Meditación.
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
En este blog encontraréis meditaciones para crecer a los niveles personal, social y espiritual.
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Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros. (Meditación para el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Dios nos librará de nuestras miserias cuando concluya la instauración de su Reino entre nosotros.
(HEB. 12, 12). El valor es una cualidad anímica que nos mueve a actuar resueltamente solventando los problemas que hemos de afrontar y confrontar durante nuestra vida. A pesar de que Jesús les dijo a los oyentes del sermón del monte las palabras que encontramos en MT. 5, 48, somos frágiles, así pues, somos propensos a desanimarnos cuando perdemos un buen trabajo, cuando nos distanciamos de algún amigo al que amamos mucho, cuando se debilitan otras relaciones interpersonales, cuando vemos fallecer a nuestros seres queridos, y en muchas otras ocasiones. Muchas veces interrogamos a Dios cuando sufrimos acaeceres adversos a nuestra voluntad, unas veces impulsados por nuestro desconocimiento de la Palabra de Nuestro Creador, y en otras ocasiones rendidos por la impotencia que nos caracteriza cuando no podemos evitar la vivencia de acontecimientos desagradables, diciéndole: Señor, ¿por qué permites que seamos afligidos?
Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando: (IS. 35, 3).
Antes de iniciar mi actividad de vendedor de cupones de la ONCE, tuve la oportunidad de ayudar a desenvolverse a una chica sorda y ciega en el centro en que cursaba sus estudios. Las manos de mi amiga no estaban cansadas, pero carecían de la soltura que necesitaban para hacer muchas cosas. Me costó un gran esfuerzo el hecho de conseguir que mi amiga bajara las escaleras de su centro de estudios cogiéndose a la pared y apoyándose en su bastón evitando así el miedo a caerse. Quizá alguien desee preguntarme: ¿Qué tiene que ver esa historia con mis deficiencias económicas o con los problemas que están debilitando mi relación con mi cónyuge?
Aunque no todos estamos capacitados para solventar nuestras deficiencias porque somos humanos e imperfectos, no podemos dudar con respecto al hecho de que, si queremos vivir en el Reino de Nuestro Padre común, no podemos olvidar que Él no quiere que vivamos inspirados por la feroz competencia que se ha establecido en nuestra sociedad, la cuál nos obliga a pasar por encima de quienes son más débiles que nosotros para que así podamos adquirir una posición social mejor que la que tenemos actualmente. Si el hecho de servir a nuestros prójimos los hombres no nos solventa nuestros problemas, hemos de reconocer que ello nos enseña a darle gracias a Dios por quiénes somos, lo que somos y las dádivas materiales y espirituales que nos ha concedido, así pues, si no ayudamos a nuestros prójimos a superar la adversidad que atañe a su vida, quizá nos suceda que no valoraremos la importancia de poder utilizar nuestros ojos, quizá no apreciemos el hecho de poder caminar sin ser ayudados por nadie, quizá podemos dejar de valorar la libertad que tenemos quienes podemos utilizar nuestras manos, pues ello nos evita la dependencia con respecto a los demás...
(IS. 35, 4). Decidles a quienes carecen de esperanza que no se dejen desanimar por sus carencias, pues Dios vendrá a nuestro encuentro cuando lo crea oportuno, y nos concederá su felicidad eterna, después de que nos haya ayudado a vencer nuestra imperfección.
(IS. 35, 5). Cuando Nuestro Señor se le haya revelado a toda la humanidad y conozcamos a Dios por su medio, se abrirán los ojos de nuestro entendimiento, y nuestros oídos se abrirán para recibir la buena noticia de nuestra salvación (IS. 35, 6).
Cuando San Juan Bautista envió a unos discípulos suyos desde la cárcel para que interrogaran a Jesús con respecto a su mesianismo y se hicieran discípulos del Hijo de María, nuestro Maestro les dijo: (MT. 11, 5).
Recordemos el texto del Emmanuel de Isaías que utilizó Nuestro Señor para darse a conocer a los nazarenos como el Mesías esperado por su pueblo: (IS. 61, 1).
Al final de los tiempos los cojos saltarán como ciervos, y los mudos cantarán las alabanzas divinas. Dios acabará con nuestra sequedad espiritual (IS. 35, 7).
(SAL. 118, 137). Llamamos justicia, a la constante y perpetua voluntad que tenemos de hacer que todos tengamos lo que nos corresponde. Nuestro Padre común es justo, pero ello no le impide impartirnos su justicia desde la óptica del amor. El hecho de que Nuestro Criador vincule la justicia al amor, no significa que es muy permisivo con nosotros, por consiguiente, sabemos que en esta nuestra vida, recogemos el fruto de las semillas que sembramos.
(SAL. 118, 124). Le pedimos a Nuestro Padre común que nos trate misericordiosamente, que nos abra su corazón, pero que no sea permisivo con nuestras inclinaciones a desobedecerle, sino que nos enseñe sus mandatos, y nos inste a cumplirlos puntualmente.
2. Los milagros.
La palabra "milagro" proviene del latín "mirari", y significa "admirarse de". Los milagros son hechos que trascienden los poderes humanos y las fuerzas de la naturaleza, los cuales sólo les pueden ser atribuidos a Dios en el caso de las religiones, y a las fuerzas sobrenaturales, las cuales son promovidas por los ocultistas. Los cristianos creemos que los milagros poseen un valor evidente, es decir, son las pruebas de que Nuestro Padre común actúa en el mundo. La aplicación del método histórico-crítico ha hecho que muchos de nuestros hermanos sostengan firmemente la creencia de que los milagros de Jesús y de sus santos fueron escritos para exponer enseñanzas religiosas, no con la intención de recopilar evidencias históricas demostrativas del poder de Dios.
En cada ocasión que leamos un milagro de Jesús, intentaremos amar más al autor de la obra divina que a la obra por sí misma, pues no debemos herir al Espíritu Santo de Dios.
Concluyamos esta meditación dirigiéndonos a Nuestra Santa Madre, a la Reina de nuestros corazones. Pidámosle a Nuestra Señora que siga intercediendo por nosotros, hasta que nuestro corazón se abra como una puerta de par en par, y acojamos al Dios Uno y Trino. Amén.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Meditación para la fiesta de la Epifanía del Señor.
Meditación.
1. Celebramos la primera Epifanía del Señor, excelente revelación de la luz divina sobre nuestras carencias materiales y espirituales. Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a esta fiesta de la Epifanía del Señor que Dios ha amanecido sobre nosotros, así pues, cuando el pasado veinticinco de diciembre celebramos la Natividad de Nuestro Niño de Belén, quiso Dios que volviera a nacer en nuestros corazones la existencia sobrenatural, los abundantes dones y virtudes que nos configuran y transfiguran a imagen y semejanza de Aquel que nos ha concedido participar de su vida eterna, por consiguiente, debemos recordar en esta ocasión las palabras del prólogo del Evangelio de San Juan referentes a que Nuestro Dios y Hermano Jesús nos ha concedido gracia sobre gracia por los méritos que le han merecido su vida y obra redentora (JN. 1, 16).
2. "Brilla, Jerusalén" -dice Isaías en su Emmanuel- ¿Hemos recibido a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y actuamos impulsados por la inspiración del Espíritu Santo? Si Dios nos ha dotado de dones y virtudes, podemos decir que tales maravillas de Nuestro Padre son nuestras porque el Señor nos las ha concedido, pero esa concesión celestial nos exige que brillemos por nuestra propia luz. Si mi hermano es donante de sangre, puede ofrecerle a Dios su donación para la redención de mis pecados, pero, aún así, yo no puedo brillar con la luz de mi hermano, no puedo sentirme realizado hasta que no cumpla la voluntad de Dios escuchando a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y dejándome inspirar por el Espíritu Santo.
3. "Caminarán los pueblos a tu luz" Con gran acierto, Jesús decía que no se puede encender una luz para esconderla, pues no se puede disimular el brillo y claridad de la luz. Puede acontecernos que no seamos conscientes de si el mundo se percata de que somos cristianos, pues no conocemos los pensamientos de nuestros prójimos, y no sabemos si nuestra luz hace que otros hermanos nuestros, creyentes o no cristianos, brillen por su propia luz. Ocupémonos de sembrar la semilla divina, y el Espíritu Santo, a su tiempo, se servirá de nuestras palabras y obras, para convertir a la humanidad al Evangelio del amor divino.
4. En la segunda lectura San Pablo nos insta a creer que el Evangelio de Jesucristo es universal, así pues, cuando Pablo escribió sus Epístolas, los judíos creían que Dios aborrecía a los extranjeros, y que el Señor sólo se complacía en la raza de aquellos a quienes se reveló antes de que las naciones del mundo conocieran la Santidad de Nuestro Padre común.
5. Para que esta meditación no sea excesivamente larga, prefiero pasar por alto la lectura de la Carta a los Efesios, y contemplar las escenas que San Mateo nos narra en el Evangelio de la adoración de los magos. Herodes se sobresaltó al percatarse de que había sucedido un hecho extraordinario, había nacido el Rey de quien Miqueas, Isaías, Jeremías y otros grandes Profetas habían hablado en los días de su existencia mortal. Era imposible creer que fuera verdad que había aparecido una estrella que conducía a aquellos magos orientales a adorar a Jesús, pero, ¿qué hubiera ocurrido si aquella Profecía tan antigua del capítulo 5 de Miqueas se hubiese cumplido? Resulta curioso ver que ni siquiera los instruidos en la Ley del Señor podían creer que verdaderamente empezaba a llevarse a cabo el designio salvífico de Dios. Herodes actuó como si fuera realista el hecho de que podían quitarle el trono, los judíos se alarmaban pensando que algún espabilado podía reformar sus complicadas estructuras religiosas, nosotros sufriríamos mucho si nos viéramos obligados a ser buenos Santos en un momento sin que Dios nos transformara tocándonos con su varita mágica...
6. Los tres regalos que Jesús recibió de los magos tienen un gran significado teológico.
El oro de Melchor, significaba que Jesús es el más sabio y poderoso Hombre de todos los tiempos.
El incienso de Gaspar, resaltaba la Deidad de Jesús, el más famoso y humilde Hombre de todos los tiempos.
La mirra de Baltasar, era signo de penitencia, muerte para resucitar, sacrificio de goces terrenales para encontrar la felicidad, y la contradicción de quienes ignoran cómo renunciando al sin sentido del placer excesivo nosotros encontramos la Santidad, la paz, y, el amor de Nuestro Padre y Dios.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. Celebramos la primera Epifanía del Señor, excelente revelación de la luz divina sobre nuestras carencias materiales y espirituales. Isaías nos dice en la primera lectura correspondiente a esta fiesta de la Epifanía del Señor que Dios ha amanecido sobre nosotros, así pues, cuando el pasado veinticinco de diciembre celebramos la Natividad de Nuestro Niño de Belén, quiso Dios que volviera a nacer en nuestros corazones la existencia sobrenatural, los abundantes dones y virtudes que nos configuran y transfiguran a imagen y semejanza de Aquel que nos ha concedido participar de su vida eterna, por consiguiente, debemos recordar en esta ocasión las palabras del prólogo del Evangelio de San Juan referentes a que Nuestro Dios y Hermano Jesús nos ha concedido gracia sobre gracia por los méritos que le han merecido su vida y obra redentora (JN. 1, 16).
2. "Brilla, Jerusalén" -dice Isaías en su Emmanuel- ¿Hemos recibido a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y actuamos impulsados por la inspiración del Espíritu Santo? Si Dios nos ha dotado de dones y virtudes, podemos decir que tales maravillas de Nuestro Padre son nuestras porque el Señor nos las ha concedido, pero esa concesión celestial nos exige que brillemos por nuestra propia luz. Si mi hermano es donante de sangre, puede ofrecerle a Dios su donación para la redención de mis pecados, pero, aún así, yo no puedo brillar con la luz de mi hermano, no puedo sentirme realizado hasta que no cumpla la voluntad de Dios escuchando a Jesucristo, -la Palabra de Dios-, y dejándome inspirar por el Espíritu Santo.
3. "Caminarán los pueblos a tu luz" Con gran acierto, Jesús decía que no se puede encender una luz para esconderla, pues no se puede disimular el brillo y claridad de la luz. Puede acontecernos que no seamos conscientes de si el mundo se percata de que somos cristianos, pues no conocemos los pensamientos de nuestros prójimos, y no sabemos si nuestra luz hace que otros hermanos nuestros, creyentes o no cristianos, brillen por su propia luz. Ocupémonos de sembrar la semilla divina, y el Espíritu Santo, a su tiempo, se servirá de nuestras palabras y obras, para convertir a la humanidad al Evangelio del amor divino.
4. En la segunda lectura San Pablo nos insta a creer que el Evangelio de Jesucristo es universal, así pues, cuando Pablo escribió sus Epístolas, los judíos creían que Dios aborrecía a los extranjeros, y que el Señor sólo se complacía en la raza de aquellos a quienes se reveló antes de que las naciones del mundo conocieran la Santidad de Nuestro Padre común.
5. Para que esta meditación no sea excesivamente larga, prefiero pasar por alto la lectura de la Carta a los Efesios, y contemplar las escenas que San Mateo nos narra en el Evangelio de la adoración de los magos. Herodes se sobresaltó al percatarse de que había sucedido un hecho extraordinario, había nacido el Rey de quien Miqueas, Isaías, Jeremías y otros grandes Profetas habían hablado en los días de su existencia mortal. Era imposible creer que fuera verdad que había aparecido una estrella que conducía a aquellos magos orientales a adorar a Jesús, pero, ¿qué hubiera ocurrido si aquella Profecía tan antigua del capítulo 5 de Miqueas se hubiese cumplido? Resulta curioso ver que ni siquiera los instruidos en la Ley del Señor podían creer que verdaderamente empezaba a llevarse a cabo el designio salvífico de Dios. Herodes actuó como si fuera realista el hecho de que podían quitarle el trono, los judíos se alarmaban pensando que algún espabilado podía reformar sus complicadas estructuras religiosas, nosotros sufriríamos mucho si nos viéramos obligados a ser buenos Santos en un momento sin que Dios nos transformara tocándonos con su varita mágica...
6. Los tres regalos que Jesús recibió de los magos tienen un gran significado teológico.
El oro de Melchor, significaba que Jesús es el más sabio y poderoso Hombre de todos los tiempos.
El incienso de Gaspar, resaltaba la Deidad de Jesús, el más famoso y humilde Hombre de todos los tiempos.
La mirra de Baltasar, era signo de penitencia, muerte para resucitar, sacrificio de goces terrenales para encontrar la felicidad, y la contradicción de quienes ignoran cómo renunciando al sin sentido del placer excesivo nosotros encontramos la Santidad, la paz, y, el amor de Nuestro Padre y Dios.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Feliz año nuevo, Jesús. (Meditación oración para el Domingo II después de Navidad).
Meditación-oración.
Feliz año nuevo, Jesús.
Querido Jesús:
A pesar de que mi fe es tan débil que cuanto más cerca estás de mí más sólo me siento, hoy tengo una gran necesidad de sentarme frente al Sagrario para contemplarte y hablar contigo. Siento que mis sentimientos se confunden, pues, tengo tantas cosas que decirte, que no sé cómo empezar mi oración. Podría empezar mi plegaria agradeciéndote los muchos dones divinos y humanos que me has dado no sólo durante el último año de vida que me has concedido, sino durante toda mi existencia. Sé que todo lo que tengo y cuanto soy te lo debo a Ti, pero ese pensamiento no me permite henchir mi corazón de tu felicidad.
Cuando yo era niño, me enseñaron que mi valor fundamental personal, radicaría siempre en el poder y la riqueza que la vida me otorgara, pero, hoy, Jesús, al saber que me has iluminado y me has hecho comprender que esos dos aspectos fundamentales de la vida de los no creyentes son vanidades ante tu gloria, tengo la necesidad de saber que mi vida tiene un sentido nuevo, porque tengo la sensación de que me he afanado en vano.
Desde los años de mi niñez, siempre he deseado ser un hombre sapientísimo. Una vez más, para satisfacer mi deseo, permitiste que me viera envuelto en muchos problemas. Si yo no me hubiera dejado arrastrar por mi carencia de fe, hubiera podido vencer todos aquellos obstáculos, porque tu sabiduría se habría manifestado en mí. Pero yo, Jesús, una vez más, me limité a quejarme, y a decir que no escuchabas mis oraciones, de tal forma que aumentaba mis súplicas y tenía la sensación de que fingías que no me escuchabas, porque sólo existe un camino para lograr la santidad.
Siempre he deseado alcanzar la prosperidad, y Tú, Jesús, para satisfacer mi deseo, me has dado cerebro y músculos para trabajar, pero yo, Hermano, en vez de fructificar los dones y virtudes que me has concedido a través del Espíritu Santo, sólo me limito a quejarme de mi trabajo, de mis compañeros, y de mis jefes, y, a pesar de que no me falta dinero para mantener mi posición social, me atrevo a quejarme porque quiero tener más dinero en el bolsillo. Jesús, dime que no soy pecador. Ayúdame a comprender que soy incapaz de reconocer que dar es tan importante como recibir lo que Tú y mis seres queridos me entreguéis con mucho amor.
Cuando tuve miedo y me sentí cobarde para superar dolores tan fuertes como la pérdida de algunos de mis seres queridos y las temporadas de inestabilidad económica, te pedí valor para no sentirme desgraciado, y Tú, Jesús, sólo por complacerme, aumentaste mis obstáculos para que tu fortaleza se manifestara en mí, y yo, Jesús, me limité a maldecir mi situación estresante y a decir que me habías abandonado, para no reconocer que me estaba amparando en mi debilidad.
En medio de mis dificultades te pedí que tanto Tú como mis seres queridos me manifestarais una gran dosis de amor, y Tú, para satisfacer mi deseo, me rodeaste de personas con dificultades a las que tenía que ayudar porque soy cristiano, pero yo, una vez más, me encerré en mi victimismo, pues creía que era el más desgraciado del mundo, el único que tenía derecho a que se me manifestara una gran dosis de lástima constantemente. Mis hijos necesitaban a su padre, mi mujer necesitaba que la animara para no desfallecer al realizar su frenética actividad laboral y doméstica, y el mundo estaba lleno de gente hambrienta de comida y sabiduría divina, pero yo, al intentar que mi falsa prepotencia acosara a mis seres amados para que estos me manifestaran su cariño constantemente, me asfixiaba y no dejaba que los míos vivieran en paz y armonía.
Cuando insistentemente te pedía favores, Tú, Jesús, sólo por complacerme, no cesabas de darme oportunidades de triunfar de mil maneras, a pesar de que yo siempre hacía fracasar todas tus ideas, porque quería que Tú y los miembros de mi familia trabajarais por mí, y atribuirme vuestros méritos, para considerarme importante al teneros sometidos al cumplimiento de mis caprichos.
Con el paso del tiempo, pude percatarme de que me concediste todo lo que te pedí, de una forma diferente respecto del modo en que quería que me resolvieras los problemas que he tenido, dificultades que muchas veces han sido causadas por mi ceguera. Cuando empecé a dejarme ayudar por Ti, Jesús, comprendí que la paz no consiste en gritar para que los niños no hablen y poder ver una película tranquilamente, sino en afrontar las situaciones difíciles con serenidad, sin olvidar la necesidad de la perseverancia para resolver situaciones difíciles. Después de haber considerado todo lo que te he dicho, me siento satisfecho al agradecerte el amor que derramas continuamente sobre mí, porque ahora sí puedo decir que me siento henchido de tu presencia, Jesús. Ahora sé que no necesito nada, porque Tú estás conmigo, y me siento apoyado y amado por los miembros de mi familia. Sé que mis seres queridos me aman y me apoyan, porque, gracias a Ti, Hermano Jesús, se sienten felices cuando están conmigo.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Feliz año nuevo, Jesús.
Querido Jesús:
A pesar de que mi fe es tan débil que cuanto más cerca estás de mí más sólo me siento, hoy tengo una gran necesidad de sentarme frente al Sagrario para contemplarte y hablar contigo. Siento que mis sentimientos se confunden, pues, tengo tantas cosas que decirte, que no sé cómo empezar mi oración. Podría empezar mi plegaria agradeciéndote los muchos dones divinos y humanos que me has dado no sólo durante el último año de vida que me has concedido, sino durante toda mi existencia. Sé que todo lo que tengo y cuanto soy te lo debo a Ti, pero ese pensamiento no me permite henchir mi corazón de tu felicidad.
Cuando yo era niño, me enseñaron que mi valor fundamental personal, radicaría siempre en el poder y la riqueza que la vida me otorgara, pero, hoy, Jesús, al saber que me has iluminado y me has hecho comprender que esos dos aspectos fundamentales de la vida de los no creyentes son vanidades ante tu gloria, tengo la necesidad de saber que mi vida tiene un sentido nuevo, porque tengo la sensación de que me he afanado en vano.
Desde los años de mi niñez, siempre he deseado ser un hombre sapientísimo. Una vez más, para satisfacer mi deseo, permitiste que me viera envuelto en muchos problemas. Si yo no me hubiera dejado arrastrar por mi carencia de fe, hubiera podido vencer todos aquellos obstáculos, porque tu sabiduría se habría manifestado en mí. Pero yo, Jesús, una vez más, me limité a quejarme, y a decir que no escuchabas mis oraciones, de tal forma que aumentaba mis súplicas y tenía la sensación de que fingías que no me escuchabas, porque sólo existe un camino para lograr la santidad.
Siempre he deseado alcanzar la prosperidad, y Tú, Jesús, para satisfacer mi deseo, me has dado cerebro y músculos para trabajar, pero yo, Hermano, en vez de fructificar los dones y virtudes que me has concedido a través del Espíritu Santo, sólo me limito a quejarme de mi trabajo, de mis compañeros, y de mis jefes, y, a pesar de que no me falta dinero para mantener mi posición social, me atrevo a quejarme porque quiero tener más dinero en el bolsillo. Jesús, dime que no soy pecador. Ayúdame a comprender que soy incapaz de reconocer que dar es tan importante como recibir lo que Tú y mis seres queridos me entreguéis con mucho amor.
Cuando tuve miedo y me sentí cobarde para superar dolores tan fuertes como la pérdida de algunos de mis seres queridos y las temporadas de inestabilidad económica, te pedí valor para no sentirme desgraciado, y Tú, Jesús, sólo por complacerme, aumentaste mis obstáculos para que tu fortaleza se manifestara en mí, y yo, Jesús, me limité a maldecir mi situación estresante y a decir que me habías abandonado, para no reconocer que me estaba amparando en mi debilidad.
En medio de mis dificultades te pedí que tanto Tú como mis seres queridos me manifestarais una gran dosis de amor, y Tú, para satisfacer mi deseo, me rodeaste de personas con dificultades a las que tenía que ayudar porque soy cristiano, pero yo, una vez más, me encerré en mi victimismo, pues creía que era el más desgraciado del mundo, el único que tenía derecho a que se me manifestara una gran dosis de lástima constantemente. Mis hijos necesitaban a su padre, mi mujer necesitaba que la animara para no desfallecer al realizar su frenética actividad laboral y doméstica, y el mundo estaba lleno de gente hambrienta de comida y sabiduría divina, pero yo, al intentar que mi falsa prepotencia acosara a mis seres amados para que estos me manifestaran su cariño constantemente, me asfixiaba y no dejaba que los míos vivieran en paz y armonía.
Cuando insistentemente te pedía favores, Tú, Jesús, sólo por complacerme, no cesabas de darme oportunidades de triunfar de mil maneras, a pesar de que yo siempre hacía fracasar todas tus ideas, porque quería que Tú y los miembros de mi familia trabajarais por mí, y atribuirme vuestros méritos, para considerarme importante al teneros sometidos al cumplimiento de mis caprichos.
Con el paso del tiempo, pude percatarme de que me concediste todo lo que te pedí, de una forma diferente respecto del modo en que quería que me resolvieras los problemas que he tenido, dificultades que muchas veces han sido causadas por mi ceguera. Cuando empecé a dejarme ayudar por Ti, Jesús, comprendí que la paz no consiste en gritar para que los niños no hablen y poder ver una película tranquilamente, sino en afrontar las situaciones difíciles con serenidad, sin olvidar la necesidad de la perseverancia para resolver situaciones difíciles. Después de haber considerado todo lo que te he dicho, me siento satisfecho al agradecerte el amor que derramas continuamente sobre mí, porque ahora sí puedo decir que me siento henchido de tu presencia, Jesús. Ahora sé que no necesito nada, porque Tú estás conmigo, y me siento apoyado y amado por los miembros de mi familia. Sé que mis seres queridos me aman y me apoyan, porque, gracias a Ti, Hermano Jesús, se sienten felices cuando están conmigo.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Meditación del Evangelio del Domingo II después de Navidad.
3. Meditación de JN. 1, 1-18.
1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento de la Persona de Jesús y su obra redentora, a fin de que nos dispongamos a imitar las virtudes de Nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de Sí: (AP. 1, 8). Nuestro Señor se define a Sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: (JN. 1, 29).
Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestras vidas en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de Nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.
2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque Nuestro Señor tuvo un comienzo existencial como Hombre al encarnarse en Santa María Virgen, ha existido siempre (COL. 1, 15). Jesús es un reflejo de Nuestro Padre común. Muchos cristianos valoran a las personas según el comportamiento que observan en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: (COL. 1, 13-14).
El Evangelista nos dice: (JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de Nuestro Criador, la Palabra de Nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas.
A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio, contenidas en JN. 1, 16.
San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: (JN. 1, 1B-2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra (JN. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de Nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque el Criador del universo nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de nuestras vidas, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y en nosotros. Quizás nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, etc., pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. El deseo de prosperar es positivo siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.
3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: (JN. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de Nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: (HCH. 10, 38).
¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que Nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad?
¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?
4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestros corazones: (JN. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como Padre, así pues, en JN. 1, 13 se nos dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Nuestro Santo Padre les ha creado para colmarles el corazón de gloria. Éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol, contenido en JN. 1, 14.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La Iglesia, al comenzar el nuevo año, nos invita a meditar los primeros 18 versículos del Evangelio de San Juan, para infundirnos el conocimiento de la Persona de Jesús y su obra redentora, a fin de que nos dispongamos a imitar las virtudes de Nuestro Señor. Jesús mismo, en el libro del Apocalipsis, dice de Sí: (AP. 1, 8). Nuestro Señor se define a Sí mismo como el principio de nuestra existencia y el fin con que Dios nos ha creado. San Juan Bautista dijo cuando testimonió su experiencia del bautismo del Mesías: (JN. 1, 29).
Siempre que iniciamos un nuevo año lo hacemos con la esperanza de renovar nuestras vidas en todos los aspectos, y, el recuerdo de la misión redentora de Nuestro Señor, nos insta a llevar a cabo todos nuestros propósitos.
2. Jesús es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, así pues, aunque Nuestro Señor tuvo un comienzo existencial como Hombre al encarnarse en Santa María Virgen, ha existido siempre (COL. 1, 15). Jesús es un reflejo de Nuestro Padre común. Muchos cristianos valoran a las personas según el comportamiento que observan en las mismas. San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad de Colosas: (COL. 1, 13-14).
El Evangelista nos dice: (JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que, cuando Dios comenzó la obra de la creación, ya existía Jesús, la imagen de Nuestro Criador, la Palabra de Nuestro Dios. Cuando observamos que un hijo imita a su padre o tiene algún rasgo físico que le es común a su antecesor, decimos con respecto al mismo: de tal palo, tal astilla. Dios es incorpóreo, y, nosotros, al no estar capacitados para creer lo que no podemos ver con nuestros ojos y no nos es posible tocar con las manos, necesitamos que Jesús, la Palabra de Dios, se nos manifieste, para poder creer las realidades divinas.
A quienes sentimos que Cristo se nos ha dado a conocer, nos llenan el corazón de alegría las palabras del Evangelio, contenidas en JN. 1, 16.
San Juan también nos dice en el Evangelio de hoy: (JN. 1, 1B-2). Dios llamó al universo a la existencia por medio de su Palabra (JN. 1, 3-5). Nosotros fuimos creados por medio de Jesús, y gozaremos de la vida eterna, gracias al sacrificio cruento de Nuestro Hermano. La vida sobrenatural que hemos recibido por obra y gracia del Espíritu Santo es un cúmulo de virtudes, luz y esperanza para quienes creemos en el Mesías, y, quienes no creen en Dios no gozan de la citada riqueza espiritual, porque, aunque el Criador del universo nos concede a todos sus dones y virtudes, nadie puede ejercitar las virtudes que desconoce. Esa luz resplandece en las tinieblas de nuestras vidas, cuando no cedemos a las diversas tentaciones que nos inducen a pecar, a sucumbir ante los fracasos que sufrimos, a incapacitarnos ante la superación de nuestros defectos, a no luchar por ser cada día mejores personas cristianas, y, en último extremo, a perder la fe y la esperanza, no solo en Dios, sino en nuestros prójimos, y en nosotros. Quizás nos lamentamos porque no tenemos a nuestra disposición todo el dinero que deseamos, no tenemos el coche que más nos gusta, no tenemos varias viviendas para alquilarlas y obtener un dinero extra del que podríamos dar buena cuenta, etc., pero debemos sentirnos dichosos por lo que somos y la situación que vivimos, porque, desgraciadamente, hay mucha gente en el mundo que carece de dones terrenos y celestiales. El deseo de prosperar es positivo siempre que no nos induzca a luchar por alcanzar una mayor posición en el campo en que nos movemos a costa de empobrecer a la gente que nos rodea.
3. San Juan nos dice con respecto a la primera venida del Mesías: (JN. 1, 10-11). La mejor descripción de todas las que he leído de la vida de Nuestro Maestro por su brevedad y claridad, fue expuesta por San Pedro ante el centurión Cornelio, sus familiares y sirvientes, en los siguientes términos: (HCH. 10, 38).
¿Por qué no reconocieron los judíos a Jesús en el tiempo en que Nuestro Señor llevó a cabo la redención de la humanidad?
¿Por qué nos invade la pereza al pensar en que debemos asistir a las celebraciones eucarísticas?
¿Por qué se han cometido miles de crímenes en nombre de Jesús de Nazaret?
4. San Juan nos dice con respecto a quienes hemos recibido al Señor en nuestros corazones: (JN. 1, 12-13). Para comprender las palabras del Apóstol que estamos meditando, es preciso que pensemos lo que significa para nosotros el hecho de aceptar a Dios como Padre, así pues, en JN. 1, 13 se nos dice que los hijos de Dios no nacen por deseo de ningún hombre, ni nacen como hijos no deseados, ni nacen para ser predestinados para ser glorificados en conformidad con los deseos de sus progenitores, pues nacen porque a Dios le place tenerlos como hijos, por lo que se deduce que Nuestro Santo Padre les ha creado para colmarles el corazón de gloria. Éstos, pues, son los hijos de Dios que reciben con gran alegría el mensaje del Apóstol, contenido en JN. 1, 14.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
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