Introduce el texto que quieres buscar.

Mostrando entradas con la etiqueta Creador. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Creador. Mostrar todas las entradas

El Hijo del hombre es Nuestro Rey. (Meditación para la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario del Ciclo B. Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

   Meditación.

   1. El Hijo del hombre es Nuestro Rey.

   Estimados hermanos y amigos:

   En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la primera acepción -o significado- de la palabra "rey", es la siguiente: "Monarca o príncipe soberano de un reino". En el extracto de la profecía de Daniel que estamos considerando, aparece Nuestro Santo Padre como un anciano porque los hermanos de raza de Nuestro Salvador respetaban mucho a los ancianos porque valoraban las experiencias vitales de los mismos las cuales les eran transmitidas por los tales a quienes eran más jóvenes que ellos para que les sirvieran de ejemplos a seguir, y Nuestro Salvador, como el Hijo del hombre, que vendrá entre las nubes, -signos de la manifestación de la presencia y la gloria de Dios-, a concluir la instauración de su Reino en nuestra tierra, como Rey designado por Nuestro Santo Padre.

   ¿Qué fue lo primero que hizo Jesús después de aparecer entre las nubes del cielo, según nos dice Daniel, en el extracto de su profecía que estamos considerando? Jesús "se acercó al anciano y se presentó ante él". Recordemos las siguientes palabras que pronunció Jesús, en diferentes circunstancias, que acaecieron durante los años que se prolongó, su Ministerio público: (JN. 4, 34; 5, 30).

   Cuando rezamos el  Padre nuestro, le decimos a Nuestro Santo Padre: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo" (MT. 6, 10).

   ¿Es verdad que deseamos que la voluntad de Dios se haga en nuestro mundo, o solo pronunciamos las citadas palabras, porque forman parte de una oración que pronunciamos mecánicamente, sin ser conscientes de lo que significan?

   ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios el alimento que acrecienta nuestro espíritu para que, al vivir dispuestos a ser perfectos imitadores de Jesús, seamos dignos de alcanzar la salvación que aguardamos?

   Si el alimento de Jesús fue "hacer la voluntad del que lo envió, y llevar a cabo su obra" (JN. 4, 34), ¿Cuál debería ser nuestro alimento espiritual? Según JN. 5, 30, Jesús sabía que su forma de juzgar y actuar era justa, no porque hacía su voluntad, sino porque cumplía la voluntad de Nuestro Santo Padre.

   ¿Tenemos la confianza de hacer siempre lo correcto, porque nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre? Por cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre, -que consiste en hacernos partícipes de su Reino de amor y paz-, Jesús fue nombrado Rey por Nuestro Santo Padre, no para servirse de sus súbditos, sino para constituir con ellos, la familia de Nuestro Santo Creador. Jesús vino al mundo siendo extremadamente pobre, jamás buscó ser enaltecido como muchos que ambicionan el poder, la riqueza y el prestigio, no tenía dónde reclinar la cabeza (LC. 9, 58), y fue tan grande su amor hacia el Padre y sus hijos, que, al no tener nada más valioso que sacrificar para demostrarnos que somos amados por el Dios Uno y Trino, murió para vencer la muerte desde la entraña de la misma, y para enseñarnos que, cuanto más graves sean nuestras dificultades, mayor será la esperanza de que Dios las aprovechará para purificarnos y santificarnos, con tal de hacernos aptos para vivir en su presencia.

   Jesús encaminó su existencia a la vivencia de su Pasión, muerte y Resurrección, porque vino a Palestina, a consumar nuestra redención (LC. 9, 51). San Lucas hace referencia al viaje que Jesús hizo a Jerusalén, para concluir la realización de su obra salvadora.

   Recordemos el siguiente texto de San Pablo: (ROM. 8, 16-18). Cuando los primeros cristianos eran perseguidos, se consolaban pensando que, si tenían la dicha de compartir los padecimientos de Jesús, serían dignos del don de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Si vivimos haciendo del cumplimiento de la voluntad de Dios nuestro alimento espiritual, -aunque ello a veces nos atraiga dificultades-, tendremos la dicha de ser herederos de dios y coherederos de Cristo, -es decir, viviremos con Cristo, en la presencia de Nuestro Santo Padre-. Recordemos lo que Nuestro Salvador le dijo a Nuestro Padre celestial, en su oración sacerdotal: (JN. 17, 11. 18-24).

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Señor, ¿qué podemos hacer por ti? (Meditación para el Domingo XXIX del Tiempo Ordinario del Ciclo B).

   Meditación.

   Señor, ¿qué podemos hacer por ti?

   Imaginemos por un momento que podemos hacer algo para beneficiar al Dios Uno y Trino. Al `pensar en ello, recuerdo el siguiente fragmento de los Salmos: (SAL. 50, 12). En este texto se nos recuerda que nuestro criador no tiene necesidad de nosotros, porque es Todopoderoso. No obstante, dado que Nuestro Padre celestial se complace en el hecho de amarnos, desea que cumplamos las siguientes instrucciones del citado Salmo (SAL. 50, 14-15). Los sacrificios de acción de gracias que podemos ofrecerle a Nuestro Creador son muchos, así pues, Nuestro Padre celestial se complace en que oremos y en que le demostremos el amor con que le amamos sirviendo a nuestros prójimos los hombres.

   Aunque Jesús dijo en el sermón del monte las palabras contenidas en MT. 5, 37, no hemos de invalidar lo dicho con respecto al cumplimiento de los votos en el Salmo mencionado anteriormente, dado que, en un principio, el citado texto fue compuesto para que lo utilizaran para orar los hebreos, los cuales estaban sometidos al cumplimiento de la Ley de Moisés, la cuál, con el fin de instar a quienes la cumplían a ser veraces, permitía que los mismos se comprometieran bajo juramento a serle fieles a Dios.

   Al igual que muchos judíos se comprometían en juramento, muchos cristianos también les hacen promesas a Dios y a los Santos, aunque muchas veces tales promesas -todo hay que decirlo-, no son nada más que sobornos, pues no se trata de que muchos de los mismos se comprometen a hacer el bien sin recibir ningún favor a cambio de ello, sino de un intercambio de un gran favor divino, por un insignificante favor humano, el cuál no es necesario, ni para Dios, ni para sus fieles siervos.

   Aunque cada cuál según su conciencia es libre para comprometerse bajo juramento con la intención de sobornar a Dios o de serle fiel hasta la muerte si le fuera necesario padecer en defensa de la fe que profesa, personalmente estimo que no necesitamos jurar nada, pues a Nuestro Santo Padre le basta nuestra sana y firme intención de servirle en nuestros prójimos los hombres, así pues, si Él quiere algo de nosotros, es seguro que hallará el medio adecuado de manifestarnos su voluntad, y nos procurará el mejor modo de servirlo.

   Con respecto al hecho de que glorificaremos a Dios el día que nos libere de la angustia, somos muchos los que tenemos esa experiencia, aunque también son muchos los que, a pesar de que se han acordado de Nuestro Creador para pedirle ayuda cuando lo han pasado mal, no se han acordado de Él para agradecerle los favores que les ha hecho.

   Aunque con respecto a Dios estamos incapacitados para hacer nada por Él, seguramente hemos pensado en lo que le contestaríamos si nos dijera las palabras con que Jesús se dirigió a los hijos de Zebedeo cuando le pidieron que los revistiera de poder, sentándolos, en su Reino, a  uno a su derecha, y, al otro, a su izquierda (MC. 10, 36).

   Con lo que están sufriendo muchos ricos que tienen inmensas fortunas aunque carecen de felicidad, y muchos pobres que carecen de lo estrictamente indispensable para mantenerse vivos, si Jesús nos dijera que está dispuesto a concedernos lo que queremos, -siempre que ello no contradiga el designio salvífico de Dios-, estoy seguro que le pediríamos que cumpliera nuestro más anhelado sueño.

   Si abrimos los ojos lentamente para salir de este maravilloso sueño en que nos hemos sumido instantáneamente, y volvemos a la realidad lentamente para no desilusionarnos por habernos despertado tan rápidamente del sueño que representaba la vivencia del momento más soñado de nuestra existencia, recordamos las palabras que Jesús les dijo a los citados hermanos y a los demás futuros Apóstoles (MC. 10, 44).

   ¿Por qué se empeña Jesús en demostrarnos que si queremos alcanzar la felicidad debemos aprender a sacrificarnos para beneficiar a nuestros prójimos? No nos es necesario aprender que vivimos en un mundo en el que no existe ni una sola persona que sea plenamente feliz, si tenemos en cuenta que, al no haberse concluido plenamente la instauración del Reino de Dios en nuestro planeta, en esta tierra no existe la dicha perfecta según nuestra óptica cristiana. Dado que vivimos en un mundo en que los pobres sufren por causa de sus carencias y muchas veces de la marginación que padecen, y en el que muchos que no son pobres sufren porque no saben hacerse amar, o porque no son comprendidos, o por otras muchas causas, si no aprendemos a considerar a nuestros prójimos tal como nos consideramos nosotros, no podremos hacer absolutamente nada para aumentar nuestra felicidad, así pues, aunque nos agrupamos en diferentes estamentos sociales, Dios lo ha dispuesto todo para que vivamos en comunicación constante, así pues, aunque lo que os voy a decir parezca que no tiene sentido, hemos sido creados para vivir en comunión, y, mientras no venzamos las diferencias que nos separan, seguiremos sufriendo la soledad característica de los caparazones en que estamos encerrados, unos por su propia voluntad, y otros porque no se les permite acceder a un estado de vida más acorde a su dignidad de hijos de Dios.

   Los cristianos practicantes, al pasar todo el tiempo que podemos buscando la forma de aumentar nuestra felicidad, ora mejorando nuestra forma de actuar como personas cristianas, ora mejorando las relaciones que mantenemos con nuestros prójimos los hombres, nunca dejamos de recordar que, con el fin de lograr nuestro ansiado propósito de alcanzar la felicidad, en cuanto ello nos es posible en este mundo imperfecto, que podemos seguir aumentando nuestro conocimiento de Dios, para que podamos ser imitadores de Cristo, según las siguientes palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).

   En este mundo de las prisas y el ruido en que vivimos, debemos tener mucha paciencia si queremos mejorar las relaciones que mantenemos con los hombres, dado que, como no tenemos el tiempo que necesitamos para hablar con ellos, este hecho puede ser causa de malos entendidos y de otros problemas causados por el autismo social que nos impone esta forma de vivir que tenemos que no conduce nada más que al dolor y a la ambición desmedida, a no ser que tengamos muy claro lo que deseamos conseguir, y que se nos permita luchar por lo que verdaderamente nos hace felices.

   Son muchos los que piensan que ser cristiano consiste en encerrarse en una burbuja para no pensar en los problemas de la vida diaria y del mundo. Este lujo pueden permitírselo los cristianos que no dan a conocer su fe, pues los practicantes tenemos muy presentes las siguientes palabras de Jesús: (LC. 12, 51).

   San Pablo, quizás teniendo muy presentes las citadas palabras que le dio a conocer a su discípulo San Lucas, les escribió a los cristianos de Corinto: (1 COR. 4, 9).

   Jeremías recoge un texto en su profecía que últimamente estoy utilizando mucho en mis meditaciones dominicales a petición de aquellos hermanos que me dicen que el mismo les es muy útil para soportar sus depresiones (JER. 15, 19).

   Si sobrevivimos a la incomodidad de ser diferentes a la inmensa mayoría de la gente que nos rodea, ello se debe a que sacamos lo precioso de lo vil, es decir, a pesar de que el odio se ha adueñado del mundo, no podemos dejar de creer en la bondad de los hombres, porque Dios nos ha prometido que algún día todos seremos plenamente felices en su presencia, así  pues, Isaías nos transmitió en su profecía las siguientes palabras de Dios: (IS. 45, 21-23).

   Cuando pensemos en lo que más deseamos que Dios nos conceda, dadas las necesidades de este mundo en que muchas veces por necesidad y/o ambición buscamos lo que menos necesitamos a largo plazo, procuraremos pedirle a Dios que nos conceda lo que verdaderamente necesitamos con vistas a habitar en su Reino de amor y paz, esto es, ser verdaderos adoradores de Nuestro Padre común, capaces de servir a Nuestro criador en nuestros prójimos los hombres.

   Quiero concluir esta meditación respondiendo una pregunta de una lectora, a la cuál le voy a responder públicamente, porque considero que la pregunta que me ha planteado es importante. Nuestra hermana ha leído el siguiente texto de San Lucas: (LC. 16, 1-12). Nuestra hermana quería saber por qué nos insta Jesús a sentir, a la hora de confesarnos, el dolor de la atrición, si el mismo es imperfecto, ya que conlleva el interés de salvar el alma del infierno, y no el rechazo del pecado por la maldad característica del mismo.

   De la misma manera que los padres aman más a sus hijos cuando viven varios años con ellos que cuando los tienen recién nacidos debido al hecho de estar vinculados a los mismos durante mucho tiempo, es imposible el hecho de que los que se inician en el conocimiento y ejercicio de nuestra fe amen a Dios con la misma intensidad al principio de su ciclo formativo catequético que cuando llevan muchos años teniendo el servicio a Dios como la principal prioridad de su existencia. Dado que a Dios no le podemos amar cuando le conocemos con la misma intensidad que le amamos cuando experimentamos la vivencia en su presencia aunque sólo sea por medio de la fe que tenemos en Él, Jesús nos insta a que, con el paso del tiempo, el temor a la condenación, acabe desapareciendo, dando paso al rechazo del pecado, por causa de la fealdad del mismo.

   Según deduzco de la lectura de LC. 16, 8, comprendo perfectamente que los no cristianos e incluso los llamados cristianos que no viven para amar a Dios, son mucho más sagaces a la hora de ver las cosas terrenas que los servidores de Dios, dado que, estos últimos, al estar ejercitándose en la práctica de las virtudes divinas, corren el riesgo de no cuidarse de las intenciones de los que sólo piensan en enriquecerse, aunque para ello tengan que aplastar a quienes piensan que les estorban, aun sin considerar que los mismos pueden ser más débiles que ellos.

   Cuando en el versículo 9 del citado texto Jesús nos dice que ganemos amigos por medio de las riquezas injustas, no nos dice que hagamos el mal para ganarnos a la gente, sino que utilicemos las riquezas materiales, que no son nuestras, dado que son del mundo anticristiano, para cristianizar a nuestros prójimos los hombres, y, de paso, para que los tales, cuando nos vean sufrir, vengan en nuestro socorro.

   En los versículos 11 y 12, Jesús nos dice que si no somos fieles a la hora de administrar las riquezas injustas, -es decir, los bienes materiales-, si ello nos beneficia al modo que a los hombres nos gusta ser recompensados, ¿cómo nos confiará Nuestro Padre común sus bienes espirituales, teniendo en cuenta que los mismos, aunque más valiosos, son más difíciles de mantener, porque la posesión de los mismos no nos reporta beneficios amados por los egoístas?

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Padre común que se haga su voluntad en este mundo en que mucha gente no sabe a dónde va.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

Meditación para el Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Domingo V del Tiempo Ordinario del Ciclo A.

   Meditación.

   1. Pronto interrumpiremos la conmemoración de las ferias del Tiempo Ordinario de este año para comenzar el tiempo de Cuaresma. Al igual que el Adviento, las semanas que preceden al Triduo de Pascua y a la Pascua, nos evocan nuestra conversión. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos dice que, al estar íntimamente vinculados a Dios, somos el centro del universo. Esta realidad tan atractiva, significa una gran responsabilidad para nosotros, pues nos hace constatar que Nuestro Padre común nos ha dotado de una libertad, que debemos aprovechar convenientemente, para crecer como personas cristianas, como gente de este mundo, a pesar de que somos peregrinos que caminamos hacia un mundo nuevo, que nos estamos creando, con nuestras obras, palabras, y, oraciones.

   Nuestro origen humano es indiscutible, pero, al comparar nuestra fragilidad con la omnipotencia de Dios, David le preguntó a Nuestro Criador: (SAL. 5, 4). Estamos tan acostumbrados a tener a Dios como a un Padre olvidado, y estamos tan sumidos en el progreso material de la sociedad en que vivimos, que, con la excepción de que suframos carencias temporales o de que enfermemos gravemente, no nos acordamos de nuestra debilidad, no porque nuestra fe suple nuestros defectos, sino porque no nos sentimos necesitados de Dios. Vivimos en un mundo que se está pluralizando, y, la Filosofía y la Psicología, al no poder estar dirigidas a instruirnos en una creencia generalizada, están siendo utilizadas para fomentar el amor que debemos sentir por nosotros mismos, por lo que, lamentablemente, en la sociedad cuyo afán competitivo es ilimitado, nos estamos olvidando de nuestros prójimos los hombres. Jesús nos dice que somos la sal y la luz de la gran ciudad del mundo, pero no somos felices, porque, no podemos darle sabor y luminosidad a nuestra vida, si vivimos aislados, paradójicamente, en una sociedad que dispone de muchos medios para comunicarnos con nuestros prójimos.

   2. Somos muchos los católicos que nos hemos acostumbrado a asistir a la celebración de la Eucaristía semanal de los Domingos, pero, lamentablemente, no todos conocemos a Jesús. A pesar de que el pasado Domingo meditamos las Bienaventuranzas, estoy completamente seguro de que, muchos católicos no saben en qué capítulo de San Mateo o de San Lucas se encuentran las citadas máximas de Nuestro Maestro.

   ¿Qué diría Jesús si volviera hoy en su Parusía y viera que la Eucaristía sólo es un acto rutinario para nosotros?

   ¿Por qué somos cristianos si no sabemos lo que Dios quiere de nosotros?

   Un cristiano que no conoce sus creencias es semejante a un científico que desconoce su trabajo.

   3. Paralelamente a nuestros ciclos formativos, es muy importante que ejercitemos los dones y virtudes que recibimos del Espíritu Santo, participando, por ejemplo, en diversas actividades que se pueden programar en nuestras comunidades físicas yo virtuales. Pueden constituirse grupos de oración para rezar el Santo Rosario una vez a la semana, se pueden crear grupos de Catequesis o de Liturgia, se pueden crear asociaciones para recabar fondos económicos para realizar actividades en países subdesarrollados, etcétera. Yo he sido catequista de niños, adolescentes y adultos, y, desde hace más de tres años, evangelizo a través de la red, y me dedico a escuchar a quienes se sienten tristes, a través de la cuenta de Skype:
amigosdetrigodedios@hotmail.com
y os puedo asegurar que Dios me ha dado frutos como para superar miles de veces las buenas obras que he realizado. Estas actividades nos instan a olvidar el egoísmo, y nos enseñan a amarnos a nosotros, a nuestros prójimos, y, a Nuestro Padre común.

   4. La formación y la acción cristianas carecen de sentido si no se basan en la oración, de la misma forma que, las Bienaventuranzas, carecen de sentido, al no ser explicadas por el sermón del monte. Orar es hablar con Dios como lo hacemos con quienes se sientan con nosotros en nuestro hogar, una experiencia inolvidable e inexplicable, que sólo puede ser comprendida, por quienes la viven.

José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com

El origen del mal según la Biblia. (Meditación de la primera lectura del Domingo I de Cuaresma del Ciclo A).

   Meditación.

   1. El origen del mal según la biblia.

   Meditación de GN. 2, 7-9; 3, 1-7.

   Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y le insufló el la nariz el aliento vital con que lo vivificó. Ello significa que somos dependientes de Dios, quien tiene el poder de darnos y quitarnos la existencia. La vida y el valor que tenemos provienen de Nuestro Criador. Muchos se sobrevaloran y no son pocos los que se infravaloran. Nuestro poder no está originado por nosotros, pues lo hemos recibido de Dios. Es por eso que siempre podremos superarnos, aunque hayamos avanzado mucho en los campos en que trabajamos. No olvidemos valorar la vida tal como lo hace Nuestro Padre común.

   Dado que existía el árbol de la ciencia del bien y del mal antes de que Adán y Eva pecaran, ello indica que el mal existía antes de que fuera creado el primer hombre. El mal está personificado en Satanás, quien puso a prueba la integridad de nuestros antepasados comunes.

   Adán y Eva podían comer de los frutos de todos los árboles del Edén, con la excepción del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (GN. 2, 17). Comer del citado fruto, expondría a nuestros citados ancestros y a sus descendientes de todos los tiempos a la muerte. Dado que adán y Eva no murieron al comer del fruto del citado árbol, podemos pensar que la muerte a la que se refería Dios era la pérdida de la felicidad que tuvieron repentinamente, cuando experimentaron su vulnerabilidad, aunque este texto es interpretado por la mayoría de cristianos pensando en la muerte física.

   Aunque Dios sabía que Adán y Eva lo iban a desobedecer, no les impidió comer del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Dios nos sigue permitiendo escoger entre cumplir su voluntad y rechazarla. El hecho de no cumplir la voluntad divina tiene consecuencias dolorosas para nosotros, las cuales nos son útiles para crecer como personas cristianas, si no nos dejamos arrastrar por la frustración y la desesperación. Si somos consecuentes con nuestras elecciones, aprenderemos a meditarlas con gran cuidado.

   ¿Por qué sometió Dios a Adán a prueba? Si no hubiera existido el mal, el hombre no hubiera sido libre, por lo que hubiera sido prisionero de Dios. Necesitamos tener la experiencia del mal para valorar la grandeza del bien. En oposición a lo que era de esperar de Adán, nuestro ancestro común desobedeció a Dios, precisamente, porque carecía de la experiencia de las carencias y el sufrimiento.

   Dios es un ser increado, y es perfecto, pero el demonio, es un ser creado, y tiene limitaciones. Esto significa que algún día el mal en todas sus formas será exterminado, según la fe que profesamos.

   El demonio nos tienta para que nos apartemos de Dios. Satanás fue derrotado por San Miguel y sus ángeles en el cielo, y quiere ir al infierno acompañado de toda la humanidad.

   ¿Cómo podemos evitar ceder a las tentaciones?

   1. Recordemos que las tentaciones por sí mismas no son pecados, pero si lo es el hecho de transgredir la Ley de dios al ceder a las mismas.

   2. Oremos para superar tentaciones.

   3. No nos expongamos innecesariamente a ninguna tentación con el fin de probar nuestra fortaleza, porque el hecho de ceder a la misma puede atraernos complicaciones.

   4. Aprendamos a decir "no" cuando tengamos la oportunidad de hacer lo que contradice la voluntad de Dios.

   La serpiente tentó a Eva haciéndole dudar de la bondad de Dios, y haciéndole creer que Nuestro Padre común fue egoísta, por hacer a Adán y a ella inferiores a la Divinidad. Para Eva, la plenitud de su superación consistía en la adquisición del conocimiento del bien y el mal, un conocimiento que podría haber recibido de dios sin sufrir, pero que le costó un gran dolor, por obtenerlo incumpliendo la voluntad divina.

   Satanás logró que Eva se olvidara de lo que tenía y que centrara su atención en todo lo que pensaba que le faltaba. Esto es lo que le sucede a mucha gente en nuestro tiempo, lo que hace que muchos maten para lograr ser más poderosos, y lo que impide que no se extinga la codicia.

   Para los cristianos la libertad no consiste en hacer lo que queremos, sino en la obediencia a Dios y en saber lo que podemos hacer y lo que tenemos que evitar. Los Mandamientos de Dios fueron promulgados para beneficiarnos.

   El hecho de que deseemos ser como Dios no es negativo, pero sí lo es el hecho de que prescindamos de Él, si lo concebimos como la plenitud de la vida y del bien. No podemos asemejarnos a dios desafiando su autoridad y decidiendo lo que es mejor para nosotros sin contar con Él, sino cumpliendo su voluntad, que consiste en que seamos plenamente felices viviendo en su presencia. Llegar a ser como Dios no es lo mismo que ser Dios, sino reflejar sus cualidades en nuestras vidas y reconocer su autoridad, una autoridad que para los cristianos practicantes significa capacidad de servir desinteresadamente.

   Observemos cómo cedió Eva a la tentación de alimentarse del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Miró el fruto, lo cogió, lo comió, y lo compartió con Adán. El hecho de mirar el objeto de nuestros deseos puede hacernos ceder a la tentación de pecar. San Pablo nos insta a huir de las pasiones irreflexivas (2 TIM. 2, 22).

   Después de alimentarse del fruto prohibido, Eva le dio a Adán del mismo. El pecado se extiende rápidamente tal como se expande el petróleo de un barril derramado en el mar.

   Después de pecar, Adán y Eva se sintieron culpables por causa de su acción. La culpa es útil cuando la interpretamos como una señal de que hemos cometido un error, y es inútil cuando nos hace sufrir sin extinguir la causa que la genera. La culpa es constructiva cuando nos ayuda a construir lo que anteriormente destruimos y deja de ser culpa para llamarse responsabilidad.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

Vivamos una Cuaresma inolvidable. (Meditación para el Miércoles de Ceniza).

   Meditación.

   Vivamos una Cuaresma inolvidable.

   Estimados hermanos y amigos:

   1. Un año más hemos dispuesto nuestro corazón a vivir una nueva e intensa Cuaresma, con la intención de esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Padre común. Todos los años, durante las seis semanas en que nos preparamos a celebrar los misterios más trascendentales de nuestra fe, recibo muchos correos electrónicos de lectores que afirman que creen en Nuestro Padre común, aunque piensan que la penitencia no sirve para nada, y dicen que piensan que la oración no tiene sentido. Nosotros creemos que la penitencia nos ayuda a adaptarnos al Dios que no puede ni debe adaptarse a nuestras exigencias, porque Él es más perfecto que nosotros, y desea que alcancemos la plenitud de la felicidad. La oración es una conversación que mantenemos con Dios, con Nuestra Santa Madre y con los santos siervos de Nuestro Criador, pues hablamos con ellos de la misma forma que lo hacemos con nuestros familiares y amigos.

   En la primera lectura correspondiente a esta celebración litúrgica, encontramos las siguientes palabras proféticas: (JL. 2, 12).

   Durante las semanas anteriores hemos tenido la oportunidad de meditar sobre nuestra conversión al Señor Nuestro Dios. Hemos tenido la oportunidad de recordar que sin Nuestro Padre común no podemos hacer nada. Estamos muy limitados para alcanzar la plenitud de la felicidad. Queremos convertirnos a nuestro Padre común con todo nuestro corazón porque necesitamos a Nuestro Creador, no porque Él nos puede favorecer al concedernos sus dádivas celestiales, sino porque nos hemos acostumbrado a tenerlo presente en nuestras vidas, de tal forma que sin Él nuestra existencia carece del sentido de la eternidad. Quizás pensamos que el ayuno no nos sirve de nada, pues no tiene sentido el hecho de privarnos de comer carne y productos lácteos, como si de esa forma le hiciéramos a Dios el regalo de privarnos de los dones con que Él ha previsto que nos alimentemos. Personalmente os digo que llevo muchos años sin ayunar, porque pienso que mi oración consiste en beneficiar a mis prójimos y alabar a Dios con buenas obras y alabanzas nacidas de la inspiración del Espíritu Santo, así pues, todos adoramos a Nuestro Padre común de la forma que creemos más conveniente.

   El llanto y los lamentos de que se nos habla en la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando nacen de los corazones que son conscientes de su debilidad y han depositado su confianza en Nuestro Padre común. No olvidemos que Jesús dijo en su sermón del monte las palabras escritas en MT. 5, 4.

   Nuestra tristeza nace de la incapacidad que tenemos de extinguir las miserias características de nuestra humana imperfección del mundo. Nos gustaría vivir en un mundo en que no existieran la enfermedad, ni la pobreza ni la muerte, pero ello no nos es posible actualmente. No hemos de contemplar nuestros problemas como si los mismos fueran abrumadores, dado que los tales han de ser aprovechados por nosotros para vivir la plenitud de nuestra experiencia de Dios.

   (JL. 2, 13). El autor del texto profético que estamos meditando nos dice que no nos escandalicemos por causa de la existencia del mal, sino que evitemos incumplir los preceptos de la Ley divina. Yo puedo pensar que en el mundo hay muchas personas que pecan a sabiendas de que ello no es lo que Nuestro Padre común desea que hagan, pero el pensamiento de que los tales hacen lo incorrecto no hará de mí un santo, pues Nuestro Creador espera de mí que, a través de mi ejemplo cristiano, intente hacer que ellos comprendan que, al ser el objeto directo del amor de Nuestro Padre celestial, podrían cumplir la voluntad del Dios que desea que seamos felices, a pesar de las dificultades que hemos de superar durante los años que se prolonga nuestra existencia.

   Dios es tardo para manifestarnos la ira. Todos los años, durante el tiempo de Cuaresma, recibo cartas de lectores que se quejan porque dicen que Dios castiga a quienes actúan como verdaderos santos, mientras que deja impunes a quienes hacen el mal. Para comprender esta cuestión, hemos de tener en cuenta que, cuanto más nos hayamos superado con respecto a nuestro crecimiento espiritual, serán mayores las dificultades que tendremos que afrontar. Si intentamos que un niño pequeño que está comenzando a dar sus primeros pasos nunca se caiga aunque para ello haya que privarlo de caminar, cometeremos el error de impedirle que fortalezca sus piernas y aprenda a caminar lo más rápidamente posible.

   Dios se duele de lo que erróneamente creemos que son los castigos con que intenta hacernos comprender que hemos pecado o que no hemos hecho lo que teníamos que haber hecho en el pasado. No hemos de comprender que los castigos de Dios son multas que hemos de pagar para poder seguir siendo hijos de Nuestro Padre celestial, pues los mismos son lecciones que tenemos que aprender para alcanzar una gran sabiduría. Estoy de acuerdo con el hecho de que algunos afirman que dios nunca castiga a sus hijos, pero ello puede impedirles aceptar el verdadero sentido del dolor, que consiste en ver nuestras tribulaciones como caminos de superación personal.

   No olvidaremos las palabras que San Juan le oyó a Cristo Resucitado (AP. 3, 19).

   Es importante que los cristianos no veamos el dolor como si el mismo fuera un signo de debilidad (1 COR. 1, 27-28).

   Hagamos penitencia para que, cuando el mundo vea que Nuestro Padre viene a nuestro encuentro y lleva a cabo las obras que han de hacer que el mundo le acepte, todos podamos vivir unidos como hermanos en el Reino del amor y la paz.

   2. En el Evangelio de hoy Jesús nos dice que no favorezcamos a nuestros prójimos para que la gente pueda decir de nosotros que somos cristianos ejemplares, sino por amor a ellos y a Nuestro Padre común, para servir a la Trinidad Beatísima en quienes necesitan que les ayudemos a solventar sus carencias materiales y espirituales. El pasado día 14 celebramos el día de los enamorados. A media mañana me encontré a una señora que llevaba un ramo de flores que le había regalado su marido. Dicha señora, en vez de estar contenta por la demostración de amor que había recibido de su cónyuge, se quejaba de que no podía comprar nada hasta que no llevara las flores a su casa, porque tenía las manos ocupadas. Todos recibimos muchas dádivas de Nuestro Padre común, y no somos conscientes de ello, ya que nunca nos falta el aire para respirar, y podemos contemplar la luz del sol todos los días. Es cierto que muchas veces no nos conformamos con las cosas que tenemos y deseamos alcanzar nuevos logros, pero, si miramos esta forma de ser nuestra de una forma positiva, podemos pensar que, mientras deseemos progresar en los campos material y espiritual, ello significará que tenemos un gran deseo de vivir.

   3. Es conveniente que nos preparemos a celebrar los misterios centrales de nuestra fe durante las próximas semanas, ya que celebraremos los mismos durante un espacio de tiempo demasiado corto para que podamos interpretarlos adecuadamente. El Domingo de Ramos celebraremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, al mismo tiempo que recordaremos la Pasión y la muerte de Nuestro señor, para que así podamos celebrar el Domingo siguiente la Resurrección del Hijo de María, ya que las celebraciones del Jueves Santo y del viernes Santo no son preceptuales.

   Durante la tarde del Jueves Santo, celebraremos la institución de la eucaristía y del Orden de los sacerdotes. Durante una hora a lo largo de la noche, viviremos en estado de oración intensa ante el monumento en que adoraremos a Jesús eucaristizado, mientras recordaremos la Pasión del Hijo del carpintero de Belén.

   El Viernes Santo celebraremos la adoración de la cruz, la Pasión y la muerte de Jesús, y rezaremos el Vía crucis y el Vía Matrix.

   El silencio del Sábado de Gloria, será interrumpido por la jubilosa celebración de la Resurrección de Nuestro señor, que se prolongará durante los siguientes cuarenta días.

   Dispongámonos a aumentar nuestra fe por la vivencia de las prácticas cuaresmales, las cuales nos enseñan que los sacrificios característicos de este tiempo de oración significan que hemos de ser fuertes a la hora de afrontar nuestras dificultades.

   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestra celestial mediadora que su vivencia de nuestra corredención nos estimule a crecer espiritualmente.

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com

La grandeza y la humildad del Siervo de Yahveh. (Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).

   Meditación.

   1. La grandeza y humildad del siervo de Yahveh.

   Meditación de la primera lectura de los Ciclos A, B y C.

   Meditación de IS. 42, 1-4. 6-7.

   La primera lectura correspondiente a la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos en esta ocasión, es un extracto del primero de los cuatro poemas del siervo de Yahveh, que encontramos en la Profecía de Isaías. El siervo de Yahveh podía ser el pueblo de la primera Alianza, o un profeta en cuya conducta se encarnaba el cumplimiento de la voluntad de Dios. Independientemente de quien fuera el siervo de Yahveh, Israel tenía la misión de ayudar al mundo a conocer a su Creador, mientras permanecía a la espera de que el Mesías viniera a Palestina, y concluyera el cumplimiento de la citada tarea, al mostrarse a la humanidad, como Unigénito de Yahveh.

   A partir del siglo I de la era cristiana, la Iglesia creyó que, el siervo de Yahveh profetizado por Isaías, era Jesús, quien vino a demostrar la justicia de Yahveh, y a ser luz tanto para los judíos como para los gentiles -o paganos-, enseñando que Yahveh no es únicamente el Dios de los judíos, sino el Dios de todas las naciones de la tierra. Jesús no solo vino al mundo a dejarse asesinar para demostrarnos la grandeza del amor de Nuestro Santo Padre para con nosotros, pues también lo hizo para inmiscuirnos en su misión consistente en que la humanidad conozca, acepte, respete y ame a Nuestro Dios Uno y Trino. Es un gran motivo de gozo el hecho de pensar que Dios nos ama y confía en nosotros, y espera que le mostremos su justicia al mundo por medio de la imitación de la conducta que observó Nuestro Salvador, -es decir, siendo portadores de la luz característica, del Hijo de Dios y María-.

   Si el hecho de tener la dignidad de participar en el cumplimiento de la misión de Jesús nos llena de alegría, recordaremos las siguientes palabras de Nuestro Redentor, escritas en MT. 6, 33. ¿Qué significa buscar el Reino de Dios y su justicia?

   -Ello significa tener a Dios siempre en nuestros pensamientos, hablarle cuando oramos, cumplir su voluntad, e imitar la conducta que observó Jesús.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa anular nuestros pensamientos, cuando los mismos difieren del pensamiento de Dios.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que nos comprometemos a actuar en conformidad con nuestras posibilidades de ser excelentes imitadores de la conducta que observó Jesús, no como lo haríamos nosotros, sino como lo haría Nuestro Salvador.

   -Buscar el Reino de Dios y su justicia, significa pedirle a Dios la ayuda que necesitamos para que podamos cumplir su voluntad, porque no nos es posible llevar a cabo tan gran propósito, contando, exclusivamente, con nuestros medios.

   ¿Qué personas, objetos o metas, son para nosotros, más importantes que Dios?

   Cuando Nuestro Santo Padre envió al Señor al mundo para que muriera y nos demostrara la grandeza de su amor, cuando Jesús soportó su Pasión y muerte, y cuando el Espíritu Santo fue derramado sobre nosotros cuando fuimos bautizados, el Dios Uno y Trino no pensó en Sí mismo, sino en quienes hemos llegado a ser sus hijos.

   ¿Qué beneficios recibe Dios de nosotros? Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de nadie, pero le necesitamos. Este hecho nos recuerda que, si queremos imitar la conducta que observó Jesús, cuando tengamos la oportunidad de servir a nuestros prójimos los hombres, lo haremos, desinteresadamente, no pensando en nosotros, sino en la necesidad que los tales tienen, de nuestras dádivas espirituales, y materiales.

   ¿Cuáles son las cosas que se nos darán por añadidura, si anteponemos a la consecución de las mismas la búsqueda del Reino de Dios y su justicia? Tales cosas constituyen nuestros afanes diarios, y deseamos poseerlas como hijos de Dios, que conocen sus prioridades vitales, y actúan correctamente, a los ojos de Nuestro Creador.

   Si no buscamos la justicia de Dios, no podremos dársela a conocer a los demás, y, si la luz de Cristo no brilla en nosotros, no podremos transmitírsela a nadie.

   (MT. 5, 14-16). De la misma manera que la luz de una ciudad situada en la cima de una montaña durante las noches se ve a una gran distancia, si vivimos imitando la manera de proceder del Señor Jesús, les mostraremos a nuestros prójimos los hombres, cómo es realmente Nuestro Salvador.

   Si no somos excelentes cristianos, en lugar de mostrarles la luz de Cristo a los demás, se la ocultamos. Ello sucede cuando nos guardamos el conocimiento de Dios y su Palabra rechazando las oportunidades que se nos presentan de manifestarlo, y cuando no hablamos como nos corresponde hacerlo a los hijos de Dios, cuando se requiere de nosotros que aboguemos por la justicia.

   Si actuamos imitando lo que hacen las grandes masas, en lugar de hacer lo que hizo Jesús cuando vino a Israel el siglo I de la era cristiana, también ocultamos la luz divina. Para muchos de nuestros hermanos, la religión, en lugar de ser un estilo de vida, se ha convertido en la vivencia de una serie de formalismos sociales, en los que han convertido las celebraciones de los Sacramentos. Muchos de ellos celebran la Eucaristía dominical puntualmente, pero no viven haciendo lo que hizo Jesús cuando vino a Palestina, sino guardando apariencias.

   Si dejamos que el pecado caracterice nuestras vidas, ocultamos la luz de Cristo. No podemos ser cristianos, si no deseamos alcanzar la plenitud de la pureza. No podemos optar por profesar nuestra fe y pecar al mismo tiempo, de la misma manera que es incompatible el culto a Dios, con el excesivo apego a las riquezas materiales, dado que las mismas pueden suplir en apariencia nuestra necesidad de Dios.

   Si no vivimos pendientes a ayudar a satisfacer las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos los hombres, también ocultamos la luz de Cristo, quien, además de predicar el Evangelio, consoló a los afligidos, sanó a los enfermos, y alimentó a los hambrientos.

   (2 COR. 4, 6). Recordemos que, si alguna vez sentimos que hemos fracasado en nuestros intentos de ser felices, que lo hemos perdido todo, o que estamos desamparados, Dios aprovechará tales circunstancias para hacerse amar por nosotros, para que deseemos vivir en su presencia, y así pueda concedernos la salvación. Dios jamás nos considerará inútiles, porque nos ama más de lo que nos amamos nosotros.

   ¿Podremos intentar satisfacer la necesidad de encontrarse con Dios que tienen los que sufren por cualquier causa? Ello será posible para nosotros, si nos dejamos impulsar por el Espíritu Santo, quien nos ayudará a ser reflejos del amor y la sinceridad de Nuestro Santo Padre, hacia ellos.

   ¿Comprendemos la importancia que tiene el hecho de que hagamos el bien?

José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com