar el magnífico proyecto del establecimiento del Reino de Dios entre nosotros. Si nuestro ideal no va más allá de formar una familia, tener un buen coche y algún dinero para aliviar nuestras penas teniendo medios para vivir un rato de ocio, el ideal del Reino consiste en la creación de una sociedad universalista en la cual no existen diferencias marginales de ningún tipo.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Jesús es el justo por antonomasia. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   El camino de la cruz y de la gloria.

   1. Jesús es el Justo por antonomasia.

   Meditación de SB. 2, 12. 17-20.

   Estimados hermanos y amigos:

   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que celebramos este Domingo XXV del Tiempo Ordinario del Ciclo B, vislumbramos la razón por la que grandes personajes del Judaísmo y el Cristianismo, incluyendo a Jesús, fueron perseguidos y asesinados, porque con su conducta denunciaban la manera de proceder de quienes se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. En el citado texto del libro de la Sabiduría, leemos: (SB. 2, 12).

   Jesús les resultó incómodo a los saduceos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció cómo muchos de los tales procedían sin escrúpulos con tal de aumentar su poder, riqueza y prestigio, y también les resultó bastante molesto a los fariseos, porque, con sus palabras y su manera de actuar, denunció su afán de protagonismo, y la hipocresía con que aparentaban un nivel de santidad, que no deseaban alcanzar.

   En nuestro tiempo hablamos mucho del respeto a las diferentes ideologías existentes, porque vivimos en un mundo en que debemos aprovechar la diversidad existente para unirnos, y no para vivir cada día más distanciados unos de otros, porque el Señor espera de sus fieles que evangelicemos a la humanidad. Nada nos impide hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vincularnos a quienes no profesan nuestra fe aprovechándonos de lo que nos une a los tales, pero es preciso que nos cuidemos de dejar de cumplir la voluntad de Dios. Somos defensores de la vida, y creemos que nuestra existencia está encaminada a que alcancemos los dones y virtudes que nos son necesarios para vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, así pues, ello es lo que nos hace diferentes de quienes no aceptan al Dios Uno y Trino, y por ello no comprenden nuestra dedicación al estudio y a la oración, ni los esfuerzos que hacemos, para alabar a Dios, y alcanzar la perfección que anhelamos.

   Los siguientes versículos de la primera lectura de hoy que vamos a recordar, nos traen a la memoria la Pasión y muerte de Jesús (SB. 2, 17-20).

   A pesar de que por la fe que profesamos creemos que Jesús resucitó de entre los muertos, muchos de entre quienes lo vieron azotado y crucificado, debieron pensar: Si las palabras que pronunció Jesús en sus discursos son reales, ¿cómo permite Dios que este Profeta termine sus días siendo tratado como un hombre marginado socialmente?

   Si Jesús es Hijo de Dios, ¿por qué no lo libró Yahveh de caer en manos de sus enemigos?

   ¿Por qué permitió Dios que Jesús fuera afrentado y sometido a una dura prueba por quienes intentaron hacer llegar al Mesías al límite de su resistencia?

   ¿Sería posible creer el primer Viernes Santo, ante Jesús maltratado y moribundo, que realmente Dios se apiadaría del Mesías?

   Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, y les restableció la fe a sus Apóstoles, los tales debieron recordar cómo fueron perseguidos y asesinados grandes personajes del Antiguo Testamento, por reflejar en su vida la actitud de Nuestro Salvador. Cuando comprendieron el significado de la cruz, los Apóstoles del Señor, no solo aceptaron el sacrificio de su Maestro, sino que se mostraron dispuestos a ser torturados hasta morir, si ello era necesario, con tal de contribuir a la realización del designio divino de salvar a la humanidad.

   Los grandes ejemplos de fe viva no se extinguieron a partir del día en que fue escrita la última página del Apocalipsis, -el último libro de la Biblia-, pues, aunque los grandes ejemplos de heroísmo silencioso no destacan tanto como la tiranía de quienes carecen de escrúpulos, no podemos dejar de sorprendernos, quienes tenemos la oportunidad de conocer a quienes son capaces de transmitir fe, determinación para superar el dolor, optimismo y alegría, a pesar de los padecimientos a que sobreviven estoicamente.

   Quienes amaban a Jesús y lo vieron morir en el Gólgota, debieron preguntarse muchas veces cómo fue posible que Dios viera fallecer a su Unigénito y no lo evitara, y nosotros, cuando pensamos en quienes están enfermos, carecen de dádivas espirituales y/o materiales, y viven desamparados, nos preguntamos cómo es posible que Dios permita que los tales vivan tan difíciles situaciones.

   Se nos ha dicho que el dolor tiene un importante sentido redentor, y, quienes lo hemos padecido, hemos constatado que, si aprendemos a convivir con él cuando no podemos evitarlo, nos ayuda a crecer a nivel espiritual. Se nos ha dicho que lo que no mata fortalece, y que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. No se trata de amar el dolor por sí mismo, sino de aprender a convivir con él cuando no tengamos más remedio que sobrellevarlo, evitando en cuanto nos sea posible pasar el tiempo quejándonos, para que así podamos aprovechar todos los bienes que Dios nos concede.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El Espíritu Santo nos ha revelado que tanto los judíos como los provenientes del paganismo somos portadores de la revelación divina. (Meditación de la segunda lectura de la fiesta de la Epifanía del Señor).

   2. El Espíritu Santo nos ha revelado que tanto los judíos como los provenientes del paganismo somos portadores de la revelación divina.

   Meditación de EF. 3, 2-3A. 5-6.

   Cuando San Pablo escribió la Carta a los Efesios, se hayaba en Roma bajo arresto domiciliario. El arresto del citado Apóstol se produjo en Jerusalén, por dos causas, la primera de las cuales consistía en que muchos judíos cristianizados envidiaban su capacidad de liderazgo, y la segunda en que muchos líderes del Judaísmo se sentían presionados por su facilidad de ganar seguidores para Cristo. Los enemigos de San Pablo deseaban que el citado Santo fuera condenado por revelar al pueblo contra Roma, ya que las causas religiosas no eran susceptibles de ser juzgadas por la Ley imperial, pero San Pablo sabía que su caso estaba en las manos de Dios. ¿Somos conscientes de que Dios controla nuestras circunstancias personales y sociales, o creemos que ello escapa a su control?

   La administración de la gracia divina que le fue concedida a San Pablo, significa que tenía el deber de actuar como mayordomo de Dios, evangelizando a los gentiles. Si el plan redentor de Dios no se le reveló a toda la humanidad antes de que naciera Nuestro Salvador, ello sucedió porque Dios tiene previsto el tiempo en que ha de llevar a cabo el cumplimiento de su voluntad. Dios ha planeado que ha de llegar el día en que tanto los judíos como los gentiles formemos parte de la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo Resucitado. En IS. 49, 6, se revela que los gentiles serían salvados, pero en tiempos del Nuevo Testamento se nos reveló que todos somos iguales, independientemente de que seamos judíos o paganos.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com