Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C.
Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres.
Ejercicio de lectio divina de LC. 6, 39-45.
Lectura introductoria: IS. 29, 13.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
(LC. 6, 39. 41-42). Este es el último Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo C en que meditamos un fragmento del sermón del monte predicado por Jesús, del Evangelista San Lucas. La primera enseñanza que encontramos en el citado texto, consiste en que no nos obstinemos en corregir la conducta de nuestros prójimos, mientras no enmendemos nuestros errores. Obviamente, si esperamos ser perfectos para corregir a nuestros prójimos, nunca podremos servirles de ayuda, pero podemos instarlos a progresar con amor, y no con la prepotencia de quienes se creen superiores a quienes les rodean. Así como quien no conoce la alegría difícilmente podrá hacer felices a quienes le escuchen predicar la Palabra de Dios, necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad divina, a fin de que aquellos a quienes podamos servirles de ejemplo de fe viva con nuestras palabras y obras, abracen la fe que profesamos, sin dudar de la veracidad de la misma.
(LC. 6, 40). La segunda enseñanza que se desprende del Evangelio que consideramos en esta ocasión, puede conectarse con la enseñanza anterior, así pues, tal como los escribas y fariseos se creían superiores a Jesús, hasta el punto de pretender adaptar al Señor a sus exigencias, nosotros podemos hacer lo mismo, adaptando a Dios, a la consecución de nuestros intereses.
¿Cómo es posible que los cristianos, teniendo un solo Dios, y teniendo un mismo libro inspirado por el Espíritu Santo, nos hayamos separado? La respuesta a la pregunta que nos hemos planteado es muy simple. Unos han convertido a Dios en un juez implacable que no perdona el más mínimo incumplimiento de la norma más insignificante, y otros lo han convertido en un bonachón que da toda clase de dádivas, y perdona todos los pecados, aunque no se haga el firme propósito de no seguir cometiéndolos. Al actuar de esta manera, los cristianos hemos logrado hacer que mucha gente no crea en Dios, ya que todos tenemos nuestras propias traducciones de la Biblia, y no concordamos con la mayoría de seguidores de Jesús, a la hora de manifestar, la misma fe.
Los cristianos no podemos pensar en ser superiores a Jesús, pues el Señor nos dice que, todos los que estén bien formados espiritualmente, serán como su Maestro. Ello significa que los seguidores de Jesús no son inferiores al Señor, ni superiores al Mesías, así pues, tienen la dicha de alcanzar la dignidad de Nuestro Salvador, pero también significa que, quienes no tengan maestros eficientes, no podrán llegar a ser, discípulos del Mesías.
(LC. 6, 43-45). Así como no se recogen higos de los espinos, ni se vendimian uvas de las zarzas, si no nos formamos adecuadamente para servir a Dios en sus hijos los hombres, no podremos llegar a ser discípulos de Jesús. Si amamos a Dios y a nuestros prójimos los hombres, les daremos lo mejor de nosotros mismos, pero, si no los amamos como Jesús nos ama, en lugar de esforzarnos en ayudarlos a encontrar la felicidad, los defraudaremos.
Dado que hoy terminamos de meditar el sermón del monte de San Lucas, creo conveniente que repasemos brevemente lo que hemos meditado del mismo, durante los Domingos VI. VII Y VIII, del Tiempo Ordinario, del Ciclo C.
(LC. 6, 20B). Aunque los pobres sufren a causa de sus carencias, Dios les ha hecho partícipes de su Reino. Los desheredados de nuestras sociedades, tienen el mayor de los tesoros, pues son hijos de Dios, y ganarán muchas riquezas que les ayudarán a crecer espiritualmente, partiendo de sus experiencias vitales.
(LC. 6, 21). Jesús ha prometido saciar a los hambrientos, y consolar a quienes sufren. Para que ello suceda, no es necesario esperar que el Señor concluya la plena instauración de su Reino de amor y paz entre nosotros, pues el Mesías espera que le ayudemos a llevar a cabo tan excepcional propósito, en conformidad con nuestras posibilidades de hacer el bien, desinteresadamente.
(LC. 6, 22-23). Sufrir por hacer el mal carece de sentido, pero padecer por el hecho de amar a Dios y a sus hijos los hombres, es una misión digna de hacerles merecer un galardón celestial, a quienes la lleven a cabo. Tal galardón no ha de ser recibido al final de los tiempos, pues puede empezar a gozarse, apenas se empiece a cumplir la voluntad, de Nuestro Padre común.
(LC. 6, 24-26). Para San Lucas, quienes hacen posible que la mayoría de los habitantes del mundo sean muy pobres, no pueden ser aceptos por Dios. Es por ello que, quienes gozan de todos los beneficios producidos por las riquezas ganadas a costa de hacer sufrir a los menesterosos, no son dignos de alcanzar la Bienaventuranza eterna. Dado que muchos que solo se han preocupado por ganar dinero no son felices, porque no han mantenido relaciones de calidad, y si las han mantenido, las han perdido, o han renunciado a ellas para enriquecerse más, San Lucas afirma que han trocado su hartura de bienes materiales y dinero por hambre de ser reconocidos, y también han trocado la risa de quienes son felices relacionándose con quienes aman, por el llanto de los desamparados. Mantienen la buena fama consecuente de su estado social, pero están solos.
(LC. 6, 27-30). Si queremos perfeccionarnos para ser seguidores de Jesús, necesitamos amar a nuestros enemigos, beneficiar desinteresadamente a quienes nos odian, bendecir a los que nos maldigan, rogar por los que nos difamen, evitar la violencia verbal y física en cuanto nos sea posible, darles nuestra ropa a quienes nos la pidan, prestar dinero y bienes arriesgándonos a no recuperarlos, y no denunciar a quienes nos despojen de todo lo que tenemos, considerando que Dios es, nuestro bien supremo.
(LC. 6, 31-36). Los citados mandatos de Jesús van más allá de nuestra lógica, pero tienen su justificación, porque el Mesías quiere que hagamos por nuestros prójimos los hombres, lo que deseamos que los tales hagan por nosotros. Es por ello que el Hijo de Dios y María espera que no amemos exclusivamente a los que nos aman, que no hagamos el bien en favor de los que únicamente nos benefician, y no les prestemos exclusivamente a los que nos devuelven lo que les confiamos, y nos prestan lo que les pidamos, pues, el amor cristiano, debe ir más allá, del alcance del amor humano, aunque, como cada cristiano lo vive a su manera, a veces ocurre que, los carentes de fe, nos dan ejemplo de cómo es el amor de Dios, a quienes nos decimos, seguidores de Jesús.
(LC. 6, 37-38). San Lucas nos dice que, tal como tratemos a nuestros prójimos, seremos tratados por Dios. Ello no significa que debemos hacer el bien esperando que en el banco del cielo se multipliquen nuestros beneficios con intereses, pues puede hacernos pensar, en los beneficios que nos aporta el hecho de amar, y la posibilidad de ser amados, por nuestros prójimos los hombres.
Ojalá apareciera en el Evangelio de hoy el texto de LC. 6, 46-49, en que Jesús reprocha la actitud de quienes lo alaban y no cumplen la voluntad de Nuestro Padre celestial, y nos dice que, quienes escuchan sus palabras y las practican, son como una casa bien construida sobre cimientos firmes, que no cede al ímpetu de los temporales.
Oremos:
Leamos, meditemos y oremos el Salmo 26, pidiéndole a Dios que nos ayude a ser cristianos practicantes. Pensemos en lo que haremos, para alcanzar tan añorado propósito.
2. Leemos atentamente LC. 6, 39-45, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 6, 39-45.
3-1. ¿Qué tipo de cristianos somos? (LC. 6, 39-40).
Teniendo en cuenta lo que hemos aprendido al meditar el sermón del monte de Jesús del Evangelista San Lucas durante los Domingo VI-VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C, ha llegado la hora de ver qué tipo de seguidores de Jesús e hijos de Dios somos.
¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas? Antes de responder esta pregunta, es necesario recordar que la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús no era sinónimo de un actor griego que representaba a personajes no relacionados consigo mismo, pues describía a una persona incapacitada para amoldarse al cumplimiento de la voluntad divina.
Cuando San Mateo escribió su Evangelio, había desaparecido el partido de los saduceos al que habían pertenecido los grandes terratenientes y los sacerdotes que tenían el poder religioso-político, y los fariseos mantenían el poder sobre sus hermanos de raza. Dado que estos últimos presionaban a los cristianos judíos para que se les unieran, el citado ex recaudador de impuestos imperial, escribió en su Evangelio muchas razones, por las que, los seguidores de Jesús, no debían seguir a los fariseos, aunque sí debían aceptar aquellas de sus enseñanzas, que procedían del Antiguo Testamento, pero sin imitar su conducta (MT. 23, 3). Dado que existían discrepancias entre los primeros cristianos y los fariseos, San Mateo llamó a los segundos ciegos espirituales, y los consideró incapaces de enseñar la Verdad divina, porque estaban cegados por su afán de ser poderosos, y por la observancia de sus creencias. El citado Apóstol del Señor, también consideró ciegos espirituales, a los dirigentes religiosos que nunca han faltado -ni faltarán jamás-, que se han dedicado a adaptar el Evangelio, a la consecución de sus intereses personales (MT. 7, 15).
Aunque los fariseos se diferenciaban de los saduceos en que creían en realidades características de la fe tales como los ángeles y la resurrección, se ocupaban más en obtener bienes terrenos, que en lograr dádivas espirituales. Los cristianos podemos actuar como tales enemigos de Jesús. Podemos cumplir multitud de preceptos religiosos para comprar la salvación, creernos superiores a quienes no cumplen tales mandamientos hasta llegar a despreciarlos, e incluso creernos superiores a Dios, hasta llegar a despreciar sus Palabras escritas en la Biblia y cambiarlas por las nuestras, cuando no nos convenga aceptar su mensaje, cuando nos inste, por ejemplo, a socorrer a los pobres, y no deseemos desprendernos del dinero ni de los bienes que tengamos, para lograr tal fin. Aunque los líderes religiosos tienen una gran responsabilidad, porque, antes de instruir a sus oyentes y lectores, tienen el deber de vivir lo que predican, de alguna manera, todos podemos ser los ciegos mencionados en los textos que estamos considerando, si obviamos el cumplimiento de la voluntad de Dios, y adaptamos el mensaje bíblico al cumplimiento de nuestros deseos. Esta es la razón por la que, el texto de LC. 6, 39-40, no solo está dirigido a quienes se creen supercristianos y quieren destacar sobre el común de los creyentes, sino que nos es útil a todos los seguidores de Jesús, porque podemos ser los ciegos mencionados, en el texto sagrado.
Dado que la clase de cristianos que seamos depende de la formación de nuestros líderes religiosos y de la manera en que los tales viven la fe que profesamos aplicando la Palabra de Dios a sus vidas, necesitamos cerciorarnos de que los tales son aptos, para ayudarnos a conseguir, ser fieles discípulos de Jesús, y, buenos hijos de Dios. Obviamente, no podemos saber si nuestros dirigentes espirituales son ejemplos a seguir apenas los conocemos, y es normal el hecho de que los aceptemos como enviados de Dios sin cuestionarnos si son dignos del oficio que desempeñan en nuestras comunidades cristianas, pero sabemos lo que deben hacer, para llevar a cabo fielmente, su labor de pastores.
Antes de pretender dirigir a los demás, los líderes religiosos deben tener la formación adecuada para desempeñar sus actividades, la humildad necesaria para no creer que su sapiencia es irreprochable porque han sido designados por Dios para predicar su Palabra, el conocimiento de las posibilidades que tienen para desempeñar su trabajo, las necesidades de los creyentes cuya fe les ha sido encomendada, y la manera de solventar las mismas. Los dirigentes religiosos deben vivir formándose constantemente con el fin de asemejarse a Jesús, y adaptándose a las circunstancias de sus comunidades de fe para instruir a quienes les son encomendados.
Tal como hemos visto anteriormente, los textos evangélicos que estamos considerando, no solo son aplicables a los líderes religiosos. Todos los cristianos necesitamos cumplir los deberes que tenemos, porque esa es la única forma existente, de que demos testimonio, de la fe que profesamos. A modo de ejemplos, un padre que no eduque a sus hijos, no logrará que los tales se abran puertas en la vida por medio de sus enseñanzas, y, un maestro que no se esfuerce en transmitirles sus conocimientos a sus alumnos, jamás instruirá a los tales, como se espera que lleve a cabo su trabajo. Recordemos que el cumplimiento de la voluntad de Dios no debe ser visto como una carga para evitar agobiarnos, sino, como una responsabilidad.
3-2. La corrección fraterna (LC. 6, 41-42).
¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra? No tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras. Necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios, para enseñarles a quienes les sirvamos como ejemplo de fe, que ello es posible. Tal enseñanza ha de llevarse a cabo con la convicción de quienes se la aplican a sí mismos.
Cuidémonos de no acusar a los demás de tener los defectos que nos caracterizan. Tenemos tendencia a ver en los demás defectos que deseamos que corrijan, que nos caracterizan a nosotros, y no tenemos la intención de corregirlos. A modo de ejemplo, recordemos a los padres que fuman, y se enfadan al ver a sus hijos adquiriendo su hábito. Es fácil obligar a corregir hábitos por medio de la violencia, pero no lo es tanto, recurriendo al hecho de dar ejemplo. Jesús, recurriendo al lenguaje hiperbólico, nos dice que no podemos sacarle a nuestro hermano una brizna de paja de su ojo, si antes no nos sacamos del nuestro, la viga que nos impide ver. La exageración es muy perceptible, pero, desgraciadamente, todos estamos cansados de ver, cómo gente con grandes defectos, le hace la vida imposible a gente con defectos insignificantes, y que obliga a sus prójimos a corregir defectos que tiene, que jamás corregirá, porque no le da la gana.
3-3. Arboles buenos y árboles malos (LC. 6, 43-45).
Así como cada árbol produce sus frutos, es necesario que los cristianos no intentemos producir frutos que escapan a nuestras posibilidades porque ello nos es imposible, y que pensemos en nuestros defectos y los intentemos corregir, antes de ver los defectos de los demás e intentar corregírselos, queriendo demostrar así nuestra superioridad sobre ellos.
Pensemos en nuestra manera de pensar, en nuestro modo de hablar, y en nuestros hechos, pues así nos conoceremos. Pensemos también en la bondad que nos caracteriza, y en todos nuestros sentimientos.
¿Qué tipo de cristianos somos? Nuestro modo de hablar y las acciones que llevamos a cabo, revelan nuestras creencias, actitudes y motivaciones veraces y falsas. Aunque tratemos de dar buenas impresiones, si mentimos, es muy probable que se nos termine descubriendo. Lo que hay en nuestro corazón, se reflejará en nuestro vocabulario, y en bastantes de nuestros gestos y obras.
3-4. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-5. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 6, 39-45 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Quiénes son los ciegos a que se hace referencia en los Evangelios de los Santos Mateo y Lucas por cuya conducta son tachados como hipócritas?
2. ¿Qué significaba la palabra "hipócrita" para los contemporáneos de Jesús?
3. ¿Recuerdas quiénes fueron los saduceos y los fariseos?
4. ¿Por qué convirtieron los judíos en día de fiesta nacional el día en que conmemoraban el aniversario de la extinción de los saduceos?
5. ¿Por qué atacó San Mateo en su Evangelio a los fariseos?
6. ¿Por qué debían los judíos aceptar las enseñanzas de los fariseos procedentes del Antiguo Testamento, y evitar imitar la conducta de los tales?
7. ¿Significa ello que debemos hacer lo propio con nuestros líderes religiosos, y no denunciar las injusticias que lleven a cabo los tales, porque es necesario tratarlos como enviados de Dios a evangelizarnos?
8. ¿Por qué llamó San Mateo ciegos a los fariseos?
9. ¿Qué es un falso profeta?
10. ¿En qué sentido afecta la ceguera espiritual a los falsos profetas?
11. ¿En qué se diferenciaban los fariseos de los saduceos?
12. ¿En qué sentido podemos imitar los cristianos la actitud de los fariseos?
13. ¿Cómo podemos adaptar la Palabra de Dios a la consecución de nuestros intereses personales?
14. ¿Qué responsabilidades tienen los líderes religiosos?
15. ¿Por qué es necesario que los cristianos vivamos inspirados en las creencias que observamos?
16. ¿En qué sentido podemos ser los cristianos ciegos espirituales?
17. ¿En qué sentido depende la clase de cristianos que lleguemos a ser de la formación religiosa y la conducta que observen nuestros líderes religiosos?
18. ¿Por qué necesitan nuestros líderes espirituales cierta formación para dirigir las iglesias que se les encomiendan?
19. ¿Por qué necesitan los líderes religiosos ser humildes para evitar creer que sus conocimientos religiosos son inmejorables?
20. ¿Por qué es necesario que la vida de los líderes religiosos sea un proceso formativo constante?
21. ¿Por qué es necesario que todos los cristianos cumplamos nuestros deberes?
22. ¿Qué sucederá con la imagen que tiene la Iglesia ante el mundo, si los miembros de la misma no actuamos como seguidores de Jesús?
23. ¿Por qué necesitamos ver el cumplimiento de la voluntad de Dios como una responsabilidad, y no como una carga?
3-2.
24. ¿Cómo podremos corregir la conducta de nuestros prójimos, sin corregir la nuestra?
25. ¿Por qué no tiene sentido el hecho de preocuparnos por lo que dicen y hacen nuestros prójimos, obviando nuestras palabras y obras?
26. ¿Por qué necesitamos amoldarnos al cumplimiento de la voluntad de Dios?
27. ¿ACusamos a los demás de tener los defectos que nos son propios?
28. ¿Por qué no corregimos aquellos defectos que tenemos que vemos en otras personas?
3-3.
29. ¿Por qué no podemos producir frutos superiores a nuestras posibilidades los cristianos?
30. ¿Por qué necesitamos corregir nuestros defectos, antes de corregir los defectos de otros?
31. ¿Cómo ha de hacerse la corrección fraterna cristiana?
32. ¿Por qué nos es necesario evitar corregir a los demás haciéndoles ver nuestra superioridad respecto de ellos?
33. ¿Nos conocemos?
34. ¿Qué tipo de cristianos somos?
35. ¿Qué se deduce de nuestro modo de hablar y de las acciones que llevamos a cabo?
36. ¿Por qué es probable que se nos termine descubriendo si vivimos guardando apariencias?
5. Lectura relacionada.
Leamos 1 COR. 13, considerando especialmente las características del amor (versículos 4-8A), y pensando en el día en que nos encontraremos con Dios, más allá de nuestra natural imperfección. Pensemos también cómo podemos irnos encontrando, tanto con Dios, como con sus hijos los hombres.
6. Contemplación.
Contemplemos a Jesús, quien es la luz del mundo (JN. 9, 5), el Camino que nos conduce a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres, y la Vida de dicha que añoramos (JN. 14, 6).
Contemplémonos con dificultades para superarnos a nosotros mismos, y con la esperanza de que, con la ayuda de Dios, conseguiremos alcanzar la dicha que anhelamos.
Corrijámonos antes de corregir a nuestros prójimos, produzcamos los frutos que Dios espera de nosotros, y manifestemos el amor y la bondad que llevamos dentro. Cambiemos nosotros antes de pretender que cambie el mundo, y el mundo nos dará oportunidades de experimentar, la verdadera felicidad, la felicidad de quienes saben hacerse amar, y, ser amados.
7. Hagamos un propósito que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 6, 39-45.
Comprometámonos a ser luz para nosotros y para nuestros prójimos. Aprovechemos los errores que cometemos para mejorar nuestra forma de proceder, intentando no asociarlos a nuestra valía personal, para evitar ceder a la depresión.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Oremos pausadamente el Padrenuestro, meditando cada una de las frases que nos enseñó el Señor Jesús, pues, tal oración, explicita perfectamente, el texto evangélico, que hemos considerado, en el presente trabajo.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el texto del SAL. 149, 1-5, contemplándonos con la dicha que creemos que tendremos, cuando Dios nos ayude a cumplir, nuestros más anhelados deseos.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
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Corrijamos nuestros defectos y oremos por nuestros prójimos los hombres. (Ejercicio de Lectio Divina del Evangelio del Domingo VIII del Tiempo Ordinario del Ciclo C).
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Amemos a Dios y a nuestros prójimos los hombres. (Meditación del Evangelio del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
2. Amemos a Dios y a nuestros prójimos los hombres.
Meditación de MC. 12, 38-44.
Durante el presente Año litúrgico, hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios Padre. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que podemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, dado que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se verifica con el cumplimiento de la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, por lo que, en consecuencia, todos tenemos un papel asignado, en la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. A pesar de que la Iglesia ha ido proponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejos del Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
El Evangelio de hoy nos enseña cual es el secreto mediante el cual podemos amar infinitamente a Dios y a nuestros seres queridos. El resentimiento y la pereza que nos instan a no servir a nuestros prójimos desaparecen cuando hacemos de Dios el objeto inmediato de nuestro amor.
¿Por qué tenemos que amar a Dios más que a nadie y más que a nuestras pertenencias? Esta es la actitud de quienes son conscientes de que Dios los ama más que a todas sus criaturas. Si yo hubiera sido el único hombre que Dios creó, Jesús no hubiera dudado sobre la posibilidad de ser crucificado para enseñarme a vencer los obstáculos de mi vida.
¿Hasta qué punto somos capaces de amar a Dios?
¿Amamos al Señor en el constante servicio a nuestros prójimos los hombres?
¿Nos creemos superiores a los pobres?
¿Creemos que nuestra dignidad es superior a la de los encarcelados?
Todos tenemos igual dignidad, porque somos hijos de Dios.
El ejemplo de la pobre viuda que depositó unas monedas en el arca de las ofrendas, nos insta a ser humildes.
¿Creemos que hemos hecho cuanto podemos por dar a conocer a Jesús, porque hemos pronunciado un emotivo discurso?
¿Luchamos para dar a conocer a Nuestro Dios, o nos llenamos de falso orgullo porque nuestros conocidos nos han visto darles una pequeña limosna a los pobres?
¿Ayudamos a los pobres económicamente dándoles limosna, u otorgándoles lo que les pertenece por justicia?
¿Predicamos la Palabra de Dios para conseguir conversiones, o nos creemos sembradores, sin tener en cuenta, que Cristo es quien recogerá el fruto de nuestras obras y palabras, porque Él es el único Sembrador?
¿Nos llenamos de orgullo cuando los demás aplauden nuestra bondad, o nos limitamos a pensar: Señor, hemos ayudado un poco a tus hijos, pero queremos seguir haciéndolo más y mejor?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole al Señor, que nos transmita su amor misericordioso, para que llevemos a cabo sin protestar, el cumplimiento de sus divinos preceptos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación de MC. 12, 38-44.
Durante el presente Año litúrgico, hemos podido comprobar que el poder de Jesús procede directamente de Dios Padre. Hemos recordado la existencia del mal, y la agudeza del dolor. Jesús nos ha dicho que, a pesar de que podemos amar a Dios más que a nadie, debemos dedicarnos a nosotros mismos, y a nuestros hermanos los hombres. Jesús nos ha enseñado que llegará el día en que nuestra vida será diferente, dado que seremos como los ángeles del cielo.
Nuestra fe se verifica con el cumplimiento de la Ley de Dios. No debe extrañarnos, -pues-, el hecho de que San Pablo no cese de afirmar que somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo, por lo que, en consecuencia, todos tenemos un papel asignado, en la instauración del Reino de Dios en nuestra tierra. A pesar de que la Iglesia ha ido proponiéndonos muchas normas de conducta a lo largo de los últimos 2000 años, y de que el Antiguo Testamento también está lleno de normas de conducta, la Ley de Dios se resume perfectamente en el amor a Dios, al prójimo, y a nosotros mismos.
¿Por qué debemos amar a Dios más que a nadie? Dios es Nuestro Padre y Criador. Todos sabemos que la Providencia divina es el especial cuidado que Dios tiene respecto de nosotros, para santificarnos en la alegría y en el dolor, y, para ayudarnos a superar el trágico estado de pecado. Dios nos ama en el Padre, se anonada en la entrega sacrificial del Hijo, y nos hace Santos, en el amor de su Santo Espíritu.
¿Por qué debemos amar a nuestros prójimos? Reflejos del Dios vivo, nuestros prójimos son nuestra imagen, la oportunidad que Dios nos concede para que sus dones y virtudes produzcan abundantes frutos en nosotros. No debemos extrañarnos de que Jesús tuviera fuerza para superar la tragedia de su Pasión y muerte, no debe resultarnos extraño el hecho de que hayamos podido superar alguna situación adversa según nuestra óptica humana en alguna ocasión.
El Evangelio de hoy nos enseña cual es el secreto mediante el cual podemos amar infinitamente a Dios y a nuestros seres queridos. El resentimiento y la pereza que nos instan a no servir a nuestros prójimos desaparecen cuando hacemos de Dios el objeto inmediato de nuestro amor.
¿Por qué tenemos que amar a Dios más que a nadie y más que a nuestras pertenencias? Esta es la actitud de quienes son conscientes de que Dios los ama más que a todas sus criaturas. Si yo hubiera sido el único hombre que Dios creó, Jesús no hubiera dudado sobre la posibilidad de ser crucificado para enseñarme a vencer los obstáculos de mi vida.
¿Hasta qué punto somos capaces de amar a Dios?
¿Amamos al Señor en el constante servicio a nuestros prójimos los hombres?
¿Nos creemos superiores a los pobres?
¿Creemos que nuestra dignidad es superior a la de los encarcelados?
Todos tenemos igual dignidad, porque somos hijos de Dios.
El ejemplo de la pobre viuda que depositó unas monedas en el arca de las ofrendas, nos insta a ser humildes.
¿Creemos que hemos hecho cuanto podemos por dar a conocer a Jesús, porque hemos pronunciado un emotivo discurso?
¿Luchamos para dar a conocer a Nuestro Dios, o nos llenamos de falso orgullo porque nuestros conocidos nos han visto darles una pequeña limosna a los pobres?
¿Ayudamos a los pobres económicamente dándoles limosna, u otorgándoles lo que les pertenece por justicia?
¿Predicamos la Palabra de Dios para conseguir conversiones, o nos creemos sembradores, sin tener en cuenta, que Cristo es quien recogerá el fruto de nuestras obras y palabras, porque Él es el único Sembrador?
¿Nos llenamos de orgullo cuando los demás aplauden nuestra bondad, o nos limitamos a pensar: Señor, hemos ayudado un poco a tus hijos, pero queremos seguir haciéndolo más y mejor?
Concluyamos esta meditación del Evangelio, pidiéndole al Señor, que nos transmita su amor misericordioso, para que llevemos a cabo sin protestar, el cumplimiento de sus divinos preceptos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Prestémosle atención a la Palabra de Dios. (Meditación de la segunda lectura del Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario del Ciclo B).
Meditación.
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
2. Prestémosle atención a la Palabra de Dios.
Meditación de HB. 4, 12-13.
¿Qué es la Palabra de Dios? Quizás pensamos que la Palabra de Dios es el texto de que se componen los setenta y tres libros que conforman la Biblia. Efectivamente, la Biblia contiene la Palabra de Dios en sus páginas, pero dicha Palabra no es un mensaje al que se nos llama a los cristianos a ser indiferentes, -pues es una guía que nos traza el camino de la santificación personal y comunitaria-, es la Persona de Jesucristo, -el Verbo de Dios-, que quiere hacerse presente en nuestra vida, para hacernos miembros activos de su Reino de paz y amor.
-La Palabra de Dios está viva, y tiene la eficacia necesaria para adaptar nuestra vida, al cumplimiento de la voluntad del Dios Uno y Trino. Acojamos la Palabra de Dios con amor, confianza, y deseo de dejarnos vivificar por ella. Los siguientes versículos del Salmo 119, pueden ayudarnos a alcanzar nuestro propósito: (SAL. 119, 50; 9; 93).
-La Palabra de Dios es semejante a una espada que, al ser clavada en nuestro corazón, deja al descubierto nuestra realidad personal conductual, es decir, lo que somos, y lo que no somos.
-Dado que la Palabra de Dios sondea nuestro interior descubriendo nuestras cualidades y defectos, escuchémosla, pero no con la curiosidad de quienes gustan explorar lo que desconocen, sino como quienes están dispuestos a dejarse amoldar por la misma, al cumplimiento de la voluntad divina.
¿Qué podemos ocultarle a Dios, si Él conoce nuestros pensamientos y obras?
¿Cómo podremos apartarnos de Dios, si, aunque no lo tengamos en cuenta, está presente en el mundo y en nuestra vida?
Dios conoce nuestras virtudes, y, muy a pesar de los defectos que nos caracterizan, nunca deja de amarnos. Este hecho es muy consolador para quienes tienen el deseo de alcanzar un mayor conocimiento de Dios, y para quienes sufren por cualquier motivo, y esperan que Dios se les manifieste en su dolor, dándoles a conocer el sentido de las circunstancias difíciles que viven.
A la luz de los dos estudios bíblicos que hemos considerado, ¿comprendemos por qué considera Dios que las riquezas espirituales son más importantes que las materiales?
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Meditación para el Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
Domingo XX del Tiempo Ordinario del Ciclo B.
1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).
2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.
Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).
Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).
3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.
¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.
Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.
Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
1. Las lecturas correspondientes a la Eucaristía que estamos celebrando pretenden concienciarnos de nuestra necesidad de recibir a Jesús Sacramentado y de aclarar todas las situaciones que nos hacen daño. San Pablo es uno de los predicadores por excelencia del perdón de Dios, por consiguiente, consideremos algunas frases del Santo que de alguna manera es responsable de la publicación de escritos de laicos de nuestra Iglesia (Ef. 4, 32. Rom. 4, 7. Heb. 8, 12).
2. Aunque Dios nunca se ha sentido ofendido ante nuestras rebeldías, tenemos que reconocer que no hemos aprendido a perdonarnos nuestros errores. La mayor dificultad que tenemos para relacionarnos con Nuestro Padre y Dios, radica en que Nuestro Señor es todo gratuidad, mientras que nuestros sentimientos constituyen un complicado sistema marketiniano que nos hace imposible la existencia.
Frecuentemente acudimos a las recepciones de los Sacramentos de nuestros familiares y amigos porque estos anterior o posteriormente a sus celebraciones se han portado o actuarán bien con nosotros, de tal manera que olvidamos las siguientes palabras de Jesús: (Mt. 5, 46).
Hacemos las cosas porque se nos han hecho otros favores, de esta forma, más que buscar la amistad de nuestro Padre y Dios, sólo nos contentamos con difundir nuestra buena imagen social. Ante esta conducta nuestra que en cierta forma es anticristiana, nos cabe aplicarnos las siguientes palabras del Apóstol de las gentes: (Ef. 4, 23).
3. La Eucaristía es un misterio de fe, es esta la causa por la cual nunca podremos entender cómo es posible que el pan y el vino eucarísticos se conviertan en Jesucristo resucitado. Este misterio de fe es la causa mediante la cual la Iglesia sigue en pie después de haber sobrevivido a muchas persecuciones.
¿Recordáis como San Tarsicio dio su vida para que los no creyentes no profanaran el Sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, cuando los cristianos intentaban buscar la forma de llevar el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesús a sus hermanos presos? Tarsicio, que era un adolescente, se ofreció como medio para llevar al Señor a los presos, argumentando que en la cárcel nadie lo descubriría debido a su baja estatura. Los cristianos estuvieron de acuerdo en confiarle las Sagradas Formas a Tarsicio. Cuando aquel Santo niño caminaba hacia la cárcel, fue sorprendido por un grupo de jóvenes no creyentes que lo invitaron a jugar con ellos. Tarsicio se negó a jugar, pero aquellos chicos sabían que el Santo ocultaba algo entre sus ropas, debía ser algún fetiche de aquellos que en aquel tiempo estaban siendo perseguidos por decreto imperial. Los jóvenes invitaron amistosamente a Tarsicio a que les enseñara lo que escondía entre sus ropas, pero como este se negó a hacerlo, lo apalearon hasta herirlo gravemente. Un soldado cristiano descubrió que Tarsicio estaba siendo golpeado inmisericordemente, pero, aunque hizo que los no creyentes se alejaran de su correligionario, descubrió que era tarde para intentar evitar lo inevitable, esto es, la muerte de aquel que dio su vida para proteger a Cristo Sacramentado.
Para los místicos, Tarsicio es todo un ejemplo de Santidad, y para nosotros, Tarsicio puede ser un pobre desgraciado que murió para proteger un trozo de pan sin levadura, un trozo de pan por el que no merece la pena morir. Puede suceder en nuestro tiempo que alguien con un gran corazón como el de Maximiliam María Kolbe se decida a morir por un justo y por tanto inocente, pero Tarsicio tuvo el privilegio de morir por el Justo por antonomasia.
Esta negativa nuestra a creer en Dios responde a la relativización que hemos concebido con respecto a los diferentes puntos de vista que todos tenemos con respecto a las circunstancias que nos acaecen. Esta óptica tan favorable para nosotros, en ciertas ocasiones, nos induce a no defender lo que es justo, bueno y loable como nos corresponde hacerlo como hijos de Dios que somos.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
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Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio. (Meditación para el Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Jesús nos pide que nos convirtamos al Evangelio.
Estimados hermanos, amigos y simpatizantes:
Las lecturas que la Iglesia nos propone para que meditemos en este Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos sugieren la posibilidad de hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué significa para nosotros la conversión al Evangelio? El hecho de convertirnos al Evangelio, significa para nosotros un cambio radical de mentalidad, que, según lo llevamos a cabo, nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. A pesar de que la grandeza del amor del Dios Uno y Trino es ilimitada, sucede que para nosotros es difícil el hecho de vivir continuamente dispuestos a obedecer a Nuestro Creador.
¿Qué imagen de Dios tenemos? Mientras que muchos de nuestros hermanos ven en Dios a un Padre de quien se acuerdan cuando le necesitan y se olvidan de Él cuándo se sienten felices, otros ven en Dios a un Juez terrible e implacable, de quien piensan que sólo vive para castigar su imperfección. Es necesario que no nos rijamos por ninguno de los extremos citados, y que pensemos que, de la misma manera que no debemos abusar de la ilimitada bondad de nuestro Santo Padre, la justicia divina ha de llevarse a cabo, tanto para que el Dios Uno y Trino sea glorificado, como para que, quienes han sufrido y sufrirán persecuciones por causa de su fe, y todos los maltratados injustamente a lo largo de la historia de la humanidad, encuentren una respuesta satisfactoria, que les haga comprender, que sus sufrimientos no han sido inverosímiles.
Si queremos evitar dejar a medias el proceso de nuestra conversión a Dios, debemos acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma.
¿Cuál es el momento de nuestra vida apropiado para que abracemos la fe que nos caracteriza? Dado que a lo largo de los años que vivimos, siempre tenemos cosas que hacer, este es el preciso momento en que hemos de acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma. Si en este instante en que leemos esta meditación no nos entregamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, porque nos dejamos llevar por nuestras circunstancias vitales, nos exponemos a perder la oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, porque, a nuestro juicio, siempre tendremos razones lo suficientemente equilibradas, como para evitar el hecho de entregarle nuestro corazón al Dios que tanto nos ama.
Muchos de mis lectores me escriben diciéndome que no tienen tiempo para perfeccionar su conocimiento de Dios, porque tienen que dedicarle muchas horas a su trabajo. Sé que muchos pobres y discapacitados no tienen más remedio que emplear toda su fuerza física y mental para conservar su trabajo, pues, desgraciadamente, por su situación, si pierden el empleo, se exponen a la pobreza, pero a pesar de ello, quienes quieran conservar su fe, porque sientan que Dios forma parte de su existencia, ¿cómo no le dedicarán unos minutos al día tanto a la oración, como a la lectura pausada de la Biblia?
En el libro del Eclesiastés, leemos (Eclesiastés, 5, 11-14). Si nuestra conversión al Evangelio es completa, le permitimos a Dios que llegue a ser el centro de nuestra vida, pues, Jesús, -Nuestro Hermano y Señor-, nos dice (MT. 10, 34-39).
¿Cómo es posible que Dios nos exija que le amemos más que a nuestros familiares? Dado que Nuestro Padre común es la personificación de la plenitud del amor, solo si le dejamos que llegue a ser el centro de nuestra vida, podremos aspirar a ser sus imitadores, para que se cumplan en nosotros, las siguientes Palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).
La necesidad de convertirnos a Dios, puede ser comprendida, y vista con gran urgencia, si consideramos que, el Reino de Dios, en vez de ser la utopía en que piensan quienes se sienten fracasados, es una realidad que Nuestro Santo Padre extiende por el mundo, de la misma manera que, una semilla muy pequeña, como el grano de mostaza, llega a florecer, y a crecer considerablemente, sin que apenas reparemos en ello.
(LC. 17, 20-21). ¿Qué pruebas tenemos de que el Reino de Dios está entre nosotros, y de que somos miembros del mismo? La historia de la Iglesia, marcada por la práctica del bien, el efecto del pecado, y las huellas de las persecuciones que ha sufrido la institución de Jesucristo, es una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros, así pues, si queremos sentirnos integrados en el Reinado de Dios, debemos experimentar la plenitud de la salvación, al mismo tiempo que debemos esforzarnos para que nuestros prójimos también experimenten la glorificación divina.
Es verdad que la plenitud de la dicha solo será alcanzada por nosotros cuando Dios extermine las miserias que actualmente azotan a la humanidad, pero, a pesar de ello, en los minutos que leemos esta meditación, podemos sentir la salvación divina, una dádiva que experimentamos por la fe que nos caracteriza, una realidad de carácter sobrenatural, que, para que podamos sentir verdaderamente que la experimentamos, requiere que tengamos la luz y los medios necesarios para solventar nuestras dificultades actuales.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos conceda medios y sabiduría para que, el exterminio del hambre en el mundo, sea un símbolo de la abundancia característica de su Reino.
Pidámosle a nuestro Padre común que nos dé sabiduría y medios para trabajar por la extensión de su Palabra y la culturización de los más indefensos de este mundo.
Pidámosle a Dios que nos haga caritativos y así podamos evitar el aislamiento de quienes viven en la más profunda soledad.
Pidámosle a Dios que no permita que nos dejemos arrastrar por el concepto erróneo que nos induce a valorarnos por las posesiones que tenemos, y no por quienes somos.
Pidámosle a Dios que nos conceda la sencillez de los niños y la sabiduría de los adultos en la fe, para que así podamos integrarnos en su Reino de amor, paz y justicia.
La conversión al Señor, nos exige que pongamos todos nuestros bienes materiales y espirituales al servicio de la realización de la obra de Dios. Cuanto mayor sea nuestra entrega al cumplimiento de la voluntad del Creador del universo, mayor será la satisfacción que tendremos de haber hecho el bien.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión (MT. 5, 1-12), está caracterizado por la esperanza que deben tener los pobres y débiles en que Nuestro Padre común concluya el cumplimiento de sus promesas. A quienes apenas tienen lo estrictamente necesario para vivir, y a quienes carecen de fuerzas para mantenerse vivos, Jesús, en el Evangelio de hoy, les dice que su permanencia en el Reino de Dios es un regalo divino, pero, al mismo tiempo, también es la tarea de construir una sociedad justa, en la que todos ellos, en conformidad con su realización personal, constaten el continuo crecimiento de su fe. Recordemos, -estimados hermanos, amigos y simpatizantes-, los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 12; 1 COR. 1, 25-31).
Los pobres deben evitar el hecho de dejarse arrastrar por la ambición desmedida que puede hacerles desear tener la oportunidad de aplastar a quienes pueden estar empobreciéndoles, y desear hacer todo lo que esté a su alcance, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, una sociedad en la que no existirán clases marginales.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Estimados hermanos, amigos y simpatizantes:
Las lecturas que la Iglesia nos propone para que meditemos en este Domingo IV del Tiempo Ordinario del Ciclo A, nos sugieren la posibilidad de hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué significa para nosotros la conversión al Evangelio? El hecho de convertirnos al Evangelio, significa para nosotros un cambio radical de mentalidad, que, según lo llevamos a cabo, nos ayuda a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común. A pesar de que la grandeza del amor del Dios Uno y Trino es ilimitada, sucede que para nosotros es difícil el hecho de vivir continuamente dispuestos a obedecer a Nuestro Creador.
¿Qué imagen de Dios tenemos? Mientras que muchos de nuestros hermanos ven en Dios a un Padre de quien se acuerdan cuando le necesitan y se olvidan de Él cuándo se sienten felices, otros ven en Dios a un Juez terrible e implacable, de quien piensan que sólo vive para castigar su imperfección. Es necesario que no nos rijamos por ninguno de los extremos citados, y que pensemos que, de la misma manera que no debemos abusar de la ilimitada bondad de nuestro Santo Padre, la justicia divina ha de llevarse a cabo, tanto para que el Dios Uno y Trino sea glorificado, como para que, quienes han sufrido y sufrirán persecuciones por causa de su fe, y todos los maltratados injustamente a lo largo de la historia de la humanidad, encuentren una respuesta satisfactoria, que les haga comprender, que sus sufrimientos no han sido inverosímiles.
Si queremos evitar dejar a medias el proceso de nuestra conversión a Dios, debemos acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma.
¿Cuál es el momento de nuestra vida apropiado para que abracemos la fe que nos caracteriza? Dado que a lo largo de los años que vivimos, siempre tenemos cosas que hacer, este es el preciso momento en que hemos de acoger la llamada que el Señor nos hace, con toda la radicalidad característica de la misma. Si en este instante en que leemos esta meditación no nos entregamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Padre común, porque nos dejamos llevar por nuestras circunstancias vitales, nos exponemos a perder la oportunidad de alcanzar la plenitud de la felicidad, porque, a nuestro juicio, siempre tendremos razones lo suficientemente equilibradas, como para evitar el hecho de entregarle nuestro corazón al Dios que tanto nos ama.
Muchos de mis lectores me escriben diciéndome que no tienen tiempo para perfeccionar su conocimiento de Dios, porque tienen que dedicarle muchas horas a su trabajo. Sé que muchos pobres y discapacitados no tienen más remedio que emplear toda su fuerza física y mental para conservar su trabajo, pues, desgraciadamente, por su situación, si pierden el empleo, se exponen a la pobreza, pero a pesar de ello, quienes quieran conservar su fe, porque sientan que Dios forma parte de su existencia, ¿cómo no le dedicarán unos minutos al día tanto a la oración, como a la lectura pausada de la Biblia?
En el libro del Eclesiastés, leemos (Eclesiastés, 5, 11-14). Si nuestra conversión al Evangelio es completa, le permitimos a Dios que llegue a ser el centro de nuestra vida, pues, Jesús, -Nuestro Hermano y Señor-, nos dice (MT. 10, 34-39).
¿Cómo es posible que Dios nos exija que le amemos más que a nuestros familiares? Dado que Nuestro Padre común es la personificación de la plenitud del amor, solo si le dejamos que llegue a ser el centro de nuestra vida, podremos aspirar a ser sus imitadores, para que se cumplan en nosotros, las siguientes Palabras del Apóstol: (EF. 5, 1).
La necesidad de convertirnos a Dios, puede ser comprendida, y vista con gran urgencia, si consideramos que, el Reino de Dios, en vez de ser la utopía en que piensan quienes se sienten fracasados, es una realidad que Nuestro Santo Padre extiende por el mundo, de la misma manera que, una semilla muy pequeña, como el grano de mostaza, llega a florecer, y a crecer considerablemente, sin que apenas reparemos en ello.
(LC. 17, 20-21). ¿Qué pruebas tenemos de que el Reino de Dios está entre nosotros, y de que somos miembros del mismo? La historia de la Iglesia, marcada por la práctica del bien, el efecto del pecado, y las huellas de las persecuciones que ha sufrido la institución de Jesucristo, es una prueba de que el Reino de Dios está entre nosotros, así pues, si queremos sentirnos integrados en el Reinado de Dios, debemos experimentar la plenitud de la salvación, al mismo tiempo que debemos esforzarnos para que nuestros prójimos también experimenten la glorificación divina.
Es verdad que la plenitud de la dicha solo será alcanzada por nosotros cuando Dios extermine las miserias que actualmente azotan a la humanidad, pero, a pesar de ello, en los minutos que leemos esta meditación, podemos sentir la salvación divina, una dádiva que experimentamos por la fe que nos caracteriza, una realidad de carácter sobrenatural, que, para que podamos sentir verdaderamente que la experimentamos, requiere que tengamos la luz y los medios necesarios para solventar nuestras dificultades actuales.
Pidámosle a Nuestro Padre común que nos conceda medios y sabiduría para que, el exterminio del hambre en el mundo, sea un símbolo de la abundancia característica de su Reino.
Pidámosle a nuestro Padre común que nos dé sabiduría y medios para trabajar por la extensión de su Palabra y la culturización de los más indefensos de este mundo.
Pidámosle a Dios que nos haga caritativos y así podamos evitar el aislamiento de quienes viven en la más profunda soledad.
Pidámosle a Dios que no permita que nos dejemos arrastrar por el concepto erróneo que nos induce a valorarnos por las posesiones que tenemos, y no por quienes somos.
Pidámosle a Dios que nos conceda la sencillez de los niños y la sabiduría de los adultos en la fe, para que así podamos integrarnos en su Reino de amor, paz y justicia.
La conversión al Señor, nos exige que pongamos todos nuestros bienes materiales y espirituales al servicio de la realización de la obra de Dios. Cuanto mayor sea nuestra entrega al cumplimiento de la voluntad del Creador del universo, mayor será la satisfacción que tendremos de haber hecho el bien.
El Evangelio que meditamos en esta ocasión (MT. 5, 1-12), está caracterizado por la esperanza que deben tener los pobres y débiles en que Nuestro Padre común concluya el cumplimiento de sus promesas. A quienes apenas tienen lo estrictamente necesario para vivir, y a quienes carecen de fuerzas para mantenerse vivos, Jesús, en el Evangelio de hoy, les dice que su permanencia en el Reino de Dios es un regalo divino, pero, al mismo tiempo, también es la tarea de construir una sociedad justa, en la que todos ellos, en conformidad con su realización personal, constaten el continuo crecimiento de su fe. Recordemos, -estimados hermanos, amigos y simpatizantes-, los siguientes textos bíblicos: (ST. 1, 12; 1 COR. 1, 25-31).
Los pobres deben evitar el hecho de dejarse arrastrar por la ambición desmedida que puede hacerles desear tener la oportunidad de aplastar a quienes pueden estar empobreciéndoles, y desear hacer todo lo que esté a su alcance, para concluir la instauración del Reino de Dios entre nosotros, una sociedad en la que no existirán clases marginales.
José Portillo Pérez
joseportilloperez@gmail.com
Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo A).
Imitemos la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Palestina.
Ejercicio de lectio divina de JN. 1, 29-34.
Lecturas introductorias: IS. 53, 7; 1 COR. 5, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
¿Qué es orar?
¿Se reduce la oración a la recitación de fórmulas aprendidas hace bastantes años cuyo amplio significado teológico es desconocido por muchos de entre nosotros?
¿Se reduce la oración al hecho de hacerles peticiones a Dios y a sus Santos, en ciertas ocasiones, cayendo en el error de creer que tales creyentes en Nuestro Padre común, tienen el poder de hacer milagros?
Orar es algo más que pedirles a Dios y a sus Santos lo que necesitamos.
Orar es actuar como si Dios nos hubiera concedido todo lo que le pedimos, en cuanto ello nos sea posible.
¿Cómo les demostramos a nuestros familiares y amigos que los amamos? Los conocemos, sabemos en qué situaciones se entristecen y cuándo se sienten felices, y, en cuanto nos es posible, los complacemos. Ello puede servirnos de ejemplo, para comprender que orar es conocer a Dios por medio del riguroso estudio de su Palabra, la imitación de la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina instituyendo en la tierra un Reino divino y humano partiendo de las necesidades de los más desvalidos, y hablar con nuestro Padre común, mientras nuestros hermanos los hombres descansan.
Orar es ir más allá de las normas establecidas por las instituciones religiosas, cuando tenemos la oportunidad de beneficiar a nuestros prójimos los hombres. A modo de ejemplo, recordemos cómo Jesús, en medio de una celebración religiosa, sanó a un hombre que tenía una mano atrofiada, sin esperar que concluyera el acto religioso, ni que se pusiera el sol, para que concluyera el día festivo para poder sanar al enfermo, tal como lo disponía la Ley (MC. 3, 1-6).
Oremos:
Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo desde la eternidad:
Porque queremos llegar a ser perfectos miembros del Cuerpo místico de Cristo (1 COR. 12, 12), inspíranos el deseo de imitar la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Israel.
Porque tenemos la experiencia personal del dolor, queremos hacer cuanto nos sea posible, para aliviar, a quienes estén viviendo las experiencias, por cuya contemplación nos afligimos, cuando las vivimos.
Ayúdanos a comprender que servir a nuestros prójimos no es un sacrificio según se nos ha enseñado dando por supuesto que somos malos y no estamos interesados en ayudarles, porque ello es una gran satisfacción.
Ayúdanos a comprender que el mal se vence a fuerza de hacer el bien, pero que ello no significa que debemos dejarnos aplastar por nadie, porque tenemos el mismo derecho a ser amados y respetados, que quienes no observan esta enseñanza, y aplastan a quienes son inferiores a ellos, con tal de sentirse poderosos.
Jesús es superior a nosotros, y utiliza su posición para servirnos, porque es el Camino que nos lleva a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres del dolor, el error y la mentira, y la Vida plena abundante de felicidad que añoramos (JN. 14, 6; 8, 32).
Así como San Juan Bautista utilizó la predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo y el bautismo en agua para anunciar la presencia de Jesús entre sus hermanos de raza, nosotros haremos el bien y oraremos, para que el mundo crea que, la fe que profesamos, es más que una utopía.
Seamos testigos de Jesús Resucitado, con nuestros gestos, palabras, y obras. El Espíritu Santo nos ayudará a llevar a cabo este propósito, sin el que no sería posible, la existencia del Cristianismo.
2. Leemos atentamente JN. 1, 29-34, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 1, 29-34.
3-1. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).
3-1-1. El Cordero de Dios.
¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios? En ÉX. 12, 3-11, leemos las instrucciones que Moisés recibió de parte de Dios, para que sus hermanos de raza sacrificaran el cordero pascual, que era símbolo del fin de la esclavitud de Egipto, y se alimentaran con él. Igualmente, en ÉX. 29, 38-42, se indica cómo habían de sacrificarse todos los días dos corderos en el Templo, uno al amanecer, y otro al atardecer, por los pecados del pueblo. En ambos casos, vemos cómo la liberación de la esclavitud, y la petición de perdón de pecados, exigían sacrificios. Al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús, nos percatamos de que Dios no redimió a su pueblo por medio de los sacrificios de corderos llevados a cabo por los judíos, sino mediante la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
3-1-2. El pecado del mundo.
¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre Sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades? En IS. 53, 6, se da a entender que el Siervo de Yahveh murió por los pecados personales de su pueblo, tal como también se expresa en 1 COR. 15, 3, pero, a pesar de estas y otras evidencias bíblicas, existe otra interpretación en la actualidad, de cómo libró Jesús a las sociedades del castigo merecido, por quienes tienen el poder necesario, para estructurar ciertas prácticas, que se han convertido en pecados.
¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados? En la biblia se narra cómo Dios creó un mundo paradisíaco, y cómo los hombres lo rechazaron, al intentar divinizarse, para no depender del Todopoderoso (GN. 3). Así es como se explica en la Biblia, cómo entró el mal en el mundo.
¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales? En la actualidad existen interpretaciones extra bíblicas, las cuales son más antiguas que muchos libros de la biblia, que explican por qué existe lo que llamamos mal, y desde el punto de vista judeocristiano se conoce como pecado, las cuales no fueron aceptadas por los judíos cuando se escribió la biblia, y aún no son aceptadas por todos los cristianos. Creer que Jesús murió por nuestros pecados personales, equivale a afirmar que todos somos malos, y que, si imitamos la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina, es posible que alcancemos la salvación, si a Dios le place tener misericordia de nosotros, cuando juzgue a la humanidad, al final de los tiempos. Creer que Jesús murió por causa de los pecados sociales estructurales, significa que, efectuando cambios sociales, puede construirse un mundo más justo que el actual, lo cual puede contribuir positivamente, a la plena instauración del Reino divino, entre nosotros.
Independientemente de que creamos que Jesús murió por nuestros pecados personales, o por los pecados estructurados por las sociedades, sería interesante que, en vez de consumir nuestra energía sufriendo pensando que somos malos, y temiendo que a Dios no le plazca salvarnos, dediquemos, tiempo, esfuerzo, energía y medios, a hacer el bien que podamos. Si Jesús murió por amor a quienes lo tenían todo perdido, trabajemos para que, en nuestro medio social, no haya nadie carente de voz, ni de voto.
3-2. La humildad ejemplar de San Juan Bautista (JN. 1, 30).
San Juan Bautista nació e inició su predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo, antes de que Jesús naciera, y de que el Señor iniciara su Ministerio público. A pesar de ello, Juan nunca olvidó que Jesús es superior a Él, así pues, el Bautista sabía que era un Profeta, y que Jesús es el Enviado de Dios, cuya venida no cesaba de anunciar.
Si Jesús vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre celestial (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?
3-3. ¿Cómo supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 31).
Cuando San Juan dijo que no conocía a Jesús, debió decir que no sabía que el Hijo de María era el Mesías. El hecho de que Juan y Jesús eran parientes lejanos, hace improbable el hecho de que no se conocieran personalmente. El hecho de que Juan no sabía que Jesús era el Mesías hasta que se lo reveló el Espíritu Santo (JN. 1, 32-33), me hace pensar en una pregunta que podemos hacernos: ¿Conocemos a Jesús? Si se nos pregunta quién es Jesús, podemos aplicarle títulos muy conocidos al Señor, tales como "Hijo de Dios", "Hijo del hombre", "Redentor del mundo", etcétera, pero, ¿qué significan esos títulos para nosotros?
3-4. ¿Por qué sabemos que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 32-34).
San Juan Bautista tuvo una revelación divina, mediante la que supo que conocería al Mesías, porque el Espíritu Santo descendería sobre Él, en forma corporal de paloma (MT. 3, 13-17). Sabemos que Jesús es Nuestro Salvador, porque eso es lo que se nos ha dicho siempre, y porque muchos lo hemos leído en la biblia, pero, ¿qué evidencias hay en nuestra vida, de que tal expresión, es cierta?
San Juan Bautista dio testimonio de lo que oyó y vio respecto de Jesús. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?
3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 1, 29-34 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
3-1-1.
1. ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios?
2. ¿Qué información encontramos en ÉX. 12, 3-11?
3. ¿Qué significado tenía el cordero pascual para los hebreos?
4. ¿Qué significado tiene el Cordero de Dios cuyo sacrificio recordamos los cristianos que celebramos el Viernes Santo?
5. ¿Por qué se sacrificaban todos los días dos corderos en el Templo jerosolimitano según leemos en ÉX. 29, 38-42?
6. ¿Cuál es el mensaje que deducimos al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús?
7. ¿Sabes qué pueblo o profeta era el Siervo de Yahveh citado en los cuatro poemas del Siervo de Yahveh del Deutero-Isaías?
3-1-2.
8. ¿Qué entendemos por pecado?
9. ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades?
10. Cita ejemplos de pecados personales y de pecados estructurales.
11. Si en la Biblia se nos informa de que Jesús murió para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados personales, ¿por qué se interpreta JN. 1, 29B en la actualidad, pensando en los pecados sociales estructurales?
12. ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados?
13. ¿Por qué quisieron Adán y Eva independizarse de Dios y ser igual a Elohim, según el texto de GN. 3?
14. ¿Existe en la actualidad el deseo de alcanzar la divinidad por parte de los hombres? ¿Qué tiene ello de positivo y negativo?
15. ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales?
16. ¿Hacemos el bien por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres y a nosotros, o porque queremos asegurarnos un buen lugar en el cielo?
17. ¿Nos conviene temer por la salvación que añoramos? ¿Por qué?
18. ¿Qué ventaja tiene el hecho de emplearnos en hacer el bien en vez de sufrir pensando que Dios no nos salvará posiblemente?
19. Si creemos que Dios nos ama, ¿por qué tememos por nuestra salvación?
3-2.
20. ¿En qué sentido no conoció San Juan Bautista a Jesús hasta que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías adoptando la forma corporal de una paloma?
21. ¿Por qué se consideró San Juan Bautista inferior a Jesús?
22. ¿Dio muestras el Profeta del Jordán de sentirse humillado al pensar que Jesús es superior a él? ¿Por qué?
23. ¿Nos sentimos humillados al considerar que Jesús es superior a nosotros, si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en que nos gustaría que se exterminen los prejuicios sociales? ¿Por qué?
24. Si Jesús vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre Santo (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?
3-3.
25. ¿Qué afirmó San Juan Bautista cuando dijo que no conocía a Jesús?
26. ¿Por qué es probable que San Juan Bautista y Jesús se conocieran personalmente?
27. ¿Conocemos a Jesús?
28. ¿Qué significan los títulos que se le aplican a Jesús para nosotros?
3-4.
29. ¿Por qué supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías esperado por el resto de Israel?
30. ¿Qué evidencia hay en nuestra vida, de que Jesús es el Salvador que necesitamos?
31. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12, un texto que ha servido de profecía de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que leemos todos los años como primera lectura de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.
6. Contemplación.
Contemplemos a San Juan Bautista diciéndoles a sus seguidores que tenían ante ellos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan vio con gran satisfacción cómo se cumplió el mensaje que les anunció a sus oyentes, y pronto pensó en hacer que sus seguidores caminaran tras el Mesías, aunque ello le supusiera, que le restaran importancia.
¿Cuáles son los propósitos que nos ayudan a vivir?
¿Cómo reaccionaríamos si tales propósitos se cumplieran, después de haber tenido que sobrevivir a los intentos de frustrarnos de nuestros enemigos?
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociéndose inferior al Hijo de María, ante sus seguidores.
¿Somos humildes?
¿Necesitamos aparentar que nuestro status social es superior al que tenemos en realidad para aumentar los contactos que tenemos?
¿Por qué decía San Juan Bautista que Jesús es más grande que él?
¿Por qué decía San Juan que vino a bautizar en agua a sus oyentes?
Contemplemos a San Juan viendo al Espíritu Santo posado sobre Jesús, adoptando la forma corporal de una paloma. El cielo se abrió, y el Paráclito se posó sobre el Mesías, quien fue enlace entre el cielo y la tierra, acabando con la distancia que separaba el Reino de Dios, de nuestra tierra.
¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea el cielo de Dios, y el cielo de Nuestro Padre común sea nuestra tierra?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 1, 29-34.
Llevemos a cabo una obra durante la próxima semana que nos identifique con el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:
Aunque es probable que muchos solo nos identifiquemos con tu Pasión y muerte, motívanos para que vivifiquemos a los niños que nacen día a día y están destinados a sentirse solos y despreciados.
Motívanos a amar, aceptar y comprender a quienes sufren por cualquier causa.
Ya que se difunden más rápidamente las tragedias que las buenas noticias, motívanos a esperar el Domingo de Pascua sin ocaso, en que la humanidad te acepte como Redentor, y extermines las causas por las que sufre, por mediación de tus fieles creyentes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 40, identificándonos con el Cordero de Dios, muerto por defender a quienes pocos son capaces de amar, y resucitado, para abrirnos la puerta del cielo, el Reino de Dios y nuestro.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Ejercicio de lectio divina de JN. 1, 29-34.
Lecturas introductorias: IS. 53, 7; 1 COR. 5, 7.
1. Oración inicial.
Iniciemos este tiempo de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
¿Qué es orar?
¿Se reduce la oración a la recitación de fórmulas aprendidas hace bastantes años cuyo amplio significado teológico es desconocido por muchos de entre nosotros?
¿Se reduce la oración al hecho de hacerles peticiones a Dios y a sus Santos, en ciertas ocasiones, cayendo en el error de creer que tales creyentes en Nuestro Padre común, tienen el poder de hacer milagros?
Orar es algo más que pedirles a Dios y a sus Santos lo que necesitamos.
Orar es actuar como si Dios nos hubiera concedido todo lo que le pedimos, en cuanto ello nos sea posible.
¿Cómo les demostramos a nuestros familiares y amigos que los amamos? Los conocemos, sabemos en qué situaciones se entristecen y cuándo se sienten felices, y, en cuanto nos es posible, los complacemos. Ello puede servirnos de ejemplo, para comprender que orar es conocer a Dios por medio del riguroso estudio de su Palabra, la imitación de la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina instituyendo en la tierra un Reino divino y humano partiendo de las necesidades de los más desvalidos, y hablar con nuestro Padre común, mientras nuestros hermanos los hombres descansan.
Orar es ir más allá de las normas establecidas por las instituciones religiosas, cuando tenemos la oportunidad de beneficiar a nuestros prójimos los hombres. A modo de ejemplo, recordemos cómo Jesús, en medio de una celebración religiosa, sanó a un hombre que tenía una mano atrofiada, sin esperar que concluyera el acto religioso, ni que se pusiera el sol, para que concluyera el día festivo para poder sanar al enfermo, tal como lo disponía la Ley (MC. 3, 1-6).
Oremos:
Espíritu Santo, amor que vinculas al Padre y al Hijo desde la eternidad:
Porque queremos llegar a ser perfectos miembros del Cuerpo místico de Cristo (1 COR. 12, 12), inspíranos el deseo de imitar la conducta que observó Jesús, -el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, cuando vivió en Israel.
Porque tenemos la experiencia personal del dolor, queremos hacer cuanto nos sea posible, para aliviar, a quienes estén viviendo las experiencias, por cuya contemplación nos afligimos, cuando las vivimos.
Ayúdanos a comprender que servir a nuestros prójimos no es un sacrificio según se nos ha enseñado dando por supuesto que somos malos y no estamos interesados en ayudarles, porque ello es una gran satisfacción.
Ayúdanos a comprender que el mal se vence a fuerza de hacer el bien, pero que ello no significa que debemos dejarnos aplastar por nadie, porque tenemos el mismo derecho a ser amados y respetados, que quienes no observan esta enseñanza, y aplastan a quienes son inferiores a ellos, con tal de sentirse poderosos.
Jesús es superior a nosotros, y utiliza su posición para servirnos, porque es el Camino que nos lleva a la presencia de Nuestro Padre celestial, la Verdad que nos hace libres del dolor, el error y la mentira, y la Vida plena abundante de felicidad que añoramos (JN. 14, 6; 8, 32).
Así como San Juan Bautista utilizó la predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo y el bautismo en agua para anunciar la presencia de Jesús entre sus hermanos de raza, nosotros haremos el bien y oraremos, para que el mundo crea que, la fe que profesamos, es más que una utopía.
Seamos testigos de Jesús Resucitado, con nuestros gestos, palabras, y obras. El Espíritu Santo nos ayudará a llevar a cabo este propósito, sin el que no sería posible, la existencia del Cristianismo.
2. Leemos atentamente JN. 1, 29-34, intentando abarcar el mensaje que San Juan nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de JN. 1, 29-34.
3-1. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (JN. 1, 29).
3-1-1. El Cordero de Dios.
¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios? En ÉX. 12, 3-11, leemos las instrucciones que Moisés recibió de parte de Dios, para que sus hermanos de raza sacrificaran el cordero pascual, que era símbolo del fin de la esclavitud de Egipto, y se alimentaran con él. Igualmente, en ÉX. 29, 38-42, se indica cómo habían de sacrificarse todos los días dos corderos en el Templo, uno al amanecer, y otro al atardecer, por los pecados del pueblo. En ambos casos, vemos cómo la liberación de la esclavitud, y la petición de perdón de pecados, exigían sacrificios. Al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús, nos percatamos de que Dios no redimió a su pueblo por medio de los sacrificios de corderos llevados a cabo por los judíos, sino mediante la Pasión, la muerte y la Resurrección de su Unigénito, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
3-1-2. El pecado del mundo.
¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre Sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades? En IS. 53, 6, se da a entender que el Siervo de Yahveh murió por los pecados personales de su pueblo, tal como también se expresa en 1 COR. 15, 3, pero, a pesar de estas y otras evidencias bíblicas, existe otra interpretación en la actualidad, de cómo libró Jesús a las sociedades del castigo merecido, por quienes tienen el poder necesario, para estructurar ciertas prácticas, que se han convertido en pecados.
¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados? En la biblia se narra cómo Dios creó un mundo paradisíaco, y cómo los hombres lo rechazaron, al intentar divinizarse, para no depender del Todopoderoso (GN. 3). Así es como se explica en la Biblia, cómo entró el mal en el mundo.
¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales? En la actualidad existen interpretaciones extra bíblicas, las cuales son más antiguas que muchos libros de la biblia, que explican por qué existe lo que llamamos mal, y desde el punto de vista judeocristiano se conoce como pecado, las cuales no fueron aceptadas por los judíos cuando se escribió la biblia, y aún no son aceptadas por todos los cristianos. Creer que Jesús murió por nuestros pecados personales, equivale a afirmar que todos somos malos, y que, si imitamos la conducta que Jesús observó cuando vivió en Palestina, es posible que alcancemos la salvación, si a Dios le place tener misericordia de nosotros, cuando juzgue a la humanidad, al final de los tiempos. Creer que Jesús murió por causa de los pecados sociales estructurales, significa que, efectuando cambios sociales, puede construirse un mundo más justo que el actual, lo cual puede contribuir positivamente, a la plena instauración del Reino divino, entre nosotros.
Independientemente de que creamos que Jesús murió por nuestros pecados personales, o por los pecados estructurados por las sociedades, sería interesante que, en vez de consumir nuestra energía sufriendo pensando que somos malos, y temiendo que a Dios no le plazca salvarnos, dediquemos, tiempo, esfuerzo, energía y medios, a hacer el bien que podamos. Si Jesús murió por amor a quienes lo tenían todo perdido, trabajemos para que, en nuestro medio social, no haya nadie carente de voz, ni de voto.
3-2. La humildad ejemplar de San Juan Bautista (JN. 1, 30).
San Juan Bautista nació e inició su predicación del anuncio de la venida del Mesías al mundo, antes de que Jesús naciera, y de que el Señor iniciara su Ministerio público. A pesar de ello, Juan nunca olvidó que Jesús es superior a Él, así pues, el Bautista sabía que era un Profeta, y que Jesús es el Enviado de Dios, cuya venida no cesaba de anunciar.
Si Jesús vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre celestial (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?
3-3. ¿Cómo supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 31).
Cuando San Juan dijo que no conocía a Jesús, debió decir que no sabía que el Hijo de María era el Mesías. El hecho de que Juan y Jesús eran parientes lejanos, hace improbable el hecho de que no se conocieran personalmente. El hecho de que Juan no sabía que Jesús era el Mesías hasta que se lo reveló el Espíritu Santo (JN. 1, 32-33), me hace pensar en una pregunta que podemos hacernos: ¿Conocemos a Jesús? Si se nos pregunta quién es Jesús, podemos aplicarle títulos muy conocidos al Señor, tales como "Hijo de Dios", "Hijo del hombre", "Redentor del mundo", etcétera, pero, ¿qué significan esos títulos para nosotros?
3-4. ¿Por qué sabemos que Jesús es el Mesías? (JN. 1, 32-34).
San Juan Bautista tuvo una revelación divina, mediante la que supo que conocería al Mesías, porque el Espíritu Santo descendería sobre Él, en forma corporal de paloma (MT. 3, 13-17). Sabemos que Jesús es Nuestro Salvador, porque eso es lo que se nos ha dicho siempre, y porque muchos lo hemos leído en la biblia, pero, ¿qué evidencias hay en nuestra vida, de que tal expresión, es cierta?
San Juan Bautista dio testimonio de lo que oyó y vio respecto de Jesús. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?
3-5. Si hacemos este ejercicio de lectio divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-6. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en JN. 1, 29-34 a nuestra vida.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la consideración que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
3-1-1.
1. ¿Cómo podemos explicarles a los lectores de la biblia de nuestro tiempo lo que implicaba para Jesús el hecho de ser el Cordero de Dios?
2. ¿Qué información encontramos en ÉX. 12, 3-11?
3. ¿Qué significado tenía el cordero pascual para los hebreos?
4. ¿Qué significado tiene el Cordero de Dios cuyo sacrificio recordamos los cristianos que celebramos el Viernes Santo?
5. ¿Por qué se sacrificaban todos los días dos corderos en el Templo jerosolimitano según leemos en ÉX. 29, 38-42?
6. ¿Cuál es el mensaje que deducimos al interpretar IS. 53, 7, como profecía de la Pasión y muerte de Jesús?
7. ¿Sabes qué pueblo o profeta era el Siervo de Yahveh citado en los cuatro poemas del Siervo de Yahveh del Deutero-Isaías?
3-1-2.
8. ¿Qué entendemos por pecado?
9. ¿Libró Jesús a sus creyentes por medio de su Pasión, muerte y Resurrección del castigo merecido por sus pecados personales, o cargó sobre sí mismo el castigo que merece la humanidad, por causa de los pecados estructurados por las sociedades?
10. Cita ejemplos de pecados personales y de pecados estructurales.
11. Si en la Biblia se nos informa de que Jesús murió para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados personales, ¿por qué se interpreta JN. 1, 29B en la actualidad, pensando en los pecados sociales estructurales?
12. ¿Por qué se insiste desde la perspectiva del Judaísmo y el Cristianismo en hablar de los pecados?
13. ¿Por qué quisieron Adán y Eva independizarse de Dios y ser igual a Elohim, según el texto de GN. 3?
14. ¿Existe en la actualidad el deseo de alcanzar la divinidad por parte de los hombres? ¿Qué tiene ello de positivo y negativo?
15. ¿Qué diferencia hay, entre pensar que Jesús murió para librarnos del castigo que merecemos por causa de nuestros pecados personales, y pensar que murió y resucitó, para librar al mundo del castigo que merece, por la estructuración de los pecados, que se han convertido en normas vitales?
16. ¿Hacemos el bien por amor a Dios, a nuestros prójimos los hombres y a nosotros, o porque queremos asegurarnos un buen lugar en el cielo?
17. ¿Nos conviene temer por la salvación que añoramos? ¿Por qué?
18. ¿Qué ventaja tiene el hecho de emplearnos en hacer el bien en vez de sufrir pensando que Dios no nos salvará posiblemente?
19. Si creemos que Dios nos ama, ¿por qué tememos por nuestra salvación?
3-2.
20. ¿En qué sentido no conoció San Juan Bautista a Jesús hasta que el Espíritu Santo se posó sobre el Mesías adoptando la forma corporal de una paloma?
21. ¿Por qué se consideró San Juan Bautista inferior a Jesús?
22. ¿Dio muestras el Profeta del Jordán de sentirse humillado al pensar que Jesús es superior a él? ¿Por qué?
23. ¿Nos sentimos humillados al considerar que Jesús es superior a nosotros, si tenemos en cuenta que vivimos en un mundo en que nos gustaría que se exterminen los prejuicios sociales? ¿Por qué?
24. Si Jesús vino al mundo como Cordero de Dios que cumplió el designio de Nuestro Padre común de salvarnos por medio de su obediencia a Nuestro Padre Santo (FLP. 2, 8), y Juan Bautista fue un ejemplo de humildad a seguir para nosotros, ¿viviremos nuestra religiosidad ansiando el poder, las riquezas y el prestigio, o aumentaremos el número de hijos de Dios, trabajando para que sean miembros del Reino divino, quienes acepten a Nuestro Padre común, siendo humildes?
3-3.
25. ¿Qué afirmó San Juan Bautista cuando dijo que no conocía a Jesús?
26. ¿Por qué es probable que San Juan Bautista y Jesús se conocieran personalmente?
27. ¿Conocemos a Jesús?
28. ¿Qué significan los títulos que se le aplican a Jesús para nosotros?
3-4.
29. ¿Por qué supo San Juan Bautista que Jesús es el Mesías esperado por el resto de Israel?
30. ¿Qué evidencia hay en nuestra vida, de que Jesús es el Salvador que necesitamos?
31. ¿Cómo damos testimonio de la fe que profesamos?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos IS. 52, 13-53, 12, un texto que ha servido de profecía de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús, que leemos todos los años como primera lectura de la celebración de la Pasión del Señor, el Viernes Santo.
6. Contemplación.
Contemplemos a San Juan Bautista diciéndoles a sus seguidores que tenían ante ellos al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan vio con gran satisfacción cómo se cumplió el mensaje que les anunció a sus oyentes, y pronto pensó en hacer que sus seguidores caminaran tras el Mesías, aunque ello le supusiera, que le restaran importancia.
¿Cuáles son los propósitos que nos ayudan a vivir?
¿Cómo reaccionaríamos si tales propósitos se cumplieran, después de haber tenido que sobrevivir a los intentos de frustrarnos de nuestros enemigos?
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociéndose inferior al Hijo de María, ante sus seguidores.
¿Somos humildes?
¿Necesitamos aparentar que nuestro status social es superior al que tenemos en realidad para aumentar los contactos que tenemos?
¿Por qué decía San Juan Bautista que Jesús es más grande que él?
¿Por qué decía San Juan que vino a bautizar en agua a sus oyentes?
Contemplemos a San Juan viendo al Espíritu Santo posado sobre Jesús, adoptando la forma corporal de una paloma. El cielo se abrió, y el Paráclito se posó sobre el Mesías, quien fue enlace entre el cielo y la tierra, acabando con la distancia que separaba el Reino de Dios, de nuestra tierra.
¿Qué hacemos para que nuestra tierra sea el cielo de Dios, y el cielo de Nuestro Padre común sea nuestra tierra?
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en JN. 1, 29-34.
Llevemos a cabo una obra durante la próxima semana que nos identifique con el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo:
Aunque es probable que muchos solo nos identifiquemos con tu Pasión y muerte, motívanos para que vivifiquemos a los niños que nacen día a día y están destinados a sentirse solos y despreciados.
Motívanos a amar, aceptar y comprender a quienes sufren por cualquier causa.
Ya que se difunden más rápidamente las tragedias que las buenas noticias, motívanos a esperar el Domingo de Pascua sin ocaso, en que la humanidad te acepte como Redentor, y extermines las causas por las que sufre, por mediación de tus fieles creyentes.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el Salmo 40, identificándonos con el Cordero de Dios, muerto por defender a quienes pocos son capaces de amar, y resucitado, para abrirnos la puerta del cielo, el Reino de Dios y nuestro.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús es la bondad de Dios. (Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Meditación.
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
4. Jesús es la bondad de Dios.
Meditación de la segunda lectura optativa del Ciclo C.
Meditación de TT. 2, 11-14. 3, 4-7.
No podemos vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Santo Padre -que consiste en que alcancemos la plenitud de la felicidad- valiéndonos de nuestros medios, pero eso es posible para nosotros, según nos abrimos al Espíritu Santo, y nos dejamos impulsar por el Paráclito.
La Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, nos recuerdan que no seremos controlados por el pecado eternamente, y que no viviremos pagando el precio de nuestros errores y maldades siempre.
Si nos amoldamos al cumplimiento de la voluntad de Nuestro Santo Padre, porque Jesús hace que ello sea posible, al enviarnos el Espíritu Santo, esperaremos que acontezca la Parusía de Nuestro Salvador, con los corazones henchidos de esperanza.
No es suficiente para que alcancemos la santidad renunciar a convertir en obras nuestros malos deseos y a cometer otros pecados, pues necesitamos vivir imitando la conducta que observó Jesús. Para vencer el pecado, no solo podemos superar exitosamente las tentaciones que nos inducen a hacer el mal, pues también necesitamos vivir para el Señor, pues esa es la única manera que tenemos, de superar las ocasiones que se nos presentan de hacer el mal, consiguiendo que, con el paso del tiempo, nuestras tentaciones, cada día, pierdan fuerza, y el mal se desarraigue, de nuestros corazones.
Aunque Jesús nos redimió por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, reconozcamos que tal obra no se ha completado plenamente en nosotros, pues aún somos imperfectos, y no hemos superado plenamente, la triple tentación de poder, riquezas y prestigio. Según dejamos que el Señor nos purifique y santifique, no solo somos libres de la sentencia consecuente de nuestra conducta pecaminosa, pues también se nos libera de la influencia que el mal ejerce sobre nosotros.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios. (Ejercicio de lectio divina del Evangelio de los Ciclos A, B y C de la fiesta del Bautismo del Señor).
Ciclo C.
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
Jesús fue ungido como Mesías de Dios.
Ejercicio de Lectio Divina de LC. 3, 15-16. 21-22.
Lectura introductoria: ROM. 6, 17-18.
1. Oración inicial.
Iniciemos este encuentro de oración y meditación, en el Nombre del Padre, del Hijo, y, del Espíritu Santo.
R. Amén.
Orar es no permitir que nuestras ocupaciones y preocupaciones interrumpan el encuentro que vamos a tener con el Señor para adorarlo y meditar su Palabra, porque, cuanto menos oramos, más débil es nuestra fe.
Orar es comunicarnos con Dios pronunciando palabras sinceras, y cumplir la voluntad de Nuestro Dios Uno y Trino, imitando la conducta, que observó Jesús, Nuestro Redentor.
Orar es predicar el Evangelio, sin ceder a la idea de querer tener mayor protagonismo que Jesús.
Orar es no ceder a la tentación de rechazar a quienes profesan una fe diferente a la nuestra, por tener el pensamiento de que nuestra religión es verdadera porque procede de Dios, y las demás religiones son falsas.
Orar es pedirle al Espíritu Santo que nos purifique y santifique, y que su fuego queme nuestras imperfecciones, a fin de que seamos dignos, de vivir, en la presencia de Nuestro Santo Padre celestial.
Orar es creer que Dios se nos revelará cuando nos comuniquemos con Él al hablarle, y vivamos imitando, la conducta que observó Jesús.
Orar es tener la certeza de que Dios nos acoge haciéndonos sus hijos, y por ello queremos hacer el bien como si nuestra salvación dependiera de las buenas obras que hacemos, porque queremos agradecerle al Dios Uno y Trino, todo el bien que nos ha hecho.
Oremos:
Oración al Espíritu Santo inspirada en LC. 3, 1-6.
Espíritu Santo:
Para que pueda recibir y aceptar al Dios Uno y Trino, hazme humilde.
Para que me sea posible aprender a vivir la sencillez espiritual de Juan el Bautista y Jesús, hazme humilde.
Para que aproveche la vivencia de las dificultades que me sumen en el desierto espiritual, hazme humilde.
Para que mis dificultades, en lugar de ser motivos de estancamiento mental, se conviertan en razones que me ayuden a superarme a mí mismo, hazme humilde.
Para que como predicador del Evangelio aplique lo que les enseño a otras personas a mi vida, hazme humilde.
Para que nunca me falte la voluntad para aprender la Palabra divina, ni el deseo de enseñarla, hazme humilde.
Para que en lugar de sentirme dueño de la Verdad divina cuando predique el Evangelio, me sienta poseído por la misma, para no evangelizar pretendiendo ser un poderoso manipulador de almas, sino hermano de quienes desean alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que sea capaz de ayudar a disponerse a quienes viven la experiencia del desierto a alcanzar la plenitud de la felicidad, hazme humilde.
Para que la soberbia no me incite a considerarme superior a nadie, hazme humilde.
Hazme sentir tu presencia en mi vida, si me siento inferior, a mis prójimos los hombres.
Hazme un buen predicador del Evangelio que anuncie tu Verdad con bellas palabras y obras de buen seguidor de Jesús, para que, mis oyentes y lectores, vean la salvación de Dios.
2. Leemos atentamente LC. 3, 15-16. 21-22, intentando abarcar el mensaje que San Lucas nos transmite en el citado pasaje de su Evangelio.
2-1. Permanecemos en silencio unos minutos, para comprobar si hemos asimilado el pasaje bíblico que estamos considerando.
2-2. Repetimos la lectura del texto dos o tres veces, hasta que podamos asimilarlo, en conformidad con nuestras posibilidades de retener, si no todo el texto, las frases más relevantes del mismo.
3. Meditación de LC. 3, 15-16. 21-22.
3-1. Muchos judíos creyeron que San Juan Bautista era el Mesías (LC. 3, 15).
Cuando San Juan Bautista empezó a llevar a cabo la misión de preparar a los israelitas a recibir al Mesías, hacía más de cuatro siglos que no aparecían profetas en Israel, que predicaran la Palabra de Dios, y denunciaran las injusticias llevadas a cabo por los poderosos, contra los menos favorecidos socialmente. Muchos hermanos de raza del Bautista creían que la Profecía reaparecería cuando el Mesías viniera al mundo.
(MAL. 3, 1). Muchos oyentes del Bautista pensaron que el hijo del sacerdote Zacarías era el Mesías, porque, la manera de predicar del citado mensajero divino, se identificaba con la manera de predicar la Palabra de Yahveh, que tuvieron los grandes Profetas del pasado, pues San Juan insistía en la necesidad que tenía Israel de volverse de sus pecados a Dios, si quería ser objeto de la misericordia y la aprobación divinas. Tengamos en cuenta que, el mensaje predicado por San Juan, es válido para que nos lo apliquemos, los cristianos de todos los tiempos.
3-2. El bautismo de San Juan Bautista y el Bautismo de Jesús (LC. 3, 16).
3-2-1. El bautismo de San Juan Bautista.
El bautismo de San Juan Bautista era un símbolo de la purificación del pecado de que fuimos objetos cuando recibimos el Bautismo de Jesús. El bautismo de San Juan exigía el arrepentimiento de los pecados de quienes lo recibían y el cambio de conducta de parte de los mismos.
¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad? San Juan sabía perfectamente que Jesús era muy superior a él, y que por ello no era digno ni de desatarle la correa de sus sandalias. San Juan se reconocía inferior a Jesús, hasta el punto de que ni pensaba en compararse con el Mesías, ni en servirlo como esclavo pagano, porque muchos esclavos judíos eran eximidos de desatarles las sandalias a sus amos, por causa de la humillación que ello representaba. Teniendo este hecho en cuenta, podríamos reflexionar sobre si pensamos que somos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador.
3-2-2. El Bautismo de Jesús.
3-2-2-1. Hemos sido bautizados en el Espíritu Santo.
Tal como veremos en el presente trabajo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, igual que en la antigüedad eran ungidos los profetas, los sacerdotes y los reyes con aceite, para que llevaran a cabo su misión. Cuando fuimos bautizados, recibimos los dones del Espíritu Santo, para que viviéramos como fieles hijos de Nuestro Padre común. Esta es la causa por la que podemos decir, -sin temor a equivocarnos-, que, al ser bautizados, recibimos el poder necesario, para cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino.
Podemos pensar: Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica? Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes? Dios quiere hacer extraordinarias las situaciones ordinarias de nuestras vidas. Dios se nos manifiesta a través de una vida de constantes formación, acción y oración.
3-2-2-2. Hemos recibido el bautismo de fuego.
El Espíritu Santo tiene poder para purificarnos de nuestros pecados y santificarnos. Si hemos sido bautizados y conocemos a Nuestro Dios Uno y Trino, no podemos permanecer indiferentes con respecto a Él, así pues, o cumplimos su voluntad, o actuamos rechazándolo voluntariamente. Pidámosle al Espíritu Santo que su fuego nos quite la imperfección que nos caracteriza, para que seamos dignos de vivir, en presencia de Nuestro Padre común.
3-3. Jesús fue bautizado por Juan, como si hubiera transgredido el cumplimiento de la Ley divina (LC. 3, 21).
San Lucas, al narrar el bautismo de Jesús por parte de San Juan Bautista, tuvo en cuenta la humanidad de Nuestro Salvador, quien nació de padres humildes, y fue adorado por pastores y paganos, los cuales eran marginados, por los hijos del pueblo de Israel. En contra de las expectativas de quienes esperaban que el Mesías surgiera de la realeza, -recordemos que se creía que sería descendiente del Rey David-, Jesús, en lugar de identificarse con los líderes religiosos de su tiempo, se equiparó a quienes se consideraban simples pecadores, sin que su soberbia les impidiera demostrar su realidad. La humildad de Nuestro Redentor, es admirable. ¿Nos atreveremos a vivirla?
3-4. El Espíritu Santo descendió sobre Jesús, mientras que el Señor oraba (LC. 3, 21-22).
3-4-1. Lo más importante del Evangelio que estamos considerando.
San Lucas apenas le dio importancia al bautismo de Jesús, porque consideró que el bautismo de San Juan era simbólico, mientras que, el Bautismo predicado por Jesús, es real. Lo realmente importante para el tercer Evangelista del episodio de su primera obra que estamos meditando, fue el hecho de que, mientras Jesús oraba, el Espíritu Santo lo ungió, -es decir, ratificó la elección de Nuestro Santo Padre para que nos redimiera, y lo fortaleció, para que pudiera llevar a cabo su obra-.
En la actualidad, muchos religiosos y laicos, somos testigos de cómo los sacerdotes suelen ser acosados para que bauticen a los niños recién nacidos sin que se ocupen de averiguar la formación religiosa de los padres y padrinos de los tales, y de cómo esos nuevos cristianos, si, durante su infancia o su adolescencia, o los años de su edad adulta, deciden ser seguidores de Jesús, también son acosados, para que ignoren al Dios Uno y Trino. A pesar de que el bautismo de San Juan era simbólico, Jesús no se hizo bautizar para hacer una fiesta y olvidarse de Nuestro Santo Padre, sino para ponerse a disposición de Nuestro Creador, para hacer su voluntad, pero no lo hizo teniendo en cuenta su santidad por la que es muy superior a nosotros, sino relacionándose con los pecadores, lo cual lo hacía ser mal visto, porque, al ser el Judaísmo una religión muy fanatizada con la adquisición de la pureza, al reconocerse como un simple pecador, Jesús quedó muy mal. Recordemos que los judíos tenían leyes que, si las incumplían, no podían tocar a nadie ni a ninguna cosa, con tal de evitar el contagio de su impureza.
¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza para alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2. Jesús estaba orando cuando recibió el Espíritu Santo.
(Leer el n. 534 del Compendio del CIC). La oración formaba parte de la vida de Jesús. Veamos unos ejemplos de ello, extraídos del Evangelio de San Lucas.
La noche anterior al día en que el Señor eligió a sus Doce Apóstoles de entre los miembros de su comunidad de discípulos, Jesús no durmió, porque estuvo orando (LC. 6, 12).
Jesús oró en el huerto de Getsemaní, antes de que Judas se lo entregara a sus enemigos. El sufrimiento no distrajo a Jesús de la oración, sino que le sirvió para acercarse más a Nuestro Padre común, quien no impidió su Pasión y muerte (LC. 22, 44).
¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3. El cielo se abrió, cuando Jesús estaba orando.
El hecho de que el cielo se abrió, significa que reapareció el espíritu de profecía que muchos judíos esperaban, instantes antes de que, el Espíritu Santo, ungiera al Mesías.
¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma? Este hecho nos recuerda el tiempo del diluvio en que la humanidad pecadora fue aniquilada, y nos sugiere el pensamiento de que el Mesías, por medio de su Pasión, su muerte y su Resurrección, establecería el último pacto de Dios con los hombres, el cual no es temporal, sino definitivo. Por otra parte, los judíos esperaban que el Mesías se diera a conocer, por medio de la manifestación de un don especial del Espíritu Santo, según se deduce, de los siguientes textos bíblicos: (IS. 11, 2. 42, 1. 61, 1).
3-5. La voz del Padre.
Nuestro Santo Padre le habló a Jesús desde el cielo, manifestándole que lo amaba, y animándolo a cumplir su misión.
¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
3-6. Si hacemos este ejercicio de Lectio Divina en grupos, nos dividimos en pequeños subgrupos para sacar conclusiones tanto del texto bíblico que hemos meditado como de la reflexión que hemos hecho del mismo, y, finalmente, los portavoces de los subgrupos, hacen una puesta en común, de las conclusiones a que han llegado todos los grupos, tras la cual se hace silencio durante unos minutos, para que los participantes mediten sobre lo leído y hablado en los grupos, individualmente.
3-7. Si hacemos este ejercicio individualmente, consideramos el texto evangélico y la meditación del mismo expuesta en este trabajo en silencio, con el fin de asimilarlos.
4. Apliquemos la Palabra de Dios expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22 a nuestras vidas.
Respondemos las siguientes preguntas, ayudándonos del Evangelio que hemos meditado, y de la meditación que aparece en el apartado 3 de este trabajo.
3-1.
1. ¿Por qué creyeron muchos judíos que San Juan Bautista era el Mesías?
2. ¿Qué hecho significativo debía acontecer cuando llegara el Mesías, y cómo habría de conocerse el mismo?
3. ¿Cuál era el contenido del mensaje predicado por San Juan Bautista?
4. ¿Crees que el mensaje del Bautista es actual, o piensas que ha de ser desechado con otras enseñanzas del Antiguo Testamento, como la Ley de Moisés? Explica los razonamientos con que contestarías esta pregunta.
3-2.
3-2-1.
5. ¿Qué significaba el bautismo de San Juan Bautista?
6. ¿Qué exigencias implicaba la recepción del bautismo de San Juan Bautista?
7. ¿Por qué afirmamos que el bautismo de San Juan era simbólico, y consideramos que el Bautismo de Jesús es una realidad?
8. ¿Qué significa para ti el hecho de que un esclavo le desatara las sandalias a su amo?
9. ¿Qué dos significados tiene este gesto en el Evangelio que estamos considerando?
10. ¿Nos creemos superiores, iguales o inferiores a Nuestro Salvador?
3-2-2.
3--2-2-1.
11. ¿Sabes por qué los judíos ungían a sus profetas, sacerdotes y reyes con aceite en la antigüedad?
12. ¿¿Para qué recibimos los dones del Espíritu Santo cuando fuimos bautizados?
13. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no notamos su presencia en nuestras vidas de una forma mágica?
14. Si hemos recibido el Espíritu Santo, ¿por qué no se diferencian nuestras vidas de la existencia de los no creyentes?
15. ¿A través de qué medio se nos manifiesta Dios?
3-2-2-2.
16. ¿Hacemos bien al permanecer indiferentes con respecto a Dios quienes lo conocemos? ¿Por qué?
17. ¿Por qué necesitamos que el Espíritu Santo sea para nosotros fuego purificador?
3-3.
18. ¿Por qué fue ungido el Mesías entre quienes se consideraban pecadores, en lugar de manifestarse entre los líderes religiosos de Israel?
19. ¿Nos atreveremos a vivir inspirados en la humildad de Nuestro Redentor?
3-4.
3-4-1.
20. ¿Por qué podemos decir que San Lucas apenas le dio importancia al hecho de que Jesús recibiera el bautismo de Juan?
21. ¿Qué hecho constituye la parte más importante del Evangelio que estamos considerando?
22. ¿Qué significa la unción de Jesús por parte del Espíritu Santo?
23. ¿Para qué se bautizó Jesús?
24. ¿Para qué se bautizan muchos cristianos actualmente?
25. ¿Qué riesgo corrió Jesús al relacionarse con quienes se dejaban bautizar por Juan reconociéndose pecadores?
26. ¿Nos consideramos santos, pecadores, o gente corriente, que no comete pecados considerados graves, pero que tampoco se esfuerza en alcanzar la purificación y la santidad?
3-4-2.
27. ¿Qué es para ti elevar el alma a Dios?
28. ¿Debemos pedirle a Dios cuando oramos que cumpla nuestros deseos, o que haga su voluntad? Razona tu respuesta a esta pregunta.
29. ¿Por qué es la oración un don de Dios que sale al encuentro del hombre?
30. ¿Por qué es la oración una relación personal que mantenemos con Dios?
31. ¿Por qué piensas que Jesús no prescindía de la práctica de la oración?
32. ¿Nos relacionamos más con Dios cuando creemos que Nuestro Santo Padre nos ha abandonado, o dicha creencia nos debilita la pobre fe que tenemos?
3-4-3.
33. ¿Qué significa la apertura del cielo en el Evangelio que estamos meditando?
34. ¿Por qué descendió el Espíritu Santo sobre Jesús adoptando la forma corporal de una paloma?
3-5.
35. ¿Para qué le habló Nuestro Santo Padre a Jesús?
36. ¿Escuchamos la voz de Dios en nuestros ratos de oración, diciéndonos que nos ama, y animándonos a cumplir su voluntad?
5. Lectura relacionada.
Leamos y meditemos el Salmo 2, pensando en la realeza de Jesús, y en nuestro acatamiento del cumplimiento de la voluntad divina.
6. Contemplación.
Contemplemos a una gran muchedumbre de judíos creyendo que San Juan Bautista era el Mesías, y preguntémonos qué personas, bienes materiales o proyectos nos separan de Nuestro Padre común, porque la pereza que nos caracteriza nos impide conocerlo profundamente, por medio del estudio de su Palabra, y de los documentos de la Iglesia, que interpretan la misma.
Contemplemos a San Juan Bautista, reconociendo, humildemente, que era inferior a Jesús, y veámonos acosados por la triple tentación de poder, riquezas y prestigio.
El bautismo de San Juan era simbólico, pues no tenía efectos, como sucede con el Bautismo de Jesús.
¿Nos percatamos de que a veces no les prestamos atención a los sacerdotes cuando celebramos la Eucaristía, y, en lugar de ello, nos distraemos con nuestros pensamientos, rezando el Rosario rutinariamente, o mirando imágenes de Santos?
Contemplemos a Jesús entre la multitud de pecadores que se hacían bautizar por Juan, sin que le importara ser marginado, por mezclarse con la gente considerada de mala reputación, y pensemos si existen colectivos sociales marginados por nosotros.
Contemplemos a Jesús orando, y veámonos con grandes dificultades para orar, porque no nos formamos espiritualmente, y por ello nuestra fe se reduce a la nada, sin que nos percatemos de ello, hasta que quizás sea demasiado tarde para recuperarla.
Contemplemos al Espíritu Santo en forma de paloma sobre Jesús, y visualicémonos con nuestra incapacidad de ver a Dios en las circunstancias que caracterizan nuestras vidas.
Contemplemos a Jesús extasiado escuchando la voz del Padre cargada de dulzura y ánimo para que cumpliera la misión de redimirnos, y contemplémonos con muchas dificultades, en un mundo en el que hay demasiado ruido, y por ello no escuchamos la voz, de quien más nos ama.
7. Hagamos un compromiso que nos impulse a vivir las enseñanzas que hemos extraído de la Palabra de Dios, expuesta en LC. 3, 15-16. 21-22.
Comprometámonos a rezar el Padre nuestro pausadamente, meditando cada frase de dicha oración, pidiéndole al Espíritu Santo, que nos ayude a sentir su presencia, en nuestras vidas.
Escribamos nuestro compromiso para recordarlo constantemente, y, según lo cumplamos, aumentará nuestro amor a Dios, y a sus hijos los hombres.
8. Oración personal.
Después de hacer unos minutos de silencio, expresamos verbalmente lo que pensamos, con respecto al texto bíblico que hemos considerado, y a la reflexión del mismo que hemos hecho.
Ejemplo de oración personal:
Señor Jesús:
Ayúdame a imitar la humildad que os caracteriza a San Juan Bautista y a Ti.
En los días en que me cueste seguirte, recuérdame que el Espíritu Santo vive en mí, para que mi fe no se debilite.
Ayúdame a tener el deseo y la paciencia necesarios para conocerte por medio del estudio de tu Palabra, y la práctica de la oración.
Ayúdame a distinguir la voz de Nuestro Santo Padre de entre las voces que escucho en el mundo, para que así pueda conoceros, comprenderos, aceptaros y amaros.
9. Oración final.
Leamos y meditemos el capítulo 12 del libro de Isaías, pensando en la misericordia de Nuestro Dios, Padre, Creador y Salvador.
José Portillo Pérez espera peticiones, sugerencias y críticas constructivas, en
joseportilloperez@gmail.com
La sabiduría. (Meditación de la primera lectura del Domingo II después de Navidad).
Meditación.
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
joseportilloperez@gmail.com
1. La sabiduría.
Meditación de ECLO. 24, 1-4. 12-16.
La sabiduría, -según el Diccionario de la R. A. E.-, es el grado más alto del conocimiento en general, y la conducta prudente que necesitamos observar. Los orientales y los occidentales no tenemos el mismo concepto de la sabiduría, pero, dado que ambos conceptos son interesantes, merece la pena equipararlos, porque necesitamos conocer el mundo exterior, y la espiritualidad.
Para el autor del texto que estamos considerando, la sabiduría llegó a ser la verdad plena que debe ser deseada, buscada y encontrada por el hombre. Es importante conocer dicha sabiduría, porque la misma es la creadora de la humanidad. Esta es la razón por la que afirmamos que, cuanto se dice respecto de la sabiduría en el capítulo 8 del libro de los Proverbios de Salomón es aplicable a Jesucristo, quien es la sabiduría increada divina.
Mientras que para los occidentales los sabios tienen una gran capacidad intelectual, para los orientales, los sabios son los maestros capacitados para enseñar a vivir desde el punto de vista de la espiritualidad, por lo que son grandes conocedores de las respuestas a todos los interrogantes misteriosos relacionados con la vida.
Mientras que los sabios occidentales investigan todo lo abarcable por la ciencia humana, los sabios orientales investigan la trascendencia humana, e intentan conocer a la Divinidad Suprema.
Mientras que los sabios occidentales buscan la perfección de las cosas, los maestros orientales buscan la perfección humana, la cual no consiste en que actuemos como máquinas que no pueden cometer fallo alguno, sino en que crezcamos espiritualmente.
Mientras que en Occidente el hecho de tener poder, prestigio y riquezas es muy importante, para los autores de la Biblia orientales, el valor de los hombres se mide por su fe en Dios, y el ejercicio de sus virtudes.
Para los cristianos practicantes, Jesucristo es la sabiduría increada que anhelan alcanzar. Tal sabiduría no se alcanza asistiendo a innumerables actos de culto, sino teniendo fe en Dios, y practicando las virtudes recibidas del Espíritu Santo.
Veamos las características de la sabiduría de Dios personificada en Jesús de Nazaret.
1. La sabiduría divina no es estática, sino dinámica. En el Evangelio correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, descubrimos que la sabiduría divina creó el mundo (JN. 1, 3), creó la vida que llegó a ser la luz de los hombres (JN. 1, 4), el pecado jamás la venció (JN. 1, 5), los hombres la rechazaron a pesar de ser su creadora (JN. 1, 10-11), hace hijos de Dios a quienes la reciben en sus corazones (JN. 1, 12-13), se hizo Hombre y acampó entre nosotros (JN. 1, 14), y nos ha revelado la verdad del Dios a quien sólo Él ha visto (JN. 1, 18). La auténtica sabiduría no hace que nos encerremos en nuestro interior, pues se expresa en las obras que nos ayudan a superarnos y a contribuir a la construcción de un mundo más humano que el actual. Muchos cristianos entienden esta sabiduría incorrectamente como un tesoro que han de guardar celosamente, y por ello se dedican a orar y a leer la Palabra de Dios, evitando hacer el bien. La sabiduría cristiana no está escrita en ningún libro, -ni siquiera en la Biblia-, pues es el seguimiento de Jesús de Nazaret, y se traduce en acciones creadoras y transformadoras que nos ayudan a ser mejores personas. Si ignoramos tales acciones, de poco nos servirán las largas horas de oración y meditación.
2. La sabiduría es vida. La sabiduría divina creó todo cuanto existe (JN. 1, 3), y es la luz verdadera que ilumina a los hombres (JN. 1, 9). San Juan también nos informa en su Evangelio de que hemos recibido gracia por gracia de la plenitud de la sabiduría (JN. 1, 16).
La verdadera sabiduría es creadora de la vida. Los cristianos nos dividimos en activistas y quietistas, hasta el punto de cometer el error de dejarnos llevar a uno de los dos extremos, pues necesitamos conocer el mundo exterior y relacionarnos con quienes nos rodean, y crecer a los niveles espiritual y material. La verdadera sabiduría no debe impedir que nos relacionemos con el mundo, pues los cristianos tenemos la misión de difundir el Evangelio, cosa que no podemos hacer de ninguna manera encerrándonos en nuestro interior, y evitando relacionarnos con nuestros prójimos los hombres.
La verdadera sabiduría no debe inducirnos a anular nuestras capacidades, sino a potenciarlas. Los cristianos hemos sido llamados a vivir siempre insatisfechos, hambrientos de conocimiento y necesitados de alcanzar nuevos horizontes. La verdadera sabiduría es el motor que nos mantiene en movimiento y por tanto haciendo todo lo que esté a nuestro alcance en cada momento de nuestras vidas, con el fin de que no nos estanquemos contemplando los problemas que no podemos resolver momentáneamente, ni nos acomodemos cuando nos sintamos confortados por el Señor, evitando crecer a todos los niveles, y socorrer a quienes necesiten nuestros dones espirituales y materiales.
3. La sabiduría es luz. La sabiduría divina es la luz que necesitamos para superar el error y llegar a ser poseídos por la verdad que nos hará libres (JN. 8, 32). En los inicios del Cristianismo se llamaba "iluminados" a quienes se bautizaban, porque adquirían el conocimiento del sentido de la vida. La luz de la sabiduría divina nos permite conocer a Dios y tener la dicha de cumplir su voluntad, consistente en que la sabiduría no tenga impedimento alguno para salvar las almas que le han sido encomendadas, y las resucite en el último día (JN. 6, 39).
Es difícil definir la sabiduría. Los cristianos hemos adquirido muchos conceptos filosóficos y tenemos dogmas que nos diferencian tanto de nuestros hermanos cristianos de denominaciones diferentes a las nuestras como de los seguidores de otras religiones, pero yo me pregunto si tales conocimientos nos ayudan a ser más felices superando las dificultades que tenemos, y a encontrar el sentido de nuestras vidas. Desgraciadamente, los cristianos corremos el peligro de enriquecernos a nivel intelectual, y de no poner en práctica lo que aprendemos.
José Portillo Pérez.
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