Meditación.
Dios quiere que seamos justos.
1. La experiencia de los evangelizadores es fundamental para que los tales puedan predicar la Palabra de Dios eficientemente.
Hace muchos años conocí a un sacerdote que reunió a un grupo de adolescentes en torno suyo y comenzó a prepararlos convenientemente para confirmarlos. Aunque al principio al buen predicador las reuniones con dichos adolescentes le eran muy provechosas porque los tales le escuchaban con agrado, a partir del segundo mes de reuniones, los jóvenes empezaron a tener dificultad para concentrarse en la escucha de las charlas de su sacerdote, porque el mismo no lograba penetrar en sus corazones el Evangelio. Por su parte, el buen predicador, en lugar de rendirse, empezó a evangelizar a los adolescentes utilizando canciones religiosas que, aunque eran más lentas que la música que ellos escuchaban, el párroco pensó que podían resultarles atractivas a sus jóvenes oyentes, lo cual no fue cierto.
Cuando el sacerdote volvió a fracasar en su segundo intento de evangelizar a los jóvenes, se dijo: "Les he hablado a estos niños de Dios y de la Iglesia utilizando historias y símiles fáciles de aprender para que puedan retener mejor la Palabra de Dios, y les he buscado una música más o menos acorde con su edad y sus gustos, y no se dejan evangelizar porque no les da la gana creer en Dios". El buen sacerdote vio impotente cómo se disolvió su grupo de adolescentes porque los mismos se dividieron en dos bandos y se pelearon unos con otros.
Muchos predicadores fracasan en sus intentos de evangelizar a sus oyentes o lectores porque se dirigen a los mismos como si ellos hubieran sido creyentes ejemplares durante toda su vida y como si los tales hubiesen de obedecerlos porque son los dueños absolutos de la verdad. Es importante que pensemos que el hecho de amenazar a nuestros oyentes con la idea de que van a ser excomulgados gracias a Dios que no funciona, porque ellos conocen perfectamente su libertad para decidir sobre lo que quieren hacer con su vida, y porque para nosotros mismos es más agradable buscar la forma de acercarnos a ellos, no para hacerlos sufrir y dominarlos por la fuerza, sino para establecer relaciones de amistad y/o de hermandad.
El abogado estadounidense Darrow Clarence afirmó: "La primera parte de nuestra vida es arruinada por nuestros padres, y la segunda por nuestros hijos". Igualmente, al predicar el Evangelio, podemos arruinarnos la vida pensando que somos grandes pecadores o ejemplos de fe insuperables, y les podemos amargar la vida a nuestros oyentes o lectores, haciéndoles creer que son pecadores irremediables.
Jesús, en el Evangelio de hoy (LC. 4, 21-30), explica en la Sinagoga de Nazaret cómo Dios en el pasado se compadeció de dos paganos en lugar de favorecer a dos miembros del pueblo de los hebreos, lo cual enfureció en gran manera a los judíos que pensaban que, dado que sus antepasados fueron los primeros habitantes del mundo que conocieron a Yahveh, ellos eran los únicos merecedores de ser favorecidos por nuestro Padre común.
Otro gran ejemplo de soberbia lo vemos en la parábola del hijo pródigo (LC. 15, 11-32). El hijo mayor del protagonista del citado relato obedecía a su padre, pero no se sometía a este por amor, sino ambicionando la posibilidad de adueñarse de todas las posesiones del mismo.
Por su parte, San Pablo, en la segunda lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando (1 COR. 12, 31- 13, 12), nos recuerda que vivamos inspirados en el ejemplo que nos dio nuestro Señor Jesucristo, para lo cuál nos dice con respecto al amor algo que deberíamos recordar siempre (1 COR. 13, 4-8a).
A quienes son exigentes con quienes les predican la Palabra de Dios, y a quienes pretenden que quienes les rodean se adapten a ellos en todos los aspectos de la vida, se les presentan en las lecturas de hoy tres ejemplos de humildad dignos de ser imitados, porque los tales se adaptan al cumplimiento de la voluntad de nuestro Padre común.
-Jeremías, en la primera lectura, a pesar de que se siente incapaz de cumplir la difícil misión que Dios le encomienda de ser un signo de contradicción para sus hermanos de raza, da el paso decisivo para cumplir la voluntad de nuestro Creador a pesar de sus muchas dudas y del miedo que lo caracteriza, pues, si el Todopoderoso le ha encomendado que lleve a cabo una determinada misión, también le procurará la forma de cumplir la misma (JER. 1, 4-5. 17-19).
-En la segunda lectura, San Pablo, un gran Santo que sobrevivió a calamidades aterradoras con tal de no renunciar a la fe cristiana que profesaba, con su himno de la grandeza del amor, nos demuestra la clase de cristianos que podemos ser, pues el citado Apóstol de nuestro Señor, nos dice, las palabras contenidas en FLP. 4, 13.
-En el Evangelio, volvemos a recordar un conocido relato de lo que le sucedió a nuestro Señor cuando regresó a Nazaret después de empezar su Ministerio público, en el que constatamos, -una vez más-, cómo el Mesías hizo acopio de su fe y humildad, en el día en que sus convecinos lo llevaron a la cima de un monte con el fin de asesinarlo.
A pesar del sufrimiento que caracterizó la vida del Hijo de María, nuestro Señor dijo en cierta ocasión, las palabras que encontramos en MT. 11, 28-30.
Si bien los predicadores tenemos que ser respetuosos con quienes no comparten nuestras creencias, queremos defender nuestros valores, así pues, -a modo de ejemplo-, no debemos apoyar la práctica del aborto con tal de ganarnos la confianza de nuestros oyentes, pues el derecho que los no nacidos tienen a vivir no les debe ser negado en ningún momento, ni siquiera de palabra.
Jesús nos dice cómo quiere que seamos sus seguidores, en MT. 10, 16.
-DE la misma manera que las serpientes se arrastran por el suelo, Jesús quiere que los que creemos en Él tengamos los pies firmemente apoyados sobre la tierra, lo cual se traduce en que evitemos el hecho de vivir únicamente mirando al cielo, para que así no nos olvidemos de nuestros deberes terrenales.
-De la misma manera que las serpientes no se caen porque están apoyadas en la tierra, los cristianos podemos mantenernos firmemente unidos a la Iglesia y no queremos dejar de ejercitar la fe que nos caracteriza, para evitar el hecho de sucumbir bajo los efectos del pecado.
-De la misma forma que las serpientes carecen de brazos, evitemos el hecho de utilizar los nuestros para apegarnos a las vanidades, la sensualidad y los respetos humanos cuya finalidad consiste en alejarnos de Dios, de la Iglesia y de nuestros hermanos los hombres.
-Así como las palomas pueden volar, nuestro corazón desea aspirar al hecho de alcanzar el cumplimiento de las promesas divinas que aguardamos.
-Ya que antiguamente las palomas eran utilizadas para enviar mensajes de un lugar a otro, dichas aves son símbolos de los cristianos que tenemos la vocación de predicar la Palabra de Dios con nuestro ejemplo de fieles discípulos de Jesús y con las palabras que nos inspire el Espíritu Santo (OS. 6, 3).
2. ¿Qué era la justicia según los autores de la Biblia, y cómo quiere Dios que ejercitemos la misma?
Para los hebreos la justicia no consistía únicamente en adjudicarle a cada miembro de la sociedad lo que le pertenecía exclusivamente, pues la misma también era sinónimo de fe. Bajo esta óptica, no ha de extrañarnos el hecho de que los grandes personajes mencionados en las Sagradas Escrituras por su buen ejemplo sean considerados justos por causa de la fe que le profesaron a nuestro Padre común.
En nuestro tiempo, aunque no estamos en contra de la veracidad de la definición bíblica de la justicia que la equipara a la fe en Dios, amparándonos en muchos textos bíblicos, consideramos que, quienes tenemos fe en Dios, no podemos dejar de hacer el bien, no para salvarnos, sino para que la citada virtud no sea reducida en nuestros corazones a un mero acto teatral (JER. 9, 22-24).
De la misma manera que Dios visitó a todos los hebreos que circuncidaron su carne y no su corazón, también juzgará a quienes se bautizaron y sólo fueron cristianos de palabra, y no hicieron obras dignas de los hijos de nuestro Padre común.
El Creador les dice a los creyentes que aman excesivamente las riquezas y se olvidan de demostrar cómo aman a Dios ayudando a los más pobres y débiles del mundo a vencer sus dificultades, las palabras que encontramos en AM. 5, 22-24.
Concluyamos esta meditación reflexionando en oración el siguiente versículo del profeta Miqueas: (MI. 6, 8).
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
Introduce el texto que quieres buscar.
Mostrando entradas con la etiqueta Hebreos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hebreos. Mostrar todas las entradas
Dios quiere que seamos justos. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
Amarás a Dios sobre todas las cosas. (Meditación de la primera lectura del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
El amor a dios y al prójimo.
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Meditación de DT. 6, 2-6.
Estimados hermanos y amigos:
¿Cómo pudieron inspirar los israelitas su vida en la fe que los caracterizaba? Ello fue posible porque la educación religiosa que los hermanos de raza de Jesús recibían, en vez de estar orientada a hacerles receptores de mucha información, era un camino que les enseñaba a vivir sintiéndose dichosos, si cumplían sus 365 mandamientos positivos, y tenían en cuenta las 248 prohibiciones de su Ley. Mientras que la formación religiosa caracterizaba toda la vida de los hermanos de raza de Jesús, muchos cristianos la reducen a determinados periodos formativos, y, como no se disponen a crecer espiritualmente todos los años de su vida, les es imposible aceptar la fe que profesan como una manera de vivir.
Los predicadores israelitas utilizaban elementos que conformaban la vida diaria de sus hermanos de raza, para darles a conocer a Yahveh y sus enseñanzas. A modo de ejemplos, Jesús comparó la fe de sus oyentes con el crecimiento o extinción de las semillas que el Sembrador divino arrojó, de las cuales, unas cayeron junto al camino, otras en un pedregal, otras entre abrojos, y otras en tierra buena (MT. 13, 1-8. 18-23), y utilizó el proceso de la fermentación, para explicar que, a pesar de que los cristianos estamos esparcidos en todo el mundo, tenemos la misión de evangelizar a la humanidad (MT. 13, 33).
Los israelitas rezaban el Shema tres veces al día. Ello les servía para recordar que no debían amar a nadie ni a ninguna de sus posesiones más que a Dios, porque Yahveh es un Dios celoso (ÉX. 34, 14). Los celos que hacen que mucha gente dude del amor de sus familiares y amigos, y dañan profundamente las relaciones matrimoniales, son utilizados en la Biblia, para recordarnos que nadie ni nada debe hacer las veces de dios en nuestra vida, porque nadie nos ama como Nuestro Santo Padre, y, ni los bienes materiales, ni los vicios, pueden hacernos plenamente felices. Los celos que son señales de extinción de relaciones humanas, en la Biblia son indicaciones de que no debemos obviar a Yahveh.
¿Cómo lograron los israelitas durante muchos siglos mantener sus tradiciones religiosas sin que se extinguiera su fe? Yahveh formaba parte de la vida de sus creyentes israelitas. Esta es la causa por la que, a pesar de sus debilidades y pecados, los israelitas se mantuvieron unidos a Yahveh. Los padres que quieren que sus hijos tengan fe en Dios, deben enseñarles a iluminar todos los aspectos de su vida, valiéndose de la Palabra de Dios, y del cumplimiento de la voluntad divina. Desgraciadamente, muchos cristianos se encuentran con Dios en las iglesias y/o congregaciones a que pertenecen, pero, cuando concluyen sus reuniones formativas y sus celebraciones de culto, no actúan como seguidores de Jesús en el mundo. Mientras actuemos como quienes tienen una doble moral, difícilmente podremos cristianizar a un mundo que, hasta que no se convenza de que vivimos según la fe que decimos que profesamos, probablemente, no querrá conocer al Dios Uno y Trino, porque lo concebirá como producto de nuestra imaginación.
Quienes quieran que sus hijos sean verdaderos cristianos, deben amar a Dios, pensar constantemente en el cumplimiento de su voluntad, y enseñarles los mandamientos divinos a sus descendientes, mientras los cumplen puntualmente. Existen razones de peso por las que no se puede delegar totalmente la instrucción religiosa de los niños a quienes se encargan de la misma en las iglesias. De la misma forma que muchos padres ayudan a sus hijos a realizar sus tareas escolares, deben ayudarles también a conocer al Señor, para que puedan crecer espiritualmente. Ni los niños ni los adultos podemos adaptar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, si solo estudiamos la Biblia una hora a la semana. No olvidemos que los niños deben aprender a cumplir la voluntad divina, en hogares en que se ama a Dios, y se respeta el cumplimiento de su voluntad, que consiste en ayudarnos a encontrar, la plenitud de la felicidad.
El cumplimiento de la voluntad de Dios, tiene para nosotros la ventaja, de que nos ayuda a encontrar la plenitud de la felicidad, desde la óptica de la fe que profesamos. Solo si cumplimos la voluntad de Dios, -o, si intentamos vivir haciendo el bien adaptándonos a nuestras creencias, si carecemos de fe cristiana-, podremos vivir en la presencia de Nuestro Santo Padre, cuando Jesucristo concluya la plena instauración de su Reino, en nuestra tierra.
Una de las primeras enseñanzas que recibieron los hebreos con respecto a su religión, consistió en aceptar el deber de creer en una sola Deidad. Ellos debían ser monoteístas antes de entrar en la tierra prometida a los liberados de la esclavitud en Egipto, porque iban a estar rodeados de pueblos politeístas, que, en muchas ocasiones, hicieron que muchos hermanos de raza del Mesías, obviaran su fe, y creyeran en sus falsos dioses. Al igual que los antiguos hebreos, nosotros también vivimos la tentación de creer en muchos dioses, que son el producto de nuestros deseos, y el resultado de las circunstancias que podemos vivir. Quizás no creemos que las imágenes religiosas deben ser nuestras diosas y pensamos que los amuletos no pueden ser divinizados porque hemos comprobado su ineficacia para favorecernos, pero podemos cometer el error de divinizar a personas, cosas y vicios, que pueden convertirse, en el centro de nuestra vida.
(DT. 6, 2). ¿Debemos relacionar el temor de Dios con el miedo? El temor de Dios no es sinónimo de miedo, sino, de respeto.
Para los israelitas, el hecho de guardar los mandamientos divinos, y de asegurarse de que sus hijos y nietos los cumplirían, era garante de una vida duradera y feliz. En nuestro tiempo, a muchos cristianos que tienen una gran formación religiosa, y cumplen puntualmente las disposiciones características de sus denominaciones, el hecho de mantener su fe, y de que sus hijos y nietos hagan lo propio, les es indiferente, porque no han logrado iluminar su vida, a partir de la aplicación del conocimiento de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad divina, a sus circunstancias vitales.
(DT. 6, 3. ROM. 10, 17). Escuchar la Palabra de Dios es un hecho muy importante para nosotros, porque muchos cristianos, nos hemos convertido al Señor, después de habernos dejado instruir, por los predicadores que, además de habernos ayudado a conocer parte de nuestros sentimientos más ocultos, nos han demostrado que Nuestro Santo Padre actúa en nuestra vida.
No todos los cristianos podemos decir que vivimos en una tierra que mana leche y miel, pues, nuestra vida, está caracterizada, por muchas dificultades, las cuales nos sirven para crecer espiritualmente, tanto si las superamos, como si aprendemos a sobrevivir con ellas, no permitiendo que, la visión de las mismas, nos haga sentir, que somos infelices.
(DT. 6, 4-5). Quizás muchos cristianos imitamos a los escribas que vivieron en el tiempo de Jesús, los cuales amaban a Dios con la mente. Ellos buscaban a Dios en el Antiguo Testamento como quien busca un tesoro, y cumplían las prescripciones legales creyendo que Yahveh los bendeciría abundantemente por ello, pero no amaron al Todopoderoso, según la cita del Deuteronomio, que estamos considerando.
Los antiguos israelitas, pensaban que el corazón era la sede de los pensamientos, y de los sentimientos. Ello nos sugiere que podemos pensar constantemente que Dios nos ama, y sentir esta realidad tan importante, así pues, recordemos el siguiente extracto de la Carta Apostólica Porta Fidei, con que, el Papa Benedicto XVI, nos ha convocado, a vivir el Año de la Fe:
"No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón» (Sermo 215, 1) (P. F. 9).
Entre los hebreos, existía el pensamiento, de que el alma, les daba a los hombres, la respiración, y la existencia.
¿Creemos que el amor de Dios es el fundamento de nuestra vida, y que para sentirlo, nos es necesario, amar a nuestros prójimos los hombres, como queremos ser amados por ellos?
(MT. 7, 12). Amar a Dios con toda nuestra fuerza, significa valernos de todos los aspectos de nuestra vida, -tales como la fuerza física, la belleza, el talento, la riqueza...- que nos confieren algún poder.
Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con toda la fuerza, es amar a Nuestro Padre común, con todo nuestro Ser.
(DT. 6, 6-9). Obviamente, no podemos vivir meditando constantemente la Palabra de Dios, porque tenemos que realizarnos como hijos de este mundo en que nos ha tocado vivir, pero sí podemos adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad divina.
Concluyamos esta meditación orando (SAL. 19, 8-12).
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Etiquetas:
abnegación,
amor,
aprender,
celos,
cristianos,
enseñar,
estudio,
fe,
fermentación,
formación,
Hebreos,
Israel,
judíos,
Ley,
Mandamientos,
memorizar,
Religión,
sembrar,
Shema,
tradiciones
Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Los siervos de Dios son tomados del mundo para servir a la humanidad.
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de HEB. 5, 1-6.
Dado que los cristianos a quienes les fue dirigida la Carta a los Hebreos añoraban el culto del Templo jerosolimitano porque fueron excluidos del mismo, el Hagiógrafo Sagrado iluminó la liturgia hebrea, aplicándola a la liturgia cristiana. Esta es la causa por la que podemos leer en la citada Epístola que el Sumo Sacerdocio de Nuestro Salvador, es muy superior al sumo sacerdocio hebreo.
Dado que todos los cristianos somos sacerdotes de Cristo, podemos aplicarnos la enseñanza que nos aporta, el texto que estamos considerando.
Los sacerdotes, escogidos entre los hombres para actuar como mediadores entre nuestro Santo Padre y nosotros, nos representan ante el Todopoderoso. Los sacerdotes son los ministros de todas las celebraciones sacramentales con la excepción de los matrimonios, y deben orar por todas las almas cuyo crecimiento espiritual les ha sido encomendado.
Ya que los sacerdotes están expuestos a las tentaciones tal como no sucede a los laicos, deben comprender a los ignorantes de la Palabra de Dios y a quienes tienen grandes dificultades para adaptarse al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien, aunque por ser Dios, es muy superior a los hombres, se hizo uno de nosotros, superó la triple tentación del poder, las riquezas y el prestigio, y engrandeció a los más débiles, viviendo sus sufrimientos.
Los sacerdotes, humildemente, no solo le piden a Dios perdón por los pecados de sus feligreses, pues también oran por sí mismos, porque, al igual que nosotros, viven su propio camino de crecimiento espiritual.
Nadie puede arrogarse el honor de servir a Dios como sacerdote ni como laico. Nuestro Santo Padre es quien llama a quienes, a pesar de sus defectos, y de sus caídas, podrán cumplir las misiones que les encomienda.
Cristo no se confirió la dignidad de Sumo Sacerdote, pues, siendo igual al Padre, no quiso aprovecharse de su poder para engrandecerse, porque consideró que, el Padre, por causa de su amor a Él, lo engrandecería. La grandeza de Jesús no consiste en utilizar su poder para destacar, sino en amar, respetar y obedecer a Nuestro Santo Padre.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Nuestro Sumo Sacerdote es Jesucristo.
Meditación de HB. 4, 14-16.
El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.
Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.
Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.
Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.
Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.
Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.
Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.
Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.
-Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.
-Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.
-No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.
-No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de HB. 4, 14-16.
El sacerdocio de Cristo es superior al sacerdocio de los sumos sacerdotes judíos, quienes ofrecían sacrificios, tanto por sí mismos, como por el pueblo de Yahveh, porque Nuestro Señor, al no haber sucumbido al pecado, no tuvo que hacer sacrificios por Sí mismo.
Mientras que los sumos sacerdotes ofrecían sacrificios una vez al año para suplicar el perdón de sus pecados y el del pueblo de Israel, Jesús se sacrificó una sola vez, y ello le valió para redimir a quienes lo acepten como Enviado de Dios al mundo.
Jesús, por ser sacerdote, es Mediador ante Dios y nosotros. Como representante de los hombres, Jesús intercede ante el Padre por nosotros en el cielo, y, como representante del Padre, el Señor nos administra el perdón, pues nos lo consiguió por medio de su Pasión, muerte y Resurrección.
Jesús conoce perfectamente a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, y, al mismo tiempo, por cuanto es Hombre, y conoce nuestros gozos y sufrimientos, intercede ante el Padre por nosotros, no una sola vez al año como lo hacían los sumos sacerdotes judíos por sí mismos y por sus hermanos de raza, sino, constantemente. No olvidemos que Jesús escucha nuestras oraciones, aunque, por causa de la visión que tenemos de nuestras tribulaciones, creamos que nos ha desamparado.
Jesús, al haber experimentado muchas tentaciones tal como nos sucede a nosotros, conoce la facilidad con que cedemos a unas, y el esfuerzo que nos supone vencer otras. Cristo puede compadecerse de nosotros porque fue tentado en todos los aspectos de la vida en que los hombres solemos fallarle a Nuestro Santo Padre.
Si Cristo no sucumbió a las tentaciones a que fue expuesto por el Demonio, ello nos ayuda a concienciarnos de que nuestra fragilidad humana no nos separará del Dios Uno y Trino, porque San Juan escribió en su primera Carta, las siguientes palabras, expuestas en 1 JN. 5, 18.
Nosotros hemos podido pecar antes de desear amoldar nuestra vida al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero Cristo nos ayuda a superar nuestra fragilidad humana, para que seamos dignos de vivir, en la presencia de Nuestro Padre común.
Si Cristo no se dejó seducir por el pecado, nosotros alcanzaremos la pureza por su gracia, por más que nos cueste vencer nuestra humana fragilidad, que suele ser tendente a cometer los mismos errores, en más de una ocasión.
-Acudamos a Jesús en oración con reverencia, porque el Señor es Nuestro Dios.
-Acudamos a Jesús en oración con confianza, porque Él es Nuestro Hermano, Amigo y Maestro Consejero.
-No acudamos a Jesús en oración con prisa. Disfrutemos nuestros encuentros con el Señor, pues Él es Nuestro mejor Amigo.
-No acudamos a Jesús en oración temerosos de pedirle a Dios que nos conceda lo que necesitamos, pues ello nos deja clara evidencia, de que no confiamos en Él plenamente. Pidámosle a Jesús lo que necesitemos, y esperemos que nos conceda todo lo que contribuya a nuestra purificación, nuestra santificación, y nuestra salvación eterna.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Prestémosle atención a la Palabra de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La importancia de la fe. (Meditación para el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
La importancia de la fe.
Según el diccionario de la R. A. E., la Filosofía es el "conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano".
De la misma manera que se ha elaborado la citada definición gracias a los muchos estudios relacionados con la Filosofía que se han llevado a cabo a lo largo de la Historia, los cristianos consideramos válida la siguiente definición de la primera de las virtudes teologales que escribió el autor de la Carta a los Hebreos: (HEB. 11, 1).
En la versión del Nuevo Testamento de la editorial de Pamplona la Casa de la Biblia, aparece el citado versículo neotestamentario en los siguientes términos: "Por la fe vivimos convencidos de que existen los bienes que esperamos y estamos ciertos de las realidades que no vemos".
Según la citada definición de la fe del autor bíblico de la Epístola a los Hebreos, la fe es:
1. La certeza del cumplimiento de las promesas de Dios referentes a la completa instauración de su Reino en el mundo que esperamos.
2. Tener fe para nosotros, significa que creemos en las cosas que no vemos, porque Dios nos ha prometido hacernos felices cuando concluya la plena instauración de su Reino en el mundo, a pesar de que actualmente tenemos dificultades de diversa índole, de las cuales podremos superar algunas, aunque tendremos que vivir con otras durante los años que se prolongue nuestra vida.
Si tenemos en cuenta el hecho de que en nuestro estado actual es completamente imposible para nosotros el hecho de alcanzar la máxima perfección, ¿por qué nos empeñamos en vivir de una esperanza que solo podemos considerar cierta si decidimos creer en Dios? (ROM. 8, 18-21).
¿Por qué ha permitido Dios que la creación haya sido sometida al fracaso?
¿No es absurdo el hecho de que Dios se haya molestado en crear el mundo para posteriormente destruirlo?
Una de las primeras enseñanzas que se les imparten a los niños que se preparan a comulgar por primera vez, consiste en que los mismos aprendan a creer que Nuestro Padre común nos creó para que fuéramos plenamente felices viviendo en su presencia, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, comunicándonos con Él a través de la oración, y sirviéndolo en nuestros prójimos los hombres, ayudando a cubrir, en conformidad con nuestras posibilidades, las carencias de los mismos. La historia gráfica del pecado original que aparece en el capítulo tres del Génesis, nos enseña que los hombres tomaron la decisión de vivir al margen de Dios, muy a pesar de que por sus propios medios podían llegar a la conclusión de que Nuestro Criador existe, por lo cuál, al ser seres imperfectos, sometieron a la creación al fracaso del que San Pablo se hizo eco en el texto de su Carta a los Romanos que recordamos anteriormente.
¿Por qué permitió Dios que la creación fuera sumida en el fracaso por los hombres? Dios es tan culpable como lo son los hombres de que el mundo esté estrechamente marcado por el mal, pero, a pesar de ello, si Nuestro Padre común hubiera evitado la aparición del mal en la tierra, hubiera impedido que los hombres hubiéramos actuado según el beneplácito de nuestra voluntad, por lo cuál, al privarnos de la libertad que nos concedió, podríamos acusarle de habernos tratado de la misma forma que un líder sectario se somete a sus adeptos, con el fin de explotar a los mismos en su propio beneficio.
Consideremos los siguientes versículos de la Carta a los Hebreos, ya que los mismos nos hacen conscientes de la importancia que tiene la fe para nosotros.
(HEB. 3, 6). El autor del citado texto nos dice que nuestros corazones son los templos, las iglesias o los hogares de Dios, mientras vivamos bajo la alegría característica de la seguridad que nos proporciona nuestra esperanza cristiana.
(HEB. 6, 11-12). ¿Por qué nos dice el autor de la Carta los Hebreos que mantengamos el empeño de vivir como hijos ejemplares de Dios? Aunque no sabemos cuándo acontecerá la instauración completa del Reino de Dios entre nosotros, no hemos de olvidar que Dios cumplirá sus promesas, así pues, prestémosle atención a las palabras de Jesús: (AP. 3, 11. ROM. 12, 1-2).
De la misma forma que los judíos le ofrecían a Dios en el pasado sacrificios para pedirle que les concediera lo que necesitaban para vivir, San Pablo nos insta a que actuemos como verdaderos hijos de Nuestro Padre común, no para sobornarlo, sino porque, según reza el refrán español: "Es de bien nacidos el ser agradecidos". En lo que a nosotros respecta, llevando a cabo nuestras actividades ordinarias, atendiendo nuestras necesidades, las carencias de nuestros familiares y a los necesitados del mundo en conformidad con nuestras posibilidades actuales, sin percatarnos de ello, nos aplicaremos las palabras del Mesías: (MT. 6, 33).
Analicemos lentamente un texto que recordamos en la meditación de la semana anterior: (PR. 30, 7-9).
¿Por qué le pidió el autor de los Proverbios a Dios que lo apartara de la vanidad? Aunque las riquezas y las comodidades nos pueden facilitar la vida, el hecho de no tener la experiencia de la pobreza, puede ensoberbecernos, y, por lo tanto, impedir que tengamos la humildad que Dios requiere de nosotros, con el fin de que podamos emular su Santidad.
¿Por qué es necesario que nos abstengamos de mentir? La verdad referente a Nuestro Dios es nuestra verdad, así pues, aunque es muy difícil evitar el hecho de mentir, hemos de intentar ser cada día mejores personas cristianas, pues San Pablo nos dice: (EF. 4, 25).
¿Por qué es necesario que tengamos una buena imagen de cristianos ejemplares quienes nos tomamos en serio el deber de predicar el Evangelio? San Pablo le escribió las siguientes palabras al Obispo Timoteo: (1 TIM. 3, 14-15).
Al ser miembros de la Iglesia, y al mostrarnos ante el mundo como cristianos, es necesario que nos abstengamos de pecar, porque, si hacemos el mal a los ojos de Dios, los no creyentes, y aquellos cristianos que no saben aún si han de vivir inspirados por su débil fe, al contemplar nuestras obras inocuas, acusarán a todos los hijos de la Iglesia como si los mismos fueran malvados, independientemente de que estos sean religiosos o seglares, de manera que impediremos el hecho de que se aumente el número de nuestros hermanos de fe.
San Pablo nos da a conocer con pocas palabras el principal contenido de nuestra fe (1 TIM. 3, 16).
Tener fe, no sólo significa para nosotros que hemos de esperar que se lleven a cabo las realidades que no vemos, pues también significa que hemos de ejercitar la citada virtud teologal en nuestra vida ordinaria, y que hemos de dar a conocer nuestra esperanza, con el fin de que el mayor número de personas posible se sienta acepto por Nuestro Padre común, y comparta nuestra seguridad referente al cumplimiento de las promesas divinas que esperamos.
(ST. 2, 14-18). Aunque seremos salvos porque Dios nos ama, y ello no dependerá de nuestra observación de los Mandamientos de la Ley, si tenemos fe, es imposible el hecho de que evitemos cumplir los Mandamientos de la Ley, pues el Salmista escribió: (SAL. 19, 8-10).
San Pablo nos dice con respecto a la seguridad que significan la fe y nuestro conocimiento de la Palabra de Dios: (ROM. 10, 8).
¿Cómo podemos saber con exactitud que conocemos la Palabra de Dios? Aunque no podemos demostrar científicamente la existencia de Dios, si estudiamos su Palabra, y al predicarla constatamos que nuestro conocimiento de Nuestro Padre celestial se aumenta, sin que incrementemos el número de horas que le dedicamos a nuestra instrucción personal, tendremos la prueba que necesitamos para creer que el Espíritu Santo aumenta nuestra sabiduría, con el fin de que podamos evangelizar a quienes desconocen a Dios (ROM. 10, 9-10).
Si la Biblia no se puede contradecir, y los Santos Pablo y Silas le dijeron a su carcelero: (HCH. 16. 31), ¿en qué sentido afirma el citado Apóstol que necesitamos tener fe para alcanzar la salvación? A través de la fe conocemos a Dios, así pues, gracias a esta virtud teologal, podemos aceptar el hecho de que Dios existe verdaderamente. Si tenemos fe verdadera, y sentimos la vocación de predicar, es imposible que nos abstengamos de ello, aunque no se nos comprenda en el ambiente en que proclamamos la Palabra de Dios. A este respecto, los predicadores debemos tener en cuenta las palabras que Dios le dijo al Profeta Jeremías: (JER. 15, 19).
Dios le dijo a su Profeta:
1. Conviértete a mí.
2. A cambio de tu conversión a mí, te salvaré. Camina en mi presencia, es decir, cumple puntualmente mi voluntad, en conformidad con tus posibilidades.
3. “Saca lo precioso de lo vil”, es decir, saca conclusiones que te sean favorables de tus experiencias, aunque algunas de las mismas sean contrarias a tu voluntad.
4. No permitas que la gente te haga perder la fe, pues debes ser tú la luz de quienes se dejen instruir por ti.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que nos aumente la fe, con el fin de que nos adaptemos al cumplimiento de su voluntad, y así podamos alcanzar la santidad, así pues, resumamos la interpretación de PR. 30, 7-9:
Dios y Padre nuestro: Antes de que nos sorprenda la muerte, apártanos del inocuo deseo de vanidades, no permitas que mintamos, afiánzanos en tu verdad, no permitas que tengamos muchas riquezas para que nos ensoberbezcamos, y no permitas tampoco que seamos excesivamente pobres, para que el miedo a no soportar las carencias nos incite a hurtar, pues no queremos incumplir ni el menos importante de los preceptos de tu Ley. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿Por qué debemos creer en Jesús? (Meditación para el Domingo IX del Tiempo Ordinario del ciclo A).
¿Por qué debemos creer en Jesús?
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).
Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.
La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.
Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).
Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).
Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.
La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.
Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.
Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.
El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio de hoy, leemos: (MT. 7, 24-27). Veamos, a través de los siguientes versículos bíblicos, algunas características de la fe, de la que leemos en la Carta a los Hebreos: (HEV. 11, 1).
Cuando Job perdió a sus hijos y sus riquezas, aconteció lo expresado en los siguientes versículos bíblicos: (JB. 1, 20-22. 2, 9-10). La situación de Job era muy dramática. En un tiempo demasiado corto como para asimilar lo que para cualquier persona sería una desgracia, no solo quedó sumido en la miseria, sino que perdió a sus siete hijos y a sus tres hijas. ¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos que afrontar una situación tan desesperada? Job, aunque no comprendía la razón por la que sufría, -recordemos que el significado del dolor no fue conocido hasta que se les enseñó a los cristianos a vincular sus padecimientos con la Pasión de Nuestro Señor-, tomó la firme resolución de no desconfiar de Yahveh, el Dios que, después de que concluyó el tiempo de su prueba, le concedió otros diez hijos, y una gran cantidad de riquezas.
La vivencia de Job que hemos recordado brevemente, nos recuerda que la fe debe ser para nosotros un sinónimo de seguridad absoluta. Aunque durante esta vida tengamos que afrontar y confrontar dificultades, debemos evitar el hecho de olvidar que, todo lo que nos sucede, redunda en nuestra consecución de la salvación, si ello no nos impide perder la fe, y, por tanto, nos ayuda a crecer como personas cristianas.
Jesucristo, -Nuestro Abogado celestial, que intercede ante el Padre por nosotros-, está en el cielo (JB. 16, 19).
Aunque vivamos pruebas difíciles de soportar, no olvidemos que las mismas tienen un significado trascendental para nuestro crecimiento espiritual, el cual nos será desvelado por el mismo Dios (SAL. 27, 1-5. 14).
Si la fe es nuestra seguridad de que Dios no nos va a desamparar, no podemos vivir como si careciéramos de esta virtud vital. Veamos un fragmento de la destrucción de las ciudades de la Pentápolis, causada por los pecados que cometían los habitantes de las mismas: (GN. 19, 15-26). Los ángeles citados sacaron a Lot y a sus familiares de Sodoma, porque Dios sentía compasión por ellos. Supongamos que vivimos el incendio de la ciudad o del pueblo en que vivimos. ¿Cómo reaccionaríamos si apenas nos dieran unas cuantas horas para recoger nuestras pertenencias más necesarias y tuviéramos que huir? Aunque los ángeles sabían que Job y sus familiares podrían esconderse en los montes cercanos, no dudaron en concederle a Lot la ciudad de Soar, porque, el sobrino de Abraham, tenía fe en Dios. La fe es una virtud teologal, -es decir, que la recibimos de Dios y nos conduce a la presencia de Nuestro Santo Padre-, que nos permite ganar el corazón de la Divinidad Suprema.
La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal, porque desobedeció el precepto de no volver la cabeza para mirar el incendio de las ciudades de la Pentápolis. Es comprensible el deseo que la mujer del sobrino de Abraham tuvo de mirar por última vez los restos de la ciudad en que había vivido, de la misma manera que también lo son, nuestro deseo de recordar los días del pasado en que éramos felices, y nuestra obstinación en vivir pensando en las circunstancias que nos han hecho sufrir. Si nos obstinamos en vivir encerrados en los recuerdos del pasado, no viviremos el presente, y nos negaremos a vivir positivamente el futuro. No olvidemos que nuestra fe nos ayudará a vivir el futuro con esperanza, aunque el mismo parezca incierto. Recordemos que, de la misma manera que la mujer de Lot se convirtió en poste de sal, si no vivimos de la fe que decimos que profesamos, nos perderemos la dicha de sentirnos amados por Dios.
Recordemos el caso de Noé (HEB. 11, 7). Imaginemos el ridículo que debieron hacer en su tiempo Noé y sus familiares construyendo el arca en que se libraron de morir bajo los efectos del diluvio universal, para compararlo con el que hacemos nosotros, en medio de un mundo incrédulo, perdiendo el tiempo que muchos utilizan egoístamente, para poder aumentar el número de quienes vivirán en la presencia de Nuestro Padre común. Aunque cuando leemos el relato del diluvio universal tenemos la sensación de que los hechos del mismo acaecían en espacios de tiempo muy breves, ello no sucedió así. De la misma forma que Noé tardó varias décadas en construir
la citada arca, nuestra espera de la conclusión de la instauración del Reino de Dios en la tierra, también se percibe muy larga. Por otra parte, si el tiempo de la construcción del arca tuvo sinsabores, más difícil de soportar fue el año lunar durante el que se prolongó el diluvio universal, un tiempo lo suficientemente largo como para que, tanto Noé como sus familiares, perdieran la esperanza de volver a pisar la tierra.
Recordemos el caso de la curación de una niña, que una mujer logró, por la grandeza de su fe (MT. 15, 21-28). Los discípulos querían que Jesús favoreciera a la mujer que les avergonzaba porque corría detrás de ellos gritando, pues, hasta quienes estaban casados,
se avergonzaban de hablar con sus mujeres en la calle. Por su parte, con tal de probar la fe de la desesperada mujer, Jesús la llamó "perrito", dulcificando la palabra "perro", con que sus hermanos de raza denominaban a los extranjeros, por causa de las invasiones que habían vivido a lo largo de la historia del pueblo de Dios. Dado que la citada cananea apeló a la bondad de Jesús, -el único recurso que tenía para ver a su hija restablecida de su enfermedad-, Nuestro Salvador, después de ser desalmado, accedió a concederle el deseo que le pidió. Al meditar este relato, comprendemos que la fe es una especie de tabla de salvación, a la que nos aferramos cuando lo hemos perdido todo, o cuando, después de perder la esperanza de alcanzar la felicidad, sujetamos fuertemente, antes de
sentirnos derrotados.
El centurión cuyo siervo fue curado por la grandeza de su fe, no solo nos demuestra la importancia de esta virtud, sino que también nos ayuda a valorar la humildad (MT. 8, 5-13). En el relato que estamos considerando superficialmente, Jesús dijo que, mientras que muchos judíos, -miembros del primer pueblo de Dios-, serían condenados en el juicio final por su negación a tener fe, muchos paganos, (extranjeros), serían salvos, por su aceptación del Evangelio.
Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Padre común que, mientras esperamos la completa instauración de su Reino entre nosotros, no perdamos la fe que nos caracteriza (SAL. 57, 2).
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
¿está o no está Dios con nosotros? (Meditación de la primera lectura del Domingo III de Cuaresma del Ciclo A).
Meditación.
1. ¿Está o no está Dios con nosotros?
Meditación de ÉX. 17, 1-7.
en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.
Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).
¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).
Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?
Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. ¿Está o no está Dios con nosotros?
Meditación de ÉX. 17, 1-7.
en el texto del segundo volumen bíblico que estamos considerando, vemos que una vez más los hebreos emprendieron su marcha por orden de Dios, y que les faltó el agua. El hecho de creer en Dios no significa que nuestras dificultades se van a resolver mágicamente, sino que aprenderemos a sobrevivir a las mismas, tal como lo haría el Señor, si viviera nuestras circunstancias, en cuanto ello nos sea posible. Si los creyentes en Dios tuviéramos una vida fácil, no seguiríamos a Jesús por amor, sino por interés.
Dado que Moisés era el representante de YHWH ante su pueblo, disputar con él consistía en tentar al Dios que libró a los hebreos de la esclavitud de Egipto con su mano poderosa. Es de tener en cuenta el hecho de que el pueblo no se reveló contra dios y su Profeta por capricho, sino porque estaba torturado por la sed. Muchos cristianos no estamos de acuerdo con la práctica del aborto, pero no por ello debemos considerar pecadoras irremisibles a las mujeres que abortan, porque no todas encuentran un ambiente propicio para acoger a sus hijos, y necesitamos contemplar sus circunstancias desde su punto de vista, y no desde nuestra posición moralista, siempre distante de quienes tienen que evaluar si pueden y quieren dar a luz a sus hijos, criarlos y educarlos. No marginemos a ninguna persona por considerarla pecadora, porque no sabemos cuales son las razones que la inducen a actuar de determinadas formas (CIC. n. 1735).
¿Por qué sacó Dios a su pueblo de Egipto para hacerlo fallecer en el desierto? ¿Por qué no extermina Dios las enfermedades y la muerte? El sufrimiento, el pecado y la muerte, son temas que nos inducen a hacernos muchas preguntas, las cuales sólo nos serán contestadas al final de los tiempos, cuando Dios concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros. Mientras que ello sucede, necesitamos seguir caminando, sin perder la esperanza de que nuestra historia no terminará mal (FLP. 1, 21).
Moisés se sintió amenazado por su pueblo, y le pidió ayuda a YHWH. Hay momentos en que quienes anunciamos el Evangelio nos sentimos afectados, porque, en lugar de conseguir conversiones, sucede que nuestra fe se empequeñece. Por otra parte, ¿qué hacemos para conseguir que la gente crea en Dios? ¿Tenemos las respuestas que la gente necesita encontrar, o seguimos utilizando discursos que fueron muy útiles para los evangelizadores de siglos pasados, y en la actualidad sólo nos son útiles a quienes sabemos exactamente lo que queremos decirles a nuestros oyentes y/o lectores?
Dios sació la sed de su pueblo, así como nosotros esperamos que sacie la nuestra.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
El Señor viene con poder. (Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
3. El Señor viene con poder.
Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.
Antes de que los hebreos vivieran la experiencia de su cautiverio en Babilonia que se prolongó durante setenta años, Judea vivió en torno a un siglo de problemas, causados por el incumplimiento de la voluntad de Yahveh. No olvidemos que las semillas del consuelo se arraigan con fortaleza divina en los corazones marcados por el sufrimiento, en los que no muere la esperanza en la llegada del día en que Dios responderá las cuestiones que ignoran y necesitan conocer, para captar el sentido de su dolor.
Cuando sintamos que el sufrimiento nos embarga el corazón, le pediremos a Dios que nos consuele. Quizás no escaparemos a la vivencia de los efectos de la adversidad que tememos, pero no nos encontraremos desamparados cuando suframos, porque sentiremos la presencia de Dios en nuestra angustia. No olvidemos que el único consuelo de muchos que tienen problemas que no se pueden resolver, consiste en pensar que algún día vivirán en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de sus vicisitudes actuales.
Dios nos consuela haciéndonos sentir su presencia, por medio de su Palabra, y mediante la predicación de sus evangelizadores. Atendamos a la Palabra de Dios cuando necesitemos ser consolados, y abrámonos a quienes necesitan ser amados e instruidos en el conocimiento de Dios, porque ello les aportará el consuelo que necesitan.
En la antigüedad, cuando un Rey visitaba un territorio, eran eliminados todos los obstáculos del camino por el que había de pasar, y se extendía una alfombra roja, para recibirlo. Durante el tiempo de Adviento, quienes hemos meditado la Palabra de Dios, hemos recordado, cómo podemos actuar, para prepararle el camino al Señor, mediante una vida de formación religiosa, de puesta en práctica de todo lo que aprendemos, y de oración constante.
El desierto, -según recordamos durante el tiempo de Cuaresma-, simboliza los sufrimientos que hemos de vivir, los cuales, nos sirven como pruebas, para que podamos comprobar, la fortaleza de la fe que nos caracteriza. Recordemos que el desierto de nuestras vidas nos fortalecerá la fe que tenemos en Dios, si lo recorremos confiados, al cuidado, de Nuestro Buen Pastor.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
3. El Señor viene con poder.
Meditación de la primera lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de IS. 40, 1-5. 9-11.
Antes de que los hebreos vivieran la experiencia de su cautiverio en Babilonia que se prolongó durante setenta años, Judea vivió en torno a un siglo de problemas, causados por el incumplimiento de la voluntad de Yahveh. No olvidemos que las semillas del consuelo se arraigan con fortaleza divina en los corazones marcados por el sufrimiento, en los que no muere la esperanza en la llegada del día en que Dios responderá las cuestiones que ignoran y necesitan conocer, para captar el sentido de su dolor.
Cuando sintamos que el sufrimiento nos embarga el corazón, le pediremos a Dios que nos consuele. Quizás no escaparemos a la vivencia de los efectos de la adversidad que tememos, pero no nos encontraremos desamparados cuando suframos, porque sentiremos la presencia de Dios en nuestra angustia. No olvidemos que el único consuelo de muchos que tienen problemas que no se pueden resolver, consiste en pensar que algún día vivirán en la presencia de Nuestro Santo Padre, más allá de sus vicisitudes actuales.
Dios nos consuela haciéndonos sentir su presencia, por medio de su Palabra, y mediante la predicación de sus evangelizadores. Atendamos a la Palabra de Dios cuando necesitemos ser consolados, y abrámonos a quienes necesitan ser amados e instruidos en el conocimiento de Dios, porque ello les aportará el consuelo que necesitan.
En la antigüedad, cuando un Rey visitaba un territorio, eran eliminados todos los obstáculos del camino por el que había de pasar, y se extendía una alfombra roja, para recibirlo. Durante el tiempo de Adviento, quienes hemos meditado la Palabra de Dios, hemos recordado, cómo podemos actuar, para prepararle el camino al Señor, mediante una vida de formación religiosa, de puesta en práctica de todo lo que aprendemos, y de oración constante.
El desierto, -según recordamos durante el tiempo de Cuaresma-, simboliza los sufrimientos que hemos de vivir, los cuales, nos sirven como pruebas, para que podamos comprobar, la fortaleza de la fe que nos caracteriza. Recordemos que el desierto de nuestras vidas nos fortalecerá la fe que tenemos en Dios, si lo recorremos confiados, al cuidado, de Nuestro Buen Pastor.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Suscribirse a:
Entradas (Atom)